Currículum de Jesús

Este evangelio presenta el "viernes santo" de Jesús en Nazaret, su patria, donde los paisanos le desprecian y rechazan.

Las biografías helenistas solían presentar primero la familia y educación del protagonista. El evangelio de Marcos, en cambio, había comenzado con una referencia a Juan Bautista, para contar después, en varios capítulos, lo que ha empezado haciendo Jesús.

Únicamente ahora, después que ha presentado básicamente el mensaje de Jesús, habla Marcos de su patria y de la relación que él tiene con sus familiares y paisanos. Sabíamos algo de su familia por una escena anterior (Mc 3, 20-35: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos...?), pero sólo ahora recibimos una información más detallada del tema, desde una perspectiva polémica.

Con esta ocasión presenta Marcos lo que pudiéramos llamar el currículum de Jesús: (a En la sinagoga) 1 Y salió de allí y llegó a su patria, y sus discípulos le seguían 2 y cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga.

(b. Admiración y escándalo) y muchos, escuchándole, se admiraban y decían: ¿De dónde le vienen tales cosas¿ ¿y qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿y que son esos milagros hechos por sus manos?

3 ¿No es éste el artesano, el hijo de María y hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

El curriculum de Jesús

Todo el cristianismo posterior depende de algún modo de este “curriculum” de Jesús, que aparece como artesano (obrero eventual), no como maestro, y también como descendiente, al parecer “irregular”, de una mujer llamada María, dentro de una familia conocida (y de poco valor). Los datos del texto podrían emplearse para despreciar a Jesús (como ha sucedido). Pero Marcos los entiende como fuente de honor, conforme a un proceso de “inversión” muy significativo.

La patria evocada (patrida 6,1), es, sin duda, Nazaret (cf. Mc. 1,9). Pero ese nombre podría tener otras connotaciones, vinculadas con el nombre los “nazoreos” (quizá un grupo especial de judíos), de los que solo tenemos informaciones confusas por la tradición cristiana.

Sean quienes fueren, esos nazarenos (nazoreos o nazaretanos) rechazan el tipo de mesianismo de Jesús (que rompe con la tradición antigua y venerable de su gente) y le “expulsan” de su familia-comunidad, de manera que él ha de seguir realizando su misión como un apátrida (un expulsado), un hombre que no cuenta con el apoyo “natural” de su gente.

6,1-2a. En la sinagoga

1 Y salió de allí y llegó a su patria, y sus discípulos le seguían 2 y cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga

Culmina aquí la sección comenzada en Mc. 3,7: Jesús viene a proclamar el Reino, y sus paisanos, vinculados a un tipo de tradición judía, no le aceptan. El mismo Jesús parece causa del enfrentamiento: ha venido de manera pública, con un grupo de discípulos que le siguen (y que, según 3,31-35, son verdaderos sus hermanos/as y madre) para exponer en su patria (que según 1,9 es Nazaret) el sentido y condiciones de su nueva familia mesiánica, ante los representantes de su familia carnal antigua. Así podemos hablar de dos grupos.

(a) Jesús y sus discípulos (6,1) vienen de fuera, con otra identidad social y una nueva forma de comunicación y relaciones personales, apareciendo como un reto en Nazaret, pues su mensaje y estilo de vida pueden tomarse como subversivos, contrarios a la tradición de su pueblo.

(b) Los nazarenos, entre los que se cuenta la familia carnal de Jesús (6,2-3), representan la identidad patriarcal de la aldea israelita (y quizá del grupo de los nazoreos) a la que ha pertenecido Jesús.

Marcos sabe que Jesús proviene de Nazaret de Galilea (1,9) y en cuatro lugares fundamentales le llama el nazareno, es decir, el de Nazaret: en la “confesión” del endemoniado de la sinagoga (1,24), en la invocación del ciego de Jericó (10,47), en el juicio ante el consejo judío (14,67) y, finalmente, en las palabras del joven de pascua (16,6).

Parece claro que él no ha insistido en la importancia teológica de ese término (nazareno) y de esa procedencia (Nazaret), aunque el ciego de Jericó (10,47) podría haber vinculado el origen nazareno de Jesús con su posible ascendencia davídica (cf. comentario a 19,47-48; 11,10 y 12,35-37).

Estrictamente hablando, para Marcos (cf. 12,35-37), Jesús no se define como Hijo de David, en sentido mesiánico-político, sino que es Mesías por ser Hijo de Dios (cf. también 1, 1); según eso, parece que su venida a Nazaret ha de entenderse desde su oposición a un mesianismo nazoreo, de carácter político/sacral, que defenderían sus paisanos y sus familiares. En ese contexto podría entenderse mejor la dureza de este pasaje, que Marcos ha redactado para recordar que Jesús es de Nazaret (nazareno, por su nacimiento), pero no nazareo o nazireo (en línea político-sacral) .

6, 2b-3. Admiración y escándalo

… 2 y muchos, escuchándole, se admiraban y decían: ¿De dónde le vienen tales cosas¿ ¿y qué sabiduría es ésa que le ha sido dada? ¿y qué son esos milagros hechos por sus manos? 3 ¿No es éste el artesano, el hijo de María y hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús había empezado a enseñar en la sinagoga (6,2a), como lo había hecho en Cafarnaúm (1,21-28 y 3,1-6), suscitando admiración, pero causando también escándalo, por su mensaje y su práctica de reino. Significativamente, como dirá después el texto, en contra de lo que sucedió en la sinagoga de Cafarnaúm (donde curó al poseso y al manco), Jesús no hizo aquí ningún milagro “importante”, no sólo por la falta de fe de los nazarenos, como supone 6, 5-6, sino también porque no ha venido a “sanar” la sinagoga, sino a presentar en ella su mensaje, confrontándolo así con el de sus paisanos.

6, 2b. Cuestión de sabiduría y milagros

Pues bien, en este contexto, da la impresión de que el protagonismo de la escena no lo tiene Jesús, sino sus paisanos, que se admiran y escandalizan (6, 2-3), sin que parezcan haber cambio de un caso al otro, pues ambas actitudes se vinculan, de manera que el mismo asombro lleva en sí un tipo de rechazo.

Nos movemos, sin duda, en la línea del argumento de los escribas de 3, 21-30, que pueden “admirarse” de las cosas que hace Jesús, pero las atribuyan a Satanás, y por eso le condenan. En este contexto se plantea la pregunta por el origen de los milagros que Jesús realiza y por su sabiduría.

-- Importancia de las obras de Jesús. Ellas son las que primero preocupan a los nazarenos: ¿De dónde (pothen) le vienen tales cosas (tauta)? (6,2). Más que lo que hace interesa aquí el lugar del que proviene. La procedencia determina, según eso, el valor de las cosas que un hombre realiza. Los escribas de 3,22 creían conocer el origen más profundo de las obras de Jesús, al llamarle endemoniado (= hijo del diablo), rechazando desde ese fondo aquello que él hacía.

De un modo semejante, sus paisanos conocen a un nivel su procedencia y piensan que con ello deberían poder conocerle, controlarle. Pero Jesús ha roto sus esquemas. Por eso preguntan: ¿pothen, de dónde? Es evidente que muchos responderían con los escribas: ¡Actúa con el poder del Príncipe de los demonios… o dirán quizá está loco, como pensaban sus familiares en Cafarnaúm! (3, 21-22).

-- Un problema de conocimiento. En el contexto anterior importaban las obras (milagros). Aquí importa la “sabiduría”. Los nazarenos vinculan de esta forma las dos grandes “facultades” que Pablo había separado, al menos metodológicamente: los judíos buscan obras, los griegos sabiduría (cf. 1Cor. 1,22.

Estos nazarenos vinculan ambos planos: “¿Y qué sabiduría es esa (tis hê sophia) que le ha sido dada? ¿Y qué son esos milagros (dynameis) hechos por sus manos? Estamos cerca de lo que pensaban los que veían sus milagros en la sinagoga de Cafarnaúm (1,22.27), pero la pregunta tenía allí un sentido positivo, mientras que aquí parece negativo.

En un plano, los de Nazaret parecen admitir que la sabiduría activa de Jesús está vinculada con “dynameis” (obras poderosas). Pero no están seguros de su valor (si es sabiduría positiva o negativa) y necesitan controlarla, descubriendo su sentido y situándola a la luz de la Ley israelita, conforme a las escuelas rabínicas del tiempo. Aceptan el poder sanador del conocimiento de Jesús, pero ignoran su origen y sentido. Reconocen que hace cosas que parecen buenas, pero desconfían del valor profundo y de las ventajas que ofrecen. Pudiera ser un mago destructor. Por eso dudan.

Desde ese fondo surge la pregunta por su identidad: «¿No es este el artesano, el hijo de María...?» (6, 3). Todo lo que Jesús hace y dice se relaciona, según eso, con su trabajo y familia, como supone esta pregunta, que nos sitúa, probablemente, ante unos recuerdos históricos, que Marcos ha reformulado, para presentar la identidad de Jesús y su evangelio. En este pregunta, y en la respuesta siguiente de Jesús, culmina la segunda sección de esta primera parte de Marcos, en una línea cercana a la 3,20-35.

Allí se enfrentaban a Jesús los escribas de Jerusalén y sus familiares. Aquí siguen preguntando sus paisanos, escandalizados (unidos a los familiares), después de haber planteado el tema del origen de su sabiduría/milagros, elevando tres cuestiones:

6,3a. Cuestión de identidad: ¿No es este el tektôn, artesano?

Quieren definirle por su profesión (carpintero, albañil…). Algunos han pensado que este apelativo serviría para resaltar su ciencia, pues los carpinteros poseían fama de eruditos . Ciertamente (en contra de la opinión de Eclo 38,24-34), muchos rabinos judíos posteriores han sido artesanos el estudio de la Ley va acompañado para ellos de un trabajo productivo que les permita sostener la vida.

Pero la pregunta tiene aquí un matiz peyorativo: los nazarenos llaman a Jesús “el artesano” (ho tektôn, no “un artesano”) precisamente para descalificarle, destacando su carencia de estudios y poniendo en duda el valor de su sabiduría: carece de formación para enseñar, es sólo un obrero manual que debía haber permanecido en ese plano de conocimiento técnico y trabajos materiales. En su pretendida condición de sabio y/o terapeuta, él resulta peligroso: ha dejado su labor, ha roto con su origen y su forma de trabajo.

En este contexto podemos recordar que (probablemente) los antepasados de Jesús habían venido de Judea a Nazaret, como agricultores, tras la conquista de Alejandro Janeo (en torno al 100 a.C.), recibiendo en propiedad unas tierras, que les vinculaban a la promesa y bendición antigua, que se concretaba en los propietarios campesinos, casados, con familia y propiedad, que aparecían como signo visible de la protección de Dios.

Los campesinos que perdían su campo (y no podían sustentar una familia) quedaban desamparados no sólo en sentido económico, sino también simbólico/religioso, pues les faltaba la herencia de Dios (el campo/heredad). Pues bien, los familiares de Jesús (quizá José su padre), habían perdido la tierra, volviéndose así campesinos sin campo (obreros sin obra), herederos de Dios sin heredad, es decir, artesanos.

Desde aquí se entiende la importancia que tiene el hecho de que Jesús se defina como ho tektôn (el artesano), lo que implica que es un hombre sin tierra o propiedad en Israel (Mc 6, 3), apareciendo como un hombre que debe trabajar para otros. Ésa ha sido su escuela, ése es su oficio e identidad: debía vender su trabajo, de forma que, para vivir, no se hallaba vinculado a la providencia de Dios (lluvia) y a su propio esfuerzo (trabajo personal en la tierra de dios), sino que dependía de la oferta y demanda de trabajo otros, en un mundo lleno de carencia y dureza.

Como he dicho, sus paisanos no dicen que Jesús es simplemente «un» tekton, sino «ho» tekton: «el» artesano/carpintero, alguien que carece de la identidad que da la tierra. Antes de llamarse el Cristo (y para serlo), él ha debido aparecer como «el obrero», un hombre sin estabilidad económica propia, alguien que depende de aquellos que le llaman y encargan tareas ajenas. El mensaje de Jesús, que promete el Reino a los pobres (es decir la Tierra prometida), ha de entenderse desde su perspectiva de trabajador eventual, lo mismo que gran parte de la gente de su entorno.

Sin duda, Jesús ha tenido un conocimiento básico de la Escritura y, debiendo haber sido de origen nazoreo (vinculado a las tradiciones de David), se identifica con la historia religiosa del judaísmo. Pero, al mismo tiempo, se encuentra a merced de las necesidades y de las ofertas de trabajo (o del desinterés y el poder opresor) de unos propietarios. Es evidente que esa situación implica una disonancia muy fuerte: su forma de vida no responde a lo que Dios había prometido a su pueblo. Desde aquí se entiende su menaje de Reino, que podrá llamarse “mensaje nazoreo”, pero no en la línea del mesianismo nacionalista y político de David (y de sus paisanos y familiares).

6,3b. Cuestión de madre y hermanos: ¿No es éste el hijo de María…?

No se cita aquí el nombre del padre porque probablemente ha muerto (y por razones teológicas, vistas en 3,31-35). Como representante y “cabeza” de familia emerge así María, que ofrece a Jesús su propio nombre (metronímico), insertándole en un lugar del mundo, en una genealogía. Pero Jesús ha roto ese origen, ha negado esa línea de familia, y ha venido a presentarse en Nazaret como un "extraño", con una familia distinta (sus Doce). Pues bien, al extrañarse por la actitud de Jesús y al recordar que es el hijo de María, sus paisanos no dicen, en principio, nada en contra o a favor de María, ni en la línea positiva de Mt 1-2, Lc 1-2, Jn 2, 1-12; 19, 25-27 (resaltando su aportación mesiánica) ni en la negativa de cierto judaísmo (que acusará a Jesús de haber tenido una madre irregular).

En un primer momento, al decir que Jesús es “el hijo de María”, sus paisanos afirman algo anterior, mucho más sencillo: la sabiduría y obras de Jesús desbordan el nivel en que su madre le habría situado por nacimiento. De todas maneras, esa presentación de Jesús como “el hijo de Maria”, formulada también de un modo absoluto (ho huios tês Marias) suscita, al menos, una interrogación y, quizá, una sospecha.

No es “un hijo de María”, como pueden ser otros, que después se citan (Jacob, José…), sino “el hijo de María”, como queriendo decir con eso algo especial. Esta denominación metronímica (¿no es éste el hijo de María?) resulta sorprendente y por eso se ha pensado podría aludir a un nacimiento misterioso o irregular (pues en general el hijo suele llamarse por el nombre del padre). Ésta es una pregunta y cuestión que queda abierta.

Mc 6, 3 presenta a Jesús como el hijo de María y hermano (no “el” hermano) de Jacob y José, Judas y Simón, como suponiendo que todos ellos resultan conocidos para el lector, de manera que no se dice donde están, lo que puede hacernos suponer que el autor los vincula con Jerusalén (lo mismo que a la madre, de la que tampoco se dice donde está). Por el contrario, las hermanas, ya sin nombre, se vinculan a Nazaret: "¿no están sus hermanas aquí, entre nosotros?" (6,3). Sea como fuere, al menos desde un punto de vista redaccional de Marcos, el texto supone, al menos, que la madre de Jesús es una mujer importante y conocida, que cumple una función en el evangelio .

En ese contexto, debemos añadir que el Jesús de Marcos ha rechazado las “pretensiones” sus familiares, no sólo aquí sino también en Mc 3, 21. 31-35, siendo así testigo de las tensiones entre una comunidad judeo-cristiana (que parece encerrar a Jesús en el círculo de un judaísmo nacional) y una iglesia como la de Marcos, abierta a la misión universal, por encima de una ley particular judía

En esa línea se plantea el tema de los hermanos: «¿No es éste el hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» (6, 3). Marcos 3, 35 situaba el tema de los hermanos/as de Jesús en un ámbito más eclesial (de manera que ellos podían entenderse en un sentido simbólico). Aquí aparece, sin embargo, en un nivel más preciso, de tipo genealógico.

Es significativo que Marcos cite los dos grupos (hermanos, hermanas), aunque después sólo destaque por su nombre a sus hermanos (Jacob y José, Judas y Simón) , suponiendo quizá que ellos han sido importantes en la vida posterior de la iglesia. Parece claro que en principio no asumieron el camino de Jesús, pero después lo hicieron (se hicieron cristianos tras la pascua, como supone Pablo: cf. 1Cor. 9,5; 15,7; 1), pero de una forma, que, a juicio de Marcos, resultaba insuficiente, sin superar la tradición social del judaísmo, sin entrar en la casa universal de la iglesia (como vimos comentando 3, 31-35). Por eso el texto les sigue presentando vinculados a los nazarenos, como si no fueran cristianos.

La tradición cristiana ha preguntado sobre la identidad de estos hermanos de Jesús, de los que volveremos a ocuparnos (cf. Mc. 15,40.47; 16,1). Ellos parecen haber tenido cierta importancia en la Iglesia primitiva, como supone especialmente Pablo, que les presenta como miembros significativos de la comunidad de Jerusalén, partiendo quizá de una “revelación pascual de Jesús a Jacob” (1Cor. 9,5; 15,7). En esta línea se sitúan las tradiciones de Jacob, el hermano de Jesús, primer «obispo» de Jerusalén, a quien se atribuye una carta-circular (Sant) en la que se supone un buen conocimiento de la «ley» israelita. La exégesis moderna tiende a decir que esa carta es tardía y que no puede haber sido escrita por un pariente de Jesús.

Sea como fuere, el testimonio de la iglesia antigua (partiendo de Gal 1-2 y Hech 15) y un texto clave de F. Josefo (Ant 20, 197-203) parecen suponer que Jacob/Santiago no era un hombre inculto, sino un erudito mesiánico, experto en interpretaciones de la «Ley». Ciertamente, él pudo haberse iniciado en ella tras la muerte de Jesús, pero la forma en que le describe una tradición judeocristiana posterior (conservada por Eusebio de Cesarea, Historia Ecl. II, 23) nos inclina a pensar que era anteriormente hombre letrado. Según eso, podríamos decir que Jesús nació en una familia donde, al menos, uno de sus hermanos valoraba el estudio y cumplimiento de la Ley .

Condensando lo anterior, podemos decir que los nazarenos querían interpretar a Jesús desde su patria, dentro de los límites ya conocidos del trabajo (operario) y del hogar (madre, hermanos/as), aunque en un contexto problemático (le llaman “el hijo” de María). Su trabajo y su familia le habían dado un espacio en el mundo (en Nazaret, en Israel), pero Jesús lo ha roto, ha quebrado (ha ensuciado o superado) el nivel que le había situado su familia. De manera comprensible, situados ante el enigma de Jesús, sus paisanos se sienten escandalizados; no le entienden, rechazan lo que ignoran y a él le juzgan peligroso. La seguridad de su vida nacional, la solidez de su modelo de familia y profesión en Israel, les impiden aceptar a Jesús (que ha debido romper las tradiciones nazoreas/nazareas de su pueblo y familia.

A partir de aquí se entiende la ausencia del símbolo paterno. Jesús no se apoya en un padre (Marcos sólo cita a su madre y hermanos/as): no admite la autoridad de los escribas que instauran y definen un tipo de legalidad israelita, ni la autoridad de los "presbíteros" o ancianos del pueblo (cf. 7,5).Por eso, como he dicho, la pregunta (¿de dónde le vienen tales cosas?: 6,2) puede encerrar una ironía: los paisanos de Nazaret están pensando que Jesús sería hijo ilegítimo, no tendría padre verdadero (es un hijo de María ¿de soltera?).

El evangelista sabe en cambio, en ironía más alta, (desde 1,9-11), que el verdadero padre de Jesus es Dios, como supone el mismo "pasivo divino" del texto (¿de dónde viene la sabiduría que se le ha dado, es decir, “que Dios le ha dado”?). Es evidente que el lector de Marcos puede responder: ¡Dios mismo le ha dado sus poderes, Dios mismo es su Padre! Por eso, la ausencia de padre en el mundo está evocando una presencia paterna superior. Sea como fuere, es posible que en la comunidad de Marcos (y en su entorno) se esté planteando ya el tema de un posible origen “especial” de Jesús, a quien Mt. 1 y Lc. 1 presentan como concebido por el Espíritu Santo.

6,4-6a. Un profeta en su patria. La falta de fe

4 Y Jesús les dijo: Un profeta no es despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su casa. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. 6 Y se admiraba de su falta de fe.

Los nazarenos, no quieren cambiar su forma de vida social y el sentido de su mesianismo (nazoreo/nazireo) y por eso rechazan al pretendido profeta de su pueblo. En ese contexto, Jesús aparece como un hombre que debe abandonar su pueblo, porque no acepta el esquema socio/religioso que quieren imponerle. De esa forma rompe la comunidad cerrada de su patria y viene a presentarse, rodeado de discípulos, como iniciador de un grupo que incluye a los pobres y expulsados de la tierra.

a. El simbolismo de Abrahán (6,4). Leído en esa perspectiva, nuestro texto puede evocar el momento en que Abrahán dejó patria y familia, para iniciar así un camino de bendición universal, creando una nueva familia que sea portadora de bendición para todos los pueblos (Gen 12, 1-3). En esa línea, como creador de humanidad, aparece aquí Jesús, pero la gente de Nazaret no le acepte, queriendo encerrarle otra vez en la estructura vieja de su pueblo, y él responde recordando a los profetas que, en la estela de Abrahán, conforme a una larga tradición israelita (en línea Dtr) no han sido acogidos (han sido rechazados) en su patria, entre sus parientes y en casa (6, 4), en una descripción que va de más a menos.

- Patria (en patridi). En el principio está la patria, entendida en un sentido geográfico, pero sobre todo humano. Como profeta ha venido Jesús a su patria, es decir, a su tierra, al grupo de gentes que comparten su origen, y ellos le desprecian. En ese contexto podemos añadir que Forman y tienen una misma "patria" los que apelan a un padre común, manteniendo y cultivando su herencia o tradiciones, en una tierra que vincula a todos. En este caso, el texto alude a Nazaret, pero podemos ampliar el círculo, hablando de Galilea y (en sentido más general) de Jerusalén, como se verá en Mc. 14-15. Pues bien, Jesús ha superado ese nivel: ha roto la urdimbre de nexos fundantes que definen al pueblo israelita, tal como aparece en Nazaret (entre los nazareos/nazireos). Es comprensible que sus paisanos le desprecien, en gesto que anuncia su condena a muerte.

- Parentela (en syngeneusin). Por etimología, parentela (de parens, pario: dar a luz) y patria (de pater: padre) son términos cercanos. Pariente en griego es syngenês: alguien del mismo genos, con origen común. Son parentela aquellos que poseen una proveniencia "genética" en sentido extenso. Pues bien, este Jesús de Marcos supone que allí donde el genos define al ser humano, allí donde los vínculos de carne (cultura, nación, pueblo) se convierten en ley y determinan desde arriba la existencia de los individuos no se puede aceptar la profecía verdadera, no queda lugar para el mesianismo (que no implica el triunfo de la parentela, sino de la humanidad y de la justicia). Es lógico que Jesús rompa ese nivel de parentesco.

- En su casa (oikia) es la unidad familiar más pequeña de aquellos que conviven, unidos por vínculos de origen y consanguineidad (padres, hijos, hermanos, primos) o trabajo servil, como indica el mismo nombre castellano de familia (de famulus, siervo). Marcos nos había puesto ya en contacto con la nueva "casa de Jesús", formada por aquellos que cumplen con él la voluntad de Dios (cf. 3,20-35). Ahora le acusan aquellos que desprecian su antigua casa, integrada por los parientes primeros (cercanos) de Jesús; sólo despreciando un tipo de “casa” familiar Jesús puede abrir otra. Desde aquí se entiende el doble sentido de “casa” en Marcos. Por un lado, el evangelio rompe la estructura de la casa genealógica; pero, en otro sentido, Jesús aparece como fundador y centro de un nuevo tipo de casa, como hemos visto en 2,20-35.

Estos términos (patria, parentela, casa) aparecen en Gn. 12,1 LXX, con la diferencia de que Marcos dice patria donde Gen pone tierra (gê). En el fondo hallamos la misma experiencia. Abrahán deja su tierra/patria en Ur o Harrán (que la tradición judía y luego musulmana define como lugar de idolatría) para iniciar el camino de Dios y recibir la promesa en la tierra de Canaán. También Jesús debe superar su patria (hecha lugar de opresión) para caminar con sus discípulos buscando el reino.

b. Un Jesús no aceptado, que no puede hacer milagros. Jesús crea una iglesia de personas que acogen su palabra y creen en su reino, iniciando así un camino que le saca de Nazaret (tierra de nazareos/nazireos, cerrados en una identidad nacional, a su juicio, estrecha). Lógicamente, no ha podido hacer realizar sus gestos de poder, sus milagros (6,5), pues no es un mago que actúa desde fuera de los hombres. Sólo puede curar donde hay fe, sólo puede cambiar a los demás si es que le aceptan.

De todas formas, el texto no es tajante. Dice que Jesús no hizo ningún milagro grande (dynamis), pero curó algunos enfermos menores, como suponiendo que ellos (quizá los marginados que había en Nazaret) creyeron algo en él (6,5). En este juego de incredulidad básica de los representantes de su pueblo y de pequeña fe de algunos, que parecen superar los moldes de esa sociedad establecida, viene a moverse Jesús en Nazaret y en el conjunto de Israel, sufriendo por dentro la sorpresa de la apistia, es decir, de la falta de fe de sus conciudadanos .

Estamos así ante el Jesús expulsado (no recibido) en su patria, parentela y casa de Nazaret, ante el Jesús no creído, que se admira de la apistia, falta de fe, de las gentes de su pueblo. No puede actuar si no le creen: necesita la fe de aquellos que le acogen, que reciben su palabra, dejando que la fuerza de la libertad de Dios transforme su vida. A los humanos sólo se les puede cambiar en humanidad, con fe. Jesús no ha conectado en fe con los nazarenos, ha sido rechazado en su patria. Así, rechazado, fracasado, sin milagros, tiene que irse de su pueblo y sinagoga (6,5-6). Ya no volverá a Nazaret, no entrará más en la sinagoga de los judíos.

Éste es el éxodo nazareno y sinagogal de Jesús: Debe salir del entorno de su vida antigua (patria, parentela y casa de este mundo) para crear la nueva familia o comunión de los humanos, a partir de su palabra o siembra (cf. 4, 14). Tiene que dejar la sinagoga, sin haberla transformado. Acaba de curar a la hija del Archisinagogo (5, 21-43), ha dejado abierta la puerta de la salvación para el judaísmo. Pero a la sinagoga en sí no ha podido cambiarla: allá queda, en Nazaret, en medio de Galilea, como institución al servicio de los intereses familiares, nacionales, de los "buenos" israelitas. Este mismo Jesús expulsado (hombre sin patria, parientes, ni casa, israelita sin sinagoga), rechazado por los hombres de su pueblo, será raíz y fundamento de la nueva familia de los hombres liberados .

Jesús ha sacudido la conciencia nacional de un tipo de judaísmo cerrado en su identidad pequeño-familiar, ha quebrado los valores que sustentan su estructura, hiriendo la fibra más sensible de sus gentes, no por lo que dice en teoría, sino por lo que implica su nuevo programa de familia. Ha fracasado en su aldea: no ha sido capaz de convencer a su familia, pero ese mismo fracaso es principio de nuevo mesianismo. Esta escena marca un corte en la narrativa de Marcos y debe interpretarse como final de la sección dedicada a la casa mesiánica. (3,7-6, 6a). También la anterior (1,1-3,6) terminaba en un rechazo: unidos en un mismo intento de seguridad nacional, fariseos y herodianos habían decidido matar a Jesús por quebrantar el sábado (3,1-6).

Ahora le rechazan sus paisanos, asumiendo de esa forma el juicio anterior de los escribas (3,22-30; cf. 2,1-12 . Jesús sale de su patria (Nazaret) y de la sinagoga de su pueblo. Extenderá hacia muchos su mensaje (cf. 6,6b-8, 26); pero la sombra del rechazo final y de la muerte ha empezado a planear sobre su vida, anticipando así el juicio y condena de Jerusalén (Mc. 14-15). El viernes santo nazareno (6, 1-6a) es como anuncio de viernes santo jerosolimitano (Mc. 15).

 

 

¿No es el obrero, hijo de María? Jesús rechazado en su pueblo

Las biografías helenistas solían comenzar hablando de la familia y educación del protagonista. Marcos, en cambio, ha comenzado con una referencia a Juan Bautista, para contar después lo que ha pasado tras el bautismo de Jesús, de quien se dijo sólo que procedía de Nazaret de Galilea (Mc. 1,9), sin ulteriores precisiones.

Sólo ahora, después que ha presentado el mensaje de Jesús, Marcos habla de su patria y de su relación con sus paisanos.

En este contexto presenta a Jesús como el Hijo de María, con una denominación metronímica (hijo de madre) que ha dado mucho que pensar (y que rezar) en el conjunto de la Iglesia, como seguiremos indicando.

Marcos le define también como el artesano, un hombre que trabaja en los servicios de la construcción, campesino sin tierra, obrero asalariado, a merced del mercado de trabajo, en un mundo duro como el nuestro (año 2012), que por razones de Imperio y de egoísmo financiero está expulsando y destruyendo a los más pobres.

Esta referencia al origen de Jesús (a sus vinculaciones familiares y laborales) constituye es una página esencial de los orígenes cristianos. Los evangelios posteriores (Mt., Lc. y Jn.) han debido reinterpretar este origen de Jesús, para situarlo en un contexto sagrado, que resulta, a su juicio, más acorde con la novedad del cristianismo. Pero ellos, y el cristianismo posterior, corren el riesgo de velar cinco datos esenciales del evangelio mesiánico:

- Jesús fue un Mesías obrero, un campesino sin tierra. Buscó intensamente a Dios, pero lo hizo en un camino de liberación, desde los expulsados y oprimidos de la tierra.

- Jesús no estudió en las escuelas oficiales de tiempo, inclinadas a enmascarar la verdad (como muchas escuelas actuales), sino en la Universidad de la Vida y del Trabajo, con los más pobres, sin riesgo de ideología.

- Jesús tuvo que romper con un tipo de "buena familia" (en la línea de lo que hoy llamaríamos una "buena Iglesia"); sólo así pudo crear una comunidad abierta para todos, desde los pobres y expulsados del sistema.

- Jesús no pudo mostrar su poder salvador a través de su "iglesia familiar", es decir, a través de la Buena Gente de Nazaret... pues aquella gente (¿como cierta Iglesia actual?) sólo creía en su sistema (sólo creía en sí misma).

-- Es como si Dios no pudiera mostrarse divino dentro de la "camisa de fuerza" en la que queremos encerrarle con nuestro miedoso y cobarde cristianismo. No le dejamos ser Dios entre nosotros, no permitimos que nos cure. ¿Tendrá que salir Jesús de nuestros pueblos e iglesias para mostrarse sanador, divino?

(El texto es largo, pero prefiero dejarlo unido. Permanecerá colgado dos días en el blog, para aquellos que quieran hacer una lectura más detenida de su contenido.

El tema está tomado y adaptado de mi comentario de Marcos, como se verá por la imagen... y por la referencia: En tiempos de crisis volver a Jesús.

Buen fin de semana a todos, y en especial a los que nos sentimos se sienten vinculados a la familia y trabajo de Jesús)).

TEXTO

Sabíamos algo de su familia por una escena anterior (3,20-35), pero sólo ahora recibimos una información más detallada, desde una perspectiva polémica:

(a En la sinagoga) 1 Y salió de allí y llegó a su patria, y sus discípulos le seguían 2 y cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga

(b. Admiración y escándalo) y muchos, escuchándole, se admiraban y decían: ¿De dónde le vienen tales cosas¿ ¿y qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿y que son esos milagros hechos por sus manos? 3 ¿No es éste el artesano, el hijo de María y hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

(c. Falta de fe) 4 Y Jesús les dijo: Un profeta no es despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su casa. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. 6 Y se admiraba de su falta de fe (1).

Todo el cristianismo posterior depende de algún modo de este “curriculum” de Jesús, que aparece como artesano (obrero eventual), no como maestro, y también como descendiente, al parecer “irregular”, de una mujer llamada María, dentro de una familia conocida (y de poco valor). Los datos del texto podrían emplearse para despreciar a Jesús (como ha sucedido). Pero Marcos los entiende como fuente de honor, conforme a un proceso de “inversión” muy significativo (2).

La patria evocada (patrida, 6,1), es, sin duda, Nazaret (cf. 1,9). Pero ese nombre podría tener otras connotaciones, vinculadas con los “nazareos” (quizá un grupo especial de judíos), de los que solo tenemos informaciones confusas por la tradición cristiana. Sean quienes fueres, esos nazarenos (nazareos o nazaretanos) rechazan el tipo de mesianismo de Jesús (que rompe con la tradición antigua y venerable de su gente) y le “expulsan” de su familia-comunidad, de manera que él ha de seguir realizando su misión como un apátrida (un expulsado), un hombre que no cuenta con el apoyo “natural” de su gente (3).

6,1-2a. En la sinagoga

1 Y salió de allí y llegó a su patria, y sus discípulos le seguían 2 y cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga

Culmina aquí la sección comenzada en 3,7: Jesús viene a proclamar el Reino, y sus paisanos, vinculados a un tipo de tradición judía, no le aceptan (4). El mismo Jesús parece causa del enfrentamiento: ha venido de manera pública, con un grupo de discípulos que le siguen (y que, según 3,31-35, son verdaderos sus hermanos/as y madre) para exponer en su patria (que según 1,9 es Nazaret) el sentido y condiciones de su nueva familia mesiánica, ante los representantes de su familia carnal antigua. Así podemos hablar de dos grupos. (a) Jesús y sus discípulos (6,1) vienen de fuera, con otra identidad social y una nueva forma de comunicación y relaciones personales, apareciendo como un reto en Nazaret, pues su mensaje y estilo de vida pueden tomarse como subversivos, contrarios a la tradición de su pueblo. (b) Los nazarenos, entre los que se cuenta la familia carnal de Jesús (6,2-3), representan la identidad patriarcal de la aldea israelita (y quizá del grupo de los nazoreos) a la que ha pertenecido Jesús.

Marcos sabe que Jesús proviene de Nazaret de Galilea (1,9) y en cuatro lugares fundamentales le llama el nazareno, es decir, el de Nazaret: en la “confesión” del endemoniado de la sinagoga (1,24), en la invocación del ciego de Jericó (10,47), en el juicio ante el consejo judío (14,67) y, finalmente, en las palabras del joven de pascua (16,6). Parece claro que él no ha insistido en la importancia teológica de ese término (nazareno) y de esa procedencia (Nazaret), aunque el ciego de Jericó (10,47) podría haber vinculado el origen nazareno de Jesús con su posible ascendencia davídica (cf. comentario a 19,47-48; 11, 10 y 12,35-37).

Estrictamente hablando, para Marcos (cf. 12,35-37), Jesús no se define como Hijo de David, en sentido mesiánico-político, sino que es Mesías por ser Hijo de Dios (cf. también 1,1); según eso, parece que su venida a Nazaret ha de entenderse desde su oposición a un mesianismo nazoreo, de carácter político/sacral, que defenderían sus paisanos y sus familiares. En ese contexto podría entenderse mejor la dureza de este pasaje, que Marcos ha redactado para recordar que Jesús es de Nazaret (nazareno, por su nacimiento), pero no nazareo o nazireo (en línea político-sacral) (5).

6,2b-3. Admiración y escándalo

… 2 y muchos, escuchándole, se admiraban y decían: ¿De dónde le vienen tales cosas¿ ¿y qué sabiduría es ésa que le ha sido dada? ¿y qué son esos milagros hechos por sus manos? 3 ¿No es éste el artesano, el hijo de María y hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús había empezado a enseñar en la sinagoga (6,2a), como lo había hecho en Cafarnaúm (1,21-28 y 3,1-6), suscitando admiración, pero causando también escándalo, por su mensaje y su práctica de reino. Significativamente, como dirá después el texto, en contra de lo que sucedió en la sinagoga de Cafarnaúm (donde curó al poseso y al manco), Jesús no hizo aquí ningún milagro “importante”, no sólo por la falta de fe de los nazarenos, como supone 6,5-6, sino también porque no ha venido a “sanar” la sinagoga, sino a presentar en ella su mensaje, confrontándolo así con el de sus paisanos.

6, 2b. Cuestión de sabiduría y milagros

Pues bien, en este contexto, da la impresión de que el protagonismo de la escena no lo tiene Jesús, sino sus paisanos, que se admiran y escandalizan (6,2-3), sin que parezcan haber cambio de un caso al otro, pues ambas actitudes se vinculan, de manera que el mismo asombro lleva en sí un tipo de rechazo. Nos movemos, sin duda, en la línea del argumento de los escribas de 3,21-30, que pueden “admirarse” de las cosas que hace Jesús, pero las atribuyan a Satanás, y por eso le condenan. En este contexto se plantea la pregunta por el origen de los milagros que Jesús realiza y por su sabiduría.

-- Importancia de las obras de Jesús. Ellas son las que primero preocupan a los nazarenos: ¿De dónde (pothen) le vienen tales cosas (tauta)? (6,2). Más que lo que hace interesa aquí el lugar del que proviene. La procedencia determina, según eso, el valor de las cosas que un hombre realiza. Los escribas de 3,22 creían conocer el origen más profundo de las obras de Jesús, al llamarle endemoniado (= hijo del diablo), rechazando desde ese fondo aquello que él hacía.

De un modo semejante, sus paisanos conocen a un nivel su procedencia y piensan que con ello deberían poder conocerle, controlarle. Pero Jesús ha roto sus esquemas. Por eso preguntan: ¿pothen, de dónde? Es evidente que muchos responderían con los escribas: ¡Actúa con el poder del Príncipe de los demonios… o dirán quizá está loco, como pensaban sus familiares en Cafarnaúm! (3,21-22).

-- Un problema de conocimiento. En el contexto anterior importaban las obras (milagros). Aquí importa la “sabiduría”. Los nazarenos vinculan de esta forma las dos grandes “facultades” que Pablo había separado, al menos metodológicamente: los judíos buscan obras, los griegos sabiduría (cf. 1Cor. 1,22. Estos nazarenos vinculan ambos planos: “¿Y qué sabiduría es esa (tis hê sophia) que le ha sido dada? ¿Y qué son esos milagros (dynameis) hechos por sus manos? Estamos cerca de lo que pensaban los que veían sus milagros en la sinagoga de Cafarnaúm (1,22.27), pero la pregunta tenía allí un sentido positivo, mientras que aquí parece negativo.

En un plano, los de Nazaret parecen admitir que la sabiduría activa de Jesús está vinculada con “dynameis” (obras poderosas). Pero no están seguros de su valor (si es sabiduría positiva o negativa) y necesitan controlarla, descubriendo su sentido y situándola a la luz de la Ley israelita, conforme a las escuelas rabínicas del tiempo. Aceptan el poder sanador del conocimiento de Jesús, pero ignoran su origen y sentido. Reconocen que hace cosas que parecen buenas, pero desconfían del valor profundo y de las ventajas que ofrecen. Pudiera ser un mago destructor. Por eso dudan.

Desde ese fondo surge la pregunta por su identidad: «¿No es este el artesano, el hijo de María...?» (6,3). Todo lo que Jesús hace y dice se relaciona, según eso, con su trabajo y familia, como supone esta pregunta, que nos sitúa, probablemente, ante unos recuerdos históricos, que Marcos ha reformulado, para presentar la identidad de Jesús y su evangelio. En este pregunta, y en la respuesta siguiente de Jesús, culmina la segunda sección de esta primera parte de Marcos, en una línea cercana a la 3,20-35. Allí se enfrentaban a Jesús los escribas de Jerusalén y sus familiares. Aquí siguen preguntando sus paisanos, escandalizados (unidos a los familiares), después de haber planteado el tema del origen de su sabiduría/milagros, elevando tres cuestiones (6):

6,3a. Cuestión de identidad: ¿No es este el tektôn, obrero, artesano?

Quieren definirle por su profesión (carpintero, albañil…). Algunos han pensado que este apelativo serviría para resaltar su ciencia, pues los carpinteros poseían fama de eruditos (7). Ciertamente (en contra de la opinión de Eclo 38, 24-34), muchos rabinos judíos posteriores han sido artesanos el estudio de la Ley va acompañado para ellos de un trabajo productivo que les permita sostener la vida. Pero la pregunta tiene aquí un matiz peyorativo: los nazarenos llaman a Jesús “el artesano” (ho tektôn, no “un artesano”) precisamente para descalificarle, destacando su carencia de estudios y poniendo en duda el valor de su sabiduría: carece de formación para enseñar, es sólo un obrero manual que debía haber permanecido en ese plano de conocimiento técnico y trabajos materiales. En su pretendida condición de sabio y/o terapeuta, él resulta peligroso: ha dejado su labor, ha roto con su origen y su forma de trabajo.

En este contexto podemos recordar que (probablemente) los antepasados de Jesús habían venido de Judea a Nazaret, como agricultores, tras la conquista de Alejandro Janeo (en torno al 100 a.C.), recibiendo en propiedad unas tierras, que les vinculaban a la promesa y bendición antigua, que se concretaba en los propietarios campesinos, casados, con familia y propiedad, que aparecían como signo visible de la protección de Dios. Los campesinos que perdían su campo (y no podían sustentar una familia) quedaban desamparados no sólo en sentido económico, sino también simbólico/religioso, pues les faltaba la herencia de Dios (el campo/heredad). Pues bien, los familiares de Jesús (quizá José su padre), habían perdido la tierra, volviéndose así campesinos sin campo (obreros sin obra), herederos de Dios sin heredad, es decir, obreros a cuenta ajena, artesanos.

Desde aquí se entiende la importancia que tiene el hecho de que Jesús se defina como ho tektôn (el artesano), lo que implica que es un hombre sin tierra o propiedad en Israel (Mc. 6,3), apareciendo como un hombre que debe trabajar para otros. Ésa ha sido su escuela, ése es su oficio e identidad: debía vender su trabajo, de forma que, para vivir, no se hallaba vinculado a la providencia de Dios (lluvia) y a su propio esfuerzo (trabajo personal en la tierra de dios), sino que dependía de la oferta y demanda de trabajo otros, en un mundo lleno de carencia y dureza.

Como he dicho, sus paisanos no dicen que Jesús es simplemente «un» tekton, sino «ho» tekton: «el» artesano/carpintero, alguien que carece de la identidad que da la tierra. Antes de llamarse el Cristo (y para serlo), él ha debido aparecer como «el obrero», un hombre sin estabilidad económica propia, alguien que depende de aquellos que le llaman y encargan tareas ajenas. El mensaje de Jesús, que promete el Reino a los pobres (es decir la Tierra prometida), ha de entenderse desde su perspectiva de trabajador eventual, lo mismo que gran parte de la gente de su entorno.

Sin duda, Jesús ha tenido un conocimiento básico de la Escritura y, debiendo haber sido de origen nazoreo (vinculado a las tradiciones de David), se identifica con la historia religiosa del judaísmo. Pero, al mismo tiempo, se encuentra a merced de las necesidades y de las ofertas de trabajo (o del desinterés y el poder opresor) de unos propietarios. Es evidente que esa situación implica una disonancia muy fuerte: su forma de vida no responde a lo que Dios había prometido a su pueblo. Desde aquí se entiende su menaje de Reino, que podrá llamarse “mensaje nazoreo”, pero no en la línea del mesianismo nacionalista y político de David (y de sus paisanos y familiares) (8).

6,3b. Cuestión de madre y hermanos: ¿No es éste el hijo de María…?

No se cita aquí el nombre del padre porque probablemente ha muerto (y por razones teológicas, vistas en 3,31-35). Como representante y “cabeza” de familia emerge así María, que ofrece a Jesús su propio nombre (metronímico), insertándole en un lugar del mundo, en una genealogía. Pero Jesús ha roto ese origen, ha negado esa línea de familia, y ha venido a presentarse en Nazaret como un "extraño", con una familia distinta (sus Doce). Pues bien, al extrañarse por la actitud de Jesús y al recordar que es el hijo de María, sus paisanos no dicen, en principio, nada en contra o a favor de María, ni en la línea positiva de Mt 1-2, Lc 1-2, Jn 2, 1-12; 19, 25-27 (resaltando su aportación mesiánica) ni en la negativa de cierto judaísmo (que acusará a Jesús de haber tenido una madre irregular).

En un primer momento, al decir que Jesús es “el hijo de María”, sus paisanos afirman algo anterior, mucho más sencillo: la sabiduría y obras de Jesús desbordan el nivel en que su madre le habría situado por nacimiento. De todas maneras, esa presentación de Jesús como “el hijo de Maria”, formulada también de un modo absoluto (ho huios tês Marias) suscita, al menos, una interrogación y, quizá, una sospecha. No es “un hijo de María”, como pueden ser otros, que después se citan (Jacob, José…), sino “el hijo de María”, como queriendo decir con eso algo especial. Esta denominación metronímica (¿no es éste el hijo de María?) resulta sorprendente y por eso se ha pensado podría aludir a un nacimiento misterioso o irregular (pues en general el hijo suele llamarse por el nombre del padre). Ésta es una pregunta y cuestión que queda abierta.

Mc 6,3 presenta a Jesús como el hijo de María y hermano (no “el” hermano) de Jacob y José, Judas y Simón, como suponiendo que todos ellos resultan conocidos para el lector, de manera que no se dice donde están, lo que puede hacernos suponer que el autor los vincula con Jerusalén (lo mismo que a la madre, de la que tampoco se dice donde está). Por el contrario, las hermanas, ya sin nombre, se vinculan a Nazaret: "¿no están sus hermanas aquí, entre nosotros?" (6,3). Sea como fuere, al menos desde un punto de vista redaccional de Marcos, el texto supone, al menos, que la madre de Jesús es una mujer importante y conocida, que cumple una función en el evangelio (9).

En ese contexto, debemos añadir que el Jesús de Marcos ha rechazado las “pretensiones” sus familiares, no sólo aquí sino también en (Mc. 3,21,31-35), siendo así testigo de las tensiones entre una comunidad judeo-cristiana (que parece encerrar a Jesús en el círculo de un judaísmo nacional) y una iglesia como la de Marcos, abierta a la misión universal, por encima de una ley particular judía

En esa línea se plantea el tema de los hermanos: «¿No es éste el hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» (6, 3). Marcos 3,35 situaba el tema de los hermanos/as de Jesús en un ámbito más eclesial (de manera que ellos podían entenderse en un sentido simbólico). Aquí aparece, sin embargo, en un nivel más preciso, de tipo genealógico.

Es significativo que Marcos cite los dos grupos (hermanos, hermanas), aunque después sólo destaque por su nombre a sus hermanos (Jacob y José, Judas y Simón) (10), suponiendo quizá que ellos han sido importantes en la vida posterior de la iglesia. Parece claro que en principio no asumieron el camino de Jesús, pero después lo hicieron (se hicieron cristianos tras la pascua, como supone Pablo: cf. 1Cor. 9,5; 15,7; 1), pero de una forma, que, a juicio de Marcos, resultaba insuficiente, sin superar la tradición social del judaísmo, sin entrar en la casa universal de la iglesia (como vimos comentando 3,31-35). Por eso el texto les sigue presentando vinculados a los nazarenos, como si no fueran cristianos.

La tradición cristiana ha preguntado sobre la identidad de estos hermanos de Jesús, de los que volveremos a ocuparnos (cf. comentario a 15,40.47; 16,1). Ellos parecen haber tenido cierta importancia en la Iglesia primitiva, como supone especialmente Pablo, que les presenta como miembros significativos de la comunidad de Jerusalén, partiendo quizá de una “revelación pascual de Jesús a Jacob” (1Cor. 9,5; 15,7). En esta línea se sitúan las tradiciones de Jacob/Santiago, el hermano de Jesús, primer «obispo» de Jerusalén, a quien se atribuye una carta-circular (Sant) en la que se supone un buen conocimiento de la «ley» israelita. La exégesis moderna tiende a decir que esa carta es tardía y que no puede haber sido escrita por un pariente de Jesús.

Sea como fuere, el testimonio de la iglesia antigua (partiendo de Gal 1-2 y Hech 15) y un texto clave de F. Josefo (Ant 20,197-203) parecen suponer que Jacob no era un hombre inculto, sino un erudito mesiánico, experto en interpretaciones de la «Ley». Ciertamente, él pudo haberse iniciado en ella tras la muerte de Jesús, pero la forma en que le describe una tradición judeocristiana posterior (conservada por Eusebio de Cesarea, Historia Ecl. II, 23) nos inclina a pensar que era anteriormente hombre letrado. Según eso, podríamos decir que Jesús nació en una familia donde, al menos, uno de sus hermanos valoraba el estudio y cumplimiento de la Ley (11).

Condensando lo anterior, podemos decir que los nazarenos querían interpretar a Jesús desde su patria, dentro de los límites ya conocidos del trabajo (operario) y del hogar (madre, hermanos/as), aunque en un contexto problemático (le llaman “el hijo” de María). Su trabajo y su familia le habían dado un espacio en el mundo (en Nazaret, en Israel), pero Jesús lo ha roto, ha quebrado (ha ensuciado o superado) el nivel que le había situado su familia. De manera comprensible, situados ante el enigma de Jesús, sus paisanos se sienten escandalizados; no le entienden, rechazan lo que ignoran y a él le juzgan peligroso. La seguridad de su vida nacional, la solidez de su modelo de familia y profesión en Israel, les impiden aceptar a Jesús (que ha debido romper las tradiciones nazoreas/nazareas de su pueblo y familia.

A partir de aquí se entiende la ausencia del símbolo paterno. Jesús no se apoya en un padre (Marcos sólo cita a su madre y hermanos/as): no admite la autoridad de los escribas que instauran y definen un tipo de legalidad israelita, ni la autoridad de los "presbíteros" o ancianos del pueblo (cf. 7,5). Por eso, como he dicho, la pregunta (¿de dónde le vienen tales cosas?: 6,2) puede encerrar una ironía: los paisanos de Nazaret están pensando que Jesús sería hijo ilegítimo, no tendría padre verdadero (es un hijo de María ¿de soltera?).

El evangelista sabe en cambio, en ironía más alta, (desde 1,9-11), que el verdadero padre de Jesús es Dios, como supone el mismo "pasivo divino" del texto (¿de dónde viene la sabiduría que se le ha dado, es decir, “que Dios le ha dado”?). Es evidente que el lector de Marcos puede responder: ¡Dios mismo le ha dado sus poderes, Dios mismo es su Padre! Por eso, la ausencia de padre en el mundo está evocando una presencia paterna superior. Sea como fuere, es posible que en la comunidad de Marcos (y en su entorno) se esté planteando ya el tema de un posible origen “especial” de Jesús, a quien Mt. 1 y Lc. 1 presentan como concebido por el Espíritu Santo (12).

6, 4-6a. Un profeta en su patria. La falta de fe

4 Y Jesús les dijo: Un profeta no es despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su casa. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. 6 Y se admiraba de su falta de fe.

Los nazarenos, no quieren cambiar su forma de vida social y el sentido de su mesianismo (nazoreo/nazireo) y por eso rechazan al pretendido profeta de su pueblo. En ese contexto, Jesús aparece como un hombre que debe abandonar su pueblo, porque no acepta el esquema socio/religioso que quieren imponerle. De esa forma rompe la comunidad cerrada de su patria y viene a presentarse, rodeado de discípulos, como iniciador de un grupo que incluye a los pobres y expulsados de la tierra.

a. El simbolismo de Abrahán (6,4). Leído en esa perspectiva, nuestro texto puede evocar el momento en que Abrahán dejó patria y familia, para iniciar así un camino de bendición universal, creando una nueva familia que sea portadora de bendición para todos los pueblos (Gen 12, 1-3). En esa línea, como creador de humanidad, aparece aquí Jesús, pero la gente de Nazaret no le acepte, queriendo encerrarle otra vez en la estructura vieja de su pueblo, y él responde recordando a los profetas que, en la estela de Abrahán, conforme a una larga tradición israelita (en línea Dtr) no han sido acogidos (han sido rechazados) en su patria, entre sus parientes y en casa (6,4), en una descripción que va de más a menos (13).

-- Patria (en patridi). En el principio está la patria, entendida en un sentido geográfico, pero sobre todo humano. Como profeta ha venido Jesús a su patria, es decir, a su tierra, al grupo de gentes que comparten su origen, y ellos le desprecian. En ese contexto podemos añadir que Forman y tienen una misma "patria" los que apelan a un padre común, manteniendo y cultivando su herencia o tradiciones, en una tierra que vincula a todos. En este caso, el texto alude a Nazaret, pero podemos ampliar el círculo, hablando de Galilea y (en sentido más general) de Jerusalén, como se verá en Mc. 14-15. Pues bien, Jesús ha superado ese nivel: ha roto la urdimbre de nexos fundantes que definen al pueblo israelita, tal como aparece en Nazaret (entre los nazareos/nazireos). Es comprensible que sus paisanos le desprecien, en gesto que anuncia su condena a muerte.

-- Parentela (en syngeneusin). Por etimología, parentela (de parens, pario: dar a luz) y patria (de pater: padre) son términos cercanos. Pariente en griego es syngenês: alguien del mismo genos, con origen común. Son parentela aquellos que poseen una proveniencia "genética" en sentido extenso. Pues bien, este Jesús de Marcos supone que allí donde el genos define al ser humano, allí donde los vínculos de carne (cultura, nación, pueblo) se convierten en ley y determinan desde arriba la existencia de los individuos no se puede aceptar la profecía verdadera, no queda lugar para el mesianismo (que no implica el triunfo de la parentela, sino de la humanidad y de la justicia). Es lógico que Jesús rompa ese nivel de parentesco.

-- En su casa (oikia) es la unidad familiar más pequeña de aquellos que conviven, unidos por vínculos de origen y consanguineidad (padres, hijos, hermanos, primos) o trabajo servil, como indica el mismo nombre castellano de familia (de famulus, siervo). Marcos nos había puesto ya en contacto con la nueva "casa de Jesús", formada por aquellos que cumplen con él la voluntad de Dios (cf. 3,20-35). Ahora le acusan aquellos que desprecian su antigua casa, integrada por los parientes primeros (cercanos) de Jesús; sólo despreciando un tipo de “casa” familiar Jesús puede abrir otra. Desde aquí se entiende el doble sentido de “casa” en Marcos. Por un lado, el evangelio rompe la estructura de la casa genealógica; pero, en otro sentido, Jesús aparece como fundador y centro de un nuevo tipo de casa, como hemos visto en 2,20-35.

Estos términos (patria, parentela, casa) aparecen en Gen. 12,1 LXX, con la diferencia de que Marcos dice patria donde Gen pone tierra (gê). En el fondo hallamos la misma experiencia. Abrahán deja su tierra/patria en Ur o Harrán (que la tradición judía y luego musulmana define como lugar de idolatría) para iniciar el camino de Dios y recibir la promesa en la tierra de Canaán. También Jesús debe superar su patria (hecha lugar de opresión) para caminar con sus discípulos buscando el reino.

b. Un Jesús no aceptado, que no puede hacer milagros. Jesús crea una iglesia de personas que acogen su palabra y creen en su reino, iniciando así un camino que le saca de Nazaret (tierra de nazareos/nazireos, cerrados en una identidad nacional, a su juicio, estrecha). Lógicamente, no ha podido hacer realizar sus gestos de poder, sus milagros (6,5), pues no es un mago que actúa desde fuera de los hombres. Sólo puede curar donde hay fe, sólo puede cambiar a los demás si es que le aceptan.

De todas formas, el texto no es tajante. Dice que Jesús no hizo ningún milagro grande (dynamis), pero curó algunos enfermos menores, como suponiendo que ellos (quizá los marginados que había en Nazaret) creyeron algo en él (6,5). En este juego de incredulidad básica de los representantes de su pueblo y de pequeña fe de algunos, que parecen superar los moldes de esa sociedad establecida, viene a moverse Jesús en Nazaret y en el conjunto de Israel, sufriendo por dentro la sorpresa de la apistia, es decir, de la falta de fe de sus conciudadanos (14).

Estamos así ante el Jesús expulsado (no recibido) en su patria, parentela y casa de Nazaret, ante el Jesús no creído, que se admira de la apistia, falta de fe, de las gentes de su pueblo. No puede actuar si no le creen: necesita la fe de aquellos que le acogen, que reciben su palabra, dejando que la fuerza de la libertad de Dios transforme su vida. A los humanos sólo se les puede cambiar en humanidad, con fe. Jesús no ha conectado en fe con los nazarenos, ha sido rechazado en su patria. Así, rechazado, fracasado, sin milagros, tiene que irse de su pueblo y sinagoga (6,5-6). Ya no volverá a Nazaret, no entrará más en la sinagoga de los judíos.

Éste es el éxodo nazareno y sinagogal de Jesús: Debe salir del entorno de su vida antigua (patria, parentela y casa de este mundo) para crear la nueva familia o comunión de los humanos, a partir de su palabra o siembra (cf. 4,14). Tiene que dejar la sinagoga, sin haberla transformado. Acaba de curar a la hija del Archisinagogo (5,21-43), ha dejado abierta la puerta de la salvación para el judaísmo. Pero a la sinagoga en sí no ha podido cambiarla: allá queda, en Nazaret, en medio de Galilea, como institución al servicio de los intereses familiares, nacionales, de los "buenos" israelitas. Este mismo Jesús expulsado (hombre sin patria, parientes, ni casa, israelita sin sinagoga), rechazado por los hombres de su pueblo, será raíz y fundamento de la nueva familia de los hombres liberados (15).

Jesús ha sacudido la conciencia nacional de un tipo de judaísmo cerrado en su identidad pequeño-familiar, ha quebrado los valores que sustentan su estructura, hiriendo la fibra más sensible de sus gentes, no por lo que dice en teoría, sino por lo que implica su nuevo programa de familia. Ha fracasado en su aldea: no ha sido capaz de convencer a su familia, pero ese mismo fracaso es principio de nuevo mesianismo. Esta escena marca un corte en la narrativa de Marcos y debe interpretarse como final de la sección dedicada a la casa mesiánica. (3,7-6, 6a). También la anterior (1, 1-3, 6) terminaba en un rechazo: unidos en un mismo intento de seguridad nacional, fariseos y herodianos habían decidido matar a Jesús por quebrantar el sábado (3,1-6). Ahora le rechazan sus paisanos, asumiendo de esa forma el juicio anterior de los escribas (3,22-30; cf. 2,1-12.

Jesús sale de su patria (Nazaret) y de la sinagoga de su pueblo. Extenderá hacia muchos su mensaje (cf. 6, 6b-8, 26); pero la sombra del rechazo final y de la muerte ha empezado a planear sobre su vida, anticipando así el juicio y condena de Jerusalén (Mc 14-15). El viernes santo nazareno (6,1-6a) es como anuncio de viernes santo jerosolimitano (Mc 15).

NOTAS

1. Relato biográfico, paradigma eclesial. Ofrece elementos de carácter genealógico y disputa de familia, en contexto de controversia social. Los nazarenos le rechazan, negando sus pretensiones mesiánicas. Así se vuelve apátrida, hombre sin apoyo de su gente. Ha tenido que romper sus raíces familiares y sociales, pero crea su grupo de discípulos, formando con ellos una comunidad mesiánica.

2. Sobre el proceso de “inversión” evangélica, cf. C. Gil Arbiol, Los Valores Negados. Ensayo de exégesis socio-científica sobre la autoestigmatización en el movimiento de Jesús, Verbo Divino, Estella 2003. Jesús ha debido romper sus raíces familiares y sociales, y eso le hace vivir en una situación frágil (como veremos en las escenas de su juicio y de su muerte: Mc. 14-15), por lo que él tiene que buscar otros apoyos, en el grupo de aquellos que le escuchan y siguen. De todas formas, de una manera muy significativa, la palabra final del joven de la pascua seguirá definiendo a Jesús como el “nazareno” y pidiendo a sus discípulos que vuelvan a Galilea para allí verle (16,6-7)

3. Este pasaje nos sitúa ante la persecución de los profetas en la tradición israelita, cf. O. H. Steck, Israel und das gewaltsame Geschick der Propheten (WMANT 23), Neukirchen 1967. Sobre el rechazo de Jesús en Nazaret y la exigencia de la fe para los milagros: Barton, Discipleship 67-9; Marshall, Faith 188-195. Cf. también C. Perrot, Jésus à Nazareth. Marcos 6,1-6: AS 45 (1974) 40-49; P. J. Temple, The Rejection at Nazareth: CBQ 17 (1955) 229-242. He tratado sobre el sentido de la denominación metronímica de Jesús (Hijo de María) y sobre la identidad de sus hermanos en Los Orígenes de Jesús, Sígueme, Salamanca 1977. Investigación de fondo en J. Schaberg, The Illegitimacy of Jesus: A Feminist Theological Interpretation of New Testament Infancy Narratives, Harper, New York 1987. Cf. también R. E. Brown, The Virginal Conception and Bodily Resurrection of Jesus, Paulist, New York 1973; El nacimiento del Mesías, Cristiandad, Madrid 1982.

4. Desde ese fondo se retoma o se repite, en otra perspectiva, el motivo de 3,21.31-35, con participación de madre, hermanos y hermanas. Pero aquí tenemos una fuerte novedad, motivada por el cambio de escenario: no estamos en la casa eclesial donde rodean a Jesús los miembros de su nueva familia mesiánica, mientras le critican o buscan los de fuera, sino en la sinagoga de su patria donde Jesús quiere conectar con sus paisanos.

5. Tanto Mateo (2,23; 26,71) como Juan (19,19), y sobre todo Lucas (cf. Lc. 18,37; Hech. 2,22; 6,14; 3,6; 4,10; 22,8…), llaman a Jesús nazoreo (no nazareno), presentándole como “nazir” (consagrado a Dios) o “netzer” (de tronco o familia de David, cf. Is 11,1). Así piensan que Jesús es “nazoreo”, de la tradición mesiánica de David, más que simple “nazareno” (de Nazaret), aunque se podría pensar que la patria de Jesús (Nazaret) habría recibido ese nombre por ser un asentamiento de “nazoreos”, con fuerte conciencia de su identidad sagrada (como nazireos) y/o de su vinculación a las promesas davídicas (del netzer davídico), de manera que nazoreo/nazireo y nazareno tendrían sentidos semejantes.
En ese contexto se podría añadir que, por su oposición al mesianismo davídico, Marcos ha silenciado ese matiz que tiene el término nazoreo (del netzer de David), no dándole importancia y oponiéndose a las posibles pretensiones nazoreas (sacrales, mesiánicas) de los familiares, compatriotas, de Jesús, que se situaban en la línea de los escribas de Jerusalén (cf. 3,20-35). Desde ese fondo podrían distinguirse en este tema tres matices. (a) Jesús era nazareno, originario de Nazaret como admite de hecho Marcos (1,9; 16,6). (b) Él pudo presentarse como nazoreo, del tronco de David, en la línea de Is 11, 1 (cf. Mt 1,23; 26,71 etc.). (c) Parece difícil presentarle como nazireo, consagrado a Dios, según la ley del nazireato de Num 6; Jc 13, 5-7, que según Lc 1, 15 se aplicaría a Juan Bautista (en la línea de Samuel: cf. 1Sam. 1,11), no a Jesús. Sigue siendo importante en este campo el trabajo sobre Jesús Nazareno de E. Zolli, incluido en Il Nazareno: Studi di esegesi neotestamentaria alla luce dell’aramaico e del pensiero rabbinico, San Paolo, Cinisello Balsamo 2009 (original de 1938). A su juicio, en un momento dado, al final de su vida (Mc. 14,25), Jesús pudo haber hecho un voto de nazireo (de nazir: cf. Num 16; Jue. 13,5-7), como Juan Bautista (cf. Lc. 1,15), absteniéndose de beber vino, pero sólo por un breve tiempo, hasta la llegada del Reino.

6. Para situar la temática cf. B. J. Malina, El mundo del NT, Verbo Divino, Estella 1995; B. J. Malina, y R. Rohrbauch, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I. Comentario desde las ciencias sociales, Ágora 2, Verbo Divino, Estella 1996.

7. Cf. G. Vermes, Jesus el judío, Muchnik, Barcelona 1977, 25-26

8. Mateo suaviza esa afirmación y presenta a Jesús como el hijo del tektôn (Mt 13,55). De todas formas, ese cambio podría atenuar la dureza de su estado laboral, pues no se le llama directamente «el», sino «el hijo del», pero en realidad no la atenúa, sino que la agrava, pues no presenta a Jesús como un tektôn nuevo, alguien que acaba de empobrecer, por situaciones inmediatas de familia, sino como «hijo del», alguien que ha nacido en una familia sin la seguridad económica que ofrece un campo propio, como signo de bendición de Dios. Cuando más tarde él prometa a sus seguidores «el ciento por uno» en campos (agrous: Mc 10,30 par), Jesús querrá cambiar esa situación en la que muchos hombres y mujeres como él no habían tenido un campo para mantener una familia, diciendo que cuando se cumpla su mensaje todos tendrán campo compartido.

Lucas y Juan pueden haber sentido embarazo de llamarle tektôn (o hijo de tektôn) y por eso cambian la expresión, diciendo: «¿No es éste el hijo de José?» (Lc 4,22 y Jn 6,42). Ciertamente, se podría afirmar que lo hacen por un simple ahorro verbal (les basta con decir que es hijo de José, no necesitan más información), pero Mc 6,3 llama a Jesús hijo de María y, sin embargo, añade que es el tektôn… y Mt 13,5 le presenta como hijo del tekton. En esa línea, podemos suponer que Lucas (y Juan) han ocultado el dato laboral de Jesús porque, en el contexto donde escriben, les parece indigno definirle por un trabajo que le hace dependiente de los otros. Evidentemente, Jesús no tenía un currículo elevado.
Jesús no es un tekton de ocasión (hombre con tierras propias aunque, en ocasiones, trabajara también como artesano), sino el tekton, alguien sin trabajo propio, pues no tiene tierras ni hacienda agrícola, ni otros medios de subsistencia, teniendo que vivir a merced de los demás, en un mundo sin contratos fijos ni salarios permanentes. Esta anotación puede ofrecer un aspecto positivo: Jesús ha tenido que trabajar al servicio de otros, dentro de un duro mercado de oferta y demanda. Así ha podido conocer la realidad desde la perspectiva de precariedad y pobreza de los campesinos expulsados de su tierra.

9. La presentación metronímica de Jesús como hijo de María ha suscitado cuestiones de tipo social y teológico. La relación de María, madre de Jesús, con los que 6, 3 presenta como hermanos de Jesús ha sido y sigue siendo discutida desde razones históricas y teológicas, como indiqué en Dios como Espíritu y Persona, Sec. Trinitario, Salamanca 1989, 380-410 y como ha vuelto a mostrar con erudición J. C. R. García Paredes, Mariología (SPh 10), BAC, Madrid 1995, 225-252; 307-350. En Marcos sólo el pueblo nazareno (no Jesús, ni el redactor cristiano), llama a Jesús el Hijo de María (6, 3). El redactor de Marcos había empezado hablando de su madre (=de Jesús), pero el propio Jesús le ha negado ese título, diciendo que son madre suya a los que cumplen la voluntad de Dios (3,31-35). Significativamente, en el momento clave de su relato, el redactor de Marcos presentar a María (al menos implícitamente) como madre [la de] de Jacob y José... (15, 40), siendo definida por ellos. Parece que Marcos no la puede llamar aún la madre de Jesús (en tema que sigue abierto en 16, 7-8).
Jane Schaberg, exegeta y teóloga norteamericana, de tradición católica (partiendo de la presentación de Jesús como “el hijo de María”) ha insistido en el origen “irregular” de Jesús, tanto en su tesis doctoral, The Father, the Son and the Holy Spirit. The Triadic Phrase in Matthew 28:19b, Chico CA 1982), como en otro libro, ya citado (The Illegitimacy), donde estudia extensamente el tema, llegando a la conclusión de que ese pasaje y el conjunto del Nuevo Testamento supone que Jesús ha tenido una concepción y nacimiento “irregular” (en la línea de las mujeres de la genealogía de Mt 1,2-17).

Ese nacimiento irregular no implicaría un “reproche” contra María (y contra Jesús), como suponen los nazaretanos de Mc 6, sino más bien una alabanza: Dios ha penetrado de manera sorprendente en la historia de los hombres y mujeres a través de la acción especial de una mujer, la madre de Jesús. Reflexioné sobre el sentido y consecuencias de ese posible nacimiento irregular de Jesús, según Marcos, en Los Orígenes de Jesús, Sígueme, Salamanca 1977, siguiendo una hipótesis desarrollada hace algún tiempo por E. Stauffer, Jesus: Gestalt und Geschichte, Francke, Bern 1957; cf. también, Cristo y los Césares, Escerlicer, Madrid 1965.

10 Retomaré este motive en el comentario a 15,40.47; 16,1.

11 En esa línea, cf. R. Bauckham, Jude and the Relatives of Jesus en the Early Church, Clark, Edinburgh 1990; B. Chilton y Craig Evans (eds.), James the Just and Christian Origins, Brill, Leiden 1999; B. Chilton y J. Neusner (ed), The Brother of Jesus: James the Just and His Mission, Westminster, Louisville 2001. El año 44 d.C., tras la persecución de los helenistas, que debieron abandonar Jerusalén (cf. Hech 8, 1) y la huída de Roca (y posiblemente de los Doce: cf. Hech 12, 17), Jacob quedó en la ciudad, al frente de una iglesia cristiana que defendía la interpretación mesiánico/judía de la Ley, lo que nos hace suponer que él era un buen conocedor de ella. É. Nodet, James, the Brother of Jesus, was never a Christian, en S. C. Mimouni y F. Stanley (eds.), Le judéo-christianisme dans tous ces états, Cerf, Paris 2001, tiene dudas sobre el valor de su cristianismo. Para más discusión sobre el tema, cf R. Bauckham, James and the Jerusalem Church, en The Book of Acts IV. Palestinian Setting, Eerdmanns, Grand Rapids MI 1995, 415-480; L. T. Johnson, Brother of Jesus, friend of God. Studies in the Letter of James, Eerdmanns, Grand Rapids 2004; J. L. León Azcárate, Santiago, el hermano del Señor, Verbo Divino, Estella, 1998.

Este Jacob, que parece haber sido más «teólogo» de oficio que Jesús, creyó en él tras su muerte (Hech 1,13-14; 1Cor. 15,7) y le aceptó como Mesías y fundó la primera comunidad escatológica cristiana, al estilo judío, una qahal o asamblea mesiánica, como muestran los testimonios de fondo de Mateo y Juan, de Hechos y Pablo. En esa línea, podemos añadir que Jacob y los hermanos de Jesús formaron la primera iglesia estrictamente dicha, una congregación de pobres (cf. Gal 2, 10; Rom 15, 26), con su obispo-inspector (Jacob) y un grupo de presbíteros, al estilo de otras comunidades judías (como en Qumrán). Jacob parece haber sido un hombre de conocimientos; los hermanos de Jesús no eran simples iletrados, como a veces se supone.

12 Así lo ha destacado L.W. Hurtado, Señor Jesucristo, Sígueme, Salamanca 2008, 328-362, planteando un tema que deberá precisarse con cuidado.

13 Las palabras de Jesús palabras reflejan, con tono de antiguo refrán, su nueva experiencia: no reciben a un profeta en su patria y familia (6,4). Eso implica que los que tienen casa, familia, patria se sienten seguros en ella y no aceptan ningún tipo de «aventura profética» que les lleve a dejar lo que tienen a fin de ponerse en camino como Abrahán en Gn 12,1-3 (cf. tema casa en 3,20-35 y ruptura familiar de 10.29). Referencia a Abrahán como fundador de nueva familia, dejando tierra y parentela, en Barton, Discipleship 32, 42, 54.

14 Así acaba esta sección de Marcos (3, 7−6,6a), que había comenzado con la elección de los Doce. Como verdadero israelita, Jesús a empezando escogiendo a Doce compañeros que expresen y expandan su vocación mesiánica, entendida como plenitud y cumplimiento de las viejas tribus de Israel. Así se ha presentado antes su pueblo y familia, pero su familia no ha querido aceptarle. Así descubrimos que su proyecto no es sólo de fe interior, sino de transformación social.
Éste es la tercera vez que Jesús ha entrado de forma solemne en una sinagoga. En la primera curó al endemoniado (1,21-28), en la segunda al de la mano seca, en día de sábado (3,1-6). Ahora entre en la sinagoga de su pueblo, y no puede curar de manera significativa a nadie, sino sólo animar a algunos débiles (arrôstois: 6,5). Allí donde sus parientes y paisanos no le aceptan, Jesús no puede curarles. Los nazarenos no le creen, no aceptan su milagro y por tanto no pueden transformarse. Ellos son un signo muy claro del rechazo mesiánico de aquellos israelitas que prefieren quedarse en sus «valores», condenando como pervertido y peligroso el programa de humanización creadora que ofrece Jesús

15 Como nuevo Abrahán, mesías de un Israel universal, camina Jesús. Pero no actúa como padre genealógido del pueblo: no lleva una esposa y concubinas, no toma consigo unos criados y unos asnos (como Abrahán en Gen 12 ss). Él engendra nuevo pueblo a través de su palabra. Con aquellos que comparten su visión humana y que le escuchan ha iniciado su travesía, el camino de la iglesia o comunión abierta a todos los humanos.

Se ha roto la simbiosis de Jesús con sus paisanos. Ellos no le aceptan: no asumen su proyecto, no le siguen ni secundan; prefieren quedar en lo que eran, con el tipo de familia que tenían (6,5-6). Por su parte, Jesús no pudo realizar allí ningún prodigio (oudemian dynamin). Sobre el rechazo de Jesús en Nazaret y la exigencia de la fe para los milagros: Barton, Discipleship 67-9; Marshall, Faith 188-195.

Xabier Pikaza Ibarrondo

 

 

Jesús nos ha advertido muchas veces que debemos ser personas de fe, y que la fe es la llave que abre todos los tesoros de su Corazón.

En el Evangelio de este Domingo nos va a decir lo mismo, pero de una manera del todo inesperada. Diríamos que lo va a hacer presentándonos un cuadro a contra luz.

Quiere llevar el mensaje de la salvación a un puesto muy querido —¡y tan querido, como es su pueblo de Nazaret!—, pero la incredulidad de sus paisanos va a cerrar todas las puertas a la generosidad de ese su Corazón, tan delicado y sensible.

Jesús llegó a Nazaret acompañado de sus discípulos. El carpintero de antes, el trabajador de los campos, el muchacho bueno y amigo de todos, viene ahora como una persona importante, pues su enseñanza, sus milagros, su fama por toda Palestina hacen de Él un personaje fuera de serie. Jesús, sin embargo, sigue tan humilde y sencillo como antes.

Al llegar el sábado se presenta en la sinagoga como lo había hecho siempre. Aunque ahora lo hace no para escuchar, sino para tomar la palabra y enseñar. Y lo hace tan bien, con tanta gracia y sabiduría, que todos se quedan pasmados.

Vienen entonces los comentarios obligados.

Para unos, este Jesús es algo extraordinario:

- ¿De dónde tanto conocimiento? ¡Pero, cómo domina la Escritura! Y esos milagros que dicen ha hecho en Cafarnaúm y en otras partes... Dios está seguramente con Él.

Otros, sin embargo, se escandalizan y siembran la cizaña entre el auditorio:

- Pero, ¿no es éste el carpintero, el hijo de María? ¿Y no están entre nosotros todos sus parientes? ¿Cómo le vamos a hacer caso?

Jesús se ve aquí como un signo de contradicción. Unos que sí, otros que no... Y con cara triste les asegura a sus paisanos:

- Un profeta no es despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su propia casa.

Así y todo, aún se dignó imponer la mano sobre algunos enfermos y curarlos, porque el corazón le traicionaba siempre. Pero también manifestó sus sentimientos íntimos:

- Me maravilla vuestra incredulidad. Quisiera haberos ayudado más, pero no puedo ante vuestra falta de fe...

Y no tuvo Jesús más remedio que asumir semejante fracaso y marcharse a predicar por los otros pueblos y aldeas.

Al leer este pasaje del Evangelio nos topamos con el problema de la incredulidad y del rechazo de Dios, que es un pecado tan frecuentemente denunciado en la Biblia.

Israel sintió siempre la tentación de volverse a los dioses de los paganos, dejando al Dios que los había sacado de Egipto. Rompían la alianza y se prostituían ante cualquier altar levantado en las colinas a los ídolos de los extranjeros. No escarmentaban con los castigos de Dios, castigos siempre amorosos para apartarlos de esos cultos idolátricos.

Ahora va a ser peor. Ahora rechazan a Dios que se les presenta en Jesucristo. A pesar de los milagros que hace, a pesar de su enseñanza tan bella, a pesar de todo, no creen en Jesús, se escandalizan de Él, y se lo echan bien lejos...

Todo esto, por sus apariencias humildes. Venían de decirse:

Que venga un Cristo fulgurante, y le haremos caso.

Que detenga el sol como Josué, y creeremos en Él.

Que eche bien lejos a los romanos, y lo aceptaremos.

Que someta las naciones de los gentiles a Israel, y entonces sabremos que es el Mesías, el que queremos y esperamos...

Esto pensaban y esto querían los dirigentes del pueblo.

Pero como Jesús no hacía nada de esto, y aseguraba que el Reino de Dios tan esperado era una cosa tan diferente, se vio rechazado como Mesías. Hasta que pudo decir Él mismo sobre la Jerusalén incrédula:

- ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajos las alas, y tú no has querido!...

Esta podría ser nuestra situación, como pueblos y como personas. Puede llegar a apostatar todo un pueblo como puede hacerlo una persona en particular. Pero Dios no quiera que nos suceda algo semejante.

Podremos tener nuestras debilidades, colectivas igual que personales; pero eso de rechazar a Jesucristo, eso ¡no! ¡jamás!...

La fe en Jesucristo y en su Iglesia no la perderemos. A veces se nos presentarán los pretendidos profetas y enemigos de la Iglesia con apariencias humildes y exigentes, cuando nos hablen de puntos de la Ley de Dios que el mundo rechaza. Nosotros, con la gracia de Dios, queremos permanecer fieles y seremos dóciles al Magisterio de nuestros Pastores, que vienen y nos enseñan como enviados del mismo Dios.

¡Señor Jesucristo!

Aunque hoy te ves rechazado por muchos, nosotros te acogemos como el Enviado de Dios y como el Salvador. Nuestra respuesta será siempre la de Pedro: Señor, ¿a quien iremos sino a ti? Tú solo tienes palabras de vida eterna...

Pedro Garcia cmf

 

 

Jesús se dirige a un lugar que el texto original en griego denomina patris. El término (patria), así aislado, significa tierra del padre. Una posible interpretación podría ser que Jesús vuelve a la tierra de su padre. Esto es interesante porque descubriremos, más adelante, que una de las cuestiones de esta escena es la posible falta de padre de Jesús, o al menos, su condición de bastardo (real o simbólica). No puede volver a la tierra de su padre quien no tiene padre. No tienen patria los bastardos. Este nivel interpretativo es muy fuerte. Será la piedra de tropieza de la escena, el vórtice del escándalo en la sinagoga.

Si quisiésemos ser específicos en la locación geográfica de la escena, tendríamos que suponer que la patria de Jesús es Nazaret, asumiendo que patris es una referencia a la ciudad natal. Pero en contra de ello, Marcos no nos dice el lugar con claridad. Para el autor, Jesús va a su patria, y si bien puede tratarse de la ciudad natal, también se traduce patris como país natal. O sea que puede ser tanto Nazaret, como Galilea, como toda la Palestina. ¿Y esto por qué? Porque la escena enfrenta otro nivel simbólico: esta es la última vez que Jesús ingresa a una sinagoga en su ministerio palestino. Aquí se producirá la ruptura definitiva entre el sistema sinagogal y el Evangelio del Reino. No son compatibles. Jesús no es el escándalo, solamente, de la sinagoga de Nazaret, sino de todas las sinagogas de Galilea y de todas aquellas que defienden un modelo religioso basado en el rigorismo de la ley y en la segregación de supuestos santos y pecadores.

La excomunión no puede ser perdida de vista. Hay una ruptura tal, que los próximos eventos del libro se desarrollarán casi disparados por la ruptura. La excursión que hará Jesús por territorio pagano y su visión del Reino expresada en las multiplicaciones de los panes remarcarán que el judío Jesús ya no se esmera unívocamente en renovar el judaísmo en curso, sino que pretende transformarlo de raíz, estableciendo comunidades de vida nueva. Por supuesto, el acto final (subir a Jerusalén) será un intento monumental de renovación de la sede del judaísmo, pero la interpretación (a pesar de la muerte) está abierta a nuevas visiones (seguir celebrando la Eucaristía en memoria y sacramento, derramar la sangre por otros, la resurrección). Esta excomunión que podría ser el final de las utopías de Jesús, en realidad es el puntapié para proyectarse con nuevo y mayor dinamismo.

Repitiendo un esquema ya conocido, Marcos sitúa la escena un día sábado en una sinagoga. Jesús enseña, o sea que ha sido llamado por la dirección del culto para comentar las Escrituras. Las dos escenas anteriores dentro de una sinagoga (cf. Mc. 1, 21-28; 3, 1-6) son similares a esta: Jesús ingresa, se produce un hecho conflictivo (un exorcismo, una curación, una presencia con elocuencia), la gente reacciona. La sinagoga pierde su devenir clásico de cualquier sábado y aparece confrontada en su médula. Jesús, con sus acciones, cuestiona la manera de ser sinagogal.

Esto se manifiesta en la reacción de los presentes, que no pueden explicarse esta enseñanza novedosa de Jesús. Algo les está diciendo (no sabemos qué), no escuchado antes, o no asimilado. La gente califica la cualidad de Jesús como sabiduría. Esta es la única vez que todo el Evangelio según Marcos utiliza la palabra. El autor no es tan partidario de identificar la Buena Noticia como un mensaje de sabiduría, sino más bien como la Palabra, así sin más. Sabiduría es, en la tradición veterotestamentaria, otra manera de designar a la Palabra de Dios. La sabiduría vive con Yahvé y es capaz de crear; los hombres sabios del Antiguo Testamento son los que reciben la sabiduría como don de Dios y son capaces de enseñar a otros una forma de vivir sabia, una forma de vivir que consiste en disfrutar la vida según Dios. En este sentido, la sabiduría de Jesús también está orientada a enseñar una manera de vivir que es plenitud en Dios. La sabiduría no es para los catedráticos en sus púlpitos, sino para aprender a vivir mejor, vivir en Dios, vivir con Dios.

Si bien la sabiduría proviene de Yahvé, que la otorga como don, la gente de la sinagoga se pregunta de dónde la ha sacado verdaderamente. El problema está en el origen de la sabiduría y no en el contenido de la misma. A pesar del mensaje, los asistentes al culto parecen más preocupados por determinar la trampa en Jesús, que en escucharlo. Esto revela dónde está puesto el énfasis de la escena: la autoridad. Marcos quiere contarnos cómo se intenta descalificar a Jesús desde sus orígenes, haciéndolo un paisano que, por su condición de paisano, no puede enseñar nada. Como el Evangelio es sólido y difícil de atacar, se ha optado por atacar la condición del mensajero, aunque eso signifique denigrarlo.

El primer aspecto del ataque consiste en la profesión de Jesús. En griego, se lo denomina tekton. Acostumbrados a la tradición piadosa, se lo suele traducir como carpintero, pero no sería esta la traducción más acertada. El tekton es el obrero manual; el que con sus manos modela la madera o la piedra para crear objetos o utensilios de la casa y del campo. Es una especie de obrero de la construcción, aunque sin identificarse plenamente con el albañil. En un lugar como la provincia de Galilea, o más precisamente en Nazaret, donde las grandes construcciones no abundan, gran parte del empleo de los tektones estaba en el campo, haciendo y reparando arados y yugos. Uno de los cuestionamientos, entonces, es cómo puede tener sabiduría un trabajador campesino.

El segundo aspecto es denominarlo hijo de María. La tradición israelita es nombrar al hijo según su padre. Los varones son hijos de varones. La mujer, en el entendimiento palestino de hace dos mil años, son sólo receptáculos de la simiente de vida que deposita el varón. El varón transmite la vida en su líquido seminal; la mujer la lleva nueve meses, pero no es la transmisora de la vida. Por eso a los hijos se los denomina según su padre, su engendrador. Cuando a alguien se lo denomina por el nombre de su madre, entonces es un sin-padre, porque no se lo conoce. Es un bastardo. Para el judaísmo, una persona sin padre es una persona sin pasado y, por lo tanto, sin futuro, un desterrado de la vida y de la historia, alguien sin raíces que no puede aspirar a ningún porvenir provechoso, ya que hacia atrás nada lo sostiene. Si es bastardo, entonces no puede tener la sabiduría de Yahvé.

Respecto a la interpretación de este hijo de María, las opiniones son disímiles. Algunos exegetas sostienen que Marcos está expresando la fe ya existente en la concepción virginal de María. Lo que la gente dice sobre la inexistencia del padre es lo que la fe conoce como la paternidad divina. La opinión es válida, pero difícil de sostener en un Evangelio que no ha relatado la infancia ni el nacimiento de Jesús. Además de que la expresión hijo de María está dicha por opositores, y no por seguidores ni discípulos. Otros comentaristas son partidarios de la opinión de que la gente sabe que José es el padre de Jesús, pero lo denominan así para insultarlo. También es una posibilidad válida, enmarcada en las expresiones de ataque hacia Jesús. Una tercera opción es entender que lo que la gente ha sacado a relucir es una duda que los habitantes de Nazaret tenían: había algo extraño en los orígenes de ese hombre. Es la teoría de la irregularidad del nacimiento de Jesús. Algo extraño ha pasado (puede ser algo extraño y maravilloso como la concepción virginal o algo extraño y siniestro como una violación), y Jesús ha venido al mundo. No sabemos qué (no sabemos si maravilloso o siniestro), pero los orígenes se encuentran sombríos, raros, difíciles de explicar. Marcos no abunda en detalles. El coro de asistentes a la sinagoga tampoco. Algunas corrientes del cristianismo (Mateo y Lucas) se han inclinado a lo maravilloso de la concepción virginal. En Marcos hay silencio.

Junto a María están los hermanos de Jesús. Otro rompedero de cabezas para las tradiciones católicas y protestantes. El término griego detrás de hermanos es adelphos. Sí es cierto que con ese vocablo se pueden designar a los hermanos de sangre y a los parientes de la familia extensa (primos, por ejemplo), pero la gran mayoría de su uso es para los hermanos de sangre. Sabemos que el modelo familiar palestino era un modelo de familia extensa, donde había muchos hermanos y muchos primos conviviendo en el mismo hogar. Jesús, seguramente, no escapó a esta realidad. Su familia era una familia numerosa, con primos y hermanos. Aquí se nombran cuatro hermanos y, en número indefinido, las hermanas. La intención, dentro de la escena, es remarcar que se trata de un vecino más, un paisano más de Nazaret. Si sus hermanos y hermanas siguen en Nazaret, viviendo una vida normal, por qué este hombre habría de ser distinto y tener la sabiduría de Dios. Sobre la posibilidad histórica de que María tuviese otros hijos, baste decir que existe como tal, como posibilidad histórica, y que para el Evangelio según Marcos (olvidemos por un momento los otros tres Evangelios y la tradición posterior) la posibilidad es casi un hecho.

Finalmente, llegamos al centro de la escena. Jesús es un motivo de escándalo, una piedra de tropiezo para los asistentes a la sinagoga. Si estructuramos la perícopa de manera concéntrica, podemos hallar una organización que esquematizamos así: Jesús llega (Mc. 6, 1-2a) / La multitud se queda atónita (Mc. 6, 2b) / Ataque de la gente (Mc. 6, 3a) / Escándalo (Mc. 6, 3b) / Ataque de Jesús (Mc. 6, 4) / Jesús queda atónito (Mc. 6, 5-6a) / Jesús se va (Mc. 6, 6b). Los extremos de la escena se corresponden y, en el centro, está el tema del escándalo. Skandalon en griego es un lazo o una piedra que se pone en el camino como trampa para hacer caer. Metafóricamente, Jesús es ese skandalon, esa piedra que hace tropezar, porque los asistentes a la sinagoga no se animan a asumir su Evangelio. Están perdidos tratando de desacreditarlo por ser paisano, tekton, de origen dudoso. No importa lo que dice, pues Dios jamás le revelaría tamaña sabiduría a este nazareno.

Jesús dirá, en esta oportunidad, una frase que quedará marcada en el imaginario posterior. Algunos exegetas creen que el origen de la escena construida por Marcos está en esta frase, existente desde el principio, y que lo demás es una creación narrativa para darle contexto. El dicho del profeta despreciado sería un aliciente para los misioneros cristianos que no encuentran aceptación, que son rechazados entre los mismos judíos a quienes les predican. Si Jesús corrió la misma suerte, no habría por qué esperar un trato diferente.

El dicho dice que un profeta es despreciado en su patria (patris), entre sus parientes (sungenis) y en su casa (oikia). El desprecio de la patria hace el contrapunto con el inicio de la escena, donde Jesús vuelve a su patria. El desprecio de los parientes recuerda Mc. 3, 21.31, donde madre y hermanos (aquí también se han mencionado madre y hermanos) lo consideran un insano mental. Por último, el desprecio de la propia casa es también referencia a la familia, pero en el contexto de Marcos, donde la casa es el símbolo de la Iglesia, el dicho cobra sentido futuro. Es el mismo cristianismo originado en Jesús el que, a veces, lo rechaza. Los cristianos, en múltiples oportunidades, se comportan como la gente de la sinagoga, como los compatriotas nazarenos y como la madre y los hermanos de Jesús. Es una advertencia para revisar el discipulado.

Jesús no pudo hacer la cantidad de milagros que venía realizando en otros lugares. La falta de fe lo ha limitado. Esta descripción es arriesgada por parte del autor. Parece afirmar que el poder de Jesús tiene un límite. Ha curado algunos, pero nada más. Quizás, el texto original de este versículo culminaba en la afirmación de que no pudo hacer ningún milagro, y la segunda parte sobre algunas curaciones (que parece contradecir lo dicho previamente) sea un añadido posterior para suavizar el fracaso taumatúrgico.

En el fondo, la reflexión es sobre la fe. El milagro de Dios se manifiesta cuando una actitud creyente lo asume y lo interpreta. Para algunos, las cosas simples son milagros, y otros no ven nada sobrenatural en lo mismo. La fe es otra perspectiva que apunta a lo trascendente. La vida puede ser un encadenamiento de días sin sentido, o puede ser un don maravilloso, lleno de potencialidades. Jesús puede ser un artesano manual de Nazaret y nada más, o puede ser la Palabra definitiva de Yahvé. Mediante la fe, la mirada se convierte. Por eso Jesús está limitado, no en cuanto su poder disminuya, sino porque es un poder que puede o no ser descubierto por el ser humano que lo experimenta.

Jesús se asombra de su patria. No saben reconocer las cosas de Dios. Están más concentrados en la posición social que en el Evangelio. Son personas privadas de fe (apistia: a es el privativo y pistis es fe), que significa estar privado de mirada trascendente. Tienen una fe religiosa que los lleva los sábados a la sinagoga, pero no es una fe que supere el rigorismo religioso y transforme la vida. Esa es la verdadera fe del Reino que pretende Jesús. El Reino es distinto a la/s religión/es por esa razón que excede lo cultual y la ley. El Reino tiene que ver con la vida, no con un momento particular ni con una práctica cultural. La fe religiosa suele estar concentrada en eso: un momento de culto, unas prescripciones, un cumplimiento. La fe del Reino es una forma de vida, una actitud frente a la vida.

Jesús no volverá a entrar a una sinagoga. El Reino y la sinagoga no parecen compatibles. Seguirá recorriendo las aldeas y pueblos predicando la Buena Noticia, generando un movimiento, despertando esa mirada trascendente que convierte la existencia propia y la existencia del prójimo.

Leonardo-Biolatto

 

 

El miedo a cambiar

Tenemos un temperamento, una forma de ser, cierto tipo de personalidad, y nos cuesta asumir la diaria responsabilidad por reformarnos y cambiar. Y justamente aquí pone su  dedo la Palabra de Dios, que es, casi por definición, una palabra que urge a la conversión.

Si el hombre no tuviera nada que modificar, los profetas estarían fuera de lugar. Pero  desde el momento en que el profeta denuncia el pecado del hombre y de los pueblos, su tarea se vuelve difícil y antipática. Quitárselos de en medio con la cárcel o la muerte fue siempre un viejo recurso que aún no ha perdido vigencia.

En algún momento de la vida, a todos nos puede resultar un poco antipática la Palabra de Dios: a veces suele ser dura, recta, intransigente; no cede ante el vicio, no afloja ante el  poderoso; no se amilana ante las dificultades.

Miedo a la inseguridad

Si la Palabra de Dios nos urge a un cambio de vida, debemos por fuerza abandonar  cierta forma de pensar y de ser para comenzar de nuevo algo sobre lo cual no tenemos  experiencia ni garantía de felicidad y éxito. Escuchar la Palabra de Dios es como saltar  sobre un vacío… y sentir por un instante la sensación de volar sobre la nada.

Este miedo suele ser de consecuencias fatales para una comunidad: aferrados a lo que siempre tuvimos por verdadero, nos levantamos airados contra todo intento de cambio, sin analizar, siquiera por un momento, si el cambio responde o no a una forma más auténtica  de vivir el Evangelio.

Por eso, siempre hubo resistencias a las reformas de la Iglesia, tanto por parte de los  laicos como de los sacerdotes y obispos. Una vez que estamos instalados, con nuestros  esquemas endurecidos y, digámoslo de paso, cobijados y seguros bajo cierto régimen, se  hace muy duro hasta el solo hecho de ponerse a pensar que quizá sea necesario un  cambio.

El hombre ama lo seguro… y la Palabra de Dios, tal como hizo con Abraham, suele  invitarnos a caminar «hacia la tierra que yo te mostraré», pero que nosotros no vemos ni  tenemos tanta seguridad de poseerla.

Por otra parte, la fe no es una ciencia matemática o experimental que pueda demostrar hasta la evidencia todos sus postulados. Siempre la fe trabaja sobre ciertas dosis de  confianza en el Dios que habla. Pero ahí está el problema del hombre: ¿Quién le asegura que todo lo que se dice como Palabra de Dios es realmente cierto?

Miedo a encontrarnos con nosotros mismos

Es el motivo que sintetiza toda nuestra resistencia: el temor a nuestra verdad desnuda, la  que emerge de nuestro yo verdadero y real.

La Biblia nos presenta al hombre como un ser mentiroso desde el principio, como si la  mentira consigo mismo y con los demás fuese su arma más espontánea y la que mejor sabe  esgrimir. No hace falta que nos enseñen a mentir.

Ante lo que nos molesta y duele en el orgullo, todos sabemos recurrir a sutiles formas  para auto engañarnos y engañar a los demás. Toda verdad duele y exige, sacude nuestra  pereza, aplasta nuestro orgullo y pone al descubierto esa oscura fuerza que nos avergüenza pero que también nos domina.

No es extraño, por lo tanto, que el evangelista Marcos nos muestre, con su crudeza habitual, el triste espectáculo de los paisanos de Jesús que -sin motivo alguno serio-  resistieron sistemáticamente a su predicación, a tal punto que el mismo Jesús se asombró de su falta de fe y, como cuenta Lucas, por poco terminan con él tirándolo por um despeñadero.

Si buscáramos realmente la verdad, la verdad desnuda, la encontraríamos en cualquier  parte y de cualquier forma. La verdad no tiene autor, ni título ni estuche especial. Hasta nos puede venir de un enemigo o del que está en la acera de enfrente. Si fuéramos sinceros en buscarla, cuántas barreras caerían, cómo valoraríamos a los demás, cómo dejaríamos de condenar al que no piensa como nosotros.

 

 

1. Imagínate, por un solo momento, que el Señor te hubiese pedido que fueras él o la responsable de realizar el diseño de su presencia en nuestra historia. Piensa, un solo instante, que el Señor te hubiese pedido que te encargaras de elegir el lugar geográfico en el que debería haber nacido, el tiempo histórico oportuno, la estación anual y la casa para su nacimiento; así también el tipo de hogar y la población en la que habitara durante su vida privada y el tiempo adecuado para que iniciara su presencia y su predicación pública, el número y la identidad de sus apóstoles, los destinatarios de sus milagros, los lugares santificados por su caminar, así como el desenlace de la trama salvífica, entre otras muchas cosas...

2. Ubicándonos en el Evangelio del día de hoy. Dime: ¿Qué lugar te hubiera gustado escoger como el más digno para que el Señor Jesucristo iniciara la predicación del Reino de los Cielos? ¿En qué espacio poder dar la primera enseñanza? ¿Cuál es el sitio idóneo para que nos diese el primer sermón divino? Se trata de determinar ese primer auditorio elegido para sea el receptor del primer mensaje de salvación emitido por Aquel que es la Palabra e Hijo eterno del Padre.

¿Qué lugar te hubiera gustado para que se diera la primer homilía? ¿En que localidad te hubiera agradado que el Divino Verbo nos diera las primeras palabras de vida eterna?

Sin lugar a dudas, algunos pensarían que era necesario desplazarse hasta Ur de Caldea, puesto que el Señor va a iniciar la formación del Nuevo Pueblo Elegido y allí fue donde sacó a Abraham de la placidez de su tierra, su patria y su parentela... Estoy seguro, que algunos también hubiesen pensado con sobradas razones en el Mar Rojo, ya que en la realidad, con el Señor Jesucristo, Moisés de la eternidad, se estaba iniciando el nuevo y verdadero éxodo de la libertad para todos los hombres... Otros podrían pensar en el Monte Sinaí, como el espacio elegido, puesto que ha sido Jesucristo el que ha perfeccionado y llevado a la plenitud la ley mosaica y quien nos ha entregado su mandamiento nuevo... No pocos, pensarán en el interior del majestuoso Templo de Jerusalém, como el lugar más indicado para aquella primera enseñanza de Aquel que nos trae la Nueva y definitiva Alianza en su Cuerpo y en su Sangre.

3. Y, sin embargo, tenemos que abrir bien los ojos para descubrir el lugar que ha sido elegido por Dios. ¿Qué lugar le gustó a Cristo Jesús para iniciar su ministerio de enseñanza? ¿Cuál ha sido el auditorio escogido para dar comienzo a su predicación?

Ha elegido la Sinagoga de Nazareth… ¡Qué tal!,… Bueno, ¿Y qué tiene de particular o cuál podría ser la dificultad, lo especial y lo subrayable? Como para que se haya ofrecido tanto tiempo para el preámbulo de esta reflexión

¡Ah!,… Pues, se trata, ni más ni menos, que del pueblo de su infancia. Su auditorio está formado por todos esos rostros de gente que le vio crecer e irse haciendo un hombre aparentemente como cualquier otro. Ellos son las personas que le vieron en su niñez, en su adolescencia, en su juventud y que le han visto paulatinamente convertirse en un adulto. Se trata de sus vecinos, de sus amigos, de sus parientes, de los clientes de la carpintería, de sus compañeros de los estudios, de sus correligionarios habituados a ir a la sinagoga, de la gente que le conoce. ¡Tú lo sabes!... En los pueblos toda la gente se conoce, y en no pocas ocasiones, se conoce más de la cuenta.

Escogió el lugar más complicado, y el público más exigente. Se trata de aquellos hombres y mujeres con los que convivió no durante 3 años de su vida pública, sino a lo largo de 30 años de su existencia. Ellos aparentemente conocen a la perfección sus días y sus noches, sus primaveras y sus inviernos, sus proyectos y sus realizaciones, su trabajo y su descanso. Ellos han visto su rostro tanto en las alegrías como en las humanas incertidumbres. Ellos le ubican en el barrio, le han visto cuando iba al brocal del pozo a llevar el agua para su hogar, van con los mismos rabinos, han ido a su taller.

Le conocen cuando en su infancia jugaba en sus parques y cuando siendo un joven platicaba con los amigos. Se trata de aquellos que compartían las mismas calles que andaba y que desandaba cargando los maderos y otros accesorios para la carpintería; le veían llevar a entregar los encargos que se le hacían a ese varón justo, llamado José, el artesano de la madera, el carpintero. Le conocieron en esas aulas del colegio en las que aprendió el alefato; en donde se instruyó para contabilizar las dracmas, los ases; en donde se le enseñó sobre las medidas de los odres y las cánones para las longitudes.

Ellos le han visto sudando en el trabajo y al recorrer sus calles. Su rostro les es demasiado familiar, sobre todo cuando desde su juventud, al salir del taller de su padre en los horarios de labores traía residuos de serrín en sus barbas, el polvo de la madera en sus ropas así como ese aroma inconfundible de las resinas de los árboles.

4. Se trata del auditorio más difícil para Él y para nosotros. Digamos que ellos te conocen más y te exigen más o no te ofrecen su atención. Se trata de aquellos, que también en muchas ocasiones, se van acostumbrando a tu presencia y para quienes te conviertes en alguien ordinario, eres parte del paisaje del horizonte o del mobiliario inventariado de las calles y habitaciones del pueblo. Aquellos que te conocen tanto, y a los que les resulta demasiado difícil reconocer algo extraordinario o un cambio sustancial en aquello o en aquellos con los que se han familiarizado en demasía.

5. ¿Te das cuenta? ¡Qué difícil es predicar en Nazareth! Pero es allí, en donde también tiene que empezar nuestra misión existencial.

¿Sabes? Cuando los recién ordenados sacerdotes vamos a celebrar nuestra Primera Misa se acostumbra en la Iglesia Católica que lo hagamos en nuestra Nazareth, en nuestra Parroquia, en nuestro barrio, con nuestra familia, con los compañeros de la escuela, con aquellos jóvenes con los que convivimos en los grupos parroquiales; con toda esas personas, que durante tanto tiempo esperaron y oraron para que llegara este día y este momento, como lo esperamos cada uno de los que anhelamos un día ser ordenados a favor de nuestro pueblo.

Se trata de esas caras tan conocidas, aquellos que conocen tus procesos o tus retrocesos, tus progresos o tus regresos, tus avances o tus estancamientos... y es allí en donde hay que ofrecer la primera predica, y la más importante.

Allí no habrá margen de engaño. Te conocen, te han visto, han hablado contigo, han convivido contigo, saben si eres congruente en lo que dices o si no lo eres. Te escucharán con atención o te reclamarán las imprecisiones y las incoherencias.

6. ¿Es difícil predicar en Nazareth?

Sin lugar a dudas este es el auditorio más exigente. Pero, puedo decir que allí es donde las celebraciones pueden convertirse en las más hermosas y,... las más fructíferas.

Pero,... en la vida cristiana no se trata solamente de un sermón aislado, sino de la Evangelización. Y es que muchos de nosotros preferimos predicar en otras latitudes. Si nos dieran a escoger, optaríamos por ir a los mismísimos confines de la tierra y hasta a otras Galaxias del universo; a cualquier lugar,... con tal de no hacerlo en nuestro Nazareth.

7. Somos tantos, incluyéndome yo mismo, los que Evangelizamos esmeradamente a medio mundo, pero que nos olvidamos de nuestro Nazareth. Hemos iluminado copiosamente todas las calles y hemos mantenido nuestras casas en la más profunda oscuridad; nos hemos convertido en unos excelentes jueces de procesos ajenos mientras que en nuestra propia casa se viven las peores injusticias, y no hay quien se interese por ser un constructor de la paz. Somos excelentes consejeros de todo mundo y de todos los mundos menos de nuestro mundo.

Se trata de esos padres de familia tan buenos para solucionarles los problemas a todas las personas, pero que no han sabido ofrecer una sola recomendación, sugerencia, advertencia, indicación, consejo, aviso o exhortación a los que han procreado para la vida y para la fe cristiana. Se trata de la esposa que recomienda con ahínco y con lágrimas en los ojos la reconciliación conyugal a su vecina y que en el seno de su matrimonio tiene tanto tiempo sin ofrecerle una sola palabra a aquel que es castigado con el lacerante flagelo del silencio y del desprecio de aquella a la que más ama en la vida. Se trata de tantos hijos que somos tan apostólicos e incansables en nuestras comunidades parroquiales, y hasta en las misiones de semana santa, decembrinas  y veraniegas, pero que no nos preocupamos de hacer una sola oración al sentarnos en la mesa de nuestro hogar, ni siquiera nos esforzamos por invitar a la Iglesia a nuestros seres más queridos. Somos todos aquellos llamados cristianos que somos muy buenos para pintar el templo, barrerlo y cortarle el zacatito, pero que al vecino y al propio padre enfermo no le barremos ni medio metro.

8. ¡Qué difícil es predicar en Nazareth!

Hoy que hablamos de nuestros Nazareths, sobre nuestra predicación en nuestro Nazareth y de los Nazarethanos como los primeros destinatarios de nuestra evangelización, te quería compartir un texto sumamente significativo, en el que una gran mujer como lo es Santa Teresita del Niño Jesús, nos enseña cual es la verdadera doctrina religiosa en su relato autobiográfico: La Historia de un Alma:

 “Este año..., Dios me ha concedido la gracia de comprender qué es la caridad; antes yo la comprendía, es verdad, pero de manera imperfecta: No había profundizado todavía en aquellas palabras de Jesús: “El Segundo Mandamiento es semejante al primero: tú amarás al prójimo como a ti mismo”. Yo antes me había dedicado sobre todo a amar a Dios, y amándole a Él me di cuenta de que era menester que mi amor no se tradujese solamente a palabras, ya que no son los que dicen: ¡Señor, Señor!, los que entran en el Reino de los Cielos, sino aquellos que cumplen la voluntad de Dios”. Esta voluntad nos la ha dado, pero fue en la última cena cuando el dulce Jesús quiso darnos su mandamiento nuevo. Y nos dice con una inefable ternura: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a los otros como yo los he amado...” Al meditar estas palabras divinas, me di cuenta de cuan imperfecto era mi amor a mis hermanas, de cómo yo no las amaba con el mismo amor que Jesús”. Y concluye más tarde la santa: “La caridad fraterna lo es todo en el mundo. Amamos a Jesús en la medida en que amamos a los demás.”

Menciona la santa que ese año al fin Dios le hacía comprender el significado de la verdadera vida cristiana, es decir la dimensión de la caridad. Pero,... ¿sabes cuál es el año en que hizo Santa Teresita este descubrimiento? Era el año 1897,… Exacto, ¡El año de su muerte!

9. Y es que no nos hemos dado cuenta de que uno de los verdaderos peligros para la vida del cristiano es el de la “distracción”.

Bueno, tengo que admitir que algunas distracciones sí las registramos y pedimos perdón por ellas en nuestro exámen de conciencia y en nuestra confesión sacramental. Muchos de nosotros, en nuestras confesiones nos acusamos de “las distracciones en la oración”, en el rezo del Santo Rosario, en la celebración litúrgica, en nuestra meditación, al leer la Sagrada Escritura,... lo cual tengo que admitir como virtuoso y jamás demeritarlo. El problema es que no solemos pensar en nuestras distracciones por el camino y en la caridad, y especialmente al no predicar en nuestro Nazareth. ¡Cuántas veces nos topamos con Cristo en nuestra propia casa y en nuestras calles, en nuestros caminos cotidianos y recorridos habituales, y sin darnos cuenta! Pero, no lo reconocemos, porque vamos distraídos.

El Señor tiene el gran inconveniente de tener una cara demasiado conocida. Y nosotros que conocemos bastante bien esa cara, no sabemos reconocerlo.

El Señor nos recuerda el día de hoy que en Nazareth está el lugar y el primer destinatario de nuestra predicación cristiana. Y tú, ¡sí tú!... ¿Cómo está tu Nazareth?

 

 

¡Los hermanos de Jesús!

1. Muchos de aquellos que tienen contacto con este espacio se habrán preguntado, sobre el esquema en el que está pensado y se realiza.

Te lo explico porque esta reflexión también la comparto en la página de internet de la parroquia del Rosario y tiene el mismo esquema. ¡Es posible que los lectores de la internet se hayan preguntado mucho tiempo sobre el porque había tres “homilías” o tres segmentos de “homilía” en el mismo espacio, y desde hace casi dos años se haya agregado una cuarta reflexión.

El programa de radio se llama Camino, Verdad y Vida y constaba en el inicio de tres segmentos que bien podrían ser identificados con los tres sustantivos categóricos que identifican a la persona de Jesucristo: el Camino, la Verdad y la Vida.

En el primer segmento se suele hacer una aplicación del Evangelio que el Señor nos ofrece cada domingo a nuestra propia Vida; en el segundo segmento, el cual correspondería con el presente que compartimos, solemos tocar, aunque sea someramente algún tema de formación y de información, se trata del segmento llamado Verdad; y en el tercero y último buscamos iluminar algunas situaciones cotidianas con el Evangelio que el Señor nos obsequia, se trataría del segmento identificado con la Vida.

Camino, nos preguntamos ¿qué me dice el Evangelio?, Verdad, la interrogante es ¿en qué aspecto habría que profundizar doctrinalmente sobre el Evangelio?, y Vida, en un interrogarnos sobre ¿cómo leer cristianamente nuestras situaciones existenciales?

Aunado a lo anterior, hoy te comentó que existe una cuarta reflexión que busca profundizar, extender, enriquecer y actualizar la reflexión del Evangelio del Señor.

2. Conforme a lo anterior, no quiero dejar la oportunidad de que en este segundo segmento que hablemos sobre el tema referido en el Evangelio, de los así llamados: hermanos de Jesús.

Y es que la expresión bíblica “hermanos de Jesús” representa uno de los platos fuertes de algunos que se llaman cristianos y que se manifiestan como abiertos enemigos de la Virgen María, para argumentar al querer desacreditar a aquella que es Madre de Cristo y Madre nuestra.

La palabra hermano (´ah, ´ahót) en hebreo, que es el idioma que el Señor Jesucristo hablaba, tiene un significado más amplio que en el idioma castellano que tú y yo hablamos.

La palabra hermano se usa en el hebreo para referir toda clase de parentesco: primo, sobrino, cuñado, tío, abuelo, nieto y también hermanos,… es decir incluye a todos los consanguíneos; también se usa para señalar a los componentes de la misma tribu y del mismo pueblo, a los amigos, a los aliados y al prójimo en general.

3. Por ejemplo, Abraham, que es tío de Lot declara en el libro del Génesis 13,8 que son “hermanos” él y Lot, cuando su relación es de tío y sobrino. San Pablo llama en la segunda carta a los Corintios 2,13 hermano a Tito, y en la carta a los Filipenses 2,25 llama hermano a Epafrodito. El Señor Jesucristo también quiere que nos veamos como hermanos, y nos dice en el Evangelio de san Mateo 5,23 que no nos presentemos con nuestra ofrenda ante el altar sí tenemos algo en contra de un “hermano”. Con este mismo tenor de significado: prójimo, es utilizado hermano en el libro de los Hechos de los Apóstoles 1,15 en donde dice: “Uno de aquellos días, Pedro se puso de pie en medio de los hermanos que eran alrededor de ciento veinte”. Podría alguien decir en la sinrazón: “¡A que Jonas, el papá de san Pedro, tan seriecito que se veía y tuvo 120 hijos!” ¿No te parece?... “No sea iluso padre”, me dirían no pocos, y tienen toda la razón del mundo, pero,... ¿por qué entonces aquellos que son nombrados como hermanos de Jesús sí dicen que a fuerza eran hijos de la Virgen María? Y lo mismo dice el primer libro de las Crónicas 15, 4 al narrarnos a la letra: “Reunió David a los hijos de Aarón..., y a sus hermanos, ciento veinte”. Te provocaría risa el sólo hecho de escuchar el que yo te preguntara: ¿Es posible que todos estos “hermanos” hayan tenido a la misma mujer como madre?

¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¡Vayamos por partes! Santiago y José son hijos de un hombre llamado Alfeo y de su mujer llamada María,... una de tantas Marías que había en aquellos tiempos como las hay el día de hoy, y que no se puede confundir ni comparar con María la Madre de Jesús. Por su parte Judas Tadeo se reconoce como servidor de Jesucristo en el primer versículo de su carta, y Simón, apodado el Zelote es llamado el Cananeo, es decir el originario de Caná ¡exacto el lugar donde Jesús tiene parientes y en donde realizó el primero de los milagros: en la bodas de Caná.

4. Si nuestros hermanos separados conocieran realmente la Palabra de Dios, como lo presumen, más que aprenderse unos textos de memoria para atacar, sabrían que conforme lo dice el Levítico 18,6-17: el Marido y la mujer desposados están incorporados normalmente al clan familiar: bêt ´ab, a la gran familia, a la que pertenecen por lo general hasta cuatro generaciones. Y que esas cuatro generaciones se llamaban hermanos entre sí: tíos, sobrinos, padres, hermanos, nietos... Sabrían que en la usanza hebrea regularmente la mujer se incorpora a la comunidad de la familia del marido, y que entre ellos todos se llaman hermanos, de allí el derecho que tenía Booz sobre Rut por el parentesco (Rut 2,1.20).

5. María, la Madre de Jesús, fue siempre Virgen. Este ha sido inicial e ininterrumpidamente el sentir de la Iglesia desde un principio de la historia de los verdaderos cristianos en base a la Palabra de Dios, pero esto no lo es para aquellos que un día se han sentido iluminados, o que han seguido a alguien que se ha sentido iluminado.

Predicaba eruditamente san Agustín Obispo de Hipona a los cristianos en el siglo V: “Cristo ha nacido, como Dios del Padre, como hombre, de la Madre; de la inmortalidad del Padre, de la virginidad de la Madre; del Padre sin madre, de la madre sin padre; del Padre sin tiempo, de la madre sin semen; en el nacimiento del Padre es principio de la vida, en el nacimiento de la madre, fin de la muerte”.

Tantas cosas hermosas se han escrito de aquella que Dios encontró hermosa como para llamarle “la llena de gracia” y elegirla como la Madre de su Hijo eterno.

En el Catecismo de la Iglesia Católica María es referida en los siguientes términos: “María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos”.

Tú y yo sabemos que no se puede separar a la Virgen María de la obra de Cristo, es por ello que en torno a la Virgen María, la Iglesia predicado cuatro verdades: Maternidad Divina, Virginidad Perpetua, Inmaculada Concepción y Asunción gloriosa a los cielos. Digamos una palabra sobre cada una de estas verdades.

5. Primero es la Maternidad Divina, ya que Dios decretó salvar al mundo mediante la Encarnación del Verbo, su Hijo eterno, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; quien sin dejar de ser verdadero Dios empezó a ser verdadero hombre; por eso se preparó y tuvo una verdadera Madre.

Predicar que María es Madre de Dios es aceptar que el Verbo de Dios asumió verdaderamente la naturaleza humana al hacerse hombre.

María Santísima es verdadera Madre de Dios, porque es madre según la humanidad de la Persona que posee la divinidad y la humanidad. Entre ella y su Hijo Jesucristo existe una relación idéntica a la que existe entre una Madre y su Hijo.

Todos los demás privilegios tienen su fundamento y justificación en su privilegio central, es decir, su maternidad divina.

6. La segunda verdad que predicamos de María Santísima es la de la Virginidad Perpetua. A este respecto la Liturgia de la Iglesia le canta a la Madre del Señor y Madre nuestra: “Eres bienaventurada, Virgen María, tú que llevaste en tu seno al Señor, creador del mundo: diste a luz a Aquel que te creó a ti, y tú permaneces virgen por la eternidad”.

La Santa Virgen concibió y dio a luz a su Hijo sin daño a su virginidad ni al concebirlo, ni al darlo a luz, y ella permaneció virgen para siempre; también después del parto. Además de que su virginidad debe ser entendida en todos los sentidos que implica el término, incluyendo el físico-moral de su cuerpo y espíritu.

San Agustín ha cantado con amor filial: “María concibió virgen, dio a luz virgen; virgen embarazada, virgen da a luz, virgen perpetua; y ¿por qué te maravillas de esto? ¿cómo dejaba de ser Dios, cuando empezó a ser hombre, aquel que a su madre concedió no dejar de ser virgen cuando lo dio a luz?”.

San Juan Damasceno, por su parte dirá: “Aquel que cuando fue concebido conservó virgen a aquella que lo había concebido, así incólume conservó su virginidad de ella al nacer, solo Él pasando por ella y manteniéndola cerrada... Y esto no le era imposible, que pasara por la puerta sin tocar por nada sus sigilos. Permaneció, pues, también después después del parto virgen, y siempre permaneció virgen; nunca tuvo comercio con varón hasta la muerte.”

7. La tercera verdad definida por la Iglesia como un dogma de fe revelada en torno a la Santísima Virgen María es la de la Inmaculada Conceción, es decir que ella fue concebida sin la culpa del Pecado Original y así le canta la Iglesia a nuestra Madre santa: “Toda hermosa eres, María, y en ti no se encuentra la mancha original. Arrástranos tras de ti, Virgen Inmaculada, y corremos atraídos por el amor de tus perfumes”.

La Santa Virgen María, Madre de Dios, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente no tuvo el pecado original y ello porque la suya fue una redención preventiva y no liberativa, esto es, se pagó anticipadamente impidiendo con ello caer en la esclavitud; diferente de la redención liberativa, esto es, pagando un rescate para liberar de la esclavitud, y esta última es la nuestra. La Virgen María, quien también recibió el beneficio de la redención de Cristo, como todos los hombres, fue preservada no liberada.

Digamos que nosotros hemos sido liberados al sacarnos Cristo del pozo del pecado original en el que habíamos caído y que María de Nazareth fue liberada al evitar Dios que ella cayera en un pozo que era inevitable sin la gracia de Dios. En nosotros la redención liberativa y en ella la redención preventiva, pero todos por el poder de Cristo.

La lógica de la fe se mueve conforme a este pensamiento: Dios pudo preservar a María del pecado original, era conveniente, lo quiso y lo hizo.

En la Inmaculada Concepción aparece el tipo más hermoso de la humanidad reparada, aparece la gloriosa anticipación de lo que también en nuestra naturaleza producirá la gracia bautismal.

Así la ha venerado la Iglesia desde la antigüedad como lo podemos constatar al escuchar a san Justino: “Por su infidelidad y desobediencia Eva nos dio la perdición, por su fe y obediencia María nos dio la vida”.

O aquello que expresaba bellamente san Efrén: “María es la no-manchada, la incontaminada Madre de Dios, la más gloriosa, más sublime que los cielos, más pura que el resplandor del sol.”.

San Ambrosio, por su parte, expresará: “María por gracia no tuvo pecado.”

San Germán de Constantinopla ha querido llamarle: “La Virgen María es la toda pura”, y san Juan Damasceno afirmará: “Tú, puente de la vida y escalera del cielo, ¡Oh inmaculada!”.

Quisiera, no atosigarles y dejar para el tercer segmento la reflexión sobre el cuarto dogma mariano.

 

 

La polilla de la costumbre.

1. Hemos hablado en el segmento anterior acerca de los dogmas de la Maternidad Divina, de la Virginidad Perpetua y sobre la Inmaculada Concepción, sólo nos falta hablar del cuarto dogma mariano definido hasta este momento en este pueblo cristiano amantísimo de la Madre de Nuestro Señor: La Asunción de María Santísima a los cielos.

La Iglesia profesa su fe en torno a la Asunción gloriosa de la Virgen María, ya que creemos que allá en donde está el Hijo está la Madre y que allá en donde está el Rey está la Reina. La Liturgia la honra de la siguiente manera: “Eres bella y hermosa, Hija de Jerusalén; subes al cielo, resplandeciente como la aurora cuando amanece”.

Se trata del don de la anticipada glorificación integral de su ser, alma y cuerpo, a semejanza de su Hijo; significa que terminado el curso de la vida terrena no padeció ni por un instante la corrupción del sepulcro; y esto fue o por anticipada resurrección, es decir, la virgen murió y su cuerpo fue puesto en el sepulcro, pero antes de que empezara el proceso natural de putrefacción fue resucitada. O por instantánea transformación del cuerpo pasible a cuerpo impasible y glorioso, obteniendo así anticipadamente la plenitud de la vida y de la gloria, plenitud que todos los que mueren en la gracia de Dios, tendrán en la resurrección al final de los tiempos.

Esta es la terminología usada por la Iglesia desde sus inicios para hablar de esta verdad: Dormición, Traslado, Asunción, Reposo, Cambio, Descanso, Cesación, Paso, Tránsito...

Y así opinaban los grandes santos sobre ella, entre ellos san Juan Damasceno: “Era preciso que Ella... como madre fuera trasladada junto con su Hijo... Era preciso que la que había albergado en su seno al Verbo de Dios, tuviera como morada los tabernáculos de su Hijo, también su madre debía habitar en el paraíso real de su Hijo”.

San Germán de Constantinopla afirmará con sabiduría y afecto en su predicación: “La incorrupción y la asunción al cielo del cuerpo de la Virgen, madre de Dios, es conveniente no solo a su divina maternidad sino también a su especial santidad de su mismo cuerpo virginal.”

Finalmente san Andrés de Creta aseverará con una fluída erudición: “La dormición de María, Madre de Dios, es un glorioso e inefable misterio. No queda encarcelada bajo el dominio de la muerte como acontece a nosotros sino que, a través de un sueño estático había de entrar en un ímpetu espiritual que la trasladaría hacia los bienes que son objeto de la esperanza y que operan una transformación divinizadora.”

2. ¿Por qué el cura nos estará comentando estas cosas? –Se preguntará alguno de ustedes-.

¡Fijate como todos guardamos un afecto muy especial para nuestra madre, que en prueba de ese afecto quisiéramos ponerles todas las coronas existentes sobre la tierra!

De la misma manera, queremos tanto a aquella que es Madre del Señor, que los cristianos hemos querido colocar todas las coronas existentes sobre su frente. La queremos tanto que le llamamos Reina, Princesa, Emperatriz...,  sin lugar a dudas, ella ocupa un lugar importantísimo en el Reino, y si no existieran coronas las inventaríamos aquellos que la queremos. Pero si, en este domingo, más allá de las coronas, fuéramos capaces de comprender lo que significa que ella es la Madre de Jesucristo, si más allá de todas nuestras letanías, nos diéramos cuenta de lo que significa que Jesucristo le halla llamado: Mamá..., nos daríamos cuenta de que ella merece todo nuestro respeto, nuestro afecto y cualquier manifestación de nuestra ternura.

Y sin embargo, hay tantos que la ofenden, la injurian, la humillan y hasta se burlan de ella... ¿Qué pensará sobre esto Cristo que ama en la plenitud con un corazón perfecto, con un corazón sagrado, con un corazón divino,... si nosotros amando con un corazón tan imperfecto como es el corazón humano, guardamos en tan alta estima a la que nos dio la vida y mucho más que la vida?

3. Y es que la polilla más destructiva que podemos experimentar es la de no aprender a apreciar a aquellos que experimentamos más cercanos, así con la Santísima Virgen María, como con aquellos que viven y conviven con nosotros.

Hace muchos años leía en escaparate de un negocio de fotocopiado de esos que uno visita frecuentemente en los años de escolaridad, una frase que me hizo reflexionar: “ Lo más significativo del viaje a la luna no fue que el hombre pusiera los pies en la superficie lunar, lo mejor de todo es que el hombre, por fin, puso sus ojos en la tierra.”

La glosa anterior, hoy, me ha venido a la memoria al meditar el texto del Evangelio que la Liturgia nos ofrece.

Pensaba en aquellos hombres que en Nazareth conocían a la perfección al Hijo eterno del Padre hecho hombre, que se llegaron a acostumbrar tanto a su presencia doméstica y ordinaria, como para que no fueran capaces de reconocerlo en el momento en que manifestaba su misión mesiánica.

¿El Mesías? ¡Imposible! ¿No es éste el carpintero, el hijo de José? ¿No viven sus hermanos entre nosotros?

Ellos esperaban al Mesías Divino enmarcado en todo un aparato de grandiosidad. Aquel que está frente a ellos les resulta tan cercano, tan familiar, tan sencillo, tan común y tan conocido, tan “del vulgo”, es decir, tan del pueblo, que al mismo tiempo les parece que tiene tan poco de excepcional y extraordinario. No cumple con sus expectativas.

El pecado de los Nazarethanos es el de querer aprisionar a Jesucristo dentro de sus esquemas, el de mantenerlo cautivo en el interior de sus limitados proyectos y diseños humanos.

Ellos, como todos los israelitas, esperaron durante tanto tiempo, durante casi 19 siglos que el Mesías interviniera en la historia, pero no fueron capaces de imaginar a un Mesías con el ropaje humano y con el trato de todos los días. Parece que ellos preferirían mil veces a un Mesías que actuara sobre la historia, desde fuera de la misma. Y con ello se rehúsan a aceptar uno de los más grandes regalos que Dios le ha hecho a ellos y a todos los hombres: la encarnación de su propio Hijo.

Pero, es aquí en donde se inicia la manifestación de la sabiduría divina, en lo que humanamente parece antojarse como el inicio de la locura humana. ¿Qué pensarán los Nazarethanos cuando se den cuenta de que la sabiduría de Dios se dirige hacia la cruz?

4. Nosotros también tenemos que pensar en que la presencia de Cristo se ha realizado preferencialmente en nuestro Nazareth. Y, es a los habitantes de nuestro Nazareth a los que más nos hemos acostumbrado.

El que nos acostumbremos a los seres más queridos nos conduce, entre otras muchas situaciones, a dos actitudes pecaminosas sobre las que tenemos que meditar: la minusvaloración y nuestro desamor, al ya no esperar que puedan cambiar o ser mejores en la vida.

Nos hace falta estar en otro lugar para poder valorar lo propio. Hace falta que un día nos ausentemos del lugar en el que nos encontramos para que entonces ponderemos lo que con gran privilegio poseemos. ¿Cuántas veces tenemos que tener los pies en otra parte para que podamos tener los ojos en aquello o en aquellos que tenemos y a los que nos hemos acostumbrado?

5. Pero, resulta que cada uno de nosotros nos acostumbramos a lo más grande, y aún a lo más sagrado. La polilla de la costumbre se encuentra destruyendo, en la infravaloración, nuestro propio Nazareth.

El segundo pecado que se engendra por la costumbre es el del desamor hacia nuestros seres más queridos. En el desamor ya no les damos la oportunidad de cambiar. Dejamos de esperar en ellos, todas sus posibilidades están agotadas. Sus rostros y sus personas se encuentran ya clasificados en nuestros lamentables archiveros mentales.

No me deja de resultar difícil, el comprender ¿cómo es posible que una generación que está abierta al cambio en todos los niveles de la vida, que le ha tocado vivir una época en que lo único permanente parece ser el cambio, sea tan impermeable para comprender que hay realidades de mucho más contenido y valor que también pueden cambiar? ¿Cómo cuales?,… Especialmente algunas personas que tienen caras demasiado conocidas.

Sabemos que el mundo cambia, pero no somos capaces de pensar que la persona también va cambiando. Aceptamos el perfeccionamieto en tantas áreas, pero no le damos la oportunidad a las personas de ser mejores. Contemporizamos en lo que se refiere a lo material, pero en cuanto a las personas nos mantenemos conservadores. Con las cosas vamos a la vanguardia y con las personas nos mantenemos a la retaguardia. Las cosas pueden cambiar mil veces pero no le permitimos a las personas que tengan un solo cambio.

Se trata de ese nuestro acostumbrarnos a nuestro Nazareth y a los que viven con nosotros, que nos ha hecho tanto daño.

6. Hoy, en día, la sabiduría divina se sigue manifestando en lo que tantos de nosotros apreciamos como una nueva locura. Muchas de nuestras actitudes así lo demuestran.

En la actualidad, existimos una buena porción de nuevos Nazarethanos. Aquellos que decimos conocer demasiado a Jesús, y que no le reconocemos en el rostro del hombre.

Nosotros también hemos fabricado nuestros estereotipos del rostro divino y rehusamos las diferencias. Nos negamos a ver a un Dios que se revela en el rostro del hermano.

Se nos olvida que Jesús ha querido seguir presente en sus discípulos, es a Él a quien se le persigue cuando se persigue a los cristianos; y que también ha querido seguir adoptando los rostros más ordinarios: el enfermo, el hambriento, el sediento, el forastero, el encarcelado, el desnudo, el que llora, el que sufre,... Parece que hemos olvidado que Jesús no se ha marchado y que ha querido quedarse aquí abajo en el rostro de los más sencillos. No pocos juzgamos o por lo menos actuamos como si fuera sólo una metáfora estas enseñanzas del Evangelio

7. El Señor sigue presente en los rostros conocidos y en los desconocidos. Sin embargo, puedo afirmar que, aunado a la frecuencia del trato, se encuentran esos pecados que nos hacen ignorar el rostro de Cristo, más en los cercanos que en los lejanos.

El rostro de Cristo está también en la faz de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros parientes, de nuestros vecinos y de nuestros amigos. Pero, es en nuestro Nazareth, en donde nos resulta más difícil percibir la presencia del Dios que se ha encarnado.

La rutina y la costumbre se han convertido en esos vicios con los que debemos luchar en nuestras familias. Es terrible pensar que las familias podemos destruirnos a fuerza de conocernos tanto. ¿Cuántos hijos son mejores lejos de su familia que en su seno? La razón estriba en que afuera hay quien cree en ellos y dentro de la familia ya todos le conocemos. ¡Ya no esperamos en ellos! ¡Ya nada nos sorprende de ellos! Y lo mismo sucede con los hermanos, padres y esposos.

8. Fueron tantas las veces en que me encontré con personas que conocían mejor que yo y mis hermanos a mi padre o a mi madre, que de Dios gozan, y que eran capaces de reconocer su trabajo, su sencillez, su servicialidad, su honestidad y su hospitalidad. ¡Qué lástima que los hijos seamos los últimos en valorar a los que tenemos y que sea, entonces, cuando ya no los tenemos, cuando los valoremos adecuadamente y con justicia!

Te hace falta que un día salgas o que pierdas lo que tienes para que al tener los pies en otra  parte puedas dirigir la mirada hacia aquellos que tienes y hacia el mundo en el que vives rutinariamente. El maestro Amado Nervo lo decía de una forma muy bella: “La ausencia es el ingrediente que le devuelve al amor el gusto que la costumbre le hizo perder”.

Hay que comenzar a reconstruir muchos de nuestros hogares. Los cónyuges deben volver a reubicarse en su papel de compañeros de viaje, de “ayuda adecuada” el uno para el otro; tal como Dios lo había planeado desde el principio de la creación.

Pidámosle a Dios que fumigue nuestros hogares contra esa polilla de la costumbre que los está destrozando.

Y, pidamos también el día de hoy, ¿Por qué no?, la intercesión de la Madre de Jesús, y Madre de todos los que somos “hermanos” de Jesús, para que “sus otros hijos” no tengamos miedo de predicar en nuestro propio Nazareth, aún cuando los Nazarethanos sigan siendo el destinatario más difícil que se pueda tener.

 

 

Democracia, autoritarismo y totalitarismo

1. El Evangelio de este domingo nos refiere a nuestro Señor que ha ido a su tierra en compañía de sus discípulos, y la verdad es que nos dice tanto el día de hoy, en que todos nosotros tenemos un deber para con este nuestro Nazareth que es nuestro Estado y nuestra nación.

Quisiera invitarte para que, no aislando tus deberes cristianos de tus obligaciones ciudadanas, vayas el día de hoy a ejercer tu derecho y obligación de elegir a nuestros gobernantes.

Te hago pues, extensiva una invitación para que en este espacio sigamos profundizando sobre los deberes que tenemos para con esta tierra que nos ha adoptado.

2. Arnold Joseph Toynbee hablando de la relación existente entre las minorías gobernantes y el proletariado interno ha mencionado: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”.

El presente ejercicio, mucho más que los colores de un partido político, desea tener los colores propios de la democracia, del amor a nuestra nación, del compromiso con nuestro pueblo y de la necesidad y obligación que tenemos todos de colaborar con una comunidad política en todos los niveles de su estructuración social.

3. ¿En el ámbito municipal, estatal y nacional, se vive actualmente una verdadera democracia? ¿En estos tres niveles existe algún rasgo de un gobierno autoritario? ¿Se podría pensar en alguna insinuación de totalitarismo en nuestro horizonte local o nacional?

Revisemos tanto en la democracia, como en el autoritarismo y el totalitarismo los lugares que ocupan la persona, la estructura social, la historia, la autocomposición y las leyes, para que asi poseamos el mejor criterio para nuestro análisis político-social.

4. La persona humana, como ciudadano y en su libertad, es la base del esquema de gobierno en el modelo democrático, mientras que en el esquema autoritario la persona humana pierde el rostro de su dignidad y se convierte en un individuo subordinado a los organismos corporativos en sus intereses y pretensiones de poder, más aún en un esquema de totalitarismo la persona humana ha dejado de ser individuo y se le considera solamente como una pieza en el engranaje de la maquinaria social.

5. La estructuración de una nación en la democracia se basa en la soberanía de la sociedad civil y de cada uno de sus integrantes que eligen a sus representantes mediante un sufragio mientras que en el esquema autoritario el líder prevalece sobre cualquier estructura amparándose en la bandera de la soberanía nacional y utiliza deliberadamente los organismos corporativos como elementos de control sobre el pueblo, en tanto que en un esquema totalitarista el Estado, identificado con una persona o un grupo, es considerado como la totalidad social.

6. Las páginas de la historia en una democracia se escriben en la más sana competencia de las diferentes alternativas, mientras que en un esquema autoritario el partido hegemónico utiliza todos sus recursos contra el contrincante para perpetuarse al percibir a la sociedad civil en un ámbito de relaciones clientelares, en tanto que en un modelo totalitario la historia política tiene en la persona o el partido la única opción, por lo que se identifica con la “razón histórica” y hasta con el emblema de una nación.

7. La composición de un Estado rector en la democracia tiene su fundamento en la sana división de los tres niveles de poder (legislativo, ejecutivo y judicial), mientras que en el autoritarismo los poderes y los distintos órdenes pueden existir, pero siempre estarán subordinados a una persona o a un grupo social, y ya en el totalitarismo ni existen los poderes ni existen los órdenes sino que todo se rige desde un poder monolítico.

8.-     En relación a las leyes establecidas, en la democracia se aspira a establecer por la ley un Estado de Derecho que viva conforme a un marco de legalidad mientras que en el autoritarismo el gobierno tendrá siempre un amplio margen de negociación subjetiva ante una Ley que siempre le beneficia, y en el totalitarismo, más que un Estado de derecho y un marco de legalidad, prevalecerá siempre la “razón” del Estado.

¿En nuestro marco social local y nacional, ya sea por los agentes o por los partidos, se vive la democracia, se ha implantado el autoritarismo o se padece el totalitarismo?

¿Cuál es el ideal que deseamos alcanzar como sociedad?

9. Apoyemos a aquellos que nuestras autoridades electorales presenten o diriman como los elegidos en el ejercicio de la democracia.

Rogelio Narvaez Martinez

 

 

1. El escándalo de la fe. Creer es aceptar la irrupción de Dios en la propia vida y en la historia de los hombres. Es aceptar que el hombre, con toda su técnica y todo su saber, no tiene todos los hilos de los acontecimientos en sus manos. Es aceptar el riesgo de que Alguien te indique el camino, que tú no ves. En este sentido, la fe es un auténtico escándalo. El escándalo de la fe no es cosa de estos últimos siglos, ni sólo de los cristianos o de los hombres religiosos; el escándalo afecta a todo ser humano, a los mismos ateos. Quieran o no, la fe es también para ellos una piedra de tropiezo en su marcha por la vida. A los israelitas del siglo VI a. C. les chocó y se les hizo un verdadero drama el ver que Jerusalén era conquistada por los babilonios, que les deportaron en gran número a su propio país. ¿Dónde está la fidelidad de Yahvéh a sus promesas? ¿Dónde está, se preguntaban los israelitas, el brazo poderoso de Yahvéh? ¿No se ha mostrado más poderoso Marduk (dios babilonio) que Yahvéh? Yahvéh nos ha abandonado. ¡El escándalo debió ser imponente!

2. No menor debió ser el escándalo de los nazaretanos. Ellos conocían la familia de Jesús, una familia absolutamente igual a las demás del pueblo. Ellos conocían muy bien a Jesús: su infancia y juventud, sus padres, su oficio, sus parientes; lo habían visto crecer como uno entre tantos... No, no podemos creer lo que nos cuentan de él. ¡Le debe haber sucedido algo raro! Es evidente que no hay cosa peor para la fe que acostumbrarse a vivir con el misterio a nuestro lado.

3. La fe de Pablo es probada de modo diverso. Él ha sido "arrebatado" hasta el tercer cielo, es decir, a una experiencia de Dios absolutamente sobrecogedora y profunda. Con todo, esa experiencia no le libra del aguijón de la "carne" (¿una enfermedad? ¿la conciencia de su debilidad ante la misión? ¿la conciencia del abismo entre él con todas sus limitaciones y Dios con toda su grandeza? ¿el sentir el peso del propio pecado?). ¿Cómo es esto posible? ¿Por qué Dios no le libra de esa espina que le atormenta? También Pablo pasó por el escándalo de la fe.

4. Actitudes ante el escándalo de la fe . La liturgia presenta a nuestra consideración tres actitudes ante el escándalo de la fe. La primera es la de los israelitas. Es la actitud de rebelión, de obstinación, de dureza de corazón. En lugar de buscar solución a sus dudas sobre la fidelidad de Dios, se aferran a ellas, en ellas se encierran y con ello su corazón se endurece ante la voz de Dios que les llega por el profeta Ezequiel. En lugar de buscar resolver sus dudas de fe, se hunden más en ellas. La segunda actitud es la de los habitantes de Nazaret. Ellos no pueden dudar de los signos y prodigios que ha hecho Jesús en Cafarnaum y en los pueblos de su alrededor. Pero no pueden creer que un hombre corriente, y de su pueblo, como es Jesús, logre hacer tales cosas. Ellos se habrían dado cuenta desde antes. ¡No son tan tontos! ¡Algo raro y extraño ha sucedido, aunque no sepan qué es! La tercera actitud, muy diversa de las anteriores, es la de Pablo. La experiencia de Damasco ha marcado para siempre su vida. Lo que le pasa tiene que explicarlo desde esa experiencia. Y así, desde esa experiencia de fe, llega a dos conclusiones: 1) Ante las crisis de fe está presente la gracia de Cristo para enfrentarse a ellas con decisión y valentía; 2) En mi debilidad, es donde soy más fuerte, pero no con mi fuerza, sino con la fuerza de Dios. La prueba de la fe es un momento extraordinario para acrecentarla y consolidarla.

padre Antonio Izquierdo

 

 

Fidelidad, a pesar de todos los rechazos

Jesús había nacido en Belén de Judea pero se había criado y había crecido en Nazareth. De allí que se lo reconociera más por el lugar en donde estaban sus raíces -Jesús de Nazareth- que por el patronímico usual que solía utilizarse en su cultura, y que sería Jesús bar José, Jesús hijo de José. Quizás se deba a que en parte, somos lo que somos por donde se hallan nuestras raíces antes que por el lugar en donde se ha nacido, raíces familiares, raíces cordiales.
Él se largó a los caminos, fiel a su misión, en la plenitud de su ministerio de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos, a todas las gentes, comenzando por Israel. Su fama de rabbí sanador se expandía y trascendía las fronteras, de modo que en cada lugar donde llegaba lo esperaba una multitud ansiosa de salud y hambrienta de verdad y justicia.
Pero en esa ocasión Él había regresado a su querencia, a su patria chica acompañado de sus discípulos. Ya no es el mismo, claro que nó, es Maestro, es profeta, es un Dios que se expresa y revela entre los suyos.
Sin embargo, los suyos no le reciben, y cuando ejerce su derecho a enseñar en el culto sabatino en la sinagoga, se miran estupefactos. No puede ser. Ellos lo conocen bien: es el hijo del carpintero y María, pariente de unos cuantos -el clan tiene su duro peso-, lo han visto jugar de niño, crecer a la sombra de su padre en el trabajo, hacerse hombre.

De ningún modo existe la posibilidad de que Él hable con esa sabiduría nueva y extraña -quién se cree que es-, no hay forma de que por derecha pueda hacer las cosas que hace. Sigue hablando con la misma tonada galilea, campesina y sencilla, sigue siendo un hombre pobre que se ha negado a construir una familia como es costumbre, es el mismo de siempre, que no pretenda hacerse el portavoz de Dios.

En realidad, lo que sucede es mucho más profundo que un simple y tóxico prejuicio por parte de esas gentes.

Se trata de que Cristo les revela un Dios cercano, un Dios tan accesible que se hace presente en medio de ellos, un Dios que se hace ofrenda, un Dios incondicional en su amor y sus afectos -aún cuando se esfuercen en los méritos-, un Dios profundamente escondido en lo humano.

Pero ellos siguen aferrados a esa imagen de un Dios distante, terrible y a la vez inaccesible, al que a la vez puede torcerse su favor mediante la observancia estricta de los preceptos. En esas estrategias retributivas, la misericordia no tiene lugar.
Sólo por el camino de la fé -don y misterio- es posible volver a reencontrarnos con ese Dios que siempre está de regreso, amigo y pariente fiel que nos visita en nuestra cotidianeidad. Y que tan a menudo se expresa por profetas de barrio y profetisas sencillas y humildes que la Iglesia nos florece, y que la misma Iglesia tristemente suele acallar.
Quiera Dios que nos podamos felizmente reencontrar con ese Dios carpintero que nos talle el corazón como mesa grande para los hermanos, cuna para nuestros hijos, cruz de la vida que se ofrece.

 

 

El hijo de Maria

Él regresaba a lo que conocía, a su ambiente, a su querencia. Se había criado allí, había jugado con los otros niños del pueblo, sus manos se encallecieron en faenas artesanas, en el esfuerzo cotidiano de arrimar algo al sustento familiar.

Sábado de sinagoga: como todo varón judío, tiene derecho a comentar frente a la congregación -precisamente ésa es la traducción literal de sinagoga- los textos sagrados. Sin embargo, Él dá un paso más; Él se pone a enseñar la Palabra desde la luz de la Buena Noticia a sus paisanos.

Ellos no pueden salir de su estupor: lo conocen o creen conocerlo demasiado bien como para tolerar que venga ahora con pretensiones de profeta, de maestro, de autoridad de parte de Dios. Y, claro está, reniegan de sus milagros: no aceptan que esas manos cuarteadas de tekton sean capaces de sanar enfermos, de realizar milagros con la fuerza de Dios.

Ese Jesús tiene su misma tonada galilea, lo han visto cotidianamente durante treinta años, saben que no ha concurrido a los pies de ningún rabbí de nota como discípulo y carece de formación teológica, no puede venir ahora a plantarse en tren de autoridad y magisterio.

Además, tienden a denigrarlo al nombrarlo como hijo de María, sugiriendo que es un varón sin padre; la identidad judía se define desde los padres, nunca desde las madres.

En realidad, la irrupción de Jesús de Nazareth les quebranta la rígida estructura social y religiosa en la que se sienten cómodos y seguros, pero es un armazón que deja todo establecido, que no admite ninguna novedad, que se afirma a partir de esas normas de pureza y exclusión en un rigor tan estricto que cualquier actitud de renuevo es motivo de escándalo y repudio.

A partir de allí nada será lo mismo en su ministerio, y nada será igual cada vez que se rechaza la frescura maravillosa de la Gracia y del Espíritu.

Ellos querían descalificarlo especialmente al sindicarlo como hijo de esa mujer, María.

Sin embargo, cuando reconocemos a Jesús como al hijo de María de Nazareth, nos acercamos a su entrañable y profunda humanidad, esa que lo hace tan nuestro, tan cercano, tan Dios con nosotros.

Y quizás entonces, con el auxilio de ese Espíritu que lo impulsaba y sostenía, volvamos a escuchar a tantas profetisas humildes de nuestros días, a los profetas de nuestros barrios, a aquellos que nos despiertan de los sopores de las costumbres con la frescura de la mejor de las noticias, voz de Dios que nos vuelve a llamar a cada instante.

Ricardo Guillermo Rosano

 

 

 

 

No pudo hacer allí ningún milagro

Leyendo el Evangelio de hoy, me viene a la memoria una pequeña experiencia, recién llegado a la selva peruana, allá por los años 1968. El padre Santos, a quien le gustaban las bromas inocentes y pícaras, me llamó un día pidiéndome un favor. “¿Me podías cortar ese pequeño tronco?” Con mi mayor inocencia tomé el hacha y golpeé el tronco con toda mi alma. El hacha rebotó sin hacer la menor mella al tronco. Mientras tanto él se reía. Era un tronquito de una madera que, si mal no recuerdo se llama “quinilla”, que una vez que se seca es duro como el hierro. Ahí ya no puedes hacer nada porque no se deja trabajar por su dureza.

Jesús va a su pueblo con toda ilusión. Pero se encontró con que su gente se parecería a la “quinilla” de la selva. Se mostró dura con él, a pesar de admirar su sabiduría, pero resistente a lo que decía. Y hasta él mismo se extrañó de su “falta de fe”, hasta el punto de que “no pudo hacer allí ningún milagro” y se largó a otros pueblos donde sería mejor acogido.

Fano – Diócesis de Málaga

Los padres suelen soñar grandes cosas para sus hijos.

Pero éstos se resisten.

Dios tiene grandes sueños con nosotros.

Pero también nosotros nos resistimos.

No es que no podamos ser más.

Es que nos resistimos y nos contentamos con lo que somos.

Con frecuencia, tampoco Dios puede hacer milagros en nuestras vidas.

No porque no quiera. No porque no pueda.

Sino porque nos resistimos y no nos dejamos hacer.

Por eso, una de las frases más bellas del Evangelio, la dijo María: “Hágase en mí según tu Palabra”. Disponibilidad.

Dejarse hacer: “El Poderoso hizo en mí maravillas”.

Maravillas puede hacer Dios en cada uno de nosotros.

Maravillas quieren hacer los padres con sus hijos.

Maravillas quiere hacer el sacerdote, pastor de su comunidad parroquial.

Pero el problema está siempre en nosotros: “Nuestra falta de fe”

Nuestra falta de fe en El.

Nuestra falta de fe en nosotros mismos.

Nuestra falta de fe en quienes pretenden hacernos grandes.

Es nuestro apego al pasado.

Es nuestro apego a lo que ya somos.

Es nuestro apego al ayer.

Es nuestro miedo al cambio.

Es nuestro miedo al riesgo de un futuro incierto.

Es nuestro miedo a lanzarnos al vacío del mañana.

Es nuestro miedo a nosotros mismos.

Preferimos quedarnos achatados y enanos y renunciamos a ser los gigantes del espíritu.

Para crecer, es preciso tener fe en nosotros mismos.

Para crecer, es preciso tener fe en el futuro.

Para crecer, es preciso tener fe en lo nuevo.

Para crecer, es preciso tener fe en que podemos cambiar.

Para crecer, es preciso tener fe en que las cosas pueden ser de otra manera.

Somos muchos los que nos quedamos en esa “dulce mediocridad”.

Somos muchos los que nos quedamos enanos en la vida.

Somos muchos los que “no nos dejamos hacer”.

Somos muchos los que “no nos dejamos cambiar”.

Somos muchos los que “no le dejamos a Dios hacer el milagro de amor en nosotros”.

Somos muchos los que impedimos que los ideales medren en nuestras vidas.

Dios tiene demasiados sueños sobre nosotros.

Dios tiene demasiados sueños sobre el mundo.

Dios tiene demasiados sueños sobre la Iglesia.

Pero tampoco él puede hacer “ese milagro”.

Dios ya quiere. Somos nosotros los que no queremos.

Somos nosotros “los que despreciamos a esos profetas” que nos tienden la mano.

Clemente Sobrado C. P.

 

 

Se extrañó de su falta de fe

1. La primera lectura, por medio de la cual Dios nos ha hablado, está tomada de Ezequiel, que fue un sacerdote y profeta hebreo exiliado a Babilonia. Su labor consistió principalmente en amonestar al pueblo de Dios invitándolo al arrepentimiento, y combatir la idolatría, la corrupción por las malas costumbres y las ideas erróneas acerca del pronto regreso a Jerusalén. El texto escuchado forma parte del prólogo del libro que relata el llamamiento del profeta: oí que me decía: … yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí.

Ezequiel es uno más de los miles y miles de hombres y mujeres que, en la historia de la salvación, han sido llamados por Dios para ser enviados a desempeñar una misión o tarea a favor de sus hermanos: Abraham, Moisés, Juan el Bautista, la Virgen, san José, los sacerdotes, los religiosos, los misioneros…   Y es que la salvación de Dios es una historia de mediaciones, que participan todas ellas y colaboran con el único mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo.

2. El evangelio que el sacerdote ha proclamado nos presenta a Cristo llevando a cabo la tarea evangelizadora encomendada por el Padre. Como ha ocurrido siempre con relativa frecuencia, y ocurrirá hasta el final de los tiempos, el mismo Jesús, el Maestro por excelencia, encuentra poca acogida en la sinagoga de Nazaret. Tan es así que el evangelista comenta: no pudo hacer allí ningún milagro… y se extraño de su falta de fe. ¿Jesucristo se quedó sorprendido y decepcionado por la falta de fe de sus paisanos? San Beda, monje cisterciense llamado el Venerable, nos ha dejado este texto, que es como respuesta al interrogante planteado: Jesús no se asombraba como de una cosa no esperada e imprevista, puesto que conoce todas las cosas, aun antes de ser hechas; pero, conociendo hasta lo más secreto de los corazones, manifiesta delante de los hombres que se asombra de lo que quiere que se asombren los hombres.

El Señor quiere que tengamos asombro ante la falta de fe que pueda darse, y que sintamos admiración, como la sintió Jesús por la fe del centurión de Cafarnaúm: os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.La fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, el día de nuestro bautismo, al recibir la gracia santificante, de la cual santo Tomás dice: el más mínimo grado de gracia santificante vale más que todos los dones naturales juntos.

3.Como sabemos, la fe es una de las tres virtudes teologales junto con la esperanza y la caridad.Por su origen y su objeto es sobrenatural, por eso es don totalmente gratuito, que nos podemos merecer. Por la fe, aceptamos todo lo que Dios ha revelado, no porque lo comprendamos, sino porque Dios nos lo ha dicho y Dios no puede ni engañarse ni engañarnos. Por la fe, creemos y aceptamos a Cristo en nuestra vida, lo cual quiere decir que intentamos vivir de manera comprometida con Él. La fe es tan importante que Jesús nos dijo: el que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Y en la carta a los hebreos está escrito: sin fe es imposible agradar a Dios.

Por puro amor de Dios hemos recibido la fe verdadera sin merecerla. Dios ha sido bueno con nosotros, muy bueno. Una primera actitud, que permanentemente debe darse en nosotros, es nuestra acción de gracias por el don maravilloso de la fe. Junto a ese dar gracias frecuentes por nuestra fe, hemos de defender y formar nuestra fe. Defenderla, porque hay lobos disfrazados de ovejas que pueden intentar mostrarnos como verdadero y bueno lo que en sí mismo es malo y falso, pues no coincide con lo que Dios ha revelado de cara a la salvación de los hombres. Siempre las enseñanzas de la Iglesia nos sacarán de dudas y nos indicarán cuál es el camino verdadero.  

4. Por otra parte –lo decíamos hace un momento-, hay que formar la fe recibida en el bautismo. Formación doctrinal, en primer lugar, mediante las catequesis, las lecturas bien orientadas, el estudio de la teología, o las reuniones de grupo. Pero también formación ascética y vida de piedad, cultivando la oración personal y comunitaria, pasar ratos largos ante el sagrario, la recepción frecuente de los sacramentos y, de modo especial, la participación en la Eucaristía dominical y en la Eucaristía de cada día, si nos es posible.

Pero la fe, para ser auténtica, tiene que ser efectiva, operativa, fecunda, fuente de buenas obras… No se nos dio la fe solamente para conocer o creer, sino también para obrar y poner en práctica lo que creemos.¿De qué sirve decir “Creo en Dios”, si despreciamos sus Mandamientos? ¿“Creo en Jesucristo,” si no vivimos conforme a su ejemplo? ¿“Creo en el cielo y en el infierno”, si no hacemos por merecer éste y evitar aquél? ¿“Creo en el perdón de los pecados”, si estamos alejados de la práctica sacramental, de la confesión y de la Eucaristía?: palabras de un autor actual.  Las buenas obras son importantísimas, incluso, necesarias, pues son reflejo directo de nuestra fe. Nuestra fe queda autentificada con nuestras obras, cuando éstas son concordes con la fe que profesamos. Hasta tal punto son necesarias las obras, que el apóstol Santiago, inspirado por Dios, enseña con total rotundidad que la fe sin obras está muerta. Nuestro obrar ha de estar siempre de acuerdo con nuestros creer. No puede ir por un lado nuestra fe y, por otro diferente, nuestras obras de cada día. Benedicto XVI dice en la Porta fidei que lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

5. Le pedimos a la Virgen que vivamos como Ella la fe recibida del Señor.

Alfonso Martínez Sanz

 

 

Este domingo los textos de la Palabra de Dios nos llevan a reflexionar sobre la persona y el papel del "profeta". Jeremías se ve "obligado" a denunciar las rebeldías de Israel, el Señor pone en su boca palabras duras de decir..., más difíciles aún de aceptar. Jesús, meta final de toda profecía y de todo profetismo, se ve despreciado entre los suyos.

¿Quién es profeta? ¿Para qué el profeta? ¿Todavía profetas hoy? En principio, nadie puede arrogarse tal papel. No es profesión adquirida ni conquistada. Provoca hilaridad el autoprofeta. Es falso profeta. Pero tampoco el profeta es escogido, ni elegido, ni votado por nadie, ni por la autoridad competente ni por la asamblea en pleno. Estos lo aceptan o no, le escuchan o no.

El profeta viene (en cuanto profeta) de "más allá"..., no es (fruto) de "este mundo". ¿Quién es profeta? En realidad, a priori, nadie lo sabe, ni él mismo, claro. Sólo con el paso del tiempo, a posteriori, caemos en la cuenta que tenía algo que decir y que, aunque dolía, venía como anillo al dedo. Tampoco es profeta en nuestro tiempo aquél que los medios de comunicación nos ofrecen como tal, o se empeñan grupos en presentar como tal, por controvertida que sea su persona o su mensaje.

En el Antiguo Testamento la figura del profeta engloba personajes tan dispares como Moisés, Jeremías o Juan el Bautista. Reyes, pastores o intelectuales. Algo les caracteriza a primera vista: no desean ni por asomo meterse a profetas. "Alguien" desea contar con ellos para encomendarles una tarea difícil, pero que va a beneficiar a la larga a todo el Pueblo de Dios.

Es Dios mismo quien toma y envía a sus "portavoces"... para que digan algo en su nombre: que mantengan viva la espera en tiempos duros (Isaías); que denuncien la infidelidad, los abusos e injusticias (Oseas, Amós); que saquen a la luz las rebeldías y pecados colectivos (Jeremías, Jonás); que preparen a fondo una renovación del resto (pobre) de Israel (Juan el Bautista).

El profeta inevitablemente es controvertido, su palabra dura de oír, su tenacidad escandalosa, el conflicto con los dirigentes oficiales previsible. Una palabra para todos. Libertad de palabra, temido, respetado. Buena noticia de salvación y misericordia para unos... Mala noticia de juicio y reprobación para otros. Y el profeta en medio, posesión de nadie..., posesión del Espíritu de Dios, heraldo suyo, sufriente siervo las más de las veces, ofreciendo su vida y su palabra para que Otro las tome como cosa suya.

Instrumento total en manos de Dios para preparar el futuro. Algo así sería. Siempre recordando la lógica y continuidad que hay en la historia de salvación. Los gestos y palabras de Dios no se contradicen: son gestos liberadores y palabras de misericordia. Pero no para todos. Sí lo son para aquéllos que permanecen abiertos y disponibles. Para los estancados, orgullosos, satisfechos de sí mismos o contentos con las cosas tal cual están..., el profeta sacude, mueve, inquieta.

Cuando Jesús se presenta en Nazaret produce conmoción. Por algo sería. Es despreciado porque le ven "como uno de tantos", no aceptan su persona, es despreciado su mensaje. La salvación pasa de largo. Y ya en el Nuevo Testamento, en la Nueva Alianza, oficialmente se acabaron los profetas en sentido estricto. No más portavoces.

Está ya entre nosotros el Portavoz del Padre. Y nadie puede arrogarse el derecho a profetizar. Tiene primacía el confesar: Jesucristo es Señor. Se pasa de la profecía a la confesión de fe, con el corazón y la vida toda. Se es profeta en otro sentido. Todo aquél que confiesa que Jesucristo es la Palabra del Padre... se convierte en su profeta-testigo, y se compromete a poner en práctica la Palabra que anuncia. Ya el Espíritu de Dios finalmente ha sido derramado en toda criatura y el cristiano es internamente instruido y comparte en comunidad la palabra que escucha en su interior y los dones que recibe para bien de todo el Cuerpo.

Se acabó el profetismo de élite, al viejo estilo. No más profetas desmarcados de Jesucristo ni de la Comunidad. No más propiedad privada de la Palabra de Dios ni de su voluntad. Todos necesitamos discernir, porque uno solo es el Espíritu que está en todos y a todos reenvía el Profeta del Padre: Jesús de Nazaret, su última Palabra. Ahí, en El, a El, hay que volver siempre, paradigma final de la voluntad de Dios. Sólo El es Camino, Verdad y Vida.

La diversidad de dones y funciones (no todos son maestros; no todos son profetas) en la Iglesia y en las comunidades, deben complementarse, no descalificarse. El profeta precisa del maestro..., el maestro del profeta. La cabeza cuenta con la mano..., la mano con la cabeza.

Cuando se "enfría" la memoria de Jesús, personas o grupos interpelantes aparecerán que nos recuerden con su vida y su palabra el camino evangélico. Profeta o testigo, es igual. Nuevos profetas de nuevo estilo, molestos siempre cuanto tendemos a aguar el vino añejo de la Palabra del Padre. Nuevas denuncias a nuestros instalarnos y adocenarnos, fácilmente estando con el Evangelio y con el mundo, entrecruzando caminos que no todos ellos inspira el Espíritu de Jesucristo ni llevan al Reino de Dios.

Dejarse interpelar, dejar que suene la voz disonante del "profeta", no apagar de inmediato, examinarse por si acaso a propósito de su mensaje, no querer demasiado pronto apropiarnos, asimilar o domesticar el contraste que se nos ofrece... Que pase tiempo, que crezca lo sembrado, que veamos sus frutos... ¡y aun entonces! La Iglesia, a lo largo de su rica historia, historia de contrastes, ha ido recibiendo llamadas a la conversión desde las instancias más insospechadas... Pero hay profetas que su vida les descalifica, su afán de protagonismo les delata, su ausencia de comunión les pierde. A discernir. Hay "profetas"... Sí, pero hay ruidosas palabras, sin más.

Juanjo Martinez

 

 

Evidentemente, ser profeta no debe ser nada fácil. En cierto modo, cada cristiano debiera ser un profeta, cada cristiano debiera ser un eco, aunque pequeño e insignificante, de la gran Voz de Dios y participar, siquiera mínimamente, en la incomodidad del profeta. Y esto me parece extraordinariamente interesante, porque quizá los cristianos estamos formados con cierto afán de triunfalismo.

Estamos calculados para triunfar y tenemos un pasado inmediato de catolicismo oficial y masivo, cuya pérdida parece que nos hace temblar y nos sume en un pesimismo injustificable. Hoy, la primera y la tercera lectura, que deberíamos saborear detenidamente, son una lección clara del éxito profético.

Por una parte, Ezequiel recibe su misión de predicar el mensaje de Dios a un pueblo calificado de obstinado y testarudo, un pueblo que, presumiblemente, no va a escuchar al profeta, pero que, en cualquier caso, "sabrán que hubo un profeta en medio de ellos". Y esto es lo interesante. No tanto que los oyentes capten el mensaje, al que pueden oponer su negativa reiterada, sino que el profeta acepte su misión, la cumpla fielmente y todos -y más aquéllos que no quieran aceptarlo- sepan de verdad que en medio de ellos hay un profeta. Que hay en medio de ellos un hombre que no busca el aplauso, sino la posibilidad de transmitir el mensaje, que no se preocupa de que crezca la audiencia, sino de que esa audiencia, amplia o escasa, reciba la palabra de Dios con nitidez y sin adulteraciones; un hombre que se siente impelido por la misión recibida y que la cumple, aun cuando el resultado no justifique en absoluto el esfuerzo, el entusiasmo y la entrega que esa misión le exige. A Ezequiel el Señor que le enviaba no le enviaba engañado, sino que le advirtió claramente sobre la posibilidad de que los oyentes no fueran precisamente un "público agradecido", ese público que en nuestro pequeño afán profético, quizá desviado, deseamos siempre tener de nuestra parte.

El Evangelio de hoy no es menos expresivo al respecto. Cristo va a su tierra y aprovecha la ocasión para hablar en "su" sinagoga.

En ella están, como es natural, los hombres religiosos de su pueblo, los hombres que van allí porque quieren saber, porque quieren relacionarse con Dios, porque son practicantes. Y, ante ellos, Cristo habla y habla con un estilo propio y definido que los sorprende y que les molesta. Al menos, eso parece desprenderse de la escena que cuenta Marcos y en la que nada sabemos acerca de lo que Cristo dijo, porque quizá el evangelista quiere que el protagonista de la escena no sea el mensaje, sino el mensajero.

Los paisanos de Cristo lo rechazan de plano. Aquel hombre corriente y vulgar, cuyo padre y cuya madre forman parte del común denominador de los mortales del pueblo, él con su carpintería y ella con sus idas a la fuente y sus labores domésticas, a cuyos hermanos tutean los asistentes, ¿cómo puede intentar imponerse a la audiencia?, ¿de dónde le viene la sabiduría?, ¿de dónde ha sacado ese modo directo y agresivo de interpretar las Escrituras?, ¿con qué autoridad les interroga desde sus palabras, creándoles una inquietud que en otras ocasiones, cuando hablan los peritos de la ley y los sacerdotes de siempre, no han experimentado? Decididamente, van a oponerse a aquel vecino y lo hacen con tanta rotundidez que, cosa curiosa, el evangelista dice con toda expresividad que Jesús "no pudo hacer allí ningún milagro". La oposición de aquellas mentes religiosas fue de tal categoría que redujeron a Jesús a la impotencia... ¡Menuda frase y menuda lección! Y digo menuda frase y menuda lección! porque la escena de la sinagoga de Nazareth no es un caso que pasó y no se repite. No.

Es un caso que se está dando constantemente entre nosotros, entre los que nos sentamos en las reuniones "religiosas" y rechazamos rotundamente la persona, cuando no nos place y no cumple los "cánones" de quienes consideramos perfectos y consagrados, tachándola frecuentemente de vulgar y sin categoría, que fue lo mismo que dijeron de Cristo sus vecinos.

Hay que leer detenidamente el Evangelio y llegaremos a una conclusión no precisamente feliz: todos los defectos que Cristo encontró en los hombres religiosos de su época y que los evangelistas recogieron cuidadosamente para "enseñanza de la posteridad", los hemos copiado con una fidelidad digna de mejor causa. Este de hoy, también. En la escena de hoy no podría decirse, mirando nuestras comunidades cristianas, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, sino posiblemente todo lo contrario.

 

 

- EL ASOMBRO QUE NO LLEVA A LA FE

La escena evangélica sitúa a Jesús en su tierra, es decir, en un medio ambiente que le era conocido. Es el sábado en una sinagoga. Medio ambiente por tanto no sólo conocido sino religioso practicante. Va en compañía de sus discípulos. El marco parece reunir todas las condiciones para que Jesús pueda relajar su tensión natural de evangelizador y caminante. Al menos este episodio parece prometer un final feliz.

Jesús comienza a enseñar. No sabemos qué enseñaba. Lo que sí sabemos es que produce asombro. Sabemos que la sorpresa y el asombro son el comienzo de un camino que puede llegar a descubrimientos hondos, tanto en el campo de las ideas como en las relaciones personales. Muchas filosofías han nacido cuando se ha querido buscar la respuesta a hechos que nos han asombrado.

Muchas amistades y amores deben su origen al asombro que nos produce otra persona. La sorpresa y el asombro pueden ser enormemente fecundos. Pero el asombro de los religiosos paisanos de Jesús conduce a una conclusión desconcertante: "Desconfiaban de él" (v.3). Más literalmente, "se escandalizaban de él". Imposible pensar asombro más estéril. ¿Cuál es el itinerario de la infecundidad? El asombro ante la enseñanza de Jesús suscita preguntas. Es lo normal. Es bueno. Cuatro preguntas en el original. Cinco en la versión litúrgica. Las preguntas se refieren a dos tipos de constatación. Por una parte, la sabiduría y las obras de Jesús, inesperadas y sorprendentes. Por otra, a su trabajo de carpintero y su familia, conocidos de todos. El interrogante base es: conociendo sus antecedentes ¿de dónde saca todo esto? Cuando se hacen dos constataciones existe una elección. Se deja como "mayor", como base, la conocida (su trabajo y familia no dan de sí, es uno de nosotros) y como subordinada la desconocida (enseñanza y milagros), y entonces se concluye: desconfiemos de él. Es el asombro estéril, el que corta el paso a toda novedad, el que se cierra sobre los propios esquemas. O se pone como "mayor", como base, la constatación sorprendente y como subordinada la conocida, para concluir: en lo ordinario, conocido, insignificante, familiar, puede salirnos al paso lo más sorprendente, no lo rechacemos.

La fe cristiana en la encarnación no quiere decir otra cosa que lo segundo. Si Jesús es Dios, lo más asombroso ocurrirá siempre dentro y no fuera de las mediaciones humanas más sencillas y cotidianas. Y confiaremos en Jesús, y en esta historia, y en estos hombres.

- EL ASOMBRO DE LA FALTA DE FE

Frente al asombro de los vecinos religiosos que lleva a la desconfianza y al rechazo, encontramos el asombro de Jesús. "Se extrañó de su falta de fe" (v. 6). Porque Jesús ofrece, no pide.

Ofrece salud y esperanza a quienes la necesitan. Ofrece una enseñanza liberadora del hombre y liberadora de Dios. Y su ofrecimiento es rechazado en base a la insignificancia de su trabajo y de su familia.

Jesús se asombra. Porque los hombres en cambio tenemos demasiada fe cuando nos piden. Los poderes políticos, económicos, religiosos, nos exigen sometimiento, servidumbre, sacrificio. Nos piden dinero, salud y nos exigen no salirnos de un sistema. Nos piden mucho y creemos en ellos. ¡Porque son grandes! ¡Qué absurdos somos y qué ciegos! Jesús ofrece gratuitamente lo que nuestra vida siempre ha deseado, y lo rechazamos. Porque es de los pobres y pequeños. Conocemos su pueblo, su trabajo, su familia. Y en cambio nos inmolamos con fe ciega ante las exigencias más duras de otros, que no nos traen precisamente felicidad ni libertad. pero son los poderosos.

Para todo tiene Jesús. Para extrañarse de nuestra falta de fe en él. Y para asombrarse de nuestra enorme confianza en seguir el camino de los poderes de la ideología, la política, la economía, el deporte o la religión. Nuestro tiempo, tan agnóstico, está lleno de fe y adhesiones inquebrantables.

-LA FE ES ASOMBROSA

Porque si la falta de fe impide actuar a Jesús -no pudo allí hacer ningún milagro-, aun entre gentes religiosas, en cambio no hay situación imposible para que el cree. No olvidemos que el evangelio de hoy nos habla de personas religiosas, pero con falta de fe. ¿No habrá entre nosotros tan pocos "milagros" porque somos, sí, religiosos, pero en el fondo no creemos y desconfiamos! ¿Somos conscientes del enorme horizonte que se abre al que cree? Precisamente, para que el contraste sea bien claro, la escena de hoy es continuación de otra en que la fe ha obrado lo que parecía imposible. "No temas, ten fe y te basta", dijo Jesús a Jairo. El y la mujer con trastornos en su cuerpo, experimentaron asombrados el efecto de su confianza. Quizá será bueno que hoy volvamos a escuchar el reproche de Jesús a sus discípulos, aterrorizados en la tempestad: "¿Aún no tenéis fe?" (4,40). Somos gente religiosa, sí, discípulos de Jesús, también, pero ¿de verdad tenemos fe?

Jesús María Alemany

 

 

- ESPERAR A DIOS 

Dios nos sorprende con frecuencia; respetando nuestra libertad, desde luego. Si no queremos dejarnos sorprender, si nos cerramos en banda en nuestras ideas y prejuicios, Dios no va a forzar las cosas; esto es algo de lo que podemos estar bien seguros.

Dios tiene "cierta tendencia" a no actuar de la forma en que nosotros esperamos. Y esto, dicho sea de paso, es una constatación no exclusiva del cristianismo, sino de cualquier experiencia religiosa seria. Dios no tiene esquemas previos, métodos preestablecidos, cauces reglamentarios que nosotros podamos llegar a descubrir y que nos sirvan para ponernos en la pista de por dónde va a salir la próxima vez. En todo caso sólo podemos tener una certeza: donde menos lo esperas, donde menos lo imaginas... allí puede surgir, hablarle al hombre, comunicarse con él. A Dios hay que esperarle, no intentar forzarle la mano para que se nos manifieste.

-DAR CABIDA A LA SORPRESA

Un creyente adulto, maduro en la fe, conoce bien esto; sabe dejar en su vida un amplio espacio a la sorpresa y a la admiración, es consciente de su pequeñez ante Dios y de que la única postura que puede adoptar ante él es la de acoger y adorar amorosamente el misterio de amor que Dios le revela. Pero un creyente que todavía no ha logrado un desarrollo maduro de su fe, fácilmente estará convencido de que a Dios se le puede llegar a conocer, prever, pronosticar, adivinar sus caminos, etc.

Y, por tanto, es un creyente que todavía no ha dejado en su vida un lugar a la sorpresa; de forma que, cuando ésta surja y rompa los esquemas del creyente, fácilmente se producirá el rechazo: si no responde a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Lo peor del caso es que muchas veces el rechazo se traduce en la negación de Dios: -O se niega al Dios real, que se ha manifestado al hombre y le ha sorprendido: para quedarse con el ídolo prefabricado que uno lleva en su mente o en su corazón. -O se niega todo Dios, cualquier Dios, porque no ha respondido a lo que uno esperaba de él; y si no responde, lo más fácil es pensar que, sencillamente, no existe.

- ASÍ FUE CON JESÚS

Lo mismo, exactamente lo mismo pasó con Jesús. No entraba en los esquemas, no era lo esperado. El pueblo judío aguardaba un mesías poderoso, de noble cuna, mano firme, ejército invencible... El carpintero de Nazaret, el hijo de María, no respondía a esas señas, a esas expectativas. Por tanto, "desconfiaban de él".

Muchos desconfiaron de él desde el principio hasta el fin: cuanto más "seguros" estaban de sus ideas (cuando más cerrados a Dios, en definitiva), más seguros estaban de que Jesús actuaba en nombre de Becelbú. Para éstos, la cruz fue la confirmación humana y divina de sus sospechas, de sus recelos, de su desconfianza.

Lo grave sería si también entre nosotros, hoy día, se dan esos o similares recelos y desconfianzas. Si no nos habremos construido demasiado fácilmente, demasiado "racionalmente" un cuadro de cómo es y actúa Dios y rechazamos todo lo que de ahí se salga; ciertamente que en esta ocasión le hemos dado al cuadro otros colores, otros matices; el cuadro lo hemos confeccionado con "elementos cristianos"; pero la cuestión es que no debe haber cuadro. Nosotros, sin embargo, parece que lo hemos hecho. ATEISMO/CAUSAS: Recordemos un texto del Concilio Vaticano II que ya nos es conocido: "...en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes en cuanto que... con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios" (GS, núm. 19).

Uno de estos "defectos de la vida religiosa" a los que hace referencia el Concilio bien puede ser, precisamente, éste de aferrarnos a un Dios pequeño y empequeñecido, tanto que incluso nos cabe en la cabeza; y eso, a mucha gente que busca sinceramente el genuino rostro de Dios, no les puede satisfacer en absoluto. También nosotros, si bien que de forma inconsciente, desconfiamos del Dios vivo y verdadero y nos entregamos a nuestros ídolos, hechos a nuestra medida, nuestro interés, nuestra conveniencia o nuestra ideología;

-nos emocionamos ante el Niño Jesús de los portales, pero apenas nos asomamos al misterio de amor y solidaridad que significa;

-rezamos el padrenuestro, pero apenas hay forma de que aceptemos realmente su voluntad, sobre todo en ciertas circunstancias;

-nos impresiona la cruz, pero la hemos suavizado haciéndola joya o adorno, porque como instrumento de tortura, como signo de hasta dónde puede llegar el hombre cuando rechaza a Dios, nos parece muy fuerte;

-nos admiramos ante el ejemplo de los santos, incluso quizás somos devotos suyos, pero expurgamos sus biografías para quedarnos con lo más espectacular y lo más inofensivo, y además nos negamos -con la excusa de que ellos son "otra cosa"- a intentar seguir sus ejemplos;

-afirmamos que a la resurrección sólo se llega tras la muerte, pero no hay quien nos haga comprender y vivir esas palabras que San Juan nos dice casi al final de su evangelio, refiriéndose a unas palabras que Jesús dirige a Pedro: "Dijo esto aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios" (Jn 21, 19).

- TOMAR DECISIONES

Ante todo esto tenemos que tomas decisiones; urgentemente. Sobre todo tomar la decisión de no volver a creernos que ya conocemos a Dios aunque sea cierto que sabemos algunas cosas sobre él... pero no todas, ni mucho menos; de Dios sabemos más bien poco. Además a Dios, más que conocerlo hay que vivirlo, experimentarlo, relacionarnos con él; si cualquier ser vivo es capaz de sorprendernos, ¡cuánto más el Ser Vivo por excelencia! No, no debemos ser presuntuosos ante El. Sería un gran mal para nosotros mismos; nos autoinutilizaríamos para descubrir las mejores cosas que Dios nos puede mostrar. En concreto sería interesante que, por ejemplo en muchas de nuestras catequesis, rectificásemos algunas tendencias que tenemos:

-tener mucho cuidado con las definiciones, en el misterio de amor que es Dios;

-educar en la capacidad de sorprenderse;

-educar en la convicción de que Dios siempre está más allá y más por encima de todo lo que nosotros podamos decir de él;

-no dar nunca la impresión de que a Dios lo conocemos totalmente, sabemos cómo es, cómo piensa... como si fuese un ser cerrado y acabado en sí mismo;

-educar en la convicción de que Dios está vivo; más aún; él es la vida y, por tanto, tiene muchos "recursos";

-dar unos primeros elementos sobre la ambigüedad de Dios para que, cuando llegue el caso, sepan entenderla e interpretarla. Y se podría seguir. Con éstas pueden bastar para que reflexionemos siquiera un poco nuestra fe y sobre la fe que transmitimos.

Que nadie más siga "desconfiando" del Dios vivo y verdadero, aunque a veces nos resulte difícil comprenderle.

Luis Gracieta

 

 

Cuando soy débil, entonces soy fuerte

¡Al fin qué! ¿Somos débiles o somos fuertes? ¿Somos dioses en la tierra, como dijo Pico de la Mirandolla o somos viles gusanillos que se revuelven en el lodo, como dijo Martín Lutero? ¿Somos Señores de la tierra y Dios nos puso para dominarla, como dice el libro del Génesis (1,28s), o no somos más que un soplo y nuestra vida es una sombra que pasa, como dice el salmo 39 (v. 7)?

Pienso que somos sencillamente humanos, con fortalezas y debilidades; susceptibles a los accidentes del mundo y con capacidades para transformarlo. Subvalorarnos como seres humanos no solo sería un maltrato para nuestra humanidad sino también una ofensa para Dios porque estamos hechos a su imagen. Pero no olvidemos que no somos dioses todo-poderosos. Cada vez que nos comportamos como dioses, terminamos masacrando, exterminando y anulando a algunos o a millones de seres humanos. La filosofía del hombre “Dios en la tierra” y Señor de las cosas de Fichino y Pico, completada con la “del superhombre” de Nietzche y otras por el estilo, han ayudado para hacer del hombre postmoderno un consumidor rapaz, planetófago y contaminador del medio ambiente. Capaz de marginar, explotar y exterminar a sus congéneres para sentirse vivo, cómodo y feliz. Muchas veces la serpiente nos ha engañado y hemos caído víctimas de nuestra inseguridad ontológica y de nuestros vacíos afectivos que nos exigen tener poder para sentirnos seguros y dignos de ser amados.

El llamado filósofo del pensamiento débil, el italiano Gianni Vattimo, propone debilitar el ser, o sea dejar de atribuirle características fuertes (desde todo punto de vista) para reconocerlo en cambio ligado al tiempo, a la vida y a la muerte. Según Vattino, sólo así será posible la emancipación humana, la progresiva reducción de la violencia y de los dogmatismos.

Pablo en su carta a los Corintios (2ª lectura), nos comenta su experiencia sobre la debilidad. Según Pablo, es en la debilidad (enfermedades, injurias, privaciones, persecuciones…) donde reconocemos con más facilidad nuestra necesidad de Dios. Por eso dice: “cuando soy débil entonces soy fuerte”. Esto nos suena paradójico, como muchas otras cosas en el camino de Jesús. ¡Pero así es! Vivámoslo y veremos que así es: Cuando nos despojamos de todas nuestras falsas seguridades, cuando reconocemos que estamos limitados por el tiempo y el espacio, que nuestras debilidades internas y las amenazas externas nos afectan; cuando ante nuestras debilidades, caídas y dolores, en vez de maldecir por la “mala suerte” nos abrimos a la gracia de Dios, experimentamos una fuerza poderosa que nos hace resistir, perseverar y levantarnos. Entonces comprenderemos por qué dijo Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Porque así es.

CREER EN LO NUESTRO

En uno de mis viajes por tierra, el autobús paró para que los pasajeros descansáramos y tomáramos algo. - “Qué lindo ese muchachito”, le comentó la abuela a la nieta con quien viajaba, contemplando a un bebé mulato a quien le daban seno en un rincón de la cafetería. - “No me gustan los morenos”, le respondió la joven mientas tomaba su café. Aunque la piel de la joven era bastante clara y sus ojos verde oscuro, su nariz chata y su pelo rizado, dejaban ver algún gen africano. - “No hables muy duro mijita que en esta tierra todos somos hijos de indios patirrajados, negros esclavizados y españoles ladrones”, añadió la abuela, una mujer pequeña con los ojos índios.

1 “Tiene los ojos indios, como me gustan a mí. Elegantes y chiquitos brillantes como el rubí…” Canción de Gustavo Gutiérrez.

En el choque desigual de culturas que se dio en nuestro continente, hay que reconocer el gran legado histórico, cultural y religioso, entre otros elementos positivos. Pero no podemos olvidar los desastres, persecuciones y muertes; la esclavitud y las costumbres malsanas que quedaron. Me atrevería a decir que entre lo más desastroso quedó el habernos hecho creer que los indígenas hacían parte de una subcultura, casi unos subhombres y que todo lo de ellos era “sub” porque la civilización venía de los blancos europeos. Religión, cultura, organización social, deportes, la identidad misma de la persona, llevaban el prefijo “sub”.

Y lo más triste es que nosotros, los hijos de esa danza del mestizaje latinoamericano, creímos ese cuento. No pocas veces he escuchado epítetos tales como: “indio cochino”. “¿Usted porqué es tan india conmigo?”. “Eso tan poca cosa lo tiene cualquier indio”…

Hasta hace unos años casi todos los gobernantes latinoamericanos tenían rasgos europeos. El mismo pueblo mestizo ponía su confianza en las mismas familias que lo habían explotado y lo tenían sumido en la miseria. No sé si sea peor esclavizar o permitir que la esclavitud reine eternamente y adquiera nuevos ropajes con la complicidad de los esclavos. Creo que lo peor no es que esclavicen, que haya violencia, violación de los derechos humanos y todo tipo de injusticias en nuestros pueblos. Lo peor sería acostumbrarnos, perder nuestra capacidad de asombro ante el maltrato a la dignidad humana y aún ante nuestro propio dolor. Creer que todo eso es normal debido a nuestra incapacidad para solucionar nuestros problemas y que necesitamos una invasión como la de Afganistán o la de Irak, para superar nuestros conflictos. (¡Qué “bella” solución!).

Así como en el pueblo de Jesús, aquí nos cuesta valorar y creer en lo nuestro. No pocos corren tras líderes exóticos, con una lengua mal pronunciada, o por su claro acento extranjero. - “Este debe saber mucho porque es extranjero”. - “Este nos va a sacar del problema porque estudio en Yale, en la Sorbona o en Comillas”.

Como bien decía Cervantes: “es de bien nacidos agradecer”. Hay que agradecer el valioso aporte de muchos extranjeros en áreas como la ciencia, la cultura, las humanidades, la defensa de los derechos humanos y la fe por supuesto, entre otros campos. ¡No todos vienen a robar! Pero es muy triste que a muchos talentos los rezaguemos sólo por haber cometido el gran pecado de nacer aquí, de ser de los nuestros. Eso demuestra una baja autoestima personal y social que detiene el crecimiento integral de los pueblos.

Jesús vivió esta misma situación: - “¿Y éste de donde salió? - ¿Dónde estudió? - ¿Qué escuela acredita sus discursos? - ¡Si tan siquiera hubiera pasado por alguna escuela de Jerusalén, Antioquía o Alejandría! - Si tuviera algún familiar importante en alguna parte. Pero a sus hermanas y hermanos los conocemos, son de los nuestros, los mismos zarrapastrosos que comen el pan de cebada todos los días porque no tienen más. - ¡Es de los que sólo puede comer cuando recibe el jornal del día! - No pertenece a ninguna casta privilegiada ni hay en su familia tradición de sabios, gobernantes, o algo por el estilo”…

Jesús no fue valorado por sus paisanos que no creyeron en él, pues lo conocían. ¡Lo vieron crecer y no era mayor cosa! No hubo ningún niño haciendo palomitas de barro y soplándolas para que salieran volando, como nos cuenta algún evangelio apócrifo, de los tantos que aparecieron después del siglo primero, entre ellos el de Judas muy comentado en estos días.

Fue un niño más del montón, que jugueteó descalzo y desnudo como los demás, que le ayudó a cargar el agua a su mamá e hizo los mandados. Fue un joven común y corriente que hizo trabajos manuales.2 Sus paisanos saludaron sus manos rudas, muchas veces lo vieron lleno de ripio y mugre, sudado con las faenas del día y comiendo el pan con el sudor de su frente (nada que ver con los dibujos de rasgos afeminados que algunos pintores han plasmando en los lienzos desencarnados). Para los paisanos que lo conocían estaba hecho para el trabajo, no para obrar signos de poder ni para enseñar con sabiduría. ¡Y claro! No pudo hacer allí mayor cosa, pues no creyeron en él, le tocó irse con “su cuento” para otra parte.

2 La palabra griega téktôn, algunos la traducen como carpintero. Podría ser pero no exclusivamente. Es más exacto decir que había trabajos manuales como carpintería, construcción y arreglo de casas, etc.

A pesar de que los judíos eran tan nacionalistas, muchos habían adoptado algunas costumbres romanas y trataban de seguir el paradigma del hombre feliz propuesto por Roma. Tal vez sea cierto aquello de que “el opresor tenga un no sé qué que les encanta a los explotados por su mentalidad esclavizada y su espíritu encadenado”. Es posible que aún conservaran algún gen que los hacía añorar las cebollas de Egipto. ¿Nos pasará lo mismo?

Pero ahí en medio de la pobreza y de la debilidad humana, contra todos los pronósticos de “los especialistas” en juzgar quién sirve y quién no, Jesús nos dio Palabras de vida eterna. Su autoridad no radicó en lo pomposo de sus vestidos ni en los títulos de las mejores escuelas antiguas. Su autoridad estuvo fundada en el Espíritu que siempre lo acompañó y en la vida coherente como ser humano e hijo del Padre Dios.

Nos queda más fácil creerle a alguien que venga de Roma, del Tibet, o del Lejano Oriente. Nos queda más fácil atender las manifestaciones espectaculares del artista de moda, que hoy florece y mañana se seca. Nos queda más fácil seguir los modelos de la TV y soñar a ser como ellos, ignorando el drama que esconden detrás de sus rostros “siempre sonrientes y felices”.

Nos hace falta aprender a descubrir la voz de Dios entre los nuestros y aprender a reconocer sus pasos firmes en medio de nosotros. Nos hace falta verlo con su ropaje común y corriente; cuando come en la fonda del barrio y toma el autobús para llegar al trabajo. Cuando hace fila para reclamar su salario y cuando pelea porque no le han pagado lo justo, o sencillamente porque no le han pagado.

Nos hace falta ver en las manos ásperas del trabajador, las manos de Dios que sigue obrando signos ignorados por los especialistas de Dios. Necesitamos creer en nuestros valores, en nuestros niños, en nuestros jóvenes, en nuestros líderes que demuestren ser honestos y veraces. Necesitamos creer en nuestra capacidad para transformar la historia contando con nuestra debilidad y con la gracia de Dios. Necesitamos estar atentos al paso de Dios por nuestra vida, reconocer a nuestros profetas y asumir nuestro compromiso profético que todos hemos recibido en el bautismo. No dejemos que Jesús pase de largo y le toque irse con su cuento para otra parte

Neptalí Díaz Villán CSsR

 

 

Abrir-se a nuevas posibilidades

De algunas personas decimos que supieron adelantarse a su tiempo. Por ejemplo Martin Luther King que en su famoso discurso “Tengo un sueño” dibujó un horizonte social sin discriminación racial y anunció la convivencia entre razas. Lo mismo podríamos decir de Bartolomé de Las Casas y de Francisco de Vitoria, que en el siglo XVI salieron en defensa de los derechos de los indígenas y cuestionaron la ideología de los conquistadores. También podríamos mencionar a tantas mujeres que hablaban de la igualdad entre varones y mujeres y se preocupaban por el desarrollo de la mujer, como ha sido el caso de muchas fundadoras de congregaciones religiosas.

Con mucha frecuencia las personas son encadenadas a las condiciones del mundo que les rodea. Parece que todos tenemos que repetir las cosas tal y como nos las hemos encontrado. No se espera cambiemos las cosas que no están bien y busquemos el modo de mejorarlas. Lo que los demás esperan de nosotros es precisamente que demos continuidad al mundo en el que nos encontramos.

Todas las personas corremos el peligro de permanecer encerrados en la imagen que los demás se hacen de nosotros. De responder solamente a las expectativas de los demás, sin crecer desde nosotros mismos, desde lo que somos y desde las capacidades que tenemos.

Y lo mismo puede ocurrir en nuestra vida religiosa, en nuestras relaciones con Dios. Nos puede suceder que no dejemos a Dios ser Dios. Que hagamos un Dios a nuestra medida y a la medida de nuestros juicos previos, de nuestras ideas de las cosas. Ese Dios será un dios diseñado por nosotros, que no nos ayudará a crecer, a desarrollarnos y evolucionar.

A Jesús también le ocurrió que la imagen que los demás tenían de él no coincidía con lo que era en lo profundo de su ser. Así se nos presenta en el evangelio de este domingo. Jesús nació en Nazaret, un pequeño pueblo de Palestina; jugó y fue a la escuela con los niños de su generación, aprendió un oficio de artesano…Todos esperaban que reprodujera el mundo tal y como lo había encontrado. Y que se comportara como una persona que se corresponde con esos orígenes sociales. Por eso sus vecinos, la gente que le había visto crecer, se sorprendían con su comportamiento, que no encajaba en las expectativas que se habían hecho de él. El hijo del carpintero no podía hablar en público y decir esas palabras tan sorprendentes.

Hay una frase que podemos recordar todos: “En tu vida hay más posibilidades de las que piensas, empezando por las posibilidades que Dios te puede inspirar”. Jesús, que había nacido en la pequeña aldea de Nazaret era el Hijo de Dios y toda la fuerza y el poder de la divinidad residía en su vida. Por eso podía levantarse sobre las condiciones del mundo que había encontrado y pensar que las cosas podían ser de otra manera. No se conformo con el mundo que se encontró dado; no se resigno a un mundo de violencia, de injusticia y de mentira. Dios le dibujaba otro horizonte sobre su vida: le dibujaba un mundo mejor que es el que predicaba.

Nosotros solamente nos conocemos a nosotros mismos en parte. Dios nos conoce por entero. Por eso desde Dios podemos penetrar en lo profundo de nosotros mismos y descubrir todas las posibilidades de nuestra existencia. Cuanto más conocemos a Dios más nos conocemos a nosotros mismos. Dios nos ayuda a permanecer abiertos a lo nuevo, a las nuevas posibilidades para nuestra vida. Dios abrirá nuestro corazón.

fray Ricardo de Luis Carballada

 

 

El escándalo vencedor del Profeta

Reflexiones

“Yo te envío a un pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí… son testarudos y obstinados…” (Ez. 2,3-5). Con un lenguaje, que hoy no se dudaría en tildar de ‘políticamente no correcto’, el Señor ha enviado al joven Ezequiel (I lectura) como profeta entre los Israelitas (VI s. a. C.) deportados y esclavos en Babilonia. El lenguaje duro indica la difícil misión de ser profeta. Era difícil entonces; lo ha sido para Jesús (Evangelio) y para Pablo (II lectura). Ser profeta de Dios, portador del Evangelio de Jesús, ha sido siempre una misión ardua en toda época y latitud. Sin necesidad de buscar laureles de heroísmo, la historia ofrece abundantes pruebas de tales dificultades. Las tres lecturas de este domingo invitan a reflexionar sobre el ‘escándalo del profeta’ y nos presentan su vocación y misión.

El profeta auténtico no es nunca un auto-candidato, sino un llamado por Dios, que lo envía. A menudo la llamada de Dios se realiza por etapas, que ayudan a comprender el sentido y el alcance de una vocación. Así le ha ocurrido a Abraham, a Moisés, al mismo Jesús, a los Doce apóstoles, a Pablo y a muchos otros. Para Ezequiel la llamada se realiza en tres momentos: en primer lugar, la visión del “carro de Yahvéh” en medio de un escenario rico de imágenes difíciles de comprender (Ez 1). Sigue la llamada propriamente dicha, expresada en términos directos (I lectura): Dios interviene y entra en el profeta (v. 2), lo pone en pie y éste escucha la voz de Dios que lo envía (v. 3.4) a esos “testarudos y obstinados” (v. 4). Pero el profeta  -es el tercer momento de la vocación-  no debe tener miedo, no debe dejarse impresionar por esas caras rebeldes, que son como cardos, espinas, escorpiones… (v. 6-7). Èl se presenta ante ellos fuerte de la Palabra que ha comido: el rollo de la Palabra se vuelve en su boca dulce como la miel. El profeta tendrá “cara dura”: no dirá palabras suyas, sino tan sólo las que escuchará del Señor y que acogerá en su corazón. De esta manera, él será sentinela fiel y valiente en transmitir los mensajes de Dios. Le hagan caso o no le hagan caso... (Ez 3).

Pablo es un modelo de profeta, escogido por el Señor para una misión de primer anuncio del Evangelio a los paganos. Una misión que él ha cumplido con determinación, generosidad, amplitud de horizontes geográficos y culturales, entre pruebas de todo tipo, como lo explica en los textos que anteceden el pasaje de hoy (II lectura). Ha sido una misión ardua, pero vivida, al mismo tiempo, en humildad y debilidad, con una espina en la carne (v. 7). Ha rogado con insistencia para verse libre de ese sufrimiento, pero al final ha comprendido que la gracia del Señor estaba con él (v. 8-9). Es más, que la misión es más fuerte y más auténtica cuando se realiza en la debilidad: en los insultos, privaciones, persecuciones, dificultades sufridas por Cristo (v. 10). Porque de esta manera aparece claramente que misión y vocación son obra de Dios y no simples inventos humanos. (*) La experiencia histórica de los misioneros y de las Iglesias fundadas y sostenidas por ellos dan prueba de esta paradoja, sobre la cual solamente el misterio de Cristo echa un poco de luz.

Parecería lógico que por lo menos la misión profética del Hijo de Dios en carne humana resultara clara para todos, aceptada sin rechazos ni contestaciones. En cambio, en su misma patria, entre los suyos, Jesús fue incomprendido (Evangelio) y, más tarde, en la ciudad santa de Jerusalem fue eliminado en un complot organizado por sus adversarios religiosos y políticos. En Nazaret la gente, asombrada (v. 2), vacila entre varias interpretaciones: se ponen cinco preguntas sobre la identidad de Jesús (v. 2-3), pasando del asombro al escándalo, a la envidia hasta el rechazo de ese conciudadano, que resulta ser demasiado divino (por sabiduría, prodigios…), pero, al mismo tiempo, demasiado humano (es carpintero, uno de ellos, de una familia conocida…). Extrañado por su falta de fe, Jesús cura sólo algunos enfermos (v. 5).

No obstante la cerrazón e incomprensión de esos habitantes, Jesús responde con un doble signo: 1. recorre los pueblos de alrededor, se conmueve viendo a la gente, les enseña muchas cosas (v. 6 y 34); 2. llama a los Doce y los envía de dos en dos entre la gente, dándoles también  “poder sobre los espíritus inmundos” (v. 7). Los Doce, una vez llegado el tiempo de su misión plena por las rutas del mundo, vivirán las mismas experiencias de su Maestro: tendrán reconocimientos y acogidas, pero, más a menudo, incomprensiones y persecuciones, sospechas y y desprecio, junto con enfermedades y defectos personales. Son éstas las vicisitudes comunes a todo misionero, llamado a seguir los pasos de Jesús, el cual lo había predicho: “Si me han perseguido a mí, los persguirán también a ustedes; si han observado mi palabra…” (Jn 15,20). Y siempre con la certeza de Pablo: la fuerza de Cristo y de su plan de salvación “se realiza en la debilidad” (2Cor 12,9). A través de la fragilidad de los instrumentos humanos, aparece más claramente que la fuerza de la misión viene de Dios. Éste es el escándalo del profeta; es el escándalo vencedor de la cruz.

 

Palabra del Papa

(*)  “Pablo pertenece a la legión de ‘místicos constructores’, cuya existencia es a la vez contemplativa y activa, abierta a Dios y a los hermanos, para prestar un servicio eficaz al Evangelio.

En esta tensión místico-apostólica me complace destacar la valentía del Apóstol ante el sacrificio al afrontar pruebas terribles, hasta el martirio (cf 2Co 11,16-33, la confianza inquebrantable basada en las palabras de su Señor: «Te basta mi gracia, pues mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2Co 12,9)”.

Benedicto XVI

Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor, 2.2.2009

padre Romeo Ballán

 

 

Creer en Dios resulta relativamente fácil. Sobre todo si nos hacemos un Dios a nuestra medida y lo enviamos a un cielo lejano, muy lejano Pero, en Jesús; Dios quiso venirse a nuestro lado, ser uno más, uno del pueblo Pero eso, para creer en el Dios de Jesús, hay que aceptar que a él sólo se puede llegar por el Hombre. Y quizá por eso resulta un poco más difícil creer en el Dios de Jesús.

Zapatero, ¡a tus zapatos!

Tanto tienes... tanto vales. La sabiduría popular ha retra­tado una vez más la realidad social en la que nos movemos y en la que el valor de cada persona se mide por el peso de su billetero, por los títulos académicos o de cualquier otra clase, de los que puede presumir, por el poder que ostenta, por el número de subordinados a los que puede mandar, por la influencia que posee, por la cuna de la que procede...

A quien no tiene nada de eso no se le escucha. No se le tiene en cuenta. ¿Qué puede ofrecer alguien que no ha con­seguido triunfar en la vida? ¿Que tiene un corazón que no le cabe en el pecho? ¿Que la vida le ha enseñado a conocer el alma humana? Poco importan la bondad, la experiencia, los argumentos o las razones

Zapatero, ¡a tus zapatos! ¿Y por qué un zapatero no puede hablar de arte.. o de cómo es el corazón del hombre?

También Jesús, hijo del pueblo, tuvo que soportar las consecuencias de esta manera de pensar.

El carpintero

Fue a su tierra, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga; la mayoría, al oírlo, se decía impresionada:

¿De dónde le vienen a éste estas cosas? ¿Qué clase de saber le han comunicado a éste y qué portentos son esos que salen de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? y ¿no están sus hermanas aquí con nosotros?

Se presentó en su tierra (por el contexto se supone que se trata de Nazaret, su pueblo, pero Marcos no lo nombra, pues aquí está representando a toda la tierra de Israel, que, a pesar de lo mostrado en el episodio anterior, no acepta a Jesús), donde había pasado la mayor parte de sus años.

Llega como maestro, acompañado de un grupo de discípulos. Antes que él seguramente que había llegado, también allí, la fama de las cosas que decía y que hacía: que se había distanciado de la doctrina oficial (Mc. 1,22), que no observaba las tradicio­nes religiosas (Mc. 1,39-45; 2,23-3,6), que trataba con gente poco recomendable (Mc. 2,14.15-17), que hablaba de un nue­vo pueblo de Dios al que podrían incorporarse gentes de todas las naciones (Mc. 2,1-13.18-21; 3,13-19). Seguro que hasta allí habían llegado las calumnias y las descalificaciones puestas en circulación por los enviados de Jerusalén (Mc. 3,22-30), centro del poder religioso... Por eso habían llegado a decir que estaba loco, y por eso habían ido su madre y sus parientes más cercanos a buscarlo (Mc. 3,21), y él parece que se había negado a recibirlos (Mc. 3,31-35). También había llegado a su tierra la fama de otras cosas que hacía: por donde pasaba brotaba la libertad (Mc. 1,21b-28.39; 2,23-27; 5,1-20), los hombres recuperaban su dignidad (Mc. 1,40-45; 3,1-6) y sobreabundaba la vida (Mc. 1,29-34; 5,24-43). Pero allí, en su tierra, no le hicieron caso.

Primero, le hicieron el vacío: nadie se le acercó hasta que él fue el sábado a la sinagoga, en donde estaban todos reuni­dos; y, aunque lo que dijo les impresionó, no se lo creyeron: ¡el carpintero, dándoselas de maestro y de profeta! ¿De qué universidad habrá salido? En la sinagoga de Cafarnaún (Mc. 1,22.27-28) reconocieron su autoridad en cuanto que lo escu­charon. En su tierra no. No tiene títulos, y llegan a insinuar que su actividad, la libertad, la dignidad y la vida que lleva y comunica por dondequiera que pasa, podía provenir de fuerzas inconfesables: «¿... qué portentos son esos que salen de sus manos?» Lo acusan de ser un mago, de practicar la magia negra.

Alli no le fue posible

Jesús les dijo:

-Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa, desprecian a un profeta.

No le fue posible de ningún modo actuar allí con fuerza; sólo curó unos pocos enfermos aplicándoles las manos. Y estaba sorprendido de su falta de fe.

Jesús iba haciendo el bien, liberando a hombres y mujeres de todas sus esclavitudes, de todos sus padecimientos. Porque Dios actuaba en él. Pero en su pueblo le fue imposible.

Jesús, ante la reacción de los suyos, reafirma, llamándose a sí mismo profeta, que su enseñanza y su actividad están respaldadas por el mismo Dios en el que dicen creer (están en la sinagoga, recinto religioso). Sus enseñanzas, que acaban de escuchar impresionados, no son un invento suyo: les habla en nombre del Dios que ya había hablado por los profetas en la antigüedad, profetas que fueron rechazados como él por su pueblo (Is. 18,7-13; 30,8-12; Jr. 12,6; 18,18-20; 20,7-10; Ez. 2,2-7; Am. 7,10).

Pero no reniega de su origen, de su tierra, de su casa, de sus hermanos; no reniega de su ser de hombre de pueblo que ha trabajado, que ha sudado entre aquellos que acaban de escucharlo y que ahora lo rechazan, no porque no estén de acuerdo con lo que dice, no porque no sea evidente que va por todas partes haciendo el bien, sino porque uno de ellos, con su misma piel, con los mismos callos en sus manos..., porque es el carpintero.

No, no pudo hacer nada en su pueblo; sólo alguna cura­ción. Porque les faltaba la primera condición para poder re­cibir algo de Dios: la fe. Y ellos, aunque decían que tenían fe en Dios, no podían tener fe en el Dios de Jesús porque les faltaba... fe en el hombre.

Jesús Peláez

 

 

v. 1 b:  Fue a su tierra, seguido de sus discípulos.

Por primera vez después de la constitución del nuevo Israel (3,13-19) va a reanudar Jesús el contacto con el público de las sinagogas de Galilea. En la primera ocasión en que tuvo ese contacto la reacción fue favo­rable (1,21b-28); en la segunda intentó liberar al pueblo de la opresión legalista (3,1-7a). Ahora, cuando ya ha propuesto su alternativa para los oprimidos paganos y los de Israel, vuelve al ámbito de la sinagoga para exponer esa alternativa a los integrados en ella, esperando que le den su adhesión.

No se nombra a Nazaret, porque su tierra / su patria es el pueblo judío y, en particular, Galilea: esta sinagoga representa todas las de esa región, donde Jesús ha ejercido su actividad (1,39). Cuando llega a «su tierra», sin embargo, nadie acude a él (cf. 2,ls; 4,1; 5,20), insinuándose ya el rechazo que va a experimentar.

v. 2:  Cuando llegó el día de precepto se puso a enseñar en la sinagoga: la mayoría, al oírlo, decían impresionados: «¿De dónde le vienen a éste esas cosas? ¿Qué clase de saber le han comunicado a éste, y qué clase de fuerzas son esas que le salen de las manos?»

El primer contacto con la gente lo tiene el día de precepto, en el que todos están obligados a asistir al culto sinagogal. La escena tipifica la actitud hacia Jesús de la mayoría del pueblo practicante, que está identi­ficado con la postura de los letrados (3,22).

Están de nuevo impresionados por su enseñanza, pero no reconocen que su autoridad sea la del Espíritu. Cuando hablan de él, no pronuncian su nombre, lo designan sólo con pronombres despectivos para su persona y su actividad (éste, eso). Si ahora no ven que su autori­dad provenga de Dios (¿De dónde le vienen a éste esas cosas?), se deduce que no puede ser más que del demonio (c£ 3,22: agente de Belcebú); por eso dan sentido peyorativo a su saber (magia) y lo mismo a su actividad (no «hace» prodigios, le salen, como instrumento de otro).

v. 3  «¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? y ¿no están sus hermanas aquí con nosotros?» Y se escandalizaban de él.

Lo llaman entre ellos el hijo de María, como si fuese indigno de lla­marse hijo de un padre, y lo equiparan a sus parientes más próximos (sus hermanos, sus hermanas); les resulta intolerable que uno como ellos, sin títulos reconocidos, se erija en maestro y actúe como lo hace. El rechazo de los judíos practicantes es así total.

El cambio de actitud respecto al pasado se debe a que, en el interva­lo, el centro de la institución religiosa ha emanado sentencia contra Jesús (3,22.30), y los que una vez habían reconocido en él la autoridad del Espíritu (1,22), se han plegado a esta sentencia. Los fieles de la sinagoga se han identificado de nuevo con los letrados, sus opresores; la institu­ción religiosa, a la que ellos mismos inicialmente habían negado crédito (1,22), ha vuelto a imponerles su autoridad. Se les ha dicho taxativamen­te que, a pesar de las acciones que realiza, Jesús, que integra en su co­munidad a los «impuros» y niega validez a las instituciones y a los idea­les de Israel, no puede ser un enviado de Dios, sino un enemigo suyo (3,22). En consecuencia, el que al principio habían visto como un profeta no es ahora para ellos más que un impostor, un agente del demonio.

vv. 4-5: Jesús les dijo: «No hay profeta despreciado, excepto en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No le fue posible de ningún modo actuar allí con fuerza;    sólo curó a unos pocos postrados aplicándoles las manos.

Jesús, por su parte, se presenta como profeta, es decir, como inspira­do por el Espíritu de Dios, desmintiendo la acusación de magia, pero la falta de fe impide casi completamente su actividad (curó a unos pocos pos­trados).

v. 6:  Y estaba sorprendido de su falta de fe. Entonces fue dando una vuelta por las aldeas de alrededor, enseñando.

Queda sorprendido ante semejante retroceso. No volverá a pisar una sinagoga. No hay nada que hacer con los sometidos a la institución reli­giosa: han estado tanto tiempo sin criterio propio (infantilismo) que no se fían de sí mismos ni de su experiencia y, en cuanto sus dirigentes emi­ten un juicio contrario a ella, los siguen sin vacilar.

Sin embargo, no todo está perdido: hay mucha gente del pueblo ale­jada de la institución religiosa; de hecho, los que están en la «periferia» siguen escuchando su enseñanza.

R.  J. García Avilés

 

 

Dios, ¡tan cercano y tan desconocido…!

La identidad profética está presente, con distintas denominaciones, en todas las religiones conocidas, aún en las más ancestrales. Nadie elige ser profeta: el/la profeta es siempre una persona llamada y enviada. Por otra parte, todos/as estamos ante la posibilidad de recibir la llamada y con ella la misión que, lejos de aislarnos o de colocarnos en una posición de dominio ante el pueblo al que pertenecemos, nos hace penetrar en lo más hondo de su esencia, vivir con toda intensidad lo que cada hombre y mujer vive, haciéndonos cargo de sus gozos y de sus esperanzas, de sus desdichas e incluso de sus pecados…, como si de los nuestros propios se trataran. Pero, y esto es una clave inconfundible de la identidad profética, a los/las profetas no siempre se les reconoce ni mucho menos se les acepta. Están demasiado cerca de Dios, y Dios se hace demasiado cercano en ellos/ellas. Sobre todo (y desde nuestra experiencia de fe), en Jesús, “el vecino de Nazaret”.

 

Ezequiel 2, 2-5

El espíritu que invade a Ezequiel de manera constante e impetuosa, le saca de la relativa comodidad que cualquier ser humano añora vivir, y él tiene que aceptarlo: “... el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía…”. El mensaje, como otras tantas veces, contiene una denuncia y tiene un destinatario concreto: “Hijo de Adán, te envío… a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí”. Queda claro que el mensaje va dirigido, en primer lugar, al mismo profeta: un hombre entre los hombres, un ser con necesidad de ser levantado, dignificado ante sí mismo. Ya se ha dicho al comienzo que es “el espíritu” el que lo pone de pie, lo levanta y le hace un ser activo, a la escucha. El espíritu es la parte de sí mismo que un ser humano no domina y que, por el contrario, le domina, mostrándole su identidad, impulsándolo a realizar una misión que es, a la vez, una liberación de sí mimo/a y un instrumento de liberación para aquellos a los que se dirige. La misión del/de la profeta es incómoda, irritante incluso para la persona que se vive como tal. Se trata de desenmascarar la rebeldía y la tozudez de un pueblo incapaz de caminar hacia la felicidad, un pueblo al que pertenece y al que no puede renunciar: “Ellos, te hagan caso o no te han caso…, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Vivimos en un mundo que busca resultados a toda costa. Pues bien, la misión profética tiene que prescindir incluso de esos resultados. Es totalmente gratuita.

 

Salmo 122

Desde lo más hondo, desde el humus que somos, desde esa conciencia de ser criaturas llamadas al servicio y a la adoración (lo mejor de nuestra existencia): “nuestros ojos están puestos en el Señor, esperando su misericordia”… Una compasión que siempre nos llega, liberándonos de aquello que en verdad nos humilla y esclaviza: el orgullo, la soberbia, el desprecio de unos hacia otros… Lo que no nos permite reconocer nuestra dignidad al desnudo, siendo lo que somos: criaturas amadas misericordiosamente.

 

2Corintios 12, 7b-10

Aunque no es un discurso que hoy tenga mucha acogida, la verdad es que la soberbia sigue siendo una cadena que nos hace ser esclavas/os de nuestras pasiones y sentimientos. Reconocer esta fuerza que nos deshumaniza y envilece es el primer paso hacia la libertad. No importa cuán débiles podamos sentirnos interiormente porque, como el apóstol, cada creyente está llamado/a a escuchar esta palabra que nos llena de confianza y de seguridad: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. Pero no es fácil reconocerse débil; mucho menos cuando todo lo que te rodea invita, o más bien obliga, a ser la persona más fuerte, más inteligente, más rica, más poderosa… ¿A quién le interesa la gracia y la fuerza de Dios pudiendo ser “dioses”? La cuestión planteada en los orígenes de la humanidad no está, ni mucho menos, resuelta…

 

Marcos 6, 1-6

Jesús de Nazaret nos muestra el camino (él es el Camino) hacia la libertad que todo ser humano desearía gozar. Entre los suyos no deja de ser uno más, un pariente y un vecino que pretende “enseñarles”. Pero, “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros?...” Jesús es, para Marcos, el más escueto y directo de los evangelistas, “el hijo de María, hermanos de Santiago, y José y Judas y Simón…”, y sus hermanas viven en el pueblo, son gente del pueblo… ¿Qué tiene de especial este hombre; por qué han de confiar en él? Lo que Jesús tiene de especial es, precisamente, ser “uno de tantos”. No es un semidios como lo es Hércules o algún otro personaje de la mitología griega, por ejemplo; no es, como el dios indo-persa, Mitra, un guerrero victorioso que lidere, desde el corazón de sus fieles, las legiones victoriosas de los mayores imperios… Jesús es un simple carpintero, un artesano que se gana la vida como cualquier otro hijo de vecino, con la precariedad que acompaña el no poseer otra cosa que la habilidad de sus manos y la fuerza de su corazón de hombre. Jesús es pura debilidad: “Y esto les resultaba escandaloso”, hasta el punto de que no pudo hacer entre sus propios hermanos y hermanas ningún milagro.

La fe en el hombre Jesús, más aún, la fe en el hombre muerto, clavado en una cruz entre malhechores, sigue siendo un motivo de escándalo, comenzando por “los suyos”: los hombres y mujeres bautizados en su nombre, llamados/as a ser templos de su Espíritu. La cercanía de Dios en el ser humano puede ser uno de los grandes obstáculos para creer en la Presencia divina que camina a nuestro lado, encarnada; intentando enseñarnos, sanarnos y darnos la Vida.

Dios es tan parecido a mí, a mi hermano/a que, con frecuencia, ni lo reconozco ni mucho menos estoy dispuesta a aceptar la bondad que me entrega gratuitamente… Jesús, no pases por tu casa, por tu pueblo, sin actuar dentro, sin dejar la impronta del Reino de la que eres portador.

Trinidad León Martín, mc

 

 

Posiblemente el carisma más difícil y más duro que Dios puede conceder es ser profeta. A lo largo de la historia, e incluso hoy día, los profetas han sufrido y sufren persecución y muerte. No es fácil ser profeta. El profeta no solo anuncia malas noticias sino que también  tiene que anunciar buenas noticias e infundir esperanza en quienes le oyen. Y esto segundo es más difícil que lo primero.

 En la primera lectura, Ezequiel transmite lo que dice el Señor a “los hijos que son testarudos y obstinados” y que ellos y sus padres han ofendido al Señor. Pongámonos por un momento en la piel de Ezequiel. Hoy hay personas que son profetas y se ven en la misma situación que Ezequiel: denuncian el mal que hacemos los demás. Y lo hacen con palabras y con su vida. Pero no se les hace caso porque denuncian injusticias y comportamientos contrarios a la dignidad humana. Hay países donde se les mata, igual que hacía el pueblo de Israel. 

Tenemos otro caso. Existen personas que creyéndose profetas, son personas corruptas que, para defenderse, denuncian a otros como corruptos haciendo que la atención no se fije en ellos sino en los denunciados. Estos lo único que quieren es salvarse ellos haciendo que los demás sean condenados. Estos se conforman con denunciar y no son capaces de anunciar algo bueno ni infundir esperanza, sino que siembran confusión que es lo que les interesa.

 En Jesús, como en Ezequiel y en muchos otros, vemos y reconocemos a un verdadero profeta. Jesús no se conforma con denunciar el mal y a quien lo hace, sino que anuncia buenas noticias y aporta esperanza a quienes lo oyen. ¿Qué son si no las Bienaventuranzas? Una denuncia del mal que hacemos los hombres y una esperanza para quienes lo sufren. ¿Y el texto de Isaías que Jesús recita en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí…me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”?. (Lc. 4,16-19) Son anuncios de esperanza, que hoy también necesitamos.

 Los paisanos de Jesús se hacían las preguntas que hemos leído y que pueden resumirse en la desconfianza hacia Jesús porque, según ellos “le conocían”. Hoy también desconfiamos de los  profetas porque, decimos: les conocemos. Hoy hay profetas que enviados por Dios no pueden callarse y nos llegan a echar en cara nuestro conformismo ante la situación que se vive. Denuncian que no se haga nada para desenmascarar a los que comenten injusticias, a los que viven a costa de los demás, a los que llegan incluso a reírse de los que pierden todo, mientras ellos siguen ganando.

Pero estos profetas no se quedan en denunciar. Ellos, desde su fe y desde sentirse invadidos por Dios, viven una “fe esperanzada que anuncia a través de bellas imágenes, la salvación”, (Tamayo Acosta. “Hacia la comunidad”). Pero, ¿cuál es el problema? Que oímos más fácilmente a los falsos profetas, a los de las malas noticias que a los verdaderos profetas, esos que nos infunden esperanza en el corazón y en la vida.

Nos toca denunciar a los falsos profetas, a los que se escudan en el mal de otros, y anunciar con el verdadero profeta, que es Jesús, y con muchos otros que le siguen, que vendrán, que vienen momentos de conversión, de vida y de libertad que ayudarán a volver el corazón del hombre a Dios y al prójimo y construir un mundo donde esas profecías que se anuncian sean una realidad.

Victoriano Viñuelas Gómez