Retos que acompañan la vida de los evangelizadores

Ser llamados por Dios para colaborar en la construcción del Reino y anunciar el Evangelio es un regalo maravilloso, por el cual debemos dar infinitas gracias. Ahora bien, esta manifestación del amor de Dios implica responsabilidades muy grandes en cuanto a la fidelidad de lo que anunciamos y al testimonio de vida que debe acompañar el anuncio que hacemos.

Inspirándonos en la vida de Jesús, entendemos que se trata de una misión difícil, que tendrá que superar reacciones hostiles y que nos demandará grandes sacrificios.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre los retos que acompañan la vida de los evangelizadores. Estas reflexiones se iluminan con el testimonio del profeta Ezequiel, del apóstol Pablo y de Jesús. Los invito, entonces, a profundizar en estos testimonios para aprender lo que significa colaborar en la Misión de Dios.

Empecemos por el testimonio del profeta Ezequiel:

En primer lugar, el profeta es consciente de la misión que se le ha confiado: “A ellos (los israelitas) te envío para que les comuniques mis palabras”. Es importante que el evangelizador tenga muy claro que la iniciativa es de Dios; no se trata, pues, de un proyecto personal. Se trata de una responsabilidad que se asume con total disponibilidad. Lo que se le pide al evangelizador es comunicar la Palabra de Dios y ayudar a la comunidad para que discierna cuál es su voluntad.
Si la tarea del evangelizador es comunicar la Palabra de Dios, debe cultivar una profunda vida interior y convertirse en fiel oyente de esa Palabra que deberá transmitir con fidelidad.

En su testimonio, Ezequiel, se refiere a las condiciones negativas que se opondrán; no encontrará interlocutores abiertos, dispuestos a dejarse cuestionar por las palabras del profeta. Ezequiel no disimula los rasgos negativos de la comunidad a la que ha sido enviado: “Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha sublevado contra mí”, “ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy”, “sus hijos son testarudos y obstinados”. La tarea que espera a Ezequiel no será fácil, y Dios se lo hace saber desde el comienzo.

Esta claridad con que Ezequiel inicia su servicio deberá inspirar a los evangelizadores de todos los tiempos. Es importante estudiar las características de las comunidades donde se realizará el anuncio: sus rasgos culturales, sus creencias y prejuicios, las experiencias más significativas que han vivido. El anuncio de la Palabra exige una contextualización.

En su testimonio, Ezequiel hace una observación muy interesante: muchas veces son tales las limitaciones en este servicio, que lo único que se puede hacer es estar presentes. En los países en los que el Cristianismo está restringido en su libertad, por ejemplo, en los países musulmanes fundamentalistas o donde hay regímenes totalitarios, el testimonio de vida es el único instrumento para cumplir la misión; a este propósito, leemos en el profeta Ezequiel: “Y ellos, te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. En nuestros tiempos hay conmovedores testimonios de laicos y sacerdotes que, en situaciones de persecución, siembran la semilla de la fe mediante sus gestos de amor y de servicio desinteresado.

Vayamos ahora al testimonio del apóstol Pablo en su II Carta a los Corintios. Empieza por contar con sencillez los dones extraordinarios que Dios le ha concedido y la sublimidad de las revelaciones que ha tenido; a continuación, confiesa sus debilidades y la interpretación que él les da: “Para que yo no me llene de soberbia (…), llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme”.

¿Qué lectura hace de esa realidad? Nuestras miserias y limitaciones permiten que se manifieste en su esplendor el poder de Dios: “De buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Dios”.

En el relato del pecado original, se nos dice con claridad que la soberbia de querer ser como Dios fue lo que introdujo el pecado en el mundo. Con frecuencia, pretendemos atribuir a nuestros esfuerzos los resultados de la evangelización, olvidándonos de que somos simples instrumentos y todo depende de Dios, quien es el verdadero sembrador.

Pablo nos invita a confesar nuestros pecados y reconocer nuestras fragilidades: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

El evangelista Marcos nos narra la frustrante visita de Jesús a la tierra en la que había pasado su niñez y juventud. Allí se encontró con los vecinos. Y lo que hubiera podido ser un reencuentro cálido, lleno de afecto y admiración, se convirtió en hostilidad, cargada de prejuicios, lo que les impidió abrirse a las palabras de este profeta que había comenzado a recorrer los caminos de Tierra Santa.

Es frecuente que las personas más cercanas sean las más reacias a reconocer los valores de sus parientes y conocidos. Es la reacción de sus paisanos cuando Jesús los visitó: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”

Nos cuesta muchísimo reconocer las cualidades y valores de los demás, sobre todo cuando son cercanos. En gran parte, esta falta de objetividad se debe a la envidia.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical sobre los retos que acompañan la vida de los anunciadores del Evangelio: la hostilidad y prejuicios de las comunidades donde se ejerce el ministerio, y las propias debilidades y miserias. Reconozcamos con humildad que nosotros no somos protagonistas de la construcción del Reino; todo el protagonismo es de la gracia de Dios que se manifiesta en medio de nuestras debilidades. Lo expresa elocuentemente san Pablo: “Cuando soy más débil, soy más fuerte”.

 

 

1. Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre los obstáculos que se presentan al anuncio de la Palabra de Dios:

a. En la primera lectura, se nos narra la misión que Dios confía al profeta Ezequiel: “Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras”.

b. El profeta Ezequiel cumplió con su misión profética en unas condiciones difíciles, tal como lo habían vivido los profetas que lo precedieron y los que vendrían después de él. La historia del pueblo elegido siempre estuvo marcada por la tensión entre el Dios de la Alianza que exigía exclusividad y las conductas erráticas del pueblo, que muchas veces regresó a las viejas prácticas idolátricas y se apartó de la Ley del Señor. La relación de exclusividad, que era el núcleo de la alianza (“Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”) no siempre fue el criterio seguido por la comunidad en sus decisiones.

c. Por su parte, el evangelista Marcos nos describe la fría recepción que encontró Jesús cuando regresó a su tierra por parte de aquellos que lo habían conocido desde la infancia y tenían serios interrogantes sobre su misión; ellos comentaban: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”. Ante el escepticismo de los suyos, Jesús observa: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”.

2. No pensemos que el profeta Ezequiel y Jesús vivieron situaciones excepcionales de rechazo por parte de algunos sectores. Se trata de una experiencia que afecta a todas aquellas personas que desenmascaran los comportamientos negativos y anuncian la Palabra de Dios en medio de una sociedad que tiene intereses diametralmente opuestos.

3. ¿Cuáles son algunos de los aprendizajes de los que debemos tomar atenta nota para la acción evangelizadora de la Iglesia en nuestros tiempos?

a. En primer lugar, hay que conocer en profundidad la cultura en medio de la cual se proclama la Buena Noticia de la salvación, con sus valores y antivalores, sensibilidades y prejuicios. No es lo mismo anunciar a Jesús en un ambiente campesino que hacerlo en un barrio azotado por las pandillas juveniles.

b. En segundo lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia debe leer con atención los signos de los tiempos para pronunciar una palabra oportuna en un mundo en el que los escenarios políticos, económicos y culturales cambian rápidamente. Recordemos que hace unos pocos meses se respiraba una atmósfera de optimismo por el ritmo que llevaba la economía, que se expresaba en robustos indicadores de crecimiento; en este momento, ha cambiado bruscamente el contexto internacional y también se ha visto afectada la gobernabilidad del país. Todo esto impacta las condiciones de vida de los ciudadanos. La acción evangelizadora de la Iglesia debe estar conectada con los hechos cambiantes de la economía y la política; la Palabra de Dios no es un discurso abstracto y atemporal, sino que toca a seres humanos concretos. Es lamentable que muchos sacerdotes pronuncien homilías abstractas, impersonales, como si estuvieran delante de una asamblea de extraterrestres…

c. En tercer lugar, hay que recordar que el vehículo más eficaz de transmisión de la Palabra de salvación es el testimonio de vida de los seguidores de Jesús. El mensaje será creíble en la medida en que los fieles muestren la fuerza transformadora de sus principios y valores. Así lo comprendió la primera comunidad apostólica, que sorprendía a los paganos con su testimonio de amor y solidaridad.

d. En cuarto lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia se debe purificar de aquellas palabras y gestos que muestren arrogancia. El servicio sencillo y oportuno desarma todos los prejuicios. La escena del Lavatorio de los pies, en la Última Cena, debería ser fuente de inspiración para todos aquellos que ocupan posiciones destacadas dentro de la comunidad; con su ejemplo, el Maestro nos mostró que el liderazgo se ejerce sirviendo a los hermanos y no ejerciendo el poder.

4. Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre las dificultades que afronta la acción evangelizadora de la Iglesia. Aprendamos las lecciones del pasado: hay que conocer en profundidad la cultura en medio de la cual se proclama la Buena Nueva de Jesús; hay que estar atentos a las cambiantes condiciones de la sociedad para hacer un anuncio pertinente y que tenga sentido; el testimonio de vida es el medio más eficaz para mostrar la validez de una propuesta de vida; hay que dejar a un lado la arrogancia para prestar un servicio sencillo y oportuno.

Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

 

 

1. Sólo podemos conocer de verdad a las personas si superamos los prejuicios

Los prejuicios siempre constituyen un muro que impide reconocer la verdad de las personas. Para aquellos paisanos suyos, Jesús no podía ser más que el carpintero -o el hijo del carpintero, el hijo de José, como dicen respectivamente los textos paralelos de Mateo (13,53-58) y Lucas (4,16-30)-. Y el Evangelio según san Juan cuenta que uno de quienes iban a ser sus primeros discípulos, Natanael, también llamado Bartolomé, cuando oyó de qué lugar provenía Jesús, antes de conocerlo exclamó: “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”  (Juan 1,46)

Jesús era conocido también en su tierra como el hijo de María, y en los evangelios se habla de sus hermanos y hermanas. Esto es objeto de polémica entre las diversas interpretaciones cristianas de los textos bíblicos. Los protestantes en su mayoría niegan la virginidad de María, la madre de Jesús, y afirman que éste tuvo hermanos nacidos de ella y de José. Para los ortodoxos el término significa hermanastros o hermanos medios, nacidos de un matrimonio anterior de José, que cuando se casó con María era viudo. En la interpretación de la Iglesia Católica Romana, que proclama la virginidad de María antes, en y después del parto, el término hermanos -en griego adelphoi- se entiende como los primos, pues la palabra correspondiente a este tipo de parentesco no existe en arameo, la lengua en la que originalmente habló Jesús y predicaron los apóstoles, y a partir de la cual fueron escritas las versiones en griego de los evangelios que han llegado hasta nosotros.

Pero, más allá de esta discusión, es significativa la resistencia  muchos de los coterráneos de Jesús a creer en sus enseñanzas y milagros, precisamente porque lo habían visto crecer como miembro de una familia humilde. Es más, el Evangelio según san Juan se refiere a esta actitud de rechazo en un contexto mucho más amplio que el de Nazaret: el de quienes decían creer en el Dios verdadero y no acogieron su Palabra hecha carne en la persona de Jesús: Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron (Juan 1,11).

2. No es posible experimentar la acción sanadora de Jesús sin una actitud de fe

La frase de Jesús en el Evangelio de este domingo, con la cual se refiere a sí mismo como un profeta, ha dado origen a un famoso refrán popular: Nadie es profeta en su tierra. Los textos bíblicos aplican el término profeta a la persona llamada por Dios que habla y actúa por inspiración divina, y por eso es capaz no sólo de interpretar el sentido trascendente de las experiencias cotidianas, sino también de predecir los acontecimientos futuros. Con esta última capacidad se suele relacionar más comúnmente el término, pero en el Evangelio su significado es ante todo el primero: profeta es quien que ha sido llamado por Dios para hablar y actuar en su nombre, como en el siglo VI antes de Cristo lo fue por ejemplo Ezequiel, cuya vocación o llamamiento se narra en la primera lectura de este domingo: “Hijo de hombre, te envío donde los israelitas… Te escucharán o no te escucharan, pero sabrán que hay un profeta en medio de ellos” (Ezequiel 2,2-5).

Jesús es el profeta por excelencia, que no sólo habla en nombre de Dios -a quien se refiere como el Padre-, sino además es Dios mismo hablando en persona. Y como en tiempos de Jesús, también hoy surge la cuestión acerca de qué tipo de formación tuvo durante su infancia y su juventud. Resuena así la pregunta de sus paisanos: ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? A juzgar por los evangelios, Jesús no parece haber salido de Nazaret antes de cumplir sus 30 años de edad. Sin embargo, algunos estudiosos dicen que fue instruido en la comunidad religiosa de los Esenios, establecida en el desierto cerca de la desembocadura del río Jordán. Otros afirman que incluso estuvo en la India, donde aprendió las doctrinas hindúes y budistas. Todo esto es especulación. Pero lo más importante y que escapa a quienes se encierran en parámetros meramente humanos, es que en Jesús actuaba de manera especial el Espíritu Santo, lo cual iban a reconocer sus primeros discípulos gracias al don de la fe pascual después de su muerte y resurrección.

3. Sólo podemos recibir la fuerza de Cristo cuando reconocemos nuestra debilidad

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo, dice san Pablo en la segunda lectura (2 Corintios 12,7-10), refiriéndose a lo que él llama una espina que lleva clavada en su carne, entendida aquí la carne como la condición humana. Pablo no especifica cuál es esa espina. Podría tratarse de un problema inherente a su propia realidad personal, con el que tuvo que enfrentarse constantemente durante su vida y en el ejercicio de su apostolado. Pero lo que sí indica él es que esa debilidad lo lleva a reconocer humildemente la necesidad de la fuerza sanadora y salvadora del Señor, que le dice interiormente: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”.

Esas palabras son también hoy para nosotros. Todos tenemos limitaciones, deficiencias, defectos que forman parte de nuestra debilidad humana. Lo primero que debemos hacer al experimentar esta realidad es reconocer esta misma debilidad, aceptándonos como somos, pero no para destruir nuestra autoestima ni para quedarnos cruzados de brazos sin luchar por un mejoramiento continuo -como se dice hoy con referencia a los sistemas de calidad- sino para poner toda nuestra confianza en el poder del amor de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con cuya gracia podemos ciertamente superar nuestras deficiencias.

Gabriel Jaime Pérez S.J.

 

 

“¿Dónde aprendió este tantas cosas?”

Cuando Bogotá era apenas un pequeño villorrio en la extensa sabana verde y fértil que habitaron antiguamente los Muiscas, una joven de una familia muy adinerada decidió ingresar a una comunidad religiosa dedicada a la atención de ancianos y ancianas de escasos recursos. Después de haber hecho su noviciado con las Hermanitas de los pobres, alejada del mundanal ruido, la joven regresó a la ciudad que la había visto crecer y donde su familia era muy conocida en los círculos de la alta sociedad. Al poco tiempo recibió su primer destino; fue enviada a trabajar en un albergue muy pobre, ubicado al sur de la ciudad. Una de las tareas que debía cumplir semanalmente la nueva religiosa, era salir por las calles para pedir limosna, por el amor a Dios, a los transeúntes. Con estas ayudas se sostenía la labor que realizaban en el albergue.

Un sábado por la tarde, la hermanita salió con una compañera para cumplir con el deber de pedir limosna, recorriendo las principales calles de Bogotá. Cuando iban caminando por la carrera séptima, muy concurrida en aquellas épocas, la joven fue reconocida por un grupo de antiguos compañeros de colegio y de parranda. Los muchachos comenzaron a burlarse de las hermanitas. Uno de ellos, liderando el grupo, se adelantó para ofrecer una limosna, pero puso una condición... la joven religiosa debía darle un beso si quería recibir la ayuda para sus viejitos. La monjita, sin dudar un momento, se inclinó ante su antiguo amigo y le besó los pies ante la mirada atónita de los peatones que circulaban por el lugar. Después, erguida, como su dignidad, estiró la mano para recibir la dádiva prometida. El burlador, lleno de vergüenza, tuvo que cumplir lo que había prometido mientras sus compañeros se iban escabullendo con el rabo entre las piernas.

Nunca ha sido fácil predicar en la misma tierra que nos ha visto crecer. El mismo Jesús, cuando regresó a Nazaret comenzó a enseñar en la sinagoga y “la multitud, al oír a Jesús se preguntaba admirada: ¿Dónde aprendió éste tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?” Y san Marcos añade: “Por eso no quisieron hacerle caso. Pero Jesús les dijo: –En todas partes se honra a un profeta menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa”. Con razón, a pesar de estar entre los suyos, Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro, aparte de poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos. Y estaba asombrado porque aquella gente no creía en él”.

Predicar entre las personas conocidas es una tarea muy complicada. Sin embargo, estamos llamados a comenzar nuestra labor misionera por nuestra propia casa. Es allí donde se hace real el anuncio que tenemos que llevar al mundo. Predicar entre desconocidos es muy atractivo y suele brindarnos muchas satisfacciones. Todos lo hemos comprobado cuando vamos a un campamento misión, a una jornada de trabajo donde no nos conocen. Nos sentimos más libres, menos condicionados por nuestra historia personal, más protegidos de nuestro rabo de paja... Y esto hay que hacerlo, no faltaba más; pero comenzar por la propia casa nos ayuda a realizar nuestra labor desde la humildad y la sencillez del que se siente enviado y no dueño de la salvación. Como la hermanita de los pobres, a lo mejor nos toca humillarnos para recibir la respuesta que estamos esperando, porque sabemos que no es para nosotros, sino para el Señor.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

Se han escuchado en estos días no pocas reacciones contra la encíclica sobre la Ecología del Papa Francisco LAUDATE SI, Alabado seas. Y la razón es muy sencilla: porque tocó los bolsillos, las chequeras de los grandes dueños de empresas que más están contaminando el medio ambiente.

Este hecho nos recuerda las frases de Ezequiel en la primera lectura: “Yo te envío a los israelitas, a ese pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí lo mismo que sus antepasados… te envío a esos hijos que tienen el corazón duro como una piedra” (Ezequiel 2,3-4).

El Papa reprocha a los hijos que tienen duro el corazón como una piedra, cuando está hablando ya desde el capítulo 1, titulado LO QUE ESTÁ PASANDO EN NUESTRA CASA. Somos todos, pero en especial los hijos del Capitalismo Salvaje, quienes están deteriorando la vida del planeta, al que llama con razón, la casa de todos, cristianos y no cristianos.

El Papa comienza señalando los males, los daños que le estamos causando a nuestra casa con el calentamiento global y la contaminación en especial del aire y del agua, con la pérdida de la biodiversidad, y con el deterioro de la calidad de vida humana y la decadencia social.

De un modo especial se queja de la debilidad de las reacciones frente a los dramas de tantas personas y poblaciones, en especial de las más pobres. Señala un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad, la falta de una cultura adecuada y la necesidad de cambiar el estilo de vida, de producción y consumo.

Estos fenómenos ya lo habíamos percibido en los Foros y en los Encuentros Mundiales, donde algunos países como Estados Unidos y China se han negado a comprometerse en serio.

Urge, por eso, también el Papa Francisco sobre la necesidad de crear un sistema normativo que asegure la protección de los ecosistemas. Todo esto pide un verdadero planteo ecológico para así “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (n. 48).

Valdría la pena conseguir y meditar esta encíclica que nos habla, entre otros aspectos, del Evangelio de la Creación, de la necesidad de repensar la orientación del mundo y que nos invita a tomar algunas líneas de orientación y de acción
Para todos, pero en especial para los padres y educadores, es válido el capítulo con que finaliza, en donde se nos anima a vivir una educación y espiritualidad ecológicas.

Valdría la pena conseguir un ejemplar de esta encíclica que se vende, entre otras partes, en las librerías cuyo patrón es San Pablo y que se preocupan por estos temas fundamentales, ofreciendo los libros de una manera sumamente económica.

Alejandro Londoño Posada, S.J.

 

 

En este 14º domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos pone a nuestra consideración, el rechazo que sufre Jesús por parte de la gente de Nazaret. Su paso por Nazaret fue doloroso para Jesús. La que era su comunidad, ahora ya no lo es. Algo ha cambiado. Los que antes lo acogían, ahora lo rechazan. Como veremos después, esta experiencia de rechazo llevó a Jesús a tomar una determinación y a cambiar su práctica.

Desde que has empezado a participar en comunidad, ¿ha cambiado algo en tu relación con la familia y con los amigos? La participación en comunidad ¿te ha servido para acoger y para tener más confianza en las personas, sobre todo en las personas más humildes y pobres?

Una división del texto para ayudar en su lectura

Marcos 6,1: la llegada de Jesús a Nazaret, su comunidad de origen.

Marcos 6,2-3: la reacción de la gente de Nazaret ante Jesús.

Marcos,6, 4: el modo cómo Jesús acoge la crítica.

Marcos 6,5-6: la falta de fe impide obrar milagros.

Contexto de ayer y de hoy

a) A lo largo de la páginas de su Evangelio, Marcos indica que la presencia y la acción de Jesús constituyen una fuente creciente de gozo para algunos y un motivo de rechazo para otros. Crece el conflicto, aparece el misterio de Dios que acoge a la persona de Jesús. Con el capítulo 6º, en la narración nos encontramos delante de una curva. La gente de Nazaret se cierra ante Jesús (Mc. 6,1-6). Y Jesús, ante esta postura de cierre de la gente de su comunidad, se abre a gentes de otras comunidades. Se dirige a la gente de la Galilea y envía a sus discípulos en misión, enseñando cómo debe ser la relación con las personas, de modo que sea verdadera relación comunitaria, que no excluya, como sucede entre la gente de Nazaret (Mc. 6,7-13)

b) Cuando Marcos escribe su Evangelio, las comunidades cristianas viven una situación difícil, sin horizontes. Humanamente hablando no había futuro para ellos. La descripción del conflicto que Jesús vive en Nazaret y el envío de los discípulos, que alarga la misión, las vuelve creativas. Para aquéllos que creen en Jesús no se puede estar en una situación sin horizontes.

Comentarios del texto

Marcos 6,1-3: reacción de la gente de Nazaret ante Jesús.

Es siempre bueno regresar a nuestra tierra. Después de una larga ausencia, también Jesús regresa y, como de costumbre, en el día de sábado va a una reunión de la comunidad. Jesús no era el coordinador, pero sin embargo tomó la palabra.. Signo de que las personas podían participar y expresar su opinión. Pero a la gente no le gustó las palabras expresadas por Jesús y quedó escandalizada. Jesús, por ellos conocido desde niño ¿cómo había cambiado tanto? La gente de Cafarnaún había aceptado la enseñanza de Jesús (Mc. 1,22), pero la gente de Nazaret había quedado escandalizada y no lo había aceptado. ¿Cuál es el motivo de este rechazo? “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” No aceptaban el misterio de Dios presente en una persona tan común como ellos. ¡Para poder hablar de Dios debería ser diverso de ellos!

La acogida para Jesús no fue buena. Las personas que hubieran debido ser las primeras en aceptar la Buena Nueva, son precisamente las primeras en no aceptarla. El conflicto no es sólo, por tanto, con los de fuera, sino también con los parientes y con la gente de Nazaret. Ellos no aceptan, porque no consiguen entender el misterio que rodea a la persona de Jesús: “¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos prodigios hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no están aquí con nosotros?” Y no consiguen creer.

La expresión “hermanos de Jesús” causa mucha polémica entre católicos y protestantes. Basándose en éste y otros textos, los protestantes dicen que Jesús tuvo muchos hermanos y hermanas y que María tuvo más hijos. Nosotros los católicos decimos que María no tuvo otros hijos. ¿Qué pensar de todo esto? En primer lugar, las dos posiciones, sea la de los católicos como la de los protestantes, sacan el argumento de la Biblia y de la antigua Tradición de sus respectivas Iglesias. Por esto no conviene discutir estas cuestiones con argumentos racionales, fruto de nuestras ideas. Se trata de convicciones profundas, que tienen que ver con la fe y el sentimiento de la gente. El argumento sostenido sólo por ideas no consigue deshacer una convicción de la fe que encuentra sus raíces en el corazón. Sólo irrita y desasosiega. Pero aunque no se esté de acuerdo con la opinión del otro, debo sin embargo respetarla. En segundo lugar, en vez de discutir sobre los textos, nosotros todos, católicos y protestantes, debemos unirnos mucho más para luchar en defensa de la vida, creada por Dios, vida tan ultrajada por la pobreza, la injusticia, por la falta de fe. Debemos recordar otras frases de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). “Para que todos sean una misma cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17,21). “No se lo prohibáis. Quien no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc. 9,39-40).

Marcos 6,4-6ª: reacción de Jesús ante el comportamiento de la gente de Nazaret.

Jesús sabe muy bien que el “santo de la casa no hace milagros” Y dice: “¡Un profeta no es despreciado más que en su propia patria, entre sus parientes y en su casa!” En efecto, allí donde no hay aceptación de la fe, la gente no puede hacer nada. El prejuicio lo impide. Jesús, aún queriéndolo, no pudo hacer nada y permanece atónito ante la falta de fe de aquellos paisanos.

Informaciones sobre el Evangelio de Marcos

Este año la liturgia nos presenta de modo particular el Evangelio de Marcos. Por esto vale la pena dar algunas informaciones que nos ayuden a descubrir mejor el mensaje que Marcos nos quiere comunicar.

● El diseño del rostro de Dios en la pared del Evangelio de Marcos

Jesús murió alrededor del año treinta y tres. Cuando Marcos escribe su Evangelio en torno a los años setenta, las comunidades cristianas vivían ya dispersas por el Imperio Romano. Algunos dicen que Marcos escribió para las comunidades de Italia. Otros dicen que lo hizo para las de Siria. Difícil es saberlo con certeza. De todas maneras, una cosa es cierta. No faltaban los problemas: el Imperio Romano perseguía a los cristianos, en las comunidades se infiltraba propagandas del Imperio, los judíos de la Palestina se rebelaban contra la invasión romana. Existían tensiones internas debidas a diversas tendencias, doctrinas, jefes…

Marcos escribe su evangelio para ayudar a las comunidades a encontrar respuesta a estos problemas y preocupaciones. Recoge varios episodios y palabras de Jesús y los une entre sí como ladrillos de una pared. Los ladrillos son ya antiguos y conocidos. Vienen de las comunidades donde se han transmitido oralmente en reuniones y celebraciones. El diseño formado por los ladrillos era nuevo. Venía de Marcos, de su experiencia de Jesús. Él quería que las comunidades, leyendo lo que Jesús hizo y dijo, encontrasen repuesta a estas preguntas: ¿Quién es Jesús para nosotros y qué somos nosotros para Jesús? ¿Cómo ser su discípulo? ¿Cómo anunciar la Buena Nueva de Dios, que Él nos ha revelado? ¿Cómo recorrer el camino por Él trazado?

● Tres claves para entender las divisiones en el Evangelio de Marcos:

1ª Clave: El Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído y escuchado en comunidad. Cuando se lee un libro en soledad, se puede siempre volver hacia atrás, para unir una cosa con la otra, pero cuando se lee en comunidad y está una persona delante de nosotros leyendo el Evangelio, no es posible decir: “¡Párate! Lee otra vez. No lo he entendido bien!” Como veremos, un libro escrito para ser escuchado en las celebraciones comunitarias tiene un modo diverso de dividir el tema respecto a otro libro para ser leído estando a solas.

2ª Clave: El Evangelio de Marcos es una narración. Una narración es como un río. Atravesando el río en barca, no se da uno cuenta de la división en las aguas. El río no tiene divisiones. Está constituido por un solo fluir, del principio hasta el fin. En el río, las divisiones se hacen desde la orilla. Por ejemplo se dice: “¡Qué bella parte del río es la que va desde aquella casa hasta la curva donde se encuentra la palmera, tres curvas después!” Pero en el agua no se ve ninguna división. La narración de Marcos fluye como un río. Sus divisiones, aquéllos que escuchan las encuentran en las márgenes, como si se dijera, en los lugares por donde Jesús pasaba, en la geografía, en las personas que encuentra, a lo largo de los caminos que recorre. Estas indicaciones al margen ayudan al lector a caminar con Jesús, paso a paso, de la Galilea hasta Jerusalén, del lago al Calvario.

3ª Clave: El evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído de una sola vez. Así hacían los judíos con los libros breves del Antiguo Testamento. Algunos entendidos afirman que el Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído, todo entero, en el curso de la larga vigilia de la noche de Pascua. Por eso, a fin de que las personas que escuchaban no se cansaran, la lectura debía ser dividida y tener algunas pausas. Además, cuando una narración es larga, como la del Evangelio de Marcos, su lectura debe ser interrumpida a cada paso. En ciertos momentos se necesita una pausa, de otro modo los oyentes se pierden. Estas pausas ya estaban previstas por el mismo autor de la narración. Y se hacía entre dos lecturas largas dando algunos resúmenes previos. Prácticamente como sucede en la televisión. Todos los días, al comienzo de la telenovela se repiten algunas escenas de la transmisión precedente. Cuando termina, se presentan algunas escenas del día siguiente. Estos resúmenes son como los ejes o bisagras que unen lo que se ha leído con lo que se va a leer. Permiten pararse y comenzar de nuevo, sin interrumpir ni alterar la secuencia de la narración. Ayudan a quien escucha a colocarse en el río de la narración que fluye. En el Evangelio de Marcos hay varios resúmenes de este tipo o pausas, que nos permiten descubrir y seguir el hilo de la Buena Noticia de Dios que Jesús nos ha revelado y que Marcos nos cuenta. En total se trata de siete bloques o lecturas más largas intercaladas de pequeños resúmenes o bisagras donde es posible hacer una pausas.

● Una división del Evangelio de Marcos

He aquí a continuación una posible división del Evangelio de Marcos. Otros lo dividen de diverso modo. Lo importante de una división es que abra una de las muchas ventanas al interior del texto y nos ayude a descubrir la ruta del camino que Jesús abrió para nosotros en dirección hacia el padre y los hermanos.

Mc. 1,1-13 Comienzo de la Buena Nueva

Preparar el anuncio

1ª Lectura

 Mc 1,14-15 pausa, resumen, bisagra

 Mc 1,16-3,16 Crece la Buena Nueva

Se presenta el conflicto

2ª lectura

 Mc 3,7-12 pausa, resumen, bisagra

 Mc 3,13-6,6 Crece el conflicto

Aparece el mistério

3ª lectura

 Mc 6,7-13 pausa, resumen, bisagra

 Mc 6,14-8,21 Crece el mistério

No se entiende

4ª lectura

 Mc 8,22-26 pausa, resumen, bisagra

 Mc 8,27-10,45 Se sigue sin entender

Aparece la luz oscura de la Cruz

5ª lectura

 Mc. 10,46-52 pausa, resumen, bisagra

 Mc. 11,1-13,32 Crece la luz oscura de la luz

Aparece la rotura y la muerte

6ª lectura

 Mc. 13,33-37 pausa, resumen, bisagra

Mc. 14,1-15,39 Crecen la rotura y la muerte

Aparece la victoria sobre la muerte

7ª lectura

 Mc. 15,40-41pausa, resumen, bisagra

 Mc. 15,42-16,20 Aumenta la victoria sobre la muerte

Reaparece la Buena Nueva

8ª lectura

Mc. 16,9-20

En esta división los títulos son importantes. Indican el camino del Espíritu, de la inspiración, que recorre el Evangelio del principio hasta el fin. Cuando un artista tiene una inspiración trata de expresarla en una obra de arte. La inspiración es como una fuerza eléctrica que corre invisible a través del hilo y enciende la lámpara de nuestras casas. Así también la inspiración corre invisible a través de las letras de la poesía o las formas de las pinturas para revelar y encender en nosotros una luz semejante o casi semejante a la que brilló en el alma del artista. Por esto las obras artísticas atraen y asombran a las personas. Lo mismo sucede cuando leemos y meditamos el Evangelio de Marcos. El mismo Espíritu o Inspiración que llevó a Marcos a escribir el texto, continúa estando presente en las palabras de su Evangelio. Mediante una lectura atenta y orante, este Espíritu entra en acción y comienza a obrar en nosotros. Y así, poco a poco, descubrimos el rostro de Dios que se ha revelado en Jesús y que Marcos nos comunica en su libro.

 

Marcos 6,1-3: Reacción de la gente de Nazaret ante Jesús

Es siempre bueno regresar a nuestra tierra. Después de una larga ausencia, también Jesús regresa y, como de costumbre, en el día de sábado va a una reunión de la comunidad. Jesús no era el coordinador, pero sin embargo tomó la palabra.. Signo de que las personas podían participar y expresar su opinión. Pero a la gente no le gustó las palabras expresadas por Jesús y quedó escandalizada. Jesús, por ellos conocido desde niño ¿cómo había cambiado tanto? La gente de Cafarnaún había aceptado la enseñanza de Jesús (Mc. 1,22), pero la gente de Nazaret había quedado escandalizada y no lo había aceptado. ¿Cuál es el motivo de este rechazo? “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” No aceptaban el misterio de Dios presente en una persona tan común como ellos. ¡Para poder hablar de Dios debería ser diverso de ellos!

La acogida para Jesús no fue buena. Las personas que hubieran debido ser las primeras en aceptar la Buena Nueva, son precisamente las primeras en no aceptarla. El conflicto no es sólo, por tanto, con los de fuera, sino también con los parientes y con la gente de Nazaret. Ellos no aceptan, porque no consiguen entender el misterio que rodea a la persona de Jesús: “¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos prodigios hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no están aquí con nosotros?” Y no consiguen creer.

La expresión “hermanos de Jesús” causa mucha polémica entre católicos y protestantes. Basándose en éste y otros textos, los protestantes dicen que Jesús tuvo muchos hermanos y hermanas y que María tuvo más hijos. Nosotros los católicos decimos que María no tuvo otros hijos. ¿Qué pensar de todo esto? En primer lugar, las dos posiciones, sea la de los católicos como la de los protestantes, sacan el argumento de la Biblia y de la antigua Tradición de sus respectivas Iglesias. Por esto no conviene discutir estas cuestiones con argumentos racionales, fruto de nuestras ideas. Se trata de convicciones profundas, que tienen que ver con la fe y el sentimiento de la gente. El argumento sostenido sólo por ideas no consigue deshacer una convicción de la fe que encuentra sus raíces en el corazón. Sólo irrita y desasosiega. Pero aunque no se esté de acuerdo con la opinión del otro, debo sin embargo respetarla. En segundo lugar, en vez de discutir sobre los textos, nosotros todos, católicos y protestantes, debemos unirnos mucho más para luchar en defensa de la vida, creada por Dios, vida tan ultrajada por la pobreza, la injusticia, por la falta de fe. Debemos recordar otras frases de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). “Para que todos sean una misma cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17,21). “No se lo prohibáis. Quien no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc. 9,39-40).

Marcos 6,4-6ª. Reacción de Jesús ante el comportamiento de la gente de Nazaret

Jesús sabe muy bien que el “santo de la casa no hace milagros” Y dice: “¡Un profeta no es despreciado más que en su propia patria, entre sus parientes y en su casa!” En efecto, allí donde no hay aceptación de la fe, la gente no puede hacer nada. El prejuicio lo impide. Jesús, aún queriéndolo, no pudo hacer nada y permanece atónito ante la falta de fe de aquellos paisanos.

 

 

Te basta mi gracia

I. En la Segunda lectura (1) de la misa nos muestra san Pablo su profunda humildad. Después de hablar a los de Corinto de sus trabajos por Cristo y de las visiones y revelaciones del Señor, les declara también su debilidad: para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me engría.

No sabemos con seguridad a qué se refiere San Pablo cuando habla de este aguijón de la carne. Algunos Padres (san Agustín) piensan que se trata de una enfermedad física particularmente dolorosa; otros (San Juan Crisóstomo) creen que se refiere a las tribulaciones que le causan las continuas persecuciones de que es objeto; y algunos (San Gregorio Magno) opinan que se refiere a tentaciones especialmente difíciles de rechazar (2). De todas formas, es algo que humilla al Apóstol, que entorpece en cierto modo su tarea de Evangelizador.

San Pablo había pedido al Señor por tres veces que apartara de él ese obstáculo. Y recibió esta sublime respuesta: Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza. Para superar esa dificultad le basta la ayuda de Dios, y sirve además para poner de manifiesto el poder divino que le permite superarla. Al contar con la ayuda de Dios es más fuerte, y esto le hace exclamar: por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte. En nuestra debilidad experimentamos constantemente la necesidad de acudir a Dios y a la fortaleza que de Él nos viene. ¡Cuántas veces nos ha dicho el Señor en la intimidad de nuestro corazón: Te basta mi gracia, tienes mi ayuda para vencer en las pruebas y dificultades!

Alguna vez quizá experimentemos de modo especialmente vivo la soledad, la flaqueza o la tribulación: «Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia» (3).

Las mismas debilidades y flaquezas se pueden convertir en un bien mayor. Santo Tomás de Aquino, al comentar este pasaje, explica que Dios puede permitir en ocasiones ciertos males de orden físico o moral para obtener bienes más grandes y más necesarios4. Nunca nos dejará el Señor en medio de las pruebas. Nuestra misma debilidad nos ayuda a confiar más, a buscar con más presteza el refugio divino, a pedir más fuerzas, a ser más humildes: «¡Señor!, no te fíes de mí. Yo sí que me fío de Ti. Y al barruntar en nuestra alma el amor, la compasión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, porque Él no nos abandona, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur (2Cor. 12,9); con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias –mejor con nuestras miserias–, seremos fieles a nuestro Padre Dios; brillará el poder divino, sosteniéndonos en medio de nuestra flaqueza» (5).

II. Me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee... Parece como si San Pablo sintiera aquí de una manera muy viva sus limitaciones, junto a las ocasiones en las que ha contemplado la grandeza de Dios y de su misión de Apóstol. También nosotros algunas veces hemos entrevisto en la vida «metas generosas, metas de sinceridad, metas de perseverancia.... y, sin embargo, tenemos como metida en el alma, como en lo más hondo de lo que somos, una especie de raíz de debilidad, de falta de fuerza, de oscura impotencia... y esto algunas veces nos tiene tristes y decimos: no puedo»6. Vemos lo que el Señor espera de nosotros en esa situación o en aquellas circunstancias, pero quizá nos encontramos débiles y cansados ante las pruebas y dificultades que debemos superar: «La inteligencia –iluminada por la fe– te muestra claramente no solo el camino, sino la diferencia entre la manera heroica y la estúpida de recorrerlo. Sobre todo, te pone delante la grandeza y la hermosura divina de las empresas que la Trinidad deja en nuestras manos.

»El sentimiento, en cambio, se apega a todo lo que desprecias, incluso mientras lo consideras despreciable. Parece como si mil menudencias estuvieran esperando cualquier oportunidad, y tan pronto como –por cansancio físico o por pérdida de visión sobrenatural– tu pobre voluntad se debilita, esas pequeñeces se agolpan y se agitan en tu imaginación, hasta formar una montaña que te agobia y te desalienta: las asperezas del trabajo; la resistencia a obedecer; la falta de medios; las luces de bengala de una vida regalada; pequeñas y grandes tentaciones repugnantes; ramalazos de sensiblería; la fatiga; el sabor amargo de la mediocridad espiritual... Y, a veces, también el miedo: miedo porque sabes que Dios te quiere santo y no lo eres.

»Permíteme que te hable con crudeza. Te sobran “motivos” para volver la cara, y te faltan arrestos para corresponder a la gracia que Él te concede, porque te ha llamado a ser otro Cristo, “ipse Christus!” —el mismo Cristo. Te has olvidado de la amonestación del Señor al Apóstol: “¡te basta mi gracia!”, que es una confirmación de que, si quieres, puedes» (7).

Te basta mi gracia. Son palabras que hoy el Señor dirige a cada uno de nosotros para que nos llenemos de fortaleza y de esperanza ante las pruebas que tengamos delante. Nuestra misma debilidad nos servirá para gozarnos en el poder de Cristo, nos enseñará a amar y sentir la necesidad de estar siempre muy cerca de Jesús. Las mismas derrotas, los proyectos incumplidos nos llevarán a exclamar: Cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque Cristo está conmigo.

Cuando la tentación o los contratiempos o el cansancio se hagan mayores, el demonio tratará de insinuarnos la desconfianza, el desánimo, el descamino. Por eso, hoy debemos aprender la lección que nos da San Pablo: Cristo está entonces especialmente presente con su ayuda; basta que acudamos a Él. Y también podremos decir con el Apóstol: Con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en la persecuciones y angustias, por Cristo...

III. Sería temerario desear la tentación o provocarla, pero sería un error el temerla, como si el Señor no nos fuera a proporcionar su asistencia para vencerla. Podemos aplicarnos confiadamente las palabras del Salmo: Te enviará a su ángeles para que te guarden en todos tus caminos, / y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras. / Pisarás sobre áspides y víboras, y hollarás al león y al dragón. / Porque me amó, Yo le salvaré; Yo le defenderé porque confesó mi nombre. / Me invocará y Yo le oiré, estaré con él en la tribulación, le sacaré y le honraré. / Le saciaré de días y le daré a ver mi salvación (8).

Pero, a la vez, el Señor nos pide prevenir la tentación y poner todos los medios a nuestro alcance para vencerla: la oración y mortificaciones voluntarias; huir de las ocasiones de pecado, pues el que ama el peligro perecerá en él (9); llevar una vida laboriosa de trabajo continuo, cumpliendo ejemplarmente los deberes profesionales y cambiando de actividad en el descanso; fomentar un gran horror a todo pecado, por pequeño que parezca; y, sobre todo, esforzándonos por aumentar en nosotros el amor a Cristo y a Santa María.

Combatimos con eficacia abriendo el alma en la dirección espiritual cuando comienza a insinuarse la tentación de la infidelidad, «pues manifestarla es ya casi vencerla. El que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede estar seguro de que Dios otorga a este la gracia necesaria para dirigirle bien (...).

»No creamos nunca que la tentación se combate poniéndonos a discutir con ella, ni siquiera afrontándola directamente (...). Apenas se presente, apartemos de ella la mirada para dirigirla al Señor que vive dentro de nosotros y combate a nuestro lado, que ha vencido el pecado; abracémonos a Él en un acto de humilde sumisión a su voluntad, de aceptación de esa cruz de la tentación (...), de confianza en Él y de fe en su proximidad, de súplica para que nos transmita su fuerza. De este modo la tentación nos conducirá a la oración, a la unión con Dios y con Cristo: no será una pérdida, sino una ganancia. Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman (Rm. 8,28)» (10).

De las pruebas, tribulaciones y tentaciones podemos sacar mucho provecho, pues en ellas demostraremos al Señor que le necesitamos y que le amamos. Nos encenderán en el amor y aumentarán las virtudes, pues no solo vuela el ave por el impulso de sus alas, sino también por la resistencia del aire: de alguna manera, necesitamos obstáculos y contrariedades para que crezca nuestro amor. Cuanto mayor sea la resistencia del ambiente o de las propias flaquezas para ir adelante en el camino, más ayudas y gracias nos dará Dios. Y Nuestra Madre del Cielo estará siempre muy cerca en esos momentos de mayor necesidad: no dejemos de acudir a su protección maternal.

padre Francisco Fernández Carvajal

1. 2Cor. 12, 7-10.

2. Cf. Sagrada Biblia, vol. VII, Epístolas de San Pablo a los Corintios, EUNSA, Pamplona 1984, in loc.

3. San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, Rialp, Madrid 1981, XII, n. 2.

4. Santo Tomás. Comentario a la Segunda Carta a los Corintios, in loc.

5. San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 194.

6. A. García Dorronsoro, Apuntes de esperanza, Rialp, Madrid 1974, p. 123.

7. San Josemaría Escrivá, Surco, n. 166.

8. Sl. 90,11 ss.

9. Eclo. 3,27.

10. B. Baur, En la intimidad con Dios, Barcelona 1975, pp. 121-122.

 

 

«Cuando soy débil, entonces soy fuerte»

Se resistían a creer los habitantes de Nazaret. Sus mismos paisanos desconfiaron de Jesús. La conocían desde niño; le habían visto crecer entre los otros muchachos del pueblo. La mayoría de cuantos ahora le oían en la Sinagoga, como maestro y profeta, le habían tratado personalmente. No se lo podían explicar. “La multitud que le oía, se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?...”Padecieron escándalo en Jesucristo los que deberían haber creído los primeros. Tropezaron con la piedra. Pera ellos la dificultad estaba en compaginar aquella sabiduría y poder de Dios, que se manifestaban en Jesús, con la sencillez, la rudeza y la incultura de un carpintero de pueblo. No lo podían imaginar. No contaban con esa ley, que preside desde el comienzo la obra de la salvación. Desde que el Señor puso en marcha su obra salvadora, siempre el mismo principio: "La fuerza se realiza en la debilidad". San Pablo nos lo recuerda hoy en la segunda lectura.

La aceptación del Misterio de Dios en Cristo Jesús, amados hermanos, es asunto de fe; no de experiencia sensible, ni fruto de razonamientos a lo humano. Aquí, para movernos sin tropiezo, no podemos acudir a los criterios de los hombres; es necesario aceptar la Palabra de Dios sin condiciones. Jesús tropezó con la incredulidad en todas sus formas. Los fariseos, lo mismo que los herodianos, se le opusieron. Cuantos confiaban en el poder, el dinero, la política; los que estaban materializados y se arrimaban al sol que más calienta, despreciaron a Jesús. Tampoco lo aceptó la religiosidad de los fariseos. Los piadosos de su tiempo, que daban importancia a los propios méritos y esfuerzo frente a la gracia de Dios y a la misericordia para con los pecadores, se opusieron a su predicación. Unos y otros se confabularon, al fin, para llevar a Jesús hasta la cruz.

Las gentes del pueblo, en principio, se entusiasmaron con la predicación de Jesús. Surgió la ilusión de todos, pensando que habían encontrado un libertador. Mas, cuando el Maestro empezó a insistir en aquello de la pobreza, la humildad, la abnegación, el desprendimiento, se fueron echando atrás. Los mismos discípulos tuvieron sus dificultades. “De Nazaret ¿puede salir algo bueno?” (Jn 1, 46). Se escandalizaron en él. Simón Pedro, que, iluminado por el Padre, hizo su hermosa confesión: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), se resistía a admitir un Mesías que hubiera de morir crucificado. No aceptaba que, del fracaso y la ruina ante sus enemigos, hubiera de salir la salvación. No lo entendía. Hubo de transcurrir tiempo. Sólo con la muerte y la resurrección de Jesucristo, empezó Pedro a ver claro. Fue entonces cuando aceptó la realidad: "Jesús es Señor".

¿Y nosotros, hermanos? ¿Aceptamos el Misterio de Dios en Jesucristo, el profeta de Nazaret, el carpintero?... Yo diría que nosotros lo aceptamos a medias. Sí, en principio no tenemos dificultad en confesar que Jesucristo es el Señor, el Hijo de Dios. Mantenemos que fue crucificado, muerto y sepultado; que descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos y subió al cielo, donde está sentado a la derecha de Dios. Incluso admitimos esa ley de que "la fuerza se manifiesta en la debilidad” en cuanto se refiere a la persona de Jesús, pero no la aceptamos, al menos claramente, en lo que se refiere a nosotros mismos.

La fe nos ha hecho dar un primer paso. Mas debemos tener en cuenta que no se trata sólo de empezar, sino de recorrer todo el camino en unión con Jesucristo. Se trata de aceptarlo en nuestra propia vida, de manera constante y hasta el fin. Aceptando que Jesús alcanzó la salvación para todos con su entrega a la muerte, acaso no entendemos cómo una Iglesia perseguida, pobre, desasida de todo poder, de toda fuerza, de todo valor de este mundo, puede triunfar con Jesucristo y llevar adelante su obra de salvación.

El ejemplo de San Pablo a este respecto es sumamente aleccionador. El aceptó a Jesús cuando éste se le mostró en el camino. El mérito de San Pablo está en que aceptó este destino y esta ley. Lo aceptó en Jesucristo. También en su propia vida. Vivió su experiencia generosamente. "Por eso vivo contento en mis debilidades. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte".

Radio Vaticano

 

 

La Sagrada Escritura insiste, una y otra vez, que Jesús no fue recibido entre los suyos: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”. Por otra parte, cada uno de los cuatro evangelios tiene algunas características propias, peculiares. Y una característica peculiar del evangelio de Marcos es la repetida pregunta que se hace diversa gente ante Jesús: ¿Quién es este? ¿De dónde le viene esta sabiduría y esta fuerza? Y lo curioso es que –según Marcos– Jesús prácticamente no responde a la pregunta. Como si quisiera decir: Sólo el que me sigue, el que va conociendo y amando, hallará –en el fondo de su ser– la respuesta.

Hoy hemos escuchado cómo la pregunta surge allí donde más conocían a Jesús; en su tierra, en su pueblo, entre los hombres y mujeres que habían convivido con Él, le habían tratado como carpintero y conocían a toda su familia. Más aún: La pregunta surge entre el que podríamos llamar el sector más practicante, más religioso de su pueblo (los que iban el sábado a la sinagoga para la reunión semanal).

Notemos que en la reacción de aquella gente hay como dos pasos. El primero es de reconocimiento asombrado de la sabiduría con que habla ahora Jesús, de constatación sorprendida de la fuerza milagrosa de sus manos. Desde que Jesús ha dejado su pueblo, las noticias que llegan de las poblaciones vecinas, de toda Galilea, hablan de estas sorprendentes maravillas. Quizá algunos de Nazaret han sido testigos de ello en Cafarnaún, en Tiberiades. En una palabra: No niegan los hechos.

Pero –segundo paso– ante estos hechos, desconfían ¿por qué? Porque Jesús es uno de los suyos. Y lo que no pueden admitir –a pesar de la fuerza de las palabras y de los hechos– es que Dios actúe y se manifieste a través de un hombre que es uno de ellos. Quizá si hubiera venido de lejos, si hubiera sido un sabio con títulos o un hombre con misteriosos poderes... pero no uno de ellos: El carpintero, el hijo de María, el vecino y compañero de toda la vida.

¿Quién es Jesús para ti y para mi? ¿Cuánto lo has conocido? ¿Qué tanto has permitido que entre en tu existencia y defina tu estilo de vivir y de comportarte? ¿Qué tanto has permitido que modifique tu modo de pensar, tus gustos y tus decisiones?

La primera lectura nos presenta a un pueblo “testarudo” que, ante las dificultades, ha olvidado las grandes muestras de amor que Dios ha tenido para con él, y ahora no quiere prestar oído a sus palabras. Es un pueblo que no ha sabido enfrentar las dificultades con madurez y piensa que si ha sufrido es porque Dios lo ha abandonado.

El pueblo de Dios no se deja educar con las situaciones que implican sufrimiento deseando que todo en su vida le resulte a su manera. Se ha olvidado que el hombre fiel a Dios, el profeta, no busca que las cosas resulten a su manera, sino que siempre busca hacer en todo la voluntad de su Señor, y las dificultades de la vida son ocasión para aferrarse más a Dios, y no motivos para derrumbarse en la fe.

El evangelio nos permite ver una escena en la vida de Jesús cuando va a su aldea natal. Sus vecinos lo escuchan con asombro pero con incredulidad, “¿dónde aprendió?” se preguntan. No quieren ver lo extraordinario de ese hombre que antes sólo parecía uno de ellos, y ahora se presenta con un mensaje y un estilo de vida que les deja sorprendidos, su incredulidad les hace poner una barrera y, lejos de emprender un nuevo estilo de vida a partir de la propuesta del Señor, se contentan con decir ¿no es este el hijo del carpintero? No cayeron en la cuenta de que Jesús sólo sabían ciertas cosas, por ejemplo, quien era su familia, quienes eran sus parientes y cual había sido su oficio; sin embargo, efectivamente no lo habían conocido y ahora no aceptan que les dé una palabra distinta y les proponga un cambio en su existencia.

A nosotros nos puede pasar que nos engañemos creyendo conocer a quien llamamos “nuestro Señor”, cuando en realidad no hemos tenido un verdadero encuentro personal con él, que nos permita encontrarle el sentido a nuestra existencia y emprendamos estilos nuevos, maduros y creativos de afrontar la vida.

La segunda lectura nos hace conocer a un hombre para quien Jesús no fue un simple carpintero. Un hombre que empeñó toda su existencia al conocer a Jesucristo, la empeñó en su transformación y la dedicó a anunciarlo entre los más alejados. Este hombre es Pablo, quien fue probado muchas veces por el sufrimiento, pero sabía que el sufrimiento le daba la oportunidad de ser más fuerte cada día, de esa manera, lejos de lamentarse de sus problemas, se goza en decir que su fuerza no reside en él mismo sino que le viene de la gracia de Jesús.

Así como se presentó en Nazaret, Jesús nos dirige hoy su palabra y nos reta a conocerlo a profundidad, a transformar nuestra vida y a hacernos fuertes en medio de los sufrimientos. Asimismo nos propone que nos encontremos con él nuevamente por primera vez, de tal manera que no sólo digamos que lo conocemos, sino que nuestro modo de vivir lo demuestre.

También nosotros somos un pueblo “testarudo” y obstinado, como lo era el pueblo de Israel. Muy probablemente no haremos caso del profeta porque somos un pueblo rebelde que no quiere aprender de la historia. Pero mientras haya pobres entre nosotros sabremos que Dios sigue gritando proféticamente. Tal vez no hagamos caso, pero al menos sabremos que, los profetas entre nosotros están dispuestos a darnos la lata, como Ezequiel entre los suyos, Jesús de Nazaret y los pobres entre nosotros.

padre Antonio Díaz Tortajada

 

 

Luego de haber celebrado la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, proseguimos con las lecturas del ciclo ordinario las cuales nos ayudan a vivir como creyentes la vida cristiana, porque no solamente estamos llamados a decir que se es creyente sino a ser otros Cristo en nuestras actitudes en la vida diaria. Por ello el Papa Benedicto XVI nos dice: «…así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva…» (Deus caritas est, 1).

Comentando la primera lectura, podemos decir que la vida de los profetas según el Antiguo Testamento se presenta frecuentemente como signo de contradicción. Los profetas son objeto constante de escándalo, juicio y desprecio por parte de su propio pueblo, porque en torno al profeta estará un pueblo obstinado y pecador. Es ejemplar la vida del profeta Ezequiel a quien hoy la liturgia propone leer. En estas breves líneas el autor sagrado quiere sintetizar y presentar la razón por la cual es llamado un profeta por parte de Dios.

En tal sentido es importante exponer brevemente la figura o el sentido de la profecía en la Iglesia, pues se puede pensar que este don de Dios ya está extinto en ella. Quizá el sentido de profecía que presentaba el Antiguo Testamento ya no es el mismo en la Iglesia de nuestros días, pero la profecía en el Antiguo Testamento no sólo indicaba o anunciaba lo que Dios iba a cumplir. En el Deuteronomio 18,21, texto muy importante para poner los fundamentos en cuanto a lo que significa el Profeta de Dios. El profeta ha sido elegido para una misión que muchas veces se rehusará a aceptar. En realidad el verdadero profeta o elegido de Dios (en el sentido cristiano actual) es un hombre elegido para comunicar una verdad que no es la suya, sino que pertenece a Aquel que lo ha elegido y lo ha enviado (Jr. 1,4 ss; etc.).

Al respecto nos dice el Papa Benedicto XVI: «… El “profeta” primero escucha y contempla, luego habla, dejándose penetrar totalmente por ese amor por Dios que no tiene miedo de nada y que es más fuerte que la muerte (…) El auténtico profeta no se preocupa tanto de hacer obras, algo sin duda importante, pero nunca esencial, se esfuerza sobre todo por ser testigo del amor de Dios, tratando de vivirlo entre las realidades del mundo, aunque su presencia pueda resultar en ocasiones “incómoda”, pues ofrece y encarna valores alternativos…» (Benedicto XVI, Discurso a la Unión Internacional de las Superioras Generales, 7 de mayo de 2007).

San Pablo señala en sus cartas lo que caracteriza a los falsos profetas: quienes supuestamente en nombre de Dios enseñan doctrinas equivocadas y se erigen a sí mismos como profetas y guías de un pueblo. ¿Cómo podemos distinguir entre un verdadero profeta y uno falso? Expuesto de una manera sencilla y recogiendo lo que dice la primera lectura de Ezequiel y el Evangelio, el verdadero profeta de Dios siempre será un signo de contradicción para sus oyentes pues su misión y la razón de su elección estarán marcadas por hacer una llamada constante a sus oyentes a vivir fieles a la Alianza con Dios, a vivir una fidelidad que surja de lo más profundo del corazón.

Por consiguiente, esta llamada es para que el hombre se una a Dios y no sólo viva cultualmente y ritualmente relacionado con Él. En síntesis, podríamos decir que los falsos profetas son aquellos que predican o dicen en nombre de Dios aquello que su auditorio o sus oyentes quieren escuchar. Dicho de una manera más actual: es el peligro de contemporizar con los hombres de hoy sin llevarlos al encuentro con Dios. De esta manera, el falso profeta recibe en este mundo su paga ya que quizá de manera inmediata obtenga el agradecimiento de sus oyentes, sin embargo, no llevará a los hombres a adherirse a Dios de corazón.

El mismo Ezequiel, en el capítulo 11 de su libro profético, ha proclamado estas palabras: “Yo les daré un corazón nuevo y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios" (Ez. 11,19-20). La humanidad está destinada a nacer a una nueva existencia. El primer símbolo es el del "corazón" que, en el lenguaje bíblico, remite a la interioridad, a la conciencia personal.

De nuestro pecho será arrancado el "corazón de piedra", gélido e insensible, signo de la obstinación en el mal. Dios nos dará un "corazón de carne", es decir, un manantial de vida y de amor. Al respecto nos dice el Siervo de Dios Juan Pablo II: «…En la nueva economía de gracia, en vez del espíritu vital, que en la creación nos había convertido en criaturas vivas (cf. Gn. 2,7), se nos infundirá el Espíritu Santo, que nos sostiene, nos mueve y nos guía hacia la luz de la verdad y hacia "el amor de Dios en nuestros corazones"…» (Juan Pablo II, Catequesis Dios renovará a su pueblo, 10 de septiembre de 2003).

Ante estas lecturas, la Iglesia nos está animando a todos nosotros a que no dudemos que Dios, a través del Bautismo, nos ha hecho miembros de su pueblo sin hacer acepción de nuestra procedencia, según la vocación particular a la cual nos ha llamado (la vida matrimonial o a la vida consagrada) Nos ha elegido por el Bautismo a participar de la triple función o ministerio de Cristo por la cual estamos llamados a ser en este mundo: “sacerdotes, profetas y reyes.” (c. 204).

Sacerdotes: como mediadores entre Dios y los hombres, ya dice San Agustín: «…quien reza por un hermano reza por sí mismo…»; profetas: porque al igual como Jesucristo estamos en esta generación llamados a anunciar la Buena Noticia del evangelio y, lo que lleva a ser un signo de contradicción ante el mundo, pero es necesario para que de esa manera conozcan el amor de Dios a los hombres; y reyes: porque un cristiano, como dice toda la tradición de la Iglesia, no es un hombre esclavo de la fuerza del dmonio, sino que es uno que ha sido liberado por Dios, eso no quita nuestra debilidad humana pero como dice el Salmo: “…el justo peca siete veces y se levanta…”, porque tiene la experiencia del amor de Dios y que la dignidad, mejor dicho su dignidad, le viene de Dios.

padre Oscar Balcazar Balcazar

 

 

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”

Cuando contemplamos este evangelio vemos en él algo sorprendente: la reacción de los paisanos de Jesús, esos que le han visto crecer le rechazan, llegan hasta el punto de despreciar a Jesús, por eso Jesús dice: “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. No se entiende.

Jesús un tiempo antes se había ido de Nazaret, para empezar su vida pública y predicar la buena noticia del Reino de Dios. Y un tiempo después vuelve con los doce discípulos, enseña en la sinagoga, reconocen que habla con sabiduría, que dice cosas nuevas, que de sus manos salen milagros, pero a pesar de todo esto no lo acogen sino que lo rechazan. No se entiende. 

Dos motivos por los cuales puede darse este comportamiento. Son dos motivos que también pueden estar presentes en nosotros así que atentos todos:

a) Tiene una imagen hecha de Jesús y no están dispuestos a modificar esta imagen. Para ellos Jesús es “el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón” y así quieren seguir viéndolo.

No quieren replantearse la imagen que tienen de Jesús a la luz de lo que se les revela ante ellos: Jesús habla con sabiduría, dice cosas nuevas, de sus manos salen milagros, le acompañan 12 discípulos ... Le han puesto una etiqueta y ya no quieren quitársela. Se aferran a la antigua imagen de Jesús y no son capaces de evolucionar, de cambiar, de aceptar las nuevas realidades que acompañan a Jesús.

Y a nosotros nos puede pasar exactamente lo mismo: a medida que participamos de la eucaristía, a medida que vamos rezando y meditando la Palabra de Dios la imagen que tenemos de Cristo debe ir cambiando. No podemos aferrarnos a una determinada imagen de Jesús, porque él desea llevarnos por caminos siempre nuevos.

Y si cambia nuestra imagen de Jesús también cambia nuestro modo de vivir el cristianismo. Nos pensamos que ser cristiano es no hacer el mal, ir a misa y hacer favores a la familia. Y cuando el papa, el obispo o el sacerdote nos hablan de: prolongar nuestra oración diaria, confesarnos con frecuencia, vivir la pobreza y la austeridad, amar a los enemigos, estar apasionados por hacer el bien, amar a los pobres, perdonar a todos los que nos han ofendido … entonces ni caso, porque no coincide con la imagen que tenemos del cristianismo. Y de nuestra mediocre imagen de lo que es ser cristiano no nos mueve nadie. Y así nos van las cosas…

Esta realidad, tener una imagen equivocada o parcial del cristianismo y aferrarse a ella es algo muy común también fuera de la Iglesia. Muchos rechazan la Iglesia sin conocer nada de ella, teniendo una imagen de ella, configurada por los medios de comunicación. A este respecto el Obispo Fernando Sebastian decía hace tiempo: “La gente se piensa que saben lo que es el cristianismo, y no es cierto, si lo supieran llenarían las iglesias”.

b) El segundo motivo que explica esta actitud de rechazar a Jesús por parte de sus paisanos nos lo indica la primera lectura. Que como sabéis está siempre puesta en relación con el evangelio.. Y este motivo también puede estar presente en nosotros, así que atentos.

En la primera lectura Dios advierte al profeta Ezequiel que de las dificultades que tendrá con el Pueblo de Israel, porque “es un pueblo rebelde” por dos veces se lo advierte y también que “son testarudos y obstinados”.

¿No tendremos quizá también nosotros una elevada dosis de rebeldía, de testarudez y de obstinación? Que hace que no acojamos lo nuevo que se nos propone y estemos siempre aferrados a lo mismo, y por lo tanto,  sin crecer en nuestra vivencia cristiana… “Yo ya estoy bien como estoy”, “yo no quiero complicarme más la vida”, “la religión la vivo como a mi me parece”…  Así no crecemos, porque en el fondo somos testarudos y obstinados.

Para acoger todo esto que digo hace falta humildad. Recuerdo que hubo una época de mi vida, en la que estaba haciendo un movimiento de retorno a la fe, y a personas interesantes les hacia como entrevistas para conocer sus ideas y planteamientos. A todos les hice una misma pregunta: ¿Cuál es la virtud más importante? Todos sin excepción me respondieron: la humildad.

Que Dios nos la conceda para crecer siempre en santidad y no aferrarnos a nuestra mediocridad…

padre Francesc Jordana Soler

 

 

Rechazo de lo cercano y pequeño

Está visto, Jesús. Despídete del triunfo y apúntate al fracaso, si te mantienes en tus trece. Si no exhibes titulación rabínica, si no manejas millones, si no oficias tráfico de influencias, si no prometes el oro y el moro, si no apabullas con propaganda inteligente y obsesiva, si no cultivas el empaque, la filacteria y la imagen ; si no fabricas banquetes consumistas, si no eres persona de primer abordaje, si no adulas a las masas ni flirteas con la oficialidad ni deslumbras a los tuyos, si se te ocurre presentarte en público en zapatillas o con sudor de carpintero, si tu árbol genealógico está desprovisto de apellidos biensonantes, si te atreves siquiera a insinuar que Dios tiene rostro de hombre vulgar o que toda real salvación pasa por la indiferencia, la suspicacia, el silenciamiento, la desautorización, el rechazo, la persecución...

En estos términos, Jesús, ni Tú ni tu programa sois de recibo. Así, serán muy pocos los votos que obtenga tu mensaje de autonegación, de asunción de la cruz, de fraternidad universal, de divinización de hombres, de humanización de Dios. Así serán muy pocas las adhesiones con que podrás contar. Eso sí: Te apoyará tu Padre y los que, como tu Padre, se dejan cubrir con la sombra de vuestro Espíritu. Te aceptarán también los pobres, y los mansos, y los misericordiosos, y los que lloran y los pacificadores, y los que tienen hambre de justicia, y los perseguidos, y los infamados... y todos los hombres con corazón de niño y con capacidad y necesidad de crecer y admirarse y necesitar...

Recibirte, Jesús, no es fácil. Nuestra dualidad interna de hombres que ven el bien y siguen el mal, nuestro miedo a la inseguridad y a dejarnos llevar a donde tu Palabra quiera, nuestras fijaciones y faltas de imaginación, el miedo a encontrarnos con nosotros mismos, la falta de confianza en Ti, las insignificantes proporciones de tus señales y signos... todo eso, Jesús, y las cosas que Tú bien conoces, son otros tantos portazos que damos a tu venida y otras tantas resistencias que presentamos a tu Palabra. Tememos tanto a una pasada por un Mesías anónimo y rechazado, que sólo nos apuntamos con gusto al que lleva las riendas del carro triunfador.

padre Juan Sánchez Trujillo

 

 

“La fuerza se realiza en la debilidad”

Este domingo XIV del tiempo ordinario es una invitación a tener fe, de verdad, en Dios, a confiar en él. La increencia no es un fenómeno de hoy, ya en tiempos de Jesús también se daba; pero hay que resaltar que la sociedad de hoy tiene una mayor abundancia de indiferencia religiosa.

¿Qué es tener fe en Dios? Confiar en él, obedecerle, confesar lo que uno cree. Cree en Dios quien espera en él, quien confía en que Dios le puede sacar de su miseria y de su muerte. Cree en Dios quien piensa que haciendo caso a los planes de Dios va a ser más feliz que haciendo caso de sus propios planes. (V. G.: El pecado original). Cree en Dios quien en su vida testimonia de palabra y obra lo que cree en la intimidad de su conciencia y lo que celebra con la comunidad. La fe en Dios lleva consigo una profunda confianza en las posibilidades del ser humano, aunque este esté envuelto en el pecado y la miseria.

Frente a esta postura hay quien no cree en Dios, porque es ateo, agnóstico, o indiferente religiosamente. Quizá estas personas sean unas buenas personas. Sin meternos con ellos, las lecturas de hoy nos vienen a decir que esas posturas se suelen basar en la autosuficiencia, en la soberbia, en el orgullo, tanto en el plano humano como en el espiritual; es decir, uno sólo confía en uno mismo y en sus posibilidades, no en Dios y tampoco en los demás.

Nuestra sociedad es una sociedad en la que ha crecido considerablemente el número de personas que no creen en Dios o que son indiferentes.        Quizás estas manifestaciones se deban al poco testimonio que damos los cristianos, pero también podríamos pensar en lo que dicen las lecturas de este domingo.

La primera lectura del profeta Ezequiel nos dice que el pueblo de Israel es testarudo, obstinado y rebelde para con Dios y su mensaje; es decir, el pueblo de Israel no hacía caso de la voluntad de Dios, prefería seguir sus propios caminos. A la fidelidad de Dios, que Dios había expresado en la Alianza, el pueblo de Israel le era infiel porque no cumplía con su parte de la Alianza: obedecer los mandatos de Dios. La rebeldía del pueblo de Israel es una rebeldía en la obediencia que, como dije antes, es parte de la fe. Si mirásemos la situación de la sociedad actual podríamos ver que, en general, también es una sociedad rebelde contra la voluntad de Dios, que está alejada de sus mandamientos.

Frente a la postura del pueblo de Israel, la segunda lectura de San Pablo nos muestra, en su persona, un bonito contrapunto. San Pablo ha abandonado el orgullo de ser judío a ultranza, porque el reconocimiento del propio pecado, expresado en la lectura en la “espina” que tiene en su carne, le ha hecho humilde y le ha hecho descubrir que sin Dios, sin su gracia, él no sería nada. “Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad”. Habría que profundizar en esta idea en una sociedad sin conciencia de pecado. Quizás esta falta de conciencia de pecado esté en la raíz de la falta de fe en Dios. Seríamos menos autosuficientes, menos soberbios, si tuviéramos conciencia de nuestras limitaciones y miserias. Ser religioso lleva consigo necesariamente la conciencia sana del pecado.

El texto del evangelio también es muy interesante para estas consideraciones sobre la fe. Jesús es rechazado en su pueblo, entre sus conocidos. Se me ocurren dos consideraciones. En primer lugar, la fe es una postura previa a todo lo que uno tiene, no es la conclusión de una experiencia. La presencia de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, no dan fe a quien previamente no está dispuesto a aceptarlo. En segundo lugar, el conocimiento que tenemos sólo sirve para la fe si es un conocimiento que nace del amor. Normalmente nosotros utilizamos lo que conocemos de los demás para desacreditarlos, porque nos falta amor hacia esas personas. Además quienes conocían a Jesús no le creen porque es demasiado cercano e ellos, demasiado conocido. Cuando conocemos a los demás, sin amor, los desacreditamos para ser mensajeros de las cosas de Dios.

Concluyendo, decía: la fe es confiar en Dios, obedecerle, confesarle. Para tener fe, según las lecturas de este domingo, hay que obedecer los planes de Dios, reconocer el propio pecado y poner amor en nuestro conocimiento de Jesús y de los demás. ¡Qué el Señor haga crecer la fe en todos nosotros!

padre Pedro Crespo

 

 

Ante las dificultades hemos de ver la mano de Dios, que nos va guiando con su misericordia. Todo nos sirve para alzar los ojos y encontrarnos esa mirada amorosa de Dios que nos quiere bien

1. Ez. 2,2-5.

El sacerdote que había caído rostro a tierra fulminado por la gloria de Yahvé lo vemos ahora levantarse airoso en virtud de la fuerza del espíritu, que se posesionó de él. Plenamente consciente, de pie, dueño de sus facultades, escucha tres cosas que son como tres grandes revelaciones: "hijo de hombre", "Yo te envío", "a los israelitas". Isaías sintió, ante la gran teofanía vocacional, la solidaridad con su pueblo en cuanto un pecador más, cuyos labios necesitaban ser purificados desde arriba. A Ezequiel no es su pecado lo que le asusta. Ante la trascendencia divina, es su condición de hombre, su estado irrisorio de criatura lo que más le impresiona. Por eso escucha, siente el apelativo de "hijo de hombre" ochenta y siete veces repetido a lo largo de sus escritos como preámbulo necesario para que el pueblo comprenda que no es él, el hijo de Buzi, un simple mortal, quien habla, sino el espíritu que lo penetra, lo levanta y lo hace hablar. No es el sacerdote, ni el hombre; es el hombre sacerdote movido por la fuerza del espíritu. No soy yo, diría Pablo, es Cristo que mora en mí. Y fue precisamente aquel escenario impresionante, casi diríamos terrorífico de la tempestad con truenos, relámpagos, huracán... con todas las fuerzas cósmicas reflejadas en los cuatro animales, el medio de que Dios se sirvió para hacerle sentir dolorosamente la pequeñez del hombre ante Dios, de la criatura ante su Creador. No obstante, Dios escogió lo humilde de este mundo y, por eso, "Yo te envío". Misión que le será repetida una y otra vez, cuantas veces sea necesario (3,1.4.5.11...), hasta que se empape del aspecto carismático de su vocación. El profeta no es el que va, sino el que es enviado. Era la diferencia radical con el sacerdocio hereditario. A diferencia de Jeremías, destinado profeta de los pueblos, Ezequiel sabe que su misión está restringida al pueblo de Israel. Un pueblo cuya historia conoce con detalle. Historia de defecciones e infidelidades, historia de un Israel rebelde desde sus orígenes patriarcales hasta el día de hoy. Unos caraduras, retorcidos -casi da miedo expresarlo-, rebeldes, que lo escuchen o no lo escuchen al menos sabrán que en medio de ellos hay un profeta. Lo importante no son los frutos, sino el testimonio presencial de Dios a través de su profeta. Nunca podrán acusar a Dios de injusto; son ellos los obstinados ante cuya libertad Dios se mantiene inactivo. Finalmente "les dirás: así dice el Señor Yahvé… escucha lo que Yo te digo". Es que el "hijo de hombre" necesitaba ¡cómo no! de aliento y estímulo para el cumplimiento de tan ardua y difícil misión. San Pablo dirá que todo lo puede en aquel que lo conforta (Edic. Marova).

"El año 30, quinto de la deportación del rey Joaquín.., hallándome entre los deportados, a orillas del río Quebar, se abrieron los cielos y contemplé una visión divina" (1,1-2) Corre el año 593 a. de Xto. Cinco años antes había tenido lugar la primera deportación de judíos, llevada a cabo por Nabucodonosor (a. 597 a. de Xto). Gente importante de la ciudad, entre ellos Ezequiel, han tenido que marchar al destierro. La ciudad y el templo aún no habían sido destruidos. Ezequiel recibe su nombramiento como profeta. El espíritu del Señor le invade (A. Gil Modrego). El texto se refiere a la primera visión de Ezequiel, conocida como la "visión del libro". Entonces fue llamado por Dios al servicio profético. Cuando el culto resultaba imposible en aquella situación de diáspora, lejos del templo y en medio de un mundo pagano, el sacerdote Ezequiel es investido de una mayor responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión. Pero antes necesita recibir el mensaje, digerirlo, asimilar todas las palabras que Dios quiere decir a su pueblo: Dios le ofrece un libro en el que están escritas, y Ezequiel lo come (3,3). Si nos alimentáramos nosotros de la palabra de Dios no nos harían tragar los "maestros" tan fácilmente sus "rollos", no seríamos víctimas del adoctrinamiento y de la propaganda, de las ideologías... y tendríamos algo nuevo que decir aunque no quisieran escucharnos. En cualquier caso el mundo sabría que hay hombres que no se doblegan y que aún viven los profetas.

La expresión "hijo del hombre" (="hijo de Adán") es una peculiaridad del libro de Ezequiel. Sin embargo, el sentido mesiánico que recibiría este título más tarde se debe al texto de Daniel 7,13. En nuestro texto viene a subrayar tan sólo la debilidad del hombre, que no puede permanecer en pie delante de Dios y, menos aún, levantarse para cumplir la misión que Dios le encomienda, a no ser que reciba la fuerza del espíritu divino. El Señor sabe que no es fácil la misión que encomienda a su profeta. Por eso le desengaña claramente de cualquier ilusión sobre futuros éxitos. Pues el pueblo al que va a ser enviado es un pueblo de cabeza dura y rebelde, su historia es una cadena de falsedades e infidelidades al pacto con el que está unido a Yahvé. Sin embargo, el éxito de la misión no es asunto del profeta y no debe preocuparle. Además, Dios le garantiza que todos tendrán que oírlo y, hagan o no hagan caso, todo el mundo sabrá que hay un profeta. Nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios (“Eucaristía 1982”).

 

2. Salmo 122

Salmo de Peregrinación o "salmo de Subida", este poema es una pequeña joya literaria, cuyo ritmo verbal está cincelado mediante un juego de repeticiones significativas: los ojos, la mano, "hacia"... Piedad, hartos, despreciados... El pueblo de Israel tenía conciencia de ser un pueblo de "pequeños", de "pobres", de "oprimidos", de "despreciados". Todo esto lo dice la palabra hebrea "Anawin" que se traduce ya por "pobre" ya por "humilde". Lejos de abatirse por esta situación, los judíos se apoyaban en ella para "volverse a Dios sólo": privados de todo poder político o militar, ellos "volvían los ojos hacia el cielo". La imagen del "servidor" y de la "servidora" corresponde a una civilización ya superada.

"Los ojos vueltos hacia Dios, hasta que Él se compadezca de nosotros...". ¡Qué bella es esta oración muda y perseverante! Los únicos que hablan son los ojos... Como los ojos de un niño, que miran fijamente a su madre, en actitud suplicante. Jesús nos recomendó orar "con perseverancia", aun siendo inoportunos (Lc. 18,5-11,5). "Orad sin cesar, sin fatigaros". "A Ti levanto mis ojos, a Ti que habitas en los cielos...". Varias veces nos dice el Evangelio, que Jesús alzó los ojos al cielo para orar (Mt. 14,19; 15,35-36 – Mc. 6,39-41 – Lc. 9,14-16). "Padre Nuestro, que estás en los cielos...". Por lo que hace a la trágica súplica de los pobres "hartos de desprecios", Jesús la vivió y la bebió hasta la última gota: murió entre injurias y burlas, desnudo, expuesto a los sarcasmos de sus adversarios, crucificado como un esclavo. Finalmente Jesús usó frecuentemente la imagen del "Servidor", atento y vigilante. Nos la dejó como consigna: "Quien quiera ser el mayor entre vosotros, que se haga vuestro servidor..." (Mt. 20,26). "Muy bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor..." (25,21). " Felices los servidores cuyo señor encuentra vigilantes" (Lc. 12,36). Jesús se presentó a sí mismo como el Servidor de Dios: "Debo estar a la disposición de mi Padre..." (Lc. 2,49).

El tiempo del desprecio. "Esto es demasiado, estamos hartos de menosprecio de los soberbios". ¡Qué fuerte es esta expresión de "golpe bajo" de aquellos que se sienten escarnecidos! Podemos orar con este salmo, en nombre de aquellos cuya dignidad humana es despreciada, en nombre de los "Derechos Humanos", como se dice hoy, en nombre de los "sin-voz", en nombre de los que sufren ocultamente porque no tienen los medios de hacerse oír en este mundo ruidoso. Si no queremos caer en lo irreal y la hipocresía, preguntémonos al recitar este salmo, si de alguna manera no participamos en este "tiempo de desprecio". ¿Hay personas a las cuales "yo" desprecio? ¿A qué grupos amo y respeto con mayor dificultad? ¿Podemos llamarnos "discípulos de Jesús" si aún reservamos parcelas de racismo, de odio, de desprecio, hacia un hombre cualquiera que sea, enemigo o adversario? "Si amáis únicamente a los que piensan como vosotros, no hacéis nada extraordinario, también lo hacen los paganos... (Mt. 5,46 - Lc. 6,27).

El espíritu de pobreza: los "Anawim". ¿Estamos en una situación de abundancia, comparativamente respecto a los demás? Deberíamos entonces aplicarnos, los primeros, esta condenación del "desprecio de los orgullosos", que indigna a los pobres. Los "pobres" llenan los salmos. Se ha dicho que los salmos eran "la oración de los pobres". (Salmos 9,13-19; 110, 9-12; 14, 6-18, 28; 22, 5-27; 25, 9; 34, 3-7; 35, 10; 37, 11-14; 40, 18; 69, 30-33; 70, 6; 72, 13-14, etc.). Entre los antiguos profetas, los pobres eran una "clase social", la categoría de los oprimidos, de los que no tenían nada, por culpa de sus explotadores (Amós 2,6-7; 5,10; 8,4; Isaías 3,14-15; 5,8-9; 10,2; Miqueas 2,1-2; 3,3-4; 6,12). Pero, a lo largo de la historia de Israel, sobre todo a partir del Exilio, pasó a un segundo plano el sentido "económico y social" de la palabra "Anawim" para dar lugar a un sentido religioso. Los pobres son aquellos "cuya angustia los hace conscientes de su dependencia absoluta de Dios"... "Aquellos que todo lo esperan de su bondad"... "Aquellos a quienes falta algo y no están satisfechos"... "Aquellos cuyo ideal no han logrado alcanzar y que permanecen siempre pobres y disponibles"... "Aquellos que están en búsqueda de una realización, de una perfección mayor"... "Aquellos a quienes la tierra no basta y..." todos, en el fondo, ante Dios, somos "pobres" "anawim". Pero podemos ser inconscientes... ¡"Bienaventurados los pobres de corazón, dice Jesús, porque de ellos es el Reino de Dios!". En este sentido "religioso", la palabra "pobre" se opone menos a "rico" que a estas otras palabras: "orgulloso", "malvado", "impío", "escéptico", "burlón", "oportunista", "materialista satisfecho". "Esto es demasiado, estamos hartos del escarnio de los pudientes, del desprecio de los orgullosos". Pero sigue siendo cierto que algo de pobreza material es necesaria para hacernos descubrir la pobreza esencial: cuando todo lo tenemos aquí abajo, cuando ya hemos recibido la consolación, cuando estamos "satisfechos", no estamos preparados a escuchar los llamados espirituales del más allá. Jesús dijo también que las "riquezas" son peligrosas. ¿No será por esto que los países ricos profesan un ateísmo de masa? Quien está harto de bienes materiales corre el riesgo de encerrarse en este mundo mezquino, olvidando que le hace falta lo esencial. El antiguo filósofo griego estigmatizó vigorosamente este ideal del "cerdo gordo" a que se reducen los materialistas.

El espíritu de servicio. "Como los ojos de la esclava, fijos en las manos de su señora"... Estamos en una civilización muy distinta, es cierto. Estas palabras a lo mejor no nos dicen nada, quizá nos fastidian. Sin embargo si logramos superar nuestros esquemas ideológicos, descubriremos un ideal muy moderno: este espíritu de escucha y de atención al otro, tan mencionado por las ciencias humanas. En el fondo, estamos llenos de nosotros mismos y no "acogemos" de verdad al otro. Ojos que miran la mano. Imagen de extrema sutileza psicológica. "Mi alma alaba al Señor y mi espíritu exulta, porque Dios ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava". Paralelo admirable. María vivió de verdad el ideal expresado en este salmo 122: se llama a sí misma la humilde "sierva", atenta a hacer la voluntad del Señor. Paradójicamente, el "servicio" se hace a la inversa, la "mirada" de Dios está atenta a realizar el menor deseo de su "sierva".

El espíritu de oración. "Hacia Ti levanto los ojos". Hacia Ti, Señor, elevo mi alma. En ninguna parte como en los ojos está el alma. Nuestros ojos hablan. Nos pueden servir para la oración... Fijos en un icono, en un crucifijo, en el Tabernáculo... Vueltos hacia el "Pan de Vida", el Cuerpo de Cristo (Noel Quesson).

Mis ojos hablan al volverse a un lado y a otro, y hoy son mis ojos los que rezan al volverse hacia ti, Señor. «A ti levanto mis ojos, a ti, que habitas en el cielo». Mis ojos miran hacia arriba, porque, en figura y en descripción humana, Tú estás en los cielos, y los cielos están en lo alto. A lo largo de la rutina del día, llevo de ordinario la vista baja para ver donde piso, o mirando justo enfrente de mí, no para ver a la gente, sino para no chocar con ella. Veo gente y tráfico, edificios y habitaciones, libros y papeles, colores pintados y palabras impresas. Veo mil imágenes en un instante. Al único a quien no veo es a ti. He abierto los ojos, pero siguen cerrados. Cuando hablo con la gente, caigo en la cuenta de que mis ojos también hablan. Me traicionan. Declaran, sin mi permiso, mis gustos y repugnancias, mi interés o mi aburrimiento, mi placer instantáneo o mi genio enfurecido. Un guiño de los ojos puede decir más que todo un discurso. Una mirada de amor puede encerrar más afecto que todo un poema amoroso. Los ojos hablan en silencio, con ternura, con eficacia. Son mis mejores embajadores. Hoy mis ojos se vuelven hacia ti, Señor. Y eso es oración. Sin palabras, sin peticiones, sin cantos. Sólo mis ojos vueltos al cielo. Tú sabes leer su lengua y entender su mensaje. Mirada tierna de fe y entrega, de confianza y amor. Sólo mirarte a ti. Volver los ojos despacio hacia arriba. Siento que me hace bien. Mis ojos me dicen que les gusta mirar hacia arriba, y yo les dejo seguir su inclinación, y acompaño la dirección de su mirada con los deseos de mi alma. También a mi alma le gusta mirar hacia arriba, Señor. «Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro, esperando su misericordia».

Benedicto XVI comenta que la relación con Dios es un intercambio de miradas de amor: “De manera muy incisiva, Jesús afirma en el Evangelio que los ojos son un símbolo expresivo del yo profundo, un espejo del alma (cf. Mateo 6, 22-23). Pues bien, el Salmo 122, que se acaba de proclamar, se sintetiza en un intercambio de miradas: el fiel alza sus ojos al Señor y espera una reacción divina para percibir un gesto de amor, una mirada de benevolencia. También nosotros elevamos un poco los ojos y esperamos un gesto de benevolencia del Señor. Con frecuencia, en el Salterio se habla de la mirada del Altísimo, que «observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios» (Salmo 13, 2). El salmista, como hemos escuchado, recurre a una imagen, la del siervo y la de la esclava, que miran a su señor en espera de una decisión liberadora. Si bien la escena está ligada al mundo antiguo y a sus estructuras sociales, la idea es clara y significativa: esta imagen tomada del mundo del antiguo Oriente quiere exaltar la adhesión del pobre, la esperanza del oprimido y la disponibilidad del justo al Señor.

El orante está en espera de que las manos divinas se muevan, pues actuarán según justicia, destruyendo el mal. Por este motivo, con frecuencia, en el Salterio el orante eleva sus ojos llenos de esperanza hacia el Señor: «Tengo los ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de la red» (Salmo 24, 15), mientras «se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios» (Salmo 68,4). El Salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se une a la de toda la comunidad: de hecho, el Salmo pasa de la primera persona del singular -«a ti levanto mis ojos»- a la del plural «nuestros ojos» (vv. 1-3). Expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para difundir dones de justicia y de libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los Números: «ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 25-26).

La importancia de la mirada amorosa de Dios se revela en la segunda parte del salmo, caracterizada por la invocación: «Misericordia, Señor, misericordia» (v. 3). Continúa con el final de la primera parte, en el que se confirma la expectativa confiada, «esperando su misericordia» (v. 2). Los fieles tienen necesidad de una intervención de Dios porque se encuentran en una situación penosa, de desprecio y de vejaciones por parte de prepotentes. La imagen que utiliza ahora el salmista es la de la saciedad: «estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos» (vv. 3-4). A la tradicional saciedad bíblica de comida y de años, considerada como signo de la bendición divina, se le opone ahora una intolerable saciedad constituida por una carga exorbitante de humillaciones. Y sabemos que hoy muchas naciones, muchos individuos están llenos de vejaciones, están demasiado saciados de las vejaciones de los satisfechos, del desprecio de los soberbios. Recemos por ellos y ayudemos a estos hermanos nuestros humillados. Por este motivo, los justos han confiado su causa al Señor y no es indiferente a esos ojos implorantes, no ignora su invocación ni la nuestra, ni decepciona su esperanza.

Al final, dejemos espacio a la voz de san Ambrosio, el gran arzobispo de Milán, quien con el espíritu del salmista, da ritmo poético a la obra de Dios que nos llega a través de Jesús Salvador: «Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, Él es médico; si estás ardiendo de fiebre, es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si tienes miedo de la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas comida, es alimento»”.

El Salmo de hoy, para exaltar la esperanza del oprimido, recurre a la imagen del esclavo que espera de su amo la liberación. El orante eleva sus ojos hacia el Señor con la esperanza de que revele toda su ternura y bondad derramando dones de justicia y libertad. Los fieles, despreciados por los prepotentes e inmorales que, engreídos por su éxito y saciados por su bienestar, desafían a Dios violando los derechos de los débiles, tienen necesidad de una intervención divina. Confiando su causa al Señor, exclaman: «Piedad de nosotros». Y Él no permanece indiferente, no defrauda su esperanza.

3. "No se romperán tus pies de barro, porque conoces tu inconsistencia y serás prudente, porque sabes bien que sólo Dios puede decir: ¿quién de vosotros me puede acusar de pecado?" (san Josemaría Escrivá) “¡Qué distinto es nuestro camino –el camino que han de recorrer tus discípulos, Señor– del imaginado por nosotros en la inexperiencia de nuestros años jóvenes y en los dorados sueños de nuestra inquieta fantasía! Solíamos ver entonces un camino tranquilo, hecho de inalterada calma interior y de pacíficos triunfos exteriores... y también –¿por qué no?– de algunas clamorosas y vistosas batallas con heridas vendadas primero con laurel y luego... con la deseada admiración de muchos. Creíamos, Señor, de modo ingenuo y poco sobrenatural, que la sola decisión de seguirte y de caminar generosamente contigo, renunciando a muchos consuelos humanos, nobles y lícitos habría cambiado nuestra naturaleza y nos habría dejado libres –¡como ángeles!– del peso de la tribulación y de las turbaciones de las tentaciones.

La realidad es lucha. Pero tus juicios, ¡oh Señor!, no son los nuestros, ni nuestros caminos son iguales a los tuyos. Nuestra historia, tejido admirable en donde se entrelazan aparentemente de modo caprichoso con los acontecimientos que son vehículo de tu voluntad, los atributos divinos de tu bondad, de tu sabiduría, de tu omnipotencia, de tu ciencia divina y de tu misericordia, nos ha enseñado a comprender y a gustar que la vida del cristiano es una milicia, militia est vita hominis super terram, milicia es la vida terrenal del hombre, y que todos tus discípulos han de probar la pax in bello –paz en la guerra– de tu servicio. Daremos gracias al Señor porque suaviter et fortiter, suave y vigorosamente, nos ha enseñado el valor sobrenatural y el fin providencial de las tentaciones y de las tribulaciones. Pues, por medio de ellas, Dios nuestro Señor ha dado a nuestra alma la experiencia del hombre maduro, la dureza y el realismo del soldado veterano fortalecido en la batalla y el espíritu de oración del monje más contemplativo.

¡Tentaciones... las tendrás! Tu vida de servicio de Dios y de la Iglesia las conocerá necesariamente, porque tu vocación, tu llamada, tu decisión generosa de seguir a Jesús, no inmunizan a tu alma de los efectos del pecado original, ni apagan para siempre el fuego de tus concupiscencias allí donde se agazapa la tentación: unusquisque vero tentatur a concuspicentia sua, cada cual, ciertamente, es tentado por su concupiscencia.

Para nuestro bien. Pero te consolarás pensando que los Santos –¡hombres y mujeres de Dios!– han sostenido las mismas batallas que tú y que yo hemos de sostener para demostrar nuestro amor al Señor. Escucha el grito de San Pablo: Quis me liberabit a corpore mortis hujus?, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Piensa en las tentaciones de San Jerónimo a lo largo del curso de su vida austera y penitente en el desierto; lee la vida de Santa Catalina de Siena y verás las pruebas y las dificultades de aquella gran alma; y no olvides el martirio de San Alfonso de Ligorio, octogenario, ni las fuertes tentaciones contra la esperanza en la vida de San Francisco de Sales durante el período de sus estudios, ni la fe tan duramente probada en el temple de aquel apóstol que era el abate Chautard... ni las tentaciones de todo género de tantos y tantos otros.

Reflexionemos en ellas, amigo mío, con espíritu sobrenatural: por medio de la tentación, siempre que tú no la vayas a buscar imprudentemente, Dios nuestro Señor pone a prueba y purifica tu alma, tanquam aurum in fornace, como el oro en el crisol. Las tentaciones fortifican e imprimen un sello de autenticidad a tus virtudes, pues ¿qué autenticidad cabe atribuir a una virtud que no se ha fortalecido con la victoria sobre las tentaciones que le son contrarias. Virtus in infirmitate perficitur. La virtud se forja en la debilidad. En la tentación se despierta y se robustece tu fe; crece y se hace más sobrenatural tu esperanza; y tu amor –el amor de Dios que es el que te hace resistir valerosamente y no consentir– se manifiesta de modo efectivo y afectivo.

Optimistas por la Gracia de Dios. ¡Cuánta experiencia sacarás, por otra parte, de tu lucha contra las tentaciones!, experiencia que te servirá para ayudar, dirigir y consolar a muchas almas tentadas y atribuladas. Aprenderás la ciencia de la comprensión y sabrás hacerla fructificar cuando trates a las almas. La necesidad de recurrir a Dios, que se hace sentir con tanta fuerza en aquellos momentos, hará que tu vida de oración arraigue profundamente en tu alma.

¡Cómo crecerás en la humildad y en el conocimiento de ti mismo cuando veas tus tendencias y tus inclinaciones! Tus méritos aumentarán y... –¿por qué no?– hallarás consuelo ante la perspectiva de una maravillosa esperanza en el cielo: qui seminat in lacrimis in exultatione et metet, quien siembre con lágrimas, cosechará con alegría.

Todas estas consideraciones aumentarán tu confianza y tu visión sobrenatural. Sin embargo, deseo añadir una cosa: el peligro mayor para las almas tentadas y atribuladas es el desaliento, el hecho de que puedan pensar o admitir que la tentación es superior a sus fuerzas, que no hay nada que hacer, que el Señor las ha abandonado, que de ahora en adelante han consentido ya. Debes vivir, amigo mío, vigilante y firme contra esta tentación que, por lo general. se presenta después de que uno ha luchado valerosamente y que es la más temible y fuerte de las tentaciones.

¡Escúchame! ¡Se puede vencer siempre! Omnia possum!, ¡todo lo puedo! Si luchas y pones los medios, la victoria es tuya. Facientibus quot est in se Deus non denegat gratiam, a quienes hacen lo que depende de ellos, Dios no les niega su gracia. Dios se lo hizo comprender bien a San Pablo en el momento de la tentación. Sufficit tibi gratia mea! ¡Te basta mi gracia! ¡La gracia! Nunca te olvides de la gracia de Dios.

No será demasiado. Nuestro Señor sabe perfectamente hasta qué punto puedes resistir y sabe igualmente bien, como el alfarero, el grado de temperatura necesario para que sus vasos de elección –vas electionis– adquieran cada uno el grado de solidez y de belleza que les tiene determinados.

No pierdas nunca la confianza, no te desmoralices, no te turbes. Te recuerdo que sentir no es consentir, que las inclinaciones sensibles y los movimientos espontáneos no dependen de tu voluntad. Basta con que resistas generosamente: sólo la voluntad puede consentir y admitir en el alma el pecado. Entre tanto, suceda lo que suceda, el Señor está contigo, en tu alma, aunque no sientas su presencia, aunque no gustes de su compañía. Está contigo –más que nunca ahora que luchas– y te dice: soy Yo, no temas.

Abre todavía más los ojos de tu alma: el Señor permite la tentación y se sirve de ella providencialmente para purificarte, para hacerte santo, para desligarte mejor de las cosas de la tierra, para llevarte a donde Él quiere y por donde Él quiere, para hacerte feliz en una vida que no sea cómoda, y para darte madurez, comprensión y eficacia en tu trabajo apostólico con las almas, y... sobre todo para hacerte humilde, muy humilde.

Dan beneficios poniendo los medios. Escucha ahora, con la visión nueva que estas consideraciones pueden haberte suscitado, estas palabras de la Sagrada Escritura: Fili, accedens ad servitutem Dei, praepara animam tuam ad tentationem (Eccli 2,1), hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu ánimo a la tentación. Y tú –alma tentada y atribulada– admira la bondad de Dios que te hace gustar, con la esperanza del cielo, estas palabras del Espíritu Santo: Beatus vir, qui suffert tentationem, quoniam cum probatus fuerit accipiet coronam vitae: bienaventurado el hombre que padece tentación, porque por haber sido probado recibirá la corona de la vida: ¡luego las tentaciones tejerán tu corona!

Pero no olvides, amigo mío, que necesitas de armas para vencer en esta batalla espiritual. Y que tus armas han de ser éstas: oración continua; la Santísima Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia; sinceridad y franqueza con tu director espiritual; un generoso espíritu de cristiana mortificación que te llevará a huir de las ocasiones y a evitar el ocio; la humildad del corazón, y una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen: Consolatrix afflictorum et Refugium peccatorum, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Vuélvete siempre a Ella confiadamente y dile: Mater mea, fiducia mea; ¡Madre mía, confianza mía!” (Salvador Canals).

Pienso que hay que contar también con que la persona es una unidad entre elementos distintos, como diría san Pablo: físicos, psíquicos y espirituales, y por tanto no es sólo voluntad sino también muchas otras cosas como química… el otro día una niña con la que me confabulé para no comerme las uñas me preguntaba cómo lo había conseguido… le respondí que hay muchas cosas en la vida por las que luchamos durante años y no lo logramos, y luego de golpe aquello sale. Que ofrecemos sacrificios al Señor y es aquello lo que vale, la lucha, pero no cuentan los resultados, porque estos no dependen de nosotros muchas veces: son algo tan aleatorio… dijo que me entendía, y es que no hemos de engañar a la gente con una educación voluntarista basada en el éxito. El Señor pone el incremento. Y también esos factores cambiantes de la vida, en los que Dios está implicado…

“Para nada es malo buscar cada día ser mas espiritual, buscar el rostro del Señor para tratarlo de agradar, pero hay momentos en la vida en los cuales aparece aquel aguijón, ese que nos recuerda que no debemos creernos más de lo que somos, ese que nos devuelve los pies a la tierra y nos ayuda a la vez a seguir en el intento de tratar de ser mas agradables a Dios cada día.

Todos tenemos un aguijón, algunos podemos hablar de él y otros a lo mejor no lo pueden hacer, porque su aguijón es vergonzoso o porque quizá prefieren aparentar que son hombres sin tacha alguna.

Pablo era uno de los hombres mas intachables de la historia, casi podía asegurarse que Pablo era casi perfecto en su andar, pero él mismo relata en este pasaje bíblico cómo le fue dado un aguijón en su carne que no le permitiera enaltecerse sobremanera.

¿Cuál era el aguijón de Pablo? La Biblia no lo describe, algunos teólogos creen que era un dolor de estomago fuerte, otros creen que era alguna enfermedad en su cuerpo, otros creen que era alguna área de su vida que no había podido vencer, otros que el carácter –en los siglos XVIII-XIX se decía que era la sexualidad, y en los últimos tiempos que sería una posesión diabólica externa-, pero la verdad, nadie tiene la certeza de cual era el aguijón de la carne que lo abofeteaba y le hacia volver los pies a la tierra.

Y es que no nos podemos creer mejores de lo que somos, no sé por qué extraña razón, hay momentos en nuestro caminar cristiano en donde nos sentimos por las nubes y creemos que vamos a tocar la Gloria de Dios, en esos momentos aparece el típico aguijón, aquel que nos hace despertar de ese bonito sueño, aquel que nos recuerda que todavía no podemos alcanzar su Gloria, aquella debilidad que nos recuerda lo sensibles que somos al pecado y lo mucho que nos falta para lograr ser como Jesús.

Yo no se cuál es tu aguijón, pero si te puedo decir que lucharás con él día a día y aunque muchas veces rogarás a Dios para que lo haga desaparecer, para que lo elimine o lo quite, ten por seguro que estará ahí, no para ser un tropiezo para tu vida, sino para recordarte lo mucho que necesitas de Dios, lo importante que es mantenerte en plena comunión con el Señor para no ser tentado más de lo que puedas soportar.

Posiblemente estés pasando por momentos en los cuales tu aguijón te ha abofeteado de manera tremenda, pero en esta hora quiero decirte que ese aguijón no podrá vencerte, si bien es cierto que te recordará lo vulnerable que eres, pero eso no quiere decir que serás derrotado, al contrario, cuando esos momentos ocurren, Jesús con una voz amorosa te dice y me dice: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”

Que lindo es saber que su PODER se perfeccionará en mi debilidad, en pocas palabras, ese aguijón sólo servirá para que Dios actué aún más en mi vida, veré su gloria porque su poder se perfeccionará en mi vida y un día cuando Jesús venga por su Iglesia, estaremos junto a Él por una eternidad, ya no habrá más aguijón, ya no habrá más llanto, no habrá más dolor, porque Dios enjugará TODA lagrima y todos a una voz declararemos que Jesucristo es REY de reyes y SEÑOR de señores” (Enrique Monterroza).

 

4. Mc. 6,1-6 (paralelos: Mt. 13,53-58 - Lc. 13,16-30)

El rechazo de Nazaret constituye una etapa fundamental en el camino de Jesús hacia el abandono y la cruz... Cuando se lee este episodio, no es posible dejar de pensar en aquella afirmación del prólogo de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron." Leído de esta manera, este episodio va mucho más allá de la repulsa de una oscura aldea de Galilea: figura la repulsa de todo Israel, una repulsa que por lo demás parece acompañar a toda la historia del pueblo de Dios. Incluso las motivaciones de esta repulsa van mucho más allá de la resistencia particular de los habitantes de Nazaret: son las resistencias de siempre, arraigadas en el corazón del hombre. Porque este trozo de Marcos puede afectarnos también seriamente a nosotros. Los habitantes de Nazaret no niegan la sabiduría de Jesús, sus milagros, la lucidez de su predicación; incluso se muestran sorprendidos por todo eso. Pero discuten su origen (v. 3). Ha trabajado de carpintero como cualquier otro, ha crecido entre nosotros, conocemos a su madre y a sus hermanos; ¿cómo es posible que venga de Dios? Esta es la primera y la fundamental razón de su repulsa: la invisibilidad de Dios, su manera de hacerse presente bajo las apariencias comunes. La grandeza de Dios parece contradecirse a sí misma, y esto constituye un escándalo. Nos parece oír la pregunta de los nazarenos: "De dónde le viene todo esto? ¿Qué pensar de su sabiduría?" En otras palabras, ¿cómo se explica su ciencia, la novedad y la eficacia de sus enseñanzas? La respuesta está ya en la misma pregunta: es una sabiduría que se le ha dado, que no viene de un hombre o de una escuela, sino de Dios. Pero esta respuesta es del evangelista, no de los habitantes de Nazaret. A pesar de su admiración por una sabiduría que no se explica por sí misma, ellos no creen. Su desconcierto nace de la confrontación entre el esquema del sabio que viene de Dios al que están acostumbrados (su esplendor debería superar incluso al de Salomón) y la realidad concreta e histórica, fenoménica, de Cristo. Podemos concretar más todavía: el escándalo no viene tanto del hecho de que Jesús sea un carpintero, sino de que "es uno de nosotros, lo conocemos todos". La repulsa por parte de los suyos no es ninguna sorpresa para Cristo. Que un profeta se vea rechazado por su pueblo no es ninguna novedad. La novedad sería precisamente lo contrario. Hay incluso un proverbio que lo afirma: un profeta es siempre despreciado en su país, entre sus parientes y en su propia casa (v. 4). Se trata de un proverbio basado en una larga experiencia, que ha acompañado a toda la historia de Israel, que encuentra su más clara confirmación en la historia del Hijo de Dios y que se seguirá repitiendo puntualmente en la historia sucesiva. Dios está de parte de los profetas, pero los profetas se ven siempre rechazados: rechazados por su pueblo, por su comunidad, no por el mundo. Siempre se procura quitar de en medio a los hombres de Dios, aunque más tarde se les construya un monumento. También por este motivo la fe se siente escandalizada y sometida continuamente a la prueba; pero esta vez el escándalo no está entre los escribas y los fariseos, ni entre el pueblo tranquilo y pretencioso (como los aldeanos de Nazaret), sino entre los discípulos, entre los pequeños que ven en el profeta una esperanza que ahora parece venirse abajo en medio de la indiferencia de Dios.

El episodio termina con una observación del propio evangelista: "No pudo hacer ningún milagro allí" (v. 5). Jesús no puede hacer ningún milagro en donde tropieza con una incredulidad obstinada. ¿De qué iba a servir entonces un milagro? Los milagros de Cristo son la respuesta a la sinceridad del hombre que busca la verdad: no son un intento para forzar de algún modo el corazón del hombre. A diferencia de los hombres, Dios no utiliza la violencia para imponer sus propios derechos. Ni tampoco hace milagros en donde los hombres pretenden señalar que les permitan sustraerse al riesgo de la fe: las señales de Dios no son evidentes a toda costa. Ni hace milagros finalmente donde a los hombres les gustaría explotarlos en su propio provecho, para sostener sus propias pretensiones. Por todo ello, Jesús no hace milagros en Nazaret. Pero esta afirmación en términos tan absolutos es inexacta y Marcos la corrige: "Solamente sanó a unos pocos enfermos" (v. 5). Así pues, también en Nazaret Jesús buscó a los enfermos y a los pobres. Dios los busca en todas partes. Pero no son éstos los milagros que les gustan a los hombres (Bruno Maggioni).

Nazaret no se cita en el Antiguo Testamento ni en sus comentarios. Sin embargo, en 1962, Avi Jonah descubrió una lápida de mármol negro, datada en el siglo II a. C., en la que se contiene el nombre de esta aldea. Lucas y Marcos nos narran de forma independiente este pasaje, colocándolo cada uno en el contexto que interesa a su teología. Lucas añade detalles como los referentes al contenido de la predicación de Jesús y a que sus paisanos intentaron despeñarlo. En la cima del monte que los habitantes de Nazaret llaman hoy del Precipicio ha celebrado hace sólo algunas semanas la Santa Misa Benedicto XVI. La extrañeza y el posterior rechazo de sus paisanos basándose en el origen humilde y conocido de Jesús tiene diversos acentos según el evangelista que lo narra. En Juan, por ejemplo, se recalca la extrañeza ante alguien que sabe de letras sin haber estudiado y se rechaza que pueda ser el mesías, puesto que el origen de este personaje será desconocido y el de Jesús lo conocen todos sus convecinos. La reacción que presenta Marcos tiene un cierto tono de insulto. Cuando un semita recuerda sólo a la madre de un hombre, y no al padre, intenta ofenderlo, como un hombre insignificante sin pasado ni porvenir (Nolli). La profesión de carpintero era bastante honorable y eran muchos los rabinos que tenían este oficio. En Israel, la actividad manual no tenía el tinte casi deshonroso que tiene en nuestra sociedad. La palabra griega que pone Marcos ("tekton": de la que viene arquitecto) significa propiamente "artesano", sin especificar cuál era su actividad concreta. San Justino afirma que Jesús construía yugos y arados de madera, San Hilario, sin embargo, sostiene que era herrero. Otros autores lo aplican a quienes construyen casas. Todos estos oficios caben dentro de la palabra griega, pero no hay que excluir en quienes lo traducen así una fuerte intención simbólica. El milagro se encuentra principalmente en la interpretación de un hecho como acción salvadora de Dios. Sin la fe de los testigos de una curación no puede haber milagro. En este caso, los actos de Jesús no fueron "leídos" desde una óptica de fe, y el milagro no fue posible (“Eucaristía 1988”).

padre Llucià Pou Sabaté

 

 

Rechazo de Jesús en Nazaret

Si al oír la Palabra de Dios nada se conmueve en nosotros, sí no nos molesta en absoluto, si la encontramos muy natural, entonces la hemos tergiversado o estamos oyendo otra palabra, pero no la Palabra de Dios. Pero al contrario, si al escuchar las lecturas y atender a las homilías nos dice algo, nos conmueve, nos lleva a una revisión personal, entonces podemos alegrarnos. No seamos piedras donde resbale la lluvia de la Palabra divina, sino tierra bien labrada con su dinamismo generativo.

Salió el labrador a sembrar y parte de la semilla cayó en el camino, en terreno pedregoso y entre malas hiervas y otra parte en tierra buena que dio su fruto- Pecados de entendimiento (autosuficiencia) de voluntad (inconstancia) y de corazón (vicios); tierra fértil, bien abonada, como Maria que dio como fruto a Jesús.

No podemos contentarnos con un conocimiento horizontal de la verdad, acumulando mucha doctrina, ni un conocimiento vertical , profundizando en la teología sino que debemos buscar un conocimiento existencial, que nos lleve a decir con San Pablo – “es Cristo quien vive en mí”.

No seamos como ese pueblo rebelde que oye y no escucha sino que intentemos sincronizar con la onda de Dios, ganando nuestro corazón para la causa del bien. Imaginase aquellos transformadores que se instalaban en las afueras de las ciudades para transformar la corriente de alta tensión y así iluminar nuestros hogares y calles y poner en movimiento toda la maquinaria industrial…. Eso es nuestro corazón; con razón decimos que “credere est cor dare”creer es dar el corazón; mas fácil entra la fe por el corazón, que tiene sus razones, que por la cabeza con sus ideas preconcebidas que al enfrentarse con el misterio chocan y dan un chispazo destructivo, como dos piedras que chocan.

¡Al sentarte en la mesa ve la Palabra de la Misa busca iluminar tu vida con la Palabra de Dios y observa que es tu corazón quien se mueve y no tu trasero!

Cuando soy débil me siento fuerte (2Cor. 12)

El Apóstol nos abre su corazón en continua lucha y nos repite con Ovidio – “ video melióra, peiora sequor, veo lo mejor y sigo lo peor” – pero que a pesar de todo cuanto más inútil se ve, más fuerte se siente; a nosotros nos toca sembrar, y ya el Señor se encargará del fruto.

Observarás que antes de proclamar el Evangelio el sacerdote suplica al Espíritu Santo, como ya lo hizo Isaías, que purifique sus labios para anunciar el mensaje de Jesús y antes en su meditación personal se ha hecho estas preguntas: “¿qué me dice el texto bíblico de hoy?” y teniendo presente los problemas y necesidades de los fieles ¿qué debo decirles?

Los profetas se resistían a aceptar esta responsabilidad, pero ante la fuerza de su llamada se daban por vencidos y se consagraban a cumplir esta misión; así tambien nosotros nos sentimos instrumentos inútiles en las manos de Dios, pero con la gracia de Dios queremos cumplir con nuestra vocación como ministros de la Palabra.

Ezequiel se enfrenta con sus compatriotas, como Jesús con sus paisanos (Ez. 2 - Mc. 6)

Ezequiel es un profeta polifacético: contemplativo y práctico, tierno y colérico, enigmático y misterioso, sorprendente y desconcertante, poeta y teólogo, sacerdote y profeta, que tiene que interpretar la época más trágica de Israel, el exilio. Su ministerio profético lo realiza a base de parábolas, imágenes, visiones y gestos en el periodo de 20 años (593-571). Fue deportado a Babilonia en el 597. Su actividad profética la realiza en dos etapas: la primera es una llamada a la conversión, antes de la caída de Jerusalén en manos de Nabucodonosor, y la segunda es un mensaje de consuelo y restauración, junto al río Quebar; manifiesta su interés por el Templo y el culto y contempla el futuro mesiánico, donde el rey-pastor del nuevo Israel es Dios.

El fragmento que hoy leemos nos habla de su teofanía vocacional: “Dios llama al hijo de Adán, nombre que repite 87 veces, y lo envía a denunciar a su pueblo que le ha vuelto las espaldas, describiendo el contraste entre lo que Dios quiere y lo que el pueblo hace.

Su nombre significa “Dios es fuerte” y esto me hace pensar en la unción que con el Santo Oleo me ungieron el día del Bautismo, pidiendo a Dios fortaleza para vivir como cristiano en un mundo sin Dios, como se ungían a los atletas para participar en las Olimpiadas.

El diagnostico de esa situación de rechazo descrita en el Evangelio apunta a una doble dirección: “la experiencia humana, hecha proverbio- nadie es profeta en su pueblo- y a la falta de fe”.

San Juan, en el prólogo de su Evangelio, así lo expresa con frase emblemática – “ vino a los suyos y los suyos no le recibieron”

Con este breve episodio se cierra la primera etapa del ministerio de Jesús en Galilea, etapa de gran popularidad, que termina con este rechazo general.

Si Lucas inicia en Nazaret la actividad apostólica de Jesús con su homilía programática, y San Marcos la cierra en la misma Sinagoga para seguir hablando en medio de la gente, lejos de toda oficialidad. Sus paisanos no dudan de la autoridad de sus palabras, pero discuten su origen y ésta es la razón de su repulsa. No llegan a captar que el Jesús que ha convivido con ellos 30 años, además de ser hombre es Dios, porque viven encerrados en sus propios esquemas triunfalistas. Pronto Jesus presentará sus credenciales, enfrentándose con los fariseos e invitándoles a que si no creen en sus palabras que crean en sus obras. Por su falta de fe no hizo milagros, sólo curó a algún pobre, porque el auténtico Jesús siempre se identifica con los pobres.

El fragmento que hoy comentamos nos plantea una serie de de cuestiones: ¿dónde puede estar Dios en una sociedad que no reacciona ni se inmuta ante tanto holocausto de vidas inocentes?, ¿dónde puede estar Dios en una globalización que margina continentes condenándolos a la muerte y a la guerra fratricida?, ¿cómo insertar a Dios en un sistema mercantilista, lleno de barreras proteccionistas en detrimento de los más débiles?, ¿dónde puede estar Dios en el campo de la ciencia, con su ingeniería social y genética, a veces con dimensiones diabólicas?. Es difícil acercar a Dios en este contexto socio-cultural, donde la increencia se manifiesta de múltiples maneras desde los mas-media y desde la misma política, que atenta contra la ley natural y que no se inmuta ante tanto crimen e injusticia.

Pero, a pesar de este impetuoso viento de secularización, que amenaza con secar la raíz de nuestra fe, son muchos los signos de esperanza que deben animarnos a seguir trabajando por la causa del Reino. ¡ Que nuestra fe en Jesús alimente la vela de nuestra esperanza para seguir luchando por un mundo mejor.

Y con el salmo 122 levantamos nuestros ojos al Dios de la misericordia, que apuesta por los pobres que sufren los desprecios y humillaciones de los soberbios.

Fija tu mirada en el Crucificado, en Jesús Eucaristía y en la Santísima Virgen y haz tuyo el comentario de San Ambrosio: “Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, él es médico; si estás ardiendo de fiebre, es fuente; si estas oprimido por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si tienes miedo a la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas comida, es alimento”.

padre Miguel Funes Gálvez

 

 

“¿Tanto tiempo con vosotros y aún no me conocéis?” (Jn. 14,9)

1.- No es fácil conocer a las personas. La persona no es la fachada que aparece. Cada uno es lo que es por dentro (Mt. 15,19).

- La fachada suele ser, la mayoría de las veces, una imagen que no corresponde a la realidad. Fijarnos sólo en lo externo de la persona nos puede llevar a desconocer y falsificar lo que el otro es.

- Con Jesús se equivocaron también sus paisanos; lo conocían sólo por la fachada: “Es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago...” (Mc. 6,3).

- Los mismos discípulos conocían a Jesús sólo por su fachada; eran incapaces de penetrar en su interior; por eso Jesús se lo echa en cara en la ultima cena y les dice: “¿Tanto tiempo con vosotros y aún no me conocéis?” (Jn. 14,9).

2. La verdad es que sin los ojos de la fe es difícil reconocer a Jesús. El Hijo de Dios se hizo tan hombre que sólo aparecía ser uno de nosotros:

- Se hizo en todo igual a nosotros, humilde con los humildes (Hb. 2,17).

- La Palabra se hizo carne con todas sus consecuencias y riesgos, sin trampas algunas (Jn. 1,14).

- Se confundió con la gente del pueblo y con sus trabajos; se hizo un “carpintero” (Mc. 6,3).

- Nunca se las echó de Dios (Hb. 5,7-9).

- Por eso, cuando Pedro penetra en el interior de Jesús y le dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt. 16,16), Jesús le responde: “Esto no ha salido de ti, te lo ha revelado mi Padre” (Mt. 16,17).

- Mucha gente pasa por este mundo sin ser conocida y, por tanto, sin ser comprendida. Otra mucha gente está tan preocupada de su fachada que ni ellos mismos se conocen. Con razón dice el filósofo griego Sócrates: “Solo el conocimiento que llega desde dentro es verdadero conocimiento.”

Se cuenta que una mujer que estaba agonizando, tuvo, de pronto, la sensación de que era llevada al tribunal de Dios.

Y una voz le dijo: “¿Quién eres?”

“Soy la mujer del alcalde”, le respondió ella. La voz le dijo: “Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada.”

“Soy la madre de cuatro hijos”, le respondió la mujer.

De nuevo, la voz le replicó: “No te he preguntado por los hijos que tienes sino quién eres”.

“Soy una cristiana”, le volvió a decir la mujer.
Y la voz le dijo, de nuevo: “Te he preguntado quién eres, no la religión que tienes”.

La mujer le dijo: “Soy una persona que va todos los días a misa, ayudo a los pobres...”

Pero la voz le respondió: “Te he preguntado quién eres, no qué haces.”

Efectivamente no consiguió pasar el examen y fue enviada, de nuevo, a la tierra. Cuando recuperó la salud, tomó la decisión de averiguar quién era y todo en ella empezó a ser diferente. Como decía el filósofo chino Lao Tse: “El que conoce a su prójimo, es erudito; el que se conoce a sí mismo, es sabio.”

- Y es que la pantalla siempre es pantalla y nunca nos puede identificar nadie por ella, ni siquiera nosotros mismos. Muchas veces vivimos cantidad de tiempo con una persona y terminamos sin conocerla, de verdad.

+ Muchas veces, aún unos mismos esposos, unos mismos hermanos, pasan tiempo y tiempo juntos y terminan diciéndose: “Pues yo no te conocía así.”

- Conocer la pantalla no es conocer la persona:

+ Dentro de una bella pantalla, se puede esconder una persona horrible.

+ Dentro de una horrible pantalla se puede esconder una bella persona.

Como decía el filósofo griego Sócrates: “Sólo el conocimiento que llega desde dentro, es el verdadero conocimiento.”
Cuenta Anthony de Melo que una vez una familia entera se fue a la playa a pasar el día. De pronto los papás ven a una viejita fea, mal peinada y con viejos vestidos que, de vez en cuando, se agachaba a recoger algo de entre la arena de la playa y lo metía en una bolsa de plástico que llevaba. Los papás le dijeron a sus hijos: “Miren, cuidadito con la vieja que viene por ahí; no le den conversación ni la saluden; nadie sabe quién pueda ser.”

La viejita pasó delante de los niños, los saludó con mucho cariño y con una sonrisa en sus labios, pero ni los papás ni los niños le respondieron. La viejita siguió su camino agachándose, de vez en cuando, para recoger algo de entre la arena de la playa y guardarlo en su bolsa de plástico.

A los pocos días los papás se enteraron de que la viejita se dedicaba a ir a la playa todos los días para recoger todo pote, pedacito de cristal o cualquier otra cosa que pudiera dañar los pies de los niños.

- Como se equivocaron los paisanos con Jesús, también nos equivocamos nosotros, cuando sólo nos quedamos en la pantalla de las personas. Como dice el escritor belga Maurice Maeterlinck: “Más interesante que lo que la gente dice, es su pensamiento secreto, y esto es lo que importa conocer.”

- El árbol no se conoce por la hojarasca sino por sus frutos (Mt. 7,16; 12,33).

 

 

“La encarnación consistió en que Dios se vació y se fundió con un hombre concreto, con un humilde trabajador de pueblo” (José María Castillo).

1.- La historia del pueblo de Israel se mueve en medio de un constante rechazo a su Dios, el Dios que los liberó del país de los egipcios (Ex. 3,8), le dio la libertad (Ex.18,4) y vivía con su pueblo (Num. 11,20; 1Cron. 17,8). El Dios que rechazó el pueblo de Israel era el mismo Dios del que Moisés hablaba al pueblo diciéndole lleno de orgullo: “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que lo invocamos?” (Deut. 4,7). Pero el pueblo parece que iba buscando siempre apartarse de su Dios.

- Los profetas constantemente denunciaban la ridiculez en la que había caído el pueblo abandonando a su Dios por ídolos fabricados por sus propias manos:

+ Isaías dice que el pueblo de Israel “se llenó su tierra de ídolos, ante la obra de sus manos se inclinan” (Is. 2,8).

+ Así mismo el profeta Jeremías denuncia al pueblo de Israel porque ha abandonado a Dios “para ofrecer incienso a otros dioses y adorar la obra de sus propias manos” (Jer. 1,16).

+ También el profeta Oseas denunciaba el pecado de su pueblo porque “se han hecho imágenes fundidas con su plata, ídolos de su invención: ¡Todo obra de artesanos! ¡Los llaman dioses, sacrifican hombres, besan becerros!” (Os.13,2).

2.- Si el pueblo de Israel fue incapaz de mantenerse fiel a su Dios, el Dios de la libertad, más incapaz será de aceptar al mismo Hijo de Dios, hecho carne de nuestra carne, convertido en uno de nosotros, dándose la mano con nuestra propia debilidad. Como dice San Juan: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn. 1,11).

- A Jesús le conocían muy bien todos cuantos estaban en la sinagoga de Nazaret, su pueblo. Todos conocían a su familia; por eso decían: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?” (Mc. 6,3).

- La gente de la sinagoga era incapaz de ir más allá de lo que veía y oía. Jesús les “escandalizaba” (Mc. 6,3). San Lucas narra esta misma escena con más detalles.

- Nos dice San Lucas:

+ Que Jesús leyó en la sinagoga el pasaje del profeta Isaías donde se narra la misión del Mesías a venir: “El espíritu del señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de Gracia del Señor” (Lc. 4,18-19).

+ Que además, una vez leído el texto del profeta Isaías, Jesús les dijo: “Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (Lc. 4,21).

- Seguro que estas palabras las entendieron muy bien los integrantes de la sinagoga y se dieron cuenta de que Jesús se estaba declarando a sí mismo el Mesías de Dios; por eso, “se escandalizaron” (Mc.6,3), “se llenaron de ira” (Lc.4,28), “le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle” (Lc.4,29).

- Además, la manera de hablar Jesús, así como su actuar, eran totalmente nuevos y lógicamente molestaba a la mayoría de los presentes. Por eso, se decían los unos a los otros: “¿Qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?” (Mc. 6,2). No era fácil aceptar sus palabras y sus hechos así porque sí. El mensaje de Jesús suponía tener que cambiar muchos esquemas religiosos y, sobre todo, la misma vida.

+ Cuando la religión se estanca en el ayer y cae en la corrupción, todo lo que sea cambio, le estorba y lo condena.

+ Cuando la religión se encierra en su propia corrupción fácilmente se refugia en la condena de todo lo nuevo y deja de ser Buena Nueva para los hombres.

+ La religión, muchas veces, cae en la tentación de menospreciar a Dios, cuando Dios se acerca al hombre, se humaniza y se hace uno de nosotros, como ocurrió con Jesús.

+ Con Jesús, el Dios con nosotros, los religiosos de la Sinagoga de Nazaret, se sienten “escandalizados” (Lc. 6,3) y, por ello, pretenden despeñarle (Lc. 4,29). Fueron incapaces de ver a Dios en la humanidad de Jesús. Y, como dice José María Castillo: “La encarnación consistió en que Dios se vació y se fundió con un hombre concreto, con un humilde trabajador de pueblo… El Dios en el que cree el cristianismo, es el Dios que se nos ha revelado en Jesús.”

+ Cuanto más humano se hace Dios, parece que más le rechazamos y menos creemos en él (Mc. 6,6). Ayer y hoy seguimos prefiriendo a un Dios que vive en las alturas antes que al Dios hecho débil con nuestra debilidad, como se manifiesta en Jesús. ¡Qué difícil es descubrir a Dios en lo humano, en lo débil, en Jesús! Por eso, Jesús se lamenta ante los asistentes de la sinagoga de Nazaret: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio. Y no podía hacer allí ningún milagro” (Mc. 6,4-5).

+ Cuántas gracias tenemos que darle a Dios que, por amor a los hombres, se ha hecho uno de nosotros, se ha vestido con nuestra propia carne, se ha hacho débil con nosotros los hombres, hasta el punto de poder conocerlo y poder decir de él: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?” (Mc. 6,3). Por amor al hombre Dios se ha hecho uno de nosotros en Jesús y sólo en Jesús, a través del hombre, podemos conocerlo.

Pedro Heredia Martínez

 

 

Los israelitas dudan de la fidelidad de Dios en el exilio de Babilonia, se rebelan y su corazón se endurece (1ªL). ). Pablo se mantiene firme porque una voz le repite: "Te basta mi gracia" (2ª lectura). Para los habitantes de Nazaret, Jesús sólo es "el hijo del carpintero" no creen en él (Evangelio)

Explicación de las lecturas

La liturgia de la Palabra nos presenta tres actitudes ante las dificultades de la fe.

La primera es la actitud de rebelión, de dureza de corazón ante la voz de Dios que les llega por el profeta Ezequiel. Para los israelitas del siglo VI a. C fue un verdadero drama el ver Jerusalén conquistada por los babilonios,y la deportación de sus habitantes. ¿Dónde está la fidelidad de Yahvéh a sus promesas? ¿Dónde está el brazo poderoso de Yahvéh? Dudan de la fidelidad de Dios que les ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios.

La segunda actitud es la de los habitantes de Nazaret. Ellos no pueden dudar de los signos y prodigios que ha hecho Jesús en los pueblos de su alrededor. Pero no pueden creer que un hombre de su pueblo logre hacer tales cosas. Ellos conocían muy bien a Jesús: su infancia y juventud, sus padres, su oficio, sus parientes; lo habían visto crecer como uno entre tantos... No, no podemos creer lo que nos cuentan de él.

La tercera actitud es la de Pablo, que también experimenta la dificultad en la fe, no se libra del aguijón de la "carne" (¿una enfermedad? ¿la conciencia de su debilidad ante la misión? ¿la soberbia el triunfalismo? ¿el sentir el peso del propio pecado?).¿Por qué Dios no le escucha y le libra de esa espina que le atormenta? Sin embargo llega a dos conclusiones:

1) en la crisis de fe está presente la gracia de Cristo para enfrentarse a ella;

2) En la debilidad, es donde se es más fuerte, con la fuerza de Dios.

Para llevarlo a la vida

El creer encuentra dificultades en nuestros días parece que se han acentuado pero vemos en la Lecturas de hoy que las nuestras sólo son diferentes; pero no mayores. El pragmatismo y utilitarismo, la confianza ciega en la razón científica, el relativismo, el secularismo dominante, los escándalos de algunos eclesiasticos, el materialismo…

Dice le Evangelio que el Señor «se extrañó de su falta de fe». La extrañeza de Jesús por la actitud de sus paisanos, muestra que él espera respuesta -de cada uno- ante su persona y mensaje, que no le deja indiferente la falta de fé.

¡Cómo habría cambiado la vida de los habitantes de Nazareth si hubiesen manifestado fe en Jesús!

También nosotros estamos en circunstancias parecidas Jesús está ahí, experimenta el drama de todos los profetas. Y ese drama continúa. Las obras de Jesús son bien visibles; pero hay ojos que no ven y obstinados que se cierran a todas las palabras.

El drama de la incomprensión se desarrolla también hoy. Se repite aquella situación de Jesús no recibido por los suyos. Pero Las dificultades no son malas, son utiles para fortalecer, si las sabemos afrontar con valentía. ¿Viene una dificultad? Ora y crécete ante ella, te ayudará a madurar tu fe. Tenemos que pedir casa día, como los discípulos: «Señor, aumenta nuestra fe» para para abrirnos a su gracia y dejar obrar al Espíritu santo en nosotros.

Nunca olvides que no eres el único en tener dificultades en la fe; antes que tú la tuvieron y la superaron, son los santos; y otros como tú están luchando por vencerla. Acude a tu ángel defensor, a un sacerdote amigo.

padre Miguel León Padilla

 

 

“No podía hacer ningún milagro, por su falta de fe”

I. La Palabra de Dios

Ez. 2,2-5: “Yo te envío a los israelitas; son un pueblo rebelde”

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía:

- «Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos».

Sal 122, 1-4: “Misericordia, Señor, misericordia”

A ti levanto mis ojos,

a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos

fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava

fijos en las manos de su señora,

así están nuestros ojos

en el Señor, Dios nuestro,

esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,

que estamos saciados de desprecios;

nuestra alma está saciada

del sarcasmo de los satisfechos,del desprecio de los orgullosos.

2Cor. 12,7-10: “Me complazco en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo”

Para que no tenga soberbia, me han clavado una espina en la carne: un ángel de Satanás que me abofetea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: “Te basta mi gracia; la fuerza se manifiesta en la debilidad”.

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Mc 6, 1-6: “Se maravillaban de sus enseñanzas, pero no creían en Él”

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

- «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía:

- «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

II. APUNTES

Ezequiel es elegido por Dios para una misión difícil: hablar en Su nombre a un pueblo rebelde, terco, obstinado y de dura cerviz (1ª lectura). Dios no dejó de enviar a sus profetas, aún cuando Israel se resistía a escuchar. Es así que «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas» (Heb 1, 1).

Finalmente, «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4, 4), Dios envió a su propio Hijo para hablar a su Pueblo por medio de Él (ver Heb 1, 2). El Señor Jesús, el Hijo de Santa María, es la Palabra misma del Padre, el Verbo divino, Dios mismo que por obra del Espíritu Santo se hizo hombre para hablarle a los hombres en un lenguaje humano.

También el Hijo enviado por el Padre se encontró con la dureza de corazón de su pueblo, sufriendo el mismo destino de tantos profetas. Así sucedió cuando entró en Nazaret, el pueblo que lo vio crecer, para anunciar también allí su Evangelio como lo venía haciendo en otras ciudades desde el inicio de su ministerio público. Cuando un sábado se puso a enseñar en la sinagoga de Nazaret, los oyentes quedaron admirados de su sabiduría. ¿De dónde había sacado tales enseñanzas? A éstas se sumaban los milagros que había hecho en otros lugares, cuya noticia había ya llegado a sus oídos. Su enseñanza era muy superior a la de los fariseos y escribas, era una enseñanza portadora de una “autoridad” nunca antes vista.

Las señales o milagros certificaban que Dios estaba con Él y actuaba en Él. ¿No sería Él el Mesías? Éste era el cuestionamiento que sin duda había despertado el Señor entre sus paisanos. Sin embargo, esa posibilidad se estrella contra la creencia difundida entre los judíos que el origen del Mesías sería misterioso y desconocido: «cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es» (Jn 7, 27). El escándalo que se produce entre los nazarenos, es decir, la falta de credulidad en Él como Mesías, se debe a que de «éste [sí] sabemos de dónde es» (Jn 7, 27). Justamente porque conocían a sus padres y parientes, porque había crecido y vivido entre ellos por treinta años, siendo conocido como el hijo del carpintero y carpintero Él mismo, es que —según sus cálculos y razonamientos— no podía tratarse del Mesías.

Llama la atención en este pasaje del Evangelio que en contra de la costumbre judía se llame al Señor Jesús «el hijo de María». Lo apropiado hubiera sido llamarlo «hijo de José», dado que a los hijos se los vinculaba con el nombre del padre. ¿Se trata acaso de una alusión a la concepción virginal de Jesús? Creemos que sí.

El pasaje evangélico de este Domingo menciona a los “hermanos” o “hermanas” de Jesús. En realidad ha de entenderse parientes y familiares que no son hijos del mismo padre y madre. Ni en hebreo ni en arameo existía una palabra específica para designar a los primos u otros parientes. Todos eran llamados igualmente “hermanos”. Ejemplos que confirman este uso son numerosos en la Escritura. Así, por ejemplo, Abraham dice que él y Lot son “hermanos” (Gn. 29,15), cuando es el mismo libro el que dice que Lot era hijo de una hermana de Abraham, por tanto, su sobrino (ver Gn. 29,13; 28,2; Tb. 8,7; ver también Éx. 2,11; Lv. 10,4; 2Re. 24,17; Jr. 37,1; 2Sm. 2,26). La traducción literal al griego y al castellano ha dado lugar a confusión, de modo que algunos usan esta traducción imprecisa para “demostrar” que María tuvo además de Jesús otros hijos y que por lo tanto no era virgen. La Tradición confirma plenamente que Jesús era hijo único de María, y que por lo tanto al decir “hermanos” hay que entender “parientes” que no son hijos de su misma madre.

Volviendo a la actitud de los nazarenos, el Evangelio concluye que debido a su falta de fe y confianza en Él el Señor «no pudo hacer allí ningún milagro». Esta cerrazón y negativa a creer en el Señor se convierte en un obstáculo insalvable para que Dios pueda realizar señales y prodigios en medio de su pueblo. Queda de manifiesto que el Señor, aunque quiera y tenga el poder para hacerlo, no puede actuar allí donde el hombre no se lo permite. La falta de milagros o intervenciones divinas no está en la supuesta inacción de Dios, sino en la dureza del corazón del hombre que se cierra a la acción divina. La desconfianza en Dios, la incredulidad, son actitudes que esterilizan la eficacia de la Palabra divina, que entorpecen, limitan o cancelan toda acción divina en el corazón y en la vida del ser humano. Dios respeta profundamente la libertad de su criatura humana y nunca la avasalla.

En el anuncio del Evangelio también los apóstoles del Señor se encontrarán con el rechazo, la dureza de corazón, la cerrazón y rebeldía con que tantos profetas y el Señor mismo se encontraron. Uno de ellos es San Pablo (2ª lectura), que en medio de las dificultades para llevar a cabo fielmente su misión encuentra la fuerza no en sí mismo sino en Cristo.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Quien escucha el relato del Evangelio puede sorprenderse ante la actitud de los paisanos de Jesús: quedan asombrados e impactados por su sabiduría y sus enseñanzas. Sin embargo, pesa más el conocimiento que ya traían de Él: «¿No es éste el carpintero?» Se impone el “ya lo conocemos”, la desconfianza, y así se hacen incapaces de dejarse tocar y transformar por la Buena Nueva que Él anuncia.

Nosotros, “desde la tribuna” y a la distancia, podemos caer en juzgar fácilmente a aquellos oyentes escépticos: “¿cómo es posible que no le creyesen?”, y acaso añadimos también: “Si yo hubiera estado allí, ¡yo sí le habría creído!”

Pero, ¿no endurecemos acaso también nosotros tantas veces nuestros propios corazones a la Palabra divina, al anuncio del Evangelio? ¿Le creemos tanto al Señor de modo que nos afanamos en hacer de sus enseñanzas nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar? ¿O acaso reconozco que todo lo que ha enseñado Cristo es admirable, aunque no lo aplique en mi vida cotidiana? ¿Tomo en cuenta sus enseñanzas a la hora de pensar, de tomar decisiones, de orientar mi acción? ¿Es la distancia en el tiempo, o el no poder verlo o escucharlo personalmente, una excusa válida para no seguir al Señor, para no tomar suficientemente en serio sus enseñanzas?

Nuestra propia dureza y rebeldía frente a Dios se expresa muchas veces no en una incredulidad declarada sino en unas preferencias de hecho. Vivimos muchas veces en un ‘agnosticismo funcional’, es decir, decimos creer, pero actuamos como quien no cree. Y es que es en las pequeñas y grandes opciones de la vida cotidiana, en nuestras decisiones y acciones de cada día, como manifestamos si verdaderamente le creemos a Dios o sólo decimos que le creemos.

¡Cuántas veces, por mi falta de fe y confianza en Él, el Señor se ve impedido de obrar en mí el gran milagro de mi propia conversión y santificación! Pidámosle al Señor todos los días que aumente nuestra pobre fe, y pongamos nosotros los medios necesarios para hacer que esta fe se haga cada vez más fuerte y coherente por la lectura y meditación constante de la Escritura, por el estudio asiduo del Catecismo, por la oración perseverante y la acción servicial y evangelizadora.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «“No es éste… hermano de Santiago, y de José, y de Judas y de Simón; y sus hermanas, ¿no moran aquí entre nosotros?”. Ellos atestiguan así que los hermanos de Jesús están allí con Él; pero no viendo en ellos, como los herejes, a otros hijos de José y de María, sino a parientes sólo de Él, a los cuales, según costumbre de la Escritura, se llama hermanos, como a Abraham y Lot (Gén 13), siendo Lot hijo del hermano de Abraham».

San Beda: «Que haya sido llamado Profeta el Señor en la Escritura, lo confirma el mismo Moisés, quien prediciendo su futura Encarnación a los hijos de Israel, dijo: “Tu Señor Dios te suscitará un profeta de entre tus hermanos” (Dt 18, 15). No solamente Él, que es el Señor de los Profetas, sino también Elías, Jeremías y los demás profetas, han sido menos considerados en su patria que en los pueblos extranjeros; porque es casi natural la envidia entre los compatriotas, no considerando los hechos de un hombre, y recordando la fragilidad de su infancia».

San Gregorio Magno: «Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice San Pablo: van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: la fe, si no va acompañada de las obras, está muerta».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesús es el Mesías anunciado

547: Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hech 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

548: Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo” (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (ver Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.

Debemos tener fe en el Señor

2609: Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque Él es la puerta y el camino.

2610: Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la “gran fe” del centurión romano y de la cananea.

2732: La tentación más frecuente [en la oración], la más oculta, es nuestra falta de fe. Ésta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias.

 

 

Cristo en Nazaret

La escena de Mc y Mt responde a al primera parte del relato de Lc, pues en Mc y Mt Cristo “curó” algunos enfermos. Si no hizo allí más curaciones es que “no pudo hacer allí ningún (otro) milagro”, cuya razón explicita Mt: “por su incredulidad” en El.

1. Cristo sale probablemente de Cafarnaúm, y vino a “su patria”. Esta es Nazaret. (Mc 1,9.24; Lc. 4,16).

2. “¿Cómo se hacen por su mano tales milagros?”. Los nazarenos oyeron hablar de lo milagros de Cristo, y reconocen que los realiza, pero como un simple instrumento o intermediario. Por eso, la sabiduría que tiene “le ha sido dada”, y los “milagros se hacen por su mano”. Esto mismo se dice de Moisés (2 Par 35,6). Pero su creencia en El, aun como taumaturgo, es muy rudimentaria. Por conocer a sus familiares desestiman sus poderes y se “escandalizan” de El. Probablemente desconfían del valor de sus obras, mientras no sean reconocidas por tales en Jerusalén por los doctores (Jn 7,3-5). Es un caso de estrechez aldeana y familiar.

3. A Cristo se le hace “artesano” (tékton). La palabra griega usada significa un artesano que trabaja preferentemente en madera. Pero entonces, y en aquel villorrio, los oficios de un artesano no podían extenderse a otros pequeños menesteres. Se citan “hermanos” y “hermanas” de Cristo. Estos son “parientes” en grado diverso del mismo. Precisamente en el mismo evangelio se da el nombre de la madre de estos hermanos de Cristo. La razón de llamarlos “hermanos” y no parientes, o específicamente con el grado de parentesco que tuviesen se debe a que en hebreo no hay términos específicos para esto. Sólo se usa para todos los grados de parentesco la palabra hermano (´ah).

4. No deja de extrañar el que Cristo diga aquí que sólo en su patria y entre los suyos es desestimado un profeta, cuando precisamente viene de la región de los gerasenos, de donde le rogaron se marchase. Acaso las escenas que tienen esta contigüidad literaria no la tengan históricamente tan inmediata. Mt lo pone en otra situación literaria, sin que la condicione su sistema esquemático. La frase es un proverbio. En todo caso, Cristo en la región de Gerasa se presentó como un desconocido, mientras que en Nazaret vino precedido de la gran fama de los milagros.

6. Esta “admiración” verdadera que Cristo tiene a causa de la “incredulidad” que tenían en El, en nada va contra la plena sabiduría que tiene por su ciencia “beatífica” e infusa, ya que esto no es más que un caso del ejercicio de su ciencia “experimental” como la teología enseña.

Manuel de Tuya

Biblia comentada, B.A.C., Madrid, 1964, pg. 670-671

 

 

Incredulidad y repudio de Jesús en su patria

El repudio incrédulo de Jesús en su patria de Nazaret está en contraste con los relatos precedentes, expuestos con la finalidad de suscitar la fe. La mujer sencilla del pueblo había creído y Jairo, el jefe de la sinagoga, había acudido a él lleno de confianza. Es precisamente en su patria donde Jesús choca con una incredulidad crasa. Históricamente no hay por qué dudar de ello -acerca de los «hermanos» de Jesús, cf. Jn. 7:3 ss-; aunque el evangelista persigue además un interés teológico. El ministerio de Jesús no resulta evidente para sus contemporáneos, el misterio de su persona se les esconde más de una vez bajo sus grandes milagros. Muchos no salen de su asombro (cf. 5,20), y en la resurrección de la hija de Jairo la multitud se burla incluso de Jesús.

La paradoja de la incredulidad no hace más que destacar con mayor relieve entre las gentes de Nazaret; son el caso típico de quienes «ven, pero no perciben; oyen, pero no entienden» (4,12). Se trata de la misma experiencia y enseñanza que expresa el cuarto evangelista al final del ministerio público de Jesús: «A pesar de haber realizado Jesús tantas señales en presencia de ellos, no creían en él» (Jn. 12:37). Descubrimos aquí la otra línea que perseguía el evangelista mediante esta sección: el hecho de la incredulidad y su carácter incomprensible. Parece que Jesús se presenta ahora por vez primera en la sinagoga de su patria como maestro. La exposición rebosa ingenuidad y vida. Jesús, como ocurre en Lc 4:16-21 aunque todavía de un modo más gráfico e impresionante1, hace uso del derecho que asiste a todos los israelitas adultos de hacer la lectura bíblica y su exposición. Pero sus paisanos están asombrados de que tenga la capacidad de hablar tan bien y de interpretar la Escritura. Nada se dice aquí de la «autoridad» de Jesús (Lc. 1:22), ni escuchamos nada acerca de su pretensión de que «hoy» se cumplan los vaticinios proféticos (Lc. 4:21). Nada de ello le interesa aquí al narrador; le basta con que exista un asombro incrédulo. Se habla ciertamente de los prodigios realizados en otros lugares, pero a Jesús se le niega la fe.

Los habitantes de Nazaret conocen a Jesús como «el carpintero» o -según otra lectura- «el hijo del carpintero»2. Jesús ha ayudado a su padre en el trabajo y con él ha aprendido el oficio manual. También se le conoce como «hijo de María» y «hermano» de otros hombres que forman su familia3. También sus «hermanas» habitan allí, como miembros más o menos lejanos del clan afincado en Nazaret. Por ello la gente no puede entender que Jesús tenga algo especial y se escandaliza en él. Es la palabra típica para indicar el tropiezo en la fe, y que también ha entrado en el lenguaje comunitario (Lc. 4:17). Para cuantos lo leen, el episodio constituye una severa señal de advertencia: quienes piensan conocer a Jesús, no le comprenden y se alejan de él. Hay muchos tropezones y caídas en el terreno de la fe. Hasta los discípulos más allegados a Jesús han tomado escándalo de él en una hora oscura: cuando Jesús se dejó conducir sin resistencia alguna por sus enemigos (Lc 14:27-29). A sus paisanos incrédulos les lanza Jesús una palabra, que tal vez fuese proverbial entre ellos: «A un profeta sólo lo desprecian en su tierra.» La expresión nos la ha transmitido también Juan (Lc 4:44) en otro contexto, indicando siempre una experiencia amarga. Los enviados de Dios es precisamente en su patria donde encuentran la oposición y el repudio. Así. Jeremías no puede por menos de quejarse de que sus conciudadanos alimenten contra él intenciones malvadas y hasta atenten contra su vida (Jr. 11:18-23). No otra es la suerte que espera al último enviado de Dios, que está por encima de todos los profetas. En la actitud de los nazarenos se anuncia ya a los lectores cristianos el misterio de la pasión de Jesús; pero en el destino de su Señor reconocen también su propio destino. Jesús se ha apartado de sus parientes y se ha creado una nueva «familia» (cf. 3,35) y también sus discípulos lo han abandonado todo por causa del Evangelio (10,30).

Los discípulos de Cristo tienen que comprender que habrá discordias en las familias por causa de la fe (cf. 13,12). A la sentencia del profeta que originariamente sólo es despreciado en su propia «tierra», ha añadido expresamente el evangelista «entre sus parientes y en su casa». Con frecuencia Dios no ahorra esa amargura a los que llama.

La consecuencia de la incredulidad es que Jesús no puede realizar en Nazaret ningún gran milagro, sino que cura simplemente a algunos enfermos imponiéndoles las manos. ¿Por qué no «pudo» Jesús actuar allí con plenos poderes? Nada se dice al respecto, aunque tampoco aparece por ninguna parte la salida apologética de que Jesús no pudo obrar porque no quiso. Según el pensamiento bíblico es Dios quien otorga el poder de hacer milagros. Habría, pues, que concluir que es el mismo Dios quien ha señalado el objetivo y los límites al poder milagroso de Jesús.

Jesús no debe llevar a cabo ningún portento allí donde los hombres se le cierran con una incredulidad obstinada. Todo su ministerio está subordinado a la historia de la salvación, al mandato del Padre. Las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan suenan como un comentario: «De verdad os aseguro: nada puede hacer el Hijo por sí mismo, como no lo vea hacer al Padre» (5,19). Los milagros ostentosos, que los incrédulos requerían de él, los ha rechazado siempre. La generación perversa que reclama un signo del cielo le hace suspirar (8,11s). Esto es también una enseñanza saludable para la fe que no debe impetrar ningún signo evidente ni pruebas definitivas. Jesús «quedó extrañado de aquella incredulidad». Con esta frase se cierra el relato haciendo que el lector siga meditando sobre el enigma de la incredulidad.

Rudolf Schnackenburg

El Evangelio según san Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje

 

[1] Lucas desplaza la escena al comienzo del ministerio público de Jesús y presenta un relato detallado que tomó de una tradición particular (4,16-30). Ese relato puede muy bien proyectar alguna luz sobre el ministerio de Jesús: el cumplimiento presente de la profecía de salvación (v. 18-21), una visión anticipada de la incredulidad de Israel y de la elección de los paganos (v. 25-27), tal vez incluso una alusión al destino profético de Jesús (v. 29: véase 13.33 Y 34).

[2] El texto primitivo de Marcos sonaba probablemente así: «El carpintero, el hijo de María»; la otra lectura se explica por influencia del texto de Mateo donde aparece «el hijo del carpintero». El hecho de que se señale a Jesús como «el hijo de María» no supone ninguna tendencia teológica -nacimiento virginal-, sino que se explicaría si para entonces ya había muerto José.

[3] Este pasaje es importante porque da algunos nombres personales; los hombres que aquí se nombran pueden identificarse en parte con personas que nos son conocidas por la tradición y que, por lo mismo. no pueden ser verdaderos hermanos carnales de Jesús. Así, Simón y Judas eran hijos de un Klopas o Cleofás, hermano de José; cf. J. SCHMID, Los «hermanos de Jesús», en El Evangelio según san Marcos. Herder. Barcelona 1967, p. 126-128

 

 

Casi como un espejo de lo que la Liturgia nos propuso el domingo pasado, cuando los textos se centraban en el poder de la fe, hoy se nos manifiesta la dificultad de creer y la problemática postura de los hombres frente a esta tarea.

En el segundo relato de la vocación de Ezequiel (I Lectura) queda de manifiesto la misión del profeta, que ha sido destinado a un mundo complejo y hostil: es la “raza de los rebeldes; hijos testarudos y de corazón endurecido”, a los cuales el Señor les envía al profeta como Signo de su presencia.

El evangelio de Marcos hace eco a esta página. El episodio es el mismo contado también por Lucas, aunque con matices diversos, pero el contexto es el mismo. La pregunta que aflora a los labios de los habitantes de Nazareth, al escuchar la enseñanza de Jesús en su sinagoga, es la expresión del rechazo de la predicación del definitivo profeta.

El Señor es rechazado, no tanto porque su mensaje no sea convincente y válido, menos aún si se piensa en los signos que acompañaban el anuncio. Los contemporáneos, al fin y al cabo, reconocen su sabiduría y la autoridad del mensaje que proclama. Pero no reconocen el origen, son desconfiados, incapaces de pasar del “signo” al “fundamento”. Tal incapacidad está expresada en la pregunta acerca del origen de esa sabiduría que se manifiesta delante de sus ojos.

Hoy como entonces, frecuentemente lo que acompaña al encuentro con Cristo es una cierta curiosidad superficial, no la fascinación que la persona de Cristo ejerce en la existencia de quien lo encuentra. Como para los habitantes de Nazareth, también el hombre contemporáneo, capturado por la novedad de Cristo, puede quedarse dramáticamente indiferente y hasta desconfiado.

Hay que dar un salto: desde el escepticismo y el escándalo, al asombro y el seguimiento. Sorpresa y estupor generan los interrogantes. Si estos son prejuicios y pura retórica, como la de los habitantes de Nazareth, el camino del hombre está destinado a detenerse y a terminar en la desconfianza y en el escepticismo.

Los nazarenos, si por una parte no pueden negar su sabiduría superior y su poder, por otra no aceptan que Jesús sea el “Hijo de Dios”. La presunción de conocer ya al Señor, bloquea a los hombres y los deja en el umbral del encuentro.

¿Por qué este bloqueo?
La raíz de la incredulidad es la incapacidad de acoger la Revelación de Dios en lo cotidiano, no en la abstracción teórica de una revelación pasada que no tiene nada que ver con el presente, sino con lo cotidiano.

Es el escándalo de la Divinidad que asume lo humano, entrando así en lo cotidiano. La hostilidad del mundo está ahí y permanecerá hasta el fin. Pero el verdadero problema somos nosotros, los creyentes, nuestra fe en Cristo vivo y presente.

Debemos mirar de frente al escepticismo que nos invade, también cuando estamos postrados delante del Resucitado; también donde la presencia del Resucitado se nos da y se nos presenta gratuitamente. Debemos hacer un claro examen de conciencia y reconocer dónde dejamos albergar, en nuestro corazón, la falta de fe, la duda y el escepticismo, de cara al Señor, presente y vivo.

Esta duda es, en nosotros, como el contagio de la mentira del mundo, un mal que penetra dentro de la conciencia y el corazón; es como una sutil hoja que se insinúa entre nosotros y todo aquello que se nos ha dado por Cristo y en Cristo.

Es en la humillación del Hijo de Dios y en nuestra humana enfermedad humana que podemos reconocer la gloria de Dios. Es una gracia que pedimos a la Virgen Madre, Aquella que nos indica el Camino y cuya fe es libre de toda sombra de duda y de pecado.

Congregación para el Clero

 

 

Las lecturas primera y tercera, como es costumbre, se relacionan entre sí. La primera esta tomada del profeta Ezequiel y nos presenta la rebeldía de Israel contra Dios. La tercera manifiesta la rebeldía de los paisanos de Jesús contra Él, no obstante la elevada doctrina que ofrece y los milagros que hace. San Pablo nos enseña la humildad no obstante sus revelaciones singulares. Por eso se pone enteramente en manos de Cristo.

Ezequiel 2,2-5Son un pueblo rebelde y sabrán que hubo un profeta en medio de ellos. San Gregorio Magno explica:

«El conocer a los buenos suele servir a los malos o para ayuda de su salvación o para testimonio de su condenación. Sepan, pues, que en medio de ellos hay un profeta, para que, oyendo su predicación, o sean impelidos a levantarse y convertirse o sean condenados en sus iniquidades de tal suerte que no tengan excusa… Consta cuán perversos sean aquellos a quienes se les manda predicar, puesto que se les aconseja que no teman; y porque todos los depravados y perversos hacen otras iniquidades con los que les predican cosas buenas y hasta los amenazan con otras por aquello bueno que hacen, se dice: no los temas; y por las amenazas que les dirigen se agrega: ni te amedrenten sus palabras. O bien, porque los réprobos y los inicuos infieren males a los buenos y siempre quitan autoridad a los actos de ellos, al profeta enviado se le amonesta que no tema ni su crueldad ni su furor y que no tema sus palabras» (Homilía 9 sobre Ezequiel 11-12).

2 Corintios 12,7-10Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. San Pablo, apóstol de Jesucristo, experimenta sobre sí mismo que Dios elige lo débil de la humanidad como instrumento de su gracia para la salvación de los demás. Comenta San Agustín:

«Muéstranos, Apóstol Santo, otro lugar más claro en el que confieses tu debilidad, no donde busques la inmortalidad… Aquí tenéis, pues, al Apóstol que teme el precipicio de la soberbia, al mismo tiempo que proclama la grandeza de sus revelaciones. Para que sepas que el Apóstol que deseaba salvar a los otros necesitaba todavía curación personal; para que conozcas esto, si tienes en grande estima su honor, escucha qué remedio aplica el médico al tumor; escucha no a mí, sino a él. Escucha su confesión para reconocerle Maestro… Escucha también lo que soy, no te subas muy alto el corderillo allí donde el carnero se halla en el peligro: “se me ha dado el aguijón de la carne, el ángel de Satanás que me abofetea”. ¡Cuál no sería el tumor temido, si tan punzante fue el emplasto aplicado!…

«Somos hombres, reconozcamos a los apóstoles como hombres, aunque santos. Son vasos selectos, pero aún frágiles, que aún peregrinan en la carne, sin haber alcanzado el triunfo en la patria celestial. Él mismo rogó tres veces al Señor para que le quitase tal aguijón y no fue oído en cuanto a su voluntad, porque lo fue en cuanto a la salud. “¿Quién librará mi cuerpo de la muerte?” Recibirás como respuesta: “hallarás tu seguridad no en ti, sino en tu Señor”. Tu seguridad proviene de la garantía que tienes. Teniendo como prenda la Sangre de Cristo… ¿Quién me librará? “La gracia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”» (Sermón 154).

Marcos 6,1-6No desprecian a un profeta más que en su tierra. El propio Jesucristo que nos redimió como Hijo de Dios encarnado, fue signo de contradicción a causa de su humilde condición humana. Jesús responde al escepticismo del pueblo de Nazaret con un proverbio que refleja la verdad bien sabida de que la envidia y la familiaridad predisponen mal frente a una persona conocida. San Ambrosio habla de este odio y envidia:

«La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y “lo que es invisible en Él nos lo muestra por las cosas visibles” (Rom 1,20).

«No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor de su patria… Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los beneficios divinos –allí vivió treinta años–. Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esa patria es considera indigna de que Él, conciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios morase en ella» (Tratado sobre san Lucas lib. IV, 46-47).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico - Tomo V

 

 

La palabra se ilumina

La suerte está echada: Jesús ha atravesado el Rubicón, ha empezado la gran aventura. Jesús ha dejado desde hace ya algún tiempo la pequeña aldea donde había crecido y en la que había vivido durante unos treinta años, dando comienzo a una predicación extraordinaria. Se ha establecido en Cafarnaún, donde predica y realiza milagros. Su actividad como Maestro está indicada dos veces, al comienzo y en la conclusión del fragmento (vv. 2 y 6).

En un determinado momento decide volver al pueblo donde había vivido. Esta será la primera y única visita registrada por el evangelio. Vuelve con las vestiduras de rabí consolidado y acompañado de sus discípulos. Es una buena carta de presentación. Como buen judío observante, el sábado se dirige a la sinagoga, a fin de atender a sus obligaciones de creyente. Marcos se muestra muy lacónico en la descripción. Podemos imaginar que el jefe de la sinagoga, en vez de conducir el mismo la liturgia del sábado con el comentario correspondiente a la Torah, confió a Jesús la tarea de exponer su pensamiento, dado que ahora es un acreditado maestro.

De hecho, su explicación sorprende a muchos. Las explicaciones de Jesús no son las retahílas de citas aducidas por los rabinos; Jesús rehace una enseñanza inédita que tiene su origen en un modo muy original de leer la Escritura. La sorpresa y el estupor generan una serie de «preguntas» Las preguntas, cinco en total (vv. 2s), forman dos grupos, de tres y dos, respectivamente. El primer grupo plantea verdaderas preguntas que no tienen una respuesta clara y continúan, por consiguiente, en suspenso; el segundo contiene preguntas retóricas, con respuesta precisa.

La primera pregunta «¿De donde le viene a este todo esto?» versa sobre el origen del conocimiento de Jesús. Todos sabían que no había asistido a ninguna escuela particular (no las había en el pequeño pueblo de Nazaret) y que no había estado en Jerusalén siguiendo las lecciones de maestros ilustres, como fue el caso de Pablo en la escuela de Gamaliel. En consecuencia, sigue siendo un misterio como y donde ha podido aprender Jesús esa instrucción que ahora está exponiendo ante sus paisanos. Hay un aspecto particular que despierta todavía más la curiosidad de la atónita gente del pueblo: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?» La sabiduría, don de Dios, es el modo gustoso y sabroso de alcanzar la verdad, y afecta a toda la persona, tanto a su inteligencia como a su corazón. Las palabras de Jesús tienen al mismo tiempo la lucidez del saber y el deleite del sabor. Por eso Jesús «da en el blanco» con sus palabras, llegando a la totalidad de la persona. Alguien, mejor informado, sabe también de los milagros realizados por Jesús en las regiones vecinas. Por otra parte, Cafarnaún estaba a pocos kilómetros y las noticias corrían. Esas acciones extraordinarias alimentan también el enigma sobre la persona de Jesús.

La segunda serie de preguntas -esta vez retóricas- plantea los conocimientos que la gente de Nazaret poseía sobre Jesús. Este era conocido por haber ejercido la modesta actividad de carpintero, termino genérico para indicar, en un minúsculo centro habitado, un «arregla-todo». También conocen a su madre y se la cita por su nombre (la única vez en el evangelio de Marcos). El «carné de identidad» de Jesús esta completado con la referencia a otros familiares, con cuatro hermanos citados por su nombre y con una referencia genérica a sus hermanas. Aquí, como ya en 3,32, y según la mentalidad semítica, el grado de parentesco es más elástico que en nuestra cultura: «hermano» y «hermana» señalan a los primos o un vinculo todavía más lejano.

La presunción de conocer a Jesús les bloquea en el umbral de su experiencia. Son incapaces de interrogarse a fondo, de indagar mejor la identidad de su ilustre paisano. Con semejante actitud de cerrazón no están dispuestos a acoger los gérmenes de la novedad revolucionaria que trae consigo y chocan (los tenía escandalizados) con los elementos que deberían impulsarles a revisar sus posiciones. Su equivocación consiste en acoger a Jesús como se acoge en nuestros días a un héroe deportivo o militar, a una personalidad científica o religiosa en su patria tras un período de alejamiento. 

El amargo comentario de Jesús cita un proverbio bien conocido. Sucede con frecuencia que precisamente los que están más cerca, se muestran refractarios a cambiar de opinión, prisioneros de su pasado o de sus conocimientos. Por la falta de fe en su persona, los habitantes de Nazaret no disponen del requisito necesario para dejar espacio al milagro. En consecuencia, Jesús limita sus intervenciones bienhechoras. Se marcha de nuevo de Nazaret para llevar el calor de su Palabra y la novedad de su mensaje a otras personas que, al menos así lo espera, estén menos prevenidas en contra de él y se muestren mejor dispuestas a acoger una Palabra que transformará sus vidas.

La Palabra me ilumina

Una alegre salida termina en una amarga decepción: decepción por parte de los habitantes de Nazaret, que se escandalizan, y decepción por parte de Jesús, que constata su dureza de corazón. No basta la embriaguez momentánea del comienzo, ni tampoco la escucha de novedades agradables. Es menester pasar del mensaje al mensajero, de la acción al que la realiza. Este paso se vuelve posible cuando se está atento a los mensajes de la historia y se es dócil a las sugerencias interiores. No se puede dar por descontado nuestro conocimiento de Jesús, ni presumir que su carné de identidad nos resulte conocido desde hace mucho tiempo. Obrando así nos hacemos impermeables a las sorpresas.

En realidad, el evangelio, antes de ser un texto escrito y que ya conocemos, es una Persona, es el mismo Jesús, al que hemos de acoger en todo momento. Si bien es cierto que las páginas evangélicas no han cambiado desde hace dos mil años, también lo es que nosotros estamos en un cambio continuo: por la edad, por las experiencias, por los sentimientos. El estado de ánimo en que me encuentro en la Pascua de este año puede ser muy distinto al que me encontraba el año pasado. Cada uno de nosotros cambia continuamente. Por otra parte, la omnipotencia divina incluye asimismo la fantasía divina, de ahí que Jesús no llegue nunca a nosotros del mismo modo y se reserve siempre la posibilidad de sorpresas agradables. Por eso no puedo presumir de conocerle de una vez por todas, ni dar por descontado un conocimiento adquirido antes. Existe siempre la posibilidad de una actualización, de percibir nuevos matices. Dicho con otras palabras, es preciso que nos pongamos siempre en una actitud de escucha, de una receptividad disponible al Espíritu que crea y recrea.

Sólo así podrá continuar realizando el Señor, en medio de nosotros, el milagro de su presencia, que nos exalta y nos asimila a él.

La palabra en el corazón de los Padres

De este modo, se nos exhorta al deber de venerar y honrar al Hijo, es decir, el Logos, persuadidos por la fe de que el es el salvador y el guía, y, a través de él, lo es el Padre. Y debemos hacerlo no en días escogidos, como otros pretenden, sino continuamente, durante toda la vida y de todos los modos.

De ahí que el «gnóstico» [podríamos decir hoy «el cristiano»] honre a Dios no en un lugar determinado, ni en un templo especial ni tampoco en festividades y días fijos, sino durante toda la vida, ya se encuentre solo o tenga consigo a compañeros de fe. Si la presencia de una persona buena educa y forma siempre en el mejor de los sentidos al que se le acerca, en virtud de la atención que le presta y el respeto que le inspira, aquel que siempre, incesantemente, esta cerca de Dios con la gnosis, con la vida, con su acción de gracias, no es lógico que sea tanto más superior a si mismo y en todo, dado que contempla todas sus obras y oye todas sus palabras y su disposición interior?

Así es el que esta convencido de la omnipresencia de Dios y considera que no esta encerrado en lugares determinados, para poder abandonarse a toda licencia noche y dIa, cuando cree que esta lejos de el. Transcurriendo así toda la vida en fiesta, convencidos de que en todas partes y en todo lugar estamos junto a Dios, trabajamos los campos alabándole, navegamos cantándole y nos comportamos siguiendo la norma correcta en toda nuestra conducta de vida (Clemente de Alejandria, Stromati, VII, 7, Milan 1985, 808 [existe edición española en Ciudad Nueva, Madrid 2005]).

Caminar con la Palabra

El escándalo es la expresión violenta del resentimiento del hombre contra Dios, contra la esencia misma de Dios, contra su santidad. Es la resistencia contra el mismo ser de Dios. En lo más profundo del corazón humano dormita junto a la nostalgia de la fuente eterna, origen de todo lo criado y que es la única que contiene la plenitud absoluta, la rebelión contra el mismo Dios, el pecado, en su forma elemental, que espera la ocasión propicia para atacar. Pero el escándalo se presenta raramente en estado puro, como ataque abierto contra la santidad divina en general; se oculta dirigiéndose contra un hombre de Dios: el profeta, el apóstol, el santo, el profundamente piadoso. Un hombre así es realmente una provocación. Hay algo en nosotros que no soporta la vida de un santo, que se rebela contra ella, buscando como pretexto las imperfecciones propias de todo ser humano. Sus pecados, por ejemplo: ¡este no puede ser santo! O sus debilidades aumentadas malévolamente por la mirada oblicua de los que le rechazan. O sus rarezas: ¡no hay nada más irritante que las excentricidades de los santos! En una palabra, el pretexto se basa en el hecho de que el santo es un hombre finito.

La santidad, sin embargo, se presenta más insoportable y es objeto de mayores objeciones y recusaciones intolerantes en la patria de los profetas. ¿Como va a admitirse que es santo un hombre cuyos padres se conocen, pues viven en la casa de al lado, y que debe ser como todos los otros? Como va a ser un elegido de Dios alguien de quien se sabe como están todos sus asuntos? El escándalo es el gran adversario de Jesús. Tiene como consecuencia que se cierren todos los oídos al anuncio de la Buena Nueva, que no crean en el Evangelio y que se resistan al advenimiento del Reino de Dios, llegando incluso a combatirlo (R. Guardini, El Señor, vol. I, Rialp, Madrid 1954, 86-87).

Giorgio Zevini

Lectio Divina (Mateo): Presunto conocimiento y falta de acogida

Verbo Divino (2008), pp. 179-184.

 

 

Primera lectura (Ez. 2,2-5)

Ezequiel nos cuenta la vocación y misión que ha recibido de Yahvé:

– La Teofanía o aparición de la Gloria de Dios le ha hecho caer en tierra (Ez 1,29). Una voz del cielo le ordena ponerse en pie: ‘Mantente en pie’ (2, 1). Esta actitud ante Dios significa:
a) La disponibilidad del Profeta. Es la actitud de quien está presto para cumplir su misión.
b) El vigor y eficiencia que Dios le da al elegirle por su Profeta y mensajero.
c) La transformación que obra en él la Palabra de Dios; en el c. 37 vemos cómo al entrar el Espíritu de Dios en aquellos huesos áridos resucitan y se ponen en pie. Ezequiel al soplo del Espíritu de Dios será un nuevo hombre.

– La misión que Dios confía a Ezequiel es difícil. Es enviado a un pueblo rebelde, de frente dura y de corazón empedernido. Siempre los Profetas de Dios topan con la incomprensión, el desdén y la persecución.

– La razón de ser del Profeta y el secreto de su fuerza está en que es un enviado de Dios y se llega a los hombres con su mensaje de Dios: ‘A ellos te envío para decirles: Así habla el Señor Yahvé’ (4). ‘Pues viviente es la Palabra de Dios, y eficiente, y más tajante que una espada de dos filos y que penetra hasta los linderos del alma y del espíritu (Hb. 4,12). Tomemos ejemplo de los Profetas quienes hemos recibido la misión y el carisma de anunciar la Palabra de Dios: ‘Investidos de este misterio, con el que nos favoreció la bondad del Señor, no desmayamos. Antes bien, desechamos los artificios ruines y no procedemos astutamente ni falsearnos la Palabra de Dios, sino que manifestamos la verdad’ (2Cor. 4,1-2).

Segunda lectura (2Cor 12, 7-10)

En la elección y vocación de Pablo, el Apóstol de Cristo por antonomasia, encontramos lecciones muy interesantes para cuantos van a recibir el carisma de la vocación apostólica:

– Esta vocación no es un mérito, es una gracia; no es de propia elección, sino por elección divina. San Pablo nos dice acerca de su vocación: Cuando le plugo a Aquel que me segregó del seno materno y me llamó por su gracia, revelarme su propio Hijo para que yo evangelizara a los gentiles’ (Gal 1,16). El Apóstol de Dios lo es por gracia de Dios. El sello de esta vocación le marca desde el seno materno, bien que, como en el caso de Pablo, no sea conocido hasta muy tarde.

– Nunca le faltan al auténtico Apóstol las persecuciones y la dolorosa crucifixión. San Pablo nos habla de ‘una espina hincada en su carne’, de un emisario de Satanás. En la vida de Pablo esta ‘espina’ eran los ‘judaizantes’ o ‘falsos hermanos’, que le molestaban y atormentaban del modo más cruel. Es aleccionadora la respuesta que recibe al pedir a Dios que le libre de aquella dolorosa situación: ‘Te basta mi gracia, pues el poder de ella se manifiesta en tus flaquezas’ (9). Con el dolor y las persecuciones el Apóstol se mantiene humilde y aviva su conciencia de que no por su actuación, sino por la gracia de Dios, vence al mundo, al demonio y al pecado.

– Con esta certeza el Apóstol no desmaya ante ningún obstáculo. Es que no se apoya en sí mismo, sino en Dios Omnipotente. Pablo dice, hablando del carisma del apostolado: ‘Llevamos este tesoro en. vasos de arcilla a fin de que reconozcamos que este sobreeminente poder nos viene de Dios, no de nosotros’ (2Cor. 4,7). En vasos de arcilla pone Dios sus ricos tesoros, para humildad nuestra y gloria suya. Son oportunas consignas para cuantos tienen la vocación del apostolado estas de Pablo: ‘Todo lo puedo en Aquel que me conforta’ (Flp. 4,13). ‘Me glorío en mis flaquezas. Pues cuanto me siento endeble entonces soy fuerte. Porque cuando soy débil entonces se apodera de mí la fuerza de Cristo’ (2Cor 12,9.10). Por esto, hijos de Dios y heraldos de la luz pedimos: ‘Concédenos, Señor, que nunca nos envuelvan tinieblas de error, sino que anegados en esplendores de verdad la irradiemos siempre’ (Colecta).

Evangelio (Mc. 6,1-6)

Cristo, el Enviado del Padre, no es recibido por todos. Concretamente en Nazaret, donde ha pasado los años de la vida oculta y donde tiene muchos parientes, es rechazado:

– Recibir a Jesús es verlo con los ojos de la fe como Enviado del Padre, como Mesías y como Hijo de Dios. El Hijo de Dios para ser nuestro Maestro y nuestro Salvador se ha humillado y nivelado haciéndose en todo igual a nosotros. Los de Nazaret, que han conocido más de cerca este estado de humillación de Jesús, se cierran del todo a su mensaje y se niegan a reconocerle como Mesías. Jesús tiene que decirles: ‘Donde más despreciado es un Enviado de Dios. es en su patria y entre sus parientes y familiares’ (5).

– La fe verdadera reconoce en Jesús su humildad y su divinidad, su humillación y su grandeza. Es verdadero hombre y verdadero Hijo de Dios. A través de su humanidad, que vemos, llegamos por la fe a su divinidad, que no vemos. Las debilidades de su humanidad, cual la asumió por amor a nosotros, no deben escandalizarnos o hacer titubear nuestra fe, sino que deben acrecer nuestro amor.

– Referente al v. 3, del que tanto han abusado algunos herejes y hoy sobre todo abusan los Testigos de Jehová, baste decir: ‘Hermanos de Jesús’ no significa hijos de María, sino parientes próximos, como por ejemplo primos, que en hebreo y arameo se llamaban también ‘hermanos’ (Gn. 13,8; 14,16 ,29,15; Lv. 10,4; 1Cor. 22,22; Mt. 27,56; Mc. 15,40).

José María Solé Roma, CMF

Exégesis sobre las tres lecturas - Ministros de la Palabra. ciclo B, Herder, 1979

 

 

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La lectura nos dice que Jesús regresa a su pueblo natal y se fue a la sinagoga se puso a enseñar en un día sábado, se dice que mucha gente lo escucho con asombro, al ver la sabiduría con la que hablaba.

Como viene esta sabiduría a Jesús, recordemos que durante su infancia fue un niño normal, pero sus padres José y María son los que se hacen cargo de su educación espiritual, a enseñarle sobre el pentateuco, que fueron los cinco primeros libros, que se escribieron y donde estaba escrito, las revelaciones de Dios a su pueblo.

Este es uno de los valores que se han perdido hoy en día, y es el que los padres enseñen a sus hijos los verdaderos principios cristianos; porque son muchos padre de familia que asisten a la iglesia, y se olvidan de lo primordial, la espiritualidad en los hogares.

La palabra nos dice en Lc. 2,46 que Jesús a la edad de doce años ya está en medio de los maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Nosotros en vez de estar metidos en el televisor, en la computadora o en el celular deberíamos de estar con la palabra y hablando de ella para que, nuestros hijos vean nuestro testimonio de vida y ya ellos desde muy pequeños sepan una de las prioridades de la familia.

En Jn.7,15-17 la palabra nos dice: Los judíos admirados, decían: “Este hombre no ha tenido maestro ¿y cómo sabe tanto?” Jesús les contesto: Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió. El que haga la voluntad de Dios, comprobara si mi enseñanza viene de él, o si hablo por mi propia cuenta.

Debemos de pedir al Señor que nos de Sabiduría, para hacer las cosas como a él le agradan, Sab3,9 nos dice: Los que confían en el conocerán la verdad y los que le son fieles estarán con él en el Amor, porque sus elegidos hallan en el bondad y misericordia.

¿No es este el carpintero, el hijo de María y el hermano de Santiago, José, judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven aquí entre nosotros?

Es bueno saber que antiguamente a los miembros de una familia, de un mismo lugar se llamaban entre ellos hermanos y en esta lectura vemos lo mismo, Santiago el mayor era hermano de Juan ambos apóstoles del Señor y estos a su vez eran hijos de Zebedeo y Salome; eran pescadores y originarios de Betsaida, y Santiago el menor, hermano de Judas Tadeo también apóstol y de José discípulo del Señor, eran hijos de Cleofás o Alfeo y de María, prima hermana de Santa María virgen y Simón Pedro, hermano de Andrés; su padre se llamaba Jonás, estos apóstoles eran originarios de Betsaida, con esto concluimos que nuestro Señor no tenía más hermanos en carne y por tanto María nuestra madre santísima se mantuvo siempre virgen.

La gente de Nazaret no creían en Jesús y él les dijo: A un profeta solo lo desprecian en su tierra, en su parentela y en su familia.

Todo profeta de Dios habla de la verdad y conoce bien donde está el pecado, por eso despreciaban a Jesús, y por eso nosotros reaccionamos cuando alguien nos dice la verdad, muchos somos cristianos de apariencia, Heb 12,6 nos dice: A quien ama el Señor lo corrige y castiga a todo aquel que recibe por hijo.

Nosotros siempre queremos aparentar ante los demás que estamos bien, aunque nuestro mundo se nos está derrumbando, nos interesa más vivir un mundo de apariencia, que romper el velo para que Jesús ilumine nuestra vida y la de nuestra familia.

Pidámosle al Señor que cada día nos de entendimiento de su palabra, pues es el alimento que necesitamos, para ser sólidos en nuestra fe y con ella seremos capaces de hacer cosas imposibles, Mt. 17,19-20.

Enrique Paz