Que les costara tanto creer, es una garantía para nosotros

Vamos a hacer un rápido repaso por todos los relatos de apariciones para que quede claro  que no son crónicas de lo que sucedió tal día a tal hora en cierto lugar. Si fueran relatos de algo que ha sucedido, los primeros que escriben los tendrían más recientes y podían hacerlo con mucha más precisión que aquellos que lo hacen habiendo pasado mucho más tiempo. Pero resulta que en los relatos pascuales que nos han llegado, pasa justo lo contrario.

Mc que es el primero que escribió, no sabe nada de apariciones. Incluso en el final canónico, que es un añadido del s. II, únicamente se mencionan algunas apariciones constatadas ya en otros evangelistas. En Mt tampoco hay ningún relato completo. Jesús se aparece a las mujeres que van al sepulcro y les manda anunciar a los discípulos que vayan a galilea y allí le verán. En un monte en Galilea se aparece Jesús y les manda a predicar y a bautizar. Lc y Jn, que son los últimos que escriben, tienen relatos con todo lujo de detalles, lo que nos indica que los relatos se han ido elaborando por la comunidad a través de los años.

Lc y Jn nos trasmiten relatos muy elaborados teológicamente. En los textos más antiguos se habla siempre de (ôphthè) “dejarse ver”. Es un término técnico, que normalmente se traduce por aparecerse, pero no es una traducción adecuada. Para que veáis la dificultad de traducir esa palabreja, basta recordar que Pablo la utiliza en 1 Cor, 15 para decir que Cristo se apareció a Cefas, a Santiago y a Pablo; y en 1 Tim 3,16, para decir que se apareció a los ángeles. La misma palabra se emplea para decir que Moisés y Elías se “aparecieron” junto a Jesús. Las lenguas de fuego también “aparecieron” sobre los apóstoles en Pentecostés.

En los relatos más tardíos, se tiende a la materialización de la presencia, tal vez para contrarrestar la duda, que se destaca cada vez más. En Mt se duda que sea el Cristo; en Lc y Jn se duda de que sea Jesús de Nazaret. La materialización y la duda están relacionadas entre sí. Cuando los testigos de la vida de Jesús van desapareciendo, se siente la necesidad de insistir en la corporeidad del Jesús resucitado. Caen en la trampa en la que nosotros seguimos aprisionados: confundir lo real con lo que se puede constatar por los sentidos.

En el evangelio de Lc todas las apariciones y la subida al cielo tienen lugar en el mismo día. En el episodio que leemos hoy, Jesús aparece ‘a los once y a todos los demás’, de improviso, como había desaparecido después de partir el pan en Emaús. Se presenta en medio, no viene de ninguna parte. El relato de Emaús, que precede, había dejado claro que Jesús se hace presente en el camino de la vida, en la Escritura y en la fracción del pan. Aquí se hace presente en medio de la comunidad reunida. Esto lo tenía ya muy claro la primitiva iglesia, cincuenta o sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando se escribió este evangelio.

Llenos de miedo. No tiene mucha lógica. Los discípulos ya conocían el anuncio de las mujeres, la confirmación del sepulcro vacío, y una aparición al mismo Pedro que el evangelio menciona, pero no narra. Los de Emaús estaban contando lo que les acababa de pasar. Si a pesar de todo siguen teniendo miedo, quiere decir que fue difícil comprender que la Vida puede vencer a la muerte. También nos advierte de que, lo que se narra no pudo ser una invención de los discípulos, porque no estaban nada predispuestos a esperar lo sucedido. En Jn, los discípulos tienen miedo de los judíos; en Lc, tienen miedo del mismo Jesús.   

“Creían ver un fantasma”. El texto se empeña en que tomemos conciencia de lo difícil que fue reconocer a Jesús. Los que acaban de llegar de Emaús caminan varios kilómetros con él y cenan con él sin conocerle. Incluso Magdalena pensó que se trataba del hortelano. ¿Qué nos quieren decir estas acotaciones? Era Jesús, pero no era él. En relato de hoy se dice: Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros”. ¿Es que en ese momento no estaba con ellos? Estas incongruencias nos tienen que abrir los ojos.

Mirad mis manos y mis pies, palpadme. Las manos y los pies, prueba de su muerte por amor en la cruz; y de que ese Jesús que se deja ver ahora, es el mismo que crucificaron. Una vez más se insiste en la materialidad, para demostrar que no se trata de fantasías o ilusiones de los discípulos. En absoluto estaban predispuestos a creer en la resurrección, más bien se les impuso contra el común sentir de todos ellos. Esto da plena garantía de autenticidad a lo que nos quieren trasmitir, aunque al empaquetarlo en una narración, tenemos el peligro de quedarnos en el cuento. No les importa la falta de lógica del relato.

Así estaba escrito. Lc insiste, siempre que tiene ocasión, en que se tienen que cumplir las Escrituras. En todos los salmos que hablan de siervo doliente, termina con la intervención de Dios que se pone de su parte y reivindica al humillado. Los primeros cristianos eran todos judíos; no tenían otro universo religioso para interpretar a Jesús que su Escritura. A pesar de que Jesús dio un paso de gigante sobre las Escrituras a la hora de decirnos quién es Dios, ellos siguen echando mano del AT para interpretar su figura. Al insistir en que la Escrituras se tienen que cumplir, nos está diciendo que todo está bajo el control de Dios.

Mientras estaba con vosotros. Indica con toda claridad que ahora no está con ellos físicamente. Estas son las pistas que tenemos que advertir para no caer en la trampa de una interpretación material. Jesús está presente en medio de la comunidad. Su presencia es objeto de experiencia personal, pero no se trata de la misma presencia de la que disfrutaron cuando vivía con ellos. Jesús es el mismo, pero no está con ellos de la misma manera que lo hacía cuando andaba por los caminos de Galilea. Esta presencia de Jesús en medio de la comunidad es mucho más real que antes. Ahora es cuando descubren al verdadero Jesús.

También el encargo de predicar se apoya en la Escritura. La buena nueva es la conversión y el perdón. Si pecado es toda opresión, el dejarse matar, antes que oprimir a nadie, es la señal de que el pecado está superado. La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Su experiencia del Abba nos tiene que tranquilizar a todos. En la primera lectura, Pedro, y en la segunda Juan, nos recuerdan que somos nosotros los que debemos manifestar ese amor de Dios. "Arrepentíos y convertíos para que se perdonen los pecados"; y Juan: "Quien dice, yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él".    

Para terminar, recordar la última diferencia notable entre Lc y Jn. En Jn exhala su aliento sobre ellos y les confiere el Espíritu. En Lc les promete que se lo enviará. La diferencia es solo aparente, porque el Espíritu ni tiene que mandarlo ni tiene que venir de ninguna parte. Es una realidad Espiritual que está siempre en nosotros. Podemos decir que llega a nosotros cuando lo descubrimos y dejamos que su presencia renueve todo nuestro ser.

La epístola de Jn tiene que hacernos reflexionar. Quien dice: yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. Está claro que no habla de un conocimiento teórico, sino de una identificación con él. Una erudición exhaustiva sobre la figura de Jesús no garantiza una vida cristiana. Aceptar con escrupulosidad todos los dogmas no dará garantía ninguna de verdadera salvación en Jesús. No se trata de conocer mejor a Jesús, sino de nacer a la Vida que él vivió y desplegarla con la mayor intensidad posible.

Meditación

Jesús se hace presente en medio de la comunidad.

Ésta es la realidad pascual vivida por los primeros seguidores.

Ésta es la realidad que tememos que vivir hoy.

Somos nosotros los que tenemos que hacerle presente.

Eso solo es posible a través del amor manifestado.

 

 

No es la presencia física la que les hace creer

Seguimos en tiempo pascual. El tema de este domingo sigue siendo Jesús que vive y da Vida. Esa nueva Vida queda reflejada en las tres lecturas de hoy como conversión y perdón. El pecado es la única muerte a la que debíamos tener miedo, porque es la única realidad que aniquila la verdadera Vida. Pero  pecado es siempre hacer daño a los demás o hacerse daño a sí mismo. Sólo cuando hay injusticia y opresión podemos decir con propiedad que hay pecado. Si hay pecado, hay muerte y por tanto, falta de Vida.

Hoy todos estamos de acuerdo en que Jesús no volvió a la vida biológica; por lo tanto lo que pasó en Jesús después de su muerte no puede ser objeto de la ciencia ni de la historia. Una realidad no puede ser a la vez material y espiritual. Si Jesús recuperó su cuerpo, necesariamente tiene que estar en el tiempo y en un lugar. Si decimos que su cuerpo es espiritual (Pablo), estamos afirmando que no hay cuerpo. Si no es cuerpo, no se puede constatar por los sentidos y no puede caer dentro del ámbito de lo histórico, pero los efectos que produjo en sus seguidores, sí pueden ser constatados por la historia. Solo a través de esos efectos podemos enterarnos  de que Jesús sigue vivo y está dando Vida.

Recordemos que Lc y Jn son los últimos en escribir sus evangelios y nos trasmiten relatos muy elaborados teológicamente. En los textos más antiguos se habla siempre de (ôphthè) "dejarse ver". Es éste un término técnico, que normalmente se traduce por aparecerse, pero no es una traducción adecuada. Para que veáis la dificultad de traducir esa palabreja, basta tener en cuenta que Pablo la utiliza en 1 Cor, 15 para decir que Cristo se apareció a Cefas, a Santiago y a Pablo; y en 1 Tim 3,16, para decir que se apareció a los ángeles. La misma palabra es empleada para decirnos que Moisés y Elías se "aparecieron" junto a Jesús. Designar también las lenguas de fuego que "aparecieron" sobre los apóstoles.

En los relatos más tardíos, se tiende a la materialización de la presencia, tal vez para contrarrestar la duda, que se destaca cada vez más. En Mt se duda que sea el Cristo; en Lc y Jn se duda de que sea Jesús de Nazaret. La materialización y la duda están relacionadas entre sí. Cuando los testigos de la vida de Jesús van desapareciendo, se siente la necesidad de insistir en la corporeidad del Jesús resucitado. Caen en la trampa en la que nosotros seguimos aprisionados: confundir lo real con lo que se puede constatar por los sentidos.

En el evangelio de Lc todas las apariciones y la subida al cielo, tienen lugar en el mismo día. En el episodio que hemos leído, Jesús aparece a los once y a tos los demás, de improviso, como había desaparecido después de partir el pan en Emaús. Se presenta en medio, no viene de ninguna parte. El relato de Emaús, que precede, había dejado claro que Jesús se hace presente en el camino de la vida, en la Escritura y en la fracción del pan. Aquí se hace presente en medio de la comunidad reunida. Esto lo tenía ya muy claro la primitiva iglesia, cincuenta o sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando se escribió este evangelio.

Llenos de miedo. No tiene mucha lógica el terror manifestado, si tenemos en cuenta que los discípulos ya habían recibido el anuncio de las mujeres, la confirmación del sepulcro vacío por parte de Pedro, y una aparición al mismo Pedro que el evangelio menciona, pero no relata. En ese mismo momento en que aparece Jesús, los de Emaús les estaban contando lo que les acababa de pasar. Si a pesar de todos, siguen teniendo miedo, quiere decir que no fue fácil comprender que la Vida puede vencer a la muerte. También nos advierte de que, lo que se narra, no pudo ser una invención de los discípulos, porque no estaban nada predispuestos a esperar lo sucedido. Es curioso, en Jn, los discípulos reunidos tienen miedo de los judíos; en Lc, tienen miedo del mismo Jesús que se les aparece.

"Creían ver un fantasma". El texto se empeña en que tomemos conciencia de lo difícil que fue reconocer a Jesús. Los que acaban de llegar de Emaús caminan varios kilómetros con él y cenan con él sin conocerle. Incluso Magdalena pensó que se trataba del hortelano. ¿Qué nos quieren decir estas acotaciones? Era Jesús, pero no era él. En relato de hoy se dice: Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros". ¿Es que en ese momento no estaba con ellos? Estas incongruencias nos tienen que abrir los ojos.

Mirad mis manos y mis pies, palpadme. Las manos y los pies, prueba de su muerte por amor en la cruz; y de que ese Jesús que se deja ver ahora, es el mismo que crucificaron. Una vez más se insiste en la materialidad de lo narrado. No se trata de fantasías o ilusiones de los discípulos. En absoluto estaban predispuestos a creer en la resurrección, más bien se les impuso contra el común sentir de todos ellos. Esto da plena garantía de autenticidad a lo que nos quieren trasmitir, aunque al empaquetarlo en una narración, tenemos el peligro de quedarnos en el cuento. No les importa la falta de lógica del relato.

Así estaba escrito. Lc insiste en que se tienen que cumplir las Escrituras. En todos los salmos que hablan de siervo doliente, termina con la intervención de Dios que se pone de su parte y reivindica al humillado. Los primeros cristianos eran todos judíos; no tenían otro universo religioso para interpretar a Jesús que su Escritura. A pesar de que Jesús dio un paso de gigante sobre las Escrituras a la hora de decirnos quién es Dios, ellos siguen echando mano del AT para interpretar su figura. Al insistir en que la Escrituras se tienen que cumplir, nos está diciendo que todo está bajo el control de Dios.

Mientras estaba con vosotros. Indica con toda claridad que ahora no está con ellos físicamente. Estas son las pistas que tenemos que advertir para no caer en la trampa de una interpretación literal. Jesús está presente en medio de la comunidad. Su presencia es objeto de experiencia personal, pero no caen en la tentación de creer que es la misma presencia de la que disfrutaron cuando vivía con ellos. Jesús es el mismo, pero no está con ellos como antes. Está con ellos, come con ellos se relaciona con ellos, pero no de la misma manera que lo hacía cuando andaba por los caminos de Galilea. Esta presencia de Jesús en medio de la comunidad es mucho más real que antes. Ahora es cuando descubren al verdadero Jesús.

También el encargo de predicar la buena noticia se apoya en las Escrituras. La buena nueva es la conversión y el perdón. Las otras dos lecturas de este domingo apuntan en esta dirección. Si pecado es toda opresión, el dejarse matar antes que oprimir a nadie, es la señal de que el pecado está superado. La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Su experiencia del Abba nos tiene que tranquilizar a todos. En la primera lectura, Pedro, y en la segunda Juan, nos recuerdan que somos nosotros los que debemos manifestar ese amor de Dios. "arrepentíos y convertíos para que se perdonen los pecados"; y Juan: "Quien dice, yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él".

Para terminar, recordar la última diferencia notable entre Lc y Jn. En Jn, sopla sobre ellos y les confiere el Espíritu. En Lc les promete que se lo enviará. La diferencia es sólo aparente, porque el Espíritu ni tiene que mandarlo ni tiene que venir de ninguna parte. Es una realidad Espiritual que está siempre en nosotros. Podemos decir que llega a nosotros, cuando lo descubrimos, y vivimos su presencia.

La epístola de Jn tiene que hacernos reflexionar. Quien dice: yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. Está claro que no habla de un conocimiento teórico, sino de una identificación con él. Una erudición exhaustiva sobre la figura de Jesús, no garantiza una vida cristiana. Aceptar con escrupulosidad todos los dogmas, no dará seguridad ninguna de verdadera salvación en Jesús. No se trata de conocer mejor a Jesús, sino de nacer a la Vida que él vivió y desplegarla con la mayor intensidad posible.

Meditación-contemplación

Jesús se hace presente en medio de la comunidad.

Ésta es la realidad pascual vivida por los primero seguidores.

Ésta es la realidad que tememos que vivir hoy,

si queremos ser de verdad sus discípulos.

No debemos esperar que Jesús se vaya a aparecer visiblemente.

Somos nosotros los que tenemos que hacerle presente.

El objetivo de la vida humana de Jesús,

fue hacer presente a Dios en este mundo.

Hacer presente a Jesús es hacer presente a Dios.

Puesto que Dios es amor, solo con amor se le puede manifestar.

Cada vez que ayudamos, de cualquier forma, a otra persona,

estamos haciendo presente a Dios.

 

 

Cómo llegar a la experiencia pascual

Por tercer domingo consecutivo se nos propone un relato enmarcado en el “primer día de la semana” (ya hemos dicho muchas veces que la experiencia pascual no es cuestión de un Día). Esta vez es Lucas el que resalta la importancia que ya tenía para las primeras comunidades la reunión de cada domingo.

Estos dos discípulos pasan, de creer en un Jesús profeta pero condenado a una muerte destructora, a descubrirlo vivo y dándoles Vida. De la desesperanza, pasan a vivir la presencia de Jesús. Se alejaban de Jerusalén tristes y decepcionados; vuelven a toda prisa, contentos e ilusionados. El pesimismo les hace abandonar el grupo, el optimismo les obliga a volver para contar la gran noticia.

La entrañable narración de los discípulos de Emaús, es un prodigio de teología narrativa. En ella podemos descubrir el verdadero sentido de los relatos de apariciones. El objetivo de todos ellos es llevarnos a participar de la experiencia pascual que los primeros cristianos tuvieron. En ningún caso intentan dar noticias de acontecimientos históricos.

Los dos discípulos de Emaús no son personas concretas, sino personajes. No quiere informarnos de lo que pasó una vez, sino de lo que está pasando cada día a los seguidores de Jesús. La importancia del relato estriba en que en ellos estamos representados todos.

Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén. Sólo querían apartar de su cabeza aquella pesadilla de un ser querido, que había acabado tan desastrosamente. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte y muy a pesar suyo, van hablando de Jesús.

No iban en busca de Jesús; es él el que les sale al encuentro. Es Jesús quien toma la iniciativa, como siempre.

Lo primero que hace Jesús es invitarles a desahogarse, les pide que manifiesten toda la decepción y amargura que acumulaban en su interior. La utopía que les había arrastrado a seguirlo, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de la evidencia de su catastrófica muerte.

En este sutil matiz, podemos descubrir una pista para explicar lo que sucedió a los primeros seguidores de Jesús. La muerte les destrozó, y pensaron que todo había terminado; pero a nivel subconsciente, permaneció un rescoldo que terminó siendo más fuerte que las evidencias tangibles y pudo ser avivado sin saber muy bien cómo.

En el relato de la conversión de Pablo, podemos descubrir algo parecido. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de ese mismo Jesús, a quien trataba de destruir. En un momento determinado, pudo más el sentimiento interno que la fanática racionalidad. Cuando llegó ese instante, cayó del burro.

La manera de reconocerlo (después de haber caminado y discutido durante tres kilómetros) y la instantánea desaparición, nos indican claramente que la presencia de Jesús, después de su muerte, no es la de una persona normal, que algo ha cambiado tan profundamente, que los sentidos ya no sirven para reconocer a Jesús. Estos detalles nos están advirtiendo contra la manera física de interpretar los relatos que nos hablan de Jesús después de su muerte.

“Nosotros esperábamos…” Esperaban que desde fuera se cumplieran sus expectativas materialistas. No podían sospechar que aquello que debían esperar, se había cumplido ya con creces.

Fijaos bien, cómo refleja esa frase nuestras propias decepciones. Esperábamos que la Iglesia... esperábamos que el Obispo... esperábamos que el concilio... esperábamos que el Papa... esperamos lo que acaso nadie puede darnos y surge la desilusión.

Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos, no hay que esperarlo. “Buscad el Reino de Dios, todo lo demás es añadidura”. El desengaño es fruto de una errónea esperanza.

No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y ahora están capacitados para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que ya tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar para que nosotros la aceptemos.

No es Jesús el que tiene que hacer algún milagro para manifestarse de manera espectacular y evidente. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos.

En el relato que acabamos de leer, como en todos los que hacen referencia a apariciones, descubrimos la experiencia de la primera comunidad.

Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar. ¿Dónde se hace presente el Señor, entonces y ahora?

1) En el camino de la vida.

Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en  nuestro caminar. Pero el episodio también nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Después de su muerte, habrá que estar mucho más atento si, de  verdad, queremos entrar en  contacto con él.

Es también una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en el templo. A Jesús vivo no lo vamos a encontrar en los rezos sino en la vida real, en el contacto con los demás que caminan junto a nosotros. Si no lo encontramos ahí, cualquier otra presencia será falsa.

La dificultad que se nos presenta a la hora de llevar a la práctica este punto, estriba en la concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios. Con la idea de un Dios creador que se queda fuera y deja al mundo abandonado a su suerte, no hay manera de verle en la realidad material.

Pero Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia. La realidad es una y única, pero en la misma realidad podemos distinguir ambos aspectos.

Desde el deísmo que considera a Dios como un ser separado y paralelo de los otros seres, será imposible descubrir en las criaturas la presencia de la divinidad.

2) En la Escritura.

En la experiencia de Jesús resucitado nos encontramos con la verdadera interpretación de la Escritura. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tendremos en las Escrituras un eficaz instrumento de aproximación. Pero el gran peligro está en buscar esa presencia en la literalidad de lo escrito.

El mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato. La letra, los conceptos no son más que el soporte en el que se ha querido expresar la experiencia de Dios de un ser humano.

Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe,  fundamenta cada ser. No hay un Dios fuera de la creación, sino que cada criatura es la manifestación del único Dios.

La experiencia interior es la única palabra que Dios puede pronunciar. Esa experiencia, expresada en conceptos, es ya palabra humana. Volverá a ser palabra de Dios, cuando surja la vivencia en quien escucha o lee.

3) Al partir el pan.

No se trata de una eucaristía, sino de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc.

Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Cuando se escribió este relato ya había una larga tradición de su celebración por la comunidad. Los cristianos tenían ya ese sacramento como el rito fundamental de la fe.

Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen. Fijaos, un gesto es más eficaz que toda una perorata sobre la Escritura.

Jesús se hace presente al partir el pan, no al oír misa. Celebrar la eucaristía es repetir el gesto y las palabras de Jesús y descubrir lo que quieren decirnos. Jesús no se hace presente materialmente, sino vivencialmete en el interior de cada uno.

Ya lo había dicho Jesús: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

4) En la comunidad reunida.

En el narrar y compartir las experiencias de cada uno. Ahí está presente Jesús después de su muerte. Cristo resucitado solo se hace presente en la experiencia de cada uno. Al compartir con los demás esa experiencia, él se hace presente en la comunidad.

La comunidad (aunque sea de dos) es imprescindible para provocar la vivencia. La experiencia de uno compartida, empuja al otro en la misma dirección.

El ser humano solo desarrolla sus posibilidades de ser en la relación con los demás. Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás. Esto es imposible si el ser humano se encuentra aislado y sin contacto alguno con el otro.

El mayor obstáculo para encontrar a Cristo hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús que creían ver, no era el auténtico. “Os conviene que yo me vaya...” Solo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero.

A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle.

El verdadero Jesús sigue estando entre nosotros. Es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en mi camino. Unas veces seremos caminantes decepcionados y otras el “Jesús” que anima, explicando las Escrituras y partiendo y repartiendo el pan. En ambos casos hacemos comunidad.

Meditación-contemplación

“Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

Caminó con ellos, discutió con ellos, pero no lo conocieron.

Ni teologías ni exégesis racionales, te llevarán al verdadero Jesús.

El único camino para encontrarlo es el que conduce al “corazón”.

Tenemos que abrir los ojos, pero no los del cuerpo.

Sólo desde el corazón podemos descubrir su presencia.

Si los ojos de nuestro corazón están bien abiertos,

lo descubriremos presente en todos y en todo.

Ni a Cristo ni a Dios podemos encontrarlo en un lugar.

Su presencia no es localizable, porque está en todas partes por igual.

En cualquier lugar, en cualquier momento lo puedes encontrar.

“Reconocerlo”, esa es la tarea fundamental como cristianos.

fray Marcos  Rodríguez

 

 

Testigos

Lucas describe el encuentro del Resucitado con sus discípulos como una experiencia fundante. El deseo de Jesús es claro. Su tarea no ha terminado en la cruz. Resucitado por Dios después de su ejecución, toma contacto con los suyos para poner en marcha un movimiento de «testigos» capaces de contagiar a todos los pueblos su Buena Noticia: «Vosotros sois mis testigos».

No es fácil convertir en testigos a aquellos hombres hundidos en el desconcierto y el miedo. A lo largo de toda la escena, los discípulos permanecen callados, en silencio total. El narrador solo describe su mundo interior: están llenos de terror; solo sienten turbación e incredulidad; todo aquello les parece demasiado hermoso para ser verdad.

Es Jesús quien va a regenerar su fe. Lo más importante es que no se sientan solos. Lo han de sentir lleno de vida en medio de ellos. Estas son las primeras palabras que han de escuchar del Resucitado: «La paz esté con vosotros... ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?».

Cuando olvidamos la presencia viva de Jesús en medio de nosotros; cuando lo ocultamos con nuestros protagonismos; cuando la tristeza nos impide sentir todo menos su paz; cuando nos contagiamos unos a otros pesimismo e incredulidad... estamos pecando contra el Resucitado. Así no es posible una Iglesia de testigos.

Para despertar su fe, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas de crucificado. Que tengan siempre ante sus ojos su amor entregado hasta la muerte. No es un fantasma: «Soy yo en persona». El mismo al que han conocido y amado por los caminos de Galilea.

Siempre que pretendemos fundamentar la fe en el Resucitado con nuestras elucubraciones lo convertimos en un fantasma. Para encontrarnos con él hemos de recorrer el relato de los evangelios; descubrir esas manos que bendecían a los enfermos y acariciaban a los niños, esos pies cansados de caminar al encuentro de los más olvidados; descubrir sus heridas y su pasión. Es ese Jesús el que ahora vive resucitado por el Padre.

A pesar de verlos llenos de miedo y de dudas, Jesús confía en sus discípulos. Él mismo les enviará el Espíritu que los sostendrá. Por eso les encomienda que prolonguen su presencia en el mundo: «Vosotros sois testigos de estas cosas». No han de enseñar doctrinas sublimes, sino contagiar su experiencia. No han de predicar grandes teorías sobre Cristo, sino irradiar su Espíritu. Han de hacerlo creíble con su vida, no solo con palabras. Este es siempre el verdadero problema de la Iglesia: la falta de testigos.

 

 

Creer por experiencia propia

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que solo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.

Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.

Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: "Paz a vosotros"». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.

El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».

Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».

Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

 

 

Recordar más a Jesús

El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado.

Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?

Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?

La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?

Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.

Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel "desconocido" se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!

Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.

padre José Antonio Pagola

 

 

Solo sucede lo que tiene que suceder

En este relato de aparición –ahora a todo el grupo-, Lucas repite muchos temas del pasaje anterior (de los discípulos de Emaús): aparición repentina de Jesús, incapacidad para reconocerlo, reproche por parte de Jesús, estupor, alegría...

Por tres veces se repite el "Era necesario...": lo cual nos hace sospechar que las comunidades necesitaban una "explicación" acerca del hecho de la cruz. Evidentemente, ese "era necesario" no hay que entenderlo de una manera literal, como si hubiera existido un previo designio divino. Se trata, más bien, de una lectura "ex eventu", es decir, una interpretación de algo después de que ya ha tenido lugar.

La nueva catequesis de Lucas quiere responder a esta pregunta: "¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?". Para ello, insiste en la presencia del Resucitado –la alusión al "comer" es una solo forma plástica de expresarlo- y apela a la Escritura.

Por otro lado, el evangelista –como sucede en otros relatos similares- une la aparición con la misión, si bien con un añadido específico de Lucas: "empezando por Jerusalén". Para él, Jerusalén representa el "centro" del mundo y de la historia.

Desde la perspectiva no-dual, no me parece inadecuado decir que el "era necesario" –mítico- se pueda traducir ajustadamente por "amar lo que es". Solo esta es la actitud sabia, que nos alinea con lo real (el presente), hace cesar toda resistencia y, por ello, nos libera del sufrimiento. Quien ama lo que es, descubre aquella la paz que nada puede quitar.

Y está disponible para vivir la entrega desde la libertad. ¿Y qué se requiere para amar lo que es? Solo una cosa: acallar la mente; permitir que lo que es, sea. Cuando nuestra mente está en calma, lo que queremos es lo que es.

 

 

Del miedo a la alegría

En los relatos de apariciones del Resucitado, al miedo inicial sucede la alegría. El primero va asociado a cerrazón, repliegue y oscuridad. La segunda, a la presencia innegable. Tan innegable para ellos, que necesitan plasmar su certeza en un relato que –rompiendo todas las leyes de la física- presenta al resucitado comiendo, como si de un ser corporal se tratara. Era su modo de insistir en la intensidad con que percibían su presencia.

Del mismo modo, teniendo que dar razón del hecho de que Jesús hubiera sido crucificado por paganos, recurren a textos de su Libro Sagrado en los que todo ello habría sido previamente anunciado. De ahí que presenten lo ocurrido como algo que respondía a lo que “estaba escrito”. Se trata, de nuevo, de un recurso literario con el se busca comprender el escándalo de la cruz.

En tanto que catequesis –como todos los relatos de apariciones-, el texto lee también nuestra vida.

Nosotros somos también invitados a pasar del miedo a la alegría. De algo que tenemos (o podemos tener: miedo) a lo que realmente somos (alegría, gozo).

“Hemos olvidado cómo aparecería el mundo a los ojos de una persona que no hubiera conocido el miedo”, escribía Martin Heidegger. Todos hemos conocido el miedo y nos hemos sentido sumamente vulnerables. A partir de esa experiencia, hemos podido construir defensas, más o menos artificiosas, que nos mantuvieran a salvo de una sensación tan desagradable.

Sin embargo, mientras permanezca nuestra identificación con el yo, el miedo será inevitable. Además de su indisimulable inconsistencia, el yo posee una información terrible: sabe que, si tiene suerte, está destinado a envejecer, enfermar y perder todo lo que ha amado. Y que después morirá. No es extraño que diga que la “vida” es absurda. El miedo es un compañero inseparable del yo.

El paso a la alegría, por tanto, no puede darse mientras permanezca esa identificación. Podrán vivirse también experiencias alegres y de bienestar porque, en realidad, lo que somos aflora incluso a pesar nuestro. Pero se tratará de una realidad siempre acompañada de su polo opuesto, la tristeza o el miedo.

La Alegría a la que me refiero aquí forma parte de nuestra identidad profunda y, como en un abrazo no-dual, es capaz de englobar tanto sentimientos de alegría como de tristeza. Como en el océano, en un nivel más superficial, puede darse un oleaje con apariencia incluso amenazadora. Sin embargo, en el nivel profundo, permanece la calma.

Todo depende de la respuesta que, vitalmente, hemos dado a la pregunta sobre nuestra identidad. ¿Quién soy yo? Si la respuesta me reduce a un objeto, los altibajos serán inevitables, así como la confusión y el sufrimiento.

Esa es la respuesta que viene de la mente. Se trata de una respuesta reductora y, en ese sentido, equivocada, porque la mente se encuentra con dos problemas:

· por un lado, es solo una parte de lo que soy; por tanto, no puede decirme quién soy;

· por otro, la mente no puede operar sino delimitando lo que quiere conocer, es decir, objetivando.

Ambos límites dan como resultado que, para la mente, solo soy un “yo individual” o ego, un “objeto” separado del resto. Dado que donde hay “yo”, hay soledad, miedo y ansiedad, mientras crea ser lo que mi mente me dice, me será imposible salir de ese laberinto.

Por eso, el yo se ve impelido a buscar la alegría –la felicidad- en el futuro, alimentando el sueño de que “más adelante será mejor”. Pero, mientras se embarca en ese propósito, se olvida del presente, el único lugar de la vida y de la felicidad. Se olvida, se confunde y se frustra.

Y cae en una trampa sutil. Porque, como dice André Comte-Sponville, “estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue”. Al perseguirla, no la encontramos en el único lugar donde está, en el Ahora.

Pero la única respuesta sobre nuestra identidad no es la que viene de la mente. Incluso antes de abrirme a esa otra respuesta, algo se me va haciendo patente: no soy nada que pueda ser observado –delimitado, objetivado-, sino, en todo caso, Eso que observa.

Por otro lado, tengo conciencia de ser sujeto. Y el sujeto no puede ser conocido como objeto.

Queda claro que la mente no es una herramienta adecuada para decirme quién soy. Es decir, no voy a conocer mi identidad a través de un proceso intelectual, ni como resultado de un trabajo de conceptualización.

Tengo que acercarme, más bien, de un modo experiencial, no mediado por la mente, acallando el pensamiento. Cuando eso ocurre, cuado se silencia la mente, puedo percibir mi identidad.

Esa identidad profunda sabe a Quietud, Presencia, Plenitud, Consciencia… Pero es imposible de ser delimitada ni de ser pensada, porque no es un objeto. Sólo la puedo ser, y al serla, la conozco.

Soy aquello que me acompaña siempre, como consciencia de ser, presente en cualquier momento de mi vida, y que se expresa como “Yo soy”, sin otro añadido: la Consciencia ilimitada y atemporal.

Dentro de ella, mi “yo” es sólo un objeto en el que aquélla se expresa de una forma transitoria. La identificación con él se debe solo a un error de percepción.

Esta Consciencia es Gozo, que no desaparece por el hecho de que, en otro nivel superficial, aparezca tristeza o miedo. Por eso decía más arriba que solo podremos vivir en la Alegría si nos desidentificamos del yo y de sus inseparables miedos.

Es cierto que la presencia de miedos puede requerir un trabajo psicológico que los atenúe o erradique. Pero existe un miedo que es consustancial al yo y que únicamente la percepción de nuestra verdadera identidad hace que desaparezca.

Todo nos remite, por tanto, a un trabajo de autoconocimiento que, como dice Mónica Cavallé, es “una práctica espiritual”.

Enrique Martínez Lozano

 

 

Creer a pesar de la cruz

Nos sirve maravillosamente para entender la situación anímica de los discípulos después de la tragedia del viernes, y para renovar nuestra fe.

"Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. ... "

Nos encontramos en presencia de "el escándalo de la cruz". La muerte de Jesús ha dado al traste con las esperanzas puestas en El. Los dos discípulos de Emaús representan perfectamente la crisis de fe de aquella primera comunidad, motivada por la muerte de Jesús.

Cabría pensar que ellos también podrían haber dicho, como otros, a Jesús crucificado: "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos". Están aplicando a Jesús las categorías humanas y judaicas. Para ellos, la muerte es el final. Y la ejecución como criminal, el fracaso.

Es más, están fiándose de su propia interpretación de la Palabra de Dios. Esperaban un Mesías triunfante. No ha triunfado, luego no lo es. Los dos de Emaús representan la situación de los discípulos: "se acabó; nosotros pensábamos que Él sería... pero... se acabó".

¿Cómo pasó aquel grupo reducido del abatimiento y la sensación de fracaso que presenta este texto, a la seguridad y el sentido misionero avasallador que hemos visto en la primera lectura de hoy? ¿Cómo se convirtieron en valerosos pregoneros los asustados y fracasados galileos?  Tenemos que dar dos respuestas, situadas a distinto nivel.

En primer lugar, la Resurrección de Jesús no parece que se pueda explicar simplemente  por un "convencimiento íntimo" de que sigue vivo tras la muerte, ni una "experiencia interior".

Hubo algo que cambió su depresión y su cobardía en entusiasmo y espíritu misionero, algo que les lleva a anunciar a Jesús Vivo, aunque les cueste la vida, y a llevar el mensaje al mundo entero. No creyeron en Jesús simplemente porque -a pesar de que había muerto- le recordaban y le seguían admirando. Parece necesario “algo más”.

En segundo lugar, el Espíritu. El Espíritu, el viento de Dios, hizo a Jesús como era. El Espíritu hablaba en Jesús, curaba en Jesús. El Espíritu la hacía sabio y confundía a sus adversarios. El Espíritu le hizo pasar del "¿por qué me has abandonado?" al "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

Ese Espíritu que Jesús "sopló sobre ellos" (recordamos el evangelio del domingo pasado), como Dios mismo sopló su espíritu en el muñeco de barro y lo hizo ser viviente está haciendo diferentes a los que le siguieron en vida y siguen creyendo en él después de muerto. Es la tesis básica de Hechos: el mismo espíritu de Jesús sigue alentando en la Iglesia.

EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ

Jesús "les explica las escrituras", les explica "que era necesario que el Mesías padeciese y muriese y entrase así en su gloria". Era necesario.

Porque era el Hijo de Dios, no bajó de la cruz, precisamente porque era el Hijo de Dios. Si hubiera bajado de la cruz, no sería más que una divinidad que se había vestido con apariencia humana (y esa es la "fe" simplona de muchos). Pero era un hombre que arrostraba su destino, su misión: fiel a la misión hasta la muerte.

La cruz es un escándalo, (y la humanidad de Dios, también, y la divinidad del hombre también) sólo superable por la fe en el Crucificado. No hay manera alguna de escapar del escándalo del mal del mundo. El mal del mundo culmina por el rechazo de los hombres a Dios. La crucifixión de Cristo es el mayor escándalo.

"En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por El

y el mundo no le conoció.

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron"

Pero la crucifixión actual de tantos y tantos que contemplamos, en los males y en los pecados, son el mismo escándalo: la aparente ausencia de Dios. De este escándalo no escapamos más que por la fe en Jesús, el crucificado/resucitado.

Como casi siempre, la fe no nos da explicaciones, sino motivos para creer a pesar de lo que vemos. En la cruz no se cree. La cruz se ve. La resurrección no se ve. Se cree en ella, porque se ven las obras del Espíritu.

Pero se puede dar un paso más. No sólo creemos a pesar de la cruz; creemos por la cruz. A varios niveles:

§ ver a un hombre que arriesga la vida por proclamar sus valores y sus criterios hasta el final, sin echar marcha atrás, sin arrugarse ante nada, sin escaparse, hasta arrostrar la muerte ... es un fortísimo argumento para creer en él. Y así fue Jesús. “Obediente hasta la muerte y muerte de cruz” admite otra traducción: “consecuente hasta la muerte y muerte de cruz”.

§ reflexionando en quién mató a Jesús volvemos a creer en él. A Jesús lo mató el Templo y sus sacerdotes, los mayores agentes de opresión, los mayores deformadores de Dios. A Jesús lo mató La Ley y sus doctores y sus purísimos cumplidores, monopolizadores de la Palabra, despreciadores de la gente (podemos leer Mateo 21–23). Lo mataron los manejos políticos, el mesianismo nacionalista... La cruz exige tomar partido: con todos esos o con Jesús.

§ la elaboración teológica de todo lo anterior lleva a decir: el Padre es capaz de dejar que su mejor hijo se arriesgue por todos los demás: ¡mirad cómo ama el Padre, que no escatima ni siquiera a Jesús, por el bien de todos!

Ser cristiano se define por tanto como:

"el que cree en Dios,

el Padre,

por Jesús a pesar de la cruz,

y por la cruz”

"VIENDO Y OYENDO"

Nuestra resurrección es una realidad interior. La vida del hombre no es más que signo, ropaje... de la Vida.  La Resurrección es tener ya La Vida.

La simple vida biológica es el soporte de la vida intelectual. Y todo eso no es más que el soporte de LA VIDA, la condición de Hijos. Nuestra fe es que en Jesús se mostró posible que la humanidad "lleve dentro" la divinidad. Decía el catecismo que estudiábamos de pequeños: "Sin dejar de ser Dios, quedó hecho hombre" Y podemos invertir los términos: "Sin dejar de ser hombre, estaba lleno de Dios". Éste es el sentido profundo, desmitologizado, de la Encarnación.

La Resurrección, la Vida, no se ve. Pero sus frutos sí se ven. Los que participan de la Vida viven como resucitados "buscando las cosas de arriba" "vestidos del hombre nuevo". Su código moral son las Bienaventuranzas; su oración, el Padre Nuestro; su culto a Dios, la vida; sus actos religiosos, las celebraciones festivas del amor de Dios presente en todo, los sacramentos. Esta es la Vida Nueva, manifestándose en la vida normal.

Vivir de otra manera es "inútil y efímero". Nosotros vivimos la vida como El nos enseñó, porque tenemos Fe en El y tenemos puesta en El nuestra esperanza.

José Enrique Galarreta

 

 

La amada de jesús resucitado

Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama (santo Agustín)

Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino

La resurrección de Jesús es un signo que expresa una vida nueva y un modo de actuar diferente. El personaje no es un fantasma, como creyeron sus discípulos cuando se les apareció días después en las orillas del Mar de Galilea. Al revés, le sentimos más cercano, similar a una fuerza que nos impulsa a una nueva forma de vivir. Fue El sueño de lo posible, como las sugerentes esculturas tituladas El Ajedrez, de Gustavo Herrera, que decoran uno de los parques madrileños.

En la obra de María y José Ignacio López Vigil Otro Dios es posible, Jesús dice: “Encontrar a María fue como encontrar una perla de gran valor… La lámpara de su cuerpo eran sus ojos… Era muy alegre… Con ella, el Reino era un banquete, una fiesta”. A propósito de lo cual, comentan “Que María la de Magdala sea presentada como primer testigo de la resurrección de Jesús en el cuarto evangelio (Juan 20,1-18) indica la importancia de esta mujer en el movimiento de Jesús y en la primera comunidad de quienes integraron el movimiento”.

En la película La última tentación, del griego Nikos Zazantzaquis, y El Código da Vinci, del estadounidense Dan Brown, se resalta el gran valor que en la vida de Jesús tuvo María Magdalena. Y en el Evangelio apócrifo de Felipe, es mencionada como particularmente próxima al Maestro: “Tres eran las que caminaban continuamente con el Señor: su madre María, la hermana de ésta y Magdalena, a quien se designa como su compañera. En otro fragmento de este mismo evangelio se lee: Y la compañera del Señor es María Magdalena. En otro texto se añade que la amaba más que a ninguno de sus seguidores. Tanto que los demás discípulos acabaron quejándose por tan patente preferencia, y le dijeron: ¿Por qué la amas más que a ninguno de nosotros?

El texto de Jn 20, 15 sobre lo acaecido en la mañana de la resurrección, pone de relieve las preferencias de María por el resucitado: “Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, tomándole por el hortelano le dice: señor, si tú te lo has llevado dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. El pintor italiano Antoni Allegri da Correggio detuvo el instante en un óleo sobre tabla, hoy en el Museo Nacional del Prado. Un Cristo tranquilo y sereno, con una Magdalena muy efusiva que le mira embelesada. Jesús aparece con un manto azul símbolo del cielo a donde va a subir, frente a los colores más cálidos del vestido de María. Con el brazo derecho hacia abajo parece decirle el Noli me tangere –no me toques-, mientras con el izquierdo le señala el cielo. Parece estarle recordando las palabras de Juan: “No me retengas más, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, vete y diles a mis hermanos que voy al Padre, que es vuestro Padre; mi Dios, que es vuestro Dios (Jn. 20,17).

“Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama”, decía S. Agustín. Y lo que Magdalena amaba estaba claro en la mirada dirigida a Jesús en el cuadro de Correggio. A ella le transmitió el encargo de comunicar el acontecimiento a los Apóstoles.

AMOR DE ENAMORADA

Yo quiero estar enamorado

del Jesús Jardinero

que cultiva las rosas.

Y una mujer que llore y que me busque

como hacía María Magdalena.

Quiero que con Jesús

sea ella Jardinera

y vengan a buscarme,

pues nadie sabe como ellos

cultivar mi enamoramiento.

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta)

 

 

Preñados de silencio

"Solo desde dentro, desde la mirada de corazones que ven con ojos nuevos, podrán vislumbrar las respuestas sabias que necesitamos encontrar en estos momentos de incertidumbres personales y sociales" (Manuel Gª Hernández)

Lc. 24, 35-48.

-Yo os envío lo que el Padre prometió. Por eso quedaos en la ciudad hasta que desde el cielo os revistan de fuerza

Se cuenta que en una cena con Karl Jung, Einstein le habló de una asombrosa cantidad de energía en el átomo. Sugerencia que llevó al psiquiatra a preguntarse si no podría haber una energía equivalente oculta dentro del psiquismo humano. La ciencia nos lo ha confirmado. La fuente está en el interior de cada uno, conectada por canales ocultos con las de los restante seres del universo. Fuentes de agua viva que jamás apagarán la sed del conocimiento de Dios definitivamente.

Jesús nos prometió la fuerza del Padre y, como exigencia, quedarse en la ciudad unidos a los demás discípulos para adquirirla. Porque la unión no solo hace, sino que da la fuerza. Únicamente en ese "quedarse" podemos llegar a descubrir, como apunta Pablo D'Ors en su Biografía del silencio, que los peces de colores que hay en el fondo de ese océano que es la conciencia, esa flora y fauna interiores, solo pueden distinguirse cuando el mar está en calma, y no durante el oleaje y la tempestad de las experiencias.

Jean Sibelius debió pensar también en ello cuando compuso Finlandia. Un poema sinfónico escrito para arrancar silencios y bullicios en las cuerdas y los metales del alma. La música navega rumbo a sí mismo hasta alcanzar su centro, en plenitud de sonido en sus cascadas, en saciedad de luz y de color en sus lagos y cielo. Embarazada de silencio, sueña entonces con dejar la ciudad y salir a fecundar las demás tierras, con la fuerza que el Padre legó en herencia para todos.

En la Plaza Narinkka de Helsinki se ha construido una Capilla del Silencio, en cuyo interior reina en atmósfera mística –como en el Poema de Sibelius- una calma contemplativa, capaz de abrir a nuevas experiencias espirituales de alma y cuerpo. Finlandia es un país donde el silencio es Dios al que se reverencia y ora. El propósito de los constructores ha sido edificar una iglesia donde se huye de religiones pero se conserva el valor de la paz y el silencio.

Todo en el interior invita a la reflexión y la meditación, a la creación de vínculos con la comunidad de vecinos, a no desentonar con el ritmo de vida del entorno, a que la gente empiece a responsabilizarse y a tomar conciencia de lo importante que es conservar y buscar la belleza de la vida", como comenta el el pastor Tarja Jalli, director ejecutivo de la Capilla. El destacado filósofo Soren Kierkegaard, también nórdico, dijo:

Todo se alcanza calladamente
y se diviniza con el silencio

En su obra Ensayo sobre la vida espiritual (Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 1915) el teólogo granadino Manuel Gª Hernández nos recuerda que "Solo desde dentro, desde la mirada de corazones que ven con ojos nuevos, podrán vislumbrar las respuestas sabias que necesitamos encontrar en estos momentos de incertidumbres personales y sociales".

Un Dios perdido en el misterio

Deja, Señor, Fuente de Vida,

que apague en Ti

la ardiente sed que de Ti tengo.

Más...cómo, dónde y cuándo, no lo sé.

¿De quién podré saberlo?

Lo pregunté a la mar,

al Everest, al cielo.

Todos me contestaron

con un ambiguo gesto:

Se encogieron de hombros...

y se fueron.

Lo son ellos. Pero Tú, Señor, eres

mi mayor desconcierto.

¿Por qué presumes tanto de ser Fuente,

para perderte luego en el misterio?

(SOLILOQUIOS, Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

 

 

Perdón, resurrección y misión

El perdón

Las tres lecturas de hoy coinciden en el tema del perdón de los pecados a todo el mundo, gracias a la muerte de Jesús. La primera termina: "Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados." La segunda comienza: "Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo." En el evangelio, Jesús afirma que "en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos".

Gente con muy poco conocimiento de la cultura antigua suele decir que la conciencia del pecado es fruto de la mentalidad judeo-cristiana para amargarle la vida a la gente. Pero la angustia por el pecado se encuentra documentada milenios antes, en Babilonia y Egipto. Lo típico del NT es anunciar el perdón de los pecados gracias a la muerte de Jesús.

La resurrección y sus pruebas

Pero el evangelio de este domingo concede también especial importancia al tema de la resurrección. Imaginemos la situación de los primeros misioneros cristianos. ¿Cómo convencer a la gente para que crea en una persona condenada a la muerte más vergonzosa por las autoridades, religiosas, intelectuales y políticas? Necesitaban estar muy convencidos de que su muerte no había sido un fracaso, de que Jesús seguía realmente vivo. Y la certeza de su resurrección la expresaban con los relatos de las apariciones. En ellas se advierte una evolución muy interesante:

1. En el relato más antiguo, el de Marcos, Jesús no se aparece; es un ángel quien comunica a las mujeres que ha resucitado, y éstas huyen asustadas sin decir nada a nadie (Mc. 16,1-8).

2. En el relato posterior de Mateo, a la aparición del ángel sigue la del mismo Jesús; su resurrección es tan clara que las mujeres pueden abrazarle los pies (Mt. 28,9-10).

3. Lucas parece moverse entre cristianos que tienen muchas dudas a propósito de la resurrección (recuérdese que en Corinto había cristianos que la negaban), y proyecta esa situación en los apóstoles: ellos son los primeros en dudar y negarse a creer, pero Jesús les ofrece pruebas físicas irrefutables: camina con los dos de Emaús, se sienta con ellos a la mesa, bendice y parte el pan. Pero es sobre todo en el episodio siguiente, el que leemos este domingo, donde pone toda la fuerza de las pruebas físicas: Jesús les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de tocarlos, y llega a comer un trozo de pescado ante ellos.

4. Finalmente, Juan parece matizar el enfoque de Lucas: Jesús ofrece a Tomás la posibilidad de meter el dedo en sus manos y en el costado. Pero ese tipo de prueba física no es el ideal. Lo ideal es "creer sin haber visto". En esta misma línea se mueve la aparición final junto al lago: cuando llegan a la orilla y encuentran ven las brasas preparadas y el pescado (Jesús no come) "ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor". Juan ha expresado de forma magistral la unión de incertidumbre y certeza. No hay pruebas de que sea Jesús, pero no les cabe duda de que lo es.

He querido alargarme en estas diferencias entre los evangelistas porque a menudo se utilizan los relatos de las apariciones como armas arrojadizas contra los que tienen dudas. Dudas tuvieron todos y, de acuerdo con los distintos ambientes, se contó de manera distinta esa certeza de que Jesús había resucitado y de que se podía creer en él como el Salvador al que merecía la pena entregarle toda la vida.

La sección final de Lucas

El hecho de que Jesús comiese un trozo de pescado podría ser una prueba contundente para los discípulos, pero no para los lectores del evangelio, que debían hacer un nuevo acto de fe: creer lo que cuenta Lucas.

Por eso, Lucas añade un breve discurso de Jesús que está dirigido a todos nosotros: en él no pretende probar nada, sino explicar el sentido de su pasión, muerte y resurrección. Y el único camino es abrirnos el entendimiento para comprender las Escrituras. A través de ella, de los anunciado por Moisés, los profetas y los salmos, se ilumina el misterio de su muerte, que es para nosotros causa de perdón y salvación.

La mejor prueba de la resurrección de Jesús

Las últimas palabras de Jesús anuncian el futuro: "En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto." La frase final: "vosotros sois testigos de esto" parece dirigida a nosotros, después de veinte siglos. Somos testigos de la expansión del evangelio entre personas que, como dice la primera carta de Pedro, "lo amáis sin haberlo visto". Esta es la mejor prueba de la resurrección de Jesús.

José Luís Sicre

 

 

¡Palpadme!

Las lecturas del tiempo pascual nos ofrecen el testimonio de muchos hombres y mujeres que experimentaron, de diferentes formas, que Jesús estaba vivo. A partir de esa experiencia, pudieron ayudar a muchas otras personas con su testimonio. Eran testigos y se convirtieron también en maestr@s de espiritualidad.

El evangelio de hoy no es una secuencia de una película, es un camino para que aprendamos a ser testigos hoy y demos testimonio con valentía (y, a ser posible, con salero). Por eso, podemos comenzar preguntándonos: ¿cómo y cuándo nos encontramos con Jesús resucitado, personalmente y en comunidad? ¿Cómo transforma esta experiencia nuestra vida?

Cuando unas mujeres tuvieron esta experiencia, los apóstoles se sobresaltaron (se descolocaron, diríamos hoy). ¿También se burlarían de ellas, porque sus palabras “les parecieron un delirio”?

La catequesis de Emaús nos invita a tomar conciencia de que otras personas experimentaron que ni la cruz, ni el fracaso, tenían la última palabra. La Vida se abría paso al partir el pan. Cualquier cena podía reavivar el fuego y hacer que volviera a arder su corazón, siempre que fueran capaces de descubrir a Jesús en esa cena-Eucaristía.

En el texto de hoy, el resucitado se hace presente como portador de paz. Pero el grupo no puede reconocerlo porque sus mentes están llenas de miedo. Y donde está presente el miedo, no cabe la fe, a menos que el miedo se rinda y deje el espacio libre.

Confunden a Jesús con un fantasma. ¿Con qué o con quién lo confundo yo? ¿Con una varita mágica que me concederá lo que le pido, si me pongo cansina? ¿Con un juez que me juzgará el último día? ¿Con un economista que lleva cuenta exacta de todo lo bueno y malo que hago? ¿Con un ser “de quita y pon”, al que recurro solo en momentos de necesidad y olvido a diario, porque gestiono bien la vida sin su presencia?

¿Con qué “disfraz” he colocado a Jesús en la hornacina de mi vida, en lugar de dejarme transformar por el Viviente?

¿Qué ocurre en nuestras parroquias y comunidades? Si viene alguien de fuera ¿qué percibe? ¿Nos relacionamos con un pastor amable y dulce que no nos pide gestos de conversión y al que contentamos con ritos y más ritos? ¿Con un revolucionario que solo nos invita a luchar, aunque perdamos la caridad en el intento? ¿Hacia dónde caminan nuestras comunidades y cómo vivimos la experiencia de que nos convoca Jesús resucitado?

Jesús les invita a palparle. Preciosa catequesis que nos anima a perder el miedo y tener con Jesús un encuentro “cuerpo a cuerpo”, en lugar de que nuestra mente o “la doctrina” nos hablen de Él. Como Jacob, luchemos hasta rendirnos, hasta quedar “tocad@s”. ¿A qué tenemos miedo?

Quienes se acercaban a las primeras comunidades tenían dificultades para reconocer al Viviente tras el cuerpo de un crucificado. En los diferentes textos de las apariciones nos dicen que el reconocimiento de Cristo, fue lento y costoso.

Lucas tiene la difícil tarea de explicar que el resucitado y Jesús de Nazaret son la misma persona. Y lo hace con las claves literarias de su tiempo. Para nosotros es impensable que Jesús, resucitado, masticara el pescado para demostrar que estaba vivo. Pero, de este modo, las comunidades podían recordar las comidas en las que Jesús se había hecho presente y abrirse a una realidad nueva, que estaba más allá de lo que percibían por los sentidos.

Ni entonces, ni ahora, es fácil abrirnos a esa realidad; la Historia de la Iglesia nos muestra que muchos hombres y mujeres han traspasado ese umbral a través del servicio a las personas más pobres.

Dar de comer al hambriento y de beber al sediento no solo beneficia a quien lo recibe, sino que es un camino seguro para reconocer a Jesús, vivo, en cada persona.

Este encuentro con Jesús también nos abre el entendimiento y nos ayuda a comprender las Escrituras desde otra perspectiva.

Sin ese encuentro, podemos pasar toda nuestra vida estudiando la Palabra como quien disecciona un cadáver. Seremos capaces de explicar cada versículo, sin habernos dejado encontrar por el Viviente. Podemos estudiar teología y vivir como si no hubiera resurrección. Podemos organizar las comunidades eclesiales como si fueran la mejor ONG.

Entonces… ¿de qué y de quien damos testimonio?

¿Dónde es urgente dar testimonio del Viviente hoy y ayudar a la gente a palparle?

Marifé Ramos

 

 

El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición de Jesucristo resucitado a sus apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén (Jn. 6,1-15). Anteriores a esta aparición, la Sagrada Escritura nos narra la de María Magdalena, nos menciona que el Señor se había aparecido también a San Pedro y, adicionalmente, nos cuenta la de dos discípulos suyos que iban desde Jerusalén hacia Emaús.

El Evangelio de hoy no nos cuenta ese relato, sino que nos narra el regreso de esos dos discípulos de Emaús a Jerusalén.  Recordemos cómo fue esa aparición: Cristo se hizo pasar por un caminante más que iba por el mismo sitio y, caminando junto con ellos, “les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a El”. Luego accedió a quedarse con ellos y “cuando estaba en la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Fue en ese momento cuando los discípulos de Emaús lo reconocieron ... pero El desapareció.

Con motivo de este tiempo de Pascua, veamos cómo aplicamos este relato a la santa misa. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. #1346, 1347, 1373, 1374, 1375, 1376, 1377) que la liturgia de la eucaristía se desarrolla con una estructura que se ha conservado a través de los siglos y que comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica.  Estos momentos son:

. La liturgia de la Palabra, que comprende las lecturas, la homilía y la oración universal.

. La liturgia eucarística, que comprende el ofertorio, la consagración y la comunión.

Es importante recordar que la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística constituyen “un solo acto de culto”, según nos lo dice el Concilio Vaticano II (SC 56). En efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

Es lo mismo que sucedió camino a Emaús:  Jesús resucitado les explicaba las Escrituras a los dos discípulos, luego, sentándose a la mesa con ellos “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (Lc. 24,13-35).

Sin embargo, constituye un error el pensar o el pretender que la presencia de Jesús es igual durante la Liturgia de la Palabra que durante la Consagración y la Comunión.

Cristo está presente de múltiples maneras en su Iglesia:  en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en su nombre”,  en los Sacramentos, en el Sacrificio de la Misa, etc.  Pero, nos dice el Concilio Vaticano II (SC 7)  y la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos que “sobre todo (está presente) bajo las especies eucarísticas”.

“El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular.”  Este énfasis en la singularidad de la presencia viva de Cristo en el pan y el vino consagrados nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual es un compendio resumido de toda la enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos.  Este Catecismo promulgado durante el Pontificado de Juan Pablo II, incluye además muchas de sus enseñanzas.

 Continúa el Catecismo: “En el Santísimo sacramento de la eucaristía están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero”.

Aclara el Catecismo: “Esta presencia se denomina ‘real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen ‘reales’, sino por excelencia, porque es substancial , y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente”.  Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este Sacramento.”

“Por la consagración del pan y del vino en la que se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la substancia de su Sangre, la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente este cambio transubstanciación”.

“La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.  Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo”.

Pasamos entonces a ver que tres Lecturas de este domingo nos hablan de la Misericordia de Dios, al darnos el Señor su gran muestra de misericordia para con nosotros, cual es el perdón de las faltas que cometemos contra El.

En el Evangelio, en esta primera aparición a los Apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén, Jesús les da todas las pruebas para que se convenzan que realmente ha resucitado.  Les disipa todas las dudas que pueden tener y que de hecho tienen en sus corazones.  Les demuestra que no es un fantasma, que realmente está allí vivo en medio de ellos.   Como nos les bastaba ver las marcas de los clavos en sus manos y pies, les da una prueba adicional:  les pide algo de comer, y come.

Luego les recuerda cómo El les había anunciado todo lo que iba a suceder y estaba sucediendo ya, y cómo se estaban cumpliendo las Escrituras con su muerte y resurrección.  Y ya al final les dice que ellos son testigos de todo lo sucedido y les habla de que “la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados debe predicarse a todas las naciones, comenzando por Jerusalén”.

Y eso hacen los Apóstoles.  En la primera lectura (Hech. 3,13-19)  tenemos un discurso de Pedro quien, aprovechando la aglomeración de gente que se formó enseguida de la sanación del tullido de nacimiento, hace un recuento de cómo sucedieron las cosas y cómo fue condenado Jesús injustamente:   “Israelitas: ... Ustedes lo entregaron a Pilato, que ya había decidido ponerlo en libertad.  Rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; han dado muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.”

Sin embargo, a pesar de la falta tan grave, del “deicidio” que se había cometido, Pedro les habla de la misericordia de Dios en el perdón:  “Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes han obrado por ignorancia, al igual que sus jefes ...  Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen sus pecados”.

En la segunda lectura (1Jn. 2,1-5) también San Juan nos habla del arrepentimiento y del perdón de los pecados.  “Les escribo esto para que no pequen.  Pero, si alguien peca, tenemos un intercesor ante el Padre, Jesucristo, el justo.  Porque El se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero”.

Importante hacer notar cuál es la condición para recibir el perdón de los pecados. Esa condición, no se refiere a la gravedad de las faltas, por ejemplo. No se nos habla de que unas faltas se perdonan y otras no, como si algunas faltas fueran tan graves que no merecerían perdón. ¡Si se perdona hasta el “deicidio”!  Se nos habla, más bien, de una sola condición: arrepentirse, volverse a Dios.  Es lo único que nos exige el Señor.

Por supuesto, el estar arrepentidos tiene como consecuencia lógica el deseo de no volver a ofender a Dios, lo que llamamos “propósito de la enmienda”.  Pero, sin embargo, si a pesar de nuestro deseo de no pecar más, volvemos a caer, el Señor siempre nos perdona: 70 veces 7 (que no significa el total de 490 veces) sino todas las veces que necesitemos ser perdonados.

¿Realmente tenemos conciencia de lo que significa esta disposición continua del Señor a perdonarnos?  ¿Nos damos cuenta del gran privilegio que es el sabernos siempre perdonados por El?  ¿Medimos, de verdad, cuán grande es la Misericordia de Dios para con nosotros que le fallamos y le faltamos con tanta frecuencia?

 

 

Comunidad eucarística - comunidad de testigos

La catequesis postbautismal de este domingo profundiza y detalla lo que ya inició el domingo pasado. Se decía allí que el lugar propio para hacer la experiencia del Resucitado (para verlo y tocarlo) era la comunidad de sus discípulos, la que se reúne “el primer día de la semana”, el día de la Resurrección. Hoy entendemos ya con toda claridad que esta comunidad es una comunidad eucarística, reunida en torno a la Palabra y al alimento compartido.

El primer detalle que resalta en el Evangelio de hoy es que los discípulos se reunieron no por propia iniciativa, sino convocados por experiencias distintas pero con rasgos comunes, que para ellos mismos fueron totalmente inesperadas y no siempre bien comprendidas, en las que se mezclaban la sorpresa (estaban “atónitos”), el temor y la alegría… Experiencias difíciles de definir. Eran experiencias producidas en situación de dispersión: como la de los discípulos de Emaús (hoy leemos el texto que sigue a ese episodio, cuando los dos discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén); experiencias que, sin embargo, les hicieron reunirse de nuevo. En esas reuniones lo primero que hacían era darse un testimonio mutuo, poner en común sus experiencias personales, distintas y convergentes, hasta el punto de reunirlos de nuevo y rehacer la comunidad en trance de desaparecer a causa de la muerte ignominiosa del maestro.

La reunión que comparte experiencias vitales del Señor Resucitado se convierte en comunidad eucarística en la que el Señor mismo explica las escrituras y las hace por fin comprensibles; y en las que, también junto al Maestro, comen juntos, comparten el pan y el vino, la presencia del Señor resucitado, en el que son visibles las señales de la Pasión (“mirad mis manos y mis pies”).

Una comprensión adecuada de lo que la Palabra y la celebración quieren trasmitirnos hoy nos ayudaría mucho a participar en la Eucaristía dominical “de otra manera”, si es que en nosotros se mantienen los viejos esquemas, en virtud de los cuales acudimos a ella como a cumplir una obligación, de modo más o menos mecánico, o simplemente, hemos dejado de ir o lo hacemos de ciento en viento.

No se trata de “ir a misa”, de cumplir un precepto bajo la presión de normas sentidas como algo externo o de amenazas de pecados y castigos que hoy, seamos sinceros, no mueven a casi nadie. Desde luego, si volvemos nuestros ojos a aquellos primeros discípulos, a la mezcla de emociones (sorpresa, miedo, incomprensión, alegría…) que se agolpaban en ellos y les hacían reunirse apresuradamente, contarse unos a otros lo que les había pasado, lo que habían sentido al asomarse a un sepulcro vacío, o en el jardín contiguo, en medio del llanto, de camino, al partir el pan…; si los miramos y tratamos de entrar en esa experiencia, que los textos precisamente quieren transmitirnos, en la que quieren incluirnos como personajes vivos de la misma; si nos acercamos a ellos de esta manera, entenderemos que aquí no hay obligación, ni ley, ni amenaza que valga: que aquí se nos ofrecen posibilidades de vida inéditas, se nos regala una presencia, se nos comunica una gracia capaz de transformar nuestras vidas, de introducirnos en un mundo nuevo.

Los catecúmenos que habían recibido el bautismo la noche Pascual tras hacer el camino de profundización catequética iniciaban el proceso de mistagogia, en el que descubrían llenos de emoción que aquello que habían aprendido al escuchar los relatos evangélicos se realizaba ahora también en ellos, que, como los primeros discípulos, también a ellos se les abría la comprensión de las Escrituras, también ellos experimentaban la presencia del Señor resucitado al comer el pan y beber el vino y participar en esa reunión en la que, hasta el bautismo, no les había sido dado participar plenamente.

Y esa es la experiencia que podemos y debemos realizar nosotros. Nos reunimos para compartir, llevando ante el altar la ofrenda de la vida de toda la semana (nuestros trabajos, esfuerzos, alegrías y sufrimientos, todo lo que nos ha pasado mientras íbamos de camino, por el camino de la vida), abiertos a escuchar lo que el Señor presente en la comunidad de los discípulos tenga a bien decirnos, deseosos de que nos dé un trozo de pan y un trago de vino (qué bueno sería que siempre se comulgara bajo las dos especies, como hacen los ortodoxos y casi todos los católicos aquí en Rusia, también en otros países), para poder seguir el camino de la vida, convertido así en envío y misión, en testimonio… Que el cura de turno sea un pelma, que predique largo y mal, o que la comunidad diste mucho de ser ideal… todo eso tiene su importancia, pero no es lo más importante, porque es el Señor Jesús el que nos convoca, el que nos muestra sus manos y sus pies (sus heridas, que bien pueden ser el cura pelma o la comunidad llena de defectos), el que nos explica las Escrituras, el que parte para nosotros el pan…

Se me dirá que todo eso es muy bonito, pero que luego, lo que sentimos al “ir a misa” dista mucho de ser así… Lo concedo. Pero, ¿quién ha dicho que todo esto sucede de manera automática, casi mágica? De hecho, las mismas lecturas de hoy nos avisan de esas dificultades. Esos mismos discípulos de primera hora, que hicieron esas experiencias tan conmovedoras (que les llevaron a dar la vida por ellas), no lo entendieron todo desde el principio: si se les abrió el entendimiento, es que hasta entonces lo habían tenido cerrado; ni vieron desde el primer momento: o no lo reconocían, o creían ver un fantasma… Para ver, entender y participar de esta experiencia del Resucitado hay que perseverar… No se puede profundizar si se acerca uno con una actitud superficial, sólo por “sentimiento de deber”, sin un corazón abierto. Pero menos aún si sencillamente no vamos. Recordemos que lo que se nos está comunicando en estos tiempos de Cuaresma y Pascua es un itinerario, un camino, un proceso. La repetición perseverante en la participación es esencial para que nuestros ojos y oídos, nuestros corazones, tantas veces cerrados, se vayan abriendo poco a poco, hasta ver, entender y sentir. No hay nada de ideal en todo esto. De hecho, Juan, en su carta, nos dice hoy que el Cristo que se nos manifiesta en estas reuniones dominicales es nuestro abogado, en caso de que pequemos. Aunque nuestra intención es romper con el pecado, sabemos que no siempre resulta: estamos en proceso y la reconciliación y el perdón (el perdonar y el pedir perdón) es parte esencial de este mismo camino.

Sólo así nos vamos convirtiendo en verdaderos discípulos que dan testimonio ante el mundo: el testimonio interno que los discípulos se daban unos a otros, se convierte en un testimonio que la comunidad y cada uno de los creyentes dan ante el mundo, sin miedo y sin complejos; pero también sin dureza. Es así como Pedro da testimonio ante el pueblo: les dice la verdad (lo matasteis), pero lo hace con indulgencia (lo hicisteis por ignorancia). Porque también aquí el perdón juega un papel esencial: Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar, no a acusar, sino a anunciar “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Y nosotros, que nos reunimos con perseverancia, hemos ido entendiendo las Escrituras, hemos comido con Él y, de esta manera, lo hemos visto; nosotros, nos dice Jesús, somos “testigos de esto”.

José Maria Vegas, cmf

 

 

Acaban de llegar los dos de Emaús contando “lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan”. En la comunidad hablamos de estas cosas, ¿pero no sé si tenemos claro qué significa creer en la resurrección, o “tenemos miedo a la sorpresa” y a la “presencia de Jesús en medio de nosotros”? Y es que hemos hecho de la resurrección un hecho increíble que le sucedió a Él. Pero como nos recuerdan la primera y la segunda lectura de hoy, creer en la resurrección significa creer en nuestra propia resurrección, en nuestro cambio de vida, en la conversión como nos dice San Pedro, no vaya a ser que nosotros tampoco “comprendamos las Escrituras”.

Ya lo decíamos al hablar del Reino, cada uno de nosotros debe elegir entre la vida o la muerte, la luz o las tinieblas, el amor o el egoísmo, la verdad o la mentira, la justicia o la injusticia. Por lo tanto creer en este muerto que ha resucitado, es saber que necesitamos no “matar al autor de la vida”, no matar la sonrisa, la ternura, la alegría, las relaciones sociales. Extasiarnos ante una puesta de sol en la playa, en la cumbre de una montaña, mirar las flores en primavera, besar a los niños y a los seres queridos, escuchar música, leer poesía… En Pascua no matemos la vida. Resucitar es vivir hoy un nuevo modo de afrontar la pareja, la familia, la política, las relaciones comunitarias, el trabajo y no esperar a resucitar en el último día.

Jesús resucitado no es un fantasma. Es comprensible el miedo de los discípulos, como es comprensible nuestro miedo a creer que Jesús ha resucitado y con Él nosotros. Frente a ese miedo sólo queda la confianza en que Dios puede hacerlo todo nuevo. Nosotros seguimos creyendo en la vida donde otros juegan a la muerte y desde ahí vivimos nuestra situación familiar, laboral, la marcha del país y de la Iglesia. Hemos comprendido que debemos cambiar un enfoque pesimista, cerrado, burgués, rutinario, por otro de renovación, de lucha, de esfuerzo, de dinamismo, de esperanza.

“Dicho esto, les mostro las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ¿Tenéis ahí algo que comer?”. Están y estamos llenos de dudas en nuestro interior, no es algo nuevo, ellos y nosotros en nuestro proceso acumulamos dudas sobre lo que aquel hombre hacía y decía, sobre sus compañías, sus bienaventuranzas, el tocar a los leprosos, hacer cosas prohibidas. Para mostrarnos que Dios le había dado la razón se puso a comer con nosotros “un trozo de pez asado” y como los que acababan de llegar de Emaús se nos “abrió el entendimiento”. Es el gesto definitivo, es tiempo de comer juntos y sobre todo con los que no tienen pan, es tiempo de construir el Reino.

Como diría Eduardo Galeano, pensador y poeta fallecido esta semana: “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo” y, “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.

Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzare. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar”. Nos toca ser y hacer signos pequeños de resurrección, al partir y compartir el pan, al poner la vida y la alegría por encima del miedo y la muerte, al predicar la utopía del Reino (Resurrección).Como dice el texto: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. En nuestras comunidades debemos de hablar de estas cosas, poner en común nuestras dudas y algunas certezas, el camino de la Pascua nos marca el horizonte de la Vida.

Julio César Rioja, cmf

 

 

Se marchan decepcionados...

El relato de Emaús está lleno de detalles. Tal vez sea uno de los relatos más bellos de la experiencia de la Iglesia pascual.

Una comunidad desilusionada. Una comunidad que aún no siente ni vive al resucitado.

Una comunidad llena de miedo y encerrada sobre sí misma.

Una comunidad que a pesar de todo, todavía sigue reunida.

¿Será el miedo lo que la reúne? ¿Será que todavía no ha perdido toda su esperanza?

De todos modos, dos de sus miembros, ya han decidido abandonarla. Se regresan a sus casas decepcionados.

Aguantaron la desilusión de la muerte del amigo crucificado.

Fueron testigos de su entierro.

Lo que les decepciona es que ya no ven futuro.

Las promesas se les van disipando.

Tampoco aceptan el mensaje de las mujeres de que lo hayan visto.

Este relato de los dos de Emaús me trae a la mente el Documento “Aparecida” hablando de “Los que han dejado la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos”:

“Según nuestra experiencia pastoral, muchas veces, la gente que se aleja de nuestra Iglesia  lo hace por razones vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino metodológicos de nuestra Iglesia. Esperan encontrar respuestas a sus inquietudes y nos las hallan.

¿No será esto el reflejo actual de la Iglesia? Por todas partes se oye hablar de los que abandonan cada año la Iglesia Católica y cómo van las estadísticas a todos los niveles. Sencillamente se refugian en el ateísmo práctico. Hablamos, pero ¿qué hacemos? Lo más fácil siempre resulta acusar a los que nos dejan y se van de nuestra casa. Pero nos resulta más difícil preguntarnos el por qué se van de la “Casa-Iglesia-Católica”.

Quizá fuese bueno una reflexión sería teniendo como telón de fondo  el relato de Emaús:

Los que se van:

No son gente mala, al menos no son peores que los que nos quedamos, y hasta es posible que tengan el coraje de ser más sinceros y con más valentía para ser coherentes con ellos mismos.¿A caso eran peores los dos que se marcharon que los que se quedaron encerrados?

No se van por problemas doctrinales ni dogmáticos. Su problema es doble o triple:

a.- Problemas “vivenciales”. Problemas de vida, de testimonio, de vivencia. Lo mismo que aquella primera comunidad. Aún no era testigo ni testimonio del Jesús resucitado. ¿Lo seremos nosotros hoy? Ellos eran conscientes de que Jesús sí había anunciado que resucitaría. Pero esto no se ve en la comunidad.

b.- Problemas “pastorales”, problemas “metodológicos” de nuestra Iglesia. Una pastoral que no llega a la gente. Una metodología más de “espera” y de “despacho” parroquial, que la metodología del Buen Pastor: conocer a las suyas, ir delante de ellas, estar con ellas. Una Pastoral más aferrada a lo que “siempre se hizo” que a lo que se debe hacer “hoy”. Seguridades del pasado, miedo y cobardía para abrir nuevos caminos de acercamiento al hombre.

c.- Problemas de “falta de respuestas a sus inquietudes”. Necesitamos de una Iglesia y de una Pastoral que ofrezca respuestas para hoy. Las de ayer es posible que ya no sirvan. Los problemas son nuevos. Y necesita respuestas nuevas. La sensibilidad es nueva. Y necesita respuestas nuevas. Lo que fue válido ayer puede que no sirva para hoy. Pero es una pastoral tímida que sigue repitiéndose como si todo siguiese igual. Hoy la gente necesita de otras respuestas. Ya no nos sirve aquello del antigua Catecismo: “Doctores tiene la santa Iglesia que le sabrán responder”. Quieren que les respondas tú.

Hoy los mismos fieles han puesto sobre la mesa muchos problemas que antes ni nos atrevíamos a plantear. Y quieren respuestas y no evasiones ni repeticiones.

Por eso Jesús hizo el camino con ellos explicándoles las Escrituras. Les leyó “lo que ha sucedido estos días en Jerusalén” con una lectura nueva. Por eso, aún antes de abrírseles los ojos, “su corazón ardía”.

El alma les volvió al cuerpo, y los ojos se les abrieron precisamente “al partir Jesús el pan”. Convertir nuestras Eucaristías en verdaderas celebraciones pascuales, donde sea más importante la presencia del Resucitado, que la rigidez de nuestras rúbricas. ¿Volverá a sus casas hoy la gente después de la Misa a comunicar a todos: “es cierto se nos apareció y lo vimos”?

Juan Jáuregui Castelo

 

 

Como si de un tríptico se tratase, el evangelio de hoy vuelve a situarnos en la tarde de Pascua, en el momento en el que los dos de Emaús relatan su encuentro con el resucitado. En este tríptico encontramos en primer lugar un encuentro milagroso, el del Señor resucitado que aparece y come ante los discípulos. A continuación el Maestro explica las Escrituras para fortalecer en ellos la fe. En tercer lugar envía los discípulos: “vosotros sois testigos de esto”.

El evangelio del tercer domingo de Pascua es siempre un relato de aparición del Señor. De hecho, a este domingo se le llama así, “domingo de las apariciones”. En este ciclo B, es el encuentro de los discípulos con toda la comunidad, un encuentro en el que el Señor les enseña sus llagas y, a continuación, come del pescado asado que le dan. No hay duda, es Él mismo, pero ahora su cuerpo ha sido transfigurado totalmente. Para los discípulos, esto es fundamental, ellos no pueden albergar la más mínima duda de que han estado con el Señor vivo, con el Señor comiendo. La misión que van a empezar requiere una fe firme, una fe determinada. Una fe que no se quede tranquila con el hecho de haber visto, sino que busque crecer en el seno de la comunidad y con la palabra de su testimonio.

Después de lo que ven, los discípulos tienen que escuchar. Toda la revelación se ha producido así, con obras y con palabras. Por eso después el Señor “les abrió el entendimiento”, para que pudieran comprender que se habían cumplido las Escrituras, que lo que estaba profetizado se había realizado, que nada había salido mal, y que verdaderamente Él era el Mesías esperado, que tenía que padecer para entrar en la gloria del Padre y para llevar a los suyos con Él. Es el mismo camino que han tenido que recorrer los de Emaús, con el encuentro y con la catequesis sobre las Escrituras. Para san Lucas no hace falta esperar a Pentecostés para que los discípulos comprendan: ante Cristo vivo ya han sido iluminados. La Pascua ya ha comenzado a abrir sus corazones a acoger la novedad de Cristo, a pesar del progreso que supondrá el don del Paráclito. Lo que los discípulos han visto y oído hace de ellos testigos. Así los reconoce el Señor, así tendrán que vivir ellos.

Todo este increíble progreso espiritual les servirá para acoger las palabras de envío del Maestro: el tríptico se completa con una misión, que los apóstoles reciben. Tal es la acogida que el encargo de Cristo produce en los suyos que la primera lectura nos los presenta dando testimonio del evangelio en Jerusalén. Cumplen el encargo de predicar la conversión. Esa conversión es posible, porque Él ha sido testigo de la muerte y resurrección del Señor. Cristo ha hecho brillar -son las palabras del salmo las que nos ayudan- sobre el rostro de los discípulos su propio rostro de resucitado, y ahora ellos, iluminados, han de ofrecer ese mismo testimonio para bien de todos. Nuevamente la confirmación de que se han cumplido las Escrituras y, por lo tanto, no hay que dudar, sólo creer y convertirse.

¿Brilla en nosotros el rostro del resucitado? Este puede haber sido gastado, difuminado por nuestros pecados, pero la gracia de la Pascua lo renueva. De hecho, nos reunimos cada domingo como aquel domingo, y el rostro del resucitado brilla para nosotros, brilla sobre nosotros. ¿Somos conscientes de esa luz? ¿Quién la recibe de nosotros, a quién transforma? No son nuestras fuerzas, ni nuestro ingenio, ni nuestro estilo: es el Señor el que se manifiesta hoy, un Señor que viene a fortalecer nuestra fe y a animarnos al testimonio. Vivamos estos días con la Iglesia, al ritmo de la palabra de la Escritura: es Cristo vivo quien nos ha llamado y renovado para ser testigos de su amor.

Diego Figueroa

 

 

Prueba de la resurrección de Cristo

El evangelio de este tercer domingo de Pascua recoge una serie de pruebas concretas y sensibles con las que Jesucristo abre gradualmente la mente de los apóstoles a la inteligencia de las Escrituras de todo el misterio del Crucificado-resucitado. lnstruídos en esta verdad y convencidos de la realidad objetiva de la resurrección, los discípulos de Jesús se convertirán en garantes y anunciadores de cuanto han visto y comprendido.

El evangelista San Juan nos ha transmitido una página ejemplar de las pruebas y signos concretos de la resurrección. Tal página compendia el significado y el alcance que Jesús ha querido dar a sus repetidas apariciones durante el espacio de tiempo que va desde la Pascua a la Ascensión. Estos cuarenta días son la presencia nueva del Eterno en nuestro tiempo caduco, días de plenitud en los que Jesús demuestra que el verdadero tiempo es el tiempo de la resurrección y de la vida, tiempo que da sentido completo a la historia personal y universal.

El texto evangélico de este domingo tiene dos partes bien diferenciadas: la primera está centrada en la incredulidad de los apóstoles ante el hecho de la resurrección: la segunda parte pone el énfasis en el valor salvífico de la Pascua de Jesús ilustrada a la luz de la Sagrada Escritura.

Podemos situamos, con los apóstoles, dentro del Cenáculo de Jerusalén, es de noche y finaliza una jornada tumultuosa y agitada por las noticias que se han producido respecto a un muerto que se aparece vivo. Los apóstoles, cansados y probados, tienen el ánimo muy susceptible. Mientras hablan de lo acontecido, Jesús se presenta en medio y les dice: “Paz a vosotros”. El efecto de esta imprevista aparición produce en los apóstoles, miedo, sorpresa, turbación, incredulidad. Creen ver un fantasma o el espíritu de un muerto.

Al revelar esta reacción humana de los apóstoles, casi incapacitados para aceptar el hecho de la resurrección, San Lucas subraya la delicadeza del Resucitado frente a la incredulidad de sus discípulos. Jesús ofrece las pruebas más tangibles de la resurrección, para disipar cualquier duda o falsa ilusión. “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo!

Cristo resucitado no es puro espíritu ni mera apariencia evanescente. Tiene cuerpo físico vivo y palpable; es un ser real no imaginario, que ha pasado de ]a muerte a la vida por obra de Dios. Y al final de la prueba extrema de su corporeidad real: con un trozo de pez asado. Desde este momento los apóstoles se convierten en creyentes de la resurrección, en testimonios vivos del misterio pascual, en intérpretes cristológicos de toda la Biblia.

Andrés Pardo

 

 

Después de aparecerse a algunos de sus discípulos, Cristo resucitado se manifestó a todos cuando estaban reunidos. Este encuentro definitivo estaba destinado a la próxima misión evangelizadora cristiana a todo el mundo.

La primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles (lo será durante todo el tiempo pascual). Este escrito lucano es la continuación de su Evangelio. La Iglesia apostólica realiza el mandato misional del Señor Resucitado. En el fragmento que leemos hoy, Pedro habla, después de devolver la movilidad a un tullido que pedía limosna en la puerta del Templo, proclamando la gloria de Jesús, centrándola en el Misterio Pascual. Irradia este Misterio, como el calor del fuego, una exigencia de conversión. El apóstol aprovecha la oportunidad de la curación de este paralítico conocido por todos, para proclamar a sus oyentes la Resurrección del Crucificado, invitándoles a la penitencia. Muchos escucharon a Pedro, de tal forma que la recién nacida comunidad cristiana de Jerusalén llegó a contar, aquel día, unos cinco mil fieles.

En la segunda lectura, san Juan subraya el compromiso de forjar en rectitud moral la existencia cristiana. Escribe contra algunos que limitaban el cristianismo a un sublime conocimiento. Perenne tentación de disociar la teoría de la praxis, la fe de la moral. Ser cristiano es irradiar en el mundo la Verdad de Cristo Resucitado con sinceridad de pensamiento, actos y actitudes. El texto de hoy pertenece al contexto que desautoriza a ciertos pseudocristianos, cuya actitud acabaría por llevarlos al “gnosticismo”. Se creían inmunizados al pecado y ya perfectos gracias a un puro “conocimiento” religioso. Quien descansa en su “conocimiento” de Dios menospreciando los Mandamientos, hace de sí mismo una mentira viviente.

El Evangelio de san Lucas concentra en un solo día varios hechos memorables de Cristo Resucitado, seleccionados entre los muchos que de Él habían trasmitido sus testigos. Por la mañana, las idas y venidas al sepulcro vacío. Durante la jornada, el camino de Emaús. Al anochecer, el encuentro con toda la comunidad apostólica reunida en una casa de Jerusalén. Leemos hoy esta última sección que invita a revivir la definitiva manifestación pascual del Resucitado a la comunidad de sus discípulos, en la perspectiva teológica y misional con que la presenta san Lucas. La escena se desarrolla alrededor de dos pensamientos fundamentales: el reconocimiento de Jesús como resucitado y el envío a su tarea evangelizadora del mundo.

La paz es la síntesis de todos los bienes salvíficos que pueden hacer al hombre feliz. Jesús la hizo posible por la Sangre de su cruz. Y ahora la entrega como distintivo y tarea de sus apóstoles en la misión que van a realizar. Todos los hombres son invitados a participar, en Cristo y por medio de Él, en la nueva oferta de la vida por medio de la resurrección. Es la respuesta a la inquietante pregunta de todos los hombres: ¿después de la muerte queda alguna esperanza? Y Dios responde que sí, ofreciendo a la humanidad la realidad plena de Jesús Resucitado.

Hoy es necesario que el testimonio vivo de los creyentes, por medio de sus vidas, de su palabra, anuncie al mundo esta realidad de la resurrección como expresión de la fidelidad de un Dios que ama a la humanidad y la quiere en la vida. Porque nuestro Dios y Padre de nuestro Señor¡ Jesucristo es un Dios de vivos no de muertos. La universalidad de la misión arranca del Resucitado y es acompañada por el Resucitado. La esperanza de una vida imperecedera, conquistada y ofrecida por Jesús Resucitado, es para todos los hombres.

 

 

 Jesús resucitado se apareció en diversas ocasiones a los apóstoles. En el evangelio de hoy escuchamos una de ellas. Si nos damos cuenta, a pesar de lo repetido del hecho, los apóstoles han de irse acostumbrando. Por ello encontramos expresiones como “creían ver un fantasma”, o “tenían miedo”.

A varios siglos de distancia podemos preguntarnos si la facilidad con que nosotros hablamos de la resurrección del Señor no puede ser indicio de que no la pensamos con total seriedad. Es un hecho que el Señor venció la muerte y que se apareció diversas veces a sus discípulos. También es un hecho que encontrar vivo, aunque sea con un cuerpo glorioso, a quien sabe muerto y enterrado causa estupor y sorpresa . Y que esta, en primer lugar, provoca miedo. Sólo, más adelante, cuando descubres que aquel a quien ves no está bajo el influjo de la muerte (fantasma), sino que verdaderamente la ha vencido (resurrección) te adviene la alegría.

He titulado este comentario acostumbrarse a la Pascua con una doble intención. En primer término me refiero a la terrible posibilidad de que la noticia de la resurrección de Jesús ya no nos diga nada. La cadencia anual de esta celebración anula totalmente su efectividad cuando es vivida desde la rutina. Decir “Jesús ha resucitado” es una cantinela sin consecuencias para nuestra existencia.

Pero, también, acostumbrarse a la Pascua, puede tener otro sentido. En este caso se trataría de ir configurando nuestra vida al hecho de que Jesús ha vencido la muerte. Se trata de poder experimentar esa alegría que proviene, en palabras del Papa Francisco, del encuentro con Jesucristo. Así, como los apóstoles, también nosotros hemos de irnos convenciendo de que verdaderamente Jesús ha vencido a la muerte. Para ello, al igual que entonces, hemos de estar atentos a los relatos de los que nos explican que su vida ha cambiado por un encuentro con el Señor. Y también, hemos de pedir, poder reconocer a Jesús en nuestra propia vida.

Porque Jesús ha resucitado, y ya no está sujeto al espacio ni al tiempo, es posible que los hombres y mujeres de nuestra generación nos encontremos con él. La Iglesia existe para facilitar ese encuentro.

También, en el inicio del evangelio de hoy se hace referencia a la fracción del pan. Los discípulos de Emaús explicaban a sus compañeros cómo habían reconocido a Jesucristo. La fracción del pan nos lleva a nosotros a fijar la mirada en el sacramento de la Eucaristía. Acostumbrarse a la Pascua significa también aprender a ver a Jesús escondido; a tratar con él; a dejarnos arrastrar por él; a tener la experiencia de que nos ama y a responderle con nuestro amor.

En la segunda lectura san Juan nos explica cómo sabemos que nos hemos encontrado con Cristo y lo hemos conocido. Se trata de cumplir sus mandamientos. Los podemos cumplir, dice san Juan, porque su amor está en nosotros. Conocer a Jesús es dejarnos amar, hoy y aquí, por aquel que ha vencido la muerte y que, con su amor, nos permite vencer cada día el pecado.

Ángel Fontcuberta

 

 

La ley,  el templo y la sabiduría de Dios

LAS LECTURAS

* Libro del Éxodo 20,1-17

El decálogo del Monte Sinaí es la ley mosaica que es  y ha sido establecido por Dios para su pueblo que debe observarlo. También nosotros debemos observar el decálogo. Por eso  debemos  examinar nuestra vida a la luz de los mandatos del Señor.

* Salmo Responsorial 18

Le ley del Señor es perfecta y es descanso del alma. ¡Señor! Tú tienes palabras de vida eterna. Escuchemos, acojamos y meditemos las palabras del decálogo que nos muestran el sendero que debemos recorrer para salvarnos.

* Primera carta de san Pablo a los Corintios 1,22-25

Nosotros predicamos a Cristo y a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos o griegos, Cristo es el Mesías, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Recordemos que no hay verdadera evangelización si no se anuncia a Jesucristo, su misterio, su mensaje, su muerte y resurrección. Jesús es el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios.

* Evangelio según san Juan 2,13-25

Jesús dijo: “destruid este templo y en tres días lo levantaré”. Jesús hablaba del templo de su cuerpo.  Jesús es el nuevo y verdadero templo en el que nos encontramos a Dios.

1. Jesús es el verdadero templo de Dios

Jesús, en el Evangelio de la liturgia de hoy, hablando del templo de Jerusalén, ha revelado una realidad impresionante. Nos ha dicho que Él es el auténtico templo de Dios. De la mano de San Juan recordemos con sencillez y amor el misterio de la Encarnación del Verbo del Hijo de Dios: “En el principio existía la Palabra y la Palabra  estaba junto a Dios y la Palabra era Dios” (Jn.1,1). Y “esta Palabra se hizo carne  y habitó entre nosotros” (Jn.1,14; cf. Gál.4,4). Así descubrimos y conocemos la hondura y profundidad de  esta verdad de la fe cristiana: Jesús de Nazaret es el verdadero templo de Dios. “Entrando por la puerta que es su sacratísima Humanidad, podemos llegar a contemplar el misterio de Dios”, como decía Santa Teresa de Jesús.

2. El Templo material es signo de la Iglesia viva

El templo material hecho de piedras es signo de la Iglesia viva y operante en la historia, en el mundo, en nuestras entrañables tierras de Extremadura. La Iglesia es el “templo espiritual", como dice el apóstol Pedro, del que Cristo mismo es "la piedra viva, descartada por los hombres pero elegida y preciosa delante de Dios".

Por el sacramento del Bautismo, el cristiano, forma parte del "edificio de Dios" que es la Iglesia. Más aún podemos afirmar que el bautizado se  convierte en la Iglesia de Dios. ¡Una maravilla de la gracia de Dios! ¡Gracias, Señor!

La Iglesia, comunidad de los hombres redimidos por la sangre de Cristo y santificados por el Espíritu del Señor resucitado, para gloria del Padre, nos pide a cada uno que seamos coherentes con el don de la fe que hemos recibido y que seamos testigos de Dios por medio de nuestras palabras y por el testimonio cristiano de nuestras vidas.

Precisamente el lema de nuestro XIV Sínodo Diocesano  dice: “caminar juntos con Cristo para: buscar, renovar y fortalecer la fe” con el fin de transmitirla y comunicarla a los demás ya que “la Iglesia existe para evangelizar. Esta es su identidad y su gloria” (beato Pablo VI). Realmente esto es un don del Espíritu Santo que debemos pedir con  fe y confianza y realizar ayudados por la gracia divina.

La Iglesia, desde siempre, ha sido una comunidad constituida para confesar y transmitir  la fe en Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor del hombre; una fe que obra a través de la caridad ya que fe y caridad van juntas pues la caridad es expresión de la fe, y la fe es la explicación y el  fundamento de la caridad. También hoy la Iglesia es llamada a ser en el mundo la comunidad que, arraigada en Cristo por medio del Bautismo, profesa con humildad y transmite con valentía la fe en Él, testimoniándola en la caridad.

Por eso, todos los elementos institucionales, las estructuras y los organismos pastorales de la Iglesia deben “convertirse” y ordenarse a realizar la evangelización. Es la conversión pastoral que nos pide el Papa Francisco.

Todos los bautizados con el don, carisma o ministerio que cada uno haya recibido del Espíritu Santo ha de ponerse con nuevo ardor, con nuevo fervor, con nuevos métodos y expresiones al servicio de la vida y misión de la Iglesia, siempre en comunión eclesial.

Por estos caminos discurre la conversión pastoral

Invoquemos la intercesión de María Santísima, Madre de Dios y Madre de la iglesia, para que nos ayude a convertirnos, como ella, en "casa de Dios", en templo vivo de la Stma. Trinidad”.

3. El cristiano es templo de Dios

Recordemos estas enseñanzas bíblicas:

- “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn. 14,23)

- “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno  oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,20).

- “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1Cor. 3,16).

- “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados!” (1Cor. 6,19).

La meditación de estos textos bíblicos nos ha de llevar a:

* Contemplar con los ojos de la fe y del amor el misterio insondable de la presencia de Dios  en el alma del justo.

* Dar gracias al Señor que nos ha concedido este inmenso don: ser  sagrario donde habita y mora  Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el misterio insondable de la presencia de Inhabitación de la Stma. Trinidad en justo.

* Glorificar a Dios en nuestro cuerpo por  acciones buenas y santas.

Os confío y os entrego estas palabras impresionantes de San Pablo que desbordan nuestros deseos más profundos. No las echemos en saco roto ni las olvidemos:
“Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender  con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios” (Ef. 3,17-19).

¿Qué nos dicen estas palabras de San Pablo?

¿Qué respuesta  damos a estas palabras?

4. Debemos respetar  este templo o santuario de Dios

Recordemos  unas enseñanzas bíblicas:

- “El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder (…) ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo” (1Cor. 6,13-14.18).

- “Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois este santuario” (1Cor. 3,17).

- “Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1Cor. 6,20).

No  hagamos de nuestro cuerpo instrumento de pecado, de maldad, de iniquidad…

Procuremos siempre que nuestro cuerpo sea instrumento de gracia, de  bondad, de misericordia, de justicia…

No olvidemos que la ofrenda que debemos presentar y entregar a Dios no  son cosas ni animales, sino  nuestro propio cuerpo, nuestra propia persona,  convertida en ofrenda santa, agradable a los ojos de Dios. De este modo imitaremos a Jesucristo que no ofreció por la salvación de los hombres animales sino que se ofreció a sí mismo como victima de suave olor ante Dios.

El autor de la Carta a los Hebreos  enseña:

“Por eso al entrar en este mundo (Jesucristo) dice: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo  -pues de mí está escrito en el rollo del libro-  a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb. 10,5-7).¿Nos sentimos interpelados por estas palabras de San Pablo?¿Prestamos atención a este mensaje de paz y de esperanza?

III. PROSIGAMOS CELEBRANDO LA EUCARISTÍA

Venzamos la pereza y la rutina, el cansancio y la atonía, en la celebración y en la participación en la Eucaristía, sacramento del misterio pascual de Jesucristo.

Hagamos realidad con la ayuda del Señor lo que desea el Concilio Vaticano II:

 “La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1Pd. 2,9)” (SC 14).

Florentino Muñoz Muñoz

 

 

La resurrección de Jesús es una experiencia que viven los miembros de la primera comunidad cristiana, una experiencia tan profunda que los transforma por completo y los convierte en testigos del Resucitado hasta dar la vida por Él.

Pedro dice a los israelitas: “matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”. Lo que ahora deben hacer es arrepentirse y convertirse para que se les perdonen sus pecados. Para eso vino el Mesías: para quitar el pecado del mundo que se niega a vivir en el amor y desde el amor de Dios.

Los de Emaús, de vuelta a Jerusalén,  cuentan su experiencia: El misterioso Caminante se ha acercado a ellos y después de abrirles los ojos sobre el Mesías y encenderles el corazón, a partir de las Escrituras, se les manifestó en el gesto inconfundible y absolutamente original del “partir el pan". Al instante se llenan de alegría, y corren a contárselo a sus compañeros que continúan encerrados, llenos de miedo, tristes y sin esperanza. Esto es lo peor porque “el más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta” (G. Lorca). No les creen, como no creyeron a María la Magdalena.

En esta situación, Jesús se hace presente. Es Él quien toma la iniciativa. La experiencia del Resucitado no es ninguna fábula ni fruto de una alucinación colectiva.

“Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero Él les dijo: no temáis; soy yo”. “¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?”. Es normal que los discípulos duden. A los primeros creyentes no se les podía dispensar del acto de fe.

Hoy una fe adulta no puede contentarse con respuestas simplistas. Las dudas son una magnífica oportunidad para afianzar nuestras convicciones cristianas.

Frente al miedo y dudas de los discípulos, el Señor les ofrece dos signos:

-El primero: LAS MANOS Y LOS PIES. Las manos que han bendecido, perdonado, ofrecido ayuda y amistad; y los pies del evangelizador, del sembrador, de quien se ha acercado al lugar del dolor y de la fiesta, los pies del mensajero que trae la paz.

- El segundo signo es el de la COMIDA: En la vida de Jesús, la comida había sido un signo de fraternidad, de amistad, y ocasión para comunicarnos su mensaje. Y después de su muerte, en varias comidas Jesús se aparecerá a los suyos y les hará partícipes del don del Espíritu Santo.

En tercer lugar “les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras”. Y finalmente los discípulos, que se resistían a creer, creen. Y se convierten en testigos valientes de Jesús y del evangelio.

También hoy pone Dios en nuestra vida muchos signos de su presencia, de su resurrección: manos agujereadas de quienes lo dan todo, pies cansados de tantos que recorren los caminos anunciando el evangelio de la vida, comida compartida de quienes se hacen compañeros y siervos de los pobres.

Cristo resucitado está allí donde se comparte el pan y el afecto, donde se lleva la cruz sin angustia o desesperación, donde se experimenta el perdón de Dios y la alegría de la fe.

Por otra parte, encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús resucitado, se convierte en testigo. El testigo comunica lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos, cuando ha comido el pan de la eucaristía y ha cambiado su vida.

Hoy vivimos momentos muy críticos en la economía de nuestro país. Quienes gobiernan tienen la gravísima responsabilidad de buscar las personas y los medios mejores para ponernos en camino de solucionar los problemas. Y a todos nos toca colaborar en la medida que a cada uno le corresponda.

Jesús resucitado nos dice que el mundo ha de ser NUEVO, pero no bastará cambiar las estructuras económicas, si no se respeta la Ley Dios, la dignidad humana, los derechos de los más pobres y desfavorecidos. Es el mensaje específico de la Iglesia. La Pascua de Jesús nos dice que es posible ese mundo nuevo que deseamos. Así lo pedimos también en esta eucaristía.

Los sacerdotes estamos llamados a seguir el camino evangelizador de los Apóstoles, con su estilo de vida y sus mismas actitudes, como auténticos testigos de la resurrección de Jesús.

Julio García Velasco

 

 

Un encuentro personal

«Muy semejante al del domingo pasado, el Evangelio de hoy, que continúa

la escena de los discípulos de Emaús, subraya de nuevo la dificultad que

supone creer y comprender a Jesús aunque no se cansa de ofrecer distintos

modos de reconocimiento: los signos inconfundibles de su crucifixión

y la familiaridad de una comida compartida».

Ante lo desconocido y lo difícilmente explicable, la imaginación se encuentra a sus anchas. Es cierto que hay que intentar meter en un molde lo que supera todo molde si queremos hacernos una idea más o menos cercana o familiar de cómo es Dios, pero ahora no es el tiempo de buscar lo físico, lo tangible. Cada cual podremos imaginarnos de una manera la vida después de la muerte pero no por ello vamos a estar exentos de dudas, miedos y temores. Hablar de resurrección no es esperar que salga un conejo de una chistera o un ramo de flores de la boca de un gato, o un cadáver de una tumba. Hablar de resurrección es hablar de plenitud, de triunfo y de esperanza de lo que ya somos. Dios nos lleva a la plenitud, nos “saca brillo”. La nueva creación ya hemos comenzado a vivirla en esta vida y la resurrección nos anuncia que nada, ni nadie, puede destruirnos. Que lo que ahora es un inicio de vida, Dios va a colmarlo sin medida.

Muy semejante al del domingo pasado, el Evangelio de hoy, que continúa la escena de los discípulos de Emaús, subraya de nuevo la dificultad que supone creer y comprender a Jesús aunque no se cansa de ofrecer distintos modos de reconocimiento: los signos inconfundibles de su crucifixión y la familiaridad de una comida compartida.

La Pascua es más que una visión: es experiencia de cuerpo cercano, pan compartido, comprensión de la Escritura y misión universal. Frente al espiritualismo desencarnado, el Evangelio presenta a Jesús vivo como amor entregado, carne que se toca. No es ningún fantasma ni por supuesto ningún fantoche alimento de visionarios pinchanubes. No esa una ilusión, es una realidad. La Pascua no es un consuelo ciego, una opresión de la mente. La Pascua es una comprensión más honda del mensaje, un descubrimiento del sentido de la entrega de la vida. No hay pascua sin comprensión; no hay consuelo de Jesús si no entendemos el sentido oculto de la vida: la maldad de quienes le matan y la gracia de quienes le acogen entregando su vida en esperanza.

Jesús nos conoce al igual que conocía a sus discípulos. Sabe de nuestras dificultades para dejar lo viejo y apuntarnos a lo nuevo que se está estrenando con él. Conoce nuestra generosidad pero también nuestra pereza que nos lleva a refugiarnos una y otra vez en la comodidad, incapaces de ver la vida con ojos de fe. Respeta nuestros ritmos pero se hace, una y otra vez, presente en medio de nosotros, de improviso, para comunicarnos la paz. No vale un entender la Palabra desde odres viejos. Jesús quiere abrirnos los ojos para entender cómo Él se implicó en el mundo hasta dar la vida en la cruz, cómo se metió en los conflictos para hacer presente el amor entregado del Padre. Eso es comprender las Escrituras. Una vida cristiana sin implicación con el mundo no es auténtica, no es reflejo de amor. Somos testigos de Jesús si dejamos la estrechez del grupo donde se está bien y nos metemos en la geografía de los hombres y mujeres de hoy, comprometiéndonos en la construcción de la paz que brota del resucitado. No cabe el miedo en forma de comodidad sino el riesgo que habla de confianza a pesar de la dificultad. Los seguidores de Jesús no debemos ser de los que tiran la piedra y esconden la mano.

Debemos tener claro que en la victoria de esa vida entregada, en la palabra definitiva de un Dios que parecía callado, pero habla ahora con fuerza, la vida gana, vence. Gana la vida, nuestra vida con nombres y apellidos. Esto sí que es triunfo… No vamos a ir haciendo la “V” con los dedos por la calle, ni dando saltos y abrazando a la gente, pero motivos tendríamos… al descubrir que el canto final de Dios es una sinfonía que llena de música todos los rincones. Que la lógica del evangelio termina siendo cimiento para construir una humanidad fuerte y fraterna. No busquemos fantasmas sino personas.

 

 

Un merecido esfuerzo para un encuentro feliz

«Muy semejante al del domingo pasado, el Evangelio de hoy, que continúa la escena de los discípulos de Emaús, subraya de nuevo la dificultad que supone para los apóstoles creer y comprender a Jesús aunque no se cansa de ofrecer distintos modos de reconocimiento: los signos inconfundibles de su crucifixión y la familiaridad de una comida compartida».

Ante lo desconocido y lo difícilmente explicable, la imaginación se encuentra a sus anchas. Es cierto que hay que intentar meter en un molde lo que supera todo molde si queremos hacernos una idea más o menos cercana o familiar de cómo es Dios, pero ahora no es el tiempo de buscar lo físico, lo tangible. Cada cual podremos imaginarnos de una manera la vida después de la muerte pero no por ello vamos a estar exentos de dudas, miedos y temores. Hablar de resurrección no es esperar que salga un conejo de una chistera o un ramo de flores de la boca de un gato, o un cadáver de una tumba. Hablar de resurrección es hablar de plenitud, de triunfo y de esperanza de lo que ya somos. Dios nos lleva a la plenitud, nos “saca brillo”. La nueva creación ya hemos comenzado a vivirla en esta vida y la resurrección nos anuncia que nada, ni nadie, puede destruirnos. Que lo que ahora es un inicio de vida, Dios va a colmarlo sin medida.

Muy semejante al del domingo pasado, el Evangelio de hoy, que continúa la escena de los discípulos de Emaús, subraya de nuevo la dificultad que supone para los apóstoles creer y comprender a Jesús aunque no se cansa de ofrecer distintos modos de reconocimiento: los signos inconfundibles de su crucifixión y la familiaridad de una comida compartida.

La Pascua es más que una visión: es experiencia de cuerpo cercano, pan compartido, comprensión de la Escritura y misión universal. Frente al espiritualismo desencarnado, el Evangelio presenta a Jesús vivo como amor entregado, carne que se toca. No es ningún fantasma ni por supuesto ningún fantoche alimento de visionarios pinchanubes. No esa una ilusión, es una realidad. La Pascua no es un consuelo ciego, una opresión de la mente. La Pascua es una comprensión más honda del mensaje, un descubrimiento del sentido de la entrega de la vida. No hay pascua sin comprensión; no hay consuelo de Jesús si no entendemos el sentido oculto de la vida: la maldad de quienes le matan y la gracia de quienes le acogen entregando su vida en esperanza.

Jesús nos conoce al igual que conocía a sus discípulos. Sabe de nuestras dificultades para dejar lo viejo y apuntarnos a lo nuevo que se está estrenando con él. Conoce nuestra generosidad pero también nuestra pereza que nos lleva a refugiarnos una y otra vez en la comodidad, incapaces de ver la vida con ojos de fe. Respeta nuestros ritmos pero se hace, una y otra vez, presente en medio de nosotros, de improviso, para comunicarnos la paz. No vale un entender la Palabra desde odres viejos. Jesús quiere abrirnos los ojos para entender cómo Él se implicó en el mundo hasta dar la vida en la cruz, cómo se metió en los conflictos para hacer presente el amor entregado del Padre. Eso es comprender las Escrituras. Una vida cristiana sin implicación con el mundo no es auténtica, no es reflejo de amor. Somos testigos de Jesús si dejamos la estrechez del grupo donde se está bien y nos metemos en la geografía de los hombres y mujeres de hoy, comprometiéndonos en la construcción de la paz que brota del resucitado. No cabe el miedo en forma de comodidad sino el riesgo que habla de confianza a pesar de la dificultad. Los seguidores de Jesús no debemos ser de los que tiran la piedra y esconden la mano.

Debemos tener claro que en la victoria de esa vida entregada, en la palabra definitiva de un Dios que parecía callado, pero habla ahora con fuerza, la vida gana, vence. Gana la vida, nuestra vida con nombres y apellidos. Esto sí que es triunfo… No vamos a ir haciendo la “V” con los dedos por la calle, ni dando saltos y abrazando a la gente, pero motivos tendríamos… al descubrir que el canto final de Dios es una sinfonía que llena de música todos los rincones. Que la lógica del evangelio termina siendo cimiento para construir una humanidad fuerte y fraterna. No busquemos fantasmas sino personas.

 

 

Dios nos "saca brillo"

La resurrección es un trampolín haca la plenitud de una vida entregada. Desde luego que no resulta nada fácil, como sucedía el domingo pasado, asimilar lo nuevo, lo distinto. La vida gana, la justicia se impone y la lógica de Dios se hace entendible a fuerza de ver cómo los acontecimientos le dan la razón.

Ante lo desconocido y lo difícilmente explicable, la imaginación se encuentra a sus anchas. Es cierto que hay que intentar meter en un molde lo que supera todo molde si queremos hacernos una idea más o menos cercana o familiar de cómo es Dios, pero ahora no es el tiempo de buscar lo físico, lo tangible. Cada cual podremos imaginarnos de una manera la vida después de la muerte pero no por ello vamos a estar exentos de dudas, miedos y temores. Hablar de resurrección no es esperar que salga un conejo de una chistera o un ramo de flores de la boca de un gato, o un cadáver de una tumba. Hablar de resurrección es hablar de plenitud, de triunfo y de esperanza de lo que ya somos. Dios nos lleva a la plenitud, nos “saca brillo”. La nueva creación ya hemos comenzado a vivirla en esta vida y la resurrección nos anuncia que nada, ni nadie, puede destruirnos. Que lo que ahora es un inicio de vida, Dios va a colmarlo sin medida.

Muy semejante al del domingo pasado, el Evangelio de hoy, que continúa la escena de los discípulos de Emaús, subraya de nuevo la dificultad que les supone a los apóstoles creer, así como la comprensión de Jesús, que no se cansa de ofrecer distintos modos de reconocimiento: los signos inconfundibles de su crucifixión y la familiaridad de una comida compartida.

La Pascua es más que una visión: es experiencia de cuerpo cercano, pan compartido, comprensión de la Escritura y misión universal. Frente al espiritualismo desencarnado, el Evangelio presenta a Jesús vivo como amor entregado, carne que se toca. No es ningún fantasma ni por supuesto ningún fantoche alimento de visionarios pinchanubes. No esa una ilusión, es una realidad. La Pascua no es un consuelo ciego, una opresión de la mente. La Pascua es una comprensión más honda del mensaje, un descubrimiento del sentido de la entrega de la vida. No hay pascua sin comprensión; no hay consuelo de Jesús si no entendemos el sentido oculto de la vida: la maldad de quienes le matan y la gracia de quienes le acogen entregando su vida en esperanza.

Jesús nos conoce al igual que conocía a sus discípulos. Sabe de nuestras dificultades para dejar lo viejo y apuntarnos a lo nuevo que se está estrenando con él. Conoce nuestra generosidad pero también nuestra pereza que nos lleva a refugiarnos una y otra vez en la comodidad, incapaces de ver la vida con ojos de fe. Respeta nuestros ritmos pero se hace, una y otra vez, presente en medio de nosotros, de improviso, para comunicarnos la paz. No vale un entender la Palabra desde odres viejos. Jesús quiere abrirnos los ojos para entender cómo Él se implicó en el mundo hasta dar la vida en la cruz, cómo se metió en los conflictos para hacer presente el amor entregado del Padre. Eso es comprender las Escrituras. Una vida cristiana sin implicación con el mundo no es auténtica, no es reflejo de amor. Somos testigos de Jesús si dejamos la estrechez del grupo donde se está bien y nos metemos en la geografía de los hombres y mujeres de hoy, comprometiéndonos en la construcción de la paz que brota del resucitado. No cabe el miedo en forma de comodidad sino el riesgo que habla de confianza a pesar de la dificultad. Los seguidores de Jesús no debemos ser de los que tiran la piedra y esconden la mano.

Debemos tener claro que en la victoria de esa vida entregada, en la palabra definitiva de un Dios que parecía callado, pero habla ahora con fuerza, la vida gana, vence. Gana la vida, nuestra vida con nombres y apellidos. Esto sí que es triunfo… No vamos a ir haciendo la “V” con los dedos por la calle, ni dando saltos y abrazando a la gente, pero motivos tendríamos… al descubrir que el canto final de Dios es una sinfonía que llena de música todos los rincones. Que la lógica del evangelio termina siendo cimiento para construir una humanidad fuerte y fraterna. No busquemos fantasmas sino personas.

Roberto Sayalero Sanz

 

 

"No temáis: soy yo en persona"

En las lecturas del último domingo, veíamos como la comunidad cristiana nace desde la fe en la presencia de Cristo resucitado. Hoy nos vamos a detener en el modo de esta presencia de Jesús Resucitado en su comunidad. Porque esa presencia constituye una verdadera novedad y es la nota característica de la fe cristiana.

Tal vez nos hemos preguntado si la aparición de Jesús como Resucitado no habrá sido una de esas “cosas raras, producto del engaño y viva fantasía. Si no habrá sido simple imaginación de esas mujeres exaltadas.
¿Sería tan fuerte la influencia de la locura de esas mujeres, que también Pedro creyó ver a Jesús, así como también los dos discípulos que caminaban hacia Emaús?

¿No ocurre muchas veces que cuando pensamos intensamente en una persona ausente o muerta nos parece que la vemos por todos lados?

Con pensamientos como éstos, todos se negaban a aceptar el mensaje de que Jesús había resucitado.

En el tiempo en que se escribió este Evangelio, estaba vigente el mismo planteo:

¿No fue todo producto del delirio de las mujeres y del deseo y de la intensa imaginación de los apóstoles?

Y hoy muchos se ponen la misma pregunta: ¿Un buen psicólogo no sabría explicar todo esto como algo muy natural, como un engaño de nuestros sentidos?

El texto del Evangelio de hoy responde a esta preguntas. Para evidenciar que la aparición del Resucitado no es un producto ni de delirio ni de sugestión, el evangelista aduce las siguientes pruebas: Jesús invitó a sus discípulos a que miraran y tocaran sus manos y sus pies, para que pudieran comprobar que era Él mismo, el que estuvo colgado muerto en la cruz: allí podían verse las marcas dejadas por los clavos. Luego les pidió algo para comer, y para demostrarles que no era un fantasma, comió delante de ellos. Ahora ya pueden estar seguros: Jesús, el que estuvo muerto, ahora ¡vive!. Ha resucitado. Y la tristeza se convierte en alegría.

Después el Señor les hizo comprender las Sagradas Escrituras. Les hizo ver que todo lo que había sucedido no era ningún fracaso, sino el cumplimento del plan de Dios. Después de esta explicación todo se hizo claro. Lo que para ellos era motivo de lágrimas era realmente una causa de alegría.

Y como el plan de Dios no terminó con la Resurrección de Cristo, el Señor no deja que los discípulos se queden gozando ociosamente de su nueva presencia. El Señor los envía a llevar la noticia de que la Vida es más fuerte que la muerte, a todos los hombres; los manda a predicar a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados..

La conciencia de que Dios estaba presente en medio del pueblo era algo que creían los hebreos, y también otros pueblos y culturas.

Sin embargo cabe preguntarse: ¿En qué se diferencia la presencia de Cristo Resucitado en medio de su comunidad respecto a esa otra presencia de Dios en medio de su pueblo?

Y en este Evangelio, se cuenta que cuando Jesús se hace presente, los apóstoles sienten un cierto temor. Ese temor es el signo del pasado, de otros modos de entender la presencia de Dios en su pueblo.

El temor del Sinaí y de tantos cultos que sienten a Dios como un tremendo poder pronto a descargarse sobre los hombres.

Lo sorprendente y nuevo de la comunidad cristiana es que Dios se hace presente en forma sencilla, en simples reuniones de la gente de pueblo, junto al mar o en una comida.

Sin embargo, inconscientemente, los que sienten la presencia de Jesús: se atemorizan y reviven el miedo reverencial de la vieja religión.

¿Será posible que Dios pueda hacerse presente en medio de nuestras cosas cotidianas?

Este es precisamente el deseo del Señor: hacerse presente, no con grandes ceremonias, sino con tal sencillez que parecía uno más.

Lo primero que hace Jesús, es devolverle a su gente la confianza y la paz. Nada de temores. Está entre ellos para comer pescado como uno más, para conversar, para ver sus problemas, para trabajar juntos, para explicarles su mensaje.

De esta experiencia surge esa nota tan característica de una comunidad verdaderamente cristiana: la alegría. Una alegría sólo posible si se apoya en la confianza y en la paz interna, en la serena relación del pueblo con Dios.

Vamos a agradecerle hoy al Señor su presencia entre nosotros, y vamos a pedirle a su Madre que nuestra comunidad manifieste siempre esa alegría y paz que trae la presencia de Jesús en ella.

 

 

En la primera carta del apóstol Pablo a la comunidad cristiana de Corinto les expresaba, con gran claridad, cuál es el verdadero núcleo de nuestra fe: «Si Cristo no ha resucitado vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe» (1 Cor. 15,14). Es este el mensaje central que el evangelio de San Lucas, que leemos este domingo, nos proclama: Jesús, el crucificado, ha resucitado para que en él obtengamos la vida. Su presencia en medio de lo comunidad es real, no es solo un recuerdo o una idea, sino que él vive.  Pero ¿dónde descubrirle?

Empieza el evangelio de hoy con la experiencia de los dos discípulos de Emaús que se habían encontrado ya con él: «contaron lo que les había ocurrido y como lo habían reconocido al partir el pan». Ellos hablan del camino de la vida. Para encontrarnos con el Señor no es necesario retirarnos de lo cotidiano, ni aislarnos de nuestro mundo.  Es en este camino concreto de su existencia, no en uno perfecto o ideal, donde Jesús se les hace presente. Y es su misma presencia la que ilumina sus vidas, todo lo que les ha sucedido. Les hace ver que toda su historia es historia de Dios. La dureza del camino sigue estando ahí; no hay recetas milagrosas para eliminar el dolor y la cruz en la vida; pero él nos enseña a verlas e interpretarlas desde otra mirada distinta. Una vida que se alimenta y se ofrece en la Eucaristía, lugar donde verdaderamente el Señor abre sus ojos para que lo descubran como resucitado.

Y en este encuentro ellos comprenden las Escrituras, comprenden que el proyecto de Dios, la realización de su Reino, implica aceptar a un Mesías cuyo camino pasa por el servicio y la entrega, y no por el triunfo y el poder humano. Por eso es necesario también palpar sus llagas. Creer es vivir toda nuestra vida con espíritu pascual, es decir, como un nacimiento constante a la vida de Dios. Creer necesariamente conlleva comprometerse gozosamente con los hermanos, especialmente con aquellos en los que las heridas del sufrimiento y la debilidad aparecen con mayor nitidez.

Siempre el encuentro con Jesús resucitado supone la invitación a la misión. Al final del evangelio Jesús les dice «…en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto». Palabras que nos recuerdan nuestra vocación de testigos de la resurrección, de heraldos de Dios que, en Cristo, nos ofrece a todos el perdón y la salvación. El estilo del evangelizador es el del testigo. El relato de la aparición nos urge primero a encontrarnos con el Señor vivo, nos habla de experimentarlo, y a la vez, nos exhorta a ser testigos de esa misma experiencia de fe, sostenidos por su gracia. La misión comienza a los pies del Resucitado, y se prolonga en toda nuestra existencia. No es posible ser testigo y abandonarse en quejas y comodidades; sino ponerse en camino y anunciar una vida operante, a pesar de los obstáculos. Es la tarea del testigo, vivir y anunciar lo que ha visto y celebrado.

Francisco Sáez Rozas

 

 

El testmonio apostólico

El Evangelio del domingo pasado terminaba proclamando bienaventurados a los que creen sin haber visto. Este es el caso de la gran mayoría de cristianos. Y es nuestro caso. Creemos porque hemos aceptado el mensaje evangélico que ha llegado a nosotros por mediaciones humanas: nuestros padres, catequistas, amigos… Y además, porque el Espíritu nos ha abierto a este mensaje. Este es el camino normal de la fe que Dios ha establecido, continuación de la actuación del Hijo de Dios que nos transmitió el mensaje del Padre en forma encarnada, renunciando a modos divinos (cf. Flp. 2,6-7), respetando así la libre decisión humana.

En este tiempo de Pascua la Iglesia nos invita a agradecer el don de la fe en la resurrección y a profundizar en su contenido y motivaciones.

Pero ¿por qué creemos? ¿Quién lo ha visto? ¿Por qué lo sabemos? Creemos fundamentalmente por dos motivos, uno histórico y otro religioso: el testimonio apostólico, que ha llegado a nosotros a través de la Iglesia representada en las personas concretas que nos lo han transmitido, y la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones.

El testimonio apostólico es todo lo que nos han dicho los apóstoles y otros compañeros de Jesús que afirmaron que el Crucificado ha resucitado, se les ha aparecido y les ha ordenado darlo a conocer a todo el mundo. Cristo resucitado los ha convertido en testigos que deben dar testimonio (Evangelio). “Testigo” es una persona que ha visto y oído algo. Los apóstoles afirman que han visto y oído a Jesús resucitado, que durante un período preciso se les apareció de forma especial (Hch. 1,3).

Pero ¿es fiable lo que dicen? ¿Se impone necesariamente este testimonio? No estamos aquí en terreno de certezas matemáticas, sino de fiabilidad histórica, que hacen razonable nuestra fe. De hecho, según se nos recuerda en estos en las lecturas de Hechos de los Apóstoles, unos los creían, otros no, otros quedaban desconcertados: “considerando (los sanedritas) la libertad de Pedro y Juan al hablar, y enterados de que eran hombres sin letras y gente vulgar, se maravillaban, y reconocían que eran de los que andaban con Jesús, y como veían que estaba con ellos el hombre que había sido curado, no tenían nada que oponer” (Hch 4,13-14). Los primeros testigos fueron personas coherentes que acompañaban su anuncio con obras de bien que lo confirmaban. Por eso leemos en Hechos: ”Por la mano de los apóstoles se obraban en el pueblo muchos milagros y prodigios; se reunían todos los creyentes en el Pórtico de Salomón; los demás no se unían, pero los respetaban y hablaban bien…” (5,12-13). Es decir, unos aceptaban el testimonio, otros no, pero no tenían motivo para hablar mal a causa de las buenas obrs que realizaban.

Y es que el testimonio no basta, pues no se impone matemáticamente, sino que deja libre la decisión de la persona. Es necesaria la aceptación libre de la persona y esto es obra de su colaboración con el Espíritu Santo. El Espíritu obra en el corazón e invita a todos, pero no conocemos los secretos de cada corazón y por qué unos aceptan y otros no.

Los aquí reunidos somos creyentes, hemos aceptado el regalo de la fe. Esto es un don y una tarea. Don que hay que agradecer con humildad y que implica una doble tarea: conocer mejor la fe y darla a conocer a los demás.

Conocer mejor la fe, como los primeros cristianos que “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hch. 2,42). El testimonio apostólico es la base de nuestra fe y hay que conocerlo fielmente, actualizándolo sin falsearlo. Jesús ha confiado a su Iglesia que lo custodie, defienda y transmita fielmente. Conocer la resurrección y todo lo que significa es importante para el cristiano, pues es el corazón de su fe. El próximo Año de la Fe es una ocasión para conocerlo mejor.

Por otra parte, hay que transmitirlo, pero como “testigos”, como personas que creen y viven todo lo que transmiten. Así ha llegado hasta nosotros el testimonio apostólico y así debe llegar a las futuras generaciones.

En cada celebración de la Eucaristía se proclama la fe y se hace sacramentalmente presente su contenido. La liturgia de la palabra es a la liturgia sacrificial como un cuadro al pie del cuadro. Ambos se exlican y completan mutuamente Por eso participar la Eucaristía debe convertirnos en testigos con la ayuda del Espíritu Santo. En ella “vemos y oímos” al Resucitado.

Rodríguez Carmona

 

 

Testigos de la resurrección

Inmersos como estamos en la cultura del “ver para creer”, como  nuestros ojos no ven al Resucitado podemos llegar a la convicción de que lo de la resurrección del Señor fue un puro sentimientos de sus discípulos, algo así como que  lo sentían vivo en su recuerdo y en su corazón o tal vez que, influenciados por la creencia en espíritus o fantasmas de los muertos, propia de la cultura romana,  creyeron en esas ficciones, como refleja hoy la lectura evangélica.

Cuando el Resucitado afirma “mirad que soy yo”, lo que deja claro es que su nuevo modo de existir no es ya el modo de existir de su etapa  terrestre en la que recorrió los caminos de Palestina, proclamó la Buena Noticia del Reinado de Dios, curó a los enfermos, murió en la cruz. Estaba afirmando que vive verdaderamente y es real la  realidad humana de su corporalidad, eso sí, glorificada. Para convencer a sus discípulos de la realidad de que el Jesús de Nazaret es ahora el Resucitado, se identifica ante los suyos, no con un nuevo y portentoso milagro, sino mostrándoles las heridas de la tortura de muerte con que fue humillado.

A nosotros, como a los discípulos, pueden surgirnos dudas y que, cuando en este tiempo Pascual, se  proclama hasta con cantos que Cristo ha resucitado, podamos creer que lo que ha resucitado es su mensaje que sigue estando vivo y es válido para todos los tiempos o que mantenemos viva la lección de su vida entregada por amor, para no olvidarla y vivir motivados por su historia. Es decir, que el Resucitado es sólo una idea  pero algo irreal, un sueño, un simple y bonito recuerdo, un cariño guardado en el corazón,  un espejismo una fantasía, una patraña inventada por los que le querían y creían.

Pero  en la noche de la Vigilia Pascual nosotros hemos afirmado que creemos en su  presencia viva y vivificadora, gracias al testimonio que dieron aquellos discípulos que al principio no creyeron, desconfiaron, dudaron, exigieron pruebas palpables,  pero cambiaron radicalmente de actitud: y  de la frustración, desilusión, cobardía, la experiencia del encuentro con Cristo vivo, les transformó en testigos valientes y arriesgados del  mensaje totalmente sorprendente e increíble de la Resurrección, sin miedo a perder la vida; creemos porque la Iglesia ha recogido y transmitido fielmente a lo largo de los siglos ese testimonio.

Hoy somos nosotros los  herederos del ese hermoso testimonio.. No podemos guardarnos esta formidable Noticia para nosotros, por eso necesitamos dejar que el acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo nos impacte y nos transforme, como a los primeros testigos,  y nos impulse a transmitirla a cuantos podamos, con nuestras palabras pero más aún con el testimonio de una vida  según la voluntad del Padre de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Manuel Antonio Menchón

 

 

Hace cincuenta años el hombre era seminarista. Ya no asiste en la misa. Según su esposa, no más cree en la resurrección de la muerte.  Su duda no es nada nueva. Se la dirigió San Pablo en la primera carta a los Corintios. Escribió: “…si los muertos no resucitan, tampoco Cristo pudo resucitar”. Pero Pablo sabía bien que Cristo había resucitado desde que se le apareció.  Vemos otros testigos a la resurrección de Cristo en el evangelio hoy.

Jesús aparece entre sus apóstoles. Es cierto que no es fantasma.  Pues tiene cuerpo.  Aun invita a sus discípulos que lo toquen. El argumento decisivo viene cuando Jesús come en su presencia. Sin embargo, su cuerpo se difiere de los cuerpos de nosotros. Ello puede aparecerse y desaparecerse a voluntad.  Evidentemente aun pasa por puertas cerradas.  Otra diferencia es que no se identifica fácilmente. Los discípulos que lo encontraron en el camino a Emaús no lo conocían al principio. Sólo cuando partió el pan pudieron reconocerlo.

Hay otra evidencia en este evangelio que Jesús ha resucitado. Se muestra cómo él ha cumplido las escrituras hebreas, incluso la resurrección de la muerte.  Sobre todo Jesús cumple la profecía de Moisés lo cual escribió: “El Señor hará que un profeta como yo surja entre sus hermanos…El que no escuche a ese profeta será eliminado del pueblo” (Deuteronomio 18,18-19). También refleja perfectamente al Siervo Doliente del profeta Isaías que sufrió por los demás. Finalmente cumple el salmo que dice: “…no me abandonarás en el lugar de los muertos ni permitirás que tu Santo experimentará la corrupción” (Salmo 16,10).

Se ha notado que Jesús se aparece a los creyentes en los evangelios.  Encuentra a María Magdalena, Pedro, y otros discípulos después su resurrección. El escéptico querrá preguntar: si Jesús quería ser reconocido como resucitado por todos, ¿no debería mostrarse a testigos neutrales? La verdad es que ha hecho algo más determinante. Aún hay un testigo de la resurrección que no sólo puede considerarse sólo como neutral sino antipático a Jesús. Pablo está persiguiendo a los cristianos cuando se le aparece Jesús.  Ciertamente el reverso completo de este hombre astuto da peso a la veracidad de las apariciones.

La conversión de Pablo sirve como modelo para la salvación. En la primera lectura San Pedro está listo para exculpar a los judíos de la muerte de Cristo.  Dice que actuaron en la ignorancia de quién era.  Pero queda firme en la necesidad para el arrepentimiento.  Si quieren salvarse, los judíos tienen que arrepentirse en el nombre de Jesús. En la lectura hoy de la Primera Carta de Juan, se extiende la oferta de la salvación al mundo entero.  Añade el autor que la salvación requiere que se cumplan los mandamientos de Jesús.  Jesús mismo ha resumido estos con la obligación de amar a Dios sobre todo y amar al prójimo como a sí mismo.

¿Puede ser salvado alguien que no crea en Jesucristo pero cumpla sus mandamientos de amor?  Es posible que sea ignorante de quién es por la mal conducta de los cristianos.  El gran humanitario Mahatma Gandhi escribió que él fue repulsado por el prejuicio de los cristianos que él conocía como joven. Por eso, se puede decir posiblemente uno pueda ser salvado sin la creencia firme en Cristo. Pero tenemos que añadir que la creencia en él nos provee el motivo más palpable para amar a todos: su promesa de la vida eterna.

El evangelio hoy termina con el mandato de predicar la salvación en Cristo a todas las naciones. Es de nosotros cristianos hoy en día tanto como los apóstoles del primer siglo para llevarlo a cabo. Nunca ha sido fácil. Pues, nos escucha el mundo no tanto por lo que decimos sino por lo que hacemos. Por eso, queremos arrepentirnos de cualquiera forma de prejuicio que tengamos para conformarnos a los mandamientos del amor. Queremos conformarnos al amor de Cristo.

 

 

“El gran Gatsby” es la historia de un hombre que ha alcanzado su posición gracias a sus propios esfuerzos.  Era un fulano del campo que hizo una fortuna en el mercado negro.  Cuando intenta conquistar a una mujer casada, sus ambiciones le causan su propia decaída.  “El gran Gatsby” cuenta una vez más del pecado que Jesús murió para superar.

En el evangelio Jesús regresa a sus apóstoles la noche de su resurrección.  Les explica que era necesario que muriera para que la gente se arrepintiera de sus pecados.  Sólo por darse se cuenta que un justo sufrió por sus errores, podrían volverse a Dios.  En la primera lectura San Pedro dice que los judíos mataron a Jesús por ignorancia.  Es cierto aunque deberían haber sabido mejor.  No se darán cuenta de que crucificaron el autor de la vida hasta que resucitara de la muerte y se predicara su suerte.

Nosotros llevamos los mismos tapaojos.  Pecamos pensando que estamos haciendo algo bueno para nosotros mismos.  Sea por tomar algo que no nos corresponde o por participar en un gordo chisme, tenemos la impresión que nuestro objetivo nos ayudará.  Por supuesto, nos estamos engañando a nosotros mismos.  Como sabemos en el mero corazón, hacer daño a otras personas no sólo ofende a Dios sino también estropea a nosotros mismos.

Aprendemos lo que no debemos hacer y lo que deberíamos hacer si es posible del mismo Jesús.  Su resurrección de la muerte comprueba que Dios lo ha enviado para enseñarnos cómo vivir como mujeres y hombres justos.  Como Jesús siempre predica a través del evangelio, tenemos que servir en vez de buscar a ser servidos.  Tenemos que amar en vez de preocuparnos que no seamos amados.  Tenemos que apoyar a los pobres y olvidarse de la avaricia.  De modo igual la resurrección de Jesús muestra nuestro propio destino.  Haber superado el pecado por la gracia de Jesús, la muerte no más tendrá control de nosotros.  Nos haremos de nuevo en carne y espíritu para vivir con el mismo Jesús en la eternidad.

Al menos en el hemisferio norte estos días la tierra está volviendo a la vida robusta.  Los árboles echan baldaquines verdes para protegernos del sol.  Las flores hacen un espectáculo más impresionante que lo de los cohetes. Por estas muestras de grandeza la naturaleza nos da una vislumbre de los dos resultados de la resurrección de Jesús.  Primero, enseña la belleza de dejar los engaños de nuestras propias ambiciones para volvernos al servicio de Dios.  Segundo, anticipa la gloria de nuestra reunión con Jesús en la victoria sobre la muerte.

padre Carmelo Mele, O.P.

 

 

Deseo comenzar esta homilía haciendo un rápido repaso por todos los relatos de apariciones, para que quede claro que no son crónicas de lo que sucedió tal día a tal hora en cierto lugar.

 Si fueran relatos de algo que ha sucedido, los primeros que escriben los tendrían más recientes y podían hacerlo con mucha más precisión que aquellos que lo hacen habiendo pasado mucho más tiempo.

 Pero resulta que en los relatos pascuales que nos han llegado, pasa justo lo contrario.

1. Mc que es el primero que escribió, y lo más interesante de él es que no sabe nada de apariciones. Incluso en el final canónico, que es un añadido del s. II, únicamente se mencionan algunas apariciones constatadas ya en otros evangelistas.

2. En Mt tampoco hay ningún relato completo. Jesús se aparece a las mujeres que van al sepulcro y les manda anunciar a los discípulos que vayan a galilea y allí le verán. En un monte en Galilea se aparece Jesús y les manda a predicar y a bautizar.

3.     Lc y Jn, que son los últimos que escriben, tienen relatos con todo lujo de detalles, lo que nos indica que los relatos se han ido elaborando por la comunidad a través de los años.

Lc y Jn nos trasmiten relatos muy elaborados teológicamente. En los textos más antiguos se habla siempre de (ôphthè) “dejarse ver”. Es un término técnico, que normalmente se traduce por aparecerse, pero no es una traducción adecuada. Para que se den una idea de la dificultad de traducir este término, basta recordar que

      Pablo la utiliza en 1 Cor, 15 para decir que Cristo se apareció a Céfas, a Santiago y a Pablo;

      Y en 1 Tim 3,16, para decir que se apareció a los ángeles.

      La misma palabra se emplea para decir que Moisés y Elías se “aparecieron” junto a Jesús.

      Las lenguas de fuego también “aparecieron” sobre los apóstoles en Pentecostés.

En los relatos más tardíos, se tiende a la materialización de la presencia, tal vez para contrarrestar la duda, que se destaca cada vez más.

      En Mt se duda que sea el Cristo;

      en Lc y Jn se duda de que sea Jesús de Nazaret.

      La materialización y la duda están relacionadas entre sí.

 

Cuando los testigos de la vida de Jesús van desapareciendo, se siente la necesidad de insistir en la corporeidad del Jesús resucitado. Caen en la trampa en la que nosotros seguimos aprisionados: confundir lo real con lo que se puede constatar por los sentidos.

Algo muy característico del evangelio de Lc, es que todas las apariciones y la subida al cielo tienen lugar en el mismo día. En el episodio que leemos hoy,

      Jesús aparece ‘a los once y a todos los demás’, de improviso, como había desaparecido después de partir el pan en Emaús.

      Se presenta en medio, no viene de ninguna parte.

      El relato de Emaús, que precede, había dejado claro que Jesús se hace presente en

o   el camino de la vida,

o   en la Escritura

o   y en la fracción del pan.

      Aquí se hace presente en medio de la comunidad reunida. Esto lo tenía ya muy claro la primitiva iglesia, cincuenta o sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando se escribió este evangelio.

Llenos de miedo. No tiene mucha lógica. Los discípulos ya conocían el anuncio de las mujeres, la confirmación del sepulcro vacío, y una aparición al mismo Pedro que el evangelio menciona, pero no narra. Los de Emaús estaban contando lo que les acababa de pasar. Si a pesar de todo siguen teniendo miedo, quiere decir que fue difícil comprender que la Vida puede vencer a la muerte. También nos advierte de que, lo que se narra no pudo ser una invención de los discípulos, porque no estaban nada predispuestos a esperar lo sucedido.

      En Jn, los discípulos tienen miedo de los judíos;

      en Lc, tienen miedo del mismo Jesús.

“Creían ver un fantasma”. El texto se empeña en que tomemos conciencia de lo difícil que fue reconocer a Jesús.

      Los que acaban de llegar de Emaús caminan varios kilómetros con él y cenan con él sin conocerle.

      Incluso Magdalena pensó que se trataba del hortelano.

¿Qué nos quieren decir estas acotaciones?

      Era Jesús, pero no era él.

      En relato de hoy se dice: “Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes”.

      ¿Es que en ese momento no estaba con ellos?

      Estas incongruencias nos tienen que abrir los ojos.

Miren mis manos y mis pies, tóquenme.

      Las manos y los pies,

o   prueba de su muerte por amor en la cruz;

o   y de que ese Jesús que se deja ver ahora, es el mismo que crucificaron.

Una vez más se insiste en la materialidad, para demostrar que no se trata de fantasías o ilusiones de los discípulos. Esto nos debe de llevar a sacar la siguiente conclusión:

      en absoluto estaban predispuestos a creer en la resurrección,

      más bien se les impuso contra el común sentir de todos ellos.

      Esto da plena garantía de autenticidad a lo que nos quieren trasmitir,

      aunque al haberlo compactado en una narración, tenemos el peligro de quedarnos en el cuento.

      A Lucas no le importa la falta de lógica del relato.

Así estaba escrito. Lc insiste, siempre que tiene ocasión, en que se tienen que cumplir las Escrituras.

      En todos los salmos que hablan de siervo doliente, termina con la intervención de Dios que se pone de su parte y reivindica al humillado.

      Los primeros cristianos eran todos judíos; no tenían otro universo religioso para interpretar a Jesús que su Escritura.

      A pesar de que Jesús dio un paso de gigante sobre las Escrituras a la hora de decirnos quién es Dios, ellos siguen echando mano del AT para interpretar su figura.

      Al insistir en que la Escrituras se tienen que cumplir, nos está diciendo que todo está bajo el control de Dios.

Mientras estaba con ustedes. Indica con toda claridad que ahora no está con ellos físicamente. Estas son las pistas que tenemos que advertir para no caer en la trampa de una interpretación material.

      Jesús está presente en medio de la comunidad.

      Su presencia es objeto de experiencia personal,

      pero no se trata de la misma presencia de la que disfrutaron cuando vivía con ellos.

      Jesús es el mismo, pero no está con ellos de la misma manera que lo hacía cuando andaba por los caminos de Galilea.

      Esta presencia de Jesús en medio de la comunidad es mucho más real que antes.

      Ahora es cuando descubren al verdadero Jesús.

También el encargo de predicar se apoya en la Escritura. La buena nueva es la conversión y el perdón.

Si pecado es toda opresión,

el dejarse matar, antes que oprimir a nadie, es la señal de que el pecado está superado.

La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Su experiencia del Abba nos tiene que tranquilizar a todos. En la primera lectura, Pedro, y en la segunda Juan, nos recuerdan que somos nosotros los que debemos manifestar ese amor de Dios. “Arrepiéntanse y conviértanse para que se perdonen los pecados”; y Juan: “Quien dice, yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él”.

Para terminar, vale la pena recordar la última diferencia notable entre Lc y Jn.

En Jn exhala su aliento sobre ellos y les confiere el Espíritu.

En Lc les promete que se lo enviará.

La diferencia es solo aparente, porque el Espíritu ni tiene que mandarlo ni tiene que venir de ninguna parte. Es una realidad Espiritual que está siempre en nosotros.

Podemos decir que llega a nosotros cuando lo descubrimos y dejamos que su presencia renueve todo nuestro ser.

La epístola de Jn tiene que hacernos reflexionar.

Quien dice: yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.

Está claro que no habla de un conocimiento teórico, sino de una identificación con él.

Una erudición exhaustiva sobre la figura de Jesús no garantiza una vida cristiana.

Aceptar con escrupulosidad todos los dogmas no dará garantía ninguna de verdadera salvación en Jesús.

 No se trata de conocer mejor a Jesús, sino de nacer a la Vida que él vivió y desplegarla con la mayor intensidad posible.

 

 

No olvides a jesús, aunque peques

Hay unas cosas tan graves que parece imposible, no solo perdonarlas, sino también encontrar alguna excusa para continuar en amistad.

Es claro que para nosotros una de las cosas más difíciles es perdonar, pero Jesús perdona y nos da ejemplo de ello para que sus discípulos también perdonemos.

Hechos de los Apóstoles

San Pedro habla a la multitud y les explica cómo Dios “ha glorificado a su siervo Jesús al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato”.

Valientemente les recuerda cómo prefirieron a Barrabás y pidieron la muerte de Jesús inocente.

Sin embargo, Pedro busca una excusa, la única posible, y que coincide con las palabras de Jesús en la cruz:

“Lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo”.

Jesús dijo: “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

Dios cumplió de esta manera las profecías que se habían escrito sobre el Mesías, y lo que Pedro les pidió a los judíos entonces, y a nosotros hoy, es:
“Arrepentíos y convertíos para que se borren vuestros pecados”

Salmo 4

“Dios ha hecho milagros en mi favor”,  dice el salmista.

También yo lo digo porque así ha sido mi vida.

¿Y no pasó también en tu vida esto mismo que dice el salmo?

Te invito a buscar las maravillas que Dios ha hecho en tu vida desde la infancia hasta hoy.

Y después, agradece.

Ten la seguridad de que el Señor te escuchará cuando lo invoques y encontrarás la paz.

Esa paz que sirve hasta para dormir cada noche:

“En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo”.

San Juan

No peques, es lo que te pide el santo apóstol y evangelista.

Pero si pecas, dice, recuerda “que tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo el Justo”.

Nunca imites a Judas que se arrepintió y hasta devolvió la plata…

Pero desesperado se ahorcó.

No conocía hasta dónde llega el amor de Jesús y su perdón.

Lo que suele sucedernos es que no conocemos a Dios, aunque rezamos y hablamos de Él:

A Dios lo conoce solamente el que guarda sus mandamientos por amor.

Medita esta hermosa conclusión de San Juan:

“Quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en Él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él”.

Te invito a repensar:

Estoy en Dios y quiero guardar su Palabra por amor.

Verso aleluyático

Este versículo recuerda el texto de San Lucas que cuenta cómo los dos de Emaús, al desaparecer Jesús, después de partir el pan, se dijeron:

“¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

También nos invita a pedir a Jesús algo muy importante para nuestra vida de fe:

“Señor Jesús, explícanos las Escrituras; haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas”.

Ese fue el regalo de Jesús a los apóstoles reunidos en el cenáculo el día de la Pascua: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”, como leeremos en el Evangelio de este día.

Evangelio

Narra el momento más emocionante para la mayor parte de los Apóstoles:

Todos comentaban que el Señor había resucitado y se había aparecido a Pedro.

En ese momento llegaron los de Emaús comentando con emoción que lo habían visto y lo habían reconocido al partir el pan…

Pero el grupo no acababa de aceptar la resurrección, como cuenta San Marcos.

Es entonces cuando el mismo Jesús “se presenta en medio de ellos y les dice a todos: paz a vosotros”.

Los apóstoles, que tenían todo cerrado por miedo a los judíos, al comienzo creyeron ver un fantasma y se asustaron.

Por fin le vieron comer y se convencieron de que el Maestro había resucitado.

De todas formas el evangelista nos advierte que Jesús tuvo que darles un don especial para comprender las Escrituras y que entendieran todo:

+ El sufrimiento del Mesías.

+ Su resurrección al tercer día.

+ Que su misión había sido proclamar la conversión y perdonar los pecados con que la humanidad se había revelado contra el Creador.

+ Que tomaran conciencia de que cada uno de los Apóstoles debía ser testigo de la resurrección de Jesús.

La conclusión de hoy es que el amor de Jesús es tan maravilloso que no ha venido a buscar a los santos sino a los pecadores. Por eso, por mucho que hayamos pecado, su misericordia (y su acogida) es mayor y siempre nos espera.

mons. José Ignacio Alemany Grau

 

 

Mala elección. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os indultaran a un homicida. San Pedro hace referencia a la elección que hicieron los judíos cuando Pilato, poniendo a Barrabás junto a Jesús, les preguntó: ¿A quien de los dos queréis que os suelte? Prefirieron a un hombre que causaba la muerte antes que al autor de la vida. Mala elección. También en la Escritura se habla de Esaú, que vendió su primogenitura a su hermano Jacob por un potaje de lentejas. Peor negocio hace el hombre al pecar: pasa de la condición de hijo de Dios a esclavo de Satanás; cambia el cielo por el infierno.

El pecado supone preferir nuestra comodidad, nuestra pereza, nuestra vanidad, nuestra sensualidad antes que a Dios de quien todo lo hemos recibido. Es un acto suicida, porque la muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. El pecado no hace feliz a los hombres. Todo lo contrario. Sólo Dios es la fuente de la felicidad. Si se rompe con Dios, ¿cómo alcanzar la felicidad? No nos engañemos: sólo unidos a Dios seremos felices.

Misterio de iniquidad. El pecado es un misterio de iniquidad. El pecado es una ofensa a Dios: Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí (Sal 50, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse como dioses. Decía san Agustín que el pecado es amor de sí hasta el desprecio de Dios.

Para entender el pecado, hemos de tratar de considerarlo tal como lo ve Dios: es ofensa, desamor y rebeldía por nuestra parte, apartarnos voluntariamente de Dios, prefiriendo algún bien creado al bien infinito. Es un desprecio a la santidad divina. El pecado es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna. Es una trasgresión voluntaria de la ley de Dios.

Gravedad del pecado. En la 2ª lectura, san Juan da el motivo de por qué escribe: Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. El pecado es el único mal: No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (San Josemaría Escrivá). Fuertes son las palabras del autor de la Epístola a los Hebreos: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí (Hb 4, 6). Y un Padre de la Iglesia dijo: Cierto que a muchos les parece espantoso el infierno; pero yo no dejaré de gritar continuamente que ofender a Dios es más grave y espantoso que el mismo infierno (San Juan Crisóstomo).

Propósito: Huir del pecado con todas nuestras fuerzas; evitar las tentaciones y, si vienen, vencerlas; apartarnos de las ocasiones de pecar. Y si alguna vez se peca, a confesarse enseguida. Lo más grave no es caer, es quedarse en el suelo.

 

 

Enviados a ser testigos

San Lucas nos narra el primer encuentro de Jesús resucitado con la comunidad el mismo día de la Resurrección. Los discípulos de Emaús, que ya habían vivido su primera experiencia de encuentro con Jesús, se la estaban compartiendo a los demás. Ellos estaban convencidos y dando testimonio del Resucitado, pero después de hacer su proceso de fe. Ahora tocaba al resto de discípulos y discípulas vivir su propia experiencia, para convencerse y convertirse también en testigos del acontecimiento central de nuestra fe. Para eso, Jesús se hizo presente en medio de ellos.

Lo primero que hizo fue desearles la paz. Esa misma en que Él estaba después de haber cumplido su misión, la paz que ellos necesitaban para asimilar su muerte y sepultura. Es la paz que necesitamos y anhelamos en nuestros días, ante la pobreza de las familias, la carestía de la vida, la violencia, el maltrato de la naturaleza, las guerras, los robos. A pesar de que Jesús les transmitió la paz, ellos se asustaron. No lo esperaban y pensaron que era una aparición.

Entonces comenzó a conducirlos en su proceso de fe, como lo había hecho horas antes con los discípulos de Emaús. Los tranquilizó, les dijo que no temieran porque era Él, que no se espantaran ni dudaran. Los invitó a tocar sus manos y sus pies llagados. Incluso les pidió de comer. Su voz, sus llagas, sus llamadas de atención que eran familiares, fueron las pruebas que les ofreció para que se convencieran de que no era un fantasma sino el mismo que había muerto en la cruz y había sido sepultado. Ocupaban convencerse de que el Crucificado había resucitado, porque de Él debían dar testimonio. Esto nos falta también a nosotros: convencernos y dar testimonio de Él.

Primero fueron los signos visibles y luego les recordó lo que la Palabra de Dios ya anunciaba: que tenía que padecer, morir y resucitar al tercer día. También les abrió el entendimiento y les explicó lo que dijeron Moisés, los profetas y los salmos de Él, como había hecho con los de Emaús. Nosotros tenemos que acercarnos mucho más a la Palabra de Dios, que tiene como centro a la persona de Jesús. Esta es una carencia en nuestra práctica ordinaria, pues muy poco se lee y medita la Biblia en las familias y en los barrios de nuestra comunidad parroquial. Hoy le pedimos a Dios que nos abra el entendimiento para buscar, comprender y llevar a la práctica su Palabra.

Pero, además de traerles a la memoria lo que decían las Escrituras sobre su Muerte y Resurrección, Jesús los envió a la misión, al recordarles que el Antiguo Testamento también hablaba de que en su nombre se debía predicar la conversión y el perdón de los pecados. Y terminó diciéndoles que ellos eran testigos de todo aquello, es decir, de que lo que estaba escrito de Él se había cumplido al pie de la letra. Al igual que sucedió con los discípulos de Emaús, los demás se convirtieron en testigos de Jesús. Hoy Jesús nos recuerda lo mismo: que somos sus testigos.

En esta Asamblea dominical, Jesús nos dice que no es un fantasma que asusta sino el mismo que murió crucificado. Nos pide que lo reconozcamos en sus huellas, es decir, en los pobres, enfermos, migrantes, madres solteras o abandonadas con sus hijos, ancianos, borrachitos… Nos hace tomar conciencia de que tenemos que encontrarnos con la Palabra escrita de Dios en la Biblia, para comprender e iluminar nuestra vida. Come con nosotros; es más, se nos da como alimento, pues nos ofrece su Cuerpo y su Sangre. Por último, nos vuelve a enviar a la misión como testigos de su Muerte y Resurrección.

José Lorenzo Guzmán Jiménez

 

 

 

Mentirosos

Jesús les dice a los discípulos que estaba profetizado que el Mesías padecería, resucitaría al tercer día, «y en su nombre se predicara la conversión» (Lc. 24,47: Evangelio de la misa de hoy).

Convertirse es dar un giro total a la vida que uno está llevando. Es algo que implica una cierta violencia. Un esfuerzo grande porque, a veces, hay que cortar con cosas que llevas haciendo desde hace mucho, y ya lo tienes como incorporado a tu manera de ser.

Convertirse cuesta, como a un borracho le cuesta dejar de beber; o a un drogadicto someterse a un tratamiento de desintoxicación. Es una decisión muy fuerte de querer cambiar. Y eso no todo el mundo está dispuesto a hacerlo.

Vamos a pedirle al Señor la gracia para ser capaces, para querer cambiar de verdad. Es algo que es posible. Es lo que hicieron los apóstoles después de la resurrección de Jesús.

Pasaron de estar tristes, escondidos, sin luchar, bloqueados y temerosos, a salir al mundo y predicar la resurrección y la conversión por haber matado al Hijo de Dios.

Hablar de conversión

Por eso nosotros los cristianos después de la Resurrección hablamos de «conversión». Así lo hace San Pedro: «arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados» (Hch. 3,19: primera lectura de la misa).

Hay gente que no se arrepiente de nada de lo que hace. Incluso repetirían segundo a segundo su vida sin cambiar nada de nada.

Todo el mundo, por muy bueno que sea, hace cosas malas. De algo siempre nos podemos arrepentir. Si hacemos un poco de examen, descubriremos auténticos pecados.

Hace dos años, vino una de las profesoras de Primero de primaria a contarme que en su clase estaban desapareciendo peluches. Yo no daba crédito. Una niña de primero de Primaria es muy pequeña. Total que fue a la clase como capellán del colegio para ver si imponía un poco y explicarles.

Llegué. La impresión es que les imponía más bien poco. Les expliqué que un pecado es algo que le hace daño a Dios y que nunca es bueno cometer pecados. Entonces, se me ocurrió preguntarles: a ver decidme un ejemplo de pecado. Y todas a coro respondieron: robaaaar! Lo peor de todo es que lo dijeron con la misma cara de felicidad como si estuvieran diciendo algo lícito y aceptado, sin ninguna vergüenza. Me fui desolado y comprobando que el pecado original actúa en la niñez.

¿Pecados?

¿Es que en pleno siglo XXI se puede hablar de pecados? Nosotros estamos acostumbrados a oír –en los medios de comunicación– las cosas que los demás hacen mal, pero al parecer nadie se arrepiente de nada. El mal es lo que hacen los otros.

Reconocer la propia culpa, hoy en día tampoco es algo que se valore, queda raro. Pedir perdón no está de moda, es como de personas extrañas.

En nuestro corazón

Duele decirlo, pero el mal habita en nuestro corazón. La línea divisoria entre el bien y el mal no está fuera de nosotros. No es que haya «buenos y malos»: sino que en ocasiones actuamos bien y otras veces no.

A veces seguimos los mandatos del Señor, pero otras somos mentirosos, como dice San Juan (cfr. 1Jn 2,1–5: Segunda lectura de la Misa).

No pasar página

Se trata de que no pasemos página. Como si el mal se arreglara ignorándolo. Lo que hemos de hacer es borrar la página, acudiendo al Sacramento de la Misericordia de Dios: con el agua que brotó de su corazón traspasado Jesús nos limpia mediante la Confesión.

Entonces podremos decir con el Salmo (4,9: Responsorial de la Misa): «en paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo».

Se duerme mejor cuando no tienes remordimientos. Y, puedes pensar que hay gente que peca y duerme a pierna suelta. También les pasa a los gatos. No tienen remordimientos porque no son humanos.

Refugio de los mentirosos

Al rezarle a la Virgen podemos decirle: ruega por nosotros, mentirosos, para que nos convirtamos.

En estos días hemos celebrado las primeras confesiones en el colegio. Lo mejor de la ceremonia es cuando las alumnas se van al banco con su madre y hacen juntas el examen de conciencia previo a la confesión.

Van todas con su uniforme y un lazo blanco. Parecen un regalo. Sus almas quedan como nuevas porque sus madres, que son las que las conocen, les dicen todo lo que hacen mal, pecados reales.

Pues, le pedimos a nuestra Madre del Cielo que nos haga descubrir lo que no va, los pecados que cometemos para confesarlos y ser como un regalo para Dios.

Antonio Balsera Fernández

 

 

 

Todavía en el tercer domingo de Pascua se nos propone un evangelio que relata una aparición de Jesús resucitado y un nuevo encuentro con sus discípulos. Em esta ocasión, se trata de la continuidad del episodio con los discípulos de Emanas, en el evangelio de san Lucas. Estamos en el mismísimo día de Pascua, el dia en que Jesús ha resucitado. Los discípulos de Emaús han recorrido al camino de antes pero a la inversa. Trás haber estado con Jesús, no se han quedado en Emaús sino que han corrido hacia Jerusalén para encontrarse con el grupo de discípulos y relatarles lo acontecido. Es en ese momento del relato de los de Emaús cuando Jesús irrumpe ante todos. Lucas no puede ser más explícito en la reacción negativa de los discípulos: “estaban llenos de miedo” y “creían ver un fantasma”.

Jesús trata de convencerles de su realidad enfatizando sus facciones corporales: carne y huesos, las señales de los clavos en manos y pies. Pero el evangelista lo vuelve a decir: “seguían atónitos”. Es entonces cuando Jesús pide algo de comer y toma un trozo de pez asado. Nos encontramos, por tanto, con un ser corporal tras la resurrección. No es solo un ser espiritual, sino que tiene um cuerpo (cuerpo glorioso diferente del nuestro) con el que puede, incluso, comer.

El relato no continúa ya fijándose en la reacción de los discípulos después de verle comer, sino que entra ya directamente en las palabras de Jesús. Y ahora dirige a todos lo que antes há explicado a Cleofás y su compañero en el camino: La explicación de las escrituras del Antiguo Testamento y cómo todo lo que acababa de acontecer con Jesús (su pasión, muerte y resurrección), venía anunciado en los profetas que sería lo que le ocurriría al Mesías. A Jesús lê ha sucedido lo que estaba profetizado, pues él es el Mesías, el Ungido, el enviado de Dios. Y el evangelista nos da una frase clave para ahora y para adelante: “Entonces les abrió em entendimiento para comprender las Escrituras”. En efecto, sin esa apertura espiritual, que nace de la iniciativa del propio Jesús, ellos no habrían podido vencer sus miedos; ni sus miedos ante la nueva presencia de Jesús ni sus miedos a salir abiertamente a hablar de él en las calles y en el templo. Pero hay otra causa que lo hubiera impedido todo: El no haber llegado a la comprensión de lo profetizado en el Antiguo Testamento. Ahora, los discípulos comprenden, y porque comprenden pueden explicar, dar fe, comunicar, testificar; en una palabra entonces nueva: Evangelizar. La aparición contiene la dimensión misionera, tema tan troncal en la obra de Lucas: “...en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Ya está. Jesús desvela todos sus planes. La resurrección supondrá el acontecimiento por el cual se funda una nueva comunidad, comunidad que ahora comprende las Escrituras anteriores a Jesús y que va a llevar el mensaje del Maestro “a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.

El anuncio en las Escrituras y su cumplimiento en Jesús nos indican un mismo hilo en la Revelación de Dios y la actuación de Dios en el mundo. Lo que Jesús propone no es, pues, uma ruptura con lo anterior, sino una incorporación de lo anterior a lo nuevo. Lo antiguo no queda anulado, pero queda superado. Quienes no aceptan, esos son los que terminan por romper.

 

 

 

Las personas, al hablar,  echamos mano de dos fuentes: el conocimiento y la experiencia. Hoy nos encontramos con que hay personas que hablan de cualquier cosa sin tener conocimiento del tema y hay personas que confunden experiencia con conocimiento. Los hay asimismo que dicen que la experiencia es un grado. Así como el conocimiento se adquiere, la experiencia es fruto de vivencias personales.

Los evangelios nos transmiten la experiencia de los discípulos con Jesús. Se trata de una experiencia personal y colectiva, pero en la que hay un antes y un después de la muerte y resurrección de Jesús. La experiencia con Jesús antes de su resurrección es distinta a la posterior a su resurrección. No hay más que leer los evangelios de las apariciones de Jesús para darse cuenta que se trata de una vivencia distinta a la que tuvieron los discípulos con Jesús “mientras él vivió con nosotros” como dice san Pedro.

Leyendo el evangelio de hoy, y otros evangelios de apariciones, nos encontramos con una experiencia de los discípulos que bien puede reflejar nuestra propia experiencia. Vamos por partes: Jesús se presenta a los discípulos y les desea paz porque les ve sorprendidos y alarmados. Pensemos que una relación íntima de Dios con cualquier persona puede suscitar sorpresa y alarma. De ahí que el primer deseo de Dios, de Jesús sea la paz. Posiblemente cuando hemos tenido un encuentro personal con Dios, del tipo que sea, en un primer momento nuestro corazón se ha podido ver sorprendido, asustado e incluso alarmado. Tenemos ejemplos dentro y fuera dela Biblia: Zacarías y María.

Ese encuentro con Dios que puede suscitar sorpresa y susto, se ve recompensado por la paz. Dios no se relaciona con nosotros para asustarnos, sino para darnos paz. El quiere quitar todo miedo y temor que haya en nosotros y sustituirlo por su paz. A nosotros nos puede costar aceptar esa relación personal con Dios, por eso su presencia está llena de paz. Tener experiencia de Dios es sentirse lleno de El y de su paz.

En un segundo momento los discípulos “no acaban de creer por la alegría”. La presencia de Dios en la vida y su relación con El se realizan por la fe. Hay que estar abiertos a la relación con Dios igual que estamos abiertos a la relación entre nosotros. Para que se de esa relación hay que confiar o hay que tener fe. Una relación íntima y abierta con Dios supone la fe y proporciona alegría. Fe y alegría van unidas.

En un tercer momento Jesús “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Encontrarnos con Dios, vivir una relación personal con El, o tener experiencia de Dios lleva consigo “comprenderla Escrituras”. Comprenderla Escriturano significa tanto conocer intelectualmente. Comprenderla Escriturasignifica: meterse de lleno en el plan de Dios, es dejarse llenar de su presencia amorosa y salvadora. Es relacionar a Dios con la vida, con el perdón, con el amor y todo esto gracias a su Hijo Jesús.

Este evangelio nos invita a abrir nuestro corazón y nuestro entendimiento para vivir, no para tener, sino para vivir una relación íntima y personal con Dios, para vivir la experiencia de su presencia en medio de nosotros. Presencia que llena de paz, de fe, de alegría y de comprensión de su amor.

Victoriano Viñuelas Gómez