CRUZ - CONFLICTIVIDAD - MARTIRIO

Ser cristiano es seguir a Jesús, y seguir a Jesús es acompañarlo cargando su cruz diariamente. «El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz cada día y que me siga».

El crucifijo ‑ la cruz con el Crucificado‑ ha pasado a ser el símbolo más universal del cristianismo; desgraciadamente el más banalizado también, en joyas, en los bancos, en tribunales inicuos, en edificios ostentosos y en la mortal compañía de la espada de tantos conquistadores.

En el apartado «penitencia liberadora» explicitamos lo que es y lo que no es la cruz, particularmente en orden a la reparación del pecado y al dominio de sí. En este apartado queremos subrayar específicamente cinco aspectos mayores de la cruz cristiana:

- la pobreza

- el sufrimiento y la muerte

- la abnegación y la renuncia

- la conflictividad

- el martirio

1. La mayor parte de la humanidad, un 80%, sobrevive en la pobreza. En América Latina el 44% malvive en la miseria 1. Esta situación es una cruz colectiva, diaria y creciente. Podría ser superada en gran parte si el orden económico mundial, las relaciones Norte-Sur y las estructuras internas de cada país fueran otras.

Entretanto la pobreza y la miseria están ahí, en Nuestra América, en nuestras calles y campos, en la carne de nuestro pueblo.

También esa pobreza ha de ser vivida con espiritualidad. ¿Como?

  Desde luego condenándola y combatiéndola visceralmente como contraria a la voluntad del Padre‑Madre Dios, como raíz de mucha muerte prematura e injusta y de mucho sufrimiento y desesperación acumulados.

La espiritualidad de la liberación, por ser explícitamente cristiana y liberadora, debe asumir el combate a la pobreza como una virtud fundamental de su talante profético, de su solidaridad fraterna y de su servicio al prójimo.

Cuando la pobreza habita nuestra propia casa, debemos también, en primer lugar, descubrir sus raíces y sus posibles soluciones. La primera forma del amor familiar será luchar contra esa pobreza, para que haya vida y alegría en casa. No podemos ser pobres sin espíritu; a los «pobres con espíritu» ‑ según la versión de Mateo‑ les prometió Jesús su bienaventuranza.

En segundo lugar habremos de luchar contra esa pobreza uniéndonos a los demás pobres organizadamente. No somos pobres por casualidad, ni lo somos individualmente. Somos una inmensa colectividad empobrecida, producto de la dominación y de la explotación. No es el Dios de la Vida quien nos hace o nos quiere pobres; son los dioses de  la muerte: el capital, la corrupción pública, la dependencia y, a veces, factores hereditarios o nuestra propia inercia y claudicación. De todos modo, para nuestra fe, y en comunión con Jesús pobre, podemos hacer siempre de la pobreza, en cualquier circunstancia, cruz de la Cruz. La conformidad con la voluntad de Dios ‑ que no es conformismo‑ es un rasgo fundamental de los pobres de Yavé, en el Antiguo Testamento, y de los «crucificados con Cristo», en el Nuevo.

Por otra parte, y dentro de ese proceso lúcido y constante de denuncia y combate de la pobreza y sus causas, estructuras y consecuencias, los que no somos tan pobres en América Latina ‑y en cualquier lugar donde haya pobres‑ debemos vivir constantemente alerta para descubrir esa misma pobreza y aproximarnos a ella, para com‑padecer a los pobres y compartir sus carencias, sus reivindicaciones y sus luchas. No podemos afrontarlos con ningún tipo de lujo o de superfluidad en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras instituciones, civiles o eclesiásticas. Que los pobres no puedan blasfemar el nombre de Dios por el escándalo de una fe despilfarradora e insolidaria. Es inconcebible una Iglesia, una casa religiosa, un sacerdote, un agente de pastoral, pero también una familia y cualquier laico o laica cristianos, derrochando lo que a la mayoría le falta; o negándose a compartir con esa mayoría, no apenas una limosna o una visita esporádica, sino la entera vida familiar, religiosa, eclesiástica.

Ser cristiano en América Latina es estar cerca de los pobres, asumir las causas de los pobres y, en cierta medida también, vivir «como» los pobres. O, de lo contrario, se niega en la práctica el mandamiento nuevo, y la solidaridad y el Evangelio se tornan un sarcasmo.

Ser cristiano en América Latina es vivir constantemente y organizadamente la opción por los pobres: siendo pobre de otro modo, por el Espíritu; o, por el mismo Espíritu, haciéndose pobre con los pobres. En la bienaventuranza de la pobreza evangélica y en la lucha contra la pobreza inhumana. Pobres y no pobres, pero viviendo todos la opción por los pobres, debemos hacer práctica habitual entre nosotros la distinción y la exhortación de Medellín en su documento «Pobreza de la Iglesia»: combatir la pobreza real como un mal, vivir la pobreza espiritual como despojamiento y disponibilidad a la voluntad de Dios, y hacer de la solidaridad la convivencia fraterna y la lucha diarias.

2. El sufrimiento, como dolor, enfermedad física o psíquica, deficiencia natural o adquirida, soledad, accidente, decrepitud… y, al fin, como muerte, es simultáneamente un misterio y una connaturalidad en nuestra condición de seres finitos y mortales. Cada día tiene su propio afán (Mt 6, 34) y cada edad sus propios sufrimientos.

Nunca la humanidad ha podido ni podrá expulsar totalmente el sufrimiento de su propio camino, aunque tenga el derecho y el deber fundamental de combatirlo y aminorarlo constantemente 2. El sufrimiento de Job traspasa toda la historia humana, en cualquier civilización. Gustavo Gutiérrez 3 nos ha ayudado a sentir dramáticamente vivo y poderosamente evangelizador ese Job colectivo que es el Pueblo latinoamericano.

Siempre la humanidad se ha preguntado y se preguntará sobre el porqué del sufrimiento 4 inocente o aparentemente inútil o abiertamente injusto. El desafío para nosotros, los cristianos, es descubrir el sentido del sufrimiento y vivirlo según la voluntad de Dios, quizá en la fe desnuda, para vivir a Dios también desde el sufrimiento y desde el sufrimiento hablar de Dios, para hacer entrar todo sufrimiento en la dinámica del Reino, como la Cruz de liberación, y no como cruz de maldición. Nosotros conocemos definitivamente que podemos pasar de la muerte a la vida (1 Jn 3, 14), del sufrimiento a la alegría por la palabra, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Por Jesús, el Siervo Sufriente por antonomasia, y el «primero en nacer de entre los muertos», sabemos y podemos sufrir bien, y debemos ayudar a bien sufrir.

Abiertos, sin ansiedades, a las contingencias de la vida, en la salud, en la economía, en la posición social, o en los accidentes dolorosos de cualquier especie. La primera actitud cristiana delante del sufrimiento es reconocer la acción liberadora de Dios también en él.

En segundo lugar, delante del sufrimiento, debemos saber conjugar la oración confiada ‑que a veces será la oración de Getsemaní «pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya»‑, con todas las soluciones humanas que estén a nuestro alcance. Jesús no buscó el sufrimiento. La cruz no es pasividad.

En tercer lugar, con generosidad de espíritu, debemos evitar hacer sufrir a los demás descargándoles nuestro propio sufrimiento. No es lo mismo ser voluntariamente cireneos que obligar a los demás a serlo. Esta capacidad de llevar el propio sufrimiento, sin exteriorizarlo y sin crear clima de sufrimiento a nuestro alrededor, es particularmente necesaria dentro de la familia, por la proximidad y la continuidad con que en ella se vive.

En cuarto lugar, debemos saber organizar el mismo sufrimiento. Sea en el ritmo personal de la vida, sea participando en actividades o entidades de las diferentes pastorales del sufrimiento: la pastoral de los enfermos y de los discapacitados, de los refugiados, desplazados o marginados

Ante la muerte, la única actitud verdaderamente cristiana es pascual. La muerte ya ha sido vencida (1 Cor 15, 54-57) en Aquel que murió con todas nuestras muertes y por todos nosotros (1 Ts 5, 10; 1 Cor 15, 3). La espiritualidad cristiana, más aún aquí donde la muerte es tan multitudinariamente cotidiana y absurda, debe aprender a vivir la muerte y enseñar a afrontarla y a transformarla. Primero, combatiéndola, porque nuestra espiritualidad, espiritualidad del Espíritu de Vida, nunca podrá ser suicida, evidentemente. Segundo, acompañándola en los familiares o amigos que se sienten visitados por la muerte, sobre todo cuando se trata de una muerte injusta, en caso de persecución, marginación o cualquier tipo de violencia. Tercero, delante de la muerte debemos sacar siempre y ayudar a sacar lecciones de vida, en favor de la salud, de la promoción social, de la seguridad en el trabajo… Finalmente, la espera de la muerte y su hora son mayormente aquel kairós habitual o puntual para vivir la esperanza. Muertos por el bautismo en la muerte y en la resurrección de Jesús, la muerte, ajena o propia, ha de ser para nosotros una vivencia sacramental, un testimonio de Pascua.

3. En la historia de la espiritualidad cristiana «cargar con la cruz», a petición de Jesús en el evangelio, ha significado también, sobre todo en los diferentes tipos de vida religiosa, la renuncia a ciertos derechos o comodidades normales en la vida «no consagrada». También ha significado, ya en un ámbito más general, la abnegación, el negarse a sí mismo, el mortificarse. Prácticas universalmente conocidas, como el ayuno, mortificaciones corporales, tiempos de vigilia, etc. han traducido en concreto esa abnegación.

El «negarse a sí mismo» y el renunciar «por el Reino» a bienes o derechos, intereses o comodidades, continúa siendo de vigente y urgente actualidad en la espiritualidad cristiana; hoy, sobre todo, frente al consumismo, hedonismo, despilfarro; cuando la miseria de la mayoría es cada vez más profunda y es cada vez más ancha y sofisticada la posibilidad de placer y disfrute por parte de una minoría egoísta. Y evidentemente, sigue y seguirá siendo siempre indeclinable aquella renuncia o abnegación que se  nos imponen para ser fieles a Dios y al prójimo, para controlar nuestras pasiones y para cumplir con los deberes privados o públicos.

Ya hemos dicho que hay ciertas constantes, también de sacrificio voluntario, que todas las religiones y culturas reclaman y hasta ritualizan. La santidad, en cualquier lugar y en todos los tiempos, es un proceso de purificación y de entrega, una oblación de sí y una disciplinada carrera hacia la plenitud del Amor (Flp 3, 12). La espiritualidad de la liberación, por el doble énfasis que da al seguimiento de Jesús y a la opción por los pobres, debe ser una espiritualidad de generosas renuncias «por el Reino».

Esas constantes, en su expresión, cambian y deben cambiar según los tiempos y los lugares. Uno de los graves errores de las espiritualidades «tradicionales» ha sido codificar excesivamente una ascética y una mística de ámbito y horizonte determinados creyendo que construían el edificio del Espíritu para siempre y para todo lugar.

Todos nosotros habremos de cargar con la cruz de la renuncia y de la abnegación en la vida de familia, en el trabajo y en el compromiso con el pueblo. Los tres ámbitos, además, habremos de llenarlos simultáneamente, asumiéndolos con coherencia y hasta en actitud de testimonio. Un cristiano que no sea capaz de abnegarse día a día, hasta en los detalles, y con alegre disponibilidad, en estos tres ámbitos básicos, no vive coherentemente su espiritualidad por muy heroico que pudiese parecer esporádicamente en la militancia o en la pastoral. La vida de matrimonio, la relación entre generaciones, la educación, el noviazgo, la disciplina inherente al trabajo en equipo y la servicialidad, la capacidad de comprensión y de perdón, así como las inclemencias del tiempo, de los viajes, los servicios imprevistos, las precariedades en la comida o en el descanso… son aquella primera cruz que hay que llevar continuadamente, con garbo espiritual, sin engañarse buscando cruces exóticas o reservándose sólo para la cruz de responsabilidades públicas y de tareas extraordinarias 5.

La guerrilla del Reino se libra no sólo ni principalmente en la montaña del heroísmo, sino sobre todo en el llano de la cotidianeidad.

  Como agentes de pastoral o animadores de la comunidad ‑laicos, religiosos, sacerdotes, pastores, obispos; ellos y ellas‑ habremos de hacer de la pastoral misma una cruz de redención y de liberación, consciente y generosamente llevada. No somos mercenarios, ni funcionarios, ni aficionados. Ni podemos encarar la pastoral como un servicio para tiempos libres, ni podemos seleccionar cómodamente los servicios pastorales que nos apetezcan, aun cuando tengamos el derecho y el deber de discernir según nuestras actitudes y las urgencias del pueblo y de la Iglesia. La pastoral es una cruz. El buen Pastor nos advirtió a tiempo y con su testimonio máximo que todo buen pastor sabe dar la vida por las ovejas (Jn 10, 11); no sólo dándola en un posible momento álgido, sino dándola día a día.

Esa cruz pastoral se desdobla en esas muchas astillas del trabajo en equipo, por la planificación, la ejecución disciplinada y la evaluación; renunciando al protagonismo y encajando con elegancia espiritual la incomprensión de los compañeros o de los superiores, o la ingratitud del pueblo mismo; ofreciéndose a veces para áreas o servicios que otros no quieren; manteniéndose con abnegada constancia en una misma pastoral o tarea aun cuando no aparezcan los frutos inmediatos o cuando los resultados parezcan contrarios. No olvidemos que el fracaso puede ser una cruz. No olvidemos que el grano de trigo muere primero, soterrado, para sólo después dar fruto (Jn 12, 24). No olvidemos que intentamos seguir al fracasado Jesús de Nazaret.

El Pueblo mismo,  en su diversidad cultural y complejidad familiar, por los apremios de la sobrevivencia, y bajo el bombardeo de propuestas contradictorias o de espejismos, sociales y religiosos, es una cruz para cualquier agente de pastoral comprometido. Huir de la cruz del Pueblo sería huir de la cruz de Cristo. En última instancia, la «máxima penitencia» y la mejor corona del agente de pastoral (Flp 4, 1) es el mismo Pueblo, a quien engendra (1 Co 4, 15).

Ni podemos caer en la tentación de valorar al pueblo solamente cuando se trata de los sectores populares ya organizados. Nuestra com‑pasión pastoral y cualquier servicio abnegado que ella reclame debe ir espontáneamente hacia esa muchedumbre anonimizada que anda «como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36).

Hoy, más que nunca, si queremos dar valor de vida y no sólo de slogan a la «nueva evangelización», la pastoral, muy característicamente en nuestro Continente, nos exige la renuncia a todo etnocentrismo y el esfuerzo constante, creativo y fácilmente incomprendido, de la inculturación real. Para unos, la mayor renuncia puede ser tener que despojarse de la vivencia de la propia cultura, nativa o asimilada, para encarnarse, como el Verbo, en la cultura del área pastoral a la que somos enviados. Para otros, la diaria abnegación será luchar contra viento y marea, desde la propia cultura marginada o prohibida, para que el Evangelio y la Iglesia se inculturen liberadoramente. Esta cruz de la inculturación 6, tan antigua como nueva, sólo ahora empieza a ser públicamente reconocida por la Iglesia en su evangélica fecundidad de cruz.

Además, la pastoral 7, dignamente ejercida, a pesar de las urgencias, nos exige la abnegación que supone el estudio, la información, la formación permanente. Y ante todo y sobre todo, la pastoral cristianamente liberadora nos exige la abnegación ‑silencio, escucha, oscuridad de la fe, riesgo de la disponibilidad‑ de una vida de oración 8 intensa y sostenida.

En América Latina, la vida religiosa viene encontrando en las últimas décadas, bajo la sabia animación de la CLAR 9, la ubicación latinoamericana de las renuncias y la entrega constitutivas de la vida religiosa. Con las comunidades «insertas» en el medio popular; desplazando hacia la frontera y la periferia de la sociedad antiguas residencias y energías; arriesgando, con los pobres de la tierra y con los militantes de los procesos populares, la tranquilidad, el prestigio, la salud y hasta la vida. Ya son legión las religiosas y religiosos que en nuestra Patria Grande han derramado su sangre por el Reino. No ha pasado la hora de la vida religiosa, menos aún en América Latina. Nuevas experiencias y la mayor compenetración de la misma vida religiosa con la vida laical prometen una floración providencial.

Y en la vida religiosa, de ayer y de hoy, de los antiguos desiertos o de nuestra América, los tres votos de pobreza, castidad y obediencia fueron, son y serán la concretización de la cruz asumida en comunidad de vida, de testimonio y de evangelización. Los tres, sin embargo, habrán de sentirse cada vez más connotados por la referencia al modo de vida del pueblo pobre y al servicio eficaz de las mayorías, y por la contestación profética a los ídolos del placer, del tener y del poder. El hecho de que esa vida religiosa se constituya básicamente en comunidad reclama necesariamente esa renuncia constante que es la propia vida comunitaria bien llevada. Una «vida  realmente común» no sólo dentro de la propia comunidad religiosa, sino también con la gran comunidad de los pobres, actualiza proféticamente para los religiosos y religiosas la antigua «máxima» penitencia, sea cual fuere el respectivo carisma y ministerio 10.

4. Como personas, como sociedad, como Iglesia, si vivimos fielmente nuestra espiritualidad y sus radicales consecuencias, habremos de abrazar inevitablemente la cruz del conflicto. Porque la conflictividad es un rasgo esencial en la vida histórica de Jesús sigue siendo un rasgo esencial de la vida histórica de sus seguidores:

- la conflictividad con los propios familiares y compañeros 11;

- la conflictividad con los poderes e intereses de este mundo 12

- la conflictividad con la sinagoga y el templo 13 de una curia cerrada, o una legislación impositiva o un jerarquismo o clericalismo exacerbados.

Desde que nuestros Pueblos despertaron con una nueva conciencia frente a su realidad de cautiverio y se incorporaron en pie de liberación, América Latina se ha convertido en el Continente de la conflictividad.

Organizaciones populares y comunidades eclesiales de base, militantes y agentes de pastoral en sus diferentes niveles, intelectuales, artistas y teólogos de la liberación, aldeas enteras y muchedumbres anónimas del pueblo cristiano de América Latina, durante las dictaduras militares o bajo el actual imperio del neoliberalismo, en la patria o en el exilio, en la ciudad o en el campo, cargan diariamente esta cruz de la conflictividad. Salir de la inconsciencia y del conformismo es entrar necesariamente en el conflicto que acompaña inseparablemente a la historia 14. Normalmente, sólo se puede evitar la conflictividad renunciando a la liberación y al seguimiento de Jesús.

Todos compartimos la convicción de Mons. Romero: «créanlo, hermanos, el que se compromete con los pobres tiene que correr el mismo destino de los pobres. Y en El Salvador ya sabemos lo que significa el destino de los pobres: ser desaparecidos, ser torturados, ser capturados, aparecer cadáveres» 15. También con él, en el mismo sentido, nos «alegramos» de que la Iglesia latinoamericana esté participando de lleno de esta conflictividad martirial: «me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción por los pobres y por tratar de encarnarse enel interés de los pobres» 16. Y lo que él dijo de su país lo podemos decir de toda la Patria Grande: «sería triste que, en una Patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del Pueblo» 17.

Para los cristianos, ciertamente, es más dolorosa y menos comprensible esta cruz del conflicto, cuando nos viene de la Iglesia como institución 18. En todo caso, la cruz de la conflictividad ‑ con la familia, con el Sistema, con la Iglesia‑ sólo será cruz cristiana si sabemos llevarla con espíritu, en el Espíritu, como Jesús la llevó 19.

5. El, Jesús de Nazaret, asumió el conflicto hasta la muerte, y muerte de cruz. Con frecuencia el conflicto por el evangelio y la liberación nos llevará hasta el martirio 20. América Latina es un colectivo testigo de excepción de ello. En los primeros días de la Iglesia eso resultaba connatural. Decía Orígenes que los catecúmenos se preparaban simultáneamente para el bautismo y para el martirio. El Vaticano II reasumió esta exigencia para nuestros días cuando afirmó la necesidad de que todo cristiano esté habitualmente dispuesto a confesar a Cristo con su sangre si fuera preciso (LG 42). Hoy, en América Latina, Iglesias enteras ostentan la cruz y la palma de Iglesias mártires; ser delegado de la Palabra en Centroamérica, o trabajar en la pastoral de los menores abandonados en cualquier ciudad del Continente, o en la pastoral indígena o en la pastoral de la tierra en casi todos nuestros países, por citar unos ejemplos, es con frecuencia una candidatura cristiana al martirio. «La sangre por el pueblo» es un título de nuestro martirologio continental 21 y es una realidad constante, en diferentes sectores del Continente, cuando se asumen las responsabilidades de una espiritualidad cristiana tan contemplativa como política, tan libre como liberadora.

La memoria subversiva de tantos mártires es alimento fuerte de la espiritualidad de nuestras comunidades y de la resistencia de nuestros pueblos, camino de la Liberación. La celebración de esa memoria, tan sacramentalmente eficaz, es la mejor expresión de una gratitud que conforta y compromete. Un pueblo o una Iglesia que olvidan a sus mártires no merecen sobrevivir. Esa memoria, esa celebración, se visibilizan constantemente en los nombres, los rostros, las palabras, las reliquias y hasta la sangre estampada que adornan casas, salas y templos, carteles y mantas, murales y camisetas.

Ser cristiano, decíamos, es ser testigo pascual. Ser testigo, no sólo etimológicamente sino también en la vida, puede equivaler a ser mártir. El martirio, a partir de la muerte de Jesús, es el máximo paradigma de la cruz cristiana. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los que ama» (Jn 15, 13).

Pedro Casaldáliga y José María Vigil

01 Declaraciones de Hert Rosental, secretario de la CEPAL, marzo de 1992

02 GS 34

03 Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job, CEP, Lima 1986

04 J. JIMENEZ LIMON, Sufrimiento, muerte, cruz y martirio, en Mysterium Liberationis, II, 477-494

05 Cfr los apartados «Fieles en el día-a-día» y «penitencia liberadora»

06 Cfr el apartado «Encarnación»

07 Sobre la pastoral y su significado espiritual, cfr P. CASALDALIGA, El vuelo…, págs 165-194

08 Cfr el apartado «Vida de oración»

09 Confederación Latinoamericana de Religiosos, nacida en 1959, que, incomprensiblemente está viviendo hoy unas desconfianzas y controles que a nuestro entender no merece, pero que en todo caso esperamos no dejarán de ser una nueva cruz de purificación para la vida religiosa latinoamericana.

10 Sobre la vida religiosa desde una perspectiva latinoamericana, cfr toda la producción de la CLAR, así como V. CODINA - N. ZEVALLOS, Vida religiosa: história e teologia, Vozes, Petrópolis 1987, en esta misma colección.

11 Lc 2, 41ss; 4, 28; 4, 19-20; 8, 46; Mc 8, 31ss; Jn 12, 4

12 Mt 17, 24-27; 27, 59ss; Mc 8, 33; 10, 35ss; 12, 1-12; 14, 53-54; 15, 1; 15, 6ss; Lc 20, 1-19; 22, 66; Jn 10, 24.31; 11, 45; 18, 12ss.

13 Cfr Carlos BRAVO, Jesús, hombre en conflicto, Sal Terrae, Santander 1986. Poco antes de su muerte, evaluando sus 80 años, K. RAHNER afirmaba: «Me hubiera gustado haber tenido en mi vida más amr y más valentía, sobre todo frente a los que detentan la autoridad en la Iglesia». IMHOF-BIALLOWONS, La fe en tiempo de invierno, Desclée, Bilbao 1989, pág. 44.

14 J. COMBLIN, Antropologia cristã, Vozes, Petrópolis 1987, págs. 188-204

15 Homilía, 17 de febrero de 1980

16 Homilía, 15 de junio de 1979

17 Homilía, 24 de junio de 1979

18 Sobre la conflictividad eclesiástica, cfr. I. SOBRINO, La unidad y el conflicto dentro de la Iglesia, en Resurrección de la verdadera Iglesia, Sal Terrae, Santander 1981, 210-242

19 También en este punto de la conflictividad eclesiástica ‑a sus varios niveles‑ fue paradigmático el caso de Mons. Romero, como lo revela su diario personal, editado por el arzobispado de San Salvador en 1990 (sin otro pie de imprenta)

20 Sobre el martirio: VARIOS, Praxis de martirio ayer y hoy, Lima 1977, y CEPLA, Bogotá 1977; VARIOS, Morir y despertar en Guatemala, Lima 1981; CEP, Signos de vida y de fidelidad. Testimonios de la Iglesia en América Latina. 1978-1982, Lima 1983; Concilium monográfico sobre «El martirio hoy» 183(marzo 1983)325-334; G. GUTIERREZ, Beber en su propio pozo, Sígueme, Salamanca 41986, págs 150ss.; M. LOPEZ FERNANDEZ, Mártires por el Reino en América Latina, tesis de licencia en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid, febrero de 1992

21 Instituto Histórico Centroamericano, La sangre por el Pueblo. Nuevos mártires de América Latina, Managua 1983. A la espera de una edición continental actualizada, numerosas revistas y publicaciones ofrecen listas más o menos abundantes, siempre incompletas; una de las menos incompletas es la de la «Agenda Latinoamericana» de 1992 y 1993, publicada en nueve países del Continente