El Señor resucitado perfecciona la formación de los apóstoles

En el tiempo que transcurre entre la Resurrección y la Ascensión, el Señor

perfecciona el proceso formativo de los apóstoles. Durante su vida apostólica,

Jesús les había hablado de muchas cosas, cuyo sentido escapaba a estos

hombres sencillos que carecían de una formación académica y religiosa.

Eran personas simples, profundamente religiosas, qua habían sido cautivadas por la bondad que irradiaba el Maestro y por la fuerza de sus palabras y milagros. Muchas de las enseñanzas de Jesús, incomprendidas durante su vida apostólica, se llenaron de sentido después de encontrarse con el Señor resucitado. Así pues, estos encuentros con el Señor los confirmaron en la fe para asumir la misión de anunciar la buena nueva a todos los pueblos.

Empecemos nuestra meditación dominical con una atenta lectura del relato del evangelista Lucas, que destaca detalles significativos.

El saludo del Señor resucitado es un anuncio de paz: “La paz esté con ustedes”. Este saludo es una constante en las apariciones de Jesús y constituye un formidable mensaje pascual. ¿Qué significa? La existencia humana está llena de incertidumbres. Cuando pensamos en el futuro, muchas de nuestras preguntas no encuentran respuesta. Es frecuente que esta incertidumbre produzca angustia. ¿Cuál es el mensaje pascual? Ciertamente, las incertidumbres son inseparables de la existencia humana. Sin embargo, los seguidores de Jesús resucitado no vemos el futuro como un túnel oscuro y aterrador, porque tenemos la certeza de que el Señor es nuestro compañero de camino. No estamos solos. Así como hace dos mil años dijo a sus apóstoles: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior?”, estas mismas palabras son proclamadas, en el nombre del Señor, por la Iglesia.

La paz que anuncia el Resucitado no significa ausencia de problemas, ni es póliza que nos proteja del sufrimiento. Lo que nos ofrece el Señor es su gracia, la certeza de acompañarnos, su misericordia infinita y nos ofrece un sentido de la vida. No somos un juguete del destino.

Este relato del evangelista Lucas pone de manifiesto los sentimientos encontrados de los apóstoles. Los acontecimientos del Viernes Santo habían sido demoledores. Después empiezan a circular las primeras noticias de la resurrección. Se debaten entre la duda y la alegría. Creen que el Señor ha resucitado, pero… Por eso el evangelista escribe: “Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: ¿Tienen aquí algo de comer?” Esta referencia a la comida era para convencerlos de la nueva realidad que estaban viviendo.

¿Por qué la insistencia del Señor en mostrar sus manos y pies, que habían sido traspasados por los clavos? Lo hacía para demostrarles que el Jesús glorioso que se les manifestaba era el mismo Jesús que había recorrido los caminos de Tierra Santa anunciando la llegada del Reino de Dios. Era el mismo, aunque diferente. ¿Por qué diferente? Porque el Señor resucitado que dialogaba con ellos no era un muerto que había regresado al mundo de los vivos, como había sucedido con Lázaro, sino que había resucitado glorioso y ya no estaba sometido a las limitaciones del espacio y del tiempo que marcan nuestra condición humana. No es un fantasma. Es el Maestro resucitado y glorioso.

Al comienzo de esta meditación dijimos que estas apariciones pascuales sirvieron para confirmar la fe de los apóstoles y perfeccionar su proceso formativo. ¿Cuál es la lección que les imparte en esta aparición? Podemos identificar dos puntos:

En primer lugar, conecta el hecho de la Resurrección con la tradición del Antiguo Testamento. Lo que están experimentando en ese momento es el cumplimiento de un anuncio: “Tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

En segundo lugar, conecta el hecho de la Resurrección con el futuro de la historia de salvación, que instituye un orden nuevo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

Después de meditar sobre este encuentro pascual de los apóstoles con el Señor resucitado y reflexionar sobre la lección que les imparte, los invito a dirigir la atención a la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. Allí vemos a Pedro, lleno de la sabiduría del Espíritu Santo, que se dirige a sus hermanos judíos para anunciarles la buena noticia. En esta catequesis, Pedro habla en términos que son familiares para sus interlocutores: “El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, ha glorificado a su siervo Jesús…” Es muy interesante analizar la estructura de las catequesis de los apóstoles, tal como son consignadas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Contienen la quintaesencia del anuncio pascual: dar a conocer al Señor resucitado. No hacen discursos políticos ni sociológicos ni filosóficos. Anuncian lo esencial: la persona y el mensaje del Resucitado. Estas catequesis de la Iglesia Apostólica son el referente por excelencia para la Iglesia de todos los tiempos: debemos anunciar lo esencial, que es la persona y el mensaje del Señor. Los demás discursos son una distracción.

 

 

La fe va madurando en medio de las incertidumbres

El texto del evangelista Lucas es como un palco privilegiado desde el cual podemos observar cómo fue madurando la fe de los primeros cristianos después de la resurrección del Señor. No nos engañemos pensando que fue un proceso fácil. Muchos de ellos se rehusaron a aceptar el testimonio de sus compañeros hasta que no tuvieron directamente la experiencia del resucitado. Los seres humanos de todos los tiempos somos hechos de los mismos materiales: desconfiados, temerosos, aferrados a nuestros juicios, nos cuesta aceptar el valor de la palabra de los demás…

El evangelista Lucas trae unas expresiones que recogen los sentimientos más frecuentes en medio de la comunidad: “Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma”; “Él les dijo: no teman, soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior?”

Si estos son algunos de los sentimientos experimentados por los discípulos del Señor, que son testigos inmediatos de los acontecimientos, no debe extrañarnos que en nuestro propio camino de fe surjan dificultades, nos acosen las dudas, nos sintamos perdidos en medio de la noche… En el crecimiento en la fe, se entrecruzan la gracia de Dios, la libertad humana, la complejidad de nuestra sicología con sus laberintos oscuros, las presiones culturales, etc.

Cuando leemos las vidas de los santos, se nos hace patente que ese crecimiento espiritual se dio en medio de fuertes tormentas internas. En las primeras etapas de su conversión, Ignacio de Loyola se retiró a una cueva a orillas del río Cardoner; allí vivió una etapa muy difícil, con profundas depresiones, que lo llevaron a pensar en el suicidio. Si estos gigantes de la espiritualidad crecieron en el conocimiento de Jesucristo atravesando – como dice el salmo – “cañadas oscuras”, nosotros, enanos insignificantes, no tenemos porqué sorprendernos de las incertidumbres que nos acosan.

El relato del evangelista Lucas nos muestra una curiosa escena del Señor resucitado, que da una catequesis a sus discípulos, que es repetición de lo que les había dicho cuando recorría con ellos los caminos de Galilea: “Lo que ha sucedido es aquello de lo que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes…” Es infinita la paciencia del Señor con sus discípulos; y es infinita su paciencia con nosotros, que nos distraemos con mil preocupaciones y que no respondemos a los mensajes que de mil maneras nos comunica el Señor.

El texto del evangelista tiene una expresión que merece nuestra atención: “Entonces, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”. ¿Qué significa comprender las Escrituras? Ciertamente, los estudios bíblicos han tenido unos avances muy importantes. Los especialistas en el Antiguo y Nuevo Testamento necesitan adquirir el dominio de las lenguas en que fueron escritos los textos originales y las más antiguas traducciones, necesitan conocer las culturas de los pueblos en los se dieron los hechos narrados; en su proceso de formación, trabajan con equipos de arqueólogos. Esta es una manera científica y muy rigurosa de conocer la Biblia. Sin embargo, es posible ser un ateo y tener las competencias propias de los expertos en Biblia. Por eso, comprender la Biblia como historia de salvación es un conocimiento diferente para el cual se necesita la gracia de Dios.

En esta catequesis que el Señor resucitado tiene con sus discípulos, Él les ilumina desde la fe el sentido de los acontecimientos de su vida pública, de su pasión y muerte. Esta catequesis del Señor resucitado nos invita a revisar los esquemas de formación religiosa que ofrecemos en los colegios y universidades católicas. La formación religiosa necesita nutrirse de una experiencia interior; esto es absolutamente necesario. No se trata de trasladar los conocimientos teológicos del profesor al alumno como si se trasladara un líquido de un recipiente a otro. Se trata de ir avanzando a través de una experiencia de vida interior que se da en medio del compartir fraterno, el servicio a los más necesitados, los grupos de oración y reflexión, etc. Las nuevas generaciones tienen unas sensibilidades muy diferentes, y sus lenguajes y símbolos han cambiado radicalmente; rechazan los discursos con un fuerte contenido conceptual, desconectados de sus vivencias cotidianas.

Hay muchas cosas que son incomprensibles a la luz de la razón. Hay experiencias de nuestras vidas que no podemos entender o que nos parecen injustas. Pidámosle al Señor que nuestro entendimiento se abra para comprender, bajo una luz diferente, los hechos de la vida y poderlos releer como plan de salvación. La Pascua del Señor, que transforma la muerte en vida, instaura una nueva lógica. la Fe, que es don de Dios, es un conocimiento diferente de la realidad y nos permite descifrar situaciones que parecían absurdas – como a los discípulos les pareció absurdo el Viernes Santo – y que son, en última instancia, epifanía o manifestación de Dios en nuestra historia.

 

 

1. El texto del evangelista Lucas, que la liturgia propone a nuestra consideración este domingo, no solo es de un gran valor teológico sino que, además, de alguna manera refleja las dudas y perplejidades que experimentamos hoy en el camino de la fe.

2. Reconstruyamos el momento que viven los Apóstoles: Están reunidos y escuchan con gran atención la experiencia vivida por dos miembros de la comunidad que se dirigían de Jerusalén a Emaús; mientras estos dos amigos compartían el dolor que los embargaba por la pasión y muerte de su Maestro, un viajero se les unió, y empezaron a conversar sobre los acontecimientos recientes; descubrieron la verdadera identidad del compañero del viaje cuando se sentaron a compartir el pan.

3. Ciertamente, los Apóstoles habían escuchado diversos testimonios que proclamaban que el Señor estaba vivo, habiendo superado el abismo de la muerte. Pero había sido tan desgarradora la pasión y muerte del Señor, que no lograban digerir este anuncio de su resurrección.

4. Ubicados nosotros respecto al momento espiritual y afectivo que viven los Apóstoles, los invito a penetrar en el contenido mismo del relato: en primer lugar, tratemos de explorar el proceso que viven; y, en segundo lugar, veamos la pedagogía que utilizó el Resucitado para confirmarlos en la fe.

5. ¿Qué están sintiendo los Apóstoles?

a. El evangelista Lucas no disimula los sentimientos de sus colegas; con realismo afirma que “ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma”. Lo que habían vivido durante la última semana los ha dejado destruidos. Por eso es natural que estén desconcertados y atemorizados; por eso creen estar viendo un fantasma.

b. El Señor Resucitado lee lo más íntimo de sus corazones, y les pregunta: “¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior?”

c. No imaginemos a los Apóstoles como unos super-héroes, con unos rasgos de personalidad que los hacían diferentes de los demás hombres. Eran seres humanos como nosotros; con sus momentos de generosidad y también con sus pequeños egoísmos; que habían vibrado de entusiasmo oyendo al Maestro, pero con los temores e inseguridades que son inherentes a la condición humana.

d. Una de las dinámicas más hermosas que registran los evangelistas es el proceso de maduración en la fe de los hombres y mujeres que se fueron agrupando alrededor del Maestro. En ese camino de la fe, con todas sus inestabilidades, Pentecostés señala el punto de no retorno; la presencia del Espíritu Santo en la comunidad les da la claridad para leer en la fe la Pascua del Señor y les da la gracia para asumir la descomunal tarea de proclamar la Buena Noticia del Señor Resucitado a todas las naciones.

6. Los Apóstoles son agitados por las dudas, los interrogantes, los temores… Tomemos conciencia de que la duda es un componente de la naturaleza humana, pues caminamos en el claroscuro de las pequeñas verdades, de los conocimientos limitados, de las hipótesis que son superadas, de los aprendizajes por ensayo y error… Las dudas se expresan en forma de preguntas; y éstas nos motivan a buscar nuevas respuestas, a revisar la fundamentación de nuestros juicios de valor. Así, pues, las dudas son oportunidades de crecimiento en la conquista, siempre incompleta, de la verdad. Procuremos tener abierta la mente y el corazón, superando la tentación de aferrarnos a pequeñas y aparentes seguridades.

7. Después de esta rápida exploración de los sentimientos de los Apóstoles, veamos la pedagogía que utiliza el Señor Resucitado:

a. Lo primero que llama la atención es su saludo: “La paz esté con ustedes”. Este saludo acompaña todas las apariciones del Señor; es su gran regalo. Su presencia en medio de la comunidad apacigua las aguas turbulentas de las incertidumbres, arroja luz en medio de la oscuridad y muestra el horizonte hacia el cual avanzar. No hay que interpretar la paz que anuncia el Resucitado como un anestésico bajo cuya acción desaparecen los dolores de la existencia. No; las dificultades subsisten, pero la presencia del Resucitado nos da el coraje para asumirlas sabiendo que el Señor está junto a nosotros.

b. Después de saludarlos, les confirma su identidad; no es un fantasma ni una ilusión de la mente. “Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona”. Es el mismo Señor, cuyas palabras y acciones milagrosas tanto los impactaron. Ahora bien, su resurrección ha sido totalmente diferente de la de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naín, quienes regresaron a esta vida para después volver a morir. El Señor Resucitado no ha regresado a las coordenadas espacio-temporales, sino que vive eternamente junto al Padre, y ha sido constituido Señor del universo.

c. ¿Qué efecto tuvo esta experiencia sobre los Apóstoles? Nos dice el evangelista Lucas: “Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras”. Así, pues, iluminados por la gracia comprendieron el sentido de todo lo que había ocurrido y tuvieran la perspectiva del plan de salvación, superando así la miope lectura humana de la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor.

8. La lectura de este texto evangélico nos hace sentir cerca de los Apóstoles, pues también nosotros navegamos en un océano de dudas e incertidumbres. Pidamos al Señor Resucitado que la paz pascual se instale en nuestro corazón, que fortalezca nuestra fe y que confiemos en su presencia salvadora en medio de su Iglesia.

Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

 

 

Después del encuentro de Jesús resucitado con sus dos discípulos que se dirigían a Emaús, éstos les contaron a los demás lo que les había pasado en el camino, y cómo lo reconocieron cuando partió el pan. Estaban todavía hablando de estas cosas, cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: -Paz a ustedes. Ellos se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu.

Pero Jesús les dijo: -¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen esas dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo. Al decirles esto, les enseñó las manos y los pies.

Pero como ellos no acababan de creerlo, a causa de la alegría y el asombro que sentían, Jesús les preguntó: -¿Tienen aquí algo que comer? Le dieron un pedazo de pescado asado, y él lo aceptó y lo comió en su presencia. Luego les dijo: -Lo que me ha pasado es aquello que les anuncié cuando estaba todavía con ustedes: que había de cumplirse todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos. Entonces hizo que entendieran las Escrituras, y les dijo: -Está escrito que el Mesías tenía que morir, y resucitar al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que él les perdone sus pecados. Comenzando desde Jerusalén, ustedes deben dar testimonio de estas cosas. (Lucas 24,35-48).

Las lecturas de  este domingo [Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19), Salmo 5 (4), 1ª carta de Juan 2,1-5a; Evangelio según san Lucas 24,35-48] nos invitan a meditar sobre el mensaje central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, está vivo después de su muerte en la cruz y se hace presente en medio de nosotros, iluminándonos para que comprendamos su obra salvadora y animándonos a dar testimonio de ella. Meditemos especialmente en el Evangelio y apliquémoslo a nuestra existencia cotidiana, teniendo en cuenta también los otros textos bíblicos.

1. “Contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo lo reconocieron cuando partió el pan”

Los dos discípulos a quienes Cristo resucitado les había salido al encuentro cuando caminaban hacia la aldea de Emaús, uno llamado Cleofás y el otro seguramente el mismo evangelista Lucas (24,13-34), no habían hecho parte del grupo inicial de los doce apóstoles pero sí pertenecían al grupo más amplio de sus seguidores. Ellos habían reconocido su presencia precisamente en la acción de partir  el pan, el mismo gesto que su Maestro antes de morir había dicho que fuera repetido en memoria suya. Fueron de prisa a contar a los apóstoles y demás discípulos y discípulas que estaban en Jerusalén la experiencia pascual que habían tenido, y se encontraron con que también en esta primera comunidad, en la que se destaca a Simón Pedro, existía ya la certeza de la resurrección de Jesús.

El término bíblico “partir del pan” se refiere a la Eucaristía. Cada vez que se repite en el momento de la consagración del pan y del vino aquello que Jesús dijo a sus primeros discípulos que hicieran en conmemoración  suya, no sólo recordamos lo que Él mismo realizó, sino que se actualiza para nosotros su misterio pascual, es decir, su único sacrificio redentor y su paso de la muerte a la vida, una vida nueva que se hace presente en medio de nosotros y que en la comunión nos alimenta espiritualmente para que podamos continuar el camino de nuestra existencia renovados y plenos de esperanza.

2. “Entonces hizo que entendieran las Escrituras”

Aquellos discípulos que se dirigían a Emaús habían sido ilustrados en el camino por el propio Jesús resucitado, para comprender el sentido de las profecías que en el Antiguo Testamento se referían al Mesías prometido. Ahora reciben una ilustración similar todos los miembros de aquella primera comunidad conformada por sus discípulos y discípulas. ¿En qué radica dicho sentido? En que el Mesías tenía qué padecer y morir para resucitar, como lo indica el Evangelio y lo dice asimismo Pedro en su discurso presentado por la primera lectura de hoy.

Justamente en ello consiste el misterio pascual de Jesucristo: en su paso por la muerte de cruz para resucitar a una vida nueva y gloriosa. No buscando el sufrimiento por sí mismo, sino asumiéndolo como la consecuencia de haberse entregado plenamente al servicio del Reino de Dios Padre, un reino de justicia, de amor y de paz en beneficio de toda la humanidad, empezando por los excluidos, los rechazados, los marginados. Su cruz fue así el testimonio de la solidaridad completa de Dios hecho hombre con todas las víctimas de la injusticia y de la violencia, para abrirnos a todos, si nos identificamos con Él y nos solidarizamos también con ellas, a la esperanza activa en un porvenir de vida gozosa y sin fin.

3. “Ustedes deben dar testimonio de estas cosas”

Cuando Jesús resucitado pronuncia estas palabras, les está dando a sus primeros discípulos la misión de proclamar su resurrección no sólo de palabra, sino también y ante todo con los hechos. “En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros”, les había dicho en la última cena, como nos lo cuenta el Evangelio según san Juan. Y en la 2ª lectura, tomada de la 1ª carta de Juan, su autor escribe: “para quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él”.

“Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…”, decimos en la Misa después de la consagración del pan y del vino. Este anuncio y esta proclamación del misterio pascual de Cristo tenemos que manifestarlo con el testimonio de nuestra vida, cumpliendo el mandamiento del amor y realizando así lo que celebramos en la Eucaristía.

Pidámosle pues al Señor que nos abra el entendimiento comunicándonos su Espíritu Santo, para que no sólo comprendamos el mensaje que nos transmiten los textos bíblicos, sino que también lo vivamos y lo proclamemos de tal modo que, como dice el verso del Salmo, brille sobre nosotros el resplandor de su rostro y demos un testimonio claro y luminoso de su resurrección.-

Gabriel Jaime Pérez S.J.

 

 

“¿Por qué tienen esas dudas en su corazón?”

Don Miguel de Unamuno y Jugo, ese vasco universal y rector salmantino, escribió en 1930 una pequeña novela en la que se retrató a sí mismo de cuerpo entero. Don Miguel vivió crucificado entre las dudas que abrigaba su corazón y una fe que se resistía a creer. En la introducción de esta obra, que lleva por título el nombre y las dos cualidades más significativas de su protagonista, San Manuel Bueno, Mártir, dice el mismo Unamuno: «tengo la sensación de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida».

La novela se desarrolla en un pueblo legendario, Valverde de Lucerna, que vive hundido en el lago de Sanabria, junto a san Martín de Castañeda, en la provincia de Zamora, España. Allí vive y trabaja un cura que tiene fama de santo. Pero don Manuel, el santo cura, por sobrenombre Bueno, abriga en su corazón una tragedia de inmensas proporciones... No cree en la vida eterna. Cuando reza el credo en la misa dominical, se siente como Moisés, que muere poco antes de entrar en la tierra prometida, pues “al llegar a lo de «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable» la voz de Don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba (...). Era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el caudillo al acercarse al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida en la tierra de promisión”.

Junto a este creyente incrédulo, Unamuno presenta a dos hermanos, Ángela y Lázaro, que ofrecen un contraste a la tragedia del pobre cura; la primera, una firme creyente, que anima a su párroco en la esperanza de la resurrección; y el segundo, un ateo convencido, que se deja transformar por la fragilidad de la fe honesta y titubeante de su pastor. De alguna manera, Unamuno se retrató a sí mismo y retrató la verdad de todos nosotros, que caminamos a tientas por este mundo, con una fe vacilante... Nadie, que de verdad se haya arriesgado a creer, puede decir que alguna vez no lo han sorprendido las dudas frente a las verdades que confiesa y por las que vive y muere. El mismo Unamuno, muerto el 31 de diciembre de 1936, quiso que en su sepultura se grabara este epitafio: «Méteme Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar. Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo».

El texto evangélico que se nos propone este domingo está atravesado por estas mismas dudas que habitaron el corazón de don Manuel Bueno, Mártir y de su autor, Miguel de Unamuno: “Pero Jesús les dijo: –¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen estas dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo. Al decirles esto, les enseñó las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creerlo, a causa de la alegría y el asombro que sentían, Jesús les preguntó: «¿tienen aquí algo que comer?» Le dieron un pedazo de pan y pescado asado, y él lo aceptó y lo comió en su presencia”.

También los discípulos dudaron de la resurrección de su maestro. Muchos de nosotros, aún hoy, seguimos creyendo lo que no vimos y, a tientas, entre dudas y búsquedas permanentes, seguimos gritándole a Dios “¡Creo, ayuda a mi poca fe” (Mc. 9,24).

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

En el periódico el Tiempo, un famoso escritor esta semana santa sacó la lista de los pecados de qué arrepentirnos. Medio en broma, pero también en serio (pues no desconoce la gravedad de muchos de ellos) hizo una lista larga comenzando con los 10 mandamiento de la Ley de Dios, los 5 de la Iglesia, la cantidad enorme de la Torá y los más recientes denunciados en los documentos eclesiales sobre los abusos en la bioética y en la economía, como la corrupción y los abusos contra los pobres.

A ellos, por último añadió, los 30 pecados ecológicos denunciados por el Papa Francisco, como serían la cultura del descarte, los abusos derribando selvas para sembrar coca y otras drogas, la contaminación de las aguas, la destrucción de los ecosistemas, etc. Con estos pecados contra el Medio Ambiente, afirma que en total son 132.

Dicen que la humanidad se divide en dos: los que rezan “Señor enséñame a ver complicado lo que es sencillo” y los que rezan “Señor enséñame a ver sencillo lo que es complicado”. Estos últimos imitan al Papa Juan XIII, que no se dejó complicar cuando convocó el Concilio Vaticano II y le argüían algunos que tal tarea era muy complicada.

Pero el gran modelo en este aspecto es nuestro Señor Jesucristo, que al ser preguntado sobre cuál era el principal mandamiento lo resumió fácil: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Como quien dice que la lista de pecados no sería de 132, sino de 3: No honrar a Dios y no tratar al prójimo como nos gusta que nos traten.

En estos 3 capítulos están incluidos hasta los pecados “ecológicos”. En efecto: ¿A quién le gusta que acaben con las flores bellas, con los árboles que nos dan alimentos, sombra, remedios, etc.? ¿A quién le gusta que le contaminen las aguas que vamos a beber? ¿A quién le gusta que maten los ecosistemas, con locomotoras mineras, como se está haciendo en nuestros países? ¿A quién le gusta que maten los animalitos con derrames de petróleo? ¿A quién le gusta que expulsen a los campesinos de sus tierras por estas causas?

A tantas personas que pecan en estos aspectos ecológicos, les viene bien leer la segunda lectura de hoy que dice: “El sabe que lo conocemos porque guardamos sus mandamientos. Quien afirma que lo conoce, pero no guarda sus mandamientos es un mentiroso, y la verdad no está en él” (primera carta de Juan 5,4).

En el evangelio de este domingo, Jesús les recuerda a los discípulos cómo Él les abrió el entendimiento para que entendieran las Escrituras, el sentido de su muerte y resurrección, y “el llamado al arrepentimiento para obtener el perdón de los pecados” (Lucas 24, 48), fueran estos 132 o 3, donde se incluyen aquellos.

Alejandro Londoño Posada, S.J.

 

 

Jesús aparece a sus apóstoles

La categoría del camino aclara bien en Lucas el itinerario teológico de aquel camino de gracia que interviene en los sucesos humanos. Juan prepara la senda al Señor que viene (Lc. 1,76) e invita a allanar sus caminos (Lc. 3,4); María se pone en camino y va con prisa hacia la montaña (Lc. 1,39); Jesús, camino de Dios (Lc 20,21), camina con los hombres y señala el camino de la paz (Lc. 1,79) y de la vida (Act. 2,28), recorriéndolo en primera persona con su existencia. Después de la resurrección continúa el camino junto a sus discípulos (Lc. 24,32) y queda el protagonista del camino de la Iglesia que se identifica con el suyo (Act. 18,25). Toda la razón de ser de la Iglesia está en este camino de salvación (Act. 16,17) que conduce a Dios (Act. 18,2). Ella está llamada a vivirlo y a indicarlo a todos para que cada uno, abandonando el propio camino (Act. 14,16) se oriente hacia el Señor que camina con los suyos.

v. 35 Ellos por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan. La experiencia del encuentro con la Vida permite volver sobre sus propios pasos. No es el regreso del remordimiento, ni el retorno del lamento. Es el regreso de quien relee la propia historia y sabe encontrar, a través del camino recorrido, el lugar del memorial. Dios se encuentra en lo que acaece. Es Él el que viene al encuentro y se para en el camino a veces árido y desnudo de lo no cumplido.. Se hace reconocer a través de los gestos familiares de una experiencia saboreada de lejos. Son los surcos del ya consumado que acogen la novedad de un hoy sin ocaso. El hombre es llamado a tomar la nueva presencia de Dios sobre su camino en aquel viajero que se hace reconocer a través de los signos fundamentales para la vida de la comunidad cristiana: las Escrituras, leídas en clave cristológica y la fracción del pan (Lc. 24,1-33). La historia humana, espacio privilegiado de la acción de Dios, es historia de salvación que atraviesa todas las situaciones humanas y el discurrir de los siglos en una forma de éxodo perenne, cargado de la novedad del anuncio.

v. 36. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: “¡La paz con vosotros!” Lucas enlaza sabiamente los sucesos para dar fundamento y continuidad a la historia de la salvación. Los gérmenes anunciados florecen y la atmósfera de novedad que aletea en las páginas de estos sucesos hacen de telón de fondo al desenvolverse en una memoria Dei que se propone nuevo de vez en vez; Jesús vuelve a los suyos. Está en medio de ellos como persona, todo entero, también como antes, aunque en una condición diferente y definitiva. Se manifiesta en su corporeidad glorificada para demostrar que la resurrección es un hecho que ha acaecido realmente.

v. 37. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. La reacción de los discípulos parece no concordar bien con la narración precedente desde el momento que se creía ya en la resurrección de Jesús por la palabra de Pedro (v. 34). De todas maneras su perplejidad no se refiere a la convinción de que Jesús ha resucitado, sino a la naturaleza corpórea de Jesús resucitado. Y en tal sentido no hay contradicción en la narración. Era necesario para los discípulos hacer una experiencia intensa de la realidad corpórea de Jesús para realizar de un modo adecuado su futura misión de testigos de la buena noticia y aclarar las ideas sobre el Resucitado; no creían que fuese Jesús en persona, sino pensaban que lo veían sólo en espíritu.

v. 38-40. Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo: Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo”. El Jesús del evangelio de Lucas es casi un héroe que afronta su suerte con seguridad y las pocas sombras que permanecen sirven simplemente para comprender y subrayar su plena realidad. Lucas había recordado los humildes orígenes y la genealogía, del todo común y despojada de figuras prestigiosas, una muchedumbre de individuos obscuros de los cuales surgía la figura de Cristo. En la turbación y en la duda de los discípulos después de la resurrección aparece evidente que Jesús no es el Salvador de los grandes, sino de todos los hombres, por sobresaltados o asustados que estén.. Él, protagonista del camino de la Iglesia, recorre los senderos humanos de la incredulidad para sanarlos con la fe, y continúa caminando en el tiempo, mostrando las manos y los pies en la carne y en los huesos del creyente.

vv. 41-43. Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?. Ellos le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomo y lo comió delante de ellos. Cada invitación a comer esconde el deseo de intimidad, es un permanecer, un compartir. La resurrección no quita a Jesús el presentarse como el lugar del compartir. Aquel pez asado, comido por años junto a los suyos, continúa siendo vehículo de comunión. Un pez cocinado en el amor, el uno por el otro: un alimento que no cesa de asegurar el hambre escondida del hombre, un alimento capaz de desbaratar la ilusión de algo que termina entre las ruinas del pasado.

v. 44. Después les dijo: “Éstas son aquellas palabras mías que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”. Los momentos de ansia, de conmoción, de llanto por la propia nación (Lc. 9,41), la fatiga subiendo a Jerusalén, las tentaciones habían marcado aquel confín perennemente presente entre la humillación-escondimiento y afirmación–gloria focalizado en las varias fases de la vida humana de Jesús a través de la luz del querer del Padre. Amargura, obscuridad y dolor habían alimentado el corazón del Salvador: “ Tengo que recibir un bautismo ¡y como estoy angustiado hasta que se cumpla!” (Lc 12, 50). Ahora es plenamente visible, positiva la obra de la gracia, porque a la obra del Espíritu el escatón ya actuado en Cristo y en el creyente, crea una atmósfera de alabanza, un clima de gozo y de paz profunda, típicas de las cosas cumplidas. La parusía señalará el final del camino salvífico, tiempo de consolación y de restauración de todas las cosas. (Act. 3,21).

v. 45. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras. La fe apostólica en la resurrección de Jesús constituye la clave hermenéutica para la interpretación de las Escrituras y el fundamento del pregón pascual. La Biblia se cumple en Cristo, en Él se unifica en su valor profético y adquiere su pleno significado. El hombre no puede por sí solo entender la Palabra de Dios. La presencia del Resucitado abre la mente a la comprensión plena de aquel Misterio escondido en las palabras sagradas de la existencia humana.

vv. 46-47. Y les dijo: “Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones empezando por Jerusalén.” En Lucas la salvación toca todas las dimensiones humanas a través de la obra de Cristo que salva del mal, que libra de las tinieblas (Act. 26,18) y del pecado (Lc 5,0-26; Act. 2,38), de la enfermedad y del sufrimiento, de la muerte, de la incredulidad, de los ídolos: que realiza la vida humana en el ser comunidad de Dios, fraternidad alegre en el amor; que no deja huérfanos, sino que se vuelve presente incesantemente con su Espíritu de lo alto (Act 2,2). La salvación radical del hombre está en el librarse de su corazón de piedra y en recibir un corazón nuevo que comporta un dinamismo que libra de toda forma de esclavitud (Lc 4,16-22). Dios dirige la historia; es Él el que obra la evangelización y guía el camino de los suyos. El evangelista de los grandes horizontes – desde Adán al Reino, de Jerusalén a los confines de la tierra- y también el evangelista de la cotidianidad. Es en acto el proceso histórico-escatológico por el cual la historia completa se cumple transcendiendo la historia humana y Jesús continúa ofreciendo la salvación mediante su Espíritu que crea testigos capaces de profecía que difunden la salvación hasta que en la venida de Cristo (Lc. 21,28) se vuelva manifiesto la plena liberalización del hombre. En Act. 2,37 se encuentra resumido todo el iter salutis que aquí se ha apuntado: acoger la palabra, convertirse, creer, hacerse bautizar, obtener el perdón de los pecados y el don del Espíritu. La palabra de salvación, palabra de gracia, despliega su potencia en el corazón que escucha. (Lc 8,4-15) y la invocación del Nombre del Salvador sella la salvación en aquel que se ha convertido a la fe. Hay complementariedad entre la acción de Jesús por medio del Espíritu, actuada sin la mediación de la Iglesia (Act. 9,3-5) y aquella cumplida mediante la Iglesia a la cual el mismo envía como en el caso de la llamada de Pablo (Act. 9,6-19).

v. 48. Vosotros sois testigos de estas cosas. Llamada a trazar en la historia humana el camino del testimonio, la comunidad cristiana proclama con palabras y obras el cumplimiento del reino de Dios entre los hombres y la presencia del Señor, que continúa obrando en su Iglesia como Mesías, Señor, profeta. La Iglesia crecerá y caminará en el temor del Señor, llena de la fortaleza del Espíritu Santo (Act. 9,31). Es un camino de servicio, trazado para hacer resonar en los extremos confines de la tierra (Act. 1,1-11) el eco de la palabra de Salvación. Poco a poco el camino se aleja de Jerusalén para dirigirse al corazón del mundo pagano. A su llegada a Roma, capital del imperio, Lucas pondrá la firma a sus pasos de evangelizador. Ninguno en verdad será excluido en el camino. Destinatarios de la salvación son todos los hombres, en particular los pecadores, por cuya conversión hay gran gozo en cielo (Lc. 15,7.10). Como María, que para Lucas es el Modelo del discípulo que camina en el Señor, los creyentes somos llamados a ser transformados enteramente para vivir la maternidad mesiánica, no obstante la propia condición “virginal” expresión de la propia pobreza de criatura (Lc 1, 30-35). El sí del Magnificat es el camino que hay que recorrer. Caminando llevando en nosotros la palabra de salvación; caminando en la fe, fiándonos de Dios que mantiene las promesas: caminando en el gozo de Áquel que nos hace dichosos, no por nuestros méritos sino por la humildad de vida. Sea el itinerario de María, nuestro itinerario: andar llevados del Espíritu, hacia nuestros hermanos teniendo como único equipaje la Palabra que salva: Cristo Señor (Act. 3,6).

Reflexión

Jesús en el encuentro personal con los hombres ofreció su benévola presencia y esperó que las semillas de la palabra y de la fe germinasen. El abandono de los apóstoles, la negación de Pedro, el amor de la pecadora, la cerrazón de los fariseos no lo han escandalizado, ni turbado. Sabía que no se perdería lo que les había dicho y propuesto… y de hecho después de Pentecostés los mismos hombres se presentan delante del sanedrín sin temor, para afirmar que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro predica abiertamente hasta morir en una cruz como su Maestro, las mujeres son enviadas como testigos de la resurrección a los apóstoles, y un fariseo hijo de fariseo, Pablo de Tarso, se convierte en el apóstol de las gentes. Si no puedes, hombre, substraerte a vivir cotidianamente la muerte de ti mismo, no debes al menos olvidar que la resurrección se esconde en tus heridas para hacerte vivir de él, desde ahora. En el hermano que para tí puede ser sepulcro de muerte y de fango, una cruz maldita, encontrarás la vida nueva. Sí; porque Cristo Resucitado asumirá la semblanza de tus hermanos: un hortelano, un caminante, un espíritu, un hombre a la orilla del lago…Cuando sepas acoger “el reto” de Pilato que penetra los siglos y no aceptes el cambio propuesto (Jn. 18,39-40), porque hayas aprendido en la noche del abandono que no se puede cambiar la vida de un bandolero, tú que llevas indignamente su nombre: Bar-Abba, hijo del Padre, por la vida de Jesús, el Hijo unigénito del Dios viviente, el Señor de la vida y de la muerte…entonces gritarás también tú como el apóstol Tomás en el estupor de la fe: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20,28), mi Dios y mi todo, y no tramontará más en el horizonte de tus días la belleza de la alegría.

 

 

I. “El día llamado del Sol se reúnen todos en un mismo lugar, quienes habitan en la ciudad y los que viven en el campo... Y nos reunimos todos en este día, en primer lugar porque, en este día, que es el primero de la semana, Dios creó el mundo (...) y porque es el día en que Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos” (1). El sábado judío dio paso al domingo cristiano desde los mismos comienzos de la Iglesia. Desde entonces, cada domingo celebramos la Resurrección de Cristo.

El sábado era en el Antiguo Testamento día dedicado a Yahvé. Dios mismo lo instituyó (2) y mandó que el pueblo israelita se abstuviera de ciertos trabajos en esa jornada, para dedicarse a honrar a Dios (3). También era el día en el que se congregaba la familia y se celebraba el fin de la cautividad en Egipto. Con el paso del tiempo, los rabinos complicaron el precepto divino, y en tiempos de Jesús existía una serie de minuciosas y agobiantes prescripciones que nada tenían que ver con lo que Dios había dispuesto sobre el sábado.

Los fariseos chocaron frecuentemente con Jesús por estas cuestiones. Sin embargo, el Señor no menospreció el sábado, no lo suprimió como día dedicado a Yahvé; por el contrario, parece ser su día predilecto: acude ese día a las sinagogas a predicar, y muchos de sus milagros fueron realizados en día de sábado.

La Sagrada Escritura, en innumerables pasajes, había dado siempre un concepto alto y noble del sábado. Era el día establecido por Dios para que su pueblo le diese un culto público, y la total dedicación de la jornada aparece como una obligación grave (4). La importancia del precepto se deduce también de la repetición de ese mandato a lo largo de la Escritura. En ocasiones, los Profetas señalan como causa de los castigos de Dios sobre su pueblo el no haber guardado sus sábados.

El descanso sabático era de naturaleza estrictamente religiosa, y por eso culminaba y se manifestaba en la oblación de un sacrificio (5).

Las fiestas de Israel, y particularmente el sábado, eran signo de la alianza divina y un modo de expresar el gozo de saberse propiedad del Señor y objeto de su elección y de su amor. Por eso cada fiesta estaba ligada a un acontecimiento de salvación.

Sin embargo, aquellas fiestas sólo contenían la promesa de una realidad que aún no había tenido lugar. Con la Resurrección de Jesucristo, el sábado deja paso a la realidad que anunciaba, la fiesta cristiana. El mismo Jesús habla del reino de Dios como de una gran fiesta ofrecida por un rey con ocasión de las bodas de su hijo (6), en quien somos invitados a participar de los bienes mesiánicos (7). Con Cristo surge un culto nuevo y superior, porque tenemos también un nuevo Sacerdote, y se ofrece una nueva Víctima.

II. Después de la Resurrección, el primer día de la semana fue considerado por los Apóstoles como el día del Señor, dominica dies (8), cuando Él nos alcanzó con su Resurrección la victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso los primeros cristianos tenían las reuniones litúrgicas en domingo. Y ésta ha sido la constante y universal tradición hasta nuestros días. “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen desde el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón día del Señor o domingo” (9).

Este precepto de santificar las fiestas regula un deber esencial del hombre con su Creador y Redentor. En este día dedicado a Dios le damos culto especialmente con la participación en el Sacrificio de la Misa. Ninguna otra celebración llenaría el sentido de este precepto.

Junto al domingo, la Iglesia determinó las fiestas que conmemoran los principales acontecimientos de nuestra salvación: Navidad, Pascua, Ascensión, Pentecostés, otras fiestas del Señor, y las fiestas de la Virgen. Junto a éstas, los cristianos celebraron desde el principio el die natalis o aniversario del martirio de los primeros cristianos. Las fiestas cristianas llegaron incluso a ordenar el mismo calendario civil. Siguiendo el calendario, la Iglesia “conmemora los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que en cierto modo se hacen presentes en todo momento para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación” (10).

El centro y el origen de la alegría de la fiesta cristiana se encuentra en la presencia del Señor en su Iglesia, que es la prenda y el anticipo de una unión definitiva en la fiesta que no tendrá fin (11). De ahí la alegría que inunda la celebración dominical, como aparece en la Oración sobre las ofrendas de la Misa de hoy: Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno. Por eso nuestras fiestas no son un mero recuerdo de hechos pasados, como puede serlo el aniversario de un acontecimiento histórico, sino que son un signo que manifiesta y hace presente a Cristo entre nosotros.

La Santa Misa hace presente a Jesús en su Iglesia y es Sacrificio de valor infinito que se ofrece a Dios Padre en el Espíritu Santo. Todos los demás valores humanos, culturales y sociales de la fiesta deben ocupar un segundo lugar, cada uno en su orden, sin que en ningún momento oscurezcan o sustituyan lo que debe ser fundamental. Junto a la Santa Misa, tienen un lugar importante las manifestaciones de piedad litúrgica y popular, como el culto eucarístico, las procesiones, el canto, un mayor cuidado en el vestir, etc.

Hemos de procurar, mediante el ejemplo y el apostolado, que el domingo sea “el día del Señor, el día de la adoración y de la glorificación de Dios, del santo Sacrificio, de la oración, del descanso, del recogimiento, del alegre encontrarse en la intimidad de la familia” (12).

III. Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria, leemos en la Antífona de entrada (13).

El precepto de santificar las fiestas responde también a la necesidad de dar culto público a Dios, y no sólo de modo privado. Algunos pretenden relegar el trato con Dios al ámbito de la conciencia, como si no debiera tener necesariamente manifestaciones externas. Sin embargo, el hombre tiene el deber y el derecho de rendir culto externo y público a Dios; sería una grave lesión que los cristianos se vieran obligados a ocultarse para poder practicar su fe y dar culto a Dios, que es su primer derecho y su primer deber.

El domingo y las fiestas determinadas por la Iglesia son, ante todo, días para Dios y días especialmente propicios para buscarle y para encontrarle. “Quaerite Dominum. Nunca podemos dejar de buscarlo: sin embargo, hay períodos que exigen hacerlo con más intensidad, porque en ellos el Señor está especialmente cercano, y por lo tanto es más fácil hallarlo y encontrarse con Él. Esta cercanía constituye la respuesta del Señor a la invocación de la Iglesia, que se expresa continuamente mediante la liturgia. Más aún, es precisamente la liturgia la que actualiza la cercanía del Señor” (14).

Las fiestas tienen una gran importancia para ayudar a los cristianos a recibir mejor la acción de la gracia. En esos días se exige también que el creyente interrumpa el trabajo para poder dedicarse mejor al Señor. Pero no hay fiesta sin celebración, pues no basta dejar el trabajo para hacer fiesta; tampoco hay fiesta cristiana sin que los creyentes se reúnan para dar gracias, alabar al Señor, recordar sus obras, etcétera. Por eso indicaría poco sentido cristiano plantear el domingo, la fiesta, el fin de semana..., de manera que se hiciera imposible o muy difícil ese trato con Dios. A algunos cristianos tibios les sucede que acaban por pensar que no tienen tiempo para asistir a la Santa Misa, o lo hacen precipitadamente, como quien se libera de una enojosa obligación.

El descanso no es sólo una oportunidad para recuperar fuerzas, sino que es también signo y anticipo del reposo definitivo en la fiesta del Cielo. Por eso la Iglesia quiere celebrar sus fiestas incluyendo el descanso laboral, al que por otra parte tienen derecho los fieles cristianos como ciudadanos iguales a los demás; derecho, que el Estado ha de garantizar y proteger.

El descanso festivo no debe interpretarse ni ser vivido como un simple no hacer nada -una pérdida de tiempo-, sino como la ocupación positiva y el enriquecimiento personal en otras tareas. Hay muchos modos de descansar, y no conviene quedarse en el más fácil, que muchas veces no es el que mejor nos descansa. Si sabemos limitar, por ejemplo, el uso de la televisión también los días de fiesta, no repetiremos tanto la falsa excusa de que “no tenemos tiempo”. Al contrario, veremos que esos días podemos pasar más tiempo con la familia, atender a la educación de los hijos, cultivar el trato social y las amistades, hacer alguna visita a unas personas necesitadas, o que están solas o enfermas, etcétera. Es quizá la ocasión que estábamos buscando para poder conversar detenidamente con un amigo; o el momento para que el padre o la madre puedan hablar a solas, al hijo que más lo necesita y escuchar. En general, hay que “... saber tener todo el día cogido por un horario elástico, en el que no falte como tiempo principal -además de las normas diarias de piedad- el debido descanso, de tertulia familiar, la lectura, el rato dedicado a una afición de arte, de literatura o de otra distracción noble: llenando las horas con una tarea útil, haciendo las cosas lo mejor posible, viviendo los pequeños detalles de orden, de puntualidad, de buen humor” (15).

padre Francisco Fernández Carvajal

 

 

"Vosotros sois testigos"

La oración que hoy hacemos con toda la Iglesia es la siguiente: "Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente". En el terreno de la vida natural es muy difícil un rejuvenecimiento real. Los intentos de la ciencia para garantizarnos una juventud duradera son vanos. Los años nos dominan sin remedio. Necesariamente declinamos. Pero, en el orden de la vida del espíritu, no debe haber ancianidad. Jesucristo nos da la base para una continua renovación y rejuvenecimiento.

La celebración del Misterio Pascual, en estos días, nos recuerda nuestra realidad cristiana. Estamos bautizados, somos hijos de Dios, hemos recibido el don de la adopción, hemos resucitado con Jesucristo. Todo esto es causa de alegría para cuantos tienen viva su fe. Los discípulos de Jesús se encontraban totalmente hundidos, con motivo de la muerte de su Maestro. Se habían venido abajo. Atemorizados, desilusionados por completo, dominados por la tristeza y por el miedo. La presencia de Jesucristo resucitado les devolvió su fe y su alegría. San Lucas, en el relato evangélico de este día, nos hace imaginar la transformación que se obró en ellos. Las palabras de Jesús nos hablan del cambio obrado en sus corazones. Todavía, escribe San Lucas, que el Señor "les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras". Hasta que, recobrados y confortados con la presencia de aquella realidad que tenían ante sus ojos, se obró en ellos una completa renovación.

Nosotros podemos imaginar el cambio. Nosotros, que, con frecuencia, caemos en una situación parecida. Siempre que las cosas nos vienen mal, cada vez que estamos en alguna prueba o tropezamos con dificultades, que nos fuerzan a abrazar generosamente la cruz. Sí, también nosotros nos hundimos, nos entristecemos, nos dejamos vencer por el miedo y la desilusión. Entonces, como los discípulos, necesitamos de la presencia de Jesús.

El Señor fue bueno con ellos. Siempre, como buen Pastor que busca a sus ovejas, fue a su encuentro para ayudarles. Comprensivo y conociendo su situación interior, condescendió hasta dejarse palpar. Les mostró sus manos y sus pies traspasados por los clavos. Pidió de comer. Comió y bebió con ellos, como lo recordaba luego San Pedro (Hech 10,41). Mucho antes que San Pablo y mejor que cualquiera otro, Jesús practicó la caridad y la comprensión con los débiles en la fe.

Esta es también una lección necesaria. Hay alrededor de nosotros muchas personas necesitadas de ayuda. Hombres y mujeres de fe débil o dormida. ¿Es que no deberíamos nosotros practicar, a nuestra vez, la comprensión con esas personas, a quienes Jesucristo, no cabe duda, quiere ayudar siempre? ¿Es que no podemos ser nosotros los instrumentos de Jesucristo para que, en contacto con él, renazcan a la fe y a la esperanza? Al tocar este tema yo no puedo menos de recordar a los niños a los adolescentes, a quienes nos debemos, en orden a la educación en su fe cristiana. Hoy nos quejamos de la situación en que se encuentran muchos niños, que parecen no tener padres que se cuiden de ellos y los eduquen cristianamente. Los maestros suelen decir que son los padres quienes han de cuidarse de la educación cristiana, porque la mayoría de sus alumnos no reciben en sus hogares la fe; los padres no la viven. Para nada se preocupan del problema religioso de sus hijos.

Sobre todos nosotros pesa la responsabilidad de educarlos en la fe cristiana. Tenemos la obligación de salir a su encuentro y ayudarles. Su fe es débil. No es posible en esa edad, de ordinario, vivir una fe adulta y fortalecida contra todo peligro. Debemos ser comprensivos con los débiles en la fe. Debemos acercarnos a ellos con todo cariño. Como lo hizo Jesús con sus discípulos cuando vacilaban. Siempre, el contacto con los jóvenes y con los niños, que están llenos de vitalidad, nos rejuvenece. En contacto con los adolescentes, se siente uno siempre joven.

Pero ¡cuidado! más que su juventud, sus inquietudes y su espíritu abierto, lo que a nosotros puede rejuvenecernos, en definitiva, es el contacto con Jesucristo, que, en ellos, sale de nuevo a nuestro encuentro. Viene a nosotros pidiéndonos que le ayudemos. En esos pequeños, Jesucristo reclama comprensión; nuestro cariño y nuestra caridad. En contacto con él, queda renovado nuestro espíritu, siempre se rejuvenece nuestra fe.

Radio Vaticano

 

 

1. El peligro de reducir la fe del creyente a pura afirmación de la ortodoxia cristiana esta ahí, a la vuelta de la esquina.

La revelación de Dios en Cristo Jesús comporta un mensaje al que, por la fe, presta adhesión el creyente; pero la tentación y el peligro estriban en concederle tan solo una asunción intelectual, sin incidencia en la vida práctica. Y esto es desnaturalizar a un mismo tiempo la razón de ser del mensaje y la entraña más viva y caliente de la fe. Porque el mensaje es de vida y no de ideología, y la fe es adhesión obediencial que se expresa en la conversión y compromete toda la persona. La ortodoxia es inseparable de la ortopraxis. Lo decía ya san Juan en su primera carta: “En esto sabemos que le conocemos; en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “Yo lo conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no esta en él”.

2. Hay en todo esto un llamamiento al realismo. El Resucitado aduce el testimonio de las llagas de sus manos y de sus pies crucificados: “Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Y el Resucitado comió “un trozo de pez asado” a la vista de sus discípulos que no acaban de dar crédito a lo que estaban viendo, porque lo tenían delante.

Este realismo es reclamado por el mensaje de vida y por la adhesión personal de la fe. ¿De que valdría afirmar el mensaje en la pura zona intelectual si luego no fuéramos a buscar las heridas de tantas manos de hijos de Dios y los agujeros de los clavos de tantos crucificados en los que el Resucitado se hace presente?

A partir de la afirmación de que “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús”, todo creyente en el Evangelio de Jesús ha de afirmar que “el autor de la vida" es muerto y asesinado de nuevo cuando de nuevo se mata y se asesina a los hijos de Dios. El realismo de la fe se convierte de este modo en un compromiso de la fe.

3. Es este el cometido de todo creyente y la responsabilidad inesquivable de quien se dice seguidor del Señor Resucitado. La ignorancia de este realismo ––ver en quien padece y sufre la permanente presencia de la Cruz y ver en todo hombre a un hijo de Dios por la fuerza del Resucitado – es aducida por el apóstol Pedro en un gesto de benevolencia; pero el mismo apóstol califica al creyente como “testigo” de este imperioso realismo de la resurrección. ¿Habrá que recordar la relación entre ese "testimonio” y el “martirio”?

Las Escrituras son claras al subrayar que la resurrección no estalla sin el previo paso por el padecimiento y la cruz, sin la previa conversión del que quiere seguir la ruta del Resucitado. Pero se trata de un padecimiento, de una cruz y de una conversión que ha de traducirse en acercamiento efectivo al mundo de los hombres y en un compromiso con los problemas del mundo de los hombres. Falta de este realismo, la fe se diluye en adhesión a lo que el mismo Cristo llamará “fantasma”.

padre Antonio Díaz Tortajada

 

 

En este tiempo Pascual, la Madre Iglesia nos llama a todo creyente a bendecir al Padre de la Misericordia, por el don de su Hijo Jesús que, ofreciéndose en la cruz por nosotros, nos ha reconciliado perdonándonos nuestros pecados ante el Padre y ha puesto el verdadero fundamento de la Reconciliación y de la Paz entre los hombres. Como dirá san Pablo: "... el ha destruido el muro de odio que nos separaba..."; "...ya no hay ni judío ni griego...., todos somos uno en Cristo Jesús...".

Así, la humanidad entera es llamada por el Misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo a la condición primigenia; esto quiere decir que, en Cristo la creación entera es recreada, no porque sea otra distinta a la primera, sino ante la consecuencia de la fuerza del pecado y esclavitud a la cual el hombre se encuentra sometido alejado de Dios. Este pecado de soberbia-rebeldía cometido del principio ha perdido la semejanza con Él. Pero Dios en su infinito amor fiel como el profeta Amos dice: "...aunque una madre se olvidase de su hijo, yo nunca me olvidaré...", y porque Dios no abandona la obra de sus manos, en este tiempo Pascual podemos exclamar con fe y esperanza, uniéndonos a san Pablo: "....quien nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, ni la muerte ni la vida ..."

Entonces, el hombre en Cristo y sólo por Él, puede recobrar el ser imagen y semejaza de Dios, pues en el Hijo Unigénito que ha derramando su sangre en la Cruz por nosotros, ha sellado la Nueva Alianza entre Dios y los hombres. Es así que, las palabras del libro del Génesis expresan esta dignidad con la cual el hombre ha sido creado y el porque de la venida de Cristo: "... Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza....".

De esta manera, la primera lectura del presente domingo narra en la exposición que hace san Pedro de los acontecimientos ocurridos. En este pasaje se explica que detrás de todo aquello ha existido un designio preestablecido que debía de cumplirse. Este designio del cual se refiere san Pedro es a la voluntad del Padre, de rescatar al hombre por medio de Jesús.

Por eso que comienza haciendo mención: "... el Dios de Abraham, de Isaac, de Dios Jacob...". Este es el enlace en la historia de Salvación con la historia humana.

Cristo en la encarnación ha asumido la realidad de la humanidad menos la del pecado. De aquí la llamada a la conversión por parte de san Pedro a sus oyentes, porque sólo se puede participar del don del perdón y del amor de Dios, si el hombre se deja juzgar por la misericordia del Padre reconociendo sus pecados aunque haya sido ignorante en el cometerlos.

Cuando la Buena Nueva del Evangelio llega a los oídos del hombre, en Cristo se le ilumina su existencia y se comienza a realizar el cambio de vida y de mentalidad, como decían los griegos la metanoia: cambio de mentalidad, cambio de dirección en la vida. Entonces este anunció de san Pedro no es de acusación sino para ayudar a sus oyentes a confiarse en el perdón que en Jesús el Padre ofrece a todo hombre que se arrepiente. Como el mismo Cristo lo ha dicho repetidas veces en los evangelios: "... no he venido a condenar sino a salvar...".

Cuando san Juan dice: "... tenemos un abogado que intercede por nosotros ante el Padre..."; esta haciendo presente que, en el Anuncio de la Buena Nueva, el perdón precede. Por eso, el hombre que escucha el anuncio del evangelio y se le ilumina su vida: agitada, turbada y pecaminosa, y se acoge a este mensaje, puede entrar en la paz y consuelo porque lo lleva al perdón no sacramental, sino a la experiencia que en Cristo sus pecados son perdonados y el hombre acogiéndose a esta iniciativa de Dios comienza una entrada a la conversión, como lo dice los Hechos de los Apóstoles: "... que tenemos que hacer hermanos, y responde Pedro: conviértanse y que cada uno se haga bautizar en el nombre de Cristo ...". Por eso que al final de la lectura san Juan dirá: "... quien no observa sus mandamientos es un mentiroso...", en otro texto el mismo apóstol dirá: "... quien no ama a su hermano, no puede amar a Dios a quien no ve, es un mentiroso...", porque el hombre que ha nacido de Dios en Cristo Jesús vive según el mandato de Cristo: "... amaos como yo os he amado...". El acontecimiento pascual nos lleva a los creyentes a renovarnos en la vida a la cual Dios nos llama, esto es vivir según su amor entre los hombres, por que nuestra vocación es vivir en la santidad que es la participación en la vida Divina.

El cristianismo, por lo tanto, es un acontecimiento que debe irrumpir en cada hombre, pues el hecho que los apóstoles no comprendieran las escrituras significaba que las promesas aún no se habían cumplido en su plenitud y porque aceptar el misterio redentor de Dios implicaba la realización del misterio de la cruz de Cristo. Desde aquí se desvelaba el misterio para la humanidad.

Así tenemos que, en el Evangelio cuando Cristo dice a los apóstoles: "... miren mis manos y mis pies que soy Yo ...", "... un fantasma no tiene ni carne ni hueso ..."; estos hechos están significando que la fe a la cual somos llamados abrazar y Creer en Aquél que Dios ha enviado para nuestra salvación; esta fe pasa por la experiencia del encuentro en nuestra vida personal con el Resucitado; pues la liturgia en la Iglesia que celebramos nos llevan a celebrar la fe en Nuestro Señor Jesús, a fortalecer la fe, a nutrirla, pero para esto tenemos que ser iniciados, introducidos. Por eso, en el evangelio Cristo: "... abrirá sus inteligencias...", nos esta diciendo que el creyente tiene que ser uno que debe ser iniciado, para luego convertirse en testigo y de una u otra manera llevar en esta pedagogía en la fe a sus oyentes, para que igualmente puedan abrazar la fe. Pues, Dios crea al hombre con la capacidad de abrirse a la trascendencia, es sensible, pero necesita la revelación, es el caso de Zacarías cuando esta en el templo y se le presenta el Ángel del Señor y se sorprende se asusta, y este la experiencia del hombre que no ha sido alcanzado por la revelación, por el misterio pascual de Cristo.

La Iglesia como Madre y Maestra de Humanidad, en este tiempo pascual nos quiere conducir por los torrentes de agua viva que se ha inaugurado con la Pascua del Señor Resucitado. Dos comentarios nos pueden ilustrar: san Ireneo de Lion dice: "... el tesoro escondido en el campo, como narra los evangelios, esta referido a Cristo, por eso el lenguaje usado a manera de parábolas por Cristo no se comprendían hasta el cumplimiento de las promesas (san Ireneo Lion Adv. Haer. IV,26)..."; san Ambrosio dice: Cristo muestra las manos a los apóstoles, para significar que con esas cicatrices sube al Padre, para mostrarle el precio de la liberación de la humanidad (san Ambrosio, comt. Al evang. de Lc. 10) ..."; texto inspirado, en la segunda lectura de san Juan.

Que el aniversario de la muerte de santo Toribio de Mogrovejo (400 años), sea una garantía, que la obra Redentora de Cristo esta operando en la historia de la humanidad, y se concretiza en los hombres que se acogen al designio de Dios que aman hacer su voluntad: "... para que los hombres viendo vuestras buenas obras den gloria a Dios...".

padre Oscar Balcazar Balcazar

 

 

Estamos en el Tiempo de Pascua, tiempo de alegría, tiempo de contemplar a Cristo Resucitado, pero hoy en las lecturas sucede una cosa muy curiosa: la liturgia  nos presenta unas lecturas donde en todas se repiten las mismas palabras: “conversión y perdón de los pecados”.

En la primera lectura Lucas en los Hechos de los Apóstoles nos decía al final del texto: “Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados”

En la segunda lectura San Juan nos decía: “Os escribo esto para que no pequéis, pero si alguno peca...”

Y el mismo Jesús nos decía al final del evangelio: “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados”

Delante de este hecho nos podemos preguntar ¿cómo es que en plena celebración de la pascua, de la resurrección del Señor, se nos quiere remarcar estas ideas de perdón de los pecados y conversión?

La respuesta es para que no olvidemos que la pascua es una llamada a resucitar con Cristo, es una llamada a vivir la vida nueva de Cristo, es una llamada a la conversión y a vencer el pecado.

El Hijo siendo Dios se ha hecho hombre, se ha encarnado, ha vivido entre los hombres, ha llevado una vida oculta y una vida pública donde ha predicado la Buena Noticia por los caminos de Palestina, ha curado a los enfermos como signo de la liberación que nos ha venido a traer, y finalmente ha muerto, ha resucitado, y nos ha comunicado el Espíritu Santo. ¿Por qué todo esto? ¿Cuál es el sentido profundo de todo esto?… La finalidad última de todo esto es que JC quiere liberarnos del pecado.

El pecado es una cosa tan grave que ha merecido que el Hijo de Dios muriera para quitarlo de nuestra vida. A veces tenemos una actitud poco combativa delante del pecado. San Juan de la Cruz decía que un pájaro puede estar atado por una cadena (pecados mortales) o por un hilo (pecados veniales), la consecuencia es la misma: no puede volar. El pecado venial consentido nos ata, nos encadena, en el camino de la santidad.

Frente al pecado (venial y mortal) hemos de poner unos medios (humanos y espirituales) para no volver a pecar.

Es bueno que la liturgia nos proponga estas lecturas hoy, porque corremos el riesgo de quedarnos en la alegría pascual,  las flores, los cantos gozosos y ya está. Es un riesgo. El tiempo pascual quiere ayudarnos a culminar todo el proceso de conversión, de lucha contra el pecado, que empezamos al inicio de la Cuaresma. La intensidad cuaresmal, aquellos deseos que cultivamos de conversión y de cambio, es necesario que ahora culminen.

De manera que estos días, nos han de servir para resucitar nosotros ya ahora y aquí.

Si con los años no viendo una mejoría en nuestra personalidad, en nuestro construirnos como a cristianos quiere decir que alguna cosa no la estamos haciendo bien. El camino cristiano es un camino de cristificación, de irnos haciendo parecidos a Cristo, de ser movidos cada vez con más intensidad por su Espíritu.

Respecto al evangelio tres ideas breves:

La primera es que Jesús nos trae la paz: “Paz a vosotros”. Muchas de les apariciones del resucitado empiezan con estas palabras.

Domingo pasado por tres veces Jesús decía estas palabras. ¡Vale la pena pensarlo! Jesús es quien nos da la paz. Él es el único que tiene poder para darnos la paz verdadera. Es necesario que le pidamos esta paz. Cuando con jóvenes visito algún convento de clausura al salir todos coinciden en decir: “tienen paz y están alegres”. Contemplemos a Cristo como aquel que nos da la paz, pidámosle este gran don.

La segunda idea nace de las palabras del evangelista: “Les abrió el entendimiento para comprender las escrituras”. La Palabra de Dios hace falta que sea el eje central de nuestra vida cristiana. Y cuando nos ponemos a meditarla y contemplarla es necesario que le pidamos al Señor que nos ayude a comprender el sentido de las escrituras, hacerlo siempre, siempre.

La tercera idea breve es que de todo esto Jesucristo nos hace testimonios. “Vosotros sois testigos de esto” Nosotros hace falta que seamos testimonios de que JC nos ha liberado del pecado,  nos hace resucitar (ya ahora y aquí), nos comunica una vida nueva que nos hace felices, y como resultado de todo esto: tenemos paz y estamos en paz. Aunque no nos vaya todo bien: tenemos paz. Y de todo esto Jesús nos dice que nosotros somos testimonios.

padre Francesc Jordana Soler

 

 

“Experimentar” al Resucitado

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Juan 20,19-31

¡Hemos visto al Señor! ¡El Señor se ha dejado ver por nosotros! Su presencia ha irrumpido tan intensa e íntimamente en nosotros, que ya también nosotros somos su presencia actual, su presentación y representación, su puesta al día, sus testigos y testimonios expertos y fehacientes.

A partir de tan privilegiada experiencia, de tan primordial visión, ni como personas ni como grupo podemos prescindir de decir al Señor Resucitado. Nuestras palabras y nuestras obras ya pueden y deben decirlo y actuarlo ante los hombres. Porque el Señor se nos ha aparecido, nuestra mejor misión y gloria es parecernos a Él. El Espíritu que Él nos ha exhalado, es quien pondrá en nuestros labios las palabras apropiadas para predicarlo y mostrarlo ante el mundo. Por muchas mordazas que pongan en nuestros labios, por muchos grillos que pongan en nuestros pies, en toda la tierra resonará por nosotros la Palabra del Señor y a todos los rincones llegarán nuestros pasos.

Empezaremos por Tomás y por los más cercanos, anunciándoles lo que, al que hemos visto y creído. Elegiremos los mejores hechos y seleccionaremos las mejores palabras, con lo que despertar en nuestros oyentes presenciales los deseos de creer en Cristo y recibir salvación. Conscientes de que al hablar del Señor es mucho lo que se nos queda en el tintero del alma y más todavía lo que de él se podría escribir y decir, nos esforzaremos por hacer de nuestras vidas un libro abierto y legible en el que los hombres, nuestros hermanos, puedan leer y creer lo que Dios Padre hizo y dijo mediante su Hijo Jesús para que todos llegáramos a ser hijos en el Hijo y hermanos de todos los hombres.

Con el Espíritu que el Resucitado ha exhalado en nosotros, Espíritu de amor Dado y Recibido, nos expropiaremos como Cristo para hacernos propiedad común, y para no llamar propio a nada de lo que tengamos. En el partir y compartir con los hermanos lo mejor que somos y tenemos, daremos valerosamente testimonio de que Cristo vive resucitado en nosotros. No sabemos si muchos o pocos, pero lo que sí nos asegura el Espíritu de Cristo Resucitado es que, de ser fieles testigos, el Señor irá agregando al grupo los que se vayan salvando. No será poco el prestigio, ni débil las credibilidad, que de esta forma adquirirá nuestra Comunidad, si mantenemos encendida y viva la experiencia de haber visto al Señor. Y lejos de una fe vencida, nuestra fe vencerá y convencerá al mundo.

padre Juan Sánchez Trujillo

 

 

“El Mesías tenía que padecer y resucitar”.

Continuamos con el camino de la Pascua, celebrando la resurrección del Señor Jesús, celebrando la vida nueva que tenemos ya en prenda, gracias al Bautismo. De la resurrección es de lo que nos hablan las lecturas de este domingo. La primera, de los hechos de los apóstoles, y el Evangelio, de Lucas, tienen una gran similitud en su mensaje.

Dice el Evangelio: “Todo lo escrito tenía que cumplirse: el Mesías padecerá, resucitará y en su nombre se predicará la conversión”. Resalto esta idea porque se dice también en la primera lectura. Ya estaba escrita la pasión y la resurrección de Cristo antes de pasar. Dice la primera lectura: “Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó... lo hicisteis por ignorancia, pero Dios cumplió de esta manera lo dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer”. En Cristo se cumplen muchas profecías del Antiguo Testamento. Esto quiere decir que el Antiguo Testamento hay que leerlo y entenderlo desde Cristo. No quiere decir que se pueda adivinar el futuro o que el futuro esté escrito en algún sitio. El futuro depende de la gracia de Dios y de la libertad del hombre.

Estaba anunciado que el Mesías tenía que padecer. Probablemente los discípulos de Jesús conocían lo que decían las Escrituras a este respecto; sin embargo cuando le llegó la cruz a Cristo, todos se espantaron de él, todos le abandonaron. ¿Por qué? Pensarían que eso no le podía pasar a su Jesús ó hemos de ver una vez más que una cosa es saber, conocer, tener referencia sobre algo y otra cosa distinta es vivirlo. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Una cosa es saberlo con la cabeza y otra pasarlo por el corazón. Por esto creo que es importante vivir y dejar vivir. Uno no está en situación de comprender a los demás hasta que no ha pasado por situaciones semejantes. Jesucristo está perfectamente capacitado para comprendernos porque ha pasado por la experiencia del dolor.

También podríamos decir, en algún sentido similar, que nuestro sufrimiento está anunciado, nuestra muerte está anunciada. No porque nadie conozca cuándo y cómo va a ser, pero será. Es conveniente saber estas cosas y no pensar que son cosas que les pasan a los demás, pero a nosotros no nos van a suceder. Por eso yo creo que la muerte y el sufrimiento, la enfermedad y el dolor, no hay que ocultárselo a nadie; a parte de que es inútil. Hay que ver estas realidades y aprender a asumirlas, a vivirlas, pues son circunstancias humanas que nos humanizan, nos hacen mejores personas si las sabemos enfocar cristianamente.

Estaba anunciado que iba a resucitar. También esto estaba anunciado. Sin embargo la muerte en la cruz desconcertó tanto a los discípulos de Jesús que se apoderó de ellos un gran miedo, que les hizo esconderse de los judíos. La confusión, la perplejidad, la tristeza, les invadieron sus vidas. El acontecimiento de la muerte les desbordó y no supieron entender lo que habían dicho las Escrituras: que tenía que resucitar. Por eso cuando Jesucristo se les aparece les tiene que mostrar su cuerpo con las señales de la crucifixión (no sólo a Tomás) y come con ellos. Después de esta experiencia los apóstoles quedarán transformados porque han sido testigos de un hecho inaudito; Cristo ha vencido al mal, Cristo ha vencido a la muerte, Cristo sigue vivo.

También de un modo similar podemos decir que nuestra resurrección está anunciada porque Cristo ha resucitado y porque hemos sido incorporados a su muerte y a su resurrección por medio del Bautismo. Sin embargo nos puede pasar, nos suele pasar como a los apóstoles, las muertes que vivimos invaden todo nuestro ser, producen en nosotros grandes heridas y amplias dudas. Nuestra fe aquí tiene mucho que decir. Nuestro testimonio ante personas que pasan por estas circunstancias tiene mucho que decir. Hemos de ser personas de esperanza. Que viven la esperanza en un futuro mejor aquí en la tierra y después en el cielo. Hemos de ayudar a los demás a salir de las circunstancias de la muerte y a abrirse a la Vida que Dios nos regala.

Podríamos decir que las lecturas de este domingo III de Pascua nos vienen a decir que Dios cumple sus promesas, Dios es fiel a lo que ha dicho y ha hecho en su Hijo Jesucristo. Por eso esta celebración es una invitación a confiar plenamente en Dios, a ponernos una vez más en sus manos, con la confianza de que él irá realizando en nosotros, con nuestra colaboración, la gestación y el desarrollo de la vida divina que nos ha proporcionado el triunfo de Jesús sobre la muerte.

Que confiemos en Dios, que confiemos en su Palabra, en sus promesas.

padre Pedro Crespo

 

 

Pedro habla en nombre de la Iglesia con audacia, sin los miedos que antes tenía; recuerda los milagros de Jesús y su muerte y resurrección. Pedro habla con la fuerza del "Espíritu de verdad". “Su discurso se centra en la proclamación de la Resurrección que ellos, los apóstoles, han vivido como un hecho de su propia experiencia, pero que lo han interpretado como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Que la resurrección del Señor fuera "según las Escrituras", como dice el símbolo nicenocostantinopolitano, fue desde el principio una de las convicciones más arraigadas en la Iglesia (Hch 13.32-37; 1 Co 15.3)”. El salmo que cita san Pedro, y que leeremos hoy, “expresa la confianza inquebrantable del justo que se apoya en Dios y que no teme ni tan siquiera la muerte. Ahora bien, el autor de este salmo, David, cuya tumba se muestra hoy en Jerusalén, no escapó al poder de la muerte. Por eso cree san Pablo que David hablaba proféticamente en nombre del Mesías, su descendiente, que había de resucitar (cf. 13.32-37) como el primer nacido de entre los muertos. La resurrección es comparada a un nacimiento desde el seno de la muerte, incapaz de retener a Jesús en la corrupción” (“Eucaristía” 1981).

“Las primeras lecturas de este domingo están tomadas de los discursos misioneros pronunciados por los apóstoles ante los judíos. El libro de los Hechos ha recogido ocho discursos: seis van dirigidos a miembros del pueblo elegido (Act 2, 14-35; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 17-41) y dos a paganos (Act 14, 15-17; 17, 22-31). Los primeros recurren a los mismos argumentos y se inspiran en un fondo escriturístico común, sin que siempre sea posible determinar si esas semejanzas son fruto de la redacción de San Lucas o de la catequesis primitiva. De hecho, todos contienen un exordio que recuerda el contexto del discurso, un relato generalmente idéntico de la muerte y de la resurrección de Cristo, apoyado en las Escrituras, una proclamación de la soberanía de Cristo sobre el mundo y un llamamiento a la conversión”. La liturgia de este día presenta, en primer lugar, un fragmento del primer discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés (Maertens-Frisque).

2. En la Entrada decimos: «Aclamad al Señor tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya» (Sal 65,1-2). Es un tiempo de paciencia y esperanza: “la paciencia todo lo alcanza”, como diría Teresa de Jesús y recordamos en el Salmo: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti… «Tú eres mi bien.» / El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano… Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua”...

Junto a Él, estamos seguros. Sabe que todo tiene una razón de bien, que Dios es padre y que reconduce todo hacia el bien, que al final todo serán alegrías, por encima de las tormentas de la tierra, de las cosas que no entendemos… “porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”. “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; / yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»” (v. 1-2). Este arranque constituye el tema principal de toda la oración del salmista. Proclama la relación personal entre el Señor y quien le sirven en exclusividad (cf. 16,4-6), y ante los que dicen “no hay Dios” (Sal 14,1) proclama la esperanza, como también el 23 y recogió bien es espíritu Teresa de Jesús cuando dijo: “quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. “Con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena (v. 8-9). “Me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad” (v. 6).

“Un salmo de una fuerte tensión espiritual”, le llamó Juan Pablo II; dentro de las “dificultades del texto”, en el original hebreo, se trata de “un luminoso cántico místico, como sugiere la profesión de fe del inicio: «yo digo al Señor: "Tú eres mi bien"» (v. 2). Dios es visto como el único bien… Nuestro salmo desarrolla dos temas que son expresados a través de tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la «heredad», término que cimienta los versículos 5 y 6: se habla de «lote de mi heredad», «mi copa»; «suerte». Se usaban estos términos para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Nosotros sabemos ahora que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, pues el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa... me encanta mi heredad» (v. 5-6). Por tanto, da la impresión de ser un sacerdote que está proclamando la alegría de estar totalmente entregado al servicio de Dios”. San Agustín comenta: «El salmista no dice: "Dios, ¡dame una heredad! ¿Qué me darás como heredad?". Dice por el contrario: todo lo que me des fuera de ti no vale nada. Sé tu mismo mi heredad. Eres tú a quien yo amo... Buscar a Dios en Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar».

“El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista expresa la firme esperanza de se preservado de la muerte para poder permanecer en la intimidad de Dios… en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.

El orante utiliza dos símbolos. Ante todo, evoca el cuerpo: los exegetas nos dicen que en el original hebreo (vv. 7-10) se habla de «riñones», símbolo de las pasiones y de la interioridad más escondida; de «derecha», signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso de «hígado», que expresa emotividad; de «carne», que indica la existencia frágil del hombre; y por último de «aliento de vida».

Se trata por tanto de la representación de todo el ser de la persona, que no es absorbido ni aniquilado en la corrupción del sepulcro (v. 10), sino que es mantenido en una vida plena y feliz con Dios.

Aparece, así, el segundo símbolo del Salmo 15, el del «camino»: «Me enseñarás el sendero de la vida» (v. 11). Es el camino que conduce al «gozo en tu presencia» divina, a la «alegría perpetua a tu derecha». Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que amplía la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.

De este modo, es fácil comprender por qué el Salmo ha sido tomado por el Nuevo Testamento para hacer referencia a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte del himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: «Dios le resucitó [a Cristo] librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hch. 2,24).

San Pablo hace referencia al Salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo durante su discurso en la sinagoga de Antioquia de Pisidia. También nosotros lo proclamamos desde esta perspectiva: «No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio aquel a quien Dios resucitó [Jesucristo], no experimentó la corrupción» (Hch 13, 35-37)”.

También hay aquí “una intuición psicológica de la seguridad de uno que ama y por eso «siente» que la muerte no puede separarle de esa persona amada. Y como Dios es esta persona amada su omnipotencia puede extenderse sobre la vida y sobre la muerte. Estamos en la lógica del amor. El amor que desarma a la muerte: un tema vivo en cierta literatura contemporánea. Un novelista pone en boca de Cristo estas palabras: ‘Sí; esto es el milagro. Quien ame a los demás como yo he amado, después de la muerte vivirá... Y el ángel del sepulcro dice: él no puede permanecer en la muerte; la muerte es el castigo del egoísmo, se apodera sólo de quien elige existir para si solo’ (L. Santucci)”.

Los que se dedican especialmente a Dios, reciben una cercanía, confianza: “Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha” (v. 10-11). El hecho es que, quizá, nos estamos avergonzando de hablar de la alegría. Afirmaba Bertrand Russel: «Lo único que necesita hay el hombre para elevarse es abrir el corazón a la alegría y dejar que el miedo continúe rechinando los dientes como un fantasma entre las sombras del pasado olvidado». ¿Qué es la alegría? Algo misterioso. Saliendo del colegio me asaltó un niño: “-¡mossèn!” –“¿Qué quieres?” –“nada, quería saludarte, estar contigo” Pensé que ese hablar sencillo de los niños me daba buena definición de amistad, estar con alguien de quien no necesitamos nada más que estar con él. Otra persona, por e-mail, me decía sobre algún texto que le mandé: “Ayer, estaba desmotivado, había discutido con unos compañeros del trabajo y no podía dormir. Me sentía mal, no estaba contento conmigo mismo, ni con ellos y menos con lo que había pasado. Empecé algunos de esos escritos guardados, y me hicieron sentir bien. Me ayudo mucho, me reconfortaron, recobre mi paz y pude dormir. Te lo quería comentar, para que sepas lo mucho que te agradezco que me los envíes y sobretodo que los escribas”.

Ahora, anoto lo que escribe otro: “Alegría de quien puede proclamar una palabra. Una palabra que le molesta y le serena, le inquieta y le conforta, le hace daño y le cura, le amedrenta y le da valor. Alegría de quien puede partir el pan todos los días entre los hermanos. Alegría de quien ­para no citar más que un ejemplo­ ha podido celebrar la eucaristía entre unos centenares de presidiarios, unidos alrededor de un altar improvisado en un oscuro corredor de la cárcel, custodiado por una implacable fila de rejas. Era el 11 de mayo de 1969. Porto Azzurro, Isla de Elba. Una fecha fundamental de mi sacerdocio. La acción de gracias se ha convertido en lágrimas. Y he sido capaz de balbucir: «Aunque sólo me hubiese hecho sacerdote para esta hora, valía realmente la pena... Gracias, Señor». Podría aún continuar... Pero que nadie crea que mi vida es coser y cantar y que mi camino está siempre iluminado por un haz de luz. Conozco momentos de equivocaciones, de desilusión, de desánimo. Alguna vez me sorprendo incluso mirando de reojo «el trozo de tierra» de los otros. Pero después, al hacer el inventario de lo que he recibido, me veo obligado a reconocer que «me ha tocado un lote hermoso» y a gritar que «me encanta mi heredad» (v. 6).

Es un lote que exteriormente puede parecer modesto y limitado. Pero me sobra. Es suficiente. Tengo mi cruz. Y también la de muchos otros. Puedo cultivar mis esperanzas y mis alegrías. Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Contiene mis afanes. Pero también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos. En definitiva estoy seguro de no mentir cuando exclamo: Me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad (v. 6).

Me viene a la mente el título de un libro del sacerdote escritor J. Montaurier: «La alegría de ser verdadero». Pienso que se aplica especialmente al sacerdote. El sacerdote es verdadero cuando desaparece. Cuando detrás de sí deja adivinar, trasparentar a Alguien. Nuestro papel es el de ser «signos». «Significar» es ciertamente un papel ingrato porque deja subsistir la inquietud, la duda de la propia opacidad. Además nunca se sabe si se llega a hacer algo en el corazón del hombre.

Cuando se es «signo» no es posible jamás hablar de éxito, de conquistas, y ni quisiera tener una contabilidad que tranquilice en los momentos de desaliento. El éxito es siempre el éxito de otro.

Sin embargo es ésta precisamente la fuente más segura de la alegría de un sacerdote. Desaparecer ­la gloria del «siervo inútil»­, hacerse trasparente, para dejar entrever la presencia de otro. Con esta clave creo que hemos de leer el v. 1 del salmo: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti».

Este «refugiarse» no es una evasión, una solución cómoda impuesta por el miedo. Es simplemente la «verdad» del sacerdote. De quien puede gritar la propia alegría de ser verdadero… Yo digo al Señor: «Tu eres mi bien» (v. 2)… Por tanto, no hemos de admirarnos de que nuestra alegría haya sido hecha pedazos. Y que los pedazos que fatigosamente recogemos nos hieren las manos...” (Alessandro Pronzato).

Este salmo es Cristológico, por Él y por nosotros, y toca el tema de la felicidad, como dice una traducción de P. Claudel: "Permitidme medir maravillado esta herencia que me cayó del cielo... Tú me has saciado con tu rostro... Escucha lo que te digo muy quedo para que solamente Tú lo oigas: Oh, el Señor que no he merecido de ninguna manera... ¡Magnífico! ¡La porción que me tocó es algo del otro mundo! ¡La parte que me tocó no hay cómo ponderarla, es algo bello!... Tú has embriagado mi corazón, Tú has desatado mi lengua... Lléname de las delicias de tu rostro, lugar en que todos los caminos terminan..."

«¡No hay dicha para mí fuera de ti!» Cuando el salmo habla de heredad y tierra, Dios ha venido a ser, por consiguiente, la «Tierra» del orante. Dios “está siempre a mi diestra”. Este “caminar con Dios, saberlo siempre cercano, tratar con él, mirarle y dejarse examinar por El, he ahí lo que constituye el centro de esta prerrogativa de los levitas. De esta suerte, Dios se hace verdaderamente una tierra, el territorio de nuestra vida. Y así vivimos y «moramos» en su casa. El salmo enlaza aquí con todo lo que hemos encontrado en Juan. En consecuencia, ser sacerdote significa: ir a su casa y de este modo aprender a ver, permanecer en su morada... Este salmo se halla construido en torno a la afirmación fundamental de la existencia del levita: «El Señor es mi porción»... Este salmo representara para la Iglesia antigua la gran profecía de la Resurrección, la descripción del nuevo David y del Sacerdote definitivo, Jesucristo. Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte. El misterio de Jesucristo, su muerte y su resurrección resplandecen allí donde la pasión de la palabra y su indestructible fuerza vital se hacen experiencia viva.

Para que esto se haga realidad no es preciso llevar a cabo grandes transposiciones en nuestra propia espiritualidad. Pertenecen a la esencia misma del sacerdocio aspectos tales como el estar expuesto del levita, la carencia de una tierra, el vivir proyectado hacia Dios. El relato de la vocación de Lucas (5,1-11), que consideramos al principio, concluye lógicamente con estas palabras: «Ellos lo dejaron todo y le siguieron» (v.11). Sin ese despojarse de todas nuestras posesiones no hay sacerdocio. La llamada al seguimiento de Cristo no es posible sin ese gesto de libertad y de renuncia ante cualquier compromiso. Creo que, bajo esta luz, adquiere todo su profundo significado el celibato como renuncia a un futuro afincamiento terreno y a un ámbito propio de vida familiar; más aún, se hace indispensable para asegurar el carácter fundamental y la realización concreta de la entrega a Dios. Esto significa, claro está, que el celibato impone sus exigencias respecto a toda forma de plantearse la existencia. No puede alcanzar su pleno significado si nos plegamos a las reglas de la propiedad y del juego de la vida, tal como hoy se aceptan comúnmente. Sobre todo, no puede consolidarse si no hacemos de ese nuestro habitar en la presencia de Dios el centro de nuestra existencia. El salmo 16, como el salmo 119, acentúa vigorosamente la necesidad de una continua familiaridad meditativa con la palabra de Dios; únicamente así puede esta palabra convertirse en morada nuestra. El aspecto comunitario de la piedad litúrgica, que esta plegaria sálmica necesariamente implica, queda de manifiesto cuando el salmo habla del Señor como «mi cáliz» (v.5). Según el lenguaje habitual del Antiguo Testamento, esta alusión se refiere al cáliz festivo que se hacía pasar de mano en mano durante la cena cultual, o al cáliz fatídico, al cáliz de la ira o al de la salvación. El orante sacerdotal del Nuevo Testamento puede encontrar aquí indicado, de un modo particular, aquel cáliz por medio del cual el Señor, en el más profundo de los sentidos, se ha hecho nuestra tierra, el Cáliz eucarístico, en el que él se entrega como vida nuestra. La vida sacerdotal en la presencia de Dios viene de este modo a realizarse de una manera concreta como vida que vive en virtud del misterio eucarístico. La Eucaristía, en su más profunda significación, es la tierra que se ha hecho nuestra heredad y de la que podemos decir: «Cayó para mí la suerte en parajes amenos y es mi heredad muy agradable para mí» (v.6)” (Joseph Ratzinger). Así pedimos en la postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».

3. Hemos sido redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero de Dios, y Melitón dice: «Este es el Cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa Cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquél que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro» (Homilía sobre la Pascua 71).

4. San León Magno explica el profundo cambio que experimentan los discípulos, en sus mentes y corazones: «Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y les reprendió por su resistencia en creer, a ellos que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada». La Pascua de Jesús devuelve su belleza a todo lo creado; es como si el mundo fuese creado nuevamente. Dice al respecto San Ambrosio: "en ella (en la Pascua) resucitó el mundo, el cielo y la tierra; en adelante habrá un cielo nuevo y una tierra nueva".

“Quédate con nosotros, / la tarde está cayendo. / ¿Cómo te encontraremos / al declinar el día, / si tu camino no es nuestro camino? // Detente con nosotros; / la mesa está servida, / caliente el pan y envejecido el vino. // ¿Cómo sabremos que eres / un hombre entre los hombres, / si no compartes nuestra mesa humilde? / Repártenos tu cuerpo, / y el gozo irá alejando / la oscuridad que pesa sobre el hombre. // Vimos romper el día / sobre tu hermoso rostro, / y al sol abrirse paso por tu frente. / Que el viento de la noche / no apague el fuego vivo / que nos dejó tu paso en la mañana. // Arroja en nuestras manos, / tendidas en tu busca, / las ascuas encendidas del Espíritu; / y limpia, en lo más hondo / del corazón del hombre, / tu imagen empañada por la culpa…

Porque anochece ya, / porque es tarde, Dios mío, / porque temo perder / las huellas del camino, / no me dejes tan solo / y quédate conmigo. / Porque he sido rebelde / y he buscado el peligro / y escudriñé curioso / las cumbres y el abismo, / perdóname, Señor, / y quédate conmigo. // Porque ardo en sed de ti / en hambre de tu trigo, / ven, siéntate a mi mesa, / bendice el pan y el vino. / ¡Qué aprisa cae la tarde! / ¡Quédate al fin conmigo! Amén (himno de Vísperas).

«Pues bien, hermanos, ¿cuándo se dejó reconocer el Señor? En la fracción del pan. En nosotros no hay ninguna sorpresa: partimos el pan y reconocemos al Señor. (...) Tú, que crees en El, que no llevas en vano el nombre de cristiano; tú, que no entras en la Iglesia por azar; tú, que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza, hallas consuelo en la fracción del pan. La ausencia de Dios no es una ausencia. Ten fe, y El estará contigo, aunque no lo veas. Estos discípulos durante su conversación con el Señor no tenían fe. No creían que hubiese resucitado y no sabían que podía resucitar. Caminaban, muertos, junto a un viviente; caminaban, muertos, junto a la vida. Junto a ellos caminaba la vida. Pero en sus corazones no había renacido vida alguna.

Si tú quieres la vida, imita a los discípulos y reconocerás al Señor. Le ofrecieron su hospitalidad. El Señor parecía decidido a seguir camino, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al término de su viaje, le dijeron: «Quédate con nosotros, porque es tarde y el día se acaba» Retened con vosotros al extranjero, si queréis reconocer al Señor. La hospitalidad les devolvió lo que la duda les había quitado. El Señor se manifestó en la fracción del pan. Aprended a buscar al Señor, a poseerlo, a reconocerlo cuando coméis. Instruidos en esta verdad, los fieles entienden el sentido de este texto mejor que aquéllos que no son iniciados” (san Agustín).

“Te glorificamos, Padre santo, / porque estás siempre con nosotros en el camino de la vida; / sobre todo cuando Cristo, tu Hijo, nos congrega / para el banquete pascual de su amor. / Como hizo en otro tiempo con los discípulos de Emaús, / él nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan” (Plegaria Eucarística V).

“«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf. Lc. 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.

El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt. 28,20).

La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste. Varias veces, y recientemente en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, siguiendo la enseñanza de los Padres, de los Concilios Ecuménicos y también de mis Predecesores, he invitado a la Iglesia a reflexionar sobre la Eucaristía. Por tanto, en este documento no pretendo repetir las enseñanzas ya expuestas, a las que me remito para que se profundicen y asimilen. No obstante, he considerado que sería de gran ayuda, precisamente para lograr este objetivo, un Año entero dedicado a este admirable Sacramento” (Juan Pablo II).

"Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia. Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria" (San Josemaría Escrivá). Es el encuentro de cada día con Jesús que pasa, que nos sale al encuentro en las mil circunstancias de cada día, si ponemos los medios para verle, para hablarle, para escucharle... Es el trato con Jesús, que “deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto" (id.). "Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, siente que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche (...) Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista , seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo. Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra" (id.).

El salmo se aplicaba a Jesús y al sacerdote, y también aquí la escena de Emaús se aplica a la eucaristía, como recordaba Juan Pablo II: «Desde hace más de medio siglo, cada día, desde ese 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera misa en la cripta de San Leonardo, en la catedral del Wawel de Cracovia, mis ojos se han recogido sobre la hostia y el cáliz en los que el tiempo y el espacio parecen haberse “contraído” y el drama del Gólgota vuelve a presentarse vivo, desvelando su misteriosa “contemporaneidad”. Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y el vino consagrados al divino Viajero que un día se acercó a los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cfr. Lc 24,13-35)». Es un testimonio “de la manera en que ha educado sus ojos a ver lo invisible en la escuela de la fe enamorada del Dios hecho carne, hallado cada día en la celebración eucarística, y a partir de ella le ha enseñado a su corazón a latir al unísono con el del amor divino, a su boca a ser un vehículo de verdad evangélica, a sus manos a realizar obras de caridad y paz, a sus pies a llevar la buena nueva al mayor número posible de hombres y mujeres. Este testimonio, tan personal y cautivante, demuestra, mucho mejor que cualquier razonamiento abstracto, el carácter esencial de la eucaristía para la vida y la identidad del presbítero, cumbre y fuente verdadera de todo lo que éste es y hace. Y este ejemplo me alienta a reflexionar sobre la relación entre el sacerdote y el sacramento eucarístico, memorial de la pascua del Señor, de manera directa y discursiva, dirigiéndome como hermano a mis hermanos presbíteros, no sólo bajo la luz de la fe pensada, sino también bajo la del misterio celebrado y vivido como cita fiel en la sucesión de los días. Escribo así una suerte de carta que dirigida a los amigos sacerdotes, reflexionando con ellos en voz alta, en presencia de nuestro Dios, sobre el mayor don colocado en nuestras manos y sobre las razones que hacen de la eucaristía el acontecimiento que da sentido, fuerza y belleza a cada uno de nuestros días...” (Bruno Forte, dejamos la reflexión que sigue para otro día, que hoy ya ha salido larga).

padre Llucià Pou Sabaté

 

 

 

Es el conocido texto de los Discípulos de Emaús, algo extraordinario porque a Dios lo reconocen “casi después”. ¿Por qué hay gente que no tiene fe? ¿Por qué hay gente que le cuesta entender? Porque muchas veces uno no se da tiempo para encontrarlo. No se da tiempo para encontrarlo en el silencio. Hoy en día no se hace silencio. Y hay gente que tiene miedo al silencio.

A veces, cuando uno va manejando su coche, ve y escucha que el coche de al lado lleva la música a todo volumen, ensordecedora, porque de alguna manera no quieren estar solos, no se quiere pensar, no se sabe hacer silencio. Y a Dios hay que encontrarlo en el silencio, hay que darle espacio.

Pero El se aparece y cuando uno se da cuenta que El aparece, que El está, lo reconoce e inmediatamente tiene que dar testimonio. La fuerza del testigo, la fuerza del misionero, está basada en la fuerza de la experiencia del encuentro con el Señor. Si uno tiene poco fervor misionero, es porque tiene poco encuentro personal con el Señor. Es así.

Uno tiene que tener la experiencia de la fe y cuando tiene esa experiencia, tiene la comunicación viva de lo demás. Cuando uno no tiene la experiencia fuerte, personal, de la fe en el Señor ¿qué transmite?, tristeza, pálidas, resentimientos, opiniones superficiales, cosas que son vacías. ¿Pero por qué? Porque no hay densidad de encuentro.

Vamos a pedir al Señor este famoso binomio, que ha cristalizado muy bien Aparecida, “discípulos y misioneros para que nuestros pueblos en El tengan vida”.

Que seamos siempre sus discípulos.

Que lo escuchemos en su Palabra.

Que lo recibamos en la Eucaristía.

Que lo testimoniemos en nuestra vida.

Así como Cristo fue enviado por el Padre, también nosotros somos enviados por Cristo a cumplir la misión. ¡Y cada uno de nosotros, en cada lugar y en todo lugar, tenemos una misión que cumplir! Pero si no tenemos profundidad de raíces ¿qué misión vamos a cumplir? Si no tenemos profundidad de convencimiento, nuestros mensajes serán muy pálidos y muy pobres.

Queridos hermanos, ¡vivamos como el Resucitado!, ¡vivamos con el Resucitado!, sabiendo que Él nos acompaña para que podamos dar testimonio de vida a los demás.

El mensaje es de El no nuestro, pero nosotros lo hemos recibido, lo hemos heredado y tenemos que transmitirlo.

Que tengamos la experiencia de los discípulos de Emaús.

Que tengamos la prontitud, la generosidad y la fidelidad en la respuesta.

Les dejo mi bendición en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

mons. Rubén Oscar Frassia

 

 

Alegría y paz, hermanos, porque el Señor resucitó.

Una desviación de muchos creyentes es que nos hemos acostumbrado a creer, a hacer de la fe patrimonio cultural, que nos hace cristianos por tradición familiar y no por convicción.

Poco se parece nuestra fe a la fe de Abrahán, que sale de Ur, ni a la que pone en camino al pueblo de Dios por el desierto, ni a la que abre las puertas del Cenáculo el día de Pentecostés.

Hoy San Lucas, al presentarnos al Resucitado compartiendo la comida con los once e iluminándoles con las Escrituras, nos invita a vivir la Misa, sentándonos en la Mesa de la Palabra y de la Comunión.

Las tres lecturas hacen alusión al perdón de los pecados” convertíos y arrepentíos (1ª lectura); El es victima por nuestros pecados (2ª lectura); y en su nombre se predicará el perdón de los pecados en todo el mundo, comenzando por Jerusalén (Evangelio).

El Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados (Lc.24).

Los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén locos de alegría a contar lo que les ha pasado por el camino y cómo reconocieron a Jesús al partir el pan…, y allí encuentran a los once gritando – es verdad, ha resucitado, se ha aparecido a Pedro…, y en este momento Jesús se hace presente.

Después de una relectura meditada de esta escena, la liturgia nos invita a asimilar algunas de las enseñanzas que nos transmite, con unas sencillas aplicaciones; pues la vida de Jesús, con su muerte y resurrección y todas las Escrituras han de ser interpretadas a la luz de la experiencia Pascual.

Todos a viva voz confesamos que el Crucificado es el Resucitado y que el Resucitado es el Crucificado. Con fuerza repetimos que per viam crucis ad viam lucis…, que para llegar al domingo de Resurrección hay que pasar por el Viernes Santo. Benedicto XVI, su mensaje de Pascua del 2.009, nos ha dicho que la Resurrección de Cristo no es una teoría, ni mito, ni fábula, ni ideología, sino el hecho más importante de la Historia. Si Cristo no ha resucitado nuestra predicación carece de sentido, y si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres mas desgraciados de este mundo. Por este motivo, la Resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en que vivimos. En estos tiempos de crisis con carestías de alimentos, de tanta violencia y miseria, de terrorismo y miedo ante el futuro es urgente mirar al Resucitado, que busca hombres y mujeres que le ayuden en la construcción de una nueva sociedad, basada en la justicia y en la verdad, en el perdón y en el amor.

En Jesús de Nazaret se han cumplido las Escrituras; ésto nos invita a leer la Bíblia. Ya decía San Jerónimo que quien no conoce las Escrituras no conoce a Cristo y en el libro “El existencialismo hastiado o conversaciones con Albert Camus” Mons. Mamma, responsable de la Comunidad Metodista de París, nos cuenta que Albert Camus, existencialista ateo, inmerso en el absurdo de vivir, viajando por la Biblia se liberó de su ansiedad y encontró y alimentó la fe.

Ayer los once, congregados en Galilea, y después los millones de cristianos convertidos, presentes en los cinco Continentes, somos garantes de esta verdad. Ellos son testigos directos, quienes un día convierten a 3.000 y otro a 5.000, y hoy a 1.000 millones, porque la chispa que prendió en el corazón de la humanidad ya no hay quien la pare, a pesar de los vientos secularizantes que soplan en este mundo. ¿No te dice nada el reconocer que la psicología de la mentira no permite a nadie afirmar una mentira de la que no se consigue ningún provecho, sino la cárcel y la muerte?, ¿ no es bastante elocuente el cambio tan radical que se operó en aquellos hombres tan ignorantes y tan miedosos que hablan con tanta claridad y valentía ante el pueblo y sus autoridades, desafiándoles que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres?.

Con razón y entusiasmo durante 20 siglos los cristianos seguimos cantando ¡Resucitó! ¡Aleluya!.

Si las apariciones a la Comunidad naciente tiene lugar en Domingo es que con la Resurrección se inicia una nueva creación; de ahí la importancia de nuestra Misa Dominical.

Bien escribía Juan Pablo II en su carta “el día del Señor” que el Domingo es el día para vivir la fe y compartir las alegrías en familia; el Domingo es la gran escuela de caridad, justicia, paz y solidaridad. Por tanto, que no haya en nuestra vida un Domingo sin Misa y ni una Misa sin espíritu festivo.

Al oír el saludo de Jesús –“paz a vosotros” – nos cuestionamos como podríamos convivir en paz. Todos hablamos y deseamos la paz, pero de muy distinta manera: “defender situaciones privilegiadas, mantener un orden establecido e injusto y querer sólo que nos dejen en paz es la propia para los camposantos – (R.I.P); buscar la paz por tratados de no agresión o a costa de millones de muertos en beneficio de unos pocos vivos es cargarse a la paz”. Olvidamos que la primera batalla por la paz hay que darla en nuestro corazón: hay que hacer la paz para poder vivir en paz, venciendo injusticias, egoísmos, venganzas, intransigencias, afán de dominio…, es hora de que al menos los que participamos en la Eucaristía vivamos el gesto de la paz antes de la Comunión rogando al Señor que no mire nuestros pecados sino la fe de la Iglesia, comunidad fraterna, que lucha por vivir en paz con Dios, con los hombres y con uno mismo.

Y a cuantos se cierran al mas allá y se sitúan en la finitud, y ¿por qué no? también a los que han hecho una opción por Jesús como respuesta a todos nuestros interrogantes existenciales se presentó al Resucitado comiendo y haciéndonos ver que no es un fantasma, nos ayuda a pensar que el ser humano no es un condenado a la muerte, sino a la resurrección , y que si ha resucitado la cabeza, también los miembros de ese cuerpo resucitarán en su día como personas perfectas, compuestas de materia y espíritu, de cuerpo y alma.

¿Quieres ser feliz? Busca la felicidad, no en las fuentes engañosas de los ídolos que esclavizan, sino en Cristo muerto y resucitado, como enseña el Concilio en la Gaudium et Spes, nº 10.

Memoriza la parábola sobre la felicidad, que ya hemos desarrollado en otras páginas y canta con entusiasmo: “Hoy el Señor resucitó/, y de la muerto nos libró/, Alegría y paz, hermanos /, porque el Señor Resucitó.

Matásteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó y nosotros somos testigos. Por tanto, convertíos. Hijos míos, no pequéis, pero si alguno peca, tenemos a un abogado ante el Padre (Hch. 30-1 Jn. 2).

Pedro cura a un paralítico que pedía limosna en la puerta del Templo, y ante la multitud de fieles toma la palabra para denunciar el comportamiento, no sólo de su Pueblo sino de nuestra misma generación, que pasa de la muerte de tantos inocentes…, y anuncia la esperanza de la salvación, proclamando el Kerigma Pascual “Cristo ha muerto y ha resucitado para darnos la vida de Dios – y a lo que preguntó - ¿qué tenemos que hacer?. Pedro como testigo y enviado nos invita a convertirnos y arrepentirnos de nuestros pecados; y Juan, en su primera carta, nos da una regla de conducta penitencial a seguir – “confesar nuestros pecados y defendernos de los anticristos, falsos doctores, usando como criterio – “la observancia de los Mandamientos” – para saber si nuestro conocimiento de Cristo como abogado defensor ante el Padre, es verdadero o falso.

Que brille el resplandor de tu rostro sobre nosotros (Sl. 4).

El salmista, desde la cátedra de la verdad, de la oración de súplica y confianza, nos da una lección magistral para vencer miedos, depresiones, inseguridades, interpelando con su vida a los idólatras, con su confianza puesta en Dios. Inicia su plegaria con una sencilla súplica, continua interpelando a sus adversarios por su culto idolátrico, a base de interrogantes y de varios imperativos, para terminar poniéndose en manos de Dios que nos salva, única respuesta a su situación.

La relectura del salmo nos invita a ser almas más de oración que de rezos, a no caer en la trampa del activismo, sino potenciar la contemplación, talante del hombre de Dios para los hombres. Es el salmo del encuentro con Dios, con nosotros mismos y con la gente. Con Jesús, en el Sermón de la Montaña, decimos que hay que buscar primero el Reino de Dios y su justicia, y que lo demás nos vendrá por añadidura.

GUIA PARA LA PREDICACION

Pensamiento clave de este Domingo – “Convertíos y arrepentíos de vuestros pecados.”.

Enseñanzas y aplicaciones prácticas de la fe en el Resucitado, siguiendo las lecturas y el salmo (Hch.3-1 - Jn. 2 - Lc. 24 - Sl. 4)

El Resucitado es el Crucificado, y el Crucificado es el Resucitado.

En El se cumplen las Escrituras. Por el estudio de la Biblia a la fe.

Sentido de la Misa Dominical en la vida cristiana.

Bienaventuranza de la paz.

Cristo muerto y resucitado, respuesta a todos nuestros interrogantes.

La conducta penitencial regla de oro del que profesa la fe en el Resucitado.

Que brille el resplandor de tu rostro sobre nosotros.

En Cristo Resucitado se cumple el salmo que nos invita a vivir el lema dominicano – “Contemplata aliis trádere – que lo que contemple en una vida de oración lo lleve a los demás”.

padre Miguel Funes Gálvez

 

 

“La alegría es la primera y la última palabra del Evangelio”
(Paul Claudel).

1. Se cuenta que un día se encontró un monje con la peste y el moje le preguntó: “¿Dónde vas” La peste le dijo: “Voy a matar a 5.000 personas.”

Al mes siguiente, de nuevo, el monje se encuentra con la peste y le dice: “mira, me mentiste. Me dijiste que ibas a matar a 5.000 personas y mataste a 100.000”. La peste le contestó: “No te mentí; yo maté sólo 5.000; a las otras 95.000 las mató el miedo.”

- Los apóstoles, ante la muerte de jesús, se encerraron en sí mismos, llenos de miedo (Jn. 20,19). ¡El miedo les anuló!

- El miedo es hoy el ambiente en que nos movemos y el aire que respiramos. Como dice el escritor estadounidense Woodi Allen: “El miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro.”

+ Cuando el miedo cambia de personal a social, ese miedo social destruye las economías, las familias y la convivencia ciudadana creando, a su vez, inseguridad en todos los campos en los que nos movemos.

+ El miedo social nos encarcela, nos hace vivir prisioneros en nuestra propia casa y nos lleva a vivir enrejados, aparentemente libres, pero realmente presos.

2.- Cuando Jesús se aparece a sus discípulos, una vez resucitado, a ellos les entra miedo y se alarman porque creen que ha entrado un “fantasma” (24,37); pero Jesús les dice: “¿Por qué os alarmáis” ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo en persona” (Lc. 24,38-39).

- Jesús y el miedo nunca fueron buenos amigos. Allí donde aparece el miedo, allí está Jesús luchando contra él para que no se convierta en cadena que oprime ni rompa la esperanza:

+.- Ante la tempestad que sufren los apóstoles, llenos de miedo, Jesús les dice: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” (Mt. 8,26).

+.- Ante la misión que Jesús da a los suyos, Jesús les advierte: “No tengáis miedo… Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz… No temáis a los que matan el cuerpo” (Mt. 10,26-28).

+.- Cuando a Jairo le avisan que su hija ha muerto, Jesús le dice: “No temas; solamente ten fe” (Mc. 5,35-36).

+.- Cuando los discípulos que estaban navegando en su barca, ven a lo lejos del mar que alguien se les acerca andando por las aguas, ellos se llenan de miedo porque creen que es un fantasma; pero Jesús les da una voz y les dice: “¡Ánimo!, soy yo; no temáis” (Mt. 14,22-27).
+.- Cuando Jesús se aparece a los doce, una vez resucitado, ellos creen que Jesús es un fantasma y se llenan de miedo; por eso, Jesús les dice: “¿Por qué estáis turbados?” (Lc.24,38). Como decía el Papa Francisco: “El Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el miedo del corazón de los Apóstoles y los impulsa a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio”

3. El Dios de Jesús nunca no es creador de miedos ni de temores. Por eso, dice San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre...? En todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó... (Rm. 8,35.39).

- Sólo cuando el miedo desaparezca y rompamos sus cadenas, podremos sentir la paz que da la fe en Jesús resucitado y todo posible miedo se convertirá en profunda alegría, como pasó con los apóstoles al ver a Jesús resucitado (Lc. 24,41.45). Como dice un proverbio sueco: “La alegría, cuando se comparte, es doble alegría.”

Y Paul Claudel decía: “La alegría es la primera y la última palabra del Evangelio”.

- Los cristianos estamos llamados a romper toda clase de cadenas y, por tanto, también las cadenas del miedo, porque somos “testigos de la vida, del resucitado” (Lc. 24,48). Ya lo decía el Papa Francisco: “¡Tengamos también nosotros más coraje para testimoniar la fe en Cristo Resucitado! ¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos!”,

La alegría de ver cómo el crucificado ha resucitado no se puede esconder, es contagiosa, como decía el poeta Ramón Pérez de Ayala:

“Gran ciencia es ser feliz,

engendrar la alegria

porque sin ella

toda la existencia es baldía.”

 

 

“La verdad padece, pero no perece.” (Santa Teresa de Jesús).

1. Nosotros somos muy dados a tildar o calificar a los demás por lo que nosotros creemos que son y no por lo que son, en verdad. Esto hace que nos equivoquemos con mucha facilidad al enjuiciar al otro.

- Al primer contacto ya calificamos a la persona como “tonta, orgullosa, antipática, amable, sencilla...” No nos hemos metido dentro de la persona para ver quién es; sin embargo, cuando lo hacemos, nos damos cuenta de que estábamos equivocados.

- Esto nos ocurre no sólo con las personas que conocemos por primera vez, sino aún con los mismos miembros de nuestra familia. Los juzgamos y calificamos por lo que pensamos de ellos, pero no por lo que son y hacen, en verdad, cosa que suele llevar consigo grandes conflictos familiares.

2- Con la figura de Jesús nos pasa también lo mismo. A Jesús se le tildó de todo lo habido y por haber y aún se le sigue calificando según los caprichos de cada uno.

+ Los escribas y fariseos le llamaron “amigo de pecadores y publicanos” (Mt. 11,19)... “poseso por el diablo” (Mt.12,24).

+ Los sacerdotes decían que era “un agitador del pueblo” (Lc. 23,14) y “un blasfemo” (Mc. 14,63).

+ A María Magdalena Jesús resucitado se le apareció y lo confundió con un hortelano (Jn. 20,15).

+ A Los discípulos de Emaús Jesús resucitado se les apareció y lo confundieron con un caminante cualquiera (Lc. 24,15).

+ Los apóstoles, al ver a Jesús resucitado, creyeron que era un “fantasma” (Lc. 24,37).

3. Hoy seguimos confundiendo a Cristo con un fantasma que nada nos dice o que sólo puede producirnos miedo, como a los apóstoles del evangelio (Lc.24,37).

- Quizá sea Jesús para nosotros un personaje que perteneció al pasado histórico, aunque hoy felizmente recordado.

- Quizá lo confundamos con alguien que fue una buena persona y que Dios le dio el premio del cielo, como a todos los que son y viven como él fue y vivió.

- O quizá lo confundamos con un Dios todopoderoso, capaz de quitarnos de nuestros apuros y de repetir en nosotros los milagros que antes hizo.

- O lo confundamos con ese Dios siempre bravo a quien es necesario calmar, porque si no salimos perdiendo.

Por eso, es verdad aquello que decía el jesuita Juan Antonio Estrada: "Ser seguidor de Jesús es ser ateo de muchas imágenes de Jesús que existen en la sociedad y en la misma Iglesia."

4. Sólo hay una manera de no confundir a Jesús, ni hacer de él una idea preconcebida: “ESTAR ATENTOS A LO QUE ÉL NOS DICE DE SÍ MISMO.” En el evangelio de este domingo Jesús resucitado, nos dice San Lucas, se presentó a sus discípulos y les demuestra su identidad:

- “Soy yo mismo. Palpadme y ved” (Lc. 24,39). El crucificado: “Mirad mis manos y mis pies… Un fantasma no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lc. 24,39).

- “El que ha compartido y comido con vosotros” (Lc. 24,42-43), no un pasado sino un presente que vive y está cerca de cada uno de los hombres.

+ El que vive, el resucitado, no una idea creada por mentes fantasiosas.

- “En mí se han cumplido las Escrituras”: “El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará” (Lc. 24,45-46)

- El único que les puede ofrecer el perdón de los pecados (Lc. 24,48).

5. Dejarnos llevar por el Jesús de las Escrituras es confesar que el Jesús en quien creemos, no es un Dios preconcebido por mentes ilusas.

- Jesús es aquel que ha sido confirmado y “acreditado por Dios” (Hech. 2,22).

- Jesús es aquel a quien el Padre le ha devuelto la razón dándole la vida, la resurrección (Hech. 2,24). “Matasteis al autor de la vida. Pero Dios le resucito de entre los muertos” (Hech. 3,15). Como decía Santa Teresa de Jesús: "La verdad padece, pero no perece."

- Jesús es aquel con quien el Padre está de su parte y le apoya en su causa: “El que me ha enviado, está conmigo… porque yo hago siempre lo que le agrada a él… Es mi Padre quien me glorifica” (Jn. 8,29.54)

- Jesús es aquel a quien el Padre le ha “constituido Señor y Cristo” (Hech. 2,36).

- Jesús es aquel de quien podemos fiarnos y en quien podemos confiar porque el Padre le ha dado la razón resucitándole: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Jn. 6,47)

- Jesús es aquel que puede perdonarnos (Hech.3,19) y hacernos gente nueva, capaz de darle también vida nueva a este querido mundo nuestro. ¡Ojalá también nosotros podamos decir aquello de la Madre Teresa de Calcuta al hablar sobre Jesús sin miedo o temor alguno!:

“Jesús se presenta a nosotros como la Verdad para ser transmitida, el Amor para ser amado, el Gozo para ser dado y la Paz para ser repartida.”

“Jesús es mi Vida, Jesús es mi único Amor, Jesús es todo mi ser, Jesús es mi todo…”

Pedro Heredia Martínez

 

 

1ª lectura

La predicación de Pedro y los prodigios que la acompañaban suscitan la admiración de la turba; sin embargo, Pedro recuerda a la gente su complicidad en la muerte de Jesús, no les alaga, invita al arrepentimiento. El texto ofrece un modelo de evangelización.

2ª lectura

Este fragmento de la 1ª carta de Juan desarrolla el tema de Cristo como lugar de encuentro entre Dios y el hombre, por encima de cuanto en nosotros se opone a ello: el pecado. Consecuencia de ese encuentro propone vivir conforme a lo que Dios pide; con fe y confianza total en Cristo aun cuando uno peque. La fe es aceptación vital de la persona de Jesús.

Evangelio

Tras su encuentro con el resucitado, los de Emaús van a contar su experiencia a los once y Jesús se aparece a todos. El relato resalta el carácter real del resucitado. Como los judíos, también los cristianos dudaron de la realidad del Jesús resucitado. Sólo contemplando sus llagas y viéndole comer llegan al firme y absoluto convencimiento que produjo en ellos un cambio, la conversión y una liberación interior: el perdón de los pecados. Ellos serán testigos de todo esto.

Así el mensaje común a las tres lecturas es la relación Resurrección-perdón. Jesús es el centro de toda la Escritura. Toda ella fue preparación para su venida y todo será consecuencia de su Muerte y Resurrección.

Para llevarlo a la vida

La Pascua no es sólo gozo y fiesta, es envio y tarea. La cincuentena nos invita a vivir en la novedad de la existencia pascual, sin dejarnos vencer otra vez por el pecado: "Quien dice: yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso".

Se nos hace necesario encontrarnos con Cristo para vivir la fe. La Eucaristía es encuentro con Cristo resucitado, en ella experimentamos su presencia viva. En ella El nos abre el entendimiento para comprender las Escrituras; en ella nos da el alimento de su Cuerpo y Sangre; en ella nos estimula a ser sus testigos.

Y el Cristo resucitado que se nos manifiesta en la Eucaristía, repite su saludo “Paz a vosotros”. Es el regalo deja a los suyos para que lo transmitan. ¡La Paz esa gran ausente de nuestro mundo! El mundo suspira por la paz y sin embargo se aleja de ella constantemente. Predomina el egoísmo, la intransigencia, el odio, la injusticia. El hombre actual vive agitado, inquieto, estresado. Los resultados de la pérdida de la paz personal son la insatisfacción, la frustración, la falta de contento, el hombre no disfrutar de las pequeñas cosas.

Basta tener una experiencia de vivencia sincera del Evangelio y sus valores, del cristianismo, para experimentar inmediatamente los efectos de la paz que da el Resucitado. Lo constatamos cuando hemos dejado de de lado la preocupación por el dinero, el prestigio, la presunción… con ellos se fue el desasosiego e intranquilidad. Sólo si nos hemos puesto a disposición de los demás, compartiendo lo que tenemos... si hemos dejado de mirar al prójimo con envidia, como enemigo… sólo si abrimos el entendimiento, viviendo un poquito como cristianos descubriremos la paz interior, se hará realidad en nosotros y podremos darla a los demás.

padre Miguel León Padilla

 

 

“Ustedes son testigos de mi resurrección”

I. La Palabra de Dios

Hech 3, 13-15.17-19: “Mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”

En aquellos días, Pedro dijo a la gente:

— «El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, cuando había deci­dido soltarlo.

Ustedes rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; ustedes mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.

Sin embargo, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, de la misma manera que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados».

Sal. 4, 2.4.7.9: “Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro”

Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío;

tú que en el aprieto me diste anchura,

ten piedad de mí y escucha mi oración.

Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha,

si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”

En paz me acuesto y en seguida me duermo,

porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo.

1 Jn. 2, 1-5: “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero”

Hijos míos, les escribo esto para que no pequen.

Pero, si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos.

Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.

Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él.

Lc 24, 35-48: “Estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día”

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasa­do por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:

— «Paz a ustedes».

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:

— «¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas en su inte­rior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acaba­ban de creer por la alegría y el asombro, les dijo:

— «¿Tienen ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. El lo tomó y co­mió delante de ellos. Y les dijo:

— «Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

— «Así estaba escrito: el Cristo padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».

II. APUNTES

En el Evangelio de este Domingo San Lucas relata el momento en el que el Señor resucitado se presenta en medio de sus Apóstoles y discípulos reunidos en el Cenáculo: «Estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se presentó en medio de ellos».

¿De qué cosas hablaban? De la resurrección del Señor. De este hecho inusitado daban testimonio Pedro y también los dos discípulos que tristes se habían marchado a Emaús. Estos habían regresado al Cenáculo llenos de entusiasmo para contar a todos cómo el Señor resucitado los había acompañado por el camino hasta que lo reconocieron en la fracción del pan. La resurrección del Señor ya no era, como habían sospechado al principio, el fruto de la imaginación o delirio de algunas mujeres “emocionalmente alteradas”, sino una realidad que dejaba atrás todo escepticismo: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24, 34)

En medio de este alborotado coloquio y estando las puertas del recinto cerradas, el Señor se presentó en medio de ellos. Tomados por sorpresa se llenaron de miedo, pues por un momento creían que se trataba de un fantasma o espíritu. ¿Cómo había podido entrar sin que nadie le abriese la puerta?

El Señor, a modo de saludo y como expresión del don obtenido para ellos por su Pascua, les dice: «Paz a ustedes», e inmediatamente añade: «¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas (dialogismoi) en su inte­rior?». El Señor percibe el miedo y conoce las dudas o “razonamientos equivocados” que se levantan en sus mentes.

El miedo no sólo es fruto de la sorpresiva aparición, sino también de los “razonamientos equivocados” o dialogismoi, palabra griega que designa los pensamientos de un hombre que delibera consigo mismo, un razonamiento interior, pero también un cuestionamiento interno de aquello que es verdadero. Por ello a veces se traduce por pensamientos y otras por dudas.

¿De qué dudaban aún los discípulos, si ya estaban convencidos de la autenticidad de su resurrección? ¿Qué pensamientos venían a sus mentes? Acaso aquellos que no habían tenido aún la experiencia de “ver y tocar” al Señor resucitado no terminaban de creer aún en la veracidad del hecho, ni siquiera por el testimonio de Pedro u otros discípulos, como sucedería con Tomás. Por otro lado, ¿era “el Señor resucitado” un espíritu o un fantasma? ¿O había resucitado con un cuerpo verdadero? ¿Cómo podía entonces hacerse presente de un momento a otro en un recinto cerrado? El Señor sabía que la mejor manera de disipar las dudas persistentes de algunos discípulos así como sus ideas equivocadas acerca de su resurrección era el contacto con la realidad objetiva, con la verdad de los hechos: «tóquenme», les dice, para que viesen que no era un espíritu o un ser inmaterial, sino que verdaderamente había resucitado en «carne y huesos». Asimismo «les mostró las manos y los pies» para que viesen que no se trataba de otro sino de Él mismo, el Crucificado. Finalmente «co­mió delante de ellos» para que terminasen de creer que había resucitado con un cuerpo auténtico y real. El suyo «posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 645). De allí que puede hacerse presente donde quiere y cuando quiere.

Esta y otras apariciones del Señor tienen como fin demostrar la realidad de su resurrección. Pero alguno se podría preguntar si estas apariciones fueron encuentros reales con el Señor o, más bien, visiones de tipo subjetivo. De acuerdo a la misma narración de los evangelios, se desprende que fueron encuentros reales, objetivos: el verbo griego que normalmente se emplea para describir las apari­ciones del Resucitado es ophzé (“se dejó ver”). El empleo de este verbo coincide con el uso que hace la traducción de los LXX para hablar de las aparicio­nes de Dios en el Antiguo Testamento.

En muchos otros casos los verbos griegos usados para hablar de las apariciones del Resucitado son de la raíz faino o fane­roo que significan, literalmente, “mostrarse visiblemente” (ver Hech 10, 40; Mc 16, 9; Lc 24, 31).

En otras ocasiones se emplean verbos que tienen el significado de co­locarse o situarse espacialmente: «Se colocó en medio de ellos» (Lc 24, 36; Jn 20, 19.26; Mt 28, 9; Hech 1, 3).

Es el caso que los apóstoles tienen visiones subjetivas de tipo diurno y, sobre todo, nocturno, y a estas les dan el nombre de hórama (Hech 11, 5.10.17.19), que nunca emplean para designar los encuentros con Jesús resucitado.

Por otro lado, los discípulos de Cristo dan testimonio (martyría) de la Resurrección de Cristo, algunos de ellos con el derramamiento de su propia sangre. Dicho término solo se utiliza para referirse a lo que se ha visto y oído objetivamente, no a impre­siones subjetivas. Así vemos a los testigos del Resucitado decir ante el Sanedrín: «Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído» (Hech 4, 20). El testimonio obedece a reales encuentros con el Señor resucitado.

Volviendo al cenáculo, demostrada a los apóstoles y discípulo la verdad de su resurrección, el Señor procede a abrirles «el entendimiento para comprender las Escrituras», esto es, a enseñarles cómo todo lo escrito «en la ley de Moisés y en los profetas y salmos» sobre el Mesías de Dios se había cumplido en Él. En Jesús y por Él, Dios había cumplido sus promesas. La espera había llegado a su fin: Él era el Mesías que —a diferencia de la idea que se habían hecho muchos judíos— debía padecer y resucitar al tercer día para la reconciliación de todo el género humano. A ellos les correspondía ahora la tarea de divulgar esta buena nueva a todos, de invitar a la conversión y de llevar los frutos de la reconciliación a todos los pueblos mediante el perdón de los pecados. Sería su misión dar testimonio de lo que ellos estando con el Señor oyeron, vieron y tocaron: «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… os lo anunciamos» (1Jn 1, 1-3).

En cumplimiento de esta misión, al iniciarse la predicación de los Apóstoles luego de recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, Pedro se presenta ante muchos israelitas como testigo del Resucitado (1ª. lectura). Su testimonio es valiente, decidido, audaz. El núcleo de su mensaje es éste: Dios resucitó de entre los muertos a quien ellos crucificaron por mano de los romanos. ¡Dios resucitó a Jesucristo! Es un testimonio desde la historia, desde el acontecimiento realizado en la historia.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Evangelio de este Domingo nos narra una nueva aparición del Señor Resucitado a los Apóstoles y otros discípulos que estaban con ellos: “Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos”. ¿De que hablaban? De un acontecimiento impactante, absolutamente inesperado para los hasta entonces desalentados discípulos: ¡el Señor Jesús se le había presentado a Simón Pedro vivo, resucitado! La incredulidad, las dudas y escepticismos ante las primeras noticias de la resurrección quedaban atrás para dar lugar a una fuerte afirmación: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” (Lc 24,34). En este contexto, también los dos discípulos de Emaús compartieron su intensa y singular experiencia.

También hoy muchos católicos bautizados, haciéndose eco de un mundo que no cree y que rechaza a Dios y a su Enviado, viven sumidos en la incredulidad, en las dudas y escepticismos. Dudan que Cristo haya resucitado verdaderamente, cuestionan el testimonio de aquellos testigos de la resurrección de Jesucristo porque cuestionan la veracidad de los mismos Evangelios y la autoridad de la Iglesia, y viven de acuerdo a lo que creen, es decir, viven como si Cristo no hubiera muerto en la Cruz y no hubiera resucitado.

Ante esta dolorosa incredulidad de tantos hijos e hijas de la Iglesia nos toca a nosotros afirmar hoy con convicción y gozo profundo, como aquellos Apóstoles y discípulos: «¡El Señor ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!». Afirmo, por tanto, haciéndome eco de las palabras del Santo Padre, que «la resurrección [de Jesucristo] no es una teoría, sino una realidad histórica», que «no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba» (S.S. Benedicto XVI). Yo creo, pues, que la resurrección de Jesucristo es un acontecimiento auténtico, verdaderamente sucedido en la historia.

Creo hoy que Cristo ha resucitado gracias al testimonio que dieron aquellos que luego de crucificado y sepultado lo vieron nuevamente vivo y resucitado. Creo porque la Iglesia ha recogido y transmitido fielmente a lo largo de los siglos ese testimonio. Creo porque aquellos discípulos que al principio no creyeron, aquellos que ante las primeras apariciones del Señor resucitado o los primeros testimonios desconfiaron, dudaron, exigieron pruebas palpables, cambiaron radicalmente de actitud: de Apóstoles y discípulos frustrados, abatidos, descorazonados, cobardes, se transformaron en transmisores valientes y audaces de un mensaje totalmente insólito e increíble: «Dios resucitó de entre los muertos a quien ustedes crucificaron… y nosotros somos testigos de esto» (ver Hech 3, 13-15). Creo porque aquellos testigos no dudaron en derramar incluso su sangre y dar la vida para afirmar la veracidad de su testimonio.

Sí, el Señor quiso hacer «testigos de estas cosas» (Lc 24, 34) a aquel puñado de hombres y mujeres que lo siguieron y lo vieron triunfar sobre la muerte, encomendando a sus Apóstoles la misión de anunciar a toda la humanidad el don de la Reconciliación (ver 2Cor 5, 18), enviándolos a predicar «la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones», para que nosotros hoy pudiésemos creer en este acontecimiento real, histórico, que transforma dramáticamente nuestras existencias.

Como ellos ayer, tú y yo somos hoy herederos del testimonio que dieron aquellos testigos de la Resurrección del Señor. No podemos guardarnos esta tremenda Noticia para nosotros mismos, sino que estamos llamados a dejar que el acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo nos impacte y nos transforme de tal modo que nos impulse a transmitir esta buena Nueva a cuantos podamos, con nuestras palabras pero más aún con el testimonio de una vida transfigurada por el encuentro cotidiano con el Señor Resucitado. También a ti y a mí el Señor nos pide hoy ser «testigos de estas cosas».

¿Dónde encontrar el valor para anunciarlo? ¿Cómo transmitir al Señor Jesús con toda la fuerza atractiva de su Persona? Sólo si Cristo vive en mí podré irradiar a Jesús, podré atraer a muchos otros hacia Él. Por ello, «si habéis encontrado a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21)» (S.S. Juan Pablo II).

Para poder responder a esta tarea y misión, para tener el valor, el arrojo y la fuerza interior necesaria, es preciso que yo también me encuentre cada día con Aquel que vive, con Aquel que es la fuente de mi propia vida y esperanza de mi propia resurrección. Pero, ¿cómo puedo encontrarme hoy con el Señor Resucitado? ¿Cómo podrá Él vivir en mí para que yo pueda irradiarlo? No podemos olvidar que el Señor toca y toca a la puerta de nuestros corazones, que Él nos busca y busca entrar en la intimidad de nuestra casa (ver Ap 3, 20). Sólo en la medida en que le abra, sólo en la medida en que nos afanemos en llevar una vida espiritual intensa, poniendo los medios para que esa vida espiritual sea consistente, constante y perseverante, Él entrará en nuestra casa y podremos llegar a tener esa experiencia de encuentro y comunión con el Señor, vivo y resucitado, una experiencia que nos transformará interiormente por la fuerza de su Espíritu. Dedicarle tiempo al Señor es ofrecerle esos espacios interiores tan necesarios para que Él pueda entrar también en nuestra “casa”, presentarse ante nosotros vivo y resucitado y transformar nuestra cobardía en ardor y coraje para salir a anunciar su Resurrección ante muchos que han de creer en el Señor por nuestro testimonio.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Cirilo: «El Señor queriendo probar que la muerte ha sido vencida y que su naturaleza humana ya había dejado la corrupción, les enseña en primer lugar las manos y los pies y los agujeros de los clavos».

San Beda: «Para demostrarles la veracidad de su resurrección, no sólo quiso que le tocasen sus discípulos, sino que se dignó comer con ellos para que viesen que había aparecido de una manera real y no de un modo fantasmal. Por esto sigue: “Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dio”. Comió para manifestar que podía, y no por necesidad. La tierra sedienta absorbe el agua de un modo distinto a como la absorbe el sol ardiente: La primera por necesidad, el segundo por potencia».

San Beda: «Después que el Señor se dejó ver y tocar, les recordó lo que decían las Escrituras, y a continuación les abrió el entendimiento para que entendiesen lo que leían».

San Eusebio: «Pero si todo lo que Jesús había predicho ya debía producir efecto, y ya su palabra, viva y eficaz, empezaba a verse por todo el mundo por medio de la fe, era llegado el momento en que no hubiese incrédulos respecto de Aquel que había producido esta fe. Conviene, pues, que lleve una vida muy santa aquel cuyas obras vivas deben estar conformes con sus palabras. Todo esto se cumplió por el ministerio de los Apóstoles. Por esto añade: “Y vosotros, testigos sois de estas cosas”. Esto es, de la muerte y de la resurrección del Señor».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

“Ustedes son testigos de esto”

642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles.

Cristo verdaderamente resucitó

643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).

644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (ver Lc 24, 38): creen ver un espíritu (ver Lc 24, 39). «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto y el compartir la comida. Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu, pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión. Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre. Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero o «bajo otra figura» (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe.

646: La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que Él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena «ordinaria». En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial».

VI. TEXTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SODÁLITE

Para poder anunciar a Jesús en primera persona es necesario tener la experiencia de encontrarnos con Él.

Mirando a los discípulos que caminaban a Emaús y se encontraron con Jesús Resucitado, la Escritura nos relata que en un primer momento no lo reconocieron y sólo después se les abrieron los ojos y fueron capaces de reconocerlo. Esta dificultad en parte se debe a que “El Señor no es fácilmente reconocible. No se trata de una revivificación, sino de la gloriosa Resurrección”[2]

La fe es necesaria para reconocer a Jesús Resucitado. Sabemos que la fe es un don de Dios, que como todo don, supone también una respuesta libre de parte del hombre. Es el mismo Jesús Resucitado el que suscita la fe y enciende el corazón de aquellos a quienes desea manifestarse, disipando sus dudas y convirtiéndolos en testigos de su Resurrección. El cardenal Ratzinger, antes de ser elegido como Sucesor de Pedro, enseñaba: “El Resucitado solo puede ser visto por las personas a quienes Él se revela. Y solo se revela a aquellos a quienes les confía una misión. No se revela a si mismo para satisfacer la curiosidad humana, sino para responder al amor. Para verlo y reconocerlo, el órgano indispensable es el amor”[3]

Es el mismo Jesús Resucitado quien invita a los testigos a compartir la Buena Nueva con los demás: “Anda y cuéntales a mis hermanos”[8], le dice el Señor a María Magdalena, quien va presurosa a contar a los apóstoles: “He visto al Señor y me ha dicho esto”[9]. Lo mismo los discípulos de Emaús luego del encuentro con Jesús Resucitado vuelven presurosos a Jerusalén y “contaron lo que les había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan”[10].

El Señor Resucitado se aparece antes los doce cuando están con las puertas cerradas por miedo a los judío y les muestra las huellas de la pasión en sus manos y pies. Luego les dice:“Ustedes son testigos de todo esto”[11]. Por último, antes de ascender a los cielos, el Señor les dice a los Once: “Vayan por el mundo entero predicando la buena noticia a toda la humanidad”[12].

Queda patente que estamos llamados a predicar la alegre noticia de la Resurrección a tiempo y a destiempo. Se trata de un llamado, de una vocación que el Señor Jesús nos ha encomendado, como el apóstol Pablo lo señala: “Predicar el Evangelio no es motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe”[13]. No significa una carga pesada que obstruye en camino de la felicidad y la santidad, sino por el contrario, es el clamor de un corazón ardoroso que quiere compartir el tesoro encontrado. Por eso dos mil años más tarde, nos lo recuerda el Papa Pablo VI, diciendo que la evangelización es “la misión esencial de la Iglesia… La dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”[14].

Y es que el apostolado es sobreabundancia de amor y siempre brota y debe brotar de un encuentro personal con el Señor Jesús. Debemos anunciar a Cristo en primera persona, como quien se ha encontrado con Él[15]. Y el hecho de que haya Resucitado es la garantía de que lo vivió y enseñó Jesús es real y fiable.

 

 

«Ved mis manos y mis pies» (Lc. 24,39)

Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan gran sabiduría; he podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe, como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo, creyendo con fe plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente “de la estirpe de David, según la carne”(Rm. 1,3), es Hijo de Dios por la voluntad y el poder del mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan « para cumplir así todo lo que Dios quiere»(Mt. 3,15); finalmente, su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilatos y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección,« elevar su estandarte»(Is. 5,26) para siempre en favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de su Iglesia. Todo esto lo sufrió por nosotros, para que alcanzáramos la salvación; y sufrió verdaderamente, como también se resucitó a sí mismo verdaderamente.

Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún teniéndolo. Por esto, cuando se apareció a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tocadme y palpadme, y daos cuenta de que no soy un ser fantasmal e incorpóreo. Y, al punto, lo tocaron y creyeron, adhiriéndose a la realidad de su carne y de su espíritu. Esta fe les hizo capaces de despreciar y vencer la misma muerte. Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque espiritualmente estaba unido al Padre.

Quiero insistir acerca de estas cosas, queridos hermanos, aunque ya sé que las creéis.

San Ignacio de Antioquia

Carta a la Iglesia de Esmirna

 

 

Hoy, tercer domingo de Pascua, encontramos en el Evangelio según san Lucas a Jesús resucitado que se presenta en medio de los discípulos (cf. Lc. 24, 36), los cuales, incrédulos y aterrorizados, creían ver un espíritu (cf. Lc. 24,37). Romano Guardini escribe: «El Señor ha cambiado. Ya no vive como antes. Su existencia … no es comprensible. Sin embargo, es corpórea, incluye… todo lo que vivió; el destino que atravesó, su pasión y su muerte. Todo es realidad. Aunque haya cambiado, sigue siendo una realidad tangible» (Il Signore. Meditazioni sulla persona e la vita di N.S. Gesù Cristo, Milán 1949, p. 433). Dado que la resurrección no borra los signos de la crucifixión, Jesús muestra sus manos y sus pies a los Apóstoles. Y para convencerlos les pide algo de comer. Así los discípulos «le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos» (Lc. 24,42-43). San Gregorio Magno comenta que «el pez asado al fuego no significa otra cosa que la pasión de Jesús, Mediador entre Dios y los hombres. De hecho, él se dignó esconderse en las aguas de la raza humana, aceptó ser atrapado por el lazo de nuestra muerte y fue como colocado en el fuego por los dolores sufridos en el tiempo de la pasión» (Hom. in Evang XXIV, 5: ccl 141, Turnhout, 1999, p. 201).

Gracias a estos signos muy realistas, los discípulos superan la duda inicial y se abren al don de la fe; y esta fe les permite entender lo que había sido escrito sobre Cristo «en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc 24, 44). En efecto, leemos que Jesús «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados… Vosotros sois testigos”» (Lc. 24,45-48). El Salvador nos asegura su presencia real entre nosotros a través de la Palabra y de la Eucaristía. Por eso, como los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan (cf. Lc 24, 35), así también nosotros encontramos al Señor en la celebración eucarística. Al respecto, santo Tomás de Aquino explica que «es necesario reconocer, de acuerdo con la fe católica, que Cristo todo está presente en este sacramento… porque la divinidad jamás abandonó el cuerpo que había asumido» (S. Th. III, q. 76, a. 1).

Queridos amigos, en el tiempo pascual la Iglesia suele administrar la primera Comunión a los niños. Por lo tanto, exhorto a los párrocos, a los padres y a los catequistas a preparar bien esta fiesta de la fe, con gran fervor, pero también con sobriedad. «Este día queda grabado en la memoria, con razón, como el primer momento en que… se percibe la importancia del encuentro personal con Jesús» (Exhort. ap. postsin. Sacramentum caritatis, 19). Que la Madre de Dios nos ayude a escuchar con atención la Palabra del Señor y a participar dignamente en la mesa del sacrificio eucarístico, para convertirnos en testigos de la nueva humanidad.

papa Benedicto XVI

Regina Cæli, 22.4.2012

 

 

«La paz esté con vosotros» (Lc 24,36)

Fijémonos en el saludo inesperado, tres veces repetido por Jesús resucitado, cuando se apareció a sus discípulos reunidos en la sala alta, por miedo a los judíos (Jn 20,19). En aquella época, este saludo era habitual, pero en las circunstancias en que fue pronunciado, adquiere una plenitud sorprendente. Os acordáis de las palabras: «Paz a vosotros». Un saludo que resonaba en Navidad: “Paz en la tierra” (Lc. 2,14) Un saludo bíblico, ya anunciado como promesa efectiva del reino mesiánico (Jn. 14,27). Pero ahora es comunicado como una realidad que toma cuerpo en este primer núcleo de la Iglesia naciente: la paz de Cristo victorioso sobre la muerte y de las causas próximas y remotas de los efectos terribles y desconocidos de la muerte.

Jesús resucitado anuncia pues, y funda la paz en el alma descarriada de sus discípulos… Es la paz del Señor, entendida en su significación primera, personal, interior, aquella que Pablo enumera entre los frutos del Espíritu, después de la caridad y el gozo, fundiéndose con ellos (Gal 5,22) ¿Qué hay de mejor para un hombre consciente y honrado? La paz de la conciencia ¿no es el mejor consuelo que podamos encontrar?… La paz del corazón es la felicidad auténtica. Ayuda a ser fuerte en la adversidad, mantiene la nobleza y la libertad de la persona, incluso en las situaciones más graves, es la tabla de salvación, la esperanza…en los momentos en que la desesperación parece vencernos…. Es el primer don del resucitado, el sacramento de un perdón que resucita (Jn 20,23).

papa Pablo VI

Catequesis, Audiencia General, 09-04-1975

 

 

 «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo.» (Lc. 24,39)

Después de la resurrección, como el Señor había entrado con todas las puertas cerradas (Jn. 20,19), los discípulos no creían que había recuperado la realidad de su cuerpo, sino suponían que sólo su alma había regresado bajo una apariencia corporal, como las imágenes que se presentan a los que tienen en su sueño. «Creían que veían un espíritu» Por eso el Señor les dice: «¿Por qué estáis turbados, y por qué tenéis pensamientos inquietantes en vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies». Ved, es decir: estad atentos. ¿Por qué? Porque no es un sueño lo que estáis viendo. Ved mis manos y mis pies, ya que, con vuestros ojos agobiados, no podéis todavía ver mi rostro. Ved las heridas de mi carne, ya que todavía no veis las obras de Dios.

Contemplad las marcas hechas por mis enemigos, ya que todavía no percibís las manifestaciones de Dios. Tócame, para que tu mano te dé la prueba, ya que tus ojos están cegados… Descubre los agujeros de mis manos, busca en mi costado, reabre mis heridas, porque no puedo negarles a mis discípulos con vistas a la fe, lo que no les negué a mis enemigos para mi suplicio. Tocad, tocad, ahondad entre los huesos, para confirmar la realidad de la carne, y que estas heridas todavía abiertas atestiguan que son bien mías…

¿Por qué no creéis que he resucitado, yo que devolví a la vida a varios muertos ante vuestros ojos?… Cuando estaba colgado en la cruz, me insultaban diciendo: «El que salvó a otros, no puede salvarse a sí mismo. Que descienda de la cruz y creeremos» (Mt 27,40). ¿Qué es más difícil, descender de la cruz arrancando los clavos o regresar de los infiernos pisoteando la muerte? Yo mismo me salvé, y rompiendo las cadenas del infierno, subí hacia lo alto.

San Pedro Crisólogo

Sermón 31, 8 sobre la Resurrección del Señor: PL 52, 427

 

 

Solo lo reconocieron al partir el pan

Así actúan muchos, solo reconocen a nuestro Señor si les ha realizado un milagro, de lo contrario pasa diciendo, que Dios no los escucha, no se dan cuenta que el Señor si quiere realizar milagros en nuestras vidas, pero a él lo que más le interesa es que lo reconozcamos como nuestro salvador y para ello necesitamos liberarnos de la esclavitud del pecado en que vivimos, pues en verdad esto es lo que nos aparta del amor de Dios, Mt 6,33 nos dice: Por lo tanto, Busquen primero el Reino y la justicia de Dios, y esas cosas vendrán por añadidura.

Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos. Les dijo: Paz a ustedes. Estaban atónitos y asustados, pensando que veían a algún espíritu.

Si no tenemos una fe bien segmentada, nos veremos llenos de miedos y preocupaciones por los problemas del diario vivir, Jesús les dijo a sus discípulos: paz a ustedes, para tranquilizarlos y aparte de ello les mostro su cuerpo y hasta les pide de comer, para que confíen en él y dejaran de darle forma al miedo, el Sal 37,5 nos dice: pon tu porvenir en manos del Señor, confía en él y déjalo actuar.
Debemos de creer en nuestro Señor Jesucristo, pero para ello debemos de tener fe en él, las Escrituras nos dice que la fe viene por escuchar la palabra, es decir entre más palabra escuchamos más sólida será nuestra fe y ante los miedos la palabra nos da más seguridad, pues se nos vendrían citas como, para Dios no hay nada imposible, todo lo creo en aquel que me fortalece, con Cristo somos más que vencedores, no les he dado un espíritu de timidez sino de fortaleza y dominio propio, nada ni nadie nos apartara de su amor.

Jesús les dijo: Todo esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes. Tenía que cumplirse lo que está escrito en la Ley de Moisés, los profetas y en los Salmos respecto a mí.

Todo lo que dicen las Escrituras, tiene que cumplirse, porque en ellas está la verdad de Dios, si en ellas dice que Jesús resucito es porque así sucedió, y para ello Dios siempre deja testigos en este caso fueros sus apóstoles, es en las Escrituras donde encontramos nuestro alimento espiritual y donde salimos de cualquier duda que tengamos.

Para nosotros esto debe de ser de mucha alegría, porque hay en ella muchas promesas para los hijos de Dios, por medio de ellas Dios nos sigue hablando atravez de las generaciones, hasta que llegue el fin que solo el sabrá cuando ha de suceder pero nos dice que estemos preparados y que no nos inquietemos por nada.

Y la predicación que ha de hacerse en su Nombre a todas las naciones comenzando por Jerusalén, invitándoles a que se conviertan y sean perdonados de sus pecados. Y ustedes son testigos de todo esto.

Nuestro Señor nos está invitando a anunciar las Buenas Nuevas del Reino de Dios, la palabra nos dice que la mies es mucha pero los obreros son pocos, que será que a esta invitación no le hacemos mucho caso, pareciese que solo quisiéramos que nos estén alimentando espiritualmente, pero como que se nos olvida que hay muchos hermanos necesitados de este alimento, Dios quiere la salvación de todos sus hijos por muy pecadores que estos sean, pero si nosotros que nos decimos cristianos, no lo hacemos que esperamos, será que nos estamos ateniendo a lo que dice la palabra en Lc. 19,40 Pero el contesto: Yo les digo que si ellos se callan, las piedras gritaran.

Enrique Paz

 

 

El sentido de los seguidores de Jesús después de su muerte, que los judíos mataron al Señor por envidia y por ignorancia. Pero que Jesús resucitó por el poder de su Padre tantas veces citado en sus predicaciones. Lo diría bien claro San Pedro,:“Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”. Pedro inauguró la misión de la Iglesia, proclamando valientemente la necesidad de la conversión para responder al designio divino de salvarnos en Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros.

Comentaba San Juan Crisóstomo en una de sus hermosas homilias: «San Pedro les dice que la muerte de Cristo era consecuencia de la voluntad y decreto divinos. ¡Ved este incomprensible y profundo designio de Dios! No es uno, son todos los profetas a coro quienes habían anunciado este misterio. Pero, aunque los judíos habían sido, sin saberlo, la causa de la muerte de Jesús, esta muerte había sido determinada por la Sabiduría y la Voluntad de Dios, sirviéndose de la malicia de los judíos para el cumplimiento de sus designios. El Apóstol nos lo dice: “aunque los profetas hayan  predicho esta muerte y vosotros la hayáis hecho por ignorancia, no penséis estar enteramente excusados”. Pedro les dice en tono suave: “Arrepentíos y convertíos”. ¿Con qué objeto? “Para que sean borrados vuestros pecados. No sólo vuestro asesinato en el cual interviene la ignorancia, sino todas las manchas de vuestra alma”» (Homilía sobre los Hechos 9).

El Señor había sido la víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero. Por eso todos debemos sentirnos dichosos de ese paso, de esa pascua, tan tremenda : de la presencia al calvario… y de la muerte de nuevo a la presencia gloriosa.

Si realmente el Misterio Pascual ha prendido en nuestra vida, lo evidenciará nuestra renuncia real al pecado y nuestra fidelidad amorosa a la Voluntad divina. Los textos más expresivos y valioso de la mediación e intercesión de Cristo ante el Padre como Supremo Pontífice de nuestra fe lo encontramos en los escritos de los evangelistas, ya que ellos fueron testigos vivos del acontecimiento grandioso de ka Resurrección

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San Lucas de una forma bella y expresiva recogió (24,35-48) el mensaje e la resurrección: “Así estaba escrito: El Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día”. Pero también dejó Cristo que el Señor lo había claramente: “Al tercer resucitará”

La realidad de Cristo crucificado compromete a toda la Iglesia en la misión de proclamar la necesidad de la conversión de lo hombres ante el anuncio de su Evangelio. Pensar en el misterio del dolor de Jesús es una necesidad espiritual para que los hombres puedan alcanzar su salvación. Pero es necesario saber también que resucitó y que no fue vencido por el dolo y la muerte

San Ignacio de Antioquía lo decía en los primeros tiempos del cristianismo: «Pues yo sé y creo que después de su resurrección Él existe en la carne. Y cuando vino a los que estaban alrededor de Pedro, les dijo: “Tomad y tocadme y ved que no soy un fantasma incorpóreo” (Lc 24,39). Y seguidamente lo tocaron y creyeron, fundiéndose con su cuerpo y con su espíritu. Por ello despreciaron la muerte y estuvieron por encima de la muerte. Después de la resurrección comió y bebió con ellos como carnal, aunque espiritualmente estaba unido al Padre» (Carta a los de Esmirna 3,1-3).

La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior para volver de nuevo a morir un día de manera ya definitiva. Su resurrección totalmente diferente de la de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naim, al que él volvió a la vida. No es una simple reanimación de su cadáver. Es más bien una transformación misteriosa, que permite a su cuerpo vivir una vida superior, una vida que será el modelo de la que llevarán todos los resucitados en los últimos tiempos.

Jesús no regresa a esta vida, sino que entra en la Vida eterna, la definitiva de Dios. Por eso, los primeros predicadores dicen que Jesús ha sido "exaltado" por Dios (Hechos 2, 33), y los relatos evangélicos presentan a Jesús viviendo ya una vida que no es la nuestra.

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Los cristianos no han entendido nunca la resurrección de Jesús como una supervivencia misteriosa de su alma inmortal. Jesús resucitado no es "un alma inmortal" ni un fantasma. El que resucita es el Jesús total, con su cuerpo y alma, y con ello entra en el misterio de su vida eterna. Es un hombre completo, vivo, concreto, que ha sido liberado de la muerte con todo lo que constituye su personalidad. Para los primeros creyentes, a este Jesús resucitado que ha alcanzado ahora toda la plenitud de la vida no le puede faltar el cuerpo vivo y el alma viva.

Es conveniente insistir con todo que esa nueva vida es misteriosa y no responde a las leyes físicas de este mundo. Por eso decimos que el cuerpo resucitado es sobrenatural. Se muestra resplandeciente, entra en una cenáculo con las puertas cerradas, se presenta como irreconocible para la Magdalena, para los discípulos de Emaus o par los mismos Apóstoles en el lago de Tiberiades. Ello quiere decir que la situación de Jesús resucitado ya es otra cosa, algo que está más allá del espacio y del tiempo, algo radicalmente espiritual y sobrenatural.

Los primeros cristianos no describen nunca la resurrección de Jesús como una operación prodigiosa en la que el cuerpo y el alma de Jesús han vuelto a unirse para siempre. Su atención se centra en el gesto creador de Dios que ha levantado al muerto Jesús a la vida. La resurrección de Jesús no es un nuevo prodigio, sino una intervención creadora de Dios. La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús y no a los discípulos. Es algo que ha acontecido en el muerto Jesús y no en la mente o en la imaginación de los discípulos.

No es que "ha resucitado" la fe de los discípulos a pesar de haber visto a Jesús muerto en la cruz. El que ha resucitado es Jesús mismo. No es que Jesús permanece ahora vivo en el recuerdo de los suyos. Es que Jesús realmente ha sido liberado de la muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.

A los primeros cristianos no les gustaba decir: "Jesús ha resucitado." Prefieren emplear otra expresión: "Jesús ha sido resucitado por Dios" (Hech. 2,24; 3,15...) Para ellos, la resurrección es una actuación del Padre que con su fuerza creadora y poderosa ha levantado al muerto Jesús a la Vida definitiva y plena de Dios. Para decirlo de alguna manera, Dios le espera a Jesús al otro lado de la muerte para liberarlo de la destrucción, vivificarlo con la fuerza creadora, levantarlo de entre los muertos e introducirlo en la vida indestructible de Dios.

Este paso de Jesús de la muerte a la Vida definitiva es un acontecimiento que desborda esta vida en que nosotros nos movemos. Por eso, no lo podemos constatar y observar como hacemos con tantos otros acontecimientos que suceden entre nosotros. Pero es un hecho real, que ha sucedido. Más aún: para los creyentes es el hecho más real, importante y decisivo que ha sucedido para la historia de la humanidad.

 

 

Estas son aquellas palabras mías (Lc. 24,35-48)

En los tres ciclos de lecturas, el Evangelio del III domingo de Pascua relata una aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles. En el ciclo A el Evangelio se toma del capítulo 24 de Lucas y relata la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús que ocurrió el mismo día de la resurrección; en el ciclo B la lectura del Evangelio está tomada de ese mismo capítulo –es la que leemos hoy- y continúa con la aparición de Jesús al grupo de los apóstoles reunidos; en el ciclo C la lectura se toma del Evangelio de Juan y relata la aparición de Jesús a un grupo de siete apóstoles a orillas del mar de Tiberíades en un día indeterminado, pero bastante posterior al día de la resurrección. En el IV Domingo de Pascua ya no se leen apariciones de Jesús resucitado, sino partes del capítulo del Buen Pastor del Evangelio de Juan. Según San Lucas, “después de su pasión, Jesús se presentó a los apóstoles dandoles muchas pruebas de que vivía, apareciendoseles durante cuarenta días y hablandoles acerca de lo referente al Reino de Dios” (Hech. 1,3). Pero este mismo evangelista no narra sino las apariciones de Jesús resucitado el primero y el último día de este período, es decir, el mismo día de su resurrección y el día de su Ascensión al cielo. No nos informa con qué frecuencia se apareció en los cuarenta días intermedios ni tampoco si era convocado por los apóstoles cuando ellos se reunían o si se les aparecía de manera imprevisible. Sabemos que el tema de esas reuniones era el Reino de Dios. Por el Evangelio de Mateo sabemos que Jesús resucitado dio cita a sus apóstoles en un monte de Galilea y que allí se apareció a ellos (cf. Mt. 28,7.16). Esta aparición tuvo que ser algunos días después de su resurrección para dar tiempo a los apóstoles de viajar desde Jerusalén a Galilea. Por el Evangelio de Juan sabemos que se apareció a los apóstoles por segunda vez en Jerusalén el domingo siguiente a su resurrección y por tercera vez, a orillas del mar de Tiberíades, es decir, transcurridos algunos días (Tiberíades dista de Jerusa-lén 152 km). En el Evangelio de hoy Lucas nos relata la aparición de Jesús a los Once el mismo día de la resurrección. Los discípulos de Emaús, después que reconocieron a Jesús, tomaron la decisión de regresar inmediatamente a Jerusalén a referir a los apóstoles lo ocurrido. Los encontraron reunidos, porque entretanto Jesús también se había aparecido a Pedro y estaban comentando este hecho. “Ellos contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’”. La aparición de Jesús resucitado es siempre nueva. Por eso, aunque los discípulos de Emaús y Pedro ya lo habían visto vivo, y todos ya sabían que había resucitado, de todas manera, “sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu”. Jesús les dice: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo”. Este gesto no tendría sentido y no serviría como identificación si no se subentendiera la crucifixión de Jesús. En sus manos y sus pies se veían las señales de los clavos. El gesto quiere demostrar que el que está ahora vivo delante de ellos es el mismo que estuvo crucificado. Y para demostrar que no es un espíritu Jesús les da otras dos pruebas. La primera consiste en hacerlos verificar su condición material: “Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo”. El hombre es un compuesto de alma espiritual y cuerpo material, y así lo será también después de su resurrección final. La segunda prueba consiste en comer delante de ellos. Jesús les pregunta: “¿Tenéis algo de comer?”. Y habiendole presentado parte de un pez asado, “lo tomó y comió delante de ellos”. En la resurrección no será necesario comer y tampoco tenía necesidad de comer Jesús resucitado; pero puede hacerlo y lo hizo para demostrar que no es un espíritu. También en su última aparición Jesús come con sus apóstoles: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se alejasen de Jerusalén” (Hech. 1,4). Y este será el argumento más fuerte en el testimonio de los apóstoles: “Hemos comido y bebido con él después que resucitó de entre los muertos” (Hech. 10,41). Según Lucas, en sus apariciones, Jesús “les habló de lo referente al Reino de Dios”. Este fue el tema de su conversación. En esta primera aparición les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Es claro que el tema de su conversación fue él mismo. Ningún otro tema habría interesado. Alguien podría lamentar que no poseamos esas palabras que les habló. Pero, en realidad, las poseemos: son aquellas palabras suyas que nos habló cuando todavía estaba en la tierra y enseñaba en las sinagogas y pueblos de la Palestina; son las mismas palabras del Evangelio; pero ahora son nuevas, porque son entendidas a la luz de su resurrección. Esta es la predicación de los apóstoles que tenemos en el Evangelio. Esta era la predicación de San Pablo, como lo dice el mismo Lucas en la conclusión de los Hechos de los Apóstoles: “Pablo les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirlos (a los judíos de Roma) acerca de Jesús, basandose en la Ley de Moisés y en los Profetas... predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno” (Hech. 28,23.31). El Reino de Dios no es otra cosa que lo referente a Jesucristo. De esto habló Jesús a sus apóstoles. Esto es el Evangelio. Las palabras del Evangelio, leídas en la fe de Jesucristo resucitado, son palabras de vida eterna.

mons. Felipe Bacarreza Rodríguez