Dios se está encarnando siempre

En el evangelio que leíamos anoche encontramos un relato mítico-simbólico del nacimiento de Jesús; en el que acabamos de leer, un relato metafísico. Es imposible descubrir que hacen referencia al mismo ser. En ambos se quiere comunicar el misterio de la encarnación. En ambos, con lenguaje muy diversos, se nos quiere decir lo que Dios. Pero lo que Dios es solo podemos conocerlo si descubrimos lo que es Jesús.

En lo tocante a Jesús, celebramos un hecho histórico, que sucedió en un lugar y en un momento determinado. Jesús es una realidad histórica, y podemos hacer referencia a su tiempo y tratar de imaginarlo hoy como sucedido.

Pero en lo que se refiere a Dios, no se trata de un suceso, sino de una realidad trascendente que está siempre ahí. Dios se está encarnando siempre. Eso no tenemos que celebrarlo como acontecimiento, sino vivirlo como realidad actual.

Como María, yo tengo que dar a luz lo divino que está dentro de mí.

Los cristianos no hemos sido aún capaces de armonizar la trascendencia con la inmanencia en Dios. En nuestra estructura mental cartesiana, no cabe que una realidad sea a la vez inmanente y trascendente.  Por eso nuestro lenguaje sobre Dios es siempre ambiguo.

Dios está más allá de toda realidad, pero a la vez está siempre encarnándose. En Jesús esa encarnación se manifestó absolutamente. De esa manera nos abrió el camino para vivirla nosotros. "Les da poder para ser hijos de Dios". A esa realidad nunca podremos llegar por la vía del conocimiento.

Acabamos de leer dos líneas que son claves para entender el evangelio de Juan: "En la palabra había vida y la vida era la luz de los hombres". Por no tener en cuenta esto, hemos caído en el intelectualismo y la dogmática. Hemos querido entender a Jesús, como portador de un conocimiento que nos trae la salvación. No es la luz la que nos va a llevar a la Vida, sino al revés. La Vida es la que nos llevará a la comprensión, a la luz.

Meditación-contemplación

Si no aparcas la razón, te quedarás in albis.

Si pretendes comprender, perderás el tiempo.

Deja que la Verdad vibre en tu interior.

Solo así podrás vivir la Vida

No te conformes con celebrar hechos pasados.

No pretendas confiar en logros futuros.

La VIDA eterna está en tus manos.

Todo lo posees en este instante.

Vive la totalidad aquí y ahora.

No esperes condiciones más favorables.

Si no las aprovechas hoy,

nada garantiza que las aprovecharás en otro instante.

 

 

Dios se hace hombre

Anoche nos hablaba el evangelio de Niño, de pesebre, de pastores, de ángeles. En esta mañana nos habla del Verbo, Palabra preexistente, de Dios eterno y trascendente. Es una prueba más de que nos encontramos ante algo indecible. Curiosamente termina diciendo exactamente lo mismo: y la palabra se hace carne, Niño.

Los dos relatos, como buenos subalternos, te colocan ante el misterio, pero el que tienes que torearlo eres tú. Sólo tú puedes adentrarte en la realidad que está en ti, “más dentro de ti mismo que lo más íntimo de ti mismo”. Pero está ahí, y sólo tú puedes descubrir ese tesoro y disfrutar de él.

La encarnación sólo tiene realidad dentro de ti, como sólo tuvo realidad dentro de Jesús, no fuera en acontecimientos o fenómenos extraordinarios. Sólo dentro de ti y dentro del otro. Buscarlo en otra parte es engañarte.

Dice un cuento oriental: un señor que pasaba por la calle, ve a su vecino que está buscando algo enfrente de su casa. ¿Qué es lo que has perdido? Le pregunta. La llave de mi casa. Yo te ayudaré a encontrarla. Pasa media hora y la llave no aparece. ¿Pero donde la has perdido? Le pregunta el vecino. Dentro de casa. ¿Entonces por que la estás buscado aquí? Es que aquí hay más luz... Si no vivo lo que hay de Dios en mí, jamás lo descubriré ni en los acontecimientos ni en los demás ni en Jesús.

La encarnación sigue siendo el tema pendiente del cristianismo. Si no lo enfocamos como es debido, lo reducimos a una creencia mítica sin peso alguno en nuestra vida real. Aunque el domingo segundo de Navidad volvemos a leer este evangelio y lo explicaremos más ampliamente, voy a adelantar una frase, que puede aclararnos una idea básica.

En latín dice: “et Deus erat Verbum”. La traducción puede ser: “y Dios era la Palabra”. También podría traducirse por “un ser divino era el proyecto”, puesto que en esta frase “Deus” no lleva artículo.

En castellano también podemos traducir: “y la Palabra era Dios”. Pero debemos tener en cuenta que  no se explica lo que es la Palabra por lo que es Dios, sino al revés. Se explica lo que es Dios por lo que es la Palabra.

Dios es el que se hizo hombre, y si se hizo hombre en Jesús, es que se hace hombre en todos los seres humanos. Por el contrario, si es Jesús el que se hace Dios, nosotros quedaremos al margen de lo que allí pasó. El despiste está asegurado.

No terminamos de creernos que Dios se ha hecho hombre, y hacemos decir al evangelio lo que nos interesa que diga. No es el hombre el que tiene que escalar las alturas del cielo para llegar a ser como Dios, ha sido Dios el que se ha abajado y ha compartido su ser con el hombre. Eso es lo que significa la encarnación.

Por medio de Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera ni en los templos ni en los ritos sino en el hombre...

Las consecuencias de esta verdad en nuestra vida religiosa serían tan demoledoras que nos asustan; por eso preferimos seguir pensando en un Jesús que es Dios, pero dejando bien claro que eso no nos afecta vitalmente a nosotros. Toda la parafernalia de una muerte sacrificial por nuestros pecados, ha surgido por no tener clara esta idea de encarnación.

fray Marcos  Rodríguez

 

 

El rostro humano de Dios

El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Solo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales.

«La Palabra de Dios se ha hecho carne». Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.

Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que solo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.

Esta Palabra de Dios «ha acampado entre nosotros». Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontrarnos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.

«A Dios nadie lo ha visto jamás». Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Solo Jesús, «el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer».

No lo hemos de olvidar. Solo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Solo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. ¡Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejarnos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús!

Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela «la gracia y la verdad» de Dios.

padre José Antonio Pagola

 

 

Enrique Martínez Lozano

 

 

Creemos que Dios estaba con Jesús

Juan escribe su evangelio muy tarde, al final del siglo primero. La redacción de este evangelio es obra de sus discípulos, no del mismo Juan, pero la Iglesia ha visto siempre en él el mensaje del discípulo preferido de Jesús. El autor coloca al principio este formidable prólogo: es un himno de enorme contenido, toda una síntesis de la fe en Jesús de aquellas comunidades.

Se hace un paralelo entre la aparición de Jesús y la Creación. El Espíritu de Dios que planeaba sobre el Caos es el principio del Libro del Libro del Génesis. Ahora, el Espíritu de Dios es La Palabra, el Logos, Aquel Espíritu puso orden en el Caos sacando la luz de las tinieblas; la palabra viene a manifestar la luz, a sacar de la oscuridad a los hombres. En el principio, la palabra de Dios hizo la vida; ahora, La Palabra volverá a ser vida de los hombres.

Pero los hombres se cierran a la luz: es el drama fundamental que sirve de argumento a este evangelio: La luz, por naturaleza, brilla en las tinieblas, pero –misteriosamente– las tinieblas son capaces de rechazar la luz. Éste será el argumento de la vida de Jesús rechazado por su pueblo, y el argumento tremendo de la vida humana, capaz de preferir el pecado a Dios.

Después se toman imágenes del Libro del Éxodo. Como el Señor puso su Tienda en medio del campamento de Israel y se hacía visible en la Nube, así Jesús es la presencia de Dios que vuelve a poner su tienda, que acampa entre nosotros y es un peregrino más que avanza con su Pueblo.

Y se termina con una frase tremenda: A Dios nadie le ha visto jamás. Ni Abraham ni Moisés ni los Profetas… nadie lo ha visto jamás. Pero en Jesús nuestros ojos pueden verlo y tocarlo, tan claramente se manifiesta en ese Hombre la plenitud del Espíritu de Dios.

Podemos ver a Dios viendo a Jesús. Tema central de la fe cristiana, mensaje fundamental de la Navidad. Los que nos decimos cristianos somos admiradores de Jesús y damos un paso más: vemos en Jesús una excepcional presencia de Dios, tanto que pensamos que es una presencia de Dios única, irrepetible, sin comparación con ninguna otra.

Lo formula ya la primera cristología de que disponemos, la de los Hechos de los Apóstoles: es “el hombre lleno del Espíritu”, “Dios estaba con Él”.

Nuestra admiración, nuestra fascinación por Jesús, nos lleva a la pregunta ineludible: ¿quién es este hombre? Nuestra fe consiste en responder a esta pregunta: es la obra de Dios, es el hombre en el que el Espíritu resulta visible. En sus palabras y en sus obras reconocemos algo más que palabras y obras de un hombre admirable. Reconocemos la Palabra, la Obra de salvación del mismo Dios.

Sigue siendo verdad que nadie ha visto a Dios. Dios está más allá de la capacidad de nuestros ojos. También está más allá de la capacidad de nuestro cerebro. Todo lo que pensemos acerca de Dios será siempre una lejana caricatura: es demasiado grande para que le abarque nuestra mente. Pero tenemos un medio de saber cómo es: mirar a Jesús.

Lo admirable del mensaje es que Jesús no deja de ser un hombre. Navidad es la fiesta del niño que nace, como todos los niños, que va a crecer y a aprender, como todos los niños. Más tarde le veremos comportarse como un humano más, y morir como mueren todos los humanos.

Y es el quicio fundamental de los que nos llamamos cristianos: creer en Jesús, visibilidad de Dios, sin poner en duda, sin disfrazar la humanidad de Jesús.

Disfrazar, esa es la palabra: me temo que muchas veces pensemos que Jesús es Dios disfrazado de hombre, que en cualquier momento puede quitarse el disfraz, como un extraterrestre disfrazado de humano, que de repente se arranca el disfraz y se muestra como es en verdad.

Esta fue la tentación en que cayeron muchos de los evangelios apócrifos de la infancia, que mostraban a Jesús niño con extraordinarios (y temibles) poderes. Esta es la más antigua de las herejías, definir a Jesús como un ser divino con apariencia humana (docetismo). Nosotros sabemos que la humanidad de Jesús no es apariencia, no es disfraz: Jesús es un hombre, nacido de una mujer, que morirá desangrado en la cruz. Toda creencia en Jesús que ponga en duda, disfrace o disminuya su humanidad, estropea irremediablemente nuestra fe.

Es necesario tomar en serio la expresión del cuarto evangelio: la Palabra se hizo carne. Creemos en La Palabra hecha carne, hecha carne y sangre, de carne y hueso, no vestida de carne ni disfrazada de carne. Creemos que en un ser humano, tan humano como nosotros, podemos ver a Dios.

Es un Buena Noticia sin precedentes. A Dios no se le busca por intrincadas especulaciones intelectuales, ni en misterios recónditos, accesibles a unos pocos iniciados. Para saber cómo es Dios no hace falta más que mirar a Jesús. Y esto lo podemos hacer cualquiera. Jesús es Dios visible a todo el que quiera mirar, comprensible para cualquiera.

Estupenda noticia. No en vano fueron los pastores los primeros en tener acceso a él. No en vano le reconocerán y le seguirán gente sencilla, pescadores del lago. Y no carece de significado que no le reconocerán los sacerdotes ni los teólogos ni los santos de la época. Ellos ya conocían a Dios, no podían admitir que un hombre como aquél, un galileo sin cualificación alguna se arrogara la inaudita pretensión de hacer visible a Dios.

Esto significa “Creo en Jesucristo, Dios y hombre verdadero”. Jesús de Nazaret, el hijo de María, el carpintero de Nazaret, es el hombre ungido por Dios con su propio Espíritu, que es visible en sus obras, obras del Espíritu, en sus palabras, Palabras del Espíritu. Creer esto o no creerlo constituye el test fundamental de la fe de los que nos decimos cristianos.

Hoy se nos ofrece la oportunidad de someter nuestra fe al test definitivo: si somos sinceros, si lo analizamos bien, comprobaremos probablemente que nos inclinamos a uno de los dos extremos: o bien pensamos que Jesús es Dios, y por tanto su humanidad es un disfraz de quita y pon, que Jesús puede quitarse cuando quiera; o bien admiramos a un hombre excepcional, sin dar el paso de admitir que en Él llegamos a ver, escuchar y tocar la presencia del Espíritu.

José Enrique Galarreta

 

 

Vicente Martínez

 

 

José Luís Sicre

 

 

Carmen Soto

 

 

 

 

 

Se hizo carne

El prólogo del Evangelio de Juan, que la Iglesia lee cada día de Navidad, es, en verdad, impresionante. No en vano se ha visto en el águila (el águila de Patmos) el símbolo de este evangelista, pues el águila es único animal capaz de mirar al sol directamente. Juan pone ante nuestros ojos al Dios eterno, que es y existe desde siempre, pero que no es un monarca solitario y ensimismado, sino expresión, Palabra, tensión comunicativa. Juan nos habla de un Dios lleno de fuerza y de poder, pero de un poder positivo, creador, luminoso, que disipa las tinieblas de la nada, que, como dice también la carta a los Hebreos, sostiene al universo con su palabra poderosa, y al establecer el ser de todo por medio de esa Palabra eterna se comunica, se ofrece y busca entablar un diálogo.

El despliegue de poder divino nos lo presenta Juan en consciente contraste con el poder tal como lo entendemos nosotros: el poder o los poderes del mundo. En este mundo ser poderoso significa ante todo tener la capacidad de imponerse, amenazar y destruir, en último término, de matar. Por eso, el poder es, al mismo tiempo, algo deseado y odiado: deseado para sí, pero odiado cuando lo tienen otros. Hay un tono inevitable de oscuridad en estos poderes mundanos, por más que no estemos irremediablemente condenados a usarlos sólo para el mal. Pero, y esta es la cuestión, si de verdad eres poderoso, es necesario que se sepa que puedes, si quieres, arremeter destructivamente.

Nada de esto encontramos en la Omnipotencia divina que nos revela Juan, junto a la cual, desde el principio (es decir, de manera esencial, radical, originaria e inseparable) está la Palabra creadora de todo y, por lo tanto, destructiva de nada. Dios manifiesta paradójicamente su poder ilimitado y creador en la capacidad de despojarse, en el movimiento de abajarse, de ponerse a nuestro nivel, de ofrecerse y proponer un diálogo. Dios está empeñado en conversar con nosotros, lo ha intentado “en distintas ocasiones y de muchas maneras”. Por fin, ha hablado de manera clara y directa, mandándonos no misivas y emisarios, sino a su propio Hijo, su Palabra misma. Al asumir nuestra carne, nuestra concreción humana, que es también nuestra limitación, Dios se hace definitivamente cercano y accesible, pero también se hace débil y vulnerable. Dios asume riesgos para acercarse a nosotros humanamente, y nos ofrece un diálogo al que podemos responder sólo libremente: aceptando o rechazando. Podemos (este es nuestro poder) acoger o rechazar, abrir las puertas o expulsar de nuestro territorio al Dios que viene con la mano tendida.

Muchos son los signos que dicen que, pese a venir a “los suyos”, éstos no lo han recibido, no lo reciben, lo rechazan y expulsan. Así fue en tiempos de Jesús, así ha sido de múltiples formas a lo largo de la historia, así está siendo también en nuestros días, en que con mil excusas, con buenas palabras (políticamente correctas) o, también, con malos modos y violencia, no se quiere escuchar esta Palabra, no se quiere aceptar esta mano de carne, no se quiere ver esta luz. Preferimos nuestro poder aparente, poder destructivo y oscuro, que nos ofrece una seguridad engañosa pero que nos evita riesgos.

La Palabra poderosa por la que todo fue hecho se ha hecho niño, rostro, uno de los nuestros, se ha hecho carne, carne débil y trémula, aterida, hambrienta, necesitada de unos brazos que la acojan (los brazos de María, pero que también pueden ser los nuestros), y amenazada por manos que quieren acallarla y suprimirla, ha sometido su poder benéfico al riesgo de los poderes oscuros de este mundo. Sin embargo, la Palabra no se ha hecho carne en balde. Aunque encarnado, limitado, vulnerable y en situación de riesgo, el poder de Dios no deja de ser un poder real, positivo, creador, luminoso, comunicativo. Encuentra también eco, acogida y aceptación. Los que ven esta luz, tocan esta carne y escuchan esta Palabra se encuentran participando del poder mismo de Dios: no de un poder político, económico o militar, sino de ese poder propio de la Palabra por medio de la cual todo se ha hecho: es el poder de ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, Palabra encarnada. Es un poder que nos purifica, nos renueva por dentro, nos devuelve la dignidad con la que Dios, en el principio creo todo muy bien, muy bueno, y que nosotros hemos debilitado y manchado por el pecado. Los que hemos recibido este poder por la fe y el bautismo adquirimos la capacidad, ni más ni menos, de actuar como el mismo Dios, con su mismo poder: la capacidad de inclinarnos ante el necesitado, de abajarnos sin violencia, de ir al encuentro y establecer un diálogo, de dar vida, dando la propia vida, de asumir riesgos sin temor a las consecuencias. Los que acogen esta Palabra hecha carne participan del poder creador de Dios que es el Amor, y por eso no se aíslan de los demás, sino que al contrario, se ponen en pie y van al encuentro de todos para hacerles partícipes de la gran noticia, realizando en sí la luminosa profecía de Isaías: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva”.

José Maria Vegas, cmf

 

 

Julio César Rioja, cmf

 

 

Ángel Moreno de Buenafuente

 

 

Ángel Moreno de Buenafuente

 

 

(A)

Celebrar la Navidad es, ante todo, creer, agradecer y disfrutar de la cercanía de Dios. Estas fiestas sólo puede gustarlas en su verdad más honda quien se atreve a creer que Dios es más cercano, más comprensivo y más amigo de lo que nosotros nos podemos imaginar.

Este Niño nacido en Belén es el punto de la creación donde la verdad, la bondad y la cercanía cariñosa de Dios hacia sus criaturas aparece de manera más tierna y bella.

Sé muy bien cómo les cuesta hoy a muchas personas encontrarse con Dios. Quisieran creer de verdad en Él, pero no saben cómo. Desearían poder rezarle, pero ya no les sale nada de su interior. La Navidad puede ser precisamente la fiesta de los que se sienten lejos de Dios.

En el corazón de estas fiestas en que celebramos al Dios hecho hombre, hay una llamada que todos, absolutamente todos, podemos escuchar: “Cuando no tengas ya a nadie que te pueda ayudar, cuando no veas ninguna salida, cuando creas que todo está perdido, confía en Dios. Él está siempre junto a ti. Él te entiende y te apoya. Él es tu salvación”.

Siempre hay salida. Lo más importante de nuestro ser, lo más decisivo de nuestra existencia, está siempre en manos de un Dios que nos ama sin fin. Y esta confianza en Dios Salvador ha de abrirse paso en nuestro corazón, incluso cuando nuestra conciencia nos acuse haciéndonos perder la paz.

La fidelidad y la bondad de Dios están por encima de todo, incluso de toda fatalidad y todo pecado. Todo puede ser nuevo si nos abrimos confiadamente a su perdón. En ese Niño nacido en Belén, Dios nos regala un comienzo nuevo. Para Dios nadie está definitivamente perdido.

Sé que las fiestas de Navidad no son unas fiestas fáciles. El que está solo, siente estos días con más crudeza su soledad. Los padres que sufren el alejamiento del hijo querido, lo añoran estas fechas más que nunca. La pareja en que se va apagando el amor, siente aún más su impotencia para reavivar aquel cariño que un día iluminó sus vidas.

Sé también que estos días es fácil sentir dentro del alma la nostalgia de un mundo más humano y feliz que los hombres no somos capaces de construir. En el fondo, todos sabemos que, al margen de otras muchas cosas, no somos más felices porque no somos más buenos.

Pues bien, la Navidad nos recuerda que, a pesar de nuestra aterradora superficialidad y, sobre todo, de nuestro inconfesable egoísmo, siempre hay en nosotros un rincón secreto en el que todavía se puede escuchar una llamada a ser mejores y más felices porque contamos con la comprensión de Dios.

Si los hombres huimos de Dios, en el fondo es para huir de nosotros mismos y de nuestra superficialidad. NO es de la bondad de Dios de la que queremos escapar, sino de nuestro vacío y nuestra mediocridad.

Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas sepan rezar a un Dios cercano y acogerlo con corazón creyente y agradecido. Para ellos habrá sido Navidad.

(B)

La Navidad encierra un secreto profundo que, desgraciadamente, se les escapa a muchos de los que hoy celebrarán “algo”, sin saber exactamente qué.

Muchos no pueden ni siquiera sospechar que la Navidad nos ofrece la clave para descifrar el misterio último de nuestra existencia.

Generación tras generación, los hombres han gritado angustiados sus preguntas más hondas. ¿Por qué tenemos que sufrir, si desde lo más íntimo de nuestro ser todo nos llama a la felicidad? ¿Por qué tanta humillación? ¿Por qué la muerte si hemos nacido para la vida?

Los hombres preguntaban. Y preguntaban a Dios porque, de alguna manera, cuando estamos buscando el sentido último de nuestro ser, estamos apuntando hacia él. Pero Dios parecía guardar un silencio impenetrable.

Ahora, en la Navidad, Dios ha hablado. Tenemos ya su respuesta. Pero Dios no nos ha hablado para decirnos palabras hermosas acerca del sufrimiento, ni para ofrecernos disquisiciones profundas sobre nuestra existencia.

Dios no nos ofrece palabras. No. “La Palabra de Dios se ha hecho carne”. Es decir, Dios más que darnos explicaciones, ha querido sufrir en nuestra propia carne nuestros interrogantes, sufrimientos e impotencia.

Dios no da explicaciones sobre el sufrimiento, sino que sufre con nosotros. No responde al porqué de tanto dolor y humillación, sino que él mismo se humilla. Dios no responde con palabras al misterio de nuestra existencia, sino que nace para vivir él mismo nuestra aventura humana.

Ya no estamos perdidos en nuestra inmensa soledad. Ya no estamos sumergidos en pura tiniebla. Él está con nosotros. Hay una luz. “Ya no estamos solitarios sino solidarios”. Dios comparte nuestra existencia.

Ahora todo cambia. Dios mismo ha entrado en nuestra vida. La creación está salvada. Es posible vivir con esperanza. Merece la pena ser hombre. Dios mismo comparte nuestra vida y con él  podemos caminar hacia la plenitud.

Por eso, la Navidad es siempre para los creyentes una llamada a renacer. Una invitación a renacer la alegría, la esperanza, la solidaridad, la fraternidad y la confianza total en el Padre.

Recordemos esta mañana de Navidad las palabras del poeta Ángelus Silesius: “Aunque Cristo nazca mil veces en Belén, mientras no nazca en tu corazón, estarás perdido para el más allá: habrás nacido en vano”.

(C)

Cuentan las biografías de Gandhi que el Mahatma, aun siendo como era hinduista, admiraba y amaba apasionadamente a Cristo.

Pero tenía una impresión bastante menos buena de los cristianos. Una tarde hablaba del cristianismo a sus discípulos sentado a la vera de un río y, de repente, Gandhi interrumpió su discurso, se levantó, entró en el río, tomó de su fondo un guijarro y se lo mostró aún chorreante a sus oyentes. Después con otra piedra partió el guijarro en dos y mostró a sus discípulos que su interior estaba seco. “Así –les dijo- le ocurre a Occidente. Lleva dos mil años bañado por la doctrina de Cristo, pero aunque esta doctrina ha pasado y pasado sobre su piel, por dentro está seco, por dentro no es cristiano”.

Luego Gandhi siguió hablando del nacimiento de Cristo y dijo esta frase terrible:

“Cuando oigo cantar “gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres” me pregunto dónde se da hoy verdaderamente gloria a Dios y dónde hay hombres en paz.

Mientras sigamos llamando paz al hambre insaciada de muchos y mientras no  hayamos desarraigado de nuestro mundo la violencia. Cristo no habrá terminado de nacer”

Y aún añadió otra frase que desde hace muchos años me hace a mí templar:

“Me gustaría preguntarles a los cristianos qué han hecho de la Navidad”.

Terrible pregunta, amigos míos. Porque la Navidad es la mayor de las alegrías imaginables, pero yo me pregunto si muchos de los que se dicen creyentes la habrán descubierto. La Navidad es el mayor regalo hecho por Dios a la humanidad.

Hace dos mil años, Dios puso en los zapatos de la humanidad el más insoñable de sus regalos: su propio Hijo. Con ello nos repetía que aún nos amaba, que aún confiaba en la humanidad.

Ortega y Gasset escribió que “si verdaderamente Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más importante que existe”.

Pues bien, nosotros creemos que Dios se ha hecho hombre y lo festejamos en Navidad. Pero yo me pregunto si nos damos cuenta de lo que eso significa para la humanidad. O si esta idea nos resulta tan vertiginosa que, para que no vaya a asustarnos demasiado, la hemos camuflado con turrón y champagne.

Sí, habrá que preguntarse muy en serio qué hemos hecho de la Navidad. Habrá que preguntarse  si no estaremos olvidando lo sustancial y si no arrinconaremos al Niño de Belén entre tantos adornos como le ponemos.

(D)

El mensaje en Navidad no puede ser otro que éste: Alegría, alegría, alegría.

Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que viene.

Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.

Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de clausura que estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente locas.

Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.

¡Alegría, alegría para todos!

Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros.

Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.

Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar.

Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.

La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.

Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes, pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, al pequeño Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a los pequeños.

Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios que los hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo hubiera revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a los otros.

Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.

Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría que redescubrir juntos la fraternidad?

Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que necesita su amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en sus corazones será Navidad.

(E)

NAVIDAD, CON NUEVOS OJOS

Érase que se era una ciudad española, cualquiera, Madrid, Barcelona, Valencia, Murcia, Santander, la que ustedes deseen. Sus calles estaban engalanadas porque llegaba la Navidad, ardían de luces sus escaparates, las aceras se habían poblado de abetos. Era la fiesta.

Y a esta ciudad llegó un día un ser venido de lejanas tierras. Era alguien que nunca jamás había oído la palabra «Navidad», alguien que no había oído siquiera el nombre de Cristo.

Era, tal vez, un monje sintoísta que hubiera vivido siempre encerrado en un monasterio del Japón.

O quizá un piadoso musulmán que en algún país del Medio Oriente rezaba todos los días a Alá al levantarse el sol.

O puede que fuera un anciano hindú que hubiese pasado la vida entera venerando al sagrado río Ganges.

O un religioso rabino judío que consumió su vida en una sinagoga de algún pequeño pueblo de Palestina.

O quizá ni siquiera era un ser humano. Quién sabe si el extraño visitante no era en realidad un marciano de esos que nos imaginamos con grotescas figuras.

Es igual, elijan ustedes. Basta con que se trate de alguien que llega esta tarde a nuestras calles, alguien que no sabe ni sospecha qué fiesta es la que estamos celebrando. Alguien que hoy se pasea por nuestras avenidas y se pregunta a sí mismo qué fiesta es esta que estamos celebrando. Acompañémosle por las calles de nuestra ciudad y tratemos de adivinar lo que piensa cuando ve lo que ve.

Nuestro amigo acaba de llegar a la plaza Mayor de la ciudad o del pueblo y sus ojos se van hacia unos letreros que le llaman la atención.

Nuestro amigo piensa que está empezando a comprender. «Eso es -se dice a sí mismo-, los españoles están celebrando la fiesta del dinero. Ése es su dios. O al menos el mayor de sus dioses. A ese dios rinden culto. En ese dios es en quien piensan más tiempo y a quien mayormente se encomiendan.

Es una fiesta extraña, piensa nuestro amigo, mientras sigue caminando por las calles iluminadas, pero ya le han dicho que los occidentales somos gente muy especial.

Pero -de pronto- nuestro amigo ve abierta la puerta de un supermercado, de unos grandes almacenes y decide entrar en ellos.

Nuestro amigo ha comenzado a dudar. Ya no está seguro de que sea la fiesta del dinero. ¿No será más bien la fiesta del estómago? Tal vez sí, tal vez los españoles dediquen unos días al año a dar culto a la gula y se atiborren de dulces y bebidas y de los manjares más caros y exquisitos. Tal vez, quién sabe. ¡Los occidentales son tan extraños!

Pero en su pasear a nuestro visitante le ha llamado la atención el número de niños que ve por las calles.

Nuevamente le han entrado dudas a nuestro amigo. Porque ahora está preguntándose si no celebraremos la fiesta de los niños. Esto le parece más lógico que una fiesta del dinero o del estómago. Y piensa que sí, que eso debe de ser: son los días en que los occidentales dan culto a los niños y por eso les llenan de regalos.

Pero cuando sigue paseando por las calles nota en las caras de la gente un algo especial. Y empieza a imaginarse que tal vez estamos celebrando la fiesta de la fraternidad.

Pero desciende a los suburbios de esa ciudad y empieza a ver rostros que no parecen ser felices ni siquiera en estos días.

Ve vagabundos abandonados, ancianos que parecen solitarios. E intenta hablar con ellos.

Pero después de hablar con ellos, nuestro visitante empieza a no estar muy seguro de que sea la fraternidad el centro de estos días.

Cansado, al caer de la tarde, nuestro amigo penetra en una iglesia. Y allí en medio de la oscuridad, le llama la atención un rincón iluminado.

Lo que ve es un extraño portal en el que hay unas figuritas de barro. Un niño recién nacido que reposa en el pesebre. Una figura de mujer que tiernamente le mira. Un anciano que parece cuidar de los dos. Una mula que mira al niño con ojos casi humanos. Un buey que le da calor con su aliento.

Nuestro amigo contempla la escena sorprendido y no entiende que esto tenga nada que ver con todo lo que ha visto antes. ¿Qué relación puede tener esta pobreza con el culto al despilfarro de los escaparates? ¿Cómo relacionar a esta familia que no tiene ni casa con los billetes de la lotería? ¿Cómo podría nuestro amigo imaginar que todo aquello -la lotería, las comilonas, los regalos, las luces de las calles- se hacen para festejar a este niño del portal? ¿No tendrá nuestro visitante que pensar que los hombres, los cristianos, estamos decididamente y rematadamente locos?

¿O que somos unos hipócritas que no creemos lo que decimos creer?

O tal vez nuestro amigo ha tenido mala suerte. Quizá no se sorprendería tanto si hubiera aterrizado en otro país y con otros cristianos.

Puede que hubiera entendido mejor la Navidad si hubiera visto la que celebran otros cristianos en otros países «menos católicos» pero más creyentes.

Por ejemplo... si hubiera visto esta celebración navideña en un pueblecito de la India. A través de una madre hubiera entendido mejor la figura de María.

Y hubiera entendido mejor la pobreza de la cuna. Y habría descubierto a José en el carpintero.

Había comprendido mejor la sencillez de los pastores. Y los dones humildes de los Reyes Magos.

Y le habría parecido más profundamente religiosa la danza de alegría ante el pequeño recién nacido.

Porque tal vez hay que ser pobre y sencillo para poder entender la pobreza y la sencillez de la Navidad.

Porque tal vez en Occidente somos demasiado ricos y demasiado listos para comprender el amor de un Dios que se hizo niño en Belén.

Juan Jáuregui Castelo

 

 

Diego Figueroa

 

 

Definiciones de la navidad

La Navidad es la fiesta que el mundo cristiano ha dedicado con emoción al Niño-Dios. Es cuando el hombre se siente más cerca del cielo, porque se hace niño para adorar a un Niño.

En Navidad vuelve a florecer todo lo que es bueno, porque es más limpio el amor, más fácil la sonrisa y más auténtico el deseo de felicidad.

Navidad es descubrir la necesidad de la venida liberadora de Cristo, venida silenciosa y oculta, pero perceptible desde la fe.

La Navidad no es una marea de ternura, que pone una tregua al odio y a la infelicidad y posibilita el diálogo y la convivencia.

Es Navidad siempre que se humillan las colinas del orgullo, se suavizan las asperezas egoístas, se hacen rectos de esperanza los caminos tortuosos del desconcierto existencial.

Lleva la Navidad cuando la tierra se deja fecundar por el rocío celeste y las promesas se hacen espléndida realidad con una luz nueva, que disipa sombras de noches largas.

Navidad es una buena noticia, que debe ser aceptada con sencillez: Dios habita entre nosotros; no estamos solos. El niño de Belén es la prueba inconmovible de la solidez, de la fuerza, de la autenticidad del amor de Dios.

La Navidad es adoración y contemplación de Dios, encarnado en un niño, que es entregado a la ternura de una madre virgen, a la custodia de un padre adoptivo, a la admiración de los pastores, a la veneración de los magos. El Dios de la Navidad se manifiesta en Jesús como fuerza divina y fragilidad humana.

La Navidad de Dios saca al hombre de la noche de la soledad, del pecado, del odio y del mal, de la tristeza y de la caducidad; y lo lleva al día de la verdad y de la salvación, a la luz de la esperanza.

Navidad es verdadero nacimiento de Dios dentro del hombre, y no simple instalación de “belenes” con figuras que pueden romperse.

Navidad es hacer posible la paz, evitando ganar las guerras que hacen callar los gritos inocentes de los que sufren.

Navidad es la Pascua que se inicia, victoria de la vida.

 Andrés Pardo

 

 

La primera lectura de la Misa del día de Navidad es del libro del profeta Isaías, y narra el retorno de los exiliados en Babilonia a Jerusalén y la misión del Siervo del Señor (Is 49-55). La lectura es un cántico al Señor por la restauración de Jerusalén. El pueblo de Dios está sometido a un exilio forzoso, que se prolongará durante más de cincuenta años, en los que Israel se planteó una serie de preguntas acuciantes: ¿dónde está la promesa de una dinastía eterna? ¿Dónde está su compromiso de habitar siempre en su templo? ¿Por qué no defiende a su pueblo? ¿Por qué guarda silencio?. Y es entonces cuando Dios envía su mensajero a su pueblo, como presencia salvadora. Esta actuación salvadora llegará un día a todos los hombres. Dios hace las cosas de tal manera que desconcierta: es un niño indefenso quien expresa el poder de Dios. La celebración del Nacimiento del Salvador urge a los discípulos de Jesús a descubrir y luego proclamar que ciertamente Dios actúa con poder en su Hijo Jesús.

En el prólogo de la carta a los Hebreos el autor recuerda la historia de las manifestaciones de Dios a través de su palabra. Ahora, en la plenitud de los tiempos nos ha hablado por su propio Hijo, superior a todo profeta: Jesús es la última palabra de Dios. Él nunca dejó de hablar a su pueblo: en el tiempo de la promesa y de las figuras lo hizo por medio de mensajeros humanos; su palabra, una y única, se fue articulando de manera pedagógica a lo largo de la historia de la salvación de múltiples formas. Llegada la plenitud de los tiempos esa Palabra se haría historia entre los hombres. Dios habló por medio de su Hijo, su última palabra a los hombres. Ahora guarda silencio, y es tarea de los discípulos de Jesús de todos los tiempos, que su palabra siga siendo proclamada por el mundo. Se nos invita con urgencia a la evangelización, a la proclamación de la Buena Noticia de las maravillas de Dios. Dios estaba en Cristo oculto pero presente. Y ahora sentado a la derecha del Padre, intercede por todos y conducirá a la Iglesia hacia esa misma meta.

El prólogo del evangelio de Juan está estructurado en la forma semítica llamada “quiasmo”: todo está en función de un centro que se resalta especialmente: los que acogen la Palabra adquieren el derecho a poder llegar a ser hijos de Dios (vv. 12-13). Este texto es una síntesis de la actuación de Dios.

Toda la humanidad es invitada a contemplar en el niño el sentido de su propio ser: la Iglesia quiere que el día de Navidad dirijamos una mirada respetuosa a la creación. ¡Ese niño es la Palabra Eterna de Dios por la que lo creó todo! Los creyentes podemos entrar en diálogo con la Palabra más directamente por la presencia humana de Jesús. Nuestro mundo necesita esa palabra directamente por la presencia humana en Jesús. Nuestro mundo necesita esa palabra de humanización y dignificación que le abra el horizonte que Dios ha preparado para los hombres. Nos urge hacerle presente y creíble. La Encarnación y el Nacimiento de la Palabra se han realizado para llevar al hombre a la meta final. La celebración de la Navidad nos permite actualizar hoy aquel gesto incomprensible pero verdadero. En nuestra peregrinación por este mundo alguien caminó junto al hombre, junto a todo hombre.

Todo el proceso de la Palabra eterna en la creación, en la historia de los hombres, en la historia de Israel y en la Encarnación tiene una finalidad, a saber, hacer de los hombres hijos de Dios. Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación. La salvación de los hombres, el reencuentro con Dios, que le permitirá conseguir su plena humanización y su dinámica comunión con los demás, ha sido la finalidad de todos los dones de Dios. El hombre, además de ser imagen de Dios por la presencia de la Palabra y del Espíritu, es su propio hijo adoptivo con todos los derechos (cfr. Rm 8,17). Esta es la verdadera Navidad. Somos invitados a disfrutarla y compartirla generosamente, a actualizarla constantemente en medio de nuestro mundo.

Ángel Fontcuberta

 

 

Florentino Muñoz Muñoz

 

 

 

 

Navidad: un punto de apoyo

La capacidad de mover el mundo, Arquímedes la asociaba a contar con un punto de apoyo. Los creyente hemos de buscarlo en Jesús, el niño recién nacido. Cuantos hacemos posible cada día www.entryveras.org os deseamos una muy feliz Navidad.

Es el momento de escribir sobre la Navidad y no se me ocurre nada fuera de lo siempre dicho. Una buena opción puede ser escribir un cuento de Navidad; otra refrescarme a mí mismo y al posible lector de estas líneas la teología de la encarnación. Sin embargo voy a tomar una tercera vía, que linda con lo ya dicho; que abunda en lo sabido pero que me parece mucho más útil, para un día como el de hoy en el que tenemos que tomarnos las cosas con calma.

En el evangelio de hoy, al enfrentarnos al prólogo de san Juan nos da la sensación de montarnos en un tiovivo o en una montaña rusa alrededor de esa Palabra con mayúscula que se hace “carne”. Se trata de una nueva presencia de Dios, está en Jesús, su Palabra, pero de la forma más corruptible según la antropología semita; y a la vez de la forma más entendible y gráfica en que podía hacerlo. La palabra “carne” lleva consigo visibilidad, realidad, debilidad humana, mortalidad. Dios se humaniza en Jesús haciendo de lo plenamente humano el lugar propio del encuentro con Él. Además, habitó entre nosotros, plantó su tienda para vivir en ella, para ser nuestro vecino.

Cuentan que Arquímedes, dos siglos antes del nacimiento de Jesús, refiriéndose a las palancas dijo: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Los seguidores de Jesús, en un día como hoy, también podíamos acogernos a esa frase y considerar que apoyados en los valores de Jesús el mundo puede moverse y mudarse de un sistema a otro. Con esto no quiero decir que los seguidores de Jesús tengamos que imponer nada ni mangonear desde las sacristías la vida política a golpe de manifestación o pataleta postelectoral. Simplemente digo que Jesús es en sí mismo un valor que trae consigo un modelo de sociedad apoyado en la fraternidad donde se promueve la justicia, la igualdad de oportunidades, el respeto, la caridad, etc… Es una tarea difícil pero no podemos hacernos cómplices de un modelo que genera más y más pobreza de todo tipo. ¿No es acaso más cristiano que las relaciones humanas se basen en hacer el bien al otro y no en el beneficio que podemos sacar del otro? ¿No es acaso más cristiano fomentar la alegría sin que tenga que ser a costa de nadie? ¿No es más cristiano promover un modelo de sociedad donde todas las personas tengan las mismas oportunidades? ¿No resulta mejor ejercer la solidaridad para que nadie se muera de hambre que poner lamentarse cuando ya no hay remedio? La sociedad está secularizada y tenemos que ser capaces de dialogar con quienes no piensan como nosotros sin imponer, sino proponiendo el mensaje que mana de la fuente inagotable que es Jesús.

Busquemos ese punto de apoyo en un Dios hecho hombre. No hace falta ir demasiado lejos, ni desempolvar, muchos libros, ni subir muchos escalones; solamente pensar en un niño inocente, espontáneo y lleno de ternura. De los que tenemos cerca muchas veces decimos “Que no crezca nunca para que siga siendo así”. Dios no ha crecido. Él es siempre así con lo cual el punto de apoyo en la ternura, en la humanidad sin interés lo tenemos siempre firme. ¿Estamos dispuestos a mover el mundo?

Roberto Sayalero Sanz

 

 

 

 

 

Francisco Sáez Rozas

 

 

Rodríguez Carmona

 

 

Manuel Antonio Menchón

 

 

padre Javier Rojas sj

 

 

padre Carmelo Mele, O.P.

 

 

Benito Pimentel

 

 

mons. José Ignacio Alemany Grau

 

 

 

 

 

José Lorenzo Guzmán Jiménez