Porque le conocían, lo rechazan

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que el don absoluto de Dios hace posible en ellos. Somos humanos, tal vez ‘demasiado humanos’ como decía Nietzsche, pero la plenitud de humanidad, que podemos alcanzar, es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida.

Con este texto concluye Mc una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación, por el pueblo, de las tesis de los dirigentes, no vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando, pero al pueblo oprimido, que quiere liberarse. Jesús ve que no hay nada que hacer con la institución, y en adelante se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero relatos paralelos se pueden encontrar en Jn y en otros lugares de los mismos sinópticos. 

Mc no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su “pueblo”. Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo. Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal que no pueden aceptar otra cosa. Eran sus compañeros de niñez, habían jugado y trabajado con él, lo conocían perfectamente. Lo encuadraban en una familia, (requisito indispensable para ser alguien). Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él. Es lógico que no esperasen nada extraordinario.

El texto griego no habla de pueblo sino de “patria”. Ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores. No sale nadie a recibirle. Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles. No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto. Jesús por su cuenta, se pone a enseñarles. Mc ya había advertido de la relación de Jesús con su familia. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo, porque decían que estaba loco. Quedan impresionados como en Cafarnaúm.

El texto griego no dice: “desconfiaban de él” sino “se escandalizaban”, que indica una postura más radical. Ni siquiera pronuncian su nombre. Le dicen que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona. Es curioso que Mt corrige el texto de Mc y dice: “hijo del carpintero”. Pero Lc va más lejos y dice: “el hijo de José”. Estos evangelistas, que copian de Mc, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa. Para Mc, no era hijo de José, porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación.

Ese conocimiento excesivo de Jesús, es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla. Si no aceptan la enseñanza de Jesús, es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro. Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas. La religión judía estaba segura de sí misma y no admitía novedad. Los jefes religiosos no permitían admitir nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Al hacer Jesús alusión al rechazo del “profeta”, está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos. Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta. Al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo. La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado, sino por verse rechazado por su pueblo. Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar. El golpe psicológico que recibió Jesús fue realmente muy fuerte.

Un detalle muy interesante es que su desconfianza impide que Jesús pueda hacer milagro alguno. El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: “tu fe te ha curado”; y a Jairo: “basta que tengas fe”. La fe o la falta de fe son determinantes a la hora de producirse un milagro. ¿Dónde está entonces el poder de Jesús? Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios y que puede hace lo que quiere en cada momento. Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el “hacer” como causalidad física. La idea de un Jesús con el comodín de la divinidad ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

El relato de hoy nos habla de la humanidad de Jesús. Nos está confirmando que no tiene privilegios de ninguna clase. Por eso es tan difícil aceptarle como profeta enviado de Dios. Siempre será difícil descubrir a Dios en aquel que se muestra como muy humano. También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños. Yo he oído más de una vez esta frase: “no nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?” Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos como hienas.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos. Pero esa es también la postura de todos los que lo niegan. Como no responde a las expectativas, no existe. Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos podemos hacer sobre él. Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara. Si de verdad le buscamos lo descubriremos siempre diferente y desconcertante. Si esperamos encontrar al Dios domesticado, no engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar. La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada, será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas.

El profeta es el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras. El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección a la que no podemos llegar nunca. El auténtico profeta será siempre un inconformista, un indignado. Lo más "antiprofético" y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

El gran espejismo, en que hemos caído en el pasado, fue pensar que “todos” tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta hoy, hemos cometido el disparate de hacer cristianos por “decreto”. La opción por el evangelio será siempre cuestión de minorías. Nos asusta un Jesús completamente normal porque hemos puesto la grandeza en lo extraordinario. Pero resulta que lo más grande de todo ser humano no es lo que no tienen los demás, sino precisamente lo que todos tenemos por igual.

Meditación-contemplación

El demasiado conocimiento de Jesús nos impide descubrirlo.

Lo que es y significa Jesús, no se puede meter en doctrinas.

A Dios solo se llega viviendo su presencia en nosotros.

Para llegar a la vivencia tengo que superar el conocimiento.

El conocimiento de Jesús y de Dios me viene de fuera.

La experiencia de Dios y de Jesús me llegará de dentro.

 

 

El miedo a cambiar arruina cualquier "buena noticia"

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que Dios espera de ellos. Somos humanos, tal vez 'demasiado humanos' como decía Nietzsche, pero la plenitud de humanidad, que podemos alcanzar, es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida.

Viniendo al evangelio, con este texto concluye Marcos una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación por el pueblo (la mayoría) de las tesis de los dirigentes, nos vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando, pero al pueblo (los menos) oprimido, que quiere liberarse. Jesús se convence de que no hay nada que hacer con la institución, y en adelante se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero relatos paralelos se pueden encontrar en Juan y en otros lugares de los mismos sinópticos.

Marcos no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su "pueblo". Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo. Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal, que no pueden aceptar otra cosa. Eran sus compañeros de niñez, habían corrido, jugado y trabajado con él, sabían perfectamente quién era. Lo encuadraban en una familia (requisito indispensable en aquella época para ser alguien). Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él. Es lógico que no esperasen nada extraordinario. ¿De dónde saca todo eso?

Explicación

Jesús vuelve a su pueblo (el texto griego y la Vulgata dicen "patria"). Ni nombra al pueblo ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores fijos. No sale nadie a recibirle. Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles. No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto del sábado. Es Jesús el que, por su cuenta y riesgo, se pone a enseñarles sin que se lo pidan.

Marcos ya había advertido de la relación de Jesús con sus parientes. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Quedan impresionados, como ya sucediera en la sinagoga de Cafarnaúm.

El texto griego no dice: "desconfiaban de él", sino "se escandalizaban" (exkandalizonto), que indica una postura mucho más radical. No se dignan pronunciar su nombre, se refieren a él despectivamente con el pronombre "ese". Le dicen que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona.

Es curioso que Mateo corrige el texto de Marcos y dice: "hijo del carpintero". Pero Lucas va más lejos y dice: "el hijo de José". Estos evangelistas, que copian de Marcos, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa. Para Marcos, no era hijo de José, porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación...

Fijémonos bien. Ese conocimiento, yo diría excesivo, de Jesús, es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla. Si no aceptan la enseñanza de Jesús, es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro.

Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas. La religión judía estaba demasiado segura de sí misma como para admitir novedades. Ya se encargaban los jefes religiosos de adoctrinar al pueblo para que no admitiera nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Precisamente por eso, la sabiduría que manifiesta tiene que venir de Dios (profeta) o del diablo (magia). Al hacer Jesús alusión al rechazo del "profeta", está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos. Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta. Al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo.

La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado sino por verse rechazado por su pueblo. Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar. El golpe psicológico que recibió Jesús fue realmente muy fuerte.

Nos queda por aclarar un apunte muy interesante en el relato. Su desconfianza impide que Jesús pueda hacer allí milagro alguno. El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: "tu fe te ha curado"; y a Jairo: "basta que tengas fe". La fe o la falta de fe, son determinantes a la hora de producirse un milagro.

¿Dónde está entonces el poder de Jesús? Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios y que puede hace lo que quiere en cada momento. Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el "hacer" como causalidad física. La idea de un Jesús con el comodín de la divinidad disponible en cualquier momento, ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

Aplicación

El relato de hoy nos está hablando de la humanidad plena de Jesús. Nos está confirmando que es uno de tantos, sin privilegios de ninguna clase. Por eso es tan difícil aceptarle como profeta envidado de Dios.

También para nosotros sigue siendo difícil descubrir a Dios en aquel, que simplemente se muestra como muy humano. También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños. Yo he oído más de una vez esta frase: "No nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?" Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si a alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos como hienas.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos. Pero esa es también la postura de todos los que lo niegan. Como no responde a las expectativas, no existe.

Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos podemos hacer sobre él. Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara. Si de verdad le buscamos lo descubriremos siempre diferente y desconcertante. Si esperamos encontrar al Dios domesticado, nos engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar. La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada, será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas.

El profeta no es el que adivina el porvenir, sino el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras.

El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección total a la que no podemos llegar nunca. El auténtico profeta será siempre un inconformista (hoy diríamos un indignado). Lo más "antiprofético" y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

A pesar del rechazo de "muchos" queda siempre la esperanza de que "pocos" sigan abiertos a la enseñanza y a la acción de Jesús. El gran espejismo en que hemos caído en el pasado, fue pensar que "todos" tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo, que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta nuestra historia reciente, hemos cometido el disparate de hacer cristianos por "decreto". La opción por el evangelio seguirá siendo cuestión de minorías.

fray Marcos  Rodríguez

 

 

No despreciar al profeta

El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Tampoco lo presentan a los enfermos de la aldea para que los cure.

Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría. Tampoco se explican de dónde proviene la fuerza curadora de sus manos. Lo único que saben es que Jesús es un trabajador nacido en una familia de su aldea. Todo lo demás «les resulta escandaloso».

Jesús se siente «despreciado»: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Al mismo tiempo, Jesús «se extraña de su falta de fe». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos».

Marcos no narra este episodio para satisfacer la curiosidad de sus lectores, sino para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.

· ¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»?

· En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial?

· ¿No vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje?

· ¿No es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora?

· ¿No tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?

· Esta era la preocupación de Pablo de Tarso: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de Profecía. Revisadlo todo y quedaos solo con lo bueno» (1 Tes. 5,19-21). ¿No necesitamos algo de esto los cristianos de nuestros días?

 

 

Rechazado entre los suyos

Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedicado a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras de fuego la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

Jesús sabe que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. No sospecha todavía que será rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.

El rechazo de Jesús en su pueblo de Nazaret era muy comentado entre los primeros cristianos. Tres evangelistas recogen el episodio con todo detalle. Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de un grupo de discípulos y con fama de profeta curador. Sus vecinos no saben qué pensar.

Al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y “empieza a enseñar”. Sus vecinos y familiares apenas le escuchan. Entre ellos nacen toda clase de preguntas. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos dice que todo “les resultaba escandaloso”. ¿Por qué?

Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de él desde niños. En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos, quedan bloqueados por la imagen que tienen de él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Se resisten a descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.

Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían los que lo conocieron de cerca y lo siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de él. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

¿Por qué nos esforzamos tan poco en conocer a Jesús? ¿Por qué nos escandaliza recordar sus rasgos humanos? ¿Por qué nos resistimos a confesar que Dios se ha encarnado en un Profeta? ¿Tal vez intuimos que su vida profética nos obligaría a transformar profundamente su Iglesia?

padre José Antonio Pagola

 

 

Salir de la credulidad y de la desconfianza

La "anécdota" evangélica, a propósito del viaje de Jesús a su pueblo, revela lo que suele ser un funcionamiento frecuente entre las personas que, a su vez, pone de manifiesto la inconsistencia de donde nace.

No es extraño que el ser humano se mueva entre la credulidad ingenua y la desconfianza preventiva. Ambas actitudes denotan falta de libertad interior y de confianza en sí mismo.

La credulidad lleva a asumir acríticamente posicionamientos ajenos, que son fácilmente idealizados. Al hacer así, se proyecta en algo o en alguien la seguridad que no halla dentro de sí. Eso explica que, a mayor inseguridad, mayor proyección, credulidad e idealización.

La desconfianza apriorística constituye un mecanismo de defensa por el que la persona busca protegerse frente a aquello que pudiera cuestionarla o trata de descalificar a alguien ante quien se sentiría inferior. También aquí parece claro que tanto la protección exagerada como la descalificación del otro esconden miedo a lo diferente o, sencillamente, a lo nuevo, y algún sentimiento oculto de inferioridad.

Entre ambas, es la libertad interior la que permite adoptar una postura abierta y, al mismo tiempo, razonablemente crítica, sin caer en idealizaciones infantiles ni en descalificaciones asustadas. La persona adulta es capaz de acoger todo sin perder sus propias referencias internas. Y precisamente porque encuentra apoyo sólido en ella misma tolera posturas diferentes a la propia, con las que no tiene dificultad para convivir.

La libertad interior se apoya en el amor a uno mismo y en la humildad. El primero favorece que la persona pueda acogerse y sentirse unificada; la segunda, gracias a la aceptación de su verdad completa, le permite descansar en ella, sin temor y sin orgullo.

Tanto la credulidad como la desconfianza se alimentan del miedo. De hecho, el orgullo no es sino la máscara con la que se disfraza el miedo a no ser importante o a quedar por debajo de los demás. Todo ello indica que solo superando esos temores ocultos se puede encontrar la paz y la confianza. Y el camino para lograrlo pasa por la aceptación amorosa de la propia verdad.

En la medida en que el yo vaya integrándose, crecerá también la capacidad de trascenderlo. Dejaremos de identificarnos con él para descubrir que nuestra verdadera identidad es una con todos los seres –por lo que carece de sentido cualquier comparación- y ella misma es confianza y seguridad, libertad interior. Como dijera Jesús, el reconocimiento de la verdad de lo que somos nos hace libres (Jn. 8,32).

 

 

El engaño que nos impide ver

La mente es un baúl de etiquetas: "agradable / desagradable", "bonito / feo", "importante / insignificante", "amigo / enemigo"... En realidad, pensar no es otra cosa que sobreimponer nombres y formas a la realidad. Con frecuencia, en el uso de las etiquetas de que dispone, la mente busca proteger al yo, responder a sus necesidades y fortalecerlo en su (ilusoria) sensación de identidad separada.

La mente se afana en esta tarea especialmente cuando el yo se ve amenazado, lo cual suele ocurrir con frecuencia en el campo de las relaciones interpersonales.

Para defenderse, autoafirmarse o destacar, el yo echa mano de etiquetas que tienden a descalificar a los otros. De ese modo, obtiene una sensación de seguridad y de superioridad, en las que se amuralla para tratar de exorcizar la inseguridad que lo atenaza.

Con ese modo de hacer, el yo fortalece, simultáneamente, su tendencia a la separación y a la rutina. Por lo que, en la medida en que nos identificamos con él, nos privamos de vivir la unidad que somos e impedimos experimentar la novedad del presente.

Necesita de la separación, porque solo de ese modo puede autoafirmarse: viendo a los demás "frente a" él. Si la persona se instala en ese engaño, queda cegada para percibir la unidad que compartimos. Se acomoda a la rutina, buscando la sensación de seguridad que esta le proporciona: cada vez que "etiquetamos", nos cerramos a la novedad única que una persona o un acontecimiento encierran.

La consecuencia es clara: se incrementan la soledad y el aburrimiento. Es el destino del yo. Pero, dado que esas sensaciones también le incomodan, se verá lanzado de un modo compulsivo a buscar compensaciones, por la vía de la "distracción" permanente. Distraído y narcotizado, el yo tratará de sobrevivir, en una especie de noria hedonista, que no le conduce a ninguna parte.

La salida, sin embargo, se halla en otro lado: pasa por desenmascarar el engaño de la identificación.

De un modo tan inconsciente como eficaz, nos hemos pasado la vida identificándonos con una serie interminable de objetos, y de ese modo hemos construido una sensación de identidad, que ha terminado siendo, ella misma también, otro objeto más.

A lo largo del proceso de socialización, nos hemos identificado con nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, miedos, éxitos, fracasos, imagen... y hemos terminado diciéndonos: "eso soy yo".

La realidad, sin embargo, es otra. Todo ello es algo que tenemos, pero no puede constituir nuestra identidad más profunda, aquella que es consciente de todo eso. Lo que somos, no puede ser objetivado. Tampoco puede ser alterado ni dañado.

Cuerpo, mente, psiquismo... son realidades que tenemos, pero nada de ello constituye nuestra identidad. Si nos reducimos a ellas, entramos en la ignorancia acerca de nosotros mismos y generamos sufrimiento estéril.

Da "un paso atrás". Observa esas realidades y pregúntate: ¿quién está observando?, ¿quién es consciente de todo ello? Y serás conducido a conectar con una Realidad ilimitada que sabe a Presencia y a Plenitud, en la que no caben la soledad ni el aburrimiento.

Esa es nuestra identidad. A partir de ahí, no queda otra cosa que anclarnos en ella, hasta familiarizarnos con quien realmente somos. Al querer hacerlo, notaremos el peso de la inercia de años, que nos lleva a creer, una y otra vez, que somos nuestra mente. No cedas, no pierdas la distancia con respecto a ella, no hagas caso a sus cantos de sirena... Permanece en contacto con el Fondo de lo real, el mismo y único Fondo de todo lo que es.

En el texto del evangelio que comentamos, los paisanos de Jesús, en lugar de abrirse con novedad a lo que se muestra en él, optan por recurrir a etiquetas con las que descalificarlo. De ese modo, se colocan a sí mismos una especie de filtro que les impide ver.

Cuando eso ocurre, el milagro –la novedad- es imposible; solo queda la rutina de lo siempre visto. Así como el Fondo de lo real es siempre nuevo, sabe a frescor y a vida, la identificación con la mente y con las exigencias del ego encierran en una monotonía superficial y aburrida.

Jesús –dice el texto- "se extrañó de su falta de fe", es decir, de su incapacidad para ver más allá, de su resistencia a conectar con el Fondo, de la ignorancia en la que decidían permanecer instalados.

Enrique Martínez Lozano

 

 

Creer en el carpintero

Jesús en su pueblo, en Nazaret. Sus palabras en la sinagoga producen admiración. El carpintero, el hijo de María, con el que hemos convivido treinta años, nos sale ahora como maestro de Sabiduría... ¿dónde ha aprendido? ... Y se escandalizan de él. No le llevan a los enfermos para que los cure, no se fían de él. Es el reverso del domingo pasado, cuando Jairo y la mujer enferma sí se fían, y consiguen la curación.

Como tema marginal; aparecen "hermanos y hermanas" de Jesús. Antes se tenía por cierto que "hermanos y hermanas" era el nombre genérico de "primos". Es interpretación antigua, pero no antiquísima. Parece que los medios más cercanos a la redacción de estos escritos no dan pie para ella.

Hoy los autores especializados no se ponen muy de acuerdo, y sus soluciones dependen en gran manera de otros condicionamientos (su postura acerca de la virginidad de María y otros más). El tema es interesante, aunque no significativo para nuestra fe, y desde luego, no podemos desarrollarlo aquí.

Reflexión

No pocas veces envidiamos a los que convivieron con Jesús. Pensamos que conociéndole sería mucho más fácil creer en él. Hoy se nos invita a revisar esta opinión. Pongámonos en la piel de los vecinos de Nazaret. Han convivido treinta años con José, María, Jesús; le han conocido como el carpintero, hijo de carpintero. Hace unos meses se fue al Jordán, con el Bautista; y ahora reaparece enseñando como un rabí y dicen que cura enfermos ... La sorpresa está más que justificada: y la tendencia a rechazarlo: ¿quién se ha creído que es? ¡como sino lo conociéramos de toda la vida!

Pienso que lo tenían más difícil que nosotros. Porque había que creer en aquel hombre, y la evidencia de su humanidad, de su normalidad, les resultada un obstáculo insuperable. A veces simplificamos injustificadamente la fe en Jesús de su madre. Solucionamos el problema otorgándole a María una revelación más que especial, haciéndola tan consciente de la naturaleza de su hijo como hacemos a Jesús consciente y omnipotente ya en el seno de su madre. Debemos revisar seriamente nuestros "conocimientos". También para María era Jesús objeto de fe. Jesús creció como un niño normal, necesitado de su madre para todo. Y su madre también tuvo que creer.

Esto sitúa correctamente nuestro acto de fe e invita a revisar nuestros motivos. Sus vecinos escucharon sus palabras y contemplaron sus curaciones. Y, para muchos, no fue suficiente. Nosotros leemos o escuchamos esas palabras y curaciones. ¿Cómo saltamos del conocimiento a la admiración y de la admiración a la fe? Y ¿qué significa exactamente, más allá de admirar, "creer"?

Creer en Jesús significa admitir que en él está actuando el Espíritu, que sus dotes de sanador, sus estupendas palabras, no son simplemente fruto de un hombre genial, sino la obra de Dios mismo en él. Creer en Jesús significa aceptarlo como "hombre lleno del Espíritu", significa aceptar que "Dios estaba con él". Esto es lo que no podían entender sus convecinos, esto es lo que les producía escándalo. Para ellos, Dios había hablado por medio de Moisés, el gran milagro había sido el paso del mar; ahora tienen que aceptar que Dios habla por boca de su vecino Jesús el carpintero y sana por su medio. Tendrán que aceptar más: que Dios está con Jesús de una manera muy superior a la de Moisés. Jesús es El Hijo, el Predilecto, y hay que escucharle a él, incluso cuando sus palabras corrijan a Moisés.

Nuestra fe en Jesús significa pasar de la admiración por un hombre extraordinario a la aceptación de Dios presente en él. La humanidad de Jesús, Jesús hombre, nos plantea la pregunta que se hicieron también sus contemporáneos: ¿quién es éste?. Creer significa contestar: éste es el Hombre lleno del Espíritu, el Hijo Predilecto, la Palabra hecha carne.

Para nuestra oración

Son muchos los caminos hasta la fe. Algunos de nosotros nos encontramos quizá con que, por decirlo de alguna manera, "heredamos" la fe en Jesús. Cuando fuimos conscientes, nos dimos cuenta de que la fe en Jesús estaba en nosotros, incluso aunque no le conocíamos muy bien. Fue entonces cuando nos preguntamos por qué, movidos sin duda por la necesidad de personalizar, de hacer nuestra la fe que habíamos recibido.

En cualquier caso, el itinerario para una fe adulta siempre es el mismo: conocer, admirar, creer. El conocimiento lleva a la admiración, la admiración a la pregunta, la pregunta a la respuesta: "Tú eres el Ungido de Dios, el Hijo Predilecto". Llegar a esta respuesta es también obra de Dios, y es, sobre todo, invitación. No se cree en Jesús para disfrutarlo, sino para seguirle, para trabajar con él en las cosas del Padre.

En todos los problemas de Jesús con sus contemporáneos aparece un problema que hoy también nos afecta: la mayor dificultad de aquella gente para creer en Jesús era su propia religión. Consideraban "La Ley de Moisés", incluidas las interpretaciones de los rabinos, como Palabra de Dios inmutable para siempre. Y Jesús no pensaba así: Jesús era el vino nuevo, pero la gente se negaba a romper los odres viejos.

Pienso que éste es un peligro que está hoy presente en la Iglesia. Todas las tradiciones de la iglesia, incluso las que claramente no proceden de Jesús, e incluso son contrarias a lo de Jesús, se mantienen con un vigor extremo, incluso parece que tienen más fuerza que la fe en el mismo Jesús y la aceptación de su estilo, sus criterios, sus valores.

Por eso, cuando se oye hablar de "Nueva Evangelización" hay muchos que dudan de que se pretende una evangelización y sospechan que se trata de revitalizar las tradiciones mas inmediatas, es decir, no volver a Jesús ni aceptar la novedad de su vino, sino remendar el odre viejo.

José Enrique Galarreta

 

 

Un sabio con autoritas

“Expón con sinceridad y sencillez tu sentir, y deja que la verdad obre

por sí sobre la mente de tu hermano” (Miguel de Unamuno)

Y muchos comentaban asombrados: ¿De dónde saca este todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado?

La fuerza de la autoridad de sus palabras se funda en sus acciones. Los romanos hacían una distinción entre ‘autoritas’ y la ‘potestas’, alabando la primera por encima de la segunda. La autoritas se conquista mediante la adhesión, la persuasión y la convicción del buen ejemplo dado. Jesús nos invita a sacarla, como Fray Luis de León (Oda I. Vida retirada), siguiendo en este caso la senda escondida que él, uno de “los pocos sabios que en el mundo han sido”, nos ha enseñado en su evangelio. Él hablaba con autoridad porque hablaba de lo que había encontrado dentro de él. Me ha sorprendido siempre la consideración de este dato: permaneció treinta años preparándose, y tres predicando. ¿Fue ésta, acaso, la raíz profunda de tú profunda sabiduría?

Esta fue, y también la de la relación particularmente humana que establecía con los que se relacionaba, en particular los necesitados. De dicha relación han sabido siempre mucho los médicos. Hipócrates indica como uno de los cuatro principios fundamentales el: “Estudiar más al paciente que a la enfermedad”. Para Platón el enfermo es amigo del médico a causa de su enfermedad. La relación entre médico y enfermo es de amistad y, en ella, es fundamental la confianza del enfermo en la medicina y en el médico que le trata. Con el cristianismo, las Órdenes Religiosas se hacen cargo de la asistencia sanitaria que es un acto religioso y moral. Se crean los primeros hospitales cristianos, la asistencia sanitaria es gratuita para los enfermos sin recursos y se atiende también a los enfermos incurables y moribundos. El fundamento de la relación médico-enfermo en el cristianismo es una modalidad de la amistad cristiana entre los hombres. El médico medieval le da importancia a la comunicación verbal con el enfermo con el objetivo de darle consuelo, de aliviarle. Sigmund Freud supone un cambio muy importante en la relación médico-enfermo al introducir al sujeto en medicina. Considera que en el acto clínico, la relación médico-paciente es fundamental, y la historia clínica es un instrumento imprescindible que permite al paciente contar su experiencia vital en ese momento.

Modernamente la relación que establecen el médico y el enfermo, durante el proceso de enfermedad, es de extremada importancia. Es una relación rica y compleja que influye en el curso de la enfermedad, en la eficacia del tratamiento, y que tiene por sí misma un importante valor curativo. Para Gregorio Marañón, por ejemplo, “lo más importante en medicina es la relación entre médico y enfermo”, dice. Y Pedro Laín Entralgo señala rotundamente que se trata de una la relación que “vincula mutuamente a dos hombres, que está formada por dos personas, y el vínculo entre ella es la palabra”.

Los que te escuchaban, dice en 6,2 Marcos, comentaban asombrados: ¿De dónde saca este todo eso? ¿Que clase de sabiduría se le ha dado? Y yo también, Jesús maestro sabio, me asombro de tu sabiduría, y cada vez que profundizo un poco más en tu Evangelio, descubro más y mejor la increíble riqueza humana del mensaje. La del διακόνεο, al que el NT le atribuye el significado de “servir a la mesa” (L 10, 40, 17, 8; Jn. 12,1) y que Marcos, si ha de ser comprendido desde la enseñanza de Jesús sobre el discipulado, presenta el sentido más amplio de “ser servicial”, “estar a disposición de”. Un servicio que implica autodonación y disponibilidad, presentado por Jesús como núcleo de su seguimiento y signo de distinción de sus discípulos, sean estos varones o mujeres. Todos ellos han de hacer lo que han visto realizar al mismo Jesús. Han de adoptar las mismas aptitudes: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc. 10,40)

Decía en su Diario íntimo don Miguel de Unamuno, “Expón con sinceridad y sencillez tu sentir, y deja que la verdad obre por sí sobre la mente de tu hermano”, añadiendo al servir la sugerencia de respetar en el que sirve su manera personal de hacerlo.

En su obra La cuisinne retrouvée, el ilustre literato -y también sabio en su poético quehacer- Marcel Proust, gran amante de la buena cocina como buen francés, hace una loa del bon manger diciendo que “En el tiempo que sigue a una comida copiosa, existe una especie de momentos de reposo saturados de bienestar, de inteligencia y de energía donde permanecer ociosos, que nos otorgan el sentimiento de plenitud de vida”. La dimensión poética de Proust hace resaltar la trascendencia del acto de servir, en otras partes de su obra, aunque poniendo particular énfasis en el de disfrutar de los manjares servidos.

“El efecto de la sabiduría es una alegría continua”, decía Lucio Anneo Seneca en Cartas a Lucilio. Alegría por el buen servir, el buen comer, las buenas relaciones que otorgan salud, y que ponen barro frente a la hermosura, como canta nuestro Poema de hoy, le da Nueva Vida.

INSPIRA ME D0MINE

“Formavit igitur Dominus Deus hominem de limo terrae et inspiravit…”  (Gn. 1,7)

Me formaste, Señor, del barro puro;

soplaste con amor la blanca arcilla;

dejaste eternidad de tu semilla

en la arista sin faz de un canto duro;

color pusiste en tu pincel seguro;

le diste ardor a la letal mantilla;

llegó el aliento a la fetal papilla,

blando barrizal de humus inseguro.

Y en el resplandor de tu llama pura,

Todo se hizo amor, masa redimida.

¡Sopla, Señor, y deja tu hermosura

en el lodazal de esta carne hundida;

y poniendo el barro junto a tu hermosura,

sóplalo otra vez, dale Nueva Vida.

(José Paz. Poemas en Tiempo)

 

 

Tu diario vivir es tu templo y tu religión; cada vez que entres en él,

hazlo con todo tu ser (Khalil Gibràn)

- Jesús les decía: A un profeta sólo lo desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa

- Después recorría los pueblos vecinos enseñando

Dios escoge para ser instrumentos de su palabra, según la Liturgia del domingo, a un sacerdote y profeta desterrado en Babilonia,  a un humilde carpintero, hijo de José y María, y al apóstol Pablo, que presume de debilidades en su segunda Carta a los Corintios. Los tres profetas mencionados experimentan el rechazo de sus conciudadanos. Los tres reconocen las dificultades con que la verdad se abre camino entre los hombres y lamentan su rechazo.

A Ezequiel le dice el Espíritu: Hijo de Hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a una nación de  rebeldes que se ha rebelado contra mí". A Jesús se le complican las cosas en su tierra natal. Le rechazan sus paisanos –"¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?"- y no aceptan que se manifieste en lo humilde y cotidiano. Tal era la desconfianza, que se ve obligado a decirles: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa". El Evangelio de Juan transpasa desgraciadamente las fronteras parentales: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron" (Jn 1, 11).

En los Anales de la Historia, los hechos se siguen repitiendo. Uno de los últimos, el de Monseñor Romero, Arzobispo Metropolitano de San Salvador. Un obispo y profeta que defendía también la "opción preferencial de los pobres", afirmando que ésta debiera ser la misión de la Iglesia. En un mural en la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad del Salvador, aparece su figura arzobispal bendiciendo lo cotidiano de la vida terrenal. En una ocasión había pedido a los políticos y potentados que convirtiesen "las armas en hoces para el trabajo".

Un soñador que como casi todos sus antecesores pagó con la vida sus ilusiones. También hoy a él podemos darle gracias en los altares. Como el Alquimista de Paulo Coelho podemos –y debemos- seguir soñando todos: Un joven pastor que marcha en busca de un tesoro revelado en sueños:

"Y el muchacho se sumergió en el Alma del Mundo y vió que el Alma del Mundo era parte del Alma de Dios, y vio que el Alma de Dios era su propia Alma".

Deseo ser como ellos y no quiero ser de los cristianos que, como tartufos:

"...se comen los santos de la Iglesia,

y en el mercado de la vida

a manos llenas roban".

Khalil Gibràn, otro místico y profeta de la cotidianeidad lo dijo de este modo: Tu diario vivir es tu templo y tu religión; cada vez que entres en él, hazlo con todo tu ser.

EL ESPEJO ROTO

Yo frente a él era un extraño.

Lo que en él se vivía me era ajeno.

Rompí el espejo

y me quedé desnudo de mi mismo

guardado en un fanal, sin alas,

huérfano de sentido.

Huída el alma.

(Quizás sea cierto

que a Adán y a Eva

les sucedió otro tanto).

Cristianos hay como tartufos

que se comen los santos de la Iglesia,

y en el mercado de la vida

a manos llenas roban.

Yo me quedo sin mí, sin Dios;

Dios sin nosotros y nosotros sin Él,

sin santos ni mercado.

Foráneos al espejo

quedamos rotos Dios y yo.

¿Quedamos rotos todos?

(SOLILOQUIOS, Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

 

 

El misterio de la incredulidad

El domingo pasado nos recordaba el evangelio de Marcos dos ejemplos de fe: el de la mujer con flujo de sangre y el de Jairo. Hoy nos ofrece la postura opuesta de los nazarenos, que sorprenden a Jesús con su falta de fe.

Éxito en Cafarnaúm

Resulta interesante comparar lo ocurrido en Nazaret con lo ocurrido al comienzo del evangelio: también un sábado, en Cafarnaúm, Jesús actúa en la sinagoga y la gente se pregunta, llena de estupor: «¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen.» Enseñanza y milagros despiertan admiración y confianza en Jesús, que realiza esa misma tarde numerosos milagros (Mc. 1,21-34).

Fracaso en Nazaret

Otro sábado, en la sinagoga de Nazaret, la gente también se asombra. Pero la enseñanza de Jesús y sus milagros no suscitan fe, sino incredulidad. La apologética cristiana ha considerado muchas veces los milagros de Jesús como prueba de su divinidad. Este episodio demuestra que los milagros no sirven de nada cuando la gente se niega a creer. Al contrario, los lleva a la incredulidad.

Los milagros de Jesús han representado un enigma para las autoridades teológicas de la época, los escribas, y ellos han concluido que: «Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios por arte del jefe de los demonios» (Mc 3,22).

Los nazarenos no llegan a tanto. Adoptan una extraña postura que no sabríamos cómo calificar hoy día: no niegan la sabiduría y los milagros de Jesús, pero, dado que lo conocen desde pequeño y conocen a su familia, no les encuentran explicación y se escandalizan de él.

Jesús, motivo de escándalo

En griego, la palabra «escándalo» designa la trampa, lazo o cepo que se coloca para cazar animales. Metafóricamente, en el evangelio se refiere a veces a lo que obstaculiza el seguimiento de Jesús, algo que debe ser eliminado radicalmente («si tu mano, tu pie, tu ojo, te escandaliza… córtatelo, sácatelo»).

Lo curioso del pasaje de hoy es que quien se convierte en obstáculo para seguir a Jesús es el mismo Jesús, no por lo que hace, sino por su origen. Cuando uno pretende conocer a Jesús, saber «de dónde viene», quién es su familia; cuando lo interpreta de forma puramente humana, Jesús se convierte en un obstáculo para la fe. Desde el punto de vista de Marcos, los nazarenos son más lógicos que quienes dicen creer en Jesús, aunque lo consideran un profeta como otro cualquiera.

Asombro e impotencia de Jesús

A Marcos le gusta presentar a Jesús como Hijo de Dios, pero dejando muy clara su humanidad. Por eso no oculta su asombro ni su incapacidad de realizar en Nazaret grandes milagros a causa de la falta de fe. Adviértase la diferencia entre la formulación de Marcos: «no pudo hacer allí ningún milagro» y la de Mateo: «Por su incredulidad, no hizo allí muchos milagros».

Nazaret como símbolo

Los tres evangelios sinópticos conceden mucha importancia al episodio de Nazaret, insistiendo en el fracaso de Jesús (la versión más dura es la de Lucas, en la que los nazarenos intentan despeñarlo). Se debe a que consideran lo ocurrido allí como un símbolo de lo que ocurrirá a Jesús con la mayor parte de los israelitas: «Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian al profeta».

Recorrió después las aldeas del contorno enseñando

Jesús ha fracasado en Nazaret, pero esto no le lleva al desánimo ni a interrumpir su actividad. Igual que Ezequiel (1ª lectura), le escuchen o no le escuchen, dejará claro testimonio de que en medio de Israel se encuentra un profeta.

¿Nos parecemos a los de Nazaret?

Nuestra educación cristiana ha insistido mucho en la caridad. Podríamos sintetizarla, y con razón, en las palabras: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», o «Trata a los demás como tú quieres que te traten. Esta es la síntesis de la Ley y los Profetas».

Pero los evangelios dan también una importancia enorme a la fe en Jesús. No a la fe en Dios, común a todas las religiones monoteístas, sino a la fe en Jesús. «Esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo en él, tengáis la vida eterna», termina el cuarto evangelio.

El pasaje de hoy nos obliga a examinar nuestra fe en Jesús. Pensar que lo sabemos todo sobre su vida, su persona, su época, puede llevarnos a infravalorarlo, considerándolo un profeta más o un maestro religioso. Pero en un profeta o un maestro no se cree, ni él puede darnos la vida eterna. El evangelio de hoy nos anima a repetir la petición del padre del niño epiléptico: «Creo, pero ayuda a mi incredulidad».

Un remedio contra la soberbia y el narcicismo (2ª lectura: 2 Cor 12,7-10).

Aunque sin relación con el evangelio, el texto de Pablo enseña algo muy útil para todos. Él es consciente de haber recibido unas revelaciones especiales de Dios. La más importante, después de la conversión, que Jesús vino a salvarnos a todos, no solo a los judíos, y que el evangelio debe proclamarse por igual a todas las personas, sin tener en cuenta su raza, género o condición social. Una revelación totalmente revolucionaria. Esto pudo provocar en él una reacción de orgullo y soberbia. Para contrarrestarla, Dios «le clava una espina en el cuerpo», que le humilla profundamente. No sabemos a qué se refiere. Se ha pensado en su enfermedad de la vista, de la que habla en la carta a los Gálatas, que coartaba su actividad misionera. Por lo que dice a continuación, le humillaban las propias flaquezas y las persecuciones, insultos y críticas procedentes de todas partes. Sin olvidar sus arrebatos de ira, que le llevaron a pelearse con Bernabé, su mejor amigo, al que tanto debía; o que le hacían escribir cosas terribles contra los judíos, e incluso contra los cristianos que no compartían sus puntos de vista, a los que llama «falsos hermanos». En cualquier caso, avergonzado de su conducta, pide a Dios que le saque esa espina. Quiere ser bueno y sentirse bueno. Sin fallo alguno. Narcisismo puro. Y Dios le responde: «Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza».

A ninguno de nosotros nos faltan espinas en el cuerpo y en el alma que nos gustaría arrancarnos; o, mejor, que Dios las arrancara para dejarnos vivir tranquilos, satisfechos de nosotros mismos. Pero nos dice como a Pablo: «Te basta mi gracia». Y nosotros debemos repetir como él: «Me alegro de mis flaquezas, de los insultos, de las dificultades, de las persecuciones, de todo lo que sufro por Cristo».

José Luís Sicre

 

 

Profetas en nuestra tierra

Jesús, nos dice el evangelio de Lucas, creció en “edad, sabiduría y gracia” (Lc. 2,52). Sus paisanos le vieron dar sus primeros pasos, correr, jugar y trabajar, conocieron a José y a María y fueron testigos de cómo su vida transcurría como la de cualquier otra familia de Nazaret. Quienes conocieron a Jesús como niño hoy le ven convertido en un hombre que lidera un pequeño grupo, que enseña en la sinagoga y obra milagros.

El don de la vida lleva consigo la capacidad de crecer. Como seres humanos podemos ampliar nuestros conocimientos y habilidades, aprender con la experiencia y cambiar con el transcurrir de los años. No somos los mismos que éramos hace un tiempo y, con la gracia de Dios y nuestro propio trabajo personal, este continuo proceso posibilita la transformación para llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Aquello que nos hace más felices. Aquello que, intuimos como creyentes, es la voluntad de Dios para nosotros.

Sin embargo, aunque podemos constatar esta experiencia humana en nosotros mismos, ¡qué difícil se nos hace muchas veces reconocer los cambios y el crecimiento de los demás! Resulta sencillo “poner etiquetas” a los otros, pero ¡cuánto nos cuesta quitarlas! Cuesta confiar en la posibilidad de transformación de las personas y surge con facilidad la desconfianza.

“Y desconfiaban de él”, nos dice el texto. La realidad indiscutible de lo que ven en Jesús: su sabiduría y sus milagros, no consigue vencer la sospecha y la incredulidad de quienes le conocieron como un sencillo carpintero, procedente de una humilde familia.

El evangelio de hoy cuestiona esta actitud. Podemos preguntarnos si concedemos la oportunidad de crecimiento y de cambio a quienes son compañeros de camino en la vida cotidiana, cuando nos sobreviene la sospecha antes sus logros y avances. A lo largo de la historia, personas audaces y adelantadas a su tiempo han sido cuestionadas, quizás porque sus vidas han cuestionado a los demás. Oscar Romero, Mahatma Gandhi… o Teresa de Jesús, Joaquina de Vedruna y tantas otras fundadoras y fundadores de instituciones o movimientos religiosos padecieron también la incomprensión y el rechazo de sus contemporáneos. El evangelio de hoy nos pone en alerta y nos invita a revisar nuestras actitudes hacia aquellas personas con las que compartimos trabajo o vida.

Pero también nos cuestiona nuestra propia relación con Jesús. Puede pasarnos como a sus paisanos. Lo hemos conocido tanto desde pequeños que ahora, ¿qué nos puede decir que no sepamos ya? Podemos caer en el peligro de amaestrar su Palabra y no permitir que su poder renovador atraviese nuestras vidas y las transforme.

Nos dice el evangelio que Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro”. Porque Jesús no hace nada sin contar con nosotros, con nuestra disposición y fe, con nuestra confianza. Aprovechemos para revisar las “etiquetas” que colocamos, incluso a él, y que impide, de algún modo, que haga milagros en cada uno de nosotros, en nuestra tierra personal, familiar, comunitaria, social, mundial…

Cada día, una nueva oportunidad para creer. Cada día, una nueva oportunidad para crecer.

Inma Eibe, ccv

 

 

“Nadie es profeta en su tierra”. Esta sentencia que ya pertenece al léxico popular nos viene nada menos que de Jesucristo. A El le sucedió exactamente eso:  no fue aceptado en su tierra. Después de haber predicado unas cuantas cosas en varios sitios y después de haber realizado unos cuantos milagros por aquí y por allá en Galilea, Jesús decide volver a Nazaret.

Nazaret era el pueblo de su Madre, donde El era bien conocido, el sitio donde había crecido, donde había vivido y trabajado, en el cual tenía su casa, sus parientes, etc. Y, como era su costumbre, nos dice el Evangelio de hoy (Mc. 6,1-6), un Sábado entró en la Sinagoga de Nazaret y se puso a enseñar.

El pasaje de San Marcos no nos informa qué fue lo que enseñó ni qué lectura fue la que hizo.  Pero San Lucas, sí (Lc. 4,16-30). Nada menos y nada más, Jesús leyó del libro de Isaías el anuncio del Mesías y su misión (Is. 61,1-2): “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido ...”. Y, al terminar la lectura, enrolló el libro, lo devolvió al ayudante, se sentó y cuando todo el mundo “tenía los ojos fijos en El”,   remató diciendo: “Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar”,  lo cual equivalía a decir: “Miren:  el Profeta Isaías se está refiriendo a mí”.

¡Imaginemos la impresión de los presentes!  Nos dicen los Evangelios que la gente asentía y se impresionaba por la sabiduría de sus enseñanzas, y porque ¡claro! además venía respaldado de los milagros que había hecho en otros sitios.  Pero aún en esos otros sitios también tenía sus detractores, pues ya anteriormente algunos habían pensado que expulsaba a los demonios por el poder del mismo Satanás (cfr. Mt.9,34).

Entonces se preguntaban los que lo estaban oyendo: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas?  ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros?”   Y como era muy conocido “estaban desconcertados”. Comentaban: “¿Pero no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón?  ¿No viven aquí entre nosotros sus hermanas?” Definitivamente no les cabía en la cabeza que uno de allí mismo pudiera saber tanto ...  ¡mucho menos ser el Mesías esperado!

Aquí es obligante el paréntesis sobre la palabra “hermanos” y “hermanas”, término que significaba no solamente hermanos como los entendemos nosotros en nuestro lenguaje actual, sino que incluía también a primos y parientes. Los Católicos sabemos que, a pesar de todo lo que puedan decir los no-Católicos, Jesús fue el único Hijo de María.

Sin embargo, los enemigos de Dios y de la Iglesia Católica no cesan de atacar nuestras creencias, nuestros dogmas de fe, el Magisterio de la Iglesia, en fin, no cesan de atacar la Verdad, en todas las formas posibles: reales e imaginarias, verdaderas o falsificadas.

Tal es el caso de un osario de un supuesto “hermano de Jesús” con el nombre de Santiago, que fue divulgado en las noticias a finales del año 2002. La inscripción que portaba el pequeño sarcófago de huesos resultaba prácticamente determinante para demostrar que Jesús no fue el único Hijo de San José y la Virgen María.

¿Cuál fue el resultado de las investigaciones?  Que el osario era verdadero, pero que la inscripción era forjada.

Entonces debemos saber que, a pesar de todo lo que pretendan demostrar aun con falsificaciones arqueológicas, como ha resultado ser este caso, Jesús es el Hijo de Dios, y el único hijo de María, y su Encarnación en el seno virginal de su Madre, fue obra del Espíritu Santo.  San José fue el padre terrenal, custodio del Salvador del Mundo, que Dios puso como jefe de la Sagrada Familia.

Al ver los ataques contra Dios, contra Cristo, contra la Verdad, contra la Iglesia, podemos darnos cuenta de por qué el Señor prometió que estaría con su Iglesia hasta el fin de los tiempos.

La Iglesia no está libre de dificultades. Recordemos las palabras de Cristo a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra (roca) edificaré mi Iglesia y el poder del Infierno no la derrotará”. Estas palabras del Señor nos indican que la Iglesia iba a estar sometida a muchas pruebas y ataques durante su peregrinar aquí en la tierra.  Así ha sido y seguirá siendo.

Y lo está siendo muy fuertemente en nuestros días, no sólo con falsificaciones ridículas como las del mencionado osario, sino lo que es más grave aún: la Fe está siendo atacada desde las sectas y desde los errores y herejías del New Age o Nueva Era, con los que se pretende destruirla, al presentar errores como aparentes verdades, engañando a muchos católicos.  Pero tenemos la seguridad del Señor de que el poder del Mal no podrá vencer a su Iglesia.

La Iglesia no es perfecta aún, pues se mezcla su realidad humana (pecadora) con su realidad divina, como dolorosamente estamos pudiendo notar especialmente en nuestros días.

La Iglesia sólo será perfecta -nos dice el Catecismo- en la gloria del Cielo, cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su Reinado definitivo, a establecer los Cielos nuevos y la tierra nueva: la Jerusalén Celestial; es decir, la morada de Dios en medio de los hombres.

Pero volvamos a la Sinagoga de Nazaret.  Jesús responde a los que estaban allí: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Así es ... y así fue también para el Ungido de Dios, el Mesías prometido, el Hijo de Dios hecho Hombre.  Y aunque hubiera querido, nos dice el Evangelio, “no pudo hacer allí ningún milagro”.

Venía de Cafarnaún donde, entre otros milagros, había vuelto a la vida a la hija del Jefe de la Sinagoga. Pero aquí en su Nazaret, “sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos, y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente”.

Es justamente la incredulidad de los suyos lo que le impide obrar grandes milagros como los que hizo en otras partes, porque Dios usa su Omnipotencia en favor de los que creen. “Tu fe te ha salvado” (Mt. 9,20-22) solía decir a los que curaba. O “basta que creas” (Lc. 8,40-50). En Nazaret, entonces, se limitó a ayudar a los pocos que tenían fe.

He aquí el motivo por el cual unos se salvan y otros no.  El Señor siempre está dispuesto a salvar a quienes se dejan salvar, a quienes lo aceptan como Salvador.

Y esto es así porque, para aprovechar las gracias divinas tenemos que estar dispuestos a recibirlas. De otra manera –por decirlo de una forma gráfica- es como si esos auxilios divinos que son las gracias “resbalaran” sobre nosotros y no “entraran” a nuestro ser.

El no tener fe, el no creer en Dios, el no aceptar su Omnipotencia, el no tener confianza en sus decisiones, el no aceptar su Voluntad, es como si nos hiciéramos impermeables a la Gracia (que es Dios mismo) y a sus gracias, que son los auxilios divinos que están a nuestra disposición en todo momento.

Bien lo dice Mons. Juan Bautista Castro, el Arzobispo de Caracas, quien hizo la primera Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento del Altar, a fines del siglo 19, por lo cual este país es la “República del Santísimo Sacramento”: “En la Santa Hostia está el Dios que derrama sus beneficios sobre la humanidad, el Dios que salva a las almas que aprovechan los beneficios y las gracias de su Redención”.

La Primera Lectura (Ez. 2,2-5) nos recuerda también la incredulidad del pueblo de Israel frente al profeta Ezequiel.  A Ezequiel le tocó anunciar cosas muy duras y dichas duramente al pueblo de Israel, entre otras, la destrucción de Jerusalén en castigo de sus pecados.  Dios conoce la rebeldía de ese pueblo, y así le dice a Ezequiel: “Te envío a los israelitas, un pueblo rebelde que se ha sublevado contra Mí y que me ha traicionado”.

Y ... ¿no estaremos nosotros, la Iglesia de Cristo, el pueblo de Dios de hoy, igual que el de ayer?

¿Dónde ha quedado la fe firme en Dios, en Cristo, en su Iglesia? 

¿Dónde ha quedado la fidelidad a toda prueba de sus ministros?

¿Dónde ha quedado el amor a Dios sobre todas las cosas?

¿Dónde ha quedado el amor que nos debemos unos a otros?

¿No estaremos siendo rebeldes y traicionando a Dios, también?

¿No podría hoy decirnos Dios lo mismo que dijo ayer por boca de Ezequiel?

“Por todo el territorio las ciudades serán arruinadas y arruinados los altares y los ídolos, aniquiladas las obras de ustedes. Los muertos yacerán en medio de ustedes y sabrán que Yo soy Yavé... Así habla Yavé:  Desgracia grande. Ya viene el fin.  Ya se acerca el fin... Te juzgaré según tus obras y te pediré cuenta de todas tus maldades... porque tus pecados estarán a la vista... Ya llega tu día... Florece la injusticia, el orgullo da sus frutos y la violencia reina para imponer el mal... Sin embargo quedará un resto de ustedes... se acordarán entonces de Mí... Yo ablandaré su corazón traidor que se apartó de Mí”  (Ez. 6)

“Yo los liberaré de todos los pecados que cometieron  y los purificaré.  Serán mi pueblo y Yo seré su Dios ... Observarán mis leyes y guardarán mis mandamientos, y los pondrán por obra ... Junto a ellos tendré mi morada;  Yo seré su Dios, y ellos serán mi Pueblo ... Conocerán que Yo soy Yavé, el que santifica a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre” (Ez. 37,21 ss).

Y, a pesar de las rebeldías y las traiciones, Dios sigue enviando gracias y favores, Dios sigue enviando sus profetas para iluminar a su Pueblo, para alertarlos contra el pecado.  Lo hizo ayer con el pueblo de Israel,  pero continuaban en su obcecación.

Por eso le dice Dios a Ezequiel al final de la Primera Lectura de hoy:  “A ellos te envío para que les comuniques mis palabras.  Y ellos, te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

Y un día envió Dios, no un Profeta, sino a su propio Hijo.  Pero, nos dice el Evangelio de san Juan que “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron ... Pero los que lo recibieron, que son los que creen en su Nombre, les concedió ser hijos de Dios” (Jn. 1,11-12).

Quienes creen y viven de acuerdo a esa Fe revelada a la humanidad por el mismo Dios, desde el Antiguo Testamento y también en el Nuevo, por medio de su Hijo hecho Hombre, Jesucristo, Fe que nos es ratificada y comunicada por la Iglesia que Cristo fundó, pueden llegar al altísimo privilegio de “ser hijos de Dios” (Jn. 1,12).

Y si somos hijos, somos coherederos con Cristo y podemos llamar a Dios “Padre”. ¿Nos damos verdadera cuenta del privilegio que es poder llamar ¡nada menos que a Dios! “Padre”, porque realmente somos hijos suyos?

Precisamente esto nos lo proponía la Segunda Lectura en la pasada Solemnidad de la Santísima Trinidad:  “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios ... y podemos llamar Padre a Dios. Y si somos hijos de Dios también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rm. 8,14-17).

En la Segunda Lectura de hoy (2Cor. 12,7-10) san Pablo nos habla de aquella espina que tenía clavada en su carne, aquella tentación con la que “un enviado de Satanás”,  lo humillaba, espina que es causa también de muchas gracias, gracias especiales, gracias siempre presentes, con las que podemos sobreponernos a las tentaciones, sobre todo cuando sabemos que somos débiles y que en esa debilidad Cristo es nuestra fortaleza.

Ante la petición de san Pablo a Dios para que le quitara esa “espina”, el Señor le responde: “Mi gracia te basta, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

Es así como el Apóstol nos enseña a gustar de las debilidades, de los insultos, de las persecuciones y dificultades –incluso de las tentaciones, que son persecuciones del demonio- inconvenientes todos que, sufridos en Cristo, pueden tornarse en fortaleza.  Porque, al reconocernos débiles, Cristo pasa a ser de inmediato nuestra fortaleza. De allí que San Pablo puede proclamar: “Cuando soy más débil, soy más fuerte”.

 

 

¿Es posible ser profeta en la propia tierra?

La vocación profética es una forma peculiar de vocación religiosa. En el antiguo Israel existían tres formas principales de “unción” (el ungido es, precisamente, el “Cristo”, el que representa a Dios): el sacerdote, el rey y el profeta. Pero el profeta, a diferencia del sacerdote y el rey, ejerce un ministerio no institucional, es decir, carente del soporte de una institución (el templo, el poder político) que confiere a ese ministerio autoridad, poder y protección. Y, aunque existieron también profetas de corte, profetas “áulicos”, los verdaderos profetas de Israel fueron, por lo general, gentes desligadas de esas instituciones sagradas.

El profeta es, pues, uno que, suscitado por Dios, carece, sin embargo, de signos externos de la elección. El signo de la misma es sólo la fuerza de la Palabra que transmite. Es, por tanto, una Palabra desnuda, directa, libre, pero también sometida a riesgo, precisamente por la falta de apoyo institucional. El profeta es “uno cualquiera”, uno del pueblo, por medio del cual Dios habla con entera libertad. Se expresa así, al mismo tiempo, la cercanía de Dios y su independencia de las posibles domesticaciones intentadas por el poder político o religioso. Es decir, Dios puede hablar por medio de uno cualquiera, y cualquiera puede hacerse disponible para hacerse portavoz de lo que Dios nos quiere decir. No hace falta, necesariamente, que ese “cualquiera” sea depositario de revelaciones o visiones extraordinarias. Basta que esté a la escucha y transmita con sus obras y sus palabras lo que en esa escucha ha descubierto.

La cercanía tiene la ventaja de la inmediatez. En cierto sentido, la autoridad del sacerdocio institucional y, con mayor motivo, del poder político, están muy mediatizados, y el mismo carácter institucional, que protege y da autoridad, encorseta y pone sordina a la palabra así transmitida. Los que ocupan esos puestos dicen “lo que tienen que decir”, lo que se espera de ellos. E, incluso si transmiten la Palabra auténtica de Dios (la verdad, la justicia, etc.), siempre es posible reaccionar a esa palabra protegiéndonos de ella, con un deje de escepticismo: “¡Claro! ¿Qué vas a decir tú, si eres cura?”

En el caso del profeta se dan una libertad e inmediatez que comportan, sin embargo, otros riesgos. ¿Cómo aceptar como palabra “de Dios” lo que nos dice uno “cualquiera”, uno “como nosotros”? Esto es, ¿cómo aceptar una autoridad divina de parte de alguien carente de la autoridad del poder? A este siempre podremos decirle, “pero, ¿quién te has creído que eres?” A éste lo conocemos, sabemos quién es, quiénes son sus padres, sus hermanos, conocemos también sus defectos y debilidades, sus “aguijones”, como en el caso de Pablo. Es otra forma de protegerse de la peligrosa Palabra de Dios que con su luz pone al descubierto nuestras sombras, aunque lo que pretenda esa misma Palabra no sea “pillarnos”, sino iluminarnos y sanarnos, darnos la posibilidad de vivir de otra manera, mejor, con una plenitud que el pecado nos arrebata.

Jesús ha elegido una forma de presencia que cuadra sobre todo con la existencia profética. Decimos de Él que es Sacerdote según el rito de Melquisedec y que es Rey del Universo. Pero su existencia terrena se pareció muy poco al sacerdocio ministerial (en realidad, ejerció su sacerdocio en la Cruz, en la que fue al tiempo sacerdote, víctima y altar); y menos aún a la realeza según los parámetros de nuestro mundo: no en vano le dijo a Pilato que su reino no era de este mundo.

Jesús, más bien, eligió hacerse como “uno cualquiera” (cf. Flp 2,8), sin ningún tipo de protección institucional, sin poder externo alguno, más que el que brotaba de su propia autoridad personal y de la fuerza de su Palabra. Por eso, no fueron pocos los que lo reconocieron como Profeta (Mc 1, 27; Jn 4, 9; 9, 17). Pero también, por eso mismo, fueron también no pocos los que lo rechazaron, y, especialmente, como vemos hoy, los suyos, los de su pueblo, que no lo reconocieron como Mesías, precisamente porque creían conocerlo demasiado bien, hasta el punto de que, si nos atenemos a las palabras del mismo Jesús, respondieron a su predicación y sus milagros, no sólo con incredulidad, sino también con desprecio.

Jesús, hecho por su encarnación “uno cualquiera”, pero también, por eso, alguien cercano, “uno de los nuestros”, sigue hablando y actuando por medio de gentes normales. Pueden ser esas madres creyentes que les recuerdan a sus hijos los principios elementales del bien y sus deberes para con Dios; puede ser un amigo que con sus actitudes nos recuerda que no todo está en venta, que no es obligatorio adaptarse a lo que “todo el mundo hace”; puede ser un hermano o hermana de comunidad que de palabra o de obra nos avisa de que nuestro comportamiento se aleja del ideal que nosotros mismos afirmamos profesar… Todos aquellos que se toman en serio la Palabra de Dios, la escuchan y tratan de ponerla en práctica se hacen profetas de Jesucristo. Al hacerlo, claro, asumen el riesgo del rechazo, del desprecio, de la exclusión. Porque esta Palabra es una Palabra salvadora, pero también incómoda. Y podemos tratar de protegernos de ella rechazando a esos profetas, “gentes cualquiera” a los que creemos conocer muy bien (quienes son, de dónde vienen, cuáles son sus defectos, sus aguijones), y a los que no les consentimos que nos “sermoneen”, ni traten de enseñarnos nada. El problema es que, al hacer esto, podemos estar rechazando a Cristo, que profetiza por ellos, impidiendo que esa Palabra vivida y operante nos ilumine, nos toque e, imponiéndonos las manos, nos cure y haga entre nosotros milagros. Es importante estar abierto al bien, sin etiquetas, incluso si viene del más cercano; este es un elemento esencial de la verdadera fe. Y, si nos abrimos de esta manera, nos iremos convirtiendo nosotros mismos en profetas, gentes libres, tocadas por la Palabra de Dios, que la transmiten, pese a las debilidades y defectos, con su forma de vida y también con sus palabras. Pero tenemos que tener claro el precio que podemos tener que pagar por esa profecía de la vida cotidiana. Podemos atraernos el rechazo o el desprecio de los demás, a veces de los más cercanos. No por ello hemos de desalentarnos. Aunque esta Palabra (que no es nuestra, sino que nos la ha dirigido Dios) parezca no ser acogida ni escuchada, es importante que suene. Siendo una Palabra viva y eficaz, más aguda que espada de doble filo (cf. Hb. 4,12), es una palabra “que sale de mi boca y no vuelve a mí vacía, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión” (Is. 55,11). Como nos recuerda hoy Ezequiel, la palabra profética puede ser eficaz o no, pero lo más importante es que esté siempre presente. Y es que esta Palabra de la que nos hacemos profetas es la Palabra encarnada, Cristo, que rechazado y despreciado, muerto y sepultado, ha resucitado a un vida nueva, y opera (quiere operar) en y por nosotros, los creyentes.

José Maria Vegas, cmf

 

 

Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

De entrada, no es profeta el que predice el futuro. Los adivinadores no son profetas. Además, la mayor parte de las veces se suelen equivocar. El profeta no dice lo que va a suceder sino que vive y actúa de manera que las cosas sucedan de otra forma. Tiene un estilo de vida diferente y provocativo. Su palabra conecta con realidades que tenemos olvidadas. Ante él sentimos que el terreno se mueve bajo nuestros pies, que lo que nos parece normal, a lo que estamos acostumbrados, no es tan normal. Y que no deberíamos acostumbrarnos a ello. El profeta no predice el futuro sino que nos abre a un nuevo futuro y nos invita a entrar en él. En nuestras manos está el escuchar y entrar por ese camino nuevo o rechazarlo. Pero siempre, por el terremoto que suscitó su palabra y su presencia en nuestra vida, sabremos que hubo un profeta entre nosotros. 

Así fue profeta Jesús. Cuando volvió a su pueblo, la gente no hacía más que preguntarse y admirarse. Algo nuevo había en aquel hombre al que todos habían conocido de niño. Las palabras de Jesús estaban dichas con autoridad. Traían la novedad consigo. Hablaba de Dios como quien lo conocía de cerca y lo trataba en la intimidad. Ofrecía una esperanza nueva para los que vivían en una lucha diaria simplemente por llegar al día siguiente. Pero escuchar sus palabras obligaba a salir de esa vida rutinaria y habitual. Las palabras de Jesús sacaban de sus casillas a la gente que le escuchaba. Les hacía sentirse incómodos. Los de su pueblo prefirieron encasillarlo, pensar que estaba loco, que lo que decía no tenía sentido, que era imposible que dijese algo con sentido el que no era más que el hijo de María, el carpintero. Por eso Jesús no pudo hacer allí ningún milagro. No se abrió ningún futuro nuevo para los habitantes de Nazaret. Ellos mismos se cerraron el camino. 

Hoy no faltan profetas. Otra cosa diferente es que les escuchemos. Tampoco los aceptamos como tales. Sencillamente porque les conocemos. Utilizamos el mismo argumento que usaron los paisanos de Jesús. Y nos cerramos a las nuevas posibilidades, caminos y esperanzas que Dios nos abre a través de ellos. Porque los profetas son hombres y mujeres animados por el Espíritu de Dios. Marcan diferencias, nos sacan de lo habitual y nos hacen intuir formas nuevas de vivir, más humanas, más fraternas, más libres, más justas. En ellos reside la fuerza de Cristo, la fuerza de Dios. Ciertamente tienen sus debilidades. No son santos de altar. Pero, como dice Pablo en la segunda lectura, casi seguro que han aprendido a vivir con ellas y a gloriarse en Cristo y no en sí mismos. Por ellos habla el Espíritu. Si no los escuchamos, ¡peor para nosotros!

Fernando Torres cmf

 

 

Conducido por el Espíritu Santo, Jesús se presenta en la sinagoga en medio de sus paisanos para testimoniar el Evangelio: “Fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga”.

Este movimiento sigue siendo emblemático, pues se nos ha confiado la verdad revelada para ser anunciadores del tiempo de gracia. El profeta anticipaba la actitud del Maestro de Nazaret cuando dice: “El espíritu entró en mí, me puso en pie”.

Suelo decir que los carismas no se inventan, se obedecen. Y en la gracia bautismal hemos recibido todos el don misionero, que nos debe llevar a compartir la fe y a ser testigos de lo que sabemos que es bueno.

Cabe que como san Pablo, sintamos la espina en nuestra carne y nos de pudor anunciar el Evangelio si somos frágiles y necesitados de misericordia. Es conocida la experiencia del Apóstol, que deseaba verse libre de su debilidad y así se lo pidió al Señor; pero Él le respondió de forma distinta a su deseo, y san Pablo llegó a comprender una ley extraña según las categorías culturales: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Para llegar a la sabiduría de la pobreza y de la debilidad, se debe haber experimentado la gracia. Como nos enseña el salmista, la oración es la fuente de sabiduría, y desde la relación teologal que expresa el salmo cabe comprender la paradoja evangélica de sentir fuerza en la misma debilidad.

La súplica que nos corresponde nos la ofrece el salterio: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”. Es diferente el deseo de ser invulnerable de conocer que la gracia nos acompaña en la tarea.

¿Qué llamada tienes?

¿Qué don debes compartir?

¿Te atreves a dar testimonio de la fe?

¿Te echas atrás por sentirte débil y hasta pecador?

Ángel Moreno

 

 

El profeta en su tierra

“Te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Con esas palabras Dios envía al profeta Ezequiel para que se dirija a los iaraelitas, que se han rebelado contra el Señor. Este texto que hoy se proclama en la celebración de la misa dominical (Ez. 2,2-5) habla del profeta, de su pueblo y de Dios.

El profeta cuenta que ha recibido el Espíritu y escucha la palabra que Dios le dirige. Pero esa palabra no es un tesoro que puede guardar. Es enviado a transmitirla a su pueblo.

De paso, el profeta es advertido por Dios de la dureza del pueblo al que se ha de dirigir. Seguramente se negarán a escuchar el mensaje que Dios quiere comunicarles.

Ahora bien, el profeta enviado por Dios, es ya por sí mismo un signo elocuente de la misericordia del Señor que lo envía a su pueblo.

TRES PREGUNTAS

En el evangelio que hoy se proclama se nos da cuenta de una visita que Jesús realizó a su ciudad de Nazaret (Mc. 6,1-6). Cuando el sábado empezó a enseñar en la sinagoga, las gentes quedaron asombradas. Pero ese asombro era en realidad un escándalo que se manifestaba en una cascada de preguntas.

“¿De dónde saca todo eso”? Creían conocerlo bien. Por eso no podían entender que alguien de su propio pueblo les ofreciera una doctrina que no había salido de ellos y de su ambiente. No estaban dispuestos a cambiar, como dice ahora el papa Francisco.

“¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?” Las gentes de Nazaret están orgullosas de su propia sabiduría. Tienen todas las respuestas. Pero Jesús les obliga a revisar sus conocimientos y actitudes.

“¿Y esos milagros que realizan sus manos?” Para los habitantes de Nazaret lo “normal” se ha convertido en la “norma”. Pero con sus milagros Jesús ha llegado a romper la rutina habitual. Y eso los desequilibra.

MAESTRO Y GUÍA

El texto evangélico anota que Jesús se extrañó de su falta de fe. A quien vive de cara a Dios le resulta difícil comprender que los que se consideran creyentes rechacen la voz que Él les dirige. Pero solo se recoge un comentario de Jesús:

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Seguramente se trataba de una especie de refrán popular. Pero la frase encierra una experiencia universal. El profeta “anuncia” siempre unos valores. Pero son muchos los que aceptan “lo que hay”.

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Además, el profeta ha de tener el valor y la osadía de denunciar los antivalores que deshumanizan a la persona y a la sociedad. Pero muchos se han acostumbrado a pensar que “todo vale”.

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Para poder anunciar con verdad y denunciar con credibilidad, el profeta ha de aprender a “renunciar a muchos intereses y comodidades. Pero siempre es molesto quien trata de remar “contra corriente”.

– Señor Jesús, somos conscientes de que estamos demasiado habituados a la comodidad. Pensamos no necesitar ser salvados. Tampoco necesitamos a un profeta que venga a poner en duda nuestros prejuicios. Que tu Espíritu nos conceda el don del discernimiento para que te aceptemos como Maestro y Guía. Amén.

José-Román Flecha Andrés

 

 

(A)

Cuando hablamos de Profetas, esto despierta en nosotros una imagen equivocada: la de un hombre que adivina y anuncia lo que va a suceder. Pero no hay tal cosa.

El Profeta es un hombre que ve el presente y vive en el presente. Lo que ocurre es que lo ve sin prejuicios, con naturalidad y lo expresa sin lenguajes científicos, sin diplomacias ni políticas; dice lo que ve.

Pero también el Profeta es un hombre que sabe callar. No es un charlatán. Y su silencio es tan inquietante como sus palabras.

Pero cuando habla lo hace con autoridad, y sin estar sometido a nadie, porque es libre: libre de cualquier egoísmo y de cualquier interés partidista.

Por eso sus palabras escandalizan, molestan a los oportunistas, a los que se quedan agazapados en su "prudencia", a los que sólo buscan defender sus propios intereses.

Y como la verdad molesta a estos tipos de personas, los persiguen. Así ocurrió con Juan Bautista, con Jesús y con todos los Profetas. Y así ocurre hoy con los que siguen denunciando la mentira, el robo, la corrupción etc.

Los Profetas son perseguidos y condenados porque sus palabras denuncian la mentira, la falsedad, la hipocresía de esta sociedad y de muchos de sus dirigentes, y por eso resultan inaguantables. También hoy.

Al Profeta no le gustan los aplausos, sólo quiere que sigamos sus palabras y su ejemplo.

Entre nosotros, hoy, siguen existiendo Profetas.

Pero Jesús nos dice dos cosas muy importantes.

* “Nadie es Profeta en su tierra".

* “Guardaos de los falsos Profetas".

Parece que hay gente que se quiere hacer Profeta, pero no lo es. Se presentan como corderos, pero son como lobos disfrazados.

¡Ojo con ellos, nos dice Jesús!.

Pero también nos dice que nadie es Profeta en su tierra. Y es que ocurre que estamos más dispuestos a escuchar al forastero, al desconocido, que al del pueblo o al amigo.

Escuchamos atentos a un desconocido lleno de títulos. Pero ¿Qué nos puede decir el vecino, cuya vida y milagros conocemos todos?

¿A qué se debe esta actitud y por qué actuamos así?

Es que lo conocemos y sabemos lo que nos puede decir. O es que, como nos conoce nos puede decir lo que no queremos oír, las verdades que nos molestan.

Un desconocido nos podrá hablar de cosas interesantes, pero lo que de verdad nos interesa, sólo nos lo podrá decir un conocido,

aunque moleste oír la verdad.

Esta es la misión del Profeta y debemos escucharle. Nos dice las verdades que duelen y molestan, pero son las que nos ayudan a caminar en la vida, las que nos ayudan a seguir el ejemplo de Jesús.

Pero, como muchas veces sus palabras molestan y duelen es mejor eliminarlos, decir que son falsos Profetas, desprestigiarlos. En una palabra. quitarlos de en medio como sea.

Ya lo dijo Jesús: " Nadie es Profeta en su tierra ".

(B)

Sigue aún resonando aquello que había dicho Juan al comienzo de su Evangelio: “Vino a su casa y los suyos no le recibieron...”

También entre sus paisanos recibió Jesús una desilusión tremenda. Debió de encaminarse hacia Nazaret con esperanza. Volvía a ver el paisaje de su niñez, la fuente y los caminos por donde jugaba con sus compañeros. El almacén de su madre. Probablemente seguía viviendo allí su madre.

Conocía al sacristán que en la sinagoga, le presentó el rollo de las Escrituras. La escena se desarrolla en un ambiente de intimidad y al propio tiempo, de grandiosidad. Los ojos de todos estaban fijos en él.

Y he aquí la revelación, discreta, pero que no deja ninguna duda sobre su aplicación: Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.

Se trata de uno de esos momentos en los que Jesús con la mayor naturalidad, revela su propia identidad.

Pero los habitantes de Nazaret no estaban dispuestos a arrodillarse ante aquel paisano suyo, a quien creían conocer muy bien. Lo conocen todos: saben de dónde viene... Uno de tantos, uno como ellos, ¿qué es lo que pretende ahora? ¿El Mesías? ¡Imposible! No es más que el carpintero, el hijo de María...

“Se habían  construido una imagen de Dios... Y si Dios no se manifestaba conforme esa imagen, lo rechazan...

Los habitantes de Nazaret sólo se imaginaban al Mesías lleno de grandiosidad, de poder... No se lo podían imaginar con apariencias sencillas, comunes, cotidianas. Por eso lo querían despeñar...

Y surge la indignación contra aquellos paisanos de Jesús, pero cuidado, es de nosotros de quienes está hablando el evangelio (como siempre...) También nosotros somos muchas veces víctimas de la misma equivocación. También nosotros conocemos a Cristo desde pequeños (fuimos bautizados, fuimos a catequesis, hicimos la primera comunión, la confirmación, nos casamos por la Iglesia)...Sí le  conocemos... Pero somos incapaces de reconocerlo.

Nos empeñamos en construir una determinada imagen de Dios. Y si Dios se nos presenta “distinto”, no lo acogemos (Tuve hambre ... Tuve sed... Fui forastero... Estaba enfermo...) ...

Buscamos a Dios “por fuera”. Afilamos la vista porque lo creemos lejano. Y resulta que está muy cerca, que pasa a nuestro lado.

Nos lo imaginamos por la nubes. Y nos cruzamos con él todos los días por las calles y caminos. Estamos siempre aguardando algo extraordinario y él se pone la ropa de todos los días.

Nos negamos a ver el rostro de Dios en el rostro de cada hombre... El verdadero peligro del cristiano es la “distracción”...

Solemos pedir a veces perdón en la confesión, por nuestras distracciones en la oración o en la Misa... Y no pensamos en las distracciones en la vida, ¡cuántas veces nos tropezamos con Cristo sin darnos cuenta! No lo reconocemos. Tiene el inconveniente de tener una cara demasiado conocida...

Y nosotros que conocemos esas caras, no sabemos reconocerlo.

Y él continúa en el desierto.... ¡En su propia casa!...

No se nace cristiano por la ley de la herencia. El cristiano se hace por el encuentro personal con Cristo, y ese encuentro siempre trastorna y desconcierta.

Jesucristo trastocó la vida de todos los que le acogieron ¿A trastocado la nuestra o seguimos instalados en nuestras seguridades, en nuestros valores, en nuestra comodidad?

(C)

Jesús llega a su tierra con sus paisanos tras el asombro que ha cosechado entre las masas. Los únicos que no se abren al asombro son los cercanos. ¡¡No se lo podían creer!! Nada de extrañar esta postura pues el evangelista nos ha dejado ya consignada la actitud de sus familiares cuando fueron a buscarle porque creían que estaba loco (Mc 3,21). Para ellos todas son preguntas: «¿De dónde le viene a este todo eso? ¿De dónde le viene la sabiduría que tiene y la fuerza de hacer milagros?». Le conocen bien. No se lo explican. Han convivido con Él muchos años. No hace mucho que abandonó la casa paterna. De pronto todo ha cambiado. Mejor dicho, Jesús ha cambiado y a ellos se les pide que cambien de idea sobre Jesús. Imposible tarea. Es preferible negar, rechazar, defenderse... Cambiar de «idea» sobre las personas es mucho pedir. «¡Antes me tengo que cerciorar bien!».

La experiencia narrada se repite cada día. Hasta ayer éramos compañeros. Le ascendieron o cambió de trabajo. Nos volvemos a encontrar y no nos cabe más solución que exclamar: «¡No hay quien le reconozca! ¡Cómo ha cambiado! ¡Se le han subido los humos! ¡Ya no se habla con nadie, ni nos mira...!». ¿Te suena esto?

Jesús llega a su pueblo y sus paisanos desconfían de él. Viene a verlos, viene a encontrarlos; se hace cercano. Ahora los que se hacen lejanos son ellos. No entienden, no le entienden, no le aceptan, desconfían que es la manera más tremenda de menospreciar a alguien. «Si no te fías de mí, no tengo nada que ver contigo». No soportan que uno de los suyos haga los gestos que Él hace. Tienen bien hecho el cliché y no lo pueden romper. Porque romper el cliché es aceptar entablar una relación diferente con El. Es aceptarle no sólo como paisano, sino como Mesías. ¡Demasiado!! La dificultad de aceptar a Jesús no es una dificultad intelectual, sino relacional. Si Jesús tiene autoridad y hace signos divinos esto quiere decir que hay que acoger lo que en Él se revela. Y es lo que no están dispuestos a hacer o no pueden hacer. Hay un humano comportamiento que consiste en que el hombre determina dónde o por quién Dios se debe revelar. Hay un secreto deseo en lo más hondo de la persona de «dominar» a Dios, de «marcar» a Dios caminos, de «dar órdenes a Dios». ¿Cómo Dios va a hablar por una que nosotros conocemos muy bien? Desconfiaban porque le conocían. Conocer a alguien puede servir para confiar o para desconfiar. En este caso, sirve para desconfiar. Lo que conocían de Jesús no les daba suficiente «peso» para creer en Él. No nos pasan hoy cosas diferentes...

Por darle por conocido, los paisanos de Jesús se impidieron conocerle mejor. Por acostumbramos a Dios, nos podemos hoy también impedir tener una experiencia de Dios más íntima y que haga maravillas para nosotros...

(D)

Es verdad que Ezequiel ha recibido del Señor la orden de hablar a gente testaruda: “te hagan caso o no te hagan caso...”

Yo tengo la impresión, la misma impresión del profeta, de que los curas hablamos a los que no nos escuchan...

Pero el Señor, hoy, lo mismo que al profeta nos dice... “te hagan caso o no, tu sigue diciendo... “así dice el Señor...”

Hay gente que no tiene ganas de escuchar...Hay muy pocos escuchadores, no sólo en las iglesias, sino en las familias, en los matrimonios, entre amigos, vecinos...

- Hay quienes simulan que están escuchando, ponen cara de escucha, ¿pero dónde estarán sus pensamientos?...

- Hay quienes dicen que no tienen necesidad de escuchar a los curas, porque siempre estamos diciendo las mismas cosas...

Hay quienes escuchan, pero entienden las cosas a su manera...

Hay quienes están dispuestos a oír solamente lo que está de acuerdo con sus ideas, y rechazan cualquier palabra que ponga en cuestión su pensamientos, sus seguridades o su conducta...

Hay quienes escuchan, y piensan en los demás... Esto que está diciendo qué bien le viene a fulano o mengano...

Hay quienes escuchan, nunca se cansan de escuchar, pero su vida sigue igual que siempre, nada les interpela, nada les cuestiona, nada les invita a cambiar... y de hecho nada cambia.

Hay quienes dicen: ¡Qué bonito sermón!, y todo acaba ahí.

A pesar de la impresión de que hablamos y nadie nos escucha, hoy el Señor, como al profeta Ezequiel nos dice... “te hagan caso o no te hagan tú sigue hablando en mi nombre”...

Por suerte hay gente que escucha. Hay gente que toma en serio la Palabra, la guarda en su corazón, y se dejan interpelar por ella...

A lo mejor los predicadores no nos enteramos... Y quizás nos lamentamos diciendo, que nadie tiene ganas de oír sermones, que no tienen ningún interés... que si la TV, los periódicos, las diversiones... Tienen mucha mejor acogida...

A veces podemos ser injustos con los oyentes... Teniendo la impresión de que todo es inútil, de que no vale la pena...

Pero sí vale la pena. Aunque sea para pocos. Aunque solo fuera para uno solo.

La Palabra siempre encuentra un nido de acogida. Quizá sin que nos enteremos... Porque la Palabra no nos pertenece y no podemos medir sus frutos y sus efectos...

La Palabra realiza recorridos secretos, busca la complicidad de algún corazón, donde va a despertar las esperanzas cubiertas de ceniza, o donde enciende la chispa en medio de la oscuridad, o ilumina el caminar a tientas de algún hombre o mujer...

La Palabra trabaja silenciosamente, en lugares e individuos insospechados...

¡Qué importante es que entre nosotros, en medio de tantas voces, de tantos reclamos, de tantas solicitudes... Alguien nos siga diciendo: “Esto dice el Señor”...

El Profeta Ezequiel tendrá que seguir anunciando al Palabra ante la misión que Dios le encomienda: “Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas... Un pueblo testarudo...” Y tendrá que hacerlo a través de su propia debilidad... Ezequiel lo mismo que San Pablo podrá decir: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte, mi fuerza es el Señor”...

Santa Teresa solía decir: “Teresa, ella sola, no es nada. Teresa y 30 ducados, es un poco. Teresa y el Señor, es todo”....

Que hagamos nuestra, la súplica del salmo: “Nuestro ojos están en el Señor, esperando su misericordia”... Poner nuestros ojos en el Señor, es seguir confiando en su Palabra y en su amor hacia nosotros...

 

 

 

Cuando hablamos de Profetas, esto despierta en nosotros una imagen equivocada: la de un hombre que adivina y anuncia lo que va a suceder. Pero no hay tal cosa.

El Profeta es un hombre que ve el presente y vive en el presente. Lo que ocurre es que lo ve sin prejuicios, con naturalidad y lo expresa sin lenguajes científicos, sin diplomacias ni políticas; dice lo que ve.

Pero también el Profeta es un hombre que sabe callar. No es un charlatán. Y su silencio es tan inquietante como sus palabras.

Pero cuando habla lo hace con autoridad, y sin estar sometido a nadie, porque es libre: libre de cualquier egoísmo y de cualquier interés partidista.

Por eso sus palabras escandalizan, molestan a los oportunistas, a los que se quedan agazapados en su "prudencia", a los que sólo buscan defender sus propios intereses.

Y como la verdad molesta a estos tipos de personas, los persiguen. Así ocurrió con Juan Bautista, con Jesús y con todos los Profetas. Y así ocurre hoy con los que siguen denunciando la mentira, el robo, la corrupción etc.

Los Profetas son perseguidos y condenados porque sus palabras denuncian la mentira, la falsedad, la hipocresía de esta sociedad y de muchos de sus dirigentes, y por eso resultan inaguantables. También hoy.

Al Profeta no le gustan los aplausos, sólo quiere que sigamos sus palabras y su ejemplo.

Entre nosotros, hoy, siguen existiendo Profetas.

Pero Jesús nos dice dos cosas muy importantes.

* “Nadie es Profeta en su tierra".

* “Guardaos de los falsos Profetas".

Parece que hay gente que se quiere hacer Profeta, pero no lo es. Se presentan como corderos, pero son como lobos disfrazados.

¡Ojo con ellos, nos dice Jesús!.

Pero también nos dice que nadie es Profeta en su tierra. Y es que ocurre que estamos más dispuestos a escuchar al forastero, al desconocido, que al del pueblo o al amigo.

Escuchamos atentos a un desconocido lleno de títulos. Pero ¿Qué nos puede decir el vecino, cuya vida y milagros conocemos todos?

¿A qué se debe esta actitud y por qué actuamos así?

Es que lo conocemos y sabemos lo que nos puede decir. O es que, como nos conoce nos puede decir lo que no queremos oír, las verdades que nos molestan.

Un desconocido nos podrá hablar de cosas interesantes, pero lo que de verdad nos interesa, sólo nos lo podrá decir un conocido,

aunque moleste oír la verdad.

Esta es la misión del Profeta y debemos escucharle. Nos dice las verdades que duelen y molestan, pero son las que nos ayudan a caminar en la vida, las que nos ayudan a seguir el ejemplo de Jesús.

Pero, como muchas veces sus palabras molestan y duelen es mejor eliminarlos, decir que son falsos Profetas, desprestigiarlos. En una palabra. quitarlos de en medio como sea.

Ya lo dijo Jesús: " Nadie es Profeta en su tierra ".

Sigue aún resonando aquello que había dicho Juan al comienzo de su Evangelio: “Vino a su casa y los suyos no le recibieron...”

También entre sus paisanos recibió Jesús una desilusión tremenda. Debió de encaminarse hacia Nazaret con esperanza. Volvía a ver el paisaje de su niñez, la fuente y los caminos por donde jugaba con sus compañeros. El almacén de su madre. Probablemente seguía viviendo allí su madre.

Conocía al sacristán que en la sinagoga, le presentó el rollo de las Escrituras. La escena se desarrolla en un ambiente de intimidad y al propio tiempo, de grandiosidad. Los ojos de todos estaban fijos en él.

Y he aquí la revelación, discreta, pero que no deja ninguna duda sobre su aplicación: Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.

Se trata de uno de esos momentos en los que Jesús con la mayor naturalidad, revela su propia identidad.

Pero los habitantes de Nazaret no estaban dispuestos a arrodillarse ante aquel paisano suyo, a quien creían conocer muy bien. Lo conocen todos: saben de dónde viene... Uno de tantos, uno como ellos, ¿qué es lo que pretende ahora? ¿El Mesías? ¡Imposible! No es más que el carpintero, el hijo de María...

“Se habían  construido una imagen de Dios... Y si Dios no se manifestaba conforme esa imagen, lo rechazan...

Los habitantes de Nazaret sólo se imaginaban al Mesías lleno de grandiosidad, de poder... No se lo podían imaginar con apariencias sencillas, comunes, cotidianas. Por eso lo querían despeñar...

Y surge la indignación contra aquellos paisanos de Jesús, pero cuidado, es de nosotros de quienes está hablando el evangelio (como siempre...) También nosotros somos muchas veces víctimas de la misma equivocación. También nosotros conocemos a Cristo desde pequeños (fuimos bautizados, fuimos a catequesis, hicimos la primera comunión, la confirmación, nos casamos por la Iglesia)...Sí le  conocemos... Pero somos incapaces de reconocerlo.

Nos empeñamos en construir una determinada imagen de Dios. Y si Dios se nos presenta “distinto”, no lo acogemos (Tuve hambre ... Tuve sed... Fui forastero... Estaba enfermo...) ...

Buscamos a Dios “por fuera”. Afilamos la vista porque lo creemos lejano. Y resulta que está muy cerca, que pasa a nuestro lado.

Nos lo imaginamos por la nubes. Y nos cruzamos con él todos los días por las calles y caminos. Estamos siempre aguardando algo extraordinario y él se pone la ropa de todos los días.

Nos negamos a ver el rostro de Dios en el rostro de cada hombre... El verdadero peligro del cristiano es la “distracción”...

Solemos pedir a veces perdón en la confesión, por nuestras distracciones en la oración o en la Misa... Y no pensamos en las distracciones en la vida, ¡cuántas veces nos tropezamos con Cristo sin darnos cuenta! No lo reconocemos. Tiene el inconveniente de tener una cara demasiado conocida...

Y nosotros que conocemos esas caras, no sabemos reconocerlo.

Y él continúa en el desierto.... ¡En su propia casa!...

No se nace cristiano por la ley de la herencia. El cristiano se hace por el encuentro personal con Cristo, y ese encuentro siempre trastorna y desconcierta.

Jesucristo trastocó la vida de todos los que le acogieron ¿A trastocado la nuestra o seguimos instalados en nuestras seguridades, en nuestros valores, en nuestra comodidad?

Jesús llega a su tierra con sus paisanos tras el asombro que ha cosechado entre las masas. Los únicos que no se abren al asombro son los cercanos. ¡¡No se lo podían creer!! Nada de extrañar esta postura pues el evangelista nos ha dejado ya consignada la actitud de sus familiares cuando fueron a buscarle porque creían que estaba loco (Mc 3,21). Para ellos todas son preguntas: «¿De dónde le viene a este todo eso? ¿De dónde le viene la sabiduría que tiene y la fuerza de hacer milagros?». Le conocen bien. No se lo explican. Han convivido con Él muchos años. No hace mucho que abandonó la casa paterna. De pronto todo ha cambiado. Mejor dicho, Jesús ha cambiado y a ellos se les pide que cambien de idea sobre Jesús. Imposible tarea. Es preferible negar, rechazar, defenderse... Cambiar de «idea» sobre las personas es mucho pedir. «¡Antes me tengo que cerciorar bien!».

La experiencia narrada se repite cada día. Hasta ayer éramos compañeros. Le ascendieron o cambió de trabajo. Nos volvemos a encontrar y no nos cabe más solución que exclamar: «¡No hay quien le reconozca! ¡Cómo ha cambiado! ¡Se le han subido los humos! ¡Ya no se habla con nadie, ni nos mira...!». ¿Te suena esto?

Jesús llega a su pueblo y sus paisanos desconfían de él. Viene a verlos, viene a encontrarlos; se hace cercano. Ahora los que se hacen lejanos son ellos. No entienden, no le entienden, no le aceptan, desconfían que es la manera más tremenda de menospreciar a alguien. «Si no te fías de mí, no tengo nada que ver contigo». No soportan que uno de los suyos haga los gestos que Él hace. Tienen bien hecho el cliché y no lo pueden romper. Porque romper el cliché es aceptar entablar una relación diferente con El. Es aceptarle no sólo como paisano, sino como Mesías. ¡Demasiado!! La dificultad de aceptar a Jesús no es una dificultad intelectual, sino relacional. Si Jesús tiene autoridad y hace signos divinos esto quiere decir que hay que acoger lo que en Él se revela. Y es lo que no están dispuestos a hacer o no pueden hacer. Hay un humano comportamiento que consiste en que el hombre determina dónde o por quién Dios se debe revelar. Hay un secreto deseo en lo más hondo de la persona de «dominar» a Dios, de «marcar» a Dios caminos, de «dar órdenes a Dios». ¿Cómo Dios va a hablar por una que nosotros conocemos muy bien? Desconfiaban porque le conocían. Conocer a alguien puede servir para confiar o para desconfiar. En este caso, sirve para desconfiar. Lo que conocían de Jesús no les daba suficiente «peso» para creer en Él. No nos pasan hoy cosas diferentes...

Por darle por conocido, los paisanos de Jesús se impidieron conocerle mejor. Por acostumbramos a Dios, nos podemos hoy también impedir tener una experiencia de Dios más íntima y que haga maravillas para nosotros...

Es verdad que Ezequiel ha recibido del Señor la orden de hablar a gente testaruda: “te hagan caso o no te hagan caso...”

Yo tengo la impresión, la misma impresión del profeta, de que los curas hablamos a los que no nos escuchan...

Pero el Señor, hoy, lo mismo que al profeta nos dice... “te hagan caso o no, tu sigue diciendo... “así dice el Señor...”

Hay gente que no tiene ganas de escuchar...Hay muy pocos escuchadores, no sólo en las iglesias, sino en las familias, en los matrimonios, entre amigos, vecinos...

- Hay quienes simulan que están escuchando, ponen cara de escucha, ¿pero dónde estarán sus pensamientos?...

- Hay quienes dicen que no tienen necesidad de escuchar a los curas, porque siempre estamos diciendo las mismas cosas...

Hay quienes escuchan, pero entienden las cosas a su manera...

Hay quienes están dispuestos a oír solamente lo que está de acuerdo con sus ideas, y rechazan cualquier palabra que ponga en cuestión su pensamientos, sus seguridades o su conducta...

Hay quienes escuchan, y piensan en los demás... Esto que está diciendo qué bien le viene a fulano o mengano...

Hay quienes escuchan, nunca se cansan de escuchar, pero su vida sigue igual que siempre, nada les interpela, nada les cuestiona, nada les invita a cambiar... y de hecho nada cambia.

Hay quienes dicen: ¡Qué bonito sermón!, y todo acaba ahí.

A pesar de la impresión de que hablamos y nadie nos escucha, hoy el Señor, como al profeta Ezequiel nos dice... “te hagan caso o no te hagan tú sigue hablando en mi nombre”...

Por suerte hay gente que escucha. Hay gente que toma en serio la Palabra, la guarda en su corazón, y se dejan interpelar por ella...

A lo mejor los predicadores no nos enteramos... Y quizás nos lamentamos diciendo, que nadie tiene ganas de oír sermones, que no tienen ningún interés... que si la TV, los periódicos, las diversiones... Tienen mucha mejor acogida...

A veces podemos ser injustos con los oyentes... Teniendo la impresión de que todo es inútil, de que no vale la pena...

Pero sí vale la pena. Aunque sea para pocos. Aunque solo fuera para uno solo.

La Palabra siempre encuentra un nido de acogida. Quizá sin que nos enteremos... Porque la Palabra no nos pertenece y no podemos medir sus frutos y sus efectos...

La Palabra realiza recorridos secretos, busca la complicidad de algún corazón, donde va a despertar las esperanzas cubiertas de ceniza, o donde enciende la chispa en medio de la oscuridad, o ilumina el caminar a tientas de algún hombre o mujer...

La Palabra trabaja silenciosamente, en lugares e individuos insospechados...

¡Qué importante es que entre nosotros, en medio de tantas voces, de tantos reclamos, de tantas solicitudes... Alguien nos siga diciendo: “Esto dice el Señor”...

El Profeta Ezequiel tendrá que seguir anunciando al Palabra ante la misión que Dios le encomienda: “Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas... Un pueblo testarudo...” Y tendrá que hacerlo a través de su propia debilidad... Ezequiel lo mismo que San Pablo podrá decir: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte, mi fuerza es el Señor”...

Santa Teresa solía decir: “Teresa, ella sola, no es nada. Teresa y 30 ducados, es un poco. Teresa y el Señor, es todo”....

Que hagamos nuestra, la súplica del salmo: “Nuestro ojos están en el Señor, esperando su misericordia”... Poner nuestros ojos en el Señor, es seguir confiando en su Palabra y en su amor hacia nosotros...

Juan Jáuregui Castelo

 

 

La realidad es que hubo un profeta en medio de nosotros. Podemos reconocerlo o podemos rechazarlo, que de las dos posibilidades encontramos en el evangelio de hoy, pero la realidad es que hubo un profeta en medio de nosotros. Un profeta que anunció la palabra de Dios, la voluntad de Dios sobre nuestra vida. Podemos ser parte de un pueblo de dura cerviz, cabezota, empeñado en lo nuestro, o podemos ser parte de un pueblo creyente, capaz de ir más allá de lo que se ve a simple vista.

He ahí el dilema: para poder reconocer en el hijo del carpintero, en Jesús, a alguien más que a un charlatán, para poder confesar que el hijo de María y de José es realmente el Hijo de Dios, es un auténtico profeta, es necesario el don de la fe. Jesús -y como Él los suyos- ha sido enviado a un pueblo testarudo, a un pueblo rebelde, que pone sus ojos en lo que ve a simple vista; para poder reconocerlo como lo que es realmente, es necesario fijar nuestros ojos en el Señor, en su misericordia, una misericordia encarnada. Quien es capaz de ir más allá de lo superficial en la vida, aprende cómo tratar a Jesús, cómo confiar en Él.

En el domingo, la Iglesia se pone delante del Señor y escucha su palabra, y por eso le dice: “Nuestros ojos están puestos en el Señor, esperando su misericordia”. Nuestra confianza está en cómo tú miras, no en cómo yo miro; en cómo tú nos tratas, no en cómo nosotros nos tratamos. Por eso, el domingo la Iglesia hace un ejercicio que le enseña a vivir toda la semana: reconoce la presencia del Señor, escucha su palabra y sabe que es palabra de Dios, se alimenta con la eucaristía y sabe que es el mismo Señor. Aprende a trascender, a pasar de lo que se ve a simple vista a la realidad más profunda de las cosas y de las personas.

El ejercicio que se pone en práctica cada domingo, si se entiende bien, ayuda a que el resto de la semana el creyente pueda reconocer al Señor en quien le habla, en quien le ayuda, en quien le corrige, y decir: no es solamente una persona, como era el hijo de José y María, es el Señor quien lo hace por medio de los hermanos. No es posible seguir al Señor por el camino de la vida si no se le reconoce en su presencia misteriosa. No es posible creer en su acción si no se escucha y se cree en su palabra.

Por eso, es crucial que nuestros ojos se fijen en el Señor, que no se dejen llevar por la rebeldía de lo superficial, lo caprichoso, lo inmediato, sino más bien por la rebeldía de la confianza, de la profundidad, de lo que es duradero. Es duradera la palabra y acción del Señor.

Por eso, en la celebración de la Iglesia se nos quiere enseñar a escuchar, a vencer nuestras resistencias, nuestra testarudez, para no dejarnos llevar por lo que sabemos a simple vista. ¿Cómo escucho la Palabra de Dios en la Iglesia, con los ojos puestos en el Señor? ¿Reconozco en lo que escucho la palabra de Dios, o la reduzco a palabra humana, circunstancial, para no prestarle atención? La liturgia de la Palabra de hoy nos lleva a pedir al Señor que aumente nuestra fe, para poder descubrir, a través de lo que vemos, llegando con un corazón sabio y humilde, a la misericordia del Señor, que habita y habla en medio de nosotros.

Diego Figueroa

 

 

El escándalo del profeta

Este puede ser el título emblemático (tiene un significado que va más allá del episodio), que resume el contenido de los textos bíblicos que se leen en la eucaristía de este domingo decimocuarto ordinario.

La primera experiencia escandalizante es la de Ezequiel (primera lectura), Se narra la vocación de este profeta en clave de meditación sobre la dramaticidad de la misión profética en un mundo incomprensivo y hostil. El profeta es un mártir en el doble sentido de “testimonio” y de “hombre inmolado”. Israel es un pueblo testarudo y obstinado, pero que no podrá hacer callar ni ignorar la voz del profeta, que habla con firmeza de parte de Dios.

En la segunda lectura escuchamos un trozo de la carta a los Corintios, que es una autobiografía de San Pablo, apóstol contestado, incomprendido y rechazado. Su ministerio pasa por muchas pruebas y se desarrolla en medio de debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades. De igual suerte, el cristiano, que en todo momento debe ser profeta de la fe y del amor en un mundo en el que la incredulidad y el egoísmo avanzan con fuerza esterilizante, ha de estar dispuesto a superar la debilidad congénita del pecado y la humillación del rechazo.

El punto culminante es la narración evangélica del rechazo de Jesús en su patria. Al retornar a Nazaret después de haber iniciado su ministerio público, lo hace no como el simple carpintero de meses anteriores, sino como maestro que habla con autoridad y llama a la fe auténtica. La escena se desarrolla en la sinagoga, centro local del culto y de la oración, Podemos imaginamos la expectativa y curiosidad de los nazaretanos. El resultado fue una nueva sabiduría, y una imposición de manos curativa sobre los enfermos que circundaban la sinagoga. Jesús no fué escuchado en su patria entonces, ni ahora su evangelio es bien recibido e interpretado, porque el hombre prefiere seguir viviendo en la tiniebla en vez de en la luz, que presenta la novedad de Dios, el cambio de mentalidad y de vida.

Andrés Pardo

 

 

La primera lectura es un breve relato de la vocación del profeta Ezequiel. Escuchen o no, la Palabra de Dios irá por su boca al pueblo, porque quiere salvarlos. El texto de hoy se centra especialmente en las dificultades con que se va a encontrar el profeta en la realización de su misión. El Espíritu prepara a los profetas para la misión, concediéndolos de modo especial el don de la fortaleza para la tarea. El profeta es capacitado por el Espíritu para realizar su misión contra todas las posibles y más que posibles resistencias. Su palabra es eficaz para todos los tiempos, porque la proclamación de la Palabra de Dios lleva siempre consigo una fuerza permanentemente salvadora. Hoy como ayer, esta Palabra es una exhortación, un compromiso y una seguridad para la misión. El mundo y la Iglesia, necesitan esta Palabra. Es necesario y urgente seguir proclamándola siempre y en todo lugar.

El texto de la segunda carta de san Pablo a los Corintios, expresa cómo los apóstoles y todos los ministros del Evangelio, son embajadores, emisarios del Señor que envía. Toda pretensión de protagonismo está fuera del proyecto de Jesucristo, que es quien ha de ser proclamado. La fuerza del Evangelio es irresistible, por llevar en su entraña todo el poder de Dios que garantiza su eficacia. El éxito final de la empresa depende a la vez de la fidelidad del Dios poderoso y de la fidelidad de los mensajeros.

El texto evangélico, es el final de la segunda sección de la primera parte del evangelio según san Marcos. Toda la primera parte (1,1-8,27ss) se centra en la actividad de Jesús, el Mesías, en Galilea. Jesús decide retirarse hacia su ciudad, sorprendido de la falta de fe de la gente. Marcos narra las actitudes de los que rodean a Jesús, que quedarán al descubierto con toda su crudeza.

El Evangelio presupone un hecho real: el de que los paisanos de Jesús lo admiraron, pero no le comprendieron. En algún momento difícil, incluso lo trataron con desdén. El evangelista, al evocar este suceso, lo transforma en paradigma o arquetipo de la actitud de todo su pueblo. Ya no se referirá a la entrañable Nazaret (cuyo nombre, excepto Lucas, todos omiten), sino a toda la tierra o “patria” de Jesús.

Ausente desde hace meses, Jesús vuelve ahora, de paso, a su aldea, rodeado de discípulos y con aura de profeta. Como en otras ocasiones, Jesús anunció la llegada del Reino de Dios. Marcos describe el conjunto de reacciones; de momento, admiración y asombro, luego extrañeza. La extrañeza ante la imprevista revelación de su valor, entró por el camino fácil de la crítica y se resolvió, según expresión fuerte del texto evangélico, en “escándalo”.

En el proyecto del evangelio de Marcos, este encuentro de Nazaret es esencial y fundamental. Revela dos niveles de acercamiento a Jesús: el natural y el movido por intereses humanos, y el de su misión, movido por otras motivaciones más profundas y universales. Jesús no ha venido al mundo a entretenerse en la solución de los problemas de sus paisanos, sino para llevar adelante un plan de salvación para todos los hombres. Hoy como ayer, los verdaderos profetas no son bien acogidos entre los más cercanos. Los mensajeros del Evangelio han de estar impulsados por la apertura a todos los hombres, de toda raza, condición social o cultural. El Evangelio es para todos los hombres, se encuentren donde se encuentren. Y es necesario reflejarlo en la misión, tanto en el plano de la proclamación, como en el del compromiso real y el testimonio vivo en todos los estamentos de la sociedad.

Ángel Fontcuberta

 

 

Sin fe no hay milagros. Los habitantes de Nazaret conocían todo lo referente a Jesús: su historia familiar, los rasgos físicos de su cuerpo, sus costumbres, sus amistades, muchas cosas de su  infancia... Su carnet de identidad muy bien podía decir: “Jesús de Nazaret, carpintero, hijo de María, hermano de Santiago, José y Judas y Simón”. Como sabemos, en el amplio uso bíblico, cualquier grado de parentesco podía ser designado con el término de “hermano”.

Precisamente desde ese conocimiento tan familiar y cercano, la pregunta entre sus paisanos era inevitable: ¿cómo es posible reconocer a Dios en un individuo tan sencillo y “de pueblo” como él, un vecino más de Nazaret?

Nuestra mirada de creyentes, a más de veinte siglos de distancia, lo entiende y explica fácilmente: en Jesús de Nazaret Dios se manifiesta, pero a través de la realidad de un cuerpo que lo oculta. Sólo la mirada de la fe logra traspasar esa densidad corporal para llegar al misterio escondido. Pero en Nazaret había tan poca fe que no reconocieron a Dios presente en Jesús. Y por eso, dice el evangelio, no pudo realizar allí ningún milagro.

Lo mismo pasa hoy con la Iglesia, el Cuerpo de Cristo que somos nosotros, en la que Él está vivo. Muchísimos hombres no descubren en ella la presencia de Cristo. No debería ser así si comprendieran el misterio escondido y la realidad santa y santificadora de la misma Iglesia, a pesar de los pecados de sus miembros. Pero son precisamente nuestros pecados los que la ensombrecen. Nosotros podemos interponernos entre Cristo y los que no creen, y entonces Dios queda ocultado, en la sombra, a los ojos de esos hombres.

Por eso, la Iglesia está necesitada de continua purificación y renovación. Pero no podemos perder la fe en ella, porque a pesar y por encima de sus miserias, Dios se sirve de ella para manifestar a los hombres su perdón y su amor. Es la madre que, aunque tenga arrugas de siglos y defectos en sus hijos, conserva el tesoro de la Palabra de Dios, nos ofrece el pan de la vida, el perdón de los pecados y el testimonio de muchos hijos, de ayer y de hoy, verdaderamente santos.

En la segunda lectura descubrimos a un Pablo místico y al mismo tiempo lleno de debilidad. El gran apóstol tuvo numerosas y excepcionales experiencias místicas. Pero esto no fue para él motivo de orgullo, para creerse religiosamente superior a los demás.

Sus adversarios consideraban las manifestaciones carismáticas excepcionales como criterio decisivo del auténtico apóstol. Para Pablo, sin embargo, la condición de apóstol no radica en  tales experiencias, ni quiere que los demás lo valoren por ellas. El se siente un hombre débil y vulnerable, aunque revestido de la fuerza de Dios.

Si hay que presumir, lo hará de sus flaquezas y debilidades, no de experiencias místicas o de carismas excepcionales. Siente como un aguijón clavado en la carne, seguramente una dolencia física crónica. Lo llama agente de Satanás. En este caso, Pablo se acomoda a la mentalidad bíblica general que consideraba a Satanás como causa última de todo el mal en el mundo, también del mal físico.

Desde su experiencia, Pablo nos da una lección magistral: la fuerza salvadora de Dios se manifiesta maravillosamente a través de la debilidad del instrumento. Si él hace  grandes cosas siendo débil y estando lleno de flaquezas, eso quiere decir que ahí está actuando el poder y la fuerza de Dios.

Tampoco nosotros podemos presumir de nada, ni creernos mejores que los demás bajo ningún concepto. Si algo bueno tenemos o hacemos, se debe al Señor. Él nos ha capacitado y nos lo ha dado todo para ponerlo al servicio de los demás.

El Hermano Carlos de Foucauld compuso esta oración, tantas veces y por tantos mil veces repetida. Algo así debería ser nuestra respuesta de acción d gracias y disponibilidad a los dones recibidos de Dios: Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal que tu voluntad se cumpla en mí, y en todas tus criaturas…

Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo. Y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.

Demos gracias a Dios en esta eucaristía y renovemos nuestro compromiso de disponibilidad para que él se sirva de nosotros para hacer el bien. Necesitamos milagros, el milagro de nuestra vida. La fe en Cristo lo puede realizar.

Julio García Velasco

 

 

« Cuantas veces nosotros despreciamos lo que nos puedan decir aquellos

que más nos quieren y asentimos a todo lo que nos viene de fuera.

Muchas veces, nos empeñamos en echar a Dios de la historia, cuando lo que

Él trae es una oferta de libertad para todos. Jesús no era un pensador que

explicaba una doctrina, sino un sabio que comunicaba su experiencia

de Dios y enseñaba a vivir bajo el signo del amor».

Para ser explorador no solo es necesario tener una buena condición física o un buen sentido de orientación sino que también se hace necesaria una cierta capacidad de sorpresa que impida que pase desapercibido cualquier detalle aunque no entre dentro de los parámetros normales. En la vida cristiana sucede algo semejante. Hemos de estar siempre abiertos a lo nuevo, a lo sorprendente. Dejar que nuestros esquemas, quizá de muchos años de vida cristiana, puedan encontrar un nuevo impulso, sin que eso signifique que lo vivido hasta ahora no haya sido válido.

En el evangelio, a Jesús le sucede exactamente lo mismo. Sus paisanos son incapaces de reconocer la novedad. Se sorprenden por la sabiduría y el poder curativo de Jesús pero el hecho de que sea su paisano, de que conozcan a su familia, les llena de prejuicios y les impide abrirse con confianza. No se dejaron enseñar por él, ni se abrieron a su fuerza curadora. Jesús no pudo acercarlos a Dios, ni curar a todos como él hubiera deseado. El factor de confianza, de familiaridad, de ser el hijo del carpintero, causa entre sus paisanos desprecio. Osea que este me va a decir a mí lo que tengo que hacer. Cuantas veces nosotros despreciamos lo que nos puedan decir aquellos que más nos quieren y asentimos a todo lo que nos viene de fuera. Muchas veces, nos empeñamos en echar a Dios de la historia, cuando lo que Él trae es una oferta de libertad para todos.

Jesús no era un pensador que explicaba una doctrina, sino un sabio que comunicaba su experiencia de Dios y enseñaba a vivir bajo el signo del amor. No era un líder autoritario que imponía su poder, sino un curador que sanaba la vida y aliviaba el sufrimiento.

Un último detalle, hablar de Jesús, es hablar de un profeta, y hablar de un profeta es hablar de libertad, de independencia. Los evangelios nos presentan a Jesús huyendo de la palmada en la espalda. La única vez que aparece aclamado por las gentes es en su entrada en Jerusalén camino de su triunfo definitivo. En el resto de las ocasiones a pesar del entusiasmo de la gente, Jesús huye, no se recrea en él. Quiere vivir su independencia.

La conclusión que podemos sacar es que a Jesús no se le puede entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con él. Dejar que vaya introduciendo poco a poco en nosotros la alegría de vivir, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos enseñe a vivir en la presencia amistosa y cercana de Dios. Cuando uno se acerca a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de una manera nueva. Que esa y no otra es la clave del seguimiento y la adhesión de la fe. Vivir y no solo cumplir unas normas desencarnadas. Vistas así las cosas la eucaristía de cada domingo será para nosotros un momento de encuentro y de novedad, que nos renueve y no sólo un elenco de ritos enlatados.

Recordemos al explorador y abrámonos a lo nuevo sin prejuicios ni sospechas. Debemos mantener ágil la cintura de la fe para evitar estancarnos en las doctrinas huecas de las que hace años escapó la frescura del evangelio. Ojalá no perdamos la capacidad de sorpresa pues será la garantía de que nuestra fe está viva y de forma que los encuentros con Jesús sean sanantes, pues sino seremos meros espectadores de un algo que creemos pero que no vivimos.

Roberto Sayalero Sanz

 

 

"Se extranó de su falta de fe"

1. En el comportamiento de la gente de Nazaret ante Jesús hay como una parábola del comportamiento del pueblo de Israel, "hijos testarudos y obstinados" (1ª lectura), a lo largo de su historia y que no reconocieron en Jesús al profeta del Reino ni reconocieron a Yahvé en su anuncio del Padre misericordioso. Y también de lo que sucedió con la primera iglesia, que se sintió perseguida por la sinagoga y se abrió a los paganos (léase también Ezequiel 3,6).

2. En Nazaret conocían demasiado a Jesús. Es decir, creían conocerlo. ¿Qué podían esperar, pues, de él? También los círculos dirigentes de Israel creían conocer a Dios hasta el más mínimo detalle. Por eso el modo de hablar y comportarse de Jesús (no cesaba de apelar al Padre) les resultaba un escándalo. Una buena ocasión para invitar a los cristianos de buena fe (que somos todos nosotros) a no creernos tan familiarizados con Dios y con Jesús que ya lo sepamos todo y no tengamos nada nuevo que esperar. A no cerrarnos en nuestra rutina y a dejarnos interpelar por situaciones, personas, acontecimientos, que nos presenten una imagen nueva e insólita de Dios o de su Reino.

3. Las palabras de la gente de Nazaret ponen de manifiesto la profunda humanidad de Jesús. Sí: es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón. ¿Y pretende anunciar el Reino de Dios? ¡Qué escándalo! Quizá sólo después de haber pasado por este escándalo (la encarnación) podremos comenzar a vislumbrar los caminos de Dios y a Dios mismo. Y comprenderemos que los milagros del evangelio no son tan espectaculares como pensamos y que la fe no se impone por ninguna fuerza intelectual o maravillosa, sino que se descubre como un tesoro escondido entre los acontecimientos de la vida ordinaria y como una luz viva, que parece insignificante entre tantas lucecitas de colores, y como una diminuta semilla por la que no daríamos nada a simple vista, con nuestra mirada de cada día... Ni milagros, pues, ni sabiduría, como diría san Pablo, sino un Mesías crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos (1Co. 1,22-24).

4. La primera lectura insiste en la incomprensión. Vuelta del revés, se podría poner de manifiesto la fidelidad de Dios, que nunca se echa atrás y siempre está en la puerta y llama. No como un premio a nuestro buen comportamiento, a nuestra fidelidad, sino ¡como una manera de ser él mismo! El salmo expresa la actitud del creyente, que tiene siempre los ojos puestos en el Señor. Pero, ¡cuidado!, la lección de hoy es que sus caminos son desconcertantes e inesperados.

La fuerza se realiza en la debilidad, escribe san Pablo. El apóstol ha aprendido bien la lección: también el poder de Dios ha resplandecido en la debilidad de la cruz de Jesús.

ALGUNAS INDICACIONES

1. Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos (1ª lectura).

Dios continúa siempre fiel aunque nosotros no le seamos fieles, ya que no puede negarse a sí mismo (2Tm. 2,13). Su palabra está siempre viva entre nosotros, y su llamada siempre resuena. Aunque no nos diga lo que esperamos oír sino cosas muy distintas. Somos nosotros los que debemos afinar nuestra mirada y nuestro oído y acoplarnos al rostro de Dios y a su mensaje, y no esperar que sea él el que venga a nosotros y se acople a nuestros deseos y a nuestras rutinas.

2. Nuestros ojos están en el Señor (salmo).

Esta es la actitud del creyente: tener los ojos fijos en el Señor en todas las situaciones de la vida y en todos los momentos. Pero su voluntad no se nos manifiesta con la trasparencia que esperaríamos. O bien -aunque es bastante transparente- nosotros no acabamos de reconocerla (o quizá no queremos reconocerla, cerrados como estamos en nuestra manera de hacer y de ver las cosas). Ya nos recuerda Jesús en el evangelio que no basta decir Señor, Señor. Saber escuchar, saber mirar no es tan fácil como parece. Necesitamos educar la mirada y el oído para ser verdaderos creyentes.

3. Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad (2ª lectura).

Estas palabras, san Pablo se las aplica a sí mismo. También podemos aplicárnoslas a nosotros mismos, a la Iglesia entera. Y entonces son como una invitación a despojarnos de tantos poderes que pretendemos poner al servicio de Dios y de su Reino. ¿No nos ha enseñado Jesús que la grandeza del Reino no es homologable a las grandezas humanas, sino que, a su lado, no tiene ningún color ni ejerce ningún atractivo? (parábola del grano de mostaza). ¿Cómo podríamos pretender poner esas grandezas al servicio del Reino? Ver también los textos y los comentarios del próximo domingo.

4. Y se extrañó de su falta de fe (evangelio).

Y se extrañaba de su falta de fe. Se admiraba de su incredulidad. Le parecía imposible que no le creyeran. Son diversas versiones. ¿Qué querrá decir esta expresión? ¿Acaso la fe es algo normal? En todo caso, el comportamiento de los compatricios de Jesús debería hacernos pensar. ¡Creían conocerle tanto, saber de él hasta los más mínimos detalles... ! ¿Qué son este don de sabiduría y estos milagros? ¡Si al fin y al cabo es el hijo del carpintero del pueblo! Cuántas veces no hemos razonado, prácticamente, de la misma manera: ¿qué tiene que explicarnos éste, qué tiene que decirnos aquél? La seguridad de tenerlo todo nos puede alejar de los caminos de Dios, nos puede impedir captar su presencia y escuchar su llamada.

 

 

El Evangelio se realiza en la debilidad del rechazo

El Reino de Dios es obra de Dios y se realizará con los medios propios de Dios, totalmente diferentes de los empleados por los grupos y gobiernos humanos, que buscan conseguir sus objetivos con medios eficaces, inmediatos y que reportan gloria, aunque tengan que pisotear la libertad y dignidad de las personas para conseguirlo. Dios ha creado al hombre a imagen y semejanza suya y actúa siempre respetando su dignidad y libertad. Por ello actúa como “Dios oculto” que propone su plan salvador de forma razonable a la libertad humana y se expone a su aceptación o rechazo.

El Evangelio recuerda el rechazo de Jesús por parte de los suyos. Visita Nazaret. Sus paisanos son testigos de sus palabras y obras admirables, que no pueden negar. Pero ¿cómo explicarlas? ¿Será que Jesús, su paisano, miembro de una familia humilde,  es el Mesías enviado por Dios o será que está endemoniado como dicen los escribas (cf. Mc. 3,22)? El primer caso implica que Dios ha querido actuar en la debilidad por medio de uno de sus paisanos, respetando así la libertad humana, y no de forma triunfalista, violenta y aplastante como esperaba la opinión popular, amante de lo espectacular. Rechazan esta explicación y creen que está endemoniado.  Jesús lo comenta como el rechazo del profeta por parte de familiares y paisanos.

Es un problema que afecta a los creyentes en todos los tiempos. Israel sufrió una grave crisis de fe cuando fue llevado al destierro de Babilonia por un pueblo que adoraba a otros dioses. ¿Realmente Yahvé es el Dios poderoso del mundo? ¿Cómo es que no actúa a favor de su pueblo aplastando a los enemigos con legiones de ángeles? La respuesta por medio de Isaías (cf. Is. 45,15) es que actúa, pero  como “Dios oculto” que se esconde en las personas para actuar. Así sigue actuando Jesús resucitado, como “Dios oculto” que se esconde en la pobreza de la predicación del profeta y en la pobreza de la comunidad eclesial y de sus celebraciones.

Las otras dos lecturas comentan esta realidad. La primera recuerda la vocación del Ezequiel, enviado por Dios aunque no le hagan caso, y la segunda la experiencia de Pablo de que Dios, ¡el protagonista! actúa  por medio de la debilidad de sus enviados. El Evangelio se realiza en la debilidad, porque Dios es el protagonista. Por ello las situaciones débiles no deben desanimar al creyente. Es lo normal. Pero exige una fe cada vez más adulta.

Toda celebración de la eucaristía es presencia del Dios oculto que actúa eficazmente en la pobreza de la comunidad, de sus ministros y de sus ritos.

Rodríguez Carmona

 

 

El rechazo a Dios

La narración evangélica de este Domingo que nos sitúa a Jesús en el pueblo en que se había criado bajo la custodia de José y María, entre familiares y paisanos, puede resultar algo sorprendente, puesto que aunque al principio los nazaretanos quedan sorprendidos por la sabiduría de las enseñanzas de Jesús, sin embargo pesa más sobre ellos aquello que conocen del que había sido  carpintero del pueblo, como su padre.

La consecuencia lógica hubiera sido que le acogieran con afecto y familiaridad, más dispuestos que los demás a escuchar sus enseñanzas, a aquel paisano tan admirado en las aldeas y ciudades galileas por las que había pasado. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario: “Y se escandalizaban a causa de Él”. Porque en Nazaret conocían demasiado a Jesús con el que habían convivido durante treinta años. Es decir, creían conocerlo. ¿Qué podían esperar, pues, de él?

Por eso, a pesar de que habían la admiración que sentían por él los habitantes de otros lugares, que había oído sus discursos y, sobre, todo, habían sido testigos de los  prodigios por aquel joven Rabbí, aunque no tenía tal título académico,  ellos desconfiaban de él y ese escepticismo se convirtió en muro insalvable que impidió a aquellas gentes dejarse zarandear y renovar por la Buena Nueva que Jesús anunciaba.

Pero además, esta actitud de los paisanos de Jesús,  se convierte en impedimento para que Dios pueda realizar señales y prodigios en medio de su pueblo. Porque  el Señor, aunque quiera y tenga el poder, respetando al ser humano, creado para la libertad,  no puede actuar allí donde el hombre no se lo permite. La falta de signos prodigiosos  u otras   intervenciones divinas no está en una supuesta inactividad de Dios, sino en la dureza del corazón del hombre que se cierra a la acción divina.

A lo mejor ese rechazo, alguien puede pensar, que le viene por la falta de asesoramiento de imagen que tiene Dios. Se le ocurre presentarse como el carpintero de una aldeucha “de la que no puede salir nada bueno”.

Tal vez Dios tendría que cuidar un poco más su imagen. Hoy la cosas se venden por su presentación, y las ideas también. Por eso puede resultar increíble  (escandaloso)  que Dios se manifieste en la debilidad de un aldeano, y no imponiéndose por la fuerza; y que no haga las cosas de modo tan claro  e irrebatible que deje sin argumentos a quienes lo desdeñan y refutan.

Pero Dios nunca quiere actuar en nosotros, con marketing humano,  forzando nuestro asentimiento. La conformidad a su Palabra y sus acciones  debe ser libre y no por coacción, el diálogo con él sólo es posible desde el  amor y no desde la  imposición.

Manuel Antonio Menchón

 

 

El profeta no es un adivino. No es la persona a la que se le pide que “nos diga que sucederá”. No es el mago que consulta la bola mágica para revelarnos lo que pasará. No, nada de eso. El profeta es el hombre que descubre en las cosas que acontece la presencia de Dios y lo pone de manifiesto. No inventa nada. Hace evidente la acción de Dios salvador en medio de su pueblo. Es el portador de una palabra que no es suya sino de Dios. No habla por sí mismo, sino en nombre de Dios. Es palabra de Dios en palabra humana.

Las personas que nutren su vida de la espiritualidad ignaciana habrán escuchado hablar de “ser contemplativos en la acción” o de “ver a Dios en todas las cosas”. Pues bien, el profeta es el hombre que tiene los sentidos abiertos y dispuestos a encontrar la presencia de Dios obrando en el seno del mundo. Y no sólo ve la acción de Dios en lo bueno, sino también en aquello que produce dolor y rechazo. En todo lo que vive el hombre es posible descubrir la acción de Dios.

En el antiguo testamento, los profetas eran hombres elegidos por Dios para anunciar la acción salvífica de Dios. Para ayudar al pueblo elegido a discernir el camino a seguir. Pero eran también quienes “denunciaban” las injusticias cometidas, sobre todo aquellas que se escondían bajo del cumplimiento de la ley. Los profetas denunciaron que un hombre de fe, puede cumplir fielmente la ley y a la vez ser injusto. Quien aplica la ley de Dios para condenar y no salvar contradice la misma ley de Dios, que es compasión y misericordia.

¡Quién desnuda a la ley del Espíritu de amor que la sustenta, la convierte en un arma que destruye la misma obra de Dios. Cuando vaciamos la ley de Dios, del Espíritu de compasión desgajamos el alma del hombre. Convertimos a Dios en un verdugo y no en el Padre misericordioso que nos anunció Jesús en el evangelio.

Del evangelio de hoy se desprenden varios cuestionamientos; ¿Hay profetas hoy? ¿Podemos convertirnos en profetas? ¿Es verdad que seremos rechazados por todos si nos convertimos en profetas? ¿Necesitamos de profetas en el mundo que vivimos?

Todos somos profetas por el bautismo. Todos estamos llamados a encontrar a Dios obrando su salvación en medio del mundo que vivimos. Todos somos invitados a vivir con fidelidad el evangelio del amor y la caridad, y a denunciar cuando en “nombre” de Dios se cometen injusticias y atrocidades contra la obra de Dios.

Pero, si todos somos profetas por el bautismo ¿por qué hay tan pocas personas que nos enseñen a encontrar a Dios en medio del mundo que vivimos? ¿Por qué hay tanta gente que anuncia y denuncia el mal, pero nadie ve el bien? ¿Por qué en ocasiones las “personas de iglesias” parecen interpretar la ley a su favor y no a favor de todos?.

Estoy cada vez más convencido que al cristiano de hoy no le falta coraje, fuerza o ánimo para vivir su fe, sino que le falta convicción. Profesa muchas cosas, pero vive la mitad. Es capaz de defender a “capa y espada” todo lo que anuncia la Iglesia, pero no vive ni la mitad de todo ello. Pone pasión por “defender” a la Iglesia, (como si Dios no fuera suficiente) y critica duramente a quienes la atacan, pero le falta corazón para comprender la debilidad y fragilidad de su hermano.

Falta convicción. Falta esa fe que permite ver a Dios marchando delante de su pueblo y llevando la historia del hombre hacia la salvación. Falta esa convicción, que ofrece la certeza de que aún en medio de un campo lleno de trigo y cizaña, crece el Reino de Dios. Falta esa convicción que permite interpretar la ley a favor del hombre y no en su contra. Falta esa convicción que ofrece al hombre de fe los ojos para ver a Dios obrando en el silencio. Falta esa convicción de que Dios quiere misericordia y no sacrificios. Falta esa convicción que permite armonizar los contenidos de fe que profesa con la vida cotidiana que lleva. Falta esa convicción, para vivir la santidad como el amor desinteresado por los demás en lugar de convertirse en una carrera por ser más “virtuoso”. Falta esa convicción que ofrece la libertad de corazón para discernir si las actitudes propias dividen o unen una comunidad.

A los creyentes nos falta convicción para vivir nuestra fe. Nos cuesta creer en Dios y en inmensidad gratuita de su amor. Se nos hace muy difícil creer que en las pruebas nos sostiene y que en las caídas nos tiene las manos nuevamente. Y por supuesto, que nuestros pecados por muy horrendos que sean, puedan ser verdaderamente perdonados.

El profeta que necesitamos hoy, eres tú mismo. Tú eres el hombre y la mujer de Dios que necesitamos que nos ayude a encontrar a Dios en todas las cosas. Pero sobre todo, necesitamos ver a Dios en tu vida, en tus palabras, en tus obras. Tú eres el hombre y la mujer que Dios ha elegido para hacer evidente su amor entre nosotros. Tú eres el profeta de la unidad y la armonía que necesita tu comunidad. Tú eres el profeta de la reconciliación que muchos necesitan para volver a unir sus voluntades. Tú eres el profeta que la Iglesia necesita para hacer cada vez más evidente al amor a los más pobres. Tú eres el profeta que necesita la Iglesia para recordarle que no ponga su seguridad en el poder, sino en la fuerza de su amor. Tú eres ese profeta que aún no termina por creer que Dios te haya dado una misión. Tú eres quién puede hacernos evidente el amor y la misericordia que Dios quiere expresar a los demás. ¿Lo crees? Te has puesto a pensar ¿Cuál es tu misión como profeta? ¿Crees que Dios te eligió, desde el bautismo, para ser profeta…? Si te falta convicción para creer en ello… entenderás esta reflexión….

Pidamos a Dios la gracia de disponernos a asumir nuestra vacación de bautizados. Pidamos la fuerza, y sobre todo un corazón grande para acoger la invitación de Dios. “Señor, que no sea sordo a tu llamado”.

padre Javier Rojas sj

 

 

El Señor Jean Vanier inició un movimiento evangélico.  Era un militar sirviendo en la Marina Canadiense.  Entonces se sintió una vocación de hacer “algo diferente”.  Renunció su comisión como oficial marino para estudiar la filosofía. Pero la vida del profesor no le convenía completamente tampoco.  Tuvo una inspiración cuando visitaba a su consejero espiritual, un capellán en un asilo para los incapacitados. ¿Por qué no dar a aquellos con una deficiencia mental un hogar donde podrían florecerse? Invitó a dos personas incapacitadas para vivir con él.  Él los cuidó, y de ellos aprendió cómo todos somos dependientes del amor de Dios.  Así fue establecida la primera Comunidad de El Arca.  De ahí Jean fundó muchas comunidades de El Arca en países alrededor del mundo. La historia de Jean Vanier nos reta a aceptar las dificultades que tenemos en nuestras propias vidas.

A lo mejor no tenemos a nadie en casa con una deficiencia mental.  Pero es muy posible que haya una persona con carácter difícil. O posiblemente viva con nosotros un pariente sufriendo enfermedad seria.  Nos cuesta dar a estos desafortunados la atención que necesita para florecer. Sin embargo, en lugar de tratar de ayudarlos, a menudo estamos inclinados a rechazarlos. Pensamos en desconocerlos o guardarlos en un asilo.  La gente que actúa así asemeja a los vecinos de Jesús en el evangelio hoy.

Cuando Jesús presenta a sus paisanos el mensaje del Reino de Dios, lo tratan como si fuera un charlatán.  Le consideran como idealista cuando les habla del gran amor que nos permite a crecer como personas.  Como Dios envía a Ezequiel a Su pueblo Israel en la primera lectura, ha enviado a Jesús al mundo.  Desgraciadamente muchos se lo ignoran ahora como en su propio pueblo.  Prefieren ver a futbol que considerar la bondad del Señor.

Esperamos que nosotros no seamos así.  Más bien queremos responder al anuncio del evangelio con el cuidado de los demás.  El papa San Juan Pablo II decía que la vida es un don de Dios que no realizamos hasta que la demos a los demás en el amor.  Se la damos a todos por tratarles con el respeto y una apertura a servirlos.  Pero a los familiares debemos más atención aun sacrificios por los débiles en nuestro medio.  Una pareja inmigrante tenía a una niña con la parálisis cerebral.  Ella no podía comer sin ayuda, mucho menos caminar.  Pero los padres le dieron todo el apoyo necesario.  Aun la traían a las clases de formación de ministros para que no se dejara sola.

Sí nos cuesta cuidar a los demás.  A veces aun resienten nuestras ofertas de ayudan.  Los parientes pueden requerir más atención que pensábamos.  Cuando rezamos para el alivio, no nos aparece.  Entonces acordémonos de lo que escribe san Pablo en la segunda lectura.  Cuando nos sentimos más débiles, el Señor nos hace más fuertes. También es seguro que cuando nos esforzamos, nos hacemos evangelizadores creíbles.

Es increíble la atención que llama el fútbol estos días.  Casi todo el mundo quiere ver los finales del campeonato de la Copa del Mundo. Sea el ganador de América, de Asia, o de Europa a lo mejor en cuatro años habrá otro. Es el amor de Dios por nosotros que no cambia nunca.  Jesús nos lo proclamó y ahora somos para anunciarlo a los demás.  Por el respeto, el servicio, y los sacrificios somos para anunciar el amor de Dios.

 

 

Sócrates vivió en Atenas en el quinto siglo antes de Cristo.  Aunque fue pensador famoso, se conoce por su humildad.  Le gustaba decir que la única cosa que sabía con certeza fue que no sabía. Por razones políticas se le juzgó a Sócrates como corruptor de las mentes de los jóvenes.  Como castigo le dieron la pena de muerte.  Le pasó a Jesús un ultraje tan grande.  En el evangelio percibimos una huella del rechazo que recibirá cuando llegue a Jerusalén.

Jesús ha llegado a su propia aldea de Nazaret.  Tal vez les sorprenda a sus aldeanos cuando se levanta a enseñar en la sinagoga.  Se conocía como carpintero antes de salir para buscar a Juan en el desierto, pero ya habla con la confianza de un doctor de la Ley.  No se reporta lo que Jesús dice pero tampoco es difícil imaginarlo de todo lo que precede en el evangelio.  Habla del Reino de Dios y cómo ha que arrepentirse para conocerlo.  Dice que el Reino es como una semilla que crece para darnos todo tipo de provecho desde sombra del calor hasta comida para la eternidad.  Añade que el Reino exige que nos cambiemos de los modos de la dominación, de la violencia, y del placer animal.  Pues todos somos hermanos y hermanas con Dios como nuestro Padre común.

A pesar de su mensaje esperanzador la gente lo rechaza.  Parece el hecho que Jesús se crió entre ellos sólo es pretexto para no hacerle caso.  Más relevante es que su visión les parece radical.  Como gentes a través de la historia ellos anhelan que la vida se vuelva como era en los días gloriosos del pasado.  Desean la supremacía sobre los otros pueblos y la ventaja sobre sus vecinos.  Quieren desear a otras mujeres, hacer chismes contra aquellos de diferentes razas y religiones, y pensar siempre en el “número uno”, eso es, no en Dios sino en sí mismo.

Como resultado de su torpeza Jesús no puede mostrarles ninguna vislumbre de la gloria del Reino.  Sus palabras no les transmiten mayor aprecio para el don de la vida.  Sus acciones no les despiertan la esperanza de la vida eterna.  Sus curaciones quedan en el rumbo físico sin tocar el espíritu.  Sus modos de alegría, de humildad, y de cariño caen como el agua de un aspersor sobre el pavimento.  Tiene que dejar a su propia gente desconsolado.  No es tanto que la gente no quiera seguir a él sino que no quiere conocer a Dios.  El rechazo por su propia gente le apenará como la famosa espina en la carne que siente san Pablo en la segunda lectura.  Pero, también como Pablo, sigue adelante llevando el mensaje a otras aldeas.

¿Es posible que nosotros seamos como la gente de Nazaret?  Pensamos que conocemos a Jesús porque hemos escuchado el evangelio desde la niñez.  Sabemos también de su madre, de sus discípulos, y de sus seguidores a través de la historia.  Sin embargo, puede ser que seamos renuentes a convertirnos de los modos brutales.  Una pareja enseña cómo la pornografía anda como una epidemia arruinando las vidas de jóvenes.  A lo mejor algunos de nosotros han sido enganchados por esta travestía.  Tal vez más común muchos no tienen una misión en la vida más allá de nuestras familias de sangre.  No vemos a los enfermos en el hospital como nuestros hermanos.  No enseñamos la doctrina a los niños como si fueran nuestros sobrinos.  Jesús nos fortalece en esta Eucaristía para estos tipos de misión.  Jesús nos fortalece para la misión.

padre Carmelo Mele, O.P.

 

 

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que el don absoluto de Dios hace posible en ellos.

· Somos humanos, tal vez ‘demasiado humanos’ como decía Nietzsche,

· pero la plenitud de humanidad, que podemos alcanzar, es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida.

Con este texto concluye Mc una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación, por el pueblo, de las tesis de los dirigentes, no vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando, pero al pueblo oprimido, que quiere liberarse. Jesús ve que no hay nada que hacer con la institución, y en adelante se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero relatos paralelos se pueden encontrar en Jn y en otros lugares de los mismos sinópticos.

Mc no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su “pueblo”. Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo.

· Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal que no pueden aceptar otra cosa.

· Eran sus compañeros de niñez, habían jugado y trabajado con él, lo conocían perfectamente.

· Lo encuadraban en una familia, (requisito indispensable para ser alguien).

· Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él.

· Es lógico que no esperasen nada extraordinario.

El texto griego no habla de pueblo sino de “patria”. Ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores.

· No sale nadie a recibirle.

· Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles.

· No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto.

· Jesús por su cuenta, se pone a enseñarles.

· Mc. ya había advertido de la relación de Jesús con su familia. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo, porque decían que estaba loco. Quedan impresionados como en Cafarnaúm.

· El texto griego no dice: “desconfiaban de él” sino “se escandalizaban”, que indica una postura más radical.

· Ni siquiera pronuncian su nombre.

· Le dicen que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona.

· Es curioso que Mt corrige el texto de Mc y dice: “hijo del carpintero”. Pero Lc va más lejos y dice: “el hijo de José”. Estos evangelistas, que copian de Mc, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa.

· Para Mc, no era hijo de José, porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación.

Ese conocimiento excesivo de Jesús, es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla.

· Si no aceptan la enseñanza de Jesús, es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro.

· Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas.

· La religión judía estaba segura de sí misma y no admitía novedad.

· Los jefes religiosos no permitían admitir nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Al hacer Jesús alusión al rechazo del “profeta”, está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos.

· Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta.

· Al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo.

· La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado, sino por verse rechazado por su pueblo.

· Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar.

· El golpe psicológico que recibió Jesús fue realmente muy fuerte.

Un detalle muy interesante es que su desconfianza impide que Jesús pueda hacer milagro alguno.

· El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: “tu fe te ha curado”; y a Jairo: “basta que tengas fe”.

· La fe o la falta de fe son determinantes a la hora de producirse un milagro.

· ¿Dónde está entonces el poder de Jesús?

· Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios y que puede hacer lo que quiere en cada momento.

· Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el “hacer” como causalidad física.

· La de un Jesús con el comodín de la divinidad ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

El relato de hoy nos habla de la humanidad de Jesús. Nos está confirmando que no tiene privilegios de ninguna clase.

· Por eso es tan difícil aceptarle como profeta enviado de Dios.

· Siempre será difícil descubrir a Dios en aquel que se muestra como muy humano.

· También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños.

· Yo he oído más de una vez esta frase: “no nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?”

· Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios.

· Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos.

· Pero esa es también la postura de todos los que lo niegan.

· Como no responde a las expectativas, no existe.

· Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos podemos hacer sobre él.

· Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara.

· Si de verdad le buscamos lo descubriremos siempre diferente y desconcertante.

· Si esperamos encontrar al Dios domesticado, no engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar.

· La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada, será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas.

El profeta es el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras.

· El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección a la que no podemos llegar nunca.

· El auténtico profeta será siempre un inconformista, un indignado.

· Lo más "antiprofético" y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

El gran espejismo, en que hemos caído en el pasado, fue pensar que “todos” tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta hoy, hemos cometido el disparate de hacer cristianos por “decreto”. La opción por el evangelio será siempre cuestión de minorías. Nos asusta un Jesús completamente normal porque hemos puesto la grandeza en lo extraordinario. Pero resulta que lo más grande de todo ser humano no es lo que no tienen los demás, sino precisamente lo que todos tenemos por igual.

 

 

Las contradicciones del misionero

Me imagino que un día San Pedro debió sentirse muy feliz cuando dijo a Jesús:

“Nosotros lo hemos dejado todo…”,¿y qué va a haber?

Y oyó que Jesús le decía que tendrían “el ciento por uno en este mundo y después la vida eterna”.

Como buen judío debió sentir que había hecho el gran negocio cuando entró en el grupo de los apóstoles.

Pero no le duró mucho este gozo porque Jesús añadió que todo el paquete suponía también las persecuciones: “El ciento por uno con persecuciones”.

Pues esto es lo que nos enseña la liturgia en este día.

Entrar valientemente en el Reino de los cielos conlleva las persecuciones.

Meditemos lo que nos dicen las lecturas hoy y sacaremos una conclusión.

Las persecuciones por el Reino de los cielos se convierten en un verdadero negocio, negocio que trae alegría y paz en este mundo y la felicidad eterna.

Veamos cómo ni Ezequiel, ni Pablo, ni el mismo Jesús, se sintieron fracasados ni amargados a pesar de las persecuciones:

Ezequiel el profeta

Nos cuenta hoy:

“El Espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía”.

De hecho no es nada agradable lo que le ofrecía el Espíritu del Señor… que lo enviaba como profeta a un pueblo rebelde, de gente testaruda y obstinada y que él, como profeta enviado de Dios, tendría que darle su mensaje, diciendo:

“Esto dice el Señor”.

Nosotros podríamos preguntarnos para qué Ezequiel tenía que profetizar si no le iban a hacer caso, por lo menos muchas veces.

El motivo que le da Dios es muy importante y conviene que en estos días, de una manera especial, lo tengamos en cuenta los evangelizadores:

Conviene que este mundo materializado y de espaldas a Dios “sepa que hubo un profeta en medio de ellos”.

Para nosotros esto debería ser suficiente. Lo demás lo hará Dios cuando lo crea conveniente.

Salmo responsorial

Nos invita a ponernos plenamente en las manos de Dios y confiar en Él, pase lo que pase y en los momentos difíciles seamos fieles y sigamos confiando en Él, como dice este versículo:

“Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos,del desprecio de los orgullosos”.

San Pablo

No es fácil que una persona que lleve la vida que llevaba Pablo, con tantas “persecuciones, privaciones, insultos, debilidades y dificultades sufridas por Cristo”, nos diga que vive contenta.

Pues a todo esto añade el apóstol, para confirmar lo que dijo Jesús: “con persecuciones”, estas palabras:

“Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de satanás que me apalea, para que no sea soberbio”.

Y con sencillez San Pablo nos cuenta cómo, por tres veces, pidió al Señor que le librara de ese sufrimiento. Y por toda respuesta el Señor le contestó:

“Te basta mi gracia”.

La fuerza se realiza en la debilidad.

De una u otra forma nos puede pasar esto también a nosotros.

Si lo aceptamos con la fe de Pablo, podremos entender o por lo menos repetir:

“Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo”.

 Verso aleluyático

Nos recuerda la obligación de evangelizar que tenemos todos nosotros, a semejanza de nuestro Maestro y Señor.

No olvidemos que desde el bautismo también el Espíritu del Señor está en nosotros y podemos decir:

“El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”.

Evangelio

No hay duda que quien más persecuciones y malos tratos ha recibido ha sido el mismo Jesús.

Por tanto Él, como ningún otro, se pudo aplicar las famosas palabras:“con persecuciones”.

Imaginemos lo que pasó aquel día:

Jesús fue a Nazaret donde estaban todos sus familiares y además llevó a sus discípulos. La gente del pueblo le admiró mientras hablaba en la sinagoga, pero muy pronto comenzaron los desprecios de un “pueblo pequeño”, donde el chisme es el que domina.

¿De dónde saca todo eso?

¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?

¿Y esos milagros?

Y enseguida llega lo más doloroso:

“¿No es este el carpintero, el hijo de María?”

Luego hablan de sus parientes con sus nombres propios:

“Santiago, José, Judas, Simón”.

“¿Y sus hermanas no viven también entre nosotros?”

Posiblemente, como entonces no era muy oportuno hablar de la mujer no pusieron sus nombres.

Jesús demuestra en el Evangelio que le dolió el trato que le dieron en su pueblo, hasta el punto de que quisieron apedrearlo.

Y luego dijo estas palabras que tantas veces se cumplen entre los evangelizadores:

“No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Y Jesús se fue a predicar por otros pueblos…

mons. José Ignacio Alemany Grau

 

 

Basta la gracia.

Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás para que me abotefee, y no me envanezca. Todas las personas humanas, a excepción de la Virgen María, hemos sido concebidos en pecado. Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero arrastramos las heridas de dicho pecado, tenemos el fomes peccati, la inclinación al mal. También san Pablo sentía la concupiscencia de la carne. Cuando el Apóstol de los gentiles pidió a Dios que le librase de aquel aguijón, el Señor le dijo: Te basta mi gracia.

La vida hombre en la tierra es tiempo de lucha sin tregua. El diablo, empeñado en devorar la vida de Cristo en nosotros, incansablemente promueve planes para hacernos tropezar. Para vencer, nunca nos faltará la gracia. Éste es el mensaje que dejó Juan Pablo II a los jóvenes españoles en su primer viaje apostólico a España: El mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre, pero no hay que asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.

La insistencia del tentador. La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquél a quien Jesús llama “homicida desde el principio”. En el libro del Éxodo se narra como a largo de la travesía del pueblo de Israel por el desierto, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él (Benedicto XVI).

Se ha dicho que Satanás no tienta a los que ya le pertenecen; ¿para qué?: ya está sumergidos en el fango del pecado. Procura arrastrar a los que son fieles al Señor, a los que contagian a otros el amor de Dios que llevan en el corazón. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

Lucha continua.

En esta peregrinación en que consiste ahora nuestra vida, no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (san Agustín).

La diferencia entre un pecador y un santo no radica en que uno tiene más tentaciones que el otro, sino en que el segundo no se deja vencer por los asaltos más violentos, en tanto que el primero cede ante la más leve tentación. La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y por volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo para no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma.

 

 

Fuimos ungidos profetas

Este domingo la Palabra de Dios nos recuerda una de las dimensiones de nuestra vida como bautizados, la de profetas. En el Bautismo fuimos ungidos y consagrados profetas, sacerdotes y reyes. Hoy agradecemos a Dios esta condición de profetas, al igual que Ezequiel y Jesús, y nos alimentamos de la Comunión sacramental para nutrirnos y realizarla con responsabilidad.

La misión del profeta consiste en hablar palabras de Dios. Para eso, tiene que estar lleno de Dios, de quien debe dar testimonio. No trasmite sus propios pensamientos o proyectos sino los de Dios. Su tarea es anunciar las palabras que le comunica quien lo envía, denunciar situaciones que están en contra del proyecto de vida de Dios, llamar al pueblo a la conversión. Esto tiene que realizar, aunque el pueblo no lo escuche ni le haga caso, como sucedió con Ezequiel y con Jesús.

Ezequiel fue enviado por Dios a los israelitas, el pueblo que había elegido como suyo. Aunque es su pueblo, Dios sabe que los israelitas se hicieron rebeldes, se sublevaron contra Él, sus padres lo traicionaron, sus hijos eran duros de cabeza y tercos. Dios le anuncia al profeta que quizá no le hagan caso, pero él debe realizar su misión aunque lo ignoren, lo rechacen o lo desprecien.

Lo mismo le pasó a Jesús, quien se identificó con los profetas por su misión y por la nula respuesta de sus paisanos, como escuchamos en el texto del evangelio. Se puso a enseñar en la sinagoga y la gente se quedó asombrada por las cosas que sabía, por su sabiduría y por el poder de hacer milagros. Reconocieron su sabiduría, pero no aceptaron sus enseñanzas. La razón estuvo en que era un carpintero, el hijo de María una mujer del pueblo, el hermano de Santiago, José, Judas, Simón y varias hermanas. Sabían que no había ido a la escuela, que no se había formado a los pies de algún escriba, que no era especialista en la Escritura. ¿Cómo podía saber y hacer tanto?

Allí fue donde Jesús se identificó con los profetas. Dijo que a un profeta se le recibe y se le hace caso en cualquier lugar, menos en su propia tierra, entre sus paisanos, familiares y conocidos. Así le anunció Dios a Ezequiel que le podría pasar. Es más fácil que a quien anuncia la Palabra se le haga caso en otro lado o se le escuche si tiene algún estudio o se ha especializado en la Biblia. Nuestros agentes de pastoral han experimentado el rechazo o las habladas por ser vecinos del barrio, por ser uno como los demás, por no tener mucho estudio –algunos ni siquiera terminaron la primaria–, por no saber leer o no poder expresarse.

Sin embargo, Jesús no se desanimó por eso y siguió adelante con la misión que Dios le encomendó. Sabía de lo que habían pasado muchos profetas antes que Él. Si en Nazaret no le hicieron caso, en otras partes sí; por eso se fue a enseñar la Palabra a otros pueblos. De todos modos curó a algunos enfermos. Esta reacción de Jesús sirve de ánimo para los agentes de pastoral de nuestras comunidades, que han sufrido el desprecio, el rechazo, las habladas. La misión la tenemos todos los bautizados, puesto que fuimos ungidos profetas, y estamos facultados para anunciar la Palabra de Dios. Entonces hay que seguirla realizando, seamos escuchados o no. Jesús nos anima.

Hoy nos alimentaremos de este mismo Jesús de manera sacramental. Con la fuerza que da este alimento podemos ir a realizar la misión de anunciar y hacer presente el Reino de Dios en nuestra comunidad y en la sociedad. Hay que ir a la misión como Jesús: llenos de Dios y con la conciencia de que podemos ser rechazados, cuestionados por nuestro origen o condición social, despreciados por ser uno del pueblo. No debemos dejar de realizar el servicio en la comunidad como profetas.

José Lorenzo Guzmán Jiménez

 

 

Este episodio en Nazaret, el pueblo de Jesús, da pie al famoso adágio de que “nadie es profeta en su tierra”. Evidentemente, la cosa tiene sus gloriosas excepciones, pero, en general, no desacierta mucho Jesús cuando enumera que el mayor rechazo del enviado de Dios se encuentra en su tierra, entre sus parientes y en su propia casa. Jesús enseña en la sinagoga. Llega unos días antes pero no ocurre nada hasta que el sábado se pone a enseñar -como maestro, como rabinoen la sinagoga de su pueblo. Son unos cuantos los que gritan, los que chillan y se oponen en voz alta a que Jesús siga enseñando allí. Pero los que no piensan así callan, permiten a los otros que impongan su voluntad, y el que calla se hace cómplice y partícipe tanto del engaño como de la injusticia que viene después. Esos que protestan contra Jesús no reconocen su autoridad. El hecho de que sea el hijo del carpintero, o el propio carpintero como dice San Marcos, lês impide a ellos ver a Jesús en el papel de maestro, en el rol del que enseña y tiene autoridad para ello. El hecho de haberle visto crecer desde pequeño, de haberle visto ganarse la vida en el taller de la carpintería crea ante sus paisanos una barrera que lês impide acercarse a la verdadera identidad de Jesús.

Esta referencia que contiene el primer evangelio en ponerse por escrito, nos muestra como Jesús llevó una vida completamente normal durante su infancia y juventud; incluso en la etapa adulta hasta que comenzó su misión tras la muerte de Juan. Claro que, en esas condiciones, no resultaría demasiado fácil aceptar que aquél que han visto a su lado cada día como uno más de ellos sea ahora maestro y rabí; es más: sea ahora el Hijo de Dios enviado, el Mesías. Muchas veces decimos que valoramos más lo ajeno que lo propio, lo de fuera que lo de casa. Así sucedió también con Jesús y fue una verdadera lástima para ellos no poder disfrutar de saber que el Mesías, el propio Dios se escondió entre ellos, vivió y creció entre ellos.

Jesús se extraña de su falta de fe y lo que puede obrar en otros lugares no puede obrarlo en su pueblo. “No pudo hacer ningún milagro” nos refiere el evangelista. Y utiliza la expresión “no pudo”. Es decir, la desconfianza y la falta de fe atan las manos de Jesús para su acción, la impiden directamente. Si sus paisanos se habían perdido ya ser conscientes del privilegio de tener entre ellos al Enviado de Dios, ahora se pierden los beneficios que sobre ellos puede llevar el propio Jesús. La curación de algunos enfermos, tal como se menciona, parece más bien un intento por suavizar la frustración del lector que alguna acción milagrosa en sí misma. Y quizá sea oportuno recordar aquí que los milagros no son juegos de magia ni siquiera intentos de demostrar la divinidad de Jesús; si su finalidad fuera esa demostración, ningún escenario más oportuno que el de su pueblo y la desconfianza de sus paisanos para hacer ver quién es em realidad. Pero no, los milagros no son eso; son, más bien, signos de la llegada o de la presencia del reino, de la novedad de Jesús, de los tiempos nuevos en los que se saborea y gusta la misericordia y el amor de Dios. Jesús no pudo hacer ningún milagro en Nazaret porque, realmente, para ellos no llegó el reino de Dios; lo tenían entre sus filas, pero lo rechazaron.

La fe, definitivamente, es confiar. La fe en Jesús es confiar en su palabra, o sea, creer que él es el Hijo de Dios y creer que su mensaje es la buena noticia que Dios trae para los pobres y los débiles. Esa situación que describe la buena noticia no es otra cosa que el reino de Dios. Quien acepta a Jesús ya está en el reino. Quien le rechaza, se ve privado de los beneficios del reino y de los efectos sanadores de la buena noticia. A esto es a lo que lleva la desconfianza.

 

 

Profeta en su pueblo

El ser humano se acostumbra a todo: tanto al bien como al mal.

La gente de Nazaret se acostumbró a la presencia de Jesús. Esto es lo que pasa a la gente vulgar que no es capaz de darse cuenta cuando tiene a una persona extraordinaria (cf. Evangelio de la misa: Mc. 6,16).

También a nosotros nos puede ocurrir que valoremos más a la gente con la que no hemos vivido. “Nadie es grande para su mayordomo” dice el refrán.

Jesús se queja de la falta de fe, que hace que no se descubra el paso del Señor por nuestra vida.

De todas formas siempre se nos dan oportunidades. Incluso la gente de Nazaret se dio cuenta de Jesús que hacía milagros, y de que hablaba con sabiduría, pero no lo valoraban, porque había vivido con él.

El Señor le dijo al profeta Ezequiel: Te hagan caso o no te hagan caso “sabrán que hubo un profeta en medio de ellos” (cf. primera lectura de la misa: Ez. 2,2-5).

Efectivamente de alguna forma nos damos cuenta de que algo pasa, pero sin fe resulta todo confuso, como les ocurrió a los de Nazaret, que se escandalizaban.

Hace falta tener los ojos puestos en el Señor (cf. salmo responsorial 122) para valorar a las personas y a los sucesos de nuestra vida. Y esto se consigue en la oración mental. El verano es un buen momento para ejercitarse: mirar a Dios y sentirse mirado por él.

Antonio Balsera Fernández