"Y Dios habitó entre nosotros"

Y Dios habitó entre nosotros. La Palabra hecha carne, se manifiesta y se pronuncia como la vida que llega hasta nosotros. Una Palabra que es apertura que revele lo más íntimo de Dios: su amor, su misericordia, su paternidad, su ternura entrañable.

Quizás, con la crisis que nos azota, la Navidad se ha vuelto extraña para nuestros hogares. Resulta difícil comprenderla sin un regalo que brindar entre las manos a nuestros seres más queridos. No han sido poco los años que nuestra mirada ha sido dirigida hacia fuera, hacia lo superficial, hacia lo aparente. Sin percatarnos de una nueva necesidad de nacer. Y las circunstancias hoy nos obligan a nacer una vez más con el que nace. Un nacimiento hacia dentro, para olvidarnos por un momento de lo que llueve o necesito, y saborear la vida con una mirada llena de contemplación ante lo que puedo disponer y compartir: de los amigos, de nuestras madres, de nuestros hijos, de nuestra familia. Emocionarme ante la vida que se me presenta como nueva y que eso me haga estremecer. Dios se encuentra y habita en esas emociones donde la mirada personal cambia y se deja conducir hacia lo más importante, que Dios nace para nuestro consuelo.

Su nacimiento es un anuncio de paz para nuestros corazones, para que nuestro mundo de preocupaciones descanse al menos por un día, y pueda admirar que en su nacimiento, Dios se queda para habitar con nosotros, para acompañarnos, para mostrarnos la luz, y la vida.

1ª lectura: Isaías 52,7-10

Los pies del mensajero de paz

Este es un himno que el profeta, quien sea, porque estamos leyendo el Deuteroisaías, compone porque en su mente aparece un mensajero que trae los pies cansados. Pero son esos pies, benditos, los que traen la gran noticia, al pueblo, a la ciudad a Sión: paz, salvación. Más aún: Dios reina. Cuando Dios reina todo es distinto. Los reyes de este mundo no saben reinar, porque no son capaces de sellar la paz. Cuando lo han hecho ha sido una paz a medias, no dilatada en el tiempo y en la eternidad. Es eso lo que el profeta proclama ahora a Sión que ha pasado por lo peor. Jerusalén será liberada, el profeta es el vigía del mensajero que llega, un mensajero idílico de la victoria de Dios.

2ª lectura: Hebreos (1,1-6)

Dios nos habla en su Hijo

1 El famoso “exordio” de la carta a los Hebreos, magníficamente construido, en una sola frase en griego (vv.1-4), en un buen griego, es la lectura de este día de Navidad. Es explicable, porque se trata de un texto cristológico de altos vuelos con que se comienza esta especie de “exhortación” que es la carta a los Hebreos, sea quien sea su autor. La densidad de esta frase no quita sentimiento a lo que aquí se expresa. Antes Dios había hablado por profetas. Si tenemos en cuenta el texto de la primera lectura todo cobrará más sentido. Los profetas son extraordinarios, poetas, creativos, renovadores, no conformistas con la situación. Pero ahora es distinto, es algo que va mucho más a lo esperado. Los profetas y sus visiones, sus ilusiones y sus deseos, se quedan en mantillas, porque ahora Dios tiene una forma de comunicarse con nosotros muchos más audaz: es su Hijo quien nos habla de El y quien nos hace hablar con Él.

2. ¿Por qué todo es distinto? Porque el Hijo es heredero de todas las cosas. Y lo que él nos diga, eso es lo que nos dice el mismo Dios. Los profetas, incluso, podrían equivocarse y de hecho algunos no acertaron en sus juicios. Dios ha pensado que esto necesita una decisión más determinante. La humanidad debe sentir la misma voz de Dios, y la voz de Dios es la voz de su Hijo. Esta alta cristología del exordio de hebreos llena de sentido la liturgia de Navidad. es verdad que este texto de Hebreos está escrito desde la experiencia pascual de Cristo. Pero en la liturgia cristiana el misterio de la resurrección y de la pascua ilumina toda la vida de Jesús, su encarnación y el nacimiento. No puede ser de otra manera. Este no es un texto histórico, sino teológico. Como teológico ha de ser el evangelio del día.

Evangelio: Juan 1,1-18

La Palabra humana de Dios

1. El evangelio es el prólogo del evangelio de Juan (1,1-18), una de las páginas más gloriosas, profundas y teológicas que se hayan escrito para decir algo de lo que es Dios, de lo que es Jesucristo, y de lo que es el hecho de la encarnación, en esa expresión inaudita de el “Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra; con ella crea todas las cosas, como se pone de manifiesto en el relato de la creación de Génesis 1; con ella llama, como le sucede a Abrahán, el padre de los creyentes; con ella libera al pueblo de la esclavitud de Egipto; con ella anuncia los tiempos nuevos, como ocurre en las palabras de los profetas auténticos de Israel; con ella salva, como acontece con Jesucristo que nos revela el amor de este Dios. El evangelio de Juan, pues, no dispone de una tradición como la de Lucas para hablarnos de la anunciación y del nacimiento de Jesús, pero ha podido introducirse teológicamente en esos misterios mediante su teología de la Palabra. También, en nosotros, es muy importante la palabra, como en Dios. Con ella podemos crear situaciones nuevas de fraternidad; con nuestra palabra podemos dar vida a quien esté en la muerte del abandono y la ignominia, o muerte a quien esté buscando algo nuevo mediante compromisos de amor y justicia. Jesús, pues, también se ha encarnado para hacer nuestra palabra (que expresa nuestros sentimientos y pensamientos, nuestro yo más profundo, lo que sale del corazón) una palabra de luz y de misericordia; de perdón y de acogida. El ha puesto su tienda entre nosotros... para ser nuestro confidente de Dios.

2. Un prólogo se escribe normalmente cuando la obra ya está completa; de esta manera, en el prólogo se expresan las ideas fundamentales de la obra que viene a continuación. Supongamos esto para el prólogo del cuarto evangelio. Puede parecer que tiene una cierta unidad, pero suprimid los vv. 6. 7. 8 y 15 que tratan de Juan Bautista y que fueron añadidos posteriormente. La razón es que hubo algunos discípulos que se mantuvieron fieles a Juan el Bautista y le otorgaban cierta preponderancia sobre Jesús. Era una secta baptista que tuvo cierta fuerza, sobre todo en el s. II (d.C.). De esta manera tendremos un prólogo lleno de fuerza y de lógica.

A) DIOS Y EL VERBO (vv. 1-5): Es la primera enseñanza de este himno. Quizás el prólogo nació en la celebración del culto. Sería como una especie de credo de la comunidad en la que vive Juan. Dios y su Palabra. Verbo = PALABRA. Esta expresión de Logos no tiene sus raíces en la filosofía griega, sino que es eminentemente bíblica. En la Biblia, en el AT, se dice que las divinidades paganas no hablan: *tienen boca, pero no hablan” (Salmo 115,5). El Dios de la Biblia es el único que habla, que se expresa en el mundos. No está todavía personificada esta Palabra, pero se nota que Dios da vida al mundo por su PALABRA. Posteriormente, en una imagen semejante, casi se personifica esta fuerza de Dios bajo el nombre de SABIDURÍA. La Sabiduría es la que ha creado *con” Dios todas las cosas (cf. Prov. 3,19ss; 8, 22-31; 14,31;17,5). De todas formas, ni la Palabra, ni la SABIDURÍA se identifican plenamente con Dios en el AT. ¿Cuál es la novedad de Juan? Pues que la identifica con Dios, “estaba en Dios”. La personaliza. No es solamente una comparación, sino que la PALABRA (El Verbo o el Logos) es Dios mismo. Hay una relación entre Dios y la Palabra. Dios no está cerrado en Él mismo, sino que se pluraliza. Es una riqueza de Dios. Y, además, esta Palabra es creadora, como en el AT. Vemos que la fuente de inspiración de Juan es el AT y no la filosofía griega (v. 3). La Palabra es la riqueza de Dios y del mundo (vv. 4 y 5). Es la vida y la vida es la luz de los hombres. Luego la Palabra de Dios es la fuente del mundo, toda la vida procede de Él y esa vida es la luz que los hombres han perdido. En este primer asomo al misterio de Dios en el himno de Juan, se revela una cosa fundamental. Es una idea revolucionaria para los judíos, que solamente eran monoteístas. Dios es más rico todavía. Dios es una pluralidad en la unidad. La Palabra es ALGUIEN esencial es Dios y para el mundo.

B) SOBRE LA ENCARNACIÓN (vv. 9.10.11.14 y 18): En estos versos se encierra todo el evangelio de Juan: la teología de la Encarnación. ¿Qué es esto? Es la reflexión que Juan ha hecho sobre Cristo. Se parte de un principio: Cristo-Jesús es la Palabra de Dios. Dios no se ha quedado en el cielo, sino que se ha hecho hombre y ha venido al mundo. Nosotros creemos en el Dios más humano que se ha podido imaginar en toda la historia de la religiones. La Palabra ha venido a “lo suyo”, a lo que había creado. Pero lo suyo no la ha recibido. Este es el drama de la Encarnación: la lucha entre la luz y las tinieblas que recorre todo el cuarto evangelio. El v. 14 tiene una enseñanza que puede rezar así: La palabra no solamente se ha hecho carne, “sarx”, debilidad, sino que se ha introducido en el misterio del pecado del mundo. Este es el sentido exacto y radicalmente fuerte. Se ha encarnado y ha tomado nuestros pecados. Es la idea más bella y original de nuestro misterio cristiano. Para un griego era impensable, ya que despreciaban el cuerpo. Lo mismo que para un judío, que no concebía que Dios se pudiera llegar a la impureza de los hombres. (Qué misterio y qué fuerza!. Y lo curioso es que, en la carne, los hombres que lo han acogido han podido ver la gloria de Dios. La gloria (kabod) era para los judíos como el poder de Dios. En el AT los judíos tenían que taparse la cara para no ver el resplandor de la gloria de Dios (v.g. en el Sinaí; o el profeta Isaías en el momento de su vocación). El v. 18 nos explica más: Dios se ha revelado por el Hijo y el Hijo es la Palabra, porque a Dios nadie lo ha visto jamás. Aunque esto es judío, se da un paso, porque nosotros lo podemos conocer por Jesús, que es el Hijo. Nosotros sólo podemos conocer a Dios por Jesús que nos lo ha revelado, ya que Jesús es el Hijo y el Hijo es la Palabra y la Palabra estaba desde el principio en Dios y Él mismo es Dios. Desde ahora, los cristianos hemos de saber que, para conocer a Dios, primero hemos de conocer a Jesús: cómo vive y cómo actúa. Ser cristiano es reconocer, en el acontecimiento histórico de Jesús, en este hombre de nuestra carne, tan próximo, tan fraternal, el rostro, la Palabra y la gloria de Dios: *quien me ha visto a mi ha visto al Padre”

C) Sobre la fe: (vv. 12.13.16.17): Todo esto que hemos expuesto no puede ser entendido sino por la fe. Deberíamos dejar el prólogo para el final del año litúrgico, porque después de conocer a Jesús y haber escuchado su palabra, nosotros nos decidimos por Él y creemos en Dios. Pero se ha de asumir el riesgo de la fe y aceptar así a Jesús y a Dios, de primeras. También porque, a pesar de todo, la fe es un don de Dios y debemos pedirle a Él que nos la dé y nos la fortalezca. Pero la fe en estos versos no se nos presenta en forma de creencia en verdades, sino en forma de vida: porque nos hace hijos de Dios. Es un tema que recorre todo el Evangelio de Juan.

fray Miguel de Burgos Núñez

 

 

Natividad del Señor

La celebración de anoche tenía como centro el nacimiento de Jesús en Belén. Con ecos bucólicos, los pastores recibían el anuncio del ángel. Un anuncio que disipaba los temores del pueblo: Dios había cumplido sus promesas y había enviado el Salvador, el Mesías, el Señor.

Las lecturas de hoy son más sobrias. Quieren ayudarnos a profundizar el misterio de Éste que ha venido trayendo a la humanidad entera la buena noticia. En Él nos habla Dios. Con Él podemos ser también nosotros hijos de Dios.

Nunca nadie ha visto a Dios. Posiblemente la dificultad para sentirle cercano sea hoy mayor. Pero el Hijo único sigue dándole a conocer. A quienes le buscan, a quienes se dejan encontrar. No debemos tenerle miedo.

Nuestra historia no está perdida. Él se hizo carne, Él acampó entre nosotros. Y desde entonces su luz brilla en nuestras tinieblas. Hay vida, hay futuro, podemos vivir confiados porque Él sigue con nosotros.

Primera lectura: Isaías 52,7-10

1) ¡Urgencia y belleza de la evangelización!

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz... que pregona la victoria, que dice a Sión: "Tu Dios es Rey". El pueblo de Dios está sometido a un exilio forzoso y violento que se prolongó durante más de cincuenta años en los que Israel se planteó muchas preguntas acuciantes: ¿dónde están las promesas de Dios de una dinastía eterna? ¿dónde están los compromisos de la alianza de habitar siempre en su templo? ¿por qué no ha defendido a su pueblo? ¿por qué guarda silencio? Y Dios envía su Mensajero (anónimo). Hoy recogemos uno de sus más hermosos mensajes. Las Buenas Noticias van siempre precedidas por el sufrimiento y las situaciones límites. ¡Dios reina ya! Estas palabras vuelven a tener un sentido singular en nuestro mundo que también se interroga angustiado. Para los que se plantean interrogantes que les parece no tener respuesta, es necesario que los creyentes se sientan mensajeros en su mundo. Dios sigue presente. Celebramos su presencia salvadora.

2) ¡Oferta de salvación sin fronteras!

El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. Este pensamiento Es característico de su mensaje universal y abierto. La actuación de Dios llegará también un día a todos los hombres. En el lenguaje bíblico "ver" significa participar, entrar en comunión. Ver el rostro de Dios en el templo, es participar activamente en el acto de culto en el que Dios se hace invisiblemente presente. Que todos los confines de la tierra vean la salvación de Dios será el programa de la evangelización según el testimonio de Lucas. Desnudar el brazo significa actuar con tal poder que nada ni nadie se le podrá resistir. Dios hace las cosas de tal manera que nos desconciertan ¿es un niño indefenso, llamado Jesús, la expresión del poder de Dios? ¿cómo se puede descubrir en ese hecho que Dios desnuda su santo brazo? La celebración del Nacimiento del Salvador urge a los discípulos de Jesús a descubrir y luego proclamar que ciertamente Dios ha actuado con poder en su Hijo Jesús.

Segunda lectura: Hebreos 1,1-6

1) ¡Dios se ha dignado dirigir a los hombres su última Palabra en su Hijo!

Dios habló antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo... por medio del cual ha realizado las edades del mundo. Dios no dejó nunca de hablar a su pueblo: en el tiempo de la promesa y de las figuras lo hizo por medio de mensajeros humanos; su palabra, una y única, se fue articulando pedagógicamente a lo largo de la historia de la salvación de múltiples formas. En la plenitud de los tiempos esa misma palabra se haría historia entre los hombres. El Nacimiento de Jesús, por el que se hace posible esa presencia en nuestra historia, invita a saborear la pedagogía de Dios. Dios habló por su Hijo su última palabra a los hombres. Ahora guarda silencio, pero quiere que esa palabra siga siendo proclamada en el mundo. Esta es la tarea de los discípulos de Jesús de todos los tiempos ¡y del nuestro! Bellamente dice san Juan de Cruz: es como si Dios se hubiese quedado mudo; si queréis conocer su voluntad escuchadle a Él. Se nos invita con urgencia a la evangelización, a la proclamación de la Buena Noticia de las maravillas de Dios. ¡Así es como deberíamos celebrar la Navidad!

2) ¡El reflejo del Padre entre los hombres!

El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa. La expresión utilizada por el autor de la Carta tiene un valor polisémico (muy rico en significación): huella grabada, impronta, marca o signo distintivo, carácter, trasunto, imagen o representación fiel. Todo esto es Jesús entre los hombres. El hombre había sido creado a imagen y semejanza de Dios. La palabra hecha hombre asume aquel proyecto en su pureza y limpieza, pero elevándolo y trascendiéndolo a la vez. Esta forma de hacer presente a Dios además de ser totalmente nueva, es profundamente humanizadora. En Jesús y sólo en Jesús descubrimos la verdadera grandeza del hombre: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te cuides? lo hiciste inferior a un dios, coronándolo de gloria y esplendor; le diste el dominio sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies (Sal 8, 5-7). La Escritura nos recuerda que nadie puede ver a Dios y seguir viviendo. La celebración auténtica de la Navidad conlleva un compromiso serio de respeto a todo hombre de la raza o nación que sea. En todo hombre y en todo acontecimiento humano se esconde Jesús y espera que le busquemos. No hay que hacer largos viajes ni dispendios para realizar esta búsqueda; a nuestro lado lo tenemos; en nuestras calles. ¿Qué sentimos cuando vemos por nuestras calles o en nuestros puestos se trabajo hermanos de otros color o de otra nación menos desarrollada que la nuestra? Navidad nos invita a entrar en la hondura de todos esos hermanos en los que se esconde Jesús.

3) ¡Sentado a la derecha de su Majestad en las alturas!

Está sentado a la derecha de su Majestad en las alturas... Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado. Se resalta la supremacía de Jesús en todos los aspectos. Jesús era el Hijo verdadero de Dios. Quien se acerca la hombre y se hace hombre es el propio Hijo de Dios. En la Encarnación y en la Nacimiento se ha humillado hasta pasar por uno de tantos (Flp 2,6ss). En la humanidad verdadera se ocultaba la verdadera divinidad de la que nunca se despojó. Esto es lo sorprendente y admirable de nuestra fe cristiana. Dios estaba en Cristo oculto pero presente. Y ahora está a la derecha de Dios, para interceder por todos y empujar a la Iglesia hacia la misma meta. Se celebra una auténtica Navidad si realizamos con gozo y autoexigencia estos dos caminos: el que va de mí a mi hermano ofreciéndome a él como un don sin pedir nada a cambio y aceptar a mi hermano como un don-regalo sin resistencias, sin autosuficiencia, sin rechazos, sin sospechas. Todos nos necesitamos mutuamente. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre (Hb 13,8). De este Jesús dice el mismo autor de la Carta a los Hebreos: Por eso Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos (Hb 2,11).

Evangelio: Juan 1,1-18

1) !La Palabra del Padre dirige la historia de los hombres!

La Palabra estaba junto a Dios... Por medio de ella se hizo todo... Era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre... Al mundo vino y en el mundo estaba. El relato de la creación (Gn 1) nos enseña que Dios lo hizo todo por la Palabra y el Espíritu. La Palabra que existía más allá del "principio", es decir, más allá del tiempo. En nuestro lenguaje es lo mismo que decir que era eterna. Los hebreos acostumbran a pasar de lo concreto a lo universal por abstracción temporal, es decir, retrocediendo hasta un punto en el que comienza el tiempo. Lo que hay más allá de este comienzo temporal es lo eterno y los trascendente. La Palabra pertenece a la eternidad y estaba al lado de Dios y era Dios verdadero. Es Dios y es Creador. Esta presencia de la Palabra en la creación entera ha dejado su huella, su presencia misteriosa sin confundirse en su naturaleza con ella. El evangelista de su presencia en la historia de todos los hombres sin excepción, porque todos existen y son hombres por la Palabra y el Espíritu. Toda la humanidad es invitada en el acontecimiento del Nacimiento de Jesús a contemplar en aquel niño el sentido profundo de su propio ser. La Iglesia quiere que el día de Navidad dirijamos una mirada respetuosa y amable a la creación. Se nos puede antojar algo desconcertante: ¡Ese niño es la Palabra eterna de Dios por la que lo creó todo! desconcertante pero cierto. El creyente ha de ser un testigo de estas profundas experiencias entre los hombres. Se invita a los creyentes a mirar de otro modo a los hombres procedan de donde procedan. ¡Qué distinta sería nuestra Navidad si no nos perdiéramos en ruidos y superficialidades y entraremos en la hondura del acontecimiento real!

2) ¡La palabra habitó en el pueblo de Israel!

Vino a su casa y los suyos no la recibieron. El Génesis (12.2-3) recuerda que Dios llamó a Abraham para una gran misión. Con Abraham nace un nuevo pueblo, el pueblo de Dios. Este pueblo se constituye por una palabra expresada en promesa y alianza; se consolida en el desierto por una palabra-alianza; sigue su proceso hacia el futuro alimentado por una palabra-promesa mesiánica; y nunca le faltó la presencia de los pregoneros que fueron los profetas encargados de actualizar y enriquecer la presencia de la palabra en Israel. Sabemos que la historia de la salvación fue una constante dialéctica de fidelidad a su palabra (Dios) y rechazo de la misma (pueblo). Vino a los suyos y los suyos no la recibieron. Pero Dios sigue adelante con su proyecto. Y hoy celebramos en el sacramento la presencia definitiva de esta palabra. El evangelista sintetiza en una sola frase toda la historia de la salvación recogida en los libros del Antiguo Testamento. La historia de la salvación se escribió para nuestra enseñanza. Todas estas cosas que les sucedieron a ellos eran como ejemplo para nosotros y se han escrito para escarmiento nuestro, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos (1Cor 10,11). Los creyentes podemos entrar en diálogo con la Palabra más directamente por la presencia humana en Jesús. Nuestro mundo necesita esa palabra de aliento, de humanización y dignificación. Una palabra que le abra al horizonte que Dios ha preparado para los hombres. Nos urge hacerla presente, tangible, creíble. Y esto es tarea de los discípulos de Jesús hoy.

3) ¡La Palabra se hizo hombre-historia!

La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros. El evangelista piensa en la vida de los nómadas que se desplazan según las exigencias de sus rebaños levantando y plantando la tienda siempre que sea necesario. La palabra eterna de Dios habita entre los hombres como en una tienda. No significa que su presencia sea sólo temporal. Significa que está siempre en movimiento. Que la Encarnación, el Nacimiento de la Palabra se ha realizado para llevar al hombre a la meta final. Pero para ello ha asumido nuestra propia naturaleza en todo menos en el pecado (Hb. 4,15). Las expresiones del evangelista sugieren, dentro del marco de la antropología hebrea, que la Palabra se ha hecho hombre con toda su capacidad de sufrimiento, de comunicación y de solidaridad. Y este pensamiento es importante para el enfoque de nuestra vida. La celebración de la Navidad nos permite actualizar hoy aquel gesto incomprensible pero verdadero. En nuestra peregrinación por este mundo alguien camina junto al hombre, junto a todo hombre. El creyente es llamado para hacer visible esta verdad tan necesaria para el hombre.

4) ¡La acogida de la Palabra nos da derecho a ser hijos de Dios!

Pero a cuantos la recibieron, les da poder-derecho para ser hijo de Dios. Todo el proceso de la Palabra eterna en la creación, en la historia de los hombres, en la historia de Israel y en la Encarnación tienen una finalidad que a los que la reciben les da poder-derecho a ser hijos de Dios. Esta es la gran novedad de la Encarnación en el pensamiento del evangelista. Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación. La salvación de los hombres, el reencuentro con Dios que le permitirá conseguir su plena humanización y su dinámica comunión con los demás, ha sido la finalidad de todos los dones de Dios. Especialmente del don de la Encarnación y presencia de la Palabra en un hombre. Así cierra el evangelista su relato: Esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna (Jn 20,31). El hombre, además de ser imagen de Dios por la presencia de la Palabra y del Espíritu, es su propio hijo adoptivo con todos los derechos: Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rm. 8,17). Esta es la verdadera Navidad. Somos invitados a disfrutarla profundamente, a compartirla generosamente, a actualizarla constantemente en el medio vital que nos ha tocado en suerte vivir. Esta estilo de vivir Navidad es el que necesita el hombre de hoy en realidad, aunque no lo acabe de comprender. Y nosotros, como los pastores, somos invitados a comunicar a todo el mundo lo que hemos visto (creído) y experimentado.

fray Gerardo Sánchez Mielgo

 

 

Como consecuencia del anuncio hecho a los pastores, proclamado en el Evangelio de Lucas y las respuesta de estos, en el texto evangélico propuesto para la celebración de la aurora, nos encontramos, de la mano de Juan, con la respuesta que clarifica el sentido del anuncio hecho: os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y para ello se toma el Prólogo del evangelio de Juan y allí se centra la atención de lo esencial del mensaje trasmitido a los pastores, a los pobres, a los últimos, a los que no significan nada.

1. El profeta Isaías en medio de una crítica situación lanza un mensaje lleno de gozo y esperanza: “Dichosos son sobre los montes los pies del mensajero”. Lo que anuncia ese mensajero es la respuesta a la situación. Frente a la destrucción se anuncia la bondad y la salvación para todos. También para nuestro momento histórico el anuncio tiene sentido, porque se trata de la obra de Dios que hoy sigue realizándose. De ahí, que el profeta diga: romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén. Cantan porque su situación cambia radicalmente. Lo destruido se alza de nuevo, pleno de hermosura. Y eso que se alza no es sino la Comunidad humana renovada.

2. De muchos modos, en diferentes circunstancias, Dios ha hablado a la gente por medio de los profetas. La imagen de un Dios interesado y comprometido con el dolor y la angustia de los pueblos. Por eso les habla. Y ahora, en la plenitud de los tiempos, lo hace de forma clara y definitiva, por medio de su Hijo. Nos ha dicho todo sin reservarse nada. Se ha dicho El mismo, como Palabra llena de Vida y comunicadora de plenitud de vida a todos. Y ha querido asociarnos a esa tarea. Cada bautizado es portador de buenas noticias para los que están cerca o lejos. Hoy somos nosotros los que tenemos que ser la voz mediante la cual la Palabra llega como salvación a toda la gente.

3. Juan tiene presente y nos lo hace ver hoy, que éste que ha sido anunciado, la Gracia que ha aparecido en la tierra, es el mismo Hijo eterno del Padre. Imagen de Dios. El único que puede llevarnos al encuentro con el Padre. Ya no tenemos que imaginarnos a Dios. En la Persona del Hijo de Dios hecho carne, podemos sentir la cercanía de Dios, más aún, descubrir y palpar su solidaridad con cada persona. Por eso no hay lugar para imaginar a Dios, porque El se ha manifestado para ser la Vida que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Todo ha sido hecho por El y para El, de modo que encontramos la respuesta última a nuestra existencia en Jesús. Su vida ilumina la andadura de cada persona, cuando acoge su palabra, cuando lo acoge a El mismo.

No es un Dios alejado de la realidad humana, sino que su cercanía significa y realiza una verdadera y plena comunión: nos da su vida y toma la nuestra. Pero no se realiza esta comunión en forma automática, sin que medie nuestra voluntad. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a los que le recibieron les dio la capacidad de hacerse hijos de Dios, porque no nacen ni del deseo, ni la determinación humana, sino de la Voluntad de Dios que quiere que todos estén participando de su misma Vida y felicidad. Así podemos felicitarnos al sentirnos agraciados y poder compartir dicha felicidad con los demás. De este modo, unidos a Jesucristo llevaremos la luz de la vida a toda persona que se relacione con nosotros.

comunidad de Predicadores de Almería

 

 

Cielo y tierra se unen: lo grandioso y lo sencillo

No cabe duda que la sencillez y cercanía que tiene la Navidad según el relato del evangelio de Lucas en la misa del Gallo, y que se expresa en la representación que se hace en los nacimientos, queda un tanto desbordada por el texto evangélico de Juan en esta misa, llamada “del día”. Todo lo que en el relato de Lucas hay de sencillo episodio de nuestro mundo, que entra por los ojos, es en Juan visión elevada que abruma por su grandiosidad. La Navidad es precisamente conjugar lo sencillo con lo grandioso, un niño con Dios, la noticia de que ha nacido un niño con la de que Aquel por quien todo fue hecho se hace carne humana. En definitiva es conjugar la vida divina y la humana.

Esa unión de lo que supera nuestra capacidad de conocer con lo que es evidente a nuestros ojos, de Dios con la Humanidad, ha sido una decisión del mismo Dios. Es Él quien decide hacerse carne. No ángel, ni espíritu humano, sino carne, es decir hombre en su dimensión total de espíritu y carne. Se hizo uno de nosotros y habitó en medio de nosotros, se sometió a las decisiones que los seres humanos tomamos unos respecto a otros, pasó por las alegrías y las penas de cualquier vida humana.

¿Por qué Dios vino a nosotros?

¿Por qué hizo esto? Con un fin único salvar al ser humano, elevarle a una condición, a una dignidad que él no podía imaginar. Lo hizo para hacer ver, poder palpar, lo importante que es el ser humano a los ojos de Dios. En efecto, la Navidad es la fiesta de la humanidad, de la grandiosidad del ser humano. A partir de la Navidad, la naturaleza humana, la condición humana, es condición del ser de Dios, es naturaleza de Dios, Él la ha asumido. Y la ha asumido en su pobreza, en su debilidad, como naturaleza de un niño. ¿Cuándo el ser humano podía imaginar ser así considerado por Dios? Porque una cosa es que “ninguna nación tenía un Dios tan cercano” como confiesa el pueblo judío, y otra que la cercanía se convirtiera en hacerse hombre, carne humana, uno de ese pueblo.

Nuestra reacción ante la Navidad

Podemos alabar, gritar, la generosidad de Dios para con nosotros y nos quedaremos muy cortos. Pero sobre todo lo que la Navidad nos proclama es la dignidad del ser humano por el hecho de serlo, sea cual sea su edad, sus cualidades o defectos, su integridad o su degradación, su raza, su condición social...etc. Todo ser humano es carne de Dios.

La Navidad es el gran desafío a ver qué hacemos con nuestra condición humana, la que poseemos cada uno y la que los demás poseen. Si Dios se ha rebajado, haciéndose uno de tantos, como dice san Pablo, para liberarnos de lo que nos degrada, ¿qué hacemos nosotros para que nada degrade nuestra dignidad y la de los demás? ¿Cómo nos tratamos y cómo tratamos a los demás?

En Navidad Dios vino a nosotros para que fuéramos conscientes de nuestra dignidad, y, por tanto de lo que estamos llamados, individualmente y como familia humana, a ser. Es necesario mirar a Dios para alabarle y bendecirle, como hicieron ángeles y pastores en el relato de Lucas; pero sobre todo hemos de volver la vista hacia nosotros para ver si nos sentimos hijos de Dios, nacidos no sólo de amor carnal, de amor humano, sino también del amor de Dios, como dice el evangelio de Juan. Y si sentimos lo mismo respecto a los demás. No experimentar esa presencia dignificante de Dios en nosotros sería pertenecer al grupo de aquellos, de los que se dice en el texto evangélico: “vino a su casa, pero los suyos no le recibieron”. Si fuera así, no habría ninguna razón para celebrar la Navidad, es decir: la presencia de Dios entre nosotros, como un niño.

fray Juan José de León Lastra

 

 

En la misa del día de Navidad se nos invita a meditar el prólogo del Evangelio de san Juan. Se dice que fue tan grande la devoción de los fieles a este pasaje, que llegaron a honrarlo como una reliquia y a valerse de él como si se tratara de un sagrado talismán. Hacia el siglo XII comenzaron a recitarlo algunos sacerdotes, por pura devoción, mientras volvían a la sacristía y se quitaban los ornamentos. Luego, a causa del ruego de la gente, sobre todo de las mujeres devotas, consintieron en recitarlo en el altar, primero en voz baja, y luego en alta voz, hasta que por fin, san Pío V lo incorporó definitivamente a la misa; de modo de que antes de la última reforma litúrgica la Eucaristía concluía siempre con la lectura de este profundo pasaje evangélico.

Es de los pocos pasajes del Nuevo Testamento que afirman claramente la divinidad de Jesús.

Puede parecer extraño que el evangelio escrito por el discípulo amado, el que recibió a María entre lo suyo cuando Jesús expiró en la cruz, no nos hable ni de la concepción virginal, no de su nacimiento terrenal ni de su infancia. Una de las razones que se dan de esto es que cuando se escribió este Evangelio era necesario reaccionar contra el fariseísmo culto, que despreciaba a los cristianos porque los consideraba gente inculta. El evangelista responde a esta crítica ofreciéndonos una reflexión profunda sobre el misterio del Salvador. Y para decirnos quién es Jesús no se detiene en su nacimiento terreno, sino que se remonta a su origen eterno.

A leer este pasaje en el día de la Navidad, se nos invita a interpretar este misterio como un misterio de Luz. Ciertamente, en Jesús la Luz se hizo carne.

Dios es Luz sin tiniebla alguna

La metáfora de la luz recorre toda la Escritura y se aplica con un sentido especial a Dios. Así, el Sal 27, 1 canta diciendo: «Yahvé es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» Dios es la luz que no conoce ni sombra ni ocaso. También su Ley, su Sabiduría y su Palabra son luz porque iluminan el camino que conduce hasta Él. «Dios habita en una luz inaccesible» (1 Tim 6, 16). O como dice la primera carta de san Juan: «Dios es luz, en él no hay tinieblas. Si pretendemos estar en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no hay verdad en nosotros, pero si caminamos en la luz, estamos en comunión unos con otros y la sangre de Jesucristo nos purifica de todo pecado» (1, 6-7). Uno esperaba que san Juan concluyera diciendo que si caminamos en la luz estamos en comunión con Dios; pero, la caridad, por ser una sola, hace que estar en comunión con Dios y con los hermanos sea la misma cosa.

Se comprende la elección de la imagen y la experiencia de la luz, que penetra todo, para expresar la experiencia humana del encuentro con Dios. Pero la diferencia con la luz física está en que la Luz que es Dios necesita ser acogida por nosotros.

Dios es como una luz para quien pone su fe en Él.

En los tres primeros Evangelios la luz es el bien, mientras que las tinieblas son el mal, la mentira, el egoísmo y toda malicia. La luz es también la perspicacia, la lucidez, la previsión en todo lo relacionado con la salvación; mientas que las tinieblas simbolizan la ceguera espiritual y, sobre todo, la obstinación en esa ceguera, que comienza por no querer ver el bien ni reconocer al Mesías en la persona de Jesús.

En las curaciones de ciegos que Jesús realizó, además de la ceguera física, quiere destruir una ceguera más dañina. Recobrar la vista supone también sacrificar los puntos de vista estrechos.

La Luz que es Jesús nunca deslumbra ni ciega, como ocurre con otras luces. También el tentador se disfraza de ángel de luz para mejor arrastrar al fondo de las tinieblas. Pero esas falsas luces contaminan la vida y acaban entristeciéndola. En cambio, Jesús es Luz que alegra la vida.

Los suyos no la recibieron

En el cuarto evangelio la luz y las tinieblas representan dos esferas de la existencia, tanto personal como comunitaria, que se caracterizan, ante todo, por la relación con la persona y la obra de Jesús. Caminar en la luz es seguir a Jesús, acogerle, tratar de conocerle, observar sus mandamientos, en definitiva, creer en él. Y ver a Jesús es ver al Padre, entrar en la esfera divina, en la esfera de la luz. En cambio, las tinieblas son el rechazo de Jesús.

Como en el relato de los magos, también en el prólogo del Evangelio de san Juan aparecen dos bandos, dos familias espirituales contrapuestas: los que acogen al Verbo, a la Luz, y los que lo rechazan; los que permanecen fieles a sus palabras y se convierten en sus discípulos, y conocen la verdad que les hace libres, y los que buscan por todos los medios destruirle. La pasión planea en el prólogo del Evangelio de san Juan como en los relatos de la infancia de los otros evangelistas.

Navidad nos urgen una opción existencial en la que nos va la vida: acoger la Luz que viene a iluminar nuestra existencia, a sanarla y transformarla, o rechazarla para vivir en las tinieblas y sombras de muerte.

fray Manuel Ángel Martinez Juan

 

 

Romped a cantar, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo

Isaías entrevé la llegada del Mesías como la gran ocasión de consuelo. La alegría de la Navidad no puede ser para los cristianos algo ocasional, circunstancial, sino una actitud profunda ante la vida. No recordamos sólo que Dios vino, lo que celebramos es que sigue viniendo y que, pese a las crisis colectivas e íntimas, Él encamina nuestra historia hacia el bien.

Por eso nos conforta y alegra el grito del profeta: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria”. Son los pies del profeta, los del Mesías, y también los nuestros, los de sus amigos y seguidores.

La Navidad nos invita a renovar también nosotros la amistad con nuestro mundo para anunciarle la paz, la buena nueva, la esperanza en la victoria de nuestro Dios.

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente. Ahora nos ha hablado por el Hijo.

Los humanos nunca hemos estado del todo solos. En nuestros mejores sueños y en nuestras más nobles iniciativas estaba con nosotros la voz de Dios, su Palabra, resaltada por los profetas de todos los tiempos.

Pero la Navidad nos recuerda que Dios nos habla a través de la humanidad de Jesús. Su ternura y cercanía, su predilección por los débiles, su apuesta por los más pobres, nos revela los sentimientos del Padre y sus apuestas reiteradas por un futuro mejor. Con la Navidad ha llegado el Reino, que Navidad tras Navidad, seguimos esperando que se haga más fuerte hasta que llegue a su plenitud.

El mundo, traspasado por la Palabra

Nuestra civilización nos ha acostumbrado a ver el mundo como un simple depósito de bienes para nuestro bienestar. Un simple problema de cálculo para que los recursos no se agoten. Un problema que hoy no es tan simple porque en esos cálculos no siempre se tienen en cuenta las necesidades y los anhelos de las personas y los pueblos empobrecidos. Por eso no acaban de despejarse las tinieblas de nuestra historia. Por eso, para muchos, sigue sin haber Navidad.

Pero el mundo, además de un problema es un misterio. Y un misterio cuya densidad es radicalmente innombrable por nuestra razón y sus criaturas: la ciencia, la técnica, las máquinas. Nuestra cultura ensoberbecida necesita, para ser más humana, la sencillez del Niño de Belén.

El evangelio de Juan presenta el misterio del mundo como obra de la Palabra, “sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”. Esto hace que el mundo tenga sentido, que sea un espacio para la vida y una promesa de valores nuevos para los humanos.

Vino al mundo, pero el mundo no la conoció; vino a su casa y los suyos no la recibieron

En la ambigüedad del progreso se muestra el drama de nuestra propia ambigüedad y de la ambigüedad de nuestro mundo: visitado pero no siempre acogedor.

¿Qué nos impide acogerle? ¿Qué temores nos cierran ante Él? Con su presencia nada humano se disuelve o se pierde. No es nuestro enemigo, sino nuestro cómplice. Se ha hecho uno de nosotros no para sorprendernos, sino para comprendernos.

La Navidad es la llegada de un Dios que se hace carne. Es un Dios que desconcierta, porque no se muestra como poder incontestable sino como debilidad, un Dios que no se prodiga en prodigios, sino en sencillez, un Dios que no arrastra, sino que se ofrece como compañero si queremos ir con Él.

Navidad: profunda solidaridad de Dios con todas las personas, con tal de que la recibamos y que le demos la oportunidad de seguir acampando entre nosotros.

fray Fernando Vela López

 

 

Un camino hacia la vida (Isaías 52,7-10)

Hay alguien que nos anuncia la hermosura del caminar. Caminar hacia la vida. Encaminarse hacia la paz tras la época de tormento y sufrimiento. Junto con la hermosura del caminar, también se nos anuncia una Buena Nueva: “Tu Dios es Rey”, pero no es un Dios que se oculta, sino que se muestra, porque puede ser contemplado cara a cara. Así se acaba la época del temor, porque este Dios puede ser conocido. Pero, ante esta posibilidad, sobre todo, lo más importante, es que puede ser reconocido como el Dios que consuela a su pueblo, lo rescata de las ruinas, su brazo santo y desnudo se mostrará a todas las naciones, y aunque nuestro canto sea de alegría, es un canto con el sabor del logro, de la satisfacción de poder encontrarme, no por su victoria ante batallas cruentas, sino por su lucha continua y constante para llegar hasta nosotros.

Impronta de su ser (Hebreos 1,1-6)

La revelación de Dios, su mostrarse, siempre ha estado presente en nuestra historia a través de los profetas, pero eran insinuaciones del camino para llegar a Dios. Es en la persona de su Hijo, en esta etapa final, en los tiempos de madurez, como Dios nos ha hablado. Por medio de Él, Dios ha ido realizando las edades del mundo. Revelación y Cristo, son el último gesto de Dios, la última palabra pronunciada. Él será la referencia para las miradas presentes y futuras. Para encontrar a Dios, él será el paso, el guía, el camino. Porque Cristo es impronta de su ser, su sello, su marca donde Dios rubrica la creación antigua, y la creación nueva. Él fue quien realizó la purificación de los pecados, a través de Él, la reconciliación fue posible. Y ahora ha sido encumbrado sobre los ángeles, puesto más allá de las cimas de las montañas, porque el nombre que ha heredado es mucho más sublime.

Albergar a Dios (san Juan 1,1-18)

La Palabra, en san Juan, asume un dinamismo creador, vital, luminoso. Por medio de ella se hicieron todas las cosas. En la Palabra había vida, y por la vida que contenía, era luz para los hombres. Quiso ser conocido, mostrado, revelado, recibido, amado.

Fueron las tinieblas, los momentos de oscuridad quien mostró la oposición ante su presencia: no la recibió, no quiso albergar la luz que de ella se desprendía. Vino habitar en su casa, pero los suyos no la recibieron. No queremos convivir con la vida, no queremos habitar con ella, fue el contra-mensaje del anuncio revelador.

A pesar de ello, hubo gente que optó por acogerla, y recibirla, sin miedo, sin oposición, sin temor. A los que dio el poder para ser hijos de Dios. Los no nacidos por vínculos de sangre, ni por el amor carnal o humano, sino que fue Dios los que les condujo a la vida, y les concedió un nombre nuevo.

Por ello, la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros. Habitó, puso su morada, quiso vivir con nosotros. La carne fue convertida y transformada en tabernáculo, tienda, sagrario o templo donde Dios puso su morada.

Y gracias a este acto de transformación de nuestro interior, capacitándolo para albergar a Dios, hemos podido contemplar su gloria, la propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y verdad. Hemos podido contemplar su amor, su consuelo, su misericordia, su luz, su ternura, su ayuda. También hemos podido contemplar su verdad creadora y transformadora de la realidad humana. Una verdad que se hace pequeña para comprender su grandeza. Una vida que se hace latido para contemplar y comprender un sentido nuevo de nuestro vivir.

En este día de Navidad, podemos plantearnos cuestiones como ¿a quién he permitido nacer en mi interior? ¿Qué disposición he encontrado en mi persona, en lo que amo, pienso, y elijo, para que Dios pueda habitar en mí? Si se me ofrece una luz para mi situación vital ¿qué dinamismo se despierta en mí: el de iluminar mis pasos, o el de apagar esa luz?

Bien saben nuestras madres lo que nos costó nacer, pero este nacer es distinto, reclama la existencia, reclama nuestra participación, reclama una respuesta libre de adhesión o rechazo. No es un nacimiento pasivo, es un nacimiento consciente y activo. Tienes la oportunidad de nacer de nuevo, ¿qué quieres hacer con tu alegría?

fray Alexis González de León O.P.

 

 

Navidad es la historia de un gran amor

¿Qué es el amor? Los niños lo saben mejor que los mayores.

He aquí alguna de sus respuestas.

- "Cuando mi abuela tenía artritis no podía agacharse para pintarse las uñas de los pies. Así que mi abuelo se las pinta todos los días a pesar de que él tiene también artritis en las manos. Eso es amor. Rebeca, 8 años.

- "Amor es cuando mi madre hace café para mi padre y lo prueba antes de dárselo para asegurarse de que sabe OK". Kart, 5 años.

- "Amor es lo que está en la habitación contigo la víspera de Navidad si dejas de abrir los regalos y escuchas". Danny, 7 años.

- "Cuando alguien te quiere, la manera de pronunciar tu nombre es diferente. Y sabes que tu nombre está seguro en su boca". Billy, 4 años.

- "Si quieres aprender a amar mejor, se debería comenzar con un amigo al que odias". Nikka, 6 años.

- "Yo sé que mi hermana mayor me quiere porque me da sus vestidos usados y ella tiene que ir a comprarse unos nuevos". Lauren, 4 años.

- "El amor es lo que te hace sonreír cuando estás cansado". Terri, 4 años.

Sucedió la víspera de Navidad en el siglo catorce. La peste recorría toda Europa y sus víctimas se contaban por miles y miles en las ciudades, en el campo y en todos los pueblitos. Todo el mundo buscaba salvarse a través del aislamiento. Se encerraban en sus casas con las provisiones que habían podido recoger para huir del invisible enemigo.

Así sobrevivió un ciudadano de Goldberg, en Alemania, hasta la víspera de la Navidad de 1353.

Creyó que era el último habitante de la ciudad y cuando llegó la medianoche se acordó de la alegría que inundaba al pueblo entero y cómo sus gentes celebraban la fiesta y ahora se encontraba él solo en medio de una gran desolación. Pensaba que su vida no merecía la pena vivirla en semejante soledad y abrió la puerta de su casa y salió a abrazar la peste y morir. Al salir a la calle empezó a cantar las viejas canciones navideñas que había cantado durante toda su vida. Cual no fue su sorpresa al oír una voz que respondía a su voz, después otro ciudadano abrió su puerta y se puso a cantar; los dos recorrieron la calle cantando y cuando llegaron al final de la calle, frente a una colina cercana a la ciudad, encontraron un grupo de 25 hombres y mujeres y niños. Era todo lo que quedaba en la ciudad.

Perdido un poco el miedo, regresaron a sus casas, enterraron a sus muertos y la ciudad empezó a progresar de nuevo. Pero cada Navidad, siglos después de este acontecimiento, hasta hoy, sus habitantes se congregan para el culto a medianoche y todos caminan, cantando, hasta el final de la calle a Neiderrring, la colina cercana.

Érase una familia que se había reunido para celebrar la Navidad sin pensar para nada en su significado. Tres generaciones reunidas en una casa. La hija y el padre se llevaban muy mal, pero se juntaban para Navidad para ver a la nieta. La pequeña Carlota que había crecido en una casa donde Dios no se mencionaba, estaba cenando y de repente cogió el tenedor, lo puso delante de la boca del abuelo como si fuera un micrófono y le preguntó: "¿Abuelo, por qué se llama este día Navidad?

La pregunta cayó como un jarro de agua fría.

¿Sabía la niña lo que estaba preguntando? Después de un largo silencio que se hizo una eternidad el abuelo dijo: "Tal vez tu madre pueda responder a tu pregunta mejor que yo".

La madre frunció el ceño y respondió a su hija. "Hoy se llama Navidad, Carlota, porque es el cumpleaños de Jesucristo".

Y continuó con una breve explicación. Algo muy especial sucedió mientras le contaba a su hija la historia de la Navidad. La señora hablaba como si estuviera ella misma descubriendo en ese momento el origen de la Navidad, como si en ese mismo momento estuviera recibiendo una revelación. Fue un momento mágico. La madre de Carlota miró a su padre. Las lágrimas llenaban los ojos de su padre. Alargó la mano y cogió su mano. Carlota preguntó: "¿Abuelo estás llorando"? "Sí, lloro porque soy muy feliz", contestó.

El rostro de Carlota se iluminó como el de un ángel. No se habló más de Jesús aquella noche. Y sin embargo, fue como si el Señor mismo, como un orfebre, hubiera creado esa situación para que su nombre brillara como una joya muy especial, como un diamante en su estuche de terciopelo.

Muchas familias se reunirán en torno a una mesa el día de Navidad. ¿En cuántas casas se hará esta pregunta, ¿por qué nos hemos reunido? ¿qué celebramos?

Habrá un belén y un arbolito y unos regalos. Un exterior muy hermoso y brillante. Pero ¿qué hacer para que ese ambiente externo penetre en el interior de cada uno de los reunidos?

Alguien tiene que suscitar la pregunta e invitarnos a recordar aquella noche.

Alguien tiene que contar a los hijos esa historia. El Señor hará el resto. Dejará de ser un recuerdo para hacerse relato presente y salvador.

Un año más el Hijo de la Navidad vendrá a nuestro mundo y a nuestras vidas ajetreadas y disipadas. Nosotros, a pesar de todos los ruidos muy musicales, y desde nuestras limitaciones, estamos llamados a vivir con más autenticidad el milagro de la luz, de la paz y de la vida nueva que nos visita.

La Navidad no es un paisaje maravilloso y lejano a contemplar desde una ventana. Solo tiene sentido si lo convertimos en paisaje pobre e interno, el del corazón.

padre Félix Jiménez Tutor

 

 

v. 1: En el principio existía la Palabra

y la Palabra estaba con Dios,

y la Palabra era Dios.

Tres frases unidas por la conjunción y. Estamos ante un autor que piensa en arameo-hebreo; en estas lenguas no abundan las conjunciones subordinadas; si hubiéramos escrito así de niños nos habrían animado a subordinarlas, por ejemplo escribiendo: El Verbo, que estaba en Dios desde el principio, era Dios.

La proposición más importante es la última: La Palabra era Dios.

En el principio: alusión al libro del Génesis en el Principio bereshit.

El Verbo con artículo y sin explicación… hace referencia a una Persona.

Aquí se afirma la condición eterna de esta Persona, que:

Esla Vida(v. 4)

Se hizo hombre (v. 14)

Esla Luzverdadera (vv. 8.9)

Unigénito (v.18)

Jesucristo (v. 17) 

Con/En Dios: en esta teología sencilla se dice que el Verbo no está fuera de Dios, como una criatura; está dentro de Él y en Él.

v. 2: Ella estaba en el principio con Dios.

Élla/Él en griego tiene valor enfático.

v. 3: Todo se hizo por ella

y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.

Todas las cosas tienen la existencia  por su medio; sin Él nada de cuanto existe comenzó a ser; cuando dice nada es nada de verdad.

vv. 4-5: En ella estaba la vida

y la vida era la luz de los hombres,

y la luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la vencieron.

La Vida es el nuevo nombre del Verbo-Palabra

La Luz en el A. T. tiene resonancia de un Dios que salva y libera del Mal (Tinieblas)

Tinieblas: Suena a turbio, oscuro; humanidad sin Dios o contra Dios. Las tinieblas nunca podrán vencer ala Luz; basta una simple cerilla (fósforo) para ahuyentar las más densas tinieblas allá hasta donde luzca la luz.

vv. 6-8: Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

Juan es importante en relación al Mesías:

Da testimonio

Testimonia sobrela Luz

Para que todos creyesen 

Pero Juan, llamado Yahvé es benigno, no esla Luz.

v. 9: La Palabra era la luz verdadera

que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Es una frase un poco confusa en el original. Parece que quiere decir que La Luz existía e ilumina a todo hombre que viene al mundo

Es bello pensar que la misión de LUZ  es iluminar en la vida de  todo ser humano; pero ilumina sin deslumbrar con una suavidad intensa muy atrayente.

v. 10-11: En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.  

El mundo ola Humanidadcreada porla Persona-Palabrano la reconoció; vino a sus parientes y conocidos y no la  recibieron

No Conoció = No Recibieron… Expresa de una manera fuerte la reacción de rechazo del Pueblo judío a su Mesías-Jesús 

vv. 12-13: Pero a todos los que la recibieron  les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.  

La Recibieron… Les dio poder…

Es el contraste. Los que no La recibieron y los que creen enla Palabra-Cristo 

Los que creen en Él son los cristianos

Nombre es igual a Persona, a Jesús. 

El Verbo ola Palabrano nació de:

sangre o semen de varón,

deseo de hombre o del impulso sexual humano

sino de Dios-Padre.

v. 14: Y la Palabra se hizo carne,

y puso su Morada entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. 

y… y… y… La Palabra o Logos aparece en forma progresiva.

Carne: Hombre débil. No sería buena traducción decir sencillamente: El Hijo de Dios se hizo hombre. Habría que añadir débil. Jesús en la Transfiguración no era carnal, sino espiritual. Juan acentúa el contraste en LOGOS y CARNE.

Puso la tienda: La palabra Skinah= PRESENCIA divina en el Templo y en la Tierra tiene las mismas consonantes que el verbo griego skenoo que usa Juan.La Presencia que monta la tienda entre los Suyos, que la han  recibido; va caminando en la peregrinación de su Pueblo, con nosotros, hechos hijos de Dios.

Gloria: Doxa, kabob en hebreo se puede identificar con Dios en cuanto se revela y manifiesta en sus obras. Es el esplendoroso y magnífico Dios Creador.

Gracia y Verdad: Bíblicamente hablando son casi sinónimos de Gloria

v. 15: Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.”

Juan el Bautista sigue humilde y verdaderamente dando testimonio del que viene detrás de él, de Jesús. El evangelista Juan quiere recalcar que Jesús el Señor, el Mesías tiene condición de eterno, comola Palabra.

v. 16: Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.

Plenitud: Es el famoso plerôma. En esa época se sentía que el mundo cristiano estaba lleno de un espíritu vivificador, algo así como un principio vital del bien. Para San Pablo en Cristo reside todo ese principio vital, es la Vida. Cristo es el plerôma de Dios. De esa plenitud hemos recibido y recibimos todos.

Gracia por/tras gracia: Podríamos decir: Una riada de gracias, de actitudes de benevolencia de parte del Padre. Hemos quedado inundados de tanta gracia divina,

v. 17: Porque la Ley fue dada por medio de Moisés;

la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Moisés está asociado a la Leyo Torah

Jesucristo trajola GRACIAyla VERDAD.

¿Dónde quedó la Ley? Pablo en 1Tim 1,8ss dice que es para los maleantes. Se supone que los hijos/as del Padre viven la ética familiar de hijos-hermanos que con frecuencia están invitados a hacer el primo con una sonrisa de hombres-mujeres que va una milla más o da hasta la túnica quedándose desnudos.

v. 18: A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

Un gran teólogo pondrá discursos bellos a esta revelación, pero no dirá más de lo que Juan dice aquí. Nadie ha visto ni ha conocido la experiencia que Dios es PADRE; sólo el Hijo lo conoce al ABBÁ con una vivencia total.

Para eso  vino para contárnoslo en cuentecitos maravillosos que llaman los expertos parábolas.

Señor Jesús, no sabemos qué decirte después de leer lo que este querido discípulo a quien llamamos Juan nos hace saborear en este Prólogo teológico. Que cada uno se quede con lo que más le acerca a lo que se dice de ti. Yo me quedo con ese juego de palabra de Shekina  con Skenoo. Tú que eres la Plenitud de PRESENCIA monta la TIENDA de campaña entre nosotros. Gracias, querido Hermano Mayor y Caminante, por asistirnos en nuestro Camino al Padre donde tenemos la VIDA.

 

 

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Es celebración de júbilo y alegría para los cristianos, los que reconocemos en Jesús al iniciador de un camino religioso universal ofrecido por Dios a toda la Humanidad.

Inauguramos hoy el tiempo de Navidad, tiempo en el cual cantamos alegres la presencia de Jesús en medio de nuestras comunidades.

La lectura del libro de Isaías es un canto de alabanza de la próxima liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan la lectura, por una parte la de los mensajeros que sobre los montes de Judá traen la noticia de la próxima liberación, y gritan: ¡Yahvé reina! La segunda imagen es la de los centinelas que prorrumpen en júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión y exclaman alborozados como el Señor ha consolado a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Y es que en el contexto en que se escribe el libro de Isaías, la mayoría del pueblo de Israel se encuentra exiliado en Babilonia, son esclavos de los Asirios. Sin embargo, ven como muy positivo que Darío asuma el poder, pues ponen sus esperanzas en que el será el rescatador, que les permitirá retornar a su tierra. Esta realidad es inminente por lo que el escritor canta la alegría del retorno a la tierra. Para nosotros hoy, esos pies del mensajero anuncian el nacimiento del Señor y nosotros, como los centinelas, proclamamos alegres la presencia del salvador que se hace vida en medio de nosotros.

El Salmo responsorial corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado la justicia a las naciones acordándose de la lealtad de Dios a Israel. El salmista invita a toda la creación (mar, ríos y montes) a aclamara Yahvé que llega a juzgar el mundo con justicia y los pueblos con equidad. Esa felicidad la compartimos nosotros con el salmista cuando recibimos a Jesús que llega, que nace. Él es Dios mismo que se convierte en Buena Noticia, anuncio de salvación para todos los pueblos, que asume nuestra condición humana y por ello estamos alegres y cantamos llenos de júbilo y esperanza.

La carta a los Hebreos refuerza aún más la alegría de esta celebración de la Natividad del Señor Jesús. Expresa que muchas veces y de múltiples maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo. Hermanos, estamos en los últimos tiempos pues la revelación a llegado a su plenitud en Jesucristo. Él es imagen de Dios invisible, quien le ve a él ve al Padre; pues al asumir la condición humana y al nacer en un establo, como un hombre pobre; Dios se ha manifestado como solidario con todos los hombres de la tierra y por medio de Jesús a mostrado el camino de la salvación.

La liturgia de hoy, además, nos propone el prologo del evangelio de Juan para la reflexión. Este himno al Verbo-Palabra de Dios, a la Verdad, a la Luz, que es Jesús mismo; posee una dinámica descendente. En el principio la Palabra se encuentra al lado de Dios y por ella son hechas todas las cosas. Es la Palabra preexistente, junto a Dios y antes de todos lo tiempos. Esta Palabra, que es Jesús puso su Morada entre nosotros, se hace carne, asume la condición humana, se hace uno de nosotros y por que él nos ha comunicado al Padre hemos visto a Dios. Juan vino a dar testimonio de Jesús, le preparó el camino, vino antes para anunciar la venida del Salvador. Vino la Luz que es Jesús y los suyos, que el evangelio de Juan llama judíos no lo recibieron, pero a los que le acogieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios en el Hijo (hermanos). Como se ve es un texto teológico muy profundo, en él se expresa el misterio de la encarnación. Dios se hace hombre, asume la temporalidad y limitación de los hombres, para hacer infinito e ilimitado al hombre. Dios se hace hombre, para hacer del hombre imagen de Dios.

Esta es la misma dinámica que estamos invitados a asumir en nuestra vida como cristianos, encarnarnos, asumir los valores y realidades de los lugares donde vivimos; mirar hacia abajo, a los que son vistos por la sociedad como poca cosa, y reconocer que en ellos la revelación de Dios acontece a los ojos del creyente. Buscamos las seguridades en nuestras vidas, pero la novedad de la encarnación de Jesús es el riesgo de abandonar la seguridad del Padre para asumir la inseguridad de la condición humana y de la condición humana pobre, por eso es que creer en Jesús implica el riesgo de dejarlo todo para seguirle.

 

 

monseñor Oscar Romero

 

 

"La Palabra se ha hecho carne, y ha puesto su casa entre nosotros"

I. LA PALABRA DE DIOS

La alegría que se anunciaba al pueblo cuando era proclamado un nuevo rey en Sión, la proclama ahora el profeta para anunciar la inauguración de un nuevo reinado de Dios. La inminencia del retorno de los exiliados, y el anuncio de paz subsiguiente, serán los signos perceptibles de la acción divina.

La Palabra de Dios, que había hecho surgir el mundo y el hombre, acampa en el mundo y se hace hombre para dar a los hombres el poder ser y llamarse "hijos de Dios". Percibida "en otro tiempo" (2ª lectura) como una revelación del proyecto de Dios sobre el mundo y el hombre, acontece ahora entre nosotros como salvación.

La Palabra se ha hecho carne precisamente en este mundo. Es un modo de convencer al hombre de que Dios, a pesar de todo, le sigue amando.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia  pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche.

La celebración meramente costumbrista, comercial o vacacional de la Navidad la reduce a algo meramente humano y vacío de contenido.  Cristianos y no cristianos, los que celebran de corazón y "los que se apuntan", todos necesitamos abandonar cualquier vestigio de frivolidad en estos días.

Todos deseamos la paz, especialmente en estos días de navidad. La búsqueda de la paz y de la convivencia tranquila no son de ahora; han sido siempre señal de la permanente e incansable búsqueda de Dios y de sus signos. En el corazón del hombre y del mundo estaban escritas esas señales, que no le dejarán tranquilo hasta que no halle a Dios en medio de este mundo que, por ser casa de Dios, cuenta con que el Padre en su Hijo ha venido a compartir la historia.

El hombre ha intentado conquistar siempre cotas de mayor bienestar. La historia está repleta de ejemplos de quienes han intentado –siempre con buena voluntad– ganar en dignidad, en capacidad de convivencia, en afán de paz, en búsqueda de la justicia.  Otra cosa es que hayan acertado en el método.

Cuando el hombre mira a su alrededor y ve el resultado del pecado en medio de la humanidad, siente de un lado la vergüenza y de otro la incapacidad del remedio. La mirada de Dios es distinta y la única que devuelve a la esperanza. Lejos de apartar sus ojos de la miseria humana, la asume para vencerla desde Jesucristo. Los que sueñen con un remedio de sólo origen humano, alguna vez se sentirán desengañados. ¿Acabarán los hombres por aceptar la acción divina como la exclusivamente salvadora, cuando el hombre es capaz de secundar la iniciativa de Dios?

"Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador... ¿No merecía conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa).

Si el amor del Padre se ha manifestado en que ha entregado a su Hijo al mundo, más patente queda cuando lo contemplamos viviéndolo entre quienes ha venido a salvar.

El Verbo se hizo carne. "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre". Y lo hizo:

* "Para salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1Jn. 4,10).

* "para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1Jn. 4,9)".

* "Para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí..." (Mt. 11,29)".

* Para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2P 1,4). "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios. Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Ireneo).

"Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios".

¡Admirable grandeza la de un Dios que, al acercarse al hombre ha atravesado las sombras! Pero para destruirlas llenándolas de su luz. Y cuanto más cerca, más luz. Los llamados a ser portadores de la luz son los que más de cerca la reciben.  El cristiano es luz porque lleva la de Cristo.

Todo el que recibe la luz de Cristo, se siente hijo de Dios y portador de esta luz. Y no solamente puede llenar de luz los caminos de los hombres, sino decirles dónde está la luz verdadera. La Iglesia es hoy la luz que alumbra a todo hombre, porque es el sacramento de Cristo ante el mundo.

"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida –pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó– lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo'' (1Jn. 1,1-4)".

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

¡O admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una Virgen, y hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad (Antífona de la octava de Navidad).

"Hoy los pastores le conocieron por medio de un ángel, y a los que presiden la grey del Señor se les enseñó la manera de anunciar la Buena Nueva, para que nosotros también digamos con el ejército de la milicia celeste: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!" (san León Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

De un Dios que se encarnó muestra el mistério

la luz de Navidad.

Comienza hoy Jesús, tu nuevo império

de amor y de verdad.

El Padre eterno te engendró en su mente

desde la eternidad,

y antes que el mundo, ya eternamente,

fue tu natividad.

La plenitud del tiempo está cumplida;

rocío bienhechor

baja del cielo, trae nueva vida

al mundo pecador.

¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía

en mísero portal;

Hijo de Dios, recibe de Maria

la carne del mortal.

Señor Jesús, el hombre en este suelo

cantar quiere tu amor,

y, junto con los ángeles del cielo,

te ofrece su loor. 

Este Jesús en brazos de Maria

es nuestra redención;

cielos y tierra con su abrazo unia

de paz y de perdón.

Tú eres el Rey de Paz, de ti recibe

su luz el porvenir;

Ángel del gran Consejo, por ti vive

cuando llega a existir.

A ti, Señor, y al Padre la alabanza,

y de ambos al Amor.

Contigo al mundo llega la esperanza;

a ti gloria y honor. Amén.

padre Antonio Diufaín Mora

 

 

1. Dios nos habla

Con gran claridad, los textos leídos nos hablan de Cristo, Palabra del Padre. Posiblemente ya estemos bastante acostumbrados a oír que Jesús es la Palabra, pero también desconcertados acerca de su significado, ya que entre nosotros tal expresión no es precisamente muy usual y su sentido bíblico parece escapársenos. Es que para nosotros la palabra está siendo lo menos dinámico y comprometedor que existe en nuestra cultura.

Generalmente decimos: "Hechos y no palabras", y llamar entonces palabra a Jesús nos puede resultar chocante. Por otra parte, vivimos una época en que la palabra se ha desvalorizado en un proceso inflacionario: se la usa tanto y de tantas formas, que «nadie cree más en palabras». ¿Qué significa, por ejemplo, democracia, libertad, reforma, promoción? Desde que nacemos hasta que morimos nos encontramos con palabras: en documentos, en papeles de negocio, en trámites; en la casa, en las charlas con los amigos; en la escuela, en la calle, en la radio, en la televisión; palabra escrita en revistas, diarios y libros... En fin, tantas palabras como para que se nos diga que también Jesús es palabra... Y, sin embargo, tal idea es casi la medula del evangelio de Juan.

Tratemos, pues, de encontrar alguna pista para que tenga sentido llamar hoy a Jesús: Palabra de Dios.

Cuando la Biblia dice que Dios habla, dice muchas cosas al mismo tiempo. Palabra en lenguaje semita no es solamente emitir vocablos o enunciar ideas. Se trata de algo mucho  más rico y variado.

Ante todo, si Dios habla es porque puede hablar. Es decir, es alguien que existe realmente, que conoce al hombre y que quiere relacionarse con él. Más aún: tiene algo que decirle al hombre. Los ídolos, en cambio, son mudos, pura ilusión, simple  creatura del hombre. Ya tenemos un buen punto de partida: Dios tiene algo que decirnos a nosotros los hombres. Y es algo importante: relacionado con nuestra vida, con nuestro destino, con nuestro proyecto humano y con nuestra historia. Por esto a esta Palabra de Dios la llamamos también Palabra de Sabiduría, porque nos  orienta acerca de problemas fundamentales de nuestra existencia.

Pero hay algo más aún. Sabemos que hay muchas maneras de hablar; a veces hablamos  por hablar, con palabras vacías que nada o muy poco expresan. Otras veces, en cambio, al  hablar sacamos algo de nuestro interior, nos proyectamos hacia afuera tal cual somos, según lo que queremos o sentimos. En tales casos, decimos palabras, gesticulamos, nos enardecemos y... acto seguido pasamos a la acción. La palabra es como el trueno que precede a la tormenta y la acompaña.

Es decir: la Palabra es parte de una acción humana bien pensada, asimilada, expresada y  puesta en marcha. De otra forma: la palabra pone en acción a todo el hombre. No es casualidad que antes  de una batalla el general hable a los soldados; que en momentos importantes el presidente  hable al país, o el padre a sus hijos. La palabra, primero, saca de dentro de nosotros en forma simbólica eso que somos  nosotros y, luego, lo pone en ejecución.

Ahora podemos comprender mejor el sentido bíblico de la expresión "Dios, que  antiguamente habló a nuestros padres por los profetas, ahora nos ha hablado por su Hijo"  (segunda lectura). Esto significa: siempre Dios actuó en la historia de los hombres, y actuó dando sentido a  sus acciones, porque nacían de una idea, de un plan. Dios, empujado por sus pensamientos y sentimientos divinos, hizo cosas con nosotros, y su hacer total y definitivo se realizó por medio de Jesús. Así lo entiende Juan, cuando inicia su evangelio con un cántico a Jesús Palabra de Dios.  Y si es Palabra de Dios es pensamiento-sentimiento y es acción de Dios en medio de los  hombres.

2. Jesús, una palabra comprometida

Es así como la Iglesia, en este día de Navidad, nos presenta a Jesús con una imagen un  poco distinta a la del Niño en Belén. No es que contraponga la imagen de Jesús-Palabra a  la de Jesús-Niño, lo que sucede es que Juan ve a Jesús en la totalidad de su obra, lo ve  proyectado en el tiempo y en el espacio, lo ve actuando ya en medio de los hombres, entre  los cuales ha plantado su tienda de campaña.

Y no está de más que contemplemos a Jesús como el proyecto total del Padre, proyecto  que nace en Belén y que halla cumplimiento en la Pascua. Sin la Pascua, Belén es un  recuerdo folclórico...

Pero hay algo más aún: este Jesús no comienza en Belén. Viene de antes, desde siempre, porque desde siempre está junto al Padre aun sin manifestarse plenamente. "La Palabra estaba con Dios y por ella fueron hechas todas las cosas". Sin embargo, solamente se hace realmente Palabra cuando "al venir al mundo ilumina a todo hombre". En Navidad, Dios comienza a volcar toda su Palabra, encarnada en Cristo, que habla, piensa, siente y nace en nombre de Dios.

Con Jesús, el hombre tiene acceso a todo el proyecto de Dios sobre el hombre. Sin embargo, también esta palabra nos puede pasar desapercibida: puede estar entre nosotros y no ser conocida ni aceptada. Puede venir hasta nuestra casa y no ser recibida. Este es el otro elemento del evangelio de Juan: el drama de la Palabra o el juicio de la Palabra. Jesús, por ser luz, separa lo tenebroso de lo luminoso; exige al hombre una definición o respuesta, pues le exige que piense, sienta, hable y obre de determinada forma,  hacia cierta dirección, colocando todo su ser bajo el prisma de la luz.

Quienes reciben en sí esta palabra y se unen a su proyecto, llegan a ser hijos de Dios, pues la misma Palabra los engendra con la fuerza del Espíritu. De esta forma Navidad llega a su culminación: Dios se hace hombre para que el hombre  tenga acceso a la plenitud de la vida. Esta vida total es Dios.

Siempre será muy poco lo que sabremos de Dios. Pero siguiendo el proyecto de Jesús llegaremos hasta El. Es cierto que Dios es inaccesible; pero si queremos tener una idea acabada acerca de qué piensa, siente, dice y hace Dios, nada mejor que ver qué piensa, siente, dice y hace Jesús. «El que me ve a mí, ve a mi Padre.» En Navidad, el primer proyecto divino de hacer un hombre a su semejanza, se hace realidad. Cristo es el hombre-imagen de Dios (segunda lectura); es la totalidad de un proyecto de Dios sobre el hombre. Dicho proyecto no consiste en que el hombre abandone su ser humano o su condición histórica, sino todo lo contrario: que lo realice totalmente.

Con Jesús, Dios lanza su proyecto. Dicho proyecto no está en contradicción con el proyecto del hombre. Al contrario: el plan divino se pone al servicio del plan humano. Por eso la Palabra se hizo hombre, para comprometerse hasta las últimas consecuencias con la situación histórica del hombre. Jesús es Palabra, pero palabra comprometida. Bien lo dice Juan: "Se hizo carne"; expresión semita que significa: se hizo parte de nuestro ser, compañero de viaje, hermano de raza, solidario con todo hombre que pise el planeta.

Los cristianos que hoy celebramos Navidad estamos llamados a decir nuestra palabra. No podemos quedar mudos mientras la humanidad bulle en uno de sus momentos más cruciales. Pero: ¿Cuál es nuestra palabra? ¿Qué pensamos, sentimos, decimos y hacemos los cristianos? ¿Cuál es nuestro compromiso con la historia? Un largo momento de meditación ante el Niño-Palabra comprometida hasta la cruz puede, quizá, ayudamos a encontrar la respuesta.

Santos Benetti - Cruzar la frontera

 

 

Juan comienza su evangelio con la descripción de la Historia de la Salvación en forma de himno, que antepone a su obra para presentarnos al protagonista de su narración. A diferencia de los demás evangelistas, no se queda en el bautismo de Jesús y el Bautista (como hace Marcos) ni en su nacimiento virginal (como Mateo y Lucas). Juan llega hasta los orígenes, que se remontan a la eternidad de Dios. Sólo así la presentación es completa.

El prólogo no describe a Dios en sí mismo, sino en sus relaciones con el hombre. Resume la realización del proyecto creador de Dios. Jesús aparece como presencia en la historia de la verdad y de la vida personal de Dios.

No es posible penetrar en toda su profundidad sin un conocimiento previo de la obra de Jesús y de las reacciones que ocasionó. Ofrece claves para interpretar todo el evangelio y señala los temas principales. Debido a la densidad y abundancia de símbolos, necesita ser explicitado por la misma narración.

Es un texto para ser meditado lentamente. Es un poema teológico. Tiene su origen en el Antiguo Testamento y en fuentes anteriores al evangelio e independientes de él. Juan hace el elogio de la Palabra al estilo con que el Antiguo Testamento lo hacía de la Sabiduría (Prov 8,22-31; Sab 9,9-12; Eclo 24,3-9). Lo mismo que la Sabiduría, aparece la Palabra en su trascendencia e inmanencia: en su trascendencia, porque es anterior al mundo y anima la creación y el futuro de este mundo; en su inmanencia, porque viene a habitar en su pueblo y a traerle sus beneficios.

Está redactado en forma parabólica, cuyo centro coincide con los versículos 12-14. Este es el esquema:

- La Palabra junto a Dios (vv. 1-2)

- El Hijo junto al Padre (v. 18)

 

- La creación es fruto de la  Palabra (v.3)

- La re-creación es fruto del Hijo (v.17)

 

- La Palabra, vida y luz de los hombres (vv 4-5)

--El Hijo es la plenitud de los hombres (v. 16)

 

- Testigo: Juan Bautista (vv. 6-8)

- Testigo: Juan Bautista (v. 15)

 

- Venida al mundo de la Palabra (vv. 9-11)

- Venida del Hijo en la carne (v.14)

 

- Finalidad: hacernos hijos de Dios (vv. 12-13).

1. La Palabra es Dios En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios (vv. 1-2).

Estos dos primeros versículos constituyen una introducción al resto del prólogo. Juan ha querido poner una base sólida, darnos la razón última de por qué esta Palabra -que encarnada se llama Jesús de Nazaret- puede hablarnos de Dios. Nos la presenta en la esfera divina, preexistiendo al principio de la creación (Gén l,lss), en plena comunión con el Padre. La Palabra tiene como contenido el proyecto de Dios y su ejecución. Juan arranca de la existencia eterna de la Palabra, más allá del tiempo. Palabra que tiene como función esencial hablar, dirigirse a alguien esperando ser acogida y respondida. Supone siempre unos destinatarios.

La Palabra es Dios. La palabra de una persona es la expresión de su intimidad, de su pensar, de su sentir, de su querer, de su ser interior, de su misterio personal y de su vida. Es la manifestación activa de un yo para dejarse conocer y ser aceptado o rechazado. La persona que habla con sinceridad, compromete a escuchar. Por la palabra llegamos las personas al encuentro, a la amistad, al amor, a la comunión..., a la enemistad, al odio... Cuando la palabra sincera, que expresa la vida del que habla, es escuchada con igual sinceridad, hay comunicación de vida.

Lo que llamamos palabra de Dios es la expresión de su intimidad, de su pensamiento y de su voluntad, de su ser personal, de su misterio y de su vida. Expresión total, plena, perfecta. Esta Palabra es el Hijo; encarnada es Jesús.

Hay una pre-historia de la palabra de Dios, que pre-existía a la creación, que es eterna como Dios mismo. Hay también una historia de la palabra de Dios en dos etapas: creadora y salvadora-liberadora.

Dios crea por su Palabra, re-crea por su Palabra, se hace Palabra en Jesús. Y Jesús nos revela la vida íntima de Dios, que es la luz de los hombres. Nos es difícil expresarnos, y hay tantas opiniones distintas porque nuestras vidas no están comprometidas, porque no nos colocamos en el lugar de los que sufren las injusticias, porque nuestras vidas no están respondiendo al plan creador de Dios. De ahí tantas conversaciones intrascendentes. Por eso es tan doloroso hablar cuando estamos algo comprometidos por el Reino. La teoría aleja criterios; la experiencia de unas vidas comprometidas los va unificando. La palabra quema; por esa razón la palabra de Dios acabó su vida en el patíbulo.

La palabra vacía, vana, es lo más contrario a la palabra de Dios. ¿Por qué me vendrá ahora a la memoria la llamada "prensa del corazón"? Es la falta de una vida solidaria con nosotros mismos y con el mundo lo que hace tan superficiales tantas cosas en nosotros y en los que nos rodean. Ese no saber hablar y vivir más que de fútbol, quinielas, loterías, modas, programas de televisión, música que no es más que ruido estridente..., ¿no es expresión de una vida vacía?

Los hombres debemos ajustar nuestras vidas a esa Palabra primordial, debemos escucharla para tener vida. Palabra original, que relativiza todas las demás palabras. Todas las palabras anteriores eran expresión parcial de su plenitud. Las posteriores no pueden ser más que clarificaciones de esa misma Palabra.

Todas las maneras de concebir al hombre quedarán superadas en la medida en que se conozca el proyecto de Dios sobre el hombre en Jesús de Nazaret. No es una palabra ocasional, sino única y permanente, una interpelación continua, anterior a la Ley y a los Profetas y a la creación del mundo. Frente a la Palabra todo queda relativizado y circunscrito a una época determinada de la historia.

2. La creación es fruto de la Palabra:

Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho (v.3). Todo fue hecho a imagen y semejanza de la Palabra y todo debe desarrollarse según esa Palabra. Nada existe fuera del proyecto divino, expresado y realizado en su Palabra. No hay criatura que no sea expresión de la Palabra ni que sea mala en sí misma. El mal no es fruto de la obra creadora. Las montañas, el mar, las llanuras, el firmamento..., el hombre..., todo es reflejo de Dios. El progreso material sigue un camino falso al obligar a los hombres a encerrarse en las ciudades.

Al ser la Palabra la fuerza creadora de todo, funda el origen de todo:

Al principio creó Dios el cielo y la tierra (Gén. 1,1).

La creación es la primera revelación de Dios. Dios creó la primera materia de la nada; es decir, sin materia ni forma preexistentes. De esa primera materia fueron surgiendo todas las cosas. El cómo corresponde a los científicos, ya que el relato bíblico es simbólico, tiene una finalidad religiosa.

En la Naturaleza todo nos habla de Dios, siempre que sepamos ver y escuchar (Rom 1,20): la belleza de una noche estrellada; la inmensidad de los mares, de las llanuras y de las montañas; el agua que, con sed de infinito, corre hacia el mar; los árboles que todos los años pierden sus hojas y parece que mueren, para resurgir cada primavera... Toda la Naturaleza nos habla de infinito, de plenitud. Sin olvidar las maravillas de los espacios siderales.

El contacto con la Naturaleza es vital para la vida del hombre. En ella se logran amistades profundas y duraderas, se aprende la entrega a los demás y el compartir..., como hemos descubierto muchos en los campamentos escultistas. En contacto con la Naturaleza se experimenta qué pocas cosas materiales son necesarias para vivir felices; se aprende el sentido de lo esencial.

A causa del "pecado del mundo" (Jn. 1,29), los hombres no comprendimos esta primera manifestación de la Palabra, por lo que nos es necesario aprender desde niños a experimentar esta realidad. Sin ese pecado -mal del mundo- descubriríamos fácilmente la belleza de la creación, las "huellas" de Dios en ella.

Las ciudades esconden la obra de Dios a causa de las obras de los hombres, empeñados muchas veces en un progreso destructivo y en unas diversiones alienantes.

Y dijo Dios... (Gn. 1,3 ss):

Nuestra mentalidad occidental considera las palabras sólo en relación con el pensamiento que expresan. Para el hebreo son una realidad viviente. En el relato bíblico de la creación, Dios "habla" y sus palabras son la luz, el firmamento, las montañas, los animales, el hombre.

La eficacia de la palabra depende de la convicción del que la pronuncia. Cuando Dios nos habla, los hombres quedamos existencialmente envueltos. Su Palabra es creíble porque es creadora: habla y nace el mundo, habla y sanan los enfermos, habla y los pecados son perdonados, habla y los muertos vuelven a vivir...

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón.

La palabra de Dios siempre es eficaz, nunca cae en el vacío. Por eso se puede decir que la palabra de Dios es siempre sacramental: realiza lo que significa. Nuestro mundo, inundado de palabrería, ha perdido la atención y la fe en las palabras. Las hemos vaciado de su verdad, de su realidad, de su fuerza. Los anuncios de televisión son una prueba de ello, y no la peor: pensemos en el mundo de los políticos...

Tenemos que liberar la Palabra dentro de cada uno de nosotros, porque es nuestra verdadera vida. De esa forma nuestras palabras volverán a decir algo y a hacer algo. Nos tenemos que poner bajo el influjo de la Palabra que todo lo rehace, como se pone el barro en las manos del alfarero. Porque no nacemos plenamente nacidos ni venimos a la vida totalmente vivos. Vamos naciendo y viviendo según vamos haciendo nuestro el proyecto que tuvo Dios al crearnos.

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gn. 1,26). Dios es trino. Esta realidad no podemos explicarla: es el mayor de los misterios. Pero podemos experimentarla, porque somos imagen y semejanza de ese Dios trino, de ese Dios que es comunidad de amor. Esa es la razón de la incapacidad que experimentamos todos los hombres para ser felices solos. Necesitamos de los demás para ser felices; de todos los demás para serlo en plenitud. Solamente lo lograremos después de la muerte. El designio de Dios es que el hombre sea la expresión de su misma realidad divina. También el hombre nos habla de infinito y de plenitud.

3. La Palabra, vida y luz de los hombres

En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres (v. 4).

En la Palabra está la única vida. Sin ella la humanidad vive sumida en la muerte, en las tinieblas. Los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas han buscado la respuesta definitiva a sus anhelos y búsquedas. En cada uno de nosotros existe un profundo deseo de encontrar el sentido de las cosas y de la vida, de encontrar una respuesta a nuestros interrogantes, sufrimientos y esperanzas. ¿Cómo vivir en paz sin saber de dónde venimos, adónde vamos, por dónde debemos ir?

Nuestro mundo nos marca un ritmo de vida en el que no es posible la reflexión y el silencio. Vivimos atosigados por los problemas de la vida diaria: la casa, los hijos, los padres, los estudios, el trabajo, lo que queremos comprar, las dificultades de los amigos, el hecho de que no cuentan lo suficiente con nosotros, la situación política y económica... Todo esto es como una tela de araña que nos impide ver por qué vivimos, y sufrimos, y luchamos. Y mientras tanto, la Iglesia preocupada fundamentalmente por mantener una institución anquilosada, lejos de las preocupaciones concretas de los hombres. ¿No emplea la mayor parte de sus efectivos -sacerdotes, religiosos- en sacramentalizar y no en evangelizar? Y cuando algunos de sus miembros intentan abrir caminos nuevos... todo son dificultades de la institución. De ahí el bochornoso desprestigio, ganado a pulso, entre gran parte de intelectuales, obreros y jóvenes, principalmente. Desprestigio que no alcanza a Jesús de Nazaret, que sigue siendo considerado como un hombre excepcional.

La finalidad de Dios al crear el mundo fue la comunicación de vida. Y ésa es la misión de Jesús: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn. 10,10). Jesús nos revela la vida plena que ya está en el interior del hombre. Porque la plenitud de vida está contenida en el proyecto de Dios, según el cual el hombre ha sido creado; el anhelo de plenitud de vida es constitutivo de su ser; anhelo que lo invita a realizarse. Los hombres percibimos que estamos destinados a la plenitud y que tal debe ser el objetivo de nuestra existencia y actividad.

Tenemos que entender la vida como actividad encaminada a conseguir la plenitud, la perfección, la felicidad, la justicia, la paz, el amor para todos. Actividad que nos llevará a descubrir que sólo la vida eterna puede contentar y saciar nuestro pobre corazón, demasiado grande para el mundo que le rodea. El secreto de la vida y su fecundidad está en la amplitud en el mirar y en la fuerza que ponemos en realizarlas. Una vida que no podemos alargar, pero sí ahondar. Una vida que no podemos convertir en un juego y en un hacer cosas: la vida es actividad creadora y entrega de sí mismos.

Una vida verdadera es siempre el resultado de luchas y desgarramientos, porque la vida es una continua elección y elegir supone renunciar. Elección que nos fuerza a reflexionar, a pensar. Aunque parezca un juego de palabras, es verdad que el que no vive como piensa acaba pensando como vive.

Nada hay que los hombres deseemos conservar mejor y que tratemos peor que la propia vida. Vivimos demasiado superficialmente.

Sin Dios -sin todo lo que El representa- la vida no tiene sentido. Es una farsa trágica. Está muy lejos del proyecto creador divino. No hace falta vivir mucho para descubrirlo. Se podría objetar que existen muchos agnósticos y ateos que trabajan seriamente por hacer este mundo más humano. Yo creo que con ese trabajo están demostrando que creen en Dios, aunque lo llamen de otra forma. Dudo de los que hablan mucho de Dios y no mueven ni un dedo para mejorar el mundo que les rodea.

La vida precede a la doctrina, a la verdad. La verdad nunca es teórica, sino explicación o defensa de un hecho de vida ya existente .

Aceptar a Jesús es aceptar la vida tal y como se manifiesta en su persona y se expresa en sus obras. Una vida que es norma de toda actividad verdaderamente humana, ofrecimiento de plenitud y que está dentro de cada hombre esperando ser desarrollada.

Juan identifica la vida con la luz. La vida es luz porque es visible y reconocible. La vida de Jesús de Nazaret, experimentada y aceptada, se revela como verdad. El brillo de la verdadera vida es la verdad, que se impone por su evidencia. Para el hombre la única luz-verdad es el resplandor de la vida.

La luz es la vida en cuanto perceptible. La verdad es la vida misma en cuanto se puede experimentar y formular.

4. La tiniebla, enemiga de la vida

La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió (v. 5).

La obra creadora de Dios se convierte en obra de salvación- redención-liberación al haberse interpuesto una realidad hostil, la tiniebla, que domina a la humanidad e impide que la creación llegue a su término.

Hemos nacido en medio de la lucha de la luz y de la tiniebla. Pero hemos caído del lado de la tiniebla, porque vivimos superficialmente. En la superficie de nuestra vida estamos en contra de la Palabra. Pero si la ahondamos, en la oración silenciosa y en la lucha por la justicia, encontraremos el anhelo de esa Palabra en la intimidad de nuestro ser. En la superficie de nuestra vida aletea "el pecado del mundo": ceguera, comodidad, egoísmo, insensibilidad, individualismo... A ese nivel, nuestro corazón es de piedra, incapaz de latir; nuestra mente es de dura cerviz, sin posibilidad de entender. En lo íntimo de nuestro ser late la imagen y semejanza de Dios, el deseo de plenitud y de infinito.

Cuando comenzamos a vivir según la Palabra, comenzamos a tomar conciencia de nosotros mismos. La luz no ha cesado de brillar en medio de un cerco de tinieblas que intentan apagarla. La aspiración a una vida plena ha existido siempre en la persona humana; se inserta en su mismo ser: queremos ser "el bueno" de la película, un buen ejemplo nos cautiva, un buen profesor, un buen compañero, una persona que vive entregada a los demás... Aunque no sean más que ejemplos, nos pueden servir para intuir dentro de nosotros esa aspiración a la luz.

La tiniebla no es una mera ausencia de luz, sino una enemiga de la vida. Intenta extinguir la luz, porque ante ella no tiene nada que hacer. Basta que la luz se encienda para que desaparezcan las tinieblas. La luz es una acusación para la tiniebla. La tiniebla no puede recibirla, porque dejaría de existir. Por eso es tan atacado el bien en la sociedad, y fracasa normalmente el justo. La tiniebla es una falsa ideología que, al ser aceptada, ciega al hombre, sofocando su aspiración a la plenitud de vida. ¡Cuánta tiniebla en nuestra sociedad de consumo!

La luz no fuerza ni violenta; es evidente por sí misma, animando a la opción. Vivimos entre dos polos antagónicos: luz-vida y tiniebla-muerte. La dialéctica vida-muerte está presente en la historia y en cada uno de nosotros. ¿Quién puede decir que es todo luz o todo tiniebla? Hay aspectos en nuestra vida en que amamos la tiniebla: todos aquellos que no queremos cambiar y sabemos que están mal planteados. En otros parece que amamos la luz: normalmente son aspectos de nuestra vida que ya realizamos porque nos son más fáciles. ¡Qué difícil es vivir plenamente abiertos a la Palabra!

Si el anhelo de plenitud de vida pertenece al ser profundo del hombre, reprimirlo significa obrar contra la propia naturaleza e impedir el propio desarrollo. En esto consiste "el pecado del mundo".

El hombre puede comprender, si quiere, qué significa ser plenamente hombre. A ello ha aspirado siempre, a pesar de su comodidad y de las dificultades del ambiente. Para ello necesita reflexión, oración, silencio y compromiso.

Todo el que anhele de verdad vivir en plenitud, al encontrarse con la luz optará por ella. Quien, por razones inconfesables -"porque sus obras son malas" (Jn. 3,19), reprime esa vida en sí mismo o en los demás, combatirá la luz y optará por la tiniebla. Juan encarna la tiniebla en la institución judía, que había absolutizado la Ley y estaba en contra de la vida. De ahí su rechazo de Jesús.

¿Dónde encarnar hoy la tiniebla? En todo sistema de poder y de opresión que impida al hombre realizarse plenamente según el proyecto divino. Y en todo hombre que no se esfuerce por realizar en sí mismo ese proyecto.

La tiniebla es muerte: injusticia, mentira, odio, guerra, paro... Los dominados por ella son muertos en vida; más los que la causan.

5. Testigo: Juan Bautista

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz (vv. 6-8).

La mención del Bautista nos sitúa en el terreno histórico. La luz para el hombre no es una idea, algo abstracto, sino Alguien: la Palabra encarnada, Jesús de Nazaret.

Jesús es la "luz del mundo" (Jn. 8,12) y quiere iluminar a todos los hombres. Testigo de esta luz fue Juan Bautista. Luz que puede aclarar el misterio humano. La misión de Juan es declarar en favor de la luz, despertando la esperanza de los hombres. Juan tenía luz, pero no era la luz porque no realizaba plenamente el proyecto divino en sí mismo ni podía comunicar la vida plena por no poseerla. Juan apoya su testimonio en la aspiración del hombre y anuncia, al mismo tiempo, la posibilidad de su realización. Pretende despertar nuestros anhelos y sacarnos de la resignación y de la mediocridad. Para responder a su invitación tenemos que darnos cuenta de la situación de muerte en que estamos sumidos.

Juan era levita y no estaba en el templo. Se había preparado en el desierto para su misión, profundizando en sus ideales y descubriendo cuáles eran realmente suyos. Para que lo fueran necesitaba bastante tiempo: el tiempo de la reflexión, de la oración, de la asimilación personal, de la maduración del propio compromiso, de la entrega de la vida a ellos.

Sólo nos es lícito creer en nuestros ideales después de pagar por ellos el precio de la búsqueda, de la paciencia, de la esperanza, de la entrega. ¡Qué fácil les es a la mayoría de los cristianos aceptar las "verdades de la fe"!

El verdadero testigo, el profeta, es el hombre que tiene que comunicar una palabra que le explota dentro, y que sabe que esa palabra tiene que pudrirse en la oscuridad, en el rechazo, en la incomprensión, en el sufrimiento... Es el proceso del grano de trigo (Jn. 12,24): siempre muere antes de nacer la espiga. El verdadero testigo es el que tiene el coraje de las prolongadas y extenuantes esperas, como Juan: transmitir lo que más ilusiona y preocupa, insistir años y años en los mismos temas fundamentales, afanarse en inculcar y en vivir lo que nos puede hacer plenamente hombres... y encontrarse siempre las mismas defensas, las mismas historias y superficialidades, los mismos prejuicios indestructibles, los mismos equívocos... Y seguir adelante.

Seguir sembrando aun cuando se experimente el abandono casi general al llegar a cierta edad. Seguir esperando en medio de la indiferencia casi general. La Palabra parece inútil. Ahí están los hechos para demostrarlo. Y, sin embargo, la prueba de la inutilidad es precisamente la decisiva para la Palabra. Cuando parece inútil, la Palabra se hace fecunda por la vida del que la pronuncia. Cuando parece que no cambia nada, la Palabra realiza su acción silenciosa y revolucionaria, transformadora en profundidad. Juan murió de una forma absurda, pero sigue vivo en su misión de testigo, anunciador de la luz.

Las palabras carecen de efecto cuando nacen de la costumbre, cuando "se repiten", cuando no son confirmadas por la convicción, por la autenticidad de la vida del que las pronuncia. Las palabras, aun las verdaderas, no funcionan cuando no es "verdadera" la vida del que las dice. Aunque es verdad que juegan un papel importante la comodidad y la superficialidad, los demás no aceptan nuestras palabras porque tampoco las aceptamos nosotros: las decimos sin convencimiento. Los demás no las toman en serio porque tampoco nosotros las tomamos en serio. Y así es inevitable que se nos oiga distraídos, adormecidos.

Un testigo se hace creíble no si aparece triunfante, sino si queda como aplastado bajo el peso de una aventura demasiado grande para él. Antes de hablar debemos comprobar si las palabras nos "dicen" a nosotros mismos. Deben nacer dolorosamente, poco a poco, como si no las hubiéramos pronunciado nunca antes. Solamente eliminando de nuestras palabras toda jactancia y seguridad podremos ponerlas al servicio de la Palabra. Entonces también nuestras palabras llegarán al corazón de los oyentes; pero no serán ya nuestras.

Debemos creer y comunicar solamente aquellas palabras en favor de las cuales estemos dispuestos a entregar el precio de la vida. A causa de ello. no podremos ser de muchas palabras: su costo es espantoso.

6. Venida al mundo de la Palabra

La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre (v. 9).

La luz plena se manifiesta en la historia en una existencia humana: el Mesías. Esta luz verdadera se opone a las luces falsas o parciales, cuyo prototipo había sido la Ley.

Los hombres tenemos un criterio para distinguir las luces verdaderas de las falsas: nuestro anhelo de vida y plenitud. Todo aquello que aliente ese anhelo será verdadero en la medida en que lo aliente. Lo que reduzca al hombre a un ir tirando o lanzándolo por otros caminos será falso.

Si Jesús es la luz, donde El no llega hay tinieblas. Somos libres para aceptarlo o no. Pero solamente hay luz en nuestra vida en la medida que lo aceptamos a El, con nuestro modo de vivir, consciente o inconscientemente. La Palabra es luz, ilumina hasta lo más profundo y escondido del hombre. Pero tenemos que abrir los ojos, tenemos que encontrar silencio. Es fatal acostumbrarnos a ella: pierde toda su eficacia. Es el problema, a mi juicio, de la Iglesia institucional.

De la Palabra surge el hombre nuevo. La vida de Jesús es la prueba de ello. Vivió a contrapelo de la corriente general: sus criterios, sus apreciaciones, sus puntos de vista, sus valores... no tenían nada que ver con los de los hombres que le rodeaban; que vegetaban, pero no vivían. ¿Tienen algo que ver con los criterios de la mayoría de los cristianos?

Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció (v. 10). Ya estaba en el mundo, porque todo se había hecho según esa Palabra. En la Palabra que llega al mundo está presente el proyecto creador de Dios, que incluye la meta que debe alcanzar la humanidad y toda la creación.

Los hombres no hicieron caso de la Palabra, no reconocieron su interpelación a pesar de serles connatural. Este versículo resume la situación de la humanidad hasta la encarnación de la Palabra en Jesús. Describe el rechazo voluntario del proyecto creador de Dios sobre el hombre, anuncia el "pecado del mundo".

"Mundo" es todo lo que somete al hombre, quitándole hasta el deseo de la propia plenitud. La humanidad en su conjunto se dejó meter en su engranaje de opresión y renunció a vivir. Quedó dominada por el pecado al aceptar el sometimiento a unos "valores" que le impedían dejarse interpelar por la Palabra.

No existe zona neutra entre luz y tiniebla. Si la humanidad está sumida en la tiniebla, tiene que salir de ella para dejarse interpelar por la Palabra.

Vino a su casa, y los suyos no la recibieron (v. 11). La entrada de la Palabra en la historia humana, las reacciones que provoca y los efectos en los que la aceptan constituyen la unidad central del prólogo. Jesús ha sido rechazado por Israel y por el mundo, por la casi totalidad de los hombres. Juan resalta el fracaso de la antigua Alianza, la incompatibilidad entre los dirigentes judíos y Jesús, debido a la distinta concepción de Dios en unos y otro. El Dios de Jesús -Dios creador- comunica vida. El Dios de los dirigentes religiosos judíos -Dios legislador- oprime al hombre.

Para los dirigentes judíos, la fidelidad a la Ley era el valor supremo, aunque matara al hombre; y así hicieron de la Ley un instrumento de opresión y de muerte. ¡Cuántos murieron en nombre de esa Ley! La "idea" de Dios sobre el hombre se realiza en Jesús en toda su plenitud. Y así es el modelo de Hombre, el Hijo de Dios, el Hombre total.

Vivimos en un mundo de consumo y de prisas, en un ritmo frenético de trabajo y de cosas que hacer..., y no tenemos tiempo para vivir y profundizar en el encuentro y en la comunión con Jesús. Así se nos vacía la vida y se nos muere la fe sin apenas darnos cuenta. Ignoramos a Cristo. Existimos en la superficie de las cosas, sacudidos hasta por los vientos más ligeros.

En toda relación de amistad es necesario un conocimiento profundo, personal, del otro. Porque nadie quiere de verdad al otro sin conocerle. Y nadie llega de verdad a conocer a otro sin amarle. A más conocimiento y comunicación, más amor. A más amor, más conocimiento y comunicación. Al amigo y al ser amado se le encuentra para seguirlo buscando, a fin de conocerle mejor y amarle y encontrarle más a fondo. Lo mismo sucede con Jesús: hay que buscarlo continuamente para encontrarlo, y se le encuentra para seguir buscándolo.

Tenemos que tomar muy en serio hacer un hueco importante en nuestra vida para vivir a gusto la búsqueda personal de Jesús, para renovar el encuentro, ahondarlo, profundizar en su mensaje y en su persona. Y todo ello jalonado de encuentros sacramentales y comunitarios en la eucaristía y en la penitencia.

7. Finalidad: hacernos hijos de Dios Pero a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre (v. 12).

Dios quiere que el hombre alcance su plenitud humana y de ese modo llegue a ser su hijo. Aunque los suyos no lo acogen, hay quienes lo aceptan, sobre todo fuera de su pueblo. Juan habla primero de repulsa, después de aceptación. Recibirlo es sinónimo de fe. Y la consecuencia de esta aceptación es llegar a ser hijo. Esta filiación no procede de la carne ni de la sangre.

Ser hijos de Dios es realizar en sí mismos el ideal de hombre, según el plan de Dios. Todo ideal del hombre que esté por debajo de éste limita el proyecto divino sobre él. El ser hijo hay que demostrarlo con una vida que se asemeja cada vez más a la del Hijo. El verdadero hijo es el que imita a su padre y aprende de él, siempre que el padre sea digno de ello. En el caso del Padre Dios no hay ninguna duda. Una vida que fundamentalmente debe consistir en el amor a todos los hermanos.

El Padre Dios, como verdadero Padre que es, no da a los hijos la existencia ni el mundo hechos; les comunica su capacidad de amor y de entrega, para que ellos mismos se realicen como personas y construyan el mundo según los planes del Creador. Para esa realización personal y del mundo, el hombre no está solo: colaboran con él el Padre y Jesús, sus compañeros por el camino de la vida.

Juan no nos ofrece la adhesión a una ideología, sino a una Persona en cuanto es modelo y dador de la vida que Dios ofrece a la humanidad. El cristiano no es seguidor de unas verdades o de unos dogmas, aunque éstos sean muy sublimes, sino de una Persona. El cristianismo es una Persona: Jesús de Nazaret.

Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios (v. 13). Opone dos tipos de nacimiento: el carnal y el de Dios. Los que lo reciben nacen de Dios. Este nacer de nuevo es aceptar a Jesús, su modo de vivir y seguirlo. Es captar su Espíritu y asimilarse a El. Un nacer de nuevo que Juan va a desarrollar en el encuentro de Jesús con Nicodemo, en el capítulo tercero de su evangelio.

8. Venida del Hijo en la carne Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (v. 14). Es la encarnación. Nuestro Dios no es un Dios mudo, ni lejano, ni amenazador. Es un Dios que nos habla, y su Palabra encarnada se llama Jesús. Una Palabra hecha persona, que es el Hijo de Dios, que es Dios.

Dios nos ha dirigido su Palabra. Si entre nosotros tiene tanta importancia el dirigirnos o no la palabra unos a otros; si nuestra palabra de amistad y de amor puede significar tanto para nosotros, ¿qué será esa palabra de Dios, su propio Hijo, que ha querido hacerse uno de nuestra raza y está siempre entre nosotros? Juan describe la llegada de la Palabra en términos de experiencia. El proyecto divino se ha realizado en plenitud en una existencia humana, la vida es palpable, visible, accesible. Dios habita en un hombre.

Muchos no aceptan que Jesús sea Dios. Y nos alarmamos. ¿Por qué no admitir grados en su aceptación? Lo esencial es imitarlo en la vida. Lo demás viene por añadidura. Es normal ver en El, primero, a un hombre extraordinario. Después puede llegar el creer que es el hombre en plenitud y, por lo mismo, el Hijo único del Padre. Lo que es absurdo es pensar que creemos en El sin que se note en la vida, que es lo más frecuente.

La existencia de Jesús de Nazaret nos tiene que llenar de alegría, porque nos desvela el sentido global de la vida y del mundo, siempre dentro de la oscuridad de la fe. Jesús tiene la clave para comprender por dónde deben ir los caminos de nuestra vida. En Jesús descubrimos hasta dónde puede llegar un hombre cuando es dócil a la palabra de Dios, cuando vive dependiendo de ella: se convierte él mismo en Palabra.

Dios nos dice todo lo que es -y lo es todo- por su Palabra Jesús. Otros hombres -profetas, fundadores de otras religiones, buscadores y luchadores por un mundo de fraternidad e igualdad...- han sido y son revelaciones parciales del Padre.

Los hombres somos un vacío con ansias de plenitud, una nada con aspiraciones de serlo todo, que provoca una tensión que nos lleva a una desesperación o a una esperanza. El ruido no nos deja ser conscientes de nuestro vacío, de nuestra nada, de nuestra miseria. Sin silencio y sin compromiso, la vida de Jesús deja de ser un misterio de contemplación. Y si perdemos la capacidad de contemplar, perdemos uno de los valores esenciales de la vida cristiana.

La vida de Jesús nos invita a un esfuerzo de silencio. Su lenguaje es silencio, su verdad y su amor son silencio. Su Palabra sólo la podemos acoger en silencio y en humildad, que es como el silencio del corazón. Nuestra capacidad de silencio y de contemplación es nuestra capacidad de poder conectar con Jesús.

El objetivo del mal -y de la sociedad de consumo- es convertir todo el mundo en un gran ruido, en una gran tiniebla. Un ruido organizado, que no deje oír, ni pensar, ni vivir. La Palabra entra en la historia humana como uno más de los que hacemos esta historia. Se hace "carne"; es decir, hombre débil, caduco, impotente, limitado, abocado a la muerte. Y, al mismo tiempo, "lleno de gracia y de verdad".

La Palabra "acampó entre nosotros". Es la culminación de todos los ensayos de Dios para vivir en medio de los hombres. Se ha encarnado en la historia para orientarla y hacerla luminosa. Ya no estamos en tinieblas. Existe un sentido en la vida, un futuro, una esperanza. Si seguimos el camino de Jesús, entraremos en comunión con la vida de Dios. Ha desaparecido la distancia entre Dios y el hombre y la búsqueda angustiada de Dios. "Contemplar la gloria" equivale al conocimiento personal, a la experiencia inmediata de Dios, a contemplar la plenitud de Dios, presente en Jesús. La presencia de Jesús equivale a la del Padre (Jn 14,9). Jesús es el "Hijo único": sólo El posee la plenitud humana v divina. Quien no contempla la gloria no puede llegar a creer.

La entrada de la Palabra en la realidad humana sitúa al hombre ante una necesaria decisión de aceptación o de rechazo. Esta Palabra es, esencialmente, interpelante. Ser cristiano hoy significa ser "signo" para los hombres de hoy. Estamos obligados a buscar, incansablemente, el modo de presentar esta Palabra de forma que sea interpelante para los hombres que nos rodean. Somos cristianos en la medida en que lo somos para nuestros contemporáneos, en la medida en que hacemos presente a Jesús en la sociedad actual con nuestro modo de vivir. Esta es la ley de la encarnación.

Porque Jesús no encarnó un tipo abstracto de hombre. Se hizo hombre en un tiempo determinado, en una familia y en un pueblo determinados, en un tiempo histórico y cultural precisos.

No podemos responder a una pregunta de hoy con una respuesta de ayer. Hemos de ser actuales. Ser actual es la única manera de ser fiel a la Palabra de siempre. Una Palabra que debo transmitir con mis palabras y con mi vida. Y las palabras y la vida de un hombre son siempre muy limitadas. Una Palabra que choca con mis resistencias, insuficiencias y oscuridades. Una Palabra que juzga y pone en crisis mis palabras y revela mi miseria de instrumento.

9. De nuevo Juan Bautista

Juan da testimonio de él y grita diciendo: - Este es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo" (v. 15).

El gusto de la Palabra lo tiene únicamente quien tiene el gusto del silencio. El hombre de la Palabra es, ante todo, el hombre del silencio. Antes de tener el coraje de las palabras, los verdaderos profetas tienen el coraje del silencio. En el silencio es donde se apoderan de la Palabra, la hacen suya, carne de su carne y vida de su vida. Quizá sea mejor decirlo al contrario: en el silencio es donde la Palabra se apodera de ellos, los hace suyos.

Es en el silencio donde la Palabra se incorpora a nosotros, se encarna en nosotros, madura en nosotros. Y nosotros maduramos con ella. Es en el silencio donde la Palabra alcanza su propia fuerza creadora, donde encuentra su fecundidad y nos descubre nuestra verdad. Sin silencio decimos cosas, pero nuestras palabras se niegan a "hablar", no dicen nada.

Nuestra palabra y nuestra vida, en este mundo dominado por el ruido, llegarán a su destino si están impregnadas de silencio. Este es el caso de Juan el Bautista -surgió del desierto y vivió en él- y de las comunidades cristianas primitivas que nos han transmitido su testimonio. Testimonio confirmado por su propia experiencia. Testimonio realista, humilde, en el que ha desaparecido todo triunfalismo personal.

10. El Hijo es la plenitud de los hombres Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia (v. 16).

El amor del Hijo se ha comunicado a los suyos. Amor que existe en la comunidad y en cada uno de nosotros. Amor que es la prueba para el mundo de la credibilidad de Jesús, como nos repitió tantas veces en el transcurso de la última cena.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (v.17). Moisés era considerado por los judíos como el mediador por excelencia. Pero no pudo aportar de parte de Dios más que la ley. Jesús, en cambio, aporta la gracia, el amor y la felicidad. El texto presenta una clara oposición entre la ley, exterior al hombre, y el amor, realidad interior que transforma al hombre desde dentro, entre la ley que vacía al hombre y el amor que se hace constitutivo de su ser. La ley era separable del legislador. El amor es el mismo Jesús, que tiende a crear una comunidad de vida entre los hombres como la que existe entre El y el Padre (Jn. 17,21). Ante Jesús queda clausurada la antigua Alianza promulgada por Moisés. Y comienza la nueva Alianza, fundada en el hombre nuevo, no en la ley externa. La acción de Jesús será hacer partícipes a los suyos de la vida que El posee en plenitud, para que recorran con El el camino que marcó.

Moisés intentó transmitir en una ley el conocimiento intelectual que había adquirido, pero no consiguió reflejar el ser de Dios. Esta ley, al ser absolutizada, "tapó" a Dios. De ahí su fracaso. Me pregunto si este riesgo no lo han corrido las comunidades cristianas en demasiadas ocasiones.

11. El Hijo junto al Padre A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (v. 18).

Conocer el Dios engendrado, el Hombre-Dios; conocer el proyecto divino plenamente realizado en el Hijo único, equivaldrá a conocer a Dios y será el único medio de conocerlo como es en sí. Solamente Jesús, el Dios engendrado, por su experiencia personal e íntima, puede expresar lo que es Dios. Jesús es la explicación plena de Dios. Lo "explica" con su persona y sus obras; con su enseñanza, que nunca es teórica, sino existencial.

Jesús es, de modo inseparable, la verdad del hombre y la verdad de Dios. Revela lo que es el hombre por ser la realización plena del proyecto divino: el hombre acabado, el modelo de hombre. Revela lo que es Dios, dedicando toda su vida a dar vida al hombre; haciendo, a través de ella, presente el amor sin límites del Padre. Jesús es el único dato de experiencia de Dios al alcance del hombre. En su persona va a poder conocer la humanidad, por primera y única vez, el verdadero rostro de la misteriosa e insondable divinidad.

Esto contradice la constante utilización del nombre de Dios: "Dios lo quiso... Dios os pide..." Parece que lo sabemos todo de El, de lo que es y quiere. Como si comiéramos con El todos los días. Y esto ha causado y causa una pérdida de fe en este Dios del que no se ha respetado su trascendencia.

En cambio, no hemos anunciado con la suficiente firmeza que a este Dios desconocido y trascendente -que siempre está más allá de nuestras imaginaciones y normas- le podemos conocer a través de la Palabra encarnada, Jesús de Nazaret. Jesús es la manifestación del Padre. Quien lo ve a El, "ve" al Padre (Jn. 14,09).

Un ver que sólo es dado a quien oye la Palabra y la pone en práctica. Con frecuencia experimento como si el Dios en el que creemos unos y otros no fuera el mismo. Me da la impresión que son muchos los dioses que circulan por el mundo, y que cada uno tendemos a apropiarnos uno que sea dócil a nuestras conveniencias. Y así vemos cómo se compagina la fe en Dios con todo tipo de atrocidades: opresiones, dictaduras de derechas, torturas, asesinatos, injusticias, desigualdades económicas increíbles..., triunfalismos..., cometidos por hombres que tienen el nombre de Dios constantemente en la boca, que no en el corazón. Tenemos que ser conscientes; sólo existe un Dios verdadero: el manifestado en Jesucristo. Y saber cómo es no es fácil; no se improvisa. Nos exige una constante búsqueda y un constante compromiso con la justicia, la libertad, la paz, la verdad, el amor... para todos.

Todas las explicaciones de Dios dadas antes de Jesús eran parciales o falsas. Y han de ser relativizadas. Todas las explicaciones posteriores que no hayan tenido en cuenta a Jesús corren la misma suerte. Dios no termina su proyecto creador dando existencia al hombre "modelado de arcilla y animado por un aliento de vida", como relata simbólicamente el libro del Génesis; lo acaba al engendrar al Hijo, comunicándole su misma divinidad. La acción creadora alcanza su cumbre en la paternidad y en el amor de Dios.

La aparición de la Palabra en la carne, por gratuita e inesperada que sea, no carece de continuidad con otras manifestaciones: era ya audible en la creación y en la historia, por una parte, y en la Ley y los Profetas, por otra. Quienes no sean capaces de leer su intervención en los campos de la creación o de la revelación no podrán tampoco descubrir la Palabra hecha carne. Y recíprocamente, creer en la Palabra hecha carne es también encontrarla en la creación a la que anima, en la humanidad que asume y en las Escrituras que inspira.

Francisco Bartolome Gonzalez - Acercamiento a Jesus de Nazaret

 

 

Un recién nacido, mensajero de Dios

Así es como nos presenta a Jesús el canto de entrada de la misa del día de Navidad: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el imperio y tendrá por nombre "Ángel del Gran Consejo" (Is. 9,5).

La elección del Prólogo de san Juan no podía ser más acertada. El niño que ha nacido es el Verbo de Dios, la Palabra del Señor encarnada. Es lo que Juan Bautista anunciaba. Ahora que esta Palabra se ha encarnado, de un extremo al otro de la tierra se verá la salvación de nuestro Dios (Is. 52,7-10). Es el tema de la 1ª lectura. Por su parte, la carta a los Hebreos nos muestra cómo Dios nos ha hablado en esta etapa final por su Hijo, su Enviado (Hb. 1,1-6).

De hecho, toda la liturgia de la Palabra de esta celebración del día de Navidad, está centrada en el mensaje de Dios, en el conocimiento de su plan de salvación que ha revelado en su Hijo. En adelante, el "misterio" será para nosotros no lo que no entendemos, sino al contrario lo que nos ha sido revelado del designio de salvación de Dios mediante su Hijo, el enviado (Col 1, 25-29). El niño que acaba de nacer es "el mensajero que anuncia la paz, que trae la buena noticia que anuncia la salvación" (1ª. lectura). En este niño "el Señor ha dado a conocer la fuerza de su brazo ante todas las naciones, y de un confín al otro contemplarán la salvación de Dios".

La Iglesia medita esta sorprendente pero actual y maravillosa realidad, y canta su entusiasmo con el salmo 97:

Los confines de la tierra han contemplado

la salvación de nuestro Dios... El ha dado a conocer su salvación, a los ojos de las naciones ha revelado su justicia.

Es la conclusión de una larguísima historia. Llega de pronto a su punto culminante con el envío del Verbo, después de infructuosas tentativas de Dios por que nos aviniéramos a un diálogo. Indudablemente, Dios habló a nuestros padres a través de los profetas en formas fragmentarias y diversas; pero en estos últimos tiempos, en estos días en que estamos, nos ha hablado por medio de su Hijo... (Hb. 1,1-2). Y "estos días en que estamos" han de entenderse en estrecho y estricto sentido: ahora, para nosotros, hoy, a quienes celebramos la Navidad como un hoy que es una Pascua. No es poesía, no es una manera de hablar; desde ahora no habrá que extrañarse ya de esto: Dios nos habla por medio de su Hijo y nos revela su plan de salvación.

-Reencontrar la Persona de Cristo

Navidad es, por lo tanto, algo completamente distinto de una fiesta de ternura y un poema de la niñez encantadora. Para el mundo y para nosotros es el reencuentro con la persona de Cristo, con todas las consecuencias concretas que ello supone. Es el final de una concepción mitológica de un Dios lejano que no tiene experiencia de nuestra vida; el final de un Dios tapa-agujeros a quien se recurre en los momentos difíciles de la vida; el final de un Dios-refugio que nos tranquiliza y pone término a nuestras perplejidades. Es un Dios, sí, pero es también un hombre que es lo que nosotros somos, excepto en el pecado. Desde muy pronto la Iglesia conoció las tendencias nestorianas que podrían hacer creer que Jesús es un hombre sólo, un hombre excepcional cuya sola presencia consagra las cosas humanas. Como consecuencia, el cristianismo consistiría no en transformar la vida humana en vida divina, sino en cambiar en divina la vida corriente. La humanidad salvada es una humanidad transformada en Cristo. El misterio de Cristo consagra la humanidad dejándola como está. En términos modernos, es lo que llamamos el "horizontalismo".

Basta con ver a Dios y lo sagrado en el vecino. La caridad, la sociabilidad es la salvación; no se ve por qué sería necesaria ninguna otra cosa, signos sacramentales, por ejemplo, sobre todo signos sacramentales que no coincidan exactamente con lo que hacemos en la vida normal. El ideal de la celebración eucarística sería, pues, la comida normal con una acentuación en el aspecto fraterno. Se llega a olvidar que la Cena jamás fue una comida normal, sino escogida por Cristo porque era ya banquete ritual de actualización de la Pascua y de la salida de la esclavitud.

En el lado opuesto está la doctrina de Eutiques: se tiende a negar la humanidad de Cristo para no ver en él más que a Dios y nosotros quedamos bajo el choque de esta presencia de Dios entre nosotros. Por ello, los signos sagrados, los sacramentos, deben estar lo más lejos posible de nosotros, han de revestir el esoterismo más perfecto; lo inaccesible es lo que les corresponde ya que se trata en ellos de un encuentro con Dios. En consecuencia, en la liturgia todo debe caer fuera de la vida normal: lenguaje incomprensible, ropas no usuales, gestos extraños y que no se pueden explicar, porque su extrañeza les es esencial. Y en esta línea, una concepción sobre la institución de los sacramentos entendida de la manera más estricta: los instituyó Cristo sin tener en cuenta un contexto humano, fuera de toda atención a la antropología y a la historia, pareciendo una herejía el pensar que Cristo pudiera utilizar formas preexistentes introduciendo en ellas un contenido nuevo, insertándose de este modo en la historia.

Ambas tendencias, muy antiguas, volvemos a encontrarlas siempre, incluso hoy día en muchos cristianos fervientes que apenas son conscientes de ellas. ¿No habrán comprendido aún la liturgia de Navidad? ¿No habrán oído nunca más que una teología conceptual de la persona de Cristo, sin haberles llegado jamás una teología expresada vitalmente en la liturgia?

Para san León, en su conocido primer sermón para el día de Navidad, el hecho de la Encarnación ha cambiado todo en la vida del hombre. La alegría de la fiesta tiene raíces profundas: el Señor ha venido a destruir el pecado y la muerte, no he encontrado a nadie entre los hombres que estuviera libre de falta, ha venido a liberar a todos. Que se alegre el santo, porque está próximo a recibir la victoria; que se alegre el pecador, puesto que se le invita al perdón; que se anime el pagano, porque se le llama a recibir la vida (León el Grande, Sermón 1 sobre la Natividad). Pero el pasaje más célebre es el siguiente: "Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro". Este es el sermón que la Oración de las Horas nos hace leer en el día de Navidad.

Nuestro reencuentro con la persona de Cristo es transformante; no es encuentro psicológico, fruto de una oración; a partir de la Encarnación es encuentro sacramental, en la Iglesia y sus signos. Mediante ellos, hemos conocido a Dios visiblemente (Cf. prefacio I de Navidad).

Adrien Nocent - El año liturgico: celebrar a JC 2 - Navidad y epifania

 

 

Creo en Dios y en el hombre

«Gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios», así comenta san Bernardo la navidad. Fue una gran prueba de la bondad y el amor de Dios el haberse preocupado de añadir Dios a los hombres; nuestra humanidad que se  gloría de haber tenido tan grandes hijos, puede decir también que Dios se ha hecho uno de nosotros. Muchos nombres famosos pueblan nuestros libros y nuestros recuerdos, pero ningún nombre es comparable al bendito nombre de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios. Como dice san Bernardo: se ha añadido a la humanidad el nombre de Dios.

Los textos de la liturgia de hoy, especialmente la segunda lectura y el impresionante prólogo del evangelio de Juan, nos expresan la grandeza del misterio de la navidad. En la misa de la Nochebuena, la popular misa del Gallo, nos dejamos mecer por el lirismo y la belleza de la navidad; por todos esos sentimientos que reflejan la ternura de un Dios que se  nos ha hecho tan próximo y cercano como un recién nacido y que nos dice a los hombres  una palabra de paz y de fraternidad; dejamos que fluya dentro de nosotros ese poso de  bondad y de infancia que todo ser humano lleva dentro de sí y que brota especialmente en  torno a la navidad.

«En el principio existía la Palabra», así comienza el evangelio de Juan. También la Biblia comienza con una afirmación similar: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Los comentadores de la Biblia insisten siempre en que la primera experiencia religiosa de los judíos fue la de Yavé liberador y que, sólo más tarde, empiezan a hablar de su Dios como creador. Algo similar acontece a los que conocieron a Jesús: primero le afirman como salvador, como Señor. Es, en una segunda reflexión, recogida sobre todo en algunos himnos cristológicos de san Pablo y por el prólogo del evangelio de Juan, cuando la fe  cristiana empieza a hablar de Jesús como la Palabra que estaba junto a Dios y era Dios.  Uniendo este prólogo con el inicio del Génesis, podemos decir: «En el principio, por medio  de la Palabra, creó Dios el cielo y la tierra».

Existen múltiples modos de minimizar la navidad cristiana, de los que no es el único el quedarnos en esa navidad neopagana del consumo y el despilfarro. Es también minimizar la navidad cristiana convertirla meramente en una entrañable fiesta familiar en la que damos salida a los buenos sentimientos que todos llevamos dentro. Asimismo, se minimiza la navidad cristiana al dejarnos arrastrar sólo por nostalgias infantiles, quedándonos en la belleza y el lirismo de esos bellos símbolos asociados a estos días: los villancicos, las figuras de nuestros nacimientos...

Celebrar la navidad es afirmar que el gran Dios, al que el hombre ha buscado desde que comenzó a serlo, sobre el que han especulado tantos filósofos que han intentado explicar los enigmas del universo y del hombre, se ha hecho carne y ha plantado su tienda de campaña entre las tiendas de campaña de los hombres.

Celebrar la navidad es afirmar que el gran Dios creador, al que no se puede soslayar, al menos como pregunta, por mucho que progresen nuestros conocimientos de astronomía y nuestras especulaciones sobre la explosión inicial del universo, se ha hecho un niño como nuestros niños, ha nacido llorando como nuestros niños, ha sido envuelto en pañales como nuestros niños... Esto es lo que celebramos en la navidad.

Celebrar la navidad es afirmar que la Palabra que estaba junto a Dios y era Dios, por la que todo se hizo y sin que exista nada que no haya sido hecho en ella, se ha hecho hombre;  que la plenitud de luz y de vida de la Palabra ha desbordado sobre nuestra tiniebla y nuestra  muerte. o, como afirma el comienzo de la Carta a los hebreos: el Dios que se había  manifestado en distintas ocasiones y de muchas maneras a los hombres, «ahora, en esta  etapa final, nos ha hablado por el Hijo». Esto es celebrar la navidad.

Porque la navidad es el reflejo del misterio de Dios. Generaciones y generaciones de hombres han intentado plasmar a través de palabras, símbolos y manifestaciones artísticas,  quién es Dios. El prólogo de Juan nos dice: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único  que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Sabemos más sobre Dios  mirando a ese niño, nacido como nuestros niños, envuelto en pañales como nuestros niños,  que lo que podemos conocer a través de todas las especulaciones sobre el Dios de los  filósofos; porque ese niño, nacido como nuestros niños y envuelto en pañales como  nuestros niños, es impronta del ser de Dios.

Todos nuestros intentos por balbucear el misterio impenetrable de Dios deben arrancar desde ese niño, nacido como nuestros niños y envuelto en pañales como nuestros niños. Así comprendemos, como decía Zacarías, padre del Bautista, que «la entrañable  misericordia de nuestro Dios» nos ha visitado, luz que ilumina nuestra tiniebla, vida que da  aliento a nuestras muertes. Esto es celebrar la navidad 

Y la navidad es también el reflejo del misterio del hombre. ·Gertrud-LE-FORT von le Fort escribía que «en el anuncio de que "Dios se ha hecho hombre" se concentra el abismo de misterio del Dios impenetrable y, al mismo tiempo, los hombres nos sentimos referidos a los  otros hombres como el lugar de manifestación al que Dios desciende como amor. Por eso,  creo en Dios y en el hombre. Sólo porque creo en Dios, puedo creer también en el hombre,  ya que el hombre, sin la fe en Dios, es decir considerado en su mera humanidad, se ha  hecho en nuestros días muy poco digno de crédito». Porque es verdad que todos sentimos  muchas veces, en nosotros mismos o en los otros, lo «poco digno de crédito que es el  hombre», nuestras miserias, injusticias y violencias.

Hoy, quizá más que en otros tiempos, predomina una visión pesimista sobre el hombre. Sin embargo hoy, porque celebramos la navidad, los cristianos tenemos que proclamar la  dignidad y el inmenso valor de todo hombre. Para Dios, el hombre es tan importante, que él  se ha hecho uno de nosotros. Para Dios, la historia de los hombres es tan importante que él  ha formado parte de lo mejor de nuestra historia. Para Dios la condición humana es tan sublime que ha sido posible que esa Palabra, que existía desde el principio y en la que todo  ha sido creado, se encarnase en el hombre.

No es sólo que el nombre de Dios se haya añadido a los grandes nombres de nuestra historia; es el mismo hombre, todo hombre, el que queda engrandecido, porque la condición  humana ha sido capaz de albergar al mismo Dios. Esto es lo que celebramos en la navidad. Quiero acabar con una noticia muy dura. Hace una semana la prensa hablaba de los «ocho millones de niños abandonados en el Brasil que malviven, sobreviven como pueden, con pequeños latrocinios o prostituyéndose», ante los que «aparecen cuadrillas de asesinos pagadas para exterminar la plaga infantil como si fueran ratas o cucarachas». En los diez primeros meses de 1991 fueron asesinados en Río de Janeiro más de 4.5OO. Se informaba de una grandiosa manifestación en Río con «miles de criaturas clamando para que no les asesinen». Es verdad que «aquí no tenemos niños abandonados en masa, pero no nos  faltan problemas de abandonos. De cuando en cuando aparece un recién nacido en un portal o en un basurero». La articulista acaba diciendo que «en vísperas de navidad siempre pienso que Jesús nació pobre en lo material, mal alojado, pero en un clima de amor... Los niños martirizados del Brasil no tienen nunca una navidad, al menos en este planeta. Yo necesito esperar que alguna vez lleguen a una navidad eterna. Si hay un cielo, y creo que lo  hay, los niños martirizados aquí serán allí los huéspedes de honor». Porque es navidad  tenemos que decir que para Dios cada uno de estos niños abandonados o martirizados posee la misma dignidad que cualquier otro ser humano, que cualquiera de nuestros niños...

Porque hoy es navidad tenemos que decir que para Dios cada uno de estos niños  abandonados o martirizados posee la misma dignidad que cualquier otro ser humano, que  cualquiera de nuestros niños... Porque hoy es navidad tenemos hoy también que sentir la  dureza y la injusticia de nuestro mundo. Porque hoy es navidad debemos preguntarnos qué  hacemos por defender y proteger la dignidad del hombre, de todo hombre, de todo niño...

Javier Gafo

Dios a la vista - Homilías ciclo C. Madris 1994.Pág. 39 ss.

 

 

1. La Palabra se hace carne.

En el grandioso prólogo de Juan se despliega ante nosotros toda la plenitud del plan divino de salvación. Ciertamente dentro de la historia surge el testigo que como precursor da testimonio del más grande; pero este más grande es la entrada en nuestro mundo de aquel que en el principio, antes de la creación de todo mundo, estaba junto a Dios y como Dios ha  creado, vivificado e iluminado todo en el mundo. Navidad no es un acontecimiento intrahistórico, sino la irrupción de la eternidad en el tiempo. Por eso Pascua tampoco será un mero evento intrahistórico, sino el retorno del Resucitado desde la historia a la eternidad.  La ley dada por Moisés era intrahistórica, pero toda ella remitía prolépticamente al  verdadero intérprete de Dios, el «único que es Dios y está al lado del Padre», el que nos ha  mostrado a Dios tal cual es, como «gracia y verdad». Verdad quiere decir: «Dios es así»; y  gracia quiere decir: «Dios es amor puro y gratuito». Este primero de todos ha venido hoy al  mundo, al mundo que él ha creado y que le pertenece. Hay muchos hombres que no le  conocen y no le aceptan, pero a nosotros, que creemos y le amamos, se nos ha dado la  gracia de poder acogerlo en nosotros, y por él, con él y en él «llegar a ser hijos de Dios».  Navidad no es sólo su nacimiento, debe ser también nuestro nacimiento de Dios junto con él.

2. «Hoy te he engendrado». 

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, habla igualmente de la divinidad del Verbo  encarnado. Mientras que Juan acentúa más el alfa, ahora se pone el acento sobre la  omega: en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente. «Ahora, en  esta etapa final», al final de la historia, en la omega, el Padre ha resumido todo en una única  Palabra. Pero este origen y este final de todas las cosas es un acontecimiento en el «hoy».  En Dios no hay ni pasado ni futuro, sino eterno presente, eterno hoy; y este eterno hoy se  hace presente en lo temporal. Esto significa no solamente que todo lo precedente, lo  veterotestamentario, era desde siempre el alba de este hoy, sino también que el hoy de la  irrupción del acontecimiento eterno en Dios jamás podrá convertirse en un pasado temporal.  En cada fiesta de Navidad, el ahora de la venida de Dios al mundo no solamente se hace de  nuevo actual, sino que no puede, en ningún momento de la vida cotidiana, no ser presente.  Las fiestas nos recuerdan solamente, a nosotros, hombres olvidadizos, que la entrada de  Dios en la historia se realiza siempre ahora. El Señor que viene cada vez, está siempre por  venir de nuevo; él nunca se aleja para poder venir de nuevo. Esto es precisamente lo que  hay que tener presente para su venida eucarística.

3. "Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios". 

En la primera lectura el profeta introduce otros dos elementos: en primer lugar la  existencia de los mensajeros del gozo que anuncian la venida del Señor. Sin esta llamada  permanente y este «regocijo» de los mensajeros, tal vez olvidáramos la actualidad de la  venida de Señor. Mensajeros eran los profetas, mensajero es la Sagrada Escritura;  mensajeros son en la Iglesia los santos y todos aquellos que están animados por el Espíritu  Santo. Y el segundo elemento es que el mensaje gozoso de la Iglesia no es una doctrina  secreta sólo conocida en algunos círculos esotéricos, sino que es un mensaje abierto al  mundo: «El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los  confines de la tierra la victoria de nuestro Dios». En la revelación de Cristo no hay nada  oculto. Jesús dirá ante Pilato: «Yo he hablado públicamente a todo el mundo, siempre he  enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen los judíos» (Jn. 18,20). La  profundidad de su revelación es desde el principio un «misterio sagrado, pero públicamente  revelado». 

Hans urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C

 

 

El Señor esta viniendo. ha llegado la liberacion para todo el pueblo, especialmente para los pobres. Dios se pone de nuestra parte.

1. A los pastores que velaban por la noche sus rebaños, se les presentó un ángel del Señor, y "les anunció la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor". Apareció enseguida una legión de ángeles que alababa a Dios: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres a quienes Dios ama" (Lucas 2,1). Cantan los ángeles porque hoy es día de gloria en el cielo y el día grande para los hombres, porque hoy Dios se ha desposado con la humanidad en un niño recién nacido a quien su madre contempla y abraza, mece canta, arrulla, ríe, llora, adora estrecha en sus brazos. Anonadada por ver a su hijo en su regazo, le rodea con el amor más puro, encendido y tierno que cabe en este mundo, con los ojos arrasados en lágrimas de dicha.

2. Ahora sí que "ha aparecido con claridad la bondad de Dios y su Amor al hombre que trae la salvación a todos los hombres" (Tt. 2,11). Dios es amor y el amor desea, quiere, busca y consigue el bien del que ama. Dios nos manifiesta su amor infinito en un Niño chiquito. "Dios ha derramado copiosamente el Espíritu Santo sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador" (1) .Ha sido una lluvia torrencial de amor y de misericordia para limpiarnos de nuestros pecados. "Ya somos herederos de la vida eterna en esperanza" (2). "El nos pastoreará con el poder de Yave". Ya no somos "ciudad abandonada". Dios ha venido a buscarnos por medio de un Niño, que es su Hijo muy amado, a quien hoy ha engendrado (Isaías 62,11).

3. "Hoy ha brillado una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Ha amanecido la luz y la alegría para los rectos de corazón" (Salmo 96).

4. Salieron corriendo los pastores después de oir al ángel, que les había anunciado la gran alegría, que sería también para todo el pueblo: "Encontraréis un niño envuelto en pañales reclinado en un pesebre" (Lucas 2,11). Los pastores, los privilegiados. No sólo eran pobres, eran considerados gente impura y, por tanto, marginada. Alejemos, para comprender lo que esto significa, nuestro concepto idílico del pastor contemporáneo, para entender cómo considera Dios a los pobres y humillados. Si viene para todos, es necesario que nazca en una cueva y en un pesebre para que todos puedan acudir a El. A un palacio podrían llegar los reyes. A un templo, los religiosos y devotos. A una casa de clase media, los burgueses. A una casa rural, los labriegos. Pero, ¿qué habría ocurrido con los desheredados, los marginados, los sin techo, los nómadas, los más miserables e innominados? No se habrían atrevido a entrar. Y no habrían podido gozar de su liberación. Por eso es necesario el rebajamiento de Dios, porque "la buena noticia, la gran alegría es para todo el pueblo" y no sólo para unos cuantos. Y en el mundo siempre ha habido más pobres que ricos, más adocenados que privilegiados, más infortunados que "estrellas". Y Dios ama a todos y, sobre todo, a éstos "bienaventurados", porque Dios se pone de su parte. Juan XXIII cultivó mucho la amistad de sus pobres familiares de Soto il Monte. El sabía que los mismos palacios donde tuvo que vivir, les alejaban, porque se veían distantes de la categoría de su "status" social. Entendamos por este ejemplo la actitud de Dios.

5. Corrían los pastores transfigurados, "envueltos en la claridad de la gloria del Señor", con una felicidad y alegría interior que nunca habían experimentado. "Y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre" (Lucas, 2,16). En la gruta oscura ha nacido Dios. En su ciudad santa y celeste, él es el Cordero que la ilumina. En la cueva de Belén apenas unas luces primitivas alejan las tinieblas del portal. Pero allí está Dios. Dios que se ha abajado hasta el polvo y el estiércol. Es el Camino, y no anda. Es la Verdad, y no habla. Es la Vida, y la está recibiendo de los pechos de una mujer, María, la bienamada, la llena de gracia, sumergida en el misterio viendo cómo chupa a sus pechos dulces, su leche materna, su mismo Creador, y cómo la Suprema Belleza, bosteza.

6. Los pastores traen sus regalos pobres y sencillos, y miran absortos. No habían sentido nunca un gozo tan interior y profundo. Nunca han estado tan cerca de Dios, y, aunque no lo saben, no quieren perderse la contemplación de aquella maravilla. María les deja que acaricien la carita divina, capullito de jazmin y de rosa de su Niño. Jamás podrán olvidar lo que tienen la suerte de estar viendo. Quedarán marcados toda la vida. Contaban a María y a José lo que los ángeles les habían dicho del Niño; trataban de rememorar la sinfonía de sus cantos que les llenaban de alegría y María se llenaba de asombro y de gozo, y sonreía encantada escuchándoles. "Y conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lucas 2,19).

7. Dios nos ha amado tanto que se ha hecho tan pequeño. La medida de su amor, la da su pequeñez. El "Dios que quebranta los cedros del Líbano, que hace brincar como un novillo al Líbano, y al Sarión como crìa de búfalo, que afila llamaradas, que sacude el desierto de Cades, que sacude las encinas y arrasa los bosques" (Sal 28), se ha eclipsado en un bebé débil e indefenso. Ya no es la zarza que arde...ni el Sinaí llameante entre el resonar de truenos. Es como si el sol entero se hubiera encerrado en una bombillita. El amor de Dios se ha manifestado más en Belén, que en la cruz, porque hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto. "Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es lo más importante que se puede ser" (Ortega). Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre ha sido incrementado. "Cuando Cristo apareció en brazos de su madre revolucionó al mundo" (Teillard).

8. Hagamos posible que cuantos celebran la Navidad la comprendan. Para ello, en vez de hacer ternurismo, y folklore hagamos teología navideña. No hagamos tópicos más o menos fervorosos. Ni consideremos al hombre como un "superman", casi Dios, olvidando su creaturiedad y precariedad, pero elevada por el amor divino a su propio nivel.

9. "Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído". Como ellos, nosotros, bendigamos y glorifiquemos a la Santa Trinidad que ha querido enviarnos a Jesús, Verbo Divino encarnado, para hacer su morada entre los hombres, vivir como ellos y entre ellos, para salvarlos, con la salvación que ha puesto en marcha.

10. Y abramos nuestro corazón para que la Navidad se prolongue durante toda nuestra peregrinación por este tierra. Jesús, en seguida, vivo sobre el altar, como en Nochebuena y en la cueva de Belén. Venid, adoremos.

J. Marti-ballester

(1) (Ti 3, 4)

(2) (Ib).

 

 

Juan Jose Gravet

 

 

Para contemplar con el Prologo de Juan, una metáfora, un poco de neurociencia y un poema.

A algunos, Navidad, les parece un sueño de niños. Y es verdad. Eso sí, los sueños de niño son los más verdaderos de la vida, los que intuyen lo esencial.

Está el que soñó ser santo, la que soñó ser maestra y el que soñó ser bombero…

Los sueños que soñamos de niño nos llevan de la mano en la vida, nos indican misteriosamente a qué debemos ser fieles y a qué no y cuando somos fieles a lo que soñamos ser de niños la alegría se enciende en nuestro interior.

Estas imágenes de los sueños de niño surgen de la contemplación del evangelio de hoy, que nos viene a decir que creemos en “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez”. Esta frase la venimos saboreando desde hace tiempo. Fue en el Adviento del 2004. Me gustó cuando la leí en una reflexión navideña de la Hna. Marta y la pusimos en la tarjeta de Navidad de ese año en el Hogar. Salió también en la contemplación del primer domingo de Adviento de aquel año:

“Dejar allí, en mi corazón pesebre, un lugarcito para sentir

que Él se sentirá a gusto, que le gustará estar de nuevo en mi casa, en mi corazón,

porque El no le hace asco a mi ser poca cosa,

todo lo contrario, se siente bien conmigo y con nosotros.

Porque Él es un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez …

Esta es una hermosa imagen de la Eucaristía.

Un Dios que se hace pan, un Dios que se queda escondido en un sagrario,

un Dios así pequeñito no puede ser sino un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez”.

Y al Cardenal Bergoglio le gustó la frase de la tarjeta que le mandamos y usó la imagen en su prédica de aquella Nochebuena:

“En el relato del nacimiento de Jesús, que acabamos de escuchar, cuando los ángeles les anuncian a los pastores que ha nacido el Redentor les dicen: “…y esto les servirá de señal encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre…” Esta es la señal: el abajamiento total de Dios. La señal es que, esta noche, Dios se enamoró de nuestra pequeñez y se hizo ternura; ternura para toda fragilidad, para todo sufrimiento, para toda angustia, para toda búsqueda, para todo límite; la señal es la ternura de Dios y el mensaje que buscaban todos aquellos que le pedían señales a Jesús, el mensaje que buscaban todos aquellos desorientados, aquéllos que incluso eran enemigos a Jesús y lo buscaban desde el fondo del alma era éste: buscaban la ternura de Dios, Dios hecho ternura, Dios acariciando nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez” (Desgrabación de la homilía del 24 de diciembre de 2004).

Estanislao Bachrach, en su Bestseller “AgilMente”, dice que las metáforas descansan el cerebro: “El cerebro no sabe leer: ve pequeñas imágenes y las reconoce y dice “esto es una A, esto es una R”. El cerebro lo que conoce son imágenes, y éstas consumen mucho menos energía que las palabras. Las metáforas o historias son formas habladas o contadas de poner imágenes: contar un proyecto con una historia o una metáfora lo resume muy bien y es muy eficiente para ahorrar energía (…) Cuando se estudia a los ejecutivos más eficientes, se puede ver que tienen la capacidad natural o aprendida de simplificar las cosas complejas: un proyecto de 200 conceptos y variables, resumirlo en 6 palabras. Un ejemplo de lo que sería simplificar: cuando los escritores de la película ALIEN, fueron a buscar dinero a Hollywood, entraron al estudio y dijeron: ‘La película Tiburón, pero en el espacio’.”

Bueno, esto para usar el lenguaje de la Neurociencia (que descubre la pólvora que ya había descubierto Aristóteles con eso de que “pensamos resolviendo los conceptos en imágenes” y que “crear metáforas es signo de la mayor inteligencia”).

La imagen de un “Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” le permite al Niño descansar en nuestra mente como en su pesebrito y nos simplifica el trabajo de leer el prólogo de Juan, que no deja de ser fatigoso en conceptos si no sabemos leerlo contemplativamente, mirando las imágenes que utiliza. Conceptualmente, Juan nos viene a decir que Jesús es Dios, es la Palabra que está escondida en el origen de toda la creación y de toda creatura, y ese origen todopoderoso, capaz de crear el universo entero no tiene problemas en hacerse carne y habitar entre nosotros. No solo no le queda chica la creación sino que se siente cómodo creciendo en el vientre purísimo de María, siendo recostado en un pesebrito, viviendo en Nazareth y hasta en la incomodidad cruenta de la Cruz: nada de lo creado hace mella en su grandeza.

La metáfora del Dios enamorado de nuestra pequeñez contiene muchas imágenes que descansan y hacen bien porque nos liberan de otras imágenes que, con sus contradicciones, nos inquietan y atormentan. La imagen de la pequeñez de Dios expulsa con su lucecita las tinieblas de sentirnos habitando un planeta microscópico perdido en la oscuridad del espacio en vertiginosa y muda expansión hacia la nada. Nuestra mente, en vez de dispersarse hacia el vacío se concentra en la vida que late en el interior del universo, vida que resume toda la historia del cosmos y la sintetiza en la fragilidad de la carne humana. No buscamos a Dios en el vacío del cielo sino en los ojos de un niño que nos sonríe, en cuyas pupilas se abre la puerta para que “El que está encima de los cielos” irrumpa en nuestra historia.

La pequeñez no se ve avasallada por la grandeza sino que, por el contrario, la contiene. Lo verdaderamente grande es lo cualitativo, lo que unifica y simplifica grandezas espaciales y las vuelve vida, al no dejar que se dispersen.

La imagen de un Dios enamorado de nuestra pequeñez espanta esas imágenes de dioses todopoderosos, castigadores, obsesionados por imponer su autoridad y controlar a los humanos. Estas imágenes se pegaron a lo largo de la historia al cristianismo pero siguen chocando contra la roca de las tres imágenes centrales del evangelio de Jesús: la del niño en el Pesebre, la de Jesús crucificado y la del Señor resucitado saliendo al encuentro de nuestra cotidianeidad.

Ahora bien, la clave de la metáfora no está en la pequeñez en sí misma sino en la palabra “enamorado” con su aporte de dulzuras, de sueños y ternuras.

Estar enamorado son dos palabras pequeñitas que contienen un universo de imágenes y nos abren la puerta para que entre el mismo Dios. No hay como releer a Francisco Luis Bernárdez para descubrir en esta metáfora la fuente de agua viva de todas las metáforas. Puede ayudarnos contemplar al Niño y sentir y gustar lo que vale esta metáfora “estar enamorado” para que se nos revelen los sentimientos de Dios para con nuestra pequeñez:

 

Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo a la vida.

Es dar al fin con las palabras que para hacer frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento que por encima de la carne respira.

Es contemplar, desde la cumbre de la persona, la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.

Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.

Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

…..

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana con el secreto de las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas o son propias las lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.

Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre, y en adelante no volver a decir nunca.

Y es, además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

Me quedo hoy con la imagen de “Es encontrar el nombre justo a la vida”.  Nombrar a Dios con el Nombre santo de “Enamorado de nuestra pequeñez” nos permite descansar en la imagen primordial del Niño recostado en el Pesebre, arropado por María, protegido por José… Esa imagen de creaturas amadas y cuidadas es la más real de nuestra vida. Eso somos, así nacimos, gracias a esos cuidados amorosos crecimos y siempre estamos necesitados de ellos. Somos pequeños y deseamos ser “amados en nuestra pequeñez”. Enamorada es aquella persona a la que le encanta conocer y compartir los detalles más insignificantes de nuestra vida. Que Jesús sienta ese amor por nosotros nos revitaliza y nos llena de alegría el corazón.

 

 

Recibir a la Palabra hecha carne

Estuve rezando esta semana para encontrar algunas imágenes simples para compartir en Navidad. Buscaba algo sencillo y que hiciera bien, que alimentara el corazón y refrescara la sed de Dios que sufre nuestro tiempo y cada uno de nosotros que estamos inmersos en él… Hay muchos cuentos lindos en estos días, pero a mí me parece que el relato más lindo es el de la Navidad misma –cada uno de los pasajes del evangelio es una joyita para contemplar- y también sentía que cuando el evangelio mismo toca nuestra afectividad lo que hay que hacer no es sobrecargarla sino aprovechar que cada uno ya la siente como algo Bueno y Hermoso y entonces se puede ahondar en la Verdad.

Y como la Verdad del evangelio (como la de la vida) brota teniendo en cuenta la totalidad de los textos y cada detalle, les comparto todos los evangelios de la Navidad y pongo el foco en dos o tres detalles.

Leemos primero el Evangelio de la Misa de la Aurora. Allí se nos da la clave de lectura. Se trata de contemplar e interpretar la Palabra con los ojos y el corazón de María, la Llenadegracia.

Después que los ángeles volvieron al cielo,

los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado.»

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido acostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,

y todos los que los escuchaban quedaron admirados

de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas

y las meditaba en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios

por todo lo que habían visto y oído,

conforme al anuncio que habían recibido

(Lucas 2, 15-20 –Misa de la Aurora).

Recibimos la Palabra hecha carne contemplándola con los ojos de María. Los ojos de María que miran sopesando con amor las cosas que conserva en su Corazón. En griego dice algo así como “simbolizando”. María piensa simbolizando, encarnando la Palabra, rumiándola de manera que luego todos podemos alimentarnos de ella.

Lucas nos da la clave porque en la Misa de la Aurora dice que María “guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón”. Lo que equivale a decir que todo lo narrado “lo contó Ella”, la única testigo ocular del nacimiento de Jesús, ya que san José había muerto hacía tiempo.

Así, no sólo se trata de leer el evangelio sino de contemplar lo que se nos narra con los ojos del que narra, que son “eclesiales”.

Juan, por ejemplo, narra “lo que hemos visto y oído”, Lucas lo que le narraron los testigos, nuestra Señora en primer lugar. En esto Lucas es consciente de que lo que escribe debe ser fiel a lo que sienten los testigos y por eso pone algunas claves para dar a entender que es “testigo de la Testigo”, de la que conservó las cosas en su corazón. Lo dice expresamente al comenzar su evangelio: “Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc. 1, 1-4).

Díganme si no es una “clave” poner allí “servidores de la Palabra”. Y aquí viene el detalle: Lucas utiliza “uperetai” –remeros de abajo en un barco (cuando había dos o tres niveles de remeros)-. Es el puesto más humilde y más duro. Quizás lo elige para no utilizar “doules” –esclava- que lo reserva para María.

La actitud de María da la clave desde el comienzo del Evangelio mismo acerca de cómo se hace para servir a la Palabra: la Palabra se hace carne y ella la acoge en la Fe, la cuida y la medita, y se vuelve su alumna. Su vida transcurre entre su respuesta personalísima -“hágase en mí según tu Palabra”- y su recomendación eclesial -“hagan todo lo que Él les diga”-.

En Ella, la Llenadegracia, se hace carne Jesucristo, el “Hijo lleno de gracia y de verdad”, como dice Juan.

Y nosotros somos remeros de abajo, bien en contacto con las aguas de esta sociedad de valores líquidos.

Más allá de la etimología, Lucas quiere dejar en claro que la Palabra es lo que cuenta y que:

los que la “guardan en su corazón”,

los que la “contemplan con sus ojos”,

los que la “predican con sus palabras”,

los que la “interpretan en sus estudios”

y los que “tratan de ponerla en práctica” son (somos) simples “servidores”.

Diego Fares sj

 

 

Primera lectura

Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios

1. Ambientación

Entre el 586 y el 539 antes de Cristo, el pueblo de Dios experimenta la dura prueba del Exilio en Babilonia. La frustración por la derrota y por la humillación nacional, se une a las penalidades de Jerusalén y a la desesperación por comprobar cómo la ciudad de Dios, orgullo de todo israelita, ha sido reducida a cenizas. El pueblo exiliado, siente que Dios le ha abandonado definitivamente y que se ha olvidado de Judá (algunos se preguntan si Yahvé será el Dios liberador, como dice la teología de Israel, o será alguien incapaz de proteger a su Pueblo y de salvar a Judá).

Rodeado de enemigos, perdido en una tierra extraña, amenazado en su identidad, sin perspectivas de futuro, con la fe sacudida, Judá está desolada y abandonada y no ve salida para su triste situación. Cuando, ya en la fase final del Exilio, las victorias de Ciro, rey de los Persas, anuncian el fin de Babilonia, los exiliados comienzan a entrever una pequeña luz al final del túnel; pero entonces, la liberación les parece el resultado de la acción de un rey extranjero y no el resultado de la acción liberadora de Yahvé. Y eso agrava más todavía la crisis de confianza en Yahvé por parte de los exiliados.

El Deutero-Isaías, autor de este texto, es un profeta que ejerce su misión entre los exiliados de Babilonia, procurando consolar y mantener viva la esperanza a un pueblo desilusionado y decepcionado porque la liberación tarda. Los capítulos que recogen su mensaje (Is. 40-55) se llaman, por eso, “Libro de la Consolación”. Este texto que hoy leemos forma parte de la segunda parte del “Libro de la Consolación” (Is. 49-55). Ahí, el profeta (que en la primera parte - Is 40-48 – había anunciado, sobre todo, la liberación del cautiverio y um “nuevo éxodo” del Pueblo de Dios, rumbo a la Tierra Prometida) habla de la reconstrucción y de la restauración de Jerusalén. El profeta asegura que Dios no se ha olvidado de su ciudad en ruinas y va a volver a hacer de ella una ciudad bella y llena de vida, como una novia el día de su boda. Es en este encuadramiento donde podemos situar la primera lectura de hoy.

2. Mensaje

A la ciudad en ruinas, llega al mensajero que trae la “buena noticia” de la paz (“shalom”: paz, bienestar, armonía, felicidad). Anuncia la “salvación” y proclama el reinado de Dios sobre su Pueblo y su ciudad. Terminó, por tanto, el sufrimiento y la opresión. “Salvación” y “reinado de Dios” van paralelos: la “salvación” llega porque Dios se proclama rey. Él no reinará a la manera de los reyes que conducían al Pueblo por caminos de muerte y de desgracia, sino que ejercerá la realeza para proporcionar la “salvación”, esto es, inaugurando una era de paz, de bienestar y de fidelidad sin fin.

El poeta sitúa a los centinelas de la ciudad mirando en todas las direcciones por donde deberá llegar el Señor. El grito de los centinelas no es de alarma, sino de alegría contagiante: ellos ven al mismo Señor volver a su ciudad. Con Dios, Jerusalén volverá a ser una ciudad bella y armoniosa, llena de alegría y de fiesta. El poeta invita a las propias piedras de la ciudad en ruinas a cantar a coro, porque la redención ha llegado. Y esa salvación será testimoniada por toda la tierra, como si el mundo estuviese con la mirada puesta en la acción victoriosa de Dios en favor de su Pueblo.

3. Actualización

La reflexión podría hacerse a partir de los siguientes elementos: La alegría por la liberación de la cautividad de Babilonia y por la “salvación” que Dios ofrece a su Pueblo y a su ciudad, anuncia otra liberación, plena y total que Dios va a ofrecer a su Pueblo a través de Jesús. El nacimiento de Jesús, el Dios que vino al encuentro de su Pueblo y de su ciudad con una propuesta de salvación, nos anuncia que la opresión terminó y que el “reinado de Dios” ha alcanzado a nuestra historia.

La alegría contagiosa de los centinelas y los cantos de alegría de las propias ruinas de la ciudad nos invitan a acoger con alegría al Dios que viene a visitarnos: con su presencia en medio de nosotros, comienza a concretarse esa liberación plena prometida por Dios.

¿Es esa alegría la que nos anima?

Los centinelas atentos que, en las montañas alrededor de Jerusalén, vigilan la llegada del Dios libertador, son un modelo para nosotros: nos invitan a leer atentamente, los signos de los tiempos y a anunciar al mundo la llegada de Jesús. ¿Somos centinelas atentos que descubren los signos del Señor por los caminos de la historia y anuncian su “reinado”?

Evangelio

La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros

1. Ambientación

La Iglesia primitiva recurrió, frecuentemente, a himnos para celebrar, expresar y anunciar su fe. El prólogo al Evangelio de Juan que hoy nos es propuesto es un buen ejemplo de eso. No se sabe a ciencia ciertasi este himno fue compuesto por Juan o si el autor del Cuarto Evangelio utilizó un primitivo himno cristiano conocido por la comunidad joánica, adaptándolo de forma que sirviese de prólogo a ese texto tan peculiar que es el Evangelio según Juan. Lo que sí sabemos es que el himno cristológico que ha llegado hasta nosotros expresa, en forma de confesión, la fe de la comunidad joánica en Cristo en cuanto Palabra, en cuanto a su origen eterno, a su procedencia divina, a su influencia en el mundo y en la historia, haciendo posible, a cuantos crean en él, ser “hijos de Dios”. Esas grandes líneas aquí enunciadas van a ser desarrolladas después por el evangelista a lo largo de su obra.

2. Mensaje

Al utilizar la expresión “en el principio”, Juan enlaza su evangelio con el relato de la creación (cf. Gn. 1,1), ofreciéndonos así, desde luego, una clave de interpretación para su escrito. Aquello que él va a narrar sobre Jesús, está en relación con la obra creadora de Dios: en Jesús va a acontecer la definitiva intervención creadora de Dios en el sentido de dar vida al hombre y al mundo. La actividad de Jesús, enviado del Padre, consiste en hacer nacer un hombre nuevo; su acción corona la obra creadora iniciada por Dios “en el principio”.

Juan comienza presentando a la “Palabra” (“Logos”). La “Palabra” es, de acuerdo con el autor del Cuarto Evangelio, una realidad anterior al cielo y a la tierra, implícita ya en la primera creación.. Esta “Palabra” se presenta, así, con las características que el Libro de los Proverbios atribuía a la “sabiduría”: preexistencia (cf. Pr. 8,22-24) y colaboración con Dios en la obra de la creación (cf. Pr. 8,24-30). Sin embargo, esa “Palabra” no sólo estaba junto a Dios y colaboraba con Dios, sino que también “era Dios”. Se identifica totalmente con Dios, con el ser de Dios, con la obra creadora de Dios. Dios se hace inteligible a través de la “Palabra”. Esa “Palabra” es generadora de vida para el hombre y para el mundo, concretando el proyecto de Dios.

La “Palabra” vino al encuentro de los hombres, y se hizo “carne” (persona). Juan

identifica claramente la “Palabra” con Jesús, el “Hijo único, lleno de amor y de verdad”, que vino al encuentro del hombre. Em esa persona (Jesús), “lleno de amor y de verdad”, podemos contemplar el proyecto ideal del hombre, el hombre que nos es propuesto como modelo por Dios, la meta final de la creación de Dios.

Esa “Palabra” “plantó su tienda en medio de nosotros”. El verbo “skênéô” (“plantar la tienda”), aquí utilizado, alude a la “tienda del encuentro” que, en el caminar por el desierto, los israelitas montaban en medio o al lado del campamento y que era el local donde Dios residía en medio de su Pueblo (cf. Ex. 27,21; 28,43;29,4). Ahora, la “tienda de Dios”, el lugar donde habita en medio de los hombres, es el hombre-Jesús.

Quien quiera encontrar a Dios y recibir de él vida en plenitud (salvación), es a Jesús a quien se tiene que dirigir. La función de esa “Palabra” está ligada al binomio vida-luz que él nos trae. A lo largo del Evangelio, Juan irá mostrando esa historia de confrontación entre la vida-luz y el sistema injusto y opresor que pretende mantener a los hombres prisioneros del egoísmo y del pecado (y que Juan identifica con la Ley.

Los dirigentes judíos que se enfrentar a Jesús son el rostro visible de esa Ley).

Rechazar la vida-luz, significa preferir continuar caminando por las tinieblas (en la mentira, en la esclavitud), independientemente de Dios; significa rechazar el llegar a ser hombre pleno, criatura acabada.

Pero el acontecimiento de la “Palabra” implica la participación en la vida de Dios.

Juan dice acoger la “Palabra” significa hacerse “hijo de Dios”. Para quien acoge la “Palabra”-Jesús, comienza una nueva relación entre el hombre y Dios, aquí expresado en términos de filiación: Dios da la vida en plenitud al hombre, ofreciéndole, así, una vida de calidad que potencia su ser y le permite crecer hasta la dimensión del hombre nuevo, del hombre acabado y perfecto. Esto es una “nueva creación”, un nuevo nacimiento, que no provienen de la carne o de la sangre, sino de Dios.

La encarnación de Jesús significa, por tanto, la oferta que Dios hace a la humanidad de la vida en plenitud. Siempre existió en el hombre el ansia de vida plena, conforme al proyecto original de Dios; mas, en realidad, ese ansia queda muchas veces frustrado por el dominio que el egoísmo, la injusticia, la mentira y la opresión (el pecado) ejercen sobre el hombre. Toda la obra de Jesús consistirá en capacitar al hombre para la vida nueva, la vida plena, a fin de que pueda realizar en sí mismo el proyecto de Dios, la semejanza con el Padre.

3. Actualización

Perspectivas para la reflexión y actualización del texto: La transformación de la “Palabra” en “carne” (en el niño del pesebre de Belén) es la grandiosa aventura de un Dios que ama y que, por amor, acepta revestirse de nuestra fragilidad para darnos vida en plenitud. Este día, se nos invita a contemplar, con una actitud de serena adoración, ese increíble paso de Dios, expresión extrema de un amor sin límites.

Acoger la “Palabra” es dejar que Jesús nos transforme, nos dé la vida plena, a fin de convertirnos verdaderamente en “hijos de Dios”.

¿El portal de Belén que hoy contemplamos es, únicamente, un cuadro bonito y

tierno, o es una interpelación a acoger la “Palabra”, de forma que nos haga crecer hasta la dimensión de ser hombres nuevos?

Hoy, como entonces, la “Palabra” continúa enfrentándose con los sistemas generadores de la muerte y trabajando para eliminar todo lo que quita la vida plena y la felicidad del hombre. Sensibles a la “Palabra” viva de Dios, ¿cómo nos situamos ante todo aquello que quita la vida al hombre?

¿Podemos pactar con la mentira, el oportunismo, la corrupción, la violencia, la exploración de los pobres, la miseria, las limitaciones a los derechos del hombre, la destrucción de la dignidad de los más débiles?

¿Jesús (ese niño del pesebre) es para nosotros la “Palabra” suprema que da sentido a nuestra vida, o dejamos que otras “palabras” nos condicionen y nos induzcan a buscar la felicidad por caminos de egoísmo, de alienación, de comodidad, de pecado? ¿Cuáles son esas “palabras” que a veces nos seducen y nos apartan de la “Palabra” eterna de Dios que resuena en el Evangelio que Jesús nos vino a proponer?

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj. - www.scj.es

 

 

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