Somos testigos de una experiencia

1. La Pascua es el tiempo por excelencia de los cristianos, porque es el tiempo de la resurrección, el acontecimiento principal de nuestra fe. Pero es algo más que un acontecimiento. La resurrección ha de ser, por encima de todo, una experiencia, algo que nosotros hemos vivido y experimentado en nuestro corazón y de lo que damos testimonio. De lo contrario, no transmitiremos nada. Podemos preguntarnos: ¿por qué, 20 siglos después del acontecimiento de la resurrección, se sigue hablando de él y anunciándolo? Porque no fue solo un acontecimiento sin más. Los evangelios de la Pascua nos cuentan cómo los discípulos fueron teniendo la experiencia de encontrarse con Jesús resucitado, y como la fueron transmitiendo con su testimonio de vida.

2. Hoy, en el evangelio, Jesús se presenta resucitado a los discípulos, incluidos los de Emaús, que estaban contando su experiencia de encuentro con Él. Les saluda con la paz y les muestra las manos y los pies, donde están las señales de los clavos, para que vean que es el mismo al que crucificaron. Los discípulos reaccionan con miedo, por la sorpresa, y dudan de que sea Jesús. Pero cuando ven sus manos y sus pies se llenan de alegría, aunque siguen atónitos. Jesús come con ellos, como solía hacer, y les abre el entendimiento para que comprendan que Él es el Mesías y que en Él se han cumplido las escrituras, donde estaba escrita su pasión y su resurrección. Finalmente, los envía a predicar y a dar testimonio de su encuentro con Él, resucitado.

3. La experiencia de haberse encontrado con el Resucitado es la base de la fe de los discípulos y de todos los creyentes de todos los tiempos, incluidos nosotros. Una vez producido el encuentro, el Resucitado nos envía a dar testimonio, a que seamos testigos suyos en el mundo. Los cristianos somos testigos de una experiencia. Sin experiencia, no puede haber testimonio, porque no hay nada que comunicar. Sin encuentro con el resucitado, no hay discipulado verdadero, ni fe auténtica.

4. En la primera lectura tenemos un ejemplo de este testimonio en Pedro, que cuenta como Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos, al mismo Jesús al que el pueblo entregó a la muerte. Pedro dice: “matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, Y NOSOTROS SOMOS TESTIGOS”. No cuenta una historia que le han contado, o algo que quede bonito. Cuenta algo que él ha experimentado y ha vivido, porque se ha encontrado con Jesús resucitado.

5. ¿Y nosotros? ¿Cuál es nuestro testimonio? ¿Qué es lo que contamos? En cada Eucaristía nos encontramos con Jesús resucitado, que ahuyenta nuestras dudas y nuestros miedos, y nos transmite su paz y su alegría. Jesús resucitado nos habla al corazón a través de su Palabra, proclamada en asamblea, y nos da a comer su Cuerpo y su Sangre, para que tengamos Vida en abundancia. De esta manera, nos convertimos en testigos suyos, capaces de decir a todo el mundo que ha resucitado. Un testimonio de palabra pero, sobre todo, un testimonio con nuestra vida, una vida nueva, también resucitada, una vida al estilo de Jesús, como Él nos enseñó. Una vida de hermanos, así reconocían a los primeros cristianos, decían de ellos: “Mirad como se aman”. Ese ha de ser nuestro testimonio.

6. El Señor Resucitado sigue viniendo a encontrarse con nosotros en cada Eucaristía. Le reconocemos al partir el pan, como los discípulos de Emaús, que también cuentan su experiencia de encuentro con Él. Le pedimos que nos convierta en testigos de su Vida nueva, que nos envíe su Espíritu y nos abra el entendimiento para comprender las escrituras. Al terminar la eucaristía, somos enviados con una misión muy concreta: ser testigos de una experiencia.

Pedro Juan Díaz

 

 

Testigos de jesús, cumpliendo sus mandamientos

1.  Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Vosotros sois testigos de esto. Cuando los dos discípulos de Emaús vuelven a donde estaban reunidos los demás discípulos, les cuentan entusiasmados lo que les había pasado por el camino. Y, cuando estaban hablando de estas cosas, se les aparece Jesús en medio de ellos. Jesús se les aparece como persona humana, es decir, en cuerpo y alma. Los judíos siempre entendían a la persona humana como una unidad de cuerpo y alma, antes y después de la muerte. El concepto de alma que se separa del cuerpo después de morir es un concepto griego. Por eso, Jesús, después de resucitado, intenta demostrar aquí a sus discípulos que está totalmente vivo y para convencerles les pide que le den algo de comer: no es un fantasma, es una persona humana viva. Después de esta aparición, los discípulos se convierten en personas distintas, en testigos valientes de la resurrección de Jesús. Y este es el mensaje principal del evangelio de este tercer domingo de Pascua: que debemos ser testigos valientes de la resurrección de Jesús. Todos nosotros conocemos la frase de Pablo VI, cuando dijo que el hombre contemporáneo prefiere a los testigos, antes que a los maestros. Hoy día, sobre todo, no podemos fiarnos simplemente de las palabras de los políticos, de los comerciantes y medios de comunicación, puesto que frecuentemente son palabras diversas y contradictorias, aunque estén hablando de un mismo tema. Algo parecido puede pasarnos cuando escuchamos o leemos a los medios de comunicación religiosa. En concreto, podremos comprobar esto si leemos diversos libros o artículos que hablen sobre la resurrección de Jesús. Y mucho menos, si escuchamos a catequistas o predicadores hablar maravillosamente de Jesús resucitado, pero luego vemos que en su vida diaria no son consecuentes para nada con lo que dicen. El mandamiento de Jesús es que nos amemos los unos a los otros como él nos amó. De poco valdrá que expliquemos maravillosamente este mandamiento, si después nosotros no lo cumplimos, es decir, si en nuestra vida no somos testigos de lo que decimos. Hagamos, pues, hoy, nosotros este propósito, como discípulos de Jesús: predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, demostrando en nuestra vida que nosotros somos personas convertidas y cristianamente perdonadoras.

2. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos…, sé que lo hicisteis por ignorancia… Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados. Seguramente que tenía razón Pedro cuando decía que muchos judíos que gritaron pidiendo la muerte de Cristo, seguramente que lo habían hecho por ignorancia. Muchos sacerdotes, muchos fariseos, los sumos sacerdotes, escribas y doctores de la Ley y muchas autoridades judías creían sinceramente que Jesús iba, con algunos de sus actos, contra la Ley de Moisés. Por eso, lo que les propone Pedro es que se arrepientan y se conviertan. También nosotros hacemos más de una vez algo malo por ignorancia. Lo importante para cualquier cristiano es vivir en un continuo examen de conciencia, sabiendo arrepentirse y corregirse cada vez que nos damos cuenta de que hemos hecho algo mal. Lo peor es el empecinamiento en el mal. Si somos humildes y sabemos reconocer nuestros errores y corregirlos estaremos siempre en el buen camino, en el camino de la salvación.

3.- En esto sabemos que conocemos a Jesucristo: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. El mandamiento nuevo de Jesús es muy claro para los cristianos: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Examinémonos en este mandamiento y si lo cumplimos podremos decir que conocemos a Jesús; si no, no. En este caso, no son las simples palabras, o la expresión de bellas ideas cristianas, sino que es la acción cristiana la que nos hace ser verdaderos conocedores de Jesús. Seguramente, que, a lo largo de la historia cristiana, han conocido a Jesús mejor los místicos que los teólogos. Unamos en nuestra vida las dos cosas: oración y contemplación cristiana con una verdadera vida cristiana. La contemplación y la acción cristianas deben caminar siempre juntas; divorciadas no forman un verdadero matrimonio cristiano.

 

 

La fe en la Resurrección ahuyenta los fantasmas

1. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. No les fue fácil a los apóstoles creer en la resurrección de Jesús. Ni en el mundo judío de los tiempos de Jesús, ni en el pueblo hebreo en general, se creía en un Mesías que sería vencido y muerto y que después resucitaría. Se creía, eso sí, en un Mesías victorioso que vendría a instaurar el reino de Dios y en el que todos los muertos judíos resucitarían y serían juzgados. Pero esto ocurriría al final de los tiempos, en los tiempos mesiánicos. En el caso de Jesús de Nazaret esto no había ocurrido así y los apóstoles no acababan de entender lo que había ocurrido con su Maestro. Es verdad que el mismo Jesús les había insinuado varias veces, durante su vida mortal, que él tenía que morir y que después resucitaría, pero los apóstoles no habían entendido cómo podría ser esto. Por eso, cuando Jesús muere se quedan tan desconcertados y cuando ven ahora a Jesús que se presenta en medio de ellos se asustan y creen ver un fantasma. Sólo cuando ven con sus propios ojos que Jesús ha resucitado y está vivo dejan de tener miedo y se llenan de valor y de fe. La fe en la resurrección del Maestro cambia por completo la vida de los apóstoles. Los que antes eran miedosos y apocados se convierten ahora en audaces predicadores, hasta ser capaces de entregar su vida en defensa de su fe. Este es el ejemplo que nosotros debemos seguir hoy, en la defensa de nuestra fe cristiana. Sin fe en la resurrección, todo el edificio cristiano se derrumba y no es posible encontrar un punto de luz seguro que nos guíe en nuestro caminar hacia Dios, nuestro Padre. Sin fe en la resurrección, todo son dudas y fantasmas; sólo una auténtica fe en la resurrección puede ahuyentar los fantasmas de la duda y de nuestras incertidumbres religiosas.

2. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. La fe en la resurrección ha operado en Pedro un cambio total: no sólo cree él en la resurrección de Jesús, sino que lo predica, lleno de valor, a todo el pueblo judío. Lo que Pedro busca ahora es ganarse la confianza de los judíos, para que también ellos se conviertan y crean. Sabe, por propia experiencia, lo que es negar a Jesús, pero también sabe lo que es arrepentirse de su pecado y convertirse al Señor. Esto es lo que quiere ahora que hagan todos los que le escuchan y para conseguir esto trabaja y trabajará durante toda su vida, hasta el mismo momento de su muerte. Esta es también la misión de los cristianos de ahora y de siempre: buscar la conversión de los que no creen en Jesús. Debemos hacerlo con convicción y con firmeza, pero, al mismo tiempo, con amabilidad y cercanía. Sabiendo que siempre la gracia de Dios es más fuerte y más eficaz que nuestras torpes palabras.

3. Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. San Juan lo tiene muy claro: las palabras que no se traducen en obras, son palabras estériles. Decir que amamos a Dios y no intentar cumplir la voluntad de Dios es decir una mentira. El mandamiento de Cristo es el amor a Dios y al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”. Los cristianos debemos ser testigos del amor de Dios, antes que predicadores. La gente nos creerá si ven que nosotros somos los primeros en practicar lo que predicamos. Predicar a los demás el amor, la humildad, la pobreza evangélica, la justicia, la paz… y comportarnos de manera distinta a lo que predicamos, es la mejor manera de desprestigiar la fe en la que decimos creer. Cada uno de nosotros, y nuestra Iglesia en general, deberá tener esto siempre en cuenta: ser nosotros los primeros en cumplir lo que predicamos. Lo contrario será como escribir en el agua.

 

 

Los frutos de la resurrección de Jesús

1. En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Como ya hemos dicho en los dos domingos anteriores, la Resurrección de Jesús es, para nosotros, desde un punto de vista teológico, el acontecimiento central de nuestra fe. Con su vida, muerte y resurrección, Cristo nos liberó del pecado y nos ganó la salvación. Porque Cristo resucitó, nos dice San Pablo, también nosotros resucitaremos. Pero hoy yo quiero fijarme en un aspecto más pastoral que teológico sobre el tema de la Resurrección, insistiendo en que la verdad teológica de la Resurrección de Jesús no debe ser para nosotros una simple verdad teórica, una teoría religiosa que aceptamos y en la que creemos, sino que esta verdad teológica debe condicionar y marcar todo nuestro diario vivir aquí en la tierra. Los que creemos en la Resurrección debemos orientar nuestro comportamiento diario de acuerdo con esta verdad que profesamos. Nuestra fe en la resurrección, o da verdaderos frutos de conversión o es una fe muerta. Cristo les dice a sus discípulos que prediquen la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Es decir, que Cristo quiere que sus discípulos vayan por el mundo diciendo que a todas las personas que se conviertan Dios les perdona todos sus pecados y les regala la salvación. Los frutos de la resurrección de Jesús son la salvación y el perdón de nuestros pecados, pero para obtener estos frutos es necesario que nosotros nos convirtamos al Señor. Esta debe ser nuestra reflexión y nuestro propósito hoy: convertirnos al Señor y dejar que los frutos de la Resurrección lleguen hasta nosotros. El que no se convierte está impidiendo que los frutos de la resurrección de Jesús lleguen hasta él, está haciendo estéril e inútil para él la resurrección de Jesús.

2. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados. El apóstol Pedro dice a la gente que, aunque ellos pecaron “matando al autor de la vida”, Dios quiere perdonarlos, porque su pecado fue fruto de su ignorancia, más que de su maldad. La única condición que Dios les pone para perdonarles los pecados es que se arrepientan de su pecado y se conviertan. Yo creo que esto que dijo entonces Pedro a los judíos nos lo podría decir también hoy a cada uno de nosotros. Muchos de nuestros pecados se deben más a nuestra ignorancia, que a la maldad de nuestro corazón. Queremos ser felices, pero buscamos la felicidad por caminos equivocados, huyendo del dolor, del sacrificio y del esfuerzo. Nuestras ambiciones y nuestras flaquezas nos confunden. Cristo nos dice que la verdadera felicidad sólo se consigue haciendo el bien, aunque para hacer el bien tengamos que sufrir. Arrepintámonos de nuestros pecados de cobardía, de egoísmo rastrero, de búsqueda de un placer inmediato y perjudicial, de huida de toda clase de esfuerzo y de sacrificio. Porque entonces y ahora sigue siendo verdad cristiana que para alcanzar la resurrección tenemos que superar momentos de crucifixión.

3. Si alguno peca, tenemos a uno que aboga ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. También San Juan nos dice que Dios, nuestro Padre, siempre está dispuesto a perdonarnos. Para eso Cristo vivió, murió y resucitó, para “hacerse víctima de reconciliación por nuestros pecados”. ¡Fuera escrúpulos, miedos y temores! Lo único que tenemos que hacer nosotros –que no es poco- es convertirnos, es decir, cumplir los mandamientos del Señor. Porque, si decimos que conocemos a Dios, pero no cumplimos sus mandamientos, somos unos mentirosos. Conocimiento de Dios, sin conversión a Dios, es siempre una mentira. Si queremos que los frutos de la Resurrección de Jesús lleguen a nosotros debemos estar dispuestos a andar el mismo camino de Cristo: un camino de lucha contra el mal, de búsqueda de la justicia, de la verdad y del amor. Eso es creer en la Resurrección: guardar los mandamientos del Señor. Si hacemos esto, vivamos tranquilos y en paz. Cristo estará siempre intercediendo por nosotros. Así lo dice el apóstol san Juan.

Gabriel González del Estal

 

 

Se necesitan testigos

1. Dios lo resucitó de entre los muertos. Pedro, tras la curación del tullido en la Puerta Hermosa del Templo pronuncia este segundo discurso. Tras la admiración que ha provocado el milagro, proclama la resurrección de Jesús y su papel en la salvación de los hombres. Los que reciben con asombro este signo de curación son invitados por la palabra de Pedro a descubrir su sentido. No basta con saber para salir de la ignorancia. Ellos, por ignorancia, mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ahora ya lo saben, pero no basta con descubrirlo, es necesario cambiar de actitud para salir de la ignorancia: " arrepentíos y convertíos". Aceptar que el paralítico ha sido curado en nombre de Jesús es aceptar que el resucitado es el Dios de la vida, actúa en la vida y transforma nuestra experiencia por el perdón que sigue al arrepentimiento. A pesar del mal y de la muerte, la vida sigue siendo posible por Cristo resucitado. El discurso de Pedro señala dos ideas fundamentales:

--Jesús, el siervo de Dios crucificado, es autor y dador de vida, el origen y el que nos guía hasta ella porque venció a la muerte con su resurrección.

-- El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús". La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud.

2.- Testigos de la resurrección. El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. Hay dos cosas que nos llaman la atención:

-- No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que Él es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Comprendemos que dice al tercer día porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.

--Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado?

En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe.

 

 

Testigos

1. Pedro acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo. A continuación dirige unas palabras a los que han presenciado este hecho. La fe en Jesús resucitado tiene que ser testimoniada siempre con los hechos y, cuando sea oportuno, con la palabra. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el "nombre de Jesús". La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud. Pedro da testimonio de que Dios no es un Dios lejano; es un Dios familiar, cercano: "el Dios de nuestros padres". A la salida del pueblo de Egipto se corresponde ahora la salida de Jesús de la muerte. Al pueblo lo liberó Dios; a Jesús lo resucita Dios. Pedro dice que el justo que ellos mataron, el autor de la vida, Dios lo resucitó. Comprende que ha sido por ignorancia, pero la ignorancia también es culpable cuando es vencible, por eso les anima a arrepentirse y convertirse para que se borren sus pecados. Es importante la conclusión a la que Pedro invita: cambio de mentalidad y de actuación como condición imprescindible para superar los condicionamientos injustos y las decisiones arbitrarias. Dios borra los pecados lo mismo que se borra una deuda. Dios perdona y no tiene en cuenta los pecados de aquellos que creen en Jesucristo.

2. Tener experiencia de Jesucristo resucitado. El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que Él es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Lo del tercer día es porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.

3. Seamos testigos de Jesucristo resucitado. Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado? En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe.

 

 

Experiencia de fe y testimonio

1. La experiencia del Resucitado. Los discípulos de Emaús vuelvena Jerusalén para contar a todo el grupo lo que les ha sucedido en el camino y cómo conocieron a Jesús "en el partir el pan". Hoy vemos como la comunidad cristiana va a surgir como tal comunidad a partir de una experiencia común de la realidad del resucitado. Toda la primera parte de este relato de Lucas está orientada a resaltar este carácter real del resucitado. El nuevo Jesús no es ninguna invención espiritual del grupo cristiano. Pedro, en el discurso del Libro de los Hechos después de la curación del paralítico, subraya que los dirigentes judíos condenaron a Jesús por ignorancia. Les insta a que se arrepientan y se conviertan También los cristianos dudaron de la realidad de Jesús, no hubo en ellos predisposición alguna a aceptarla, sino todo lo contrario. Sólo la presencia real del resucitado les ha llevado al firme y absoluto convencimiento que ahora tienen. Bajo la tremenda impresión de los acontecimientos de la Pasión, entre el miedo a los judíos y la esperanza alimentada con las primeras noticias de aquel domingo, estos hombres no acaban de creer a causa de la inmensa alegría lo que ven con sus propios ojos. Jesús les tranquiliza y les convence de que es verdad lo que están viendo y de que no se trata de ningún fantasma. La vida de Jesús, su pasión y muerte, y todas las Escrituras deben ser interpretadas a la luz de la experiencia pascual.

2. El Señor vive realmente. Jesús muestra a los discípulos las señales de los clavos en las manos y en los pies. Les invita a palparle. Estas formas de expresión no hay que verlas como representaciones de la realidad corporal de Jesús, sino como vehículos interpretativos de algo más profundo: Jesús vive ahora una nueva realidad corporal. Jesús resucita con cuerpo glorioso: No es posible comprender cómo un cuerpo glorificado pueda comer alimentos. De todas formas, el sentido de esta afirmación es que el Señor vive verdaderamente, y lo que los discípulos han visto no es una simple "visión".

3. El don de la paz, regalo de Jesucristo resucitado. Solamente quien guarda su palabra y sus mandamientos conoce el amor de Dios. El don que recibe es la paz, la plenitud de todos los dones. El Señor resucitado les saluda siempre con la misma expresión: "Paz a vosotros". La experiencia de un Jesús real produjo en los once y sus compañeros de la comunidad cristiana un cambio de forma de pensar y de vivir-la conversión- y una liberación interior -perdón de los pecados-. Ellos son testigos de todo esto porque son testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Muerte y resurrección no son sólo acontecimientos estáticos en Jesús; son también acontecimientos dinámicos que inciden operativamente en el individuo y en el grupo transformándolos en una nueva realidad, cuya expresión es la comunidad cristiana, y en mensajeros de esa nueva realidad. La misión de Jesús ha terminado, pues todo ha sido cumplido. Ahora queda que los apóstoles anuncien a todo el mundo lo que han visto y oído. Es necesario que sean testigos, que predique en todas partes, comenzando por Jerusalén, que Dios salva a los hombres en Jesucristo y concede el perdón de los pecados.

José María Martín OSA

 

 

No cunda el desencanto

Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad se encuentra agobiada y hastiada. Hay muchas esperanzas, sobre todo las superficiales, que hicieron aguas. Y, esa decepción, se ha convertido en duda sistemática de todo y, sobre todo.

1. Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.

2. ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.

3. Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y nunca resucitó. ¿Tal vez somos esos murciélagos habituados a la oscuridad –como señalaba recientemente el Papa Francisco- huyendo de la luz?

Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No esperemos signos extraordinarios. Nada y todo nos habla de Dios. Todo y nada nos muestra al Señor. No es juego de palabras y sí pura verdad: sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente. ¡Feliz Pascua! ¡Estamos en Pascua!

4. QUÉDATE, SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, si ahora todo es luz,

sin ti y cuando te vayas,  volverá a ser oscuridad

Que, si ahora veo tu  grandeza,

sin Ti y cuando te vayas,  sólo tocaré mi pobreza

QUÉDATE,  SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque, mis dudas con tu  Palabra,

se convierten en seguras  respuestas

Porque, mi camino huidizo y  pesaroso

se transforma en un sendero  de esperanza

en un grito a tu presencia  real y resucitada

QUÉDATE,  SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Que, contigo y por Ti,

merece la pena aguardar y  esperar

Que, contigo y por Ti,

no hay gran cruz sino fuerza  para hacerle frente

Que, contigo y por Ti,

la sonrisa vuelve a mi  rostro

y el corazón recuperar su  vivo palpitar

QUÉDATE,  SEÑOR, NO PASES DE LARGO

Porque, contigo, mi camino  es esperanza

Porque, contigo, amanece la  ilusión

Porque, contigo, siento al  cielo más cerca

Porque, contigo, veo a más  hermanos

y siento que tengo menos  enemigos

Porque, contigo, desaparece  el desencanto

y brota la firme fe de quien  sabe que Tú, Señor,

eres principio y final de  todo. Amén.

 

 

¿Qué hemos hecho del domingo?

¿Tenéis algo qué comer? A los de Emaús, y a los discípulos, atormentados, temerosos o llenos de dudas, Jesús se les apareció para fortalecerles y abrirles los ojos en aquello que tanto insistió antes de su pasión y muerte: la resurrección.

Sus visiones posteriores, especialmente en la fracción del pan, no pretendieron otra cosa sino darles muestras de que Él era en persona. Que todo lo anunciado se cumplía. Que, aquel Señor que había compartido confidencias y paseos, sufrimientos y alegrías, se presentaba en medio ofreciéndoles lo que el mundo no da: paz.

Desde entonces, cada domingo, para los cristianos –no solamente es el Día del Señor- es el momento en el que ponemos en paz todas las cosas: las de cada uno, las de los demás y las de todos con Dios. ¿Qué hemos hecho del domingo? Es una interpelación que debiera de marcar la conciencia de todo católico. De los que venimos a la Eucaristía y de aquellos que, por diversas razones, la han dejado. ¿Qué hemos hecho con el Día del Señor?

2. Recientemente, en las más altas capas de decisiones políticas de Europa, se hablaba de la necesidad de recuperar el Domingo como algo constitutivo y genuino del viejo continente. Entre otras cosas porque, el domingo, corre el riesgo de quedarse en un día ordinario. En una jornada que ya no está marcada por el descanso, la familia o el realizar algo extraordinario. Muchos, y con razón, comienzan la semana diciendo: “estoy más cansado que el viernes”. Y es que, desde diversas vertientes, se nos insta –consciente o inconscientemente- a ensalzar aspectos deportivos, de ocio o de simple holganza, en detrimento del valor sagrado.

¿A qué se debe? Ni más ni menos que hemos olvidado lo que ha sido motivación y algo sagrado de este séptimo día: además del descanso, el glorificar a Dios.

3. Sorprendía, no hace muchos días, una campaña lanzada por la Iglesia de Norte-América: “Es hora de volver”. Con ello, a través de la televisión, invitaban a los católicos alejados de la práctica dominical, a volver a la casa del Señor. A la Eucaristía. A la escucha de la Palabra.

Tal vez estamos en un momento, muy apropiado, para insistir en los nuestros, en nuestras familias, a nuestros hijos o vecinos sobre una realidad: para que el Señor aparezca en nuestra vida cotidiana, tenemos que sentarnos de nuevo a escuchar su Palabra. Reconquistar el sentido cristiano del Domingo. Dejar a un lado (o combinarlas con la fe) ciertas actividades que entorpecen o ensombrecen lo más genuino de este día: la referencia a Dios.

El Domingo, bien vivido y celebrado, es una posibilidad para encontrarnos frente a frente con el resucitado. Es un cauce para hallar la paz interior y exterior. Es motivo de fiesta y de alegría. De cantar y expresar lo que la Pascua fluye por sus cuatro costados: la presencia de Jesucristo muerto y resucitado. ¡Paz a vosotros!

4. ES TU DÍA, SEÑOR

Nada, ni nadie, podrán ensombrecer

el sol en el cual se convierte tu Palabra:

nos da seguridad, en la debilidad

nos ofrece el pan para el alma

es aliento en las dificultades.

ES TU DÍA, SEÑOR

Cada Domingo, en la mesa del altar,

reconocemos tu presencia resucitada

sentimos tu mano resucitadora,

vemos tu costado que, abriéndose una y otra vez,

regala salvación y agua para toda la humanidad.

ES TU DÍA, SEÑOR

Y, por ser tu día, Señor

nos sentamos en la mesa que tanto nos habla de Ti

En la mesa que nos enseña tu retrato de amor

En la mesa que se impone frente a toda duda

En la mesa que nos confirma en la fraternidad

ES TU DÍA, SEÑOR

Cada Domingo, en la Eucaristía,

acogemos la paz que sólo Tú puedes ofrecer:

Paz sin maquillajes ni treguas

Paz sin exclusiones ni favoritismos

Paz sin recompensa alguna

La Paz que, siendo para la tierra, baja del cielo.

ES TU DÍA, SEÑOR

El momento del encuentro

Del cara a cara del hombre contigo

De saber que avanzas a nuestro lado

De confirmarnos en el áspero y duro camino

De celebrar, algo que sólo el Domingo nos da:

La VIDA se impone sobre la muerte

La RESURRECCCIÓN espera al final,

Después de la gran semana de la vida terrena

La PAZ como fruto de la comunión

de Dios con el hombre

ES TU DÍA, SEÑOR. Amén

Javier Leoz

 

 

Las apariciones primeras de Jesús

1. Se llama a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos – A, B, y C - se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección. En el texto de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones al hacer referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y luego describir su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo. Hay en todos los relatos características comunes de ese nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. O, como dice el texto de Lucas de hoy, su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado— pues demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos. Ya en días anteriores hemos hablado bastante sobre el aspecto del cuerpo glorificado de Jesús.

2. Era, sin duda, diferente pero era un cuerpo. La catequesis que surge de estas apariciones reside en afirmar la condición corpórea de Jesús, nunca sólo en espíritu, y que ello pudiera servir para negar, ni por un segundo, la realidad humana fehaciente del Señor Jesús. No debemos olvidar que las primeras herejías –algunas muy tempranas— querían negar la humanidad total de Cristo al admitir su condición divina. Y si, finalmente, Jesús se hubiera aparecido como espíritu, pues la resurrección gloriosa de su cuerpo y alma no se hubiera producido. Por eso, dichas advertencias tenían un recorrido más largo que el propio ámbito del cenáculo y correspondiente a los discípulos de primera hora. Están hechas para todos los que iban a llegar a después. La historia ha demostrado que la condición de Cristo como hombre total y Dios verdadero iba a traer muchas dificultades a lo largo de la historia. Los primeros fueron los gnósticos que llevados de una sublimación del espíritu consideraban la materia como impura y, por tanto, un cuerpo humano no podía formar parte de una realidad divina.

3. Hoy existe una tendencia a suponer que Jesús de Nazaret fue un hombre maravilloso, único en la Historia, pero que no fue Dios. Es parecido a lo anterior, pues es una forma de limitar la auténtica naturaleza nuestro Señor. Conviene señalar ahora que toda la Escritura, hasta en sus más nimios detalles, ofrece una realidad profética y de revelación de la verdad. Por eso hemos de leerla con esperanza de que nos vaya a dar respuesta a muchas de nuestras dudas. La Escritura siempre debe estar siempre a nuestro lado y no debemos hurtar ni un minuto a su necesario estudio y contemplación. No es un camino en soledad, porque los cristianos, según nos enseñó Jesús en el Padrenuestro rezamos unidos. Ese “nuestro” es buena prueba de ello.

4. Otro aspecto que debemos tener cuenta dentro de la enseñanza del cenáculo que Jesús da a sus amigos –y que también se lo expresó a los discípulos de Emaús— es la “necesidad” de que el Mesías tenía que padecer. Y es que todavía a los testigos presenciales de la tragedia del Gólgota se les hacía duro creer en ello y puede que la nueva presencia pujante y gloriosa de Jesús tendiera a hacer olvidar lo anterior. Por eso Jesús insiste en lo que ya había dicho muchas veces antes y que se cumplió: que iba a padecer, morir y resucitar. Hemos de comprender lo difícil, desde el punto de vista humano, de los días posteriores a la Resurrección para los apóstoles y resto de los discípulos.

5. No tenemos más que ponernos en su lugar e imaginar algo similar en nuestras vidas. Y todo ello en poco más de una semana. Tiene sentido por ello la permanencia de Jesús durante un buen número de días antes de la Ascensión. La catequesis “definitiva” llegaba entonces y no exenta de dificultades. Parece que el prodigio de la Resurrección de Jesús no fue suficiente para “convertir” a los discípulos. Tuvo que llegar el Espíritu Santo para que la más prodigiosa aventura humana en el terreno de la enseñanza de una doctrina comenzara. Por todo ello no nos debe extrañar esa minuciosidad del Resucitado en sus enseñanzas. El domingo pasado escuchamos la historia de Tomás y el Señor lanzaba un mensaje importante: “bienaventurados los que han creído y no han visto”, que era una gran lección para todos esos testigos presenciales que continuaban renuentes a aceptar todo lo que estaba ocurriendo.

6. La cronología en la liturgia de estos domingos pega un salto cuando nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Ciertamente, no ocurría así en los primeros días tras la Resurrección. Está claro que esa “última catequesis” y el influjo del Espíritu Santo fueron los pilares inmediatos desde donde se comenzó a construir el edificio eclesial.

7. Muchos años después, el apóstol Juan escribía sobre Jesús como víctima y como altar, como ofrenda maravillosa, para el perdón de los pecados de todos. De aquellos de esa época y de nosotros y de los que están por venir. Y es que los seguidores de Jesús de Nazaret hemos ido comprendiendo, poco a poco, lo importante y sublime de su misión. Por eso es bueno que le dediquemos nuestro tiempo a la contemplación del contenido de las Escrituras. Y hacerlo comunitariamente e individualmente con nuestro rezo puesto en las manos del Espíritu Santo. No podemos –y eso parece más que obvio—que la Escritura solo resuene en nuestros oídos cuando acudimos los domingos a la Eucaristía. Hemos de tener presente, sobre todo, esa capacidad de Jesús como maestro que está tan vivamente expresada en los Evangelios. No dejemos ni un día, en la quietud de nuestra habituación, de escuchar como Jesús nos habla a través de los evangelistas. Tomemos hoy mismo el propósito de hacerlo.

 

 

Las enseñanzas de Jesús resucitado

1. Los expertos en Sagrada Escritura llaman a este domingo tercero de Pascua el de las apariciones. Y es que en los tres ciclos –A, B, y C—se narran las apariciones primeras de Jesús poco después de la Resurrección. El texto del evangelio de Lucas que se ha proclamado hoy es como un resumen de esas apariciones. Hace referencia, primero, al episodio de los que caminaban hacia Emaús y, luego, describe su presencia en medio de los discípulos en el cenáculo.

2. Hay en todos los relatos características comunes del nuevo aspecto físico de Jesús: no se le conoce en el primer momento. O, como dice el texto de San Lucas, su aspecto produce inquietud o alarma. Incluso, el mismo Jesús resucitado reprocha a los discípulos que tengan esas dudas interiores. Y al pedirles de comer –y comerse el pescado asado— demostraba que no era un fantasma, ni siquiera un “espíritu puro”: lo contrario de un cuerpo humano, según algunos. Era, sin duda, diferente pero era un cuerpo. La catequesis que surge de estas apariciones reside en afirmar la condición corpórea de Jesús, nunca sólo en espíritu, y que ello pudiera servir para negar, ni por un segundo, la realidad humana fehaciente del Señor Jesús.

3. No debemos olvidar que las primeras herejías –algunas muy tempranas—querían negar la humanidad total de Cristo al admitir su condición divina. Y si, finalmente, Jesús se hubiera aparecido como espíritu, pues la resurrección gloriosa de su cuerpo y alma no se hubiera producido. Por eso, dichas advertencias tenían un recorrido más largo que el propio ámbito del cenáculo y correspondiente a los discípulos de primera hora. Están hechas para todos los que iban a llegar a después. La historia ha demostrado que la condición de Cristo como hombre total y Dios verdadero iba a traer muchas dificultades a lo largo de la historia. Los primeros fueron los gnósticos que llevados de una sublimación del espíritu consideraban la materia como impura y, por tanto, un cuerpo humano no podía formar parte de una realidad divina.

4. Hoy existe una tendencia a suponer que Jesús de Nazaret fue un hombre maravilloso, único en la Historia, pero que no fue Dios. Es parecido a lo anterior, pues es una forma de limitar la auténtica naturaleza nuestro Señor. Conviene señalar ahora que toda la Escritura, hasta en sus más nimios detalles, ofrece una realidad profética y de revelación de la verdad. Por eso hemos de leerla con esperanza de que nos va a dar respuesta a muchas de nuestras dudas. La Escritura siempre debe estar siempre a nuestro lado y no debemos hurtar ni un minuto a su necesario estudio y contemplación. No es un camino en soledad, porque los cristianos, según nos enseñó Jesús en el Padrenuestro rezamos unidos. Ese “nuestro” es buena prueba de ello.

5. Otro aspecto que debemos tener cuenta dentro de la catequesis del cenáculo que Jesús da a sus amigos –y que también se lo expresó a los discípulos de Emaús—es la “necesidad” de que el Mesías tenía que padecer. Y es que todavía a los testigos presenciales de la tragedia del Gólgota se les hacia duro creer en ello y puede que la nueva presencia pujante y gloriosa de Jesús tendiera a hacer olvidar lo anterior. Por eso Jesús insiste en lo que ya había dicho muchas veces antes y que se cumplió: que iba a padecer, morir y resucitar.

6. Hemos de comprender lo difícil, desde el punto de vista humano, en los días posteriores a la Resurrección para los apóstoles, para todos los discípulos, admitir la posibilidad de la Resurrección. No tenemos más que ponernos en su lugar e imaginar algo similar en nuestras vidas. Y que tal transición de la muerte a la glorificación, hubiera llegado, todo ello, en pocos días en poco más de una semana. Tiene sentido por ello la permanencia de Jesús durante un buen número de días antes de la Ascensión. La catequesis “definitiva” llegaba entonces y no exenta de dificultades. Parece que el prodigio de la Resurrección de Jesús no fue suficiente para “convertir” a los discípulos. Tuvo que llegar el Espíritu Santo para que la más prodigiosa aventura humana en el terreno de la enseñanza de una doctrina comenzara. Por todo ello no nos debe extrañar esa minuciosidad del Resucitado en sus enseñanzas. El domingo pasado escuchamos la historia de Tomás y el Señor lanzaba un mensaje importante: “bienaventurados los que han creído y no han visto”, que era una gran lección para todos esos testigos presenciales que continuaban renuentes a aceptar todo lo que estaba ocurriendo.

7. La cronología en la liturgia de estos domingos pega un salto cuando nos presenta los textos de los Hechos de los Apóstoles. Narran los primeros momentos de la vida de la Iglesia en Jerusalén. Ya se había producido la Ascensión y Pentecostés. Y la doctrina de la Iglesia en torno a la salvación, a la encarnación y a la resurrección es expuesta por Pedro ante el pueblo de Jerusalén –y sus autoridades—con unos argumentos idénticos a los que la Iglesia ha ido ofreciendo desde entonces hasta ahora. Ya había nacido la Iglesia e iniciaba su andadura. Ciertamente, no ocurría así en los primeros días tras la Resurrección. Está claro que esa “última catequesis” y el influjo del Espíritu Santo fueron los pilares inmediatos desde donde se comenzó a construir el edificio eclesial.

8. Muchos años después, el apóstol Juan escribía sobre Jesús como víctima y como altar, como ofrenda maravillosa, para el perdón de los pecados de todos. De aquellos de esa época y de nosotros y de los que están por venir. Y es que los seguidores de Jesús de Nazaret hemos ido comprendiendo, poco a poco, lo importante y sublime de su misión. Por eso es bueno que le dediquemos nuestro tiempo a la contemplación del contenido de las Escrituras. Y hacerlo comunitariamente e individualmente con nuestro rezo puesto en las manos del Espíritu Santo. No podemos –y eso parece más que obvio—que la Escritura solo resuene en nuestros oídos cuando acudimos los domingos a la Eucaristía. Hemos de tener presente, sobre todo, esa capacidad de Jesús como maestro que está tan vivamente expresada en los Evangelios. No dejemos ni un día, en la quietud de nuestra habituación, de escuchar como Jesús nos habla a través de los evangelistas. Tomemos hoy mismo el propósito de hacerlo.

Ángel Gómez Escorial

 

 

La verdad de verdad

1. La cosa viene de antiguo. Decía Ignacio de Loyola: entrar con la suya para salir con la nuestra" que, aunque se parece, no es lo mismo que lo de Pablo: hacerse todo a todos para ganar a algunos (1Cor 9,22). Lo advierto porque lo segundo es revelado y lo primero no.

El contenido de las tres lecturas de la misa del presente domingo, mis queridos jóvenes lectores, podríamos dividirlo en dos grupos. En el primero están las dos primeras, el segundo corresponde exclusivamente al texto evangélico.

2. Vamos al grano, pues .Aunque no se haya estudiado márquetin, salta a la vista que el discurso de Pedro es inoportuno e imprudente. A ningún político de turno, líder de un partido nuevo, se le ocurriría tal lenguaje. Ni un comerciante que exhibiera sus novedades, se expresaría de tal forma. Pedro se ensaña con sus oyentes acusándolos con ferocidad. Era de esperar, pues, que se le fueran los presentes. Pero no lo hicieron. Les irritaba lo que les decía, pero se expresaba con sinceridad y acierto. Lo acertado no era el modo, sino el contenido del discurso.

3.- Si lo lógico hubiera sido que se hubieran alejado ¿por qué no lo hicieron? Pedro estaba hablando como cualquier anónimo rabino pudiera hacerlo en el “Speakers Corner” del Hyde Park de aquel tiempo, que lo era sin duda, la amplia explanada del Templo, la que llamamos atrio de los gentiles. El apóstol era sincero y dotado su interior de la gracia, más concretamente, y en lenguaje teológico, provisto de los carismas que se le otorgaron a la primitiva comunidad. Sabemos que la de Jerusalén además, tenía conocimiento del valor de la oración y de la asistencia del Espíritu y vivía de acuerdo con ello y no exclusivamente de las cualidades del orador de turno, o de la fama que se haya ganado quien se empina en cualquier estrado.

4. Aceparon los que le escuchaban, fueron nobles y humildes, era sin duda gente sencilla y buena. Añade a continuación que su mal obrar tiene la excusa de su ignorancia. Respiran ellos consolados. Menciona Pedro el pecado. Aquí quería llegar. Esta palabra y concepto no se usa hoy. Ante cualquier proceder adverso, se acude siempre a calificarlo de ignorancia o enfermedad mental. ¡pobre mundo nuestro! Si cuesta mucho enseñar y reconocerse incompetente, mucho más irrita ser considerado un trastornado. Tienen difícil y no inmediato remedio tales males. Reconocerse y aceptar ser pecador, abre horizontes de perdón, ilumina el porvenir de Esperanza.

5. Sin duda, sentirse impregnado de pecado, puede conducir a la desesperación. Juan lo sabe y él también hablando inspirado, nos dice en un párrafo del texto de hoy: “os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”.

6. Me he encontrado más de una vez que incluso gente de Iglesia, se niega a reconocer que alguien puede ser pecador. Estas niñas no pueden cometer pecados, si solo tienen trece o catorce años, me decía un día una catequista religiosa. Solo cometen faltas, me advertía. Aquellas preciosas adolescentes eran capaces de mentir, de fomentar la vanidad, de no cumplir con su deber de estudiar, de desobedecer y ofender a sus progenitores, entre otras cosas. Pecado sin duda, de acuerdo con su talla. Para ser pecador como un criminal nazi, es preciso tener mucho poder y grandes facultades, amén de edad madura. A personalidades pequeñas e incipientes, les corresponden pecados menores y no demasiado ofensivos, pero auténticos pecados, a su medida. La innata inclinación que pueda tener un enfermo mental, tiene difícil remedio. El pecado, si existe arrepentimiento y con la gracia de Dios, puede ser perdonado definitiva y totalmente.

7. La escena del evangelio está cargada de simpatía. Jesús resucitado no se aparece para atemorizar. Llega para alegrar y ellos los apóstoles no saben avenirse a esta realidad que les era desconocida. Habían oído hablar de apariciones, la de la nigromante del pie del Tabor, que habló al rey Saul, la del ángel a Abraham, que estaba a punto de degollar a su hijo Isaac, ambas les serían conocidas. De los espíritus que inundaban las noches de tempestad también imaginarían algo desde pequeños. Espíritus, fantasmas, espectros, duendes, también a nosotros nos han contado mil y una historias ¿Quién sabe cómo son? Tampoco importa demasiado.

8. Jesús resucitado es experto instructor. Que le den algo de comer y se convencerán de que no es un zombi. Le dan, según el texto litúrgico, pescado asado, según otras versiones, acompañado de miel, cosa muy verosímil que tuvieran ellos, gente de aquel tiempo y lugar. No necesita alimentarse un resucitado, comer es sencilla muestra de humanidad y a esta señal acude el Señor. Convencidos como están acude a doctrinas que les había predicado en su época histórica. Se sienten cómodos escuchándole. Aceptan su mensaje y advertencia. Es preciso que prediquen la conversión y el perdón. Se lo dijo a ellos. Nos lo dice a nosotros.

9. Quiero advertiros ahora, mis queridos jóvenes lectores, que los que le escuchaban no eran los once apóstoles. Seguramente, muchos de vosotros recordaréis el relato de los discípulos que yendo camino de Emaús, se encontraron con Él y con Él hicieron interesante ruta. Educados, hospitalarios y generosos, le habían invitado a quedarse a dormir en su domicilio familiar. Se dio a conocer entonces a los presentes, que, con seguridad, además de los dos, les acompañaría sus familias. (Muchos artistas plasman el acontecimiento completando la escena y pintan los que imaginarían estarían presentes, esposas, hijos y hasta la suegra de alguno de ellos. ¡No faltaba más! Otros tal vez para ahorrase trabajo se contentan con diseñar a los sólo tres)

10. Se les dio a conocer y ellos le reconocieron. No se quedaron encerrados en casa a celebrarlo, acabando de cenar juntos. Abandonaron a los suyos y se fueron corriendo a anunciarlo a los apóstoles, por si no se habían enterado de que el Maestro vivía. Después del fracaso del Calvario, había que proclamarlo de inmediato, pese a que estarían cansados de la caminata.

Después del fracaso de nuestra decadente cultura occidental y de la dejadez y abandono de la religiosidad que le es tan propia, a vosotros, y a mí sin duda, nos toca compartir vivencias, Fe y Gracia, mis queridos jóvenes lectores. No hacerlo es desilusionar a Cristo y abandonarlo, No ser misioneros, además de perezosos, tacaños e ingratos, es ser anticuados, cristianamente considerado.

 

 

Comer es genuinamente humano

1. Después del simpático episodio del encuentro del Señor con aquellos discípulos que decepcionados, huían de Jerusalén, camino de Emaús, que nos cuenta Lucas, la narración continúa diciéndonos que presurosos ellos, volvieron a la capital para encontrarse con los demás. La Fe cristiana es comunión con Dios y con los hermanos y la comunión se expresa sensorialmente mediante la comunicación. Los hombres, cada hombre, cada cristiano, no es una isla incomunicada, protegida y solitaria. Los dos caminantes no quieren quedarse el gozo de su experiencia para sí y los suyos exclusivamente. Los de Emaús son, pues, los primeros misioneros de entre los seguidores del Maestro. María, la de Mágdala, la apóstol de los apóstoles, no lo olvidéis, mis queridos jóvenes lectores. Y que lo dicho no se entienda en el sentido de quiera yo desacreditar a Pedro o a Juan, se trata sólo de poner los puntos sobre las ies.

2.- Por el contexto, debemos suponer que el minúsculo grupito de los apóstoles, se alojaría en casa de la madre de Juan-Marcos (Hechos 12,12). Hoy en día, en un rincón de entre las callejuelas de la Ciudad Vieja, una comunidad cristiana de sirios ortodoxos, ocupan lo que creen fue esta casa, de la que os estoy hablando. Viven y rezan, los que ahora están, en lengua siria, la más parecida al arameo que hablaba Jesús. A la mansión le falta la grandiosidad del Cenáculo que sirvió, seguramente, para la Santa Cena y la solemne efusión del Espíritu en Pentecostés, pero no carece de importancia.

3.- Un ámbito pequeño no es obstáculo, más bien ventaja, para encuentros y confidencias. Allí, o donde fuera, estaban refugiados y ya un poco animados por las primeras experiencias pascuales. Llegan ellos, seguramente su corazón latiría a cien por hora, como se dice vulgarmente, entusiasmados, no están reprimidos ni unos, ni otros Mientras comparten sus vivencias, aparece Jesús. Su presencia les asombra, todavía les queda alguna duda. La Fe siempre implica riesgo, no lo olvidéis, también esto era válido para ellos, como lo es para nosotros.

4. Ya os decía la semana pasada que, pese a que acudimos tantas veces a los sentidos para cerciorarnos de algo, pueden, no obstante, conducirnos a situaciones equívocas. Ahora bien, el Maestro se adapta a su mentalidad. Les enseña las cicatrices de su ejecución, pruebas que no serían agradables a la vista, pero muy certeras, de que era Él. Aun así continúan dudando y Él lo sabe y no se enoja, lo mismo ocurrirá con nuestra vacilante actitud de tantas veces. Sin disgustarse, cambia de tercio.

5. Comer, y según qué y de qué manera, es prueba que demuestra la identidad de algo o alguien a quien estamos observando. Los fantasmas, si existieran, no comerían, de eso estamos todos muy seguros. De acuerdo con la manera de ser de aquellos compañeros de aventuras galileas, les pide algo de comer y ellos le dan una cosa muy típica de sus tierras: pescado a la brasa. Acordaos que cerca de Cafarnaún, donde centró su apostolado el Maestro, existían factorías de salazón de pescado que lo elaboraban con tanto éxito, que conseguían exportarlo hasta la misma Roma. El pez semejaría a nuestros arenques, o al bacalao, pero asado. Algunos manuscritos han trasmitido también que le dieron miel, cosa nada extraña dentro de las costumbres de aquellas gentes.

6. Come Él y se convencen. Ahora somos nosotros los que interrogaremos ¿es posible que un resucitado se alimente? Nuestra Fe nos promete una resurrección individual. Pero no una resucitación o que vayamos a revivir perpetuamente. San Pablo ilumina un poco el enigma subsiguiente. Os recomiendo que leáis 1Cor. 12,52 y 15,44. Pese a que, evidentemente, un resucitado no necesite alimentarse, hacerlo convence al grupo de aquellos que, en su etapa histórica, le habían visto y acompañado tantas veces en tal menester. Y a nosotros también nos convencería, seamos sinceros. A partir de esta experiencia, Jesús pasa a enseñarles. Serle fiel no supone saber de memoria textos o frases. Él quiere que seamos amigos suyos, ya que lo que ha recibido del Padre, nos lo ha comunicado (Jn 15,15). Meditad bien esto último.

7. Ahora os propongo, mis queridos jóvenes lectores, que para evocarlo alegremente y retenerlo mejor, os reunáis algún día en alguna ermita, por ejemplo, como lo hacemos nosotros. Sí, primero celebramos misa, lo más importante y después, alegremente, almorzamos “comida de resucitado” es decir pescado a la plancha, que nos sabe a gloria. (Os confieso que para complementar este alimento, cada uno trae otras viandas que ofrece a los demás). Inolvidable esta experiencia, os lo aseguro.

 

 

¿Asombrados o atónitos?

1. Quedémonos, por ahora, en atónitos, y será suficiente. Todos vosotros, mis queridos jóvenes lectores, sabéis, que si uno ha recibido una triste noticia impactante y ha permanecido rumiándola en su interior, si al cabo de un tiempo se entera de que no era tal su gravedad, no por ello, de inmediato, se pondrá a cantar y bailar, olvidando de repente, el mal rato que pasó. Algo de esto les ocurriría a los Apóstoles. Pese a que uno solo de ellos, el jovencito Juan, había sido testigo de la muerte del Señor, y Pedro, seguramente, quedó desolado, cuando le miró el Maestro, como si un tsunami de gran magnitud le hubiera invadido su corazón, la amargura de ambos la contagiarían a los demás. Así que, por muy convincentes que resultaran los encuentros con Jesús, no acabaría de desaparecer la angustia que aquellos tres días de muerte y sepultura habían vivido. Usando un ejemplo actual, sabréis que, pese a suprimir un archivo, o formatear un soporte, todavía queda latente, en la mayoría de los casos, la huella de un documento.

2. La resurrección no es lo mismo que la resucitación. En el primer caso, se trata de abandonar la cárcel de los dos barrotes, el espacio y el tiempo y las limitaciones que supone lo que llamamos materia o biología, para existir libre de estas ataduras o condicionamientos físicos. Os confieso que me preocupa mucho saber algo de lo que es el cuerpo humano y cada vez me resulta más difícil tener alguna noción segura. Os lo digo porque pienso que más que saber qué es, conocemos su comportamiento en la realidad histórica, e identificamos su existir al observar cómo realiza las funciones peculiares, sea el dormir, comer, caminar, sus ademanes al hablar…

3. La resucitación es otra cosa. Tenemos noticia evangélica de algunos casos. Ejemplos son la joven a la que se dirige con aquellas palabras: talita Kumi (chica levántate), uno de los raros casos en que los evangelistas nos han trasmitido las mismísimas palabras del Señor. El hijo de la viuda de Naín y, el más espectacular y comprometido caso, el de su amigo Lázaro. Todos ellos volvieron a la vida histórica y fallecerían posteriormente, empezando entonces la realidad trascendente de la eternidad. Que quede claro que en el caso de Jesús, su cadáver no conoció la corrupción, no revivió, existe libre de ataduras físicas en la Trascendencia que llamamos Cielo u otra vida. ¡Ha resucitado, afirmamos!

4. Se aparecía y le reconocían con bastante seguridad, cosa que les dejaba atónitos, pero no acababan de creérselo y continuaban con sus faenas profesionales anteriores a haber conocido al Maestro, faltándoles coraje y entusiasmo. Paradójicamente, no fue este el caso de María Magdalena, ni, evidentemente, el de María su madre, pese a que en esta ocasión no se nos hable de ello. ¡Excepcionales, como casi siempre, las mujeres!

El Señor quería que de atónitos pasasen al asombro y pese a que parezca que son sinónimos, hay bastante diferencia. En el relato que aparece en el evangelio de la misa de hoy, para estimular a los apóstoles, se dispone a darles una muestra de que no se trata de un encuentro fantasmagórico sino humano y les pide alimento, para que le vean que come, una función típicamente de los seres vivos que pueblan la tierra (¡vete a saber cual pueda ser la de otros seres de otros cuerpos celestes y de otras épocas, si es que han existido!) Pues bien, le ofrecen un alimento típico de su tierra, la baja Galilea, el pescado. Probablemente lo llevarían en su zurrón y sazonado con sal, procedimiento que se efectuaba especialmente en Mágdala y con tal primor, que sus exportaciones llegaban hasta la misma Roma. Por si no me he explicado bien, acudiré a un ejemplo que todavía perdura y que seguramente conoceréis todos: los arenques comunes, el bacalao seco o los arenques nórdicos. Le dieron un trozo y se lo comió, cosa que los fantasmas, caso de que existieran, no harían.

5. Os confío, mis queridos jóvenes lectores, que los que habitualmente nos reunimos para celebrar la misa en la iglesia parroquial, vamos el día 1 de mayo a una ermita de la que soy capellán, celebramos misa y después asamos pescados entero, del tamaño del que tendrían los del tiempo de Jesús y lo comemos alegremente, en memoria del Señor. Os decía que en el caso del relato de este domingo estaría conservado en salazón, pero como en otro relato de San Juan, nos cuenta el evangelio que junto a la orilla del lago se encontró con unos cuantos de ellos y compartió lo que tenía suyo, cocinado a la brasa, con algunos ejemplares fruto de la prodigiosa pesca, a nuestro yantar, le llamamos comida de resucitado y nos sabe a gloria.

No soy partidario de acudir a restaurante cuando no estoy de viaje, pero estando en casa, acompañando a una conversación de amigos, el que bebamos un té beduino, mate en honor de costumbres hispanoamericanas, humus como se come en Tierra Santa o migas como las preparaba mi madre, cualquiera de estos gestos, ayuda a que el ambiente goce de tintes amigables, creando también un reflejo condicional, que facilitará la confianza en futuros encuentros.

Acompaña al gesto de comer el pescado del relato evangélico, la demostración de que lo que le ocurrió, estaba preparado y anunciado en textos proféticos. Es una lección de filosofía de la historia. En una cátedra podría ser aburrida, contada por un amigo, en un tal ambiente, se recibe con interés. Tanto tuvieron y tanto les gustó, que nos lo confiaron por escrito.

Pedrojosé Ynaraja

 

 

La salvación temporal y la eterna

1. Hay que rectificar.

Había motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre, postrado en la puerta Hermosa, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, llevaba inválido años y años. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Deja constancia de que, en realidad, el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acosado, hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. "Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos". Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa real, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban sin saber que era el Hijo de Dios y Salvador del mundo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta comprensión para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2. Renacer a la esperanza.

Los acontecimientos postpascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza, tan inaudita y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. "Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros". Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciaba y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. "Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo". Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, "no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos". Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño...

El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: "¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos". Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén". A partir de entonces la luz de la Pascua, en efecto, se extendió hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.

Antonio García-Moreno

 

 

Queremos que Dios nos sonría

1. Señor, haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro... Acabamos de decirlo en el salmo. Queremos que Dios nos sonría, que se muestre alegre al mirarnos, porque solo la alegría ilumina el rostro de una persona.

Alegría es la tónica de la Resurrección, y es la tónica del Evangelio que se abre y se cierra entre sonrisas y alegría:

-- los ángeles comunican a los pastores la gran alegría. Les ha nacido un salvador. Es al abrirse del Evangelio, de la Buena Nueva, del Gran Notición, que no puede ser más que una gran alegría.

- y el Gran Notición se cierra con las apariciones de Jesús resucitado, en la los discípulos no acaban de reconocer al Señor por su inmensa alegría.

Y entre el anuncio del ángel y las apariciones de Jesús la alegría corre por las páginas del Evangelio:

- Juan Bautista salta de alegría en el seno de Isabel al sentir cerca a Jesús.

- Jesús participa en la humana alegría de una boda pueblerina y les regala 600 litros de vino... y algún moralista le acusaría de responsable de las borracheras de aquellos buenos campesinos.

-- Jesús asiste con gusto a convites, de donde le vino la fama de comedor y bebedor (o borracho)

- en la última de las bienaventuranzas proclama Jesús la paradoja de la persecución como raíz de la alegría... porque grande será vuestra recompensa.

- y lo que en su última oración al Padre pide Jesús para sus discípulos es que les "inunde la alegría".

Y es que Jesús, rostro visible del Padre, nos muestra un rostro iluminado por la sonrisa y la alegría. También nosotros tenemos la misión de ser luz. Tenemos que mostrar la luz de nuestro rostro, un rostro iluminado por la alegría y la sonrisa.

2. "Estad alegres como cristianos que sois", dice San Pablo. La Fe es la llama que arde en el corazón, y su resplandor al exterior es la alegría.

Y es la alegría de saberse hijos de Dios, queridos por Dios, de no estar olvidados, ni aparcados, porque Dios no nos olvida. Alegría de saberse perdonado, porque Dios es mayor que todos nuestros pecados. Alegría de saber que con Cristo hemos resucitado porque llevamos dentro el germen de la Resurrección: el que cree en mi tiene vida eterna. ¡La tiene ya!

Bastantes tristezas hay a nuestro alrededor para que las aumentemos los cristianos con caras largas.

3. El Señor ha sembrado de alegría la tierra:

- la alegría del niño chapoteando en la playa

- el jugueteo de un cachorrillo lleno de vida

- el agua cantarina de un torrente de montaña

- el gorjeo de los gorriones en un limpio amanecer.

- el blanco hiriente de un patio andaluz manchado del rojo vivo de los claveles y el verde de las hojas.

* Vivamos la alegría de la Fe y de la Vida.

* Arrojemos luz de alegría en los corazones tristes, corazones cerrados que huelen a moho.

* No hay mejor apostolado que el de la alegría y que todos podemos hacer.

4. Jesús nos dice que el rostro de Dios se ilumina alegre con la conversión del pecador, como se alegra el ama de casa que encuentra la dracma perdida y el pastor cuando regresa con la oveja extraviada al hombre. Y repito: ¡vivamos la alegría de la fe y de la Vida!

José María Maruri, SJ

 

 

Leña seca y leña verde

Cuando el cura recita la lección

El domingo, Santiago, el amigo impertinente, me ha dado con el codo, susurrándome: «Esto se pone mal, hoy... prepárate».

El párroco estaba ausente, por motivos familiares, y la celebración, con la consiguiente homilía, ha tocado al curita coadjutor: brillante, desenvuelto, al día y también -pero es sólo una impresión mía- un poco presuntuoso.

Como ya había pasado otras veces, ha sido, más que una predicación como yo la entiendo, una lección según su estilo característico. Ha sacado los papeles como siempre y ha desarrollado su cometido intrépido. Impecable desde el punto de vista teológico, exegético, con alguna incursión rápida en el campo sociológico. Es inteligente, está preparado, y le gusta lucirlo.

Ha colocado las citas en su debido lugar (con los autores preferidos: Martín Luther King, Tagore, Gibran, Quoist, Turoldo, que son sus preferidos caballos de batalla y de desfile); ha sacado a la luz el adjetivo favorito «desusadas» a propósito de ciertas prácticas religiosas; ha hablado de una ciencia que se llama hermenéutica; ha hecho alusión al análisis estructural, que debe ser, si no precisamente el último, al menos el penúltimo grito en asuntos de estudios bíblicos; ha hecho un diagnóstico de la situación recurriendo a una fórmula brillante: en efecto, ha dicho que en lo que se refiere a la instrucción religiosa el pueblo de Dios padece de bulimia en cuanto a devocionalismos varios, y de anorexia en cuanto al pan de la palabra.

Todo perfecto, exacto. Quizás demasiado. Si tuviera que darle nota, le daría un seis alto por el deber escolástico (me daba en la nariz que no había copiado bien, aunque yo no estoy preparado para decir de dónde y de quién), pero no le concedería el aprobado por la precisión de la diana. Parecía que no tenía en cuenta al público que tenía delante y que hablaba no se sabe a quién.

Aula, iglesia y vida

Más que en la iglesia, daba la impresión de que estaba en una clase. Mis hijos lo defienden, no sé si por convicción o por solidaridad juvenil. Defienden que hay que tener en cuenta la «distancia generacional» que existe entre los sacerdotes. Sentencian que antes las predicaciones eran simplemente «reprimendas morales» sin ninguna base bíblica, y no educaban en la fe.

El abuelo y la abuela, que «antes» ya vivían, naturalmente no están de acuerdo y dicen que «antes» los curas eran capaces de sacar adelante buenos cristianos, con el temor de Dios.

Por mi parte, adopto una postura más conciliadora y defiendo que el coadjutor con el tiempo se irá haciendo, situándose modestamente en la escuela de la vida. Pero tiene que decidirse a salir fuera del aula escolástica, del capullo de un cierto narcisismo complacido de sí mismo, a abandonar esas fórmulas brillantes prefabricadas y encontrar las palabras adecuadas mirando a la cara a los individuos de carne y hueso que están en los bancos y no los folios que tiene escondidos entre las páginas del misal.

Tiene que caer en la cuenta de que ha de aprender algo también de nosotros «ignorantes».

Precisamente la palabra «ignorante» ha sido la que ha determinado el desarrollo de mis reflexiones personales.

«Sé que lo hicisteis por ignorancia...». Pedro, hablando al pueblo desde el pórtico del templo, da algo más que una circunstancia atenuante: da una absolución. Como si dijese: absuelto por haber cometido el hecho en estado de ignorancia. Muchos pecados nuestros se cometen, no por malicia, sino por ignorancia: en efecto, ignoramos cuál es nuestro verdadero bien.

Sin embargo la ignorancia no se puede convertir en pretexto para seguir cometiendo errores y estupideces varias: «Arrepentíos y convertíos», dice también Pedro.

De todos modos, existe una certeza: nosotros «ignorantes» tenemos un abogado que nos defiende ante el tribunal de Dios. Me ha impresionado mucho lo que dice Juan: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo». ¡Qué feliz confusión e intercambio de partes! Precisamente el que, siendo inocente, tendría derecho para desempeñar el papel de público acusador, se sitúa de parte de los culpables.

Un maestro que no se dirige sólo a la inteligencia

El mismo Jesús, además de ser abogado, se hace también maestro. En efecto, después de la resurrección, apareciéndose a sus discípulos asustados «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras».

En el fondo, es lo que también nuestro curita rebosante de cultura y modernidad ha intentado hacer ante nosotros. Sin embargo tengo motivo para sospechar que los dos métodos no coinciden. Jesús «abrió el entendimiento» de sus discípulos apuntando también al corazón («¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?», confesaron los dos discípulos de Emaús «necios y torpes»). Me atrevería a decir que el Maestro llega al cerebro pasando a través del corazón.

La mente resulta de verdad iluminada sólo cuando al corazón se le recalienta oportunamente. En una palabra: luz y fuego juntos. Libros (o mejor, Libro) y leña para que arda.

Son cosas, estoy seguro, que hasta nuestro inteligente curita terminará por aprender.

Por ahora, su leña está más bien verde, incapaz de producir una llama rojiza, aunque él se empeñe en quemar las páginas de muchos libros que ha leído y que desgraciadamente todavía no ha olvidado.

El resultado se da por descontado: mucho humo. Humo que él nos echa en los ojos, no cayendo en la cuenta de que el humo en los ojos termina por irritar. Y con el humo no se sale de la ignorancia.

Esperemos, pues, con paciencia, a que la leña se seque. Una última pulla nos llega precisamente a través de Juan: «Quien dice `yo le conozco' y no guarda sus mandamientos es un mentiroso».

Existe una mentira que no tiene que ver con las palabras. Los hechos pueden ser mentirosos.

Aunque las palabras sean las precisas, aunque sepamos repetir perfectamente la lección, con o sin la ayuda de los apuntes, cuando la práctica de los mandamientos deja que desear, cuando la palabra se aprende, se comenta, pero no se practica, entonces nuestro diploma de cristianismo es falso.

Alessandro Pronzato

 

 

1. Palabra

Estamos acostumbrados a las grandes palabras religiosas, como presencia real del Resucitado, experiencia del encuentro con Jesús; pero, si alguna vez, efectivamente, Jesús se nos muestra en su soberanía y amor personal, nos quedamos atónitos, como los discípulos (Evangelio de hoy). Sentimiento característico, entremezcla de miedo y alegría.

Cuando vayas a la Eucaristía este domingo, toma conciencia de cómo en ella se realiza la aparición del Resucitado:

Jesús se presenta en medio de su comunidad.

Celebra con nosotros su Cena, recordando su entrega y muerte por nosotros.

Releemos a la luz de su Pascua la Sagrada Escritura, contemplando unitariamente la Historia de la Salvación.

Somos enviados al mundo para que todos conozcan el amor de Dios revelado en Jesucristo.

3. Reflexión

Siendo la Eucaristía el signo más claro, para la Iglesia, de la presencia del Resucitado, también ella implica un proceso de fe, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Así son todos los sacramentos.

En el corazón humano hay una tendencia fuerte a objetivar la presencia de Dios y disponer así de su poder. A ello se prestan especialmente los ritos del culto. Por ejemplo, cuando se usa la práctica de los primeros viernes de mes para asegurarse la salvación, o la fe se centra de tal modo en el sagrario de nuestras iglesias y capillas que pierde el sentido de la presencia de Jesús en la comunidad o en las personas necesitadas que pasan a nuestro lado.

Ciertamente, hace falta mucha fe para creer que ese pan y ese vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. La misma fe que hace falta para percibir en la Iglesia la mediación salvadora que Dios ha dejado en la historia, o para percibir en ese vecino borracho o en ese drogadicto que intenta sacarte unas perras la presencia viva de Jesús. Amar a los pobres en general no es lo mismo que amar a ese pobre concreto que molesta.

La fe necesita hacer un camino y madurar. Para ello hay que aprender a conocer el estilo de Dios, cómo ha roto todos nuestros esquemas sobre Su sabiduría y Su poder. A la luz de la Biblia, especialmente de la vida y obras, muerte y resurrección de Jesús, vamos haciéndonos al ser y actuar de Dios. Cuando un día descubramos la sabiduría y el poder de su Amor, entonces aprenderemos a reconocerlo en la Eucaristía, en el forastero, en la Iglesia.

Nos seguirá extrañando que esté presente precisamente ahí; pero nos extrañará infinitamente más su incalculable Amor. Estaremos tan agradecidos, que será la Eucaristía, cabalmente, nuestro consuelo: ¡poder devolverle tanto amor con el amor de Jesús, ya que el nuestro es tan miserable!

2. Vida

El Resucitado habita en el corazón de la historia. Lo atrae todo hacia Sí. Con El ha comenzado ya el Futuro, aunque nos parezca que el mundo sigue sometido al pecado y la muerte. El está en cada acontecimiento, en el desarrollo de la humanidad, en los movimientos de liberación, en todos los crucificados, en la vida anónima de los que luchan y esperan, en cada rostro de hombre y mujer...

Ejercítate esta semana en la presencia de Jesús por la fe. No necesitas imaginarte cosas raras. Te basta percibir todo lo que haces y te rodea con una luz distinta, en referencia a Jesús, a su historia, a su mensaje. Verás cómo la vida sigue su curso, pero todo es distinto.

De cuando en cuando, ejercítate más concretamente en relacionarte personalmente con Jesús, cara a cara. No necesitas figurártelo físicamente. Te basta abrir el corazón y estar con El. Su presencia, más real que cualquier otra que puedas palpar. ¿No notas que es la fuente misma de tu vida? A veces nos cuesta creerlo. Ábrete, que es el don de Dios.

Javier Garrido

 

 

El autor de la vida

Las visitas del Resucitado a sus discípulos buscan confirmarlos en la fe y despertarlos a sus nuevas responsabilidades.

Compartir el pan

Jesús acaba de ser reconocido por dos discípulos al «partir el pan» con él (Lc 24, 35). Se presenta luego en medio de sus seguidores y les desea la paz (cf. v. 36). Sabemos de la riqueza de esa noción: implica plenitud de la vida. Jesús la anunció cuando caminaba con ellos por las calles de Galilea; ahora les confirma ese mensaje. Les muestra sus manos y sus pies: «Soy yo en persona» (v. 39); no es un espíritu, un fantasma. El Resucitado tiene carne y huesos (cf. v. 39), ¡y tiene hambre! Les pide algo para comer como siempre hizo con ellos. Lo come «delante de ellos» (v. 42). La comida es signo de vida y de comunión.

El texto reitera la unidad entre el Jesús histórico y el Cristo resucitado. El Señor les repite lo que les había dicho (cf. v. 44), ahora lo comprenden mejor, sus inteligencias se abren a las Escrituras. Ahora ven con claridad que su tarea es ser testigos del mensaje y de la resurrección del Señor «comenzando por Jerusalén» (v. 48), la ciudad en que fue ejecutado. Desde allí —para Lucas—se proclamará la victoria sobre la muerte.

Testigos de la verdad

Pedro, fortalecido por el Espíritu, da testimonio de «estas cosas» (Lc 24, 48). Los adversarios de Jesús tuvieron que optar entre «un asesino» y el «autor de la vida» (Hech 3, 14). En varias oportunidades la Biblia nos dice que es necesario elegir entre la muerte y la vida. Eso es lo que hicieron los jefes del pueblo judío. El anuncio de Jesús ponía en entredicho sus privilegios, su respuesta fue decidir contra aquel que trae la vida en plenitud. Gesto inútil, al que ellos mataron Dios lo resucitó. Pedro da testimonio de eso (cf. v. 15). Toda defensa de un privilegio lleva a un comportamiento de muerte.

Una forma sutil de optar por la muerte es la doblez, la deslealtad para con lo que decimos creer. Aquel que no pone en práctica lo que afirma es «un mentiroso y la verdad no está en él» (1 Jn 2, 4). Creer en el resucitado es afirmar la vida y comunicarla, si no compartimos la vida, la plenitud del amor de Dios no está en nosotros (cf. v. 5). Dar vida implica muchas cosas, sin descuidar algo aparentemente muy sencillo, que el propio resucitado reclamó: dar de comer. Ojalá tuviéramos siempre «pez asado» para compartir.

Gustavo Gutierrez

 

 

Los encuentros con Jesús resucitado

Las lecturas evangélicas de estos domingos de Pascua nos ofrecen escenas en las que Jesús resucitado, trasfigurado y glorioso, se manifiesta en su nueva presencia misteriosa a sus discípulos. Jesús quiere culminar con ellos su proceso de fe, afianzándoles para su misión apostólica a la que les ha llamado y en la que ellos han prometido seguirle.

En la página de Lucas, Jesús al presentarse, les saluda: ”la paz esté con vosotros”. El miedo aún les sobrecogía. Estaban con puertas y ventanas cerradas. Dos discípulos les habían asegurado, que al huir de Jerusalén a Emaús, Jesús se presentó entre ellos, se encendían sus corazones al oír sus palabras y le reconocieron en la cena al partir el pan, no pudieron dudar, era él, resucitado. También Pedro, Juan y algunas mujeres aseguraban que Jesús había resucitado. Ellos seguían encerrados, con miedo.

Vamos a pensar hoy en el significado de estos encuentros de Jesús con sus discípulos. Es una reflexión que puede ayudarnos a vivir nuestro seguimiento a Jesús resucitado.

Lucas señala que Jesús, al superar su desconcierto, restablece con ellos un trato de confianza. Son encuentros inesperados para ellos, que aun cargados de misterio, les colman de alegría. Jesús les reafirma en sus deseos de seguimiento a él y de su misión evangelizadora, posiblemente ellos aún entristecidos por su muerte en cruz tan escandalosa.

Seguirle a él es lo que pedía a quienes se le acercaban manifestándole deseos de cambio de vida. A Jesús le seguían de cerca no solamente los doce apóstoles, con ellos convivía; Lucas habla también de setenta y dos discípulos a los que enviaba Jesús a predicar y curar enfermedades. Le seguían las gentes, para oír su palabra, para encontrar en él alivio en sus dolencias, para aclamarle. También se acercaron otros: el joven rico, Nicodemo… y mujeres, María Magdalena, Marta, Jesús les invitaba a seguirle. Distintos seguimientos, distinta fidelidad en el seguimiento a Jesús.

Nosotros, nos preguntamos hoy desde las circunstancias en que cada uno vivimos, qué es lo que nos exige nuestro seguimiento a Jesús, si mantenemos nuestra fidelidad y guardamos nuestro propósito.

El mensaje de Jesús resucitado, ante todo, es su palabra de que sigue vivo, vivo en nuestras vidas, que no nos ha abandonado. Jesús desea que quienes le deciden seguirle recobren la confianza, la amistad, la seguridad en él. Ésta es la tónica general en todos estos relatos evangélicos que hablan de los encuentros de Jesús resucitado con sus amigos. Lo escuchamos hoy en este relato de Lucas, era su deseo con los discípulos de Emaús, con María Magdalena, en el lago del Tiberiades. Los evangelistas destacan la confianza que Jesús manifiesta con todos ellos. Son todos encuentros amistosos, cargados de afectividad.

Lucas dice que después del saludo con la paz, Jesús les comunica su espíritu, les confía responsabilidades de perdonar pecados, de predicar. Ellos comprenden que es el mismo Jesús con quien han convivido en momentos gratos y difíciles, el Maestro cuyo estilo de vida pretenden seguir, cada uno con su personalidad.

Nosotros, que tenemos nuestra identidad, nuestro sello personal, para acertar a llegar a nuestro el encuentro con Jesús resucitado, hemos de descubrir nuestra actitud en la situación concreta de nuestra vida: en nuestra soledad, en nuestra vida de familia, en el trabajo, en nuestra oración, en nuestros encuentros comunitarios, también en nuestro descanso.

El modo con que mejor podemos acercarnos a lo que pueda ser nuestra experiencia interior de la presencia de Jesús, en Jesús como persona viviente y actual, es la confianza, la verdadera confianza que está apoyada ante todo en fidelidad, entrega, amistad.

Así hemos de concebir nuestra relación con Jesús y enriquecer nuestros modos de vivir lo religioso, como pueden ser nuestras devociones, tal vez a veces rutinarias, pero sin olvidarnos de lo que es esencial en el encuentro sincero y fiel con Jesús resucitado tan cercano a toda nuestra vida, nuestra confianza en él.

Nuestra experiencia confiada, amistosa del trato con Jesús será siempre modesta, nunca podremos tener la seguridad de que vivimos en plenitud su espíritu. Estamos en camino, sin haber alcanzado la plenitud del vivir en el ser de Dios, estamos en nuestra vida en fase de transición con incertidumbre. Únicamente nos podremos acercar a la convicción de la presencia del Señor al vivir su palabra de amar, de generosidad, de practicar las bienaventuranzas, fueron sus palabras que pronunció y vivió plenamente, pero siempre con la certeza de que un día podremos poseer aquello que Jesús nos ha prometido y que esperamos alcanzar. El espíritu que mora en nosotros es el que nos conduce para poder llegar un día a ser partícipes de su vida divina.

En su resurrección Jesús, desde su silencio, nos está diciendo, que está con los suyos hasta el final, está compartiendo con toda la humanidad doliente el sufrimiento, el destino de las víctimas de nuestro mundo. Por eso los que sufren, todos los hombres y mujeres que han sufrido, que seguirán sufriendo, han de saber que no están sumidos en una soledad radical, que Dios, en su silencio, les acompaña con su presencia, como acompañó a su hijo en su muerte, que Dios mismo transformará sus días de dolor en vida gozosa.

Si queremos asemejarnos a la vida de Jesús acerquémonos a quienes sufren junto a nuestra vida, tengamos la seguridad de que allí está especialmente presente Jesús resucitado vivo, aunque desconocido y olvidado para casi tantos a los que él ama entrañablemente. Es una presencia buena, entrañable como todas las de Jesús, que nos abre al verdadero destino y al sentido de nuestra vida.

José Larrea Gayarre

 

 

Entonces les abrió el entendimiento

Un dicho popular nos recuerda que el miedo convierte los dedos en huéspedes. Algo de esto o mucho de esto les sucedió a los apóstoles en las horas siguientes a la crucifixión y muerte de Jesús en el Calvario. Quien tiene miedo se descoloca, le entra la inseguridad y sucede que María Magdalena confunde a Jesús con el hortelano, los dos discípulos de Emaús con un caminante y, en el evangelio de hoy, le confunden con un fantasma. El miedo, la inseguridad nos impide ver la realidad y nos empuja a ver fantasmas. Esto nos está ocurriendo a raíz de la crisis económica. Peligra nuestro equilibrio cuando el miedo es intenso y el pesimismo nos invade.

Por otro lado, Jesús para convencerles de que no era un fantasma recurrió a una serie de estrategias. Pero no le dio resultado hasta que les preguntó: “¿tenéis algo de comer?”

Con frecuencia, cuando intentamos levantar el ánimo a alguien, echamos mano de una serie de reflexiones, de recuerdos, de ejemplos, quizá brillantes. Sin embargo, lo que suele surtir efecto es el gesto sencillo, cercano, sentido, espontáneo, que sale del corazón. Para llevar consuelo y coraje a nuestro prójimo no tenemos que argumentar genialmente, sino acercarnos con sencillez. En otro sentido, el “¿tenéis algo que comer?” quizá sea una pregunta que desgraciadamente no sobre. Hace unos meses sí. Pero hoy los comedores sociales gratuitos se llenan, el banco de alimentos es un éxito y se han echado a andar diversas iniciativas similares. A lo cual podemos añadir las estampas -no tan raras- de hombres y mujeres rebuscando en los contenedores de basura. Todo ello no deja de ser una llamada a quienes disponemos de un frigorífico bien abastecido. Más oportuna, si cabe, en la jornada de Cáritas, que celebramos hoy, aunque centrada en el empleo.

En cuanto conocer a Cristo, misión y aspiración de todo cristiano, en el evangelio de este domingo, el mismo Jesús nos facilita los medios y el modo:

- En primer lugar, se les abrieron los ojos al partir el pan, es decir, en la eucaristía. Ciertamente en una eucaristía bien celebrada, bien participada, se abren los ojos para conocer a Jesús. En ellas puede surgir ese diálogo profundo.

- En segundo lugar, el evangelista usa una expresión semejante: “les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Es difícil que un cristiano sea un buen seguidor de Jesús sin conocer la Palabra de Dios. Pues si no se ama lo que no se conoce, un camino eficaz para conocer a Dios, a Jesús, su mensaje y, de paso, al hombre, es la Biblia, la Palabra de Dios, especialmente los evangelios, donde se nos ofrece una fotografía fiable y atractiva de Jesús y su mensaje. El Cardenal Martini escribía recientemente:”No me cansaré de repetir que la lectura creyente y orante de la Palabra de Dios es el gran antídoto para esta sociedad que desfallece por su indiferencia y por su miedo a creer”. En nuestras parroquias funcionan grupos, llamados Círculos Bíblicos, que tratan de acercarse a la Biblia, a la Palabra de Dios con resultados positivos.

- En tercer lugar, para que los apóstoles se convencieran de que él no era un fantasma, sino su Maestro, les dijo:”mirad mis manos y mis pies”, los cuales conservaban las marcas de los clavos. A Jesús le conocemos también a través de las heridas, del sufrimiento del ser humano. Jesús ha querido identificarse con el débil, con el frágil, con el herido. Es muy posible que al descubrir las heridas humanas, descubramos a Jesús. Sin compasión es imposible conocer a Jesús.

Añade el evangelio: “Jesús se puso en medio”. Poner a Jesús en medio de nuestros problemas, en medio de nuestras dudas, en medio de nuestra vida, es una buena táctica. Él es el mejor referente, porque, además de la fuerza que nos comunica, nos impulsa a la justicia, a la esperanza, a la generosidad. Otra cosa muy diferente sería nuestra vida y la vida de nuestra sociedad si Cristo estuviera “en medio”. Las decisiones, las conclusiones serían distintas.

“Paz a vosotros” fue el saludo de Jesús a los suyos. Precisamente en la actualidad nuestra sociedad vasca está dando pasos importantes en el camino de la paz y sería bueno continuar en este propósito. La paz no se improvisa, ni se consigue de una vez y ya está. La paz se construye resolviendo problemas y solucionando conflictos. Además exige condiciones, por ejemplo, evitar comentarios despectivos y requiere honestidad para juzgar a las personas y los acontecimientos, pues a Jesús le condenaron por considerarlo perturbador de la paz.

Creer en la resurrección no les fue fácil a los discípulos de Jesús, ni a nosotros. Si creyésemos sólidamente en la resurrección nuestra vida sería muy distinta y exclamaríamos como Teresa de Ávila “muero porque no muero”. En los últimos años se ha roto el equilibrio que existía antes entre el más allá y el más acá. En época anterior no cabe duda que pesaba el dinero, el bienestar, la comodidad, pero también se valoraba –y mucho- la muerte, el juicio, el premio o castigo, es decir, el más allá. Hoy el más acá se ha impuesto abiertamente al más allá.

Que esta Eucaristía sea un encuentro con Jesús.

Josetxu Canibe

 

 

Creer por experiencia propia

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que sólo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.

Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.

Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.

El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».

Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».

Creer en Jesús Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

Hacen falta testigos

Los relatos evangélicos lo repiten una y otra vez. Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús lleno de vida, siente necesidad de contarlo a otros. Contagia lo que vive. No se queda mudo. Se convierte en testigo.

Los discípulos de Emaus «contaban lo que les había acontecido en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan». María de Magdala dejó de abrazar a Jesús, se fue donde los demás discípulos y les dijo: «he visto al Señor». Los once escuchan invariablemente la misma llamada: «Vosotros sois testigos de estas cosas»; «como el Padre me envió así os envío yo»; «proclamad la Buena Noticia a toda la creación».

La fuerza decisiva que posee el cristianismo para comunicar la Buena Noticia que se encierra en Jesús son los testigos. Esos creyentes que pueden hablar en primera persona. Los que pueden decir: «esto es lo que me hace vivir a mí en estos momentos». Pablo de Tarso lo decía a su manera: «ya no vivo yo. Es Cristo quien vive en mí».

El testigo comunica su propia experiencia. No cree «teóricamente» cosas sobre Jesús; cree en Jesús porque lo siente lleno de vida. No sólo afirma que la salvación del hombre está en Cristo; él mismo se siente sostenido, fortalecido y salvado por él. En Jesús vive «algo» que es decisivo en su vida, algo inconfundible que no encuentra en otra parte.

Su unión con Jesús resucitado no es una ilusión: es algo real qué está trasformando poco a poco su manera de ser. No es una teoría vaga y etérea: es una experiencia concreta que motiva e impulsa su vida. Algo preciso, concreto y vital.

El testigo comunica lo que vive. Habla de lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia vida, no doctrina. No enseña teología, «hace discípulos» de Jesús.

El mundo de hoy no necesita más palabras, teorías y discursos. Necesita vida, esperanza, sentido, amor. Hacen falta testigos más que defensores de la fe. Creyentes que nos puedan enseñar a vivir de otra manera porque ellos mismos están aprendiendo a vivir de Jesús.

José Antonio Pagola

 

 

Hace quince días, celebramos la festividad de la Resurrección de Jesús. Nuestro sentimiento fundamental era el de la alegría manifestada con el doble ¡aleluya! ¡Aleluya!

El pasado domingo, 2º de Pascua, los Textos nos animaban a creer en ella con la misma fe profunda que Santo Tomás. Por eso decíamos como él: ¡Señor mío y Dios mío!

Hoy, tercer domingo de Pascua, la Liturgia nos ofrece los argumentos que aportan en favor de la divinidad de Jesús los que convivieron con Él.

Son razones de dos tipos: Las del cumplimiento en la vida de Jesús de las profecías hechas sobre Él, tal y como aparece en la primera lectura (Hch. 3,13-15,17-19) y las del hecho de su gloriosa resurrección, de la cual se presentan como testigos que dan fe de ello. (Lc. 24, 35-48)

Respecto del primer punto. Es importante esta prueba ya que los Apóstoles están “hablando” a personas que incluso han protagonizado aquellos acontecimientos vaticinados por los profetas. Vosotros, les dice San Pedro, al que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros Padres glorificó, vosotros le entregasteis y rechazasteis ante Pilato, el cual había decidió ponerlo en libertad; vosotros rechazasteis al santo y justo, y pedisteis la libertad de un asesino.

No nos refieren los Evangelistas historietas de tiempos ambiguos, sin precisa localización de lugares y protagonistas sino hechos concretos vividos con personajes reales de aquellos momentos.

Los apóstoles recuerdan al pueblo lo que les habían enseñado los profetas: que el Mesías tenía que padecer pero que resucitaría. Este pensamiento era tan generalizado entre el pueblo judío que Jesús se lo recordó a los discípulos que iban hacia Emaús, (Lc. 24,26) y ya antes lo había hecho cuando camino de Jerusalén les advirtió que: “Debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar (Mt. 16,21)

La idea de la inmolación del Mesías y su Resurrección estaba profundamente arraigada en el corazón del pueblo hebreo y es lo que los Apóstoles quieren subrayar para conseguir el reconocimiento de Jesús como tal.

El segundo argumento es igualmente sólido. Los Apóstoles afirman rotundamente que han visto, oído, comido y hablado con Jesús Resucitado, con aquel que los reunió en torno a Él para comenzar la obra de la Redención.

Afirman haber hablado con Él en lugares cerrados, (el Cenáculo), en parajes abiertos, (mar de Tiberíades), en carretera, (discípulos de Emaús), etc. etc. en todo tipo de escenarios nada aptos para subjetivas alucinaciones.

Lo afirman personas de diferente sexo: hombres, (los Apóstoles) y mujeres, (las buenas mujeres) en diferente situación anímica: de duda, de temor, de desconcierto.

A pesar de semejante pluralidad, todos, de repente, tras afirmar haberse encontrado con Jesús, se convierten en creyentes sin dudas, sin miedos, sin límites. No solo eso, se transforman en fervientes predicadores de todo cuanto dijo e hizo Jesús.

Indudablemente Jesús Resucitado estuvo con ellos.

De no ser así, paradójicamente, se hubiera producido, a cuenta de Jesús, uno de los más grandiosos milagros en la historia de la humanidad: que todos, de modo radical, de repente, en la misma dirección y jugándose la vida sin recompensa material alguna, hubieran coincidido. Mayor milagro que esa coincidencia y en esas circunstancias, poquitos.

Sí, Jesús resucitó. Otra cosa sería incompatible con todo lo que nos ofrecen los Apóstoles e incomprensible con los comportamientos de los primeros cristianos.

La segunda lectura, (1Jn. 2,1-5a) nos ofrece algunas reflexiones hechas por el Apóstol en consonancia con la fe en la Resurrección de Jesús.

1. Creer en la Resurrección es convertirnos al mensaje de Jesús, lo cual implica, dejar de obrar con criterios inhumanos que maltratan al prójimo.

2. La razón de ser fieles a Jesús es pensar en el gran amor que Jesús nos tuvo: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis, es decir, para que no os separéis del amor de Cristo.

3. Nunca debemos caer en la desesperación si por flaqueza alguna vez no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias. “Si alguno peca, tenemos junto al Padre un defensor, Jesucristo, el justo”.

4. Contamos con un criterio seguro para saber si vamos o no por el buen camino, si le somos fieles: Sabemos que le conocemos en que guardamos sus mandamientos. “El que afirma que le conoce, pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él”.

5. Vivir en la confianza de que conseguiremos el definitivo encuentro con Dios: “porque el que guarda su palabra, es perfecto”.

Estas son algunas de las conclusiones prácticas que, de la mano del Apóstol, podemos tener en cuenta en nuestra religiosidad.

Los testimonios de los Apóstoles y de la primitiva comunidad cristiana llegados hasta nosotros son los que hoy, ahora, nos permiten reunimos con fe en este templo de san Vicente.

Se está cumpliendo el deseo de Jesús: “predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, (a nosotros) comenzando por Jerusalén”.

Gracias Apóstoles, gracias cristianos que nos habéis precedido a lo largo de la historia en la misma fe, gracias Jesús.

presbítero Pedro Saez

 

 

Por más que el valor histórico de las apariciones del Resucitado se pueda poner en cuestión, su mensaje profundo es incuestionable. Ahora bien, tal mensaje no consiste solo en afirmar que Jesús es el Viviente, que ha vencido a la muerte. Además de eso, los relatos de las apariciones dejan muy claro que Jesús Resucitado, por más que estuviera exaltado por la diestra de Dios (Hch 2, 33) y por más que Dios lo constituyera Señor y Mesías (Hch 2,36) e Hijo de Dios en plena fuerza (Rm 1, 4), lo más increíble y lo que más impresiona es que Jesús, precisamente después de la resurrección, es cuando aparece y se muestra más humano que nunca.

Una vez que, en Jesús, Dios se fundió y se confundió con lo humano, cuando Jesús resucita, por más divinizado que nosotros lo pensemos y lo creamos, la divinización no lleva consigo ni un alejamiento, ni el mínimo de pérdida de su condición humana, sino todo lo contrario: precisamente porque nosotros lo vemos más divino, por eso se hace más profundamente humano.

Esto explica que Jesús es reconocido al partir el pan, y su presencia quita todos los miedos y dudas, dando paz y alegría; se deja ver, tocar, palpar; come ante todos, se muestra a las mujeres antes que a nadie, les explica las Escrituras, condesciende con las exigencias de un incrédulo como Tomás, y hasta le pregunta a Pedro tres veces si es cierto que le quiere más que nadie. También Jesús resucitado es sensible al cariño humano y lo necesita.

Jose María Castillo

 

 

Al partir el pan

Leyendo el pasaje de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús, uno se sorprende, en primer lugar, de lo mucho que tardaron en reconocerlo. En los once kilómetros que recorrieron juntos, ¿es posible que estuvieran tan ciegos que no se percataron de que era Jesús quien les hablaba?, ¿tanto había cambiado? Tuvieron tiempo de entablar amistad con el "extranjero", hasta el punto de invitarle a quedarse aquella noche con ellos. Por el camino, les había explicado las Escrituras "de pé a pá", ¿y seguían sin conocerlo?... La gran sorpresa llegó al final: le invitaron a cenar y le ofrecieron cobijo para aquella noche. Y resulta que, en la cena, el invitado tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En aquel momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista... Luego, les faltó tiempo para regresar a Jerusalén, a contar lo que les había sucedido y cómo hablan reconocido a Jesús cuando "partía el pan".

"La fracción del pan". Entre los apóstoles y los primeros cristianos se acuñó esta expresión para designar la celebración de la Eucaristía, sacramento del amor entre Dios y los creyentes, y el de estos entre sí. No olvidemos que Jesús la instituyó en la última cena, en momentos sumamente delicados e importantes. En las cenas de despedida siempre concurren dos sentimientos difícilmente reconciliables: la alegría de haber convivido largo tiempo con quien se despide. y la pena de este por dejar a sus amigos íntimos. Este dilema Jesús lo solucionó de un plumazo: instituyó el sacramento de la Eucaristía, con lo cual se iba y, a la vez, se quedaba con nosotros.

La fracción del pan, o Eucaristía, es el acto más impotente que realizamos los cristianos. Nos reunimos junto a Jesús para celebrar juntos, en comunidad, la maravilla del amor. Partir, compartir y repartir. Existe un estrecho parentesco entre estos tres verbos. El pan del amor, Jesús, "se parte" porque no es alimento para una sola persona, sino para "compartirlo" con el resto de la comunidad de cristianos, y después "repartirlo", como buenos apóstoles, mediante el testimonio creíble en medio de nuestros ambientes, circunstancias y personas con quienes convivimos. La Eucaristía es como esa bendita estación de servicio donde repostamos combustible para vivir con dignidad nuestra condición de seguidores de Jesús.

La celebración eucarística, dada su importancia y grandeza, requiere por nuestra parte una condición y un compromiso. La "condición" se cifra en que, como el amor de Jesús es un gran pozo de donde extraemos vida, es necesario que llevemos un cubo de disposición, de capacidad receptiva, para llevar a casa buena cantidad de ilusión, estimulo y ganas de vivir como cristianos. Y el "compromiso" se deriva del hecho de que, como la celebración de la fracción del pan es escuela de santidad, no basta con que acudamos al acto, sino que luego, como buenos alumnos, habremos de "hacer los deberes".

¡Qué lejos queda el concepto de ir a misa para cumplir un precepto! El amor no necesita imposiciones, sino que vuela él solo, a golpes de corazón. Atraviesa inconvenientes, montañas y hostilidades. Y es enormemente imaginativo: inventa, como el agua, recovecos, grietas y agujeros por donde colarse. Como reconocía san Pablo, "el amor no acaba nunca".

Amigos cristianos, compañeros de viaje, ¡hasta mañana, que nos encontraremos en la "fracción del pan"!

Pedro Mari Zalbide

 

 

Notas para situar el Evangelio

● El c. 24 narra cuatro escenas de Resurrección: la visita de las mujeres al sepulcro, la aparición camino de Emaús y a los discípulos en casa, y la Ascensión cerca de Jerusalén.

● Leemos hoy la aparición a los discípulos en casa. Destaca en este relato la incredulidad de los discípulos. Algo lógico, pues se trata de un misterio de salvación incomprensible por la experiencia, aunque sea un hecho real. Jesús toma la iniciativa de hacerse ver; la duda expresa que no es una ilusión colectiva. Pero a su vez el evangelista insiste en que Jesús es el mismo “en persona”; tiene cuerpo, manos y pies, y puede hacer lo mismo que hacía antes de la resurrección.

● Esta página del Evangelio que encontramos hoy es la continuación del relato de los discípulos de Emaús. Puede ir bien leer los dos textos seguidos.

● De las tres apariciones del Resucitado, que el Evangelio de Lucas presenta, dos van dirigidas a personas individuales: a Pedro (24,12.34) y a los discípulos de Emaús (Lc. 24,13-32); una sola al colectivo de los seguidores, entre los que se encuentran de manera destacada el grupo de “los Once” (24,33). Todas ellas, a diferencia de los otros evangelistas, que también las presentan en Galilea, tienen lugar en Jerusalén o sus alrededores.

● La narración de hoy nos da cuenta de esa última aparición comunitaria en dos momentos bien dispares: una muy corta introducción (24,35) y una larga descripción de la aparición, que sólo contiene palabras del Resucitado, que dejan traslucir la reacción de duda y desconcierto de los discípulos y el modo cómo Jesús les ayuda a superarlos con la fuerza de su presencia (24,36-48).

● Aquí, como en el relato del camino de Emaús, el evangelista pone mucho el énfasis en el cumplimiento de lo que dicen las Escrituras. “Ley de Moisés, Profetas y los Salmos” (44) quiere decir todo el Antiguo Testamento. La expresión alude a las tres partes en qué se divide la Escritura para los judíos: Pentateuco («Ley»), Profetas y Escritos. Si destaca tanto eso es para decir que lo que ha pasado con Jesús (46) no es un accidente ni un fracaso: Dios ha querido hacerse hombre para vivir lo que vivimos. Por tanto, nada es casual de lo que le pasa al Hijo de Dios hecho hombre.

Notas para fijarnos en Jesús y el Evangelio

- Jesús Resucitado se ha dado a conocerü “cuando partía el pan” (35), según explican los dos discípulos de Emaús, que acaban de volver de aquella experiencia (Lc 24,13-35). En las comunidades más primitivas, la expresión lucana “la fracción del pan” (cf. Hch. 2,42; 20,7), juntamente con la de “la cena del Señor”, usada por Pablo (1Cor. 11,20), es una de las más antiguas para designar la celebración de la Eucaristía. Esta última palabra, rescatada con éxito por el Concilio Vaticano II, sólo aparece, como expresión técnica, en las cartas de Ignacio de Antioquía, ya avanzado el siglo II.

- Ahora lo vemos dándose a conocer “enü medio de ellos” (36), cuando los discípulos están reunidos en su nombre (36) – cómo veíamos también el pasado domingo (Jn. 20,19.26)–.

- Lucas se esfuerza por responder a laü mentalidad que considera Jesús resucitado como un puro “espíritu” (37), un fantasma (véase también Mt. 14,26; Mc. 6,49). Por esto subraya con fuerza la experiencia que tuvieron los Apóstoles: quien se les presenta, el Resucitado, es el mismo de antes, el Crucificado (38-43). Por hacer este subrayado, utiliza todo lo que tiene a mano, a su alcance: “miradme”, “palpadme” (39), “comió” (43). Por lo tanto, Lucas no quiere explicar cómo es el cuerpo de Cristo Resucitado, sino destacar que el Resucitado es el mismo que el Crucificado.

- Lucas destaca mucho que las Escriturasü ya hablaban de Jesús, de su pasión, muerte y resurrección (Lc. 24,27.32.45-46). Con esta insistencia quiere transmitir que lo que le ha pasado a Jesús (46) no es un accidente ni un fracaso. En la Pascua de Jesús se manifiesta la opción de Dios, que ha querido hacerse hombre por vivir el que vivimos. Y esta opción, esta voluntad, la ha llevado a término con todas las consecuencias.

- Comprender todo esto no es posibleü sino desde la fe, que es un don del Resucitado: “les abre el corazón...” (45). La fe en la resurrección de Jesús hace luz “para comprender las Escrituras” (45), el conjunto de la Biblia. Y, especialmente, la fe que da el Resucitado ilumina para comprender las palabras y hechos de Jesús hasta su muerte en cruz (46).

- Jerusalén (47) es el lugar de la muerte,ü resurrección y glorificación de Jesús. El Antiguo Testamento lo había convertido en el punto de partida de la revelación de Dios a toda la humanidad (Is 2,2-5). Lc destaca que en Jesucristo esto se ha cumplido: “se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén” (47).

- La misión de los discípulos, pues, empiezaü en Jerusalén (47). Por el don de la fe recibido son constituidos “testigos” (48) de las palabras y acción de Jesús –ahora los han entendido (Lc. 24,31-32; 24,45)–. Y, con su misión a “todos los pueblos”, se pondrán en continuidad con lo que las Escrituras anunciaban, actualizarán una y otra vez que Dios, en Jesucristo, ha dado “el perdón de los pecados” (47).

- Jesús resucitado, como siempre habíaü hecho antes, infunde “la paz” (36) y la “alegría” (41) a quienes le acogen.

Josep Maria Romaguera

El Evangelio en medio de la vida” (Domingos y fiestas del ciclo-B)

Colección Emaús Maior 1 Centro de Pastoral Litúrgica

 

"Así estaba escrito: el mesías padecerá y

resucitará de entre los muertos al tercer día"

VER

A veces pedimos explicaciones de algo y, cuando nos las dan, no nos quedamos satisfechos, y seguimos pidiendo más datos, más aclaraciones… hasta que al final la persona a la que se lo estamos pidiendo, con cierto hartazgo y desesperación, nos dice: “Pero, ¿qué más quieres?” Ya nos ha dicho todo lo que tenía que de-cir; si seguimos sin entenderlo, no es su responsabilidad, somos nosotros quienes deberemos aceptar y entender lo que se nos ha dicho.

JUZGAR

Estamos ya en el tercer domingo de Pascua, y seguimos contemplando las apariciones de Jesús Resucitado a sus discípulos. Como escuchábamos en la Vigilia Pascual, María Magdalena y las otras mujeres ya habían contado a los discípulos el anuncio de la Resurrección que habían recibido al ir al sepulcro. Y el domingo pasado escuchamos que se había aparecido a los discípulos, que estaban en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esa ocasión, Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos; y por eso a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos, llegó Jesús, estando cerradas las puertas y se puso en medio.

También se había aparecido a los dos discípulos que iban camino de Emaús, que como hemos escuchado hoy, contaban lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Y estaban hablando de estas cosas, cuando se les presenta Jesús en medio de ellos. Podríamos pensar que ya no deberían sorprenderse, porque ya han tenido suficientes muestras de que Jesús había resucitado.

Sin embargo, hemos escuchado su reacción: Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Los discípulos no son personas crédulas, a pesar de que Jesús se lo anunció, y a pesar de las anteriores apariciones del Resucitado, ellos no acaban de creérselo.

Y ante su reacción, Jesús les dice: ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Parece que les esté diciendo: “Pero, ¿qué más queréis?” Una pregunta que también nos hace a nosotros.

Porque quizá en nosotros, a pesar de que afirmamos creer en la Resurrección, a pesar de haber celebrado la Pascua tantas veces… también pueden surgir dudas en nuestro interior, y no acabamos de creer de verdad que Jesús ha resucitado, incluso que todo esto son “fantasmas”, ilusiones.

Pero Jesús no deja por imposibles a sus discípulos, sino que continúa ayudándoles a que acepten su resurrección, con diferentes ejemplos:

Mirad mis manos y mis pies; soy yo en persona. Sus manos y pies muestran las señales de los clavos. ¿Sabemos reconocer a Jesús Resucitado en tantas personas que llevan en su cuerpo o en su espíritu las marcas de algún padecimiento, pero que siguen luchando y manteniendo la fe y la esperanza?

Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. ¿Sabemos reconocer la presencia del Resucitado en personas de carne y hueso, de nuestro entorno, pero que viven su fe de tal modo que con sus palabras y obras están transparentando al mismo Cristo?

Sin embargo, los discípulos no acababan de creer por la alegría y seguían atónitos, y le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Como siguen sus dudas, Jesús realiza un gesto cotidiano, ordinario: comer. También nosotros, a veces, nos movemos en ese “demasiado bonito para ser verdad”, no acabamos de creer. ¿Sabemos reconocer a Jesús hasta en lo más ordinario de nuestra vida?

Por último, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Ahí podrán entender que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de Él se había cumplido. ¿Conocemos la Escritura, la leemos habitualmente, la comprendemos? 

ACTUAR

¿Cómo estoy viviendo la Pascua? ¿Me está ayudando a creer más en Jesús Resucitado, o todavía surgen dudas en mi interior? ¿Creo que el Resucitado está presente en las personas de mi entorno, en mi vida ordinaria, en la Escritura? ¿Reconozco a Jesús al partir el Pan, en la Eucaristía?
Tenemos muchas razones para creer en Jesús: ¿qué más queremos? No necesitamos más. Como los discípulos, aprendamos a descubrir su presencia, para que, como Pedro en la 1ª lectura, podamos afirmar convencidos y sin miedo: Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.

 

 

● El c. 24 narra cuatro escenas de resurrección: la visita de las mujeres al sepulcro, la aparición camino de Emaús y a los discípulos en casa, y la ascensión cerca de Jerusalén.

● Leemos hoy la aparición a los discípulos en casa.

Destaca en este relato la incredulidad de los discípulos. Algo lógico, pues se trata de un mistério de salvación incomprensible por la experiencia, aunque sea un hecho real. Jesús toma la iniciativa de hacerse ver; la duda expresa que no es una ilusión colectiva. Pero a su vez el evangelista insiste en que Jesús es el mismo “en persona”; tiene cuerpo, manos y pies, y puede hacer lo mismo que hacía antes de la resurrección.

● Esta página del evangelio que encontramos hoy es la continuación del relato de los discípulos de Emaús. Puede ir bien de leer los dos textos seguidos.

● De las tres apariciones del Resucitado, que el evangelio de Lucas presenta, dos van dirigidas a personas individuales: a Pedro (24,12.34) y a los discípulos de Emaús (Lc. 24,13-32); una sola al colectivo de los seguidores, entre los que se encuentran de manera destacada el grupo de “los Once” (24,33). Todas ellas, a diferencia de los otros evangelistas, que también las presentan en Galilea, tienen lugar en Jerusalén o sus alrededores. ● La narración de hoy nos da cuenta de esa última aparición comunitaria en dos momentos  bien dispares: una muy corta introducción (24,35) y una larga descripción de la aparición, que sólo contiene palabras del Resucitado, que dejan traslucir la reacción de duda y desconcierto de los discípulos y el modo cómo Jesús les ayuda a superarlos con la fuerza de su presencia (24,36-48).

● Aquí, como en el relato del camino de Emaús, el evangelista pone mucho el énfasis en el cumplimiento de lo que dicen las Escrituras. “Ley de Moisés, Profetas y los Salmos” (44) quiere decir todo el Antiguo Testamento. La expresión alude a las tres partes en qué se divide la Escritura para los judíos: Pentateuco («Ley»), Profetas y Escritos. Si destaca tanto eso es para decir que lo que ha pasado con Jesús (46) no es un accidente ni un fracaso: Dios ha querido hacerse hombre para vivir lo que vivimos. Por tanto, nada es casual de lo que le pasa al Hijo de Dios hecho hombre.

Notas para fijarnos en Jesús y en el Evangelio  Jesús Resucitado se ha dado a conocer “cuando partía el pan” (35), segun explican los dos discípulos de Emaús, que acaban de volver de aquella experiencia (Lc. 24,13-35). En las comunidades más primitivas, la expresión lucana

“la fracción del pan” (cf. Hch 2,42; 20,7), juntamente con la de “la cena del Señor”, usada por Pablo (1Cor. 11,20), es una de las más antiguas para designar la celebración de la eucaristía.

Esta última palabra, rescatada con éxito por el Concilio Vaticano II, sólo aparece, como expresión técnica, en las cartas de Ignacio de Antioquía, ya avanzado el siglo II.

Ahora lo vemos dándose a conocer “en médio de ellos” (36), cuando los discípulos están reunidos en su nombre (36) –cómo veíamos también el pasado domingo (Jn 20,19.26)–.

Lucas se esfuerza por responder a la mentalidad que considera Jesús resucitado como um puro “espíritu” (37), un fantasma (veáse también Mt 14,26; Mc 6,49). Por esto subraya com fuerza la experiencia que tuvieron los apóstoles: quien se les presenta, el Resucitado, es el mismo de antes, el Crucificado (38-43). Por hacer este subrayado, utiliza todo lo que tiene a mano, a su alcance: “miradme”, “palpadme” (39), “comió” (43). Por lo tanto, Lc. no quiere explicar cómo es el cuerpo de Cristo resucitado, sino destacar que el Resucitado es el mismo que el Crucificado.

Lucas destaca mucho que las Escrituras ya hablaban de Jesús, de su pasión, muerte y resurrección (Lc. 24,27.32.45-46). Con esta insistência quiere transmitir que lo que le ha pasado a Jesús (46) no es un accidente ni un fracaso.

En la Pascua de Jesús se manifiesta la opción de Dios, que ha querido hacerse hombre por vivir el que vivimos. Y esta opción, esta voluntad, la ha llevado a término con todas las consecuencias.

Comprender todo esto no es posible sino desde la fe, que es un don del Resucitado: “lês abre el corazón...” (45). La fe en la resurrección de Jesús hace luz “para comprender lãs Escrituras” (45), el conjunto de la Biblia. Y, especialmente, la fe que da el Resucitado ilumina para comprender las palabras y hechos de Jesús hasta su muerte en cruz (46).

Jerusalén (47) es el lugar de la muerte, resurrección y glorificación de Jesús. El Antiguo Testamento lo había convertido en el punto de partida de la revelación de Dios a toda la humanidad (Is. 2,2-5). Lc destaca que en Jesucristo esto se ha cumplido: “se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén” (47).

La misión de los discípulos, pues, empieza em Jerusalén (47). Por el don de la fe recibido son constituidos “testigos” (48) de las palabras y acción de Jesús –ahora los han entendido (Lc. 24,31-32; 24,45)–. Y, con su misión a “todos los pueblos”, se pondrán en continuidad con lo que las Escrituras anunciaban, actualizarán una y otra vez que Dios, en Jesucristo, ha dado “el perdón de los pecados” (47).

Jesús resucitado, como siempre había hecho antes, infunde “la paz” (36) y la “alegría” (41) a quienes le acogen.

José María Romaguera “El Evangelio en medio de la vida”

 

 

VER

Algo que nos achacan a los cristianos en general y a los católicos en particular es que nos centramos en exceso en la Cruz, el dolor… y que no resaltamos o destacamos lo que da sentido al dolor, a la Cruz y a toda la vida cristiana:: la Resurrección de Jesús. Nosotros deberíamos sabernos y vivir como “hijos de la Pascua”, la Pascua debería ser para nosotros la piedra angular sobre la que se apoya nuestra fe. Pero, sin embargo, mientras la Cuaresma está muy definida en cuanto a prácticas penitenciales, charlas, devociones… el tiempo de Pascua, más allá del Domingo de Resurrección, queda “vacío”, un tiempo que en poco se diferencia del tiempo ordinario, sin que haya ningún acto ni gesto externo que lo caracterice.

JUZGAR

Y, sin embargo, el tiempo de Pascua tendría que ser el tiempo litúrgico más “fuerte” para nosotros, porque como se indica en el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo” (T. 4): Jesucristo, en su Misterio Pascual (su muerte y resurrección) es el centro de la fe cristiana. Toda la riqueza y especificidad de la fe cristiana consiste en esto: en creer que Jesús, con su muerte y resurrección, nos revela quién es Dios, vence al pecado y a la muerte y nos otorga la salvación. Por eso necesitamos profundizar en la reflexión y oración de este acontecimiento.

Es lo que ya hicieron los primeros cristianos, como hemos escuchado en la 1ª lectura: El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús… matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. El anuncio de Pedro a los israelitas se refiere al acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús, a su misterio Pascual. Pedro y los demás apóstoles tienen el convencimiento de que en la muerte y resurrección de Jesucristo ha llegado el cumplimiento de las promesas de Dios, promesas que los profetas fueron anunciando al pueblo.

Para vivir en profundidad este tiempo de Pascua, para vivir como hijos de la Pascua, la Escritura nos guía y ayuda a interiorizar el Misterio Pascual de Jesús, como Él mismo ha dicho en el Evangelio: todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse… Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día… Como ya indicó el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Dei Verbum (15): El Plan de Salvación del Antiguo Testamento estaba ordenado, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. Y el Papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica Verbum Domini (40), indica: El mismo Nuevo Testamento… proclama que en el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo las Sagradas Escrituras del pueblo judío han encontrado su perfecto cumplimiento.

ACTUAR

El tiempo de Pascua, en el que anunciamos que Cristo ha resucitado, es el tiempo más “fuerte” para nosotros. Como se indica en “Ser Cristianos en el corazón del mundo” (T. 4), podemos preguntarnos, para vivir como hijos de la Pascua: ¿hemos acogido de verdad este anuncio? ¿Qué sabemos de Jesucristo? ¿Nos hemos encontrado con Él? Si Él está presente en los sacramentos, y especialmente en la Eucaristía, ¿qué valor doy en mi vida a este sacramento de nuestra fe? ¿Qué lugar ocupa el Antiguo Testamento en mi vida de fe?

Vivamos en profundidad el tiempo de Pascua, aprovechemos los instrumentos formativos que nos ayudan a encontrar el sentido nuevo que tiene la vida desde la Resurrección de Jesús, que la Sagrada Escritura forme parte esencial de nuestra oración, para vivir como verdaderos hijos de la Pascua, porque (T. 4) Jesucristo no es un mito ni una idea abstracta. Es Alguien concreto, un TÚ con el que puedo encontrarme (…) Jesucristo está vivo y presente entre nosotros. Ser cristiano es encontrarse con Jesucristo acogiendo el anuncio que nos hace la Iglesia y entrar así en relación personal con Él. Más aún, ser cristiano es vivir de ese encuentro y para ese encuentro, convertir toda la vida en encuentro con Él.

 

 

Jesús, presencia, plenitud y misión

1. El misterio de la resurrección del Señor es inagotable. Semana tras semana lo celebramos en la Eucaristía dominical. Pero la cincuentena pascual es una oportunidad muy singular. A todos se nos invita, de modo muy personal y concreto, a hacer, en el ámbito de nuestra vida, la experiencia de Jesús Resucitado, a recibir esta gracia que Dios, como Padre de amor, quiere otorgarnos. La escena de la presencia de Jesús en la comunidad apostólica en el Cenáculo nos va a dar la pauta y la clave de lo que Jesús Resucitado, con la fuerza de su Espíritu quiere hacer en medio de nosotros, y de modo concreto y personal en mí.

Él quiere hacerse presente en mí, que yo tenga la vivencia de su nueva vida.

Él quiere abrirme la inteligencia para que yo comprenda y guste las Escrituras.

Él quiere darme una palabra de promesa y de envío para que yo, con mis hermanos, dé testimonio de la obra que él, como enviado, como Hijo del amor del Padre, ha iniciado en este mundo.

En una palabra: Jesús Resucitado quiere unificarse conmigo y que yo me unifique con él.

2. La escena del Cenáculo en este relato del Evangelio de san Lucas que hemos escuchado prosigue la experiencia de Emaús. Aquellos dos discípulos que lo reconocieron al partir el pan en Emaús – Cleofás y el otro a quien la tradición ha dado el nombre de Simón – corrieron de regreso a Jerusalén a dar la Gran Noticia a los apóstoles.

Dice el texto sagrado: “Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»” (Lc 24,33-34).

Continúa la narración y enlazamos con el Evangelio de hoy: “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v. 35).

Y ahora, de repente, Jesús aparece en medio.

3. Les saluda con el mejor saludo que ha escuchado la humanidad: La paz con vosotros. Hoy quisiéramos llevar este saludo a Siria, porque es horroroso e increíble y antihumano, las escenas que la televisión, los periódicos, las redes sociales nos transmiten. La paz con vosotros. Son palabras que nos atraviesan el alma, y que de nuestra parte quisiéramos llevarlas, como el mejor regalo de la vida de Cristo, a todos los seres humanos: La paz de Jesús.

Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona.

Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Si Jesús está vivo, tenemos que palparle. ¿Cómo…? Tenemos que palparle.

Si Jesús está vivo, tenemos que verle y mirarle.

Si Jesús está vivo, tenemos que rebosar de la alegría y de la fuerza que vienen de él.

Esto es la presencia de Jesús, que llega hasta lo íntimo más íntimo de nosotros, que es tan cierta y verdadera como la existencia de Dios mismo. Esto y no otra cosa es la Resurrección de Jesús; su presencia comunicada a mí, comunicada a la comunidad cristiana que es el ámbito de mi vida.

Jesús, por definición, es el Viviente, Jesús no es un recuerdo de un pasado, Jesús es el que está, el que actúa, el que llena a rebosar el corazón. Si Jesús no es presencia, no existe. Y justamente la Eucaristía la celebramos como presencia vida del Resucitado. No es la memoria que nosotros hemos inventado. Es su presencia vivificante que se vuelca sobre nosotros.

Jesús es el Viviente; no es el pasado digno de los mejores monumentos. Un monumento, un cuadro, por bello que sea, no me da su presencia; la Eucaristía que celebramos con la comunidad sí que me da la presencia viva y vivificante de Jesús, el Señor. Y de la Eucaristía su presencia que se proyecta en toda realidad humana, de gozo o de dolor, y especialmente significativa en toda circunstancia de pequeñez, de dolor, de descarte. Ahí vive el Viviente y ahí nos llama.

4. Pero continuemos con la segunda parte del Evangelio. Y abramos el corazón para recibir los dones que Jesús, el Señor, nos entrega:

El primer es el don de la Escritura.

El segundo, el don de ser sus testigos en el mundo.

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

La Iglesia tiene el don de la Escritura. Sabe leer las Escritura. El mismo Espíritu que las inspiró, que vive en ellas, ese Espíritu, que es el Espíritu de Jesús Resucitado, nos abre hoy la mente para que comprendamos qué nos están diciendo los libros sagrados. La Sagrada Escritura es inagotable hasta la vuelta del Señor, y siempre hemos de encontrar ahí la fuente de la sabiduría.

5. Vosotros sois testigos de esto. Los apóstoles fueron testigos de todo el acontecimiento de Jesús, y nosotros continuamos mostrando al mundo el mismo testimonio. El Espíritu Santo es el que nos trasforma en testigos de Jesús.

Todo esto que estamos diciendo, hermanos, es sublime. Ninguno de nosotros es digno de recibirlo. Pero Dios por su amor nos lo da como regalo.

Alegrémonos y sigamos gozando de la presencia de Jesús Resucitado.

Señor Jesús, yo te quiero ver y palpar y llenarme de tu divina presencia,

que me acompañe día y noche. Yo quiero besar tus llagas radiantes de resucitado. Yo quiero ser tu testigo en medio del mundo. Amén.

 

 

Resucitado: realidad, presencia y experiencia

1. Los domingos del tiempo pascual son siete. Durante los tres primeros, todos los años ocupa el centro de la Eucaristía un Evangelio de la resurrección, es decir, una de las escenas evangélicas de las apariciones de Jesús Resucitado. El cuarto todos los años se lee un Evangelio del Buen Pastor y los domingos siguientes palabras de despedida de Jesús en la Cena.

Hoy leemos, del Evangelio de Lucas, aquella aparición al grupo de los apóstoles la tarde del domingo de Resurrección cuando los discípulos de Emaús corrieron gozosos a Jerusalén a contar lo acontecido y en esto se presentó el Señor en medio de ellos.

Nosotros recordamos, y quien recuerda revive lo que pasó. Mas en la liturgia no es solo eso. Yo puedo recordar las mejores escenas de mi vida, y al recordar, volver a vivir lo que un día viví, vivencias íntimas que puede producir gozo y lágrimas; pues recordar es una manera de hacer presente lo que entonces se vivió.

Ahora bien, la liturgia no es una simple memoria histórica de lo sucedido; más que memorial es memorial del misterio. Lo que sucedió sucede, porque ha quedado eternizado en el cuerpo y persona de Jesús, que transciende tiempo y espacio. El “hoy” de la liturgia es un hoy sacramental. Es un hoy que actualiza el misterio vivificante. La resurrección no es una "reviviscencia" de los pasado, sino una marcha hacia la última perfección en el futuro.

Esto es muy hermoso, porque se trata de una realidad divina. Y con este ánimo, despierto el corazón a la sorpresa y a las maravillas de Dios, vivimos en cada Pascua el encuentro de Jesús con los suyos, que se realiza en el cuerpo de la Iglesia, y en mí personalmente. Es un gozo inexhausto de vida el que podamos estar siempre abiertos a la Resurrección y vivir de continuo en comunión consciente con Jesús Resucitado.

2. Pues justamente el Evangelio de hoy nos invita a dejarnos educar por esta realidad nueva del misterio. Jesús invita a tocarle y palparle y él mismo pide de comer. La intención del Evangelio es clara: Jesús es realidad, no es fantasía. Jesús no es producto de un deseo o de un sueño, del anhelo más puro que puede brotar en el corazón humano. Jesús es una realidad total, vigente en este mundo; y si es realidad es relación. Jesús tiene relación con su Iglesia; Jesús tiene relación con el mundo; Jesús tiene relación conmigo.

Todo esto, si tiene sentido y comprensión, está sustentado por una Filosofía, y parte de la filosofía es la Física, lo que hace la contextura del universo, delimitados por la materia, el espacio y el tiempo. La fe necesita unos referentes de comprensión, porque, de lo contrario, la fe opaca sería la fuga hacia el absurdo.

En estas hipótesis un Físico tropieza con el escándalo y podría decirnos que no acepta nada de eso que presentan las apariciones, porque mezclamos dos cosas diferentes e infinitamente distantes: la materia y el Espíritu.

3. Pues este es el momento de la Fe que se concentra en el misterio y humildemente acepta y adora. Si comprendiéramos lo que excede nuestra inteligencia, seríamos como dioses y volveríamos al pecado original.

No, hermanos; no predicamos una filosofía, no podemos predicar ningún sistema que intente explicar el misterio. Pero de alguna manera hay que experimentarlo y de alguna manera representarlo y decirlo. Y he aquí nuestra confesión:

Nosotros creemos en Jesús Resucitado.

Creemos que él es el Viviente.

Creemos en su presencia.

Creemos en su acción.

Creemos que la Iglesia ha nacido de él.

Creemos que él ama y sustenta a su Iglesia.

Creemos que lo mismo que él, desde el seno del Padre, entró en comunicación con sus discípulos, sigue comunicándose con nosotros, que somos su comunidad, por él iniciada.

Creemos – creo yo, persona ante él – que él es el que llena el ámbito de mi vida.

Creemos – creo yo, yo creo y confieso – que él me está esperando en todo momento para mantener una relación personal e intransferible conmigo (como la estableció con Pablo y Juan), y que eso se llama liturgia y oración, y que esa relación nueva me abre el camino a la eternidad.

Desde esta plataforma de fe, yo, cristiano, puedo confesar y lo confieso en el Himno pascual de este año:

5. Eres mi historia gloriosa,

mi pecado perdonado,

eres mi gracia nupcial,

y mi beso enamorado.

6. Eres, Jesús, mi Evangelio,

por el Padre regalado,

eres mi yo que transciende,

mi final en Dios anclado. (Véase núm. 214)

Yo creo en la sagrada Comunión de la Eucaristía como “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo” (Lc 24,39).

La Fe nos invita a hacer una síntesis profunda entre mi yo y Jesús, el Viviente; y, en definitiva, entre la creatura y el Creador.

Y como la Fe, en medio de su oscuridad, es luz y tiniebla, es seguridad y abandono, es amor a fondo perdido, tendré que confesar: No lo entiendo, no pretendo entenderlo, pero esto pertenece a mi vida, y sin eso mi vida quedaría sin rumbo.

4. Desde esta unidad, concreta y transcendente, entre él y yo, desde este punto donde se fragua mi inmortalidad, tiene sentido y se comprende todo lo demás. Jesús, en efecto, se autorreconoce como la verdad de las Escrituras: “era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí” (v. 44).

Jesús es, pues, la versión real de las santas Escritura. Jesús es la palabra de los Salmos hecha carne.

5. En aquel momento Jesús hace un regalo a su santa Iglesia. Le entrega el don de las santas Escrituras: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (v. 45).

Y  les concedió otro regalo: “Vosotros sois testigos de esto” (v. 48). Ser apóstol, antes que pronunciar palabra, es ser testigo, y entonces, sí, la palabra se hace testimonio.

Y más: les promete el Espíritu. Se enlaza la vida de Jesús con la vida de sus santa Iglesia.

Y la vida de la Iglesia con la vida de la Trinidad.

Hermanos: es nuestra fe. Quiera el Señor Resucitado conducirnos por su recto camino, y llevarnos hasta su corazón.

fray Rufino Ma. Grández, FMCap

 

 

El cristiano no es un profeta de desgracias

¡Feliz Pascua de Resurrección! es nuestro saludo pascual, porque tenemos motivos para desearnos felicidad pues, como el papa Francisco nos ha recordado en varias ocasiones, «el cristiano no es un profeta de desgracias».

«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?», nos dice Jesús en el evangelio de hoy. Como aquellos discípulos, también nos dejamos llevar por el desconsuelo, por las estadísticas y los malos resultados pero, el Evangelio no acaba en la sepultura, donde la piedra colocada en la puerta había cerrado también los tres años vividos con el Maestro.

«Cuando el cielo está nublado, es una bendición quien sabe hablar del sol», nos dice el Papa, «el verdadero cristiano es así: no triste y amargado, sino convencido, por la fuerza de la Resurrección, de que ningún mal es infinito, ninguna noche es sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado, ningún odio es invencible por el amor».

¡Jesús ha resucitado! Y es la fuerza de la Resurrección la que nos impulsa. Los cristianos «somos personas que propagan esperanza con su modo de acoger, de sonreír, de amar. Sobre todo de amar: porque la fuerza de la Resurrección hace a los cristianos capaces de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus razones», nos vuelve a recordar el Papa.

¡Anunciemos la alegría de la Pascua!

Encarni Llamas

 

 

El Evangelio de hoy corresponde a la reacción que suscitó en los dos amigos de Emaús la aparición del Señor. De inmediato van a contarles a los discípulos el gozo que significó en ellos haber visto al Señor. No se conformaban con vivir personalmente esta experiencia de fe sino que tenían que anunciarla también al resto de las personas para que así se comenzara la comunidad.

Gracias a estos encuentros con Jesús resucitado es cómo los apóstoles van entrando en la plenitud del mensaje pascual. El Señor les va descubriendo el sentido profundo de las Escrituras y los envía como testigos a predicar la conversión y el perdón de los pecados para todos los hombres.

Para reconocerlo, el Señor, en primer lugar, les libera del miedo que les paraliza y no les permite fiarse de lo que ven. Así nos sucede también a nosotros cuando, atemorizados por ciertas situaciones que nos sobrepasan o dimensionamos en exceso, no somos capaces de vivir con alegría y la esperanza se marchita. El miedo cuando es un síntoma de alerta puede otorgarnos la precaución necesaria para actuar correctamente pero cuando es obsesivo nos paraliza y nos impide realizarnos como personas. Por eso el Señor no es un fantasma que se presenta de forma furtiva sino un encuentro desde la fe que nos lleva a comprometernos, desde nuestra conciencia y actitudes personales, con los demás, con el mundo y con la vida. Creer es vivir toda nuestra vida con espíritu pascual, como una resurrección permanente a un nuevo nacimiento a la vida de Dios. Toda experiencia con Cristo resucitado supone una fase de descubrirlo en los propios acontecimientos de la vida; un reconocimiento de su presencia desde el amor que nos infunde y una misión de compromiso por irradiarlo en el mundo en que nos desenvolvemos. Para los discípulos “reencontrarse” con el Señor implicaba un esfuerzo de conversión para vivir con alegría todo el compromiso que se derivaba desde la adhesión a su vida y obra. Sólo así la Pascua renovaba permanentemente sus vidas para superar todo aquello que empañara el gozo de sentirse tutelado por el manto del amor del Señor.

Pedro Guillén Goñi, C.M..

 

 

¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?

En los evangelios encontramos diversos relatos referentes a los acontecimientos que sucedieron en los días inmediatos a la primera Pascua Cristiana. Todos ellos nos ayudan a confirmar nuestra fe en la resurrección, a disipar las dudas que tal acontecimiento puede suscitarnos, y a darnos una confianza en la presencia y acción salvadora del Resucitado entre nosotros. Estos relatos junto a la afirmación fundamental  del hecho de los encuentros con el Resucitado, traen también detalles que no son fáciles de compaginar unos con otros, pero que tampoco son importantes porque no pertenecen al núcleo mismo del mensaje que trasmiten. Son cuestiones que pueden quedar abiertas a la discusión de los expertos. Pertenecen sin duda a las distintas tradiciones que corrían de boca en boca entre los discípulos y que  los evangelistas incorporaron a su obra de acuerdo con la intención que les animaba.

El evangelio de hoy, tomado de San Lucas, nos presenta al Resucitado, vivo en medio de la comunidad de los discípulos. Hablaban, como no podría ser de otra manera, de las experiencias que habían tenido cada uno después de la crucifixión de Jesús. El texto alude en concreto a la experiencia del camino, cuando los discípulos reconocieron al Señor en el partir del pan. Se refiere, sin duda, al episodio de Emaús (Lc.24,23-35), pero nos enseña que al Resucitado podemos encontrarlo siempre vivo en el camino de la vida, en las escrituras y en el compartir el pan, tanto el pan eucarístico como el pan de la ayuda a los necesitados.

En el grupo había un ambiente de duda y de inseguridad. No todos creían a los testigos que decían haber visto al Señor vivo. No es extraño que en este ambiente, la presencia sorprendente de Jesús suscitara miedo. Después de todo, todos ellos se habían desentendido de él dejándolo sólo como había predicho Jesús (Jn.16,32).  El Resucitado se hace presente e intenta tranquilizarlos y ante todo disipar sus dudas: es él mismo, en persona, no un fantasma imaginario; pueden tocar y ver sus manos y sus pies atravesados por los clavos. El miedo se torna en alegría, pero no es suficiente para vencer sus dudas. Atónitos, no acaban de creer lo que están viendo, hasta que vieron a Jesús comer delante de todos. Compartir la comida, como en Emaús, es una evocación de la última cena, de la Eucaristía, sobre todo desde la alusión a lo que Jesús decía cuando estaba con ellos. Pero aun así no se aclaraban sus sentimientos entre la estupefacción, el miedo y la alegría.

Jesús por fin, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Otra vez la fe, como don de Dios que llega a través de la comprensión de las Escrituras. No es el mero conocimiento de las Escrituras lo que da la fe. Ha habido muchos buenos conocedores de las Escrituras, que sin embargo no eran creyentes. Los mismos judíos, conocían bien las Escrituras del Antiguo Testamento, pero al no aceptar al Enviado de Dios, fijos en sus convicciones y enseñanzas, no las comprendían en lo que se refería a Cristo.  Y es que uno puede acercarse a las Escrituras desde muchas actitudes previas. Puede acercarse a las Escrituras el ignorante que no sabe leer, el curioso que busca su satisfacción, el malintencionado que busca justificar sus errores o ridiculizar la conducta de los creyentes, el sabio que desde ellas pretende encauzar la acción de Dios, forzando la libertad del Omnipotente. Sólo desde la fe, las Escrituras iluminan los acontecimientos sorprendentes de la vida, como el misterio de Cristo, la pasión y la resurrección de Jesús. Con precisión apunta el texto del evangelio que entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las escrituras. La fe es don de Dios que el hombre no puede conseguir solo con su esfuerzo.

En los evangelios de los siguientes domingos podremos continuar viendo que Jesucristo no es un ser mítico, ni únicamente perteneciente al pasado, ni ajeno a nuestro mundo de hoy, sino que vive hoy y para siempre en la Iglesia. Ella se nutre de la vida de Jesús, se orienta por su enseñanza, predica su evangelio y en su nombre anuncia y celebra el perdón de los pecados a todos los pueblos.

Julio Suescun, C.M.

 

 

Los sentimientos y el envío

Con frecuencia nos vemos encarados con una contraposición que nos hace difícil la armonía personal. Es la que enfrenta la razón a los sentimientos. Es interesante ver cómo presumimos de nuestro pretendido control sobre la una y sobre los otros. Nos pasamos la vida tratando de razonar con madurez y de sentir con una cierta coherencia.

En el evangelio que se proclama en este tercer domingo de Pascua (Lc 24, 35-48) se evoca de nuevo el primer día de la semana: aquel en el que dos discípulos caminaban desconcertados cuando fueron alcanzados por un peregrino. En la aldea de Emaús reconocieron en él a Jesús y regresaron a toda prisa para dar cuenta de ello a los demás discípulos.

Si ellos estaban agitados por una tormenta de sentimientos encontrados, también lo estaban sus compañeros. El texto evangélico nos dice que se veían zarandeados entre  el miedo y la duda, entre la alegría y el estupor. Seguramente ése es y será siempre el clima de la comunidad cristiana. Y no habrá que alarmarse por ello.

CREYENTES

El relato evangélico es de un realismo casi escandaloso. Se podría pensar que, atenazados por el miedo y la nostalgia, los apóstoles caerían con facilidad en alucinaciones. Pero no. No estaban preparados para imaginar la resurrección de su Maestro. El texto acumula verbos como “ver y escuchar, tocar y comer”. Es claro que los apóstoles necesitaban  pruebas.

Efectivamente,  el Señor resucitado  no rehuye las pruebas que atestiguan su triunfo sobre la muerte. Con todo, el tono del relato nos remite a la experiencia cristiana de todos los creyentes, de todos los siglos. Dos importantes indicaciones de Jesús marcan el itinerario de nuestra fe y el estilo de la misión de la Iglesia.

- “Mirad mis manos y mis pies”. Nosotros pensamos que se nos reconoce por nuestro rostro. Sin embargo, los primeros discípulos no reconocen a Jesús por su rostro. Al mostrarles sus manos y sus pies, Jesús les presenta sus llagas, es decir su carne humana herida. Y les recuerda el  servicio y el cansancio que lo habrían de definir para siempre.

- “Así estaba escrito”.  El Señor sabe que sus gestos no serán comprendidos si los discípulos no recuerdan las Escrituras. También la Iglesia ha de saber que sus acciones y pasiones, sus logros y sus heridas no suscitan la fe hasta que las gentes se acerquen humildemente a la Escritura.  En ella se hace viva y audible la Palabra del Señor.

TESTIGOS

Aún queda una frase final que resume el mensaje de Jesús. Esa es la advertencia definitiva del Maestro a los discípulos que se bandean entre la duda y la fe.

• “Vosotros sois testigos de esto”. Los discípulos de la primera hora estaban llamados a extender por todo el mundo la enseñanza recibida. Pero, sobre todo, eran enviados como testigos de una vida entregada por amor.

• “Vosotros sois testigos de esto”. Ya el papa Pablo VI nos decía que el mundo de hoy no necesita tanto de maestros como de testigos. Las doctrinas se valoran y se aceptan cuando van acompañadas por el compromiso concreto de quien las profesa.

• “Vosotros sois testigos de esto”. Se dice que para ser testigos hace falta “estar  ahí y ser diferentes”. Si nos alejamos de la sociedad no podremos ofrecerle una verdad que libera. Pero si no somos diferentes, el mensaje que anunciamos no será interpelante ni creíble.

- Señor Jesús, muerto por nosotros y resucitado para nuestra salvación, tú conoces nuestras dudas, pero también nuestro deseo de hacerte presente en nuestro mundo. Ayúdanos a reconocerte cada día y a darte a conocer a nuestros hermanos.

José Román Flecha

 

 

Seréis mis testigos (Hch. 1,8)

Jesús dice a sus discípulos que son testigos de él, de la buena noticia del misterio pascual y de la conversión para el perdón de los pecados en nombre de él.

Y testigos, por su parte, se proclaman los discípulos, ya revestidos ellos de la fuerza de lo alto. Toman lo dicho por Jesús  en presente o futuro indicativo por el imperativo. Aceptan la misión que el enviado por el Padre se ha dignado compartir con ellos.

Como cristiano, me declaro también testigo. Pero, ¿acaso no estoy dando testimonio de otro, de un fantasma, que no me muestra ni manos ni pies, y quien no tiene necesidad de comer? ¿No sería yo tal vez el testigo de un pretendiente al trono davídico, autoritario, potente e imponiente con sus vestidos de púrpura y lino fino, con sus símbolos de realeza y riqueza? ¿No soy yo tan arrogante que no me asocio con los humildes (cf. Rom. 12,16) y así muestro efectivamente que prefiero representar al César más que a Jesús?  Sin darme cuenta, ¿no rechazo al justo y pido el indulto de un asesino al quedarme callado ante la injusticia cometida en contra de los pobres por ricos influyentes de cuyos agasajos-banquetes espléndidos o acomodaciones gratis en hoteles lujosos—he sacado provecho?  Porque no soy tan valiente como san Vicente de Paúl, quien habló palabras perturbadoras a Ana de Austria, a Richelieu y a Mazarino, ¿acaso las palabras de aliento que digo a los abatidos no suenan simplemente a una ideología de opresión?  Por cierto, Jesús no se puede confundir para nada con un fantasma, un autoritario, un déspota, un violento, un opresor.

El Resucitado enseña la marca de los clavos en las manos y de la lanza en el costado y pide algo que comer.  Sentado a la mesa con nosotros, él se nos revela en el momento preciso de la fracción del pan. Él es el que no tiene nada pero sin que nosotros le demos motivo para tener vergüenza (cf. 1Cor. 11,22). Así que come delante de nosotros lo que le damos y nos abre el entendimiento para comprender las Escrituras.

De éste Mesías sólo daré testimonio, si realmente comprendo las Escrituras y deseo guardar los mandamientos para que yo no me haga mentiroso.  Según las Escrituras, el Ungido tuvo que anonadarse y humillarse hasta someterse incluso a la muerte de cruz antes de entrar en su gloria.  Las Escrituras dejan claro que el glorioso Hijo del hombre se presenta como uno de sus humildes hermanos.

Sí se nos conoce a los cristianos como discípulos y testigos de Jesús por nuestro amor mutuo.  Pero el dar testimonio del amor de Jesús quiere decir también que los cristianos iremos más allá de la equivalencia humana e imitaremos la sobreabundancia divina.  Esto significa, entre otras cosas, que invitaremos a los que no tienen con qué recompensarnos, y así daremos testimonio del Resucitado que nos garantiza la resurrección de los justos, en la que seremos recompensados (Lc. 14,13-14; 1Cor. 15, 20-21).

Y la recompensa de los fieles testigos del Testigo por excelencia del amor sobreabundante de Dios consiste en la salvación eterna (Rom. 5, 8; Jn. 3,16; 1 Jn. 4,10; Apoc. 1,5; Mt. 10,39). Quien pierde su vida por causa de Jesús la encuentra. Quien no se aferra a si mismo, sino que señala a Jesús, se salva. Al Pedro que admite no tener ni plata ni oro, no al que acumula tesoros que no son los pobres, se le concede el don de sanación en nombre de Jesucristo para que se le mande al cojo de nacimiento: «Levántate y anda».

Rosalino Dizon Reyes

 

 

Ser testigos de la resurrección de Cristo y dar testimonio de su resurrección, son dos compromisos consustanciales del cristiano, tuyo y mío. Y lo son como condición para serlo y como exigencia de serlo. Es decir, sólo es cristiano el que está seguro de que Jesucristo murió y resucitó, porque lo ha visto con los ojos (como los apóstoles) o porque lo creemos por la fe (como nosotros); está seguro y da testimonio de ello, como lo hicieron los apóstoles. No se puede ser testigo sin al mismo tiempo dar testimonio. O dicho con palabras de Benedicto XVI, no se puede ser discípulo sin al mismo tiempo ser misionero (Discurso de Inauguración en Aparecida, nº 3).

Lo que acabo de decir lo encontramos, sobre todo, en Lucas (Evangelio y Hechos) y en las cartas de San Pablo y San Pedro. El Apocalipsis, que es el testimonio que Juan da a las siete iglesias de Asia (Apo. 1,2.4), nos presenta a Jesucristo como testigo fiel (Apo. 1,5; 22,20) y paradigma de testigo para nosotros. Veamos algunos textos, empezando por el del evangelio de Lucas en el que Jesús dice a los apóstoles: “Ustedes son testigos de estas cosas” (Lc. 24,35-48 ). “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (He 1,8).

Ser testigos de la resurrección del Señor es el principal privilegio y compromiso que tienen y dan los apóstoles (He. 2,32; 3,15; 5,32; 10,39). Por eso, Pedro se presenta como testigo de los padecimientos del Señor (1Pe. 5,1) y es lo que los ONCE ponen como requisito, a la hora de elegir como apóstol al discípulo sustituto de Judas (He. 1,22). Es para ser su testigo que el Señor se aparece a Saulo a la entrada de Damasco y lo elige como apóstol (He. 22,15; 26,16). Pablo tendrá esto siempre muy presente (2Cor. 1,12; 2Tm. 2,7) y se sentirá contento porque creen su testimonio (2Thes. 1,10). Además, será lo que pida a los suyos: “No te avergüences de dar testimonio del Señor”, le dirá a Timoteo (2Tim. 1,8 ), y, a los cristianos de Corinto: el Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio… para que se consolide en ustedes el testimonio de Cristo (1Cor. 1,5-6)

Creo que queda muy en claro que, para ser cristianos, ustedes y yo debemos ser testigos y dar testimonio de la resurrección del Señor. Ahora, recordemos brevemente que para ser testigo se requieren tres cosas y veamos si las cumplimos: una, haber visto algo o estar al tanto de algo por fuente segura. Es nuestro caso en relación con la resurrección del Señor, de la que estamos seguros por fe fundada en hechos históricos; dos, estar dispuestos a dar testimonio, cueste lo que cueste y donde sea; y tres: dar testimonio de lo que sabemos hasta las últimas consecuencias. Los apóstoles y muchos de los cristianos de todos los tiempos, pagaron su testimonio con su vida. Los llamamos mártires, es decir, testigos que dieron testimonio de su fe en Cristo al precio de su vida.

Antonio Elduayen, C.M.

 

 

La misión de los testigos del Resucitado

La aparición de Jesús Resucitado a los discípulos en Jerusalén, según la versión de Lucas, constituye el centro del mensaje de este tercer domingo de Pascua (Lc 24,35-48). Este texto es el último de las tres partes del capítulo 24 de san Lucas, capítulo que constituye, sin duda, una de las páginas más bellas y densas de la Biblia tanto por su composición literaria como por su contenido teológico, y al mismo tiempo refleja una multiplicidad de testimonios de fe de la comunidad cristiana primitiva, elaborados con una maestría sin igual por el evangelista, al servicio del mensaje central del Evangelio que nos anuncia que Jesús vive (Lc 24,23).

Al igual que el relato de los discípulos de Emaús también éste es un texto eucarístico, pues el mensaje se concentra en presentarnos a Jesús vivo y resucitado, en medio de los suyos, compartiendo una comida, para transmitirles el mensaje pascual por excelencia, el mensaje de paz y de alegría que transformó y transforma a los testigos de este encuentro en mensajeros de la conversión y del perdón desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. Pero esta aparición a la comunidad tiene tres aspectos esenciales: la demostración reiterada de la identidad que existe entre el Resucitado y el Crucificado, la Comida eucarística como señal de esa identidad y de la presencia real del que vive ya para siempre, y la Palabra de las Escrituras que interpreta el modo inequívoco de esa presencia mediante la paradoja de la Pasión del Mesías, Justo sufriente, en cuyo cuerpo se concita todo sufrimiento humano y toda víctima inocente de la barbarie de esta historia. De esta presencia misteriosa fueron testigos los discípulos y somos nosotros ahora. En el texto de los Hechos (cf. 3,14; 7,52 y 22,14) aparece el título cristológico del Justo (dikaios) aplicado a Jesús Se trata de un título mesiánico utilizado por Mateo y Lucas para mostrar la inocencia de Jesús en el proceso que sufrió hasta la muerte (Lc 23,47; Mt 27,19; cf. Mt 27,4.24) y en los discursos de Pedro, Esteban y Pablo de los Hechos de los Apóstoles.

En plena misión continental de América todo este mensaje puede avivar la conciencia de la Iglesia misionera. La misión, pues, consiste, como dice Pedro en el discurso de los Hechos de los Apóstoles (Hech 3,13-19), en anunciar a Jesús, el Santo y el Justo, en proclamar su resurrección y en acreditar su presencia viva a través del testimonio permanente de muchos creyentes mediante la conversión del corazón, el perdón de los pecados y la esperanza viva y gozosa que comunica el Espíritu. Pero no puede pasar desapercibido el componente de denuncia que conlleva el anuncio misionero. En efecto, anunciar a Cristo crucificado es denunciar a los que lo crucificaron, y proclamar la victoria del Justo e inocente que fue resucitado por Dios es sostener que hay una verdad y una justicia, la de Dios, que no está sometida al dictamen de los que tienen el poder en este mundo y siguen amenazando a los desposeídos y asesinando víctimas, como hicieron con Jesús. Con este espíritu es importante tomar conciencia de que es inherente a la misión de la Iglesia asumir como propias las causas de los últimos en cualquier parte del mundo, y por tanto, es bueno solidarizarse con todos los sufren las consecuencias de las injusticias. En el momento presente podemos pensar tanto en las situaciones múltiples que atentan contra la dignidad y la libertad humana y contra los derechos fundamentales de la persona en los países latinoamericanos y africanos, así como en la creciente crisis económica en España y en Europa que va dejando un lastre de dolor escandaloso especialmente reflejado en el número de desempleados forzosos y en la situación de desahucios obligados de familias enteras de las viviendas que habitan y cuyas hipotecas no pueden pagar. Anunciar a Cristo Resucitado es anunciar al Justo, vencedor del mal, del pecado y de la injusticia y ponerse de parte de las víctimas, de todos los que sufren.

La identificación del Resucitado con el Crucificado revela que la presencia real del que ha vencido la muerte se hace patente en toda persona que lleva las señales del sufrimiento en su propio cuerpo. Entre las víctimas y crucificados de nuestro mundo ocupan un lugar preeminente los empobrecidos de nuestra tierra. El destino del Mesías   es el mismo que el de todos los crucificados y de todas las víctimas de la injusticia humana. Es este profundo vínculo fraterno de Jesús con los sufrientes del mundo, y no cualquier otra manifestación poderosa o espectacular, el que hace posible todavía hoy la presencia del Señor resucitado en la historia humana. De ahí que ellos,  los sufrientes y los pobres sean lugar teológico por excelencia para iluminar la Palabra de Dios y abrir el entendimiento de los discípulos. Por eso la Sagrada Escritura es el otro lugar teológico donde el misterio de la Pasión se desvela y desde el cual se debe hacer la memoria y la interpretación de todo sufrimiento humano. Finalmente la comida Eucarística del pescado es el signo que evidencia en la comunión fraterna la presencia gozosa del Resucitado. Con todas estas señales de la presencia y de la identidad del crucificado y resucitado, en la Palabra, en la Eucaristía y en el rostro de los dolientes de este mundo, la Iglesia se reviste del dinamismo de lo alto para llevar a cabo su misión universal de anuncio del amor de Dios, de denuncia del mal en todas sus formas, de conversión y de perdón, de paz y de alegría.

José Cervantes Gabarrón

 

 

Comprender la Biblia

La Biblia sigue siendo el libro más vendido, el “libro” sin más. El tenerlo en casa no siempre significa que se lo lea. Desde luego no es un libro que se lea de un tirón. Es más bien toda una colección de libritos. En ellos se nos transmiten las experiencias de unas personas que vivieron el encuentro con Dios hace muchos siglos. Sin duda se trata de una experiencia siempre actual, la experiencia de la salvación en Cristo Jesús, pero presentada en una cultura muy distante de la nuestra.

Pero no es sólo la distancia cultural la que produce esa dificultad de comprensión de la Biblia. Es su mismo contenido, la manera de actuar de Dios, el que resulta desconcertante y a veces ininteligible para el hombre. Ya no se trata simplemente de palabras y conceptos difíciles sino de una propuesta de vida que abre el horizonte de comprensión del hombre a unas dimensiones que permanecerían desconocidas si Dios mismo no nos las comunica. Por eso, incluso los apóstoles que vivieron de cerca los acontecimientos de la salvación quedaron desconcertados ante la manera como Dios salvó el mundo (Hechos 3,13-19).

Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Lc 24,35-48). En realidad Jesús les dio la clave de comprensión de un lenguaje que parecía cifrado y sellado con siete sellos. Jesús mismo es la clave de comprensión de la Escritura. La Escritura habla de Jesús. En Él recibe su sentido y la luz que ilumina su comprensión. Toda la Escritura nos habla de la salvación de Dios en Jesús, muerto y resucitado. Las Escrituras no se entienden sin Jesús, pero tampoco podemos comprender a Jesús sin las Escrituras. Pero sólo entenderemos a Jesús y a las Escrituras si hacemos la misma experiencia de Jesús y de los creyentes que aparecen en las Escrituras. No es un problema de comprensión y de inteligencia. Es una cuestión de vida. La Biblia no es un libro como los demás. Sólo se entiende si uno está haciendo las mismas experiencias que sus protagonistas.

Para entender las Escrituras es preciso que Jesús nos abra  el entendimiento. Eso acontece mediante del don del Espíritu de Jesús. Él es el maestro interior que nos puede guiar en la lectura  de las Escrituras y nos introduce en el misterio de Cristo, porque es el Espíritu que animó toda su vida. Los apóstoles recibieron ese don cuando estaban reunidos en comunidad.  Tan sólo la comunidad eclesial es capaz de comprender las Escrituras. Cada uno por su cuenta se pierde de nuevo en los vericuetos de estos escrito. Es en la comunidad eclesial donde sigue presente y actuante Jesús Resucitado con su Espíritu. Él es la clave de interpretación de la Escritura. Pero ha sido la comunidad eclesial la que hizo la experiencia del Señor Resucitado y la que nos la ha transmitido en las Escrituras, de manera particular en los Evangelios. Nosotros podemos encontrarnos personalmente con el Resucitado, pero ese encuentro tan sólo será auténtico si refleja la experiencia eclesial de la Iglesia primitiva y de la Iglesia sin más en nuestro tiempo. Debemos, pues, contrastar nuestra experiencia del Resucitado con la experiencia de la comunidad eclesial para evitar el fabricarnos fantasmas que no pueden salvar.

Jesús no abrió el entendimiento de sus discípulos para que entendieran unos textos sino para que entendieran su vida. La fe cristiana no es una serie de conocimientos teóricos. Es un estilo de vida con un determinado tipo de actividad. Tan sólo el que guarda los mandamientos de Jesús lo conoce de verdad (1 Juan 2,1-5).  Que la fracción del pan nos permita reconocer al Resucitado que sigue abriendo para nosotros el futuro de la vida.

 

 

Les abrió la inteligencia

Algunas novelas y películas resultan difíciles de entender porque no nos dan todos los datos que creemos que son necesarios para comprender a los personajes. A los discípulos de Jesús les resultó incomprensible el desenlace de su historia con el maestro. Tanto su muerte como su resurrección les dejó perplejos. Al verlo resucitado, no eran capaces de reconocerlo. Incluso llegaron a pensar que tenían delante un fantasma. Digamos que la imagen actual no casaba con la que ellos tenían de haber vivido con Jesús.

Las Escrituras que ellos leían no les ayudaron mucho en un primer momento a entender lo que estaba pasando. No debemos pues extrañarnos de que tampoco nosotros comprendamos muchas veces lo que la Biblia nos quiere decir. Se nos presentan como una colección de libros con historias muy diversas. Parece que carece de unidad. Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Lc 24,35-48). En realidad Jesús les dio la clave de comprensión de un lenguaje que parecía cifrado y sellado con siete sellos. Jesús mismo es la clave de comprensión de la Escritura. La Escritura habla de Jesús. En Él recibe su sentido y la luz que ilumina su comprensión. Toda la Escritura nos habla de la salvación de Dios en Jesús, muerto y resucitado. Tan sólo con la resurrección de Jesús las Escrituras se hacen comprensibles. Las Escrituras no se entienden sin Jesús, pero tampoco podemos comprender a Jesús sin las Escrituras.

Los apóstoles quedaron desconcertados ante la Pasión y Resurrección del Señor. Intentaron entenderlo a partir de la Escritura, pero ésta continuaba sellada. Tan sólo el don del Espíritu les hizo caer en la cuenta de que las Escritura anunciaba ya esa muerte y resurrección. Entonces todo apareció claro. El plan de Dios, que antes parecía sin sentido, ahora se manifestaba en toda su lógica. Incluso tenía un sentido la acción de unos personajes que habían querido escapar al control del autor e impedir su plan. Dios es capaz de escribir recto con renglones torcidos (Hechos 3,13-19). Incluso la rebelión de esos personajes estaba prevista por Dios. En Jesús resucitado, Dios ha reconciliado el mundo e invita a la conversión para recibir el perdón de los pecados. Ya no hay dudas. Ya no hay miedo a fantasmas sino que el Señor Resucitado sigue vivo en la comunidad.

Jesús les abrió el entendimiento de las Escrituras cuando estaban reunidos en comunidad. Tan sólo la comunidad eclesial es capaz de comprender las Escrituras. Cada uno por su cuenta se pierde de nuevo en los vericuetos de estos escritos. Es en la comunidad eclesial donde sigue presente y actuante Jesús Resucitado con su Espíritu. Él es la clave de interpretación de la Escritura. Pero ha sido la comunidad eclesial la que hizo la experiencia del Señor Resucitado y la que nos la ha transmitido en las Escrituras, de manera particular en los Evangelios. Nosotros podemos encontrarnos personalmente con el Resucitado, pero ese encuentro tan sólo será auténtico si refleja la experiencia eclesial de la Iglesia primitiva y de la Iglesia sin más en nuestro tiempo.

Da la impresión de que a los apóstoles no les bastó el que Jesús les diera una clase teórica sobre cómo las Escrituras anunciaban su misterio. Fue necesario que el Jesús resucitado se manifestara como el Jesús con el que habían convivido antes de su muerte. El lazo de unión fue la evocación de las comidas con Jesús. Tan sólo cuando a las palabras les acompañan las acciones es posible reconocer a Jesús resucitado. Tan sólo comiendo juntos, reconocemos que se trata de Jesús.

Jesús no abrió el entendimiento de sus discípulos para que entendieran unos textos sino para que entendieran su vida. Tan sólo el que guarda sus mandamientos lo conoce de verdad (1 Juan 2,1-5). Que la fracción del pan nos permita reconocer al Resucitado que sigue abriendo para nosotros el futuro de la vida.

padre Lorenzo Amigo

 

 

Una vida nueva en Cristo Jesús, vivo y glorioso entre nosotros

El pueblo nuevo es la demostración, la evidencia de Cristo resucitado, de su victoria.

Vida nueva que implica arrepentirnos de nuestros pecados y convertirnos (1ª lectura). Vida nueva de santidad, gracias al perdón de los pecados ofrecido por Cristo como víctima de expiación por nuestros pecados (2ª lectura). Vida nueva que tenemos que transmitir a nuestros hermanos para que vuelvan también a Dios (evangelio).

En nuestro camino de la Pascua, ahora que le toca a San Lucas presentarnos una escena de Cristo resucitado, nos hace ver a los discípulos reunidos “hablando de Jesús”. Empiezan apenas a asimilar que Cristo ha resucitado y se quedan asombrados ante los relatos de los caminantes de Emaús que les cuentan cómo lo han reconocido al partir el pan. Ellos mismos explican que no acaban de comprender cómo podían tener tanta desilusión y tanto temor a tal grado de abandonar la comunidad y todos los sueños del Reino, y volver derrotados a sus vidas ordinarias. Sin embargo un pan partido y compartido les ha devuelto la esperanza y los ha hecho regresar en la oscuridad pero con el corazón iluminado.

La Pascua supone un encuentro con el Cristo resucitado y glorioso, a través de la Iglesia, a través de la carne de nuestro hermano en quien palpita la vida divina y a través de los sacramentos, donde dejó su huella invisible y regalos visibles que el Cristo Pascual nos dejó para derramar y compartir con nosotros la vida divina. El cristianismo es justamente el encuentro con una persona viva, Jesucristo, a quien el Padre resucitó venciendo las ataduras del pecado y de la muerte. Ahora bien, el encuentro con Cristo resucitado pide de cada uno de nosotros vivir la vida nueva que Cristo ganó con su muerte y resurrección. Vida nueva que implica arrepentirnos de nuestros pecados, causantes del sufrimiento y muerte de Cristo Jesús; implica dejar nuestra vida antigua y mundana, como tantas veces nos pide el papa Francisco. Este arrepentimiento nos llevará a arrodillarnos ante el sacramento de la Penitencia, donde la sangre de Cristo nos lava, nos purifica, nos santifica y vuelve a brillar en nosotros la vida nueva del Resucitado.

Esta vida nueva nos lanza a una vida de santidad, que no significa ser inmaculados, sino una lucha contra el pecado en nuestra vida. San Juan en la segunda lectura de hoy nos urge a que no pequemos. El pecado ofende a Dios, ¡qué ingratitud para con nuestro Padre Dios! El pecado ofende a Cristo, ¡qué pena para nuestro Amigo y Redentor! El pecado ofende a la Iglesia, ¡qué falta de amor filial! El pecado ofende nuestra dignidad cristiana, ¡qué vergüenza! Cristo se inmoló como víctima de expiación por nuestros pecados. Por tanto, Él ya destruyó el pecado con su muerte. Lo que tenemos que hacer es cumplir con amor y por amor los mandamientos de Dios, seguirá diciendo san Juan en su carta. Cumpliendo sus mandamientos y nuestros deberes del propio estado estamos demostrando la vida nueva en nosotros.

La vida nueva no podemos guardarla para nosotros. Tenemos que transmitir a nuestros hermanos esta vida nueva, para que todos los que pasen a nuestro lado también experimenten los efectos de la vida de Cristo resucitado a través de nosotros, de nuestro testimonio y de nuestra palabra. “Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios”.

La vida nueva que implica la resurrección de Cristo es un salto cualitativo, un incremento de vida desconocido antes, una nueva dimensión de ser hombre. Tan real e inimaginable que lo único que podemos hacer es dar testimonio de ella en acción, comunicándola -como dice Julián Carrón- a través de la luminosidad del rostro, a través de la intensidad de la mirada, de la relación con la realidad, de la forma de tratar todo. Porque a Cristo resucitado se le ve por el hecho que existe el pueblo de Dios, el pueblo cristiano, porque este pueblo brota continuamente del acontecimiento de Su presencia viva, de la fascinación de Su presencia, del atractivo de la belleza de Cristo vivo. El pueblo nuevo es la demostración, la evidencia de Cristo resucitado, de su victoria.

San Pablo resume así la vida nueva de quien ha resucitado con Cristo: “Serán así limpios e irreprochables; serán hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala y perversa, entre la cual deben brillar como lumbreras en medio del mundo, manteniendo con firmeza la palabra de vida” (Flp. 2,15-16).

Que la Santísima Virgen María…, a quien los cristianos católicos de la Diócesis de Irapuato, expresamos en este mes de abril nuestro especial cariño y devoción, nos haga más fieles discípulos misioneros de su Hijo.

 

 

¡El Crucificado ha resucitado!

En las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy resuena por dos veces la palabra “testigos”. La primera vez, en los labios de Pedro: él, después de la curación del paralítico ante la puerta del templo de Jerusalén, exclama: “Mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. La segunda vez es en los labios de Jesús resucitado: Él, la tarde de Pascua, abre la mente de los discípulos al misterio de su muerte y resurrección y les dice: “Ustedes son testigos de todo esto”. Los Apóstoles, que vieron con los propios ojos a Cristo resucitado, no podían callar su extraordinaria experiencia. Él se había mostrado a ellos para que la verdad de su resurrección llegara a todos mediante su testimonio. Y la Iglesia tiene la tarea de prolongar en el tiempo esta misión; cada bautizado está llamado a dar testimonio, con las palabras y con la vida, que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo y presente en medio de nosotros. Todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de que Jesús está vivo.

Podemos preguntarnos: pero, ¿quién es el testigo? El testigo es uno que ha visto, que recuerda y cuenta. Ver, recordar y contar son los tres verbos que describen la identidad y la misión. El testigo es uno que ha visto, con ojo objetivo, ha visto una realidad, pero no con ojo indiferente; ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento. Por eso recuerda, no solo porque sabe reconstruir en modo preciso los hechos sucedidos, sino también porque aquellos hechos le han hablado y él ha captado el sentido profundo. Entonces el testigo cuenta, no de manera fría y distante sino como uno que se ha dejado poner en cuestión y desde aquel día ha cambiado de vida. El testigo es uno que ha cambiado de vida. 

El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, no es una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones o un moralismo, sino que es un mensaje de salvación, un acontecimiento concreto, es más, una Persona: es Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos. Él puede ser testimoniado por quienes han hecho una experiencia personal de Él, en la oración y en la Iglesia, a través de un camino que tiene su fundamento en el Bautismo, su alimento en la Eucaristía, su sello en la Confirmación, su continúa conversión en la Penitencia.

Gracias a este camino, siempre guiado por la Palabra de Dios, cada cristiano puede transformarse en testigo de Jesús resucitado. Y su testimonio es mucho más creíble cuanto más transparenta un modo de vivir evangélico, gozoso, valiente, humilde, pacífico, misericordioso. En cambio, si el cristiano se deja llevar por las comodidades, por las vanidades, por el egoísmo, si se convierte en sordo y ciego ante la pregunta sobre la “resurrección” de tantos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, como podrá comunicar la potencia liberadora de Jesús vivo y su ternura infinita?

María, nuestra Madre, nos sostenga con su intercesión para que podamos convertirnos, con nuestros límites, pero con la gracia de la fe, en testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que nos encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz”.

papa Francisco

 

 

¡En verdad ha resucitado!

El Evangelio nos permite asistir a una de las muchas apariciones del Resucitado. Los discípulos de Emaús acaban de llegar jadeantes a Jerusalén y están relatando lo que les ha ocurrido en el camino, cuando Jesús en persona se aparece en medio de ellos diciendo: «La paz con vosotros». En un primer momento, miedo, como si vieran a un fantasma; después, estupor, incredulidad; finalmente, alegría. Es más, incredulidad y alegría a la vez: «A causa de la alegría, no acababan de creerlo, asombrados».

La suya es una incredulidad del todo especial. Es la actitud de quien ya cree (si no, no habría alegría), pero no sabe darse cuenta. Como quien dice: ¡demasiado bello para ser cierto! La podemos llamar, paradójicamente, una fe incrédula. Para convencerles, Jesús les pide algo de comer, porque no hay nada como comer algo juntos que conforte y cree comunión.

Todo esto nos dice algo importante sobre la resurrección. Ésta no es sólo un gran milagro, un argumento o una prueba a favor de la verdad de Cristo. Es más. Es un mundo nuevo en el que se entra con la fe acompañada de estupor y alegría. La resurrección de Cristo es la «nueva creación». No se trata sólo de creer que Jesús ha resucitado; se trata de conocer y experimentar «el poder de la resurrección» (Filipenses 3,10).

Esta dimensión más profunda de la Pascua es particularmente sentida por nuestros hermanos ortodoxos. Para ellos la resurrección de Cristo es todo. En el tiempo pascual, cuando se encuentran a alguien le saludan diciendo: «¡Cristo ha resucitado!», y el otro responde: «¡En verdad ha resucitado!». Esta costumbre está tan enraizada en el pueblo que se cuenta esta anécdota ocurrida a comienzos de la revolución bolchevique. Se había organizado un debate público sobre la resurrección de Cristo. Primero había hablado el ateo, demoliendo para siempre, en su opinión, la fe de los cristianos en la resurrección. Al bajar, subió al estrado el sacerdote ortodoxo, quien debía hablar en defensa. El humilde pope miró a la multitud y dijo sencillamente: «¡Cristo ha resucitado!». Todos respondieron a coro, antes aún de pensar: «¡En verdad ha resucitado!». Y el sacerdote descendió en silencio del estrado.

Conocemos bien cómo es representada la resurrección en la tradición occidental, por ejemplo en Piero della Francesca. Jesús que sale del sepulcro izando la cruz como un estandarte de victoria. El rostro inspira una extraordinaria confianza y seguridad. Pero su victoria es sobre sus enemigos exteriores, terrenos. Las autoridades habían puesto sellos en su sepulcro y guardias para vigilar, y he aquí que los sellos se rompen y los guardias duermen. Los hombres están presentes sólo como testigos inertes y pasivos; no toman parte verdaderamente en la resurrección.

En la imagen oriental la escena es del todo diferente. No se desarrolla a cielo abierto, sino bajo tierra. Jesús, en la resurrección, no sale, sino que desciende. Con extraordinaria energía toma de la mano a Adán y Eva, que esperan en el reino de los muertos, y les arrastra consigo hacia la vida y la resurrección. Detrás de los dos padres, una multitud incontable de hombres y mujeres que esperan la redención. Jesús pisotea las puertas de los infiernos que acaba de desencajar y quebrar Él mismo. La victoria de Cristo no es tanto sobre los enemigos visibles, sino sobre los invisibles, que son los más tremendos: la muerte, las tinieblas, la angustia, el demonio.

Nosotros estamos involucrados en esta representación. La resurrección de Cristo es también nuestra resurrección. Cada hombre que mira es invitado a identificarse con Adán, cada mujer con Eva, y a tender su mano para dejarse aferrar y arrastrar por Cristo fuera del sepulcro. Es éste el nuevo y universal éxodo pascual. Dios ha venido «con brazo poderoso y mano tendida» a liberar a su pueblo de una esclavitud mucho más dura y universal que la de Egipto.

padre Raniero Cantalamessa, ofmcap