Dios que nos nace en Belén como un niño...

1. Sembradores de paz y de alegría.- "Qué hermosos sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva..." (Is. 52, 7) El pasaje de Isaías es, sin duda, uno de los más entusiastas y exultantes que se han escrito. Al mismo tiempo tienen sus palabras un sabor de tiempos antiguos y de paisajes bíblicos, se enmarcan perfectamente en aquellos escenarios de colinas y de montañas, en aquel ambiente de guerras interminables y crueles... La paz era tan deseada que la gente, cuando llega su anuncio por boca de los mensajeros, se llena de alegría y canta gozosa a los que la hicieron posible.

San Pablo volverá a citar ese texto en su epístola a los Romanos, cuando habla de la importancia y necesidad de la predicación del Evangelio, de la difusión de la Buena Nueva... San Josemaría Escrivá tenía una gran devoción por esas palabras, y se las repetía emocionado a sus hijos de los primeros tiempos, para que comprendieran y amaran su vocación de ser mensajeros de la doctrina de Cristo, por todos los caminos de la Tierra, siendo siempre y en todo lugar sembradores de paz y de alegría.

2. El que a vosotros escucha... "En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios..." (Hb. 1,1) Es cierto. A lo largo de toda la Historia Dios no ha dejado de hablar a los hombres. Y es lógico que así haya sido, si tenemos en cuenta que Dios es nuestro Padre y nos ama. Cuando una persona ama a otra, le gusta comunicarse con ella, le transmite sus deseos y le descubre sus sentimientos, le expresa sus temores y sus esperanzas, le manifiesta sus quejas y sus satisfacciones... Dios nos sigue hablando, de otra manera quizás, pero nos sigue amando y, por consiguiente, sigue comunicándose con nosotros.

En los tiempos remotos eran los profetas, los voceros del Señor, quienes hablaban a los hombres de parte de Dios. Luego vino el Hijo de Dios y se hizo hombre. Así pudo el Señor hablar con nuestras mismas palabras, usar nuestro lenguaje, comunicarse directamente con los que convivieron con él... Luego él se marchó, pero dejó a sus apóstoles para que trasmitieran sus palabras, de tal modo que quienes les escuchan, es igual que si escucharan al mismo Jesús, según aseguró el Señor en más de una ocasión.

3. El prólogo de san Juan.- "Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros..." (Jn. 1,14)El Logos dice el texto original griego, que parece traducir el término hebreo Menrah y que la versión latina traduce por Verbum. En castellano siempre se dijo el Verbo. Ahora se traduce por Palabra en un afán de hacer más comprensible ese concepto joánico que intenta dar un nombre al Inefable, que precisamente por serlo escapa a nuestras posibilidades de comprensión y por tanto de nominación. De todas maneras el misterio sigue envolviendo a este Dios que nos nace en Belén como un niño...

Él se hizo carne en el seno virginal de Santa María. Sí, carne, sarx en griego, bashar en hebreo. Un niño de carne, como cualquier otro niño, pequeño y torpe, inerme y blando, casi ciego, el pelo raído y escaso, desvalido y hambriento... Un niño en brazos de su madre, buscando el pecho como lo pintara el Divino Morales, con toda la ternura y el cariño que su presencia implica. No es de extrañar que los santos se emocionaran al verlo y que los artistas, pintores o poetas, le dedicaran sus mejores colores y versos...

Antonio García-Moreno

 

 

 La navidad, el regalo del padre

1. Dios, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. El Hijo, se nos dice en esta Carta a los Hebreos, es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Cuando el Padre, en la Navidad, nos regala a su propio Hijo, nos está regalando la impronta de su propio ser, se nos está regalando a sí mismo. Por eso, la fiesta de Navidad es la fiesta del Dios con nosotros. En los regalos de Navidad los padres quieren regalar a sus hijos algo que les haga ilusión, algo que les haga más felices. Cuando Dios, nuestro Padre, nos vio descarriados y perdidos, quiso enviarnos como regalo a su propio Hijo, para que fuera nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Dios mismo vino, en definitiva, a rescatarnos y a reconducirnos. El Hijo es, pues, el regalo navideño que nos ha hecho el padre a nosotros, sus hijos. Y como Dios es puro amor, al regalarnos a su Hijo nos ha regalado su amor. Por puro amor hemos sido salvados.

2. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Noticia! También nosotros, como hijos, queremos hacer en estas navidades un regalo a nuestro padre. La Buena Noticia de la que habla hoy el profeta Isaías es la noticia de la presencia victoriosa de Dios en medio de su pueblo. El predicar esta Buena Noticia, este evangelio, a la sociedad en la que nosotros vivimos es el mejor regalo que nosotros podemos hacer al Padre. Predicar el evangelio de su Hijo con nuestras palabras y con nuestra vida a las personas con las que vivimos y convivimos. Decir a la gente que Dios quiere vivir entre nosotros como paz, como justicia, como amor; que Dios mismo quiere ser nuestra paz, nuestra justicia, nuestro amor. Si caminamos por la vida anunciando esta Buena Noticia seremos realmente mensajeros del evangelio de su Hijo. Predicar al mundo el mensaje de la paz, de la justicia y del amor de Dios es el mejor regalo que nosotros, los cristianos, podemos y debemos hacer en estas fiestas a Dios nuestro Padre. Sin olvidar que si la Navidad ha sido un regalo amoroso de Dios hacia cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debemos hacer de nuestra vida un regalo amoroso hacia los demás.

3. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Si nos dejamos iluminar por la luz de Cristo, también nosotros seremos luz de Cristo para los demás. Si siempre fue necesaria la luz verdadera para no perderse en las tinieblas, hoy lo es todavía más, porque hoy más que nunca abundan en nuestro mundo multitud de luces que más que orientarnos, nos desorientan. No podemos dejarnos cegar por luces opacas y engañosas, que más que conducirnos por el camino de Dios, intentan guiarnos por caminos torcidos y egoístamente interesados: los caminos de la publicidad, del consumismo, de la economía inhumana, de ideas y culturas superficiales y vacías. Nuestra luz verdadera es Cristo y su evangelio, un evangelio que está construido sobre la base inconmovible de los dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Dejémonos iluminar por esta luz de Cristo y tratemos de iluminar con esta luz al mundo que nos rodea. Sólo así haremos de nuestra vida una auténtica Navidad.

 

 

Celebremos cristianamente la navidad

1. Cristo se hizo hombre parra salvar a los hombres, es decir, a todo el género humano. No vino como turista, para ver y contemplar nuestras grandezas y nuestras miserias, vino para salvarnos, es decir, para librarnos de nuestras esclavitudes, espirituales y sociales, y para enseñarnos a vivir como auténticos hijos de Dios. Pues bien, con esa misma intención debemos también nosotros celebrar la Navidad. Así como María, por gracia del Espíritu Santo, formó a Cristo en su seno, así también cada uno de nosotros debemos formar a Cristo en nuestro corazón, debemos vivir de tal manera que nuestra vida aparezca y sea una imagen viva de Cristo. Nuestra vida en sociedad debe hacer visible la vida de Cristo en nuestra sociedad. Esto es dar a luz a Cristo, hacer que Cristo nazca entre nosotros. Si somos de verdad cristianos, no podemos ser espiritualmente estériles, tenemos que ser fértiles alumbrando a Cristo. Esto debemos hacerlo siempre, pero especialmente y con una especial intensidad en estos días de Navidad. La celebración de la Navidad no puede ser para nosotros un acontecimiento preferentemente pasivo, de ver y contemplar, sino activo, haciendo que en nuestro corazón nazca y crezca cada día el cuerpo de Cristo. Si en estos días de Navidad no hacemos nacer a Cristo en nuestras vidas, no celebramos cristianamente la Navidad. Por supuesto que para nosotros todos los días deben ser Navidad, pero en estos días litúrgicamente navideños debemos renovar con más fuerza nuestro particular propósito de hacer visible a Cristo en nuestras vidas. Si ser cristiano supone siempre el propósito de vivir como vivió Cristo, en este día solemne de la Navidad debemos hacer un propósito solemne de ser seguidores de Cristo, imágenes vivas de Él, nacer y crecer cada día como Cristos vivos.

2. Pero la Navidad cristiana nunca podrá ser una Navidad egoísta y egocéntrica. Cristo no vino al mundo para salvarse a sí mismo; vino para salvar a los demás, para salvarnos a nosotros. Cristo, mientras vivió con nosotros, luchó con todas sus fuerzas contra el mal. Curó a los enfermos, defendió a los marginados, dio de comer a los pobres, gritó contra los corruptos, acogió a los pecadores y se revolvió contra los gobernantes tiranos que oprimían al pueblo con leyes injustas e interesadas. Ahora debemos ser nosotros, los cristianos, los que ayudemos a los pobres, gritemos contra los corruptos, convirtamos a los pecadores, aliviemos a los enfermos y, en fin, luchemos con todas nuestras fuerzas contra el mal. Ser cristiano en estos días de Navidad, en los que celebramos el nacimiento de un Dios pobre y humilde, es pensar especialmente en los miembros más pobres y humildes del cuerpo de Cristo. San Agustín llama cariñosamente a los pobres “los pies de Cristo” y les dice a sus fieles que no atender a los pobres es como acercarse a besar el rostro de Cristo, pisándole los pies. En estos tiempos de crisis económica y de crisis de valores los cristianos debemos vivir la Navidad con auténtico espíritu cristiano. Siendo, cristianamente, sobrios, generosos y solidarios con los miembros más pobres y necesitados del cuerpo de Cristo. Así parece decírnoslo desde el pesebre el Niño del portal.

Gabriel González del Estal

 

 

¡Un niño nos ha nacido!

1. ¡Un niño nos ha nacido! Ya no hay tinieblas, ni sombras. El profeta Isaías nos anuncia la Buena Noticia. Nosotros, el pueblo de Dios, hemos recibido una gran luz. El gozo y la alegría se acrecientan. ¡Un niño nos ha nacido! Y trae consigo la paz sin límites, la justicia y el derecho.

2. ¡Un niño nos ha nacido! Cantad al Señor. ¡Hoy nos ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor! Lo repetimos en el Salmo. Cantad, cantad, cantad al Señor, proclamad su victoria, contad su gloria y sus maravillas. Alegría, gozo, justicia y fidelidad. Eso nos trae el niño entre sus brazos.

3. ¡Un niño nos ha nacido! Es la gran noticia de esta noche, de este amanecer. Amanece el domingo, el día de la Pascua. El resucitado viene a nacer entre nosotros. Es mañana de domingo, mañana de resurrección, mañana de Navidad. En el final de nuestra historia, Dios se ha hecho hombre, se ha hecho Palabra de Dios. Dios nos ha dado su Palabra para siempre. Dios “nos ha hablado por su hijo”, por Jesús, por ese niño, “envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Es una palabra de amor, es una palabra poderosa, que sostiene el universo, que sostiene nuestras vidas. Es una palabra en la que nos podemos apoyar, sobre la que podemos construir nuestra vida. Dios Padre ha enviado a su Hijo para que todo el que crea en Él tenga la Vida eterna.

4. ¡Un niño nos ha nacido! Del seno de María, su madre que, con su “hágase”, dio inicio al plan salvador de Dios. Ella, camino de Belén, para censarse, con su esposo San José, dio a luz al Salvador y “lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada”. ¡Un niño nos ha nacido! Y ha nacido como ha podido, porque Dios no tiene sitio para nacer entre lujos y riquezas, son los pobres los que le hacen hueco. Dios nace en un pesebre y le acogen y le reciben los más pobres, los pastores. Ellos son los primeros que le dan cariño y calor. Por eso Jesús siempre estará a gusto entre la gente sencilla, entre los últimos. Por eso Dios viene a “anunciar la Buena Noticia a los pobres”.

5. ¡Un niño nos ha nacido! En la ciudad de David, en Belén. “Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Damos gloria a Dios porque ha estado grande con nosotros. “No temáis –nos dice el ángel–, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo”. Ese pueblo “que caminaba en tinieblas, vio una luz grande”. Es una luz para caminar por sendas nuevas, para no cometer los mismos errores, para no volver a los caminos equivocados que nos han llevado a la crisis en la que vivimos. ¡Un niño nos ha nacido! Nos trae luz, paz, alegría, gozo… para todas nuestras familias. ¡Que sea Navidad en todas las casas! Que podamos llevar esta Buena Noticia a todos los hogares, también a aquellos donde hay “tinieblas” y “sombras”.

6. ¡Un niño nos ha nacido! Los pastores hacen correr la noticia. ¡Vayamos a Belén! ¡Venid a adorarle! Postrémonos ante Él, presentémosle nuestra vida. Aquí estamos, Señor, venimos a adorarte, como hacemos cada domingo en la Eucaristía, porque Navidad es reconocer que Tú estás en medio de nosotros, que nos quieres, nos cuidas y nos acompañas cada día. Danos fuerza para llevar esta Buena Noticia a todas las casas, a todas las familias, a todas las personas.

Pedro Juan Díaz

 

 

Navidad es “dios-con-nosotros” para siempre

1. ¡Feliz Navidad hermanos y hermanas! El gozo y la alegría invaden hoy nuestro corazón al celebrar este gran acontecimiento que hemos estado esperando durante el tiempo de Adviento. ¡Ya es Navidad! ¡Dios ha nacido! Y una vez más nos acompaña en la reflexión la palabra del profeta Isaías, hoy llena de alegría y de júbilo. Ese gran profeta de la esperanza que durante el adviento nos ha mantenido en vela, ahora irrumpe con un cántico de alegría, con unas imágenes bellas que reflejan la Buena Noticia de un Dios que ha venido a nacer entre nosotros y para siempre.

2. Son las imágenes del mensajero que llega con los pies llenos de polvo, pero que se convierten en hermosos porque traen una alegre noticia; son los gritos de los que vigilan desde las torres y las atalayas, que no anuncia peligro o amenaza de guerra, sino todo lo contrario, paz, alegría, esperanza, amor, porque llega el Señor, porque Dios ha venido a compartir nuestra vida; es la gran imagen de las mismísimas ruinas de Jerusalén, que en otro tiempo fueron símbolo de destrucción, de destierro, de desesperanza, y que ahora cantan a coro celebrando la intervención salvadora de Dios. Porque el nacimiento de Jesús es un nacimiento salvador, buena noticia para todos, especialmente para los más pobres y desanimados.

3. Ellos, los más sencillos y humildes, son los primeros en presentarse en el portal de Belén y reconocer en el niño al Dios-con-nosotros. Ellos, los pastores, los de la clase social más baja de entonces, son los que le ven, porque Dios se ha puesto a su altura, Dios se ha hecho uno de ellos, Dios se ha hecho pobre, necesitado, niño, hombre, persona, para que cada uno de nosotros podamos verle y reconocerle entre nosotros, acompañando nuestras vidas. Pero sólo será posible si también nosotros nos ponemos a la altura de los más pequeños. No le descubriremos si vamos por la vida mirando por encima del hombro a los demás, creyéndonos superiores al resto. Sólo podremos descubrirle haciéndonos pobres, sencillos, humildes de corazón. Para aquellos pastores no fue difícil, esperemos que para nosotros tampoco lo sea.

4. Dios nace entre nosotros. Dios se ha hecho hombre. En Jesús, Dios nos ha dicho su gran Palabra. En Jesús, Dios nos ha hablado. Jesús es la Palabra de Dios que se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. Dios ha puesto su tienda y se queda para siempre. Dios quiere estar cerca de nosotros. Dios quiere formar parte de nuestro día a día. El mensaje de Dios es Jesús, su cercanía con todos, su amor para todas las personas, especialmente para los más pobres, sus palabras, sus milagros: “amaos como yo os he amado”; “haced esto en memoria mía”; “lo que hagáis con uno de estos pequeños, conmigo lo hacéis”; “tu fe te ha salvado”; “yo tampoco te condeno”; “id al mundo entero y anunciad el Evangelio”; “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

5. Navidad es “Dios-con-nosotros” para siempre. Hoy es la Pascua de Belén. Jesús se encarna en nuestra historia y promete estar con nosotros todos los días, hasta el final. Quiere compartirlo todo. Quiere hacernos fuertes frente al pecado. Quiere alentar y sostener nuestros esfuerzos por ser mejores y por construir un mundo mejor para todos.

6. Cada vez que celebramos la Eucaristía es Navidad, porque Dios se hace presente en medio de nosotros, con la fuerza de su Espíritu, para enviarnos a anunciar la Buena Noticia de su presencia salvadora en nuestro mundo. Hoy este altar es el pesebre de Belén. Y todos nosotros estamos llamados a ser como aquellos sencillos pastores que reconocieron en aquel bebé a todo un Dios que había nacido entre ellos, entre los sencillos, entre los humildes, entre los pobres. Ojala que todos nosotros podamos estar “a la altura” de aquellas gentes para descubrir a Dios también hoy aquí. Él viene y se queda para siempre. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz “Dios-con-nosotros” para siempre!

Pedro Juan Díaz

 

 

Hermanos del buey y de la mula

1. Ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedarse indiferente. Todo el mundo tiene que definirse. De esto tenemos símbolos en los evangelios de estos días. Los pastores abandonan y van a Belén. La estrella se pone en camino y arrastra a los Magos de Oriente. Los posaderos cierran sus puertas a la Madre y al Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono. Todos se definen.

Dios hecho hombre, hermanándonos por ser hermano común nuestro es el Misterio Central de nuestra Fe. O lo creemos o no. Si no lo creemos cerremos las puertas y ventanas como tantos vecinos de Belén. Pero si lo aceptamos no tenemos más remedio una postura congruente con nuestra Fe.

2.- Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y gamberrismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros que se toma libertad de sentarse en la butaca junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos de su Padre, que lo es también mío. Poco más nos dice. Es machacón hasta hacerse molesto.

3. Este Niño Dios es un niño bueno, no le oímos en lloreras ni en rabietas, porque no le entendemos o no queremos escucharle a la primera. Sabe esperar y se duerme en nuestros brazos porque confía en cada uno de nosotros. Confía que al fin va a triunfar su bondad y nuestra bondad, su generosidad y la nuestra.

Ignacio de Loyola, machacón como buen vasco tiene el mal gusto de poner en la meditación del Nacimiento estas frases: “Mirar como caminan para que el Señor sea ‘nascido’ en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos para morir en cruz y todo esto por mi”.

Este nacimiento de Dios es algo personal mío. No tenemos derecho a descafeinarlo diluyéndolo como algo que es de todos, es de cada uno. Y el Niño Dios espera, y el vasco machacón, que “ese por mi”, que emerja todo el amor de que soy capaz. Y que ese amor se convierta en verdadera fraternidad entre el Señor y nosotros. Y entre nosotros… y nosotros.

Un amor que vence todo recelo, rencor, intereses creados, todo aquello que impide que seamos un pueblo de hermanos, como la Iglesia que Jesús soñó, tal vez desde el pesebre de Belén.

En el portal de Belén hay ya tanto pastor y tanto rey que si cabremos, pero apretándonos todos vamos a entrar a pedir al Niño Dios que si no sabemos ser hermanos de esos hombres que nos apretujan, al menos nos haga hermanos del buey y de la mula, que, a su modo, saben convivir y servir a un mismo Señor.

José María Maruri, SJ

 

 

Dios nace niño

1. Como San Ignacio nos dice, acurruquémonos en una esquina de la cueva donde nace el Niño Dios y pensemos qué nos dice ese Dios hecho Niño, que cabe en nuestros brazos, que no sabe pedir lo que quiere, que necesita lo que todo niño necesita que es cariño y amor.

No os parece que este Niño viene a borrar la idea del Dios de los relámpagos y truenos del Sinaí, el de las plagas de Egipto. ¿Quién tiene miedo a un niño recién nacido, que se duerme confiado en los brazos de cualquiera que lo acoge con cariño?

2. Desde la cueva de Belén se oye el canto de los ángeles a los pastores. “Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres a los que Dios ama” en su verdadera traducción, en la que le da San Juan Evangelista y es que “Dios es amor”.

Es a la conclusión a que llegó San Juan en su vejez, él que oyó la parábola de buen Padre que sale a abrazar al hijo que vuelve derrotado a la casa paterna, que se ha imaginado al buen pastor regresando alegre al redil con la oveja perdida a hombros, el que ha oído a su Señor Jesús llamar a su Padre y nuestro Padre con la palabra Abba que significa Papá, Juan no tiene otra definición de Dios que Amor.

Y desde el amor se puede interpretar correctamente todo, este niño que patalea y hace pucheros como todo niño pequeño es una pequeña e inmensa muestra de amor, y esa cruz cuya sombra cae sobre el pesebre donde el Niño reposa es la mayor muestra de amor que ese niño hecho hombre va a dar a sus hermanos los hombres la prueba del amor que es dar la vida por los amigos. Los ángeles parecen cambiar su tonadilla celestial y cantarnos que Dios es amor, que es solamente amor y que por eso debemos vivir llenos de paz.

3. Mirando a ese pequeño niño en brazos de su madre María, recuerda uno sin entenderlo que Juan nos dice que es el Verbo Dios, o sea que es lo que Dios nos quiere decir, y porque nos quiere decir algo ha tomado todos los procedimientos posibles para que le entendamos, y el primero fue esa maravillosa naturaleza de puestas de sol de mil colores, montes engalanados de pinos lanzados al cielo o cubiertos del manto de la nieve, arroyos cantarines que todo lo van cubriendo de verde y de flores, todo eso es un ramillete de flores que Dios en su amor nos regala a cada uno de nosotros, es una muestra pequeñísima de su amor, como es pequeña la caja de bombones que se regala a una persona que se quiere, su amor no tienen nada que ver con la insignificancia de regalo, el amor tras el regalo queda sin estrenar.

Dios quiere conducirnos a comprender su amor infinito y tropieza con la pequeñez de nuestro entendimiento, es un pobre Einstein tratando de hacer comprender a un niño de primaria sus ecuaciones de física cuántica.

¿Os imagináis a Velázquez tratando de pintar un burrito para un niño de dos años? Acabaría por pintar cuatro rayas de patas, dos puntiagudas orejas y un rabo en alto, todo su maravilloso arte quedaría reducido a eso porque el niño no capta más.

4. Cuando Dios quiere mostrarnos su belleza y amor pinta esa naturaleza maravillosa para nosotros pero que en realidad no es más que un chafarrinón de color caído al desgaire de la paleta del infinito artista que es Dios. Ha sido un descuido y cuanto más quiere Dios borrar el borrón le sale una cosa más maravillosa, porque del corazón de Dios no pueden salir más que maravillas, y sin embargo en ese corazón infinito de amor y belleza queda un infinito sin manifestar.

5. Dios nace Niño, Dios muere por mí en la cruz, Dios se queda conmigo en el sagrario, Dios se hace uno conmigo en la eucaristía y aun siendo todas maravillosas pruebas de su amor, el amor infinito queda intacto, y aun tiene otros mil modos de manifestarse ante mí, ¿que significa un amor infinito?

Acurrucados ante el Niño de Belén dejemos que ese infinito amor de Dios nos envuelva, que caiga sobre nosotros con el silencio con que la nieve cae en el jardín.

José María Maruri. SJ

 

 

Viene a estar con nosotros

1. Dios se preocupa por el hombre y lo libera. En un bello sueño poético, Isaías presenta el final del exilio. El pueblo de Israel ha experimentado en propia carne la llaga mortal del exilio. Se hace necesaria una mano amiga que ayude algo, que levante el ánimo del creyente que flaquea. La caravana ha partido de Mesopotamia, y el poeta hace ver el momento tan ansiado de la llegada del mensajero, que ya está atravesando las colinas del norte de la ciudad. Una nueva era de paz y libertad comienza: el mensajero trae la buena noticia de la liberación de Israel. A este anuncio se unen los gritos de los vigías que custodian las ruinas de la ciudad. La intervención de Dios no puede dejar a nadie indiferente. Su victoria debe alcanzar a todos los confines de la tierra. Es un mensaje de alegría para un pueblo abatido y sin horizontes: ¡Dios vuelve! Mensaje para el que se siente desanimado: ¡Dios sigue entre los que creen! El que cree en el mensaje piensa que la restauración de una sociedad en ruinas y en crisis económica es posible. Es el mensaje para el creyente de hoy en esta Navidad. Este himno de acción de gracias resonará en otras páginas del AT, como podemos contemplar en el Salmo 97 que hoy recitamos, en las que el triunfo de Dios aparece como una activa esperanza. Quien escucha este himno se ve animado a una seria colaboración con el Dios que actúa en la historia y se preocupa del hombre. En esta etapa final de la historia, señala la carta a los Hebreos, nos ha hablado por su Hijo, que se acerca a nosotros para liberarnos.

2. ¿Aceptamos la Palabra y su acción en nosotros? El “logos” del evangelio de Juan es un concepto tomado de la filosofía griega. En el prólogo del evangelio la Palabra viene a identificarse no sólo con Jesús, sino con la acción de Jesús. Esta personificación viene a mostrar la capacidad que tiene de dar vida y orientación a todo hombre que se acerca a él. De verdad que el misterio de la encarnación es, en el fondo, el misterio del hombre entero. Los judíos no han comprendido la realidad de Jesús. Desgraciadamente el hombre, tú y yo, rechaza la Palabra y se hace tiniebla, angustia, ser para la muerte, absurdo radical. Hasta la mitad del texto el juicio histórico del evangelista Juan es tremendamente pesimista. De hecho, todo su evangelio va a ser un conflicto continuado entre Jesús y un mundo incrédulo, que terminará en el proceso y condena de Jesús: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero hacia la mitad del texto el juicio histórico se completa haciéndose esperanzador: hay hombres que aceptan la Palabra y viven la asombrosa experiencia de ser hijos de Dios.

3. "Y la Palabra se hizo carne". La Palabra de Dios no es un sueño fantástico del evangelista en un momento de ensueño nostálgico. No. Es una realidad sensible y tangible, cuyo nombre es Jesús de Nazaret. La realidad de la presencia de Dios ha comenzado a incidir históricamente en los hombres con el comienzo de la vida de Jesús: este suceso constituye el momento decisivo de la historia de la salvación; lo testimonian los cristianos. La palabra "carne" designa en Juan todo lo que constituye la debilidad humana, todo lo que conduce a la muerte como limitación del hombre. La encarnación no es ninguna apariencia: por la experiencia de nuestro ser de hombres es como hemos de acercarnos a Dios, a Jesús. La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a los hombres. Ha puesto su tienda entre nosotros. Desde el momento de la venida del Hijo al mundo en la debilidad de la "carne", realiza la presencia de Dios entre los hombres. La comunidad cristiana lee solemnemente el prólogo del evangelio de Juan en la fiesta del nacimiento del Señor. Se trata de proclamar la misericordia y fidelidad de Dios, su gracia, que se han hecho realidad en Jesús. Que Dios no actúa mediante favores pasajeros y limitados, sino con el don permanente y total del Hijo hecho hombre que se llama Jesús, el Cristo.

José María Martín OSA

 

 

Dios quiere estar con nosotros

1. "La Palabra era vida y la vida es la luz de los hombres". El evangelista se dirige a una comunidad de cultura griega, que conoce muy bien lo que significa en la filosofía el término "logos", palabra. Es el origen y culmen del universo, es lo que da sentido a todo. El logos es Jesús, que se encarna por nosotros. Pero vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz. Hoy día sigue viniendo a nosotros, ¿por qué no sabemos reconocerlo? Es verdad que celebramos la Navidad, pero más que Navidad son "navidades" en las que es muy difícil identificar la presencia del Niño-Dios. Porque las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica "luz", porque estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra. Hace poco recibí por correo esta "carta" de Jesús:

"Como sabrás, se ha celebrado de nuevo mi cumpleaños. Todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y este año ha sucedido lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, en la televisión y en todas partes no se habla de otra cosa que de la fiesta de mi cumpleaños. La verdad, es agradable pensar que, al menos un día al año, algunas personas piensan un poco en mí. Como tú sabes hace muchos años que empezaron a festejar mi cumpleaños. Al principio era una forma de comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero me da la impresión de que hoy día pocos saben para qué lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho, pero no sabe de qué se trata. Recuerdo que este año, al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor. Había cosas muy deliciosas en la mesa, todo estaba decorado y recuerdo que había también muchos regalos; pero, ¿sabes una cosa? Ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme. La fiesta era para mí, y cuando llegó el gran día me dejaron fuera, me cerraron la puerta... y yo quería compartir la mesa con ellos. La verdad es que no me sorprendí porque en los últimos años casi todos me cierran la puerta. Yo quiero celebrarlo, todavía hay tiempo, ¿me abrirás tu la puerta para que entre? Estás todavía a tiempo"

2. Dios se humaniza. La revelación fundamental del evangelio del día de Navidad, el prólogo de San Juan, es que a todos aquellos que le reciben "Dios les da poder para ser hijos suyos". A todos aquellos que son capaces de acogerlo en su corazón, Dios les regala su gracia, que se desborda generosamente. Dios ha querido estar dentro del mundo, no fuera. La gráfica imagen que el evangelista utiliza para describir la encarnación de Dios en el hombre es la de "acampó entre nosotros". No hay derecho a echar a Dios de nuestro mundo, El esta presente en nuestra vida. Es absurdo decir Dios sólo habita en el cielo, pues El ha querido encarnarse en nosotros. ¿Para qué? No tengo ninguna duda: para enseñarnos a amar. Dios se humaniza, como dice San Agustín, para hacernos a nosotros divinos.

3. Acoger a Dios en nuestro corazón. Una persona me envió un mensaje de Navidad, que es sobre todo una súplica. Creo que aclara la manera en que tenemos que acoger al Dios que se encarna en nuestras vidas: "En breve va a nacer un niño y será huérfano si no lo adoptas. Me gustaría que lo acogieses en tu hogar junto con tu familia. Tendrá que hacer una limpieza general y quitar trastos para hacerle sitio. Retirar el egoísmo, el consumismo, la comodidad, la soberbia, el encerrarse en uno mismo, el orgullo, la mentira, la indiferencia ante los problemas y alegrías de los demás, la envidia, la cizaña, la rutina, las excusas... Necesitará que creas en El y en lo que puede hacer a través de ti. Con este frío no se te olvide con un tejido muy cálido llamado AMOR, que cuanto más lo repartas a quienes te rodean, más calentito estará. Por cierto, sólo te dejará dormir si siembras PAZ cada día, pues si se te olvida llorará mucho. Pero en el fondo, ya verás como será la alegría de la casa. Gracias por ayudar a que este niño tenga un hogar en tu corazón. ¡Su vida depende de ti!".

José María Martín OSA

 

 

¡Silencio y asombro! ¡es navidad!

Bienvenidos hermanos a esta celebración con la que festejamos Nacimiento de Jesucristo. ¿Hay algo más grande en una familia que el recibir a un nuevo miembro dentro de ella? Nosotros somos familia y, por ello mismo, nuestros sentimientos afloran: ha nacido nuestro Hermano Mayor y, ello, es un motivo de indescriptible alegría. Como los pastores, delante de Jesús, dejamos la ofrenda de nuestra oración, de nuestra pobreza y de nuestra fe.

1. Un gran regalo, envuelto en pobreza, se nos da en este día. ¿Seremos capaces de intuir lo que esconde la apariencia de un Niño? Detrás de todo este Misterio nos aguarda una gran sorpresa: el poder ser hijos de Dios. Hoy, entre pajas, se nos manifiesta el amor de Dios. Qué bueno sería que, al salir de esta celebración navideña, al volver de nuevo a la vida desde este pesebre de amor y de humildad, dijéramos: ¡Soy hijo de Dios! ¡Somos hijos de Dios! ¡No nos ha podido ocurrir algo mejor!

2. Al acercar nuestros ojos hasta el portal vemos que, la Palabra, por fin se ha hecho carne. Vemos con nuestros propios sentidos a Jesús, lo palpamos con nuestras manos, lo sentimos en lo más hondo de nuestro corazón. El misterio de la Navidad es precisamente ese: la Palabra de Dios ha venido a nuestro encuentro en Jesús. ¡Oh Enmanuel! ¡Bienvenido seas! Nuestros ojos necesitaban un poco de esperanza y de luz. Gracias, Señor, por haber aterrizado literalmente en nuestras vidas. ¡Gracias, Señor, por no haberte quedado por siempre y para siempre entre las nubes! Hoy, Señor, compartes las hieles de nuestra humanidad. ¿Seremos capaces nosotros de compartir y de pregonar tu divinidad? ¡Feliz Navidad, Señor!

3. Hoy es Navidad. Cantamos lo que sentimos y vemos: Jesús ha nacido. Y, creemos, porque hemos visto. ¿Qué vemos? El Amor de Dios humillado, de rodillas ante la humanidad. Es el grito que, en este día, sale de las entrañas más puras de nuestra Iglesia: ¡HA NACIDO!

--Que el Señor cambie nuestra historia. El mundo, envuelto en oscuridad y preocupaciones, necesita de un Niño que le levante el ánimo, que le rebaje el orgullo y la tentación de ser como “dios” olvidándose de Dios.

--Que el Señor cambie nuestros corazones. Los hombres, decepcionados y de vuelta de tantas falsas promesas, nos dejamos guiar por la belleza de la Santa Navidad. Una Navidad con el color de la bondad de Dios y sembrándose en el interior de aquellos que saben recibirla de frente y no de espaldas.

4. Oh, Señor. Gracias por haber entrado por la puerta pequeña. Tu Nacimiento es una gran lección para nuestra suficiencia: ¡Estamos tan acostumbrados a salir y entrar por puertas grandes! Bienvenido seas a nuestra tierra. Que nos traigas aquello que más necesitamos y que no siempre pedimos: la salvación.

Que nada en este día empañe el sentido más profundo de lo que hoy celebramos. Que nuestras casas no nos impidan ver la humilde gruta de Belén. Que nuestras fragilidades no sean obstáculo para contemplar la belleza del pesebre. Que los ruidos no se impongan al lenguaje musical y celestial de los ángeles. Que otros dioses (consumo, viajes, alardes comerciales….) no consigan doblegarnos y alejarnos de Aquel que es Dios Verdadero en un portal: JESÚS.

Hoy ¿no lo sentís? ¡Ha venido! ¡Ha nacido! Sólo necesitamos el silencio, el asombro, el corazón abierto y mirar hacia el portal.

 

 

¡Nuestros ojos lo ven! ¡feliz navidad!

“Que pueda verte, Señor”. Así rezaba la oración sencilla de un peregrino que, en plena época medieval, llegaba hasta la basílica de la Natividad en Belén.

1. Feliz Navidad, hermanos, porque –en este día-- hemos querido instalar delante de nuestros ojos los anteojos de la fe: ¡también nosotros queremos ver y sentir la presencia de un Dios que se deshace en amor!

¡Feliz Navidad!, hermanos, porque –en esta misa- celebramos un hecho histórico y cargado de muchos sentimientos y contenido: ¡Dios nos hace partícipes de su naturaleza divina! Es la mejor lotería que, al ser humano, le puede alcanzar. Sin vivir en el cielo, ya desde ahora, podemos besar, adorar, embelesarnos y tocar….la humanidad de Dios y, por lo tanto, también su divinidad.

¡Feliz Navidad!, hermanos, porque –con nuestros cantos- expresamos nuestra comunión y amistad con Jesús. Y, al entrar en contacto con El…sentimos que Dios forma parte de nuestra historia, no nos abandona, comparte nuestra condición….nos hace dioses. ¿Misterio? ¿Imposible de comprender y abarcar todo esto? ¡No! Un Niño lo dice y lo hace todo. Hoy, la fe, entra por la vista, por el gusto, por el oído, por el tacto y hasta por el olfato.

-Nuestros ojos ven a un Dios

humanado

-Nuestros oídos perciben mensajes

celestiales

-Nuestro tacto, al descubrir un pañal, nos hace

sensibles a la presencia de Dios

-Nuestro gusto, al saborear el Misterio, nos empuja a

mirar hacia el cielo

-Nuestro olfato, distraído por otros perfumes del mundo, hoy se queda con el aroma del incienso de nuestra oración

2. Hemos venido, como los pastores, derechos a Belén. ¿Y qué hemos descubierto? Ni más ni menos el gigantesco y colosal amor que Dios nos tiene.

Un niño, en una casa, es signo de vida y de amor, de entrega y de sacrificio, de donación y de alegría. También, el Nacimiento de Cristo, nos llama a una profunda reflexión: ¡Dios nos ama! Y, esa afirmación, no es poesía, no es frase que se escribe tímidamente en una pared. Significa mucho más: ¡Dios se compromete con nuestra causa! ¡Dios viene a salvarnos! ¿Cómo? Lo hace metiéndose en nuestra piel.

La Navidad no es un disfraz con el que, Dios, se llega a la humanidad para hacerse el simpático o digno de compasión. La Navidad, el Nacimiento de Jesús, es la apuesta más arriesgada de un Dios (Omnipotente y Excelso) que desciende al encuentro y al rescate de la humanidad.

3. En estos tiempos, recios y contradictorios, de luchas y de crisis, de preocupaciones y falta de motivaciones para vivir…un Niño nos ha nacido para que recuperemos las ansias de vida, de salvación, de eternidad, de Dios. Y, ese Niño, tiene un nombre: ¡Jesús! Por fin, hermanos y amigos, la Palabra –además de escucharse- se ve, toma forma, se hacer carne. Sin grandes campañas de presentación ni grandes medios a su alcance.

Hoy, en la humildad, en silencio pero con muchísimo amor….nos ha nacido el Salvador. ¡Gracias, Señor! ¡Tú eres la razón de la Navidad!

4. ¡Y VUELVE, EL SEÑOR!

Para que conozcamos el amor de Dios

y, conociéndolo, seamos otros niños regalándolo

Para que, en la santidad de un Niño,

descubramos que, vivir en la verdad,

será un camino para llegarnos hasta el Padre

¡Y VUELVE, EL SEÑOR!

No es sombra de Dios

No es sólo un espejo donde se refleja el Padre

Jesús, siendo pequeño,

comienza a ser, por Navidad,

Camino, que lleva a la felicidad

Verdad, que deja al descubierto la mentira

Vida, que destruye el reinado de la muerte

¡Y VUELVE, EL SEÑOR!

Con pocas palabras, El es la Palabra

Con silencio, su presencia lo dice todo

Con pobreza, El es la riqueza

En medio del frío, El es llama que da calor

¡Y VUELVE, EL SEÑOR!

Por eso, tal vez en Belén tocan a fuego

Porque, del Portal, sale fuego divino

Arde el amor de Dios y, no siempre,

es correspondido por el afecto humano

¡Y VUELVE, EL SEÑOR!

Porque, Dios, cuando El quiere y como quiere

sale, brinca, salta y nace….

para que no olvidemos su amor.

¡Y VUELVE, EL SEÑOR! ¡POR ESO ES NAVIDAD!

Javier Leoz

 

 

Una ventana abierta a la eternidad

1. Ha sido en la Misa de Medianoche, la que entrañablemente llamamos Misa del Gallo donde se ha leído el relato maravilloso de Lucas sobre lo acontecido en Belén, con las idas y venidas de los ángeles y la adoración sencilla de los pastores. No hay mejor momento para escuchar a San Lucas. Pero, luego, ya en la misa del día, cuando el nacimiento del Mesías es un hecho, resulta de enorme altura la recitación del principio del Evangelio de San Juan donde se refleja la acción del Verbo de Dios, de la palabra de Dios. Y no hay en la totalidad de las Sagradas Escrituras un texto de superior altura, en donde se define la gran aportación del paso de Cristo por la Tierra y es el conocimiento fehaciente de la Trinidad Santa, que el Antiguo Testamento sólo se vislumbraba.

En estos momentos donde parece que hay como una ventana abierta a la eternidad, parece lógico hacer especial mención de todos los aspectos trinitarios que se nos presenten. El prólogo del Evangelio de San Juan, que acabamos de escuchar contiene todo lo necesario para entender esa interrelación entre las divinas personas. Visto, además en el contexto histórico en que se hizo, solo puede entenderse en función de que se escribió gracias a una fehaciente revelación divina, cercana y plena. La definición creadora de la Palabra, del Verbo, supera la capacidad humana de intuición. Hay que reiterar, pues, la importancia del texto del mencionado prólogo del Evangelio de San Juan.

2. Sea como fuere, este texto sobrecoge y es muy propio para ser meditado en estos días en los que nuestra espera ya ha terminado. Y el continuo grito de "¡Ven Señor Jesús!" se ha cumplido. Pero es fundamental que se nos defina de manera total a quien esperábamos y dicha definición expresada de manera exacta está en los citados primeros versos del Evangelio de Juan. Por otro lado, el comienzo de la Epístola a los Hebreos va a marcar, asimismo, el punto de traslación entre el Antiguo y Nuevo Testamento y enlaza con lo afirmado por Juan al decir el autor de la Carta a los hebreos que "sostiene el universo con palabra poderosa.

Escribe Isaías en su capítulo 52 un párrafo de indudable belleza plástica que define la labor del mensajero, del portador de noticias, del periodista de entonces. Dice el profeta: "Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: "¡Tu Dios es rey!" De hecho esta coincidiendo en la definición de Hijo de Dios que de tanto el autor de la Carta a los Hebreos como San Juan en la introducción a su Evangelio hace. Isaías con su sentido plástico se fija en los pies de quien trae la Buena Nueva. Pero va a insistir. Añade: "Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión." Ver cara a cara al Señor es participar en su llegada, o en su vuelta. Es la presencia inmediata, absolutamente, cercana del Dios que acaba de llegar. Sobre este aspecto inciden los tres textos proclamados.

3. Había que decir, además que esa especie de explosión doctrinal y teológica del principio del Evangelio de Juan está en perfecta correspondencia con la sublime emotividad del relato de Lucas sobre el nacimiento de Cristo. Si hace falta que sepamos cómo se manifestó Dios y sus ángeles en la prodigiosa noche de Belén, hemos de saber igualmente cual es, exactamente, la naturaleza y misión del Hijo de Dios que acaba de nacer. Hay que tener en cuenta las dos cosas. Y ambas se nos ofrecido en la Palabra de Dios que hemos escuchado hoy, día en que festejamos el 2011 aniversario del nacimiento del Niño Dios

Ángel Gómez Escorial

 

 

La Palabra de Dios habita entre nosotros

1. No es fácil despejar la emoción personal de cada uno en estas fiestas de la Navidad del Señor. Quiero recordar, ya en pleno día, que ha sido en La celebración que entrañablemente llamamos Misa del Gallo, donde se ha leído el relato maravilloso de Lucas sobre lo acontecido en Belén, con las idas y venidas de los ángeles y la adoración sencilla de los pastores. No hay mejor momento para escuchar a San Lucas. Pero, luego, ahora, ya en la misa del día, cuando el nacimiento del Mesías es un hecho, resulta de enorme altura la recitación del principio del Evangelio de San Juan donde se refleja la acción del Verbo de Dios, de la palabra de Dios. Y no hay en la totalidad de las Sagradas Escrituras un texto de superior altura, en donde se define la gran aportación del paso de Cristo por la Tierra y es el conocimiento fehaciente de la Trinidad Beatísima, que el Antiguo Testamento solo se vislumbraba.

2. En estos primeros diez años del Tercer Milenio –estamos agotando la primera década del siglo XXI-- es donde parece que hay como una ventana a la eternidad, y parece lógico hacer especial mención de todos los aspectos trinitarios que se nos presenten. Ello nos acerca a esa "visión" trinitaria. El prólogo del Evangelio de San Juan, que acabamos de escuchar contiene todo lo necesario para entender esa interrelación entre las divinas personas. Visto, además en el contexto histórico en que se hizo, solo puede entenderse en función de que se escribió gracias a una fehaciente revelación divina, cercana y plena. La definición creadora de la Palabra, del Verbo, supera la capacidad humana de intuición. Hay que reiterar, pues, la importancia del texto del mencionado prólogo del Evangelio de San Juan.

3. Sea como fuere, este texto sobrecoge y es muy propio para ser meditado en estos días en los que nuestra espera ya ha terminado. Y el continuo grito de "¡Ven Señor Jesús!" se ha cumplido. Pero es fundamental que se nos defina de manera total a quien esperábamos y dicha definición expresada de manera exacta está en los citados primeros versos del Evangelio de Juan. Por otro lado, el comienzo de la Epístola a los Hebreos va a marcar, asimismo, el punto de traslación entre el Antiguo y Nuevo Testamento y enlaza con lo afirmado por Juan al decir el autor de la Carta a los hebreos que "sostiene el universo con palabra poderosa.

4. Escribe Isaías en su capitulo 52 un párrafo de indudable belleza plástica que define la labor del mensajero, del portador de noticias, del periodista de entonces. Dice el profeta: "Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: ¡Tu Dios es rey!" De hecho está coincidiendo en la definición de Hijo de Dios que de tanto el autor de la Carta a los Hebreos como San Juan en la introducción a su Evangelio hace. Isaías con su sentido plástico se fija en los pies de quien trae la Buena Nueva. Pero va a insistir. Añade: "Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión." Ver cara a cara al Señor es participar en su llegada, o en su vuelta. Es la presencia inmediata, absolutamente, cercana del Dios que acaba de llegar. Sobre este aspecto inciden los tres textos proclamados.

5. Había que decir, además que esa especie de explosión doctrinal y teológica del principio del Evangelio de Juan está en perfecta correspondencia con la sublime emotividad del relato de Lucas sobre el nacimiento de Cristo. Si hace falta que sepamos como se manifestó Dios y sus ángeles en la prodigiosa noche de Belén, hemos de saber igualmente cual es, exactamente, la naturaleza y misión del Hijo de Dios que acaba de nacer. Hay que tener en cuenta las dos cosas. Y ambas se nos ofrecido en la Palabra de Dios que hemos escuchado hoy, día en que festejamos, según los mejores cálculos, el 2001 aniversario del nacimiento del Niño Dios.

6. Y no es un problema de cálculos astronómicos o de interpretación del calendario lo que nos obliga a reflexionar sobre este nuevo Milenio, el tercero de la edad cristiana. Y ojalá que coincidiera con una extensión significativa de la Palabra del Dios y del Reino de Cristo. Y nosotros tenemos la obligación de convertirnos en portavoces de la Buena Nueva y de la Alegría –con mayúsculas—del Nacimiento de Jesús. Es lo que debemos hacer nada más salir del Templo. Es nuestra obligación gozosa. Pero también hemos de mostrar nuestra alegría. Sabernos inmersos en la Navidad y gozar de la alegría que trae siempre el nacimiento de un niño, entendiendo que el Niño que nos ha nacido es Dios y que viene a cambiar el mundo y los corazones de los hombres.

Ángel Gómez Escorial

 

 

Nobleza venida a menos

1. Cuando el hombre se independizó de resguardarse en la oquedad de la montaña, de vivir de huevos de los nidos y fruta de los árboles. Cuando fue capaz de hacerse un cobertizo, almacenar agua y encender fuego, empezó una nueva vida. Fue un cambio lento, pausado en el progreso de los útiles que le permitían subsistir y paulatino en el avance de la mente, que descubría cosas, que sufría percances, que empezaba a pensar por su cuenta, en una palabra a tener conciencia de que tenía conciencia. No os creáis, mis queridos jóvenes lectores, que el progreso fue cosa de unos años, ponedle unos cuantos miles, sin buscar ninguna exactitud.

2. Unos descubrieron que a ciertos animales se les podía domesticar y aprovecharse de su piel, su carne, sus cuernos, sus huesos y su lana. Su vida no podía permanecer en el mismo lugar, sus rebaños exigían diaria dedicación. En una palabra, se hicieron pastores, nómadas, beduinos, como queráis llamarles. Estas labores las realizaban erguidos, elevar su vista por encima de los rebaños, oteando lejanos horizontes, era su orgullo, su altivez.

Otros, en cambio, descubrieron que ciertos vegetales eran comestibles, se les podía plantar y recoger sus frutos a su tiempo. La arcilla permitía ser modelada y hasta endurecida por el fuego. Eran los labradores. Su oficio les exigía agacharse para arañar la tierra y arrancarle la cosecha, el labrador tendía a ser humilde.

3. Pero las cosas habían cambiado mucho ya en los tiempos de la primera Navidad. Un pastor, por aquel entonces, ya era como un banderillero jubilado, en un país donde las corridas de toros están prohibidas. Orgullo sí que puede tener, marginación y hasta desprecio, también. He tenido cortos contactos con pastores. He tratado con algunos, tanto en la meseta castellana, como en el pirineo, en el desierto o en el bosque. Es un hombre diferente. Sus virtudes y defectos también lo son. Hablo de los varones. Como ocupación femenina, pienso que solo se da en la infancia, en las culturas beduinas del desierto. En llegando la pubertad, se entrega a la chica a quien a los padres más les convenga. Hasta no hace mucho, en el mercado de Beer-Sheva de los jueves, se encontraban muchachas a buen precio, según me han contado.

4. No os niego que la estampa plástica de un numeroso rebaño en el desierto es preciosa. Y que una niña vestida de vivos colores y de no más de ocho años, cuidando cabras, es encantadora. Generalmente se las ve a distancia, huyen de la vista de un extraño de inmediato, si se aproxima a menos de cien metros.

5. Os he contado estas cosas, mis queridos jóvenes lectores, para que entendáis lo insólito del relato de Lucas. A ningún urbanita se le hubiera ocurrido inventar que Dios se interesaba por los pastores , les comunicara el nacimiento de su Hijo y hasta les ofreciera un concierto interpretado por ángeles. A poca distancia de Belén, se cantó el primer villancico. Estoy seguro de que no sabían que eran los primeros oyentes, pero les gustó el detalle y correspondieron a la predilección. Nobleza obliga, pensarían.

Que les llevaran regalos o no, de esto no nos habla el evangelio. Tampoco hubiera tenido la Sagrada Familia sitio donde poner las múltiples cosas que los relatos populares cuentan. Lo que si dicen es que fueron a explicar lo que habían escuchado. Se comportaron como gente comunicativa, pese a que hacerlo les suponía desplazarse a medianoche. (Tal vez este detalle sea el origen de se piense que el Mesías nació de noche, que, añadido a que el protoevangelio de Santiago dice que el acontecimiento sucedió en una gruta, nos dan la clave para entender nuestras representaciones familiares.

6. Pues, sí, fueron a contar lo que sabían y para María era el mejor regalo que le podían hacer. Encontraría en ellos unos confidentes del Señor con quienes compartir, como lo había sido Isabel, al inicio de su prodigioso embarazo.

María conservaba estas cosas meditándolas en su corazón, dice y repite Lucas. Era una mujer de vida interior, pero no por ello hermética. La rica ingenuidad que Dios la había dado, la hacían comunicativa. Su Hijo de mayor remacharía el clavo y diría a sus amigos: lo que se os ha confiado reservadamente, predicadlo vosotros desde las azoteas (Mt. 10,27).

7. Acogió la Virgen a los pastores, los saludaría con placer también José, y se fueron a contarlo a los del lugar. Llegaría un día en que Jesús escogería a sus apóstoles. El Padre, en los alrededores de Belén, durmiendo al raso, despertó a estos beduinos. Dejaron el rebaño y se fueron al encuentro de lo que se les había anunciado. Fueron, sin que así los llamemos, los primeros apóstoles. En aquellos momentos sería el mejor regalo de navidad que recibió Santa María. Estoy convencido de que con ellos se encontraría más cómoda que con los posteriores confidentes, de los que os hablaré, si Dios quiere, el próximo día seis. No dejéis de aprender la lección, mis queridos jóvenes lectores.

Pedrojosé Ynaraja

 

 

Al dia siguiente

1.- Poco pudieron dormir. Desde el alba, todo fue gozo sin intimidad, pero repleto de amor. Y ya se sabe, las buenas vivencias en común, superan los gozos solitarios. Cuentan las tradiciones o leyendas de aquellas tierras, ¡vete a saber cuanto hay de imaginación en ello! (Pero sin duda, se basan en hechos precisos, tal vez desdibujados con el paso del tiempo). Pues bien, explican que el bueno de José, había ido a la población en buscar de alguna mujer experta, ojalá tuviese la suerte de encontrar una comadrona de oficio, iba pensando, pues él, de partos entendía muy poco, de lo único que estaba convencido era de su incapacidad para estos trances, pero también de que el Señor no le desatendería nunca.

2.- Había pedido ayuda, pero había vuelto solo y aturdido, tal vez por la falta de sueño. Nada seguro había conseguido. Ya he contado como al llegar encontró a su Esposa y como supo colaborar adecuadamente. Al amanecer se presentaron dos mujeres, dos matronas. La ingenuidad y la honradez que transpiraba el buen hombre, las había convencido de que debían encontrar a la primeriza, para la que él solicitaba asistencia. La tradición, o leyenda, hasta dice como se llamaban. Una Eva, nombre apropiadísimo para acompañar a Santa María, la nueva idem. La otra Salomé, también este nos resulta familiar, pero por diferente motivo. Los bellos iconos de la Natividad siempre las ponen en la parte inferior, atareadas en lavar el cuerpecito del recién nacido.

En estas estarían, cuando se oyeron voces de gente intrigada que buscaba. No les entró miedo, cuando se acercaron vieron que eran pastores, a la legua se notaba. Hay que advertir que el pueblo hebreo era de origen beduino. El pastor se siente ufano y hasta orgulloso, cuando otea el horizonte, tratando de distinguir cultivos de los que pueda nutrirse su rebaño. Erguido siempre, desprecia al fellah, que se humilla arañando la tierra y convirtiéndose en su esclavo. Pero si bien en sus orígenes el pueblo escogido fue pastor, el gran patriarca Abraham lo fue de oficio y vocación, en Egipto les tocó la agricultura primero y la artesanía después. Por aquellos tiempos, los de los que estamos hablando, sus ocupaciones eran diversas y el cuidado de rebaños, era trabajo marginal. Marginados de las poblaciones donde no hay pasto y marginados de las fiestas, pues los animales tienen hambre siempre y pueden en cualquier momento ser atacados por las alimañas. Que no cumplieran con las obligaciones del sabat, les convertía en degradados habitantes, según común opinión. Su ocupación era imprescindible para un pueblo que debía inmolar en el Templo corderitos o cabritos con frecuencia, pero de su imperiosa necesidad no se daban cuenta las gentes. Aceptaban su situación sin rechistar, ignorándolos cuanto podían.

3.- En esta ocasión al contemplar los pastores al Niño acabado de recostar de nuevo en el pesebre, no pudieron dominar su alegría y hablaban todos a la vez. José miró a María, la presencia de aquellos hombres les sorprendía, sin atemorizarles. ¡qué sorpresa y qué misterio! La tradición sitúa el lugar donde los rebaños pastaban a unos 6km del núcleo de Belén, pasados los campos en los que dicen que la moabita Rut, tatarabuela que debía ser del Mesías, iba a espigar y donde encontró marido. El lugar hoy en día tiene su encanto, excavaciones arqueológicas certifican la importancia que desde los primeros tiempos los del país dieron a aquel sitio. Alguna que otra cavidad bajo rocas, como viseras que abrigan del viento, dan verosimilitud al relato. La población se llama Beit-Sajur. Llegarían algo cansados, pero la ilusión de sentirse escogidos no les dejaba notar ninguna fatiga. Ellos sabían mirar ganado y distinguir el bueno del malo. De niños no entendían, pero, pese a ello, les pareció que nada igual de encantador habían visto en su vida. Gozaban encontrándose allí, comentaban, recordando el mensaje de los ángeles, que les tocaba hacer. Volver y continuar con las ovejas, de ninguna manera. Quedarse y mirar, tampoco. La población aquellos días había aumentado sus vecinos. Muchos en Israel eran descendientes de David y les tocaba residir un tiempo, para acabar de una vez con los dichosos trámites del empadronamiento. Ni eran rabinos, ni soldados romanos de las fuerzas de ocupación. Les daba miedo a los pastores, dirigirse a la población, pero les pareció que el mensaje recibido y el gozo experimentado, les exigía anunciarlo, para que los demás lo compartiesen. El pastor es tímido de por sí, pero valiente. Se lo recordaron entre ellos y no les dio ni vergüenza ni pereza acercarse y hablar de lo experimentado por las calles y plazas.

4.- ¡Cuánto debemos aprender de ellos! Con el dichoso respeto a la libertad y la aceptación del otro tal como es, vivimos holgazanes, dejando que nuestros conciudadanos ignoren que son hijos de Dios, salvados por su mismo Hijo, llamados a la felicidad, que aunque les sea desconocida, supera cualquier otra que ellos por su cuenta se puedan procurar. Las representaciones teatrales, o las pictóricas, los presentan cargados de regalos. Y nos quedamos tan tranquilos observando la escena. Pero lo cierto es que, suprimiendo reparos muy prudentes, fueron ellos los primeros apóstoles. Tal vez Dios quiera que esta Navidad lo seamos nosotros. Si queremos, tenemos muchísimas más cualidades para hacerlo y mayor sabiduría, se trata de fuerza de voluntad y hoy en día no se estila educar en esta virtud, si muchos la tuvieran bajaría el consumo y disminuiría el “producto nacional bruto” y eso no conviene, dicen los entendidos de este mundo. Pero ellos pasan y los valientes son predilectos del Señor. ¿a quien escogéis, mis queridos jóvenes lectores?

Pedrojosé Ynaraja

 

 

Alessandro Pronzato

 

 

J. Garrido

 

 

Gustavo Gutierrez

 

 

Hoy es Navidad

Estamos de fiesta, en Navidad, celebramos esta fiesta con singular alegría, nos reunimos los que más nos queremos, familia, amigos, compañeros de trabajo. Son las fiestas. Y ahora nos reunimos aquí en nuestra iglesia. Es también un encuentro de alegría. Nos preguntamos, qué esperamos de esta reunión. Qué esperamos de este recuerdo tan festivo y grato del nacimiento de Jesús. Qué esperamos de la Navidad.

Vamos a recibir un regalo precioso, Jesús nos lo trae, no nos preocupemos. Él no nos va a pedir que le devolvamos nada. A Jesús le importamos de una manera máxima. Jesús nunca pide nada, él es el que se da, su vida ha sido siempre solo ofrecer.

Este Niño Dios que nacido así, nos abre hoy a todos al misterio de Dios. Dios se hace hombre. Dios se nos manifiesta como es. Esta cercanía y proximidad de Jesús a lo humano, es lo que mejor nos revela y como mejor podemos comprender el verdadero misterio de Dios. Ahora sabremos lo que es importante para Dios. Lo que es importante de verdad en la vida.

Estas lecturas que hemos escuchado nos dicen que Dios entra en la historia vinculado no solo a la pobreza, le podemos encontrar en cualquier ser indefenso y débil, que tal vez necesita de nuestra acogida.

Posiblemente nosotros hubiéramos preferido un Dios fuerte y poderoso, omnipotente. Pero él prefiere la fragilidad de un niño débil, nacido en la mayor sencillez y pobreza, en la marginación, en la exclusión. El puede estar en las lágrimas de un niño, o en la soledad de un anciano en la angustia de un parado, en la tristeza de un inmigrante y sabemos que en ese encuentro él da alegría y paz.

Todo esto significa que en el mundo hay salvación en la medida en que nos acercamos a lo excluido, a lo que nadie quiere acercarse y con quien nadie quiere solidarizarse. Jesús tomó en serio desde el primer instante, que los últimos tienen que ser los primeros, para él son los primeros.

Porque en los últimos es donde se encuentre lo mínimamente humano, lo que es común a todos los seres humanos, aquello en lo que todos coincidimos y somos iguales; en lo mínimamente humano está lo que nos une, no lo que nos divide. La “buena noticia”, la “gran alegría”, la clave de la felicidad no se encuentra en lo que nos separa y nos distancia, sino lo que nos funde en la unidad. La felicidad está donde se encuentra lo más entrañablemente humano, un niño en pañales, esté donde esté, aunque se le encuentre donde menos podemos imaginarlo.

Cuando nosotros solemos decir que conocemos a Dios, lo que conocemos ya no es Dios, es un objeto que nosotros elaboramos. Lo que podemos conocer de Dios es lo que se nos ha revelado en el niño “envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. La grandeza de Dios es la grandeza de este niño, su grandeza es su humanidad. En Jesús, Dios se nos manifiesta como es.

Nosotros colocamos lo grande y valioso casi siempre en lo extraordinario, maravilloso, sorprendente. Pero él se nos presenta en lo cotidiano, en lo normal y ordinario. Hay futuro y esperanza no en la exaltación y aumento del poder, sino en la dignificación de lo humano. Es la gran lección de la Navidad.

Este es el Dios que nosotros necesitamos junto a nosotros, esta cercanía y proximidad a lo humano es lo que mejor nos revela y como mejor podemos comprender el verdadero misterio de Dios.

La Navidad nos manifiesta que es así nuestro Dios, nuestro salvador, que se nos acerca con la ternura de un niño a quien podemos hacer sonreír o llorar, y que así ha de ser también nuestra alegría. Es la fe revolucionaria de la Navidad, expresada por San Pablo, "Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de siervo, haciéndose uno de tantos y presentándose como simple hombre".

En el fondo de cualquier ser humano podemos descubrir la presencia de ese Dios que ha querido encarnarse en lo humano y que ha preferido los pobres, los necesitados de pan, de salud, de compañía....es ahí y con ellos con los que preferentemente El está. El nos habla, nos invita, nos emplaza a vivir así, nos lo dice en su silencio.

Si acertamos a detenernos en silencio ante este niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, entenderemos por qué la alegría de un creyente ha de tener características tan diferentes en estos días de Navidad.

Así es la fiesta de la Navidad, una fiesta para toda la humanidad, para todos, todos los que le aman y ponen su vida por Él y también por los que no saben nada de él, porque Jesús es el Salvador de todos.

Para quienes se sienten creyentes en el fondo de su corazón es una fiesta gozosa, que les recuerda que pueden contar siempre con un Dios cercano que solo busca nuestro bien. Será una fuerza comprometedora que nos recuerda hacia dónde deben mirar nuestros ojos, hacia dónde hemos de orientar nuestros valores, hacia dónde hemos de dirigirnos en la vida. Porque ese Niño nacido así es el punto de la creación donde la verdad, la bondad y la cercanía de Dios hacia sus criaturas aparece de una manera irrefutable y que además resulta tierna y bella.

Pero si queremos que todo esto vaya siendo verdad, no olvidemos la lección de María, que guardaba todo en su corazón, es el mejor modo para comprender quién y como es nuestro Dios. Contemplar en nuestro corazón cuanto vemos en estos días.

José Larrea Gayarre

 

 

Josetxu Canibe

 

 

La encarnación de Dios

1. "La Palabra de Dios se hizo carne". El evangelio de la misa del día de Navidad es el prólogo de san Juan que, además de introducción al cuarto evangelio, es también la síntesis nuclear del mismo. Sublime altura teológica la de esta página, que recoge probablemente un himno cristológico de las comunidades apostólicas del Asia Menor, donde se escribió el cuarto evangelio. Juan no relata el nacimiento histórico de Jesús, sino que proclama la encarnación de la palabra creadora y eterna de Dios, que es Cristo Jesús.

En el texto evangélico de hoy distinguimos tres partes, entre las que se intercala el testimonio de Juan el Bautista sobre Cristo, que es la luz del mundo:

1ª. Existencia eterna de la palabra personal y creadora de Dios, que es Cristo Jesús.

2ª. Su venida al mundo y respuesta de los hombres a esa palabra de Dios que los interpela: respuesta negativa la una por la incredulidad, y positiva la otra por la fe en Cristo, que así nos convierte en hijos de Dios.

3ª. Encarnación de la Palabra de Dios. Ésta emprende un nuevo modo de presencia más cercana y personal que en la creación cósmica; es la presencia de la encarnación. Es Dios mismo en carne y raza humana. He aquí el mensaje y el contenido de fe de la Navidad.

He aquí también el misterio más profundo y "escandaloso" de la fe cristiana, la paradoja más difícil, la piedra de tropiezo más frecuente en el itinerario de la increencia. Sin la fe como don de lo Alto, la encarnación redentora de Dios y su culminación en la muerte y resurrección gloriosa de Jesús resultan increíbles y parecen argumentos de pura mitología.

El versículo 14: "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros", constituye la cumbre de la revelación que nos transmite el prólogo de Juan. El término "carne" es más bíblico y profundo que "hombre". La Palabra de Dios se hizo carne: es decir, debilidad, caducidad, mortalidad e impotencia humanas. El inmenso, el eterno, el creador del cosmos con sus galaxias se ha convertido en un niño desvalido que llora, tiene hambre y sed. Así cobra Dios una total cercanía al hombre en su condición menesterosa; y el que es fuerza, poder y gloria infinitas echa sobre sí las limitaciones de todos los humanos.

"Y acampó entre nosotros". Es decir, plantó a nuestro lado su tienda móvil de nómada, como un miembro más de la tribu trashumante que es la humanidad en camino. Por eso desde ahora Cristo Jesús, la palabra viviente del Padre, será el lugar de encuentro entre Dios y los hombres, pues habita en nuestro campamento y es igual a nosotros en todo, excepto en el pecado.

2. "Vino a su casa, y los suyos no la recibieron". Densa y cáustica afirmación; amarga constatación, aplicable no sólo al pueblo judío sino también al cristiano. Hemos celebrado ya muchas navidades. Entonces, ¿por qué no es Navidad todavía para tantos hermanos nuestros? Si el mensaje liberador de la encarnación de Dios entre los hombres no ha cambiado aún la faz del planeta Tierra, nadie puede creerse exento de responsabilidad en el conflicto entre la luz y las tinieblas.

Para muchos, desgraciadamente, la Navidad sigue siendo la fiesta pagana del solsticio de invierno, que fue en sus orígenes en el mundo romano hasta que en el siglo IV fue sustituida por la fiesta cristiana del nacimiento de Cristo, verdadero sol vencedor de la noche invernal del mundo. Y todo esto, ¿por qué? Debido a las tinieblas de nuestro oscuro corazón, no captamos el misterio de amor y el mensaje de conversión a Dios y a los hermanos que transmite la Navidad. Seguimos con nuestra vida sin ética ni religión (2ª lectura medianoche). Se cumple la afirmación del cuarto evangelio: La luz, que es Cristo, vino al mundo; pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas y no querían que la luz dejara patentes los frutos de su tenebroso egoísmo (Jn. 3,19s).

"En medio de vosotros hay uno que no conocéis", decía el Bautista a los judíos, refiriéndose a Cristo. Acusación que puede hacerse extensiva a todos nosotros como comunidad y como individuos, e incluso como grupo cultural de las naciones de Occidente. Cristo se hace presente -se encarna- de manera especial en los hermanos más pobres y necesitados: en los que sufren marginación, hambre, enfermedad y sed de justicia. Pero no le reconocemos, a pesar de que él se identifica con ellos: Lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos más débiles y pequeños, a mí me lo hacéis.

Cristo Jesús es el signo y sacramento del amor que Dios tiene al hombre. Él es la parábola viviente de Dios que nos ama gratuitamente. "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). Por eso es Cristo, palabra humanada del Padre, el lugar del encuentro de Dios con el hombre, y viceversa: del hombre con Dios. Eso es la Navidad.

Comentando la encarnación de Cristo, san Alfonso Mª de Ligorio se vale de esta alegoría:

Un joven rey, estando de cacería en el campo, trabó conversación con un pastorcillo que le había caído simpático. Pasando adelante, el príncipe quiere entablar amistad con el zagal; pero éste, consciente de la distancia social que los separa, declina tal camaradería. Entonces el monarca discurre una manera más eficaz para la próxima ocasión: se disfraza de pastor, como uno más del valle. Y así surgió la amistad. Eso mismo hace Dios para ganarse el corazón del hombre. Pero en Jesús el "disfraz" es real. Dios asume nuestra naturaleza y condición, se hace hombre, se convierte en niño chico para que lo comamos a besos.

Dios está con nosotros, y no lo conocemos ni hacemos conocer. Cristo sigue siendo desconocido y rechazado en nuestro mundo porque los cristianos oscurecemos el rostro atrayente de nuestro Dios. No lo descubrimos personalmente en nuestra vida, ni lo mostramos con nuestra conducta, porque no hemos captado ni hacemos efectiva la doctrina de las bienaventuranzas y su mensaje de pobreza, reconciliación, perdón, paz, servicio a los demás y opción por la justicia. Tal debe ser la expresión de nuestra respuesta positiva a Dios y la síntesis de nuestro amor eficaz al hermano. Solamente así será Navidad en nuestro entorno.

B. Caballero

 

 

Alegria para el pueblo

Hay cosas que sólo la gente sencilla sabe captar. Verdades que sólo el pueblo es capaz de intuir. Alegrías que solamente los pobres pueden disfrutar.

Así es el nacimiento del Salvador en Belén. La gran alegría para todo el pueblo. No algo para ricos y gente pudiente. Un acontecimiento que sólo los cultos y sabios puedan entender. Algo reservado a minorías selectas. Es un acontecimiento popular. Una alegría para todo el pueblo.

Más aún. Son unos pobres pastores, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia.

Hoy también es así, aunque, con frecuencia, las clases más pobres y marginadas hayan quedado muy distantes de nuestra Iglesia.

Dios es gratuito, y es acogido más fácilmente por el pueblo pobre que por aquéllos que piensan poder adquirirlo todo con dinero.

Dios es sencillo, y está más cerca del pueblo sencillo y simple que de aquéllos cuyas energías, esfuerzos y trabajos están obsesivamente dirigidos a tener siempre más.

Dios es bueno, y le entienden mejor los que saben quererse como hermanos que aquéllos que viven egoístamente, tratando de estrujarle a la vida toda clase de felicidad.

Hoy sigue siendo verdad lo que insinúa el relato de la primera Navidad. Los pobres tienen un corazón más abierto al evangelio que aquellos que viven satisfechos. Su corazón encierra una «sensibilidad hacia el evangelio» que en los ricos ha quedado, con frecuencia, como atrofiada.

Tienen razón los místicos cuando nos dicen que para acoger a Dios es necesario «vaciarnos», «despojarnos» y «volvernos pobres».

Mientras vivamos buscando únicamente la satisfacción de todos nuestros deseos, ajenos al sufrimiento ajeno, conoceremos distintos grados de excitación, pero no la alegría que se anuncia a los pastores de Belén.

Mientras sigamos alentando nuestros deseos de posesión, no se podrá cantar entre nosotros la paz que se entonó en Belén: «La idea de que se puede fomentar la paz mientras se alientan los esfuerzos de posesión y lucro es una ilusión».

Tendremos cada vez más cosas para disfrutar, pero no llenarán nuestro vacío interior, nuestro aburrimiento y soledad. Alcanzaremos logros cada vez más notables, pero crecerá entre nosotros la rivalidad, el antagonismo y la lucha despiadada.

José Antonio Pagola

 

 

La natividad de Jesús

El nacimiento de Jesús puede despertar en nosotros múltiples sentimientos.

De sorpresa por lo inesperado. ¡Quien podía esperar que Dios se rebajara hasta esos límites!

De desconcierto. ¡Dios hecho hombre! ¿Cómo puede ser eso? ¡Parece increíble!

De anonadamiento, ¿Qué somos para Dios, que se toma tantos trabajos por nosotros?

De incredulidad, ¡Demasiado hermoso para ser verdad! ¿Un Dios preocupándose por nosotros??? No nos cabe en la cabeza semejante cosa.

Pero, quizás, el sentimiento más propio sea un inmenso y alegre agradecimiento.

¿Por qué eso?

De muy niños lo que más nos asustaba era la oscuridad. Cuando nos llevaban a la cama pedíamos a nuestros padres que nos dejaran la luz encendida hasta que nos durmiéramos.

La oscuridad nos aterraba entonces y lo sigue haciendo ahora que somos adultos. La oscuridad física porque no nos permite ver, la intelectual porque nos impide comprender. La oscuridad está íntimamente unida a la desorientación, por eso nos aterra.

El descubrimiento del fuego fue un enorme paso para el hombre primitivo. Pudo cocinar los alimentos para dar otra perspectiva al tema culinario, pero sobre todo le permitía ver en las largas noches y en las profundas cuevas; le capacitaba para orientarse, para saber dónde estaba, qué podía hacer y qué le podía pasar.

Exactamente esos mismos planteamientos tenía la humanidad en el orden moral respecto a los valores capaces de dar sentido a la existencia humana.

Jesús fue muy consciente de esa desorientación. El evangelista san Marcos (6,34) recoge una de las escenas en las que lo manifiesta. “Al ver tanta gente se compadeció de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas”.

Colometa, un personaje de la novela de Mercè Rodoreda “La plaza del diamante”, dice: "Lo que a mí me pasaba es que no sabía muy bien por qué estaba en el mundo." ¡Tremendo estar a la deriva en un mundo tan complejo como el nuestro!

El gran Homero en el mito de Sísifo describe la espantosa situación del ser humano. Sísifo está condenado a subir una peña hasta lo alto del monte. Cuando lo ha conseguido esa piedra vuelve a rodar hacia la base exigiendo un nuevo esfuerzo para subirla otra vez. Es la manifestación más clara del inútil esfuerzo humano, de la desesperanza más atroz.

Albert Camus, un existencialista ateo, en una obra sobre este mito afirma: “Así, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando”

El culmen de esta desesperanza aparece en la obra de Sartre "El ser y la nada": "El hombre es una pasión inútil". No hay salida trascendente. ¡Todo acaba con la muerte!

Esa era la gran tragedia de la humanidad y sigue siéndolo para mucha gente. Está a oscuras respecto al “sentido” de la existencia del ser humano.

Por eso Jesús, en un momento en el que quiso manifestarnos de modo claro y tajante cuál era la razón de su existencia entre nosotros, dijo abiertamente: “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8,12)

Una idea que entendió perfectamente el Evangelista San Juan que comienza su evangelio afirmando precisamente eso: “Jesús es la luz que ha venido a iluminar a todo hombre que viene a este mundo”. (Jn. 1,9)

En un famoso villancico se dice: “Ha nacido el Niño Dios y la noche se hizo día, toda llena de alegría, fun, fun, fun”. Efectivamente. Con la venida de Jesús nuestra noche se hizo día.

Ya no habrá más noche que la que queramos provocar nosotros con nuestras faltas de fe.

Con la luz que nos ha traído Jesús todas las cosas han recibido la posibilidad de ser vistas desde la perspectiva de Dios, descubriéndonos su supremo sentido.

Conocemos:

1.- La razón última de nuestra presencia en el mundo: el amor creador de Dios. Somos, existimos, porque Dios nos ha amado. Lo mismo que somos el fruto del amor de nuestros padres lo somos también del que Dios nos tiene. (Jn. 16, 27)

2.- La misión de nuestra vida: llenar nuestras manos con obras buenas. Haced lo que yo os he dicho y hecho. (Jn. 13, 15)

3.- El destino que nos aguarda: la plena gloria en la casa de Dios. “Vendré y os tomaré para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn. 14,3)

Por todo ello, hoy, para los cristianos, es sobre todo un día feliz, un día de alegría desbordada, un día en el que el Gloria es un canto que espontáneamente brota de nuestras gargantas. Sí, ¡Gloria a Dios en el Cielo! ¡Nunca nadie hizo tanto por nosotros! Por eso te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias.

Realmente está justificada la gran cena-fiesta de la Nochebuena junto a nuestros seres más queridos.

Que esta alegría espiritual sea el sentimiento que presida nuestra celebración de la NAVIDAD y toda nuestra vida.

presbítero Pedro Saez

 

 

Jose María Castillo

 

 

Pedro Mari Zalbide

 

 

 

 

 

 

fray Rufino Ma. Grández, FMCap

 

 

Navidad, dulce novedad

La nochebuena se viene, la nochebuena se va…, y ni siquiera nos dejamos asombrar. Una Navidad más, suena la hora del consumismo programado en el calendario, excusa suficiente para el jolgorio de muchos. Pero los cristianos debemos dar a la Navidad su verdadero sentido: Dios ha venido a habitar entre nosotros. Con misericordia, se ha hecho solidario de nuestra condición finita y débil, para llevarnos a compartir su vida eterna y feliz, para que lleguemos a ser ¡hijos de Dios! Y nos parece tan normal.

Navidad y novedad son dos palabras hermanas: Navidad es dejarse llenar de estupor por la novedad que solo Dios podía introducir en la historia. Esa novedad la esperan con intensidad quienes buscan una luz de esperanza en medio de las tinieblas provocadas por el egoísmo, la violencia, la injusticia... ¡Algo nuevo es necesario, y es Dios quien lo hace posible y lo pone en marcha con la encarnación del Verbo!

El prólogo del evangelio de San Juan da testimonio de un misterio desbordante, que intenta traducir en
imágenes. Palabra, luz, vida…, ¡estaba junto a Dios, era Dios! La afirmación es audaz: Jesús es la Sabiduría de Dios en persona, por medio de la cual ha sido creado todo cuanto existe (Pr 8,23-25). Para el testigo estaba claro: las palabras, los gestos, la presencia y la entrega de Jesús no fueron las de un hombre cualquiera. En Jesús, Dios mismo ha recorrido la experiencia humana y en él tenemos acceso a la misma vida divina. La vida y la luz eternas de Dios han palpitado y brillado en Jesús, y esto es vida y luz para quienes se confían a su persona y acogen su mensaje. Por la fe en el Hijo, cada persona llega a nacer de nuevo como hijo de Dios.

sacerdote Francisco Castro

 

 

La palabra es lo más personal que tenemos. Su riqueza es nuestro tesoro. Podemos pronunciarla o retenerla en el sagrario secreto de la intimidad del corazón. Hacerla creativa o asesina. Es tal el poder de la palabra que, hoy, mundos enteros luchan por dominarla, por ponerla al servicio de intereses ocultos: los medios de comunicación, el cuarto poder, son los “auténticos dueños del mundo”.

Somos personas cuando nos comunicamos con la palabra, cuando entablamos relaciones con los otros. Dios, queriendo entablar comunicación con el hombre, dirige su palabra a los pueblos. Y abre así capítulos bellos de la Historia de nuestra Salvación: creación y éxodo, profecía y salmo. Y grandes hombres han prestado su ingenio para poner en escritura amorosa las palabras en las que Dios sigue diciendo que ama al hombre. Es la Biblia, Palabra de Dios.

Pero el hombre sigue desoyendo el mensaje, y el rumor del mundo - la prisa, la satisfacción y los sentidos desnudos- impide la sintonía armoniosa con Dios que se comunica. Y Dios, haciendo aun lo imposible, acerca su voz a mi oído, su mirada a mis ojos y su “Verbo se hace carne”, la “Palabra se hace Hombre y acampa entre nosotros”.

Dios, ante tanta sordera humana se hace Palabra tangible, no una palabra cualquiera: la palabra es, ahora, su Hijo, el Verbo Encarnando, la única Palabra de Dios. El hombre, desde el primer pecado ha aspirado a ser como Dios. Y Dios, paradójicamente ha elegido “hacerse hombre”: “Y la Palabra se hizo carne... Y habitó entre nosotros”. Y la Palabra es luz, “camino, verdad y vida”. Pero, Dios es tan grandioso que no se impone por la fuerza: es Palabra de Amor, palabra generosa, que deja a la grandeza de la libertad del hombre la respuesta gratuita. Él nos abre “la puerta de la fe”, pero nosotros tenemos que cruzar el umbral. Por eso, se queja con cariño: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”. ¡No lo recibimos! La Encarnación de Jesús es el supremo diálogo de Dios con el hombre: Dios y el hombre se hacen interlocutores. Es posible porque Dios, que se abaja a nosotros y nos toma en sus manos, nos levanta poniendo nuestra mejilla con su mejilla. Y así, nos hace grandes como cada padre hace grande al hijo pequeño al levantarlo en sus brazos. Dios, desde siempre ha querido hacer tertulia amiga con el hombre: es Emmanuel, “Dios-con-nosotros”. Y tan sólo nos pide que le hagamos un hueco en la agenda interior de nuestro corazón. Cambiemos la historia: “Vino a los suyos ¡y le recibieron!”

Alfonso Crespo

 

 

Pedro Guillén Goñi, C.M..

 

 

Julio César Villalobos, C.M.

 

 

José Román Flecha

 

 

Rosalino Dizon Reyes

 

 

Antonio Elduayen, C.M.

 

 

Jesús, el gran regalo de Dios al mundo

Durante estos días de Navidad podemos contemplar el fenómeno espléndido de luz en las coordenadas geográficas del mundo mediterráneo, donde se sitúan Israel y Palestina, Italia, España y Grecia, y en todas las regiones del planeta de latitudes afines. Con el solsticio de invierno la luz diurna empieza a crecer y los días a ser más largos. Nuestra estrella propicia que este planeta inicie su ciclo anual de la vida y posibilita la singularidad de cada día del año respecto a todos los demás. El enorme caudal de experiencias sensitivas y espirituales que la diversidad de los días proporciona a las personas no puede pasar desapercibido al echar una mirada sobre las grandes civilizaciones que en estos paralelos geográficos han surgido. Las culturas de oriente medio y del mediterráneo, la asiria, babilónica, persa, israelita, árabe, griega y romana, la azteca y otras muchas son reflejo de la hermosa urdimbre que nace de la simbiosis existente entre la sensibilidad humana y la naturaleza radiante, entre la creatividad humana y la eclosión permanente y variopinta de la belleza natural.

Lo que ocurre es que en este tiempo se inicia el alargamiento de cada día como un lento espectáculo de luz que se va adueñando de la tierra. Y es que lo que está amaneciendo con el nuevo ciclo vital es un año, un tiempo nuevo. Es el nacimiento de la luz. En el mundo cristiano eso mismo es lo que significa la Nochebuena, de la cual nace un día ya más largo, el de la Navidad. La cultura cristiana ha hecho coincidir estos fenómenos luminosos con la celebración del nacimiento del Mesías Jesús. Los textos bíblicos de Nochebuena y Navidad presentan el surgimiento de esta luz en el niño Jesús. Jesús es la luz grande para la humanidad que habita tierra de sombras (Is 9,2). Él es la luz que brilla en la tiniebla como Palabra hecha carne (cf. Jn 1,5.14). Esta Pascua es preludio de la otra Pascua, la de la resurrección, en la que Cristo, el crucificado y resucitado, se presenta como vencedor de la muerte y de la tiniebla. La luz vencedora en la pascua de Resurrección es la luz que nace en el solsticio mesiánico del invierno.

Podemos contemplar ahora la verdad última de los relatos narrados en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas. Éstos, compuestos hacia el año 80, tienen un interés mucho más teológico que histórico, están escritos en determinados géneros literarios, cuya naturaleza a estas alturas se conoce bien por parte de los investigadores y permite afirmar que se trata de relatos literarios, de género midrásico en su mayor parte, es decir escritos con textos y categorías del Antiguo Testamento, que llegan a su cumplimiento en el Nuevo Testamento, hechos desde la fe y para la fe, con el fin de revelar la gran verdad del acontecimiento del nacimiento de Jesús y no tratan de mostrar tanto lo que a Jesús le pasó desde el principio cuanto de indicar quién es Él desde el principio, el Mesías, el Señor y Salvador del mundo. 

Por tanto el motivo real de la gran celebración de la Navidad y de nuestra alegría cristiana es el nacimiento de un niño, que se llama Jesús, que nació de María, la Virgen, y que es el Mesías e Hijo de Dios. Este Jesús no es sólo un deseo, ni una invención, sino una persona viva, que anunció con sus palabras y obras el inmenso amor de Dios a una humanidad sumida, entonces y ahora, en el mal, en el egoísmo, en la envidia, en la avaricia, en la injusticia, en el desprecio de unos a otros, y su amor entrañable le llevó a proclamar, con su muerte en la cruz, el triunfo del amor, del perdón, de la misericordia, del servicio a los demás, de la resistencia frente al mal y frente al pecado. Con su muerte y resurrección se hizo patente que Él es el Hijo de Dios, la palabra viva y permanente que Dios ha revelado a la humanidad. Éste Jesús no es una vana ilusión, ni una proyección de deseos, sino el camino concreto y accesible a todo ser humano para que, encontrándose con él, toda persona pueda salir adelante en medio de los sufrimientos de la vida. La Navidad es la fiesta que hace memoria de la natividad de aquel niño y actualiza la esperanza a la que puede renacer toda persona. Es una realidad palpable. Es Dios hecho hombre en un niño, el niño Dios, el niño Jesús. La Navidad es el gran regalo de Dios a los hombres y mujeres de buena voluntad, que son capaces de acoger a este niño y vivir según el Evangelio.

Podríamos aprovechar la Navidad, pues, para comprender su sentido real desde los Evangelios. Y podríamos leer con ojos nuevos los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y de Lucas para encontrarnos con Dios en el auténtico Belén del Evangelio. Los relatos allí narrados tienen un interés teológico y espiritual y tratan de mostrar quién es Jesús desde el principio: El Mesías, el Señor, el Salvador. Quienes se dejen interpelar por su palabra y orienten su vida según el plan de Dios, como José y María, la sagrada familia, constituyen realmente la auténtica familia de Jesús.

José Cervantes Gabarrón

 

 

padre Lorenzo Amigo

 

 

Cristo es la Palabra definitiva y última que pronunció Dios Padre

Cuando estos días nos den a besar el Niño, nos dirán.”Un niño nos ha nacido. Un hijo se nos ha dado”. Haremos un acto de fe. Hablamos de un pasado y lo decimos en presente. El que nació, sigue naciendo entre nosotros.

El Niño que nace en Belén es la Palabra definitiva del Padre que nos trae un mensaje clarísimo, nítido, inteligible y consolador para todos: Dios nos ama, nos quiere salvar y hacernos partícipes de la filiación divina por la gracia. Las frases de los Santos Padres son muy atrevidas:”Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios por la gracia y participe en la vida divina…El hombre es un ser que ha recibido la orden de hacerse Dios…Yo soy hombre por naturaleza y Dios por la gracia”.

Dios había hablado en épocas pasadas por otros mensajeros –los profetas-, pero ahora lo hace directamente por su Hijo al que ha nombrado heredero de todo, que es reflejo de su gloria, impronta de su ser, creador (segunda lectura). Palabra que anunciará la buena noticia; pregonará el derecho, la justicia y la paz; nos consolará, nos rescatará y purificará (primera y segunda lectura). Palabra que es Dios, vida, luz, y que se encarnó para hacerse audible, inteligible, habitar entre nosotros y hacernos partícipes de la filiación divina a través de la gracia (evangelio). Palabra ya definitiva, última, perfecta; no esperemos otra. Esta Palabra explicará todo y dará razón de todo y a todos, sin excepción.

La Palabra definitiva necesita unos oídos nuevos que la escuchen; una mente abierta que la entienda y se deje iluminar por la luz de la fe; un corazón limpio que la rumie y la interiorice y la haga fecundar; una voluntad decidida para poner en práctica lo que esa Palabra le pide; una lengua sin trabas que, como auténtico mensajero, la transmita por todas partes con alegría, integridad y sin tergiversar ni manipular.

Esta Palabra, ya lo sabemos, se llama Cristo Jesús: el Hijo de Dios, que desde la primera Navidad es también hijo de los hombres. Dios nos ha dirigido su Palabra. Si entre nosotros puede tener tanta trascendencia el dirigirnos o no la palabra unos a otros, si nuestra palabra de amistad, de interés o de amor, puede significar tanto, ¿qué será esa Palabra de Dios, su propio Hijo, que ha querido hacerse uno de nuestra raza y está para siempre entre nosotros? No. No es un Dios mudo, el nuestro. No es un Dios lejano, displicente, amenazador. Es un Dios que nos habla, y su Palabra se llama de una vez por todas, Jesús. Y, desde entonces, siempre es Navidad, porque siempre está esta Palabra de Dios dirigida vitalmente a nosotros, en señal de amistad y de alianza.

Ese es el Misterio que hoy celebramos. Y que nos llena de alegría. Una Palabra hecha persona, que es el Hijo mismo de Dios, y que nos asegura que a nosotros también nos acepta como hijos.

Alegrémonos, hermanos. Y acojamos a ese Niño, que es Hijo de Dios y Hermano nuestro. Que no se pueda decir de nosotros lo que Juan ha dicho de los judíos: al mundo vino y el mundo no le conoció, vino a su casa y los suyos no le recibieron.

Desde el momento en que estamos aquí, celebrando la Eucaristía de Navidad, es que sabemos apreciar el gesto de Dios y hemos reconocido al Mesías, Jesús, lleno de gracia y de verdad.

La Eucaristía de hoy la celebraremos con una gratitud especial. El que nació de la Virgen María en la primera Navidad, se hace hoy para nosotros Pan y Vino, para fortalecernos en nuestro camino.

No estamos celebrando una fecha, o un aniversario, o una doctrina. Estamos celebrando a una Persona que vive, que está presente: El Hijo, el Hermano, el Salvador. Es el Dios que se ha hecho hombre para hacernos a nosotros partícipes de la vida de Dios.

Finalmente, como consecuencia, quien, pudiendo, no escuche o no acepte esa Palabra y la reciba con amor y libertad, quedará en la oscuridad, caerá en el error, sufrirá la tristeza, seguirá en la esclavitud. Por lo mismo, no tendrá Navidad en su corazón. No podrá contagiar la alegría y la esperanza que esa Palabra trae a todos. No está salvado.

¿Qué tengo en mis oídos que me impide escuchar esa Palabra? ¿Qué prejuicios hay en mi mente que se cierra a esta Palabra? ¿Por qué no se fecunda esa Palabra en mi corazón? ¿Por qué mi voluntad está presa a mil esclavitudes? ¿De qué esclavitudes tiene Dios que salvarme este año: materialismo, egoísmo, pesimismo, intolerancia, rencor, pereza, sensualidad, violencia?