"Vosotros sois testigos de esto"

La excepcional experiencia de la Resurrección de Jesús que tuvieron los primeros discípulos encuentra en los relatos de aparición de los evangelios una de sus expresiones más ricas. Este domingo, el relato que recoge Lucas pone el acento en la fuerza dinamizadora de dicha experiencia, en su realismo a la vez que en su trascendencia.

Ante la Resurrección de Jesús los primeros discípulos se sintieron, al principio, desconcertados, alegres, asustados, sorprendidos… pero creyeron y aquello cambió sus vidas. Experimentaron la paz y el perdón que Dios hace llegar por medio de Cristo a todos los hombres. Nosotros también somos testigos de esto.

1ª Lectura: Hechos 3,13-19

Anunciar que el crucificado vive, ¡sin miedo!

1. La primera lectura de hoy es el segundo discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, el segundo discurso kerigmático, después del de Pentecostés, porque «proclama» con claridad la fuerza del mensaje pascual: la muerte y resurrección de Jesús. La ocasión es la curación extraordinaria de un cojo, alguien que está impedido de andar, como si el evangelista Lucas, que tanto interés ha puesto en el camino, en el seguimiento, quisiera decirnos que la resurrección de Jesús hace posible que todas las imposibilidades (físicas, psíquicas y morales), no fueran impedimento alguno para seguir el camino nuevo que se estrena especialmente por la resurrección de Jesús.

2. Pedro, pues, el primero de los apóstoles, es el encargado de este tipo de discursos oficiales en Jerusalén para ir dejando constancia que ahora yo no tendrán miedo para seguir a Jesús, el crucificado, ni ante las autoridades judías, ni ante las autoridades romanas. Al contrario, deben anunciarlo ante el pueblo, para poner de manifiesto que ellos están por este crucificado que es capaz de dar un sentido nuevo a su existencia. Es un discurso en el que se pone de manifiesto que el Dios de los «padres», el Dios de la Alianza, el Dios de Israel, es el que hace eso, no otro dios cualquiera. Que si quieren ser fieles a las promesas de Dios, el único camino es el de Jesús muerto y resucitado.

2ª Lectura: 1Juan 2,1-5

La muerte redentora frente al mundo

1. La segunda lectura, al igual que el domingo pasado, insiste en los mandamientos de Jesús para vencer al pecado. La comunidad joánica se enfrenta con el “pecado del mundo”, le abruma, y el autor pone ante sus ojos la muerte redentora de Jesús como posibilidad excepcional de la victoria sobre el mismo.

2. Es verdad que no debemos entender la expiación de Jesús en un sentido jurídico, como una necesidad metafísica para que Dios se sienta satisfecho, ya que Dios no necesita la muerte de su Hijo. Pero su muerte es un sacrificio por nosotros, porque en ella está la fuerza que vence al mundo y el pecado del mundo, el pecado en el que se estructura la historia de la humanidad y que los cristianos deben vencer desde la fuerza de la muerte redentora de Jesús.

Evangelio: Lucas 24,35-48

Una nueva experiencia con el Resucitado

1. La lectura del texto lucano quiere enlazar, a su manera, con el del domingo pasado (el evangelio de Tomás), ya que todo el capítulo lucano es una pedagogía de las experiencias decisivas de la presencia del Viviente, Jesús el crucificado, en la comunidad. El que se mencione en esta escena el reconocimiento que hicieron los discípulos de Emaús al partir el pan, viene a ser una introducción sugerente para dar a entender que el resucitado se «presenta» en momentos determinados entre los suyos con una fuerza irresistible. El relato de hoy es difícil, porque en él se trabaja con elementos dialécticos: Jesús no es un fantasma, enseña sus heridas, come con ellos... pero no se puede tocar como una imagen; pasa a través de las puertas cerradas. Hay una apologética de la resurrección de Jesús: el resucitado es la misma persona, pero no tiene la misma “corporeidad”. La resurrección no es una “idea” o un invento de los suyos.

2. Esta forma semiótica, simbólica, de presentar las cosas, pretende afirmar una realidad profunda: el Señor está vivo; las experiencias que tiene con los discípulos (aunque exageradas por la polémica apologética de que los cristianos habían inventado todo esto) les fascina, pero no para concebirlas en términos de fantasía sobre la resurrección, sino para convencerles que ahora les toca a ellos proseguir su causa, anunciar la salvación y el perdón de los pecados. Creer en la resurrección de Jesús sin estas consecuencias sería como creer en cosas de espíritus. Pero no se trata de eso, sino de creer en la realidad profunda de que el crucificado está vivo, y ahora les envía a salvar a todos los hombres.

3. No podemos olvidar que las apariciones pertenecen al mundo de lo divino, no al de las realidades terrestres. Por lo mismo, la presentación de un relato tan “empirista” como este de Lucas requiere una verdadera interpretación. Lo divino, es verdad, puede acomodarse a las exigencias de la “corporeidad” histórica, y así lo experimentan los discípulos. Pero eso no significa que, de nuevo, el resucitado da un salto a esta vida o a esta historia. Si fuera así no podíamos estar hablando de “resurrección”, porque eso sería como traspasar los límites de la “carne y de la sangre”, que no pueden heredar el reino de Dios (cf 1Cor 15,50). Los hombres podemos aplicarle a lo divino nuestras preconcepciones antropológicas. Está claro que tuvieron experiencias reales, pero el resucitado no ha vuelto a la corporeidad de esta vida para ser visto por los suyos. El texto tiene mucho cuidado de decir que Jesús es el mismo, pero su vida tiene otra corporeidad; no la de un fantasma, sino la de quien está por encima de la “carne y la sangre”.

4. Hoy está planteado en el evangelio la realidad y el sentido de las apariciones del resucitado y debemos ser valientes para “predicar y proclamar” que las apariciones de Jesús a los suyos no pueden ser entendidas como una vuelta a esta vida para que los suyos lo reconocieran. Se hizo presente de otra manera y ellos lo experimentaron tal como eran ellos y tal como sentían. Esto es lo que pasa en estas experiencias extraordinarias en las que Dios interviene. Jesús no podía comer, porque un resucitado, si pudiera comer, no habría resucitado verdaderamente. Las comidas de las que se quiere hablar en nuestro texto hacen referencia a las comidas eucarísticas en las que recordando lo que Jesús había hecho con ellos, ahora notan su presencia nueva. En definitiva: la “corporeidad” de las apariciones de Jesús a sus discípulos no es material o física, sino que reclama una realidad nueva como expresión de la persona que tiene una vida nueva y que se relaciona, también, de forma nueva con los suyos. Esta capacidad nueva de relación de Jesús con los suyos y de éstos con el resucitado es lo que merece la pena por encima de cualquier otra cosa.

fray Miguel de Burgos Núñez

 

 

"Vosotros sois testigos de esto"

1) ¡Los Apóstoles sólo son instrumentos en manos de Dios!

Israelitas, ¿de qué os admiráis?, ¿por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud?

Para la adecuada compresión de este discurso kerigmático de Pedro es necesario recordar algunos rasgos de la antropología hebrea en la que están pensados y redactados los textos bíblicos. Para un hebreo, alguien que ha muerto no puede realizar ya su actividad propia. Pedro y Juan se encuentran con un paralítico mendigando. Los dos apóstoles ofrecen al paralítico lo que tienen: "en el nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar". Y se realiza el milagro. Este acontecimiento se convierte en un signo altamente indicativo de algo más importante, a saber, de que Jesús está vivo porque en su nombre se ha realizado la maravilla. Y si está vivo ha resucitado, porque murió realmente en la cruz. Esta es la conclusión que deduce un contemporáneo de Jesús. Jesús sigue ahora y para siempre ejerciendo su actividad salvadora porque está resucitado. En estos momentos es necesario que los creyentes vivamos esta profunda convicción en medio de nuestro mundo.

2) ¡Siempre es tiempo de volver atrás en el camino equivocado!

Rechazasteis al santo, al justo... matasteis el autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos... Sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo... arrepentíos y convertíos. El Nuevo Testamento nos ha dejado un testimonio suficientemente preciso y determinado sobre el destino del pueblo de Dios aunque no exento de dificultades (Rm 9-11). Dios es fiel a sí mismo y no puede negarse a sí mismo ni anular las promesas. Las puertas de la salvación siguen abiertas para su pueblo elegido aunque históricamente fueron los ejecutores de la muerte del Mesías. El recurso de Pedro a la ignorancia es un excelente testimonio apostólico de este plan. Tienen una salida: reconocer que se equivocaron. Siempre es posible el encuentro con el Dios fiel y misericordioso. Fue una palabra alentadora y lo es ahora también. Dios es fiel a sus palabra y a su proyecto, aunque respeta siempre la decisión libre del hombre.

Segunda lectura: 1 Juan 2,1-5a

1) ¡Jesús es nuestro Mediador-Intercesor ante el Padre!

Os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno llegara a pecar, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo el Justo.
Ciertamente la fuerza regeneradora del Bautismo (incorporación real aunque sacramental a Jesús vencedor del pecado y de la muerte) puede asegurar al hombre la permanencia en la vida nueva. Por eso el autor utiliza una forma literaria que equivaldría a decir: es difícil que un verdadero miembro de Jesús peque, pero se diera esta circunstancia no debe perder la esperanza porque Jesús está junto al Padre intercediendo y abogando por él. Y lo puede hacer porque es Justo, porque agradó siempre a Dios y realizó lo que le agradaba. Es un punto de referencia válido para todos los tiempos y todas las personas. Sale al encuentro de dos realidades: se puede vencer la tentación siempre porque Jesús y el Espíritu salen al encuentro del hombre para que pueda vencer pero en caso contrario Dios no abandona al hombre a una irremediable desesperación. Le promete su cercanía y su reconciliación; la vuelta a la casa paterna (parábola del hijo pródigo).

2) ¡Jesús ofrece la salvación a todo el mundo!

Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. Una vez más sale a nuestro encuentro la afirmación de que la oferta de salvación por parte de Dios en favor de los hombres es firme y universal. Jesucristo en la Cruz es la oferta de salvación para todo el mundo. Porque en la Cruz ha roto todos los muros de separación superando la comprensión del judaísmo contemporáneo que distinguía entre el pueblo de Israel y los "gentiles". El autor de esta carta ofrece la misma enseñanza que el autor de la carta a los Efesios en un texto admirable: porque cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba...Él ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la Cruz y destruyendo la enemistad (Efesios 2,11-22).

Tercera lectura: Lucas 24,35-48

1) ¡La paz es el saludo del Resucitado!

Se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El tema de la paz está presente de una manera insistente en la vida humana de Jesús: aparece en su nacimiento (canto de los ángeles en su aparición a los pastores); la predicó insistentemente convirtiéndola en una bienaventuranza: dichosos los que promueven la paz; uno de los frutos más importante de la Cruz es la paz: haciendo la paz por la sangre de su Cruz; y es el saludo repetido en sus apariciones a los apóstoles después de la Resurrección. Dios es un Dios de paz y no de aflicción (Isaías). la paz que es la síntesis de todos lo bienes que pueden hacer al hombre feliz en su globalidad. Es la síntesis de todos los bienes salvíficos. Jesús la hizo posible por la sangre de su Cruz. Y ahora la entrega como distintivo y tarea de sus apóstoles en la misión que van a realizar.

2) ¡Encuentro con el Jesús real pero en un estado totalmente nuevo y para siempre!

¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona... Dicho esto, les mostró las manos y los pies. El relato de Lucas trata de presentar, de la forma más plástica posible, el acontecimiento de la Resurrección utilizando las expresiones hebreas para definir la realidad humana concreta del hombre. La Resurrección de Jesús desbordó ciertamente todas las fronteras de tiempo y espacio y todas las previsiones de los anuncios antiguos. Pero ocurrió realmente. Para expresar esta realidad de la Resurrección (que es un misterio desbordante) Lucas utiliza y recurre a estas expresiones que describen la realidad humana concreta.
Los creyentes se encuentran ante un misterio admirable, la maravilla de las maravillas de Dios, que da sentido nuevo a toda la historia humana. Todo el hombre es invitado a participar, en Cristo y por medio de Él, en la nueva oferta de la vida por medio de la Resurrección. Todos los hombres y todo el hombre es invitado a la nueva vida que no terminará jamás. Es la respuesta a la inquietante pregunta de todos los hombres: ¿después de la muerte queda alguna esperanza? Y Dios responde que sí ofreciendo a la humanidad la realidad plena de Jesús Resucitado.

3) ¡Dios lo tenía todo previsto en su plan de salvación contando con la historia humana!

Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la Ley y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse. Jesús Resucitado es el cumplimiento acabado de todas las esperanzas anunciadas, aunque superándolas ampliamente. Tanto la Cruz como la Resurrección forman parte de un proyecto que Dios ha preparado y ha cumplido cuidadosamente. Esta es la afirmación más creíble de su fidelidad. Y es la oferta más consoladora para la humanidad que necesita urgentemente esta esperanza. El evangelista, recogiendo unas palabras que atribuye al Resucitado mismo, entiende que en toda la Escritura entendida globalmente (esto significa Ley, Profetas y Salmos, forma de expresar el canon completo de las Escrituras del Antiguo Testamento) aparece esta oferta de Dios en forma de anuncio. Es todo el conjunto del plan de Dios el que tiene su realización. Hoy, acaso más que nunca, es necesario que el testimonio vivo de los creyentes por medio de sus vidas y de su palabra, anunciemos al mundo esta realidad de la Resurrección como expresión de la fidelidad de un Dios que ama a la humanidad y la quiere en la vida. Porque nuestro Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es un Dios de vivos no de muertos.

4) ¡La misión universal tarea encomendada a los Apóstoles por el Resucitado!

Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Una lectura atenta de los evangelios nos cerciora de una realidad muy importante: parece que Jesús durante su vida de ministerio se centró en su pueblo (con algunas excepciones). Mateo en el capítulo 10 nos recuerda estas palabras de Jesús: No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 10,6). Realizado el Acontecimiento Pascual, tanto Mateo como Lucas nos recuerdan el proyecto de la misión universal. Cristo Resucitado y Glorioso envía a sus Apóstoles a anunciar el Evangelio a todas las gentes comenzando por Jerusalén: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues y haced discípulos a todas las gentes...(Mt. 28,18-19). Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). Y el texto del fragmento del evangelio de Lucas que estamos comentando. Jesús, en la Cruz, ha derribado todos los muros de separación entre los hombres y entre los pueblos (Ef 2,13ss). La universalidad de la misión arranca del Resucitado y es acompañada por el Resucitado. La esperanza de una vida imperecedera conquistada y ofrecida por Jesús Resucitado es para todos los hombres. Con esta seguridad y urgencia estamos invitados a ser testigos convincentes en medio de nuestro mundo hoy y siempre.

fray Gerardo Sánchez Mielgo

 

 

Los relatos de las apariciones

La experiencia que los primeros discípulos tuvieron de la Resurrección fue una experiencia única, sin precedentes, muy difícil de explicar, por tanto. En el NT encontramos diversas maneras de expresar dicha experiencia: himnos poéticos (como el del capítulo 2 de Filipenses), testimonios concisos (como el de 1 Cor 15, donde no se dan detalles) y relatos de apariciones (como el que nos presenta el Evangelio de hoy). La narración de la aparición de Jesús resucitado que leemos hoy en el evangelio de Lucas es muy semejante a la que escuchamos el domingo pasado, entonces en el evangelio de Juan (Jn. 20,19-31), y juntos constituyen los relatos evangélicos que de este tipo escucharemos los domingos de este tiempo de Pascua.

Los relatos de las apariciones no son relatos mitológicos, como han sostenido aquellos escépticos que pretenden restar credibilidad a la Resurrección. Son relatos acerca de una experiencia religiosa o mística, una experiencia de Dios, que tuvieron unos hombres y unas mujeres concretos. Sitúan, por tanto, dicha experiencia en un espacio y un tiempo determinado. No nos hablan de un tiempo indeterminado u originario, como hacen los mitos, ni cuentan gesta heroica alguna.

Además, encierran una gran riqueza descriptiva. Hay que tener en cuenta que Jesús, una vez que ha resucitado, vive la misma vida de Dios, y por lo tanto su modo de hacerse presente es el modo de hacerse presente Dios. Los relatos de apariciones transmiten de manera excepcional el contenido de una experiencia que está más allá de toda experiencia común, por eso la tradición oral los conservó y fueron recogidos por los evangelistas. No podemos quedarnos en la literalidad de la narración.

La Resurrección de Jesús: núcleo de la fe cristiana.

La fe en la Resurrección de Jesús es lo que diferencia a un cristiano de un simple admirador de Jesús. Pocos personajes de la Historia son tan admirados y respetados como lo es Jesús de Nazaret, hombre bueno que quería cambiar el mundo, crítico con los poderosos y defensor de los débiles, que vivió con la única máxima del amor al prójimo y que fue injustamente ejecutado. Este perfil de Jesús es patrimonio de toda la Humanidad. Pero nosotros no somos meros admiradores de Jesús, somos cristianos porque creemos que aquel hombre fue el abrazo pleno y definitivo de Dios a la Humanidad para llevarnos junto a Él para siempre. Vivió como un hombre cualquiera (Flp 2,7) pero entregado como ningún otro a una pasión: el Reino de Dios. Nada le hizo renunciar a su entrega, ni tan siquiera el que pudiera costarle la vida. Se puso en manos de Dios Padre confiado en que Él sabría enderezar lo que parecía completamente perdido, y así fue: “matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos sus testigos” proclama Pedro en la lectura del libro de los Hechos de hoy.

Por la Resurrección se nos ha dado a conocer esta verdad: la del infinito amor de Dios. Sin ella no podríamos pasar de simples admiradores de Jesús y tendríamos que seguir buscando. La Resurrección es la clave de bóveda de toda nuestra fe.

Creer en la Resurrección de Jesús es creer en su palabra.

“Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas” dice Pedro, “todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse” explica el propio Jesús al aparecerse a sus discípulos. La Resurrección es el último capítulo de una historia necesario para que todas las piezas encajen. No podemos separar la historia de la salvación, que es la historia del pueblo de Israel, del acontecimiento de la Resurrección. No se puede entender correctamente la una sin la otra. Pero tampoco podemos separar la propia historia de Jesús de su Resurrección: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona”.

Si nos quedamos sólo con el Jesús histórico, tendremos un líder espiritual, un hombre admirable, un modelo ético. Si nos quedamos sólo con una proclamación desnuda de que un hombre llamado Jesús ha resucitado, dicho acontecimiento no tendrá relevancia más allá de la que tiene para el propio Jesús.

La cuestión, en cambio, es que el mismo que fue entregado, rechazado y asesinado por predicar lo que predicó y actuar como actuó, ese mismo es a quien Dios ha resucitado. Dios ha sellado con la Resurrección la legitimidad de Jesús y de su mensaje. La Resurrección es a la vez el testimonio definitivo de la verdad de Jesús y lo que da sentido pleno a su vida y su mensaje.

Sabemos que lo conocemos porque “guardamos sus mandamientos”, señala la primera de Juan. Creer en la Resurrección de Jesús no es creer simplemente que un hombre que ha muerto ha resucitado, es creer la verdad que dicho acontecimiento implica: el testimonio de su vida y de su palabra.

La fe en la Resurrección no consiste, por tanto, en creer la literalidad de un relato. No es dejar que nuestro entendimiento ceda ante algo inexplicable para encontrar consuelo. No es la aceptación pasiva de un determinado acontecimiento. La fe en la Resurrección es orientar toda nuestra existencia desde la vida y la palabra de Jesús. Es una creencia que compromete toda nuestra vida haciendo que ya no vuelva a ser la misma. Es compartir la misma pasión que Jesús: el Reino de Dios.

La experiencia de la Resurrección.

Así lo expresa con genialidad el relato de Lucas que escuchamos hoy. La Resurrección del Maestro irrumpe inesperadamente en sus vidas y las transforma, aunque no sin ciertas dudas y resistencias. Ante una experiencia de Dios de tal envergadura, los sentimientos que se originan resultan incluso contradictorios: miedo por la sorpresa, alegría desconcertante, asombro, albergan dudas… Además, hay que tener en cuenta que Dios nunca actúa en nuestras vidas por imposición, sino que nos pide siempre nuestra aceptación confiada.

El relato resalta mucho la dificultad que tuvieron los discípulos para comprender lo que estaba sucediendo: ¿será una alucinación producida por sus mentes?, ¿estarán viendo un fantasma?, ¿verdaderamente es Jesús, el Maestro al que siguieron? Pero, con la misma honestidad con la que los discípulos reconocen sus dificultades para comprender, confiesan la convicción definitiva de que es real aquello que experimentan: Jesús tiene las señales de la cruz y come lo mismo que ellos (recordando, también, este gesto las comidas que había compartido con ellos).

La experiencia de la Resurrección, además, les hace sentirse llenos de paz. No se sienten juzgados, sino perdonados. Y en el perdón, que nos hace renacer a la vida nueva, insisten especialmente las lecturas de hoy: Pedro invita al arrepentimiento, la primera de Juan señala el perdón que ha ganado para nosotros Cristo y en el evangelio Jesús resucitado envía a predicar la conversión y el perdón de los pecados.

Por último, señala el relato algo que ya hemos comentado: la Resurrección les hace comprender las Escrituras.

Nuestra fe en la Resurrección es la misma que la de los discípulos directos de Jesús, aunque se apoya en experiencias diferentes. Ellos conocieron a Jesús en persona, creyeron en su palabra y le siguieron, por eso tuvieron una experiencia de la Resurrección que podríamos calificar de directa. Nosotros, en cambio, conocemos a Jesús a través del testimonio de aquellos discípulos directos, por mediación suya podemos llegar a creer en su palabra y a seguirle y a tener experiencia de la Resurrección en nuestras vidas. Y, tanto aquellos discípulos directos, testigos privilegiados de la Resurrección, como nosotros recibimos la fe como un don de Dios. Don, nunca imposición, como ya hemos señalado.

En este sentido, el relato de Lucas señala algo que no debe pasarnos desapercibido: es mientras los discípulos de Emaús están dando testimonio de su encuentro con Jesús resucitado cuando Jesús vuelve a hacerse presente.

d. Ignacio Antón O.P.

 

 

Los cristianos proclamamos que la resurrección del Señor Jesús es la experiencia fundante de nuestra fe.

Las escenas evangélicas de este tiempo de Pascua y el acercamiento a la vida de las primeras comunidades a través de la lectura de los Hechos de los Apóstoles, dejan clara la magnitud de esta experiencia en aquellos primeros discípulos: unos individuos y unas comunidades que enfrentan el fracaso aparente del proyecto que ha venido dando sentido a sus vidas y que a la luz de la vivencia pascual son capaces de engendrar una nueva dinámica marcada por la alegría del encuentro y por el coraje del anuncio.

La frecuencia con que los relatos de las apariciones muestran las dificultades de los discípulos para acoger y reconocer entre ellos a Jesús resucitado nos hablan, sin duda, de la historicidad de esta situación. Será sólo después de un camino de incertidumbre y duda que aquellas comunidades descubren junto a ellos a un Cristo vivo y presente, operante en la historia. Es ahí cuando aparece la certeza de la resurrección.

En la catequesis de Lucas, la presencia resucitada de Jesús se muestra como centro y fundamento de la comunidad. Este es el espacio privilegiado para realizar ese descubrimiento y es a la comunidad a la que Jesús desea y transmite la paz en su sentido más hondo: la confianza, la serenidad, la vida plena...

La insistencia en los elementos materiales del encuentro (mostrar manos y pies, comer junto a ellos...) nos indican la voluntad del evangelista de afirmar la total identidad entre el crucificado y el resucitado. No se trata de una experiencia ilusoria o delirante. Aquel Jesús, aunque distinto y en cierto modo irreconocible, es el mismo con el que recorrieron los caminos de Palestina proclamando un tiempo nuevo, anunciando la salvación a su pueblo.

Es ahora, a la luz de la presencia resucitada de Jesús, que la comunidad es capaz de acceder al sentido profundo de la Escritura. Ahora se da cumplimiento a las promesas, porque todo lo dicho ha llegado a su culminación.

Sin embargo, estamos lejos de describir una situación que tuviera una voluntad autocomplaciente. El ensimismamiento de la comunidad que sucede a la experiencia del fracaso de la cruz, se convierte - a la luz de la resurrección- en un impulso hacia afuera, orientado a la misión.

En un tiempo que seguramente es también para nosotros de inquietud y cierta desesperanza, los cristianos estamos hoy llamados a hacer un camino semejante al de los primeros discípulos. En gran medida la intemperie exterior ha ido alimentando nuestros miedos, encerrándonos en entornos cálidos, que nos invitan a vivir en la seguridad de los nuestros.

La resurrección del Señor nos urge antes que nada a la tarea de construcción de la comunidad, pues es sólo en ese contexto en el que Jesús se nos revela.

- Comunidades que recuperen el sentido originario del Pan y la Palabra. Pan que se comparte en la mesa del mundo, llamado a ser espacio de fraternidad. Palabra que nos recuerde la pasión de nuestro Dios por todo lo humano.

- Comunidades capaces de transparentar la presencia viva de Jesús por los caminos de nuestra historia, a través de su compromiso eficaz con la vida en dignidad de los seres humanos.

- Comunidades reconocibles -como apunta la carta de Juan- en la medida de su empeño por arrancar el pecado del mundo. Un pecado que descubrimos hoy institucionalizado y que muestra el rostro de una sociedad de mercado deshumanizada, de la exclusión intolerable de millones de hermanos y hermanas.

- Comunidades apasionadas por llevar una Palabra de esperanza en otra realidad posible a los crucificados de la historia y valientes en la denuncia de todo aquello que contradice el plan de felicidad y plenitud que Dios tiene para todos sus hijos e hijas.

fray Juan Antonio Terrón Blanco

 

 

Tocar y palpar las heridas del Resucitado

A pesar de lo que habían contado los peregrinos de Emaús, su encuentro con Jesús Resucitado y cómo lo habían reconocido al partir el pan, los discípulos siguen encerrados en ellos mismos, en su incredulidad y miedos. De nuevo, el Señor se aparece en medio de ellos para disipar sus temores y dudas. Y Jesús les muestra sus manos y sus pies llagados, signos elocuentes de que es él mismo, el Crucificado. Pero no sólo les invita a mirar sus manos y pies, sino a tocar y palpar su cuerpo para que logren convencerse de que no están ante un fantasma, fruto de su imaginación turbada por el miedo.

Las heridas del Resucitado son las marcas de su muerte injusta y violenta y en ellas se prolongan los sufrimientos y dolores que golpean brutalmente a las víctimas de todos los lugares y de todos los tiempos de la historia. Esas huellas se convierten para los creyentes en un recuerdo permanente de todo atentado contra la dignidad humana no sólo en lo que concierne a la realidad corporal de las personas: pena de muerte, tortura y malos tratos, asesinato, genocidio y exterminio, violación... sino también lo que supone un daño para su espíritu: la privación de libertad, la manipulación, la explotación, el desprecio, el expolio de sus sueños, de sus tradiciones y valores religiosos...”Todo lo que hagáis al más pequeño de los míos, a mí me lo hacéis”. 

Pero, las heridas de Jesús son también fuente de vida “sus heridas nos curaron”(1P. 2,24). En ellas descubrimos la fuente del amor. Las marcas del Crucificado-Resucitado se convierten en cauce de gracia, de perdón, de paz.

Acabar de creer

Incluso después de la invitación de Jesús para que toquen su cuerpo herido, los discípulos “no acababan de creer”. Esta es la pertinaz cuestión que vuelve, una y otra vez, a nuestras vidas de creyentes: no terminamos de creer, nuestra existencia avanza en un claroscuro con zonas de fe y zonas de duda.  

La resurrección del Jesús no consistió para las primeras discípulas y discípulos en la simple afirmación: “El Señor ha resucitado”, como podemos decir: “hoy hace buen tiempo”, sino que es una confesión de fe que brota de la honda experiencia de un encuentro, de una aventura que afecta y trastoca la existencia y requiere tiempo, que es larga, difícil, progresiva.  Se trata de un itinerario, un recorrido que hay que llevar a cabo  dejando que la Vida del Resucitado se vaya adueñando de nuestra vida  hasta penetrar en el hondón de nuestro ser.

Y como a sus amigos, también a nosotros Jesús tendrá que abrirnos una y otra vez el entendimiento para comprender las Escrituras sobre todo, cuando el fracaso, la maldad echen por tierra la imagen triunfante y gloriosa del Mesías omnipotente, piedra de escándalo para los creyentes de todos los tiempos.

 Quizás  lo que la Resurrección puede obrar en nosotros –y no sería pequeño milagro-  es que logremos situar nuestra historia personal y la historia de la humanidad en una visión de esperanza sostenida, confiados en que los límites siguen estando ahí, pero que ya no pueden encerrarnos.

Enviados a ser testigos

 El encuentro de Jesús con sus discípulos termina en el evangelio de este día, igual que en los demás relatos de las apariciones, con el envío a ser testigos de  la resurrección: “Vosotros sois testigos de esto”. Ser testigos de la resurrección no es afirmar su simple vuelta a la vida sino que, por vivir como vivió, tuvo que padecer el suplicio y muerte destinado a los malhechores. Sin embargo, la muerte no tuvo en él la última palabra porque Dios confirmó definitivamente y para siempre la verdad de la vida de su Hijo. Este es el testimonio que Pedro nos ofrece en la lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Y en nombre de Jesús  somos invitados también nosotros a prolongar este testimonio hoy, afirmando la  vida de cada  persona,  hijos e hijas del mismo Padre.

Carmina Pardo O.P

 

 

Érase una vez un niño indio que había sido picado por una serpiente y murió. Sus padres lo llevaron al hombre santo de la tribu y colocaron su cuerpo ante él. Los tres, sentados, lloraron durante largo rato.

El padre se levantó, se acercó al cuerpo de su hijo, puso sus manos sobre los pies del niño y dijo: A lo largo de mi vida no he trabajado por mi familia como era mi obligación. En ese momento el veneno salió de los pies del niño.

La madre se levantó también y colocando sus manos sobre el corazón del niño dijo: A lo largo de mi vida no he amado a mi familia como era mi obligación. En ese momento el veneno salió del corazón del niño.

Finalmente el hombre santo se levantó y extendiendo sus manos las puso sobre la cabeza del niño y dijo: A lo largo de mi vida no he creído en las palabras que decía como era mi obligación. En ese momento el veneno salió de la cabeza del niño.

El niño se levantó y también sus padres y el hombre santo y toda la tribu celebró una gran fiesta ese día.

El veneno mortal es la falta de responsabilidad del padre, la falta de amor de la madre, la falta de fe del hombre santo.

El contraveneno, la medicina de la vida, es el amor.

En este tiempo de Pascua, de vida nueva y resucitada, tiempo en que "Dios ha glorificado a su siervo Jesús", Pedro y los testigos de la resurrección nos exhortan: "Arrepiéntanse y conviértanse para que todos sus pecados sean borrados". Expulsar el veneno y estrenar vida nueva.

Pascua es el tiempo en que nosotros comprobamos que la última palabra la tiene el amor de Dios. Y el amor de Dios se posa sobre los pies, la cabeza y el corazón de su hijo y vence a nuestro mayor enemigo, la muerte.

Pascua es, sobre todo, tiempo de dar testimonio; tiempo de reconocer al resucitado. Pero no un testimonio pequeño, no mi testimonio, no testimonio de mi mala vida. No. El testimonio cristiano sólo tiene un nombre: Jesucristo. El testimonio cristiano sólo tiene un contenido: he reconocido a Jesucristo.

"En aquel tiempo los discípulos contaron lo sucedido en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan".

¿Qué les sucedió a estos discípulos que iban a Emaús? ¿Cuál es su testimonio?

"Reconocieron a Jesús al partir el pan."

Reconocieron a Jesús en la mesa de la Eucaristía.

El Cristo resucitado se hizo presente y compañero en el pan.

Las Escrituras, "les abrió la mente para que lograran entender las Escrituras", es como el precalentamiento, es la primera fase de la evangelización, es el despertador, es la alarma, es el grito que nos invita a la siempre necesaria conversión.

Y después los sentó a la mesa y lo reconocieron al partir el pan.

Cuando vamos a un banquete, lo importante no son los maravillosos discursos, lo importante está en la mesa, compartir la mesa, la compañía, la amistad, partir y comer el mismo pan.

¡Qué hermosa enseñanza para nosotros!.

De la Palabra al Sacramento.

De la Palabra a la Mesa.

De la Palabra al Amor.

La Palabra sola no salva.

La pregunta para nosotros hoy es, ¿dónde reconoceremos al Cristo Resucitado?

Los discípulos del evangelio lo encontraron en el camino de EMAÚS y lo reconocieron al partir el pan.

¿Y nosotros?

¿En este camino lleno de prisas y tropiezos, lleno de ilusiones y tragedias, lleno de amores y de soledades, encontramos y reconoceremos a Cristo Resucitado?

Sí, hermanos, hay que encontrarlo y reconocerlo en la belleza de las flores y en la oración, en la lucha por la justicia y en las sanaciones del corazón, y sobre todo en la Escritura, en la comunidad y en la fracción del pan.

Pascua es tiempo de dar testimonio de Cristo Resucitado. "Vosotros sois testigos de todo esto".

¿Testigos de qué? De la vida resucitada.

¿Testigos de quién? Sólo de Jesucristo.

¿Testigos para quién? Para los hermanos perdidos en el camino de la vida.

Un catequista preguntó un día a un grupo de jóvenes que se preparaban para la confirmación: ¿cuál es la parte más importante de la misa?

Uno contestó: la parte más importante es el rito de despedida.

El catequista sorprendido le preguntó: ¿por qué dices eso? Y éste le respondió: la misa sirve para alimentarnos con la palabra, el cuerpo y la sangre del Señor. La Misa comienza cuando termina. Salimos a la calle para hacer y decir lo que dijeron los discípulos de EMAUS. Hemos reconocido al Señor al partir el pan y está vivo y vive para siempre y para nosotros.

padre Félix Jiménez Tutor

 

 

v. 35: Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Ellos… Los dos discípulos de Emaús.

... en la fracción del pan. Vemos que Jesús, como todo judío padre de familia o maestro-rabino, bendecía la comida; tendría algún gesto típico al partir con las manos la hogaza de pan.

La fracción del pan es también en el evangelio según San Lucas y en los Hechos es la expresión usada por la Eucaristía (la Acción de Gracias), es decir, nuestra Misa.

vv. 36-37: Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. 

… en medio de ellos. En Marcos aparece a Los Once. En Lucas ya aparece la Comunidad de los apóstoles y de más.

“La paz con vosotros”. Este saludo ordinario entre los judíos está ahora elevado a religioso y así aparece en Lucas y en Juan en este episodio.

… un espíritu. Aquí en el sentido de un fantasma de ultratumba.

Espíritu en Juan ya no es un fantasma sino alguien relacionado con Dios.

vv. 38-40: Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo.” Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 

… vuestro corazón, igual a la mente, el entendimiento.

… soy yo mismo. Esto es lo importante. Después de muerto podemos ser fantasmas, pero la auténtica resurrección nos lleva a poder decir y vivir esa vivencia de que soy yo mismo.

Lucas es el evangelista más realista en la presentación del Jesús muerto, que ahora vive de verdad como Jesús de Nazaret, aunque la dimensión divina:

Primero, les muestra su carne-huesos; las manos y los pies.

Segundo, a continuación comió un pez asado.

vv. 41-43: Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: “¿Tenéis aquí algo de  comer?” Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 

Es una forma bien plástica de que el Jesús resucitado no es un  fantasma sino un ser humano en su forma definitiva de resucitado viviendo en la esfera divina.

Siempre he pensado en plan de broma, qué pena que no se conservaran las raspas del pescado que comió el Resucitado.

En seguida saldrá un espontáneo teólogo diciendo que Jesús no comió nada, sólo que es una manera de expresar el realismo de la experiencia del resucitado; experiencia que es mucho más real para los implicados que las fotos que podrían haber sacado al triclinium donde comían.

Hay realidades mucho más importante que las materiales. 

v. 44: Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí."

Hay un afán en el evangelista en presentar a Jesús como un  buen exegeta que quita el escándalo de un Mesías crucificado, insistiendo en que la Bibliadecía claramente que es necesario que se cumpla lo que se decía del Siervo Paciente.

La Bibliahebrea se dividía –y se sigue dividiendo- en  tres partes como aquí: La Ley (Torah), los Profetas (Nebiîm), los Escritos (Ketubîm)  (en Lucas, la parte más importante de esta  tercera sección, son los Salmos).

vv. 45-48: Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.” 

Jesús les abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras.

Sin esa intervención poderosa del Resucitado les resultaba imposible compaginar la Gloriadel Mesías con la Pasiónde Crucificado.

Aceptar semejante contraste estaba fuera del alcance de la mente humana, sobre todo de la judía que celebraba en la Pascuala gran intervención de YHWH a favor del Pueblo de Israel y de  Moisés.

¿Cómo un súper-Liberador, mayor que el mismo Moisés, iba a ser abandonado por el Dios de los Ejércitos en manos de un gobernador romano de segunda clase como era Poncio Pilato?

Partiendo de la experiencia del Resucitado, éste les hizo ver que en el plan de Dios entraba que padeciera como el Siervo Paciente de Isaías.

Vosotros sois testigos de la Pasión y Resurrección del Hijo del hombre. 

Señor Jesús, te damos gracias porque nuestra fe la fundamentaste en esos testigos que te experimentaron de carne y hueso reales aunque espirituales; gracias por prestarte a comer un trozo de pescado. Gracias porque también ahora quieres hacerte presente como Viviente y no como un Fantasma sin vida. Haznos vivir todo esto en nuestra vida ordinaria.

 

 

En la lectura de los Hechos encontramos de nuevo a Pedro, que se dirige a todo Israel y lo sigue siendo invitado a la conversión. Pedro tranquiliza a sus oyentes haciéndoles ver que todo ha sido fruto de la ignorancia, pero al mismo tiempo invita a acoger al Resucitado como al último y definitivo don otorgado por Dios. La muerte de Jesús se convierte para el creyente en sacrificio expiatorio. No hay asomo de resentimiento ni de venganza, sino invitación al arrepentimiento para recibir la plenitud del amor y de la misericordia del Padre, que se concreta en la confianza y en la seguridad de haber recuperado aquella filiación rota por la desobediencia.

El creyente, expuesto a las tentaciones, rupturas y caídas no tiene por qué sentirse condenado eternamente al fracaso o a la separación de Dios. San Juan nos da hoy en su Primera Carta el anuncio gozoso del perdón y de la reconciliación consigo mismo y con Dios. El cristiano está invitado por vocación a vivir la santidad; sin embargo, las infidelidades a esta vocación no son motivo de rechazo definitivo por parte de Dios, más bien son motivo de su amor y su misericordia, al tiempo que son un motivo esperanzador para el cristiano, para mantener una actitud de sincera conversión.

En el evangelio nos encontramos una vez más con una escena pospascual que ya nos es común: los Apóstoles reunidos comentado los sucesos de los últimos días. Recordemos que en esta reunión que nos menciona hoy san Lucas, están también los discípulos de Emaús que habían regresado a Jerusalén luego de haber reconocido a Jesús en el peregrino que los ilustraba y que luego compartió con ellos el pan.

En este ambiente de reunión se presenta Jesús y, a pesar de que estaban hablando de él, se asustan y hasta llegan a sentir miedo. Los eventos de la Pasión no han podido ser asimilados suficientemente por los seguidores de Jesús. Todavía no logran establecer la relación entre el Jesús con quien ellos convivieron y el Jesús glorioso, y no logran tampoco abrir su conciencia a la misión que les espera. Digamos entonces que “hablar de Jesús”, implica algo más que el simple recuerdo del personaje histórico. De muchos personajes ilustres se habla y se seguirá hablando, incluido el mismo Jesús; sin embargo, ya desde estos primeros días pospascuales, va quedando definido que Jesús no es un tema para una tertulia intranscendente.

Me parece que este dato que nos cuenta Lucas sobre la confusión y la turbación de los discípulos no es del todo fortuito. Los discípulos creen que se trata de un fantasma; su reacción externa es tal que el mismo Jesús se asombra y corrige: “¿por qué se turban... por qué suben esos pensamientos a sus corazones?”.

Aclarar la imagen de Jesús es una exigencia para el discípulo de todos los tiempos, para la misma Iglesia y para cada uno de nosotros hoy. Ciertamente en nuestro contexto actual hay tantas y tan diversas imágenes de Jesús, que no deja de estar siempre latente el riesgo de confundirlo con un fantasma. Los discípulos que nos describe hoy Lucas sólo tenían en su mente la imagen del Jesús con quien hasta un poco antes habían compartido, es verdad que tenían diversas expectativas sobre él y por eso él los tiene que seguir instruyendo; pero no tantas ni tan completamente confusas como las que la “sociedad de consumo religioso” de hoy nos está presentando cada vez con mayor intensidad. He ahí el desafío para el evangelizador de hoy: clarificar su propia imagen de Jesús a fuerza de dejarse penetrar cada vez más por su palabra; por otra parte está el compromiso de ayudar a los hermanos a aclarar esas imágenes de Jesús.

Es un hecho, entonces, que aún después de resucitado, Jesús tiene que continuar con sus discípulos su proceso pedagógico y formativo. Ahora el Maestro tiene que instruir a sus discípulos sobre el impacto o el efecto que sobre ellos también ejerce la Resurrección. El evento, pues, de la Resurrección no afecta sólo a Jesús. Poco a poco los discípulos tendrán que asumir que a ellos les toca ser testigos de esta obra del Padre, pero a partir de la transformación de su propia existencia.

Las expectativas mesiánicas de los Apóstoles reducidas sólo al ámbito nacional, militar y político, siempre con característica triunfalistas, tienen que desaparecer de la mentalidad del grupo. No será fácil para estos rudos hombres re-hacer sus esquemas mentales, “sospechar” de la validez aparentemente incuestionable de todo el legado de esperanzas e ilusiones de su pueblo. Con todo, no queda otro camino. El evento de la resurrección es antes que nada el evento de la renovación, comenzando por las convicciones personales. Este pasaje debe ser leído a la luz de la primera parte: la experiencia de los discípulos de Emaús.

Las instrucciones de Jesús basadas en la Escritura infunden confianza en el grupo; no se trata de un invento o de una interpretación caprichosa. Se trata de confirmar el cumplimiento de las promesas de Dios, pero al estilo de Dios, no al estilo de los humanos.

De alguna forma conviene insistir que el evento de la resurrección no afecta sólo al Resucitado, afecta también al discípulo en la medida en que éste se deja transformar para ponerse en el camino de la misión. Nuestras comunidades cristianas están convencidas de la resurrección, sin embargo, nuestras actitudes prácticas todavía no logran ser permeadas por ese acontecimiento. Nuestras mismas celebraciones tienen como eje y centro este misterio, pero tal vez nos falta que en ellas sea renovado y actualizado efectivamente.

Queremos llamar la atención sobre el necesario cuidado al tratar el tema de las apariciones del Resucitado, y su conversar con los discípulos y comer con ellos… No podemos responsablemente tratar ese tema hoy como si estuviéramos en el siglo pasado o antepasado… Hoy sabemos que todos estos detalles no pueden ser tomados a la letra, y no es correcto teológicamente, ni responsable pastoralmente, construir toda una elaboración teológica, espiritual o exhortativa sobre esos datos, como si nada pasara, igual que si pudiéramos dar por descontado que se tratase de daos empíricos rigurosamente históricos, sin aludir siquiera a la interpretación que de ellos hay que hacer… Puede resultar muy cómodo no entrar en ese aspecto, y el hacerlo probablemente no suscitará ninguna inquietud a los oyentes, pero ciertamente no es el mejor servicio que se puede hacer para el para el pueblo de Dios…

Permítasenos transcribir sólo un párrafo del libro «Repensar la resurrección» (Trotta, Madrid 2003): «Si antes influía sobre todo la caída del fundamentalismo, ahora es el cambio cultural el que se deja sentir como prioritario. Cambio en la visión del mundo, que, desdivinizado, desmitificado y reconocido en el funcionamiento autónomo de sus leyes, obliga a una re-lectura de los datos. Piénsese de nuevo en el ejemplo de la Ascensión: tomada a la letra, hoy resulta simplemente absurda. En este sentido, resulta hoy de suma importancia tomar en serio el carácter trascendente de la resurrección, que es incompatible, al revés de lo que hasta hace poco se pensaba con toda naturalidad, con datos o escenas sólo propios de una experiencia de tipo empírico: tocar con el dedo al Resucitado, verle venir sobre las nubes del cielo o imaginarle comiendo, son pinturas de innegable corte mitológico, que nos resultan sencillamente impensables».

 

 

"Creer en la Resurrección es sentirse impulsado por

la fe a proclamarla en todo tiempo y lugar"

I. La Palabra de Dios

Lo fundamental del discurso de san Pedro, en la primera lectura, es que el llamamiento a la conversión se realiza sólo a partir del anuncio de la Resurrección. El asombro de quienes se preguntaban cómo san Pedro había hecho andar al paralítico, había servido de apoyo para invitar a la conversión.

La misma conversión continuada se pide en la segunda lectura. Del conocimiento de Jesucristo se desprende que el creyente se compromete a cumplir fielmente lo que Dios quiere. 

El valor del testimonio está en darlo, es decir, en vivir de tal manera que los demás se sientan interpelados por una determinada manera de actuar. La diferencia con el "ejemplo" es que éste es ocasional y pretende enseñar algo. El testigo no pretende enseñar –y menos dar lecciones–. Se limita a ser consecuente siempre.

Evangelio: «Se presentó Jesús en medio de sus discípulos». Jesús resucitado se hace presente en medio de los suyos, en medio de su Iglesia. Está presente en los sacramentos: es Él quien bautiza, es Él quien perdona los pecados. Está presente de manera especialísima en la Eucaristía, entregándose por amor a cada uno con su poder infinito. Está presente en los hermanos, sobre todo en los más pobres y necesitados. Está presente en la autoridad de la Iglesia. La vida cristiana no consiste en vivir unas ideas, por bonitas que fueran. El cristiano vive de una presencia que lo llena todo: la presencia viva de Cristo resucitado. Y el tiempo de Pascua nos ofrece la gracia para captar más intensamente esta presencia, para acogerla sin condiciones, para vivir de ella.

«Creían ver un fantasma». Lo que menos esperaban los discípulos era ver a Jesús vivo; tan mal preparados estaban psicológicamente para las apariciones que, si aceptaron la verdad de la resurrección de Jesús, fue, como dice san León Magno, "no sin vacilar". Aun creyendo en la Resurrección del Señor, pueden asaltarnos las mismas dudas que a los discípulos. Como a Jesús resucitado no le vemos, podemos tener la impresión de que su cuerpo resucitado sea algo poco real, algo ilusorio, como si fuera un fantasma, una sombra. Pero también a nosotros nos repite: «Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona». Jesús no está ya sometido a las leyes del espacio, del tiempo ni del movimiento en el espacio. El modo de existir del Resucitado no es ya el modo de existir del Jesús terrestre, del Jesús del viernes santo; sin embargo, es Él mismo que resucitado se identifica ante los suyos por las heridas que los clavos de la crucifixión dejaron en su cuerpo. El resucitado nos remite a las huellas de su pasión. Verdaderamente padeció, verdaderamente murió, verdaderamente ha resucitado. Es Él en persona, en carne y hueso. El mismo que recorrió los caminos de Palestina, que predicó, que curó a los enfermos, que murió en la cruz. El Resucitado es real. Vive de veras. Y mantiene su realidad humana, eso sí, glorificada. El tiempo de Pascua conlleva la gracia para conocer con más hondura la belleza de la realidad humana del Señor a la vez que su grandeza divina.

«Soy yo en persona». La resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica. Jesús ha resucitado no porque su recuerdo permanezca vivo en el corazón de sus discípulos, sino porque Él mismo realmente vive. La resurrección no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes, después de ser crucificado, fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba. También a nosotros, como a los discípulos del evangelio, pueden surgirnos dudas y pensar que Cristo es una idea, un fantasma, algo irreal. Pero Él nos asegura: "Soy yo mismo". No hay motivo para la duda o la turbación. Como entonces, también hoy Cristo se pone en medio de nosotros para infundirnos la certeza de su presencia. Más aún, quiere hacernos tener experiencia de ella al comer con nosotros. La eucaristía es contacto real con el Resucitado.

«Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras». Sin la gracia de Cristo la Biblia es un libro sellado, imposible de entender. Como a los primeros discípulos, también a nosotros Jesús resucitado nos abre el entendimiento para comprender. Él es el Maestro que sigue explicándonos las Escrituras. Pero lo hace como Maestro interior, porque nos enseña e ilumina por dentro. Sólo podemos entender la Escritura si la leemos en presencia del Resucitado y a su luz. Sólo escuchándole a Él en la oración, sólo invocando su Espíritu, la Biblia deja de ser letra muerta y se nos ilumina como palabra de vida y salvación.

Las Escrituras iluminan el sentido de la pasión y muerte de Cristo. También a nosotros Cristo Resucitado nos remite y nos lleva a las Escrituras; ellas dan testimonio de Él, pues ellas contienen el plan eterno de Dios. Y lo mismo que ilumina los sufrimientos de Cristo, la Palabra de Dios nos da el sentido de todos los acontecimientos dolorosos y a primera vista negativos de nuestra existencia. Es necesario acudir a ella en busca de luz. Pero también pedir a Cristo que –como a los apóstoles– abra nuestra mente para comprender las Escrituras.

«Ustedes son testigos». El encuentro con el Resucitado nos hace testigos, capaces de dar a conocer lo que hemos experimentado. Si de verdad nos hemos encontrado con el Resucitado, tendremos que repetir lo que los apóstoles: «Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hc 4,20). En cambio, si no tenemos experiencia de Cristo, nuestra palabra será trompeta que hace ruido, pero es inútil, sonará a hueco.

II. La fe de la Iglesia

Ser testigo de Cristo es serlo de su Resurrección (995 – 996)

Ser testigo de Cristo es ser «testigo de su Resurrección»; «haber comido y bebido con Él después de su Resurrección de entre los muertos». La esperanza cristiana en la Resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones. «En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (San Agustín). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

Resucitados con Cristo (1002 – 1004)

Si es verdad que Cristo nos resucitará en «el último día», también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo.

Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado, pero esta vida permanece escondida con Cristo en Dios. Con Cristo Jesús nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos. Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos manifestaremos con Él llenos de gloria.

Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser "en Cristo"; ahí es donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre: «El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?... No se pertenecen… Glorifiquen, por tanto, a Dios con su cuerpo» (1 Co 6, 13-15. 19-20).

III. El testimonio cristiano

«La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella»  (Tertuliano).

«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección» (San Ireneo de Lyon).

«Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima… Déjenme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre» (San Ignacio de Antioquía).

IV. La oración del cristiano

Dejad que el grano se muera

y venga el tiempo oportuno:

dará cien granos por uno

la espiga de primavera.

Mirad que es dulce la espera

cuando los signos son ciertos;

tened los ojos abiertos

y el corazón consolado:

si Cristo ha resucitado,

¡resucitarán los muertos! Amén.

padre Antonio Diufaín Mora

 

 

Comprender las escrituras

1. "¿Por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud?" Hechos 3,13. Los apóstoles, siguiendo la práctica judía, acudían a orar al templo, dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, a las tres, en que se ofrecía cada dia el sacrificio del cordero, en el altar situado delante del Templo. Los judíos interrumpían sus ocupaciones donde se encontraran, para unirse a este sacrificio, si no acudían personalmente, como lo han hecho Pedro y Juan. En la puerta Hermosa del Templo hay un pobre tullido pidiendo limosna. Viendo el pobrecito a los dos hombres que iban al templo, les tendió su mano. Pedro lo miró fijamente y le dijo: "Míranos. En nombre de Jesucristo, el Nazareno, anda". De un salto se puso en pié y entró con los apóstoles en el templo vitoreando a Dios y saltando". Se agolpó la gente, y Pedro comenzó a anunciar el evangelio. Están cumpliendo el mandato de Jesús: "Curad enfermos y anunciad el mensaje de la buena noticia": "Dios cumplió lo que había dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer". "Matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos". El paralítico curado seguía agarrado a sus manos sin soltarse. Este milagro prueba que Jesús es el autor de la vida, el origen de la nueva creación. El puede introducir en la Vida porque ha vencido la muerte con su resurrección y posee la vida plena.

2. "¿Tenéis algo que comer? Jesús se invita a comer. Le ofrecen un trozo de pez asado. Comió con ellos. Y le reconocieron y se dieron cuenta de que no era un fantasma. Los fantasmas no tienen manos ni pies. "Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros... Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día..." Lucas 24,35.

3. Que Jesús podía vencer a la muerte lo había demostrado al resucitar a Lázaro, al hijo de la viuda de Naím y a la hija del jefe de la sinagoga, Jairo. Estas resurrecciones eran signos, indicios, anticipaciones de la suya. Pero muriendo él y resucitándose a sí mismo como Cabeza, nos mata la muerte, que nos ha matado, y la vence en su propio terreno, en su mismo dominio, y donde había muerte pone resurrección, que es lo único que puede vencer a la muerte, como la salud a la enfermedad y el movimiento a la parálisis. Para curar, para resucitar, Jesús pide fe, como le dice a Marta: "¿Crees esto?". Quiere que le miremos a los ojos, como Pedro le ha mandado al paralítico.

4. "Todo lo escrito tenía que cumplirse. El Mesías tiene que padecer". El padecer no es decisión divina, sino condición humana y social. Para que una idea nueva se abra paso en una costumbre vieja, es necesario padecer. ¿Es voluntad de Dios que los padres hoy sufran como sufren? ¿Que el Papa, los Obispos, los sacerdotes, sufran lo que tienen que sufrir? No. Pero sí que es voluntad de Dios que todos sean fieles, y la fidelidad comporta sufrimiento y dolor. Si Jesús hubiera contemporizado, si cuando le preguntó el Sumo aacerdote: ¿Eres el Hijo de Dios?, para no chocar, hubiera dado una respuesta ambigua, no le habrían crucificado. Si a los fieles a quienes se les anuncia con caridad pero con libertad la palabra, como Pedro: "A quien vosotros crucificasteis", en vez de ese anuncio se les halagaran los oídos, se evitarían muchos sufrimientos.

5. "Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras". Para comprender el sentido de la interpretación de la Escritura y aceptarla es necesario que el Jesús pascual, la Iglesia, nos abra el entendimiento. Sin esa visión nueva en profundidad no tiene sentido el camino de Israel. Abraham, Moisés, David y los profetas, la esperanza y el destierro, todos los detalles de la historia de la salvación reciben un encuadre y un valor que culmina en Cristo. Sólo abriéndoles el entendimiento podían entender los acontecimientos salvíficos en su contexto. Cuando se entiende la Escritura, que nos presenta el designio de Dios sobre el hombre y sobre la historia, y nos relata la muerte en la cruz y la Resurrección de Jesús, como clave de la historia, todo el engranaje de la vida cobra significado. Como Jesús, todo cristiano tiene que padecer, trabajar, ser incomprendido, perseguido, unos más, otros menos, sufrir la enfermedad, las deficiencias de la decadencia, la agonía de la muerte.

6. "En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos". Lucas nos refiere que Jesús quiere que palpen su carne. Es muy importante que admitamos la realidad física de la pascua de Jesús, su función de comienzo de la historia verdadera de los hombres, pues en la resurrección se funda la nueva humanidad de los hombres salvados.

7. Nos cuesta entender la vida cristiana, que es reproducir la vida de Cristo, vivir su Pascua, que comenzó en el Bautismo, donde fuimos muertos al pecado y sepultados con él. En la Escritura descubrimos las diversísimas experiencias humanas y en ellas nos sentimos interpretados y comprendidos. La Palabra de Dios de la Escritura nos dice lo que deseamos y lo que tememos, y nos ofrece la llave de la esperanza y de la consecución de nuestros deseos.

La Escritura es el espejo del hombre que busca a Dios, la verdad, el sentido de la vida humana. Ofrece la solución al hombre que quiere escapar de la desesperación y del miedo, que lo dominan cuando se apaga la fe y los ideales se marchitan. La comprensión de las Escrituras puede impedir que el hombre caiga. La escucha de la Palabra puede detener al hombre que siente la tentación de buscar experiencias que de momento satisfacen, pero después lo lanzan al vacío, a la tristeza, a la depresión, a la desesperación.

Es la Escritura la que revela el hombre a sí mismo y le hace comprender que la predicación del Resucitado es el sello de Dios sobre todo lo que se ha ido obrando en la historia de la salvación del mundo. Pero, como Jesús, hemos de explicarla, ampliarla y aplicarla a la concreta vida de hoy del hombre.

8. Jesús se presentó en medio mientras ellos hablaban (Lc 24,13). En la misa, cuando oímos la explicación de la Escritura y comemos el pan, recibimos la iluminación y la fuerza. "Donde hay dos o más reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio" (Mt. 18,20). "A estas conversaciones estoy yo siempre presente".

Recibieron fuerza para creer y testificar la fe en el Resucitado, la Vida para el mundo. Para predicar en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos.

9. Como los dicípulos vieron a Jesús resucitado, nosotros estamos viendo a la Iglesia, que es su prolongación, cómo muere en Ruanda, en el Zaire, en Albania. Y la hemos de ver denunciando y oponiéndose al pecado personal y colectivo, incluido el de la corrupción, que estos días conmueve al pueblo entero. Y hoy la Iglesia, anunciando al Resucitado, nos previene cómo utilizar críticamente los medios de comunicación, especialmente la TV.

10. "Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro, si no ¿quién nos hará ver la dicha?". Así es "como me acuesto en paz, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo" Salmo 4.

11. Participemos ahora en la fracción del pan, llevando al altar nuestros gozos y tristezas, nuestros planes y fracasos. Que es participar en el sacrificio de Cristo, que es también el sacrificio de la Iglesia, con el sacerdote que le representa a él y es ministro de ella, y tener los mismos sentimientos de alabanza y expiación al Padre por nuestros pecados y por los del mundo entero, y comer la víctima sagrada otra vez inmolada y reparadora y curadora de nuestras dolencias.

J. Marti Ballester

 

 

1. El juicio de la Resurrección

El relato evangélico de este domingo vuelve a insistirnos en algunas ideas que ya hemos reflexionado en oportunidades anteriores. Jesús se hace presente en medio de la comunidad, pero no debemos tomar dicha presencia como la de un fantasma en una sesión espiritista.

Es una presencia real y distinta, pero sólo perceptible cuando los hermanos reunidos alejan de sí el temor y se sientan para comer juntos. Como comenta Lucas: «Era tanta la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer.» Como vemos, se trata de los mismos elementos que ya encontramos el domingo pasado en el relato de Juan: discípulos reunidos -esta vez están los dos de Emaús que se habían separado de la comunidad porque creían que todo estaba perdido-, alegría por el encuentro, comida fraterna en la que se comparte el único trozo de pescado, etc.

Procuremos hoy interiorizar el concepto de resurrección para no quedarnos en una hermosa fraseología pascual. En este sentido, los textos bíblicos de hoy nos obligarán a aterrizar más de la cuenta...

Señalemos de paso que nosotros, generalmente. decimos que Jesús «se apareció» a los discípulos, pero esta expresión no es ni tan correcta ni tan feliz -a pesar de que es empleada en alguna oportunidad por los mismos evangelistas-, ya que no se trata de una «aparición» como si un fantasma llegara de pronto ante el estupor de los presentes.

Es algo muy distinto: es descubrir por parte nuestra una presencia permanente de Cristo allí donde estamos reunidos los hermanos de la comunidad. A cada hermano lo podemos ver, tomar de la mano, descubrirlo cerca de nosotros, darle el saludo de la paz, preguntarle qué necesita, darle de comer, compartir su alegría o su tristeza...

Y en esos gestos, tan simples y tan humanos, reconocemos la presencia del Señor, de "nuestro" Señor.

Mas los textos de este domingo avanzan otro paso para que comprendamos mejor el sentido de esta presencia de Cristo resucitado.

Observemos que el mismo Jesús, después de hacernos descubrir que su muerte y resurrección son el cumplimiento de todo lo anunciado en el Antiguo Testamento, nos urge a vivir y a anunciar la resurrección como una «conversión para el perdón de los pecados». Debemos ser testigos de todo esto: la resurrección no es una palabra hueca que suena a fantasmas aparecidos, sino que es el levantarse o resucitar de un estilo de vida para caminar en un nuevo estilo.

El mismo Lucas explicita más esta idea en el discurso de Pedro. Pedro comienza su alocución recordándoles a los presentes que ellos habían entregado a la muerte a Jesús, al que después Dios había resucitado. Pero en seguida explica en qué consiste aceptar su resurrección, y lo hace con ideas contrapuestas:

--por un lado dice: «renegasteis del santo y del justo», o sea, rechazasteis la santidad y la justicia de Dios. O bien: «matasteis al autor de la vida»;

--por otro lado, ahora debéis «hacer penitencia y convertiros para que vuestros pecados sean perdonados».

Reflexionemos acerca de lo que esto implica.

Los evangelios consideran la resurrección de Jesús como una especie de juicio de Dios. Comúnmente nosotros pensamos que el juicio de Dios se realizará el día de nuestra muerte o al fin del mundo. Sin embargo, los textos sagrados nos hacen descubrir que el juicio de Dios ya está en marcha, sobre todo desde el momento en que Jesús murió y resucitó. ¿Por qué? Por una parte, desde el momento en que Dios le da la nueva vida, reconoce con esto que Jesús era «el justo», el inocente. Dios, entonces, hace justicia con Jesús -como dice el mismo Pedro en su primer discurso-, no permitiendo que su cuerpo se corrompiera como el de cualquier malhechor.

Pero, por otra parte, hay una segunda idea sobre la cual queremos insistir hoy: cada uno de nosotros es permanentemente juzgado en la medida en que acepta la nueva vida de Dios -la santidad- o, por el contrario, decide permanecer en el pecado, que incluso puede llegar al homicidio.

Jesús resucitó porque cumplió fielmente la palabra del Padre. Si resucitar significa literalmente «levantarse, salir de, ponerse de pie», Jesús entonces se levanta desde la situación de egoísmo y de orgullo para caminar por el sendero de la santidad. Y ésta es la opción que debe hacer cada cristiano; y en esa opción somos juzgados como justos o como injustos.

Si, por ejemplo, optamos por el amor contra el egoísmo en un momento dado, en ese instante sufrimos interiormente una tremenda y dolorosa muerte. Sentimos que muere algo de nosotros, algo a lo que estamos muy aferrados: nuestro yo, nuestro orgullo, nuestra vanidad, etc.

Pero también, y acto seguido, sentimos dentro un nuevo aire, la sensación de ser distintos a lo que éramos antes, de haber nacido a una experiencia que, si fue dolorosa, ahora nos deja esa sensación de auténtica paz y alegría. Es la experiencia de haber renacido, de haber resucitado..., como enseña con tanta claridad la Primera carta de Juan. Como vemos en este ejemplo, en nosotros se hizo un juicio porque ante esa opción tuvimos que elegir y exigirnos hasta el máximo para dar una respuesta por el amor o por el egoísmo. No existe disyuntiva. Es un juicio interior, cuya sentencia también la vivimos interiormente. En efecto: si vence en nosotros el egoísmo, la sentencia la vivimos como tristeza, vacío y amargura porque hemos fallado. Si la opción fue, en cambio, la de despojarnos de nuestro yo para abrazar «lo nuevo» que nos presenta el evangelio, la sentencia es la paz interior, la alegría de haber muerto por los otros. Por eso los evangelistas nos dicen que Jesús fue reconocido como justo en ese instante supremo en que optó por la muerte redentora, a pesar de la fuerte tentación a la que fue sometido... ¿qué significa, entonces, creer en la resurrección de Jesucristo?

2. Resucitar por medio de la conversión

Ante todo, significa creer en nuestra resurrección interior, en que es posible nuestro cambio de vida, más aún: en que debemos cambiar de vida.

El Reino de Dios -la resurrección- comienza a ser realidad desde el mismo momento en que se inicia nuestro proceso de conversión.

Supongamos este otro ejemplo: en algún lugar determinado le decimos a la gente que "Jesús resucitó de la muerte". ¿Qué pasaría después? Posiblemente alguno creerá que pertenecemos a algún grupo espiritista o algo parecido. Pero esa misma gente podrá, a su vez, preguntarnos: ¿Qué cambia en la vida, en la sociedad, en la familia, en la política, por el hecho de que ese señor Jesús haya resucitado de la muerte? En efecto, nos podrán decir: «Allá él y aquí nosotros. ¿Para qué preocuparnos del tal Jesús y de lo que le pasó después de la muerte, si eso no me importa nada a mí, que estoy todavía vivo?» Si esa gente pensara así, tendría toda la razón del mundo. Todos estamos viviendo esta vida, dura y dramática, como para que todavía agreguemos el problema del tal muerto... Y de esto hace ya dos mil años...

Que nadie crea que el ejemplo propuesto es de ciencia ficción. No hace más que reflejar el pensamiento, consciente o inconsciente, de muchísima gente. Todos conocemos, en efecto, a mucha gente «incrédula» o hemos leído sus libros, y todos nos dicen lo mismo: «Vosotros, los cristianos, que decís creer en Dios y la resurrección de Jesús, sois iguales a todo el mundo y, a veces, peores. Matáis, robáis, explotáis, mentís, os quejáis por vuestros fracasos o vuestra pobreza... y no vemos qué significa para vosotros creer en algo en que nosotros no creemos. Ni tampoco sois más felices que nosotros, ni tampoco os vemos mejores...»

Lamentablemente, esa crítica es muchas veces justa. Y esto nos sucede porque, como los discípulos, nosotros tampoco «comprendemos las Escrituras». Hemos interpretado la fe en la muerte y resurrección de Jesús como un hecho -importante o espectacular si se quiere-, pero que le sucedió a él, a Jesús. «El fue bueno, después murió, y el Padre lo resucitó...»

Sin embargo, tanto Jesús como Pedro en su discurso, nos dicen algo muy distinto: las Escrituras no solamente dicen que Jesús murió como hombre justo y alcanzó por gracia del Padre la vida nueva, sino que cada uno de nosotros está urgido -le guste o no le guste- a elegir entre uno solo de estos dos posibles caminos en la gran encrucijada de la existencia: o por la vida o por la muerte, o por el amor o por el egoísmo, o por la luz o por las tinieblas, o por la verdad o por la mentira, o -dicho con un lenguaje más anacrónico -por la santidad o por el pecado.

La muerte principal de Jesús no fue la muerte de la cruz; fue la de todos los días. Ya había recordado él que su cruz hay que tomarla todos los días. No fue la muerte física a manos de los soldados lo importante, sino esa muerte interior a su ego por la que tuvo que optar entre la pobreza o la riqueza, entre la humildad o el poder, entre el mando de ejecutivo o el servicio de esclavo. Y si murió en la cruz, y libremente, fue precisamente porque toda su vida fue un aprendizaje de este permanente morir. Si Jesús no hubiera muerto interiormente a su egoísmo, ¿acaso no hubiera podido escapar de sus enemigos o negociar con ellos o agredirlos con la espada, como le sugería Pedro? Por eso pudo decir: «Nadie me arranca la vida; soy yo quien la entrego» (Jn 10,18). Por todo ello, como ya consideramos en anteriores oportunidades, su resurrección no fue un hecho aislado, sino la coronación de una nueva vida de obediencia al Padre y de amor a los hombres.

Por lo tanto, aceptar como importante a este Cristo muerto y resucitado es aceptar como importante en nuestra vida concreta, la de ahora, la de todos los días, que necesitamos cambiar de vida, morir en la renuncia a las riquezas, al poder, al placer narcisista, a las malas relaciones con los demás, para resucitar a otra forma de existencia. La Biblia llama a esta forma nueva de vida: santidad o justicia.

Bien sabemos que todos miramos con recelo esta palabra «santidad», pues pensamos que el santo es un bicho raro, que se pasa el día rezando, que no sabe vivir, que no es capaz de sentir alegría ni sentarse a la mesa con un grupo de amigos.

Pero si tan sólo consideramos los textos bíblicos de este domingo, nos encontramos con otra concepción sobre la santidad. Para Jesús, ser santo es reunirse con la gente, sentirse miembro de una comunidad, interesarse por los problemas de los demás, ayudar a los necesitados, compartir la alegría de una mesa bien servida, curar la llaga de un enfermo, o, como dice Juan, vivir plenamente el amor, que es la síntesis de la perfección.

En su discurso, Pedro nos trae un detalle muy interesante: nos dice que, al pecar, «matamos al autor de la vida», es decir, a la vida misma. El pecado del que debemos salir o resucitar, es el que mata la sonrisa y la alegría, mata el amor, mata la relación afectuosa de pareja, mata a los hijos, mata la armonía social. Así, permanentemente vivimos matando la vida. Ya no sabemos saludar al vecino ni jugar con nuestro hijo pequeño, ni dar un beso cariñoso a la esposa, como tampoco sabemos admirar una puesta de sol o extasiarnos ante una flor, o sentarnos tranquilos ante el mar o contemplar la altivez de una montaña... Y todo eso es santidad, al menos la santidad que surge de la Pascua.

Hoy se nos invita a vivir en esa santidad, o como también la llama el evangelio, Justicia; o como gusta de definirla el Evangelio de Juan: Vida; o Lucas: liberación.

Resucitar es vivir ahora un nuevo modo de afrontar la pareja, la familia, la política, la relación comunitaria, el trabajo. El que solamente espera resucitar al final del mundo, no va a resucitar nunca, como le recordó Jesús a Marta, la hermana de Lázaro, que acongojada le había dicho a Jesús: "Sé que mi hermano resucitará en el último día". Y Jesús le replicó con energía: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Jn 11,25-26).

Quizá muchos de nosotros hemos dejado de creer en la vida y solamente la arrastramos, como arrastramos la familia, los hijos, el trabajo, y arrastramos el país. ¡Cómo lloramos glorias o tiempos pasados, mientras no movemos ni un dedo para que esto mejore con nuestro esfuerzo y trabajo !

Un auténtico cristiano que dice creer en la resurrección, ya no llora (lloraban las mujeres que iban al sepulcro sin esperanza alguna...): allí donde está, sea cual fuere la condición por la que atraviesa, lucha por la vida y pone vida donde otros juegan a la muerte.

Concluyendo...

¿Qué pasaría si analizáramos nuestra vida familiar o laboral, la marcha del país o de la Iglesia desde esta perspectiva de la Pascua?

¿Hemos comprendido que la fe en la resurrección es cambiar todos los días un enfoque cerrado, torpe, rutinario, burgués, egoísta, por un esquema de renovación, de lucha, de esfuerzo, de dinamismo, de esperanza?

Hoy la palabra de Cristo nos ha hablado claramente y sin titubeos. No hay resurrección sin cambio de vida. Y la carta de Juan subraya por si quedaran dudas: "El que dice: Yo conozco a Jesús, pero no cumple su palabra, es un mentiroso, y la verdad no está con él». No esperemos, por tanto, resucitar en el último día si no resucitamos ya hoy, mañana y pasado. Si hasta ahora nuestro cristianismo dio testimonio de amargura y somnolencia, "hagamos penitencia para que nuestro pecado sea perdonado"...

Santos Benetti

El proyecto cristiano - ciclo B

 

 

1. «Todo tenía que cumplirse».

En su aparición a los discípulos reunidos, Jesús les quita en primer lugar el miedo -creían ver un fantasma-, haciéndoles reconocer su corporeidad del modo más tangible posible: deben ver -las llagas en sus manos y en sus pies-; deben palpar -para convencerse de que no se trata de un fantasma, sino de su propio cuerpo-; y deben finalmente verle comer un alimento terrenal el pez asado-. Pero todo esto no es más que la introducción a su auténtica enseñanza: los discípulos deben comprender que las declaraciones que Jesús hizo durante su vida mortal sobre el cumplimiento de toda la Antigua Alianza (según la clasificación judía: «La Ley, los Profetas y los Salmos»), se han cumplido ahora en su muerte y resurrección. Este acontecimiento, dice Jesús, constituye la sustancia de toda la Escritura, y esta sustancia, que tiene su centro en el «perdón de los pecados», debe ser anunciada en lo sucesivo por los testigos, por la Iglesia, «a todos los pueblos». Los lectores del Antiguo Testamento, si se atienen a los pasajes particulares, difícilmente descubrirán esta sustancia; sin embargo, toda la dramática historia de Israel con su Dios no tiene otra finalidad y por tanto tampoco otro sentido que lo resumido en el testimonio que Jesús da aquí de sí mismo. El continuo y puramente terreno «descenso» de Israel al abismo (a las puertas del «infierno») y su liberación «de la perdición» por obra y gracia de Dios (1S. 2,6; Dt. 32,39; Sb. 16,13; Tb. 13,2) es la iniciación a la inteligencia de la definitiva muerte y resurrección de Jesús por el mundo entero. Pero Jesús debe primero «abrir el entendimiento» de sus discípulos para que puedan comprender todo esto.

2. "Lo hicisteis por ignorancia".

Pedro lo ha comprendido muy bien en su predicación en el templo (primera lectura). Por eso puede reprochar al pueblo de forma tan drástica su crimen («matasteis al autor de la vida»), pero añadiendo que el pueblo y sus autoridades lo hicieron por ignorancia. No habían comprendido la enseñanza de los profetas, según la cual el Mesías tendría que padecer mucho; los profetas sufrientes y todo su destino eran ya quizá la mejor predicción de ello. Pedro no se pregunta si los judíos eran culpables o inocentes de semejante ignorancia; como dirá Pablo, «hasta hoy, cada vez que leen a Moisés, un velo cubre sus mentes». Un velo que sólo «se quitará» cuando Israel «se vuelva hacia el Señor» (2Co. 3,14-16). Por eso Pedro exhorta a los judíos en estos términos: «Arrepentíos y convertíos para que se borren vuestros pecados». Las dos cosas son correlativas: la misteriosa «ignorancia» de Israel (Pablo hablará de ceguera, de dureza de corazón) y la exhortación a la conversión. No se habla de una superación de Israel mediante la Iglesia, pero tampoco de una doble vía de salvación: para Israel su Mesías esperado (cf. Hch. 3,20ss) y para la Iglesia Jesucristo. No: esperar al Mesías y convertirse.

3. «Tenemos un abogado ante el Padre».

Jesús dice a sus discípulos en el evangelio que su muerte y resurrección han operado el perdón de los pecados. Estas palabras se celebran en la segunda lectura como un acontecimiento sumamente consolador y lleno de esperanza para nosotros, pecadores. Todo hombre, cuando peca y se convierte, puede tener parte en la gran absolución que se pronuncia sobre el mundo. Pero para ello se requiere la conversión, porque el mentiroso que se confiesa cristiano y no cumple los mandamientos de Dios persiste en la ignorancia precristiana; más aún: vive en la contradicción y no en la verdad.

Hans Urs Von Balthasar

Luz de la Palabra

 

 

No sé si, en pleno tiempo pascual, sorprenda un poco oír hablar con tanta insistencia de arrepentimiento, conversión y perdón de los pecados. Esta misma insistencia, sin embargo, es una invitación a fijar nuestra reflexión en esta conexión entre Cristo resucitado y la conversión.

- DENUNCIA DEL PECADO; ANUNCIO DE VIDA

Pedro presenta a Cristo ante los judíos como el "autor de la vida". Los judíos lo mataron, "pero Dios lo resucitó de entre los muertos". En el resucitado, pues, se desvela el misterio del mal y, a la vez, se desvela el misterio del bien: resucitando a Jesús, el Padre revela que su bondad es más fuerte que todo el mal del mundo; da la razón a Jesús y pone al descubierto el mal de los hombres.

Cristo, el resucitado, es pues una llamada al arrepentimiento -alejarnos del pecado- y a la conversión -girarnos hacia el Señor de la vida-. Porque el resucitado es un viviente que nos habla de una muerte anterior, una muerte que ha sido fruto de la maldad humana; y nos habla, también de una vida nueva a la que , gracias a él, que es "víctima de propiciación por nuestros pecados", tenemos acceso. Por eso el mensaje pascual incluye la necesidad de que se predique en su nombre "la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos". Cristo es denuncia de nuestro pecado; pero sobre todo es vida nueva que se nos ofrece a todos.

- EL CAMINO: UNA RELACIÓN VIVA CON CRISTO

Todo eso nos muestra que el reconocimiento de nuestro pecado y nuestro esfuerzo de conversión se vive como una relación personal con Cristo. No es colocándonos ante nosotros (nuestras leyes, nuestros exámenes, nuestras revisiones...) que reconoceremos el pecado. Por este camino de la introversión llegaremos, quizás, al fariseísmo de creernos justos o a la angustia de creernos culpables sin remedio, pero no conseguiremos la conciencia cristiana del pecado. En cambio, ante aquél que Dios ha resucitado de entre los muertos, nos sentiremos pecadores -cómplices del pecado del mundo- y a la vez, atraídos hacia aquél que es el autor de la vida.

De esta manera todo el proceso del arrepentimiento y la conversión se ilumina con la luz radiante de una persona y se anima con el color de una relación personal. ¿No es falta de esta relación viva con Cristo lo que provoca muchos intentos de conversión flojos e ineficaces? ¿Puede la exigencia de un ideal o de una norma, o la frialdad de un programa equipararse a la fuerza cautivadora de Cristo? Animados por él, el largo camino de la conversión no nos será menos costoso, pero sí nos será más factible.

- ADENTRARSE EN LA VIDA, INSPIRÁNDOSE EN LOS HECHOS Y PALABRAS DE CRISTO

La tarea incesante de conversión deviene prácticamente "seguimiento de Cristo". Un seguimiento que debemos realizar en nuestra sociedad de hoy, tan diferente de la de Jesús, y que por tanto nos exige una continua creatividad. Es el camino que empezaron a recorrer los apóstoles, inmediatamente después de Pentecostés. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos los presentan totalmente sumergidos en la vida de su pueblo: predicando a Cristo, animando a la comunidad, curando enfermos, pasando entre la admiración de unos y la oposición y persecución de otros. De este modo nos hacen ver que entrar en el camino del seguimiento de Cristo es adentrarse profundamente en la vida, inspirándose en los hechos y palabras de Cristo.

En esta experiencia sentiremos, como los discípulos del evangelio de hoy, el miedo o la duda; quizá a veces nos parecerá creer ver fantasmas. Pero Jesús -también a nosotros- nos iluminará mediante las Escrituras, nos dará la paz, nos devolverá la alegría. Además debemos contar siempre con nuestra fragilidad o nuestro pecado, porque nadie puede atreverse a recorrer el camino del seguimiento sin tropiezos. Pero, también en estos momentos de debilidad, es Cristo resucitado quien debe centrar nuestra mirada: "si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo".

Las lecturas de hoy nos recuerdan, pues, que Jesús resucitado -precisamente porque se encuentre en relación muy real con nosotros, en nuestras vidas que, a pesar del nuevo "nacimiento" bautismal, están todavía marcadas por la debilidad del pecado- precisamente por eso, pone al descubierto el mal de nuestro corazón, pero a la vez nos atrae a la conversión hacia la nueva vida que él nos ofrece. Nos muestra que hablar de conversión ¡es hablar de vida!

José Rambla

 

 

Todavía se nos proclaman hay apariciones del Señor (a partir del domingo que viene, serán otros los "temas" pascuales).

Apariciones que prolongan la gran experiencia de la Pascua, que transformó a la primera comunidad: pasaron del miedo a la valentía, de la tristeza a la alegría. Eso se debió a un hecho fundamental: vieron al Señor, que se les apareció desde su nueva existencia, que comió con ellos....

También nosotros nos deberíamos llenar de nueva energía tras la experiencia de pascua y, semanalmente, del encuentro eucarístico con la comunidad y con el Señor.

Hay un matiz importante hoy: los discípulos empezaron a entender las Escrituras y cómo Cristo es el cumplimiento de las promesas y anuncios del AT.: "todo lo escrito en la ley de Moisés y los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse". Pedro llama en su discurso a Dios "Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob", y afirma que "Dios cumplió lo que había dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer".

Es una buena ocasión para llamar la atención sobre la renovada importancia que la Iglesia, a partir sobre todo del Concilio, ha dado a la celebración de la Palabra como primera parte de todo sacramento. A partir del AT, y pasando por las cartas apostólicas, y sobre todo en el anuncio central del evangelio, cada vez somos invitados a profundizar en el misterio de salvación que Dios ha cumplido en Cristo. Dios mismo nos habla.

J/PD: Cristo se nos hace presente en las lecturas (cf. IGMR 9,33), porque El no sólo "dijo" palabras, sino que ES LA PALABRA, de una vez por todas, la Palabra que Dios ha dirigido y dirige a la humanidad. También a nosotros nos conviene que nos "abran el entendimiento para comprender las Escrituras".

- Nuestra respuesta a Cristo resucitado

La Pascua no sólo es poesía y gozo. El aspecto de la alegría está muy presente hoy en la oración colecta, la de las ofrendas y el prefacio. Pero Pascua es también compromiso. Y por eso habría que hacer resonar en la homilía las varias llamadas de las lecturas a la victoria sobre el pecado.

La Pascua tiene consecuencias en nuestra vida: aceptar la Pascua de Cristo como victoria contra el pecado y el mal de este mundo.

El pecado es una realidad dentro y fuera de nosotros, como elemento antipascual, reincidente en nuestra debilidad. Cristo es presentado en la segunda lectura como el que ha vencido, el que ha dado su vida en nombre nuestro. Ahora, como dice el evangelio, "en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos".

Reconciliados con Dios por la entrega pascual de Cristo, esta cincuentena nos está invitando a vivir en la novedad de la existencia pascual, sin dejarnos vencer otra vez por el pecado.

El cristiano que cree en el Resucitado y celebra la Pascua "no peca", cumple sus mandamientos, se compromete a vivir su Nueva Vida (2ª lectura). Y eso no con palabras y cantos sólo, sino en la verdad concreta de las obras: "quien dice: yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso". Si la Pascua fuera cantar aleluyas y cambiar los cantos o encender el Cirio, sería muy fácil. Pero la verdadera Pascua del cristiano es dejarse conquistar por la pascua de Cristo y comprometerse a un nuevo orden de cosas, a un estilo de vida.

Cuando nos faltan todavía cinco semanas de Pascua, es conveniente que la celebración, mirando a la experiencia pasada de la Pascua, como a sus raíces, mire también hacia adelante, preguntándonos todos si esta fiesta, y esta Eucaristía dominical en concreto, experiencia también del encuentro con el Señor Resucitado, nos están haciendo cambiar en algo que se vea. Porque la Pascua no es un aniversario. Es una gracia nueva y un camino que compromete.

Es dejar actuar al Espíritu del Resucitado en nuestras vidas.

J. Aldazabal

 

 

¡En verdad ha resucitado!

El Evangelio nos permite asistir a una de las muchas apariciones del Resucitado. Los discípulos de Emaús acaban de llegar jadeantes a Jerusalén y están relatando lo que les ha ocurrido en el camino, cuando Jesús en persona se aparece en medio de ellos diciendo: «La paz con vosotros». En un primer momento, miedo, como si vieran a un fantasma; después, estupor, incredulidad; finalmente, alegría. Es más, incredulidad y alegría a la vez: «A causa de la alegría, no acababan de creerlo, asombrados».

La suya es una incredulidad del todo especial. Es la actitud de quien ya cree (si no, no habría alegría), pero no sabe darse cuenta. Como quien dice: ¡demasiado bello para ser cierto! La podemos llamar, paradójicamente, una fe incrédula. Para convencerles, Jesús les pide algo de comer, porque no hay nada como comer algo juntos que conforte y cree comunión.

Todo esto nos dice algo importante sobre la resurrección. Ésta no es sólo un gran milagro, un argumento o una prueba a favor de la verdad de Cristo. Es más. Es un mundo nuevo en el que se entra con la fe acompañada de estupor y alegría. La resurrección de Cristo es la «nueva creación». No se trata sólo de creer que Jesús ha resucitado; se trata de conocer y experimentar «el poder de la resurrección» (Filipenses 3,10).

Esta dimensión más profunda de la Pascua es particularmente sentida por nuestros hermanos ortodoxos. Para ellos la resurrección de Cristo es todo. En el tiempo pascual, cuando se encuentran a alguien le saludan diciendo: «¡Cristo ha resucitado!», y el otro responde: «¡En verdad ha resucitado!». Esta costumbre está tan enraizada en el pueblo que se cuenta esta anécdota ocurrida a comienzos de la revolución bolchevique. Se había organizado un debate público sobre la resurrección de Cristo. Primero había hablado el ateo, demoliendo para siempre, en su opinión, la fe de los cristianos en la resurrección. Al bajar, subió al estrado el sacerdote ortodoxo, quien debía hablar en defensa. El humilde pope miró a la multitud y dijo sencillamente: «¡Cristo ha resucitado!». Todos respondieron a coro, antes aún de pensar: «¡En verdad ha resucitado!». Y el sacerdote descendió en silencio del estrado.

Conocemos bien cómo es representada la resurrección en la tradición occidental, por ejemplo en Piero della Francesca. Jesús que sale del sepulcro izando la cruz como un estandarte de victoria. El rostro inspira una extraordinaria confianza y seguridad. Pero su victoria es sobre sus enemigos exteriores, terrenos. Las autoridades habían puesto sellos en su sepulcro y guardias para vigilar, y he aquí que los sellos se rompen y los guardias duermen. Los hombres están presentes sólo como testigos inertes y pasivos; no toman parte verdaderamente en la resurrección.

En la imagen oriental la escena es del todo diferente. No se desarrolla a cielo abierto, sino bajo tierra. Jesús, en la resurrección, no sale, sino que desciende. Con extraordinaria energía toma de la mano a Adán y Eva, que esperan en el reino de los muertos, y les arrastra consigo hacia la vida y la resurrección. Detrás de los dos padres, una multitud incontable de hombres y mujeres que esperan la redención. Jesús pisotea las puertas de los infiernos que acaba de desencajar y quebrar Él mismo. La victoria de Cristo no es tanto sobre los enemigos visibles, sino sobre los invisibles, que son los más tremendos: la muerte, las tinieblas, la angustia, el demonio.

Nosotros estamos involucrados en esta representación. La resurrección de Cristo es también nuestra resurrección. Cada hombre que mira es invitado a identificarse con Adán, cada mujer con Eva, y a tender su mano para dejarse aferrar y arrastrar por Cristo fuera del sepulcro. Es éste el nuevo y universal éxodo pascual. Dios ha venido «con brazo poderoso y mano tendida» a liberar a su pueblo de una esclavitud mucho más dura y universal que la de Egipto.

padre Raniero Cantalamessa, ofmcap.

 

 

"Decile que no estoy...!"

1. La mentira

Quería contarles una experiencia, que quizás ha sido una de las más difíciles para mí. Cuando terminé la secundaria, el primer trabajo que conseguí fue el de empleado administrativo de una empresa metalúrgica. Y allí tenía que atender la gente que venía, era telefonista, escribía a máquina (hace más de treinta años), y todas las cosas que hace un empleado administrativo, pero tenía que atender a la gente! Aprendí muchas cosas allí, muchas. Pero hay una que aprendí, que es la que más me costó porque no es bueno esto. ¿Qué aprendí? A mentir. Pero no porque yo quería mentir, tenía que mentir porque el jefe me decía: “no estoy”, y estaba. “Decile que no estoy…!” Y yo tenía que poner la cara. “No está!”. Y cada vez que ocurría esto yo sentía algo, se me revolvía todo adentro; no estaba acostumbrado a esto, pero con el paso del tiempo, - si bien allí estuve muy poco, un año -, pude ir viendo que uno puede irse acostumbrando a la mentira. Y como que, no pasa nada. Le decimos: “una mentira piadosa”. Me acuerdo que una vez vino un hombre de Tucumán a hablar con el dueño de la empresa y me dijo: “No, no estoy”. Y se tuvo que volver. Y el que puso la cara fui yo. O sea que, adentro golpea todo esto.

2. No pasa nada

Bueno, estamos en un mundo de mentiras. Por ejemplo, toda la publicidad es mentira, todo mentira. Ni hablar de la propaganda política. Digo como está todo montado atrás de la mentira y por eso digo que nos acostumbramos de tal manera que, como que no pasa nada. Y no es que no pasa nada. Pasa. Por qué traje esto? Porque hay una expresión que nosotros decimos en la misa, que es muy fuerte y yo la voy a recordar. Cuando termina la consagración, decimos: “Este es el misterio de la Fe”, aquí está constituído lo central de nuestra fe, este es el resucitado, está acá con nosotros, Jesús está en medio nuestro. Y todos respondemos…, ¿se acuerdan? ¿qué respondemos? “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven Señor Jesús”. Saquemos la última frase: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…” ¡Mentira! ¡No anunciamos nada! ¡No proclamamos nada!. Se dan cuenta de qué estoy hablando? Y estamos diciendo algo que no hacemos. Y como no anunciamos pensamos: quién se va a dar cuenta? Una mentirita más dentro de todas las que decimos. Y no es que no pasa nada.

3. Nadie

Que anuncie el otro. Y quién anuncia? Yo no tengo tiempo. No me da la cara. No se qué, pero no. No anuncio. No proclamo. Y como decía ese humorista: “Va a llegar un día que digamos y no va a haber nadie”. Va a ser así. Porque estamos todos tan tranquilos y no anunciamos esto. Bueno. Por qué traje este tema? Porque compartir la mesa con Jesús está totalmente unido al anuncio. Comparto para anunciar.

Por eso dice otra de las respuestas, después de la consagración: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte y la resurrección de Jesús”. O sea, para eso es. No es que vamos a compartir con Jesús un ratito y después nada. No. Es para decirle al mundo: Jesús está vivo entre nosotros. Y esa es la verdad. Esa es nuestra verdad y la verdad esencial humana. Por eso, no es menor el tema de esta mentira que decimos. No la mentira chiquita, “piadosa”, es una mentira grande como una casa. Y no nos damos cuenta.

4. El mismo día

Por eso es importante mirar lo que pasó en ese día de la Pascua. ¿Qué fue lo que pasó en esa casa? Allí donde estaban reunidos los apóstoles, temerosos y desconcertados, el mismo día de la Pascua. En esa tarde, tardecita, ¿qué pasó?

Primero, las mujeres habían venido y les habían dicho que había ido al sepulcro temprano y no encontraron a nadie. Luego, fue Pedro, fue Juan y encontraron el sepulcro vacío. La Magdalena y su encuentro con Jesús resucitado. Algunos textos dicen que se le apareció a Pedro. Estaban todos así como desconcertados. Primero porque aquel que era el Maestro, que era aquel que les había dado el sentido de sus vidas, había muerto en la cruz hacía horas. Y ellos estaban temerosos, no porque Jesús había muerto, sino porque ahora les tocaba a ellos.

5. Aparición

Cuando están en toda esta situación, angustiados, temerosos, aparece Jesús en medio de ellos. Y viene como el Señor de la Paz; viene a traerles la paz. Viene a traerles la alegría. Sin embargo, dice el texto, “estaban ellos atónitos”, desconcertados, veían y se decían: “¿qué es esto?”. No terminaban de creer lo que estaban viendo. Y esto que digo de la verdad, que decía de la mentira y la verdad, a veces se ocultan, se oscurecen de tal manera que la mentira parece verdad y la verdad parece mentira. Los apóstoles creen estar teniendo una visión, es un espíritu, es una aparición. Vean las palabras que usé. Estamos en un tiempo donde hay apariciones, visiones, personas que reciben mensajes, etc. Y nosotros no sabemos que hacer porque son cosas que no son comprobables. Esto sería como una cosa así? Se apareció un espíritu delante de ellos, pero Jesús les muestra que no es un espíritu. ¿qué les muestra? Sus manos y su costado. No sólo se los muestra, les dice: “toquen”. Un espíritu no se puede tocar. Pongan la mano…

6. Certeza

Pero todavía no creían. ¿Qué les va a decir Jesús? Fíjense en el detalle. “¿Tienen algo para comer?” Y come delante de ellos un pedazo de pescado. No es que los otros se sentaron a comer con Jesús. Todos lo miraban con los ojos grandotes. No podían creer lo que estaban viendo. Jesús come, porque el Resucitado es el mismo que estaba en la cruz, el crucificado. No es un espíritu, no es una aparición, ni una visión, ni un fantasma. El Él mismo. Y esto es lo que los Apóstoles van a anunciar al mundo. Se nota, por lo que dice el texto, que las comunidades de que Lucas tiene conocimiento, le decían a los testigos, “ustedes vieron un fantasma”. Pero el fantasma no come. No se puede tocar. No era una visión. Por eso, la impresión que le causa a los Apóstoles es tan grande y tan certera, que van a terminar dando la vida por este anuncio que hacen.

7. Testigos

A partir de esta certeza es que todas las palabras de Jesús tienen una dimensión gigante. Ya no es cualquiera que lo dice. Es alguien que venció la muerte. Único. No me vengan con Víctor Sueiro…, etc. No eso no. Ese no se murió, por eso la experiencia. Luego si, murió hace unos años.

Aquí estamos hablando de alguien que resucitó. Jesús también resucitó a otros, como Lázaro y otros, pero ellos después murieron. Jesús resucita para la vida eterna, para siempre, está vivo, resucitado y está acá, en medio nuestro. El nos invita a su mesa. Hoy. Ahora. Y nos dice, como les dijo a los Apóstoles ese día: “Ustedes son testigos de todo esto”. ¿Qué quiere decir? Que hay que anunciarlo al mundo. Para eso estamos aquí.

8. Gran verdad

Estamos reunidos con Él, vamos a compartir la mesa con Él, vamos a comer el pescado con Él, el pan y el vino, para decirle a nuestros hermanos: Jesús está con nosotros. No tengamos más miedo a nada ni a nadie. Para que nuestra vida, sea una vida de verdad y no de mentira, tenemos que anunciar esta gran verdad al mundo. Que no es algo “espiritual”, es (golpea el atar) bien concreto. Jesús está con nosotros ahora, vivo, resucitado, en medio nuestro, nos está mirando ahora, a cada uno de nosotros, nos conoce. Y eso que nosotros estamos experimentando aquí, es lo que tenemos que transmitir al mundo. Ese es el anuncio. Todo lo demás es secundario. Después viene todo lo que dijo Jesús, cómo lo dijo, cómo eran sus enseñanzas, cómo era… todo, toda la vida de Jesús, todo lo que es el Maestro y todo lo que eso significa para nuestra sociedad. Lo primero es que Él está vivo, resucitado en medio nuestro.

Juan Jose Gravet

 

 

El Señor “resetea” la comunidad desde su Corazón

Lucas dice que Jesús “se puso” en medio de ellos. Es una palabra técnica que usa Lucas. Se traduce de muchas maneras: se presentó, se apareció… Me llamó la atención que en inglés en algunas explicaciones de este “stetit” latino y “istemi” griego se utilizara “set up”. Como cuando “ponemos” un sistema operativo y lo “instalamos”.

Aunque no se qué significa con precisión, sé -como todos- que el “set up” de mi compu es algo básico e importante. Busqué un poco y agarré algo que es entendible y que me sirve como metáfora para comprender con oídos modernos, desde la práctica de la computadora, qué significa este “ponerse en medio” de Jesús. Dicen que el Set up también se utiliza como sinónimo de BIOS (Basic Input-Output System). Este es el Sistema Básico de Entrada-Salida, un software que reconoce los dispositivos necesarios para cargar el sistema operativo en la memoria ROM de la computadora. El BIOS está instalado en un chip de la placa base. Puede decirse que la configuración básica de un ordenador se encuentra en el “Sistema básico de entrada y de salida (BIOS) y, por ese motivo, también se lo conoce con el nombre de set up. Este programa comprueba el hardware, inicializa los circuitos, manipula los periféricos y dispositivos a bajo nivel y carga el sistema de arranque para inicializar el sistema operativo“.

Me suena bien eso de “sistema básico de entrada y de salida”. Una vez resucitado el Señor “resetea” la comunidad y cada vez que “se aparece” o se “pone en medio de ellos” -con sus “entradas y salidas”,  los vuelve a resetear. Todo se instala de nuevo y, como suele suceder con los aparatos, se resuelven muchos problemas simplemente apagando y encendiendo de nuevo.

El Señor  con su presencia, reinstala el sistema operativo con el que funcionará la Iglesia -toda pastoral, toda espiritualidad, toda obra de misericordia, toda teología, toda liturgia…- de ahora en más.

I. Este set up que produce el Señor con su presencia es un restablecimiento de todas las cosas en su paz. Centrando todo en sí, el Señor nos pone en paz, hace que se ordene todo, sentimientos, pensamientos, actitudes, expectativas, culpas. El es nuestra Paz.

Esta es la reinstalación que el Señor repite muchas veces. Lo hace “entrando y saliendo”, “viniendo a nuestra vida y alejándose”. Estar atentos a estas venidas suyas, saber reconocerlas por la paz que de Él dimana, se irradia y se crea a su alrededor, es la gracia fundamental para todo lo demás.

Cada vez que el sistema se vuelve inestable, el Señor apaga todo y prende de nuevo para que todo se ordene en la paz. Como decía don Tonino Bello, el Obispo Pugliese a cuya tierra irá pronto el Papa, “La paz no es una canción más, entre  las tantas que la Iglesia tiene en su repertorio: es su único  anuncio. Es la única pieza que está habilitada a interpretar”. Si como dice Pablo: “Cristo es nuestra paz (Ef 2, 14), no hay que temer que la Iglesia parcialice el anuncio evangélico o descuide otros aspectos doctrinales, o recorte la amplitud de la revelación, hablando de paz. Por el contrario, para usar una imagen, todas las otras verdades de la Escritura no son sino los colores del arcoíris en el cual se refracta el único rayo de sol: la paz”.  La paz es el principio arquitectónico de toda la acción pastoral de la Iglesia, tanto cuando se anuncia el evangelio a todos los pueblos como cuando se disciernen los movimientos de espíritu en un alma. La clave y el fundamento es la paz. Cuando estamos en paz, actúa el Espíritu. Él, primero establece la paz y, luego, da todos sus dones y carismas y los pone en interacción, para el bien común.

II. El segundo efecto inmediato del set up que nos hace el Señor, es que al ponernos en paz, discernimos nuestros “afectos que proyectan pensamientos”. Al serenarse la agitación, las aguas del alma permiten ver claramente lo que se mueve en ella. El Señor dice a los apóstoles (que estaban aterrados y en la proyección lógica que hacían al ser gente realista y no poder ver con ojos nuevos la novedad del Resucitado, concluían que debía ser un fantasma, un espíritu de ultratumba): ¿Por qué están perturbados? y qué es ese vaivén de pensamientos que se levantan en sus corazones?. Vemos cómo Jesús les hace notar la perturbación que sienten, les aclara que esa perturbación viene del vaivén inquieto de los pensamientos (el movimiento de espíritus, como dice los Ejercicios). Y les hace ver que la fuente de donde salen es su “corazón”. Esto es lo que dice el Papa cuando afirma que “no se disciernen las ideas sino los afectos”. No se disciernen las ideas abstractas, sino los afectos que hacen brotar distintos pensamientos.

III. Lo tercero que pasa cuando el Señor se pone en medio de ellos -luego que se restablece la paz y se discierne que hay movimiento de espíritus- es un segundo reseteo. El Señor les dice: “Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»  Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies”. Es el reinicio o set up de Cristo resucitado-llagado. Es la presencia de su carne resucitada que conserva las marcas de la Cruz. Este nuevo reseteo (como los programas que se resetean varias veces, para instalar algo básico -la paz/ el discernimiento- y luego sobre esa base reinstalar lo demás), reordena todo en el segundo sentimiento básico: la alegría. Y sobre el pucho nomás, se complica de nuevo la cosa. Porque, dice Lucas: a causa de la alegría y la admiración ellos “no acababan de creer”. Es decir: no se les “instalaba la fe”. Porque de eso se trata: Jesús viene a instalarnos el don de la Fe. Y la Fe no es algo que se nos pueda dar como quien da un regalo para que el otro use o le explica una cosa para que el otro la piense así. La fe está ligada a la Persona de Jesús y requiere encontrarse con Él a nivel personal, interactuando -El y cada uno- con todo su ser. Aceptando y acogiendo al otro con su historia, con su modo de ser, con sus gestos, sentimientos y criterios. Tener fe en Jesús, adherirnos y confiarnos a Él, es algo que hacemos primero de todo corazón y, luego, con todo lo demás. Pero volvamos a la alegría, fruto básico de este nuevo set up del Señor, que logra mostrando sus llagas. Es la alegría infinita que se suelta y se expande sin medida al constatar que se ha disuelto el miedo básico, el miedo a la muerte. Es el miedo a la muerte el que tiñe toda alegría, le pone freno, le marca su límite temporal. Al ver a Jesús resucitado, con las llagas que muestran que la muerte no tuvo la última palabra sobre él, la alegría se les desboca. Y es tan real y tan sin límites, que esto se convierte para ellos en nueva ocasión de no poder “estabilizarse en la fe”. El Señor los tendrá que resetear de nuevo, pero esto no quita que esta segunda reinstalación, en la alegría, quede como básica. En este nivel sitúa el Papa Francisco toda su acción pastoral. La alegría es el ambiente que perfuma todo, que irradia en sonrisas y palabras, en gestos de buen humor y en exhortaciones apostólicas. Si el sistema operativo funciona con cara de vinagre es que algo no se instaló bien en esa alma, en esa prédica, en esa institución que buscar realizar obras de misericordia, y hay que resetear.

Se resetea siempre que se pierde la paz. Se resetea siempre que nos roban la alegría.

IV. El tercer reinició el Señor lo hace comiendo. «¿Tienen aquí algo de comer?» – les dijo. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. La exorbitancia de la alegría ante el crucificado resucitado se encamina por los senderos de la vida cotidiana. La carne de Cristo sufrió la Cruz, es verdad, pero es una carne cuya presencia se puede compartir a lo largo del tiempo, en la vida cotidiana. Esto hace de la alegría algo comestible: la del Señor es una alegría que nadie nos puede quitar y que ilumina y perfuma con su aroma los momentos simples de la vida cotidiana.

Ahora sí, sobre la base de este sistema “encarnado”, que ha reinstalado en orden inverso todo, haciendo nuevas todas las cosas, viene la instalación de la Palabra. Digo que reinstaló en orden inverso porque el Señor siguió el orden de una carne resucitada (entra con las puertas cerradas), crucificada (muestra las llagas) y simplemente encarnada (come), que son los pasos inversos a los que siguió en el curso de su vida entre nosotros. Una vez reinstalada la carne resucitada, el Señor hace correr los programas de su Palabra. Estos funcionarán como memoria profunda y como memoria operativa y el Espíritu Santo será el que opere con Ella -la Palabra- recordándola en cada situación, conservándola íntegra como depósito de la fe, traduciéndola en obras prácticas y en instituciones evangélicas y de misericordia.

V. Jesús les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”». El Señor no se refiere aquí a sus palabras acerca de cosas para nuestra vida sino de algo más preciso: se refiere a su profecía de que con su vida y especialmente con su Pasión, estaba cumpliendo todo lo que habían anunciado la Ley, Moisés, los Profetas y los Salmos. Nos dice: miren que mi vida no es una vida más, es una vida vivida con una intensidad de sentido único: una vida que recapitula todas las palabras de la Escritura, las pone en práctica y las padece, y luego las dice de modo renovado. Unificando su vida y las palabras de la Escritura, el Señor se universaliza, por decirlo de alguna manera. Lo que vivió en concreto se convierte en Palabra universal, que resume toda la experiencia de la humanidad y que puede interpretar todo lo que vendrá.

VI. “Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras“. Las Escrituras como Palabra viva no como idea abstracta. Una palabra abstracta es la que separa lo esencial de sus accidentes. Esta abs-tracción permite que uno utilice una misma palabra y se puedan intercambiar todos los particulares que el que habla y el que escucha sienten, recuerdan y proyectan en ese palabra-molde. Una palabra abstracta (todas nuestras palabras lo son) es una palabra neutra. Hay que llenarla de significados, hay que ponerle carne y para ello hay que dialogar. Una Palabra viva es, por tanto un milagro, algo inaudito. Es una palabra que logra transmitir una experiencia entera, algo esencial con todos sus particulares. Es como si al decir “rosa roja” pudiera alguien transmitirnos su perfume y suavidad y el brillo de su rojo al sol de la mañana. Es como si al pronunciar nuestro nombre, como pronunció el de María en la madrugada de la resurrección, el Señor hiciera revivir todo lo que somos y hemos pasado en la vida, en un instante. Y al responderle nosotros Rabbuni-Maestro, se convirtiera en ese instante en un Maestro real y cercano, un Google personalizado, que responde y enseña exactamente lo que deseamos y necesitamos y no nos dice un millón de cosas superfluas.

Abrir la mente para comprender las escrituras es un cuarto reseteo, en el que instala el verdadero “Word”, del que los otros así llamados “procesadores de palabras” son pálida imagen. La apertura de mente que nos da el Señor contiene sus estilos y tipos de letra y todos las herramientas para predicar el evangelio y para aplicarlo a la vida. Esta apertura es donde muchos se cierran. No es que obren mal, pero no permiten que el Espíritu les actualice la versión y usan la versión preconciliar o la que el Espíritu utilizó para ayudar a tal Papa en tal siglo a expresar un problema de su tiempo. Pretender que una actualización del Espíritu sea la única es como negar al Espíritu mismo que es acción viva y permanente. Creer que sólo habló en tal momento y congelar una palabra suya es como decir que no se lo quiere escuchar de nuevo. Aunque nos diga lo mismo, hay que disponer y abrir el alma para que sea Él el que nos lo dice de nuevo.

VII. Ahora sí, el Señor reanuncia el Kerigma -que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día- y lo sitúa ente lo “escrito” y lo que “hay que predicar”. Esto que hay que “predicar” no es una palabra de escritorio y de clase universitaria sino una palabra que lleva una finalidad precisa: para el perdón de los pecados. Y tiene un destinatario grande: todas las naciones, con sus culturas y generaciones. El movimiento que lleva en sí esta Palabra, que con tantos “reset” ha instalado el Señor en los corazones de los discípulos, es un dinamismo imparable, hacia afuera, que llega directo al pecado -que es lo que ocasiona la muerte-. Usar esta palabra para alimentar discusiones de palabras es contradecir su misma esencia. Es no ver todo lo que de “más que palabras” tiene esta Palabra viva. Pablo VI en la primera entrevista que dio un papa en setiembre de 1965 hablando del diálogo decía: Hoy, “se trata de millones de personas que ya no tienen fe religiosa. De aquí nace la necesidad para la Iglesia de abrirse… Tenemos que enfrentar a quien no cree más y a quien no cree en nosotros diciendo: Somos esto, dígannos por qué no nos creen, por qué nos combaten. Aquí el papa se detuvo. Fue como si hubiera querido borrar de su rostro la tristeza que una visión tan poco triunfalista de las cosas le dibujaba. Encontró ayuda en su misma simplicidad: esto es el diálogo, concluyó volviendo a la sonrisa. Vea! En esto consiste todo!”.

VIII . “Ustedes son testigos de estas cosas”. La centralidad de la Palabra viva, que el Señor ha instalado con su resurrección y dando todos los pasos que hemos seguido, nos transforma en “testigos”. Esta es “la misión” en todas las misiones. Todo lo que digamos y hagamos estará configurado por esta única finalidad que el Señor nos da -a todos los cristianos, grandes y pequeños, cada uno en su medida y estilo-: la de ser testigos. Testigos de qué y de Quién? De este Jesús que reinstala de nuevo la vida con la suya misma.

IX- “Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes”. Esta tarea tan inmensa que el Señor se tomó de manera artesanal en los días que mediaron entre su resurrección y su ida al Padre, el Espíritu la toma a su cargo en cada época de la historia y con cada persona y comunidad eclesial. El Señor concluye lo suyo enviando al Prometido de mi Padre. Una tarea tan grande y que abarca toda la historia no queda en manos de los hombres sino de los hombres abiertos al Espíritu. La Persona del Espíritu debe ser Protagonista principal de toda evangelización. Toda la Estructura que la Iglesia ha montado a lo largo de la historia tiene sentido sólo en cuanto querida e inspirada por el Espíritu y mantenida por Él. Pero es al mismo tiempo tan prescindible como para poder ser “reseteada” enteramente y renovada de cuajo por una actualización que, sin perder nada de lo ya dado, lo mejore todo y lo imposte de maneras totalmente nuevas, para lograr el fin de llegar a todas las culturas y de perdonar todos los pecados, abriendo todas las mentes a la paz, a la alegría y a la Palabra.

X.  “Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» . Este “permanecer quietos” hasta… no es algo que pasó una vez sino que se puede y debe repetir cada vez que necesitamos un nuevo Pentecostés, sea grande o pequeño el “revestimiento de fortaleza de lo alto” que necesitemos.

Nos queda a cada uno, haciendo prolijamente esta contemplación tan densa y cargada de sentido, examinar dónde necesitamos que el Espíritu nos resetee.

Yendo de adelante para atrás podemos examinarnos así:

Si me falta fortaleza, pedir al Espíritu que venga y me revista.

Si me falta convicción para testimoniar, pedir perdón por el pecado que me hace callar y poner la mirada en todos los pueblos que necesitan ser iluminados por el evangelio y consolados por la misericordia de Dios.

Si mi mente está cerrada pedir al Señor el gusto por las Escrituras, donde se encuentra todo lo que se refiere a Él.

Estas dos últimas cercanías se alimentan y se sanan juntas, decía el Papa: si me siento lejos de Dios, acercarme a su pueblo, que me enseñará cuán especial es Jesús; si me siento lejos de la gente, acercarme a Jesús, que en el evangelio me enseñará a mirar a cada persona como la ve Él.

Estas dos “presencias” -de Jesús y de la gente- se miden y traducen en alegría y paz. Más presencia, más paz y alegría. Más ausencia -por desorden de los afectos a mi mismo, que alimenta el mundo del consumo- menos alegría y menos paz.

Todo es cuestión de dejarse resetear por el Señor que es Espíritu en la oración y largándonos de lleno a la misión.

 

 

Dejar que Jesús nos abra

“Les abrió sus mentes”. Lucas utiliza “abrir” (Di-anoigo) para expresar lo que hace y quiere hacer Jesús Resucitado con nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón.

El Señor viene para abrir y, en todo aquel que nos abre la mente y el corazón, podemos reconocer su presencia. Los discípulos de Emaús cuentan cómo el desconocido “les abrió los ojos” con el gesto de partir el pan. Y a partir de allí fueron de apertura en apertura: se dieron cuenta de cómo les había hecho arder el corazón al “abrirles” la escritura. Y eso los abrió a la esperanza en la comunidad de la que se habían fugado, desilusionados, y a la que vuelven corriendo. Abiertos, ahora sí, a escuchar a los otros que les dicen “Es verdad, ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Pedro”. Lucas usará también esta expresión para contar cómo “el Señor le abrió el corazón (a Lidia, la lavandera) para que entendiera lo que decía Pablo” (Hc. 16,14).

El abrir de Jesús es un abrir nuevo. Cuando Jesús abre a la fe “nada ni nadie puede volver a cerrar”. Lucas utiliza esta palabra que tiene un matiz de vida muy fuerte. En los evangelios de la infancia caracteriza a Jesús como primogénito (literalmente “el que abre la matriz de la madre” Lc. 2,23). Así, el Primogénito de entre los muertos es el que abre las puertas de la Vida Eterna y nos da acceso al Padre y capacidad de que entre en nosotros el Espíritu.

Jesús Resucitado se presenta, habla y actúa de manera tal que todo en Él mueve a la apertura o, lo que es lo mismo, mueve a la confianza.

Si uno lee y relee los evangelios de la Resurrección hay algo en la narración misma que abre a la Fe, que la suscita. Quizás hay que notar cómo las palabras del Señor van junto con los gestos –habla y parte el pan, habla y muestra las llagas, habla y comparte la comida, habla y sopla el Espíritu-. Es como si el Señor tuviera una simultaneidad y una coherencia entre lo que hace y lo que dice que son propias de un Resucitado: al mismo tiempo que pacifica, misiona, se hace presente y abre los ojos para que lo vean, narra lo que dicen las Escrituras y abre las mentes para que entiendan. No solo se da un intercambio de palabras sino de dones y el mayor de todos es el Don del Espíritu, que entra en mentes y corazones totalmente abiertos, y se derrama sin encontrar peros ni obstáculos. Esta es la gracia del Resucitado: disponer una apertura total en los corazones de los discípulos de manera tal que el Espíritu los llena sin dejar resquicios. De esta plenitud y llenura participamos todos.

La apertura que obra Jesús no es sólo hacia el Cielo sino también hacia los hombres: es la apertura cristiana a todas las culturas, a todos los pueblos y a todas las personas, en la situación en que se encuentren.

Esta apertura es de las cosas más lindas del cristianismo y, así como se dice que un santo triste es un triste santo, no hay nada más contradictorio que un cristiano “cerrado”.

La apertura del corazón es la primera, diríamos, y la más católica: el corazón abierto a la misericordia y al amor a todos, incluidos los enemigos, es el sello distintivo del corazón cristiano.

Junto con la apertura del corazón está la apertura de los ojos y de la mente a las Escrituras, que nos explica el sentido que tienen las cosas que pasan, leídas por Aquel que es el único que tiene derecho a “abrir” el Libro de la vida, el Cordero que padeció para librarnos de nuestros pecados (cfr. Ap. 5,2-9).

Y está también la apertura de los ojos y de la mente para reconocer y “ver” a Jesús en la persona de los que nos acompañan por el camino y en los pobres y necesitados que se cuentan por miles de millones. “¿Cuándo te vimos hambriento, desnudo, sin hogar, enfermo…?”. Es la apertura a “la inteligencia del pobre” como decía Hurtado, a “ver a Jesús en los pobres” y a “escuchar lo que ellos nos dicen”. Los más pobres no sólo abren nuestro corazón a la compasión sino también nuestra mente a la fe.

Por aquí iría la contemplación de hoy: apuntando a pedirle a Jesús que nos abra totalmente los ojos de la mente y los del corazón. Quizás la reflexión que nos puede ayudar a “abrir los ojos” es caer en la cuenta de quiénes son las personas que “nos abren” a Dios. Y reconocer allí la presencia y el accionar benéfico de Jesús Resucitado.

Lo que quiero decir es que no se trata de que “venga Jesús” y nos abra. Sino de que en toda apertura que experimentamos descubramos –al mismo tiempo- que es Jesús el que la pone en acto. Porque si no, como no “vemos” al resucitado, no valoramos como suyas nuestras aperturas.

Por si ayuda, comparto cómo contemplo y reflexiono cosas sencillas que viví y dejo que el Señor me vaya abriendo la mente y los ojos a reconocer que él estuvo “hablando” en las voces de otros.

El jueves, en el cine-debate del Hogar vimos “El hombre de al lado”. Es la del diseñador que vive en la casa que edificó Le Corbusier en La Plata, al que el vecino de al lado le abre un boquete en la medianera para poner una ventana (“que me permita atrapar un cachito de sol, sólo eso, Leonardo”).

La quise ver de nuevo con nuestros comensales porque intuía que iba a ser distinto.

Especialmente esta película. Y lo fue.

Lo primero que me encantó (y me golpeó) fue ver con qué ganas se reía uno que estaba a mi lado, identificándose con Victor (el hombre de al lado) cada vez que con un tono sobrador y psicopatón, le ponía límites a Leonardo, el diseñador que “no podía creer lo que le estaba pasando”.

La película, a mí, me había hecho sentir ese miedo que provocan muchos que están en situación de calle cuando uno percibe que no tienen los mismos códigos y que no sabés cómo pueden reaccionar. En cambio, a mi vecino de al lado, la falta de códigos no le producía ningún miedo sino que lo hacía matar de risa. Después uno dijo que “las apariencias engañan” y que “mucha gente de la calle da miedo por su misma cara, marcada por el sufrimiento, pero que él se había encontrado con personas excelentes y muy fieles amigos”. Esto vino a cuenta porque el vecino, que transgrede todos los códigos de comportamiento social, no transgrede el único que vale: el de no mirar para otro lado cuando se trata de salvar una vida.

Ahora, lo que yo más disfruto es esa capacidad de captar los símbolos más profundos con que siempre me sorprenden la gente del comedor y del hogar. No la encuentro tan fresca ni tan rápida ni en mí mismo, ni en mis alumnos…

Apenas terminó y aplaudimos uno dijo: “Está muy buena, pero habría que entenderla”. Ya lo había visto entrar algo tomado y quería opinar a toda costa así que entre todos lo chistamos porque decía cualquier cosa. Sin embargo, ahora que revivo la escena veo que se daba cuenta de que había captado algo más hondo de lo que podía explicar.

Y pienso que quizás sería “la frase” para el evangelio de hoy.

Un Jesús que primero los “aterra” y luego los “alegra”, pero tanta emoción no les permite entender nada hasta que les “abre” la mente.

“Está muy buena la Resurrección, pero habría que entenderla”.

La digo y me encanta la frase de nuestro amigo tomadito.

La había descartado como una “molestia” en el debate y resulta que es más iluminadora que el resto. Porque la verdad es que la fuimos entendiendo gracias a lo que aportaba cada uno.

En el debate que siguió me impresionó uno que dijo que el símbolo de la película era la ventana (que al final se cierra): es una ventana “entre dos maneras de cultura”, dijo. Y ahí se me armó toda la película a nivel simbólico. Aunque los personajes mantienen características ambiguas en lo que hace a los valores, el ‘grasa’ se la pasa tratando de mantener abierta la ventana (“la comunicación, como dijo otro, que es lo que no hay que cortar”) mientras el “culto” lo único que quiere es cerrarla.

Y eso fue lo que quedó de enseñanza: que nunca hay que cortar la comunicación (el diseñador no llama a la ambulancia y deja que Victor se muera) porque las cosas no son lo que a primera vista parecen.

Nunca hay que cerrar las aberturas, aunque culturalmente sean como un boquete en la medianera de una casa de Le Corbusier.

La resurrección del Señor tiene algo de esto, viene a abrir un boquete en nuestra cultura con el que no sabemos qué hacer. Es un boquete por el que se nos meten los pobres, es verdad, un boquete por el que nos hace salir a misionar, sin duda, pero antes que todo eso, es un boquete por el que entra el Aire fresco del Espíritu y una Ventana no a Youtube sino al Cielo.

Diego Fares sj

 

 

Guardar los mandamientos de Dios para que su amor llegue a su plenitud

El pasaje de la 1ª carta de Juan, escogido para este tercer domingo de Pascua, recoge los últimos versículos de la sección 1,6–2,2 de la carta. En esta sección el autor ha tocado el tema de la "la luz del perdón para el que se reconoce pecador". Al término de esta exposición nos conduce a reconocer a Cristo como el salvador. Si llegamos a pecar, Él es el paráclito, el abogado, el defensor. El título de paráclito designa en el evangelio joánico sobre todo al Espíritu Santo. El mismo Jesús anuncia al Espíritu como otro paráclito (Jn. 14,16), por tanto, Él es el primer paráclito. El autor de la carta ataca probablemente a ciertas concepciones del Espíritu Santo paráclito que corrían el peligro de dejar sin sentido el papel de Cristo en el perdón de los pecados. Jesús viene, por tanto, presentado como el abogado de los cristianos pecadores delante del Padre, en cuya inmediata proximidad vive: "tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo" (v.1). En el sacrificio de su muerte ha realizado de hecho la promesa pronunciada en la oración sacerdotal durante la última cena (Jn. 17).

Ampliando esta idea, el autor desarrolla ahora la función de Jesús sobre la expiación de los pecados: "Él es víctima de propiciación por nuestros pecados" (1Jn 2,2). Las reflexiones vuelven ahora a aquello que Jesús cumplió una vez por todas para expiación de los pecados, pero que se mantiene vigente en todo tiempo. Jesucristo es y permanece para siempre como el gran expiador, porque su sangre conserva su fuerza purificadora que borra los pecados.

Los siguientes versículos de la lectura dominical, correspondientes a la segunda sección de la carta, desarrollan otro tema: "El verdadero conocimiento de Dios exige la guarda de sus mandamientos" (vv. 3-5a), que son la luz para el camino. Estos versículos presentan la observancia de los mandamientos como una prueba para juzgar el conocimiento de Dios. Así, como el Jesús del cuarto Evangelio exige a sus discípulos, cual prueba del amor a Él (14,15.23) y como condición de su amor a ellos (15,10), la guarda de sus mandamientos, así el autor de 1Jn no se cansa de proclamarla como expresión práctica del amor a Dios (5,2), como fundamento de una unión permanente (3,24) y como requisito para que su oración sea escuchada (3,22).

La obediencia a sus mandamientos no se refiere solamente a su aspecto exterior, sino que se convierte en un medio real de progresar en el conocimiento amoroso de Dios (2,4). Tal obediencia no debe considerarse como inferior en relación con el conocimiento. Ahora bien el autor anuncia una dimensión importante: el comportamiento ético del cristiano no tiene nada que ver con una preocupación exagerada y escrupulosa por la perfección. Es búsqueda de una obediencia perfecta, pero a imagen del Hijo (Jn. 14,10; 15,10). Pero, al mismo tiempo, el autor reacciona contra una idea de la perfección que excluyera toda exigencia moral, toda sumisión a una ley. En el siglo I de nuestra era y a comienzos del siglo II, algunos miembros de las comunidades joánicas interpretaron probablemente algunos pasajes del evangelio de Juan en esa línea. De este modo, el autor invita a releer el Evangelio para descubrir en él cómo desde el comienzo hasta el fin Jesús obedece a su Padre, cumple su voluntad y realiza así "la obra de amor" (Jn. 4,34; 10,17-18; 12,49-50; 15,10).

Para el cristiano el esfuerzo por obedecer a la voluntad de Dios, proclamada y encarnada por Cristo, es una señal que lleva en sí el amor divino (1Jn 2,5a). El amor es la propiedad natural de los nacidos de Dios, que se demuestra y consuma en la observancia práctica de los mandamientos divinos. Y, a la inversa, la guarda de los mandamientos pasa a ser el signo distintivo de esa naturaleza divina. Tal naturaleza en ninguna otra cosa se manifiesta exteriormente si no es en la prueba moral.

La continuación del texto (v.6s) inscribe este proceso creyente de obediencia a los mandamientos en la línea de la obediencia de Cristo, para andar por el camino por donde Él mismo marchó (v.6) y seguir así el mandamiento del amor.

Aplicación

Guardar los mandamientos de Dios para que su amor llegue a su plenitud.

El tema común de la liturgia de este tercer domingo de Pascua es el del perdón de los pecados, que nos ha sido alcanzado a través de la pasión de Jesús y que nos ha sido ofrecido por el Resucitado. El Evangelio, por su parte, continúa hablándonos de la resurrección de Cristo y, más concretamente, de una de sus manifestaciones en el Cenáculo. En la primera lectura del libro de los Hechos de los apóstoles san Pedro da testimonio de la Resurrección después de haber curado a un cojo. Y el pasaje de la 1ª carta de Juan aúna al tema del perdón ofrecido por Cristo el del cumplimiento de sus mandatos para que el amor de Dios llegue a su plenitud en nosotros.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los apóstoles (3,13-15.17-19), Pedro, dirigiéndose al pueblo, les ayuda a caer en la cuenta de la acción tan reprobable cometida al haber conducido a muerte al Justo de Dios; busca de este modo suscitar en el ánimo de los presentes el arrepentimiento y la conversión. Pero al mismo tiempo atenúa su culpa, pues sabe que han obrado por ignorancia y les muestra la misericordia de Dios, que está dispuesto a perdonarles. Se trata, por tanto, de un mensaje de resurrección personal, espiritual, que se alcanza a través del arrepentimiento, de la conversión y del perdón de los pecados.

El Evangelio nos conduce de nuevo al Cenáculo, donde Jesús se manifiesta a los Once (Lc. 24,35-48). Lo primero que realiza es la comunicación de la "paz" conquistada con sus pasión y muerte. Se trata de la paz no sólo interior, sino también con las personas. Una paz que consiste en la remisión de los pecados, en la reconciliación con Dios. Después les ayuda a abrirse al misterio de su Resurrección, superando toda duda ante la transformación de su cuerpo glorioso: come ante ellos. Después de haber mostrado a los discípulos haber resucitado verdaderamente con su cuerpo, Jesús, para fundar su fe, se refiere a las palabras del Antiguo Testamento: "Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas" (vv. 46-48).

La segunda lectura, tomada de la 1ª carta de san Juan (1Jn. 2,1-5a), completa las enseñanzas presentadas en el Evangelio y en la primera lectura. En este pasaje el autor de la carta describe, de modo más preciso, la situación de los cristianos después del bautismo, esto es, después de su adhesión a Cristo. Ellos no pueden ya pecar, entendido esto como volver a caer en un estado de pecado. La razón está en que los bautizados han recibido la gracia, la fuerza de la resurrección, para resistir victoriosamente a todas las fuerzas del mal. Si caen en alguna falta de pecado, debido a la debilidad humana, deben acudir al abogado Cristo para realzarse y salir de esa situación. Pero en todo ello el autor insiste en la necesidad de observar los mandamientos, en no pecar, en tener una orientación conforme a la fe cristiana y a la victoria de Cristo sobre todas las fuerzas del mal. Como cristianos redimidos por Cristo debemos, por tanto, guardar los mandamientos de Dios para que su amor llegue a su plenitud en nosotros.

Pedro Mendoza LC

 

 

Evangelio: Lucas 24,35-48

Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará

de entre los muertos al tercer día

Ambientación El episodio que Lucas nos relata en el Evangelio de este Domingo nos sitúa en Jerusalén, poco después de la resurrección. Los once discípulos están reunidos y ya conocen una aparición de Jesús a Pedro (cf. Lc. 24,34) así como el relato del encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús (cf. Lc. 24,35).

A pesar de todo, el ambiente es de miedo, de perturbación y de duda. La comunidad, cercada por un ambiente hostil, se siente desamparada e insegura. El miedo y la inseguridad proceden del hecho de que los discípulos no han hecho todavía la experiencia del encuentro con Cristo resucitado.

En esta última sección de su Evangelio, Lucas intenta mostrar cómo los discípulos descubren, progresivamente, a Jesús vivo y resucitado.

Al evangelista no le interesa tanto hacer una descripción periodística y fotográfica de las apariciones de Jesús a los discípulos; le interesa, sobre todo, mostrar a los cristianos de todas las épocas que Cristo sigue vivo y presente, acompañando a su Iglesia, y que los discípulos, reunidos en comunidad, pueden hacer una experiencia de encuentro verdadero con Jesús resucitado.

Para su catequesis, Lucas va a utilizar diversas imágenes que no deben ser tomadas al pie de la letra ni deben ser absolutizadas. Son, solamente, el envoltorio que presenta al mensaje. Lo que debemos ver, en este texto, es algo que está más allá de los detalles, por muy reales que parezcan: es la catequesis de la comunidad cristiana sobre su experiencia de encuentro con Jesús vivo y resucitado.

2. Mensaje

¿La resurrección de Jesús habrá sido una invención de la Iglesia primitiva, o un piadoso deseo de los discípulos, esperanzados en que la maravillosa aventura que vivieron con Jesús no termine en el fracaso de la cruz y en un sepulcro excavado en la roca en Jerusalén?

Es, fundamentalmente, a esta cuestión a la que Lucas quiere responder. En su catequesis, Lucas procura dejar claro que la resurrección de Jesús fue un hecho real, incontestable que, con todo, los discípulos descubrirán y experimentarán solamente después de una largo camino, difícil, penoso, cargado de dudas y de incertidumbres.

Todos los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, hablan de las dificultades que los discípulos tuvieron para creer y reconocer a Jesús resucitado (cf. Mt. 28,17; Mc. 16,11.14; Lc 24,11.13-32.37-38.41; Jo 20,11-18.24-29; 21,1-8).

Esa dificultad debió ser histórica y significa que la resurrección de Jesús no fue un acontecimiento científicamente comprobado, material, captable por el objetivo de los fotógrafos o por las cámaras de televisión. En los relatos de las apariciones de Cristo resucitado, los discípulos nunca son presentados como un grupo crédulo, idealista e ingenuo, prontos a aceptar cualquier ilusión, sino que son presentados como un grupo desconfiado, crítico, exigente, que sólo acabó reconociendo a Jesús vivo y resucitado después de un camino más o menos largo, más o menos difícil.

El camino de la fe no es un camino de evidencias materiales, de pruebas palpables, de demostraciones científicas, sino que es un camino que se recorre con el corazón abierto a la revelación de Dios, presto para acoger la experiencia de Dios y de la vida nueva que él quiere ofrecer. Fue ese el camino que los discípulos recorrieron. Al final de ese camino (que, como camino personal, para unos se alargó más y para otros menos), ellos experimentaron, sin margen de error, que Jesús estaba vivo, que caminaba con ellos por los caminos de la historia y que continuaba ofreciéndoles la vida de Dios. Ellos comenzaron a recorrer ese camino con dudas e inseguridades; pero hicieron la experiencia de encontrarse con Cristo vivo y llegaron a la certeza de la resurrección. Esa es la certeza que los relatos de la resurrección, en su propio lenguaje, quieren transmitirnos.

En la catequesis de Lucas hay elementos que importa poner de relieve:

1. A lo largo de su camino de fe, los discípulos descubrirán la presencia de Jesús, vivo y resucitado, en medio de su comunidad. Percibirán que él sigue siendo el centro alrededor del cual la comunidad se construye y se articula. Entenderán que Jesús derrama sobre su comunidad, en marcha por la historia, la paz (el “shalom” hebreo, en el sentido de armonía, serenidad, tranquilidad, confianza, vida plena, v. 36).

2. Ese Jesús, vivo y resucitado, es el Hijo de Dios que, después de caminar con los hombres, retornó al mundo de Dios. El “espanto” y el “miedo” con el que los discípulos acogen a Jesús es, en el contexto bíblico, la reacción normal y habitual del hombre ante la divinidad (v. 37). Jesús no es un hombre reanimado a la vida que llevaba antes, sino el Dios que regresó definitivamente en la esfera divina.

3. Las dudas de los discípulos dan cuenta de esa dificultad que ellos sintieron al recorrer el camino de la fe, hasta el encuentro personal con el Señor resucitado. La resurrección no fue, para los discípulos, un hecho inmediatamente evidente, sino un camino de maduración de la propia fe, hasta llegar a la experiencia del Señor resucitado (v. 38).

4. En la catequesis / descripción de Lucas, ciertos elementos más “sensibles” y materiales (la insistencia en el “tocar” a Jesús para ver que no era un fantasma, vv. 39- 40; la indicación de que Jesús comió “un trozo de pez asado”, vv. 41-43) son, antes de nada, una forma de enseñar que la experiencia del encuentro de los discípulos con Jesús resucitado no fue una ilusión o un producto de la imaginación, sino una experiencia muy fuerte y que deja huella, casi palpable. Son, entonces, una forma de decir que ese Jesús que los discípulos encontraron, aunque diferente e irreconocible, es el mismo que había andado con ellos por los caminos de Palestina, anunciándoles y proponiéndoles la salvación de Dios. Finalmente Lucas enseña también, con estos elementos, que Jesús resucitado no está ausente y distante, lejos del mundo en el que los discípulos tienen que seguir caminando, sino que continúa sentándose a la mesa con los discípulos, estableciendo lazos de familiaridad y de comunión con ellos, compartiendo sus sueños, sus luchas, sus esperanzas, sus dificultades, sus sufrimientos.

5. Jesús resucitado desvela a los discípulos el sentido profundo de las Escrituras. La Escritura no sólo encuentra en Jesús su cumplimiento, sino también a su intérprete. La comunidad de Jesús que camina por la vida debe reunirse continuamente alrededor de Jesús resucitado para escuchar al Palabra que alimenta y que da sentido a su caminara por la historia (vv. 44-46).

6. Los discípulos, alimentados por esa Palabra, reciben de Jesús la misión de dar testimonia ante “todas las naciones, comenzando por Jerusalén”. El anuncio de los discípulos tendrá como tema central la muerte y resurrección de Jesús, el libertador anunciado por Dios desde siempre. La finalidad de la misión de la Iglesia de Jesús (los discípulos) es predicar el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todos los hombres, proponiéndoles la opción por la vida nueva de Dios, por la salvación, por la vida eterna (vv. 47-48). Lucas presenta aquí una breve síntesis de la misión de la Iglesia, tema que desarrollará ampliamente en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

3. Actualización

* ¿Jesús resucitó verdaderamente o la resurrección es fruto de la imaginación de los discípulos?

¿Cómo es posible tener certeza de la resurrección?

¿Cómo podemos encontrar a Jesús resucitado?

A estas y a otras preguntas parecidas intenta responder el Evangelio de este domingo.

Con su catequesis, Lucas nos dice que nosotros, como los primeros discípulos tenemos que recorrer el no siempre claro camino de la fe hasta que lleguemos a la certeza de la resurrección.

No se llega allí a través de deducciones lógicas o a través de construcciones de carácter intelectual, sino que se llega al encuentro con el Señor resucitado insertándonos en ese contexto en el que Jesús se revela, en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten nuestra misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio.

En ese “camino” vamos encontrando a Cristo vivo, actuante, presente en nuestra vida y en la vida del mundo.

* Cristo continúa presente en medio de su comunidad en marcha por la historia. Cuando la comunidad se reúne para escuchar la Palabra, él está presente y explica a sus discípulos el sentido de las Escrituras.

¿Sentimos la presencia de Cristo indicándonos caminos de vida nueva y llenando nuestros corazones de esperanza cuando leemos y meditamos la Palabra de Dios?

¿Sentimos el corazón lleno de paz, la paz que Jesús resucitado ofrece a los suyos, cuando escuchamos y acogemos las propuestas de Dios, cuando intentamos conducir nuestra vida de acuerdo con el plan de Dios?

* Jesús resucitado volvió al mundo de Dios; pero no desapareció de nuestra vida y no se alejó de la vida de su comunidad. A través de la imagen del “comer con ellos” (que para el Pueblo bíblico, significa establecer lazos estrechos, lazos de comunión, de familiaridad, de fraternidad), Lucas nos garantiza que el Resucitado continúa “sentándose a la mesa” con sus discípulos, estableciendo con ellos lazos, compartiendo sus inquietudes, anhelos, dificultades y esperanzas, siempre solidario con su comunidad.

Podemos descubrir a este Jesús resucitado que se sienta a la mesa con los hombres siempre que la comunidad se reúne a la mesa de la eucaristía, para compartir ese pan que Jesús dejó y que nos hace tomar conciencia de nuestra comunión con él y con los hermanos.

* Jesús recuerda a los discípulos: “vosotros sois los testigos de esto”. ¿Esto significa, solamente, que los cristianos deben dirigirse a los hombres con bonitas palabras, con razonamientos lógicos diciendo que Jesús resucitó y que está vivo?

El testimonio que Cristo nos pide pasa, más que por nuestras palabras, por nuestros gestos. Jesús viene, hoy, al encuentro de los hombres y les ofrece la salvación a través de nuestros gestos de acogida, de compartir, de servicio, de amor sin límites. Son esos gestos los que testimonian, ante nuestros hermanos, que Cristo está vivo y que continúa su obra de liberación de todos los hombres del mundo.

* En la catequesis que Lucas presenta Jesús resucitado confía a los discípulos la misión de anunciar “en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”.

Continuando la obra de Jesús, la misión de los discípulos es eliminar de la vida de los hombres todo aquello que es “pecado” (el egoísmo, el orgullo, el odio, la violencia.) y proponer a los hombres una dinámica de vida nueva.

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

 

 

La Iglesia obra y cuerpo de Cristo

Ya comentamos este precioso evangelio con detalle hace tres años. También les hice notar el domingo pasado que a Cristo resucitado se le experimenta preferentemente en la Iglesia. Cuando lean personalmente el texto de las apariciones, tengan en cuenta esta idea para interpretarlo bien.

También hoy se nos habla de la Iglesia. Los dos discípulos salen tristes de Jerusalén. Jerusalén simboliza a la Iglesia, que es la nueva Jerusalén. No creen y abandonan la Iglesia, la compañía de los demás discípulos. El buen Pastor va en su busca, hace por ser reconocido y, cuando lo reconocen y creen, vuelven a Jerusalén, a la Iglesia. En Jerusalén escuchan el testimonio de los demás y dan el suyo propio. La experiencia de Cristo resucitado los ha conducido a la Iglesia. Hoy me extenderé en explicar más ampliamente la unión de Cristo con su Iglesia.
Los doce apóstoles son el embrión de la Iglesia. Lo primero que hace Jesús en su vida pública, antes de comenzar a predicar y hacer milagros, es reunir discípulos. Fueron los primeros entre los primeros Juan el evangelista y Andrés el hermano de Simón Pedro. Lo cuenta el mismo Juan. Eran discípulos del Bautista. Jesús, después del bautismo y su período de oración y ayuno, regresa para volver a Galilea. Pasa necesariamente por donde Juan bautiza y Juan da testimonio, aunque oscuro, de la mesianidad de Jesús. Al día siguiente vuelve a pasar y Juan vuelve a dar testimonio. Es entonces cuando dos de sus discípulos, Juan y Andrés, se levantan y se ponen a caminar siguiendo a Jesús. Tras un rato Jesús se voltea, les habla, le responden, les invita y se quedan ya con Él. Juan no olvidará la hora exacta de aquel encuentro, que cambió su vida del todo: la hora décima en su cómputo, las cuatro de la tarde en el nuestro. Al día siguiente encuentra Andrés a Simón Pedro, su hermano, luego a Felipe, más tarde a Natanael. Después se añaden otros. Hasta que una mañana, después de haberse retirado a un monte para orar durante la noche, selecciona a doce que le acompañen continuamente, vean todo lo que hace, escuchen todo lo que dice, complete sus enseñanzas públicas con explicaciones especiales y les transmita su misión universal y sus poderes. Ellos la continuarán y completarán y para ello les dará su poder, su Espíritu y su asistencia presencial.

Hacia la mitad de su vida pública ocurre un cambio significativo. Jesús a partir de entonces tendrá menos actividad entre las masas y va a dedicar más tiempo al trato personal con aquellos doce. En el texto evangélico se aprecia el cambio a partir del suceso de Cesarea de Felipe. Al contestar a Pedro por su magnífica respuesta a la pregunta sobre quién era Él, cambia el nombre a Simón por el de Pedro, “piedra” o “roca firme”, fundamento seguro para un edificio: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Empieza a verse que Jesús quiere fundar una iglesia.
La palabra “iglesia” tiene su origen en el griego. Significa “convocatoria” o “llamada”. La traducción griega de la Biblia, hecha por sabios hebreos, llama “iglesia” al pueblo hebreo reunido en asamblea para un acto religioso, como la recepción de la Ley en el Sinaí o un acto de culto. Quiere significar que aquel pueblo ha sido convocado, reunido por Dios.

El proceso decisivo de la formación de un “pueblo de Dios” se inicia con la elección de Abraham. El Antiguo Testamento es un anuncio profético del Nuevo. Lo anunciado se realiza ahora. El nuevo Pueblo de Dios es la Iglesia. Se ha formado atravesando el agua del mar Rojo, es decir con el agua del bautismo, y va caminando por el desierto de la vida alimentado con el maná de la Eucaristía y llevado por la presencia de Cristo, elevado sobre la cruz, cuya mirada nos cura de la enfermedad del pecado.

Esta Iglesia de Cristo tiene la estructura, la misión y el poder que Cristo le ha dado. Cristo ha querido que la suprema autoridad la tuviera Pedro, como está indicado en el término “fundamento” y en lo que sigue: “a ti te daré las llaves del reino de los cielos y lo que atares en la tierra será atado en el cielo y lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo” (Mt. 16,19). A él mandó “confirmar a sus hermanos en la fe”, aun previendo los pecados de sus negaciones (v. Lc. 22,32-34). A él otorgó su autoridad sobre su entero rebaño tras la resurrección en la aparición en la playa del mar de Galilea: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn. 21,15-17). Por eso Pedro, como ahora su sucesor el Papa, tras la ascensión de Jesús al cielo, dirige la Iglesia sin discusión de nadie.

Esta Iglesia tiene la misión y el poder de Cristo, que le dijo: “Como el Padre me ha enviado, así los envío Yo. Vayan por todo el mundo, prediquen el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizare, se salvará; el que no creyere, se condenará” (Jn. 20,21; Mc. 16,15-16). Esta Iglesia es la presencia hoy de Cristo en el mundo para la salvación del pecado de todos los hombres y para que alcancen la vida eterna.

Por eso, como Cristo perdona, la Iglesia con su poder perdona. Como Cristo se dio como alimento a sus discípulos, la Iglesia alimenta con el cuerpo de Cristo a los cristianos. Como Cristo, siendo la verdad, se la dio al pueblo que la buscaba, la Iglesia con la misma seguridad de Cristo la da hoy a los humildes que la buscan. Porque, como su Maestro, puede decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6).

A esta Iglesia la compara Jesús a una vid con sus sarmientos. Del tronco de la vid reciben vida los sarmientos y así pueden dar frutos. Jesús resucitado es el tronco de esta vid, de Él fluye la vida divina (la gracia santificante, que hace santos e hijos de Dios) a los sarmientos, que somos cada uno de nosotros desde que fuimos unidos, injertados en Él por el bautismo; en el bautismo se nos inoculó la vida sobrenatural de Jesús resucitado, por la que somos hijos de Dios.

Otra comparación, que usa San Pablo, es la de la Iglesia cuerpo de Cristo. En tiempo de Pablo se pensaba que de la cabeza fluía la vida al resto del cuerpo. Cristo es la cabeza de la Iglesia y de Él viene la vida a cada uno de nosotros, sus miembros. Esta vida es la presencia del Espíritu, que transforma nuestras almas con sus virtudes sobrenaturales y sus dones. El Espíritu, que obra de forma diferente en cada miembro según su propia función, está presente y actúa en cada uno. El miembro debe estar unido al cuerpo para vivir y obrar. Cada uno de nosotros debe esforzarse por estar muy unido con la Iglesia para participar intensamente de su vida y poder. Esta unión con la Iglesia se favorece el esfuerzo constante por alcanzar la santidad, que incluye la oración, la participación en los sacramentos, el compromiso en sus obras apostólicas, el estudio de la doctrina, el testimonio social...

De todo lo anterior fluye que en nuestra actitud respecto a la Iglesia debe estar el considerarla como algo nuestro, mío, no ajeno; me toca, me concierne. Debemos vivir intensamente nuestra pertenencia a ella. Debo estar inclinado a creerla y escucharla. Me deben alegrar sus triunfos, me deben entristecer sus fracasos, los pecados de sus miembros, sus problemas. Debemos de aprender a reconocer sus errores y también a defenderla frente a la mentira, la ignorancia y el odio de bastantes. Debemos orar por nuestros pastores; en la misa se pide en la oración universal y en la oración eucarística. Debemos pedir a Dios por su obra apostólica y misionera, ofrecer sacrificios por ella y contribuir con nuestras limosnas. Debemos informarnos de su labor (nuestros medios de comunicación nos informan en general poco y más bien de lo malo, como lo hacen también, es verdad, con otras personas e instituciones). Debemos conocer su historia y sus santos. Seamos testigos y hablemos como tales. Quien ama a Jesucristo, ama a su Iglesia.

padre José R. Martínez Galdeano S.J.

 

 

¡Ha resucitado! Y se apareció a los discípulos de Emaús (cf. Lc. 24,13-35)

¡Cristo ha resucitado! ¡Ha triunfado el amor, la verdad, el bien, la justicia, la libertad, el progreso y la vida! Sin embargo, algunos se resisten a creerlo. Por eso viven tristes, solos, decepcionados y sin sentido, como aquellos discípulos que van a Emaús, resignados a no esperar ni luchar más. Y aunque Jesús resucitado salió a su encuentro, estaban tan encerrados en sí mismos y en su sensación de fracaso, que no lo reconocieron.

Quizá como ellos digamos: “Esperaba que Jesús me ayudaría; que yo mejoraría y todo iría bien en mi matrimonio, mi familia, mi noviazgo, mis amistades, mi escuela y mi trabajo. Que saldría del bache económico. Que en México y en el mundo habría paz y oportunidades para todos. Pero como eso no ha pasado, lo mejor es fugarse en el egoísmo, los mundos virtuales, los placeres, la tranza, la indiferencia y el conformismo, dejando que cada uno se las arregle como pueda (1)

Pero Jesús no nos abandona en ese callejón sin salida que termina por destruirnos a nosotros mismos y a los demás. Se nos acerca y nos habla en su Palabra –contenida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia– haciéndonos ver la totalidad de lo real, y nos comunica la fuerza de su amor en la Eucaristía para que podamos avanzar hacia la libertad, la unidad, el progreso, la plenitud y la eternidad. 

Por eso el Papa aconseja: cuando estés triste, con muchos problemas, preocupaciones y desilusiones, toma la Palabra de Dios y ve a Misa el domingo. Porque la Palabra de Dios y la Eucaristía reencienden nuestros corazones con el calor de la fe, la esperanza y el amor; nos llenan de alegría y nos hacen ir adelante en el camino (2) ¡Sólo el Señor es nuestra tranquilidad! (3)

Si hasta ahora no lo habíamos hecho, podemos arrepentirnos y cambiar, como aconseja san Pedro (4), comprendiendo que, como señala san Juan, quien conoce a Dios y lo ama, cumple sus mandamientos (5), consciente de que en ellos Él nos muestra el camino que conduce al progreso, la paz y la vida plena y eterna: el amor, que es comprender, actuar con justicia, ser servicial, pedir perdón y perdonar.

Encontrando a Jesús en su Palabra y la Eucaristía, pidámosle: “quédate conmigo, en mis alegrías y en mis penas, en mis éxitos y fracasos, y haz que vuelva arder mi corazón apagado por la enfermedad y el sufrimiento. Quédate en mi matrimonio y en mi familia, porque sólo tú puedes hacer resurgir el amor que se ha apagado por el egoísmo, la rutina y la infidelidad. Quédate en nuestra sociedad, porque sólo tú puedes mostrarnos el camino para alcanzar el progreso y la paz” ¡Pidámoselo! Él, como dice san Gregorio, “honra a los que lo invitan” (6).

mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía