Maravillados y escandalizados

1. Maravillados y, al mismo tiempo, escandalizados. Ese podría ser el resumen del evangelio de hoy, de cómo la gente reacciona ante Jesús. Para situarnos, Jesús va a su pueblo, Nazaret, con sus discípulos, y el sábado comienza a enseñar en la Sinagoga. La gente que lo escucha, que dice el evangelio que era “una multitud”, se maravilla porque habla con autoridad, porque ven en sus palabras “sabiduría” y en sus acciones “milagros”. Por eso dicen: “¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?”. Ven que no habla como los demás, como los maestros de la ley, algo es distinto en Él, algo es nuevo, sus obras le avalan. Por eso más adelante también dirá: “Si no me creéis a mí, creed a las obras que veis que realizo”.

2. Sin embargo, al mismo tiempo que se asombran y se maravillan, también se escandalizan. Se escandalizan porque está en su pueblo y lo conocen todos, porque saben que es “el hijo del carpintero”, de María y José, y conocen a sus familiares, que son paisanos del pueblo. Además, Nazaret es un pueblo pequeño y pasa lo que en todos, que todos acaban siendo familia. Para ellos, Jesús es una persona “normal”, y piensan que una persona “normal” no puede hacer las cosas que hace Él. El aspecto positivo de esta reacción es que la persona de Jesús, sus palabras y sus obras, les han cuestionado, no han permanecido indiferentes. El aspecto negativo es que la consecuencia de ese cuestionamiento ha sido el rechazo.

3. Jesús se siente despreciado en su propio pueblo, rechazado por sus propios paisanos, incluso por sus parientes y por los de su casa. La experiencia es muy fuerte. No puede hacer ningún milagro, salvo curar a algunos enfermos, porque les falta fe en Él. Es la experiencia del fracaso, que se hace más dura cuando se produce con personas cercanas y queridas. Quizá algunos de nosotros podemos sentirnos identificados con estas experiencias de fracaso: matrimonios rotos, proyectos naufragados, negocios venidos abajo, incluso planes pastorales, grupos, iniciativas parroquiales que no han llegado a buen fin, decepciones personales con amigos, dificultades para vivir y hacer vivir la fe…

4. Pero hay algo muy importante en todo esto, algo que hace que el profeta no se hunda en su fracaso. Ezequiel, el profeta de la primera lectura, recibe su vocación de profeta directamente de Dios, y es enviado a un pueblo rebelde para que realice entre ellos su vocación de profeta, pero con un matiz muy especial. Dios le dice: “a ellos te envío para que les digas: esto dice el Señor. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso… sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Ni Ezequiel, ni Jesús, ni Pablo (en la segunda lectura) se dan por vencido frente al rechazo o al fracaso. Dice Pablo: “Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Porque cuando fracasamos nosotros, triunfa la fuerza de Dios, que se manifiesta en nuestra debilidad. Así actuó Jesús. Ante el fracaso de la Cruz, triunfó el proyecto de Dios; ante la muerte, triunfó la vida. Ante la dificultad, Dios nos llama a mantenernos firmes y perseverantes, fieles a la tarea que nos ha encomendado, “te hagan caso o no te hagan caso”.

5. Jesús, ante el fracaso, no deja de actuar. Cura a algunos enfermos y sigue predicando por los pueblos de alrededor. El profeta nunca deja de ser profeta. El proyecto de Dios es muy importante y se hace fuerte frente a las adversidades, frente a nuestras debilidades. Dios, muchas veces, se fija en lo que el mundo rechaza. A Pablo le dice: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. Reconocernos débiles ante Dios no es un fracaso, es necesario para que se haga en nuestra vida y en nuestro mundo el proyecto de Dios.

6. En la Eucaristía no rezamos a un muerto, aunque a veces lo parezca por nuestra actitud, sino a alguien que vive porque ha sabido superar el fracaso de morir en una cruz. En Jesús se ha manifestado la fuerza de Dios. En la debilidad de un hombre crucificado, Dios ha manifestado su fuerza resucitándolo de entre los muertos. Lo que aparentemente era un proyecto fracasado, Dios lo convirtió en el fruto más grande para hacer crecer el Reino de Dios.

Que nos sigamos dejando maravillar por Dios y que no nos escandalicemos de su manera de actuar en nuestro mundo.

Pedro Juan Díaz

 

 

La palabra profética, la palabra de dios, fue y es frecuentemente rechazada

1. En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos… La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿de dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María?… y esto les resultaba escandaloso. Las lecturas de este domingo 14 del tiempo ordinario nos ponen de manifiesto lo que decíamos más arriba: los profetas en su tiempo fueron frecuentemente incomprendidos y rechazados. Esto les pasó a Ezequiel, como vemos en la primera lectura, a san Pablo, como podemos deducir de la segunda lectura, y al mismo Cristo, como sabemos todos los cristianos, y como vemos también hoy en esta lectura del evangelio según san Marcos. Que a Jesús le persiguieron y le mataron por anunciar el reino de Dios y por predicar su evangelio es, por supuesto, algo evidente para nosotros. La lectura del evangelio de hoy tiene, no obstante, un comentario algo especial: los de su pueblo no le persiguieron, ni le mataron, pero no creyeron en él como profeta de Dios. ¿Por qué? Porque le consideraron uno más entre los del pueblo, “el hijo del carpintero y de María y el hermanos de sus hermanos”. Y Jesucristo no fue uno más entre los del pueblo; fue un verdadero profeta de Dios, fue el hijo de Dios. Fue la falta de fe en la divinidad de Cristo lo que impidió a los habitantes de Nazaret creer en él y amarle, porque sin fe no hay amor posible, y sin fe y sin amor no podemos acercarnos a Dios y creer en él. Pidamos hoy a Dios todos nosotros, los cristianos, creer en Jesús y amarle, intentando vivir como él vivió, “pasando por la vida haciendo el bien”. Y creamos en la bondad de las personas buenas con las que convivimos, aunque sean de un origen humilde, y no tengan grandes títulos, ni condecoraciones. Fe y amor a todas las personas porque son hijos de Dios, esto es lo que debemos hacer todos los que queremos ser verdaderos cristianos, discípulos de Jesucristo.

2. “Esto dice el Señor”: “Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. El profeta Ezequiel predicó en tiempos del exilio y en circunstancias muy difíciles. El pueblo de Israel había dejado de fiarse de Dios y, por tanto, tampoco se fiaba de sus profetas. Dios manda a Ezequiel que insista y que no desista de su vocación de profeta, que el pueblo sepa que él, Dios, no se ha olvidado de ellos. En estos tiempos nuestros, en este siglo XXI, también nosotros, los cristianos, no debemos desanimarnos ante las dificultades que nuestra sociedad ofrece a nuestros catequistas y evangelizadores para cumplir con su misión de anunciar el evangelio de Jesús, el reino de Dios a las personas con las que convivimos. Nos hagan caso o no, nosotros no debemos de dejar de predicar y predicar el evangelio. Las dificultades no sólo no deben desanimarnos, sino que deben de confirmarnos en la necesidad de nuestra misión. Más necesario es predicar el evangelio a una sociedad que, mayoritariamente, ha dejado de creer en él, que a una sociedad mayoritariamente fiel y creyente.

3. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte. La vida del apóstol san Pablo la conocemos suficientemente bien todos los cristianos. Fue un apóstol que predicó el evangelio de Jesús a los gentiles, con una fortaleza y una capacidad de sufrimiento grandísima. En su predicación sufrió toda clase de dificultades, persecuciones y la misma muerte. Pero todo lo sufrió con valentía por su fe y su amor a Cristo. “No soy yo, llegó a decir, es Cristo quien vive en mí”. No se fio nunca de su propia fuerza, sino de la fuerza del Cristo que vivía en él. Un buen ejemplo para nosotros, los cristianos de todos los tiempos: no somos nosotros, es el Cristo que actúa en nosotros el que es fuerte. En nuestra debilidad debemos dejar que actúe la fuerza de Dios. Precisamente, porque el Señor ve nuestra debilidad y nuestra humildad, como decía María, la madre de Jesús, es por lo que Dios puede hacer en nosotros maravillas. Seamos humildes también nosotros, reconociendo nuestra debilidad. Como hoy nos dice san Pablo de sí mismo, y dejemos que en nuestra debilidad se manifieste la fuerza de Cristo.

 

 

La sabiduría y la fuerza del corazón de Jesús

1. ¿De dónde saca este todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? Jesús sacaba su sabiduría y su fuerza de su corazón manso, humilde y compasivo. No era hijo de noble cuna, sus padres eran humildes y pobres, no tenía títulos nobiliarios, no pertenecía a la casta de los sacerdotes, o escribas, o letrados de Israel. Pero tenía un corazón grande como el mundo, divino como Dios, compasivo como el de una madre tierna y solícita. Sí, Jesús sacaba todo de su corazón, no actuaba para agradar mundanamente a nadie, ni para demostrar nada a los demás, ni para cumplir normas de ninguna clase; actuaba misericordiosamente porque se lo pedía su corazón misericordioso, se compadecía de las personas enfermas, o marginadas, o pecadoras, porque su corazón no soportaba tanto dolor injusto y tanta injusticia como veía en el mundo que le rodeaba. Así debemos actuar siempre los discípulos de Jesús, los cristianos, los que desde niños fuimos bautizados en su nombre. Si no lo hacemos así, podremos ser muy buenos en muchas cosas, sabios en muchas materias, famosos y reconocidos en el mundo, pero no seremos buenos cristianos y Dios Padre no podrá reconocernos como hijos suyos, como auténticos seguidores de su Hijo Jesús.

2.- No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Es triste, pero más de una vez se cumple lo que el mismo Jesús les dice a sus discípulos: “los enemigos del hombre son los de su propia casa” (Mt 36). Se ve que así pasaba ya en tiempos de Jesús y así ha ocurrido, a veces y desgraciadamente, siempre. Porque la envidia nos hace vivir comparándonos continuamente con los demás y, naturalmente, a los primeros que vemos y con los primeros que nos comparamos es con los que viven con nosotros. Así ocurrió ya con los primeros hijos de Eva, con Caín y con Abel. Así le pasó a Jesús con los de su propio pueblo, Pero el que esto haya sido, en parte, siempre así, no quiere decir que deba ser así. Debemos ser humildes y generosos con todos, comenzando los de nuestra propia casa. Un corazón humilde y generoso tenderá siempre a alabar lo bueno que ve a su alrededor y no se sentirá ofendido, sino todo lo contrario, por lo bueno que ve en los que viven con él o junto a él.

3.- Hijo de Adán, te envío para que digas a los israelitas: “esto dice el Señor”. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos. También el profeta Ezequiel, como Jesús, tuvo que ejercer su profesión de profeta en medio de un pueblo, el suyo, poco dispuesto a escuchar a los profetas. En este caso se trataba de un pueblo que vivía en el destierro, en Babilonia, y que no veía que su Dios les ayudara demasiado a solucionar sus problemas sociales y políticos. En fin, que el profeta Ezequiel puede ayudar a los predicadores de hoy a predicar sin desanimarse, a pesar de la indiferencia, cuando no hostilidad, que encuentran a su alrededor. Tampoco los profetas cristianos de hoy lo tienen fácil, pero esto no debe ser motivo de desánimo, sino todo lo contrario: predicar con convicción y fuerza el evangelio de Jesús en la sociedad en la que vivimos, sin desanimarse por el poco éxito de la predicación. La verdad del evangelio siempre debe estar por encima de las pequeñas verdades sociales y políticas que parecen dominar ahora en nuestra sociedad actual.

4.- Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad. San Pablo habla por propia experiencia, porque sus propias debilidades físicas no le permiten actuar con toda la fuerza e intensidad que quisiera. Además, la sociedad a la que predica le pone dificultades continuas y le persigue con saña. Pero Pablo no sólo no se acobarda ante las dificultades y el peligro, sino que se crece ante las dificultades. Y todo lo hace por Cristo y con Cristo, dejando que sea el mismo Cristo el que actúe en él y por él. Es lo que tenemos que hacer los cristianos de todos los tiempos: no creernos nosotros los protagonistas del evangelio, sino dejar que sea Dios el que actúe en nosotros y a través de nosotros. El buen predicador no busca nunca su propia gloria, sino la gloria de Dios en todo lo que hace y dice. Esto es lo que quiere decirnos san Pablo, en esta carta, cuando afirma: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

 

 

Nadie es profeta en su tierra

1. No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. La historia demuestra que muchas personas no han sido suficientemente apreciadas en la casa y pueblo donde nacieron y crecieron. El caso de Jesús no es el único, ni fue el primero. Ya el profeta Miqueas, siete siglos antes de Cristo, había escrito la famosa frase: inimici hominis domestici eius (los enemigos del hombre son los de su propia casa). Y la razón de que desprecien a un profeta en su tierra, entre sus parientes y en su casa, no suele ser por culpa del profeta, sino por la cortedad de miras de los que le critican, o por otras razones más ruines, vaya usted a saber. También es muy conocida la afirmación de que ningún hombre es grande para su ayudante de cámara. Los paisanos de Jesús no se explicaban cómo una persona tan normal, tan humilde en sus orígenes y sin una preparación especial, pudiera tener la sabiduría y la fuerza de hacer milagros que parecía tener el hijo del carpintero. Y se escandalizaron de él y el mismo Jesús se extrañó de su falta de fe y no pudo hacer allí ningún milagro. También nosotros muy frecuentemente actuamos como los paisanos de Jesús: no juzgamos a los demás por lo que realmente hacen, sino por nuestros prejuicios sociales, o por lo que otros dicen, o simplemente por las apariencias. Sin descartar que a veces nuestros juicios estén influenciados por una cierta soberbia que nos impide ver la grandeza de la persona que tenemos al lado, como si al reconocer la grandeza del compañero se rebajara un poco nuestra propia estima. ¡Una pena!

2. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos. Para predicar la verdad a unas personas que te miran con indiferencia, o con animadversión, hace falta mucho espíritu. Eso es lo que le pasó al profeta Ezequiel: el espíritu entró en él y le puso en pie, para que fuera capaz de predicar la palabra de Dios a un pueblo rebelde y obstinado. Impulsado por el espíritu, el profeta Ezequiel supo ser fiel al mandato del Señor en medio de muchas dificultades. Esto les está pasando hoy, en nuestro mundo secular y agnóstico, a muchos predicadores de la palabra de Dios. Es necesario hoy que todos nosotros nos llenemos del espíritu de Dios, para ser fieles distribuidores de la palabra y de la gracia de Dios en medio de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir. Debemos hacerlo con humildad, con veracidad y con valentía. Nuestra sociedad debe saber que existen unos valores evangélicos que predicó Jesús de Nazaret y que estos valores siguen siendo hoy convenientes y necesarios para encontrar nuestra perfección y nuestra felicidad. Nos crean o no nos crean, los cristianos debemos seguir siendo fieles, con nuestra palabra y con nuestra vida, a los valores del evangelio de Jesús.

3. Cuando soy débil, entonces soy fuerte. San Pablo les dice esto a los fieles de Corinto en un momento en el que se veía criticado por algunos miembros de la comunidad que él había fundado. No soy yo el que os hablo, les dice, es Cristo el que os habla por mí. Yo soy débil, pero cuando reconozco mi debilidad empieza a actuar en mí la fuerza de Cristo. No predico una sabiduría humana, que no tengo, sino que dejo que sea Cristo el que hable por mí. Al reconocerme pobre y vacío dejo que entre en mí totalmente la gracia y la fuerza del Cristo al que predico. Esta lección de humildad, y de verdad, de Pablo, debe ser para nosotros ejemplo de sabiduría cristiana.

Gabriel González del Estal

 

 

La fuerza de la fe

1. Cada cristiano debe ser un profeta. Cada cristiano debe ser un eco de la voz de Dios. Pero no es fácil ser profeta, en ningún tiempo lo ha sido. La situación de “cristiandad” se ha acabado en la mayoría de los lugares del mundo. El catolicismo oficial y masivo ha pasado a la historia. Es mejor que sea así, para que la vivencia de nuestra fe sea más pura. No debemos caer en un pesimismo injustificable. La primera lectura y el evangelio son una lección clara sobre el profetismo. Cuando el culto resultaba imposible en aquella situación de diáspora, lejos del templo y en medio de un mundo pagano, el sacerdote Ezequiel es investido de una mayor responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. A Ezequiel el Señor no le enviaba engañado, sino que le advirtió claramente sobre la posibilidad de que los oyentes no fueran precisamente un "público agradecido", ese público que deseamos siempre tener de nuestra parte.

2. Necesitamos alimentarnos de la Palabra de Dios. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión. Pero antes necesita recibir el mensaje, digerirlo, asimilar todas las palabras que Dios quiere decir a su pueblo: Dios le ofrece un libro en el que están escritas, y Ezequiel lo come. Si nos alimentáramos nosotros de la palabra de Dios no nos harían tragar los "maestros" tan fácilmente sus "rollos", no seríamos víctimas de la indoctrinación y de la propaganda, de las ideologías... y tendríamos algo nuevo que decir aunque no quisieran escucharnos. En cualquier caso, el mundo sabría que hay hombres que no se doblegan y que aún hay profetas.

3. Fuerza de la Cruz en la debilidad. Pablo no especifica en la Segunda Carta a los Corintios en qué consiste la espina que tiene clavada. Los Padres de la Iglesia pensaron en tentaciones contra la castidad, otros lo interpretaron como persecuciones u obstáculos graves de sus adversarios, otros lo refirieron a alguna enfermedad. Esta última es la interpretación más aceptada en la actualidad. Para el creyente todo suceso o situación se convierte en interpelación para la fe. Para Pablo es una invitación a la abnegación de sí mismo y a no confiar en las propias fuerzas. Como cristiano, el apóstol entiende toda su vida como participación en el Misterio Pascual de Cristo y es así que en la debilidad de la existencia humana se manifiesta la fuerza de la cruz y de la resurrección de Cristo.

4. Rechazo de la Palabra de Dios y de Jesús. Va a su tierra y aprovecha la ocasión para hablar en "su" sinagoga. En ella están los hombres religiosos de su pueblo, los hombres que van allí porque quieren saber, porque quieren relacionarse con Dios, porque son practicantes. Cristo habla con un estilo propio y definido que los sorprende y que les molesta. Nada sabemos acerca de lo que Cristo dijo, porque quizá el evangelista quiere que el protagonista de la escena no sea el mensaje, sino el mensajero. Los paisanos de Cristo lo rechazan de plano. Aquel hombre corriente y vulgar, cuyo padre y cuya madre forman parte del común denominador de los mortales del pueblo, él con su carpintería y ella con sus idas a la fuente y sus labores domésticas, ¿cómo puede intentar imponerse a la audiencia?, ¿de dónde le viene la sabiduría?, ¿de dónde ha sacado ese modo directo y agresivo de interpretar las Escrituras?, ¿con qué autoridad les interroga desde sus palabras, creándoles una inquietud que en otras ocasiones, cuando hablan los peritos de la ley y los sacerdotes de siempre, no han experimentado?

5. Solo la fe hace posible el milagro. El evangelista dice con toda expresividad que Jesús "no pudo hacer allí ningún milagro". La escena de la sinagoga de Nazaret no es un caso que pasó y no se repite. Es un caso que se está dando constantemente entre nosotros, entre los que nos sentamos en las reuniones "religiosas" y rechazamos rotundamente la persona, cuando no nos place y no cumple los "cánones" de quienes consideramos perfectos y consagrados. El milagro no fue posible en Nazaret. El milagro se encuentra principalmente en la interpretación de un hecho como acción salvadora de Dios. Sin la fe de los testigos de una curación no puede haber milagro. En este caso, los actos de Jesús no fueron "leídos" desde una óptica de fe, y el milagro no fue posible. Todos los defectos que Cristo encontró en los hombres religiosos de su época y que los evangelistas recogieron cuidadosamente para "enseñanza de la posteridad", los hemos copiado fidelidad. Solo la fe hace posible el milagro.

 

 

¿Significamos algo para nuestro mundo?

1. Hacen falta profetas auténticos. Ezequiel es investido de una gran responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión. Pero antes necesita recibir el mensaje, digerirlo, asimilar todas las palabras que Dios quiere decir a su pueblo: Dios le ofrece un libro en el que están escritas, y Ezequiel lo come. Si nos alimentáramos nosotros de la palabra de Dios el mundo sabría que hay hombres que no se doblegan y que aún viven los profetas. El Señor sabe que no es fácil la misión que encomienda a su profeta. Por eso le desengaña claramente de cualquier ilusión sobre futuros éxitos. Pues el pueblo al que va a ser enviado es un pueblo de cabeza dura y rebelde, su historia es una cadena de falsedades e infidelidades al pacto con el que está unido a Yahvé. Sin embargo, estamos acostumbrados a creer que un profeta es alguien que adivina el futuro. No es fácil la labor del profeta, pues muchas veces es incomprendido y perseguido. Los falsos profetas se dejan alagar por el éxito o el poder. Son aquellos que dicen a los poderosos lo que quieren oír. El verdadero profeta es aquél que dice palabras que escuecen, no busca la fama ni el éxito, ni los honores, sino sólo quiere ser fiel a la palabra que ha recibido de Dios. Profeta es el que denuncia la injusticia y el pecado, es el que anuncia la buena noticia. Dios presta su apoyo a Ezequiel y le dice que no se desanime, pues al final se cumplirán sus palabras. Ezequiel es el profeta de la esperanza. Todos reconocerán que “hubo un profeta en medio de ellos”. Sin embargo, el éxito de la misión no es asunto del profeta y no debe preocuparle. Además, Dios le garantiza que todos tendrán que oírlo y, hagan o no hagan caso, todo el mundo sabrá que hay un profeta. Nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios.

2. Nadie es profeta en su tierra. La extrañeza y el posterior rechazo de sus paisanos basándose en el origen humilde y conocido de Jesús tiene diversos acentos según el evangelista que lo narra. La reacción que presenta Marcos tiene un cierto tono de insulto. Le piden que haga en su pueblo los milagros realizados en otros lugares. El milagro se encuentra principalmente en la interpretación de un hecho como acción salvadora de Dios. Sin la fe de los testigos de una curación no puede haber milagro. En este caso, los actos de Jesús no fueron leídos desde una óptica de fe, y el milagro no fue posible. Jesús comentó amargamente: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”. Esta frase se ha convertido en proverbial: nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad. El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo. El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. Dios tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: “Tengo miedo de Jesús que pasa”. Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

3. Somos profetas. Hemos sido consagrados como tales en nuestro Bautismo. Ser profeta es anunciar la Palabra de Dios. Hoy hacen falta profetas que testimonien con su vida la verdad del Evangelio. Parece que hay un déficit de profetismo en nuestra Iglesia. ¿Dónde están los profetas?, es la pregunta que se hacía el cantautor Ricardo Cantalapiedra y la que tenemos que hacernos todos nosotros. El Papa Francisco es uno de ellos ¿Hoy nosotros qué hacemos con Jesús, con su mensaje, y con su testamento de amor?

4. Jesús sigue siendo admirado por muchos. Jesús sigue siendo predicado en miles de iglesias. Jesús sigue siendo invocado por muchos y está en la boca de muchos hombres y mujeres, ¿pero en cuántos corazones está vivo? ¿Cuántos creen en Él? ¿Cuántos aman, sirven y viven como Él? Muchos piden el bautismo de Jesús, pocos lo piden para nacer al hombre nuevo que es Jesús. No basta admirar a Jesús, hay que creer en Él. Creer es seguirle y seguirle es transformarse en Jesús. Los paisanos de Jesús le rechazaron porque conocían muy bien a sus parientes…Nosotros rechazamos a la iglesia de Jesús porque conocemos muy bien sus pecados… Hemos de recuperar nuestro sentido profético, necesitamos personas que vayan abriendo camino y que nos den fuerza para caminar. No admires, cree. No critiques, edifica. No busques, ama. Así significaremos algo para nuestro mundo.

 

 

Recuperar el sentido profético de la fe

1. La difícil misión del profeta. En la diáspora, lejos del templo y en un mundo pagano, Ezequiel es investido de una gran responsabilidad: predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. La expresión "hijo de Adán" es una peculiaridad del libro de Ezequiel. Viene a subrayar tan solo la debilidad del hombre, que no puede permanecer en pie delante de Dios y, menos aún, levantarse para cumplir la misión que Dios le encomienda, a no ser que reciba la fuerza del espíritu divino. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cae en tierra, pero el espíritu lo levanta y lo mantiene en pie. El hombre recupera su verticalidad con la fuerza de Dios que lo lanza a la acción. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", va a necesitar toda esa fortaleza divina para cumplir su difícil misión: “Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde…”. El Señor sabe que no es fácil la misión que encomienda a su profeta. Por eso le desengaña claramente de cualquier ilusión sobre futuros éxitos. Sin embargo, el éxito de la misión no es asunto del profeta y no debe preocuparle. Nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios. Todo el mundo sabrá que entre ellos ha habido un profeta, que ha mantenido su coherencia y valentía. Ser profeta no es nada fácil. También Pablo ha sufrido persecuciones y dificultades por Cristo. Esto se une a la espina que lleva clavada en la carne, tal vez una enfermedad dolorosa. Pero proclama que cuando es débil, entonces es fuerte. Se siente dichoso de padecer por Jesucristo, porque sabe que Él no le abandona.

2. Cada cristiano debiera ser un profeta, un eco de la gran voz de Dios. Ningún profeta es bien recibido en su tierra. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret. En ella están los hombres religiosos de su pueblo, los hombres que van allí porque quieren saber, porque quieren relacionarse con Dios, porque son “practicantes”. La extrañeza y el posterior rechazo de sus paisanos basándose en el origen humilde y conocido de Jesús tiene diversos acentos según el evangelista que lo narra. La reacción que presenta Marcos tiene un cierto tono de insulto. Cuando un semita recuerda sólo a la madre de un hombre, y no al padre, intenta ofenderlo, como un hombre insignificante sin pasado ni porvenir. No pudo hacer allí ningún milagro. El milagro se encuentra principalmente en la interpretación de un hecho como acción salvadora de Dios. Sin la fe de los testigos de una curación no puede haber milagro. En este caso, los actos de Jesús no fueron "leídos" desde una óptica de fe, y el milagro no fue posible. Hay que leer detenidamente el Evangelio y llegaremos a una conclusión no precisamente feliz: todos los defectos que Cristo encontró en los hombres religiosos de su época, y que los evangelistas recogieron cuidadosamente para "enseñanza de la posteridad", los hemos copiado también hoy. Los paisanos de Jesús no creyeron en El, le rechazaron porque conocían muy bien a sus parientes…Nosotros rechazamos a la iglesia de Jesús porque conocemos muy bien sus pecados… Mucha gente se aparta de Dios y vive en la indiferencia, como si Dios no existiera. No podemos quedarnos en lo negativo. Jesús nos pide que confiemos en El. Hemos de recuperar nuestro sentido profético. Necesitamos personas, con experiencia de Dios, que vayan abriendo camino y que nos den fuerza para caminar: como Ezequiel, como Pablo, como el propio Jesús. Tú puedes serlo.

José María Martín OSA

 

 

¿Pierde o gana nuestra fe?

1. Hasta no hace mucho tiempo, en España (al igual que en otros tantos países) pensábamos que por el hecho de poseer el carnet de conducir ya lo éramos indefinidamente para siempre y que, como mucho, una extralimitación o imprudencia, no iría más allá de una sanción. Con el carnet por puntos ya no vale todo. Quien la hace, no es que la pague, pero sí que va restando en su haber y puede llegar un momento en el cual no pueda circular.

En el inicio de nuestra vida cristiana también se nos dio un carnet por el Bautismo. Y como cristianos también corremos el riesgo de pensar que, por el hecho de estar bautizados, y de que Dios sea bueno y grande, tengamos derecho a todo, muy pocas obligaciones y que, incluso, nos podamos dar la satisfacción de infringir –una y otra vez- las normas mínimas de cara a una cierta calidad de vida cristiana.

Pero lo cierto es que sería bueno pensar que, en la gran carretera que son los años que vivimos, hay momentos en los que vamos restando puntos a nuestra vida ética, a nuestra conducta moral, a nuestro ser hijos de Dios, a nuestro compromiso con el mundo. Lo realizamos, unas veces, conscientemente y otras sin darle demasiada importancia. El mundo, entre otras cosas, nos ha habituado a alejar de nosotros el concepto de “culpa” o de “pecado”. Como si el “todo cuela” y el “todo vale” se constituyese en un factor-cloroformo para no desarrollar los valores evangélicos o justificar nuestras infracciones a Dios y a los demás.

2. En este domingo, entre otras cosas, el Señor nos dice que estamos faltos de fe:

- Fallo de fe en lo que hacemos

- Ausencia de fe en lo que decimos

- Déficit de fe en lo que creemos y en Aquel en quien creemos

Ya que hablamos del carnet por puntos, nos dice que hay todo un grupo de “conductores” tocados por la fe, pero que viven rebeldemente ante Dios; que hace un tiempo que lo han olvidado; que lo han sustituido por diminutos dioses del tres al cuarto; que conducen su vida (familia, profesión, conciencia, etc.) sin más criterio que la moral personal.

Hoy nos recuerda con San Pablo, que lejos de presumir de hacerlo todo bien, hemos de ser conscientes de aquello que nos falta para, un día, presentarnos ante Dios intachables o por lo menos con la humildad de haber intentado ser sus hijos.

Mientras tanto, y metidos en el verano, el Señor nos escolta. A unos en la playa (para que no se broncee solamente el cuerpo sino el corazón), a otros en la montaña (para que el pulmón sea oxigenado por la fe) y a otros, simplemente, en el lugar donde nos encontramos.

3. Lo importante es saber que el Señor sigue apostando por nosotros. Nos acompaña. Se fía de nosotros y, lejos de restar puntos a nuestras posibilidades de entrar en el Reino de los cielos, nos trae hasta la parroquia (auténtica autoescuela de fe y de esperanza) para que recuperemos la alegría de vivir, el deseo de ser fieles a él y la capacidad de no olvidarle.

¿Qué no está de moda el ser cristiano? ¿Qué ha perdido “puntos” el pertenecer a la Iglesia y defenderla? ¿Qué te señalan por el camino de la vida por ser miembro de…? ¿Qué te pueden criticar por ir contracorriente?

¡Que no nos condicione¡ Es mejor salir de la tierra, con el marcador a “0” según ciertos cánones que rigen en el mundo, y pensar que hay otro anotador, muy distinto y con otros parámetros en la eternidad, que es al fin y al cabo el que cuenta para llegar a la gran final: el encuentro con Dios.

Que no nos importe perder “ciertos puntos” en la sociedad que nos toca vivir, antes que perder aquellos otros que otorga el Señor, a los que creen en El, esperan en El y viven según El.

Para finalizar una breve reflexión; el maligno –a veces—se entrecruza en la felicidad del hombre. Eso es lo que ha ocurrido en los recientes atentados de corte islamista que, una vez más, nos recuerda las consecuencias de unas sociedades debilitadas y con incapacidad para defenderse ante la violencia sin razón.

4. EL “MARCADOR” DE LA FE

Si vives de espaldas a Dios;

tendrás el marcador a cero

Si vives de vez en cuando con Dios;

subirás algún punto

Si pretendes ser como Dios;

tu marcador se volverá loco

Si quieres ser sólo hombre;

tu marcador durará lo que respire tu vida

Si quieres ser frío y calor a la vez;

tu marcador será variable

Si anhelas el triunfo;

tus puntos quedarán en el olvido

Si crees en un más allá;

tu marcador tendrá puntuación eterna

Si crees en Jesús;

tus puntos serán anotados en el cielo

Si esperas en Jesús;

tu marcador será la alegría y la fraternidad

Si te fías de Jesús;

tus puntos serán la justicia y el perdón

Si sigues al Señor;

tus números serán la fe y la esperanza

Si escuchas a Jesús;

tu marcador será la Palabra que ilumina

Si acoges al Señor;

tu meta final será la salvación

Si, en tu vida, caminas con el código del Evangelio ¡no lo dudes!

Lejos de ser sancionado por Dios, encontrarás la fórmula para ser feliz

y el premio de ver –cara a cara- al Señor.

Y, esto ¿no merece la pena conservarlo, cuidarlo y actualizarlo?

 

 

Ser otros cristos, tarea de valientes

Ser profeta es ir contracorriente. Es hablar alto y claro pero, sobre todo, es volver a colocar a Dios en aquellos lugares desde los que ha sido apartado por variados intereses ideológicos o socioculturales. Hay muchas excusas para no seguir a Cristo: la razón que intenta supeditarlo todo a su campo, la debilidad en la formación de muchos católicos (como recientemente apuntaba el Papa), el deseo de no ser señalado por ser cristiano, etc.

1.- La fe es signo de contrariedad. En los primeros siglos, los cristianos, llamaban la atención (como el mismo Jesús también la llamó) por su estilo de vida: ponían todo en común, se perdonaban y se ayudaban mutuamente. Hoy, por el contrario, asistimos a un entorno agotado, religiosamente individual o demasiado acostumbrado a ser cristiano sin vivirlo con total autenticidad. ¿Resultado? Que, desde las mismas entrañas de los que nos llamamos católicos o decimos cristianos, encontramos rechazos u objeciones a nuestra forma de vivir y de entender el Evangelio. Asistimos con mucho dolor a una realidad un tanto rocambolesca: ya no es que la Iglesia sea incomprendida o perseguida desde fuera, es que –en muchísimos momentos- es puesta en tela de juicio por algunos teólogos, movimientos cristianos o laicos que quieren vivir la fe a su modo y manera. Duele la pedrada cuando, desde fuera, rompe los cristales de una casa. Mucho más doloroso e incomprensible cuando, la incomprensión y lanzamiento de dardos, viene desde dentro: desde aquellos que nos decimos (se dicen) cristianos.

2. El Evangelio, hecho carne en Cristo, es un camino de prueba y de sufrimiento. A nadie se nos ha dicho que el Reino de Dios sea un camino de rosa. Mucho menos que fuera causa de innumerables aplausos, reconocimientos públicos u homenajes oficiales. Seguir a Cristo, en algunos instantes, nos puede llevar a la soledad y a la traición, a la incomprensión o a la marginación. En cuántos países (especialmente islamistas) los cristianos son considerados de segunda clase por eso mismo: porque no se amoldan al sistema imperante. Pero también es verdad que en otros países, aún sin ser de segunda, son los propios cristianos los que con su inactividad, sordina o timidez apostólica contribuimos a que Cristo sea de facto olvidado, no conocido y marginado.

Ante una descristianización progresiva tendríamos que preguntarnos si, tal vez nosotros, no estamos también colaborando con un “rechazo pasivo” a que el mensaje del Evangelio sea poco a poco silenciado. ¿Sirve de algo ser cristiano y no manifestarlo? ¿Es lógico familias enteras bautizadas en las que nunca se reza, no se bendice la mesa o no se asiste en familia a misa?

3. Estamos demasiado acostumbrados a decir que “Jesús es Hijo de Dios” a que “Jesús es amor”. Y es verdad. Lo malo es que, eso, no nos escandaliza. Nos deja igual… por no decir indiferentes. Pero el proclamar que Cristo es Hijo de Dios nos incita a vivir como hermanos (y no siempre lo hacemos), a instalar a Dios en el centro de nuestro pensamiento y acciones (y en cuántos momentos lo desterramos). Confesar que Jesús es amor implica el alejarnos de nuestros egoísmos (y preferimos vivir con ellos, perdonarnos mutuamente (nos resulta un agravio el hacerlo primero nosotros), etc., etc. ¿No estaremos rechazando también nosotros, con nuestras actitudes, a ese Jesucristo que nos habla con su propia vida de lo que significa ser cristianos?

No hay que tener miedo a ser rechazados por el hecho de ser cristianos (a tanto no hemos llegado todavía aquí y ahora). Si que tenemos que tener un cierto temor e interpelarnos sobre el modo de vida que llevamos. Si nuestras palabras callan ¿quién las pronunciará? Si nuestras obras son mínimas ¿quién descubrirá el rostro amoroso del Padre? Si nuestras manos están cruzadas ¿quién llevará la cruz del Señor por el mundo?

4. QUE YO NO TE RECHACE, SEÑOR

Si por la puerta de mi vida entra el sufrimiento

la prueba que intenta debilitarme

la contradicción que me desestabiliza

la sin razón que intenta doblegarme

QUE YO NO TE RECHACE, SEÑOR

Que sepa aceptar todo lo que Tú me propones

el amor, y no sólo acoja mis amores

tu caridad, y no sólo regale mis detalles a cuentagotas

tu perdón, y no sólo venda mi escasa comprensión

QUE YO NO TE RECHACE, SEÑOR

Tu Palabra, y no sólo escuche las que me convienen

Tu cruz, y no sólo la lleve a pequeños trozos

Tu Verdad, y no sólo defienda la mía

QUE YO NO TE RECHACE, SEÑOR

Ante la indiferencia, yo proclame tu presencia

Ante el vacío, yo lleve el contenido de tu Gracia

Ante el absurdo, yo siembre el horizonte de tu cielo

Ante la confusión, anuncie la clave de tu reinado

QUE YO NO TE RECHACE, SEÑOR

Que no me conforme con decir que Tú eres el Hijo de Dios

que lo sepa e intente vivir en propias carnes

Que no vea camino fácil el escuchar tu evangelio

que lo sepa gritar por los cuatro senderos de mi existencia

Que no confunda mi altruismo con tu amor

tu alegría con mi sonrisa, tu entrega con mi dedicación

tu corazón con mis impulsos, tu oración con mi corta piedad

QUE YO NO TE RECHACE, SEÑOR

Javier Leoz

 

 

Busquemos los profetas en nuestra Tierra

1. Podemos comenzar comentando algo que, desde luego, no es lo más importante del contenido exegético de las lecturas que acabamos de escuchar. Pero que siempre ha levantado un interés muy especial entre los estudiosos de la Escritura. En el fragmento que hemos proclamado hoy de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios se refleja uno de los temas que más se han debatido entre exégetas y escrituristas. Pablo a alude a un gran sufrimiento personal; o a una enfermedad; a una gran tentación. Recordémoslo: “Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio”. Se ha especulado muchísimo sobre el mal sufrido por el Apóstol, pero en realidad poco importa cual fuera la naturaleza de su mal. A él le sirvió para limitar la soberbia y, sobre todo, para obtener la revelación de uno de los puntos culminantes de la doctrina paulina: que la debilidad humana es querida y utilizada por Dios para hacer cosas importantes.

2. Nadie esta inmune a esos grandes sufrimientos o esas enormes y permanentes tentaciones, algo que está siempre presente en nuestras vidas. Y que no nos deja. Sirve, como dice San Pablo, para hacer caer en la cuenta de nuestra fragilidad. La espina que sufre Pablo en su carne le ha hecho más humilde, más conocedor de sus limitaciones, Y ello enlaza, directamente, con la idea que Jesús quería dar a sus paisanos: que alguien como ellos, sin especiales brillos sociales, fuera el Ungido de Dios, el Mesías.

3. Es el episodio de la visita de Jesús a su pueblo: a Nazaret. Y que ha suscitado la famosa frase, de uso universal: “nadie es profeta en su tierra”. Y en este caso, una cuestión importante sería dilucidar qué fue peor: si el no reconocimiento de Cristo como profeta o que la comunidad de Nazaret no se beneficiase de la capacidad salvadora de Cristo. Sinceramente, creo que las dos cosas, aunque, tal vez, puedan resumirse en una sola: si hubieran creído en su paisano, Jesús, su fe les hubiera dado muchos frutos, como siempre el Maestro ha buscado: la de que mueve montañas.

4. Pero hay otra realidad. Muchas veces anteponemos lo ritual y magnificente, lo bien presentado, aquello de gran apariencia. O, incluso, lo sorprendente, lo inesperado. Como es obvio Jesús no bajó a la tierra para presumir. Si hubiese querido tal cosa, su llegada habría sido bien distinta. Él se presentó "como uno de tantos e iba por pueblos y aldeas haciendo el bien y curando a los oprimidos". Merece la pena hoy, en este domingo del mes de julio adentrarse en esta idea y meditarla. A veces, posiciones demasiado puristas o falsamente ortodoxas impiden recoger los frutos de la acción de Dios.

5. Y trasladados nosotros a aquel momento concreto del paso de Jesús por las tierras de Palestina descubriríamos que muchos "creyentes" pensaron, entonces, que estaban haciendo un favor a Cristo por creer en Él, cuando el verdadero favor era el que les hacía Cristo de poder participar en “vivo y en directo” del prodigioso misterio de la Redención. Fueron duros los paisanos de Jesús y ellos dejaron pasar ese ofrecimiento generoso, histórico y cósmico. Pero curiosamente somos nosotros los que recibimos el favor por tener la dicha de saber bien quién es Él. La reticencia de los habitantes de Nazaret les privó del gozo de otras comunidades que se entregaron a Jesús sin más. Suponemos que su salida de Nazaret, un tanto desilusionado, iba a ser anticipo de la gran catástrofe en que se sumieron quienes despreciaron el mensaje de Jesús y lo enviaron a la Cruz.

6. La rebeldía del pueblo de Israel, respecto a los designios a Dios, era una constante en toda la historia del Antiguo Testamento. Pero, en el caso de Jesús, se establece lo dicho en la parábola de la vid, los arrendadores de la misma cometen el último gran pecado: matar al Hijo del dueño de la viña para quedarse con su herencia. Y por ello, para mejor justificar su crimen, no podían, ni por un momento, reconocer la identidad del Heredero. Por eso, cuando Jesús se atribuye las palabras de Isaías, reflejadas en el Evangelio de San Lucas sobre el mismo episodio narrado hoy por San Marcos –“el Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres”—se produjo el gran escándalo. No se admite la sabiduría de alguien a quien conocen y tienen cerca. Si hubiera llegado a Nazaret montado sobre un brioso caballo y rodeado de una fuerte y vistosa escolta no habrían dudado. Pero un paisano no podría ser más que ellos. También es cierto que la gran paradoja que ofrece Jesús a sus paisanos es la humildad: presentarse como Mesías como uno más, como un miembro normal de su comunidad. Y esa paradoja la irían experimentando todos –también los Apóstoles—hasta que no se produjo la Resurrección.

7. La enseñanza para nosotros hoy es que debemos poner mucha atención a lo que ocurre a nuestro alrededor en todas las manifestaciones de la vida, y, asimismo, en el ámbito religioso. Cristo se nos presenta muchas veces ante nosotros con la imagen de los hermanos que sufren o, ¿quién sabe?, con la presencia de unos niños –que como a San Agustín—que cantan, en la lejanía, sobre lo que tenemos que hacer. Es muy importante estar abierto a cualquier inspiración del Espíritu y hemos de pedirle a Dios el don del discernimiento: saber que es de Dios, de todo lo que recibimos de nuestros hermanos más cercanos a nosotros.

8. La humildad es siempre un buen camino para descubrir esos mensajes. Y por el contrario la soberbia es el gran impedimento para tener ojos y oídos abiertos a las inspiraciones de Dios. Amemos a nuestros semejantes, comenzando por los que comparten nuestra vida en nuestro barrio, que nos parecerán, ni famosos, ni importantes. Por ellos nos puede hablar Dios… No hay que cruzar los mares y atravesar los continentes para recibir la Palabra. Es más que probable que nos la estén diciendo cerca, muy cerca, y, sin embargo, que no consideremos que esa persona “conocida de toda la vida”, pueda ser un mensajero del Altísimo. Busquemos, con ahínco, los muchos profetas que, sin duda, hay en nuestra tierra.

 

 

¿Quién perdió jesús más…o nazaret?

1. La cuestión es dilucidar qué fue peor: si el no reconocimiento de Cristo como profeta o que la comunidad de Nazaret no se beneficiase de la capacidad salvadora de Cristo. Muchas veces anteponemos lo ritual y magnificente, cuando lo importante es el bien final del que pueden disfrutar los hombres. Como es obvio Jesús no bajó a la tierra para presumir. Si hubiese querido tal cosa, su llegada habría sido bien distinta. Él se presentó "como uno de tantos e iba por pueblos y aldeas haciendo el bien y curando a los oprimidos". Merece la pena hoy, en este domingo del mes de julio adentrarse en esta idea y meditarla. A veces, posiciones demasiado puristas o falsamente ortodoxas impiden recoger los frutos de la acción de Dios.

Y trasladados nosotros a aquel momento concreto del paso de Jesús por las tierras de Palestina descubriríamos que muchos "creyentes" pensaron, entonces, que estaban haciendo un favor a Cristo por creer en Él, cuando el verdadero favor era el que les hacia Cristo de poder participar en “vivo y en directo” del prodigioso misterio de la Redención. Fueron duros los paisanos de Jesús y ellos dejaron pasar ese ofrecimiento generoso, histórico y cósmico. Pero curiosamente somos nosotros los que recibimos el favor por tener la dicha de saber bien quien es Él. La reticencia de los habitantes de Nazaret les privó del gozo de otras comunidades que se entregaron a Jesús sin más.

2. Romano Guardini, el teólogo italogermano, mantiene en su obra "El Señor", que la redención pudo ser posible sin el paso por la Cruz y que las profecías pacifistas de Isaías se habrían cumplido de inmediato, pero el pueblo judío pudiendo elegir el bien, eligió el mal. Hubo, entonces, en algún momento de la vida de Jesús en la tierra un tiempo fronterizo en Él mismo se apercibió del cambio a peor y que, a partir de ahí, sólo el camino de la Cruz era el único posible. Suponemos que su salida de Nazaret, un tanto desilusionado, iba a ser anticipo de la gran catástrofe en que se sumieron quienes despreciaron el mensaje de Jesús y lo enviaron a la Cruz.

La rebeldía del pueblo de Israel, respecto a los designios a Dios, era una constante en toda la historia del Antiguo Testamento. Pero, en el caso de Jesús, se establece lo dicho en la parábola de la vid, los arrendadores de la misma cometen el último gran pecado: matar al Hijo del dueño de la viña para quedarse con su herencia. Y por ello, para mejor justificar su crimen, no podían, ni por un momento, reconocer la identidad del Heredero. Por eso, cuando Jesús se atribuye las palabras de Isaías, reflejadas en el Evangelio de San Lucas –“El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres”—se produce el gran escándalo. No se admite la sabiduría de alguien a quien conocen y tienen cerca. Si hubiera llegado a Nazaret montado sobre un brioso caballo y rodeado de una fuerte y vistosa escolta no habrían dudado. Pero un paisano no podría ser más que ellos. También es cierto que la gran paradoja que ofrece Jesús a sus paisanos es la humildad: presentarse como Mesías como uno más, como un miembro normal de su comunidad. Y esa paradoja la irían experimentando todos –también los Apóstoles—hasta que no se produjo la Resurrección.

3.- La enseñanza para nosotros hoy es que debemos poner mucha atención a lo que ocurre a nuestro alrededor en todas las manifestaciones de la vida, y, asimismo en el ámbito religioso. Cristo se nos presenta muchas veces ante nosotros con la imagen de los hermanos que sufren o, ¿quien sabe?, con la presencia de un niño –que como a San Agustín—le canta lo que tiene que hacer. Es muy importante estar abierto a cualquier inspiración del Espíritu y hemos de pedirle a Dios el don del discernimiento: saber que es de Dios, de todo lo que recibimos de nuestros cercanos. Probablemente, la humildad es siempre un buen camino para descubrir esos mensajes. Y por el contrario la soberbia es el gran impedimento para tener ojos y oídos abiertos a las inspiraciones de Dios

4.- En el fragmento que hemos proclamado hoy de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios se refleja uno de los temas que más se han debatido entre exégetas y escrituristas. Pablo a alude a un sufrimiento, a una enfermedad, a una gran tentación. Dice: “Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio.” Se ha querido descubrir el mal sufrido por el Apóstol, pero en realidad poco importa cual sea la naturaleza de su mal, sirve para limitar la soberbia y para obtener la revelación de uno de los puntos culminantes de la doctrina paulina: que la debilidad humana es querida y utilizada por Dios para hacer cosas importantes y fuertes. Y ello enlaza, directamente, con la idea que Jesús quería dar a sus paisanos: que alguien como ellos, sin especiales brillos sociales, fuera el Ungido de Dios, el Mesías. Amemos a nuestros semejantes, a los que comparten nuestra vida, a los que nos parecen ni hermosos, ni importantes, porque por ellos nos habla Dios.

Ángel Gómez Escorial

 

 

Desconsolado, no desilusionado, ni desesperanzado

1. La Revelación es decisión de Dios, que se la encomienda a ciertos hombres, que ellos a su vez, escribirán de acuerdo con su idiosincrasia y con el lenguaje de su tiempo. La Revelación no esclaviza al hagiógrafo, no avasalla su imaginación, ni prescinde de su estado de ánimo. Tampoco le exige que oculte sus males y dolores, aunque resulten humillantes para él o para quien sea. Temo y siento alergia, de aquellas personas que siempre sonríen, que van por el mundo repartiendo simpatías y ocultando fracasos y derrotas. Nada de esto encontraréis, mis queridos jóvenes lectores, leyendo la Biblia. Buena muestra de ello lo encontramos en dos lecturas de hoy.

2.- San Pablo sentía predilección por la comunidad de Corinto. En las cartas que les dirige, sin dejar de ser de sólida doctrina, añade confidencias personales, como la que aparece en el fragmento que proclamamos en la misa de este domingo. ¿De qué se trata cuando les confía a sus lectores que sufre una espina en la carne, un emisario de satanás que le apalea? Los primeros receptores ya sabrían seguramente qué le ocurría, pero nosotros lo ignoramos. Se han ofrecido varias hipótesis. Para unos es la angustia que le causa la situación de las diversas comunidades con las que se siente vinculado, ya ha mencionado esta situación en 11,28 de la misma epístola, diciendo: “mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?”.

3.- Para otros se trata de los percances sufridos. Dice en 11,23 “Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez.”. o tal vez se trataba de que había contraído la malaria, que uno de sus síntomas es fuerte dolor intracraneal, por lo que dice a los gálatas “os habríais sacado los ojos por mí” (4,15).

4.- Pienso yo que tal vez se trataba de una úlcera gastroduodenal, cuyo dolor con frecuencia se presenta en los cambios de estación y por eso se acuerda y dice en el texto de hoy, que tres veces le ha pedido al Señor… Si bien hoy en día se ha descubierto que en la mayoría de los casos este mal lo causa la bacteria Helicobacter pylori, presente en muchos, sin que cause dolor, se le atribuye también la influencia del estilo de vida y Pablo, con seguridad, sufriría en muchas ocasiones, crisis de estrés, debido a tantas ocupaciones, preocupaciones, pánicos y dolores por los que pasaba. (No os extrañéis, mis queridos jóvenes lectores, para nombrar con exactitud la bacteria causante de este dolor de estómago, que para colmo, es motivo de muy mal humor, he recurrido al inefable google).

5.- Fuera la que fuera esta molestia, nos lo confía y nos añade que le sirve espiritualmente para ser humilde y confiar en la fuerza de Cristo.

Admiración sentiremos al saberlo, debemos aprender también nosotros, a no ser personas encerradas en sí mismas, a confiar y compartir bienes y males.

En el episodio que nos cuenta el evangelio de hoy, Jesús pasa por un vulgar trance, primero de asombro, después de humillación. Digo vulgar porque a muchos otros sucede. Que el Hijo Unigénito de Dios-Padre sufra desaire, ya es el colmo, es como para retornar al Cielo, pienso yo. Padece desconsuelo, pero no pierde la esperanza en los hombres a los que ha venido a redimir, de los que se ha hecho vecino y compañero.

6.- Ya lo sabéis, mis queridos jóvenes lectores, cuando una organización organizada, organiza un acto de postín, acude a gente de fuera, que suene, pero que no sea conocida, que deslumbre, aunque nada consiga. A Jesús, los de Nazaret, le conocían de toda la vida, que hubiera salido a trabajar fuera, sin alejarse demasiado, ejerciendo un oficio y aprendiendo lenguas y la Torá, allí donde podía, les extrañaba. Sin duda era un habitante del lugar un poco raro. Pero no les era extraño su entorno familiar. Extraño sí, original también, pero grande e ilustre, no lo tenían por tanto. Les faltó Fe y sin ella poco podía hacer el Maestro. Ahora bien, su misión no estaba limitada a su ciudad, así que se fue a otros barrios.

7.- ¿Habéis pensado vosotros que la riqueza de vuestra Fe, la recibisteis para propagarla a los demás? Si no os veis capaces de conseguirlo en vuestro entorno geográfico, hoy el espacio virtual, está abierto a todo el mundo. Por diferentes sistemas, diferentes métodos de Internet se os abren nuevos caminos. Nadie os condicionará por ser joven o ser mujer, que en el espacio físico sí que apariencia o sexo condicionan. En el espacio virtual, solo lo que escribáis y reforcéis con vuestra oración, vale. Escribir o “copiar y pegar” un escrito que consideréis útil a otros y enviárselo.

 

 

Faltan profetas

1. En el mercado laboral se habla con frecuencia de los especialistas que se necesitan para cumplir unas determinadas funciones. Para el desierto unos, en zonas industriales otros. Las grandes empresas solicitan logistas capacitados, los propietarios de rebaños pastores con perros adecuados, astutos y dóciles, la minería precisa geólogos. Evidente. Si se encuentra la persona que tenga las cualidades que consideren precisas, facilitará la prosperidad de la entidad. Encajará en la dinámica del trabajo colectivo. O así lo creen.

2. Pero ocurre a veces que las necesidades son otras y que precisamente son desconocidas, pero se intuye que algo nuevo se precisa. Tal vez vigilancia jurada, para evitar robos, tal vez expertos en mercados, para orientar en que línea de fabricación podrán triunfar y sus productos, por su originalidad llamarán la atención del consumidor ingenuo etc. etc. Tales personas, con frecuencia, resultan incómodas. Los resultados que esperaba quien las contrató muchas veces no los percibe, más que tranquilidad, suscitan inquietudes. Nadie vive cómodamente, nadie está seguro, desde que tal persona se introdujo en la sociedad. Pero sin saber exactamente el mecanismo, la entidad cambia y progresa.

3. Hasta aquí me he situado en un terreno que no es el mío precisamente. Os preguntaréis seguramente, mis queridos jóvenes lectores, qué relación tiene todo esto, con los textos de la misa de este domingo. Y si pensáis así, no vais desencaminados, aunque no acertados. Mi introducción pretendía reclamar vuestra atención, para que comprendáis que en el terreno religioso, ocurre algo paralelo, aunque en diferentes dimensiones. Oiréis que se dice que faltan sacerdotes, y no seré yo quien lo niegue. Pero lo que más urge son profetas, pienso yo también. Y sin duda otros muchos. Hombres de Dios, incómodos en su lenguaje, aguafiestas a veces, agrios denunciantes.

4. Profeta es aquel que asumida la Ley de Dios, empapado en lo más genuino de su doctrina, reconociendo que su validez es eterna, se siente impulsado a la denuncia inmediata. Una denuncia en lenguaje actual, aunque su contenido sea perenne. Aquí radica la esencia de su vocación. Huye de éxitos, vive de esperanzas, pese a lo que para su tranquilidad supone, lo que de palabra o testimonialmente, debe predicar. Ezequiel, se siente arrebatado por Dios y fiel a lo que le suscita, debe marchar a acusar, a reprochar y a culpar al pueblo de Israel, que ha caído en dureza de corazón. Debe decirlo, tanto si es escuchado, como si nadie le hace caso.

5. Ni el arzobispo Romero resultó cómodo para los que ejercían autoridad en San salvador, ni Martin Luther King para la burguesía blanca norteamericana, ni Mahatma Gandhi para los ingleses que ocupaban el sub continente asiático, ni Mandela para los europeos de la Colonia del Cabo. Os he citado ejemplos, mis queridos jóvenes lectores, de profetas de nuestro tiempo. Algunos de ellos fueron asesinados, pero sus sueños dieron frutos más tarde. Como la predicación de Ezequiel. Es he nombrado algunos, muy conocidos, aunque haya muchos más. Pero urge para la decadente cultura cristiana occidental, muchos otros. Revulsivos perturbadores, que despierten a tantos que duermen satisfechos, en su cómoda y amodorrante monotonía. Egoísta, sin duda. El profeta es un hombre de ensueños, un privilegiado de la intimidad de lo más sublime, aunque por ello sufra persecución o desprecio.

6. A Pablo, Dios le concedió experiencias de la mayor categoría espiritual. Podía enorgullecerse, nadie de su entorno se podía comparar con él. Pero a Dios no le gusta que los suyos farden. Y el que había sido arrebatado al tercer cielo, como cuenta en II Cor 12,2, para que no presuma, sufre lo que llama una espina que le humilla. No especifica de qué se trata, se ha especulado mucho sobre ello. Os voy a dar mi opinión personal. Imagino yo que padecía una úlcera gastroduodenal que le dolía, agriaba su carácter y que, como es típico de esta dolencia, se presenta con periodicidad, de aquí que se pueda acordar de que ha solicitado la ayuda del Señor tres veces. Pues para que recuerde su pequeñez, se le dice que se apañe, que no se deje vencer, que haga de tripas corazón, según el dicho vulgar. Pablo el apóstol profeta no esconde sus pequeñeces. (Lo que os he escrito continúe siendo válido, pese a los conocimientos actuales sobre la “helicobacter pylori”)

- El profeta, pese a que su actuación y testimonio pueden ser espectaculares, no debe dejar de ser humilde. Pablo nos confía con sencillez esta virtud.

- El profeta no acostumbra a triunfar de inmediato, generalmente no es aceptado, ni obedecido. La indiferencia de su entorno es uno de sus más astutos enemigos, que corroen su esperanza. Jesús en su tierra, en su mismo pueblo, sufre este mal. Lo sufre y le duele, pero no abandona. No se declara depre, continúa cumpliendo en el tiempo y en aquel lugar concreto en que se encuentra, la misión recibida, la voluntad eterna del Padre.

 

 

Conocer para creer

1. Más que aprender, mis queridos jóvenes lectores, las lecturas de hoy nos dejan perplejos y con deseos de preguntar, sin saber a quien, o, más exactamente, sabiendo que no se puede interrogar a unos testigos que desaparecieron de la historia hace 20 siglos. Pensamos que si a nosotros se nos hubiera encargado la redacción de estos textos, lo hubiéramos dejado todo claro e inteligible. Os debo recordar lo que en otras cosas os he dicho: una de las características del hombre es aceptar el misterio y aceptar es poner nuestra confianza, más que en demostraciones y saberes, en la propia experiencia. Os confío con sinceridad: más que creer en Dios por demostraciones, sé que existe porque me siento inmensamente amado por Él. Dejo las divagaciones.

2. En el fragmento que se nos proclama este domingo, correspondiente a la segunda lectura, San Pablo habla a los cristianos de Corinto de una de las cuestiones que a casi todos nos son comunes. ¿Por qué sufrimos enfermedades? ¿Por qué con frecuencia, pensamos que son tan inoportunas? Lo primero que se nos ocurre es qué es lo que le debía pasar al Apóstol, qué dolor debía sentir, que se atreva a llamarlo espina clavada en su carne, que se la ha enviado un emisario de satanás. No debéis ignorar que es palabra revelada y que la gente bien pensante, juzgará inoportuno que se nos confíe una tal pequeñez, las molestias corporales que aquejan al Apóstol, son cosa suya y no hace falta que las cuente, dirían. Que vaya al grano y omita del texto sagrado estas menudencias, piensan seguramente. A estas personas que a veces se quejan de que señale yo a individuos concretos o detalles de su vida que son públicos, les contesto que la pregunta se la deben hacer a Dios, que es el que ha tenido la iniciativa y se ha confiado a los autores. Se ha divagado bastante sobre el significado de esta contrariedad que padecía. Tal vez fueron dolores de cabeza, que periódicamente sufren, junto a la fiebre, los afectados de la malaria, dicen unos. Otros piensan que son las opresoras angustias, depresiones y ansiedades, que proporcionan los fracasos de los que se lanzan sin precaución alguna, a una empresa superior a sus posibilidades. Pienso yo en posibles distonías neurovegetativas, consecuencia de su agitada vida.

3. Hasta no hace mucho resultaba oportuno suponer una úlcera gastroduodenal, ya que con frecuencia sus tormentos se presentan en primavera y otoño, y de aquí que Pablo pudiera recordar haber pedido ayuda al Señor en tres ocasiones. Así que su origen se podía sospechar que fuera un trastorno nervioso, fruto de sus ansiedades evangélicas. Quedaba bien la hipótesis, pero el descubrimiento del maligno “helicobacter pylori” que dicen los médicos es el causante de esta enfermedad, obliga a desechar la idea ¡tan bien que quedaba! Pero, como he oído a médicos que continúan creyendo que el síndrome puede ser de origen sicosomático, no dejo de contarlo.

Sin diagnóstico preciso en el caso del Apóstol de los gentiles, dictaminado el sufrimiento, cuando le ocurría al buenazo de Juan XXIII y a Juan-Pablo II, el grande, continúa preocupándonos la cuestión ¿no sería mejor que a quienes se dedican a labores tan dignas, Dios les evitara estas molestias? Topamos con el misterio del dolor, la única explicación que se nos da, a él y a nosotros, es que nos basta con su Gracia. Y de paso, pone a raya nuestra tendencia a presumir y a satisfacer nuestra vanidad.

4.- La pregunta que os haréis también, mis queridos jóvenes lectores, es quienes son estos hermanos del Señor, que se mencionan en el texto evangélico, ya que afirmamos la perpetua virginidad de Santa María. En primer lugar hay que advertir que si a los primeros lectores este asunto les hubiera supuesto un problema, nos hubieran llegado los interrogantes que se les suscitaban. Si los primeros destinatarios lo leyeron sin rechistar, no seamos nosotros los que queramos enredar la cuestión.

5. Al asunto, tradicionalmente, se le dan dos posibles respuestas. En primer lugar de tipo lingüístico. La palabra hermano, se le da en otros lugares a personas que no lo son, según nuestra manera de expresarnos (el ejemplo más clásico es la respuesta de Abraham a su sobrino Lot: que no haya disputas entre nosotros, que somos hermanos, por causa de los pastos del ganado). La segunda hipótesis es que José, el esposo de la Virgen, cuando se casó, era viudo con hijos de su anterior matrimonio. Pero el texto evangélico no se nos propone para que nos entretengamos en solucionar intríngulis. El meollo de la cuestión es la credibilidad que Jesús merece. La gente que le escucha advierte que su modo de expresarse no es como el de los doctores, imagino que hoy dirían que sus sermones no tienen nada en común con los mítines y arengas preelectorales de los políticos. Tampoco se parecen a oradores vanidosos y bien retribuidos, que hacen gala de su erudición con continuas citas de autores de prestigio. Jesús no era ignorante, pero no se vanagloria de ser erudito. Habla convencido y seguro, cosa que causa admiración. Es esta la primera sensación, pero luego cambian de opinión sus convecinos. No se había doctorado, dirían ahora, ni en su despacho cuelgan títulos y diplomas. Generalmente la gente ignorante, que no lo sabe que lo es, cree más al que es de fuera, que puede más fácilmente engañarle, que a aquel que su trayectoria personal no implica duda de honradez, ya que lo conoce de toda la vida, o cree conocerlo. Piensa mal y no errarás, dice el proverbio. Y para muchos, este dicho, es dogma de fe.

Lamentando su actitud, el Maestro se aleja de allí, limitándose a algunos milagros. ¿Se aleja también de nosotros, porque nos fiamos más de criterios burgueses, de costumbres que nos favorecen, de honores conquistados, o de records o trofeos conseguidos, que de Él?

Pedrojosé Ynaraja

 

 

Jesús vuelve a Nazaret…

1. LA FUERZA DE DIOS.

"En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía..." (Ez. 2,2). El profeta nos cuenta el primer encuentro con Dios. Estaba viviendo en el exilio, entre los deportados que estaban junto al río Quebar. Allí fue arrebatado en éxtasis: Miraba yo y veía un viento huracanado de la parte del Norte, una gran nube con resplandores en torno, un fuego que despedía relámpagos, y en su centro como el fulgor del electro, en el centro del fuego. Y de pronto una fuerza interior le impulsa a ponerse de pie. Es algo que le domina, que le puede. Y se pone de pie, o lo que es lo mismo se dispone a marchar, a emprender el camino. Esa es la actitud que el profeta ha de tener ante la llamada de Dios. Una actitud de dinamismo, de lucha, de caminante, de peregrino, de soldado.

Cierto que ordinariamente la gracia de Dios se reducirá a menudo a una suave atracción que nos nace de pronto muy dentro. Pero tu respuesta ha de ser la misma: Ponerte de pie, disponerte a caminar por el itinerario que Dios te va a marcar. Alzarte en pie de guerra, con espíritu de lucha, con ánimo de guerrero. Preparado para combatir cuantos enemigos se interfieran a tu paso. Consciente de que el primer enemigo eres tú mismo, cuando eres comodón, egoísta, soberbio, ambicioso. Has de luchar esas malas inclinaciones interiores que a veces te dominan. Decídete, Dios pasa, ponte en pie.

"Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos" (Ez 2,5). A lo largo de toda la Historia de los hombres, Dios ha enviado a sus mensajeros, sus profetas, los hombres que hablan en su nombre, sus pregoneros, sus portavoces. De un modo o de otro, también hoy nos llega el eco de sus voces, el contenido de su mensaje.

Lo contrario sería injusto por parte de Dios. Es como si se cerrara en un profundo silencio, ausente de nuestras vidas, desinteresado por nuestros problemas, indiferente ante nuestra salvación. No, Dios no se ha callado. Dios sigue enviando a sus profetas. Son los que siguen cogiendo la antorcha que un día Cristo entregara a los suyos... El que a vosotros os recibe, a mí me recibe -había dicho Jesús. Y también: Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros.

Pero este pueblo es rebelde y no quiere hacer caso. Es cierto que habrá quienes oigan el mensaje de Dios y lo vivan. Esos se salvarán, serán felices aquí en la tierra y allá en el Cielo. Los otros no. Los que no oyen la palabra de Dios, o los que la oyen y no la ponen en práctica, esos serán unos desgraciados. Aquí en la vida y después en la muerte. Y no podrán excusarse, no podrán decir que no hubo profetas en su tiempo.

2. EL HIJO DEL CARPINTERO.

"Y desconfiaban de Él..." (Mc 6, 3) Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, no por haber nacido en ella, sino por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta, ejemplar y estímulo para nuestra propia existencia, hecha también de pequeños deberes, de un trabajo sencillo quizá, pero ocasión única para ofrecer al Señor con delicadeza y cariño esos retazos de vida, que se nos van quedando al borde de nuestra actividad de cada día.

Jesús, como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado a Dios y no el que a cada uno le parezca oportuno.

Jesús asiste al rito de la sinagoga y comienza a hablar, haciendo uso del derecho a intervenir que tenía cualquiera de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Según el modo de hablar de los semitas se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.

Por otra parte, el rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.

 

 

¿De dónde saca todo eso?

1. UNA ESPINA.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo narra a los cristianos de Corinto la grandeza de que ha sido testigo en las revelaciones extraordinarias que Dios le ha hecho. Y a renglón seguido, explica que todo eso es algo que no le pertenece, algo que Dios le ha concedido gratuitamente, sin mérito alguno por su parte. Y así explica que él no puede gloriarse de eso que no es suyo. Y añade que sólo de una cosa puede gloriarse: de su flaqueza.

Y para que no olvide su propia miseria, esa miseria está siempre patente ante sus ojos. Dice que tiene metida una espina en la carne, algo que le molesta al menor roce, algo que le duele continuamente. Un emisario de Satanás que le abofetea sin cesar. No se puede saber a ciencia cierta de qué se trata. Lo que está bien claro es que no le era fácil la vida, que tenía dificultades serias y tentaciones, tropiezos, obstáculos que había de superar con tenacidad y paciencia a lo largo de toda la vida. Gracias, Señor, por esa confidencia de Pablo. Es un gran consuelo a los que también tenemos una espina, de la clase que sea, metida muy dentro de nuestra carne.

Era algo que le humillaba, algo de lo que quisiera verse libre. Quién me librará de este cuerpo de muerte, exclamaba el Apóstol en otra ocasión. En este pasaje nos cuenta que tres veces, es decir, con insistencia, ha pedido al Señor que le libre de aquellas cadenas que pesan sobre su alma, de ese peso muerto que parece frenar continuamente su marcha ascensional hacia Dios.

Y Dios atiende a su ruego de una manera peculiar: Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad. Esto es, que no te libraré de esa losa que te aplasta, pero haré posible que, a pesar de eso, sigas caminando hacia lo alto. Conseguiré el prodigio de que lo mísero y lo mezquino llegue a ser algo grande y admirable, haré que tu opaca oscuridad se convierta en rutilante luz...

Estas palabras de San Pablo bien podemos hacerlas nuestras, porque todos sentimos, cada uno a su manera, esta debilidad que tantas veces nos atormenta. Y esas palabras de Dios también son válidas para nuestro caso. Por todo lo cual, sólo nos queda seguir pidiendo la ayuda divina y estar seguros, a pesar de todo, de que si luchamos llegaremos al final, gozosos al lograr la victoria definitiva.

2. EL HIJO DEL CARPINTERO.

Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, no por haber nacido en ella, sino por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta, ejemplar y estímulo para nuestra propia existencia, hecha también de pequeños deberes, de un trabajo sencillo quizá, pero ocasión única para ofrecer al Señor, con delicadeza y cariño, esos retazos de vida, que se nos van quedando al borde de nuestra actividad de cada día.

Jesús, como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo, para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado desde el principio a Dios, para celebrar loa resurrección gloriosa de Cristo.

Jesús, como todo judío cumplidor, asiste al rito de la sinagoga y después de leer la lectura correspondiente, comienza a hablar, como solía hacer uno de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Lo que ocurre es que, según el modo de hablar de los semitas, se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.

Por otra parte, el rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.

Antonio García-Moreno

 

 

Ese maloliente mendigo…

1. Dicen los exégetas –y creámosles al menos por una vez siquiera—que el Señor Jesús fue a Nazaret al menos tres veces: dos evangelistas dicen que fue a su patria y San Lucas, más delicado siempre, dice a Nazaret, donde se había criado, donde tenía sus raíces, donde había pasado su niñez, su adolescencia y donde se había hecho adulto… toda una historia de sucesos de cada día, toda un gama de parientes, primos, primas, tíos y tías, un pequeño pueblo lleno de buenos recuerdos para Jesús. ¡Cuántos amigos de infancia! Tres veces volvió a su patria chica esperando acogida y comprensión y al final tuvo que alejarse de ella para siempre.

Nadie es profeta en su propia casa. Y en castellano tenemos otra expresión que dice: “nadie es grande para su ayuda de cámara”. Yo he tenido la suerte de largos años junto a un hombre grande: el Padre Arrupe, pero, realmente, el hacerle la maleta no me ayudaba nada para considerarlo grande, los mismos calcetines de todos, los mismos pañuelos, las mismas aspirinas, la misma bufanda y otros muchos etcéteras… ¡Si siquiera hubiera tenido yo que meter en la maleta una mitra o un báculo!

Pues esa fue la tragedia de los vecinos de Nazaret: no encontraron ni un báculo, ni una mitra, ni un cetro, ni armiños. Todo el equipaje del Señor Jesús era el mismo de todos ellos, de todos nosotros. Una familia corriente, unos parientes, un oficio bastante vulgar, ninguna formación escriturística. Y eso, con los pañuelos y calcetines, con las aspirinas y las bufandas, no cuadraba con sus milagros (que reconocen), ni con su maravillosa doctrina y prefieren cerrar la maleta y no creer en Él.

2. Pensamos que nos gustaría tener a Dios visible y palpable y sin embargo, en realidad, le preferimos lejos, allá en los Cielos. Creer en un Dios Padre con barba blanca como un Santa Claus nos gusta. Tener un Hijo Dios sentado a la diestra del Padre, bien; aunque no sepamos que es eso de la diestra, y admitir una paloma que sobrevuela sobre la Iglesia, pase, aunque no nos gusten las palomas…

Pero creer en un Dios que, aunque no le vemos, nos dejó dicho que está con nosotros hasta el fin de los tiempos, que si damos de comer y beber es a Él al que lo hacemos. Total, un Dios, sentado junto a mi, ante la televisión verduzca y sospechosa… ¡eso no!

No nos gusta sentarnos junto a Dios, encontrarnos en la entrada de El Corte Inglés, en la caja del supermercado o en la cola de Banesto o del BBVA, o pidiendo en el atrio de la Iglesia. Como aquellos convecinos, un Yahvé, tronando en el Sinaí, pero un Dios carpintero, sudoroso, con alguna que otra viruta colgada de la barba… ¡eso no!

Un Dios por cuyas venas corra sangre vulgar, que si se investigaran sus antepasados se encontrarían seres poco honorables, como nos insinúa San Mateo con aquellas 72 generaciones que narra como antepasados del Dios Mesías… ¡eso es demasiado para nosotros!

3. Ni los de Nazaret ni nosotros creemos en un Dios que se ha hecho hombre, un Dios sentado a mi lado y si lo viera daría yo un respingo y me alejaría como si tuviera junto a mí a un maloliente mendigo.

Nos hemos fabricado a nuestro dios, somos idolatras y adoramos a un dios inventado por nosotros, que ama a los que amamos, odia a los que odiamos, castiga a los malos (que siempre son los otros) y está con el palo en alto para coger en falta a quienes nos han engañado.

Cuántos ateos a nuestro alrededor no creen en nuestro dios, son ateos de nuestro dios, no del Dios Verdadero… son ateos gracias a Dios. Claro que ateos de conveniencia.

4. Y sin embargo, entre tanta gente falta de fe, hubo quien a contra corriente de todos creyó en el Señor, convecinos, testigos de su bondad de corazón, y de la bondad de su madre y creyeron en el Él, y Él correspondió imponiéndoles las manos y curándolos.

Un poquito de bálsamo para el corazón del Señor, pues en medio de nuestro ateísmo, admitamos un Dios cercano, en el niño, en el compañero de trabajo, en el marido, en la esposa, en el conductor del autobús, en la mujer de la limpieza, en el pobre que nos tiende su mano…

José María Maruri, SJ

 

 

«Mis queridos ausentes...»

Mejor hablar a los peces

Tengo la impresión de que los curas, a veces, hablan a los ausentes. San Francisco hablaba a los pájaros. Ciertos eremitas de la antigüedad amansaban leones y otras bestias feroces. Según un jesuita portugués (mí hija teóloga me ha traído a casa, oliendo aún a tinta, un libro suyo delicioso que, además de pagarle, como es obligación, lo he devorado en una tarde), san Antonio tuvo un memorable sermón a los peces (que parece que no son muy locuaces y que por tanto deben haberse quedado mudos, como de costumbre y como gusta a la mayor parte de los predicadores)

Pero ellos se empeñan, patéticamente, en hablar a los que no están. Lo digo sin irreverencia: si no fuese porque la iglesia no está afortunadamente vacía, se asemejarían a esos que hablan solos. Lo malo es que disparan andanadas sobre la pobre gente que tiene la mala suerte de estar en los bancos (y están, regularmente, todos los domingos).

«Hay gente que se deja ver en la iglesia solamente en navidad y pascua, o con ocasión de un funeral, pero ni eso, porque se quedan en el atrio hablando y bromeando...».

O también: «Quisiera decir a esos que no saben qué es la oración, que ni siquiera saben hacer la señal de la cruz, que abandonan los deberes religiosos más elementales...».

O: «¿Quién tiene aún ganas de escuchar la palabra de Dios? Hoy se prefiere prestar atención a los periódicos, a la televisión...».

O también: «Me gustaría mirar a la cara de esos individuos que hablan mal del cura, que critican todas sus iniciativas, y resulta que al cura no lo ven jamás, ni siquiera de espaldas...».

Y nosotros allí, como palos, recibiendo aquella descarga de reproches que sólo merecemos en parte. En estas ocasiones —y el domingo era una de ellas— el implacable Santiago comenta: «Se ha equivocado de código postal. Es más, se ha equivocado de dirección».

Es verdad que Ezequiel ha recibido del Señor la orden de hablar a gente testaruda, «...te hagan caso o no te hagan caso»; pero también por no escuchar, que significa además rechazar la palabra, hace falta que la palabra les alcance allá donde están. Y en la iglesia, donde se acalora el cura, ciertamente no están.

¿Y si la culpa fuera de la sal?

A propósito de Ezequiel, no quisiera que esas frases se convirtieran en una cómoda coartada para el predicador.

«Yo te envío... a un pueblo rebelde... También los hijos son testarudos y obstinados...». Estoy de acuerdo. Pero un predicador honesto también tendría que preguntarse si se rechaza la palabra de Dios o más bien el rechazo se debe al modo de transmitirla. A veces puede darse el caso de que la caligrafía resulte ilegible, o la lengua incomprensible.

Precisamente en el libro que he citado al principio he encontrado una frase que he anotado diligentemente: «Supuesto, pues, que o la sal no sale o la tierra no se deje salar, ¿qué habrá que hacer con esta sal o qué se deberá hacer con esta tierra?...».

Así pues, las alternativas son dos. O la culpa es de la tierra que no se deja salar. O la culpa es de la sal que ha perdido la capacidad de salar.

Una cita más del precioso librito: «Si la sal pierde la sustancia y la virtud, y el predicador decae respecto a la doctrina, o su ejemplo no arrastra, lo que habrá que hacer es desecharlo como cosa inútil, para ser pisado por todos... Como no hay persona más digna de reverencia y de ser puesta por encima de nuestra cabeza, que el predicador que enseña, y que hace lo que debe, así es merecedor de todo desprecio y de ser puesto bajo los pies el que con la palabra y la vida predica lo contrario...».

Añado una tercera hipótesis: puede ser que la sal sea de óptima calidad, pero que vaya a terminar, no en el plato que la necesita, sino en aquel en el que ya hay bastante...

Un Dios excesivamente cercano se hace irreconocible

En cuanto al desagradable incidente que le ocurrió a Jesús en su pueblo, el párroco nos ha llamado la atención sobre algunas consideraciones que quedarán en mi memoria entre las cosas más bellas que me ha tocado oír. Siento la tentación de decir, sin exageración, y sin halago (no estoy a la espera de una promoción...), que estaba inspirado. Pasarlo al papel significa empobrecer inevitablemente el discurso, pero lo intento.

Así pues, los de Nazaret conocían todo lo referente a Jesús: su historia familiar, el color de su pelo y de sus ojos, su manera de caminar, sus costumbres, sus compañías, sus tic, muchos episodios de su infancia.

El tipo era muy muy conocido, como también su clan familiar. En su estado civil resultaba «carpintero, hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón». Por no hablar de las hermanas. Todo bien especificado, documentado. ¿Quién habría podido sospechar a Dios detrás de un personaje catalogado con tanta precisión?

¿Cómo era posible reconocer a Dios en un individuo tan familiar, cercano, común?

Luego, ¿quién se cree que es?

Un Dios tan abordable, tan a la mano, que se puede tocar, se hace difícilmente reconocible.

En realidad —ha dicho el predicador— en Jesús de Nazaret Dios ha venido a manifestarse, pero también a esconderse.
Está por medio la densidad de la carne. Sólo la mirada de la fe logra traspasar esa densidad. Y en Nazaret había tan poca fe que Jesús quedó bloqueado en su indiscutible poder taumatúrgico.

Lo mismo pasa en la Iglesia, en la que Cristo está vivo hoy. Si la humanidad de Jesús resulta esplendorosa, de la Iglesia no se puede decir lo mismo. Hay miserias, grietas, lagunas, insuficiencias, manchas, opacidades, la rémora de sus hijos que terminan por hacer más espeso ese muro y por oscurecer nuestra mirada.

Y así sus hermanos y sus hermanas, los de su casa, con frecuencia esconden más que revelan a Jesús. Y sin embargo nosotros sabemos que él está allí. Pero solamente la fe nos permite alcanzarlo y le permite a él volver a hacer milagros.

Hace falta que la espina quede bien clavada

Me impresiona Pablo que se gloría, que hace el elogio de su debilidad. Defiendo que la debilidad del cura, reconocida humildemente, no es solamente el lugar donde se manifiesta el poder de Dios, sino que constituye un medio privilegiado para comprender y compadecer nuestras debilidades.

El hombre de Dios que presume de campeón intrépido, que se considera superior a la condición común, me hace sospechar en vez de convencerme. Prefiero reconocerlo en la miseria que le pertenece y me pertenece. También a él, aunque alguna vez finja ignorarlo, o intente torpemente enmascararlo, se le ha asignado una parte de miseria.

Y me siento hasta tranquilo por el hecho de que el cura tenga una o más espinas metidas en la carne. No tengo curiosidad alguna por comprobar de qué se trata, como tampoco me interesa conocer la naturaleza de la que atormentaba a Pablo.

Me basta saber que el Señor, a pesar de las oraciones que se le dirigen con este fin, no está en absoluto dispuesto a extirpar las espinas del cuerpo de sus elegidos. Deben permanecer plantadas en la carne para que produzcan la flor, cada vez más rara, de la humildad.

Las espinas «sostienen» al menos tanto como los clavos. ...Sólo por quedarnos en el terreno de la humanidad.

Alessandro Pronzato

 

 

1. Situación y contemplación

A la luz de las lecturas de este domingo, vamos a revisar nuestra fe. Muchos cristianos nutren su fe de creencias, es decir, de un conjunto de convicciones referentes a contenidos no verificables, pero a los que se adhieren por fe. Pueden ser ideas sobre Dios (por ejemplo, que es Trino y Uno) o el hombre (que es pecador y ha sido llamado a la salvación mediante Jesucristo), o bien acontecimientos (que Jesús murió bajo Poncio Pilato y que luego resucitó). Otros han hecho de la fe un proceso personal, en que lo determinante es el encuentro con Jesús resucitado, y, por ello, dan la máxima importancia a la historia de Jesús y a la relación viva con El hoy.

Las páginas de este libro están inspiradas, sin duda, en este segundo modo de vivir la fe. Hoy, concretamente, queremos acercarnos a la experiencia de soledad radical que vivió Jesús por ser fiel a su misión. Los suyos (familiares, vecinos de Nazaret, el pueblo judío) desconfiaban de El. ¿Qué resonancias tiene en mí esta dimensión tan afectiva y personal de la fe?

- Marcos nos ha presentado en toda su crudeza la incomprensión que Jesús sufrió por parte de los suyos. Estos domingos estamos profundizando en el carácter desconcertante del mesianismo de Jesús para las expectativas de la gente. La consecuencia va a ser el rechazo.

- El texto del profeta Ezequiel refleja la misma experiencia del rechazo. Fue el camino normal de los enviados de Dios. Jesús resumirá en una parábola esta trayectoria de la historia de Dios con su pueblo (Mc 12,1-12), cuya culminación será su propia muerte.

- El salmo responsorial expresa la respuesta de la comunidad cristiana a los enviados de Dios. Por una parte, el reconocimiento del pecado, de cómo, efectivamente, no escuchamos la Palabra de Dios. Por otra parte, la fe. La Iglesia quiere seguir humildemente a Jesús, aunque su misión nos resulte desconcertante.

Intentemos acompañar a Jesús en su soledad.

2. Reflexión

La soledad de Jesús tiene niveles diversos. Uno, el más comprensible para nosotros, es el psico-afectivo. Tuvo que ser muy doloroso para Jesús ir a la sinagoga de Nazaret y sentir el rechazo de sus conocidos. Probablemente, habían oído hablar maravillas del hijo de María, el carpintero, y se hicieron expectativas de que Jesús les iba a hacer milagros. Pero Jesús no estaba dispuesto a pasar por ese chantaje. La frase del Evangelio es terrible: «No pudo hacer allí ningún milagro... Se extrañó de su falta de fe».

La soledad de Jesús nace de un nivel más hondo, el fracaso de su misión. No se trata de cualquier fracaso, sino del fracaso en relación con el Reino. ¿No era acaso contradictorio que el Mesías fracasase si, por definición, la era mesiánica consiste en la victoria definitiva de Dios? Jesús sintió en propia carne la prueba más dura: Si Israel rechazaba al Mesías es que rechazaba el Reino y, en consecuencia, la esperanza última que le quedaba. ¿No significaba este rechazo, quizá, que Jesús estaba engañado, que no había recibido la misión que El se atribuía? De hecho, entre los suyos se decía que estaba loco. ¿No tendrían razón?

3. Praxis

El cristiano no debe confundir la fe con un sistema de creencias. Estas buscan siempre dar seguridad, evitar riesgos. La fe adulta camina a pecho descubierto y no evita las preguntas y la oscuridad. Por eso, no necesita sacralizar la figura de Jesús, haciendo de El un Mesías omnisciente, por encima de toda duda. Meditar en la soledad de Jesús ayuda mucho a vivir con realismo lo que es la condición de todo creyente: A medida que la fe se te hace fuente personal de ser, te vas quedando solo. Es así, no hay que darle vueltas.

No por eso te alejas de nadie; al contrario. Pero sólo Dios entra en el último reducto de tu conciencia, aunque no tengas secretos para tu amigo íntimo. Hace falta que las personas que te quieren estén en tu misma honda para que comprendan lo que significa para ti hacer la voluntad de Dios por encima de todo, incluso de las personas a las que más quieres, o ese sentimiento misterioso de descansar sólo en Dios, en última instancia.

Soledad habitada, no solitaria, en que el corazón creyente experimenta lo más gozoso y exigente de su vocación cristiana.

Si sabes un poco de estas cosas, no tengas miedo; sigue a Jesús.

J. Garrido

 

 

Nadie es profeta en su tierra

El Señor habla a través de personas de nuestra historia, en ellas la palabra de Dios se reviste con ropaje humano. Los textos de hoy nos presentan algunos casos de enviados de Dios.

Gente de cara dura

Los enviados de Dios están advertidos, en el curso de su misión encontrarán «a hijos testarudos y obstinados» (Ez 2, 4) que tal vez no escuchen, pero al menos «sabrán que hubo un profeta en medio de ellos» (v. 5). Alguien que habla en nombre de Dios, eso es lo que significa el término hebreo nabí que traducimos por profeta.

El profeta choca con la resistencia de quienes se niegan a escuchar la palabra que los invita a dejar sus viejas seguridades y a cambiar de camino. El propio Hijo de Dios «se extrañó de su falta de fe» (Mc 6, 6). Las personas de «su tierra» (v. 1) no creen que uno de ellos pueda revelar las exigencias del amor de Dios. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María? ¿sus hermanos no viven con nosotros?» (v. 3). Lo conocen, luego no puede decirles nada nuevo.

La conferencia de Puebla nos habla del «potencial evangelizador de los pobres». Los hijos espirituales de quienes no creyeron en Jesús dirán ahora, ante el testimonio evangélico de los pobres de nuestro país, pero «¿éste no es un campesino que apenas sabe hablar en castellano? ¿qué pueden decirnos los que se pasan la vida reclamando, sin trabajar?». Los conocemos, por consiguiente no podemos esperar nada de ellos.

Fortaleza en la debilidad

La calidad de un anuncio del evangelio no se mide por la acogida inmediata que tenga. Lo que cuenta ante todo es la fidelidad del enviado a la misión que le ha sido confiada. Los textos de hoy nos hablan de vocaciones: Ezequiel, Pablo, Jesús. Dios les da una tarea y la quiere eficaz. Pero esa eficacia puede conocer rutas sorpresivas.

La debilidad del enviado revela la fuerza del Espíritu presente en él. En la flaqueza de Pablo, el Señor despliega su poder (cf. 2 Cor 12, 9). No se trata de un gusto por el contraste y la paradoja. Es la forma de actuar de un Dios amoroso y tierno que invita y no apabulla. La debilidad humana de sus enviados crea un espacio de libertad, quienes los escuchan pueden decidir pro o contra. Ya quisieran ellos que el Señor no se revele sino a través de acciones grandiosas y milagros. Se evitarían así el trabajo de discernir cuándo y a través de quién se revela la Palabra.

Pero para el enviado esto no es fácil. La «espina en la carne» (v. 7) está allí para recordarle que él no es sino eso, un enviado. Todos pedimos que los malos momentos pasen pronto y lo hacemos más de tres veces (cf. v. 8). Nos duele en particular que el testimonio —no sin defectos y lagunas— que buscamos dar no sea comprendido. Eso nos ayuda sin embargo a ir con humildad a las fuentes de la tarea encomendada, a purificar y corregir los motivos de nuestra acción. Además, nos dice Pablo, cuando parecemos débiles es cuando somos fuertes (cf. v. 10).

Gustavo Gutierrez

 

 

A Jesús le rechazan sus vecinos de Nazaret

Hemos oído el relato de Marcos. Jesús vuelve a su tierra natal, a Nazaret. Va el sábado a la Sinagoga, allí se encuentra y les habla a todos, familiares, paisanos, al escucharle, quedan admirados de su sabiduría, todos han oído de sus curaciones extraordinarias, de las masas que le siguen, pero no comprenden su género de vida, su predilección por los pobres, los enfermos, los excluidos de la sociedad, no aceptan tampoco su palabra. El relato termina: Jesús les recrimina su falta de fe, no hizo entre ellos entre ningún gesto extraordinario y se fue, con seguridad, entristecido, a seguir predicando por aquellas tierras la Buena Noticia del Padre.

Porqué este rechazo de sus familiares y vecinos.

Jesús hablaba de Dios con autoridad. Presentaba la buena noticia, que identifica a todos como hijos de Dios Padre, como hermanos. Asegura que lo prioritario es amar y ayudar a los más necesitados, que el reino de los cielos será para los que trabajan por la justicia, la paz, en contraposición a lo que enseñaban los Maestros de la Ley. Sus oyentes de la sinagoga comentaban:“¿Por qué apartarnos de lo que enseñan los rabinos, los Maestros de nuestra religión tan firmemente establecida y hacer caso al hijo del carpintero?, ¿por qué tomarle en serio?”.

Nosotros cristianos en nuestro credo confesamos nuestra fe en Jesús, decimos: “Dios y hombre verdadero”, ¿aceptamos su palabra?.

El Dios creador del universo ha querido humanizarse, Dios se hace hombre, nace en una aldea perdida, con un padre con un oficio sencillo, ha vivido como uno más del pueblo. Jesús fue un buen hijo, un buen vecino, un buen amigo. Vivió sin privilegios de ninguna clase, comportándose como un hombre verdadero.

Jesús en su vida nos permite vislumbrar cómo es Dios, podemos ver cómo ama, sus afectos, sus sentimientos, quiénes son los amigos que escoge, de quiénes se fía para crear el equipo que le acompañen en su misión. Podemos asumir en nuestra vida los valores que él tuvo, que él vivió.

Dios ha querido que ser hombre y profeta. Creemos que Jesús fue el profeta que nos ha trasmitido la Buena Noticia de Dios, que la persona humana es la mejor imagen de Dios, que llevamos indeleblemente en nuestro ser más íntimo el sello, la huella de Dios, la capacidad de amar, de pensar, de ser libres. La vida de cualquier ser humano merece el respeto, el aprecio de esta imagen que lleva impresa.

Quien trate de seguir a Jesús habrá de aceptar que es exigencia de Dios que todos sus hijos vivamos como hermanos, con la dignidad de hijos suyos, sin que a nadie le falte lo necesario, y en gran medida que esto es responsabilidad de quienes decidan seguir su palabra, su vida. Era la buena noticia de Jesús.

Hoy es normal aceptar la cultura establecida entre nosotros, que legitima disfrutar de los bienes de este mundo, sin tener que responsabilizarnos de que vivan junto a nosotros quienes carecen de lo más imprescindible para vivir con su dignidad de personas, y que nuestra religión legitima tener estas actitudes.

Bien sabemos que toda religión firmemente institucionalizada, puede tratar de presentar como de Dios la palabra que se nos proclame, legitimando conductas, que ante todo, favorezcan a nuestros intereses y a intereses humanos de la propia religión. Así, puede resultar que se trate de antiprofética a toda persona, a todo grupo, que trate de defender el vivir con las inquietudes y valores con que vivió Jesús. Podrá resultar antiprofético seguir las bienaventuranzas, el trabajo por la justicia, el vivir abiertos a las inquietudes, a las miserias de quienes carecen de las condiciones de dignidad humana. El verdadero profeta, que proclame la buena noticia de Jesús, será olvidado, perseguido en su caso. Fue la vida de Jesús y la de muchos que fieles a su palabra.

Jesús pidió a sus discípulos que presentaran su palabra en todos los pueblos, así han florecido comunidades cristianas en todas las culturas, lo sabemos, la opción por el evangelio, vivir en su integridad la palabra de Jesús, ha sido siempre una luz en la humanidad. El creyente en Jesús ha de vivir consciente de que Jesús resucitado sigue presente hoy en nuestro mundo, como hermano de todos, especialmente cercano a los que sufren y ha de tratar de seguirle en su vida, aceptando la grandeza de toda persona humana.

En estos tiempos, en los que con tanta frecuencia se ha tratado de hacer cristianos de niños, bautizándolos sin que se enteren, es fácil que muchos, al saberse cristianos y oír del Jesús del evangelio, se encuentren confundidos. La mejor manera de descubrir a Jesús, ha sido siempre conocerle personalmente en el evangelio y proponernos seguirle en nuestra vida; tratar también de vivir en contacto con grupos y con quienes decidan seguir con plena sinceridad la palabra de Jesús en los acontecimientos más diversos, escuchar a los demás, aceptarles como son, mostrando en todo amor, esperanza, auténtica solidaridad y compromiso con los necesitados en la vida profesional y social. Así es como se podrá hoy ayudar a presentar en nuestro mundo el misterio de Dios que nos presenta Jesús.

Tratemos de vivir conforme a la palabra, a la imagen y a la presencia que Él nos ha dejado, no vaya a ser que también Jesús, entristecido, se aleje de nosotros, como se alejó de su pueblo y sea realidad el comentario que alguien hacía de esta visita de Jesús a Nazaret:

“Curiosa paradoja humana: que la total cercanía de Dios sea precisamente lo que, en nuestra torpeza, nos impida reconocerle”.

José Larrea Gayarre

 

 

El profeta lo tiene hoy difícil

1. Un mal comienzo para Jesús.

El evangelio de hoy nos presenta un rotundo fracaso de Cristo al comienzo de su misión profética y precisamente en la sinagoga de su patria chica, Nazaret, donde se había criado. Al principio, el asombro invade a los presentes: ¿cómo sabe tanto? Después, la sorpresa toma otro cariz: ¿de dónde saca todo esto el hijo de María, este vecino del pueblo, si sus raíces están aquí entre nosotros? Como consecuencia, en un tercer paso, desconfiaban de él.

Los paisanos de Jesús no pueden superar el escándalo de la encarnación de Dios y quedan atrapados en los condicionamientos de su humanidad. Los prejuicios pudieron más que la evidencia. De suerte que Jesús comentó con pena: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

El mal comienzo de Jesús manifiesta las dificultades de la misión del profeta. Así lo ponen de relieve también la primera y segunda lecturas de hoy, en que queda patente la difícil condición del profeta del Señor (Ezequiel) y del apóstol de Cristo (san Pablo). "Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Cuando soy débil, entonces soy fuerte", dice Pablo (2ª lectura).

2. El profetismo del antiguo testamento.

La palabra de Dios en el antiguo testamento se resume en la expresión "la ley y los profetas". Se trata de dos realidades complementarias. De hecho, la predicación de los profetas remitía siempre al cumplimiento de la alianza con Dios, es decir, a la ley mosaica. El profetismo fue, junto con el sacerdocio y la monarquía, una de las tres grandes instituciones viejo-testamentarias. La Biblia enumera hasta 104 profetas, de los que 49 son mencionados por su nombre. Diecisiete de estos últimos nos dejaron su mensaje por escrito. Son los libros proféticos, entre los que destacan los de los cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.

Por lo demás, el profetismo fue algo común a todas las religiones antiguas, tanto orientales como grecorromanas. La historia de las religiones demuestra que el profeta, el vate, el adivino, el hechicero, son fruto de ese deseo universalmente manifestado por el hombre, de dominar las fuerzas ocultas de la naturaleza mediante la religión y en un clima de misterio sagrado.

Pero el profetismo de la Biblia, el profetismo de Israel, tiene estas características que lo diferencian de cualquier otro:

1) Los profetas y su carisma aparecen íntimamente vinculados al Espíritu de Dios que les impulsa a hablar.

2) El carisma profético es vocación de servicio al pueblo de Dios, mediante la transmisión de la palabra del Señor.

3) Los profetas suelen acompañar su misión con gestos simbólicos, de los que se cuentan más de treinta en el antiguo testamento.

Y 4) Demuestran una fortaleza y una audacia invencibles; algo que en el griego del nuevo testamento se denomina con el término parresía, aplicado a los apóstoles en el libro de los Hechos especialmente.
Todo el profetismo viejo testamentario está orientado hacia Jesús de Nazaret y en él culmina. Dios, llegada la plenitud de los tiempos, ya no nos habló por intermediarios sino por su propio Hijo, que es su palabra personal hecha hombre. Después, Jesús verifica la autenticidad de su palabra y de su misión mediante los "signos" que son sus milagros. Así aparece ante el pueblo como profeta acreditado por Dios y hablando con autoridad propia. Sin embargo, como todos los profetas que le precedieron, Jesús hubo de sufrir la desconfianza, la incredulidad y el rechazo de sus contemporáneos.

3. El profetismo cristiano.

Todo cristiano participa por el bautismo de la función profética de Jesús, de quien, como de su fuente, brota todo profetismo en la Iglesia de Dios. Por eso el anuncio del evangelio y el testimonio de Cristo son misión del creyente. Pero este profetismo cristiano conlleva siempre un esfuerzo, llegando incluso a ser muy duro en determinadas circunstancias, debido a dos causas: la resistencia o malquerer de los otros y la propia debilidad del testigo y del profeta. Hoy se repite la escena del evangelio: Cristo y sus mensajeros no son aceptados fácilmente. Se rechaza a Jesús cuando no se acata su doctrina expuesta en el evangelio y por la Iglesia, o cuando se intenta arrumbar a ambos al desván de los recuerdos históricos.

A este rechazo se añade que el profeta mismo y el testigo tampoco serán siempre santos de personalidad irresistible e inmaculada. Entonces, ¿cómo se vería que su fuerza le viene de Dios, a pesar de su flaqueza? Ésta es a veces una dura prueba para nuestra fe, como lo fue para los de Nazaret la crianza de Jesús entre ellos. Venturosamente, Cristo es más fuerte que nuestra debilidad, más grande que nuestras limitaciones, más audaz que nuestros miedos y más luminoso que nuestra oscuridad.

Nuestra conciencia profética, testimonial y misionera no debe limitarse a apoyar a los misioneros de vanguardia en tierras lejanas. Posiblemente nosotros mismos vivimos entre hombres y mujeres que no creen, incluso amigos nuestros; y quizá nunca les hemos hablado de Dios "por respeto a sus ideas", decimos. Pidamos al Espíritu Santo tacto y más valentía; estamos necesitándolo.

Hoy más que nunca hacen falta hombres y mujeres creyentes que, a ejemplo de Jesús, sean profetas y manifestación de Dios para los demás. Al Señor le gusta revelarse en el desierto de la vida y en la llanura monótona de cada día a través de los acontecimientos más diversos, y sobre todo, por medio de personas "signo" que saben sonreír y compartir, recibir a los demás y tenderles la mano, escuchar a los otros y aceptarlos como son, mostrando en todo el amor, la esperanza, el compromiso con los pobres, la pasión y el seguimiento incondicional de la justicia. Así es como se hará hoy realidad visible a nuestros hermanos el Espíritu profético del Señor.

B. Caballero

 

 

No despreciar al profeta

El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Tampoco le presentan a los enfermos de la aldea para que los cure.

Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría. Tampoco se explican de dónde proviene la fuerza curadora de sus manos. Lo único que saben es que Jesús un trabajador nacido en una familia de su aldea- Todo lo demás « les resulta escandaloso ».

Jesús se siente « despreciado »: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: « No desprecian a un profeta mas que en su tierra, entre sus parientes y en su casa ».

Al mismo tiempo, Jesús « se extraña de su falta de fe ». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos ».

Marcos no narra este episodio para satisfacer la curiosidad de sus lectores, sino para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.

¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos « suyos »? En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial? ¿no vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje? ¿no es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora? ¿no tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?

Ésta la preocupación de Pablo de Tarso: « No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de Profecía. Revisadlo todo y quedaos sólo con lo bueno » (1 tesalonicenses 5, 19-21). ¿No necesitamos algo de esto los cristianos de nuestros días?

José Antonio Pagola

 

 

Los textos de la liturgia de este domingo, 14 del tiempo ordinario, advierten claramente de uno de los grandes aprietos, peligros, con los que nos encontraremos si nos decidimos a ser los propagadores del Evangelio: será una tarea ardua como consecuencia de las dificultades que surgirán de todos aquellos que no quieren recibirlo.

En el primero de ellos, tomado del profeta Ezequiel (2,2-5) aparece él como alguien a quien le toca hablar de Dios “a un pueblo de rebeldes, que se han rebelado contra mí, ellos y sus padres, hasta este mismo día. Hijos de cara dura y corazón de piedra son aquellos a quienes yo te envío”.

Nos tranquiliza saber que lo que nos pide Dios no es que convirtamos al mundo sino que lo intentemos. Los resultados no dependen de nosotros sino de la voluntad de quienes nos ven o escuchan. Por eso Dios consuela al profeta diciéndole: Escuchen o no escuchen -puesto que son una raza de rebeldes-, sabrán que en medio de ellos se encuentra un profeta.

Esa es nuestra misión: hablar de Dios, involucrarnos en la misión de Jesús; los resultados no cuentan en la “contabilidad” con Dios, solo nuestra actitud.

San Pablo, 2ª lectura (2Cor. 12,7b-10) nos habla de una segunda tranquilidad respecto de nuestro compromiso con Dios.

En la lucha contra nuestra pereza y comodonería para vivir y/o extender el Evangelio no estamos solos. Cuando, nada menos que San Pablo experimenta esos mismos temores, la fe acude en su ayuda para garantizarle en nombre de Dios que “Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza”

En la lucha contra el mal, Dios respeta la libertad de aquellos sobre los que intentemos influir, por eso tanto su acción como nuestra influencia queda condicionada por esa libertad.

Tampoco hemos de echarnos atrás porque nos consideremos indignos, incompetentes para esa misión. Si Dios nos ha pedido nuestra colaboración es porque sí podemos dársela, no como insignes teólogos pero sí como ciudadanos que cumplen su misión en la tierra con honradez, con dedicación, con buen ánimo.

Esto nos lleva a otra importante consideración. El triunfo final es de Dios. Tanto en los frutos que consigamos en nuestra acción sobre los demás como en la superación de nuestros límites y miedos la voz cantante la lleva Él. Este pensamiento nos evita engreírnos y estropearlo todo con la soberbia.

Las razones que pueden esgrimir contra nosotros los que quieren frenar la expansión del Evangelio son muy variadas pero no nos deben acobardar. Son las que ya pusieron al mismo Jesús. Si se opusieron a Él también se opondrán a nosotros y con los mismos “argumentos”.

Es lo que nos quiere subrayar la tercera lectura, el Evangelio. (Mc. 6,1-6)

Jesús es “desprestigiado”, descalificado para proclamar el Evangelio por ser “el hijo del carpintero”. Tonto pretexto porque las ideas valen por su contenido no por quién las haya dicho. La verdad es la verdad la diga el gran Agamenón, el rey que dirigió a los griegos contra Troya, o su porquero. La verdad es independiente de quien la diga. Otra cosa son las fábulas, los tinglados que se puedan montar sobre cualquier tema pero la verdad es una, porque la verdad es la realidad, y la realidad es la que es.

En otra ocasión la dificultad para aceptar a Jesús es que anda endemoniado y que en virtud de Belcebú, el príncipe de los demonios, echa Él los demonios.

Otro día lo quieren despeñar porque dice que es hijo de Dios. Ante Pilato le acusan de renegar del César.

Es igual. Buscar falsas razones para apoyar cualquier disparate contra las enseñanzas de Dios es sencillísimo: Basta tener cara dura y corazón de piedra como aquellos a los que Dios enviaba al profeta.

Entendamos cual es nuestra misión y los riesgos que esto comporta pero no olvidemos nunca las prometedoras palabras de Jesús: “Cualquiera que me confesare delante de los hombres yo le confesaré ante mi Padre Celestial” (Mt. 10,32).

presbítero Pedro Saez

 

 

En el reducido ambiente y en la sociedad cerrada de un pequeño pueblo de la Galilea del s. I, la familia y la sinagoga eran (tenían que ser) los dos cauces, a través de los cuales, cada individuo que venía a este mundo se socializaba, es decir, se integraba en la sociedad judía de su tiempo. ¿Ocurrió esto en el caso de Jesús? Por lo que cuenta este relato, parece que no. Tanto la familia como la sinagoga, se sorprenden cuando, después de un tiempo seguramente corto, se dan cuenta de que Jesús ya no piensa, ni habla, ni vive como era de esperar en un vecino del pueblo y en un hijo de aquella familia.

El hecho es que la conducta de Jesús se vio allí tan "desviada", que solo mereció "desprecio". Y, por supuesto nadie, ni su familia más íntima se fió de él. Esto es muy duro en la vida de una persona. Es el precio de la libertad. Sobre todo, la libertad ante las personas a las que uno se siente más vinculado afectivamente. La dolorosa extrañeza de Jesús estaba justificada.

Los tres sinópticos recuerdan este hecho (Mt. 13,53-58; Lc. 4,16-30). ¿Qué importancia tiene este episodio? Si Jesús fue incomprendido donde mejor se le conocía, sin duda es que fue visto como una novedad que no se podía entender. Y si además fue rechazado, es que fue visto como un peligro serio. Un peligro para aquella religión (la sinagoga) y para aquel modelo de sociedad (la familia). Hoy lo veríamos como una novedad más extraña y como un peligro mayor.

Jose María Castillo

 

 

Coleccionista de profetas

La expresión de Jesús de Nazaret: "Ningún profeta es bien recibido en su tierra" ha sufrido, a lo largo de los tiempos, ciertas metamorfosis, denotando siempre la dificultad que uno encuentra para ser reconocido como un gran hombre en su propio pueblo. Así tenemos frases como "nadie es un señor delante de su criado", "nadie es héroe para su ayuda de cámara", el conocido refrán que afirma que "nadie es un gran hombre para su mayordomo"... acuñándose la expresión hoy más generalizada de que "nadie es profeta en su tierra".

Resulta que hoy Jesús ha venido a su pueblo, Nazaret, y, al ser día festivo, se ha puesto a predicar en la sinagoga con una elocuencia y una sabiduría admirables. El público, extrañado ante tanta erudición, se ha puesto a decir: "Pero éste, ¿de donde saca tanta ciencia y tanta oratoria? ¿No es el carpintero, el hijo de María? Si aquí nos conocemos todos..."Total que el Mesías, percibiendo la cerrazón de sus paisanos y la impermeabilidad exteriorizada en sus rostros y sus comentarios, ha reconocido: "Ningún profeta es bien recibido en su tierra".

Entonces me he preguntado: ¿Tan difícil es que alguien sea profeta en su tierra? He pensado en los que coleccionan sellos o monedas, en la paciencia que exteriorizan buscando los ejemplares más raros, desconocidos o antiguos, y me he decidido: "Voy a hacerme coleccionista de profetas". De seres que en su propio pueblo o ciudad te impresionan con su conducta generosa y callada y te llevan a pensar en Dios; al fin y al cabo, "profeta" significa "el que habla en nombre de Dios".

He confeccionado un listado con los nombres de las personas que he encontrado para mi colección, y que os ofrezco ya:

* En mis primeros años de sacerdocio visité a Jacinta, una señora enferma que, con una serenidad y una paz imperturbables, me contó que llevaba encamada 45 años y me aseguró que era feliz porque estaba cierta de que Dios la quería. Yo, con mis 24 recién cumplidos, me quedé estupefacto.

* Don Andrés, un docente jubilado, se dedicaba a recoger papeles y periódicos desechados, que luego vendía, dedicando su importe a paliar la penuria de los necesitados.

* Antonia, una señora mayor, después de oír misa, acudía todos los domingos a un domicilio para acompañar a una anciana, con el objeto de que su hijo y nuera pudieran dar un paseo de dos horas, antes de comer.

* Ricardo, un hombre jubilado y maduro, acudió en una ocasión a Cáritas. Le preguntaron qué deseaba, cuál era su demanda, y él contestó que no quería pedir, sino a dar, y quería saber en qué podría servir para hacer el bien. Quienes lo recibieron quedaron extrañados y le encomendaron acompañar a un señor anciano y demenciado. A los ocho meses, se le murió el anciano. Le encomendaron la misma tarea con otro que, a los siete meses, falleció también. Después, muy pronto, el bueno de Ricardo abandonaba este mundo, víctima de una neumonía.

* El bueno de Nicolás, hombre generoso y afable donde los haya, tenía la extraña costumbre de acudir una vez por semana al hospital de la localidad con el propósito de visitar a alguien que no tuviese quien viniera a verle. Se presentaba en Recepción, preguntaba quién era el enfermo que nunca recibía visitas, y allí iba él a hacerle compañía. Le llamaban "el visitador de nadie". Él se dirigía a platicar un buen rato con el enfermo de turno y salía satisfecho porque había hecho feliz a una persona.

Después de contemplar estas escenas tan edificantes, he decidido seriamente seguir mi tarea de coleccionista de profetas en su tierra. Seguiré completando el listado, al que ya no me queda otro remedio que sumarme. Yo también quiero ser profeta en mi entorno.

Pedro Mari Zalbide

 

 

Algunas notas sobre el texto

● La palabra griega traducida aquí por “carpintero” (3) designa el oficio de quien trabaja la piedra o el metal además de la madera.

● Sobre “los hermanos y hermanas” de Jesús (3) hace falta saber que, en la Biblia, el término “hermanos” designa tanto los hijos de una misma madre o de un mismo padre como a los parientes próximos (Gn. 13,8; 14,16; 29,12; 1Cr. 23,22).

● Sobre los “milagros” (5) hace falta tener en cuenta que sólo son percibidos desde la fe. Es decir, si no hay fe no hay milagro. Dicho de otra manera: una curación, por ejemplo, no es un milagro si el enfermo curado no descubre, gracias a la fe, que Dios está con él y lo salva.

Notas para contemplar a Jesús y el Evangelio

● Jesús, después de un recorrido por tierra extranjera (Mc 5,1-20) y de acciones entre personas catalogadas como “impuras” (Mc. 5,21-43), decide “ir a su pueblo” (1). Y allí, como había hecho en otros lugares, lleva a término su misión evangelizadora (2), aunque sea duro.

● Los de Nazaret “no lo aceptan” , “se escandalizan” ante Jesús (3), no tienen “fe” en Él (6): no pueden aceptar su persona ni su actuación. También el evangelista Juan recoge la perplejidad ante las enseñanzas de Jesús: Los judíos, extrañados, decían: ¿Cómo puede

saber tanto este, si no le ha instruido nadie? (Jn. 7,15).

● Jesús, en otro contexto, dándose a conocer a través de su acción hacia los más pobres – ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos, pobres – , dirá esta bienaventuranza: “¡Dichoso-Feliz el que no se sienta defraudado por mí! (Mt. 11,5-6).

● Los familiares de Jesús, de los cuales se habla aquí (3) y que representan, más que nadie, a su pueblo (4), piensan que ha perdido el juicio-cordura. En Marcos ya habían hecho un intento de apartarlo de su misión: “Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales” (¡Ha perdido la cordura!) (Mc. 3,21).

● Lo que Jesús expresa con la frase “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa” la encontramos, además de los sinópticos (Mt. 13,57; Lc. 4,24), en Juan: “Un profeta no es estimado en su propia patria” (Jn. 4,44). Los de su pueblo – los suyos – se escandalizan: no pueden aceptar que un hombre “normal” del pueblo pueda hacer y decir lo que hace y dice Jesús.

● En otras ocasiones, en Marcos, Jesús sí que “ha podido hacer milagros” (5), porque tenían fe:

* Jesús, al ver la fe de aquella gente, dice al paralítico: “Hijo, te son perdonados los pecados.” (Mc 2,5);

* Jesús le dijo: – Hija, tu fe te ha curado-salvado. Vete en paz y queda curada del mal que te atormentaba.

Mientras Jesús todavía hablaba, llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga a decirle: – Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar al maestro? Pero Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: – No tengas miedo; basta que tengas fe (Mc. 5,34-36).

* Entonces el padre del chico exclamó: –

Creo, pero dudo, ayúdame a

tener fe.

(Mc 9,24)

* Jesús le dijo: – Ve, tu fe te ha curado - salvado. Y al instante vio y lo seguía por el camino (Mc 10,52).

● La “falta de fe” (6) ata a Dios de manos (5), porque el Reino que se manifiesta en Jesús no es un poder que se impone sino que es amor que se ofrece.

Josep Maria Romaguera

“El Evangelio en medio de la vida” (Domingos y fiestas del ciclo-B)

Colección Emaús - Centro de Pastoral Litúrgica

 

Una cura de humildad

VER

Un día, después de una serie de errores y equivocaciones, tuve que terminar diciendo, a pesar mío: “Una cura de humildad nunca viene mal”. Solemos ser muy exigentes y críticos con los errores de los demás, y se nos olvida que nosotros no somos perfectos y que como cualquier persona, podemos cometerlos. Cuando esto ocurre, no nos gusta nada porque nos hace sentir humillados y avergonzados, nos vemos obligados a reconocer nuestras propias limitaciones. Pero, si queremos, la cura de humildad puede servirnos para ser más comprensivos con los demás.

JUZGAR

La Palabra de Dios de este domingo nos presenta algunas “curas de humildad”. En la 2ª lectura, San Pablo afirma claramente: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne… para que no sea soberbio. San Pablo, por su formación, por su encuentro con Cristo, por su claridad de ideas respecto a la fe cristiana… corre el peligro de caer en la soberbia, y sufre la humillación de esa “espina”, quizá un defecto físico, que para él supone una continua cura de humildad.

Y el propio Jesús, en el Evangelio, ha sufrido la humillación de ser rechazado en su propia tierra, donde era conocido: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María? Y desconfiaban de Él. Jesús, como verdadero hombre, sufre la humillación de experimentar el fracaso: no desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro. Y se extrañó de su falta de fe.

Sabemos que no fue la única humillación que Jesús sufrió; hubo más, en forma de ataques, comentarios maledicentes… hasta desembocar en la gran humillación que fue su crucifixión. Sin embargo, Jesús dio a esas humillaciones un sentido, como hemos expresado en la oración colecta: Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída… Jesús acepta las humillaciones por nosotros, para mostrarnos que no es la soberbia ni la prepotencia lo que hace crecer y progresar a la humanidad, sino el camino de la humildad, que es el camino de la santidad.

Y en este sentido, el Papa Francisco indica en “Gaudete et exsultate”: La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad. La humillación te lleva a asemejarte a Jesús (118).

Por tanto, necesitamos las “curas de humildad”, aunque no nos gusten, como también reconoce el Papa: No digo que la humillación sea algo agradable, porque eso sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con Él (120).

Sólo con la mirada puesta en Jesús descubriremos en qué consiste una “cura de humildad”: No es caminar con la cabeza baja, hablar poco o escapar de la sociedad. Son las humillaciones cotidianas de aquéllos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor (119).

Sólo con la mirada puesta en Jesús podremos vivir como Él las humillaciones: Tal actitud supone un corazón pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande (121).

Sólo con la mirada puesta en Jesús podremos experimentar, como San Pablo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Y sólo con la mirada puesta en Jesús podremos decir también: así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

ACTUAR

¿He tenido recientemente alguna “cura de humildad”? ¿Cómo he reaccionado? ¿Aprendí algo positivo de ella? ¿Cuáles son mis “espinas” personales? ¿Asumo voluntariamente alguna humillación en mi vida cotidiana? ¿Lo veo como un camino para crecer en la unión con Cristo? ¿Experimento Su fuerza en mi debilidad?

En la 1ª carta de San Pedro leemos: Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas (1Pe 2, 21). Él soportó humillaciones para mostrarnos el camino de la salvación. Mirándole a Él, aceptemos las “curas de humildad”, aunque nos cueste, porque como dice el Papa: es parte ineludible de la imitación de Jesucristo (118). Esto no se entiende naturalmente y el mundo se burla de semejante propuesta. Es una gracia que necesitamos suplicar: «Señor, cuando lleguen las humillaciones, ayúdame a sentir que estoy detrás de ti, en tu camino» (120).

 

 

Para situar el Evangelio

La palabra griega traducida aquí por “carpintero” (3) designa el oficio de quien trabaja la piedra o el metal además de la madera.

Sobre “los hermanos y hermanas” de Jesús (3) hace falta saber que, en la Biblia, el término “hermanos” designa tanto los hijos de uma misma madre o de un mismo padre como a los parientes próximos (Gn. 13,8; 14,16; 29,12; 1Cr. 23,22).

Sobre los “milagros” (5) hace falta tener en cuenta que sólo son percibidos desde la fe. Es decir, si no hay fe no hay milagro. Dicho de otra manera: una curación, por ejemplo, no es un milagro si el enfermo curado no descubre, gracias a la fe, que Dios está con él y lo salva.

􀀹 Jesús, después de un recorrido por tierra extranjera (Mc. 5,1-20) y de acciones entre personas catalogadas como “impuras” (Mc. 5,21-43), decide “ir a su pueblo” (1). Y allí, como había hecho en otros lugares, lleva a término su misión evangelizadora (2), aunque sea duro.

􀀹 Los de Nazaret “no aceptan-se escandalizan” ante Jesús (3), no tienen “fe” en él (6): no pueden aceptar su persona ni su actuación.

También el evangelista Jn recoge la perplejidad ante las enseñanzas de Jesús: los judíos, extrañados, decían: ¿Como puede saber tanto este, si no le ha instruído nadie? (Jn. 7,15).

􀀹 Jesús, en otro contexto, dándose a conocer a través de su acción hacia los más pobres –ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos, pobres–, dirá esta bienaventuranza: “¡Dichoso-Feliz el que no se sienta defraudado por mí! (Mt 11,5-6).

􀀹 Los familiares de Jesús, de los cuales se habla aquí (3) y que representan, más que nadie, a su pueblo (4), piensan que ha perdido el juicio-cordura. En Mc ya habían hecho un intento de apartarlo de su misión: “Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba em sus cabales” (¡Ha perdido la cordura!) (Mc. 3,21).

􀀹 Lo que Jesús expresa con la frase “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa” la encontramos, además de los sinópticos (Mt. 13,57; Lc 4,24), en Juan: “Un profeta no es estimado en su propia patria” (Jn. 4,44). Los de su pueblo –los suyos– se escandalizan: no pueden aceptar que un hombre “normal” del pueblo pueda hacer y decir lo que hace y dice Jesús.

􀀹 En otras ocasiones, en Mc, Jesús si que “ha podido hacer milagros” (5), porque tenían fe:

* Jesús, al ver la fe de aquella gente, dice al paralítico: “Hijo, te son perdonados los pecados.” (Mc 2,5);

* Jesús le dijo: – Hija, tu fe te ha curado-salvado. Vete en paz y queda curada del mal que te atormentaba.

Mientras Jesús todavía hablaba, llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga a decirle: –Tu hija se ha muerto.

¿Para qué molestar al maestro? Pero Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: –No tengas miedo; basta que tengas fe.

(Mc 5,34-36)

* Entonces el padre del chico exclamó:

–Creo, pero dudo, ayúdame a tener fe. (Mc. 9,24)

* Jesús le dijo: –Ve, tu fe te ha curadosalvado.

Y al instante vio y lo seguia por el camino. (Mc. 10,52).

􀀹 La “falta de fe” (6) ata a Dios de manos (5), porque el Reino que se manifiesta en Jesús no es un poder que se impone sino que es amor que se ofrece.

José María Romaguera

“El Evangelio en medio de la vida”

 

 

“Profetas en nuestra tierra”

VER

A menudo nos encontramos con padres que han vivido su fe muy implicados en su parroquia, o en un Movimiento apostólico, con un compromiso serio… y que sufren porque sus hijos no sólo no tienen ese compromiso, sino que en bastantes casos se han apartado completamente de la Iglesia: “Si desde pequeños los hemos traído a la parroquia, si han visto en casa lo que hacemos nosotros y cómo lo hacemos… y ahora no quieren saber nada, ni ellos ni mis nietos”. Es una situación que provoca mucho sufrimiento en esos padres, y que incluso les lleva a preguntarse qué han hecho mal; piensan que no han sabido dar testimonio de la fe, puesto que el resultado es ése.

JUZGAR

Pero la Palabra de Dios en este domingo nos ofrece una luz para afrontar esta situación desde la perspectiva correcta. En el Evangelio hemos contemplado que Jesús vivió esa misma situación: fue Jesús a su tierra… empezó a enseñar en la sinagoga… la multitud se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso?... ¿No es éste el carpintero, el hijo de María…? Y desconfiaban de él.

Y Jesús nos enseña a afrontar esa misma situación que Él vivió: No desprecian aun profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

Debemos tener claro que en nuestro seguimiento del Señor seguramente la primera oposición o rechazo nos va a venir de quienes esperaríamos que más nos comprendiesen y apoyasen. Al próprio Jesús le pasó, y también se sintió afectado por ello: No pudo hacer allí ningún milagro… y se extrañó de su falta de fe. Como Jesús, lo más eguro es que nosotros no “podamos hacer milagros” en nuestro círculo más cercano, y nos dolerá y extrañará su falta de fe.

Pero Jesús no se culpabiliza por ello ni se acobarda: recorría los pueblos de alrededor enseñando.

No se queda lamentándose o preguntándose por qué no le hacen caso, o qué podría hacer para que aceptasen su enseñanza. Puesto que no le escuchan y desconfían de Él, continúa su anuncio del Reino en otros lugares, con otras personas que sí quieren escucharle.

Eso es lo que nos pide a nosotros el Padre, que continuemos la misión de su Hijo en la nueva evangelización, contando con esa desconfianza y rechazo hasta de nuestros familiares y amigos más cercanos. Como decía la 1ª lectura: yo te envío… a un pueblo rebelde… También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”.

Pero tengamos presente que Dios nos pide que anunciemos su Reino, no que convenzamos a la gente: Ellos, te hagan caso no te hagan caso… sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

Nosotros debemos decir lo que debemos de parte de Dios, y como Él, dejar libertad para que ese anuncio sea acogido o no. Y aunque nuestros familiares y amigos más cercanos lo rechacen, no por ello debemos dejar la misión que el Señor nos encarga: ser sus profetas hoy, en nuestro mundo.

Una misión que debemos llevar a cabo con mucha humildad, precisamente porque ante esa desconfianza y rechazo hacia nosotros debemos dejar muy patente que los protagonistas no somos nosotros.

Es Dios quien nos envía, y lo hace contando con nuestra debilidad y pecado, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne… La nueva evangelización la debemos llevar a cabo de manera valiente pero humilde, sabiendo cómo somos, y aceptando la desconfianza y el rechazo: vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo… Y que esto nos lleve al agradecimiento sincero, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Porque así no nos creeremos los protagonistas, sino que mostraremos que lo es Cristo.

ACTUAR

¿V ivo esa situación de rechazo de la fe por parte de hijos, nietos, amigos cercanos…? ¿Cómo me afecta personalmente? ¿Me da fuerza saber que a Jesús le pasó lo mismo? ¿Sigo adelante con la celebración, formación y acción que brotan de mi fe en Cristo, aunque no me hagan caso? ¿Lo hago de un modo humilde o me creo “protagonista” y caigo en cierta soberbia? Que esta Palabra que hoy hemos escuchado nos enseñe y ayude a poner nuestra mirada en Cristo, a dejar que Él resida en nosotros y nos dé su fuerza, para que con humildad y sin protagonismos llevemos adelante la nueva evangelización y, nos hagan caso o no nos lo hagan, incluso los más cercanos, el mundo sepa que sigue habiendo profetas de Dios que anuncian su Reino.

 

 

Jesús rechazado en su pueblo y al fin victorioso en el amor

1. Para hablar del misterio de la Encarnación tenemos que afrontar en los Evangelios pasajes tan duros como este.

Estos seis versículos de san Marcos están escritos para cristianos que, como nosotros, hemos aceptado a Jesús con toda su categoría divina, como el verdadero centro de nuestra existencia. De manera que esa observación del evangelista cuando dice Y se escandalizaban a cuenta de él, no va con nosotros, para quienes Jesús no es escándalo, sino gozo, gracia, esperanza.

2. Para el historiador la escena tiene una trastienda, que el intérprete quiere conocer; pero la verdad es que los datos se le escapan.

El escándalo producido viene de dos fuentes:

- de que sus parientes – y se nombra a cuatro varones (Santiago y José y Judas y Simón) – son gentes del pueblo de todos conocidas; las mujeres que son parientes en el mismo grado quedan en un segundo plano, sin nombre.

- Y segundo, que en correspondencia con este rango, esa sabiduría que demuestra no corresponde a su categoría, ni tampoco esos milagros que levantan tanta admiración.

Es decir, se deshace la figura de Jesús. Por su procedencia es uno de los nuestros, por sus palabras y por sus obras es uno diferente que produce desconcierto.

Se le define como “el carpintero”, y se añade “el hijo de María”, cuando lo obvio habría sido el llamarle “el hijo de José”, con lo que habría que suponer que el padre ya era difunto. ¿O acaso…, acaso… “el hijo de María” comienza a ser una designación específicamente cristiana, pues para los cristianos han sido escritos los Evangelios?

3. ¿Qué serán, en concreto, esos “hermanos y hermanas de Jesús”, que conocemos y están en medio de nosotros” La palabra hermano, hermana, puede tener se sentido riguroso, concreto, sanguíneo, que todos conocemos. Pero también en el lenguaje corriente puede tener ese otro sentido de tribu, de familia alargada, de lo que en el uso llamamos sencillamente “parientes”. La Iglesia Católica desde siempre ha dado a la palabra ese significado amplio de parientes de Jesús; muchas iglesias y confesiones protestantes no han sentido reparo en afirmar que se habla de hermanos y hermanas como nosotros tenemos, bien sean hijos de José de un anterior matrimonio; o bien fueran hijos de María, que ya solo el mencionarlo nos produce una sensible molestia, turbación y rechazo. Para nosotros no es concebible hablar de otros hijos de María, fuera de Jesús.

4. El misterio está muy claramente expuesto con esa frase del Evangelio: No pudo hacer allí ningún milagro.  Es un principio tajante con el cual iniciamos una reflexión:

Dios no puede hacer nada con nosotros, si nosotros no le dejamos hacer a él. Esto, de alguna manera, terrible: Dios no es violencia, Dios no es atropello, Dios es libertad y suavidad. Dios nunca va a hacer un milagro para vengarse de nadie; Dios no va a imponer su autoridad amorosa si nosotros no queremos aceptarla con amor. En el Evangelio no hay ningún milagro de venganza, para imponer Jesús su autoridad.

Hay un episodio que parecería una venganza: lo de la higuera maldita. Pero bien pensado no lo es. No se trata propiamente de una maldición a la higuera que no producía frutos, porque no era tiempo de producirlos. Es un signo profético de un exaltado, de un enamorado de Dios, que ve apariencias de hojas, y deja salir, como exhalación de su corazón, la amenaza y el aviso por el excesivo amor: Que nadie coma fruto de este árbol. Jesús no maldice a una persona; Jesús se sirve de la higuera para dejar fluir los sentimientos de su corazón. Jesús no ha maldecido a nadie para dejar, como castigo, ciego, tuerto, cojo o mudo. Bien al contrario, Jesús ha venido a curar todas esas enfermedades.

5. El Dios de nuestra fe, ya iniciado en el anuncio de los profetas, es un Dios humano hasta el tuétano; de tal modo que, por hablar a lo humano, él juega su suerte en compañía con nuestro proceder. Si nosotros no queremos, él no puede . Y al contrario, si nosotros queremos, entonces somos investidos con el mismo poder de Dios, y lo que es divino para a ser humano.

La divinización del hombre se produce no por una escalada del hombre hasta el cielo, sino, a la inversa, la divinización del hombre se produce por la humanización de Dios.

Jesús de Nazaret es el verdadero Dios de Israel. Y hoy ese mismo Jesús de Nazaret, el carpintero, a quien amamos y celebramos sigue siendo el mismo “Dios con nosotros”. Esto es la esencia y la clave del Evangelio.

6. “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11), dice san Juan al principio de su Evangelio. Es el mismo pensamiento que lo que estamos analizando: No pudo hacer allí ningún milagro; ahora bien, terminemos la frase, porque esta expresión taxativa tiene un correctivo: solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y este correctivo es para nosotros la apertura de la puerta de la esperanza.

En esta escena evangélica resuena un antiguo lamento de los profetas, como lo hemos escuchado en la primera lectura del libro de Ezequiel: “Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han ofendido hasta el día de hoy... Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos” (Ez 2,3.5).

7. Basados en las santas Escrituras tenemos la firme convicción de que, al fin, el amor siempre triunfa. Y el amor no hay que medirlo por estadísticas. El amor, la presencia de Dios en la historia, es lo que guía el mundo.

El amor, y el amor milagroso, es decir, el amor con sus propios signos, esa es la fuerza que ayer y hoy lleva adelante los destinos humanos. Y en la intimidad del corazón es un gozo sin fondo saber que yo puedo ser testigo de ese amor… No que puedo ser; por la misericordia de Dios, lo estoy siendo.

El amor de Dios triunfa en mí, por ser discípulo de su Hijo. Y ese amor es el milagro de mi vida, y es más poderoso que toda la maldad.

Señor Jesús, Jesús de Nazaret, Jesús hijo de María, aquí tiene a un discípulo que te ha escuchado en la sinagoga y ha sido curado en el corazón. Tú eres mi salvador; tú eres el Salvador de los hombres. Amén.

 

 

Jesús en Nazaret, el profeta despreciado

1. El episodio evangélico que corresponde al domingo de hoy nos mete de lleno en el escenario de la vida real de Jesús, que podemos formularlo así: Jesús y el vecindario de su pueblo. ¿Qué piensan de Jesús sus compaisanos? Aparecen nombres de familiares, pero directamente en este pasaje no se dice qué opinan de Jesús sus familiares, que, por otros lugares, no parece que fueran tan entusiastas de que en la familia hubiera salido este sorprendente fenómeno del Espíritu.

A propósito, cuenta el Evangelio de san Juan lo que le sucedió a Jesús, con respecto a sus familiares, con ocasión de la fiesta de los Tabernáculos, la fiesta más popular del Calendario judío. “Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo”. Y el propio evangelista hace este comentario: “Y es que tampoco sus hermanos creían en él” (Jn. 7,3-5).

En la escena de hoy se nos va a hablar del vecindario.

La visita a la sinagoga de su pueblo no ha sido muy grata. Sus compaisanos no son sus discípulos. Jesús ha tenido que ir fuera, a los pueblos del contorno, y incluso a la frontera norte de Galilea, pero sin lanzarse a la misión entre paganos al estilo posterior de Pablo.

2. ¿Qué piensa el vecindario acerca de su ilustre y famoso compaisano Jesús?

Piensan lo que es evidente:

- Piensan que Jesús hace milagros. Así están; el explicarlos ya será cosa diferente, abierta a múltiples hipótesis. Porque también los escribas y fariseos dijeron que los hacía por arte de Belcebú, el jefe de los demonios.

- Y piensan que lo que habla este joven revolucionario de las cosas de Dios, es algo que no lo ha aprendiendo de nadie y que eso le tiene que venir de una presencia superior.

Es un gran dato el contar con esta constatación; Jesús tiene unas credenciales fuera de cualquiera. Y no obstante, el misterio de Jesús permanece recóndito: los nazaretanos no dan el paso decisivo, el paso a la fe. Es decir, ni la raza, ni la sangre, ni la parentela próxima son tantos a favor de la fe.

3. Las gentes de Nazaret se han formulado unas preguntas, que no son nuevos avances en el camino, sino enigmas sin respuesta. Y Jesús, al fin, es un escándalo. Su sabiduría es escándalo; sus milagros son escándalo; sus familiares, unos más en el vecindario son escándalo. Y Jesús, que quiere ser signo de salvación, pero si uno no reconoce en él el abrazo de Dios para el mundo, de hecho no es signo de salvación.

Simeón le había anunciado a María que una espada le atravesaría el alma, por causa del Hijo, que había de ser signo de contradicción. Esa misma espada es la que atraviesa el alma de Jesús. Un día Jesús llorará bajando por la ladera del monte de los Olivos, porque la Ciudad amada no ha comprendido el día de su visita.

El episodio de Nazaret, una aldea sin mayor importancia, será un día el drama de Jerusalén, que no reconoce la visita de Dios. Y para san Pablo será igualmente el drama de su pueblo judío, de su presente y de una historia a la vista, que no reconoce la vista de su Dios.

4. La consecuencia inmediata es que Jesús se encuentra con las manos atadas, y no puede hacer allí ningún milagro. Porque el milagro no es ninguna magia: viene de la fe, se desarrolla en la fe, y culmina en la fe. Sin fe no hay milagros.

Y el evangelista dice una frase importante, que es el veredicto  de lo que está pasando. Este desengaño de los suyos tuvo que ser muy doloroso para el alma de Jesús. Él bien sabía las frases de los profetas: de Isaías, de Jeremías, de Ezequiel, que hoy se lee en la liturgia eucarística. Recordemos: “Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí… también los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado” (Ez. 2,3-4).

Jesús sabía todo esto, pero no alivia su experiencia, al tener que gustar el desengaño con el propio paladar. Y entonces dijo: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

Jesús se ve y se autodefine como “un profeta despreciado”. Es su propio destino, aunque la amarga experiencia tiene una contrapartida. Jesús es el más amado de los hijos de los hombres.

5. El Evangelio nos ha llevado a estas consideraciones históricas para situarnos en contexto; pero, ahora viene la interpelación que se dirige a nosotros. ¿Qué ha pensado el vecindario acerca de Jesús?, ya lo hemos visto. Pero el anuncio del Evangelio recae sobre nosotros, no sobre aquello que pasó.

¿Qué piensa hoy nuestro vecindario acerca de Jesús, y muy en particular yo, que llevo el nombre de cristiano, lo que quiere decir, del grupo de Cristo, de la familia espiritual de Cristo, de los discípulos de Jesús, y en cuanto “discípulo” no menos que Pedro, Santiago y Juan?

Mi familia no puede responder por mí; porque la fe, que ojalá tuviera un gran soporte familiar e incluso social, es definitivamente una opción personal. Es que ni sus hermanos creían en él, nos ha dicho san Juan.

La propia tradición ambiental, marcada con el signo del cristianismo, no es la llave de la fe. En última instancia, no me da ninguna garantía de que yo sea verdaderamente cristiano.

Jesús quiso hacer milagros, y no pudo, bien a pesar suyo.

6. A lo mejor, hermanos, por sorprendente que parezca, un criterio de la fe, de mi fe, sea la narración de los milagros que el Señor ha hecho conmigo. Ya hemos dicho que los milagros arrancan de la fe, viven y crecen en la fe, los comprendan o no los comprendan los que no tienen fe. Preguntemos: ¿Cuáles son los milagros que yo puedo narrar que Jesús ha hecho conmigo en el curso de mi vida? He ahí una prueba soberana, una prueba iluminada.

La fe abre espontáneamente, de por sí, a la intimidad y a la experiencia. Es su atmósfera propia. Vivir la fe es abandonarse a la entrega amorosa del Dios de las maravillas.

“Hijo mío, todo lo mío es tuyo”, le dijo el padre de la parábola al hijo mayor de la casa. No le comprendía; no había disfrutado de aquel amor regalado en medio de los sudores del trabajo. No había hecho de su vida una fiesta de amor en la obediencia filial.

Hermanos, Jesús espera nuestra fe. Jesús se admiró un día de la fe de aquel centurión y dijo que en Israel no había encontrado tanta fe. Que Jesús pueda admirarse de nuestra fe. Démosle a él el gozo de la fe que él mismo nos ha regalado.

fray Rufino Ma. Grández, FMCap

 

 

Las lecturas de este domingo nos hablan de escepticismo y rechazo. En la primera lectura, Ezequiel es enviado como profeta por Dios al pueblo de Israel, un pueblo rebelde que no hace caso a Dios. San Pablo, en la segunda lectura, menciona “insultos”, privaciones, persecuciones y dificultades sufridas por Cristo. Y finalmente, Jesús es despreciado por sus paisanos. Se nos invita a tener fe de verdad en Dios, a confiar en Él, a poner nuestros ojos en el Señor. La increencia no es un fenómeno de hoy, ya en tiempo de Jesús también se daba; pero hay que resaltar que la sociedad de hoy tiene una mayor abundancia de indiferencia religiosa.

En el evangelio vemos cómo Jesús es rechazado en su pueblo, entre sus conocidos. Hay que considerar que la fe es una postura previa a todo lo que uno tiene, no es la conclusión de una experiencia. La presencia de Jesús, sus enseñanzas, sus milagros, no dan fe a quien previamente no está dispuesto
a aceptarlo. El conocimiento que tenemos sólo sirve para la fe si es un conocimiento que nace del amor. Normalmente nosotros utilizamos lo que conocemos de los demás para desacreditarlos, porque nos falta amor hacia esas personas. Además quienes conocían a Jesús no le creen porque es demasiado cercano a ellos, demasiado conocido. Cuando conocemos a los demás sin amor, los desacreditamos.

Antonio Fernández

 

 

Los planes de Dios se encuentran muchas veces con nuestros planes ya hechos. Ya lo dice su Palabra: “mis planes no son vuestros planes; mis caminos no son vuestros caminos”. El que se sabe enviado por Dios a anunciar el mensaje de salvación que es el Evangelio, sabe por experiencia que no todo es un camino de rosas en esa tarea de ser la voz de Dios entre los nuestros.

La vida de las personas va a menudo por otros derroteros. Y también nosotros alguna vez lo hemos experimentado, especialmente al hablar de Dios entre nuestros conocidos. Pero no nos extrañemos… ya le ocurrió a Jesús eso mismo entre sus paisanos, que al escucharle dijeron… “Pero, ¿de dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”

Con el relato de hoy, termina una de las etapas que Marcos nos quiere transmitir en su Evangelio sobre la vida de Jesús. Esta etapa concluye precisamente con la increencia de sus vecinos. Los mismos paisanos de Jesús, que lo han visto criarse entre ellos, que lo conocen desde pequeño, son los primeros en rechazar sus enseñanzas. “No pudo hacer allí ningún milagro (…) Y se extrañó de su falta de fe”. A veces entre nuestros propios vecinos y conocidos es donde el mensaje del Evangelio encuentra más oposición, o simplemente indiferencia. En palabras del mismo Jesús, podemos decir aquello de que… “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. También, porque no esperamos que Dios nos hable desde la sencillez de lo conocido y de lo cotidiano; desde las cosas de cada día. Tantas y tantas veces esperamos que Dios nos hable desde las cosas maravillosas… que no comprendemos que Dios está metido en nuestra misma historia. Santa Teresa de Ávila decía algo así como que “Dios anda también entre los pucheros”.

La clave está en saber mirar, saber escuchar con el corazón, como Dios lo hace, y que de ese encuentro sencillo pero profundo con el Dios misericordioso brote la fe.

J. Javier García

 

 

La liturgia de la Palabra en el evangelio de la Eucaristía nos presenta la incomprensión y rechazo que sufre el Señor en su intento por anunciar el Reino de Dios entre sus propios conciudadanos. Jesús visita a su pueblo de Nazareth y, lo que supuestamente debiera ser motivo de alegría y honor, se convierte en una situación de asombro e incredulidad. No podían imaginarse que de una familia humilde, sencilla y pobre pudiera surgir una persona tan conocida por sus prodigios y por la radicalidad de sus palabras. Jesús pudo haber realizado allí algún milagro para que reconocieran su mesianidad pero no lo hizo porque prefería demostrar su identidad de Hijo de Dios desde la fe y la humildad.

El movimiento profético, su gestación, consolidación y fines específicos, es muy importante en la historia de la salvación. Dios llama a los profetas a anunciar la esperanza, a afianzar la fe en el pueblo y a luchar por la justicia, el amor y la paz. También tienen que denunciar lo que va en contra de ese plan de Dios, remover corazones y fomentar el espíritu de conversión, transformación de vida, cambio interior. Por eso en la misión del profeta se da el drama, el desconcierto, la incomprensión y, en muchas situaciones, la persecución. El compromiso por Dios será más fuerte que sus propios miedos y, ayudados y motivados por el Espíritu del Señor, reemprenderán siempre el camino.

Hoy en día también existen profetas. Es más, cada uno de nosotros desde la herencia y el impulso del Espíritu somos profetas por el bautismo. Y muchas preguntas pueden surgir a partir de nuestra misión profética. ¿Nos dejamos “sorprender” por el Espíritu de Dios para actuar como profetas en un mundo de incomprensión y rechazo a los valores del evangelio?. ¿Somos portadores de esperanza, de semilla del Reino ante tanto pesimismo y desilusión?. ¿Conectamos la alegría del deber bien cumplido por la instauración del Reino?. ¿Denunciamos lo que va en contra de la semilla de Dios?.¿Obstaculizamos la labor de los profetas en nuestro propio ámbito donde nos desenvolvemos?.

Dios se hace presente en medio de nosotros. Seamos agentes activos de seguimiento y evangelización. No aislemos ni minusvaloremos la presencia del Espíritu que se hace realidad en la gente sencilla en medio de nuestras comunidades cristianas. Allanémosles el camino.

Pedro Guillén Goñi, C.M..

 

 

Lo extraordinadio de la vida ordinaria

Los mejores manjares pierden interés cuando se comen todos los días, como que nos acostumbramos a lo extraordinario y lo convertimos en ordinario. A veces tienen que llegar visitantes extranjeros que se admiran de la belleza de un rincón de nuestra tierra para darnos cuenta que ese rincón que hemos visto desde niños tiene un encanto y una belleza especial.

Pues bien, no nos damos cuenta que vivimos junto a un santo hasta que alguien nos lo hace ver. Es que ya nos hemos acostumbrado a la manera muy humana de vivir de esa persona y nos parece normal, nos parece que así vive la mayoría de los humanos. Y no es así. Hay una distancia entre el común de los mortales y esa persona especial.

Algo así les debió pasar a los habitantes de Nazareth. Habían visto a Jesús en el pueblo durante treinta años. Lo vieron niño que jugaba como los demás niños; lo vieron joven alegre, responsable y educado más que los otros jóvenes; lo vieron trabajador y colaborador de su padre José, y algunos padres les decían a sus hijos: “Mira, ya eres adulto y yo me voy haciendo viejo, aprende de Jesús cómo trabaja y está al servicio de sus padres. El trabaja como carpintero, hace tareas en el campo y aún ayuda a familias con enfermos o a mujeres viudas. Me gustaría que fueras como él”. Lo veían asistir a la sinagoga los sábados y disfrutaban todos por la unción que ponía al leer la Ley y los profetas. Lo veían a Jesús como el hombre de bien, el hombre de palabra y que cumplía lo que prometía. Pensaban que se le podía aplicar lo del Salmo 1: “Dichoso el varón que en la Ley de Señor encontró sus delicias. Es como árbol plantado junto a las acequias de agua, da fruto abundante y sus hojas no se secan”.

Pero nunca se pudieron imaginar que ese Jesús que todo el pueblo conocía, después de unos meses de ausencia, ahora volvía al pueblo con una aureola de hombre de Dios, profeta y milagrero. Pero ¿De dónde saca toda esa sabiduría y poderes extraordinarios? Es cierto que siempre lo hemos visto como muy digno y equilibrado, pero ahora vemos que las multitudes le siguen. Nos lo han convertido en un héroe y ser poderoso en obras y palabras. ¡Eso ya no puede ser! El es uno más como nosotros, que no nos lo metan a profeta.

Así vamos también nosotros por la vida. No detectamos la santidad, ni el plan de Dios vivido por los demás. Que no me digan que mi hijo o mi esposa son personas que viven de fe; que no me digan que mi esposo o mi padre es un santo de cuerpo entero; que no me digan que mi vecina es una maravillosa cristiana dedicada por completo al servicio de los pobres; yo no voy a recibir la comunión de manos de un hombre o una mujer laicos como yo; cómo va a ser cristiana esa joven a quien le encanta bailar y es alegre como una rosa. ¡Ay, cómo dejamos pasar junto a nosotros a tantas personas que viven con alegría la ley del Señor y su vida es un árbol que da frutos a montones! Hay que abrir los ojos de la fe para saborear la presencia de Dios en nosotros, y valorar al ser humano en toda su dimensión. El santo es también el ser más humano del mundo.

Alfonso Berrade, C.M.

 

 

La fe y el profeta

“Te hagan caso o no te hagan caso…, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Son siempre actuales esas palabras que Dios dirige al profeta Ezequiel, según el texto que hoy se lee en la celebración de la eucaristía. (Ez 2,2-5). Un texto que resume la misión del profeta. Nos habla, en efecto, de él, de las gentes y, sobre todo de Dios.

En primer lugar, el profeta ha recibido el Espíritu y escucha la palabra que Dios le dirige. Pero no la escucha para su propio beneficio, sino para transmitirla con toda fidelidad a los demás

Además, el profeta ha de cumplir su misión, aun sabiendo que con mucha frecuencia las gentes tratarán de ignorar el mensaje que Dios les comunica por medio del profeta.

Finalmente, la simple presencia del profeta es ya un mensaje sobre el Dios misericordioso que no olvida a su pueblo y ofrece su salvación aun a aquellos que la desprecian.

Una triple frustración

En el comentario a la liturgia de hoy, la Comunidad de Bose subraya que, al regresar a su propia tierra, Jesús ha tenido que sufrir una triple frustración. De hecho, el evangelio que hoy se proclama (Mc 6,1-6), nos lo presenta como un “Sabio desconocido”, un “Profeta despreciado” y un “Médico reducido a la impotencia”.

“¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?” Las gentes de Nazaret se muestran muy satisfechas de su propia sabiduría. No están dispuestas a abrirse a otras formas de ver la realidad. También hoy se rechaza al evangelio si no apoya nuestras opciones sobre la vida personal, familiar o social.

“No desprecian a un profeta más que en su tierra”. También hoy se desprecia la palabra profética y se calumnia a los profetas. En realidad, se rechaza su mensaje si no sirve para apoyar las pretensiones de un grupo social, de una lengua, de una cultura o de una determinada propaganda social.

“No pudo hacer allí ningún milagro”. También hoy se piensa que la fe sólo puede servir para conseguir “milagros”. Pero de esa forma, no nos abrimos al misterio de la salvación que Dios nos ofrece. La fe se reduce a un instrumento para satisfacer nuestras necesidades de trabajo, de salud o de convivencia familiar.

Sentimientos y misión

El texto evangélico se cierra con un par de observaciones que nos ayudan a descubrir por un momento los sentimientos de Jesús y el talante con el que llevaba adelante su misión:

“Se extrañó de su falta de fe”. La fe en un ser humano es, sobre todo, un acto de confianza. Exige la salida del propio egoísmo y la confianza en el otro. No creemos en otro cuando tratamos de instrumentalizarlo para nuestro interés. También la fe religiosa supone un salto en el vacío. Las gentes de Nazaret no aceptan que Jesús supere lo que ellos sabían de él.

“Recorría los pueblos del contorno enseñando”. El principio de la misión de Jesús es un estrepitoso fracaso. Pero Jesús no se desalienta. Los que debían de estar cerca se muestran muy lejanos a él y a su mensaje. Pero seguramente los de fuera se abrirán a escuchar una palabra que les traerá la salvación.

- Señor Jesús, demasiadas veces te hemos reducido al tamaño de nuestros prejuicios y expectativas. Ayúdanos a aceptar tu mensaje con generosidad. Y a reconocer que la fe es un itinerario que nunca está totalmente cerrado.

 

 

La increencia de los cercanos

En este momento son muchos los que muestra su asombro ante el aumento de la increencia en los países que cuentan con una larga historia cristiana. Se atribuye este fenómeno a muchas causas. Entre ellas no hay que descartar los escándalos que a veces provocamos los que nos decimos creyentes.

Otras veces se alude al afán de novedades, al cual aludía ya San Pablo en sus cartas. Hay quienes piensan que ya se “saben” todo el contenido de su fe. Y buscan nuevas verdades o verdades que parezcan novedosas, exóticas, sorprendentes. Verdades que resultan más atrayentes cuando parecen alimentar la vida de los personajes famosos.

Y, por fin, se habla del cansancio de la fe. Las gentes están cansadas de creer. Buscan respuestas pragmáticas y soluciones inmediatas. Les parece haber descubierto que los problemas de la vida no pueden ser solucionados por la fe. Los auténticos milagros no los produce la fe sino la técnica moderna.

Lo ordinario y lo extraordinario

En el evangelio que se proclama en el domingo XIV del tiempo ordinario, se recuerda que Jesús regresó alguna vez a su tierra (Mc 6, 1-6). Se supone que se trata de la aldea de Nazaret donde su había criado. El sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre, y se puso a enseñar. El texto nos dice que sus vecinos se quedaron asombrados.

¿De qué asombro se trata? Nos asombra la verdad, pero también el error. Nos asombra la belleza, pero también la fealdad. Nos asombra la virtud, pero también el vicio. Aquí no se trata del asombro complacido de quien comparte y agradece los puntos de vista del Maestro. Es el asombro escandalizado de quien no está dispuesto a aceptar la enseñanza que recibe.

Jesús se rechazado en su propio pueblo y por sus convecinos de siempre. Reconocen que habla con sabiduría. Y parecen informados de los milagros que hace. El evangelio de Lucas sugiere que lo rechazan por la universalidad de la salvación que predica. Pero el evangelio de Marcos no se refiere tanto al mensaje como al mensajero.

Las gentes de su tierra rechazan a Jesús porque lo han visto siempre. Lo conocen bien y conocen a toda su familia. Desconfían de él. No pueden aceptar que un profeta haya salido de su mismo entorno. Lo ordinario no les parece relevante. La salvación no puede revestirse con los colores de lo cotidiano. Desearían un mensajero extraordinario.

Vecinos incrédulos

Ante esta situación, el evangelio recoge una sola frase de Jesús: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. Una frase que parece un antiguo proverbio. Pero que alcanza aquí una hondura dramática

• En primer lugar, y como hace en otras ocasiones, el evangelio de Marcos parece explicar a los cristianos primeros por qué Jesús fue ignorado o rechazado. Estaba en juego la dificultad de la fe de los que no habían visto a Jesús. El caso de sus convecinos más cercanos les recordaba que no basta la cercanía física parar creer.

• En un segundo momento, esta frase es una interpelación para los creyentes de hoy. Especialmente para los creyentes más asiduos a la práctica religiosa. Es verdad que hay creyentes no practicantes. Pero también puede haber entre nosotros muchos practicantes no creyentes. La cercanía al culto no nos hace contemplativos.

• En tercer lugar, la frase de Jesús refleja justamente lo que hoy ocurre con la Iglesia y su mensaje. Los países de vieja tradición cristiana cuentan con espléndidas catedrales. En muchas familias ha habido sacerdotes o religiosos. Las gentes conocen o creen conocer la doctrina y la vida cristiana. Pero han decidido rechazarla. Son los vecinos incrédulos.

Señor Jesús, danos la humildad necesaria para aceptarte como eres, no como nosotros desearíamos imaginarte. Que tu palabra nos sorprenda siempre. Y que tu cercanía no sea para nosotros un motivo de escándalo o de increencia.

José Román Flecha

 

 

Cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor. 12, 10)

Jesús vino a los suyos, y ellos no lo recibieron. ¿No es él un extraño para nosotros que pretendemos ser suyos?

Dios revela a la gente sencilla cosas que esconde de los sabios y entendidos. De ahí la exigencia de que sean nuestros, para recibir debidamente a Jesús, los sentimientos expresados en el Salmo 131.

Tales sentimientos de humildad y sencillez nada tienen que ver con la baja autoestima. Se basan en una fe confiada en un Dios grande que se digna fijarse en nuestra pequeñez. Asegurados de que su gracia nos basta, nos mantenemos alegres en nuestro Salvador y contentos con nuestra evaluación y aceptación humildes y realistas de nosotros mismos como seres bien limitados.

Los con baja autoestima, en cambio, difícilmente se aceptan. Quizás no se sienten a gusto en su propia piel debido a irrisiones y burlas que se les van amontonando de parte tanto de invasores poderosos como de compatriotas quienes preguntan: «¿Acaso de vuestro pueblo puede salir algo bueno?», o comentan: «Estudiad y veréis que de vuestra región no salen profetas».

Sea acertada o no esta explicación, lo cierto es que la baja autoestima puede llevar a un conflicto interno. Así pasó, creo, a los compueblanos de Jesús.

Los de la tierra de Jesús reconocieron fácilmente y con asombro su enseñanza sabia y sus milagros. Lo que encontraron difícil era cómo explicarlo todo. Al final, les resultó imposible la explicación y lo rechazaron, descubriendo así su inconsciente menosprecio por sí mismos. No lograron aceptarlo porque no pudieron aceptarse a sí mismos.

¿Cómo nos será posible recibir dignamente el cuerpo y la sangre de Cristo que él asumió de nosotros si no nos sentimos cómodos con nuestro cuerpo y nuestra sangre? ¿Cómo podré acoger a Jesús pobre y débil si no acepto mis debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo o como consecuencias de malas decisiones?

La experiencia personal de sufrimientos le llevó a san Vicente de Paúl , —según Hugh O’Donnell, C.M., en el libro de Frances Ryan, D.C. y John E. Rybolt, C.M., Vincent de Paul and Louise de Marillac—, a reconocer tanto su profunda pobreza como la abundancia de la misericordia divina. Sin ya rehusar obstinadamente aceptar a sí mismo, su pobreza, inseguridad, san Vicente consiguió acoger a Cristo en los extraños y extranjeros, en los pobres, y encontró luego el tesoro escondido y la verdadera seguridad.

Señor Jesús, concédenos aceptar a gusto nuestras debilidades para que así recibamos a ti, nuestra fuerza.

 

 

El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc. 9,58)

La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron (Jn. 1,11). Si viene Jesús a su Iglesia, ¿los cristianos le recibiríamos?

Estoy seguro de que no trataremos de impedirle a Jesús. No actuaremos como su familia que vinieron a llevárselo por creer que no estaba en sus cabales (Mc. 3,21).

Ni nos juntaremos con aquellos que toman por perito sólo a uno que no viene del mismo lugar de ellos, y cuanto más lejos el lugar de origen de uno, más pericia se le atribuye. Tampoco haremos de cangrejos en un cubo que se tiran unos de otros hacia abajo, así que ninguno logra escaparse.

Ni permitiremos que la familiaridad engendre la desconfianza. En primer lugar, se nos puede cuestionar si a fondo conocemos a Jesús. En segundo lugar, se nos indica que conocer bien a Jesús no puede resultar en el rechazo de él (1Cor. 2,8-10).

No aceptarle a Jesús nace más bien sí de la falta de conocimiento. Es por eso que es esencial que tengamos intimidad con Jesús, conociéndole lo mejor que la gracia de Dios permita, y procurando que sus palabras permanezcan en nosotros (cfr. Jn. 15,7).

Esto subraya tanto la importancia de la predicación y la catequesis en la Iglesia como la necesidad que ella tiene, como una gran mies, - dice san Vicente de Paúl—, de obreros que trabajen, que instruyan a los pobres, amando a Dios a costa de sus brazos y con el sudor de su frente, y se sientan mal por no poder evangelizar a otros tantos pobres en otras muchas aldeas en espera de la misión, y no consideren la avanzada edad como excusa para no trabajar por la salvación de las pobres gentes (XI, 57, 317, 733-734).

Necesitamos asimismo abrazar la sana doctrina y no las novelerías y los mitos que nuestros oídos están desesperados por oír (2Tm. 4,2-4). Por eso, respetamos el carisma de infalibilidad que reside singularmente en el Romano Pontífice y del que gozan también el Colegio episcopal (Lumen Gentium 25) - si bien, según unos críticos, la apelación a la infalibilidad furtivamente se va pasando de la raya y abarcando cuestiones disputables.

Pero sobre todo, para conocer a Jesús y saborear sus palabras, cada cristiano tiene que ir o volver personalmente a las Sagradas Escrituras, especialmente a los Evangelios, pues, como nos advierte san Jerónimo, ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. Nos dejaremos llevar al mismo tiempo por el Espíritu Santo que nos enseñe todo y nos recuerde todo lo que Jesús ha dicho y nos guíe incluso hasta la verdad plena difícil de tragar (Jn. 14,26; 16,12-13). Cargaremos con la dura verdad, admitiendo que algo nos falta siempre, como les falta aun a los favorecidos de grandes revelaciones, a fin de que no tengamos soberbia.

Y una cosa que los humildes notarán al retornar a la fuente primaria que son las Escrituras es que Jesús, al igual que los profetas precursores de él, disintió del dogma y de la praxis del establecimiento religioso, lo que resultó en su rechazo y su crucifixion fuera de las puertas de la ciudad (Heb. 13,12). Esta disensión se conmemora en la Eucaristía. Al acordarnos de que fue un disentidor nuestro Señor, ¿no nos conviene no oprimir ni vejar a disentidores? A los forzados a irse de su casa y vivir en los márgenes de la sociedad no les es imposible poseer la verdad y conservar la verdadera religión y tener una fuerza inquebrantable (Hech. 5,34-39; XI, 120, 462). Si san Pablo no se hubiera opuesto a san Pedro en su misma cara (Gal. 2,11), ¿qué habría pasado a la Iglesia?

Rosalino Dizon Reyes

 

 

¡¿Quién es este Jesús?! ¡¿De dónde le viene todo lo que sabe y hace?! (Mc 6,2), es la pregunta que se hicieron sus paisanos de Nazaret, asombrados ante la sabiduría con la que hablaba y los milagros que hacía. ¡¿Quién es Jesús?! es la pregunta que Marcos quiere que nos hagamos todos, personas y grupos. Pero no teóricamente, de memoria, sino de verdad, interpelados, cuestionados, conmocionados por Jesús, hasta que nos demos una respuesta que cambie nuestras vidas; que nos lleve a tomar partido: por Él o contra Él. No se admiten neutrales (Mt. 12,30).

Lo que, en el evangelio de hoy (Mc. 6,1-6), nos cuenta Marcos de la visita de Jesús a su pueblo Nazaret, es un ejemplo de lo que les digo. Esta visita la relatan también Mateo (Mt. 13,54-58) y Lucas (Lc. 4,16-30), siendo este último quien da mayores detalles y mejor recrea el ambiente de lo que allí pasó. Jesús quiso dar a su pueblo, personalmente, la primicia sobre quién de verdad era Él, y allí se fue, acompañado de los Doce. La fama de que era un Gran Profeta y de que hacía milagros, había llegado al pueblo hacía ya tiempo y lo había dividido en dos bandos: “los en contra” de Jesús y “los a favor” (sus parientes con María a la cabeza. Sobre sus supuestos herman@s les invito a leer el TEMA de esta HP).

“Pueblo chico, infierno grande”, es lo que resultó ser Nazaret. Aquí y ahora, yo quiero referirme sólo a la reacción del bando de los no creyentes en Jesús, exponiendo sus argumentos y cómo se convierten pronto en fanáticos y violentistas. En este caso, quisieron matar a Jesús, tirándolo barranco abajo. Pero Él “pasó por entre medio de ellos y se fue” (Lc. 4,29-30). Los argumentos de los no-creyentes, si se los puede llamar argumentos, se reducen a uno: ¡Esto no puede ser y además es imposible! No les cabe en la cabeza lo que están viendo y oyendo! “¡¿De dónde le viene todo esto?!

Le han visto crecer y hacerse un adulto joven de 30 años, acompañando a su madre María y relacionándose con sus primos y primas hermanos, bastante numerosos. Nada muy especial en su vida, salvo su comportamiento siempre correcto, su participación fervorosa y atinada en la sinagoga, los sábados, y el acabado perfecto de sus trabajos de carpintero, en especial los yugos para buey, tan suaves y ligeros (Mt. 11,2-30). Pero de aquí a lo que es y hace ahora hay un abismo. ¿Quién le ha enseñado esa sabiduría? ¿Y de dónde ese poder de hacer milagros? No pueden dar crédito a lo que ven. Tiene que haber algún truco…

Es la tragicomedia de los incrédulos de entonces y de los ateos de hoy. Están a la distancia del grosor de un pelo para creer, pero no dan el paso. Les falta sólo dar fe a lo que ven…, pero por ceguera espiritual (soberbia y obstinación, muchas veces), prefieren negar la evidencia. Es imposible, dicen. Y como no se lo imaginan o no pueden experimentarlo, no lo creen. ¡Qué pena! ¡No saben lo que se pierden!

Antonio Elduayen, C.M.

 

 

La fuerza en la debilidad

Contra toda soberbia humana, Pablo reconoce que Dios le ha revelado hasta tres veces que le basta su gracia. Y por ello la más significativa y paradójica manifestación de Dios es la revelación de su fuerza en la debilidad, la cual encuentra su exponente máximo en la potencia del crucificado. En esta clave se deben interpretar las tres lecturas bíblicas de este domingo que subrayan el carácter profético de los textos de Ezequiel, Pablo y Marcos (Ez 2,2-5; 2Cor 12,7-10; Mc 6,1-6). El profeta es el que proclama públicamente la palabra de Dios en medio del mundo, incluso en medio de la obstinación, cerrazón e incredulidad de las gentes. Por ello el destino de todos los profetas es la persecución y el desprecio por causa de la fidelidad a la Palabra de Dios hasta la experimentar la muerte como víctimas de la sociedad y de los que ostentan los poderes del mundo. Sin embargo la potencia de toda cruz en la historia está impulsada por aquel que desde la cruz y por amor tira de todos hacia Dios y cuya palabra creadora y regeneradora de vida nueva está siempre viva y es imparable.

En el evangelio de Marcos se plantea muchas veces la cuestión de la identidad de Jesús. Hoy escuchamos el texto de Mc. 6,1-6, donde se aborda abiertamente la misma cuestión reconociendo a Jesús como hijo de María.

En la primera parte del Evangelio de Marcos, desde 1,1 hasta 8,26, se desarrolla la identidad de Jesús como Mesías, como mensajero del reino de Dios, que a partir de sus obras prodigiosas, los milagros, y con la autoridad y credibilidad de su palabra culminará con la proclamación mesiánica por parte de Pedro en Cesarea de Filipo. En el bautismo de Jesús, cuando él sale del agua y se desgarran los cielos, se escucha una voz celeste: “tú eres mi Hijo, en ti me complazco”. Es la voz de Dios, que lo acredita como hijo. Sin embargo, al empezar su actividad se cuestiona la identidad de Jesús, primero, por parte de los escribas y, después, por parte de sus propios familiares que lo tachan de loco.

Más adelante son los vecinos de su tierra quienes se plantean su identidad: “¿De dónde le viene esto, y qué sabiduría es la que se le ha dado, y qué prodigios se realizan con sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y de Joset y de Judas y de Simón? Y ¿no están sus hermanas aquí entre nosotros?” (Mc. 6,2-3).

En la cultura mediterránea, y particularmente en especialmente en aquella sociedad del siglo I, se comprendía la identidad personal a partir del origen del individuo. La familia, el pueblo y la fama son las señas de identidad del individuo, las cuales otorgan a la persona una gran seguridad desde una perspectiva social. Aquí es significativo que a Jesús se le llame “el hijo de María”. No era nada normal llamar a uno por el nombre de la madre, ni siquiera aunque hubiera muerto el padre. A partir de esta denominación se puede deducir, por tanto, que Jesús no tenía padre conocido o reconocido, lo cual era algo humillante.

No hay que olvidar que en Israel sólo el padre transmite el apellido, la herencia cultural y religiosa, el patrimonio de los antepasados. Ni tampoco hay que olvidar que la condición humana (en el sentido de naturaleza, especie, raza) era atribuida a la madre. Así, Hijo de Hombre (equivalente a decir Hijo de Humano) une a su pretensión de autoridad su condición de hijo de su madre (no de su padre). Jesús se llama a sí mismo Hijo de Hombre (Mc. 2,10.28; 8,31) antes de que el evangelista cuente lo que dicen sus vecinos. De ello puede inferirse que él reivindica su condición humana, ligada a la madre, antes de que los otros lo califiquen así. De esta manera es él quien va definiéndose y mostrando su identidad, en lugar de ser definido o determinado por lo que los demás digan. Su pretensión de autoridad resulta entonces más paradójica, pues sin un apellido en el que iba incluida la herencia cultural y religiosa Jesús es sólo eso, un Hijo de Humano.

El desprecio en su tierra a Jesús, el Humano Hijo de María, se constata en los cuatro evangelios, aunque el evangelio de Lucas es quien más lo desarrolla en su presentación profética como enviado por Dios para anunciar a los pobres la Buena Noticia de la libertad y de la gracia (Lc. 4,16-30). En Marcos también se pone de manifiesto que Jesús es el profeta despreciado por su gente y por su pueblo. Ni la sabiduría reconocida en la enseñanza de Jesús, ni los milagros realizados hasta ahora han sido suficientes a los vecinos y parientes de Jesús para entender ni siquiera vislumbrar mínimamente quién es él.

Después de esto Jesús constata su incredulidad. La incredulidad consiste en estar cerrados a la manifestación sorprendente de Dios en la humanidad de Jesús, mientras que la fe auténtica consiste en estar dispuestos a reconocer que Jesús es verdaderamente Hombre e Hijo de Dios, tal como se revela al pie de la cruz por parte del centurión pagano (Mc. 15,39). Acoger esta revelación con todas las consecuencias es convertirse en seguidor y discípulo de Jesús. Acoger la humanidad de Jesús, comprender el misterio de su persona en la sencillez de su actuar, percibir su autoridad y fuerza en la confrontación con todo mal de este mundo, y quedar atrapados por la solidaridad extrema con la que Jesús se hace presente en todos los que sufren en esta tierra, en todos los crucificados del mundo, es creer en Él y creer que Este Hombre es el Hijo de Dios.

El Dios desconcertante que cambió el rumbo de la vida de Pablo y que le capacitó para experimentar su fuerza en la debilidad es el que a todos nosotros puede cambiarnos la mentalidad para pasar de la incredulidad a la fe. Basta que abramos el corazón y la conciencia para contemplar la profundidad del misterio de que el Hijo de María es el Hijo de Dios.  Lo crean o no, lo perciba o no este mundo secularizado y confundido, los creyentes en misión permanente esto es lo que anunciamos: un Mesías Crucificado, potencia de Dios para salvar el mundo. Basta entender que la fuerza se realiza en la debilidad (2Cor. 12,7-10). Por eso Pablo se abre a esta gracia.

José Cervantes Gabarrón

 

 

Ningún profeta es bien recibido en su pueblo

 El papa Francisco ha suscitado como ningún otro papa el interés de creyentes y no creyentes. Pero también ha provocado una oposición más o menos declarada de sectores eclesiales y eclesiásticos que no están de acuerdo con su línea. Se le acusa de cambiar la doctrina católica, sobre todo en lo tocante al matrimonio cristiano, cuando en realidad lo único que está haciendo es querer renovar la pastoral de la Iglesia. Al final será también signo de contradicción para unos y otros, aunque por diversos motivos. A unos les parecerá revolucionario y a otros inmovilista.

Además del tema de la Iglesia chilena, en el que el papa estuvo mal informado, le van surgiendo problemas por parte de los que quieren cambios más acelerados. Francisco ha tenido que reafirmar la doctrina sobre la ordenación exclusivamente de varones. Ha tenido que parar a la Conferencia Episcopal Alemana que quería introducir la intercomunión eucarística con la Iglesia protestante, en los casos de los matrimonios mixtos. El papa, a pesar de su insistencia en la colegialidad en la Iglesia, ha dejado en este tema la responsabilidad al obispo diocesano.

También Jesús como los demás profetas experimentó la oposición de la gente (Ez 2,2-5). En general se piensa que los profetas son innecesarios. Cada uno puede saber lo que Dios quiere de él sin necesidad de intermediarios. Y, sin embargo, Dios a lo largo de toda la historia de la salvación ha elegido sus mediadores a través de los cuales ha hablado y actuado. Muchas veces esos intermediarios no eran mejores ni superiores a las personas a las que hablaban. Dios no los ha elegido por sus cualidades, sino por pura gracia.

Los contemporáneos de Jesús tienen razón en señalar su origen modesto. No se ve por qué Dios se tenía que fijar en él (Mc. 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2Cor. 12,7-10).

Los profetas están condenados a predicar en el desierto, a confrontarse con la incredulidad de los contemporáneos, a verse desprestigiados, rechazados e incluso perseguidos y eliminados. El éxito no importa. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en el mundo. Se sabrá que hay profetas, que hay personas que hacen presente a Dios en este mundo unidimensional. El éxito de la palabra no depende del profeta sino del hecho de que es Palabra de Dios, es decir, una fuerza de salvación para el creyente. La Palabra realiza lo que anuncia. Por eso hay que seguir anunciando a Jesús, aunque tengamos la impresión de que predicamos en el desierto. La Palabra se abrirá camino en el corazón de los hombres.

Hay que tener fe en la Palabra y creer también en el hombre. La incredulidad no es el patrimonio de unos pocos, como tampoco lo es la fe. Fe e incredulidad conviven en el corazón de cada uno. Tan sólo la escucha de la Palabra y la adhesión a Dios son capaces de ir transformando nuestro corazón y haciendo que seamos menos incrédulos. Toda la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas en nuestro mundo, a través de nuestras palabras, pero sobre todo a nuestras obras. Éstas deben ser como el sacramento que hace presente a Dios en nuestro mundo. No cabe duda que son las obras de misericordia las que mejor hablan de Dios y lo hacen presente.

Ser profetas no significa tener la capacidad de adivinar el futuro. Significa más bien ser capaz de leer e interpretar los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está constantemente interpelando y provocando. Los creyentes sabemos que a través de todos los acontecimientos, buenos a malos, Dios nos quiere decir algo. El Espíritu del Señor, que habita en nosotros, nos ayuda a descifrar los signos del paso de Dios por nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestra adhesión al Señor Resucitado y nos haga testigos suyos.

 

 

No desprecian a un profeta más que en su tierra

Siguen sorprendiendo la atención e incluso simpatía que está suscitando el papa Francisco. Los periódicos laicos, si se exceptúan los liberales, han acogido bien y han dado a conocer el mensaje de su encíclica “Laudato si: sobre el cuidado de la casa común”. Lo que ha molestado a los liberales es que el Papa cuestione su moral más profunda, que consiste en la ley del más fuerte; y su estilo de vida, frívolo consumista, marcado por la competitividad enfermiza, y la desigualdad insolidaria. El mensaje del papa es sin duda profético. Nos habla a todos los hombres de buena voluntad recordándonos el plan de Dios sobre la tierra, nuestra casa común. El papa recoge la voz de los sin voz, la voz de una tierra explotada a beneficio de unos pocos, la voz de los excluidos, a los que se les despoja de la Madre Tierra, creada para alimentar a todos.

El rechazo lo experimentaron tanto Jesús como los demás profetas (Ez 2,2-5). En general se piensa que los profetas son innecesarios. Cada uno puede saber lo que Dios quiere de él sin necesidad de intermediarios. Y, sin embargo, Dios a lo largo de toda la historia de la salvación ha elegido sus mediadores a través de los cuales ha hablado y actuado. Muchas veces esos intermediarios no eran mejores ni superiores a las personas a las que hablaban. Dios no los ha elegido por sus cualidades, sino por pura gracia.

Los contemporáneos de Jesús tienen razón en señalar su origen modesto. No se ve por qué Dios se tenía que fijar en él (Mc 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2 Cor 12,7-10).

Los profetas están condenados a predicar en el desierto, a confrontarse con la incredulidad de los contemporáneos, a verse desprestigiados, rechazados e incluso perseguidos y eliminados. El éxito no importa. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en el mundo. Se sabrá que hay profetas, que hay personas que hacen presente a Dios en este mundo unidimensional. El éxito de la palabra no depende del profeta sino del hecho de que es Palabra de Dios, es decir, una fuerza de salvación para el creyente. La Palabra realiza lo que anuncia. Por eso hay que seguir anunciando a Jesús, aunque tengamos la impresión de que predicamos en el desierto. La Palabra se abrirá camino en el corazón de los hombres.

Hay que tener fe en la Palabra y creer también en el hombre. La incredulidad no es el patrimonio de unos pocos, como tampoco lo es la fe. Fe e incredulidad conviven en el corazón de cada uno. Tan sólo la escucha de la Palabra y la adhesión a Dios son capaces de ir transformando nuestro corazón y haciendo que seamos menos incrédulos. Toda la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas en nuestro mundo, a través de nuestras palabras, pero sobre todo a nuestras obras. Éstas deben ser como el sacramento que hace presente a Dios en nuestro mundo. No cabe duda que son las obras de misericordia las que mejor hablan de Dios y lo hacen presente.

Ser profetas no significa tener la capacidad de adivinar el futuro. Significa más bien ser capaz de leer e interpretar los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está constantemente interpelando y provocando. Los creyentes sabemos que a través de todos los acontecimientos, buenos a malos, Dios nos quiere decir algo. El Espíritu del Señor, que habita en nosotros, nos ayuda a descifrar los signos del paso de Dios por nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestra adhesión al Señor Resucitado y nos haga testigos suyos.

padre Lorenzo Amigo

 

 

Salió de allí y vino a su patria.

Cuando ya se había hecho popular y famoso por sus milagros y su enseñanza, Jesús volvió un día a su lugar de origen, Nazaret, y como de costumbre se puso a enseñar en la sinagoga. Pero esta vez no suscitó ningún entusiasmo, ningún ¡ hosanna!. Más que escuchar cuanto decía y juzgarle según ello, la gente se puso a hacer consideraciones ajenas: «¿De dónde ha sacado esta sabiduría? No ha estudiado; le conocemos bien; es el carpintero, ¡el hijo de María!». «Y se escandalizaban de Él», o sea, encontraban un obstáculo para creerle en el hecho de que le conocían bien.

Jesús comentó amargamente: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Esta frase se ha convertido en proverbial en la forma abreviada: Nemo propheta in patria, nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad. El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo.

Nuestra Italia, y en general Europa, son, para el cristianismo, lo que era Nazaret para Jesús: «el lugar donde fue criado» (el cristianismo nació en Asia, pero creció en Europa, ¡un poco como Jesús había nacido en Belén, pero fue criado en Nazaret!). Hoy corren el mismo riesgo que los nazarenos: no reconocer a Jesús. La carta constitucional de la nueva Europa unida no es el único lugar del que Él es actualmente «expulsado»...

El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como se cuenta que hizo Publio Escipión, el africano, dejando Roma: «Ingrata patria, ¡no tendrás mis huesos!». Sencillamente se marchó a otro lugar. Una vez no fue recibido en cierto pueblo; los discípulos indignados le propusieron hacer bajar fuego del cielo, pero Jesús se volvió y les reprendió (Lc. 9,54).

Así actúa también hoy. «Dios es tímido». Tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Su paso es siempre un paso de gracia. Marcos dice sintéticamente que, habiendo llegado a Nazaret en sábado, Jesús «se puso a enseñar en la sinagoga». Pero el Evangelio de Lucas especifica también qué enseñó y qué dijo aquel sábado. Dijo que había venido «para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lucas 4,18-19).

Lo que Jesús proclamaba en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia, el primer gran «año de gracia», del que todos los jubileos y «años santos» son una conmemoración.

padre Raniero Cantalamessa, ofmcap