Resurrección: cuerpo y comida, perdón y Espíritu Santo

Este evangelio ofrece la experiencia central de los discípulos reunidos, que reciben a Jesús y le conocen cuando él come con (ante) ellos y les concede el “poder” de perdonar y extender su pascua. De esa forma muestra que nosotros mismos somos la resurrección de Dios Jesús resucitado.

No están sólo Doce, está toda la Iglesia, formada por los Once (falta Judas) con las mujeres de Lc. 24,1-11 (que han convertido a esos Once), los fugitivos de Emmaús, 24,13-35 (que han dado testimonio a todos) y los otros compañeros (cf. Lc. 24,9.33). Son muchos, los ciento veinte que cita Hch 1, 15, la comunidad que espera y acoge a Jesús. Somos (estamos) todos los cristianos, llamados a ser resurrección de Cristo, que nos ofrece sus cuatro signos:

- El primer signo de pascua es el cuerpo, las manos y los pies… No es cuerpo en la forma anterior de muerte, pero es el mismo: Pies y manos, signo y testimonio de la corporalidad humana, hecha de pies y manos, corazones y presencia. Cristo resucita en el cuerpo sufriente de la humanidad llamada al respeto, al cuidado y respeto, al cariño y amor que resucitan. Sin cuerpo no hay Cristo, no hay vida de Dios en la tierra (como tierra).

- El segundo signo es la comida. Ciertamente, Jesús resucitado no come como antes, el texto es simbólico… Pero en el sentido más profundo del símbolo él es Cuerpo que necesita comer pan o pescado, leche o miel, compartiendo la comida de su cuerpo eclesial, de todos los creyentes y en especial de los hambrientos de la tierra. Cristo resucita como pan real, concreto:los hombres y mujeres vivan, que los pobres se alimenten, que todos puedan compartir comida y esperanza, eso es resurrección. Una iglesia donde los creyentes no comen (no comparten la comida) no es Jesús resucitado.

- El tercero es el perdón… El signo más hondo de resucitado no es un tipo de visión contemplativa aislada, separada de los otros, en medio de una tierra de lucha mutua, engaño y muerte. Cristo resucita en el perdón mutuo del amor que se ofrece y recibe, un perdón que es patrimonio de todos los creyentes, pues donde ellos se perdonan y extienden el perdón sobre la tierra vive Dios y el Cristo resucita. Creer en la pascua es perdonarse y perdonar, es amarse y amar, pero de tal forma que allí donde no se perdona Jesús resucitado no puede mostrarse. Nosotros mismos al perdonarnos somos la resurrección de Dios.

- El cuarto signo es el Espíritu Santo, esto es, la presencia creadora y transformadora de Dios que convierte a los hombres en portadores de vida, de Jesús resucitado. En este último sentido, nosotros mismo, acogiendo y ofreciendo la Palabra de la Vida de Dios somos el Espíritu Santo, la vida extendida de Dios, su resurrección.

Siga leyendo quien quiera entender mejor esta palabra de vida, que es el testimonio de la resurrección de Jesús según el evangelio de Lucas, que queremos comparar con el de Juan.

Explicación

Este es así el testimonio total de la pascua según Lucas. En contra de lo que parece indicar Hech 1,3 (¡Jesús se habría aparecido muchas veces!), este pasaje que Jesús se ha mostrado sólo una vez y para siempre al conjunto de la Iglesia. Estos son los signos de su presencia, los elementos fundantes de la Iglesia:

– Visión. Parece un fantasma (24,36-37).

Viene y dice la paz sea con vosotros, conforme al saludo normal entre judíos. Pero algunos que le miran sienten miedo, pensando que es un espíritu (Lc. 24,37; cf. Jn. 20,24-29). Es muy posible que se trate de una acusación de los no creyentes del entorno contra los cristianos: ¡habéis visto un fantasma!. Así habían rechazado los “sabios” discípulos a las mujeres de la tumba vacía (cf. Lc 24,11.23).

La historia antigua y moderna está llena de visiones: muchos han visto figuras “celestes”: ovnis y vírgenes, rostros de carácter simbólico o fantástico. En sentido general, no podemos dudar de ellas, porque el ser humano tiene gran capacidad de alucinación, de tal modo que muchos forman (dicen recibir) y descubren (miran) imágenes precisas (religiosas, mágicas, etc.) de realidades que les desbordan. Entre ese tipo de personas podrían encontrarse los primeros “testigos” de la pascua. Por eso, la acusación es lógica. Los mismos discípulos deben estar preparados para superarla.

– Identidad. “¿Por qué estáis turbados?

Mirad mis manos y mis pies” (Lc. 24,38-40). Fantasma es algo que se forma en la imaginación. Jesús en cambio viene de la historia antigua: es un hombre real y concreto que ha vivido y ha muerto: conserva su corporalidad en el sentido fuerte del término. Según eso, la pascua no es evasión de fantasía que nos lleva y pierde entre ilusiones, sino encuentro con Jesús resucitado, que vuelve a llevarnos a la corporalidad de su vida y de su muerte, como indicará la eucaristía.

Contra todos los intentos de tipo gnóstico, que quieren diluir la experiencia de Jesús en un espiritualismo desencarnado, Lucas insiste en la identidad corporal, física, sensible, del Señor pascual: es el mismo Jesús de Galilea, profeta crucificado que vive y puede ser tocado de una forma humana. Así tranquiliza a sus discípulos, identificándose ante ellos, pues sigue teniendo el mismo cuerpo que ha entregado hasta la muerte por causa del reino.

– Comida eucarística:

“¿Tenéis algo de comer? Le dieron pescado y lo comió” (24, 41-43Los discípulos se han reunido para comer y comen juntos. Lógicamente, ellos ofrecen a Jesús un trozo de pez asado, y él, tomándolo delante de ellos, comió (Lc 24, 42). Muchos manuscritos dicen que tomó también la miel de un panal y que comió… Posiblemente, algunos grupos cristianos tomaban la miel como signo de renacimiento pascual.

Los discípulos se han reunido para comer y, precisamente en la comida, descubren la presencia del Cristo pascual. Sin duda, estamos en un contexto cercano a la vida anterior de Jesús: sus comidas con los pecadores, las multiplicaciones en Galilea... Aquí han descubierto los suyos su presencia pascual. Un escéptico dirá que ha sido una fuerte alucinación: los discípulos suponen que le han dado de comer y que Jesús se ha alimentado; quizá se trata de un contagio colectivo... También nosotros, cristianos postmodernos, solemos pensar de esa manera. Pero una vez dicho esto tenemos que mostrarnos cautos y buscar el sentido de la escena.

– Liturgia de la palabra:

“Estas son las cosas que os decía estando con vosotros.... Y les abrió el corazón para comprender las Escrituras” (24,44-46). La tradición pascual de la tumba vacía había insistido (desde Mc. 16,1-8) en la verdad del recuerdo de Jesús. Por su parte, Jesús había ofrecido a sus discípulos de Emaús una lección de hermenéutica, mostrándoles el valor el sufrimiento. Ahora culmina esa lección: en gesto de intensa catequesis, Jesús hace que sus discípulos comprendan el mensaje más profundo de Moisés, profetas y salmos, las tres partes de la BH (Tora, Nebiim y Ketubim: Ley, Profetas y Escritos).

La pascua es una experiencia hermenéutica, una forma de entender el conjunto de la Biblia, en perspectiva de entrega de la vida, sufrimiento y gloria del Cristo. El rasgo más corporal o eucarístico de Jesús (tiene carne y huesos, come el pez...) se explicita de un modo espiritual: Pascua significa entender, descubrir el sentido oculto de la Escritura, integrándose así en el misterio de la vida. Pascua es ver en Cristo todo lo que existe, descubrir y gozar de un modo intenso el contenido de la historia, el misterio del universo.

– Misión.

“Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén...” (24,47-48). La experiencia eucarística se vuelve misión: habiéndose reunido en torno a Jesús, en Jerusalén, los discípulos deben iniciar un camino misionero que les llevará hasta los confines de la tierra, en gozo expansivo, palabra creadora.

Antes, en el judaísmo del entorno, predominaba la ley, entendida como norma que debe cumplirse. Ciertamente, era posible el perdón, pero debía estar fundado en una conversión y obligación sacrificial. Pues bien, en contra de eso, los discípulos han descubierto no sólo que Jesús, a quien ellos habían rechazado, les perdona, sino que les constituye testigos y ministros del perdón universal: “Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén” (Lc 24, 47-49).

La pascua de Cristo incluye otros aspectos: es triunfo del crucificado, revelación de Dios, gloria de la vida, anticipación de la parusía... Pues bien, todos pasan a un segundo plano, para culminar y cumplirse en la experiencia y misión del perdón. Esta es la presencia de Dios, este el fin y cumplimiento de la historia: allí donde los humanos expanden y acogen, celebran y despliegan el perdón ha culminado la eucaristía cristiana. Lógicamente, su celebración actual incluye una liturgia del perdón.

– Espíritu Santo:

“Mirad, voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (24,49). Conforme a esta palabra y a los textos posteriores (Lc. 24,50-53 y Hech 1-2), la pascua se vuelve promesa de pentecostés. Los discípulos de Jesús deben permanecer en la ciudad, es decir, mantenerse en Jerusalén, hasta reciban el Espíritu Santo, entendido como principio de misión: creer en la pascua significa expandir el nombre de Jesús en el mundo. Así culmina y se abre la experiencia pascual y eucarística en Jerusalén. Culmina, pues los discípulos reciben y comprenden lo que es necesario, para asumir el Camino. Se abre, porque el Señor eucarístico les hace portadores de un mensaje universal, por el Espíritu.

Experiencia pascual, eucaristía.

La corporalidad pascual de Jesús no puede entenderse en el sentido físico antiguo, en plano de biología intramundana. No es corporalidad que pueda mirarse por un microscopio o milagro que se pueda probar por leyes de química, sino lo contrario: Jesús posee y muestra un cuerpo para la fe, un cuerpo que se expresa y concretiza en la vida de los hombres y mujeres en la iglesia.

Lucas no ha querido convencer a los incrédulos, ofreciéndoles la prueba de que el Jesús pascual comía, sino mostrar a los creyentes el sentido (contenido, implicaciones) de la resurrección de Jesús, en claves de comida compartida, es decir, de eucaristía. Algunos creyentes (de entonces y ahora) buscan una pascua espiritualista, como apertura del alma hacia un espacio de experiencia interior, dejando las restantes dimensiones de la vida como estaban, sin cambiarse.

En contra de eso, Lc 24 ha resaltado la materialidad profunda del Señor evangelio: Pascua es comer juntos, compartir el pan y el pez (que es símbolo del Cristo) en gesto de fraternidad; la misma Pascua se vuelve por tanto Eucaristía extensa, no sólo con pan y vino ritual, sino en toda comida donde podemos recordar a Jesús e invitarle a comer con nosotros. Así recuperamos el sentido más profundo de la historia de Jesús y su esperanza escatológica. Él había invitado a los excluídos de la tierra (pecadores y proscritos) a un banquete de felicidad final. Los fugitivos y fieles reunidos en Jerusalén han podido iniciar ya ese banquete, en la eucaristía.

Ampliación. Pascua, experiencia de perdón

La pascua de Jesús se expresa en forma de celebración del perdón. Estamos acostumbrados a entender y celebrar la pascua en claves de bautismo y eucaristía. Pues bien, de un modo igualmente profundo, la pascua se expresa y celebra en forma de perdón expandido y compartido. Así lo muestran dos textos básicos de la tradición pascual de la iglesia. El primero de Lucas, el segundo de Juan

Y se predicará en mi nombre

la conversión y el perdón de los pecados

a todos los pueblos, empezando por Jerusalén (Lc. 24,47-49).

Tiene la pascua de Cristo otros rasgos: es triunfo del crucificado, revelación de Dios, gloria de la vida, anticipación de la parusía... Pues bien, todos esos rasgos quedan ahora condensados y cumplidos en la experiencia y misión del perdón. Esta es la presencia de Dios, este el fin y cumplimiento de la historia: allí donde los humanos expanden y acogen, celebran y despliegan el perdón ha culminado la experiencia de la vida.

Jesús resucitado se aparece en el centro de la iglesia, a la comunidad reunida, no sólo a los once (los doce sin Judas), sino a todos los discípulos, incluidos los de Emaús y las mujeres, abriéndoles el corazón para entender las Escrituras (Lc. 24,44-46). La pascua es experiencia de nueva comprensión, es cumplimiento de la Biblia israelita, en perspectiva de entrega de la vida, sufrimiento y gloria pacificadora del mesías.

Pues bien, desde esa más honda comprensión, Jesús envía a los discípulos al mundo, haciéndoles portadores de un mensaje de conversión (transformación) que se expresa en el perdón de los pecados.

Ellos, los discípulos, deben iniciar desde Jerusalén un camino misionero que les lleva a los confines de la tierra, en gesto de perdón. Jesús les ha reunido tras su muerte en la ciudad de las promesas para que re-descubran el misterio de su vida anterior, asuman el gozo de su vida presente, hecha fuente de perdón universal, y vayan con la fuerza de ese mismo perdón al mundo entero.

Así ha presentado Lucas la aparición fundante de Jesús (24, 36-49). En ella se condensan todos los aspectos y motivos de la iglesia donde se encuentran incluídos, con los once, todos los cristianos, con mujeres y parientes de Jesús (cf. Hech 1, 13-14). Ellos reciben la tarea y gozo del perdón de los pecados, entendido ahora como sacramento universal, donde se incluye la conversión y transformación del ser humano, vinculada a los signos del bautismo (nuevo nacimiento) y de la fracción del pan (solidaridad, eucaristía), donde el Cristo expresa plenamente su misterio

El evangelio de Jn incluye una experiencia convergente. Habla Jesús:

Como me ha enviado el Padre os envío también yo.

(Y diciendo esto sopló y les dijo

Recibid el Espíritu Santo,

a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados

y a quienes se los retengáis les serán retenidos (Jn. 20,21-23).

Están reunidos todos los discípulos, no sólo ni primordialmente los once (falta Tomás), es decir, la comunidad eclesial que se ha separado ya del judaísmo sacral, centrado en torno al Templo. Han perdido la gloria del Israel sagrado, que se expresa a través de los ritos del Templo, con la liturgia celeste y el perdón de las manchas y faltas del pueblo a través de los sacrificios. Han perdido todo, carecen del apoyo de la ley social y sagrada, son un grupo amenazado, miedoso... Pues bien, Jesús ellos reciben la autoridad más alta de la tierra: Jesús resucitado les ofrece, desde la nueva Jerusalén de su pascua, la Fuerza de Dios, el Espíritu Santo, haciéndoles portadores del perdón sobre la tierra .

Ciertamente, la pascua es experiencia de Paz final: así les dice Jesús: paz a vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21), ofreciéndoles el gozo de la reconciliación escatológica (el fin de los tiempos), en medio de un mundo atormentado por la violencia. Más aún, la pascua es y presencia gloriosa del crucificado, que muestra la herida de las manos y el costado (20,20), indicando así que esa paz no llega negando el sufrimiento, sino a través del mismo sufrimiento asumido y padecido en favor de los demás.

Pues bien, la pascua se vuelve misión (¡como el Padre me ha enviado así os envío yo!: 20,21), centrada en la presencia del Espíritu Santo y culminada en el perdón de los pecados: a quienes perdonéis... (20,23). Ellos, los pobres discípulos miedosos, son ahora portadores del poder supremo, del Espíritu de Cristo pascual, que no viene a juzgar el mundo, sino a perdonar los pecados.

Este es el gran problema: no hay perdón sobre el mundo, los humanos se encuentran divididos y no pueden ya reconciliarles ni los ritos del templo de Jerusalén, ni el orden imperial de Roma. Sólo Jesús puede hacerlo: en su mensaje de perdón se condensa la pascua cristiana, no sólo en Lucas y Juan (textos citados), sino en Pablo y Hebreos (o en todo el Nuevo Testamento). Los cristianos saben que la gran barrera de la muerte es la falta de perdón: los hombres y mujeres de la tierra, siguen enfrentados, en batalla legal y militar, en talión de castigo y de muerte (como reflejaba todavía el Catecismo de la Iglesia, citado al comienzo de este trabajo). Pues bien, dentro ese mundo de odio y muerte, de pecado y represión, el Jesús pascual ha convertido a sus discípulos (a todos los cristianos) en portadores de un perdón universal.

Este es un perdón que se proclama, empezando desde Jerusalén, como afirma Lucas. En la antigua Jerusalén estaba el templo, donde los judíos realizaban las expiaciones y sacrificios, para conseguir así el perdón; pero, como ha destacado Hebreos, esos sacrificios resultan baldíos, pues no logran superar la violencia del pecado, perdonando de verdad. Pues bien, tanto Lucas como Juan saben que, por fin, se ha logrado el perdón en Jerusalén, pero no a través del templo, sino por medio de Jesús resucitado. Este no es un perdón que queda allí cerrado, para que vengan a recibirlo los judíos dispersos entre las naciones, sino un perdón abierto, que se expande a través de los discípulos a todos los pueblos de la tierra.

Todos los cristianos, representados por la comunidad primitiva de Lucas o de Juan (y no algunos delegados especiales) aparecen así como portadores del perdón pascual, que puede y debe abrirse a todos los humanos. Este es un perdón que se celebra y visibiliza, como supone claramente Juan al afirmar “a quienes perdonéis, a quienes retengáis...” (Jn. 20,23), en lenguaje que ha sido utilizado desde otra perspectiva en Mt. 18,18-20. Esto significa que el perdón, siendo absolutamente gratuito, don de Dios, ha de poder expresarse y se expresa allí donde los creyentes lo reciben. Ciertamente, el perdón es un don no merecido, gracia de Dios que se expresa y visibiliza en la comunidad cristiana, pero algunos pueden rechazarlo, y al hacerlo, quedan fuera de esa comunidad, se excluyen a sí mismos del grupo de los perdonados.

El texto divide a las personas de una forma que parece simétrica (a quienes perdonéis, a quienes retengáis...), de tal modo que alguno pudiera pensar que la iglesia es una institución judicialmente neutra, que reparte perdón o no perdón de forma indiferente. Pues bien, en contra de eso, a la luz de todo el evangelio, debemos afirmar que la iglesia es sólo signo y fuente de perdón: ella lo expresa, lo encarna y anuncia sobre el mundo. Pero ella ofrece un perdón que es gratuito (no puede imponerse, ni unir a los humanos a la fuerza); por eso, aquellos hombres o mujeres que rechazan de manera sistemática el perdón, quedan fuera de la iglesia, es decir, fuera del sacramento de reconciliación pascual (universal) que Jesús ha establecido sobre el mundo.

Esta experiencia de gracia y perdón pascual pertenece al conjunto de la comunidad cristiana. Ni Lucas ni Juan (ni Mt. 18,18-20) lo reservan a los Doce (o a los obispos los presbíteros posteriores), como si la autoridad del perdón motivara el surgimiento de una nueva jerarquía sacral. En contra de eso, el perdón vincula a todos los creyentes, no es algo que se deba encerrar en un estamento clerical (aunque puede y debe ser presidido por un representante de la comunidad). La iglesia entera, desde el don pascual de Cristo, es signo y principio de perdón sobre la tierra. No es un perdón barato o indiferente (una afirmación de que todo da lo mismo), sino un perdón comprometido, creador, reconciliador, que puede, por tanto, rechazarse.

Retener el perdón

Esta posibilidad del rechazo del perdón expresa y ratifica su libertad. El verdadero perdón nunca se impone a través de una razón victoriosa o por la fuerza de las armas, sino que es gracia gozosa, emocionada, que los creyentes de Jesús expanden a todas las naciones. No hay otra manera de unir a las naciones: los pueblos de la tierra no pueden vincularse de verdad por la Ley de Israel, ni por el orden imperial del Roma. Sólo el perdón, que se expande en forma de amor no impositivo, en la línea del mensaje y de la vida de Jesús puede convertirse en principio de unidad para todas las naciones. Como sacramento fundante de ese perdón universal emerge aquí la iglesia.

Lógicamente, ella no puede quedar indiferente ante el perdón, como si diera lo mismo perdonar o condenar, acoger o rechazar a los pequeños. El tema de retener los pecados, es decir, de no poder proclamar el perdón allí donde no ese perdón se rechaza (o no se acoge), constituye un elemento esencial del evangelio, como indica, de forma ejemplar Mc. 3,21-30 y par: el pecado contra el Espíritu Santo consiste en no perdonar a los necesitados y pequeños, en no querer que sean curados los posesos...

Es pecado sin posible perdón, según el texto. Es lógico: si el perdón es la esencia del evangelio, la falta de perdón será el pecado que excluye a los humanos del reino. Por eso, la iglesia puede y debe retener los pecados(no proclamar palabra de perdón) allí donde haya hombres y mujeres que no quieran perdonar ni ser perdonadas. El poder de Dios se expresa en el perdón. Pero el mismo Dios poderoso queda impotente (al menos en este mundo) allí donde hay personas que no quieren recibir su gracia.

Esta palabra de retener los pecados no puede entenderse en forma de condena violenta, ni mucho menos de rechazo social externo o condena a muerte, como ha sucedido en algunos momentos inquisitoriales de la iglesia. Este retener es más bien un sentir y sufrir la impotencia del Cristo que ofrece un perdón que no ha sido acogido (cf. Mt. 11,20-24). La iglesia goza ofreciendo y celebrando, anunciando y viviendo el perdón. Ella sufre allí donde ese perdón no es acogido.

 

 

Jesús resucitado: Un “fantasma histórico” recorre…

1. Jesús se aparece aquí a muchos, no a unos pocos (dos o tres mujeres, Magdalena, Pedro, los 12…), como lo hacía en Jn. 20,19-31, revelándose así a la iglesia entera, en la que estamos incluidos nosotros, con  los once (doce sin Judas), y con todos los restantes compañeros y compañeras, y los tres de Emáus (cf. Lc. 24,9-34). También a nosotros se nos muestra hoy, si ensanchamos el corazón y abrimos los oídos, los ojos, con las manos, de manera que no podemos decir ya que “aquellos vieron y nosotros no”, sino que todos nosotros podemos ver y sentir con el corazón como ellos.

2. Jesús se aparece de forma “histórica”, pero no en sentido historicista (físico), como parecen haber dicho desmañadamente algunos obispos hispanos en declaraciones discutidas de días pasados. No queremos discutir con ellos, pero nos sentimos obligados a ofrecer una respuesta más ajustada a los textos bíblicos y a la visión del evantelio. Nos hallamos ante una “historia nueva”, ante el comienzo y sentido de una experiencia distinta de presencia personal, que sólo con fe puede comprenderse (aceptarse), ante una realidad más honda, una “música” más alta de vida.

3. Ésta “aparición” pascual no se impone por la fuerza (de forma “tumbativa”), de manera que podemos y debemos afirmar (si no creemos y acogemos) que ese Jesús pascual es un “fantasma”, como empezaron diciendo los reunidos del principio: “¡creían ver un fantasma!”. ¡Evidentemente, eso creían! En un plano, Jesús resucitado forma parte de un tipo de “imaginación” sagrada, y así muchos han podido seguir dudando de la realidad de su presencia. Pero es un fantasma poderoso que recorre el mundo, abriendo para aquellos que escuchan su voz una dimensión de vida más real, más “histórica”, más alta.

4. Ese “fantasma” de Pascua nos introduce en la “herida de la historia”, en las llagas de los “crucificados”, que son signo de Dios (¡ver a Dios en los oprimidos y asesinados!), para hacernos de esa forma solidarios con la “carne” más sangrante de la historia humana. Es un fantasma que nos introduce en la realidad más concreta, llevándonos a compartir el alimento, de manera que sólo aprendiendo a comer en solidaridad podemos “comprender” su realidad. Por eso, Jesús sigue diciendo: ¿Qué tenéis de comer? Allí donde damos de comer y compartimos el alimento (aquí unos peces) sabemos que es él, que “está en persona” (ésta es la traducción exacta del texto litúrgico). Es él, Jesús, el que se muestra en vida, el que sustenta y pone en marcha nuestra nueva historia.

5. Éste es un fantasma anunciado: ¿no era esto lo que os dije cuando estaba con vosotros, no era esto lo que dice la Escritura? Ciertamente, la pascua de Jesús sigue siendo una “sorpresa”, la gran novedad de la historia de los hombres. Peo, al mismo tiempo, este “fantasma histórico” (pascual) viene a revelarse y presentarse como la más honda y verdadera de todas las verdades y presencia de la vida humana. Este Jesús presente tras su muerte nos permite interpretar la historia y conocer su densidad (su realidad), no a partir de los vencedores, sino de los crucificados y excluidos. Éste es la lección suprema de la pascua: Por ella podemos entender, interpretar la historia, comprender el sentido de la vida de los hombres (y condenar toda la injusticia…).

6. La pascua se traduce finalmente en forma de perdón y reconciliación universal, algo que es contrario a toda pura fantasía. “Y en su nombre se proclamará la conversión y el perdón...”. Esto es lo que dice Jesús a todos los discípulos, no sólo a los Doce. Esto es lo que nos dice la pascua…, que no es una verdad para aceptar sin más, ni una “historia pasada”, sino una verdad para cumplir y una historia para realizar (para actualizar). La pascua de Jesús no se encuentra atrás (no se cierra en el pasado), sino que nos hace avanzar y crear, siendo así “pascua viviente”, resurrección para los hombres, creando historia de evangelio.

Buen domingo a todos, con el deseo de que acojáis al “fantasma realísimo” de Jesús resucitado.

Comentario

Ésta es la aparición fundante de Jesús en Lc. 24,36-49. Sabemos que en el fondo siguen estando los Doce discípulos del grupo de Jesús, convocados a manera de signo del nuevo Israel escatológico. Pero el grupo en cuanto tal se ha roto (no son ya Doce) y se ha expandido (hay mujeres, parientes etc.). Ahora están reunidos todos los discípulos del principio, el conjunto de la Iglesia primitiva.

Según eso, Jesús no se aparece ya a los Doce, como representantes del nuevo Israel, ni simplemente a Magdalena o Pedro (como sabe y dice el texto anterior: ¡Ha resucitado el Señor de verdad, y se ha aparecido a Simón! Lc. 24,34), sino a la iglesia entera. Esta es la fiesta de todos los cristianos, día de gozo que funda todo el transcurso de la historia de la iglesia.

En esta aparición, en la que se completa la que ya dicho a los fugitivos de Emmaus (Lc. 24,13-35), ha condensado Lucas su visión de conjunto de la pascua, entendida ya como experiencia del conjunto de la iglesia, formada por unos 120 discípulos (cf. Hech 1,15). Éstos son los rasgos fundantes de su presencia:

- Jesús parece un fantasma (24,36-37). Viene y dice la paz sea con vosotros, conforme al saludo normal entre judíos. Pero, viendo a Jesús, algunos discípulos sintieron miedo, pensando que era un espíritu, es decir, un fantasma (cf. 24,37). Es muy posible que se trate de una acusación común : cuando los nuevos creyentes decían haber visto a Jesús, sus adversarios, los escépticos, podían responder: habéis visto un fantasma.

La historia antigua y moderna se encuentra llena de visiones: son innumerables los que entonces y ahora dicen haber visto apariciones de diverso tipo: ovnis y vírgenes, figuras de carácter simbólico o fantástico. En sentido general, no podemos dudar de la veracidad de tales visiones: tiene el ser humano gran capacidad de alucinación de tal modo que muchos forman (dicen recibir) imágenes precisas (religiosas, mágicas, etc.). Por eso, la acusación es lógica. Los mismos discípulos deben estar preparados para superarla.

¿Por qué estáis turbados? Mirad mis manos y mis pies (24,38-40). Fantasma es algo que se forma en la imaginación. Jesús en cambio viene de la misma historia antigua: es el hombre real y concreto que ha vivido y ha muerto. Por eso, en la resurrección conserva su corporalidad en el sentido fuerte del término. La pascua no se puede interpretar como evasión, camino que nos lleva y nos pierde por la ruta de la fantasía. El encuentro con Jesús vuelve a llevarnos a la corporalidad de su vida y de su muerte.

Contra todos los intentos de tipo gnóstico, que corren el riesgo de diluir la experiencia de Jesús en una forma de espiritualismo desencarnado, Lucas tiene que insistir en la identidad corporal, física, sensible, del Señor pascual (lo mismo que dice el evangelio de Juan en la escena de Tomás). El Señor de la pascua sigue siendo el mismo Jesús de Galilea, hombre que ha muerto y que vive, el Mesías crucificado, cuyas huellas aparecen de un modo especial en el hueco que de los clavos han dejado en sus manos y en sus pies. Éste es el Jesús que tranquiliza a sus discípulos, identificándose ante ellos con su mismo cuerpo entregado hasta la muerte por la causa del reino.

¿Tenéis algo de comer? Le dieron pescado y lo comió (24, 41-42). Todo el NT destaca la relación que existe entre la pascua de Jesús y la comida compartida (Jesús se muestra y aparece allí donde sus amigos y seguidores le recuerdan en la mesa y comparten el pan con los hambrientos). Ese tema vuelve a presentarse aquí: Todavía les costaba creer por la alegría: estaban admirados. Jesús les dijo: ¿tenéis algo de comer?. Ellos le dieron una porción de pez asado. Y tomándolo delante de ellos comió (Lc. 24,42). Un escéptico dirá enseguida que estamos en el centro de una fuerte alucinación: los discípulos suponen que le han dado de comer y que Jesús se ha alimentado; quizá se trata de un contagio colectivo...

Pero una vez dicho esto tenemos que mostrarnos cautos y buscar el sentido de la escena. Lucas no ha querido convencer a los de fuera sino mostrar a los creyentes el sentido (contenido, implicaciones) de la pascua. Algunos cristianos tendían a entender la pascua de manera espiritualista, como apertura a un puro espacio de experiencia interior, dejando todas las restantes dimensiones de la vida como estaban. En contra de eso, nuestro texto quiere resaltar aquello que pudiéramos llamar la materialidad profunda del Señor resucitado: Pascua es comer juntos, compartir el pan y el pez (el pez que está simbolizado por el Cristo) en gesto de fraternidad.

De esta forma se recupera la historia de Jesús y su esperanza de reino: ha invitado a comer a los perdidos de la tierra (pecadores y proscritos), ofreciéndoles ya parte en el banquete de la vida que no acaba. Es más, la comida compartida ha sido ya en Emaús (Lc 24, 30) signo de pascua para los discípulos fugitivos. Lo mismo pasa aquí: allí donde los hombres comen juntos, allí donde comparten en pez concreto de la fraternidad (como en la multiplicación de los panes y peces) podemos afirmar y afirmamos la presencia del Señor Resucitado.

Les abrió el corazón para comprender las Escrituras (24,43-46). Hemos encontrado este motivo al ocuparnos de los fugitivos de Emaús. Ahora se amplía la imagen: en gesto de profunda catequesis, Jesús enseña a sus discípulos la hondura de Moisés, de los profetas y los salmos, es decir, de las tres partes de que consta la Escritura Israelita (Tora, Nebiim y Ketubim: Ley, profetas y escritos). La Pascua cristiana de Jesús es una forma profunda de entender y acoger el mensaje de la Resurrección, entendida como meta y culmen de toda la Ley y los Profetas (con los Salmos y el Cantar de los Cantares).

La pascua es, según eso, una experiencia hermenéutica, una forma de entender el conjunto de la Biblia, en perspectiva de entrega de la vida, de amor mutuo, de sufrimiento compartido (por lo demás) y de gloria del Cristo. Lo que parecía más corporal (tocar la carne y los huesos, comer el pez...) se ha venido a convertir en lo más espiritual: Pascua es entender, es descubrir el sentido oculto de la Escritura, el misterio de la vida.

De esa forma se condensan los rasgos anteriores: tocar las llagas, compartir los peces… La Pascua viene a presentarse así como una forma “superior” de entender la realidad, en clave de “música interior” y fiesta compartida. Pascua es ver en Cristo todo lo que existe, descubrir y gozar de un modo intenso el contenido de la historia, el misterio del universo.

Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén... (24, 47-49). La comprensión se vuelve misión. Reunidos en torno a Jesús, en el centro de Jerusalén, los discípulos del Cristo iniciarán un camino misionero que les lleva a los confines de la tierra, en gesto de gozo expansivo, de palabra creadora. Al llegar aquí, nuestro pasaje se vincula al siguiente que trata de la Ascención y la promesa del Espíritu Santo (Pentecostés), conforme al sentido profundo del Evangelio de Lucas y del libro de los Hechos.

En este contexto debemos afirmar que la experiencia pascual es directamente misionera, pero no en clave de pura palabra, sino de “perdón compartido”, de comunicación personal. Jesús ha reunido a sus discípulos en Jerusalén para que redescubran en su vida y misterio toda la historia anterior, el valor de la Escritura, y para que pueden salir desde ese centro hasta los mismos confines de la tierra, en gesto misionero que se abre y se mantiene sin cesar, en gesto de perdón, pues sólo con perdón se sostiene y recibe su sentido la historia de los hombres.

La pascua no es una crucifixión abierta a la venganza de Dios y de los hombres, sino una muerte “pecadora” que se abre y expande en forma de perdón de Dios, es decir, de perdón interhumano, abierto a la vida eterna.

Conclusión. Pascua e iglesia.

Esta es para Lucas la aparición fundante de Jesús. En ella se contienen todos los aspectos y motivos de la pascua; en ella se funda el camino de la iglesia. Ciertamente, en ella están los Once (todavía está sin elegir el nuevo Doce); pero se encuentran con ellos todos los cristianos del principio, incluidas mujeres y parientes de Jesús. Todos ellos forman la única iglesia convocada y enviada por Jesús desde la pascua.

Teniendo esto en cuenta, podemos definir la iglesia como espacio de encuentro pascual: ella existe verdaderamente allí donde un conjunto de fieles se abre a la experiencia de Jesús, escucha su palabra y recibe su encargo de anunciar el perdón a todos los pueblos de la tierra, con la fuerza del Espíritu Santo

La pascua es nueva comprensión del sufrimiento de Jesús y de los hombres. Sólo existe pascua allí donde los hombres han aprendido a sufrir, descubriendo aquello que se encuentra al otro lado de la muerte: la presencia del Cristo real y verdadero (sangre y huesos, pescado compartido, comunión humana). Sólo ese Jesús resucitado ilumina y da sentido a la existencia dentro de este mundo: sin pascua no podría comprenderse la pasión; sin la gloria de Dios manifestada en la resurrección no habría luz para entender la muerte del Cristo y de los hombres.

La pascua es perdón de los pecados, es decir, conversión y transformación del ser humano. En esta línea ha de entenderse la fracción del pan (solidaridad, eucaristía), en gesto que se abre a todos los pueblos de la tierra. Jesús resucitado les ofrece conversión a través de sus discípulos: todos los hombres de la tierra pueden darse ya la mano, en gesto que se expresa en el pan y peces compartidos.

Lucas parece suponer que sin pascua de Jesús resultaría imposible perdonarse: estaríamos hundidos en la lucha a muerte, en la violencia universal en medio de la tierra. Pues bien, el mismo Jesús que ha sido asesinado vuelve a presentarse sobre el mundo como fuente de perdón, haciendo así posible un camino de unión universal. Este es el mensaje de su pascua.

La pascua es finalmente promesa del Espíritu Santo. Conforme a la visión de Lc. 24,44-53 y Hech 1,1-11, Jesús ha triunfado de la muerte para ofrecernos el Espíritu de Dios, que es fuerza de palabra misionera y perdón que se expande a todos los humanos. La misma pascua se abre de esa forma y viene a convertirse en fuente de un misterio que culmina en Pentecostés.

 

 

Pascua del pez, la Pascua es perdón (Lc. 24,36-39)

El evangelio de Lucas ha condensado la pascua en un tercer día escatológico donde culmina la vida de Jesús y la historia de la humanidad. Este es un día total, símbolo y compendio de la nueva historia humana.

El relato pascual de su evangelio dura sólo un día: comienza muy de mañana con las mujeres en el sepulcro (Lc. 24,1), continúa con los fugitivos (24,13), que llegan a Emaús a la caída de la tarde (24,29), para descubrir a Jesús en el pan compartido, y culmina en la noche final del domingo, con todos los discípulos reunidos (24,36-39), para abrirse allí (¿cerrada ya la noche, en la madrugada del siguiente día?), con la ascensión desde el Monte de los Olivos (24,50-53).

En visión convergente, aunque distinta, Hech. 1 ha expandido la pascua en cuarenta días, para culminarla en Pentecostés (Hech. 2).

Pues bien, la liturgia de este día ha condensado la pascua en la experiencia central de los discípulos reunidos, que reciben a Jesús, le reconocen, son testigos de su realidad más honda (come ante ellos), y reciben su “poder” de perdonar y de extender la palabra.

No son los Doce, son todas la Iglesia, formada por los Once (Doce menos Judas) con las mujeres de Lc. 24,1-11 (a quienes al fin han creído), los fugitivos de 24, 13-35 (a quienes han escuchado) y los otros compañeros (cf. Lc. 24,9.33); son muchos, los ciento veinte de los que habla Hch. 1,15.

Explicación

Este es así el testimonio total de su pascua. En contra de lo que parece indicar Hech 1,3 (¡se habría aparecido muchas veces!), se supone que Jesús se ha mostrado sólo una vez y para siempre. Estos son los signos de su presencia, los elementos fundantes de la iglesia:

– Visión. Parece un fantasma (24,36-37). Viene y dice la paz sea con vosotros, conforme al saludo normal entre judíos. Pero algunos que le miran sienten miedo, pensando que es un espíritu (Lc. 24,37; cf. Jn. 20,24-29). Es muy posible que se trate de una acusación de los no creyentes del entorno contra los cristianos: ¡habéis visto un fantasma!. Así habían rechazado los “sabios” discípulos a las mujeres de la tumba vacía (cf. Lc. 24,11.23).

La historia antigua y moderna está llena de visiones: muchos han visto figuras “celestes”: ovnis y vírgenes, rostros de carácter simbólico o fantástico. En sentido general, no podemos dudar de ellas, porque el ser humano tiene gran capacidad de alucinación, de tal modo que muchos forman (dicen recibir) y descubren (miran) imágenes precisas (religiosas, mágicas, etc.) de realidades que les desbordan. Entre ese tipo de personas podrían encontrarse los primeros “testigos” de la pascua. Por eso, la acusación es lógica. Los mismos discípulos deben estar preparados para superarla.

– Identidad. “¿Por qué estáis turbados? Mirad mis manos y mis pies” (Lc. 24,38-40). Fantasma es algo que se forma en la imaginación. Jesús en cambio viene de la historia antigua: es un hombre real y concreto que ha vivido y ha muerto: conserva su corporalidad en el sentido fuerte del término. Según eso, la pascua no es evasión de fantasía que nos lleva y pierde entre ilusiones, sino encuentro con Jesús resucitado, que vuelve a llevarnos a la corporalidad de su vida y de su muerte, como indicará la eucaristía.

Contra todos los intentos de tipo gnóstico, que quieren diluir la experiencia de Jesús en un espiritualismo desencarnado, Lucas insiste en la identidad corporal, física, sensible, del Señor pascual: es el mismo Jesús de Galilea, profeta crucificado que vive y puede ser tocado de una forma humana. Así tranquiliza a sus discípulos, identificándose ante ellos, pues sigue teniendo el mismo cuerpo que ha entregado hasta la muerte por causa del reino.

– Comida eucarística: “¿Tenéis algo de comer? Le dieron pescado y lo comió” (24,41-43Los discípulos se han reunido para comer y comen juntos. Lógicamente, ellos ofrecen a Jesús un trozo de pez asado, y él, tomándolo delante de ellos, comió (Lc. 24,42). Muchos manuscritos dicen que tomó también la miel de un panal y que comió… Posiblemente, algunos grupos cristianos tomaban la miel como signo de renacimiento pascual.

Los discípulos se han reunido para comer y, precisamente en la comida, descubren la presencia del Cristo pascual. Sin duda, estamos en un contexto cercano a la vida anterior de Jesús: sus comidas con los pecadores, las multiplicaciones en Galilea... Aquí han descubierto los suyos su presencia pascual. Un escéptico dirá que ha sido una fuerte alucinación: los discípulos suponen que le han dado de comer y que Jesús se ha alimentado; quizá se trata de un contagio colectivo... También nosotros, cristianos postmodernos, solemos pensar de esa manera. Pero una vez dicho esto tenemos que mostrarnos cautos y buscar el sentido de la escena.

– Liturgia de la palabra: “Estas son las cosas que os decía estando con vosotros.... Y les abrió el corazón para comprender las Escrituras” (24,44-46). La tradición pascual de la tumba vacía había insistido (desde Mc. 16,1-8) en la verdad del recuerdo de Jesús. Por su parte, Jesús había ofrecido a sus discípulos de Emaús una lección de hermenéutica, mostrándoles el valor el sufrimiento. Ahora culmina esa lección: en gesto de intensa catequesis, Jesús hace que sus discípulos comprendan el mensaje más profundo de Moisés, profetas y salmos, las tres partes de la BH (Tora, Nebiim y Ketubim: Ley, Profetas y Escritos).

La pascua es una experiencia hermenéutica, una forma de entender el conjunto de la Biblia, en perspectiva de entrega de la vida, sufrimiento y gloria del Cristo. El rasgo más corporal o eucarístico de Jesús (tiene carne y huesos, come el pez...) se explicita de un modo espiritual: Pascua significa entender, descubrir el sentido oculto de la Escritura, integrándose así en el misterio de la vida. Pascua es ver en Cristo todo lo que existe, descubrir y gozar de un modo intenso el contenido de la historia, el misterio del universo.

– Misión. “Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén...” (24,47-48). La experiencia eucarística se vuelve misión: habiéndose reunido en torno a Jesús, en Jerusalén, los discípulos deben iniciar un camino misionero que les llevará hasta los confines de la tierra, en gozo expansivo, palabra creadora. Antes, en el judaísmo del entorno, predominaba la ley, entendida como norma que debe cumplirse. Ciertamente, era posible el perdón, pero debía estar fundado en una conversión y obligación sacrificial. Pues bien, en contra de eso, los discípulos han descubierto no sólo que Jesús, a quien ellos habían rechazado, les perdona, sino que les constituye testigos y ministros del perdón universal: “Y se predicará en mi nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando por Jerusalén” (Lc. 24,47-49).

La pascua de Cristo incluye otros aspectos: es triunfo del crucificado, revelación de Dios, gloria de la vida, anticipación de la parusía... Pues bien, todos pasan a un segundo plano, para culminar y cumplirse en la experiencia y misión del perdón. Esta es la presencia de Dios, este el fin y cumplimiento de la historia: allí donde los humanos expanden y acogen, celebran y despliegan el perdón ha culminado la eucaristía cristiana. Lógicamente, su celebración actual incluye una liturgia del perdón.

– Espíritu Santo: “Mirad, voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (24,49). Conforme a esta palabra y a los textos posteriores (Lc. 24,50-53 y Hech. 1-2), la pascua se vuelve promesa de pentecostés. Los discípulos de Jesús deben permanecer en la ciudad, es decir, mantenerse en Jerusalén, hasta reciban el Espíritu Santo, entendido como principio de misión: creer en la pascua significa expandir el nombre de Jesús en el mundo. Así culmina y se abre la experiencia pascual y eucarística en Jerusalén. Culmina, pues los discípulos reciben y comprenden lo que es necesario, para asumir el Camino. Se abre, porque el Señor eucarístico les hace portadores de un mensaje universal, por el Espíritu.

Experiencia pascual, eucaristía.

La corporalidad pascual de Jesús no puede entenderse en el sentido físico antiguo, en plano de biología intramundana. No es corporalidad que pueda mirarse por un microscopio o milagro que se pueda probar por leyes de química, sino lo contrario: Jesús posee y muestra un cuerpo para la fe, un cuerpo que se expresa y concretiza en la vida de los hombres y mujeres en la iglesia.

Lucas no ha querido convencer a los incrédulos, ofreciéndoles la prueba de que el Jesús pascual comía, sino mostrar a los creyentes el sentido (contenido, implicaciones) de la resurrección de Jesús, en claves de comida compartida, es decir, de eucaristía. Algunos creyentes (de entonces y ahora) buscan una pascua espiritualista, como apertura del alma hacia un espacio de experiencia interior, dejando las restantes dimensiones de la vida como estaban, sin cambiarse.

En contra de eso, Lc 24 ha resaltado la materialidad profunda del Señor evangelio: Pascua es comer juntos, compartir el pan y el pez (que es símbolo del Cristo) en gesto de fraternidad; la misma Pascua se vuelve por tanto Eucaristía extensa, no sólo con pan y vino ritual, sino en toda comida donde podemos recordar a Jesús e invitarle a comer con nosotros. Así recuperamos el sentido más profundo de la historia de Jesús y su esperanza escatológica. Él había invitado a los excluídos de la tierra (pecadores y proscritos) a un banquete de felicidad final. Los fugitivos y fieles reunidos en Jerusalén han podido iniciar ya ese banquete, en la eucaristía.

Ampliación. Pascua, experiencia de perdón

La pascua de Jesús se expresa en forma de celebración del perdón. Estamos acostumbrados a entender y celebrar la pascua en claves de bautismo y eucaristía. Pues bien, de un modo igualmente profundo, la pascua se expresa y celebra en forma de perdón expandido y compartido. Así lo muestran dos textos básicos de la tradición pascual de la iglesia. El primero de Lucas, el segundo de Juan

Y se predicará en mi nombre

la conversión y el perdón de los pecados

a todos los pueblos, empezando por Jerusalén (Lc. 24,47-49).

Tiene la pascua de Cristo otros rasgos: es triunfo del crucificado, revelación de Dios, gloria de la vida, anticipación de la parusía... Pues bien, todos esos rasgos quedan ahora condensados y cumplidos en la experiencia y misión del perdón. Esta es la presencia de Dios, este el fin y cumplimiento de la historia: allí donde los humanos expanden y acogen, celebran y despliegan el perdón ha culminado la experiencia de la vida.

Jesús resucitado se aparece en el centro de la iglesia, a la comunidad reunida, no sólo a los once (los doce sin Judas), sino a todos los discípulos, incluidos los de Emaús y las mujeres, abriéndoles el corazón para entender las Escrituras (Lc. 24,44-46). La pascua es experiencia de nueva comprensión, es cumplimiento de la Biblia israelita, en perspectiva de entrega de la vida, sufrimiento y gloria pacificadora del mesías. Pues bien, desde esa más honda comprensión, Jesús envía a los discípulos al mundo, haciéndoles portadores de un mensaje de conversión (transformación) que se expresa en el perdón de los pecados.

Ellos, los discípulos, deben iniciar desde Jerusalén un camino misionero que les lleva a los confines de la tierra, en gesto de perdón. Jesús les ha reunido tras su muerte en la ciudad de las promesas para que re-descubran el misterio de su vida anterior, asuman el gozo de su vida presente, hecha fuente de perdón universal, y vayan con la fuerza de ese mismo perdón al mundo entero.

Así ha presentado Lucas la aparición fundante de Jesús (24,36-49). En ella se condensan todos los aspectos y motivos de la iglesia donde se encuentran incluídos, con los once, todos los cristianos, con mujeres y parientes de Jesús (cf. Hech 1, 13-14). Ellos reciben la tarea y gozo del perdón de los pecados, entendido ahora como sacramento universal, donde se incluye la conversión y transformación del ser humano, vinculada a los signos del bautismo (nuevo nacimiento) y de la fracción del pan (solidaridad, eucaristía), donde el Cristo expresa plenamente su mistério

El evangelio de Jn incluye una experiencia convergente. Habla Jesús:

Como me ha enviado el Padre os envío también yo.

(Y diciendo esto sopló y les dijo

Recibid el Espíritu Santo,

a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados

y a quienes se los retengáis les serán retenidos (Jn. 20,21-23).

Están reunidos todos los discípulos, no sólo ni primordialmente los once (falta Tomás), es decir, la comunidad eclesial que se ha separado ya del judaísmo sacral, centrado en torno al Templo. Han perdido la gloria del Israel sagrado, que se expresa a través de los ritos del Templo, con la liturgia celeste y el perdón de las manchas y faltas del pueblo a través de los sacrificios. Han perdido todo, carecen del apoyo de la ley social y sagrada, son un grupo amenazado, miedoso... Pues bien, Jesús ellos reciben la autoridad más alta de la tierra: Jesús resucitado les ofrece, desde la nueva Jerusalén de su pascua, la Fuerza de Dios, el Espíritu Santo, haciéndoles portadores del perdón sobre la tierra.

Ciertamente, la pascua es experiencia de Paz final: así les dice Jesús: paz a vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21), ofreciéndoles el gozo de la reconciliación escatológica (el fin de los tiempos), en medio de un mundo atormentado por la violencia. Más aún, la pascua es y presencia gloriosa del crucificado, que muestra la herida de las manos y el costado (20,20), indicando así que esa paz no llega negando el sufrimiento, sino a través del mismo sufrimiento asumido y padecido en favor de los demás. Pues bien, ella culmina se vuelve misión (¡como el Padre me ha enviado así os envío yo!: 20, 21), centrada en la presencia del Espíritu Santo y culminada en el perdón de los pecados: a quienes perdonéis... (20,23). Ellos, los pobres discípulos miedosos, son ahora portadores del poder supremo, del Espíritu de Cristo pascual, que no viene a juzgar el mundo, sino a perdonar los pecados .

Este es el gran problema: no hay perdón sobre el mundo, los humanos se encuentran divididos y no pueden ya reconciliarles ni los ritos del templo de Jerusalén, ni el orden imperial de Roma. Sólo Jesús puede hacerlo: en su mensaje de perdón se condensa la pascua cristiana, no sólo en Lucas y Juan (textos citados), sino en Pablo y Hebreos (o en todo el Nuevo Testamento). Los cristianos saben que la gran barrera de la muerte es la falta de perdón: los hombres y mujeres de la tierra, siguen enfrentados, en batalla legal y militar, en talión de castigo y de muerte (como reflejaba todavía el Catecismo de la Iglesia, citado al comienzo de este trabajo). Pues bien, dentro ese mundo de odio y muerte, de pecado y represión, el Jesús pascual ha convertido a sus discípulos (a todos los cristianos) en portadores de un perdón universal.

Este es un perdón que se proclama, empezando desde Jerusalén, como afirma Lucas. En la vieja Jerusalén estaba el templo, donde los judíos realizaban las expiaciones y sacrificios, para conseguir así el perdón; pero, como ha destacado Hebreos, esos sacrificios resultan baldíos, pues no logran superar la violencia del pecado, perdonando de verdad. Pues bien, tanto Lucas como Juan saben que, por fin, se ha logrado el perdón en Jerusalén, pero no a través del templo, sino por medio de Jesús resucitado. Este no es un perdón que queda allí cerrado, para que vengan a recibirlo los judíos dispersos entre las naciones, sino un perdón abierto, que se expande a través de los discípulos a todos los pueblos de la tierra.

Todos los cristianos, representados por la comunidad primitiva de Lucas o de Juan (y no algunos delegados especiales) aparecen así como portadores del perdón pascual, que puede y debe abrirse a todos los humanos. Este es un perdón que se celebra y visibiliza, como supone claramente Juan al afirmar “a quienes perdonéis, a quienes retengáis...” (Jn. 20,23), en lenguaje que ha sido utilizado desde otra perspectiva en Mt. 18,18-20. Esto significa que el perdón, siendo absolutamente gratuito, don de Dios, ha de poder expresarse y se expresa allí donde los creyentes lo reciben. Ciertamente, el perdón es un don no merecido, gracia de Dios que se expresa y visibiliza en la comunidad cristiana, pero algunos pueden rechazarlo, y al hacerlo, quedan fuera de esa comunidad, se excluyen a sí mismos del grupo de los perdonados.

El texto divide a las personas de una forma que parece simétrica (a quienes perdonéis, a quienes retengáis...), de tal modo que alguno pudiera pensar que la iglesia es una institución judicialmente neutra, que reparte perdón o no perdón de forma indiferente. Pues bien, en contra de eso, a la luz de todo el evangelio, debemos afirmar que la iglesia es sólo signo y fuente de perdón: ella lo expresa, lo encarna y anuncia sobre el mundo. Pero ella ofrece un perdón que es gratuito (no puede imponerse, ni unir a los humanos a la fuerza); por eso, aquellos hombres o mujeres que rechazan de manera sistemática el perdón, quedan fuera de la iglesia, es decir, fuera del sacramento de reconciliación pascual (universal) que Jesús ha establecido sobre el mundo.

Esta experiencia de gracia y perdón pascual pertenece al conjunto de la comunidad cristiana. Ni Lucas ni Juan (ni Mt. 18,18-20) lo reservan a los Doce (o a los obispos los presbíteros posteriores), como si la autoridad del perdón motivara el surgimiento de una nueva jerarquía sacral. En contra de eso, el perdón vincula a todos los creyentes, no es algo que se deba encerrar en un estamento clerical (aunque puede y debe ser presidido por un representante de la comunidad). La iglesia entera, desde el don pascual de Cristo, es signo y principio de perdón sobre la tierra. No es un perdón barato o indiferente (una afirmación de que todo da lo mismo), sino un perdón comprometido, creador, reconciliador, que puede, por tanto, rechazarse.

Retener el perdón

Esta posibilidad del rechazo del perdón expresa y ratifica su libertad. El verdadero perdón nunca se impone a través de una razón victoriosa o por la fuerza de las armas, sino que es gracia gozosa, emocionada, que los creyentes de Jesús expanden a todas las naciones. No hay otra manera de unir a las naciones: los pueblos de la tierra no pueden vincularse de verdad por la Ley de Israel, ni por el orden imperial del Roma. Sólo el perdón, que se expande en forma de amor no impositivo, en la línea del mensaje y de la vida de Jesús puede convertirse en principio de unidad para todas las naciones. Como sacramento fundante de ese perdón universal emerge aquí la iglesia.

Lógicamente, ella no puede quedar indiferente ante el perdón, como si diera lo mismo perdonar o condenar, acoger o rechazar a los pequeños. El tema de retener los pecados, es decir, de no poder proclamar el perdón allí donde no ese perdón se rechaza (o no se acoge), constituye un elemento esencial del evangelio, como indica, de forma ejemplar Mc. 3,21-30 y par: el pecado contra el Espíritu Santo consiste en no perdonar a los necesitados y pequeños, en no querer que sean curados los posesos... Es pecado sin posible perdón, según el texto. Es lógico: si el perdón es la esencia del evangelio, la falta de perdón será el pecado que excluye a los humanos del reino. Por eso, la iglesia puede y debe retener los pecados(no proclamar palabra de perdón) allí donde haya hombres y mujeres que no quieran perdonar ni ser perdonadas. El poder de Dios se expresa en el perdón. Pero el mismo Dios poderoso queda impotente (al menos en este mundo) allí donde hay personas que no quieren recibir su gracia.

Esta palabra de retener los pecados no puede entenderse en forma de condena violenta, ni mucho menos de rechazo social externo o condena a muerte, como ha sucedido en algunos momentos inquisitoriales de la iglesia. Este retener es más bien un sentir y sufrir la impotencia del Cristo que ofrece un perdón que no ha sido acogido (cf. Mt. 11,20-24). La iglesia goza ofreciendo y celebrando, anunciando y viviendo el perdón. Ella sufre allí donde ese perdón no es acogido. Sobre el pecado contra el Espíritu Santo, además de mi libro Pan, casa y palabra. La iglesia en Marcos, Sígueme, Salamanca 1998. Sobre el pecado (especialmente contra el E. Santo) cf. E.P. Sanders, Sin, Sinners, ABD VI, 40-47; C. Colpe, Der Spruch von der Lästerung des Geister, en Fest. J. Jeremias, Göttingen 1970, 63-69; M. E. Boring, The Unforgivable sin Logion, NT 18 (1976) 258-279.

Xabier Pikaza Ibarrondo

 

 

¿Es verdad que Jesucristo resucitó?... Quien lo dude, que venga a una de nuestras asambleas dominicales. La misa del domingo, más que ninguna otra circunstancia, está pregonando a todo el mundo que sí, que Jesucristo está vivo. De lo contrario, ¿cómo se puede explicar que después de dos mil años se vaya repitiendo, al pie de la letra, lo que hoy leemos en el Evangelio?

Es el día primero de la semana. Los apóstoles no saben ni qué pensar ni qué hacer. Se van repitiendo el cuento que les han traído esas mujeres alocadas, de que han tenido visiones de ángeles y que han visto al mismo Señor en persona. Pero, ¿quién les va a creer, con la imaginación que tienen?...

Así están discutiendo bien encerrados en el salón, cuando Jesús en persona que se les hace presente, y les saluda con la fórmula más clásica de la Biblia:

- ¡Paz! ¡La paz con vosotros!...

Se arma un revuelo, mientras gritan aterrados:

- ¡Un fantasma! ¡Un fantasma!...

Jesús trata de tranquilizarlos:

- ¿Por qué os asustáis y por qué dudáis? Mirad mis manos y mis pies. ¡Soy yo, yo mismo! Tocad y comprobad. Un fantasma no tiene carne y huesos como veis que tengo yo.

Se van serenando, y ahora no acaban de creer por tanta alegría. Jesús le sonríe a cada uno, y cada uno va cruzando su mirada con la del querido Maestro.

Jesús les abre la inteligencia para que comprendan las Sagradas Escrituras.

- ¿Os dais cuenta ahora de cómo el Cristo tenía que padecer y resucitar después? Además, a todas las gentes se les tiene que predicar, en nombre de Cristo, la conversión y el perdón de los pecados. Y vosotros, sí, vosotros, vais a ser los testigos de todo esto.

Lucas, un sicólogo tan fino, es quien nos cuenta así la primera aparición a los apóstoles. Y es una descripción enormemente rica. Alude sin duda a la práctica de la Iglesia, que desde el principio desarrollaba así la asamblea dominical, en la que se proclamaba abiertamente:

¡Jesús ha resucitado de verdad!...

¡Jesús está aquí, presente en medio de nosotros!

¡Jesús nos trae la paz!...

¡Jesús nos merece el perdón de los pecados!...

¡Jesús debe ser predicado!...

¡Seamos todos nosotros testigos de esta nuestra fe!...

Cada una de estas proclamas hace arder al mundo con el fuego del Espíritu. Pasan los años, y no hay manera de que se amortigüen los ecos de esta predicación ni se apague ese incendio abrasador.

¿Ha resucitado verdaderamente Cristo? Nuestra Misa dominical lo proclama cada vez con verdadero vigor. Si se leen las Escrituras, ¿quién es el que nos habla, sino el mismo Jesús?... Si el que preside la asamblea nos ilustra con su predicación, ¿no es el mismo Jesús quien nos sigue abriendo la inteligencia para entender la Palabra de Dios? Si se parte el Pan, ¿no es el mismo Jesús el que va repitiendo todavía: Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, éste soy yo?...

Cada Eucaristía se convierte en un estrechar el lazo que nos une con Dios y con los hermanos. El abrazo y el beso santo, como lo llama San Pablo, que nos damos mutuamente ante el Señor, es signo y es fuerza de la paz que difundimos los cristianos a nuestro alrededor, la misma paz que Jesús nos daba en esta su primera aparición de resucitado.

Esto no puede traernos más que el gozo incontenible de vernos salvados. ¿Cómo no vamos a estar contentos con Jesús en medio? ¿Cómo no vamos a sentirnos felices si entre nosotros reina el amor? ¿Quién nos puede quitar la alegría que comunica la paz de Dios, suma de todos los bienes mesiánicos proclamados por los profetas que anunciaban la venida de Cristo?...

En nuestra asamblea dominical sentimos como nunca lo que es el perdón de Dios. Comenzamos reconociéndonos pecadores, y acabamos sabiendo que Jesucristo, el que está en el Cielo intercediendo siempre por nosotros, ha satisfecho una vez más por nuestras culpas y ha reafirmado, enviándonos su Espíritu, la paz establecida entre el Dios bondadoso y el hombre pecador.

Al marcharnos de la iglesia, sabemos que salimos al mundo para llevarle los tesoros de gracia, de amor y de paz que han inundado nuestras almas. La Misa de cada domingo nos convierte en apóstoles y en testigos del Señor Resucitado. Con los ojos de la fe, y bajo los signos que Él mismo nos dejó, lo hemos visto, lo hemos tocado, hemos compartido con Él la mesa, con mucha mayor seguridad que si lo hubiéramos tocado físicamente con nuestras manos. Los sentidos podrían engañarse, pero con la fe, que es fiarse de la Palabra del Señor, no hay dudas posibles...

¡Señor Jesucristo!

Con tu resurrección has hecho amanecer la aurora del mundo nuevo, de la nueva creación.

Ahora nos damos cuenta de que nuestras aspiraciones de paz, de justicia, de amor, no son una fantasía vana.

Porque eres Tú, ¡Tú mismo!, quien nos viene a decir: ¡Soy yo, no temáis! Vengo para hacer nuevas todas las cosas... Y eres Tú quien nos repite y nos lanza cuando nos reunimos contigo en torno a tu altar: Sed, amigos, los testigos de mi resurrección. Id llevando mi presencia. ¡Con vosotros estoy!...

Pedro Garcia cmf

 

 

Las comidas según Lucas

En el Evangelio según Lucas podemos identificar diez comidas: tres con publicanos y pecadores (Lc. 5,27-19; Lc. 15; Lc. 19,1-10), tres con fariseos (Lc. 7,36-50; Lc. 11,37-54; Lc. 14,1-24), tres con sus discípulos (Lc. 22,7- 38; Lc. 24,13-35; Lc. 24, 36-43) y la multiplicación de los panes (Lc. 9,10-17).

Jesús, en definitiva, come con todos, y todos están invitados a la que mesa en la que Él se sienta. Las comidas con los discípulos sólo aparecen al final del Evangelio, como comprimidas en pocos capítulos, y en plena relación con la pasión y resurrección. La primera comida con los discípulos es, paradójicamente, la última cena, y las dos siguientes se enmarcan en el gozo pascual. Estas comidas no hacen otra cosa que unir a los discípulos a la misión de Jesús. En términos sociológicos, compartir la mesa es compartir la vida (y la muerte). Los discípulos se sientan con el Maestro en la comida angustiosa del jueves santo porque su misión tendrá también la cruz, y comparten el pan y el pescado con el Resucitado porque su misión será dar testimonio de esa resurrección. Ser discípulo es estar asociado a la forma de vida de Jesús, y por ende, a su forma de muerte, ya que vivir como vivía el Maestro es arriesgarse a ser asesinado.

En esta comida que leemos hoy, última comida del Evangelio, juegan un papel eje la prueba y el testimonio. Jesús parece empecinado en demostrar que es Él mismo, que no se trata de un espíritu o un fantasma. Los discípulos están sobresaltados y asustados ante la aparición. ¿Qué pasa si la mente les está jugando una alucinación? ¿Qué pasa si la angustia los está llevando al delirio? ¿Qué pasa si las almas de los muertos vuelven? Justamente, parece ser que esta última pregunta es lo que intenta aclarar el Resucitado. Por eso les muestra las manos y los pies, por eso quiere que lo toquen, por eso come frente a ellos. No están viendo un fantasma, sino al Jesús de Nazareth crucificado, que ahora es el Jesús resucitado, con un cuerpo incorruptible, pero no por eso otra persona.

El hombre que comió con ellos el jueves, que fue arrestado en Getsemaní, que fue torturado y crucificado, es el hombre que tienen enfrente, distinto, renovado, pero el mismo. Es el hombre que comía con todos y que ahora come con ellos, es el hombre de la mesa compartida que la sigue compartiendo en su plenitud. Estas pruebas de la resurrección, más que fundamentar el hecho pascual, parecen dirigirse a un grupo de discípulos que separan entre un Jesús de la historia, de carne y hueso, de un Jesús espiritual ajeno a ellos, fantasmagórico. Pero el Señor se preocupa por revelar la continuidad de su ser, la correspondencia antes de la cruz y después del sepulcro vacío.

Jesús sigue comiendo

Que Jesús siga comiendo es signo de que siguen en pie las esperanzas del Reino, que el banquete escatológico es una realidad, que vale la pena morir por esa mesa abierta a todos. Lo interesante de esa continuidad, esa continuación que supera la muerte, es la plenificación de la historia. Si Jesús no hubiese resucitado, o lo hubiese hecho fantasmagóricamente, espectralmente, como lo suponen los discípulos al principio del relato, entonces la historia humana no es más que desperdicio, algo sin importancia, algo que el mismo Hijo de Dios prefirió olvidar.

En cambio, con la resurrección de Jesús en cuerpo transformado, la historia se hace plena, se eleva, se transforma también. No ha olvidado Jesús su cuerpo en la tumba, desprendiéndose de Palestina, de Galilea, de sus discípulos; ha quedado un sepulcro vacío porque el cuerpo ha resucitado, se ha renovado, y por lo tanto, la historia puede renovarse. Lo que hacemos aquí no es en vano. Esto despierta en los discípulos alegría y asombro (cf. Lc. 24,41). Están felices porque recuperan la esperanza, porque quien creían muerto está vivo, porque no acaba todo en la fosa. Están asombrados porque es el mismo Jesús, sin trucos, sin puestas en escena, el mismo que los llamó, con el que caminaron, con el que comieron. Asombra el Dios encarnado por siempre, en el seno de María, pero también en la resurrección, no despreciando la carne, sino re-creándola eternamente. De eso da pruebas Jesús, de que es capaz de hacer nuevas las cosas (cf. Ap. 21,5).

Testigos de estas cosas

La perícopa comienza con la referencia a los discípulos de Emaús que han vuelto de su experiencia pascual y cuentan a los discípulos lo sucedido, para terminar en una afirmación categórica de Jesús: “Ustedes son testigos de estas cosas” (Lc. 24, 48).

¿De qué cosas? Pues en los versículos anteriores lo encontramos: que el Mesías debía padecer y resucitar según las Escrituras. Los discípulos son testigos del kerygma, de la vida y la muerte del Cristo, pero sobre todo de su resurrección. Lo han visto, lo han oído, lo han tocado, han convivido con Él. Son el depósito de la fe eclesial. En este sentido cobra importancia el grupo apostólico para Lucas. Claramente se diferencian los Once de los demás discípulos (cf. Lc. 24,33). Al principio fueron doce, pero uno se ha perdido. Sin embargo, el número parece importante para el evangelista, ya que al comienzo de Hechos, su obra continuadora del Evangelio, la temática adquiere relieve. Allí seguimos encontrando la diferenciación entre el grupo apostólico (cf. Hch. 1,13) y los demás discípulos (cf. Hch. 1,14-15). Pedro toma la palabra un día y asegura que los Once deben volver a tener el número doce. La condición para el aspirante es la siguiente: “Es preciso que uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo, uno de ellos tiene que ser con nosotros testigo de su resurrección” (Hch. 1,21-22).

Debe ser un hombre que haya convivido con Jesús desde el inicio de su ministerio público hasta la ascensión. Entonces, podrá dar testimonio de la resurrección, asegurando que el Nazareno, el crucificado, es el Resucitado. La función de los Doce es, para Lucas, claramente testimonial. El grupo apostólico existe en cuanto son fundamento humano de la fe de la Iglesia, como transmisores primigenios, depósitos y columnas de lo que creemos. No se trata de súper-hombres ni jerarcas todopoderosos; son personas que, habiendo convivido con Jesús de Nazaret, dan prueba de que quien se les apareció es el mismo, con su cuerpo renovado, con sus mismas manos y sus mismos pies, el que aún comparte la comida y la mesa con todos. Los Doce son varones porque, para el legalismo judío, sólo vale el testimonio de ellos, y el de la mujer no tiene valía. No fueron elegidos por el machismo de Jesús, sino para demostrar al entorno cultural que, según sus métodos jurídicos, la resurrección es un hecho verdadero.

Los Doce son doce representando al pueblo de Israel, constituido por doce tribus. Si bien el grupo apostólico viene a ser la superación del nacionalismo israelita, también es el testimonio de todo Israel (de las doce tribus) sobre el Mesías, manifestado en la espera popular, en la historia de la salvación y en las Escrituras (la Ley, los Salmos y los Profetas). No se trata de elegidos por un sistema elitista de distinción, sino elegidos para testimoniar, para dar fe, para evangelizar.

Yo creo en los Doce

Para la comunidad receptora del Evangelio según Lucas y Hechos de los Apóstoles, era muy importante encontrar en el origen eclesial, en la comunidad más primitiva de todas, un grupo cohesionado y cimiento de la Iglesia como lo son los Doce en estas obras. Se supone que Lucas escribe a un grupo de cristianos de origen pagano que vive dividido, en constante escisión, fomentando el sectarismo intra-eclesial. Los Doce vienen a ser la apología de Lucas, su argumento para invitar a la comunión. Las columnas de la fe de la Iglesia, varones israelitas, dan testimonio de la pascua y, a partir de ella, predican la conversión para el perdón de los pecados de todas las naciones. Ellos son testigos y, a la vez, pruebas de la resurrección; y con ellos toda la Iglesia se vuelve prueba y testigo. Para la comunidad lucana, los Doce son una utopía a realizar en su presente, un proyecto comunitario de fe viva, de fe creída, de fe vivida, de fe en comunión. Un proyecto que encuentra su continuidad desde Jesús de Nazaret, y que ya habiendo superado el nacionalismo israelita, se encuentra entre los paganos con la esperanza de la mesa común, el banquete donde todos tienen un asiento.

El grupo apostólico también es modelo para nosotros; por nuestro cientificismo y por nuestro sectarismo. La modernidad ha puesto en discusión todo desde el positivismo, y tocó el turno también a la resurrección. Pero si nuestra fe es una mera sensación o una visión de hombres y mujeres angustiados, entonces no podremos ser misioneros nunca. ¿Quién daría la vida por la sensación de otro? ¿Quién marcharía a los confines de la tierra a anunciar una visión de hace dos mil años? Nosotros, actualmente, somos testigos que no hemos visto, pero provenimos de aquella generación que sí convivió con el crucificado resucitado, aquella generación que enfrentó la persecución por un hecho, por una realidad, aquella generación que dio la vida.

Ese cientificismo de la modernidad y la competencia del consumismo, han favorecido también el sectarismo interno. A la gracia de los nuevos movimientos y carismas, hemos adicionado una competitividad que desgarra. Este grupo organiza una determinada pastoral, y aquel organiza una especie de contra-pastoral, superponiéndose al primero. Otro grupo contabiliza cuántos miembros posee y habla pestes del grupo vecino que lo supera en número. La misión parece ir deteniéndose en un enfrentamiento que no lleva a nada. La comunión se parte en tantos fragmentos como intereses egoístas abundan. Pareciese que cada cual hace de la pascua lo que le conviene. Los Doce nos siguen testimoniando el ideal de unidad. De más está agregar que la construcción que hace Lucas de las cordiales relaciones en la Iglesia primitiva son más la expresión de un deseo que la realidad histórica. De más está agregar que los primeros años no fueron un paraíso, sino un encontronazo de teologías y pastorales, un cúmulo de idas y vueltas. De más está decir que por eso no es menos válida la utopía lucana.

Los Doce no representan la tergiversación de la historia en la pluma del evangelista; son un llamado a la unidad, un clamor comunional. A las sectas intra-eclesiales, a la competencia entre los discípulos, a los odios entre hermanos, Lucas les habla desde los Doce, Jesús les habla desde la mesa compartida.

Leonardo Biolatto

 

 

Somos testigos

 “Vosotros sois testigos de eso”, dice Jesús a los discípulos reunidos, que viven henchidos de gozo, con toda la alegría del mundo, la presencia viva del Señor, la presencia viva del crucificado. “Vosotros sois testigos de eso”.

Y Pedro, el primero de los apóstoles, cuando el pueblo se encuentra congregado a su alrededor en la explanada del Templo, admirados porque él y Juan han curado a un pobre inválido que se sentaba allí, pidiendo limosna, explica el por qué de aquella curación y recuerda, como hemos escuchado en la primera lectura, quién es aquel Jesús en nombre del cual ellos liberan de su mal a aquel hombre. Pedro, recogiendo el encargo de Jesús, afirma: “Nosotros somos testigos”.

“Nosotros somos testigos”. Nosotros somos testigos del camino de Jesús, de su entrega, de su palabra capaz de renovar los corazones y levantar los espíritus abatidos, de su firmeza en combatir todo lo que daña al hombre, de su atención constante a los pobres, a los débiles, a los enfermos, de su llamada decidida a cambiar de manera de vivir y pensar, de su confianza, sin fisuras, en Dios el Padre.

Nosotros somos testigos de su fidelidad hasta la muerte, y somos testigos de la dureza de aquellos momentos. Lo detuvieron, lo ultrajaron, lo torturaron, prefirieron dejar libre a un asesino y matarle a él. Y lo clavaron en la cruz.

Nosotros somos testigos. De todo eso, nosotros somos testigos, dicen los apóstoles. Pero somos testigos, ahora, por encima de todo, de una experiencia que nos ha transformado y nos ha hecho revivir. Nosotros somos testigos de que Dios lo ha resucitado de entre los muertos. Nosotros somos testigos de que El, Jesús, el crucificado, vive ahora por siempre. Y vive aquí, con nosotros, en nosotros. Y nos ha dado su mismo Espíritu. Y nos ha empujado a andar su mismo camino, porque su camino es el camino de Dios.

El testimonio de los primeros discípulos

Así empezaron los apóstoles a cumplir el encargo que Jesús les había hecho.

Al principio, todo consistió en darse a conocer, dar a conocer aquella llamada de vida nueva que ellos habían sentido y que no podían dejar de compartir con todos aquellos que quisieran. En Jerusalén, y en todo el mundo.

Pero no únicamente se trató de hacer oír la llamada. Los apóstoles, los primeros discípulos, ofrecían algo más. Ofrecían añadirse al grupo que ellos formaban, entrar a formar parte de aquella comunidad de gente que quería vivir de verdad el seguimiento de Jesús y que mostraba, más con sus obras que con sus palabras, que Jesús realmente les había transformado, que valía la pena seguir su camino.

Y así fue extendiéndose el testimonio de Jesús. Con el empuje inicial de los primeros evangelizadores, y después, sobre todo, con el estímulo y el atractivo que tenían aquellas primeras comunidades, y con el trato personal que cada creyente establecía con sus familiares y amigos y con la gente de su entorno, a los que transmitía la fuerza y el gozo que para él significaba seguir el camino de Jesús, a pesar incluso de las persecuciones.

Nosotros también somos testigos

Este tiempo de Pascua que ahora estamos celebrando, este tiempo de fiesta en el Señor resucitado, resuena también de una manera especial para nosotros, más que en cualquier otro tiempo del año, el encargo de Jesús a sus amigos, a sus discípulos: “Vosotros sois testigos de esto”. Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de la llamada que hemos recibido, de la Buena Nueva que nos ha transformado. Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de Jesús, de su palabra, de su manera de vivir, de su muerte por amor, de la certeza que Dios nos ha dado, con su resurrección, de que su camino es el camino que da vida.

¿Y cómo hemos de ser, nosotros, testigos de Jesús? Estamos en un mundo que ya ha oído muchas palabras, un mundo en el que el mismo anuncio de Jesús se da como algo ya sabido, como algo de poco interés, como algo que tiene muy poco que aportar. Incluso nosotros a veces lo vivimos así.

Por eso, en este momento, lo único que puede constituir una llamada interesante, fuerte, viva, al seguimiento de Jesucristo, es nuestro propio seguimiento. Si nosotros vibramos convencidos de que Jesús es nuestra vida, si nosotros vivimos sin reticencias el amor a los demás y nos ponemos al servicio de los pobres sin miedo y sin preocuparnos por nuestros intereses, si nuestra comunidad de creyentes es una comunidad de gente que realmente se ama y se estimula en la fidelidad al Evangelio y en la confianza en el Padre, entonces sí que cumpliremos de verdad el encargo de Jesús, y nuestra fe será una verdadera oferta de vida para nuestros hermanos los hombres.

Esta Eucaristía de Pascua, este banquete que hacemos con Jesús como los discípulos el día en que se les apareció resucitado, debe hacernos sentir como nunca deseos de compartir y transmitir la fe y el amor que vivimos.

 

 

Sonreír, un fruto de la Pascua

« El don de un rostro sonriente»

Con sólo tu presencia,

la atmósfera es como si se iluminara.

Con sólo tu presencia,

todos se sienten confortables.

Anhelo ser tal como eres tú. (J. Jaúreguie)

Éste es mi poema preferido del calígrafo Mitsuo Aida. Significa que, cuando estamos con otras personas, aunque no se nos ocurra nada inteligente para decir, tendríamos que procurar, por nuestra simple presencia, hacer más luminoso nuestro entorno y que todos se sientan confortables. Me siento increíblemente feliz cuando me encuentro con una persona que se comporta así. La miro con cariño y desearía ser capaz de hacer lo mismo. En cambio, hay personas que, cuando entran en una habitación, proyectan como una sombra. Cuando me encuentro con personas así, siento como si es tuviese viendo la parte mala de mí misma y me entristezco. Ello me hace reflexionar sobre si, también yo, hago que los demás se sientan deprimidos o incómodos.

Recuerdo una historia que no puedo olvidar, aunque tuvo lugar hace mucho tiempo. Es la historia de una joven cristiana llamada Reiko Kitahara, hija de un profesor.

Sucedió en un barrio de la periferia de Tokyo, que había sido reducido a ruinas por los bombardeos durante la segunda guerra mundial. Un barrio de barracas llamado la Ciudad de las Hormigas, donde vivían traperos. Reiko se fue a vivir allí. Reunió a los niños del lugar, demasiado pobres para ir a la escuela, y les hizo de maestra. A menudo sin dormir, se interesaba también por los enfermos y los ancianos que vivían solos. Cada mañana, unos cuantos centenares de traperos salían, arrastrando tras de sí sus carretas de madera. Siempre los despedía con una sonrisa luminosa, diciéndoles: «¡Que tengan un buen día!». Por la noche, aunque fuese muy tarde, los recibía siempre con una sonrisa, diciendo: «Deben estar ustedes cansados». La simple vista de su sonrisa amable, inocente, hacía que aquellos hombres rudos, que se habían visto relegados a la Ciudad de las Hormigas en el caos de la postguerra, olvidaran completamente su cansancio. Así, Reiko llegó a ser idolatrada como si fuese la Santísima Virgen de la Ciudad de las Hormigas.

Llegó un momento en que cayó enferma de tuberculosis. Aunque algunos la apremiaban para que volviera a casa de sus padres, para restablecerse, ella decía: «Déjenme morir aquí». En un rincón de una chabola, donde el frío viento pasaba a través de las rendijas, estaba echada sobre una estera, sin tomar medicinas ni ningún alimento especial. Dejó el mundo todavía joven, con poco más de veinte años.      Después de su muerte encontraron un pequeño cuaderno de notas debajo de su almohada. De vez en cuando lo había sacado de allí cuando estaba echada en su cama de enferma. Preguntándose si habría escrito allí algo importante, Matsui lo abrió y halló sólo una frase: «¿No te estás olvidando acaso de sonreír en este momento?». Parece que ni siquiera cuando estaba acostaba con fiebre alta había perdido su sonrisa. Y con todo, al fin y al cabo, no era una santa, sino un ser humano ordinario. Su enfermedad cruel tenía que haberle hecho desear llorar a veces, a pesar de su deseo de no importunar a los demás. En estas ocasiones, debía haber sacado aquel cuaderno y luchado para hacerse aquella pregunta. (…)

La lista de las «Siete ofrendas que no cuestan nada» de Buda incluye un rostro sonriente. El deseaba que todos sonriesen y aceptasen a los demás del mismo modo que una madre sonríe a sus hijos y abre los brazos para abrazarlos.

 

 

1. Aparece, hoy en la escena del Evangelio, la presentación de la Historia de Dios explicada por el mismo resucitado. Ha acontecido que su realización ha sido bastante distinta y muy distante a la historia tal y como la pensaron aquellos discípulos que iba a suceder.

De esta manera, la primera invitación que nos dirige el Señor en este día es para que tú y yo pensemos, en esa muy frecuente no adecuación, del proyecto de Dios con nuestros proyectos.

Y es que son demasiadas las ocasiones en que nuestro egoísmo nos hace pensar al revés, ya que tú y yo nos apegamos a nuestras ideas y a nuestro entendimiento, el cual las más de las veces se encuentra embotado. Nuestro esfuerzo por comprender las cosas a nuestra propia manera subsiste, generalmente, queriendo que el plan de Dios coincida con el nuestro.

Se trata de un pecado de este y de todos los tiempos: la pretensión del hombre de querer que el Evangelio se adecúe a nuestra vida, y no que nuestra vida se adecúe al Evangelio.

2. En estas circunstancias de nuestras pretensiones, siempre nos hará falta que sea Dios el que camine a nuestro lado y que sea Él mismo quien venga a explicarnos detenidamente la realización de su plan de salvación en nuestra propia vida. Solamente así, nosotros podremos comprender sus insondables misterios, los cuales se siguen manifestando en nuestra existencia, aún a costa de no coincidir con nuestros bocetos, y de hasta llegar a provocar molestias en muchos de nosotros.

3. La tentación de aquellos testarudos discípulos de Emaús,… es cierto,… pero también la de los diez apóstoles, y también la de santo Tomás el así llamado incrédulo, la de aquellas mujeres, la del jóven rico del evangelio, y la de todos nosotros junto con el Israel de aquel entonces, así como también había sucedido con Judas Iscariote, consiste en esa nuestra osadía de exigirle a Dios que su pensamiento coincida con nuestros pensamientos, querer que la realidad y la voluntad divinas se adecúen a nuestra estructura mental, y con ello que su sabiduría coincida con la sinrazón de muchos de nuestros pensamientos.

Ojalá que nosotros le diéramos por un momento la oportunidad a Dios, para que nos haga comprender esa su sabiduría que supera nuestra razón humana, y sobretodo, que todos nosotros no nos precipitemos, como lo hizo Judas Iscariote, a querer obtener lo que pretendemos aún a costa de entregar a nuestro Maestro.

¡Nosotros esperábamos que las cosas sucedieran de esta manera!... En realidad esta frase expresa lo que ha sido nuestra historia.

4. ¿Sabes? Cuando era niño, ¡no hace mucho tiempo en realidad!, recuerdo que la catequista que nos preparaba para que recibiéramos la Sagrada Comunión, nos enseñaba las verdades de la fe con una pedagogía bastante elaborada. Entre sus muchos recursos utilizados recuerdo que en no pocas ocasiones se solía sentar con nosotros en la banqueta y contarnos algunas narraciones con las que nos abría el entendimiento para que así captáramos las profundidades de las enseñanzas de Dios.

Su método fue siempre eficaz. En lo personal, recuerdo con muy especial afecto algunas de aquellas narraciones.

5. En una ocasión nos contó que... “En lo alto de una montaña nacieron tres pequeños pinos, los cuales en tanto que iban creciendo platicaban amenamente, de forma especial durante las apacibles noches iluminadas por el reflejo de la luna.

Una de esas noches, cuando todavía estaba tierna su consistencia y su existencia, el tema de su charla versó sobre las expectativas que tenían hacia el futuro. ¿Qué iban a ser de grandes? Cada uno de ellos expresaba sonriente y animadamente sus ilusiones.

Decía el primero de ellos: cuando llegue a la edad mayor, yo quiero que mi madera sea útil para construir el aposento de un Rey. ¡Sí! Mi más grande anhelo es residir en un palacio rodeado de oro, con aromas y fragancias exóticas, y que mis finas maderas se conviertan a través del trabajo de un artista, en el majestuoso lecho en el que descanse algún Rey poderoso de las naciones.

Mientras tanto, el segundo de los pinos, a la luz de las estrellas que lucían en todo lo alto manifestaba sus deseos hacia el futuro aparentemente lejano: Pues yo me quiero convertir en un gran navío que surque las aguas de las mares-océanos más importantes del mundo. Quiero convertirme en una gran embarcación que acalle en los grandes puertos del mundo, que pueda conocer todas las geografías y todas las gentes posibles, y que mi tripulación esté compuesta por las gentes más afamadas de la tierra: grandes conquistadores, aventureros o colonizadores.

Finalmente, el tercero de los pinos, pensaba que él se estaba guardando posiblemente la mejor de las sorpresas en cuanto a los anhelos infantiles se refiere, de tal manera que cuando le tocó su turno: exclamó con solemnidad y decoro: pues yo, mis queridos fratelos consavianos siempre he soñado en que mis maderas sean utilizadas para construir un púlpito magistral desde el cual los más grandes oradores del mundo expresen los mejores y más memorables discursos, yo quiero ser una tribuna para que los hombres más persuasivos del universo expresen algunos mensajes bastante bien estudiados como para que queden grabados en el consciente colectivo para toda la posteridad, pienso en esos magníficos filósofos, que dicen que existen en la Grecia memorable o en la Roma Imperial. ¡Qué gran honor, para mí convertirme en el podium de los hombres más elocuentes!

Y así... soñaban aquellos tres pinos que dirigían hacia el cielo las puntas de sus ramas, así como sus ilusiones y plegarias. El primero quería ser un aposento real, el segundo quería ser un gran navío y el tercero, nada más y nada menos, que quería ser un púlpito para la estudiada sabiduría de los hombres.

Y al pasar el tiempo, fueron creciendo, y con su crecimiento llegó el tiempo oportuno en que el leñador cumpliera con sus labores. Una tarde del Otoño, se confundió con la melodía del bosque el golpeteo del acero. Cada aseste del hacha se perdía en el horizonte entre los cantos de las aves, los silbidos del viento y el movimiento de las hojas. Y los tres pinos fueron a dar al aserradero, confundiéndose entre tantos y tantos maderos que habían sido talados con antelación y que estaban esperando un comprador.

Y, poco a poco, fueron llegando diferentes hombres provenientes de diversas provincias a aquel aserradero a comprar la madera que ellos necesitaban.

El primero de los pinos fue comprado, junto con otros muchos más, por un hombre de Belén que, sin duda era el que tenía más prisa, puesto que necesitaba de la madera suficiente, con la cual poder elaborar algunos de los muebles de su casa, y para hacer un poco más grande el establo, ya que aquel censo al que habían sido convocados todos los israelitas, le iba a llenar las habitaciones de su posada y, además necesitaría de más pasto para alimentar a las vacas que le proveían de leche, a los burros que rentaría para los traslados, y al buey que utilizaría en la próxima temporada en que se barbechara la tierra. Y así sucedió con el primero de los pinos que terminó, casi en su totalidad, colocado como un contenedor de la paja de aquel establo en las afueras silenciosas de Belén.

El segundo de los pinos fue comprado por un hombre de Cafarnaum, un hombre llamado Juan o Jonás, el cual tenía como oficio el ser pescador. Sus ahorros de tantos y tantos años, al fin le habían dado la posibilidad de fabricar una barca que les heredaría a sus hijos, los cuales aunque eran todavía pequeños, sin lugar a dudas seguirían con el oficio que aquel Padre tenía. Si Zebedeo el padre de Santiago y Juan ya les había hecho una barca a sus pequeños hijos, él tambièn les heredaría una barca y el oficio de pesacadores a sus hijos. ¡Claro que sí! Simón el mayorcito y el pequeño Andrés serían pescadores al igual que su padre, ¡No faltaba más!, puesto que el Lago de Cafarnaum era lo suficientemente generoso como para que pudieran vivir cuando él ya no estuviera a su lado. Y de esta manera el segundo pino terminó convertido en una modesta barca que durante muchos años iba a surcar aquel lago de Galilea hacia Genesaret, de Genesaret hacia Cafarnaum y de Cafarnaum otra vez hacia Galilea.

Por último, le llegó el turno al tercero de los pinos, el cual fue comprado por un centurión romano, puesto que el emperador César Augusto había decretado que las diferentes provincias se proveyeran de las cruces suficientes como para que se mantuviera un mejor orden en el imperio, ya que los zelotas y los sicarios, estaban provocando demasiadas revueltas en los caminos y en las montañas. Y así, aquel tercer pino se convirtió en un patíbulo más que iba a ser almacenado esperando que algún sedicioso fuera condenado a muerte, y allí permaneció durante muchos años esperando a sus ajusticiados para convertirse en un instrumento de persuasión colectiva y de disuasión social.

6. Recuerdo que todos los niños escuchábamos atentamente sentados en la banqueta y con la cara entre las manos. Todos teníamos los ojos inmensamente abiertos esperando el desenlace de la narrativa. Y aquella catequista tranquilamente después de darle un sorbo a un vaso de agua, concluyó: “Queridos niños: ustedes pensarán que aquellos pinitos cuando crecieron no llegaron a cumplir con sus ideales y anhelos, y que Dios no les escuchó en sus deseos, pero están muy equivocados”.

“Y esto es lo más importante de todo: Dios siempre escucha nuestra oración y lo que Él nos da supera en mucho todo aquello que nosotros le estamos pidiendo.

“Resulta que, el primer pino no llegó a ser el aposento de un rey con corona de oro y diamantes, pero ese pino que terminó convertido en la madera que contenía la paja de un establo, y que fue muy útil para aquella noche de la navidad en que San José y la Virgen María no encontraron posada para que naciera el Hijo del Dios Altísimo, y de esa manera aquel pino que esperaba ser el lecho de un rey, se convirtió en una humilde cuna para recostar allí al Niño Dios, al Rey del Cielo y de todo el Universo que quiso nacer en ese establo.

“Ustedes piensan que el segundo pino tampoco obtuvo lo que le pedía a Dios en sus oraciones, pero ustedes se equivocan. ¿Se acuerdan que le pedía a Dios ser una gran embarcación y conocer así los mares oceanos y terminó siendo la barca para unos pescadores de un lago? Pues, en la realidad aquella barca fue la embarcación más importante que ha existido en la historia, puesto que fue en esa barca en donde el Señor nos concedió las pescas milagrosas, en esa barca Él llamó a Simón, a quien llamó Pedro y a Andrés su hermano; y junto con ellos a Santiago y a Juan, y desde esa embarcación Él predicó muchas veces a la gente cuando ellos estaban en la costa agolpados, y esa barca es la imagen de esta nuestra Iglesia que sigue conduciendo el sucesor de san Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra: el Papa.

“Y ¿Qué piensan ustedes sobre el tercero de los pinos, el más pequeño de los tres? ¿El que quería ser un púlpito para los grandes filósofos? Pareciera que le fue muy mal al pobre, puesto que lejos de ser un púlpito terminó siendo una grotesca cruz para castigar a los malhechores,… pero en la realidad, ese tercer pino se convirtió en el púlpito más hermoso que ha existido, no fue un púlpito para grandes discursos de los sabios del mundo, pero esa cruz se convirtió en el púlpito más importante de la historia, puesto que desde allí se nos ha dado el más bello de los mensajes en la entrega generosa del Hijo de Dios, y desde esa cruz se pronunciaron las siete palabras más hermosas en los mismísimos labios de Cristo, el Hijo de Dios”.

7. Todavía resuena como si fuese ayer el eco en mis tímpanos de sus últimas palabras antes de concluir nuestra sesión:

“Queridos niños, nunca se les olvide: cuando piensen que las cosas no han salido como ustedes las pidieron, quiero que recuerden  que Dios tendrá siempre un proyecto mejor del que ustedes han pensado. Recuerden: Dios jamás se equivoca”.

“Nosotros esperábamos que Dios actuara así”... –han mencionado los discípulos de Emaús y mencionamos todos nosotros- ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

Necesitamos pedirle a Dios que nos explique cada una de las escenas difíciles de nuestra vida para que así las comprendamos con la luz cristiana.

 

 

Dios pone, sobre espinas, rosas de conformidad.

1. “Nosotros esperábamos que”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

La historia de los tres pinitos que compartíamos en el segmento anterior, me hizo recordar mi propio camino vocacional que en algún momento anterior, ya te había compartido en parte.

Mi historia vocacional está fuertemente vinculada con la presencia del bienaventurado Papa Juan Pablo II en nuestra Patria.

Tu recordarás que la primera visita de Su Santidad Juan Pablo II a nuestra ciudad fue aquel día 31 del mes de Enero de 1979.

Un servidor junto con millones de católicos vivimos una alegría de Dios muy especial.

Yo estaba en el segundo año de la secundaria, y fue en aquel júbilo que rebosaba en el corazón al contemplar a aquel hombre fiel a Jesucristo, en donde surgió mi propia inquietud hacia el sacerdocio.

Recuerdo que tuve que esparar a concluir los estudios secundarios, y de esa manera al terminar los estudios en la Secundaria Federal # 33 “Profesor Emeterio Lozano”, pude ingresar al Seminario, esto después de realizar aquel proceso vocacional.

2. Todavía recuerdo en la memoria aquella tarde de mi ingreso al seminario, recuerdo a mis padres y  a mis hermanos y hermanas que me fueron a dejar aquel domingo 17 de agosto de 1980.

Cuando ingresé al Seminario, mi familia vivía en el Segundo Sector del Infonavit Constituyentes de Queretaro II, mi padre trabajaba en la Fundidora y éramos 7 hermanos. Él siempre trabajó con honestidad y nos ofreció todo lo que estaba a su alcance. Él cooperaba con lo que se podía para ayudar al Seminario, y puedo decir que en los momentos en que no se pudo aportar alguna mensualidad, el Seminario jamás hizo distinciones entre aquellos que daban colegiatura y los que no lo podíamos hacer. Esta es sólo una de las muchas razones por las que quiero mucho a nuestro seminario.

Fueron 11 años de mi formación, los últimos cinco en la Universidad Pontificia de México, aunque ya al décimo año había terminado mis estudios que marca el Derecho Canónico para poder recibir el Ministerio Sagrado.

3. Recuerdo bastante bien que en aquel año 1990, Dios nos tenía reservada una grata sorpresa: regresaba Juan Pablo II a México, y surgió entonces una estupenda noticia: “Todos los jóvenes que ese año nos ordenáramos sacerdotes ibamos a recibir el Orden Sagrado de manos del Papa”, la fecha ya estaba fijada: el miércoles 09 de Mayo de 1990 en la Ciudad de Durango.

Aquella noticia me llenó de alegría: Si bien lo había deseado, jamás lo  hubiera podido imaginar como algo posible, el que Dios me concediera un regalo tan especial. Y así fue como en el mes de Enero del año 1990 iniciamos con los preparativos, los ornamentos y las invitaciones… Pensaba en mis adentros: ¡Durango, ahí te voy! La arquidiócesis de Monterrey había registrado los nombres de 8 de sus alumnos para ser Ordenados por Su Santidad, entre los cuales estaba un servidor.

Sin embargo, iniciando el mes de Febrero, surgió una nueva información: “Éramos demasiados los que estábamos apuntados, y no era posible que todos nos ordenáramos en Durango con el Papa”. Fue así que la Comisión organizadora tomó la decisión de reducir a la mitad todas las listas de los candidatos que cada Diócesis había registrado. Monterrey que había separado ocho lugares iba a contar con cuatro espacios.

En aquel entonces, un servidor y otro compañero estábamos estudiando en la Universidad Pontificia de México. De tal manera que de los 6 que estaban en Monterrey iban a quedar 3, y de los dos que habíamos ido a estudiar una especialización a México iba a quedar 1.

La noticia me cayó como un balde de agua fría. Sin embargo, en mi mente y mi corazón se guardaba la confianza de que fuera yo el afortunado. Recuerdo aquella tarde en que puestos de acuerdo fuímos a la oficina del Padre Carlos Junco, y tal y como lo hicieron los apóstoles al elegir a Matías, hicimos una oración pidiéndole a Dios que se hiciera su voluntad y que nos diera conformidad en el resultado. Fue entonces que, al igual que lo hicieron los apóstoles, el padre Carlos Junco lanzó la moneda al aire… Yo había elegido águila y mi compañero había escogido cara. Fueron instantes que parecieron eternos esa sucesión de tiempo en que veíamos dar giros a aquella moneda en el aire, y después de que cayó en el suelo, dió varios tumbos hasta que después de girar como si fuera sobre un eje, cayó una superficie hacia el suelo y otra hacia arriba.

4. El resultado... ¿quieres saberlo?, te lo cuento el próximo domingo... No ¡No te creas! Cayo cara y el aguila estaba contra el suelo ¡El elegido era… mi compañero, el padre Hugo Chávez!

Yo dije: ¡que al cabo ni quería!,… ¡No!, tú sabes que no fue así, y yo soy el primero que no te puedo mentir. Humanamente yo me sentía muy triste, aquella noche experimentaba en mi corazón una serie de sentimientos realmente extraños, de los que en algún momento me pensé excento. Hasta cierto punto yo pensaba que era injusto, y también pensaba en cómo decir a mis padres, a mis hermanos y hermanas, a mis parientes y amigos, que siempre no iba a ser ordenado por el Papa. ¡Es posible que esta haya sido mi principal preocupación.

Al fin, les llamé por teléfono a mis padres que no iba a ser ordenado por el Santo Padre y recuerdo que mi madre me dijo: ¡Dios sabe lo que es mejor para nosotros y Él nunca se equivoca! Mi madre le estaba dando una bella lección de cristianismo a su hijo ya próximo a ordenarse sacerdote.

A los pocos días, el P. Miguel Angel Alba Díaz, entonces Rector de nuestro Seminario y ahora Obispo de la Paz, Baja California, me llamó por teléfono desde la ciudad de Monterrey a la Ciudad de México, y me dijo que el señor arzobispo quería que los que no nos ibamos a ordenar con el Papa, nos ordenáramos antes de su venida, para que así pudiéramos concelebrar con él cuando estuviera el día jueves 10 de mayo en la ciudad de Monterrey. La fecha que fue elegida por el arzobispo era el Domingo de la Pascua de Resurrección de ese año 1990 que caería en el 15 de Abril.

Le agradecí educadamente la noticia, -pero en realidad sentía aquello como cuando le dan a uno un reintegro en lugar del premio mayor-.

Los preparativos se aceleraron todavía más y por fin llegó la fecha indicada. No puedo olvidar aquel 15 de abril de 1990, domingo de Resurrección, cuando entramos a la santa Iglesia Catedral a las 10:00 de la mañana y salimos hacia las 12:30 del mediodía. Cuando salí de ese santo lugar revestido con mi ornamento sacerdotal, el sol brillaba intensamente en el meridiano.

Recuerdo que mi madre me dio entonces un abrazo prolongado y lloraba de alegría, a su lado estaba mi padre con un rostro alegre y con lágrimas de felicidad.

Y en ese momento, recuerdo que mi madre me dijo algo que no puedo, ni quiero olvidar jamás: “Rogelio, jamás pense que Dios me iba a dar este regalo”.

Yo le dije, que sin lugar a dudas el sacerdocio que Dios me confiaba era un gran regalo para mí, lo mismo que para mi familia, y para mi parroquia, y para nuestra diócesis...

Pero ella me interrumpió diciendo: “No, Rogelio, me refiero a otra cosa: “Jamás pensé que Dios me iba a permitir que tú te ordenaras sacerdote el mismísimo día en que tu padre y yo nos casamos. Hoy tú papá y yo cumplimos 35 años de casados”.

5. Fue entonces cuando comprendí esa sabiduría ocasionalmente incomprensible de Dios, en todos esos designios que los hombres en no pocas ocasiones no somos capaces de llegar a comprender, sino hasta que Él camina a nuestro lado, platica, nos explica y nos abre el entendimiento…

Nosotros esperábamos que Dios actuara así... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

 

 

La encina y el ciprés son de Dios

1. “Nosotros esperábamos que Dios actuara así”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

En las relaciones personales también sucede esto con mayor frecuencia de lo que solemos pensar.

Nosotros esperábamos que el esposo, que la esposa, que los hijos, que el amigo, que la novia actuara de esta manera y nos aguantaran todo, pero las cosas han resultado muy distintas...

2. Te quería comentar que cuando estudiaba la Filosofía en el Seminario de Monterrey hubo una frase de Friedrich Nietzsche que cuando la leí por primera vez no la comprendí: “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad.”

Con el paso del tiempo y con un ministerio a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, he podido percibir la verdad sobre tantas situaciones humanas ensombrecidas por el pecado original y me he dado cuenta de la razón que tenía aquel hombre, que al final de su vida llegó a salir del recto juicio: “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad.”

3. Para entender lo anterior tenemos que recordar algunas cualidades acerca de la amistad.

La amistad es una relación profundamente humana que brota de la posibilidad de encontrarse entre seres personales, con inteligencia, con sentimientos, con emociones y con libertad. En esencia, podemos decir que la amistad no puede ser solamente un afecto, sino una relación social que, sin lugar a dudas, supone un afecto. Pero lo más importante no es el afecto sino la relación, ya que el amor en muchas ocasiones no exige la reciprocidad, es decir, la correspondencia, y la amistad sí exige la correspondencia. Te lo explico con un ejemplo: un sentimiento tan noble como lo es el amor paterno no exige la reciprocidad, tal como acontece en el caso de muchos padres que aman aún sin ser correspondidos y el amor no se desvanece sino que al contrario se cualifica todavía más, y así podríamos decir del amor fraterno, en donde el amor que le tengo a mi hermano no desaparece aunque él no me quiera a mí sino todo lo contrario,… en cambio, estrictamente no puede haber amistad sin correspondencia.

¿Te das cuenta como la amistad es más una relación social que un afecto?

Y es en el ámbito de la relación interpersonal en donde se inicia la demolición de muchos de los edificios de los matrimonios.

4. Hace algunos años leí una obra de Barbara Silverstone titulada: “El amor que lastima” En donde ella manifestaba como el pedir disculpas es el arte indispensable que exige un verdadero propósito de cambio en las actitudes de los que pedimos disculpa.

Barbara nos cuenta que ella se casó profundamente enamorada, ¿existe acaso alguna persona sana y honesta que no se case profundamente enamorada?, y cuenta ella que al casarse no conocía una doble manía que tenía su flamante esposo. De esto se dio cuenta en la primera oportunidad en que como esposos fueron a una reunión de amigos, a una reunión social. Recuerda que al entrar en aquel recinto ella se sentía como la soberana de una corte ingresando al salón de un palacio y en donde todo mundo parecía verle aunque estuvieran viendo hacia otro lugar, llegaron y se sentaron en torno a una de las mesas con unos amigos. La primera de las manías apareció: él se permitía en público hacer comentarios despectivos sobre ella, la ridiculizaba, le lastimaba; en medio de los amigos llegaba a contar hasta situaciones de la intimidad provocando la risa de todos los invitados: él se convertía en el alma de la fiesta y ella en el hazmerreír de la reunión. Al regresar a la casa ella iba sumergida en el dolor y al bajar del carro él simplemente le dijo: ¡Vamos!, no hagas papeles, no fue para tanto.

La cruda moral asaltaba su corazón de enamorada y no le permitía conciliar el sueño. Y entonces sobrevenía la segunda manía: al día siguiente, invariablemente le traía un ramo de rosas con una glosa en una tarjeta: “Discúlpame, por haberte ofendido la noche de anoche. Te amo”. El mismo quiso poner aquellas rosas en un florero y las puso sobre el buró que estaba orientado hacia el lugar en el que ella descansaba en el lecho matrimonial. Esto le devolvió la paz en su corazón.

Sin embargo las cosas no quedaron allí, las escenas idénticas se siguieron repitiendo. Una ocasión aislada no hubiera tenido gran problema, ni siquiera dos, pero que en cada reunión social, su esposo se hiciera pasar el gracioso a costa de ella ante los amigos y que al otro día buscará resarcir con un ramo de rosas la ofensa perpetrada, se convirtió en un escenario recurrente y en una lastimosa situación.

Y llegó el día en que ella se cansó y antes de irse a la casa de su madre, tomó en sus manos cada uno de los tallos de aquel bouquet de rosas, y acto seguido con sus dedos índice y pulgar de la mano derecha iba empujando cada espina hasta cortarlas y al hacerlo sus dedos empezaban a sangrar, las espinas ensangrentadas las iba poniendo sobre la funda de la almohada en el lecho matrimonial. Así lo hizo hasta que terminó con la última de las espinas del último de los tallos. Al concluir aquella tarea la superficie de la almohada estaba llena de espinas y de la sangre de sus dedos. Antes de marcharse a la casa de su madre, Barbara  escribió un texto en el reverso de la tarjeta que solía acompañar aquel ramo de rosas: “Cuando me ofendes delante de las personas me lastimas más de lo que estas espinas han lastimado mis dedos”. 

5. “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad”. ¡Cuánta razón tienen estas palabras! Y es que, en lo personal, he llegado a conocer a personas que se aman profundamente pero que se lastiman despiadadamente. Él asegura que está locamente enamorado de ella, pero en la primera ocasión la ofende y le falta el respeto. Él dice que jamás ha amado como le ama a ella, y yo les suelo preguntar: Entonces, ¿Por qué le lastimas?... Se trata de amores tormentosos, puesto que aunque se asegure que existe el amor las relaciones interpersonales son deficientes. “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad”, decía el loco Nietzsche y lo sufren las personas locamente enamoradas de los los enamorados desquiciados.

Considero oportuno el que comprendamos que cuando la Palabra de Dios menciona que en el matrimonio se forma una sola cosa, que los esposos ya no son dos sino uno sólo, no refiere la Palabra de Dios la sobreposición del Yo sobre el Tú, no se trata de Yo que ha desaparecido o asesinado al tú. El ser una sola cosa refiere el nacimiento de un “nosotros”, compuesto por el yo y por el tú, en donde en un nosotros el yo y el tú son sumamente importantes e insdispensables. El matrimonio no puede ser un empobrecimiento sino un enriquecimiento, no es resta sino suma. Y aquí la amistad entendida como relación interpersonal madura es también importante: para ella algo es muy importante y para él no lo es tanto, para él algo es muy importante y para ella no lo es. Y al final de cuentas no tienen ni porque pensar igual, ni porque sentir igual, ni porque hablar igual, ni porque opinar igual.

6. Nosotros esperábamos que... pero,...

Esta tentación la hacemos extensiva a las personas que nos rodean, ya que, no tan sólo queremos meter a Dios, sino también al prójimo, a nuestras coordenadas intelectuales.

Somos tantos los que solamente aceptamos a los que dan con nuestra medida, es entonces que les llenamos de nuestros favores y atenciones, en apariencia, son favorecidos pero en realidad se pierden en el manipuleo y el chantaje de nuestro mundo de oropel.

Es ésta nuestra obstinación: queremos encuadrar las personas y las situaciones a nuestra liberalidad. Estas pretensiones hacen desaparecer al otro o que les absorbamos al arrastrarlos hacia nuestro centro de gravedad.

Emulamos aquéllo que los científicos han querido llamar como “agujeros negros”. Somos semejantes a aquellos lugares en donde nada, ni siquiera la luz, puede escapar de éstos, debido a la enorme fuerza gravitatoria y que, por otra parte, cualquier objeto o sujeto que se acercase serían igualmente atrapados por su enorme poder de succión.

Date cuenta de que cada uno de nosotros, en el plano de las relaciones, somos como esos satélites los unos de los otros y que entre nosotros debe haber una equidistancia que pueda mantener un estado de salud en nuestra relación. Nuestra vida para que sea digna debe convertirse en un contínuo girar dentro de una delicada geometría de nuestras esferas celestes.

¿No te has dado cuenta de que aún las órbitas de los planetas suelen ser elípticas; a veces más cerca y a veces más lejanos, pero nunca en la misma distancia? Los cuerpos celestes conocen sus leyes y adivinan sus mutuos talantes, con los cuales se acercan o se alejan según las estaciones, la masa y la velocidad, y así se mantienen los cielos hermosos con el juego siempre distinto y siempre igual de sus miríadas de galaxias.

Se trata de la sabiduría de Dios aplicada al Cosmos, que bien debiera inspirar nuestra propia astronomía relacional.

7. Es aquí en dónde, hoy debemos pedirle a Dios que nos ayude a salir de nuestro egoísmo estrechista, ya que este nos incapacita para entender las cosas que no resultan de acuerdo al “script” que hemos ambicionado, o a los pretextos de nuestra propia inmadurez.

Y es aquí en donde también debemos pedirle a Dios la virtud de la paciencia para con nosotros mismos y con los demás; paciencia ante lo más importante y ante lo intrascendente; ante las rachas subidas de dificultades, y para afrontar los pesares cotidianos; cuando el clima frustre nuestros planes; ante la fatiga del cuerpo, o la del alma; en el fracaso ante el deber o el fracaso del prójimo ante nosotros; con aquéllos que se encuentran por debajo y por encima de nosotros, y para con nuestros iguales; también hay que tenerles paciencia a quienes nos aman, y a quienes no nos quieren.

Pidámosle paciencia a Dios ante las pequeñas penas y ante el martirio, y sobre todo, pidámosle que nos haga entender que, aunque las cosas no sucedieron como las esperábamos, salieron de acuerdo a sus planes, y éstos superan en mucho a los nuestros.

 

 

¿Por qué surgen dudas en su interior?

1. Escribía el cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI sobre la resurrección y sobre el texto que hemos leído: “Sabemos que Cristo, por su resurrección, no volvió otra vez a su vida terrena anterior, como, por ejemplo, el hijo de la viuda de Naím o Lázaro. Cristo ha resucitado a la vida definitiva, a la vida que no cae bajo las leyes químicas o biológicas y que, por tanto, cae fuera de la posibilidad de morir; Cristo ha resucitado a la eternidad del amor. Por eso, los encuentros con Él se llaman "apariciones”; por eso, sus mejores amigos, que hasta hacía dos días se habían sentado con Él a la misma mesa, no le reconocen; le ven cuando Él mismo les hace ver; sólo cuando Él abre los ojos y mueve el corazón puede contemplarse en nuestro mundo mortal la faz del amor eterno que ha vencido a la muerte, y su mundo nuevo y definitivo, el mundo del futuro.”

2.-     La condición en que se encuentra el resucitado es una situación totalmente nueva: Su condición no es la de lo sólo físico, no es la del tiempo y el espacio: Ingresa a un cenáculo cerrado y atraviesa puertas herméticamente taponeadas; El resucitado no es reconocido de forma inmediata por las personas que más lo quieren, así sucede con María la de Magdala, aquella a la que le transformó la vida del libertinaje a la dignidad ¡Y no le reconoce! Piensa que es el jardinero,... Los discípulos de Emaús tampoco le reconocen, recuerda que un discípulo es alguien que ha estado con Jesús desde el Bautismo hasta la resurrección,... y acontece que aquellos hombre que tienen tres años de haberlo dejado todo para seguir a Jesús regresan apesadumbrados a Emaús y es entonces que el Señor se les hace presente, dialoga con ellos, les explica las Escrituras, parte para ellos el pan; se trata de once kilómetros de presencia en los que no le reconocen, hasta que en la fracción del pan, como tú y como yo, le reconocieron. Y así acontece con los apóstoles, quienes piensan que es un fantasma. Las condiciones en las que Jesucristo se encuentra son totalmente nuevas.

3. Y sin embargo, aunque está fuera de las leyes físicas y biológicas, Él conserva las cualidades “físicas”, puesto que es palpable como lo menciona el día de hoy el Evangelio: tiene pies, manos y costado en donde meter los dedos de los incrédulos. Más aún, después de que la incredulidad se mezcla con el desconcierto les da una prueba más para que puedan ver que él conserva las propiedades corpóreas al comer el pescado y el pan, al deglutir los alimentos: “Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos”.

Más adelante junto a la rivera de Galilea les volverá a mostrar que Él puede asir los objetos, que parte el pan y que lo reparte. “Entonces Jesús toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez”.

Las reacciones ante un hecho inusitado son igualmente nuevas de parte de aquellos que le quieren. La experiencia del resucitado es una experiencia muy grata, pero nueva y extraña, el Evangelio nos dice que en algunos provoca susto, en algún otro temblor, en algunos refiere el espanto y hasta el miedo, en los discípulos de Emaús provocó que su corazón ardiera. Hoy se dice que los hombres no alcanzaban a creer por la alegría, se menciona que tienen miedo, que están asombrados, desconcertados, que estaban atónitos y un poco más atrás se había mencionado que las Mujeres tenían miedo.

Esta experiencia nueva y extraña, todos sabemos que llegó a provocar incredulidad en los más cercanos: Es fácil recordar a Tomás como el incrédulo, pero en justicia tendríamos que decirlo también de “los discípulos de Emaús quienes le dicen al peregrino de Emaús: algunas mujeres dicen que está vivo, pero...  Recuerda que tampoco los apóstoles le creen a las mujeres ni terminan de asimilar lo que están viendo. Hoy mismo el Señor les ofrece la prueba del costado y de sus llagas ya no a Tomás sino también a los otros apóstoles.

4. La condición en la que se encuentra el resucitado, ha recibido de parte de san Pablo un especial interés al hablarnos del centro de nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe.

San Pablo explica la resurrección con un pleonasmo, con una contradicción de términos: un cuerpo espiritual.

A partir del versículo treinta y cinco del capítulo quince en la Primera Carta a los Corintios menciona “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? Necio, Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tu siembras no es el cuerpo que va a brotar sino un simple grano, de trigo por ejemplo y emerge una planta, se siembra corrupción y resucita incorrupción, se siembra vileza y resucita gloria, se siembra debilidad y resucita fortaleza,...”  La respuesta más elocuente se encuentra en el versículo cuarenta y cuatro al decir san Pablo: se siembra un cuerpo natural y resucita un Cuerpo Espiritual.

5. Y, ¿cómo vamos a resucitar nosotros? Hablemos sobre la eternidad como nuestro destino pero sin dejar de hablar sobre el tiempo: nuestro camino.

Algunos solemos tratar de una forma ligera este misterio que es de suma importancia para el hombre, pero sin darle una respuesta.

La muerte, dicen algunos pensadores, es una exigencia de la vida. Para que la vida se diversifique, progrese, las generaciones han de sucederse.

Al dejar de visualizar la eternidad se pierden las razones para vivir, y el perder las razones para vivir, es estar ya muerto. Esos pensadores se matan inmediatamente para no afrontar la incertidumbre y la angustia de una pregunta desgarradora e ineluctable.

Si un día la tierra será aniquilada, ¿por qué seguir actuando, sufriendo, procreando? Todo da igual, si todo es inútil. Todo es insensato, si no hay dirección, meta, utilidad.

Y es aquí en donde sobreviene la grandeza de nuestra fiesta del día de hoy. Tenemos que reconocer en la Resurrección de Jesucristo aquella respuesta necesaria en nuestra vida.

6. Para los cristianos la muerte no es un camino cortado sino una meta alcanzada.

La Pascua de la Vida Eterna la debemos contemplar como la primavera que llega después de los largos inviernos de la enfermedad, del dolor, de la soledad, de la dependencia que provoca la enfermedad.

Dios, el día de hoy, nos está invitando a distinguir entre lo perecedero y lo eterno, entre lo secundario y lo primario, entre lo sustancial y lo accidental, entre lo efímero y lo vital. Para nosotros algo termina y algo empieza.

Estamos orientados hacia el porvenir. Un “futuro sin porvenir” es un contrasentido, una especie de condena al sinsentido.

7. Cuando el telón de mi vida se cierre, me quitaré el maquillaje, me quitaré el disfraz, le entregaré mi papel al autor, y mientras los espectadores quizá siguen aplaudiendo, Dios no buscará condecoraciones sino que buscará cicatrices en mis manos.

El único paso autorizado para la Vida eterna es el compromiso personal y el de la decisión de tomar en serio las exigencias del Evangelio, sin intentar astutamente reducir el cociente de dificultades. La entrada no es cuestión de membresías ni de inscripciones, sino que es un asunto de amor.

La vida terrena se prolonga en la vida celestial, la vida temporal aparece como antesala de la vida eterna. La vida terrena no se prolonga al negar la vida de ultratumba sino que se encoge miserablemente.

Las conclusiones de una reflexión sobre la eternidad no nos llevan a una tranquilidad adormecedora como nos acusaba Feuerbach, sino que no lleva a una incesante vigilancia.

8. El más allá pone los cimientos de las relaciones del más acá.

El hombre no es un ser para la muerte sino un peregrino en busca de la luz, de un nuevo horizonte.

La muerte no debe ser comparada con la inmensa mar irreversible sino con un arroyo poco profundo que nos ayuda a cruzar la frontera para la vida.

Un mundo abandonado por el amor habrá de asumirse en la muerte... Donde persiste el amor, donde triunfa de cuanto quiera degradarlo, la muerte acaba definitivamente vencida.

Aquel a quien el amor no toca, camina en la oscuridad. El que no ama camina en las tinieblas nos dice el Evangelio.

El misterio de la muerte se esclarece por el misterio del amor: A la muerte del ser amado, la única actitud verdaderamente espiritual es, en consecuencia, la de la fe y la oración.

Sin embargo se nos presenta una fe en una realidad totalmente nueva: esperamos una transfiguración no una reproducción.

La vida eterna no es simplemente una prolongación, después de la muerte, de la existencia terrena, sino un estado de glorificación del que Cristo nos participa.

Rogelio Narvaez Martinez

 

 

Nexo entre las lecturas

El núcleo del mensaje de este tercer domingo pascual lo encontramos en el evangelio. Las profecías debían cumplirse. Es decir, todo aquello que había sido escrito en la ley y Moisés acerca del Mesías, acerca de sus sufrimientos y de su muerte, debía tener cabal cumplimiento en Cristo (Ev). En la primera lectura Pedro muestra la continuidad entre el Dios de Abraham, el Dios de Issac, el Dios de Jacob y el Dios que ha glorificado a Jesús. Ninguna ruptura entre las promesas hechas por Dios y la realidad actual; por el contrario: un cumplimiento cabal y perfecto del plan de Dios, de su pacto de amor con los hombres llevado hasta el amor extremo (1L). Gracias a la muerte de Jesús y a su resurrección tenemos el perdón de los pecados. Él es propiciación por nuestros pecados nos dice san Juan en la segunda lectura (1L). Allí donde se anuncie el misterio de Cristo, el misterio de su muerte y su resurrección, debe anunciarse el perdón de los pecados y la necesidad de la conversión. Así, pues, nos encontramos ante un mensaje con una doble valencia: por una parte el gozo de saber que todas las profecías se han cumplido en Cristo Jesús, en su muerte y su resurrección; por otra parte, la necesidad de arrepentimiento y conversión por nuestros pecados.

Mensaje doctrinal

1. Dios es fiel a sus promesas. En este domingo leemos el texto del segundo discurso de Pedro en el que el apóstol anuncia la resurrección del Señor. La resurrección de Jesús nos dice que Dios es fiel a sus promesas. La resurrección es el culmen hacia el cual tendía la historia de la salvación desde el principio, se trata del cumplimiento pleno de la revelación divina de Dios y de su amor, y la liberación definitiva prefigurada en la liberación de la esclavitud de Egipto. En el evangelio san Lucas comenta que Cristo resucitado abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. _Abrir el entendimiento_ significa comprender que toda la historia de Israel encuentra su sentido cuando culmina en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Abraham y Moisés, David y los profetas, la esperanza y el exilio, todo recibe su lugar y encuadramiento a la luz del misterio pascual de Cristo. Dios ha cumplido todo su plan de salvación y lo ha cumplido de un modo misterioso que supera todos nuestros cálculos humanos.

Dios que había hecho al hombre por amor, quiere devolver al hombre la vida que éste había perdido pecando. Dios quiere restaurar en el hombre la imagen primitiva. Para realizar esta obra de redención, de restauración elige un camino largo y penoso: su encarnación, su nacimiento, su vida, su pasión, muerte y resurrección. Dios quiso salvar al hombre mediante el misterio inescrutable de la encarnación. ¡Misterio de Dios! ¡Maravilloso misterio de Dios que nos rescató haciéndose hombre e incorporándonos a la naturaleza divina! De forma bella y profunda dice san Gregorio de Nisa:

«Aquel que es eterno no toma sobre sí el nacimiento carnal porque necesita la vida, sino para llamarnos nuevamente de la muerte a la vida. Puesto que era conveniente que se hiciese la resurrección de toda nuestra naturaleza, (Cristo) tendiendo la mano al caído, y mirando a nuestro cadáver, se acercó tanto a la muerte cuanto supone haber asumido la mortalidad y haber dado a la naturaleza el principio de la resurrección, al haber resucitado con su propio poder a todo el hombre».

Or. Cat. XXXII, PG 45, 80 A

Así pues, que la fidelidad de Dios a sus promesas y a su amor por el hombre, sea aquello que nos dé seguridad en el camino. El Señor no nos ha abandonado. Podrá una madre olvidarse de su hijo, que Dios no lo hará con nosotros, porque en su Hijo muerto y resucitado nos ha dado todo. Nos ha dado su amor.

2. Arrepentimiento y conversión de los pecados. Cristo resucitado anuncia a sus apóstoles que en su nombre (el nombre de Cristo) se predicará la conversión y el perdón de los pecados. Esto también estaba contenido en las Escrituras. Y así, vemos a Pedro mismo ante Israel predicar este arrepentimiento y este perdón. Y así escuchamos a Juan en su primera carta proclamar que, si alguno peca, sepa que tiene un abogado ante el Padre, Cristo el Señor.

Las fiestas pascuales son un momento de reflexión para hacer una conversión en la vida. El que ama a Dios no puede seguir pecando. El que conoce a Dios no puede seguir pecando. Quizá caerá por fragilidad, pero entre él y el pecado se ha dado una lucha que no conoce fin, pues el pecado lleva a la muerte, a la muerte segunda, a la pérdida definitiva de Dios.

«Dios, en su amorosa disposición al perdón -nos dice el santo Padre el 1 de enero de 1997, ha llegado a darse a sí mismo al mundo en la Persona de su Hijo, el cual vino a traer la redención a cada individuo y a la humanidad entera. Ante las ofensas de los hombres, que culminan en su condena a la muerte de cruz, Jesús ruega: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34). El perdón de Dios es expresión de su ternura como Padre. En la parábola evangélica del - hijo pródigo” (cf. Lc. 15,11-32), el padre sale corriendo al encuentro de su hijo apenas lo ve que vuelve a casa. No le deja siquiera presentar sus disculpas: todo está perdonado (cf. Lc. 15,20-22). La inmensa alegría del perdón, ofrecido y acogido, sana heridas incurables, restablece nuevamente las relaciones y tiene sus raíces en el inagotable amor de Dios». Juan Pablo II, Mensaje por la paz 1 de enero de 1997

Quizá sea esta la invitación que a todos nos hace hoy la liturgia pascual.

Sugerencias pastorales

1. ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? La paz de Cristo. Hemos de confesarlo: surgen dudas en nuestro interior. Dudas sobre el mundo y su bondad; dudas sobre el hombre y su fragilidad para el bien; dudas sobre uno mismo: sobre el sentido de la propia vida, de la propia tarea, de la propia vocación. En fin, a veces, nos surgen dudas sobre Dios y su plan. Pues bien, Cristo resucitado, nos repite como a aquellos apóstoles atemorizados: ¡La paz sea con vosotros! ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? ¡¡Soy yo!! Es preciso hacer experiencia de Cristo resucitado para caminar sin sospechas por esta vida. Si bien esta vida está transida de dudas, dolores íntimos e insospechables, sin embargo, es también una vida que merece vivirse. El testimonio reciente de la vida íntima de la Madre Teresa de Calcuta es algo muy instructivo. Ella, que era la imagen de la caridad y de la alegría, que predicaba a todos que había que servir a Dios en el prójimo con amor y con una sonrisa en los labios, precisamente ella, experimentaba una honda oscuridad en su alma. -Le venían dudas en su interior sobre el amor de Dios-. ¡Qué noche habrá sido aquella en una alma que no era sino caridad! Ahora entendemos mejor lo que dice santa Teresa de Jesús acerca de las sequedades y obscuridades del alma: “no le conviene al alma refugiarse en sí misma, ni abandonar sus obras de caridad; por el contrario que continúe donándose y entregándose que Dios sabrá sacar provecho de ello para ella y para sus almas”. Así pues, ante las dudas en nuestro interior: que sea la paz y la caridad de Cristo lo que prevalezca en el corazón y a seguir hacia adelante que la eternidad está a la puerta.

2. Predicar la conversión y el perdón de los pecados. Predicar el perdón y la conversión de los pecados es tarea principalísima del sacerdote, pero no sólo de él. Todo cristiano es apóstol, es enviado en misión, tiene una responsabilidad en el establecimiento del Reino de Cristo. Todo cristiano debe anunciar con sus palabras y sus obras que Dios nos ha perdonado en Cristo y que todos debemos convertirnos. ¿Cómo hacer esto? Los caminos son múltiples cuando se tiene el interés. Mencionemos sólo algún ejemplo:

- El consejo sabio y prudente. De frente al misterio del tiempo y la eternidad, el cristiano sabe dar consejo prudente a quien le solicita. Consejo respecto a una vida moral, respecto a una elección difícil, respecto a la enfermedad, la muerte, una desgracia personal... todas éstas son situaciones que nos deben recordar la necesidad de la conversión y del amor de Dios que perdona nuestros pecados. Examinemos todo a la luz de la eternidad.

- La catequesis. Ésta es de muchos tipos. Existe la catequesis en la propia familia, donde se transmite la fe y los valores; existe la catequesis de la parroquia, donde los adultos y jóvenes pueden ofrecer una ayuda insustituible al párroco; existe la catequesis de adultos y aquí cabe decir que los movimientos que suscita el Espíritu Santo hacen un bien incalculable. Pero existe también la catequesis en Internet, en revistas, en periódicos, en asociaciones juveniles, en congresos de diverso tipo. Todo esto es también catequesis que nos debe interesar como responsabilidad primaria.

- La huida de las ocasiones de pecado. Éste es un tema de gran importancia al que no se le presta mucha atención. La conversión del pecado nos impone huir de las ocasiones de pecado. Nadie puede creerse ingenuamente seguro si se expone a una ocasión de pecado. Formemos una conciencia delicada, que sepa descubrir con detalle lo que ofende a Dios y repita con Domingo Savio: primero morir que pecar. Que esta convicción nos lleve a vivir alertas y a vivir en la presencia de Dios.

padre Octavio Ortíz

 

 

  Cristo vivo y presente en medio de su pueblo

Los peregrinos de Emaús contaban la profunda experiencia vivida a los Once, el Cristo Resucitado reconocido al atardecer, al partir el pan, el Cristo que también se había aparecido a Simón Pedro. El ánimo del grupo oscilaba entre el temor a represalias y venganzas, tal vez el miedo a correr la misma suerte del Maestro, y la esperanza sustentada por esas noticias asombrosas que ahora conocían.

El Resucitado de golpe se hace presente en medio de ellos con un Shalom inmenso, un saludo de paz a esos hombres atemorizados. La presencia del Señor los deja atónitos, estupefactos. A veces pasa que frente a constantes de miseria, dolor y tristeza -cuando algo bueno sucede- se descree de ello, se mira con desconcierto. Pero también la Resurrección de Cristo sólo puede comprenderse de manera cabal desde la fé; una mirada acotada al plano de lo racional remite a lo que ellos percibían, un espíritu o, más bien, un fantasma.

El Resucitado no es una aparición. Se trata del Crucificado, del hijo de María de Nazareth, del mismo que proclamaba la Buena Nueva, que revelaba el rostro amoroso de Dios, que pasó haciendo el bien, que padeció bajo el poder imperial regido por Pilatos, que murió en la cruz y que ahora está vivo. Las heridas de sus manos y sus pies dan cuenta de ello, la santa continuidad de su fidelidad absoluta al Padre y su oblación para la salvación.

Él comparte la mesa con sus amigos, y desde allí se iluminan las inteligencias para comprender el sentido verdadero de la Escrituras: todo conduce a Él y en Él adquiere pleno significado. Con Él también la historia humana puede comprenderse, a pesar de todo, como historia de la Salvación, porque el testimonio de los suyos se transmite fielmente de generación en generación en su Iglesia, que por amor en su testimonio de la Palabra y el pan compartidos celebra la presencia de Aquél que está vivo y presente en medio de su pueblo.

 

 

Desde el Pan y la Palabra

En ese grupo de hombres se entrecruzaban emociones bravas. La tristeza y la decepción por el fracaso aparente de la muerte del Maestro junto con el miedo los paralizan, aterrados por las posibles represalias de aquellos que dispusieron toda su enjundia para acallar al rabbí galileo.

Ese miedo es peligroso, no sólo porque congela corazones: ese miedo los hace replegarse sobre sí mismos, edificando muros alrededor, ghettos espirituales de los que es muy difícil escapar pues son elegidos, que no impuestos.

Pero Cristo siempre irrumpe mansamente a través de esas puertas y esas ventanas cerradas a cal y canto, tan herméticas que aparece como imposible su apertura. Allí donde hasta hace un momento había un grupo de hombres amedrentados y apagados en su confianza y su fé, la presencia del Resucitado vuelve a encenderles la esperanza, a palpitar los corazones, a avivar el rescoldo oculto de la alegría.

Los discípulos no salen de su asombro. Allí está Él nuevamente, con un saludo de paz que los restablece de todas las penas. Sin embargo, deben aún realizar su éxodo liberador de esquemas y miserias: las cosas ya no serán como antes, cuando recorrían con el Maestro los caminos en su ministerio, ni tampoco ese Cristo es la conclusión de un cúmulo de ideas, un fantasma a sus razones limitadas.

Allí están sus credenciales que lo identifican, los estigmas en las manos y en los pies, la herida en su costado, que son signos del amor definitivo, de un compromiso inquebrantable de Dios para con toda la humanidad.

Donde sólo se veían señales de horror y muerte, ahora hay signos de vida que prevalece por sobre todas las muertes. Porque allí en donde parece campear el espanto y la destrucción, Dios nos florece en liberación, en vida tenaz, en Resurrección.

Por esas señales que han cambiado para siempre, la existencia también se transforma y deviene en convite inmerecido, compromiso misionero de sembrar signos nuevos de vida y liberación en nombre del Resucitado, nutridos sin desmayos por el Pan y la Palabra compartidos, porque hay una mesa inmensa tendida para todos, porque la vida ha celebrarse como don y misterio compartidos en el ágape se la Salvación.

 

 

Resucitados

Estaban allí, prisioneros de sus miedos, vestidos de fracaso e incomprensión, con las esperanzas derrotadas y una sensación de que todo había sido en vano. Aún cuando los caminantes a Emaús les relataran la maravilla sucedida, no podían dar ningún paso, algo más que una puerta estaba trabado en ellos.

Esos muros de desaliento que han levantado en torno a ellos no son obstáculo para la el Verbo que crea y recrea, y por ello Jesús de Nazareth irrumpe mansamente en esa estancia apretada con un saludo de paz. La paz es signo certero de la presencia de Dios y de los suyos en aquellos sitios en donde la vida viene en retroceso, en donde nada bueno ni nuevo puede acontecer.

Aún así, ellos se asustan y suponen ver a un fantasma. A nosotros también nos asusta la presencia real de Jesús Resucitado, tan cómodos estamos con postales y estampas a medida del Cristo celestial, tan ajeno a nosotros, tan conveniente a nuestra razón. Hacer vida que, precisamente, el Resucitado es el Crucificado supone un éxodo interior.

Allí están visibles las marcas de los clavos, allí están la violencia y la crueldad dejando huella en sus pies. Manos a las que se trata de volver inútiles al trabajo, al afecto, al abrazo. Pies a los que se les quiere impedir el andar. Esas heridas son la identidad definitiva y definitoria del Resucitado, las marcas de la cruz, la presencia del amor mayor.

Por eso, quizás hemos de suplicar ese derribo necesario, esa irrupción santa puerta adentro de nuestros miedos, en el encierro de nuestra falta de fé y de nuestro no querer mirar y ver.

En la comunidad que comparte el pan se hace presente el Resucitado, abriéndonos en entendimiento para comprender la paradoja y el escándalo de la cruz, la eternidad que empuja y florece con todo y a pesar de todo.

En nuestros hermanos heridos, en todos los que han sido lastimados hemos de descubrir a Aquél que está vivo y es la vida.

Y desde allí, resucitar. Volver de tantas muertes con el alma recreada.

Quizás por ello la Iglesia sea comunidad de Resucitados que dan testimonio de que la vida prevalece.

 

 

Y les dijo: ¡Paz a vosotros!

Jesús, después de la Resurrección, sigue animando con su presencia a los apóstoles. Lo necesitan. Han quedado muy solos con la ausencia del Maestro. Por eso se les aparece, de vez en cuando, para que se den cuenta de que no les abandona. Él va a subir al cielo, y los discípulos tendrán que continuar su labor en el mundo. No es fácil la tarea que les espera. Y para poderla cumplir bien, necesitan entusiasmo, arrojo y un gran deseo de seguir las enseñanzas y mandatos de Jesús.

La obra de la incipiente Iglesia, el duro trabajo de la evangelización, necesitan saber que su Señor está con ellos. Están tan deprimidos, que no reconocen a Jesús en algunas de sus apariciones. Por eso Jesús les hace ver que es Él mismo, aunque ahora está glorificado. Y Jesús les desea y les da la Paz.  Una paz que les dé confianza, y serenidad. La paz que tienen que transmitir a los demás, la paz que es el fruto de la justicia, la paz que es el mismo Jesús, el Príncipe de la Paz, aquel que, a través de los ángeles, deseó la “paz a los hombre que ama el Señor” (como rezamos en el “gloria” de la misa dominoical). Así es como tuvieron noticia los pastores del nacimiento del Mesías.

Jesús se les aparece en esta ocasión que nos ha contado el evangelio que hemos escuchado, cuando estaban hablando de Él. Estaban hablando de cómo le habían reconocido al partir el Pan, (se refiere a los discípulos de Emaús). Conocían bien aquel gesto de Jesús, partiendo y repartiendo el pan de la Eucaristía en la última Cena. Después partiría su cuerpo en la cruz, y le repartiría para todos, en forma de redención, también para todos.

Tenemos que celebrar y vivir la Eucaristía de  cada domingo, con ese gran deseo de paz para todo el mundo. Sin paz, no hay Eucaristía. La violencia, el desamor, la falta de solidaridad, que rompe la paz, es lo más contrario a la Eucaristía. Por eso dice el Señor: “Si al ir a ofrecer tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda sobre el altar, y ve a reconciliarte con tu hermano. Después podrás ofrecer tu ofrenda” (Mt.5, 23-24).

Si tu espíritu no está en paz con todos, si está enemistado con alguien, si tu enfado o tu violencia siguen anidando en tu corazón, no te atrevas a celebrar la Eucaristía; sería una verdadera incoherencia. Pon primero paz en tu corazón, perdona sinceramente, y luego puedes reconfortarte con el pan de la Eucaristía. Jesús lo dice en otra ocasión:”lo que has recibido gratis, dalo gratis”. Tú que vas a recibir el perdón de Dios, y te va a llenar de paz tu corazón, perdona y sé portador de paz, gratis y con  generosidad. Cuando salgas a la calle por la puerta de la Iglesia, ve repartiendo perdón para parecerte a Dios, ve siendo creador de paz en un mundo caracterizado por tanta violencia. Habrás celebrado bien la Eucaristía.

El Evangelio de hoy, también nos ha dicho que “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Pidámosle a Jesús, que nos habrá también a nosotros el entendimiento para entender su Palabra, y nos abra el corazón para aceptarla y ponerla en práctica. Sigamos, hermanos, viviendo la alegría de la Resurrección en este tiempo de Pascua.

Félix González

 

 

La Pascua no se demuestra con argumentos de razón.

La Pascua solo es posible manifestarla con el testimonio de la vida.

Jesús no da explicaciones.

Jesús muestra las señales de su amor para con los hombres.

Jesús no da explicaciones de su resurrección.

Jesús muestra las señales.

El gran testimonio de Jesús son:

Las llagas de sus manos.

Las llagas de sus pies.

Y la comida.

Las llagas de unas manos, heridas y clavadas de tanto dar.

Las llagas de los pies, heridos de tanto caminar en busca de lo perdido.

La comida, como expresión de hacerse pan para el que tiene hambre.

¿Cuál es el testimonio de la nueva vida de resucitado del cristiano hoy?

¿Las rodillas gastadas de tanto rezar?

¿O también nosotros necesitamos presentar al mundo nuestras manos, nuestros pies y nuestro pan?

Nuestras manos heridas de tanto compartir.

Nuestras manos heridas de tanto alargarse al que está caído.

Nuestras manos heridas de tanto alargarse fraternalmente al hermano.

Nuestras manos heridas de tanto ayudar al que está cansado.

Nuestras manos heridas de tanto estrechar las manos del que está solo.

Nuestras manos heridas de tanto estrechar las manos del que se siente excluido.

Nuestras manos heridas de tanto trabajar por ayudar a los demás.

Hoy conocemos demasiado bien las manos callosas del hombre que trabaja cada día por ganarse el pan de sus hijos.
Hoy conocemos demasiado bien las manos endurecidas de labrador del campo.

Hoy conocemos demasiado bien las manos suaves del que no hace nada.

Necesitamos mostrar las manos heridas por la generosidad de la caridad.

Necesitamos mostrar las manos heridas por la generosidad del amor.

Necesitamos mostrar las manos heridas por hacer el bien a los demás.

Y necesitamos las llagas de los pies:

Pies que andan caminos al encuentro de los que nadie busca.

Pies que andan caminos al encuentro del hermano necesitado.

Pies que andan caminos visitando a los enfermos.

Pies que andan caminos visitando a los ancianos que viven solos.

Pies que andan caminos visitando a los presos sin libertad.

Pies que andan caminos buscando a los que se han extraviado.

Pies que andan caminos buscando a los que se han ido de nosotros.

Pies que andan caminos buscando a los que nos han abandonado.

Hoy la gente se fija poco en las ideas.

La gente se fija mucho en las manos.

Le gustan las manos suaves y suavizadas con cremas.

Pero creen más a las manos endurecidas haciendo algo por los demás.

La gente hoy se fija en los pies no del que pasa la vida sentado, sino en los pies del peregrino que camina por los caminos de los hombres.

La gente se fija en los pies del peregrino que hace caminos.

Resulta curioso que los grandes signos que hacen creíble que Jesús está vivo sean sus manos y sus pies.

Resulta curioso que los grandes signos que hacen creíble la Pascua sean las manos y los pies heridos y llagados.

¡Anunciar la Pascua con las manos y los pies!

Como resulta curioso que hoy las grandes señales que nos identifican como creyentes resucitados no sean precisamente nuestras explicaciones sino nuestras manos y nuestros pies.
Manos crucificadas.

Pies crucificados.

Más vale una llaga de amor en tus manos que mil explicaciones del mismo.

 

 

La Pascua no se demuestra con argumentos de razón.

La Pascua solo es posible manifestarla con el testimonio de la vida.

Jesús no da explicaciones.

Jesús muestra las señales de su amor para con los hombres.

Jesús no da explicaciones.

Jesús muestra las señales.

El gran testimonio de Jesús son:

Las llagas de sus manos.

Las llagas de sus pies.

Y la comida.

Las llagas de unas manos, heridas y clavadas de tanto dar.

Las llagas de los pies, heridos de tanto caminar en busca de lo perdido.

La comida, como expresión de hacerse pan para el que tiene hambre.

¿Cuál es el testimonio de la nueva vida de resucitado del cristiano hoy?

¿Las rodillas gastadas de tanto rezar?

¿O también nosotros necesitamos presentar al mundo?: nuestras manos, nuestros pies y nuestro pan:

Nuestras manos heridas de tanto dar.

Nuestras manos heridas de tanto alargarse al que está caído.

Nuestras manos heridas de tanto alargarse fraternalmente al hermano.

Nuestras manos heridas de tanto ayudar al que está cansado.

Nuestras manos heridas de tanto estrechar las manos del que está solo.

Nuestras manos heridas de tanto estrechar las manos del que se siente excluido.

Hoy conocemos demasiado bien las manos callosas del hombre que trabaja cada día por ganarse el pan de sus hijos.

Hoy conocemos demasiado bien las manos endurecidas de labrador del campo.

Hoy conocemos demasiado bien las manos suaves del que no hace nada.

Necesitamos mostrar las manos heridas por la generosidad de la caridad.
Necesitamos mostrar las manos heridas por la generosidad del amor.

Necesitamos mostrar las manos heridas por hacer el bien a los demás.

Y necesitamos las llagas de los pies:

Pies que andan caminos al encuentro de los que nadie busca.

Pies que andan caminos al encuentro del hermano necesitado.

Pies que andan caminos visitando a los enfermos.

Pies que andan caminos visitando a los ancianos que viven solos.

Pies que andan caminos visitando a los presos sin libertad.

Pies que andan caminos buscando a los que se han extraviado.

Pies que andan caminos buscando a los que se han ido de nosotros.

Pies que andan caminos buscando a los que nos han abandonado.

Hoy la gente se fija poco en las ideas.

Pero la gente se fija mucho en las manos.

Le gustan las manos suaves y suavizadas con crema.

Pero creen más a las manos endurecidas haciendo algo por los demás.

La gente hoy se fija en los pies no del que pasa la vida sentado.

Sino en los pies del peregrino que camina por los caminos de los hombres.

La gente se fija en los pies del peregrino que hace caminos.

Resulta curioso que los grandes signos que hacen creíble que Jesús está vivo sean sus manos y sus pies.

Resulta curioso que los grandes signos que hacen creíble la Pascua las manos y los pies heridos y llagados.

¡Anunciar la Pascua con las manos y los pies!

Como resulta curioso que hoy las grandes señales que nos identifican como creyentes resucitados no sean precisamente nuestras explicaciones sino nuestras manos y nuestros pies.

Manos crucificadas.

Pies crucificados.

Más vale una llega en tus manos que mil explicaciones del amor.

 

 

Abrirnos la inteligencia

“Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaban con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc. 24,35-48)

No es fácil abrir las puertas de casa a los extraños.

Tampoco es fácil abrir las puertas de la inteligencia a lo que nos dicen los demás.

Tenemos la manía de no creer a nadie.

Se ha puesto de moda eso de “no te fíes de nadie”.

Tenemos grandes resistencias a abrirnos a la verdad que nos viene de los otros.

Nos creemos los únicos dueños de la verdad.

Como si solo nosotros pensásemos.

Sobre todo nos cuesta abrir nuestra inteligencia a la Palabra de Dios.

Leemos las Escrituras, pero seguimos con nuestros criterios.

Leemos las Escrituras, pero seguimos pensando lo mismo.

Leemos las Escrituras, pero seguimos aferrados a nuestras ideas.

Los discípulos no eran una excepción.

Oían a Jesús, pero si no coincidía con sus criterios, callaban, pero seguían en lo suyo.

Pedro se negó a aceptar que Jesús tuviese que morir crucificado.

Pedro se negó a que le lavasen los pies.

Tres años de escuela, pero no lograron aprobar.

Por eso no entendieron las últimas horas de Jesús.

Y por eso cayeron en el desconcierto total.

Pasaron al silencio.

Vivieron escondidos.

Así no entendieron ni la muerte, ni lograban entender la resurrección.

Uno de los quehaceres primeros de Jesús resucitado fue “abrirles la inteligencia” que la tenían cerrada.

Conocían las Escrituras, pero no las entendían.

Por eso no entendían tampoco a Jesús.

Se parecían a nosotros o nosotros nos parecemos a ellos.

Necesitamos que alguien nos abra la cabeza.

Que alguien nos abra la inteligencia.

Que alguien nos haga comprender la Palabra de Dios.

Y esto nos sucede también en nuestra vida diaria.

Yo tengo mis ideas y estas son las únicas.

Yo tengo mi modo de ver las cosas, los demás no entienden nada.

Yo lo sé todo y a mí nadie me tiene que enseñar nada.

¿Se lo preguntamos a los esposos?

Tienen graves problemas para entenderse.

Pero no aceptan que un traductor que les ayude a entenderse.

¿Vamos a consultar con el psicólogo?

¿Y qué me va a decir a mí el psicólogo?

¿Vamos entonces a un sacerdote?

¿Qué sabe un sacerdote de estas cosas?

¿Vamos a un consejero matrimonial?

¿Y qué saben ellos que no sepa yo?

Todos somos unos tremendos sabios.

Lo sabemos todo.

Los demás saben menos que nosotros.

Los demás no tienen nada que decirnos.

Como somos unos sabiondos aunque no sepamos nada.

No escuchamos a nadie, solo los oímos.

No hacemos caso a nadie, solo les aguantamos.

No hacemos caso a la Iglesia, está anticuada.

Jesús entre los regalos de Pascua nos “abre la inteligencia”:

para que entendamos lo que Dios nos habla,

para que entendamos lo que el Espíritu dice a nuestro corazón,

para que entendamos lo que nos dice la Iglesia.

Es que sin esta inteligencia no podemos comprender nada.

Nos quedamos con nuestras pobres ideas, que, con frecuencia no llegan a ideas sino a intereses y comodidades para no tener que cambiar.

Dios será algo importante cuando entendamos lo que quiere revelarnos.

Dios será algo importante cuando entendamos que sin él no vamos a ninguna parte.

Dios será algo importante cuando entendamos que él es quien nos revela su misterio y también el nuestro. “Señor, ábrenos la inteligencia”.

Clemente Sobrado C. P.

 

 

Reconocieron a Jesús en el partir el pan

1. La Pascua de Resurrección, llamada también Pascua Florida, en la que celebramos la Gloriosa Resurrección de Cristo, Señor Nuestro, es la festividad más solemne de la Iglesia. Durante el pasado Triduo pascual, la hemos celebrado con solemnidad, alegría y gozo, y lo seguiremos haciendo, a lo largo de todo el cincuentenario pascual.

El evangelio que acabamos de proclamar tiene una primera parte, en la que se narra que dos discípulos se marchaban desesperanzados a su pueblo Emaús para rehacer su vida, porque consideraban que el fracaso de Cristo muerto en la cruz era definitivo. Sus esperanzas mesiánicas se habían venido abajo del todo. Por el camino van conversando, abatidos y desencantados, y discuten, tratando de comprender lo que ha ocurrido con su Maestro. Es entonces cuando un desconocido interviene en su conversación. Cristo, sin darse cuenta ellos, había ido caminando a su lado, porque, verdaderamente resucitado, quería reconducir a esas dos ovejas que se iban del redil.

2. Como si fuera uno más, se hace compañero de camino de los dos discípulos desanimados. Con el fin de que regresen al grupo de los creyentes, se hace compañero dialogante, y les da una catequesis, que suele considerarse como modelo de catequesis Los dos discípulos comentan con el forastero lo sucedido en Jerusalén. Hablan de Jesús, a quien llaman profeta, crucificado y muerto. Y, mientras conversan, el caminante va iluminando su corazón, explicándoles las Sagradas Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, indicando todos los lugares que se refieren a Él, en quien se han cumplido todas las profecías. Es importante resaltar que Jesús se hace compañero de camino en la vida, explicando las Escrituras, porque en ellas se encuentra la respuesta verdadera a las diversas preguntas que, con ocasión de los problemas que nos acucian, solemos hacernos.

La verdad es que Jesús siempre sale al encuentro del hombre en el estado que éste se encuentre: cuando le invaden la tristeza y la consternación, Él siempre va en busca del que en esa situación se encuentra; cuando dudamos y el desamparo nos hunde y nos produce angustia, el Resucitado siempre busca la

manera de hacerse el encontradizo con el hundido y el angustiado, directamente Él o por medio de un intermediario.

3. De mil modos distintos, Jesús explica las Escrituras, ilumina las mentes y el corazón y hace que la paz interior resurja. Siempre paciente, camina a nuestro lado y, aunque sea lentamente, de la oscuridad o de la duda se llega poco a poco a la claridad, siempre que haya en nosotros, claro está, buena voluntad.

El que camina siempre al lado del bautizado, explicándole las Escrituras, es el que, según la segunda parte del evangelio de hoy, se pone en medio de los apóstoles –no era un fantasma- y les dice: paz a vosotros… ¿por qué os alarmáis?. Dicho esto, les muestra sus manos y sus pies, que habían sido clavados en la cruz, y delante de ellos come parte de un pez asado. Era verdaderamente el Maestro, que del todo había vencido a la muerte, resucitando al tercer día. Era el mismo que se había aparecido a los de Emaús y que lo reconocieron en el partir el pan.

4. Volviendo a la escena del camino de Emaús, nos narra el texto bíblico que Jesús, ya cerca del pueblo, quiso seguir adelante y dejar que los dos compañeros de camino se adentraran en su pueblo. Con ese infinito respeto que tiene por nuestra libertad, hace el ademán de seguir su camino, pero los dos le dijeron: quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. A propósito de esto, en una homilía, decía un sacerdote: para que se dé una sintonía entre Dios y nosotros ha de haber ese deseo ardiente, esa petición: quédate con nosotros. Los cristianos hemos de dejar que Dios nos acompañe, que la Iglesia nos instruya, y abrir las puertas de nuestro corazón a Jesús. Sólo de esta manera pasaremos a otra fase espiritual, a un nivel más elevado: nuestra participación en el ágape de la eucaristía.

El ágape de la Eucaristía. Fue precisamente en el momento en que los tres participan en la fracción del pan, cuando los ojos de los dos discípulos se abren y reconocen la presencia real de Jesús. Y es que el Resucitado acompaña de manera permanente a sus discípulos de todos los tiempos, para llevarlos al redil del cielo, haciéndose compañero en el camino de su vida de dos maneras: explicando las Escrituras (Mesa de la Palabra) y partiendo y repartiendo el pan (Mesa de la Eucaristía). El amor entrañable y constante a la Palabra de Dios y a Cristo realmente en la Eucaristía ha de ser, en cualquier momento de la vida, la llama que dé luz a todos nuestros problemas, llene siempre de esperanza nuestros corazones abatidos, nos haga permanecer fieles en la comunidad cristiana y, si por nuestra debilidad, falsas interpretaciones o problemas, nos hemos alejado de ella, en poco o en mucho, nos haga volver a su seno, porque Cristo Resucitado está en la comunidad unida y reunida en su nombre.

5. Con la ayuda maternal de María descubriremos que Cristo no nos abandona nunca, y que siempre, siempre, camina a nuestro lado, no como un desconocido, sino como el amigo que necesitamos para todo.

Alfonso Martínez Sanz

 

 

Asustados, creían estar viendo un espíritu

«Hemos escuchado el santo evangelio y, movidos por la admiración, hemos creído, y creyendo nos hemos admirado de que el Señor se apareciera, una vez resucitado de entre los muertos, ofreciéndose como prueba fehaciente a los que han de morir, y como ejemplo a los que han de resucitar. Se apareció a quienes habían perdido la esperanza y que, asustados, creían estar viendo un espíritu (Lc 24, 37).

Escuchadlo a Él, que nos dice: ¿Por qué os habéis turbado, y por qué suben estos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que tengo yo (Lc 24, 38-39). ¿Por qué tú (maniqueo) te opones? Si eres cristiano, escucha a Cristo, que dice: ¿Por qué suben estos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que tengo yo. ¿Aún estás en contra? Si es así, considera si acaso no hay nada de malo en creer que Cristo es un espíritu, a pesar de que poseía una verdadera carne. Si no hubiera nada de malo en ello, el Señor hubiera dejado a sus discípulos en ese error. No desprecies la herida que un médico como Él tuvo buen cuidado de sanar.

Si aquellos pensamientos no dañaran como zarzas espinosas en el campo del Señor, no las hubiera extirpado el cuidadoso agricultor. Y así, mientras los discípulos se corrigieron, los maniqueos se han extraviado. Aquel pensamiento que se hallaba en el corazón de los discípulos, sólo estuvo en ellos como de paso, mientras que llegó a instalarse en el corazón de lo maniqueos como dueño, ya que los había invadido como un enemigo».

san Agustín (Sermón 265D, 1.2)

trad. de Javier Ruiz, oar

 

 

Nadie piense que tenemos periodistas o historiadores que dan fe de la Resurrección de Jesús como pudieran atestiguar cualquier otro hecho histórico. La Resurrección trasciende la historia. Por eso la fe pascual de discípulos abatidos, dispersos y desorientados nace de unas experiencias fuertes. San Pablo, en 1Co 15 nos las narra sobriamente. Los evangelios, con una redacción más tardía, nos la trasmiten llenas de detalles, ricos en teología y aptos para la catequesis. Pero, en todo caso, queda claro esto: creer en Jesús resucitado no es algo que se prueba, que se argumenta, es el don de un encuentro, es la sorpresa de una experiencia, es una confesión de fe. Quien acude a la resurrección de Jesús para evitarse la fe no ha entendido nada, puesto que es el dato central de nuestra fe lo que supera todas nuestras posibilidades racionales e históricas.

Si hoy la Iglesia se atreve a proclamar la Pascua, no es por puro recuerdo nostálgico de unos hechos pasados, es porque confía y cree que le sale al encuentro Jesús, como Señor, y que de mil maneras sorprendentes los cristianos pueden vivir esta experiencia.

Los rasgos de un encuentro

¡Qué difícil les fue a los discípulos trasmitir la manera cómo Jesús les salió al encuentro! En dos palabras: se quedaron convencidos de que era "él mismo", pero no era "el mismo". Era él mismo, reconocieron a Jesús, con quien habían convivido, que les había formado, a quien habían seguido, que había fracasado, a quien habían abandonado. No cabía duda, era Jesús. Pero no era el mismo, estaba transformado, se le entendía mejor, les llegada más al corazón, irradiaba paz y gozo, se imponía su señorío. Por el eso el encuentro dejaba a la vez una impresión de agradable sorpresa y de un cierto temor a lo nuevo y desconocido. Lo conocían tan bien..., era Jesús, pero ahora era como si no le conocieran, les desbordaba.

El evangelista quiere que nos metamos en su piel, con una serie de detalles aparentemente narrativos, pero en realidad teológicos. Lucha para que no nos perdamos ninguno de los dos aspectos: era él mismo, pero sin ser el mismo.

"Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona". La persona de Jesús, con toda su historia. Nada de la plus valía de su pasión y cruz se ha perdido, está unida indisolublemente a él, se hace presente.

Además, un rasgo típico de la vida de Jesús fue la importancia de sus comidas fraternales, muy especialmente con los pecadores y con las personas marginadas de la sociedad. Jesús ahora vuelve a pedir algo de comer para establecer de nuevo la relación de fraternidad que crea la mesa compartida.

¿Como no evangelizar?

Quien hace una experiencia pascual, antes o ahora, no sólo reconoce a Jesús, en su identidad y en su novedad, sino que se siente impulsado inequívocamente a dar a otros esa Buena Noticia.

La misión es tan invasiva cuanto lo ha sido el encuentro con Jesús.

Pero así es como Jesús utiliza una pedagogía en su aproximación, tampoco hay evangelización sin pedagogía. La predicación no puede caer como una lluvia de palabras y buenos deseos, sino que debe ser la respuesta a un interrogante. La primera lectura, así como otros discursos apostólicos de Hechos, lo ejemplifican. La evangelización sólo puede ser respuesta a una sorpresa. Admiración porque alguien es curado, o porque se ponen los bienes en común en un mundo egoísta, o porque, siendo tan diferentes en nuestras lenguas, nos entendemos... Gestos que suscitan sorpresa son los que predisponen a escuchar el mensaje pascual. Gestos de vida y fraternidad.

Porque, cuando los hombres ayer quisieron matar a Jesús y hoy a los hermanos de Jesús, Dios es el que crea vida. Y sigue creando vida tantas veces cuantas los hombres nos empeñamos en transmitir muerte.

Por eso el kerygma o evangelización termina siempre con una invitación a la conversión: Dios está dispuesto a perdonar, nuestros pecados quedarán borrados, si aprendemos de Dios a dar vida y renunciar a quitarla. Ya no es para nosotros sólo el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, del Astete, de Belarmino..., sino el que dio nueva vida a Jesús y está dispuesto a darla tantas veces cuantas los hombres la neguemos. Esta es la gran, sensacional Buena Noticia.

J.M. Alemany

 

 

La reunión no podía estar más animada. Los de Emaús cuentan y no acaban. El Caminante, después de una autorizada catequesis sobre el Mesías, con las Escrituras al fondo, se les ha manifestado de un modo familiar: "en el partir el pan". Y, a pesar de sus palabras y de su talante optimista y alegre, entusiasta quizás, los demás discípulos siguen tristes, cariacontecidos, desanimados.

La aparición de Jesús ni les da seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de ellos mismos.

Frente a esa actitud, por lo demás lógica, el Señor les va a ofrecer dos signos permanentes de su presencia y lo que con ella quiere en sus Apóstoles y en todos nosotros.

- PRIMER SIGNO: UNA COMIDA FRATERNAL

Es curioso lo que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad, expresión de amistad y ocasión para comunicarnos su mensaje.

Comiendo con publicanos y pecadores nos revela para quién ha venido; en una comida de cierto rango social acoge a la pecadora y la defiende, mientras que al anfitrión le pide cuentas por no haber cumplido unas normas elementales de cortesía que para él, en ocasión distinta, son totalmente secundarias; en otra comida, a la que él se invita, nos revela que con él ha entrado también la salvación a aquella casa; en una comida singular -la cena última con los suyos- Jesús nos adelantará su entrega, la perpetuará en un sacramento, tendrá para con los suyos las más hondas expansiones y nos dejará aspectos fundamentales de su mensaje. Y será precisamente en varias comidas en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará partícipes de su Resurrección, de manera que el propio Pedro lo recordará, años más tarde, en uno de sus sermones: "Nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos" (Hechos 10,41).

Jesús en esta ocasión pide de comer para así fortalecer su fe, quitar sus miedos y traspasarles su paz. La sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, son en Jesús -y deberían ser en nosotros- signos de una vida nueva.

- SEGUNDO SIGNO: APERTURA A LA PALABRA DE DIOS

Es otra de las constantes de Jesús Resucitado con sus Apóstoles: abrirles el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.

Le preocupa al Señor el que los Apóstoles encuentren sentido al pasado inmediato que tanto les afecta. Por eso tanto a los de Emaús en el camino, como a todos juntos en esta ocasión, "comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura" (Lc. 24,27).

La obsesión de Jesús es que los discípulos comprendan el significado de la Cruz, de su Pasión y de su Muerte. Que comprendan que la historia de Israel, que es historia de salvación, pasa por la muerte del Hijo de Dios. Que comprendan que el "fracaso" del Viernes Santo no es fracaso para la muerte, sino condición de Vida, "paso" necesario de este mundo al Padre para él y para todos nosotros.

Todo lo ocurrido no sólo estaba previsto, sino que estaba anunciado.

La gran lección que les da Jesús -que nos da- es que él se nos presenta como el centro de toda la Escritura. Hasta El toda ella fue preparación para su venida. Tras El, todo será consecuencia de su Muerte y de su Resurrección, de su Vida y de su Mensaje.

- LA RESURRECCIÓN,(RS/PERDON) LA PASCUA DE JESÚS, SIGNO Y FUENTE DE PERDÓN UNIVERSAL.

Es el mensaje común a las tres lecturas del presente domingo y en las tres aparece la relación Resurrección-perdón.

"Dios cumplió lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos" (Hechos).

"Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo" (1 Juan 2,1) "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará... y en su nombre se predicará la conversión y el perdón a todos los pueblos" (Lc. 24,26).

La Resurrección de Jesucristo universaliza el perdón y abre la perspectiva estrecha y localista de los Apóstoles.

La Eucaristía (significada por la comida), la Palabra y el Perdón ya no van a ser patrimonio de unos pocos, signos de distinción de un pueblo determinado. Jesucristo quiere que se prediquen a todos los pueblos y ésta será, desde ahora, la tarea de los Apóstoles. Y este triple motivo será el que semanalmente nos reúna a los cristianos, en el Día del Señor, en la Pascua semanal, cuando todos juntos celebremos el Perdón, nos abramos a la Palabra y ofrezcamos al Padre el Sacrificio Eucarístico de Jesucristo Resucitado.

Daniel Ortega Gazo

 

 

- PAZ A VOSOTROS

En las apariciones de Cristo resucitado esa frase se repite casi constantemente. Es como un regalo espléndido que Cristo quiere dejar a los suyos para que éstos lo vayan transmitiendo de generación en generación.

Después de tanta zozobra, de tanto miedo, de tanto escondite, de tanta inquietud y de tanta duda, el gran regalo de Cristo a los suyos se resume en una palabra: PAZ. Es el gran ideal del hombre y la gran ausente de nuestro mundo.

El hombre actual apenas vive en paz. Aparece permanentemente agitado, alienado, frustrado, decepcionado. Aparece siempre en actitud acechante, desconfiando del otro al que intenta, si puede, desbancar y del que no puede esperar, por consiguiente, fidelidad. Aparece hastiado de todo, desequilibrado. Aparece en una palabra, sin paz. Y aparece así porque su armonía interior se ha desorganizado, porque persigue insistentemente valores y realidades que no son tan importantes como se le aparecen y en cuya consecución está dejando, hecha girones, parte de su vida interior, esa vida interior que es la que califica al hombre como tal, esa vida interior que lo define, que lo equilibra, que le hace dominar los acontecimientos en lugar de ser vapuleado por ellos. Los resultados de la pérdida de la paz personal no pueden ser más funestos, el hombre no está satisfecho de sí mismo, no vive contento, no disfruta con las pequeñas cosas que jalonan la existencia y le dan luz y color ni es capaz de embarcarse en las grandes aventuras que la puedan convertir en algo sublime.

Y junto a la pérdida de la paz individual nuestro mundo conoce desde antiguo la pérdida de la paz /colectiva (PAZ-SOCIAL). Hoy también. El mundo suspira por la paz y ella se aleja del horizonte del modo más lamentable. Y todo porque predomina el egoísmo sobre el amor, la intransigencia sobre la comprensión, el odio sobre la misericordia, la injusticia sobre la justicia. Y todo porque el hombre no quiere ver en el hombre a su hermano sino a su enemigo.

Por eso resulta entrañable y alentador el gran regalo de Cristo a los suyos: la Paz. Es curioso que si hemos hecho alguna experiencia de vivir con un poquito de sinceridad el cristianismo, hayamos experimentado inmediatamente que la paz comenzaba a enseñorearse de nuestra vida. Es curioso que si hemos dejado de tener como valores fundamentales el dinero, el poder, el prestigio y un largo etcétera de posibilidades semejantes, hayamos experimentado que la paz nos invadía y que una especie de agilidad nos hacía pasar por encima de tanto desasosiego e intranquilidad como la persecución excesiva de tales valores comporta al hombre que sólo vive para ellos. Es curioso que si nos hemos comprometido en el trabajo atento y cariñoso con el "otro" y hemos puesto a su disposición lo que somos y lo que tenemos, hayamos experimentado inmediatamente que la paz se colaba en nuestro interior y que la armonía de nuestro ser se restablecía poco a poco. Es curioso que cuando hemos dejado de contemplar al prójimo como un enemigo en potencia para catalogarlo como un hermano en acto haya desaparecido ese aguijoneamiento permanente que se instalaba en lo más profundo de nuestro ser en otras ocasiones. Es curioso que cuando hemos pretendido vivir un poquito como cristianos hayamos descubierto que no entendemos cómo el hombre pueda estar permanentemente inquieto, alienado, frustrado y traumatizado.

Y es curioso que sabiendo todo esto no nos decidamos de verdad a aceptar con todo generosidad el regalo de Cristo en su Pascua: la Paz y hacer traslado de ella al mundo que la espera con toda impaciencia, harto ya de tanta mentira como escucha y de tanta tomadura de pelo como se reparte con toda seriedad por los cuatro puntos cardinales del planeta que nos cobija y al que los cristianos estamos obligados a cambiar en un sitio habitable, donde los hombres pueden sentirse orgullosos de serlo y estén convencidos de que la vida es algo que merece vivirse con toda la ilusión del mundo.

 

 

- SIGNOS DE LA PRESENCIA DE JESÚS

En el Evangelio de Lucas la presencia de Jesús es real, directa, viva. En persona, sin signos intermediarios. Alguien de carne y huesos a quien se puede tocar, alguien que está comiendo el trozo de pez asado que le acaban de ofrecer. Sólo el miedo les ha podido hacer pensar en un primer momento en fantasmas, ahora están viendo todos con sorpresa que es el mismo Jesús que murió en la cruz. Sigue vivo y presente entre ellos. De este hecho van a ser ellos testigos.

Aquella presencia fue única, excepcional. Algunos versículos más adelante, Lucas habla de la Ascensión de Jesús y de cómo se "separó de ellos".

Y, sin embargo, todos los cristianos seguimos creyendo que de diversas formas Jesús sigue presente entre los hombres. Vamos a intentar rastrear y detectar, siguiendo el texto de Lucas, la presencia de Jesús hoy entre nosotros. O, si prefieres, dicho de otra forma: cómo buscar y encontrar hoy a Jesús, qué pistas o signos hay que seguir.

En primer lugar, a Jesús se le reconoce y encuentra al partir el pan. Aquí tenemos el sentido de su vida: se parte y entrega a los demás como el pan. Allí donde se parte y comparte el pan está Jesús. Allí donde un hombre se parte por los hermanos hay un cristiano y está Jesús. A Jesús, que según el Evangelio no es muy amigo de ritos y ceremonias, le encanta este gesto de partir el pan y lo convierte en eucaristía. Allí donde se comparte el pan, donde se hace justicia y nadie pasa hambre, está Jesús. Allí donde hay amor y alegría como en toda comida amical y fraterna, está Jesús. De esta realidad cotidiana hace Jesús un signo y un sacramento.

Jesús se hace presente en medio de sus discípulos. Nadie refleja mejor a Jesús que un buen cristiano. Encontrarse con un buen cristiano es el mejor modo de encontrarse con Jesús. Jesús, al aparecerse, está echando los cimientos del Reino de Dios y de la Iglesia. El Concilio Vaticano II asegura que "El Espíritu habita en la Iglesia" y, por otra parte, se oye a muchos decir que creen en Jesús, pero no en la Iglesia y en sus discípulos de hoy. No tenía que ser así, ya que Jesús hace a sus discípulos testigos de su presencia.

 

 

¿Tienen algo de comer?

Buscar el desarrollo del ser humano contemplando una sola de sus dimensiones ha resultado ser una empresa bastante dañina. Los extremos se tocan, decía Pirrón. Hemos tenido en la historia humana ideologías cuyo énfasis ha sido únicamente la dimensión material y la producción económica, y otras que le han apostado a una espiritualidad desencarnada. Las dos igualmente dañinas en tanto que desconocen la totalidad del ser humano y lo castran para su desarrollo integral.

En el principio del cristianismo existieron las llamadas tendencias gnósticas y docetas que veían la parte física de Jesús como una simple apariencia. Según estas corrientes religiosas,  Jesús aparentemente comió, pero no comió. Aparentemente sufrió, pero no sufrió, su sufrimiento en la cruz fue una apariencia. Aparentemente murió, pero no murió, porque su cuerpo era una apariencia.

Los evangelistas tenían muy claro que Jesús era plenamente humano en todo el sentido de la palabra. Era el hijo de Dios hecho carne: “Y El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn. 1,14). La segunda carta de Juan llama anticristos a quienes niegan la dimensión humana de Jesús  y espiritualizan la fe: “Se han presentado muchos seductores, que no reconocen a Jesús como el Mesías venido en carne. En eso mismo se reconoce al impostor y al anticristo” (2Jn. 7).

Por la misma línea, el evangelio de hoy quiere contradecir la ideología gnóstica que veía a Jesús como un fantasma o una apariencia. “Miren mis manos y mis pies: ¡Soy yo en persona! Tóquenme y verán: un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que tengo yo”.

Es muy importante aclarar nuestra visión de Jesús. Hoy más que ayer hay muchas imágenes de Jesús. Hoy más que ayer tenemos el riesgo de confundirlo con un fantasma. Hoy, cuando se ha despertado un mercado religioso que ofrece “jesuses” y “cristos” para todos los gustos, energías y poderes sanadores. Un negocio que, según Wall Street Journal, mueve millones y millones de dólares  al año. Hoy los grupos agnósticos y docetas han cambiado de ropaje y siguen mostrando a un Jesús fantasma y desencarnado de la historia. Hoy los encontramos en algunos grupos de autoayuda, de nueva era, en el mundo de la magia psicorreligiosa y la cultura de los horóscopos ampliamente difundidos por los medios propagandísticos. Hoy los vemos en diversos grupos pseudoreligiosos que ofrecen esta vida y la otra, explotan la sensibilidad humana y se aprovechan de las necesidades de la gente, que en su ignorancia busca respuestas a sus interrogantes existenciales. Por fuera o por dentro de nuestro patio aparecen múltiples mediadores, guías espirituales y gurus, y personas que los siguen con una credulidad acrítica, muy propio de una masa alienada. Constituyendo lo que llama Juan José Tamayo una de las más graves manifestaciones de la perversión de lo sagrado. ¡Tengamos cuidado!

Necesitamos aclarar quién es Jesús para nosotros como seguidores y seguidoras, dónde y de qué manera lo encontramos y lo vivimos. Necesitamos comprender que ni el Jesús histórico, ni el resucitado son un fantasma; son una realidad. Jesús vivó de verdad y murió de verdad; todo su ser participó del ciclo de todo ser viviente incluida la muerte. Así mismo, todo su ser participó de la resurrección: cuerpo, alma y espíritu, todo su ser con toda su historia.

El Resucitado era el mismo Jesús pero no lo mismo, pues estaba glorificado; por eso los discípulos no lo pudieron reconocer a simple vista. Al Jesús histórico lo pudo ver todo aquel que estuvo cerca de él físicamente, inclusive los que atentaron contra su vida. Pero al Cristo glorificado sólo lo pudieron ver con los ojos de la fe. Su experiencia no fue una apariencia, fue tan real que transformó toda la vida de los discípulos y les hizo comprender las escrituras.

Fue así como unos campesinos y pescadores miedosos y sin mucha formación, después de vivir el acontecimiento pascual, se convirtieron en testigos del triunfo de la vida. Ese acontecimiento los envolvió de tal manera que lo entregaron todo por la causa del resucitado. Era imposible callar semejante noticia, tan definitiva para el ser humano, aún con las prohibiciones y persecuciones de las autoridades.

Con la sola razón difícilmente podremos entender, de manera clara y distinta, este acontecimiento. Pero sin la razón seremos presa fácil de mercaderes de lo religioso. Lo comprenderemos si nos abrimos a una experiencia nueva con aquel que murió y resucitó por la causa humana; si nos arriesgamos a ser sus discípulos y a poner nuestra vida en sus manos generosas.

Es preciso experimentar su resurrección de manera personal (como María Magdalena – Jn. 20,11-18) y colectiva (como el evangelio de hoy (Lc. 24,1ss). Que Jesús resucite en mi mida y en nuestra vida. Ni el individualismo asocial que hace de nosotros seres solitarios y rapaces, ni el colectivismo que hace perder nuestra propia identidad individual, pera ser uno más entre la masa.

El evangelio de hoy nos invita a experimentar a Jesús al partir el pan, es decir en la vida cotidiana, con nuestros compañeros de camino. No se trata de una experiencia de éxtasis espiritual o extrasensorial ocurrida con frecuencia por alteraciones de la conciencia, por falta de alimento o de algún componente elemental en el cuerpo humano, o por algún desajuste emocional. Se trata del encuentro cuerpo a cuerpo con el otro, del roce continuo de la vida, con sus trabajos y quehaceres diarios, con los choques y conflictos, asumidos como una vivencia crística, es decir, desde una experiencia con Jesús el Cristo resucitado y glorificado.

El Jesús glorificado que nos presenta el evangelio no es un placebo que calma todos los dolores y ofrece “solución a tu problema”, de manera individualista y alejada de un compromiso ético religioso con nuestro contexto humano. A los discípulos les pidió algo de comer: “Entonces les preguntó: ¿Tienen algo de comer? Ellos le ofrecieron un pedazo de pescado asado. Jesús lo tomó y comió con ellos”. ¿Qué nos pide hoy el Señor por medio de nuestros compañeros de camino? Tal vez cariño, compañía y comprensión, apoyo y alimento para su cuerpo, alma o espíritu, amor afectivo y efectivo…

Lo que nos ofrece Jesús resucitado no es precisamente la solución inmediata y fácil de todos nuestros problemas, el éxito en todas nuestras empresas y la prosperidad individual. Lo primero que hace el resucitado es pedirnos algo, porque como dijo san Francisco: “es perdonando, como soy perdonando, es amando, como soy amado…” Nos ofrece su paz, que no equivale necesariamente a la ausencia de conflicto y menos a las voces calladas por el miedo o silenciadas con las armas. Es la paz de la serenidad y de la confianza que nos da saber que no estamos solos, que Él venció el poder de la muerte, que él venció el bajo mundo del egoísmo, de la corrupción y del engaño. Que Él venció las cadenas del pecado y de la muerte, y que con Él triunfamos por la fuerza de amor. Su paz es sinónimo de confianza, esperanza y energía en el camino. Su paz implica a su vez el envío para anunciar esa Buena Noticia: “… en su nombre se hará en todo el mundo un llamado al arrepentimiento para obtener el perdón de los pecados. Comenzando desde Jerusalén, deben dar testimonio de estas cosas”.  

Estamos invitados a vivir estas experiencias con el resucitado. Abramos nuestra vida a la gracia de Jesucristo vivo. Dejemos que Él aclare todas nuestras dudas, nos haga conocedores de su plan de salvación y portadores de la Buena Noticia para todo el mundo, empezando por nosotros mismos.

Neptalí Díaz Villán CSsR

 

 

Solamente los muertos no vuelven a la vida

Dicen que en los tiempos de la revolución francesa cuando Robespierre pedía la muerte del rey Luis XVI dijo la frase: “Solamente los muertos no regresan nunca”. Parece ser que Robespierre era de los que pensaban que la muerte es una solución definitiva a lo que estaba resultado un “problema serio”.

Muchos de los que propiciaron la muerte de Jesús tenían la misma forma de pensar. Según el evangelio de Juan, algunos que participaron en el proceso que condujo a Jesús a la muerte pensaban que es mejor “que muera un hombre por todo el pueblo y no que perezca todo el pueblo”. Esa era la opinión de Caifás, seguro que compartida por otros muchos.

También los discípulos de Jesús eran de la opinión de que “los muertos no regresan nunca” y por eso la desolación, la tristeza, la resignación… vino a ellos cuando su maestro había muerto en la cruz. Todo había acabado – pensaban.

Como pensaban que los muertos no regresan nunca, cuando Jesús apareció en medio de ellos como nos dice el evangelio de este domingo, pensaron que veían un fantasma. Para vencer su escepticismo Jesús les muestra sus llagas y les pide que le palpen. Pero ni con esas acababan de creer del todo, y solamente cuando les pidió de comer, creyeron en el resucitado.

Las dificultades para creer que tenían los discípulos conceden credibilidad a los relatos de las apariciones del resucitado. Y de esto modo fortalecen e impulsan nuestra fe. La fe en la resurrección de Jesús no fue resultado de un fervor momentáneo, de un sueño equivocado, de una ilusión que se desvanece….

La fe en la resurrección fue resultado de un proceso de maduración en la fe. Esto no quiere decir que es la fe la que origina la resurrección de Jesús. Al contrario es la resurrección la que origina la fe. Pero ésta es resultado de un  proceso de crecimiento y de asimilación en el que acogieron y sacaron las consecuencias de la fe en la resurrección.

Los evangelios no pretenden decirnos “cómo” fue la resurrección. Quieren decirnos “que” la resurrección tuvo lugar. Y tampoco Jesús parece muy interesado en mostrar “cómo” sucedió la resurrección. Las apariciones del resucitado son discretas. No se aparece a las masas, sino al grupo de sus discípulos. No regresa junto a los que le condenaron y rechazaron para mostrarles que él tenía razón y los otros estaban equivocados. No hace alardes de su triunfo sobre la muerte, sino que llama a la confianza y a la acogida de su mensaje.

Es la manera con la que nuestro Dios actúa. No se impone por la fuerza. No hace demostración de que tenía razón. No se muestra triunfante. Quien nació en un humilde pesebre y era amigo de los pequeños y sencillos, resucita y vuelve sin armar mucho ruido. Viene en el susurro, en el silencio de la fe. Pero esa es precisamente su fuerza.

Porque Dios actúa de manera discreta, es también el que actúa de modo sorprendente. La fe en la resurrección quiere decir también, dejarse sorprender por Dios cada día.

fray Ricardo de Luis Carballada

 

 

Misión pascual es: anuncio del Perdón de los pecados

¡La historia de los dos de Emaús acabó de manera sorprendente! La presencia de Jesús, que acompañaba a los dos discípulos  en el camino hacia Emaús (Lc. 24,13s), se concluyó con el descubrimiento de ese misterioso viajero, capaz de explicar las Escrituras, calentar el corazón y partir el pan... “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Pero Él desapareció de su lado... Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén” (Lc. 24,31.33). Aquí comienza el pasaje de Lucas (Evangelio), con los Once apóstoles y los Dos de Emaús que intercambian sus experiencias acerca de las apariciones de Jesús Resucitado (v. 34-35). Finalmente, al cabo de ese día  – ¡el primero del nuevo calendario de la historia humana!- Jesús en persona se aparece a todo el grupo y dice: “¡Paz con ustedes!” (v. 36).

La experiencia pascual de los discípulos, que ven y reconocen al Señor resucitado, se converte en anuncio y se transforma en el fundamento mismo de la misión de los apóstoles y de la Iglesia de cada tiempo y lugar. El texto de Lucas es un claro anuncio pascual y misionero: los Dos de Emaús hablan de su encuentro con el Resucitado y Jesús envía a los Once a predicar “a todas las naciones la conversión para perdón de los pecados” (v. 47).

Los Apóstoles no eran unos inocentones; opusieron mucha resistencia antes de aceptar que Jesús había resucitado. Lucas lo repite con insistencia: estaban sobresaltados, asustados, perturbados, dudosos, lo creían un fantasma (v. 37-38); por eso el evangelista quiere dar signos concretos de la corporeidad del Resucitado. Por su parte, Jesús insiste en decir: “Soy yo mismo” (v. 39). Y trae pruebas palpables para convencerlos de que es Él mismo “en carne y huesos”: come ante ellos una porción de pez asado (v. 42), los invita a mirar y a tocar manos, pies, costado (v. 39). Al final, los discípulos se rinden y creen: las heridas de la pasión se convierten en signos visibles y tangibles de la identidad y continuidad entre el Cristo histórico y el Cristo resucitado.

Normalmente, a menos de circunstancias y exámenes especiales, las personas se identifican por el rostro. Jesús, en cambio, quiere que los discípulos  –Tomás, en primer lugar-  le reconozcan por las manos, los pies y el costado. “El punto de referencia son las cicatrices de los clavos y de la cruz, el punto más alto de una vida entregada por amor. En efecto, el cuerpo de Jesús resucitado conserva las señales del don total de sí... De igual manera, al cristiano se le reconocerá por las manos y los pies... El anuncio de la resurreccióm de Cristo es eficaz y creíble solamente si los dicípulos pueden, al igual que su Maestro, mostrar a los hombres sus manos y sus pies marcados por obras de amor” (F. Armellini). ¡El anuncio se hace con la palabra y sobre todo con hechos!

Las tres lecturas de este domingo pascual tienen un hilo conductor común: la conversión y el perdón de los pecados. Ambos  –conversión y perdón-  tienen su raíz en la Pascua de Jesús y son parte esencial del anuncio misionero de la Iglesia. Pedro (I lectura) lo declara en la plaza pública el día de Pentecostés: “Arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados” (v. 19). Y Juan (II lectura) recomienda amablemente a sus hijitos que no pequen; sin embargo, si esto ocurriera, hay siempre una tabla de salvación: “tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación… por los pecados del mundo entero” (v. 1-2).

La salvación se nos ofrece como don del Espíritu Santo, el cual, para Lucas y para Juan, está relacionado con el perdón de los pecados. Dicha conexión aparece claramente en la nueva fórmula de la absolución sacramental, así como en una oración de la Misa, en la que se invoca al Espíritu Santo, porque “Él es la remisión de todos los pecados” (cf oración sobre las ofrendas, sábado antes de Pentecostés). ¡Ya que Cristo ha resucitado, la Vida es más fuerte que el pecado y la muerte! (*)

En el Evangelio de Juan, la institución del sacramento del perdón de los pecados tiene lugar precisamente el día de Pascua: “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados” (Jn. 20,23). Por tanto, el perdón de los pecados es un regalo pascual de Jesús. Con toda razón, el gran teólogo moralista Bernardo Häring hablaba del sacramento de la alegría pascual. Para Lucas “la conversión y el perdón de los pecados” son la buena noticia que los discípulos deben predicar “a todas las naciones”. En el nombre, es decir, por mandato de Jesús (Lc. 24,47). Estos son los signos del Crucificado-Resucitado; son los signos de la Misión.

padre Romeo Ballán

(*) “Desde que Cristo ha resucitado, la gravitación del amor es más fuerte que la del odio; la fuerza de gravedad de la vida es más fuerte que la de la muerte. ¿Acaso no es esta realmente la situación de la Iglesia de todos los tiempos, nuestra propia situación? Siempre se tiene la impresión de que ha de hundirse, y siempre está ya salvada. San Pablo ha descrito así esta situación: «Somos... los moribundos que están bien vivos» (2Co 6,9). La mano salvadora del Señor nos sujeta, y así podemos cantar ya ahora el canto de los salvados, el canto nuevo de los resucitados: ¡aleluya!” (Benedicto XVI - Homilía en la Vigilia de la Noche de Pascua, Roma, 11.4.2009)

 

 

El lenguaje de los relatos evangélicos sobre las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos resulta enigmático. Llama la atención el hecho de que ni siquiera en momentos tan importantes se pongan de acuerdo los evangelistas. Entre ellos hay divergencias evidentes en cuanto al número, tiempo, lugar y testigos de los encuentros con Jesús resucitado. Comparadas unas narraciones con otras, un observador atento descubre claras contradicciones.

Valgan unos ejemplos como botones de muestra: las mujeres van a embalsamar el cadáver de Jesús y encuentran la tumba vacía; en el lugar del cadáver hay un joven vestido de blanco que les anuncia la resurrección para que la comuniquen al resto de los discípulos; pero ellas, según Marcos (16,8) "salieron huyendo del sepulcro, del temblor y desconcierto que les entró, y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían". Lucas dice exactamente lo contrario al narrar el mismo acontecimiento: "Las mujeres volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los once y a los demás". Y si, según Marcos, las mujeres vieron en la tumba a un joven vestido de blanco, en el evangelio de Lucas se dice que había dos hombres con vestidos refulgentes; para Mateo se trata, por el contrario, de un ángel. Según Marcos y Lucas, las mujeres no vieron a Jesús aquella mañana, en contra de Mateo, quien añade que, cuando iban de camino, Jesús les salió al encuentro (Mt. 28,9).

La presencia del crucificado -vivo ahora- es extraña y misteriosa. Esto explica que no sea reconocido por sus discípulos a la primera: María Magdalena cree estar hablando con el hortelano (Jn. 2,15); los dos de Emaús, sin reconocerlo, caminan largamente con él y le reprochan ser el único forastero que no tiene conocimiento de los trágicos sucesos de Jerusalén (Lc. 24,18)... Lo reconocen después de que Jesús les hable, les explique las Sagradas Escrituras, parta el pan o coma con ellos pescado. Partir el pan, comer pescado y leer las Sagradas Escrituras eran los ingredientes de las comidas eucarísticas que la primitiva comunidad celebraba el primer día de la semana, el domingo, día en que tienen lugar las apariciones en los Evangelios.

Para reconocer al crucificado-resucitado no bastaba con los ojos de las carne, había que volverse a las Escrituras y disponerse a partir el pan en comunidad.

Sin el carácter peculiar e irrepetible de las primeras apariciones del resucitado, también éste es el marco y el medio en el que Jesús se hace presente hoy.

En la Eucaristía, trágico recuerdo de la muerte, celebración gozosa de la resurrección, compromiso de amor fraterno y entrega mutua, el cristiano descubre cada domingo la presencia del resucitado. Presencia que lo impulsa a gritar por el mundo, sin miedos ni complejos, que ha comenzado ya otro mundo, que es posible ya otra vida, desde ahora, en la que todos los hombres se sienten a la mesa para partir el pan y compartir la existencia; pan y existencia que nuestra sociedad de consumo, en nombre de unos pocos, niega a más gente cada día.

Jesús Peláez

 

 

A veces es más fácil dejarse morir que arriesgarse a vivir la vida. Con frecuencia continuar luchando en medio de un mundo que nos considera enemigos resulta un peso demasiado difícil de soportar. Pero nuestra misión es ésta: ser testigos de la vida.

Miedo a la vida

... se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:

-Paz con vosotros. Se asustaron, y despavoridos, pensaban ver un fantasma.

Los discípulos tenían miedo. Juan, en su evangelio, nos dice que, al principio, en los días que siguieron a la muerte de Jesús, estaban encerrados porque temían a los dirigentes judíos: les asustaba la muerte y sentían cercana la mano asesina de los jefes de su pueblo. Pero, según nos informa Lucas en el evangelio, los discípulos también sintieron miedo, al menos en una ocasión, ante la presencia de la vida: «Se asustaron, y despavoridos, pensaban ver un fantasma.»

Un fantasma. No tenían esperanza, dudaban de la palabra de Jesús, y eso les impedía reconocer la plenitud de vida que se hacía presente en medio de ellos. O, quizá, lo que les daba miedo eran las exigencias que plantea el creer en la vida, en especial la que no se guarda para sí, sino que, gastada por amor, es semilla que, tras caer en tierra y morir, da como fruto más vida. Y no perdieron el miedo hasta que Jesús les demostró que era la misma persona que había conocido. Y que el suyo no era un vivir a medías, sino la vitalidad desbor­dante de un hombre capaz de comunicarse y de compartir con sus amigos el afecto y, sobre todo, su vida: « ... soy yo en persona. Palpadme y mirad; un fantasma no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.»

Entonces el miedo se tornó en alegría. Y quedó demostra­da por los hechos la verdad del anuncio de Jesús: tendría que sufrir y ser perseguido, pero, en un breve espacio de tiempo, resucitaría (Lc. 9,22.43; 18,31-34).

TESTIGOS DE TODO ESTO

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran la Escritu­ra. Y añadió:

-Así estaba escrito: el Mesías padecerá, peto al tercer día resucitará de la muerte, y en su nombre se predicará la enmienda y el perdón de los pecados a todas las naciones. Empezando por Jerusalén, vosotros seréis testigos de todo esto.

«Empezando por Jerusalén»: el lugar en el que se había consumado la aparente victoria de los poderes de este mundo contra el Mesías Jesús. Precisamente allí debían empezar los amigos de Jesús a dar un triple testimonio de su victoria: «El Mesías padecerá... » El primer elemento del testimonio cristiano será el dar noticia de su muerte, de todo lo que se refiere a su muerte: del amor de Dios que se revela en el amor y en la entrega de Jesús y también de la maldad de un mundo, de un orden social homicida, que para mantenerse en pie necesita destruir al Hombre.

« ... pero al tercer día resucitará de la muerte. » Es el ele­mento fundamental de nuestra fe: la resurrección de Jesús. El evangelista, cuando habla de que todo lo que le sucedió a Jesús estaba previsto en las Escrituras, destaca ante todo la resurrección. Por tanto, a pesar de lo que nuestra forma de celebrar la Semana Santa parece indicar, lo más importante de Jesús no es su muerte, sino su vida: la que él goza ahora porque el Padre se la conservó; la que nos reúne cada vez que celebramos la eucaristía; la que fundamenta nuestra esperanza en que el orden este será progresivamente vencido y sustituido por un mundo de hermanos.

« ... y en su nombre se predicará la enmienda.» Por eso, el anuncio de la victoria de Jesús tiene que incluir una invita­ción a enmendarse, esto es, a abandonar todo comportamiento que nos haga culpables o cómplices de la existencia y del mantenimiento del orden este, una invitación a actuar de un modo semejante al de Jesús, sin miedo a que los grandes, los ricos y los poderosos nos consideren sus enemigos, pues a partir de ese momento Dios nos considerará sus amigos: « ... y el perdón de los pecados a todas las naciones».

SIN MIEDO A LA VIDA

No terminemos la celebración de la Semana Santa el Vier­nes Santo. Es cierto que en aquella tarde se produjo una muerte heroica; pero no nos conviene refugiarnos en el recuer­do del héroe y en la exaltación del valor que mostró en su martirio: eso sería quedarnos fijos en la muerte y renunciar a la vida. Nuestra fe no se agota en la cruz. Nosotros creemos en Jesús el Resucitado, y anunciamos que él vive, aunque este mundo injusto exigió -y él soportó por amor esa injusticia- que tuviera que pasar por el dolor de una muerte violenta.

El pueblo, los oprimidos, los explotados, los margina­dos..., todos víctimas del mundo este, condenados a vivir sin gustar el buen sabor de la vida, no debemos permitir que se nos arrebate la alegría de la vida que vence a la muerte. El miedo a la vida no es nuestro, no nos pertenece; nos lo quieren imponer los que hacen de la muerte su fuerza y su razón. El miedo a la vida es propio de quienes, responsables o cómplices del mundo este, ven en la vida de los demás una amenaza no para su vida, sino para sus privilegios.

Vivamos intensamente dando testimonio de que Dios está del lado de los que viven y, mediante la entrega por amor de su propia vida, hacen germinar la vida.

R.  J. García Avilés