Óscar Arnulfo Romero - 24 de marzo de 1980 - El Salvador

«San Romero de América», arzobispo de San Salvador, El Salvador, profeta y mártir. Oscar Arnulfo Romero nación el día de la asunción de la Virgen María, el 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios de El Salvador.

Óscar era el segundo de siete hermanos, pertenecientes a una familia de origen humilde. En su infancia destacó por un carácter tímido y reservado, su amor por lo sencillo y lo sagrado y su enorme interés por las comunicaciones, afición que conservó durante toda su vida.

A los 25 años fue ordenado sacerdote. Continuó estudiando en Roma para completar su tesis, hasta ser sorprendido por la II Guerra Mundial, motivo por el cual regresó a El Salvador. Su primera parroquia fue en San Miguel donde realizó su labor pastoral durante más de 20 años. Allí Oscar fue muy querido. Su don natural para la oratoria, junto con su capacidad de interpretar el sentir de su pueblo y enmarcarlo en el potencial de vida que la fe provee, convirtieron sus homilías y predicaciones en uno de los acontecimientos más importantes para los feligreses. Durante este tiempo impulsó numerosos movimientos apostólicos y gran cantidad de obras sociales.

En 1970, la Iglesia lo llamó a proseguir su camino pastoral elevándolo al ministerio episcopal como Obispo Auxiliar de San Salvador, que tenía al ilustre Mons. Luis Chávez y González como Arzobispo y como Auxiliar a Mons. Arturo Rivera Damas. Con ellos compartiría su desafío pastoral y en el día de su ordenación episcopal dejaría claro el lema de toda su vida: "Sentir con la Iglesia".

Esos años como Auxiliar fueron muy difíciles para Monseñor Romero. Como Auxiliar, fue nombrado director de semanario Orientación , el cual se convirtió en uno de sus más grandes fracasos debido a su característica de mal administrador. Luego de muchos conflictos en la Arquidiócesis, la sede vacante de la Diócesis de Santiago de María fue su nuevo camino.

El 15 de octubre de 1974 se le nombró Obispo de esa Diócesis.

En el país la situación social, política y económica era grave y para la Iglesia el conflicto era evidente: sacerdotes expulsados, secuestrados, campañas difamatorias contra el Arzobispo y su Auxiliar y muchos sacerdotes fueron acusados de comunistas. La Iglesia comenzó a ser perseguida por defender los derechos humanos, pero sumado a ello existía una división jerárquica lo que complicó más la situación a nivel a eclesial.

En medio de ese ambiente de injusticia, violencia y temor, Monseñor Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977. Su nombramiento sorprendió a muchos. Se había nombrado arzobispo no al auxiliar del arzobispo, sino al amigo del presidente Molina, al amigo de los cafetaleros, al que había criticado y despreciado la pastoral de la archidiócesis, etc. Comentarios de este estilo corrían entre el clero y los laicos comprometidos en la pastoral. En cambio, las esferas gubernamentales y militares del país, así como las esferas del poder económico, se alegraban mucho del nombramiento, ya que ante la violencia desatada en El Salvador, Monseñor había adoptado más una actitud de resignación que de denuncia.

Sin embargo el 12 de marzo del mimo año, se produce la muerte que provocó la unión del clero en torno al arzobispo, la del padre Rutilio Grande. Un sacerdote consciente, activo y sobre todo comprometido con su fe. Frente al cadáver del padre Rutilio, en el vigésimo día de su arzobispado, Mons. Romero sintió el llamado de Cristo para vencer su natural timidez humana, una maduración lenta y progresiva había llegado a su punto y con motivo de este asesinato sin precedentes, decidió celebrar una misa única el 20 de marzo lo cual fue el primer signo de conflicto con los poderes del país, la jerarquía eclesiástica salvadoreña y algunos dicasterios de Roma, pero a la vez significó el principio y el signo visible de la unión con su clero, su pueblo y su fe en el Dios de la vida.

Las oficinas del Arzobispado siempre estaban llenas de personas de toda clase que esperaban conversar con Monseñor: ricos, campesinos, jóvenes militares, protestantes, estudiantes, ideólogos, etc.

En el transcurso de su ministerio Arzobispal, Mons. Romero se convirtió en un implacable protector de la dignidad humana, sobre todo de los más pobres; esto lo llevó a emprender una actitud de denuncia contra la violencia y sobre todo a enfrentar cara a cara los regímenes del mal. Nunca nadie pudo sobornar sus intenciones, ni mucho menos desmentir sus denuncias porque estaban basadas en preceptos de justicia y verdad. Sus homilías se convirtieron en una cita obligatoria de todo el país cada domingo. Desde el púlpito iluminaba a la luz del Evangelio los acontecimientos del país y ofrecía rayos de esperanza para cambiar esa estructura de terror.

A raíz de su actitud de denuncia, Monseñor Romero comenzó a sufrir una campaña extremadamente agobiante contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma, cotidianamente eran publicados editoriales, campos pagados, anónimos, etc., donde se insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la integridad física de Monseñor.

Su fidelidad insobornable al evangelio le llevó a una muerte martirial el 24 de Marzo de 1980. Su muerte sancionó para siempre su vida conforme al Evangelio, con la renuncia total de sí mismo y su entrega a la causa de la cruz, con el Espíritu de las bienaventuranzas.