Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.

Las coordenadas para centrar nuestra celebración/actualización pueden orientarse de Dios hacia nosotros y, desde nuestra situación, la respuesta de "creyentes". La historia de la salvación marca, por un lado, la misericordia infinita/eterna de Dios, con su iniciativa, paciencia, pedagogía...; en concreto la inspiración de los profetas y apóstoles al estilo de Ezequiel y Pablo y en el centro la Palabra/Enviada, Jesús de Nazaret. Y por otro, el estado rebelde, obstinado, testarudo, ciego... del pueblo, más atento a las "culturas" reinantes y dominantes: hijos de Adán, profetas y apóstoles impostores, predicadores a imagen y semejanza de sus ambiciones y fantasías, racionalizaciones para anestesiar sus miedos y temores o para justificar su increencia.

Para nosotros, hoy y aquí, podemos ir contemplando para celebrar el signo de la Palabra que acabamos de proclamar; en concreto, sentir el Dios con nosotros/iniciativa y respuesta. La historia, rica en experiencias, positivas y negativas, nos enriquece mostrándonos el cuerpo de la humanidad sus aciertos y desaciertos. A la historia se la llama maestra de la vida y, si para nosotros lo es, nos llevará a despertar nuestras capacidades para buscar la verdad, libres de cualquier condicionamiento, con la debida sensibilidad de la conciencia, desde el imprescindible dinamismo de la capacidad trascendente, en el encuentro con nuestros semejantes, teniendo en cuenta nuestras limitaciones y debilidades… Y todo ello en ese vértice fascinante.

El espíritu del verdadero profeta

1ª lectura: Ezequiel 2,2-5

El profeta, el hombre sin miedo

1. La primera lectura de este domingo la tomamos de Ezequiel, y viene a ser como una especie de relato de llamada profética; así es el caso de otros profetas de gran talante (Isaías 6 en el templo; Jeremías 1), porque se debe marcar una distinción bien marcada entre los verdaderos y falsos profetas. En la Biblia, el verdadero profeta es el que recibe el Espíritu del Señor. De esa manera, pues, el profeta no se vende a nadie, ni a los reyes ni a los poderosos, sino que su corazón, su alma y su palabra pertenecen el Señor que les ha llamado para esta misión. Por ello sabemos que los verdaderos profetas fueron todos perseguidos. Es probable que padezcan una “patología espiritual” que no es otra que vivir la verdad y de la verdad a la que están abiertos.

2. El pueblo «rebelde» se acostumbra a los falsos profetas y vive engañado porque la verdad brilla por su ausencia. Por eso es tan dura la misión del verdadero profeta. Quizás, para entender todo lo que significa una llamada profética, que es una experiencia que parte en mil pedazos la vida de un hombre fiel a Dios, debemos poner atención en que a ellos se les exige más que a nadie. No hablan por hablar, ni a causa de sus ideas, sino que es la fuerza misteriosa del Espíritu que les impulsa más allá de lo que es la tradición y la costumbre de lo que debe hacerse. Por eso, pues, el profeta es el que aviva la Palabra del Señor.

2ª lectura: 2ª Corintios 12,7-10

La fuerza de la debilidad

1. La segunda lectura es probablemente una de las confesiones más humanas del gran Pablo de Tarso. Forma parte de lo que se conoce como la carta de las lágrimas (según lo que podemos inferir de 2Cor. 2,1-4;7,8-12). Es una descripción retórica, pero real. Se habla del «aguijón (skolops, algo afilado y punzante) de su carne» es toda una expresión que ha confundido a unos y a otros; muchos piensan en una enfermedad. Es la tesis más común, de una enfermedad crónica que ya arrastraba desde lo primeros tiempos de la misión (cf Gal. 4,13-15). Pero no habría que descartar un sentido simbólico, lo que apuntaría probablemente a los adversarios que ponen en entredicho su misión apostólica, ya que habla de un «agente de Satanás». Aunque bien es verdad que en la antigüedad el diablo escudaba los tópicos de todos los males, reales o imaginarios. ¿Es algo biológico o psicológico? En todo caso Pablo quiere decir que aparece “débil” ante los adversarios, que están cargados de razones. Quiere combatir, por el evangelio que anuncia y por él mismo, desde su experiencia de debilidad; las que los otros ven en él y la que él mismo siente.

2. Para ello, el apóstol recurre, como medicina, a la gracia de Dios: “te es suficiente mi gracia (charis), porque la potencia (dynamis) se lleva a cabo en la debilidad (astheneia)” (v. 9); una de las expresiones más logradas y definitivas de las teología de Pablo. Esa gracia le hace fuerte en la debilidad; le hace autoafirmarse, no en la destrucción, ni en la vanagloria, sino en aceptarse como lo que es, quién es, y lo que Dios le pide. Pablo construye, en síntesis, una pequeña y hermosa teología de la cruz; es como si dijera que nuestro Dios es más Dios cuanto menos arrogantemente se revela. El Dios de la cruz, que es el Dios de la debilidad frente a los poderosos, es el único Dios al que merece la pena confiarse. Esa es la mística apostólica y cristiana que Pablo confiesa en este bello pasaje. Es como cuando Jesús dice: «quien guarda su vida para sí, la perderá» (cf Mc 8,35) . Es un desafía al poderío del mundo y de los que actúan de esa manera en el seno mismo de la comunidad.

Evangelio: Marcos 6,1-6

Nazaret… nadie es profeta en su tierra

1. El texto del evangelio de Marcos es la versión primitiva de la presencia de Jesús en su pueblo, Nazaret, después de haber recorrido la Galilea predicando el evangelio. Allí es el hijo del carpintero, de María, se conocen a sus familiares más cercanos: ¿de dónde le viene lo que dice y lo que hace? Lucas, por su parte, ha hecho de esta escena en Nazaret el comienzo más determinante de la actividad de Jesús (cf Lc. 4,14ss). Ya sabemos que el proverbio del profeta rechazado entre los suyos es propio de todas las culturas. Jesús, desde luego, no ha estudiado para rabino, no tiene autoridad (exousía) para ello, como ya se pone de manifiesto en Mc. 2,21ss. Pero precisamente la autoridad de un profeta no se explica institucionalmente, sino que se reconoce en que tiene el Espíritu de Dios.

2. El texto habla de «sabiduría», porque precisamente la sabiduría es una de las cosas más apreciadas en el mundo bíblico. La sabiduría no se aprende, no se enseña, se vive y se trasmite como experiencia de vida. A su vez, esta misma sabiduría le lleva a decir y a hacer lo que los poderosos no pueden prohibir. En el evangelio de San Marcos este es un momento que causa una crisis en la vida de Jesús con su pueblo, porque se pone de manifiesto «la falta de fe» (apistía). No hace milagros, dice el texto de Marcos, porque aunque los hiciera no lo creerían. Sin la fe, el reino que él predicaba no puede experimentarse. En la narrativa del evangelio este es uno de los momentos de crisis de Galilea. Por ello el evangelio de hoy no es simplemente un texto que narra el paso de Jesús por su pueblo, donde se había criado. Nazaret, como en Lucas también, no representa solamente el pueblo de su niñez: es todo el pueblo de Israel que hacía mucho tiempo, siglos, que no había escuchado a un profeta. Y ahora que esto sucede, su mensaje queda en el vacío.

3. Sigue siendo el hijo del carpintero y de María, pero tiene el espíritu de los profetas. Efectivamente los profetas son llamados de entre el pueblo sencillo, están arrancados de sus casas, de sus oficios normales y de pronto ven que su vida debe llevar otro camino. Los suyos, los más cercanos, ni siquiera a veces los reconocen. Todo ha cambiado para ellos hasta el punto de que la misión para la que son elegidos es la más difícil que uno se pueda imaginar. Es verdad que el Jesús taumaturgo popular y exorcista es y seguirá siendo uno de los temas más debatidos sobre el Jesús histórico; probablemente ha habido excesos a la hora de presentar este aspecto de los evangelios, siendo como es una cuestión que exige atención. Pero en el caso que no ocupa del texto de Marcos no podemos negar que se quiere hacer una “crítica” (ya en aquél tiempo de las comunidades primitivas) a la corriente que considera a Jesús como un simple taumaturgo y exorcista. Es el profeta del reino de Dios que llega a la gente que lo anhelaba. En esto Jesús, como profeta, se estaba jugando su vida como los profetas del Antiguo Testamento.

fray Miguel de Burgos Núñez

 

 

«Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.»

Primera lectura: Ezequiel 2,2-5

Los capítulos 1-3 del Libro de Ezequiel están centrados en la misión del profeta: visión inaugural de la gloria del Señor, vocación del profeta, el profeta como centinela de Israel. El fragmento que proclamaos hoy se centra especialmente en la vocación del profeta. Y, más en concreto, en las dificultades con que se va a encontrar en la realización de su misión. Generalmente estos relatos vocacionales son redactados a la luz de la misión total realizada por el profeta para reflejar el resultado de la misión que ya estaba previsto por quien los eligió.

 

1ª: ¡El profeta es un hombre movido con fuerza por el Espíritu!

En aquellos días el Espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: Hijo de Adán yo te envío a los israelitas. En la historia de la actuación del Espíritu de Dios a lo largo del Antiguo Testamento se subraya con especial fuerza su presencia en los profetas. El Espíritu los prepara para la misión, concediéndoles de modo especial el don de la fortaleza para la misión. Esto es lo que expresa Ezequiel en estas primeras palabras de su relato vocacional. El Espíritu “pone en pie” es una imagen que expresa plásticamente esta actuación del Espíritu que es fuerza y firmeza y la infunde en quienes elige para la misión. El profeta es capacitado por el Espíritu para realizar su tarea contra todas las posibles y más que probables resistencias. Su palabra es eficaz para todos los tiempos, porque la proclamación de la Palabra de Dios lleva siempre consigo fuerza permanente salvadora. Ayer como hoy esta palabra es una exhortación, un compromiso y una seguridad en la misión.

Segunda lectura: 2 Corintios 12,7-10.

Sólo si se tienen en cuenta algunas consideraciones es posible la adecuada comprensión de este fragmento. 2Cor 10-13 es una carta autónoma, compuesta por Pablo después de la partida de Tito como su embajador para aquella comunidad, pues entretanto había recibido de Corinto nuevas noticias que le inquietaron profundamente. Probablemente se trata de la carta intermedia “escrita entre lágrimas”, después de la segunda visita a Corinto, que tanto le había decepcionado. Esta carta es una apología del apostolado paulino. El apóstol emplea la sátira y la ironía, lo mismo que el desprecio y la amenaza. La manera que Pablo tiene aquí de reaccionar, con amarga ironía, a las maliciosas palabras de sus adversarios sobre sus modales tímidos y apocados (10,1-10); la forma en que rechaza, con indignación, los ataques dirigidos contra su ministerio apostólico; las respuestas que da a las venenosas insinuaciones que lanzan contra él; la manera con que, contra su voluntad, se compara a sí mismo con los superapóstoles (11,5; 12,1), y las amenazas que fulmina contra la comunidad (10,5s), porque ha hecho caso a las maquinaciones de sus adversarios, que se han introducido subrepticiamente, todo ello indica la gravedad de la situación. Los capítulos 10-13 muestran cuán solitaria pero inexorablemente tuvo que luchar el apóstol, en esta fase de la batalla, para defender su puesto en la comunidad. Es una carta dramática que revela la hondura del sufrimiento apostólico de Pablo. El fragmento de hoy hay que leerlo e interpretarlo en este marco.

 

1ª: ¡Dialéctica entre fortaleza-debilidad en los ministros del Evangelio!

Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne... Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Los apóstoles y todos los ministros del evangelio son embajadores, emisarios del Señor que envía. Toda pretensión de protagonismo está fuera del proyecto del Señor Jesús que es quien ha de ser proclamado. Es la tentación que asaltó y sigue asaltando a los enviados. El Apóstol ha experimentado dos cosas a la vez: la grandeza de la misión, llevamos este tesoro en vasos de barro, y la realidad concreta de los emisarios: rodeados por todas partes de debilidades. En esta carta nos ha dejado Pablo un hermoso y a la vez patético testimonio de la experiencia apostólica mediante la dialéctica que se establece entre la fuerza y la debilidad. La fuerza del Evangelio es irresistible por llevar en su entraña todo el poder de Dios que garantiza su eficacia. Pero Dios ha decidido a lo largo de la historia de la salvación y, en concreto de forma ejemplar, en la misión de Pablo. Fue encargado de llevar el evangelio a la gentilidad; abrir las puertas se la salvación en Cristo a todos los hombres. Desborda, por tanto, todas las posibilidades humanas. He ahí el secreto, la grandeza y el misterio de la misión. Ayer como hoy esta realidad sigue siendo palpitante y consoladora. El éxito final de la empresa depende a la vez de la fidelidad del Dios poderoso y de la fidelidad de los mensajeros. ¡Qué bien expresa plásticamente esta realidad la parábola del sembrador¡

Evangelio: (Marcos 6,1-6)

Es el final de la segunda sección de la primera parte. Toda la primera parte (Mc 1,1-8,27ss) se centra en la actividad de Jesús, el Mesías, por Galilea; la primera sección se terminaba con estas incomprensibles y desconcertantes palabras: “los fariseos y los del partido de Herodes, se reunieron para estudiar el modo de matar a Jesús” (Mc 3,6); Jesús decide retirarse hacia su patria y esta segunda sección termina con el fragmento que proclamamos hoy: “Jesús estaba sorprendido de la falta de fe de aquella gente” (Mc 6,6). Marcos narra con un estilo muy directo y característico, indicando descarnadamente las actitudes de los que le rodean con lo que quedan al descubierto con toda su crudeza. Léase el paralelo de Lc 4,16-30 y Mt 13,53-58 para saborear las coincidencias y diferencias narrativas de un mismo acontecimiento.

 

1ª: ¡Asombro de sus paisanos por el contenido y estilo de su enseñanza!

¡El sábado empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo esto? Estos interrogantes podrían parecernos inverosímiles. ¿No había pasado 30 años en Nazaret? ¿No había participado con sus paisanos en el culto sinagogal, en el trabajo, en los encuentros frecuentes de buen vecindario? ¿Y no captaron ni intuyeron quién podría ser Jesús? Esta escena, como otras muchas que aparecen en el relato evangélico en general, y en el de Marcos en particular, muestra que no es fácil llegar a comprender a Jesús. Su personalidad humana intachable y cercana escondía otra realidad profunda que era necesario descubrir. ¿Entendían los nazaretanos que Jesús era un profeta? En todo caso la actuación del Maestro desbordaba la visión y comprensión que de él se habían formado. Uno de los hilos más firmes del tejido narrativo y teológico de Mc es la insistente pregunta ¿tú, quién eres? Y Marcos trata de ofrecer a sus lectores la respuesta adecuada. Jesús siempre es cercano y desconcertante a la vez, porque no podía ser de otra manera. Entonces y ahora, sigue siendo un interrogante para el hombre actual. ¿Qué significa Jesús para el hombre moderno? ¿qué significa la singularidad y la universidad de Jesús? ¿es verdad que Jesús es a la vez único y universal? Marcos, en su catequesis evangélica, trata de responder a estas preguntas urgentes. Y lo mismo intentaron hacer los otros evangelistas.

2ª: ¡Del asombro al desprecio y a la incredulidad!

No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa... Y se extrañó de su falta de fe. Este dicho de Jesús, cuya autenticidad está fuera de toda duda, es sorprendente y tajante. Ha llamado siempre la atención de los lectores y predicadores así como de los comentaristas. ¿No son los profetas los enviados especiales del Dios Salvador? ¿No son los profetas los intérpretes auténticos y autorizados de la voluntad de Dios para ser aplicada en el desarrollo concreto de la historia? Ciertamente a partir de este encuentro con sus paisanos, Jesús se retira hacia el norte, si nos atenemos al relato de Marcos que es el cañamazo para Mateo y Lucas, acompañado de sus discípulos a quienes sigue instruyendo. Este itinerario, que parece una retirada, culminará con la solemne confesión de Cesarea de Filipo. En el proyecto del evangelio de Marcos este encuentro de Nazaret es esencial y fundamental. Revela dos niveles de acercamiento a Jesús: el natural y movido por intereses humanos y el de su misión movido por otras motivaciones más profundas y universales. Jesús no ha venido al mundo entretenerse en la solución de los problemas de sus paisanos, sino para llevar adelante un plan de salvación para todos los hombres. Ayer como hoy, los verdaderos profetas no son bien acogidos entre los más cercanos. Ayer como hoy, los mensajeros del Evangelio han de estar impulsados por la apertura a todos los hombres de toda raza, condición social o cultura. El Evangelio es para todos los hombres encuentren donde se encuentren. Y es necesario reflejarlo en la misión tanto en el plano de la proclamación como en el del compromiso real y el testimonio vivo en todos los estamentos de la sociedad.

 

 

“Y se extrañó de su falta de fe”

Tema general de este Domingo: dificultades con que se encuentran los mensajeros de Dios, incluso entre los más cercanos.

Primera lectura: Ezequiel 2,2-5

Marco: Los capítulos 1-3 del Libro de Ezequiel están centrados en la misión del profeta: visión inaugural de la gloria del Señor, vocación del profeta, el profeta como centinela de Israel. El fragmento que proclamaos hoy se centra especialmente en la vocación del profeta. Y, más en concreto, en las dificultades con que se va a encontrar en la realización de su misión. Generalmente estos relatos vocacionales son redactados a la luz de la misión total realizada por el profeta para reflejar el resultado de la misión que ya estaba previsto por quien los eligió.

Reflexiones:

1ª: ¡El profeta es un hombre movido con fuerza por el Espíritu!

En aquellos días el Espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: Hijo de Adán yo te envío a los israelitas. En la historia de la actuación del Espíritu de Dios a lo largo del Antiguo Testamento se subraya con especial fuerza su presencia en los profetas. El Espíritu los prepara para la misión, concediéndoles de modo especial el don de la fortaleza para la misión. Esto es lo que expresa Ezequiel en estas primeras palabras de su relato vocacional. El Espíritu “pone en pie” es una imagen que expresa plásticamente esta actuación del Espíritu que es fuerza y firmeza y la infunde en quienes elige para la misión. El profeta es capacitado por el Espíritu para realizar su tarea contra todas las posibles y más que probables resistencias. Su palabra es eficaz para todos los tiempos, porque la proclamación de la Palabra de Dios lleva siempre consigo fuerza permanente salvadora. Ayer como hoy esta palabra es una exhortación, un compromiso y una seguridad en la misión.

Segunda lectura: 2 Corintios 12,7-10.

Marco: Sólo si se tienen en cuenta algunas consideraciones es posible la adecuada comprensión de este fragmento. 2Cor 10-13 es una carta autónoma, compuesta por Pablo después de la partida de Tito como su embajador para aquella comunidad, pues entretanto había recibido de Corinto nuevas noticias que le inquietaron profundamente. Probablemente se trata de la carta intermedia “escrita entre lágrimas”, después de la segunda visita a Corinto, que tanto le había decepcionado. Esta carta es una apología del apostolado paulino. El apóstol emplea la sátira y la ironía, lo mismo que el desprecio y la amenaza. La manera que Pablo tiene aquí de reaccionar, con amarga ironía, a las maliciosas palabras de sus adversarios sobre sus modales tímidos y apocados (10,1-10); la forma en que rechaza, con indignación, los ataques dirigidos contra su ministerio apostólico; las respuestas que da a las venenosas insinuaciones que lanzan contra él; la manera con que, contra su voluntad, se compara a sí mismo con los superapóstoles (11,5; 12,1), y las amenazas que fulmina contra la comunidad (10,5s), porque ha hecho caso a las maquinaciones de sus adversarios, que se han introducido subrepticiamente, todo ello indica la gravedad de la situación. Los capítulos 10-13 muestran cuán solitaria pero inexorablemente tuvo que luchar el apóstol, en esta fase de la batalla, para defender su puesto en la comunidad. Es una carta dramática que revela la hondura del sufrimiento apostólico de Pablo. El fragmento de hoy hay que leerlo e interpretarlo en este marco.

Reflexiones:

1ª: ¡Dialéctica entre fortaleza-debilidad en los ministros del Evangelio!

Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne... Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Los apóstoles y todos los ministros del evangelio son embajadores, emisarios del Señor que envía. Toda pretensión de protagonismo está fuera del proyecto del Señor Jesús que es quien ha de ser proclamado. Es la tentación que asaltó y sigue asaltando a los enviados. El Apóstol ha experimentado dos cosas a la vez: la grandeza de la misión, llevamos este tesoro en vasos de barro, y la realidad concreta de los emisarios: rodeados por todas partes de debilidades. En esta carta nos ha dejado Pablo un hermoso y a la vez patético testimonio de la experiencia apostólica mediante la dialéctica que se establece entre la fuerza y la debilidad. La fuerza del Evangelio es irresistible por llevar en su entraña todo el poder de Dios que garantiza su eficacia. Pero Dios ha decidido a lo largo de la historia de la salvación y, en concreto de forma ejemplar, en la misión de Pablo. Fue encargado de llevar el evangelio a la gentilidad; abrir las puertas se la salvación en Cristo a todos los hombres. Desborda, por tanto, todas las posibilidades humanas. He ahí el secreto, la grandeza y el misterio de la misión. Ayer como hoy esta realidad sigue siendo palpitante y consoladora. El éxito final de la empresa depende a la vez de la fidelidad del Dios poderoso y de la fidelidad de los mensajeros. ¡Qué bien expresa plásticamente esta realidad la parábola del sembrador¡

Evangelio: (Marcos 6,1-6)

Marco: es el final de la segunda sección de la primera parte. Toda la primera parte (Mc 1,1-8,27ss) se centra en la actividad de Jesús, el Mesías, por Galilea; la primera sección se terminaba con estas incomprensibles y desconcertantes palabras: “los fariseos y los del partido de Herodes, se reunieron para estudiar el modo de matar a Jesús” (Mc. 3,6); Jesús decide retirarse hacia su patria y esta segunda sección termina con el fragmento que proclamamos hoy: “Jesús estaba sorprendido de la falta de fe de aquella gente” (Mc 6,6). Marcos narra con un estilo muy directo y característico, indicando descarnadamente las actitudes de los que le rodean con lo que quedan al descubierto con toda su crudeza. Léase el paralelo de Lc 4,16-30 y Mt 13,53-58 para saborear las coincidencias y diferencias narrativas de un mismo acontecimiento.

Reflexiones:

1ª: ¡Asombro de sus paisanos por el contenido y estilo de su enseñanza!

¡El sábado empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo esto? Estos interrogantes podrían parecernos inverosímiles. ¿No había pasado 30 años en Nazaret? ¿No había participado con sus paisanos en el culto sinagogal, en el trabajo, en los encuentros frecuentes de buen vecindario? ¿Y no captaron ni intuyeron quién podría ser Jesús? Esta escena, como otras muchas que aparecen en el relato evangélico en general, y en el de Marcos en particular, muestra que no es fácil llegar a comprender a Jesús. Su personalidad humana intachable y cercana escondía otra realidad profunda que era necesario descubrir. ¿Entendían los nazaretanos que Jesús era un profeta? En todo caso la actuación del Maestro desbordaba la visión y comprensión que de él se habían formado. Uno de los hilos más firmes del tejido narrativo y teológico de Mc es la insistente pregunta ¿tú, quién eres? Y Marcos trata de ofrecer a sus lectores la respuesta adecuada. Jesús siempre es cercano y desconcertante a la vez, porque no podía ser de otra manera. Entonces y ahora, sigue siendo un interrogante para el hombre actual. ¿Qué significa Jesús para el hombre moderno? ¿qué significa la singularidad y la universidad de Jesús? ¿es verdad que Jesús es a la vez único y universal? Marcos, en su catequesis evangélica, trata de responder a estas preguntas urgentes. Y lo mismo intentaron hacer los otros evangelistas.

2ª: ¡Del asombro al desprecio y a la incredulidad!

No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa... Y se extrañó de su falta de fe. Este dicho de Jesús, cuya autenticidad está fuera de toda duda, es sorprendente y tajante. Ha llamado siempre la atención de los lectores y predicadores así como de los comentaristas. ¿No son los profetas los enviados especiales del Dios Salvador? ¿No son los profetas los intérpretes auténticos y autorizados de la voluntad de Dios para ser aplicada en el desarrollo concreto de la historia? Ciertamente a partir de este encuentro con sus paisanos, Jesús se retira hacia el norte, si nos atenemos al relato de Marcos que es el cañamazo para Mateo y Lucas, acompañado de sus discípulos a quienes sigue instruyendo. Este itinerario, que parece una retirada, culminará con la solemne confesión de Cesarea de Filipo. En el proyecto del evangelio de Marcos este encuentro de Nazaret es esencial y fundamental. Revela dos niveles de acercamiento a Jesús: el natural y movido por intereses humanos y el de su misión movido por otras motivaciones más profundas y universales. Jesús no ha venido al mundo entretenerse en la solución de los problemas de sus paisanos, sino para llevar adelante un plan de salvación para todos los hombres. Ayer como hoy, los verdaderos profetas no son bien acogidos entre los más cercanos. Ayer como hoy, los mensajeros del Evangelio han de estar impulsados por la apertura a todos los hombres de toda raza, condición social o cultura. El Evangelio es para todos los hombres encuentren donde se encuentren. Y es necesario reflejarlo en la misión tanto en el plano de la proclamación como en el del compromiso real y el testimonio vivo en todos los estamentos de la sociedad.

fray Gerardo Sánchez Mielgo

 

 

“Se extrañó de su falta de fe”

Repetimos que la fe en Jesús es el tema central del evangelio de hoy. Pero ¿en qué consiste la fe en Jesús?

La vida del viviente humano –y su anverso, la muerte– no es monolítica, indiferenciada y uniforme, como si fuera una especie de magma o de sopa, sino que se ramifica en grandes y diferenciados ámbitos vitales. ¿Cuántos son esos ámbitos vitales humanos diferentes que componen la vida humana? Muchos, pero, para entender lo que significa tener fe en Jesús, nos es suficiente una nuestra de ocho, a los que podemos denominar respectivamente ámbitos de vida biopsíquica, de vida del conocimiento, de vida económica, de vida estética, de vida ética, de vida lúdica, de vida religiosa y de vida sociopolítica.

Pues bien, a lo largo de los siglos, la fe y la incredulidad han sido reducidas al ámbito vital del conocimiento. "Fe es creer lo que no vimos, lo que no conocemos directamente por nuestros sentidos". La fe en Jesús ha sido considerada como una virtud teologal exclusivamente del conocer. Esta reducción milenaria de la fe en Jesús a un único ámbito de la vida humana sigue siendo un error que ha tenido consecuencias nefastas. Nuestras relaciones con Jesús lo son con todas las vitalidades de nuestra existencia y las de la suya. Jesús es para los cristianos el ejemplar supremo de vida entera. Toda nuestra vida queda enlazada con Jesús en toda su extensión y variedad. Mejor que fe, sería más acertado llamarlo proceso de identificación de nuestra vida con la de Jesús; o lo que hoy se entiende por "seguimiento", siempre que se conciba que este seguimiento es en todas nuestras vitalidades.

¿Por qué nos adherimos a Jesús en uno, en varios o en todos los ámbitos de nuestra vida? Porque nos ha seducido algo, bastante, mucho o muchísimo; ha salido a nuestro encuentro, nos ha atrapado algo, bastante, mucho o muchísimo y nos mantiene en su círculo de vida ¿Cómo hubiera sido y sería nuestra vida entera si esta adhesión a Jesús no fuera en uno, en dos o en tres ámbitos de nuestra vida, sino en todos los ocho que hemos señalado?

Las ocho vitalidades humanas se desarrollan por medio de la acción, del actuar. Es un absurdo plantearse si la fe ha de ir acompañada de obras. La unión de Jesús con los cristianos despierta conjuntos de acciones diferentes de todos los ámbitos de nuestra vida. Estos conjuntos de acciones dependen en gran medida de la implicación que tenga Jesús en nuestra vida y de la adhesión de la nuestra a la suya. La implicación de Jesús en todos los ámbitos de nuestra vida fue clara desde el principio. El ángel anunció a María que iba a concebir un hijo a quien pondría por nombre Jesús, cuyo nombre significa el Salvador (Mt 1,21). La salvación que viene de Jesús abarca todas nuestras vitalidades. Estuvo decididamente implicado hasta la muerte en mejorar todos los ámbitos deteriorados de la vida humana. Los pecados son al fin y al cabo inhumanidades, y Jesús dio muestras abundantes de dedicarse como cometido principal de su vida a eliminar todas las clases de inhumanidades que sufren las personas. Esta es, por supuesto, la voluntad de nuestro Padre Dios. Alrededor de sus treinta años, Jesús estaba poseído de lleno por la infinita sensibilidad para la salvación de las inhumanidades. La mayor de todas las inhumanidades es la muerte, que cierra por completo todas nuestras vitalidades. Jesús nos libró de ella haciéndonos partícipes de su resurrección de entre los muertos.

Hoy Jesús ya no está en nuestro mundo. ¿Quién es el que lo representa ahora? “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt 25,31–46). "¿Quién es mi prójimo?". Jesús responde con la famosa parábola del buen samaritano. Nada ni nadie pudo acercarse más a este hombre herido y robado que la propia compasión del samaritano (Lc 10,25–28; 10,29–37). Jesús estuvo siempre ocupado en procurar la salvación de una multitud de enfermos, ciegos, cojos, viudas, niños y paralíticos. Los judíos fariseos, los piadosos, no se dieron cuenta de los nuevos horizontes vitales que les había abierto Jesús, sobre todo en la curación de las inhumanidades. El gran Maestro asume y enseña la profundidad y variedad del dolor humano y el empeño en ir solucionándolo.

Una última consideración sobre nuestra fe en Jesús. ¿Cuántas de las vitalidades de nuestra persona están comprometidas con Jesús, con los más deshumanizados de nuestra sociedad? ¿Pocas, bastantes, muchas o todas? El mensaje de vida, de actuación y de palabra de nuestros obispos ¿resulta incómodo y es rechazado por los poderes económicos y gubernamentales de nuestra sociedad española, como le sucedió a Jesús en su pueblo, o mira para otra parte ante tantas humanidades y sufrimientos como los grupos privilegiados de nuestra sociedad están causando cada día más en una gran cantidad de personas, y por eso no es incómodo? La fe en Jesús no es creer lo que no vimos, sino un compromiso de todas nuestras vitalidades con su causa de aliviar las inhumanidades de todas las variadas vitalidades de las personas. Y eso no resulta cómodo para los poderosos.

Baldomero López Carrera

 

 

¿Dónde estarán los profetas...?

“Dónde estarán los profetas que  en otro tiempo nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar...”  Así repetía el estribillo de un canto religioso de hace algún tiempo. Por otro lado  la Lumen Gentium en su número 12 nos recuerda que “ el pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo  su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad...”

La Iglesia es un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes, como tales hemos sido ungidos en el bautismo. Sin embargo parece que seguimos sintiendo, como en el canto al que aludíamos, que nos falta la luz de los profetas para seguir el camino.¿Habrá retirado el Señor de su pueblo el don de profecía?. ¿Se  habrán cegado nuestros ojos que ya no los descubren?. ¿Tendremos una imagen del profeta que no corresponde a lo que la Sagrada Escritura  y la vida de Jesús y de su Iglesia nos han mostrado a lo largo de los siglos?

El profeta Ezequiel nos pone ante los ojos aquello que le convierte en profeta: “ El Espíritu entró en mi...- apertura al Espíritu de Dios -  y oí que me decía... – escuchar lo que le dice -  yo te envío...- sentirse enviado-  para que les digas... repetir las palabras de Dios a su pueblo - te hagan caso o no...-  aunque no resulta fácil-”.

Podemos recorrer la historia de los profetas del Antiguo y del Nuevo Testamento, desde Moisés a tantos santas y santos,  a tantos hombres y mujeres que hoy siguen “difundiendo  el vivo testimonio de Jesús por la vida de fe y de caridad” (L.G. 12); descubriremos  las características del Profeta de que nos habla Ezequiel, y que encontramos en San Pablo y, cómo no, en Jesús de Nazaret.

Entre vosotros están...

Puede ocurrir que nuestros ojos estén más acostumbrados a ver con la perspectiva de unos valores sociales y culturales en que la grandeza viene medida por la capacidad de poder, y no con los ojos del “Dios que se manifiesta en la debilidad” (II Lectura). Es normal y humano. San Pablo le pedía al Señor que le liberara de sus limitaciones, de esa “espina en la carne que le han metido para que no tenga soberbia”, y pide al Señor que le libre de ella, pero el Señor le responde: “Te basta mi gracia: La fuerza se realiza en la debilidad”.

Éstas han sido también las tentaciones del propio Jesús al iniciar su camino salvador, impresionar con signos extraordinarios. Sin embargo opta por la mansedumbre de aquel que puede ser rechazado por que “es uno de los nuestros, sus familiares viven entre nosotros, le conocemos de toda la vida”.

Hoy, como ayer, necesitamos profetas que  el Señor sigue enviando a su pueblo, pero hoy como ayer ocurre que algunos los descubren y escuchan y otros no. Somos un pueblo de profetas y como tal todos en la Iglesia deberíamos tener la capacidad de escuchar al Espíritu que  habla para nosotros y para los otros, actualizando su presencia. Todos también deberíamos tener la capacidad de descubrir  la palabra y los gestos proféticos de nuestros hermanos, también de aquellos que están más cerca de nosotros, en nuestra casa, en nuestra comunidad, en nuestro pueblo.

Aunque algunas veces nos comportemos como “un pueblo rebelde”, Dios quiere  que sepamos, como en tiempos de Ezequiel, “que hubo un profeta en medio de ellos”

Clara G. – Dominica de la Anunciata

 

 

Desarrollando lo dicho hasta aquí y llevándolo a la iluminación de las lecturas de éste Dom. XIV podríamos enunciar algunas pautas.

 ¿De dónde saca todo eso?

En primer lugar llama la atención el comportamiento, en este caso, de la gente de Nazaret ante el profeta del cual cualquier otro recibe misión y apoyo. Es una constante de incomprensión y rechazo a la iniciativa de Dios; Jesús de Nazaret morirá en la cruz y ungirá a todos aquellos que quieran continuar su obra para que sean fieles a tan misericordiosa iniciativa.

Los que creían conocerle (así lo afirman desde su cerrazón incapaces de, al menos, rastrear su historia que ya les hablaba del que “habría de venir”) reconocen que habla con una sabiduría extraña y especial que no es común sino más bien original, pero sabiduría. Los signos que realiza los consideran milagrosos y es como uno del pueblo: allí están sus familiares, su madre y sus hermanos, y tiene el oficio de carpintero. Aun así desde su creencia les resulta escandaloso. Jesús declara la situación con aquel dicho: “a un profeta sólo lo desprecian en su pueblo, entre sus parientes y en su casa”. Fueron incapaces de transcender y de verlo desde la finura del espíritu.

Impresiona detectar que desde la cercanía: el sentirse muy “amigo” de Jesús, el ir a misa los domingos, tener algún familiar sacerdote o religioso/a, el tener una “cultura” cristiana, haber estudiado en un colegio de identidad cristiana, pertenecer a algún grupo parroquial o de otro rango elevado, el ser sacerdote o religiosos/as… no acredita el ser creyente como él pretende. Es más, se ve cómo todo ello puede dificultar a tal grado, como en Nazaret, que no se pueda hacer entre nosotros lo que sería un milagro (o muchos) a causa de nuestra incredulidad; hasta se extrañará de nuestra falta de fe. Sobre todo el milagro de una auténtica conversión y una entrega generosa a la más alta de las causas: el ser sembradores del Evangelio en el mundo que nos toca vivir.

Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

En este domingo, en la Eucaristía que queremos celebrar y desde nuestra situación, sería oportuno plantearnos y analizar con claridad el perfil de profeta que pretende Jesús; ver hasta dónde el sentido de profeta enviado está siendo operativo, personal y comunitariamente, en nuestro medio. Esto con la idea de no caer en la tentación de sentirnos demasiado bien, constructores de la nueva humanidad. En concreto: ver, por si acaso, si no pasamos de ser cristianos vulgares domesticados por una cultura anestesiante y paralizados y enfermos en la facultad más rica del ser humano, la de nuestra conciencia de lo trascendente.

¿Qué sería lo que nos capacitaría o nos ayudaría a crecer en el espíritu de Jesús? En primer lugar el deseo de búsqueda de la verdad, el ser sinceros con nosotros mismos. En el Evangelio hay muchos encuentros de gente que buscaba y llegaron a encontrase con Jesús, otros no lo lograron ¿porqué?... Por citar algún caso: el joven rico; la samaritana que andaba buscando dónde adorar a Dios; la Magdalena que no sabía lo que sentía cuando lo veía y escuchaba; los apóstoles con sus ímpetus de seguirle o sus decepciones y abandonos y hasta traiciones; las experiencias de la primera iglesia; la historia de la iglesia que, si es cierto, y la historia nos lo aclara, que sí ha tenido sus fallos, no se puede dudar de los aciertos de sus testigos en la contribución a crear un mundo más humano; el testimonio de los mártires hasta dar la vida por ser fieles a Jesús; y en el día de hoy cómo ignorar a tantos creyentes que en su empeño por llevar el Evangelio con la verdad de sus obras a lugares lejanos y cercanos desgastando sus vidas en el día a día de generosidad y entrega, cómo ignorar a la gente sencilla que en sus hogares viven y transmiten la fe a las nuevas generaciones… Tampoco se puede ignorar a alguno de los llamados “no creyentes” (qué dados somos a poner etiquetas) que buscan y no encuentran pero que en la fidelidad a sus luces saben que en la solidaridad, en la ayuda a compartir… hay una orientación hacia la verdad y el amor transcendentes.

Pasarse la vida enjuiciando a los demás, mirando a los aspectos negativos que desgraciadamente en nuestro mundo abundan, lo único que puede conseguir es caer en las mismas torpezas. Se dice que las enfermedades se contagian pero la salud no. Lo importante es entrenar en la autenticidad y el compromiso.

  "Esto dice el Señor

Celebrar la Eucaristía nos exige contemplar para actualizar lo que la Palabra presenta; siempre habrá oportunidad pero la Eucaristía es el lugar privilegiado. Nos presenta:

Ezequiel recibe el Espíritu y le pone en pie para anunciar y demostrar que en el pueblo, haga caso o no, hay un profeta. El profeta es un enviado de Dios, lo acepta y lo demás corre por cuenta del mismo Dios. Nos podemos preguntar por las disposiciones personales para lograr lo que Dios pretende. Personalmente es un hombre con una mínima visión de la historia de la salvación que le ha cautivado y dado sentido a su vida; ello mismo le habrá creado una actitud de amor hacia su pueblo y el deseo de hacer algo por él… Es cuando Dios lo trae al vértice de sus dones para la misión.

San Pablo tal vez en alguna ocasión pudo “ufanarse” de sus éxitos, pero la extensión de su conversión le lleva a reconocer sus limitaciones y debilidades. Lleno de “aguijones” es capaz de reconocer las debilidades de los demás y saber que toda la tarea es obra de Dios; lo que queda al “señalado” es el ser sincero manifestado en su lucha y esfuerzo por lograr fidelidad. Un profeta no puede ser presumido y menos abandonado en sus capacidades. Recordar las recomendaciones que le hacía a Timoteo: "proclama la Palabra, insiste a tiempo ya destiempo, reprende, corrige, exhorta, con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros con la idea de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y volverán a las fábulas".

En el Evangelio de hoy Jesús se extraña de la incredulidad de sus parientes y paisanos. Todos los juicios de Jesús sobre los demás no son de crítica o despectivos, más bien son diagnósticos del estado de las personas y grupos del pueblo. Jesús, prototipo del Profeta/Enviado, siempre se desenvolvió con amor, comprensión, cercanía, paciencia… hasta pedir disculpas al Padre, en el momento definitivo, porque no “saben lo que hacen”. El profeta vive en la aproximación al vértice del encuentro/misión…

Un profeta para nuestros tiempos deberá estar muy abierto al Don de Dios e inteligentemente salirse de toda complicidad con los "seudovalores" (filosofías extrañas, organismos, instituciones, estructuras... sociales y "pastorales") que impliquen daño a la libertad y búsqueda de la verdad del hombre de hoy. Y hasta donde se pueda comprometerse con la causa del Dios de la misericordia; es decir: con los más pobres del corazón, del espíritu, con los que tienen hombre y sed de justicia, con los perseguidos... Para rescatarles de los que abusando de su ignorancia se aprovechan y seducen en provecho propio...

fray Francisco Mª. García O.P.

 

 

Hace unos años estalló una persecución contra los cristianos en Sudán, África.

Un joven huyó y se refugió en Uganda. Allí entró en el seminario y terminados sus estudios, fue ordenado sacerdote. Se llama Parida Taban.

Sus feligreses no podían creer que fuera de verdad un sacerdote. ¿Nos quieres hacer creer que tú, hombre negro, eres un sacerdote?

Nunca habían visto un sacerdote negro. Todos los anteriores habían sido misioneros blancos y les daban ropas, comida , medicinas… El joven P. Taban era pobre como ellos y no podía darles nada. Y empezó a decirles la misa en su propia lengua. La gente seguía diciendo: este hombre no puede ser sacerdote porque nunca hemos celebrado la misa en nuestra propia lengua. Era negro y pobre como ellos y hablaba su misma lengua.

Tuvo que pasar mucho tiempo y muchas pruebas hasta que fue aceptado por sus feligreses, por la gente de su raza y de su lengua.

Ser rechazado no es nunca agradable, pero cuando el rechazo viene de los que son más cercanos y más queridos la herida es mucho más profunda.

Jesús fue el primer rechazado. "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron". Visitó su pueblo, Nazaret, y sus paisanos quedaron deslumbrados, no salían de su asombro, pero no creyeron en Él. ¿Qué predicó Jesús? El evangelista no nos dice nada sobre la enseñanza de Jesús aquel día en la sinagoga. Sólo recoge la reacción de los oyentes, sus paisanos.

¿No es éste el hijo de José, el carpintero?

¿No es éste el que se junta con los pecadores?

¿No es éste el que no guarda el sábado?

¿No es éste el que perdona los pecados?

¿No es éste el que creció en Nazaret? ¿Dónde ha aprendido esas artes nuevas?

Sorprendidos y admirados sí, pero no creyeron en Él. Los suyos, los de su casa, los de su pueblo, los líderes, no lo recibieron.

Eso le pasó a Jesús un día en Nazaret. Y el rechazo total se consumó el día en que todos gritaron: Crucifícalo.

¿Y hoy que hacemos con Jesús, con su mensaje, y con su testamento de amor?

Jesús sigue siendo admirado por muchos. Jesús sigue siendo predicado en millones de iglesias. Jesús sigue siendo invocado por muchos y está en la boca de muchos hombres y mujeres, ¿pero en cuántos corazones está vivo? ¿Cuántos creen en Él? ¿Cuántos aman, sirven y viven como Él?

Muchos piden el bautismo de Jesús, pocos lo piden para nacer al hombre nuevo que es Jesús. No basta admirar a Jesús, hay que creer en Él. Y creer es seguirle y seguirle es transformarse en Jesús.

En la película " La clase dirigente" un enfermo mental dice que él es Dios. Y el siquiatra le pregunta, ¿cuándo descubriste que eras Dios?

El enfermo contesta: "Yo he rezado y rezado durante años y un día me desperté y descubrí que me estaba hablando a mi mismo".

Más allá de nuestra alabanza, más allá de nuestra oración, más allá de nuestras necesidades está Jesús. Jesús nos abre al amor de Dios y al amor a los hermanos.

Algunos se desilusionan con la iglesia porque no puede satisfacer todas sus necesidades corporales y temporales. Buscan satisfacer su interés y sus necesidades.

¿Mis necesidades? A la iglesia venimos a hacer amistad con Jesús, conocer su voluntad y pedirle la fortaleza para vivirla día a día.

Si sólo piensas en tus necesidades, nunca encontrará a Jesús. Podrás admirarlo pero no lo acogerás en tu corazón.

La iglesia de Jesús no es sólo un lugar para satisfacer mi necesidad de compañía, amistad, intimidad, oración…

La iglesia de Jesús lucha por ordenar esas necesidades, poner cada una en su lugar: la primera necesidad es estar abierto a la comunión con Dios, necesidad de Dios, necesidad de experimentar su amor y su perdón. La segunda necesidad es estar abierto a la comunión con los hermanos, necesidad de generosidad y servicio.

Los paisanos de Jesús le rechazaron porque conocían muy bien a sus parientes…

Nosotros rechazamos a la iglesia de Jesús porque conocemos muy bien sus pecados…

No admires, cree.

No critiques, edifica.

No busques, ama.

padre Félix Jiménez Tutor

 

 

v. 1-2 a: Jesús salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen.

Cuando llegó el sábado se puso a  enseñar en la sinagoga.

Marcos en su iglesia pagano-cristiana tiene mucho interés en hacer sobresalir el fracaso de Jesús en su pueblo. Es el preludio de lo que dice el evangelista Juan: “Vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1,11).

 

v. 2b: La multitud, al oírle, quedaba maravillada y decía: “¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que hace?”

Podemos detectar la extrañeza de un pueblo pequeño en que se da este fenómeno de Jesús, que, de golpe y porrazo, sobresale tan portentosamente en milagros y predicación de un nuevo Reino de los Cielos.

Quizá para nosotros la gran maravilla es que Jesús y su Madre María pasaron tan desapercibidos. Jesús quiso vivir como un hombre cualquiera (Flp. 2,7).

 

v. 3: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?”

Se escandalizaban a causa de él.

- Carpintero: Vemos que en este texto, Jesús mismo es llamado carpintero; no se dice simplemente que sea el hijo de carpintero.

- Hijo de María: Es un título extraño para un judío. Lo normal hubiera sido decir hijo de… (el nombre del padre).

- hermano de…: Este texto dice sencillamente que Santiago, Joset, Judas y Simón eran hermanos de Jesús. Por convencimiento que María, su Madre, fue virgen ha llevado a la predicación cristiana a encontrar argumentos que bien podría significar que eran primos o familiares muy cercanos.

Desde hace mucho tiempo me ha llamado la atención que:

De haberse inventado algo la comunidad judeo-cristiana hubiera sido que Dios Creador regaló a María de Nazaret con muchísimos hijos varones. La virginidad no era apreciada; tener un solo hijo no era ninguna gloria.

¿Qué sucedió para que Jesús, llegado a la edad casamentera, no hubiera sido dado en matrimonio? Entonces los/las  casaban.

Estos datos anti-culturales en el campo religioso-social parece que están señalando que algo especial sucedió alrededor del nacimiento y vida de Jesús como lo atestiguan en sus prólogos teológicos tanto de Mateo como de Lucas.

 

v. 4-5: Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”.

No pudo hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos.

Jesús es rechazado. Buenamente él se da una explicación; es algo que sucede a todos los profetas, se dice así mismo.

Nosotros más bien diríamos que los más cercanos no pueden con frecuencia  gozar del éxito de un compaisano o familiar.

Con todo no pudo menos de curar a unos pocos enfermos.

 

v. 6: Jesús se maravillaba de su falta de fe.

Jesús tenía una mente y unos ojos muy sencillos, como de un niño grande; por eso no podía entrar en su capacidad de comprensión que no tuvieran fe en Él que venía con tales dones como las curaciones yla Palabra liberadora.

Señor Jesús, danos la capacidad de alegrarnos en los éxitos de nuestros hermanos y hermanas y una gran  confianza en ti, porque lo único que deseas es que seamos felices en Presencia del Abba que tan maravillosamente nos has proclamado.

 

La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?

¿A quién no le nacen por dentro las preguntas? ¿Quién soy yo¿ ¿Quién es Jesús? ¿De qué va esta vida? Las preguntas no son malas, lo malo es si tenemos endurecido el corazón y no le dejamos libre para volar al aire del Espíritu. Pero aún así, nada está perdido. El Espíritu, que ora en nuestra debilidad, puede cambiarnos el corazón y ponernos en sintonía con Jesús. Espíritu, limpia mi interior, crea con mi pobreza; que la sed me lleve a la fuente.

 

¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?

Jesús nos puede parecer fascinante, pero no siempre nos resulta fácil aceptarle como compañero de camino y descubrir lo que significa para nosotros. Su creatividad y su ternura, su compasión y su bondad, su valentía en las palabras y en los hechos, su amor inagotable… nos rompe los esquemas. La evidencia de su humanidad, la normalidad de ser uno de tantos, nos descoloca. ¿Qué hacer si nos inquietan estas dudas? Orar sabiendo que nos ama, pensar que estamos en sus manos, ofrecerle una dulce sonrisa. Espíritu Santo, guarda mi alma en la paz de Jesús.

 

Y desconfiaban de él.

Podemos llegar a la desconfianza y pintar paisajes sombríos. Podemos cerrar la puerta a la sabiduría de Jesús. Podemos estar cansados de vivir una vida que no es vida sin atrevernos a vivir la vida que Jesús nos regala. Podemos tener el nombre de Jesús en los labios y no experimentar que su fuego toca el corazón. ¡Así somos de débiles! Pero Jesús puede más. Puede cambiar nuestra desconfianza en abandono confiado. Puede mostrarnos el amor que el Padre nos tiene y darnos la alegría del Espíritu. Espíritu, fortaléceme para pensar, amar, servir y vivir como Jesús.

 

No pudo hacer allí ningún milagro.

Es verdad que, a menudo, no dejamos sitio a los milagros. Pero Jesús no deja de insistir a nuestro lado. Hay futuro si dejamos que sus raíces toquen nuestra tierra. Es madrugada de luz si aceptamos tener por amigo al carpintero, que descolocaba a los poderosos cuando se fijaba en una pobre viuda, que arriesgaba su vida para que los tenidos por buenos no lapidaran a la adúltera. Jesús, tú eres mi fuente de energía, mi criterio de verdad. Te adoro y confío en Ti.

 

Y se extrañó de su falta de fe.

A Jesús no se le entiende desde fuera. No se experimenta su reino si solo se ve su mar desde la orilla. Hay que zambullirse para verlo como hombre lleno del Espiritu, para aceptar que Dios está con Él. Hay que confiar en Él y creer: Tú eres el Ungido de Dios, el Hijo predilecto, el Señor. Creo en ti, Señor Jesús. Aquí me tienes, dispuesto/a a trabajar contigo en las cosas del Padre, que son las cosas de los más pequeños de la tierra. 

 

 

Los estudiosos suelen decir que la primera parte del Evangelio de Marcos (que termina en la "Confesión de Pedro") se divide en varias partes más pequeñas; cada una de estas partes empieza con un resumen -llamado habitualmente "sumario"- de la vida de Jesús; después de cada una de ellas viene una referencia a los apóstoles. En este esquema, el Evangelio de hoy es el fin de la segunda de las tres pequeñas partes que se caracterizan por un aumento progresivo en el conflicto que Jesús produce al encontrarse con él. El texto marca un punto clave: Jesús -que es presentado aquí como profeta- se encuentra con la absoluta falta de fe de los suyos, sus amigos y parientes. El "fracaso" de Jesús se va acentuando: en la tercera parte ya se empieza a presentir la "derrota" del Señor anticipada en la muerte del Bautista.

Es característico del Evangelio de Marcos presentar a sus destinatarios el aparente fracaso, la soledad, el escándalo de la cruz de Jesús. Esa cruz es la que comparten con él todos los perseguidos a causa de su nombre, como lo es la comunidad de Marcos. En toda la segunda parte de este Evangelio lo encontraremos al Señor tratando -a solas con los suyos- de revelarles el sentido de un "Mesías crucificado" que será plenamente descubierto por el Centurión -en la ausencia de cualquier signo exterior que lo justifique- como el "Hijo de Dios".

Los habitantes de Nazaret no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde le viene esto que enseña en la sinagoga? "Si a éste lo conocemos y conocemos a toda su parentela". La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Allí está el problema: "con lo que ellos conocen". Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo conocido, siempre más allá de lo aparentemente "sabido"; pero no un más allá “celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque “Dios ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos”, no estamos lejos de la incomprensión de las parábolas: no por difíciles, sino precisamente por lo contrario, por sencillas. El "Dios siempre mayor" desconcierta, y esto lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús "no podía hacer allí ningún milagro"; quienes no descubren en Él los signos del Reino no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque "nadie es profeta en su tierra". Y quizás, también nos escandalice a nosotros... ¿o no?

Jesús es mirado con los ojos de los paisanos como “uno más”. No han sabido ver en él a un profeta. Un profeta es uno que habla “en nombre de Dios”, y cuesta mucho escuchar sus palabras como “palabra de Dios”; cuesta mucho reconocer en quien es visto como “uno de nosotros” a uno que Dios ha elegido y enviado. Cuesta pensar que estos tiempos que vivimos son tiempos especiales y preparados por Dios (kairós) desde siempre. Pero en ese momento específico, Dios eligió a un hombre específico, para que pronuncie su palabra de Buenas Noticias para el pueblo cansado y agobiado de malas noticias. No es fácil reconocer el paso de Dios por nuestra vida, especialmente cuando ese paso se reviste de “ropaje común”, como uno de nosotros. A veces quisiéramos que Dios se nos manifieste de maneras espectaculares ‘tipo Hollywood’, pero el enviado de Dios, su propio Hijo, come en nuestras mesas, camina nuestros pasos y viste nuestras ropas. Es uno al que conocemos aunque no lo re-conocemos. Su palabra, es una palabra que Dios pronuncia y con la que Dios mismo nos habla. Sus manos de trabajador común son manos que obran signos, pero con mucha frecuencia nuestros ojos no están preparados para ver en esos signos la presencia del paso de Dios por nuestra historia.

Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es mucho más “espectacular” mirar un testimonio en Calcuta que uno de los cientos de miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la vida. Es mucho más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es mucho más fácil esperar y escapar hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar de largo? 

 

 

El profeta, presencia de Dios en la sociedad

La ventaja de asistir a misa todos los domingos creo que hoy, en este ambiente que vive nuestra patria, es mayor. No sólo constituye en el orden natural una verdadera terapia -es como dejar la llanura de aire corrompido para levantarse a una cumbre y ponerse muy cerca de Dios- sino, sobre todo, inspirados por la fe venimos a vivir de nuevo la alianza con Dios, nuestra misa dominical supone una revisión tanto de los derechos que tenemos frente a Dios que nos ha prometido ser nuestro Dios, tratarnos como un amigo cuando platica con otro amigo; así como también, y, sobre todo, el revisar nuestros deberes para con Dios. No sea que el Señor nos vaya a rechazar como un pueblo que no ha sido fiel a su alianza.

Cada domingo esta presencia de la Catedral, llena ante Dios, es un consuelo. También es un consuelo cuando uno piensa que a través de la radio -son muchas las comunidades parroquiales, comunidades de base, gente cristiana que no puede venir a misa- y que desde su lecho de enfermedad, o desde su chocita pobre que no puede dejar porque no tiene ni siquiera para la camioneta, esta gente buena está reflexionando con nosotros; aun frente a ese mundo también de auditorio que nos oye para criticarnos y para esperar en qué sorprender la predicación.

Es toda una esperanza en ese contraste de que Cristo no puede ser indiferente a ningún hombre; o se le tributa el homenaje del amor, del seguimiento, de la piedad, de la obediencia o también se le tributa eso que resulta un homenaje: el odio, la marginación, la calumnia, el desprecio, el rechazo. Si no valiera la pena seríamos más bien indiferentes, pero ante Cristo nadie puede ser indiferente. Y esta palabra que lo está representando corre la misma suerte: el homenaje del amor que yo les agradezco profundamente, y el homenaje del odio, que también se lo agradezco profundamente.

- Somos un pueblo consagrado a Dios

Cabalmente, en la revisión de las lecturas bíblicas que son las que iluminan nuestra reflexión y nuestra realidad, encontramos hoy un tema en el que todos estamos interesados; porque vuelvo a repetir: somos el pueblo consagrado a Dios. Distingamos siempre esto: cuando decimos el pueblo de Dios no aludimos al pueblo en general. Es una pretensión de los grupos humanos quererse constituir en intérpretes del pueblo. El pueblo es muy autónomo, muy variado, muy pluriforme. Nadie puede arrogarse: "Yo soy la voz del Pueblo". Por eso, el pueblo de Dios es el grupo de los seguidores de Dios, es el grupo de los hombres y mujeres que inspirados en una fe, vienen el domingo a inspirar en la palabra divina su conducta; para hacerse más agradables a Dios y, desde su unión con Dios, ser un pueblo que sea luminosidad para el pueblo en general. Esto es la Iglesia.

Yo quisiera que tuviéramos bien clara la idea de que mi predicación y nuestra reflexión mutua es como pueblo de Dios, como grupo bien distinto del pueblo en general. Respetamos las ideologías, los modos de pensar de los que no quieren ser pueblo de Dios, pero desde nuestra identidad de pueblo de Dios sí tenemos algo que creer, y exigimos que se nos respete este modo de creer y que se respeta la libertad con que Dios nos ha mandado al mundo a amarlo y a proclamar su mensaje a todas partes. La palabra de Dios no puede estar encadenada.

Por eso, sumerjámonos profundamente hoy, como pueblo de Dios, y los que no se sientan pueblo de Dios porque no tienen fe ni creen en Jesucristo, les agradezco su atención en reflexionar y respeto su modo personal de pensar. Al final me dirán si tienen o no tienen razón.

El profeta presencia de Dios en la sociedad

1. La iniciativa es de Dios. (Él es el que quiere profetas)

2. El profeta es un instrumento de Dios. (Él va porque Dios lo manda)

3. La sociedad recibe o rechaza a Dios en la persona del profeta.

 

1. La iniciativa es de Dios

- Como en la alianza, tres protagonistas: Dios, el profeta, el pueblo

a) En la primera lectura encontramos a Ezequiel, uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento, confesando esta gran verdad: "El Espíritu entró en mi y oí que me decía: "Hijo de hombre, yo te envío". ¡Qué bella definición del profeta!. El Espíritu entró en mí, yo no soy más que hijo de hombre, hijo de Adán, como se ha traducido también. No somos Dios, no tenemos la verdad absoluta, somos hijos de la tierra. Nuestra única grandeza es la apertura hacia Dios y el decirle como los profetas: "Aquí estoy, Señor, envíame".

- En todos los casos: vocación - consagración - misión

Pero la iniciativa de enviarte no es tuya; nadie se puede constituir profeta de ningún pueblo mientras Dios no lo llama y mientras Dios no lo consagra y mientras Dios no lo envía. Estas tres cosas unen al profeta con Dios. Y la iniciativa de llamarlo, de consagrarlo, de enviarlo, es únicamente de Dios.

- Necesidad y objetivo

El Concilio Vaticano II explica cómo es esta iniciativa de Dios, cuando en ese documento sobre la divina revelación nos dice: "Quiso Dios con su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad por Cristo, la palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina. En esta revelación, Dios invisible, movido de amor hacia los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía". Esta es la iniciativa de Dios, de Él arranca toda idea de comunicarse con los hombres, de revelar su misterio infinito. Sus proyectos de salvación no los conoceríamos si El voluntariamente no hubiera querido decirnos: "Quiero que conozcan -ya no los llamo siervos sino como amigos- mis proyectos de salvación y mi amor".

b) El evangelio de hoy nos presenta a Cristo como fuente de profecía. Llega acompañado de sus apóstoles a Nazaret. Es la segunda vez, y esta vez va a tener un desenlace desilusionante, diríamos, un fracaso. Pero lo que me interesa decirles es esta frase de San Marcos: "Empezó a enseñar en la sinagoga". Esto es ser profeta: enseñar, ser maestro.

- Cristo es la misma Palabra eterna

Ser profeta no solamente quiere decir adivinar el futuro -así es la idea popular que tenemos-, profeta es propiamente el que habla en nombre de otro y Cristo venía no sólo en nombre de otro, sino que Él era Dios. Él era Dios, Él es la Palabra eterna, el Espíritu me ungió, uniendo a su Verbo eterno una naturaleza humana con la cual va a hablar un lenguaje que los hombres entendamos; pero su origen, la fuente, es la misma iniciativa de Dios. Cristo, mirémoslo hoy en la reflexión de este domingo, no como un profeta sino como un Dios que ha tomado la iniciativa de venir a traer al mundo la plenitud de la iniciativa de Dios.

c) Pablo mismo recibió de Cristo la vocación, la consagración y la misión para ser profeta de los pueblos gentiles. Cuando los cristianos del tiempo de Pablo sospechaban: "Si éste es un perseguidor, ¿cómo dices que va a ser apóstol?". Cristo dice: "No lo llames perseguidor; yo lo he convertido, yo lo he hecho apóstol para que lleve mi nombre a los pueblos gentiles". Esta fue la gran misión de Pablo, llevar el evangelio no al judaísmo, que para eso estaba el grupo de los apóstoles. Él, el último, el perseguidor, es escogido para una misión más ardua, iniciativa de Cristo: "Vete a los pueblos gentiles y predícales la salvación". Y él dirá: "Yo no soy digno de llamarme apóstol, pero Él me escogió y me hizo también apóstol". Este es el origen del sentido profético: Dios tiene la iniciativa.

2. El profeta es instrumento de Dios

Yo creo que aquí es donde se explayan más las divinas Escrituras que se han leído hoy.

a) Breve explicación del "profetismo": anuncia el pensamiento de otro

Siempre existió el profetismo, era una necesidad de toda religión sentir hombres intérpretes de la voluntad de sus dioses aunque fueran falsas religiones. Hubo también profetas -falsos, tal vez- aunque muchas veces -ya lo hemos repetido aquí- la salvación no es exclusiva de la Biblia ni de la Iglesia. Dios tiene mil caminos más, aún valiéndose de las religiones naturales, para llevar, por medio de los hombres inspirados, el mensaje que fue salvación para muchos que no fueron bautizados y que sin duda disfrutarán el cielo, tal vez, hasta más alto que muchos bautizados, porque fueron fieles a escuchar lo que la voz del Espíritu hablaba por medio de esos hombres. Pero aquí nos referimos de manera especial a los profetas clásicos, a los que Dios llamó y nos consta en la Sagrada Biblia: el instrumento de Dios.

b) Dios sigue siendo el principal

Efectos del Espíritu

- Pone en pie al Hijo de Hombre

Miremos como se presenta Ezequiel hoy: "El Espíritu entró en mí y me puso en pie". Este es el primer efecto. El hombre no es más que hijo de Adán, barro, criatura, mezclado con las mentiras de l atierra. Si Dios llama a un hijo de la tierra para que abra su capacidad de recibir el Espíritu de Dios, lo primero que este barro siente es que se pone en pie, que se eleva, que hay una dimensión vertical que lo une con un Dios en nombre del cual tiene que hablar.

- Otro efecto: puede decir: "Esto dice el Señor". Presencia de Dios.

El profeta, lleno de Espíritu de Dios, va al mundo y realiza lo que hemos dicho como tema de esta homilía: la presencia de Dios en la sociedad, en la historia, en el mundo. Ya no podrán decir que Dios no les ha hablado: "Esto dice el Señor". Te atiendan o no te atiendan, tú eres presencia del Dios en medio de la sociedad -Dios muchas veces estorba-. No tengas miedo. Pero el pueblo dirá: "Hubo un profeta que nos anunció la presencia de Dios".

- Capacitado para la misión. El profeta, barro de la tierra que mira la misión que Dios le manda, por ejemplo, cuando Dios le dice a Moisés: "Vete al Faraón, que deje salir a mi pueblo de Egipto". ¡Qué pequeño se sintió Moisés: "Señor, pero ¿quién soy yo para presentarme al gobernante y sacar a mi pueblo?". son misiones imposibles, son misiones que exceden exageradamente, infinitamente, algo que sólo Dios puede hacer. Cuando Dios le dice a Jonás: "Vete a predicar a Nínive", el profeta prefiere huirse. Es tan grande la misión. Y Dios lo lleva a la fuerza para cumplir la misión de predicar a Nínive. La primera impresión que el profeta siente es su pequeñez, su pequeñez ante la grandeza de la misión. Sin embargo, Dios le dice: "No digas que no puedes. Yo iré contigo". Nadie se podrá oponer a esta presencia que va con el profeta.

- Eso, naturalmente, trae un peligro de vanidad, y aquí la segunda lectura nos habla cómo el profeta conjura el peligro de la vanidad. Es tan idéntica su misión con el mensaje de Dios que muchas veces, como a Juan Bautista, creen que él es el Redentor. A Pablo lo querían adorar, a Pedro le querían ofrecer víctimas, y ellos tenían que decir: "No, cuidado, somos hombres simplemente. Adoren a Dios, obedezcan a Dios, que es el que por medio de nosotros, sus instrumentos inadecuados, es el que habla. No termine en nosotros, persona humana, el homenaje, el respeto, la obediencia; diríjanselo a Dios".

- "Una espina en mi carne"

San Pablo, defendiendo su causa profética, en la segunda carta a los Corintios, hoy, dice que tuvo visiones maravillosas que lo hacen sentirse muy superior a todos los hombres. Ha visto tan cerca la majestad de Dios, el desenlace de la historia, el fin terrible de los malos y desenlace de los buenos. Él conoce mejor que nadie esto y se puede sentir casi un Dios; y, sin embargo, dice: "Para que no me engría, para que no me envanezca, para que no me crea más de lo que soy, barro de la tierra, entonces el Señor puso en mi carne, ha metido en mi carne, una espina, un emisario de Satanás que me apalea para que no sea soberbio".

Es una de las frases más difíciles de la Biblia. ¿Qué era esta espina de la carne?. Según los comentaristas más modernos se trata de alguna enfermedad, una enfermedad crónica. Quién sabe si un dolor de vista, ataques que le daban, algún mal de estómago, algo que lo hacía sentirse tan inútil para poder decir: "Lo que se está haciendo no es obra mía, es de Dios; y para que no sea tan soberbio me ha puesto esa espina". Miren cómo se ve la enfermedad, el dolor, la humillación cuando se tiene fe: espina de Satanás, porque es el único que puede poner obstáculos al reino de Dios.

- La fuerza de la debilidad: "Te basta mi gracia"

Entonces Pablo cuenta, en el pasaje de hoy, que en vista de esta debilidad y de este estorbo, tres veces le dijo al Señor que le retirara ese estímulo de Satanás y el señor no se lo quitó, sino que le dijo: "Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad". ¡Qué revelación más bella para un profeta!. No es necesaria la salud. Así, todo achacoso, eres el instrumento que yo quiero, porque cuanto más débil e inútil parezcas, más lucirá la majestad y la potencia del Señor.

- Alegría de sufrir por Cristo

"Por eso -concluye San Pablo humildemente- muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo". Hermanos, ¡qué hermosa experiencia es tratar de seguir un poquito a Cristo y a cambio de eso, recibir en el mundo la andanada de insultos, de desconfianzas, de calumnias: las pérdidas de amistades, el tenerlo uno por sospechoso!. Todo eso está profetizado y Pablo gozaba como se goza todo aquel que goza de su debilidad. Cuanto más inútil aparezca para los hombres, cuanto más despreciable me haga la persecución, cuánto más inútil sea para aquellos que tal vez me creyeron grande y ahora me creen juguete, basura, hoy me lleno de alegría -dice Pablo- porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. ¡Qué paradojas las del profeta!. ¡Cuando soy débil, entonces soy fuerte!.

La Iglesia, una misión profética

Es obra de Dios, y por eso no tenemos miedo a la misión profética que el Señor nos ha encomendado. Ya me imagino que alguno dice: "¡Ah, se está creyendo profeta!". No es que me crea profeta, es que ustedes y yo somos un pueblo profético, es que todo bautizado ha recibido participación en la misión profética de Cristo.

- Cristo lo entrega a los apóstoles y estos a sus sucesores

Cristo, el gran profeta que vino a traer la consumación de la misión profética, se constituye en el mensajero, en el que envía a los mensajeros, a los apóstoles y, estos, a sus sucesores, para que el encargo de Cristo llegue hasta el último confín del mundo. Pero no sólo es la jerarquía, sino que también el Concilio Vaticano II, y quiero que reflexionen, queridos hermanos, esta palabra tan hermosa para ustedes: "...El Pueblo Santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo, sobre todo con la vida de fe y caridad, y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza que es fruto de los labios que confiesan su nombre. La totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo no pueden equivocarse cuando creen, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta el último laico, presta su consentimiento universal a las cosas de fe y costumbre". Quiere decir que en ustedes, pueblo de Dios, todo eso que es: obispos, sacerdotes, religiosas, instituciones católicas, fieles, familias cristianas, formamos el pueblo de Dios y Cristo, profeta, nos ha hecho participantes de su misión profética. El Espíritu de Cristo nos ha ungido desde el día de nuestro bautismo y formamos entonces un pueblo que no se puede equivocar en creer. ¡Qué consuelo me da esto, hermanos!. Ustedes no se equivocan cuando escuchan a un obispo y cuando acuden -con una constancia que a mí me emociona- a la Catedral, a escuchar mi pobre palabra; y no hay un rechazo, sino al contrario, siento que se acrecienta más en el corazón del pueblo la credibilidad a la palabra de su obispo. Siento que el pueblo es mi profeta, a mí me está enseñando con la unción que el espíritu ha hecho en su bautismo y que los hace incapaces de aceptar una doctrina equivocada o errónea; ustedes como pueblo la rechazarían, como rechaza el organismo esos cuerpos extraños que se le meten a veces.

- Participación del pueblo de Dios en la misión profética

Es hermoso pensar que tanto la fidelidad que yo trato de llevar al evangelio al predicarles a ustedes, así como la fidelidad con que ustedes quieren ser fieles a Cristo, no a mí, eso como que coincide en la seguridad que hay una infalibilidad que el Concilio la ha proclamado no debida a ninguna fuerza humana, ni a fanatismo, ni a partidismo, sino al Espíritu Santo, que unge al pueblo y a sus jerarcas para que vivan siempre la verdad que Cristo trajo. En este sentido ustedes y yo somos profetas, somos el pueblo profético; y así, entonces, tenemos la obligación de realizar nuestra misión profética. Todos, queridos hermanos: el padre de familia es profeta de su hogar, la madre de familia es profeta para su esposo y para sus hijos, los jóvenes son profetas en su colegio; todos, si de verdad queremos vivir esta misión de la verdad traída por Cristo para iluminar las mentiras del mundo, tenemos que realizar esta misión tan difícil. Pero contamos que no somos nosotros; nosotros no somos mentirosos, nosotros somos proclives al pecado, nosotros somos mal inclinados a las pasiones. ¡Qué mal estaría la Iglesia si sólo reposara sobre fuerzas humanas!. Como Ezequiel, somos barro de la tierra, pero desde el día que el Señor eleva, nos pone en pie por el bautismo, nos hace hijos de Dios, nos unge con un carisma, con una vocación y nos manda en el conjunto de pueblo de Dios, quien como obispo, quien como párroco, quien como capellán, quien como religiosa, como padre de familia, como jornalero, como profesional. Si de verdad vivimos la belleza de esta fe, todos formamos el pueblo profético de Dios.

Dice el Concilio: "En el mundo viven confundidos los cristianos y los no cristianos, nadie los distingue; sin embargo, en el corazón del cristiano hay una unción que lo hace responsable de ese mundo que tal vez los otros no pueden ver esa responsabilidad". Yo quisiera apelar esta mañana a esa vocación profética que todos ustedes tienen, hermanos. Y les quisiera decir, como cuando dije una vez: si alguna vez nos quitaran la radio, nos suspendieran el periódico, no nos dejaran hablar, nos mataran a todos los sacerdotes y al obispo también; y quedaran ustedes un pueblo sin sacerdotes, cada uno de ustedes tiene que ser un micrófono de Dios; cada uno de ustedes tiene que ser un mensajero, un profeta; siempre existirá la Iglesia mientras haya un bautizado, y ese único bautizado que quede en el mundo es el que tiene ante el mundo la responsabilidad de mantener en alto la bandera de la verdad del Señor y de su justicia divina.

Por eso da lástima pensar en la cobardía de tantos cristianos y en la traición de otros bautizados. ¿Pero, qué están haciendo, bautizados, en los altos campos de la política?, ¿dónde está su bautismo?. Bautizados en las profesiones, en los campos de los obreros, en el mercado; dondequiera que hay un bautizado ahí hay Iglesia, ahí hay profeta, ahí hay algo en nombre de la verdad que ilumina las mentiras de la tierra. No seamos cobardes, no escondamos el talento que Dios nos ha dado desde el día de nuestro bautismo y vivamos de verdad la belleza y la responsabilidad de ser un pueblo profético.

Quienes se ríen de mí, como si yo fuera un loco creyéndome profeta, debían de reflexionar. Nunca me he creído profeta como en el sentido de único en el pueblo porque sé que ustedes y yo, el pueblo de Dios, formamos el pueblo profético, y mi papel únicamente es excitar en ese pueblo su sentido profético que no lo puedo dar yo, sino que lo ha dado el Espíritu; y cada uno de ustedes puede decir con toda verdad: "El Espíritu entró en mí desde el día de mi bautismo y me envió a la sociedad salvadoreña, al pueblo de El salvador", que si hoy anda tan mal, es porque la misión profética ha fracasado en muchos bautizados. Pero, gracias a Dios, yo quiero decir también, que hay en nuestra Arquidiócesis un despertar profético en la comunidad eclesial de base, en el grupo que reflexiona la palabra de Dios, en esa conciencia crítica que se va formando en nuestro cristianismo que ya no quiere ser un cristianismo de masa, sino un cristianismo consciente de que antes de recibir el bautismo recibe una catequesis; que antes de casarse se instruye para saber a qué se compromete y para ser en realidad honor de este pueblo de Dios. Yo me alegro y quiero felicitar a la Iglesia de la Arquidiócesis en estos esfuerzos por despertar el sentido profético de nuestros cristianos. Ese carisma nunca faltará en nosotros.

Cuando moría y estaba aquí tendido el Padre Rafael Palacios, asesinado en santa Tecla, yo dije que su cadáver seguía predicando una denuncia no sólo hacia fuera de la Iglesia por sus crímenes, sino hacia adentro de la Iglesia por sus pecados. El profeta también denuncia los pecados internos de la iglesia y, ¿por qué no?. Si obispo, papas, sacerdotes, nuncios, religiosas, colegios católicos, estamos formados por hombres, y hombres somos pecadores y necesitamos que alguien nos sirva de profeta también a nosotros para que nos llame a conversión, para que no nos deje instalar una religión como si ya fuera intocable. La religión necesita profetas y, gracias a Dios que los tenemos, porque estaría muy triste una Iglesia que se sintiera tan dueña de la verdad que rechazara todo lo demás. Una Iglesia que sólo condena, una Iglesia que sólo mira pecado en los otros y no mira la viga que lleva en lo suyo, no es la auténtica Iglesia de Cristo. Por eso, con cariño de hijo, porque también el hijo le dice a la mamá: "Mama, llevas una manchita en la cara, ¿te la limpio?, mamá llevas arrugado el vestido, ¿quieres que te lo arregle?". La mamá por más que la amamos, precisamente porque la amamos, la queremos mejor. Claro que hay manera de criticar, y cuando la crítica se hace contestación, insubordinación, capricho, en la Iglesia, eso es malo. Pero cuando la crítica se hace profetismo, el profeta que le dice también a la Iglesia: "Esto dice el Señor" y lee el evangelio y tal vez el obispo, el sacerdote no está procediendo conforme el evangelio, tiene que convertirse con el amor con que hemos de amar y seguir a nuestro Señor Jesucristo.

3. La sociedad siente la presencia de Dios en sus profetas

Y El salvador sentiría la presencia de Dios si el pueblo de los bautizados fuéramos verdaderamente santos, profetas. Gracias a Dios, también existe en el hogar un padre santo que es denuncia de los pecados de los hijos. Gracias a Dios que existe también en una fábrica un obrero, un patrono santo que es rechazo contra las injusticias que allí se cometen. Gracias a Dios que queda uno que otro profeta y que va surgiendo también en el pueblo de Dios este sentido crítico, y por eso se siente la presencia de Dios, y la suerte del profeta no puede ser otra que la que ahora nos cuenta la Sagrada Escritura.

- Cristo en su patria por segunda vez... fracaso. Cristo fue a su pueblo, es el último episodio de esta primera parte de San Marcos. Ya había ido y entonces sí lo elogiaron pero ahora llega después de que se conoce más a fondo lo que Él predica, lo que Él exige, y esto parece duro a sus paisanos.

Teología de San Marcos (primera parte... misterio del Mesías). En la teología de San Marcos -que es el evangelio de este año- la primera parte de su evangelio que termina hoy con este desenlace triste, la primera parte quiere ser una presentación de Cristo como Mesías. Pocas predicaciones pero muchos hechos. El profeta habla con obras más que con palabras, pero cuando habla, su presencia atrae o rechaza, según la sociedad que lo escucha.

Dudas... ofensa... rechazo. Entonces lo rechazan con dudas como las que hemos escuchado en el evangelio de hoy: "¿De dónde saca todo eso?. ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?. ¿Y los milagros de sus manos?, ¿no es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José y Judas y Simón, y sus hermanas viven con nosotros aquí?. Y desconfiaban de Él". Ven, hasta Cristo recibe la reacción del pueblo. ¡Qué tremendo es esto, la reacción de la sociedad ante el profeta!. Hay en todas estas preguntas hasta insultos. Entre los judíos a nadie se le citaba por su mamá, siempre era su padre como para corroborar su legitimidad. Hijo de fulano, eran nombres de varones. Cuando se dice: "¿Qué no es éste hijo de María?", hay una sugerencia perversa, es como si se dijera en nuestro ambiente la palabra tan común y tan ofensiva: "hijo de ...", una mujer sola. Hasta allá se llegó a insultar a Cristo.

Quiero, de paso, aclarar para aquellos que creen que María tuvo otros hijos y que Jesús tuvo hermanos. Aquí lo dice el evangelio, sus hermanos: Santiago, José, Judas y Simón; pero no vayan a creer que eran hijos de María Santísima. Consta en el evangelio de San Juan que José y Santiago eran hijos de una María, María la de Cleofás. María casada con un hombre llamado Cleofás tenía dos hijos que son estos: José y Santiago; a estos los llama aquí el evangelio hermanos de Cristo. Como ven, no son hijos de María, sino de otra mujer que tal vez era pariente de María o de José. En el lenguaje oriental se llaman hermanos también a los hijastros, a los parientes cercanos se les llama hermanos. Por eso quitémonos de la cabeza la idea que muchos protestantes difunden que María tuvo otros hijos. Por otra parte, los católicos no podemos creer eso desde luego, que existe un dogma católico que dice que María fue siempre virgen. Para un católico hay que respetar mucho esta verdad de María. No era una cosa indigna que María tuviera otros hijos con su legítimo esposo, ¿qué de malo hay en eso?. Sin embargo, los que quieren criticar es porque quieren ofender el honor que nosotros tanto admiramos en María, la Virgen Madre. Pero hay estudios muy a fondo y no es éste el propósito especial de esta homilía sino para decir cómo, cuando no se quiere creer al profeta, se acude a estas dimensiones humanas. ¡qué poca fe la de los parientes de Jesús!, de no mirar en El algo divino como lo veía su propia Madre Santísima, sino mirar únicamente la circunferencia humana, como si Dios no pudiera tomar, aunque fuera un hombre-barro, de la tierra y ponerlo en pie para que fuera profeta. Y Cristo es más que profeta, pero para que vean la reacción del pueblo ante sus profetas.

- Se explica el fenómeno:

El éxito del profeta no es ser escogido, sino que "sepan que hubo un profeta". La primera lectura de hoy explica mejor el fenómeno. Cuando Dios llama a Ezequiel, le dice: "Te enviaré a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son unos testarudos y obstinados; a ellos te envío que les digas: "Esto dice el Señor". Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos". El éxito del profeta no es que se convierta la gente que oye su predicación; si eso sucede, ¡bendito sea Dios! Dios ha logrado su fin por medio de su instrumento, pero si el profeta, pero si el profeta no logra que esa gente testaruda se convierta, no importa, el éxito está en esto: en que ese pueblo testarudo, pecador, infiel, reconozca por lo menos que hubo un profeta que les habló en nombre de Dios. Y esto es lo terrible de la sociedad. Sociedad que rechaza la palabra del evangelio cuando no está de acuerdo con su egoísmo, cuando no está de acuerdo con sus injusticias; entonces surge el montón de preguntas: "¿Y de dónde le viene a éste la sabiduría?, ¿quién lo está manejando? Eso no es de él"; y todas esas acusaciones tontas que de veras, en vez de entrar adentro, ¿tiene o no tiene razón?, se quedan en un rechazo. Dicen que un buen consejo se recibe aunque sea del diablo, aunque sea del diablo que me está diciendo, no lo debo rechazar.

- Cristo confirma: el rico epulón - tienen profetas. Hay una página terrible en el evangelio cuando se condena a un rico y allá en el infierno le manda a decir a sus hermanos. La dice a Abraham: "Dale permiso a un muerto que les vaya a decir a mis hermanos que no sean como yo he sido, para que no vengan a este lugar". Oigan la respuesta de Abraham. "No, allá tienen profetas, si no oyen a los profetas, tampoco escucharán a un muerto que resucite". Esta tan pegada la idolatría en la tierra, que el hombre que está idolatrando el oro, el dinero, el poder, el atropello, la injusticia, la pasión, la tiene tan pegada al corazón, que aunque un muerto le hable, no le hace caso; prefiere su dios. Mucho menos oirá la voz de un pobre profeta que en nombre de Dios le manda decir: "Esto dice el Señor: sé más justo, no atropelles tanto".

Hay una exclamación en el mismo profeta Ezequiel que no quiero perderme la oportunidad de que ustedes la repasen. Ya la conocen, fíjense. Cuando Dios en otro lugar le dice al profeta Ezequiel: "Levántate, vete al campo y allí te hablaré. Me levanté y salí al campo y me dijo: Tú, hijo de hombre, profetiza lo que yo te mando decir, tu oirás las palabras de mi boca y de mi parte los amonestarás. Si yo digo al malvado: vas a morir y tú no le amonestares y no le hablares para retraer al malvado de su perversidad para que viva él, el malvado morirá en su pecado, pero te demandaré a ti su sangre. Mas, si habiendo tu amonestado al malvado, no se convierte él de su maldad y de sus perversos caminos, él morirá en su pecado, pero tú habrás salvado tu alma". Es terrible la misión del profeta; tiene que hablar aunque sepa que no le van a hacer caso. Si no le hacen caso, se perderán por su culpa, pero el profeta salvó su responsabilidad. Hubo quién le dijera: "Esto dice el Señor". Y si, gracias a Dios, el malvado lo escuchó, se salvará él y también será gloria del profeta que le predicó.

- Dios y su revelación estorban: el pecado causa del mal

No podemos callar, queridos hermanos, como Iglesia profética en un mundo tan corrompido, tan injusto. Sería de veras la realización de aquella comparación tremenda: ¡perros mudos!. ¿De qué sirve un perro mudo que no cuida la heredad?. Y si queremos saber en América Latina qué es lo que pasa, tengo aquí el documento de Puebla para leerles solamente un pensamiento. Ha reconocido Puebla que: "Las angustias y frustraciones que se causan en nuestro pueblo se deben al pecado que tiene dimensiones personales y sociales muy amplias. Y si hay en el pueblo esperanzas y expectativas, nacen de su profundo sentido religioso y su riqueza humana". ¡Miren cómo Puebla elogia y alaba la calidad de nuestros pueblos latinoamericanos!. ¡Son dignos de mejor suerte!. Un pueblo profundamente religioso, una riqueza humana que sería largo comenzar a enumerar ahora.

Si este pueblo, con tan buenas cualidades, sufre desilusiones, frustraciones, angustias, temores, como los que está sufriendo, Puebla dice: ¿Cuál es la causa?. El pecado que tiene dimensiones personales y sociales muy amplias. Entonces, ¿qué le toca hacer a la Iglesia en América Latina?. Dice también Puebla: La acción positiva de la Iglesia en defensa de los derechos humanos y su comportamiento con los pobres ha llevado a que grupos económicamente pudientes que se crean adalides del catolicismo se sientan como abandonados por la Iglesia que, según ellos, habría dejado su misión "espiritual". Bien reflejada la realidad de América Latina, cuando la Iglesia, en su afán de conversión al evangelio, está viendo que su papel está al lado de los pobres, del atropello, del marginado y en nombre de él tiene que hablar, y por él tiene que reclamar; muchas personas que pertenecen a las altas categorías y que se sentían como las dueñas de la Iglesia sienten que la Iglesia las abandona y como que ha olvidado la Iglesia su misión espiritual; ya no predica espiritual, ya sólo predica política. No es eso, es que está señalando el pecado y esa sociedad tienen que escuchar ese señalamiento y convertirse para ser como Dios quiere.

"Hay muchos - continúa Puebla - otros que se dicen católicos "a su manera" y no acatan los postulados básicos de la Iglesia". Por eso nuestra predicación actual, que está encontrando eco en aquellos que quisieran que la Iglesia fuera algo en medio del mundo, no puede hablar de otra manera, sino denunciando tantas injusticias y defendiendo tantos derechos atropellados.

Pero, finalmente, dice Puebla una cosa que también hay que tenerla muy en cuenta: "Muchos valoran más la propia ideología que su fe y pertenencia a la Iglesia". Aquí se refiere a aquellos que luchando por justas reivindicaciones se apartan de la Iglesia y ya no predican cristianismo sino otras ideologías que están muy lejos del cristianismo. Pero miren cómo la Iglesia profética, de parte de Dios, está en una posición bien difícil y que es bien comprensible que se la critique, se la margine, ya que al mismo Cristo lo marginaron también, lo despreciaron y lo insultaron, y los apóstoles y los profetas han corrido la misma suerte de todos aquellos que quieren ser fieles al evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

monseñor Oscar Romero

 

 

"Sabemos que hay un Profeta en medio de nosotros"

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de este domingo está en contraste brutal con los domingos anteriores. Después de los impresionantes signos realizados por Jesús vemos que es claramente rechazado. La rebeldía y la dureza de corazón, la falta de fe de quienes se quedan a ras de tierra, les impiden reconocer y aceptar los signos más evidentes. El poder milagroso de Cristo parece quedar sin efecto ante la incredulidad de sus paisanos. La reacción de los parientes y paisanos de Jesús es una advertencia del peligro que también nosotros corremos si no damos continuamente el salto de la fe.

«¿Dónde aprendió éste tantas cosas?» La primera reacción –de admiración de la sabiduría y los poderes de Jesús, a quien habían conocido en el pueblo, como uno de tantos–, da paso al rechazo; su historial, su nivel social, hacen más bochornosa la presencia de «el carpintero, el hijo de María», metido a intelectual y hacedor de milagros. Les faltaba fe.

«El carpintero»: Quizá fuera mejor traducir un peón de la construcción o un obrero manual en general. «El hijo de María»: como entre los judíos los "apellidos" hacían referencia al padre, no a la madre, hablar así de Jesús suponía: o que José ya había muerto, o que se trataba de una expresión insultante, como dirigida a hijo de padre desconocido. «El hermano de…»: esta palabra, en las lenguas bíblicas, comprende desde el hermano de sangre hasta el hermano de raza (el connacional); designa lo mismo al "pariente" en cualquier grado, que al miembro de una misma comunidad. Ni en el Nuevo Testamento –ni en ninguna otra fuente de la tradición primitiva– se mencionan otros "hijos de María" fuera de Jesús, ni se dice que los "hermanos" de Jesús, cuyos nombres se citan aquí, sean "hijos de María".

«No pudo hacer allí ningún milagro»: no es que la fe tenga poder o ejerza un derecho sobre Dios para obtener milagros, es que un milagro carece de sentido cuando el hombre se cierra a Dios que se le acerca en la acción prodigiosa. Dios no se impone a la fuerza, ni siquiera a fuerza de milagros.

«Estaba sorprendido de su falta de fe»: en el difícil problema teológico del conocimiento de Cristo, lo más claro en el evangelio de San Marcos es la llamada "ciencia experimental"; no hubiera sido Jesús verdadera criatura humana si en su crecimiento corporal y espiritual no hubiera tenido experiencias nuevas, por la observación de la naturaleza, el trato con la gente, etc. El testimonio explícito de los evangelistas dice que Jesús "se admiraba", "se sorprendía", al saber algo que hasta entonces no conocía experimentalmente.

El Salmo 122 es la súplica confiada de los pobres de Yahvé que experimentan el desprecio a su alrededor. Y manifiesta de manera muy elocuente la postura del que ora a Dios: una confianza total en su amor y en su poder y, a la vez, un absoluto respeto y reverencia ante la majestad de Dios.

En el contexto de la liturgia de hoy, el salmo se pone en labios de Cristo, que ante el desprecio de su propio pueblo, ante el rechazo de una gente rebelde y obstinada, se dirige a su Padre abandonándose a Él y dejando en sus manos todos sus cuidados. Muchas veces a lo largo de su vida terrena Jesús experimentó burlas y sarcasmos, oposición de los pecadores, y con mucha frecuencia debió levantar sus ojos y su corazón al Padre que está en los cielos.

También nosotros podemos hacer nuestro este salmo. Ante todo, nos enseña a orar con humildad, no exigiendo a Dios, sino acudiendo a Él como el esclavo que sabe que no tiene ningún derecho y que lo espera todo de la bondad de su Señor y le deja las manos libres para que actúe como quiera y cuando quiera. Por otra parte, frente a las dificultades, nos enseña a levantar los ojos a nuestro Padre esperando su socorro y su misericordia, de manera que podamos experimentar como san Pablo la certeza de su protección: «Te basta mi gracia», pues la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad del hombre.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Mesías, el Cristo, el Ungido (436)

Cristo viene de la traducción griega del término hebreo "Mesías" que quiere decir "Ungido". Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

La Iglesia es pueblo sacerdotal, profético y real (783 – 786, 1241)

Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido "Sacerdote, Profeta y Rey".

En el Bautismo, la unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo. El nuevo bautizado ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas.

Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo el bautizado participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo «un reino de sacerdotes para Dios, su Padre». Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo.

El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo. Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo.

El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección. Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo venido «a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, "servir es reinar", particularmente es en los pobres y en los que sufren donde descubre la imagen de su Fundador pobre y sufriente. El pueblo de Dios realiza su "dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

El Bautismo de los niños (1250 – 1252, 1261)

Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento. Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado.

La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños.

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejen que los niños se acerquen a mí, no se lo impidan», nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

"De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad?" (San León Magno).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Como una ofrenda de la tarde,

elevamos nuestra oración;

con el alzar de nuestras manos,

levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,

que recibimos como don,

con las alas de la plegaria,

levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida

la recorramos con amor

y, a cada paso del camino,

levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,

gloria a Dios Hijo Salvador,

gloria al Espíritu divino:

tres Personas y un solo Dios. Amén.

padre Antonio Diufaín Mora

 

 

1. "Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí" Ezequiel 2,2. Ezequiel es un personaje muy singular, tanto por su genio como por su temperamento oriental. Hijo del sacerdote Buzi, vive al sur de Babilonia, en la actual Tel-Abib, junto al río Kebar. Allí recibe el mandato de Dios con que hemos encabezado la homilía.

2. Desterrado de Jerusalén, sigue con atención el desarrollo de la política de su pueblo, que conoce profundamente. Es el hombre más exepcional de toda la literatura bíblica, extraordinario en conocimientos, con un carácter fuerte, muy emocional y a la vez reflexivo, dotado de imaginación creativa y vigorosa, historiador, poeta y místico, y dotado de sabiduría para encuadrar el mundo de lo trascendente en la realidad de su tiempo. Es el hombre más extraño y complejo, el más sensible, que tuvo que actuar con la más fría energía, convertido en portavoz de castigo y de salvación, de ruína y de reconstrucción; duro y comprensivo a la vez, calculador y apasionado, soñador y realista, histórico y apocalíptico. Una personalidad tan contradictoria que los que no ven la acción del Espíritu actuando sobre ella, lo identifican con un enfermo mental. Pero su locura es la de las grandes personalidades de la historia de la salvación, la locura de la cruz. Este es el hombre enviado: "Yo te envío". Necesita ánimo Ezequiel para ir a Israel a cumplir su misión, porque el conocimiento que tiene de la historia de rebeldía y de infidelidades desu pueblo ha sido refrendado por Dios, que "le envía a un pueblo rebelde".

3. Esa rebeldía de Israel que encontramos en Ezequiel enlaza con la "falta de fe" que constata Marcos de Nazaret, donde Jesús no fue reconocido como Mesías por sus paisanos, "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa" Marcos 6,1, y con las persecuciones de Pablo, de que nos habla en su Carta 2 a los Corintios. Ezequiel tiene que cumplir una dura misión en época difícil. Es un deportado entre los deportados, pueblo de dura cerviz, al que debe hablar en nombre de Dios. Jesús salió de Cafamaúm y vino a Nazaret, donde se había criado (Lc. 4,16). Hacía un año que había salido de Nazaret como un simple carpintero, y ahora volvía como un famoso Rabbí rodeado de discípulos y con fama de profeta. Después de algunas jornadas de intenso trabajo en Cafarnaún, decidió volver a su pueblo, caminando unos cuarenta kilómetros. Nazaret era una pequeña aldea desconocida en los libros bíblicos, donde las gentes vivían del cultivo de cereales, viñedos y olivares y del cuidado de algunas cabras. En su pequeña sinagoga los sábados se reunían todos para leer, comentar las Escrituras y orar juntos. Allí había asistido Jesús durante treinta años. Conocía a todos, y todos le conocían a él.

4. El sábado, Jesús entró en la sinagoga, que estaba completamente llena. Allí estaba María, su madre y sus parientes. Allí estaba todo Nazaret, con expectación enorme. En la contemplación del primer sermón de Jesús en la sinagoga de Nazaret, acude a mi memoria y a mi corazón el recuerdo de mi primer sermón en mi parroquia natal. El templo estaba abarrotado desde hora muy temprana. El presidente de la sinagoga invitó a Jesús. Jesús se levantó, subió al estrado, leyó el texto en hebreo, y se sentó para hacer la homilía en arameo, que era su lengua materna. Aunque Marcos silencia el contenido del discurso, lo conocemos por Lucas. Había leído el capítulo 61 de Isaías, y centró su homilía en la frase: "Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír: Evangelizar a los pobres, predicar la libertad a los cautivos, la recuperación de la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor" (4,18). Ni Marcos ni Lucas lo habían oído. Lo narran según Pedro, que habría estado allí. Entre unos y otros nos dicen muy poco de todo lo que dijo Jesús en su homilía. Nos gustaría saber todo lo que dijo basado en Isaías. Y más, nos gustaría haberlo oído. Desde luego a sus paisanos no gustó. No podían negar su doctrina, pero no esperaban eso. Les tocaría el corazón, les diría cosas que les hirieron. Se afirmaba profeta, elegido, como Isaías, o como el Siervo de Yahvé. Es como si en aquel sermón primero mío, yo hubiera anunciado que era el rey de España. Le despreciaron por su origen humilde. Cuando algo humilla y no se tiene argumentos para refutarlo, se desprestigia a la persona. Eso hicieron los nazaretanos: ¡Si lo conoceremos! Y se ponen etiquetas negras a lo que podría orientar nuestra vida. No habla las lenguas de la cultura, no cita a pensadores griegos, sólo cita el Antiguo Testamento. ¡Como si no supiéramos de dónde procede! ¿De dónde le viene esa sabiduría? Creen conocerle bien pero carecen de fe, conocen su aspecto humano, pero ignoran el divino. Desde luego, admirados de las palabras llenas de gracia que salían de sus labios, sí lo estaban, porque se decían: "¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven entre nosotros aquí? Y desconfiaban de él". "Decían los judíos: ¿Será éste el Mesías? Pero éste sabemos de dónde es; mientras que, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es" (Jn. 7,26). Creían que el Mesías tenía que aparecer de un modo espectacular. Por eso se resisten a creer que Jesús sea el Mesías. Conocen su origen humilde y su oficio de carpintero; conocen a su madre, a sus hermanos y hermanas.

5. Mientras las palabras de Jesús, eran recibidas con alegría por los pueblos y aldeas de alrededor, en su pueblo eran discutidas: "¿No es éste el hijo del carpintero?". ¿Qué tiene que decirnos a nosotros? Le hemos visto crecer y nada extraordinario en él nos llamaba la atención. Son amigos del espectáculo. Es difícil aceptar que tal vez Dios tenga algo que decirme por medio de un pariente, un amigo, que me advierte con sencillez y sin aparato. Y qué difícil es asimilar que cualquier compañero haya sido elegido por Dios, haya entrado en el proyecto de Dios antes que nosotros mismos. La historia es pródiga en ejemplos. La monja de la misma comunidad de Bernardeta, nunca aceptó que la Virgen se le hubiera aparecido a ella, y San Clemente Romano nos dice que Pedro y Pablo fueron martirizados por envidia. Y Jesús no pudo hacer en su tierra ningún milagro, porque la acción de Dios está condicionada a la apertura humana. El poder de Dios queda bloqueado ante la resistencia de los hombres. “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina a sus pollos bajo las alas, y tú no quisiste!” (Mt 23,37). Jesús anuncia su mensaje desde la humillación y el rechazo. Los habitantes de Nazaret no supieron descubrir la presencia del misterio de Dios en la humana sencillez de aquel carpintero. Como ha dicho R. Fabris "La raíz de la incredulidad está en la incapacidad de acoger la manifestación de Dios en lo cotidiano". Podemos con nuestra falta de docilidad y mansedumbre, obstaculizar la acción de Dios e impedirle que haga maravillas en nosotros.

6. En la televisión, la radio, la prensa, especialmente la del corazón, tienen más resonancia las tonterías de un famoso que la sabiduría de un humilde. No interesa tanto la suerte o la muerte de un honrado ciudadano o una abnegada ama de casa, como la de un magnate de las finanzas o una estrella de la fama. Y sobre todo, las separaciones y divorcios, o nuevas uniones de los que las venden y de ellas viven. Y si lo hacen es porque eso es lo que gusta al público: hay coincidencia de gustos. Y no es que la masa lo demande por su propia exigencia, es que han hecho así a la masa, con intención positiva. Por eso hay demanda: "Panem et circenses". El Hotel Glamour, tiene 11 millones de audiencia y Ultimas Preguntas, 300.000. No interesan los valores que ofrecen con su ejemplo mucha gente humilde. La televisión mimetiza, basta con ver cómo ha cundido el vestido de las personas, o el desnudo de los cuerpos. ¿Es un mal? Seguramente que a muchas las arrastra. Pero, si profundizamos un poco, ¿no recibirá más gloria Dios, por el 1% que meritoriamente pasan a otro canal, o simplemente, apagan el botón? ¡Cuánto debe agradar a Dios un acto libre, cuando permite tanto mal!

7. Ezequiel, Pablo y el mismo Jesús llevaron el mensaje de Dios a los hombres rebeldes y duros de corazón. El profeta es un hombre que ha sido interpelado por Dios: ahí comienza el drama de su vida. La fuerza del encuentro le empuja a cumplir su misión y él se deja conducir, consciente de ser un instrumento en sus manos. Toda su vida está impregnada del sentido del mensaje que debe anunciar. El profeta pisa tierra mirando al cielo. No se anuncia a sí mismo ni sus ideas ni sus geniales ocurrencias porque sabe que no es más que el altavoz de quien le inspira. Tampoco confía en sus fuerzas, porque conoce su debilidad. Sólo apoyado en la fortaleza de Dios puede penetrar en los oídos duros y trasformar los corazones rebeldes. Levanta su mano izquierda para delatar y su derecha para consolar y perdonar. Así Ezequiel, así Pablo y así Jesús.

8. En el pueblo de Dios surgen profetas obligados a encararse con las mismas dificultades sin ceder al desaliento. «La misión del obispo y del sacerdote consiste en anunciar el Evangelio, la gracia y la verdad; en llevar al mundo el mensaje de salvación; en hacerle tomar conciencia de sus pecados y de la posibilidad de redención; en invitarle a la esperanza, en arrancarle de la servidumbre de los ídolos que renacen cada día y en convertirle al Señor» (Pablo VI).

9. Junto al ministerio de los obispos y sacerdotes está el profetismo de los hombres y mujeres comprometidos, incomprendidos o tenidos por carrozas, que tienen que sufrir como los profetas y como Jesús. La cuestión central del pasaje es ésta: ¿Quién es Jesús? Según los textos evangélicos era conocido como el carpintero, el hijo del carpintero, el hijo de María, el hijo de José. Sus paisanos escucharon su extraordinaria sabiduría y sus acciones poderosas, y comprobaron que no se correspondían con la imagen que tenían de él. La gente conocía bien lo que le habían enseñado. Pero constata que sabe más de lo que se le enseñado. ¡Se le ha dado una nueva sabiduría! Y reaccionaron como los que un día le habían oído decir que él era el pan bajado del cielo: "No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo?" (Jn. 6,42). Aquellos aldeanos de Nazaret no supieron descubrir quién era realmente Jesús. No supieron descubrir al profeta esperado por Israel. Tenían todas las claves para conocerlo, pero les falló la más importante: la fe. Jesús se sintió despreciado, humillado y fracasado en su propia tierra. ¡El peso del misterio que llevaba dentro le había complicado una visita y una estancia grata y amable en su pueblo!

10. Las tres lecturas de hoy tienen un punto de coincidencia en la prueba del fracaso. Ezequiel se dirige a un pueblo rebelde, que no le hace caso cuando le proclama la palabra de Dios; Pablo siente en su carne un misterioso mal que lo apalea para que no sea soberbio; Jesús fracasa estrepitosamente en su tierra. Los proyectos de Dios exigen siempre el paso por la humillación y la amargura del fracaso o de la propia impotencia y debilidad. Es preciso asumirlos con sentido cristiano. Nos pueden ayudar, además, a una necesaria cura de humildad y de renuncia a vanos triunfalismos. La Iglesia no debe pretender ser distinta de Jesús.

11. Jesús no pudo hacer ningún milagro. ¡Misteriosa impotencia de quien un día iba a triunfar sobre la muerte! Los milagros de Jesús no eran prodigios de poder que avasallaban. Eran signos o momentos significativos de encuentro con Jesús y de transformación personal, que requerían una fe inicial, que luego confirmaría el mismo signo. Sin fe, ni Dios mismo puede hacer sus maravillas en nosotros. Ya ha dicho Calvino que los incrédulos paralizan la mano de Dios, porque no le dejan desplegar su poder.

12. La rutina y el orgullo paralizan la acción de Dios. Negaron a Jesús la capacidad de decir una palabra salvadora, porque era el hijo del carpintero, como aquella vieja que no quería rezarle a San Antonio porque le había conocido "ciruelo". Habían visto a Jesús en su sencillez, pero como era de su misma comunidad, y sabían que era bueno, discreto y servicial, como conocían a sus parientes, no admitieron ni su sabiduría, ni sus milagros. ¡Lo que se perdieron!. Podemos nosotros también perder, por orgullo y por prejuicios, tesoros de sabiduría y transformación, que no comprendemos, porque nos falta fe.

13. Pablo se siente débil, ante dificultades parecidas. Junto a sus conquistas cuenta también con fracasos ministeriales. "Nadie es profeta en su tierra". Son un pueblo rebelde pero, más pronto o más tarde, "sabrán que hubo un profeta en medio de ellos". Pueblos testarudos y obstinados, no aceptan ni al profeta, ni a Jesús, ni a Pablo. Pueblos tercos. Su terquedad, su pertinacia y testarudez, no era la firmeza de los héroes, sino la dureza de la roca, del que no quiere moverse para comenzar un camino desconocido. Son los del "siempre se ha hecho así". Incapaces de innovar, para progresar y mejorar. Es la terquedad del orgulloso instalado en su torre de marfil, que no permite que le molesten, ni con razones ni con milagros. Santo Tomás dice que mantienen su propio criterio más de lo justo para manifestar su propia excelencia, que nace de la vanagloria. Y san Bernardo asegura que la lepra del criterio propio es tanto más grave cuanto más oculta está, y ésta es para San Buenaventura, la más grave tentación del cristiano. Ha sido el pecado de todos los cismáticos. Balmes describe al hombre terco de puro orgullo: "Contempladle: su frente altiva parece amenazar al cielo; su mirada imperiosa exige sumisión y acatamiento; en sus labios asoma el desdén hacia cuanto le rodea; en toda su fisonomía veréis que rebosa la complacencia en sí mismo, la afectación de sus gestos y modales os presenta un hombre lleno de sí, que procede con excesiva compostura. Toma la palabra. Resignaos a callar. ¿Replicáis? No escucha vuestras réplicas y sigue su camino. ¿Insistís otra vez? El mismo desdén, acompañado de una mirada que exige atención e impone silencio". Era la actitud de los nazaretanos. Se nos hace necesaria la petición de San Agustín: "Noverim me". "Señor, que me conozca". Un examen a fondo de nuestra vida, de nuestro carácter. Para aceptarnos como somos, y para comenzar a mejorar.

14. La verdad es que hace falta dulzura y mansedumbre como la de Jesús, para no refrenar al caballo, para que en su fogosidad no coja el bocado con los dientes, y precipite al jinete; tal vez haya que aflojar la brida, para que se detenga y se deje gobernar. Si apretáis al hombre y le oprimís, le encolerizáis; si le encolerizáis, lo precipitáis; se le puede persuadir, pero no forzar; y si se le fuerza se alborota. Debía de ser muy duro para Jesús, conocer lo que ha venido a dar y ser rechazado por los que van a recibir tanto amor.

15. La cuestión de los hermanos de Jesús ha dado pie a negar la virginidad de María, por no tener en cuenta que la lengua hebrea y la aramea carecen de términos propios para designar los diversos grados de parentesco y así, las diversas categorías de parentesco se designan con el término hermano. A Lot, sobrino de Abraham, se le llama hermano en Gén. 13,8; y en Gén. 29,15, a Jacob se le llama hermano de Labán, que era su tío. En l Cró. 9,6-9,13 se habla de Yeuel con 690 hermanos; de Reuel con 956 hermanos; y de Adaías con 1.760 hermanos. Y hay que tener en cuenta que en el Oriente bíblico los vínculos familiares eran, y son aún hoy día, más fuertes que entre nosotros: todo un clan o toda una tribu son hermanos.

16. El Profeta Ezequiel, Pablo y Jesús, junto con la comunidad cristiana, pueden apropiarse a la letra, los sentimientos del salmista, propios del que es rechazado y marginado: "Nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos" Salmo 122. Pero no para desalentarse y tirar la toalla, sino "Para poner los ojos en el Señor, como los pone la esclava en las manos de su señora".

17. Aceptemos nosotros a Cristo, y a sus profetas, y a todos los que nos aporten un rayito de verdad y de amor, reconociendo en ellos la acción de Dios salvífica permanente, quizá santificante por la oportunidad magnífica que nos ofrece de ejercitar la paciencia, la humildad y mansedumbre, a imitación del Maestro y de los santos. San Luis, Rey de Francia, decía que nunca se contradijese a nadie, de no ser pecado su omisión. No lo decía por prudencia humana, ni para contentar a todos, sino por un sentimiento verdaderamente cristiano, para evitar todo debate y discusión. San Francisco de Sales nos da esta lección: "Cuando hay que corregir, es necesario usar de gran dulzura y arte, sin pretender violentar el espíritu de nadie; porque, diciendo las cosas con acrimonia y aspereza, nada se gana". "Se cazan más moscas con una gota de miel, que con un barril de vinagre".

18. Con la eficacia del pan eucarístico que vamos a ofrecer y a partir para nuestro alimento, que nos ayudará a "vivir contentos en nuestras debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando somos débiles, entonces somos fuertes. Nos basta su gracia" 2 Corintios 12,7

padre Jesús Marti Ballester

 

 

1. Por qué resistimos a la Palabra Las lecturas de hoy nos presentan una realidad tan cruda como cierta: los hombres somos rebeldes ante la Palabra de Dios. Bien nos vale la frase de Ezequiel: "Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados» (primera lectura). Ciertamente que Dios no tenía muchos motivos para sentirse halagado por la atención que le prestaba su pueblo.

Generalmente sus profetas fueron expulsados o muertos, y su mensaje cambiado por cualquier teoría que resultara más fácil y llevadera. Así surgió el viejo refrán que recuerda hoy Jesús: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» Jesús probó la validez del refrán cuando tuvo la buena idea de ir a su pueblo, Nazaret, para encontrarse con la envidia y el recelo de los suyos.

Si Dios permanentemente habla en la historia del pueblo y de cada hombre, no menos cierto es que todos sabemos encontrar la forma de no escucharlo. Sobre esto vamos a reflexionar hoy: por qué los hombres resistimos a la Palabra de Dios y de qué medios nos valemos. Lo primero que nos podemos preguntar es por qué el hombre resiste a la Palabra. No vamos a hablar de quienes sencillamente ignoran o cuestionan la existencia de Dios, sino de quienes, diciéndose creyentes, hacen oídos sordos a la llamada de Dios. Podríamos descubrir, entre otros, los siguientes motivos:

a) La dualidad interna del hombre Sabemos por propia experiencia que en nosotros actúan dos fuerzas o voces interiores. Son como dos instintos: el de la vida y del amor, y el de la muerte y del egoísmo. Cuando decimos que algo es para nosotros Palabra de Dios, no significa que hemos tenido una revelación especial, sino que nos hemos sentido tocados por el instinto del amor; sentimos que necesitamos crecer y que este esfuerzo exige cierta dosis de renuncia por nuestra parte.

Pero también somos presa de esa fuerza misteriosa, tan misteriosa que se la ha atribuido al demonio, fuerza que nos lleva precisamente a hacer lo contrario de lo deseado. Cuando la Biblia afirma que el pueblo hebreo era duro y pertinaz, no hace sino la misma afirmación: el hombre no es solamente arcilla, capaz de ser moldeada; es también piedra. Lo que estamos diciendo no se refiere solamente a cada individuo, sino que lo podemos aplicar a una familia, a una comunidad o a toda la Iglesia en general. Por definición, la Iglesia es la comunidad de Dios, salvada por Cristo, depositaria de su Evangelio, pero ¡cómo le costó y le cuesta ser fiel al Evangelio, cómo claudicó una y mil veces, cómo vendió a Cristo por un puñado de monedas o por una alianza política! Y con qué facilidad se predica la pobreza desde los palacios, o la sinceridad mientras se amordaza las conciencias, etc. El hombre es un rebelde por naturaleza; no sólo los hijos resisten a los padres, los alumnos a los profesores, etcétera, sino que, sobre todo, el hombre resiste a su misma verdad, a su yo interior, siempre recubierto por máscaras que alternativamente se quitan y se ponen. Estamos amasados de vida y de muerte, y cuando la vida llega, la muerte refuerza sus trincheras. Cuanto más viva es la Palabra de Dios, más dura es la resistencia. La muerte de Cristo en la cruz es la mejor prueba de ello.

b) No nos gusta cambiar de vida

Tenemos un temperamento, una forma de ser, cierto tipo de personalidad, y nos cuesta asumir la diaria responsabilidad por reformarnos y cambiar. Y justamente aquí pone su dedo la Palabra de Dios, que es, casi por definición, una palabra que urge a la conversión. Si el hombre no tuviera nada que modificar, los profetas estarían fuera de lugar. Pero desde el momento en que el profeta denuncia el pecado del hombre y de los pueblos, su tarea se vuelve difícil y antipática. Quitárselos de en medio con la cárcel o la muerte fue siempre un viejo recurso que aún no ha perdido vigencia. En algún momento de la vida, a todos nos puede resultar un poco antipática la Palabra de Dios: a veces suele ser dura, recta, intransigente; no cede ante el vicio, no afloja ante el poderoso; no se amilana ante las dificultades.

c) Tenemos miedo a la inseguridad

Si la Palabra de Dios nos urge a un cambio de vida, debemos por fuerza abandonar cierta forma de pensar y de ser para comenzar de nuevo algo sobre lo cual no tenemos experiencia ni garantía de felicidad y éxito. Escuchar la Palabra de Dios es como saltar sobre un vacío... y sentir por un instante la sensación de volar sobre la nada. Este miedo suele ser de consecuencias fatales para una comunidad: aferrados a lo que siempre tuvimos por verdadero, nos levantamos airados contra todo intento de cambio, sin analizar, siquiera por un momento, si el cambio responde o no a una forma más auténtica de vivir el Evangelio. Por eso, siempre hubo resistencias a las reformas de la Iglesia, tanto por parte de los laicos como de los sacerdotes y obispos. Una vez que estamos instalados, con nuestros esquemas endurecidos y, digámoslo de paso, cobijados y seguros bajo cierto régimen, se hace muy duro hasta el solo hecho de ponerse a pensar que quizá sea necesario un cambio. El hombre ama lo seguro... y la Palabra de Dios, tal como hizo con Abraham, suele invitarnos a caminar «hacia la tierra que yo te mostraré», pero que nosotros no vemos ni tenemos tanta seguridad de poseerla. Por otra parte, la fe no es una ciencia matemática o experimental que pueda demostrar hasta la evidencia todos sus postulados. Siempre la fe trabaja sobre ciertas dosis de confianza en el Dios que habla. Pero ahí está el problema del hombre: ¿Quién le asegura que todo lo que se dice como Palabra de Dios es realmente cierto?

d) Tenemos miedo a encontrarnos con nosotros mismos

Es el motivo que sintetiza toda nuestra resistencia: el temor a nuestra verdad desnuda, la que emerge de nuestro yo verdadero y real. La Biblia nos presenta al hombre como un ser mentiroso desde el principio, como si la mentira consigo mismo y con los demás fuese su arma más espontánea y la que mejor sabe esgrimir. No hace falta que nos enseñen a mentir. Ante lo que nos molesta y duele en el orgullo, todos sabemos recurrir a sutiles formas para autoengañarnos y engañar a los demás. Toda verdad duele y exige, sacude nuestra pereza, aplasta nuestro orgullo y pone al descubierto esa oscura fuerza que nos avergüenza pero que también nos domina. No es extraño, por lo tanto, que el evangelista Marcos nos muestre, con su crudeza habitual, el triste espectáculo de los paisanos de Jesús que -sin motivo alguno serio- resistieron sistemáticamente a su predicación, a tal punto que el mismo Jesús se asombró de su falta de fe y, como cuenta Lucas, por poco terminan con él tirándolo por un despeñadero.

2. Cómo resistimos a la Palabra

Veamos, pues, cuáles son los mecanismos habituales mediante los cuales resistimos a la Palabra de Dios, dando siempre una apariencia de racionalidad y de lógica a nuestras excusas. El texto de Marcos nos sirve de guía.

a) «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?» Los habitantes de Nazaret, tras la predicación de Jesús -cuyo texto trae Lucas-, se sintieron cautivados por su sabiduría, por la autoridad con que hablaba y por los milagros que de él se narraban. Pero no estaban dispuestos a aceptar el cambio que les proponía.

Entonces desviaron la atención de la llamada que se les hacía con esta pregunta: ¿Cómo hizo para aprender todo esto? Detrás de esa pregunta hay otra cosa y es ésta: no estamos dispuestos a pensar que tu palabra, la de un hombre como nosotros, sea la de Dios. Si Dios quiere hablarnos, que venga directamente y que se nos revele como a los profetas. El orgullo humano choca contra la pobreza de Dios. Dios nunca habla con modos espectaculares ni se vale de hombres muy sabios y famosos; sus mensajeros son siempre muy poco divinos a los ojos humanos. Jesús no tenía gran escuela al modo de los escribas ni título alguno que mostrar. Había escuchado al Padre en el silencio de su corazón y en las noches de oración. Pero, ¿cómo ponerse a la altura del orgullo humano si venía precisamente a destruir ese orgullo? De ahí el dilema de la Palabra de Dios: no puede acomodarse al esquema humano porque viene a denunciarlo como falso. Y al no acomodarse a la sabiduría humana -como decía Pablo- concita el desprecio y la indiferencia. Si Cristo hubiera condescendido con sus paisanos, hubiera automáticamente traicionado al Padre. Ese era su dilema y lo fue durante toda su vida.

Por eso comprendemos la resistencia de los nazarenos y la nuestra. Si llegáramos a aceptar como Palabra de Dios esa palabra que nos llega por caminos tan humildes y sencillos, tendríamos que renunciar a nuestra forma orgullosa de pensar y de obrar. Cuando Dios se nos revela por la pobreza y la humildad, intuimos qué nos quiere decir con ese solo hecho. Y antes de que nos hable, ya tenemos el modo de esquivarlo: ¿De dónde saca esa sabiduría?

b) «No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí?» Estas preguntas burlonas se basan en el siguiente argumento: todo enviado de Dios viene del cielo, es distinto de nosotros y nadie puede conocer nada de sus familiares porque es de otro mundo. En cambio, de este Jesús conocemos todo, es como nosotros: nada especial hay en su familia ni en sus parientes... ¿Qué se cree, entonces? Los evangelios nos enseñan que a menudo los judíos apelaron a este argumento para resistir a la misión mesiánica de Jesús. Este modo de razonar, que podríamos llamar "mítico" o "mágico", desconoce y quiere desconocer el misterio de la Encarnación. Con toda seguridad, cuando Marcos pone en labios de los nazarenos estas preguntas, alude al escándalo que producía en judíos y paganos el pensar que "un hombre como nosotros" pueda ser el Hijo de Dios, merecer culto y tener que ser escuchado como mensajero divino.

En otras palabras: el mundo de los hombres está estructurado sobre la base de categorías sociales y de status. Pensamos que todo lo importante tiene que venir de alguien que está por encima de nosotros por su autoridad, su prestigio, su dinero, su poder, etc. Y si Dios está por encima de los hombres, ¿cómo comprender a este Dios que nace en un pesebre y muere en una cruz? En la misma Iglesia nos parece lógico que Dios hable de arriba hacia abajo. Podemos aceptar la palabra de un Concilio o de un Papa, pero ¿y si la Palabra de Dios se nos revelara a través de la gente sencilla, del testimonio de los pobres o de los que no duermen a la sombra de un templo? Este fue el problema de los nazarenos: Jesús no era escriba, ni jefe sacerdotal, ni teólogo, ni siquiera era sacerdote o levita. Era, ante los ojos de los ciudadanos, un profeta del pueblo, un hombre simple y vulgar. Por lógica, entonces, no podía ser el mensajero divino.

Por eso, concluye Marcos, Jesús «fue motivo de escándalo entre ellos", o sea, motivo de división y de caída. Jesús fue una trampa tendida a su orgullo fatuo y tonto, porque de muy poco tenían que enorgullecerse los habitantes de uno de los pueblecitos más despreciados de Palestina. Fina ironía del Evangelio. Para comprenderla mejor, bien podemos recordar aquel verso del cántico de María: "Porque Dios poderoso... derribó a los orgullosos de su trono y exaltó a los humildes" (Lc 1, 52). Es la ironía de la fe: Dios se resiste a quienes quieren un Dios majestuoso, lejano, rico, prepotente y politiquero. Ese es el Dios buscado por los hombres que quieren justificar sus procederes amparados por slogans religiosos. Y hasta las mismas religiones acabaron por presentar ese Dios cuando sus jefes tuvieron que justificar su poder y fastuosidad. Ese Dios es la tentación de la Iglesia que revive el orgullo judío de negarse al Dios revelado en el carpintero, el hijo de María, cuya parentela todos conocemos...

Concluyendo...

La Palabra de Dios hoy nos llega a nosotros provocando escándalo. Cada uno de nosotros quisiera una palabra que se acomodara a sus vicios, a su pereza, a su modo de ser. Quisiéramos una palabra inofensiva, llena de elocuencia, pero que no comprometiera a nadie. Y Dios nos habla, sí, pero a su modo. Nos habla aquí... Sí, aquí, en esta comunidad donde todos somos gente vulgar, común y corriente, hasta el sacerdote que preside la Eucaristía.

Como en aquella sinagoga de Nazaret, así aquí cada domingo nos habla Jesús, casi sin que nos demos cuenta, porque éste es su modo de hablar. Y por eso también aquí puede pasar lo de Nazaret. Pasa muy poco o no pasa nada. Todo sigue igual, porque no llegamos a valorarnos como personas, personas capaces de aportar un grano de Palabra de Dios. Nos fijamos en los apellidos, en la profesión, en el coche, en el dinero de los que estamos aquí, y preguntamos: ¿Quién de todos éstos puede enseñarme algo? Y Jesús pasa desapercibido cuando salimos a la calle y se nos hace presente en un amigo, en un familiar, en la noticia de un diario o en la página de un libro. Su palabra nos puede llegar de las formas más insólitas, por eso es fácil hacerse el sordo. Si buscáramos realmente la verdad, la verdad desnuda, la encontraríamos en cualquier parte y de cualquier forma. La verdad no tiene autor, ni título ni estuche especial. Hasta nos puede venir de un enemigo o del que está en la acera de enfrente. Si fuéramos sinceros en buscarla, cuántas barreras caerían, cómo valoraríamos a los demás, cómo dejaríamos de condenar al que no piensa como nosotros. Meditemos hoy un instante: Dios me habla por caminos sutiles y vulgares. ¿Quiero escucharlo? ¿Quiero cambiar? ¿Cuáles son las mentiras que esgrimo para quitármelo de encima? ¿Busco con sinceridad la verdad?

Santos Benetti

El proyecto cristiano - ciclo B

 

 

- Un profeta despreciado (Mc. 6,1-6)

La narración no es optimista, pero hay que reconocer que es una referencia leal de la situación que va a llevar a Jesús a su muerte. S. Marcos quiere darnos a entender que a pesar de sus milagros y de sus enseñanzas, la misión de Cristo acaba aparentemente en un fracaso. Se expresa utilizando un refrán de su tiempo: "Nadie es profeta en su patria". Las gentes se detienen en la humanidad de Jesús: es el hijo del carpintero, es el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón. La oposición y el escándalo son tales que Jesús no puede realizar milagro alguno. El mismo Jesús se maravilla de esta falta de fe. Y se resigna a dirigir su enseñanza a las comarcas vecinas.

- Un rostro duro, un corazón obstinado [Ez. 2,2-5)

La primera lectura puede guiarnos y conducirnos para penetrar mejor en la significación del Evangelio. Ezequiel es enviado a un pueblo rebelde. El Señor quiere juzgar la posibilidad de recuperar al pueblo que ha sido infiel a la Alianza. El mismo Ezequiel nos cuenta los desórdenes en que había caído Israel (Ez. 20). El texto nos da a entender que lo peor de la situación es el rostro duro y el corazón obstinado de este pueblo querido por Dios. Ezequiel va a hablarle de parte de Dios y según la costumbre de los profetas, le dirá: "Así habla el Señor". Aun cuando no acepte la palabra, sabrá que se le ha enviado un profeta y que está entre ellos. Lo sabrá tanto si termina por escuchar, como si el convencimiento le llega sólo por el castigo que caerá sobre él por no haber querido escuchar y haberse mantenido en su obstinación.

También nosotros estamos en circunstancias bien parecidas a las que encontró Jesús. El está ahí, en medio de su pueblo; sus actitudes y sus palabras no llegan a desvelar que ha sido enviado para cumplir una misión. Jesús experimenta, por tanto, el drama de todos los profetas que le han precedido. Y este drama continúa. Las obras de Jesús en su Evangelio, las que realiza también ahora, son bien visibles; pero hay ojos que no ven y obstinados que se cierran a todas las palabras.

Este mismo drama de incomprensión se desarrolla también hoy en diferentes niveles. Porque es no comprender a Jesús rechazar lo que enseña por medio de su Iglesia; es rechazar a Jesús arrinconar a su Iglesia a una época del pasado y no permitirla una evolución que manteniéndola en lo que es, la permita ser actual. Es rechazar a Jesucristo cerrar los oídos a las críticas, a veces muy duras, pero que quizá están inspiradas en el fondo por el Señor para provocar transformaciones en este o aquel modo de actuar. Se repite, quizá mucho más de lo que pensamos, aquella situación de Jesús no recibido por los suyos.

Adrien Nocent

“El año liturgico: celebrar a jc 3” cuaresma

 

 

1. El escándalo.

El escándalo consiste en rechazar con razones penúltimas lo que habría que aceptar con razones últimas (que se conocen muy bien). Eso es lo que hacen los paisanos de Jesús en el evangelio de hoy. Ante todo no pueden sino asombrarse ante su enseñanza; no comprenden «de dónde saca todo eso». Su sabiduría y su poder, mayormente sus milagros, les superan, y así lo declaran. Pero no quieren admitirlo e invocan como justificación de su actitud que conocen a su familia y que conocen ciertamente también su vida anterior entre ellos. Si antes era un simple carpintero, ¿de dónde había sacado súbitamente todo eso? Jesús generaliza esta objeción que le plantean sus paisanos: la extiende al destino de todo profeta en su tierra, entre sus parientes y en su propia familia. Y mientras el hombre mantenga esta objeción, no puede ser agraciado con ninguna curación, que ciertamente presupone la fe confiada en Jesús. Pero el enviado de Dios debe experimentar precisamente esta situación. Es lo que muestra la primera lectura de una manera irrefutable.

2. «Enviado a un pueblo rebelde».

Dios envía al profeta Ezequiel (como había enviado ya antes a Isaías, a Jeremías y a otros profetas) expresamente a «los que le han ofendido», a «los testarudos», a «los obstinados», a «los que se han rebelado contra él»: «A ellos te envío»; y el profeta no  puede llegar a ningún compromiso con ellos, sino que deberá transmitir únicamente la palabra del Señor. No importa que el profeta tenga éxito o fracase en su predicación, eso ya no afecta a su misión. El desprecio que Jesús experimenta en su tierra tuvieron que experimentarlo no pocos profetas antes que él. Según el testimonio del propio Jesús casi todos fueron asesinados para cerrarles la boca definitivamente. Posiblemente la gente reconoció después «que hubo un profeta en medio de ellos».

3. «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».

El enigma de este designio divino se aclara con el destino universal de Jesús, que determina también el de sus seguidores, los cristianos. Nadie ha sido rechazado tan radical y universalmente como Jesús, que fue traicionado por un cristiano, despreciado por los judíos y condenado a muerte por los paganos. «Los suyos no lo recibieron», aunque eran «su casa» (Jn 1,11). El propio Jesús equipara su destino al de los profetas (Lc 13,33), pero le distingue de ellos su misión humana y divina: tomar sobre sí el rechazo de los suyos y obtener el asentimiento en sus corazones. Precisamente eso es lo que Pablo en la segunda lectura ha comprendido como ley de la cruz que se verifica también en él: la gracia demuestra «su fuerza en la debilidad». La cruz fue «la fuerza de Cristo». Y a partir de ella puede decir también el cristiano: «Cuando soy débil -impotente, maltratado, perseguido-, entonces soy fuerte; el destino victorioso de Cristo produce también su efecto en mí.

Hans Urs Von Balthasar

Luz de la Palabra

 

 

Con este pasaje termina lo que podemos llamar una etapa de la predicación de Jesús, o de la presentación que Marcos va haciendo a lo largo de su evangelio de Jesús y su obra, junto con las reacciones que provoca.

Y termina con un panorama de fracaso: la incredulidad precisamente de los más cercanos. El mismo Jesús se extraña de la poca fe de los suyos. Es un retrato muy humano, nada mitificado.

No "puede" hacer milagros, porque ve que no tienen fe. ICD/MOTIVOS: Apoyado por la primera lectura, el tema que hoy nos interpela es el de la incredulidad. Sería bueno que tuviéramos presente, como desarrollo sistemático y moderno, la carta de los obispos vascos en Cuaresma-Pascua de 1988 sobre "Creer en tiempos de increencia", donde hacen un magnífico análisis del hecho de la increencia, de sus raíces e itinerarios, así como de los compromisos a que invita a la comunidad eclesial.

- Por qué no creyeron en El. 

Las reacciones ante Jesús son a veces de incomprensión (sus familiares), de superficialidad interesada (por los milagros), de desconfianza (sus paisanos), de hostilidad declarada (los enemigos)...

También algunos creen en El, y pueden ser objeto de su acción salvadora, como hoy hemos leído. Pero la tónica general, es de increencia, cumpliéndose aquello de que "vino a su casa y los suyos no le recibieron" (Jn 1,11), o lo que ya anunció Simeón, de que Jesús iba a ser piedra de escándalo y señal de contradicción.

El asombro ante lo que oían llevó a los paisanos de Jesús a formular la pregunta justa: ¿quién es éste? ¿de dónde saca todo eso? (pregunta que aparece varias veces en Marcos: 1,27; 4,41; 6,3; 8,27). Pero sus esquemas mentales no les dejaron encontrar la respuesta verdadera. Desconfiaron de él y no le acogieron.

Sin violentar los textos se pueden adivinar dos motivos de esta increencia:

a) Jesús aparece como demasiado sencillo como para ser el enviado de Dios: ¿cómo puede hablar Dios a través de un obrero humilde, sin cultura, a quien además conocen desde hace años? ¿cómo puede venir la salvación mesiánica con rasgos tan cotidianos? Le llaman "el hijo de María": no sabemos si con tono despectivo, o sencillamente para constatar la humildad de su origen familiar. María no es una dama "distinguida" de la sociedad. (También Ella, la Madre, nos da, como su Hijo, a lo largo del evangelio, y para los cristianos de hoy, un ejemplo de sencillez y de calidad, precisamente desde una vida cotidiana, sin milagros ni grandes discursos).

b) Pero además seguramente interviene otro factor: el mensaje de Jesús no es como el de los escribas que explican más o menos sabiamente la Ley. Es un mensaje muy personalizado y exigente: se presenta a sí mismo como el enviado de Dios, y ofrece las líneas del Reino con una carga notoria de compromiso. Si le aceptan, tienen que aceptar también su mensaje. En esta dirección va la lectura preparatoria de Ezequiel, profeta en tiempos difíciles de destierro, que anunciaba también palabras incómodas, que no estaban demasiado dispuestos a escuchar lo que más o menos se habían instalado bien en la falta de esperanza o en el contorno pagano del destierro.

-Seguimos sin querer creer. Sin detenernos en todas las raíces y formas de la increencia moderna (cfr. la carta antes aludida de los obispos vascos), tal vez no sea superfluo repasar sencillamente las dos direcciones que el evangelio mismo apunta.

A veces Dios nos habla desde la cotidianidad y la sencillez extrema, sin aparato ni espectacularidad (de prestigio o de ciencia). Es verdad que hoy, al contrario de los de Nazaret, parece que estamos más dispuestos a descubrir la voz de Dios precisamente en la sencillez de una Iglesia pobre y despojada de todo ropaje de prestigio económico o social. Pero, ¿llegamos a la fe? (También Pablo se nos presenta hoy casi gloriándose... de su debilidad. Totalmente entregado al Reino, pero desde la pobreza y hasta de las dificultades personales. No somos superhombres, sino personas débiles, y seguramente, cada uno con su "espina" particular que le molesta y le marca y le convence de que no es en sus propias fuerzas en las que debe confiar).

Si no estamos dispuestos a hacer mucho caso al mensaje de Dios, tampoco haremos mucho caso de estos mensajeros sencillos y humildes, como Teresa de Calcuta o el vecino de al lado, que nos está dando un testimonio clarísimo, si quisiéramos verlo.

Otras veces la voz de Dios nos puede venir con la vestidura solemne de un concilio o sínodo, o de una encíclica de un papa.

Pero si no nos interesa demasiado seguirla, dejaremos de oírla por mil razones, poniendo en marcha nuestros "mecanismos de defensa". En el fondo nos hacemos un Dios a nuestra medida, y cuando a El se le ocurre -que es muchas veces- saltarse nuestras programaciones y nos sorprende con un estilo que no esperábamos, no queremos reconocerle; por ejemplo, desprestigiaremos al mensajero (somos unos maestros en desacreditar al que no nos interesa tener que hacer caso) y así no tenemos que escucharle.

Esto pasa en las cosas solemnes (reacciones ante documentos del episcopado o del papa), o en la vida de cada día. Catalogamos a las personas en nuestro fichero mental, y ya pueden hacer milagros, que no tiene remedio nuestro desinterés o desconfianza. Deberíamos saber reconocer la presencia de Cristo y su voz profética en los signos sencillos y humanos del pan y vino de nuestra Eucaristía, y en las personas de esta comunidad (no de otra ideal), y los pastores concretos que tenemos, y en esta Iglesia que formamos todos, y que es imperfecta y débil, y en la cotidianidad de la vida, que es dónde a Dios le gusta "aparecérsenos", como en los tiempos bíblicos.

J. Aldazabal

 

 

Cada uno de los cuatro evangelios tiene algunas características propias, peculiares. Y una característica peculiar del evangelio de Marcos es la repetida pregunta que se hace diversa gente ante Jesús: ¿quién es este? ¿de dónde le viene esta sabiduría y esta fuerza? Y lo curioso es que -según Marcos- Jesús prácticamente no responde a la pregunta. Como si quisiera decir: sólo el que me sigue, el que me va conociendo y amando, hallará -en el fondo de su ser- la respuesta.

-Del asombro a la desconfianza

Hoy hemos leído cómo la pregunta surge allí donde más conocían a Jesús: en su tierra,  en su pueblo, entre los hombres y mujeres que habían convivido treinta años con él, le  habían tratado como carpintero y conocían a toda su familia. Más aún: la pregunta surge  entre el que podríamos llamar el sector más practicante, más religioso de su pueblo (los que  iban el sábado a la sinagoga para la reunión semanal).

Notemos que -en la reacción de aquella gente- hay como dos pasos. El primero es de  reconocimiento asombrado de la sabiduría con que habla ahora Jesús, de constatación  sorprendida de la fuerza milagrosa de sus manos. Desde que Jesús ha dejado su pueblo,  las noticias que llegan de las poblaciones vecinas, de toda Galilea, hablan de estas  sorprendentes maravillas. Quizá algunos de Nazaret han sido testigos de ello en Cafarnaún,  en Tiberíades, etc. En una palabra: no niegan los hechos.

Pero -segundo paso- ante estos hechos, desconfían. ¿Por qué? Porque Jesús es uno de  ellos. Y lo que no pueden admitir -a pesar de la fuerza de las palabras y de los hechos- es  que Dios actúe y se manifieste a través de un hombre que es uno de ellos. Quizá si hubiera  venido de lejos, si hubiera sido un sabio con títulos o un hombre con misteriosos poderes...  Pero no uno de ellos: el carpintero, el hijo de María, el vecino y compañero de toda la vida.

-Pequeños profetas entre nosotros

Dice el evangelio que Jesús se extrañó de su falta de fe. Que allí apenas pudo hacer  nada (porque la desconfianza del hombre bloquea la eficacia del amor de Dios). Y, además, Jesús amplía el significado de este hecho más allá de él mismo. Comenta:  "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa". Y este comentario/constatación de Jesús nos puede llevar a preguntarnos -ahora y aquí- si no  puede suceder algo semejante entre nosotros.

"Profeta" no es sólo -ni sobre todo- aquel que habla del futuro sino todo aquel a través de  quien Dios habla y actúa y se hace presente entre los hombres y mujeres. Y no hemos de  imaginar sólo grandes profetas. Hay también muchos pequeños profetas que,  probablemente, pueden estar entre nosotros. (También en la Biblia, en el Antiguo  Testamento, encontramos profetas "mayores" y "menores": a menudo, estos, gente del  pueblo sin cargos ni estudios).

-¿Los valoramos?

La cuestión que hoy, en este primer domingo de julio, nos podríamos plantear es si  nosotros reconocemos y valoramos a estos pequeños profetas menores que puede haber  entre nosotros. O si hacemos como aquella gente -practicante, religiosa- de Nazaret que  desconfió del profeta Jesús.

Me parece que debemos constatar que nos cuesta mucho admitir que Dios -el Espíritu de  Dios- habla y actúa y se hace presente en nuestra vida a través de hombres y de mujeres  semejantes a nosotros, sin necesidad de títulos ni de cargos. Fácilmente hacemos las  mismas preguntas escépticas que aquella gente de Nazaret: ¿no es este como uno de  nosotros? ¿de dónde le viene? 

Sin querer reconocer que a menudo esta reacción negativa viene de que estos profetas  nos inquietan, nos son incómodos. Fácilmente a Dios -y a sus profetas- preferimos tenerle  lejos, en otros tiempos y en otros lugares, no cerca de nuestra vida, junto a nosotros. Y así,  la semilla que quizá Dios quiere sembrar -a través de estos pequeños profetas- en nuestro  corazón, cae en la tierra dura de un corazón escéptico, desconfiado y no fructifica.

*   *   *

"Se extrañó de su falta de fe" terminaba el evangelio hablando de Jesús y la gente de  Nazaret. Quizá también a veces Jesús se extrañe de nuestra falta de fe. Por eso, bueno  sería pedirle hoy que nos abra a la acción y a la palabra del Espíritu, que puede hacerse  presente en nuestra vida de muchos modos. También a través de hermanos y hermanas  semejantes y cercanos a nosotros.

Joaquim Gomis

 

 

Jesús, un bastardo que escandaliza a su pueblo

"Nadie es profeta en su pueblo". Ni Jesús. En Nazaret es rechazado el Maestro, por considerarlo no digno, ser motivo de escándalo para los de Nazaret (Mc 6,1-6)

1. Nazaret

Nos encontramos ante un texto muy importante, sabiendo que el Evangelio de Marcos es el más antiguo que tenemos, así que es el más cercano a los hechos; y este texto nos habla de Jesús en su poblado, donde vivió, en Nazaret. Población que, uno buscando en la historia, se encuentra con que no hay muchos rastros de esta población; se ve que era muy pequeña. Estamos hablando de unos 300 habitantes, así que era un pueblito muy chiquito. Allí conocían a Jesús todos sus habitantes. Y conocían cómo era, conocieron su infancia, conocieron su adolescencia, todo. Cómo era el Maestro. Y allí es donde Jesús va con sus discípulos y el sábado hace algunas enseñanzas en la sinagoga, o sea el lugar donde los judíos se reunían a hacer las oraciones y a leer la Palabra.

Los de Nazaret habían escuchado que Jesús había hecho algunos signos por allí y algunos milagros y estaban sorprendidos, porque lo conocían desde que había nacido.

2. Escándalo

Dice el texto, y esto me parece que es la clave, que “Jesús era para ellos un motivo de escándalo” (6,3), fíjense la palabra, de escándalo. Nosotros hoy, cuando decimos esto, más bien nos referimos a... bueno, hasta hay programas que se dedican a los escándalos, a difundir los escándalos de los famosos, y parece que tienen mucha audiencia: qué hacen, la vida de los famosos; se buscan hechos, acontecimientos e incidentes entre los famosos para divulgarlos, y de esa manera obtener publicidad.

De qué van a acusar a Jesús? Qué es lo que provoca escándalo?

Antes que nada vamos a entender qué es un escándalo. Dice Santo Tomás: “un acontecimiento pecaminoso”, otros dicen: “un incidente ampliamente publicitado que incluye acusaciones de proceder incorrecto, degradación o inmoralidad. Puede basarse en actos reales, ser sólo producto de acusaciones o una mezcla de ambas. Si está basado en mentiras suele tener el propósito de difamar a la persona”.

3. Hijo de María

Qué es lo que le dicen a Jesús? Fíjense el texto, cómo está escrito, porque allí está la clave de esto. Cuando habla de la familia de Jesús dice: “...el hijo de María...”(6,3), y esta frase no es tan simple como parece. Es mucho más. Qué dice ahí? No nombra al Padre. Y un Israelita, cuando habla de sus orígenes, dice: “hijo de...” y el Padre. Nunca la Madre. Qué quiere decir esto? Jesús no tenía padre. Los israelitas de Nazaret, sabían que en el nacimiento de Jesús había algo allí, que ellos no sabían bien qué era, pero lo nombraban “hijo de María”, no hijo de José. Se entiende el tema?

Entonces, alguien que era hijo de una mujer y no se nombraba al padre, era alguien que no tenía ni siquiera dignidad de vivir. Era un bastardo. Se entiende?

O sea, Jesús no era alguien bien visto por los de su mismo pueblo. Esto quiere decir que este hombre que viene a ellos, y viene con una fama y viene a enseñarles y viene con autoridad y viene con sabiduría: “...nosotros lo conocemos a éste, es un bastardo, qué viene a enseñarnos a nosotros?

Entonces Jesús se encontró con que su pueblo no tiene fe. No puede superar eso. Por no entenderlo se da como una especie de rechazo.

“...de dónde saca todo esto? Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?” (6,2)

4. Carpintero

“No es acaso el carpintero?” (6,3). Aquí nosotros decimos “el carpintero” y nos hacemos la idea de que es un empresario que tiene una carpintería. En un pueblo de 300 habitantes imaginen lo que significaba esto: un artesano que trabajaba haciendo changas, reparando cosas manualmente; quizás se pudiera hoy, de alguna manera, identificar más con una especie de albañil de nuestro tiempo. Jesús no tenía una profesión, no era ni un doctor de la ley, ni un sacerdote, ni una autoridad, nada que ver con esto. Era alguien muy simple, y viene con autoridad, y viene a enseñar; si nosotros nos damos cuenta todo lo que esto significa, Jesús no puede hacer en su localidad, en su poblado de origen, no puede hacer muchos signos, dice el texto, “No pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos” “Y él se asombraba de su falta de fe” (6,6) Jesús! En su propia tierra! Él va a decir: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa” (6,4)

5. Israel, pueblo rebelde

Lo otro que me parece importante de los textos de hoy, tiene que ver con el profeta Ezequiel, donde Dios mismo le dice: “...te envío a los Israelitas, a un pueblo rebelde...” (Ez 2,3) Rebelde, como que es duro de corazón. En realidad, el mismo nombre de Israel significa eso: un pueblo que es rebelde con Dios, que pelea con Dios, que lucha con Dios, que se le enfrenta a Dios. Es decir, que no es dócil.

Entonces, un hombre que viene a hablarles en nombre de Dios, como le ha pasado a la mayoría de los profetas ha muerto violentamente. No quieren escuchar lo de Dios.

6. Mensaje y mensajero

Ahora, nosotros tenemos que mirar esto en nuestro tiempo. Porque, justamente, toda la enseñanza de Dios, todo esto que viene a nosotros, viene a través de seres humanos con todas las debilidades de los seres humanos, con todo el escándalo que esto significa de: ¿cómo éste viene en nombre de Dios a decir tal cosa? Cómo éste que es tal cosa? Entonces es como que el mensaje como tal termina no siendo importante porque el mensajero es uno más. El mensajero, podemos decir, no es una persona correcta. Dios no eligió bien. Cuando lo importante no es el mensajero sino el mensaje. Nos estamos perdiendo el mensaje, la Buena Noticia. Matamos al que viene a traernos la Buena Noticia y entonces nos perdemos la Buena Noticia.

Por eso, en la vida de la Iglesia y en la vida del Pueblo de Dios, aquellos que traen el mensaje de Dios, han sido perseguidos, difamados, han sido producto de escándalos, justamente la palabra. Así que tenemos que tener cuidado con todo esto, justamente, no porque las personas que sean anunciantes oficialmente o como sea, no sean realmente pecadores, que también lo son. El problema está en rechazar el mensaje, cuando nos quedamos sin el mensaje porque el mensajero es acusado, porque el mensajero es, no se, le podemos poner los calificativos que queramos.

7. Conclusión

Yo quería pedir en esta celebración, mirando a Jesús, mirando al pueblo de Israel, mirando a la Iglesia, que miremos también esto: lo de Dios viene así: “arropado”, si podemos decir de alguna manera, a través de personas comunes, como cualquiera de nosotros y que de alguna manera, aparentemente insignificantes, sin embargo, la riqueza está en la Palabra, la riqueza está en lo de Dios y ahí es donde tenemos que estar atentos.

Juan Jose Gravet

 

 

El único paradigma profético capaz de hablar hoy al corazón: el de la misericordia

El maestro de alma, que se pone a enseñar

Vemos a Jesús que “se puso a enseñar” en la Sinagoga. Marcos no nos dice qué enseñaba, pero si escuchamos lo que decía la gente, vemos que se admiraba de su sabiduríay de sus milagros. La sabiduría era la de sus parábolas, un nuevo modo de comunicar que tocaba el corazón de la gente. También se admiraban de su discernimiento, de sus explicaciones sobre la Ley, que ponían el acento en lo esencial y no se enredaban en las discusiones abstractas sobre mil y un preceptos que tanto les gustaban a los escribas y fariseos.

Jesús enseñaba (y enseña) a “contemplar las cosas de Dios” con sus parábolas; enseña a rezar, alabando, adorando y pidiendo al Padre; y enseña a cumplir la ley de corazón, centrando a la gente en la Misericordia y no en los sacrificios ni en el cumplimiento formal.

La imagen que me gusta es la del maestro o la maestra que entra en clase y “se pone a enseñar”. Esa vocación de maestro, el que la tiene la conoce. Es una pasión. Se es maestro o maestra de alma o no se es.

Todos en nuestra vida tenemos experiencia y recuerdos marcados de los que fueron “maestros y maestras de alma”. A lo que no lo fueron, no los recordamos, pero a los que sí, no los olvidaremos más: quedaron para siempre en nuestra alma.

Yo recuerdo del Hno. Antonio como “se ponía a enseñarnos” dictado y caligrafía. Hoy que lo medito, lo que me queda es la importancia que le daba a corregir nuestros dictados y nuestros palotes, sabiendo que lo suyo eran “andamios” por los que otros caminarían para construir y pintar la casa. Pues bien, yo me acuerdo de los que pusieron los andamios y enderezaron a mano los renglones que hoy no son ya necesarios. Pero el surco de su dedicación a lo pequeño trazó otros renglones en mi alma y siguen haciendo que me guste más enseñar a rezar a un niño a los que sus papás no le enseñaron que dar una conferencia.

Jesús es uno de esos maestros que “entra y se pone a enseñar”. Lo aprovechan las personas que tienen corazón de discípulos, las que tienen pasión por aprender, crecer y mejorar; las que en cada cosa y actividad saben apreciar al que es maestro, al que tanto en cosas grandes como muy simples, ama enseñar lo que aprendió.

Los que se sienten ofendidos y esgrimen todo tipo de razones contra Jesús

Marcos dice que los paisanos de Jesús “se asombraban”. El asombro del que habla no es de los que abren la mente y el corazón sino el asombro de quien se queda perplejo, shockeado por algo que no se esperaba. Este asombro negativo se ve por los frutos. Los comentarios que a primera vista pueden parecer cosas normales que dice la gente, si uno los analiza, son de una agresividad que se auto-alimenta y crece.

Descalifican todo lo de Jesús -“estas cosas”- dicen- no sabemos “de donde las sacó”. No sabemos qué es esta sabiduría y estos milagros que hace con sus manos. Quién se los ha dado. Se introduce aquí lo que dirán después algunos: que Jesús expulsaba demonios por obra de Beelzebul.

Luego pasan a descalificarlo por su oficio: “no es este el carpintero?”, como diciendo quién se cree que es.

Y terminan descalificándolo con lo que, paradójicamente, será luego lo más lindo de Jesús para los que lo queremos: “no es este el hijo de María?”. Querían decir que era hijo natural. No se habían tragado el casamiento de José, que le había dado su nombre, y lo seguían considerando como un hijo espurio.

Vemos en acto toda la malignidad posible en la boca de la gente, cuyos chismes de vecindario terminan por ser calumnia, difamación, descalificación. Marcos concluye que se escandalizaban a causa de él. Se sintieron ofendidos.

Jesús, que escuchó los comentarios o los leyó en el corazón de sus paisanos, a quienes conocía muy bien desde chico, les responde con la frase sobre el destino de los profetas: “Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Me parece que al hablar así, poniéndose como profeta, el Señor lo que hace es decirle a la gente que no tendrían que escandalizarse tanto. Son de un pueblo y una cultura que tiene tradición profética. Aunque hiciera mucho que Dios no suscitaba profetas en Israel, sabían muy bien que el Señor cuando hacía surgir un profeta lo podía tomar del pueblo sencillo, como hizo con Amós, o elegirlo desde niño como Samuel, o siendo apenas un joven como Jeremías. Les está diciendo que no tienen que hacerse los que no entienden o los que están viendo algo raro. Si la sabiduría es sabiduría y los milagros milagros no pueden hacerse los desinformados u ofenderse porque “no se habían dado cuenta antes”. Este argumento auto-referencial es muy común entre los que se cierran a la novedad del Espíritu. No puede ser verdad porque “yo lo hubiera visto antes”.

La frase de estos indignados podría bien sonar como: Qué te pasa Jesús!? Quién te creés que sos! Mirá que te conocemos. Conocemos a tus amigos y parientes.

Reflexión sobre el verdadero escándalo

Hay una definición del escándalo que puede servir para discernir los escándalos de mucha gente en la actualidad. Dice así: “El escándalo es que usan razones penúltimas para rechazar lo que, con razones últimas (que se conocen bien) deberían aceptar“.

Pasa hoy en nuestra patria con la discusión sobre el aborto: se usan razones penúltimas (muy valederas, pero penúltimas) para rechazar que las razones para defender la vida son y deben ser siempre las últimas.

Últimas en el sentido de que no tienen por qué en otra cosa, sino en la vida misma. Esta indefensión de las razones últimas es como la indefensión de la vida en gestación. Dependen de otro y no se pueden autovaler, pero justamente por eso, para que las cuidemos y defendamos todos los demás.

Lo que sale naturalmente cuando  una mujer dice que está embarazada es que, los que la quieren le dicen, nosotros te vamos a ayudar.

Y esto se dice como no se puede decir ninguna otra frase de ayuda en este mundo.

Se dice con infinito respeto por la decisión última de la mujer y haciendo saber que ese hijo ya es de todos, de la familia y de la humanidad. No es de la sociedad como si fuera algo que la sociedad le pudiera obligar a tenerlo, pero tampoco es suyo solo, aunque ella sea la que decide: lo que haga afectará a todos. Se trata de algo último, que no se puede resolver con razones penúltimas.

La decisión última de hecho (si una persona decide abortar nadie se lo puede impedir) no puede convertirse en razón última del derecho. Si esto lo dice una sola persona, se llama extorsión. Como cuando alguien dice, si no hacés esto me suicido. Si es algo extendido, como el caso del aborto, la amenaza extorsiva la hacen los grupos ideológicos que se apoderan del problema para otros fines. Amenazan: Si no se legisla ya como está la ley, están dejando que mueran las mujeres pobres en la clandestinidad. Aunque los números empujen mucho y pesen, a la hora de legislar no pueden ser razón última de lo que es justo. Como dijo Lospenatto (para justificar su posición que es contraria a esta) “Los derechos no se plebiscitan ni se miden por encuestas, los derechos se reconocen y se garantizan”.

Es decir: las razones penúltimas no pueden sobreponerse a las razones últimas a la hora de legislar. Hay que encontrar otras maneras. Porque si no, la ley del aborto se convierte en un aborto de ley, en una ley “no recta”.

Jesús el profeta que habla al corazón

El Señor no pudo hacer muchos milagros en su pueblo. Su profecía no alcanzó contra las razones de sus paisanos. Igual es cierto que algunos milagros sí pudo hacer. Curó a algunos enfermos, paisanos suyos sencillos que creyeron en él y que se habrán sentido muy contentos de que Jesús, a quien conocían del barrio, fuera este que ahora tenía tan gran poder.

Es que la profecía del Señor va directa al corazón. A las mentes cerradas, solo les pone el límite que dice “esto, así, no va”. Pero su palabra sólo es semilla fecunda si cae en la tierra buena del corazón.

En este sentido, mi discurso sobre “las razones últimas” tiene su valor, pero no alcanza. Hace falta hablar al corazón.

Y de corazón, lo que siento es que quizás ha sido un error defender que la vida comienza con la concepción. Sólo ha sido cuestión de tiempo para que nos corran con los números: “en qué semana -nos dicen-, en qué momento de la unión del espermatozoide con el óvulo, así congelamos antes..”. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la vida comienza desde mucho antes. Comienza en los sueños de Dios, comienza en los sueños de formar familia de las mujeres y los hombres, comienza en los sueños de los que legislan creando leyes que protejan estos otros sueños.

Creo que ha sido un error hablar del ADN como razón para definir lo que es una persona. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la persona es mucho más que un ADN, es alguien tan frágil y tan único que solo su mamá puede hacer con su amor que sea un hijo suyo y que se convierta en alguien. Y si ella no lo quiere o no lo puede hacer no hay ley que valga. Dios mismo quiso que la vida naciera así, dependiendo de un sí de mujer. Aunque pueda ser engendrada por la simple pasión irracional de un varón, una persona no puede seguir adelante sin un sí amoroso de una mujer. Por eso, más allá de esta ley, que se está gestando en un marco ajeno al proceso que desencadenó en la sociedad, hay que escuchar el corazón de las mujeres. De todas.

Yo trato de escuchar así.

Cuando una preadolescente dice “déjennos cog…” y “aborto libre, seguro y gratuito”, y “nos quieren hacer creer que un feto sin sistema nervioso central es igual a mi”, yo trato de escuchar qué está diciendo esa chica. Trato de comprender el terror que siente alguien a quien la sociedad por un lado le dice que es lo más normal que tenga relaciones sexuales libremente, y por otro lado, le dice que la va a meter en la cárcel si aborta. Una sociedad que cree que cumple su deber diciéndole: “cuidate”.

Cuando una mujer dice que no quiere ser una incubadora, trato de escuchar por qué usa esta imagen. No creo que piense que su cuerpo está mal hecho, se me ocurre más bien que lo que dice es que la sociedad machista se ha aprovechado de cómo funciona su cuerpo y con la excusa de su instinto materno la ha cargado toda la responsabilidad de criar o de abortar hijos.

Cuando una mujer dice que quiere decidir sobre su cuerpo y sobre lo que es parte de su cuerpo, trato de escuchar. Porque no creo que esté diciendo que piensa que un embrión es como un riñón. Nadie mejor que una mujer sabe lo que es un hijo. Quizás es que está diciendo que si no lleva las cosas a este extremo, la sociedad seguirá aprovechándose de su “bondad materna” o de su “instinto femenino”.

Que muchas mujeres sientan que tienen que llegar a este extremo para expresar sus cosas es algo que nos tiene que hacer reflexionar a todos. Yo sigo tratando de escuchar y mientras tanto, la única propuesta va por el lado de promover el paradigma de la misericordia que propone el Papa. Una misericordia que “no hace muchos cálculos” y da todos los pasos para salvar vidas en el corto plazo y pensar cómo crear estructuras mejores en el mediano y largo plazo. Es un camino a largo plazo. Que abandona la nave de los “valores intocables” y no se sube al transatlántico de los “valores negociables” sino que se lanza al agua solo con el salvavidas amarillo de la misericordia, confiado en que Jesús, el único que camina sobre las aguas, nos extenderá su mano.

 

 

Caridad con los ojos

La admiración. Los paisanos de Jesús se asombraban de él, de su sabiduría y de los milagros que realizaban sus manos de carpintero. Se asombraban de que Alguien como Él hubiera vivido en medio de ellos, de que María su madre y sus parientes fueran sus conocidos… Se asombraban con un asombro que los llevaba por el camino del escándalo.

Jesús también se admiraba, pero de su incredulidad.

Pensaba ¿qué cosas nos resultan admirables? Como sociedad, digo.

Lo primero que me viene a la mente son los deportistas y los artistas. Es admirable ver jugar a Messi, por ejemplo, esa visión del lugar justo para poner la pelota y la velocidad con que lo realiza. Las proezas físicas son inobjetables. Esta palabra, “inobjetable”, se junta con “admiración” y nos hace ver que son pocas las cosas admirables para todo el mundo.

Admiramos a los músicos. Es admirable “ver” tocar a alguien y no sólo escucharlo. Ver tocar produce admiración. Nos causa admiración también la tecnología, los avances de la ciencia… La “partícula de Dios”, invisible como Él, que desaparece rápido pero es la que le da consistencia (masa) a todo lo demás y su huella está presente en toda la creación…

Admiramos también la valentía, la generosidad… Cuando alguien se juega por salvar la vida a otro. Cuando se trata de gestos así, sentimos la exigencia y la necesidad de dar nuestra aprobación expresa, del aplauso, la adhesión de la defensa si alguien menosprecia lo heroico y desinteresado.

Admiramos también la constancia de las personas que perseveran en lo bueno a lo largo de toda una vida. Esos cinco millones de voluntarios que se dan silenciosamente a los demás en la Argentina.

Nos resulta digna de admiración la capacidad de sufrir de mucha gente, la lucha por sobrevivir, la lucha contra la enfermedad y la muerte.

Aquí diría que la capacidad de admirar –a quién admiro- dice mucho acerca de mí, de qué clase de persona soy. En una segunda lectura eso fue lo que me tocó de este evangelio. A los paisanos de Jesús les escandalizó que él fuera uno de ellos, que hu-bieran compartido la vida sin darse cuenta a Quién tenían al lado!!! Se escandalizaban de sí mismos: no podían aceptar no haberse dado cuenta. Por eso digo que la admiración dice mucho de uno mismo.

La contracara de la admiración es esa tendencia chabacana del medio ambiente que consiste en desvalorizar casi todo. Se gasta mucho espacio en desprestigiar y en con-tradecir, en relativizar y en ningunear. Y también en defenderse de estas actitudes.

Jesús no gastó mucho tiempo en defenderse, pero dejó claro que lo estaban despres-tigiando y poniendo en tela de juicio y que eso sólo sucedía entre pares. Lo cual habla de envidia, que es un sentimiento hacia el cual puede desviarse la admiración. Porque a esta altura está claro que para envidiar primero hay que admirar.

La admiración a todo lo que es hermoso y bueno y recto es una forma de caridad con los ojos. Y la envidia es el pecado del ojo malo, torcido, de la mirada mezquina.

Vemos así que la admiración tiene como dos momentos: el primero es inevitable. No se inventa uno a quién admirar sino que lo admirable irradia por sí mismo su bondad y su belleza y por eso es irresistible el primer impulso de admiración. El segundo mo-mento es fruto de una decisión: uno elige admirar, perseverar en la admiración, cultivarla o no.

Aquí es donde la fidelidad a lo que espontáneamente suscitó nuestra admiración habla de nuestra calidad como personas.

Porque la admiración declarada compromete.

Es por eso que muchas veces uno pone entre paréntesis la admiración. No se puede admirar y no convertirse en seguidor de aquel a quien admiramos.

Aristóteles decía que “la admiración es el comienzo de la filosofía”. El comienzo de un tipo de reflexión abierta a mirar las cosas en su grandeza y esplendor.

No es la mirada interesada del que busca rapiñar sino la mirada desinteresada del que reconoce su ignorancia y quiere aprender. Para admirar bien hay que cultivar la humildad y rechazar la envidia.

En este sentido la admiración es también el comienzo de la fe. La confianza en otro implica una dosis de admiración. El niño confía en su padre porque ve que sabe y que puede. Uno confía en sus amigos porque admira su lealtad, sabe que pase lo que pase se las arreglarán para estar y ayudar. La fe no es para nada ciega. La fe supone que uno se ha visto atraído por el don del otro, por algo muy valioso y digno de admiración, algo que quizás no esté muy reflexionado pero que es poderosamente atractivo. Cuando uno cree en alguien, como la gente que creía de corazón en Jesús, es porque lo admira: admira su bondad, su veracidad, su nobleza… Virtudes todas estas que están incluidas en los milagros físicos. La gente sencilla admiraba a Jesús no como un mago sino como alguien Bueno que desplegaba su bondad no solo en milagros sino en todos los gestos de su vida. La admiración incondicional de los sencillos habla muy bien de ellos. Les encantaba que Jesús fuera uno de ellos. Por eso lo admiraban: lo miraban con amor en los ojos y esa admiración les encendía la lucecita de la fe y lo seguían a todas partes y se adherían a él.

Antes de ayer, en medio de un día con mucho ajetreo en el Hogar, me avisaron que estaba abajo un señor al que yo le había dicho que pasara cuando quisiera. Esperó un rato a que terminara de atender a otra persona y… tuve el gusto de conocer personalmente a Antonio. No venía a pedir nada sino a contarme algo y estaba un poquito nervioso, como me confesó, porque se trataba de una experiencia espiritual. Como que no es muy habitual para uno que trabaja en la metalurgia venirse de José C. Paz a contar algo que le pasó hace un año o más (no me acuerdo cuánto) y que se le quedó grabado. Para hacerla corta, me dijo, fue al grano y me contó que había leído una de estas contemplaciones en la que “ud. decía que a veces uno siente la impotencia ante una situación en la que no se ve que se pueda hacer nada pero si uno se acerca y mira a los ojos a la otra persona ella misma le dice lo que puede hacer. Y resulta que yo iba pensando en eso esa mañana y al salir de una estación de servicio veo una persona que estaba como recostada en el suelo (era un chico con síndrome de down) y una chica a su lado que trataba de levantarlo. Seguí de largo y a los pocos pasos me dije si yo leí esto no puedo pasar de largo y me volví. Le pregunté a la chica si los podía ayudar en algo y me dijo no gracias señor, es mi hermanito que a veces se pone así y me hace quedar un rato pero después se levanta. Yo me había inclinado un poco y en eso el chico down me mira a los ojos (él me miró a mí) se pone de pie y me regala una sonrisa así de grande y me saluda y se va con su hermanita. Yo me quedé conmovido y eso se me quedó en la cabeza y se lo tenía que venir a contar. Mi señora me decía qué le vas a decir al padre, pero yo se lo tenía que contar”.

Confieso que se me llenaron de lágrimas los ojos ante lo que me contaba Antonio, porque me hizo sentir que ese chico era Jesús que le había sonreído y los dos nos dábamos cuenta de que esas son gracias que hay que compartir. Cosas admirables de todos los días, gente que muestra la calidad de persona que es al contar lo hechos que, en medio de la vida cotidiana, les causan admiración.

Diego Fares sj

 

 

"Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"

El pasaje escogido como 2ª lectura para este domingo forma parte de la perícopa 12,1-9a, que constituye a su vez la segunda parte del discurso en el que san Pablo se vanagloria. Hay que notar, en primer término, que ofrece un contraste con la primera parte (11,22-33). En esta parte el Apóstol habla de privilegios terrenos (11,22), pero, sobre todo, de trabajos, sufrimientos y flaquezas del apóstol (11,23-33). En la presente perícopa, en cambio, descubre las extraordinarias revelaciones divinas con que Dios le ha honrado. Con todo, como recoge el final del texto de la 2ª lectura, también esta gracia es una gloria de la debilidad, pues el Apóstol afirma que la gracia se concede a los que sufren y que, también aquí, el poder de Dios actúa en la debilidad (12,9-10).

San Pablo insiste una vez más en que él se gloría sólo porque se ha visto obligado. Sabe muy bien que no es conveniente. El Apóstol renuncia a gloriarse porque él sólo quiere ser juzgado por las cosas ordinarias, por los hechos y las manifestaciones que todo el mundo puede ver y percibir (vv. 5-6). No quiere que nadie ponga a su cuenta las experiencias extraordinarias, algunas de las cuales acaba de mencionar (vv. 1-4).

A partir del v. 7 afirma el Apóstol que, si bien ha sido favorecido por la gracia más que ningún otro, Dios le somete a un correctivo, para preservar de toda soberbia a este favorecido de la gracia. Este correctivo de Dios, que san Pablo ha de experimentar, es un sufrimiento grave, que debe llevar sobre sí. A ello se refiere de un modo misterioso por medio de dos imágenes. En primer lugar, con la imagen del "aguijón a mi carne". Según la opinión más predominante se trataría de una enfermedad que limita sus fuerzas y le humilla: ¿cuál enfermedad concretamente? Permanece desconocida. Con esta imagen sacada de la esfera natural el Apóstol nos describe en parte esta enfermedad. Percibe el sufrimiento corporal como una espina o aguijón, que está continuamente clavado en su cuerpo y le atormenta. En la segunda descripción metafórica de su sufrimiento utiliza palabras y conceptos de la mitología: "un ángel de Satanás". Él siente su enfermedad algo así como si un ángel de Satanás le golpeara a puñetazos e intentara derribarle. Repetidamente dice el Apóstol que Satanás pone obstáculos a la misión (cf. 2,11 y 11,4). Esta concepción paulina que considera a Satanás causa de las enfermedades se acomoda a la mentalidad bíblica general (cf. Job 2,6s; Lc. 13,16). Según ella, Dios permitió y permite a Satanás que hiera al Apóstol con la enfermedad. Pero Satanás no es un señor de poder ilimitado, sino que tiene que servir a los planes y objetivos de Dios. Por tanto, el "aguijón en la carne" o el "ángel de Satanás" que golpeaba al Apóstol ocasionaron un serio obstáculo a su trabajo porque le fallaban las fuerzas corporales. Pero precisamente así se preservaba a este hombre, tan altamente favorecido por la gracia, de la soberbia idea de que él podía conseguirlo todo con sus fuerzas solas.

Ante esta situación, san Pablo pide tres veces ser liberado de aquel opresivo sufrimiento (2Cor. 12,8). Por dos veces fue desatendida su oración. Sólo a la tercera recibió respuesta. ¿Quién es este Señor al que dirige su oración? Desde luego, no es simplemente Dios, tal como pudiera interpretarse la palabra, sino el Señor Cristo, lo cual revela la dignidad divina de Jesús, que san Pablo reconoce. La respuesta de Cristo fue una negativa a la petición. En efecto, la respuesta sonaba así: La fuerza de la gracia, que tú tienes, basta. No es necesario liberarte del ángel de Satanás (v. 9). La gracia divina actúa como una fuerza en favor del hombre. Y esta fuerza actúa y se manifiesta con tanta mayor transparencia cuanto más débil es la fuerza del hombre en el que ejerce su poder. Por eso no puede exigirse que se haga desaparecer el estado de debilidad del Apóstol. Al contrario, sólo en la debilidad –y precisamente en la debilidad– del Apóstol alcanza su plenitud la gracia divina.

San Pablo, consciente de que en la debilidad encuentra la fuerza que viene del Señor, de nuevo asegura que él quiere gloriarse de su flaqueza (v. 9b). Gloriarse significa ahora renunciar a su deseo de verse libre de su carga, sabiendo al mismo tiempo que "todo lo puedo en aquel que me da fuerzas" (Fil. 4,13). Y así puede concluir señalando su complacencia en medio de todas las pruebas y sufrimientos que gustosamente abraza (2Cor. 12,10a), y que explicitan el contenido de la palabra flaqueza. La mención de las "injurias" recuerda lo que el Apóstol ha tenido que pasar a causa de los juicios injustos; las "persecuciones" aluden a las iniquidades de los judíos, cristianos y gentiles; con "necesidades y angustias" expresa la desbordada medida de los sufrimientos. En las palabras finales repite el Apóstol la respuesta que le dio el Señor: "cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" (v. 10b). San Pablo se somete de buena gana y sin reservas a la decisión de su Señor, y hace de la palabra y de la voluntad de Dios norma y fundamento de su vida.

Aplicación

"Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza".

La liturgia de la Palabra de este domingo tiene en común un reclamo a la fe, a vencer las dificultades para creer. En la primera lectura, Dios anuncia al profeta Ezequiel que no será creído y aceptado por los hebreos a quienes le envía. El episodio narrado en el Evangelio nos presenta a Jesús que sufre el rechazo de sus paisanos a quienes dirige su predicación en la sinagoga de Nazaret. Por último, la lectura de san Pablo nos presenta la actitud de fe adecuada ante los acontecimientos de nuestra vida y la comunicación de Dios a través de ellos: la fe permite al Apóstol superar las dificultades que encuentra en su apostolado.

En la primera lectura (Ez. 2,2-5), en el momento de enviar al profeta Ezequiel, al pueblo de Israel, Dios se muestra severo con relación a este pueblo, pues son una "nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí" (v. 3). Tantos profetas antes de Ezequiel habían recriminado la falta de fe en Dios por parte del pueblo y ahora el Señor señala esta dureza de corazón: "Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido" (v.4). Es a estos hijos rebeldes e incrédulos del pueblo de Israel a quienes Dios envía al profeta para comunicarles su mensaje. Dios procede así porque quiere atestiguar la presencia del profeta entre ellos y porque tiene la esperanza de que esta vez su mensajero será acogido.

Parecida a la resistencia del pueblo de Israel ante los anuncios de los profetas es la de los paisanos nazarenos de Jesús ante su predicación y ante el llamado de ésta a descubrir desde la fe quién es Él realmente (Mc. 6,1-6). Conocedores de los milagros obrados por parte de Jesús en Cafarnaúm y ante la sabiduría que refleja su predicación en la sinagoga, los nazarenos reaccionan con estupor, pues conocen a este hombre quien juntamente con su familia ha vivido entre ellos hasta entonces. Pero no son capaces de reconciliar su origen humilde con lo que ahora ven y escuchan de Él, y terminan por rechazarlo, cerrándose a una llamada de fe para descubrir la verdadera realidad de Jesús, como enviado del Padre. Con tristeza Jesús reprocha esta actitud de incredulidad, recordándoles que en ello se identifican con quienes les precedieron: "Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio" (v. 4).

Como refiere la 2ª lectura (2Cor. 12,7-10), a diferencia del pueblo de Israel al que es enviado el profeta Ezequiel y de los contemporáneos de Cristo, san Pablo no pone obstáculos a Dios en su vida y a la gracia que Él le confiere. Él abraza con fe la presencia de Dios y sus manifestaciones en su vida. El Apóstol acoge con fe una manifestación difícil de aceptar en su vida, pues no correspondía a sus expectativas. A ello se refiere con dos expresiones metafóricas: "un aguijón a mi carne" y "un ángel de Satanás" que le abofetea. Es su fe inquebrantable en Dios la que le lleva a aceptar gustoso la respuesta del Señor a su petición de verse librado de este sufrimiento: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza".

Pedro Mendoza LC

 

 

No desprecian a un profeta más que en su tierra

1. Ambientación

El Evangelio de hoy nos habla de una visita a la “tierra” de Jesús. De acuerdo con Mc. 1,9 la “tierra” de Jesús era Nazaret, una pequeña villa de Galilea situada a 22 Km. al oeste del lago de Tiberíades.

Esta población típicamente agrícola, nunca tuvo gran importancia en el universo de la historia del judaísmo. El Antiguo Testamento la ignora completamente; Flavio Josefo y los escritores rabínicos tampoco le hacen referencia alguna. Los contemporáneos de Jesús parecen concederle escasa consideración (cf. Jn. 1,46).

Nazaret es, sin embargo, la ciudad donde Jesús creció y donde reside su familia. La escena principal que Marcos nos relata sucede en la sinagoga de Nazaret, un sábado.

Jesús, como cualquier otro miembro de la comunidad judía, fue a la sinagoga para participar en el oficio sinagogal; y, haciendo uso del derecho que todo israelita adulto tenía, comentó las Escrituras.

El episodio que se nos propone forma parte de la primera parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc. 1,14-8,30). Ahí, Jesús, es presentado como el Mesías que proclama, por toda Galilea, el Reino de Dios.

En la sección que va de 3,7 a 6,6 Marcos se refiere, especialmente, a la reacción del Pueblo en relación con la predicación de Jesús. A medida que el “camino del Reino” va avanzando, se van multiplicando las oposiciones y las incomprensiones hacia el proyecto que Jesús anuncia. Nuestro texto debe ser entendido en este ambiente.

2. Mensaje

Las enseñanzas de Jesús en la sinagoga, aquel sábado, dejan impresionados a los habitantes de Nazaret, como ya habían dejado impresionados a los fieles de la sinagoga de Cafarnaúm (cf. Mc 1,21-28). Sin embargo, los de Cafarnaúm, después de oír a Jesús, reconocieron su autoridad casi divina (y que, según ellos, era diferente de la autoridad de los doctores de la Ley); los de Nazaret, van a llegar a conclusiones distintas.

Después de escuchar a Jesús, en la sinagoga, sus paisanos traducen su perplejidad a través de varias preguntas.

Dos de las cuestiones propuestas se refieren al origen y a la calidad de las enseñanzas de Jesús (“¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le hanenseñado?”, v. 2), otra cuestión, se refiere a la calificación de las acciones de Jesús (“¿Y esos milagros de sus manos?”, v. 2).

En una especie de contrapunto a la impresión que Jesús les deja, ellos recuerdan su oficio y la “normalidad” de su familia (v. 3a)... Para ellos, Jesús es “el carpintero”: no es un “maestro”, nunca estudió las Escrituras con ningún maestro valorado y no tiene cualificación para decir las cosas que dice.

Por otro lado, ellos conocen la identidad de la familia de Jesús y no descubren en ella nada de extraordinario: él es el “hijo de María” y sus hermanos y hermanas son gente “normal”, que todos conocen en Nazaret y que nunca revelaron cualidades excepcionales. Por tanto, parece claro que el papel asumido por Jesús y las acciones que él realiza son humanamente inexplicables.

La cuestión siguiente (que, sin embargo, no aparece explícitamente formulada) es esta: estas capacidades extraordinarias que Jesús revela (y que no vienen, ciertamente, de los conocimientos adquiridos en contacto con famosos maestros, ni del ambiente familiar) ¿vienen de Dios o del diablo?

Desde el primer momento, los comentarios de los habitantes e Nazaret dejan transparentar una actitud negativa y un tono despreciativo en el análisis de Jesús. Ni siquiera se refieren a Jesús por su propio nombres, sino que usan siempre un pronombre para hablar de él (Jesús es “éste” o “él”, vv. 2-3). Después, le llaman despectivamente “el hijo de María” (la costumbre era que el hijo fuera conocido em referencia al padre y no a la madre).

Como escenario de fondo del pensamiento de los habitantes de Nazaret está, probablemente, la acusación hecha a Jesús algún tiempo antes por los “doctores de la Ley que habían venido desde Jerusalén y que afirmaban: “¡Está poseído de Belcebú! Y con el poder del jefe de los demonios expulsa a los demonios” (Mc. 3,22). Marcos concluye que los habitantes de Nazaret quedaron “escandalizados” (v. 3b) con Jesús (el verbo griego “scandalidzô”, aquí utilizado, significa mucho más que “quedarse perplejo” de nuestras traducciones: significa “ofender”, “herir”, “herir susceptibilidades”).

Hay em el pueblo una especie de indignación porque Jesús, a pesar de haber sido desautorizado por los maestros reconocidos del judaísmo, continúa desarrollando su actividad al margen de la institución judía.

Pone en duda la religión tradicional, cuando enseña cosas diferentes y de forma diferente de los maestros reconocidos.

Conclusión: él está fuera de la institución judía; su enseñanza no puede, por tanto, venir de Dios, sino del diablo.

Los paisanos de Jesús no consiguen reconocer la presencia de Dios en aquello que Jesús dice y hace. Jesús responde a sus conciudadanos (v. 4) citando un conocido proverbio, pero que él modifica, en parte (el original debía sonar más o menos así: “ningún profeta es respetado en su lugar de origen, ningún médico hace curaciones entre sus conocidos”).

En esta respuesta, Jesús se ve a sí mismo como profeta, esto es, como un enviado de Dios, que actúa en nombre de Dios y que tiene um mensaje de Dios para ofrecer a los hombres.

Las enseñanzas que Jesús propone no vienen de los maestros judíos, sino del mismo Dios; la vida que él ofrece, es la vida plena y verdadera que Dios quiere proponer a los hombres. El rechazo generalizado de la propuesta que Jesús trae, lo sitúa en la línea de los grandes profetas de Israel.

El Pueblo tiene siempre dificultades para reconocer al Dios que viene a su encuentro en la palabra y los gestos proféticos. El hecho de que las propuestas presentadas por Jesús fueran rechazadas por los líderes, por la gente de su tierra, por sus “hermanos y hermanas” y hasta por los de su casa, no invalida su verdad y su procedencia divina.

¿Por qué Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro” (v. 5)?

Dios ofrece a los hombres, a través de Jesús, perspectivas de vida nueva y eterna. Sin embargo, los hombres son libres; si ellos se mantienen cerrados en sus esquemas y prejuicios egoístas y rechazan la vida que Dios les ofrece, Jesús no puede hacer nada.

Marcos observa, a pesar de todo, que Jesús “curó algunos enfermos imponiéndoles las manos”. Probablemente, estos “enfermos” son aquellos que manifestaron una cierta apertura a Jesús aunque, de cualquier forma, no tienen el coraje de cortar radicalmente con los mecanismos religiosos del judaísmo para descubrir la novedad radical del Reino que Jesús anuncia.

Marcos señala, todavía, la “sorpresa” de Jesús por la falta de fe de sus conciudada nos (v. 6a). Se esperaba que, enfrentados con la propuesta nueva de libertad y de vida plena que él presentaba, sus interlocutores renunciasen a la esclavitud para abrazar, con entusiasmo, la nueva realidad. Sin embargo, ellos están de tal forma acomodados e instalados, que prefieren la vida vieja de la esclavitud a la novedad liberadora de Jesús.

Este hecho decepcionante no impide, con todo, que Jesús continúe proponiendo la Buena Noticia del Reino a todos los hombres (v. 6b).

Dios ofrece, sin interrupción, su vida; al hombre le queda acoger o no esa oferta.

3. Actualización

+ El texto del Evangelio repite una idea que aparece también en las otras dos lecturas de este Domingo: Dios se manifiesta a los hombres en la debilidad y en la fragilidad. Normalmente, él no se manifiesta en la fuerza, en el poder, en las cualidades que el mundo encuentra brillantes y que los hombres admiran y endiosan, sino que, muchas veces, viene a nuestro encuentro em la flaqueza, em la sencillez, en la debilidad, en la pobreza, en las situaciones más sencillas y banales, en las personas más humildes y sencillas. Es preciso que interioricemos la lógica de Dios, para que no perdamos la oportunidad de encontrarlo, de percibir sus desafíos, de acoger la propuesta de vida que él nos hace.

+ Uno de los elementos que nos hace interrogarnos, en el episodio que el Evangelio de este Domingo nos propone, es la actitud de cerrazón hacia Dios y hacia sus propuestas asumida por los habitantes de Nazaret. Cómodamente instalados em sus certezas y prejuicios, decidirán que lo saben todo sobre Dios y que Dios no puede estar en el humilde carpintero al que ellos conocen bien. Esperaban a un Dios fuerte y majestuoso, que se había de imponer de forma estruendosa, y asombrar a los enemigos con su fuerza; y Jesús no encajaba en ese perfil. Prefieren renunciar a Dios, antes que a la imagen que de él se han construido. Hay aquí una invitación a no cerrarnos en nuestros prejuicios y esquemas mentales bien definidos y ordenados, y a purificarnos continuamente, en dialogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha de la Palabra revelada y en la oración, a nuestra perspectiva acerca de Dios.

+ Para los habitantes de Nazarét Jesús era, apenas, “el carpintero” del pueblo, que nunca había estudiado con grandes maestros y que tenía una familia conocida de todos, que no se distinguía en nada de las otras familias que habitaban en el pueblo; por eso, no estaban dispuestos a conceder que ese Jesús, perfectamente conocido, juzgado y catalogado, les trajese ninguna cosa nueva y diferente.

Esto debe hacernos pensar en nuestros prejuicios con los que, muchas veces, aplicamos a nuestros hermanos, los juzgamos, los catalogamos y etiquetamos... ¿Somos siempre justos en la forma como juzgamos a los otros? ¿Muchas veces, nuestros prejuicios no nos estarán impidiendo acoger al hermano y la riqueza que él nos trae?

+ Jesús se presenta como un profeta, esto es, alguien a quien Dios confió una misión y que testimonia en medio de sus hermanos las propuestas de Dios. Nuestra identificación con Jesús hace de nosotros continuadores de la misión que el Padre le confio a él.

¿Nos sentimos, como Jesús, profetas a quien Dios llamó y a quienes envió al mundo para testimoniar la propuesta liberadora que él quiere ofrecer a todos los hombres?

¿En nuestras palabras y gestos resuena, en cada momento, la propuesta de salvación que Dios quiere hacer a todos los hombres?

A pesar de la incomprensión de sus conciudadanos, Jesús continuó, en absoluta fidelidad a los planes del Padre, dando testimonio en medio de los hombres del Reino de Dios. Rechazado en Nazaret fue, como dice nuestro texto, a recorrer las aldeas de los alrededores, enseñando el mensaje del Reino.

El testimonio que Dios nos llama a ofrecer se realiza, muchas veces, en medio de incomprensiones y oposiciones. Frecuentemente los discípulos de Jesús se sienten desanimados y frustrados porque su testimonio no esentendido ni acogido (¿nunca nos ha sucedido, que después de um trabajo agotador y exigente, pensamos que hemos estado perdiendo el tiempo?). La actitud de Jesús nos invita a no desanimarnos nunca ni a desistir: Dios tiene sus proyectos y sabe cómo transformar un fracaso en un éxito.

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

 

 

Desde el principio la Palabra existe, todo se hace por ella,

de ella viene una gracia tras otra

Aclaré en otra ocasión el problema de este texto sobre los hermanos de Jesús, que contra la virginidad y el culto a la virgen María usan algunos protestantes.

No hablaré de ello. Resumo la respuesta: 1.- El que María tuviera otros hijos no quita que fuese la madre de Jesús, ni, por tanto, que fuese madre de Dios, ni que la concepción de Jesús fuese virginal. 2.- “Hermano” en la Biblia significa también meramente pariente y hasta del mismo pueblo o aun connacional (Gn. 13,8; Lev 10,4; 2Sm. 19,13; Dt. 25,3). 3.- El evangelio habla de “otra María”, madre de otros discípulos, Santiago y José, hermanos de Jesús (Mt. 13,55; 27,56; 28,1). Los hebreos, como nosotros, no ponemos el mismo nombre a dos hijos o hijas de los mismos padres. 4.- No se explica cómo Jesús en la cruz encomendó su madre al discípulo amado si hubiera tenido otros hijos.

Los textos de hoy insisten en que no escuchar la palabra de Dios es un pecado muy grave. Dios habla de que los israelitas no han escuchado a los profetas, son rebeldes, le han ofendido continuamente, son testarudos y obstinados. Tampoco escucharon a Jesús sus vecinos de Nazaret. Lo conocían muy bien. Menospreciaron su enseñanza porque no había estudiado nada y era de familia pobre, como la mayor parte de ellos mismos. Con esa actitud quedó bloqueado todo el poder de Jesús, que es para bien de los que le acogen, es decir creen en él.

Ya en el Antiguo Testamento y más todavía en el Nuevo la palabra de Dios ocupa un papel central. Es poder que obra (Jn 1,3) y es luz que revela (1,4-5). Dios actúa (Ge 1) y se comunica con la palabra. La palabra de Dios obra lo que dice y revela el pensamiento, el sentimiento y el deseo de Dios (Is 55,11).

Pero en el Nuevo Testamento la palabra es Jesús. “El Verbo, la Palabra, se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Esta Palabra obra milagros (Mt. 8,8ss; Jn. 4,50ss), perdona los pecados (Mt 9, 1ss), transmite a los Doce sus poderes (Mt. 18,18), instituye la Iglesia (Mt 16,18; Lc 22,32; Jn 21,15ss) y los sacramentos portadores de gracia (Lc. 22,19; Jn. 20,23). En Jesús y por Jesús la Palabra creadora de Dios actúa y salva. Pero en Jesús, además de obrar, la Palabra revela los misterios del Reino de Dios (Mt. 13), anuncia (Mt. 4,33), enseña con autoridad (Mc 1,22), con certeza absoluta; porque sus palabras no pasarán (Mt. 24,35), porque “sus palabras son palabras de Dios” (Jn. 3,34), son espíritu y vida (Jn. 6,63), porque Jesús no habla de sí mismo, sino que primero le habló el Padre (Jn. 12,49).

En la palabra, pues, está la salvación. La palabra viene a identificarse con Dios. Aceptarla es aceptar a Dios; rechazarla es rechazar a Dios (Mc. 8,38). Sin embargo no todos la aceptan (Mt. 13). Siempre, hasta el fin de los tiempos, habrá quienes la acepten y habrá quienes la rechacen. Los hay que la rechazan de plano como camino asfaltado; los que la aceptan superficialmente; los que pretenden lo imposible, que dé fruto en un corazón vicioso; los que la acogen y practican con más o menos generosidad. Rechazarla es condenarse. Buscarla y acogerla con afán, renunciar a todo por encontrarla y obrarla es la salvación (Mt 13,49). El que es de Dios la escucha y no verá la muerte; pero quien la rechaza, queda condenado porque es hijo del Diablo (Jn. 8, 43s. 47. 51).

Difundir la palabra es función esencial y principalísima de la Iglesia. El crecer de la palabra es lo mismo que el crecer de la Iglesia (Hch. 6,7). Es palabra de vida (Flp. 2,16, es viva y eficaz (Hb. 4,12), a ella deben los fieles su salvación (Hch 13,26), es la palabra de Jesús (Mc. 16,20).

De aquí derivan cosas muy importantes para el vigor de nuestra vida cristiana. La siembra de la palabra en el propio corazón es una necesidad y una obligación de todo creyente consciente. No bastan oraciones, ni frecuencia de sacramentos. Es necesario leer y aun meditar la palabra de Dios: Escuchar bien la homilía en la misa, leer la Biblia y libros santos, no deben ser en nosotros algo extraordinario sino normal, como vemos, leemos y escuchamos programas de TV, radio, periódicos o revistas. Un católico responsable debe estar bien informado de la postura de la Iglesia ante situaciones actuales, también debe conocer suficientemente ciertas cosas incluso para clarificarlas a los demás; debe sobre todo conocer bien lo concerniente a los deberes de su propia vida familiar, profesional y social. El mismo crecer en la fe va exigiendo al cristiano una mejor formación. De aquí la importancia de los retiros, los fines de semana dedicados a la escucha o lectura de la palabra o de la enseñanza de la Iglesia, la homilía de la misa, la lectura y reflexión de la palabra de Dios en familia.

De todo lo dicho (y más que se podría añadir) pueden deducir, hermanos, la importancia de lo que se llama la formación permanente. La catequesis no es una actividad de la Iglesia limitada a niños y jóvenes y. menos, a momentos puntuales de recepción de sacramentos. El niño y el adulto, el joven y el anciano, han de seguir conservando lo aprendido y aprendiendo lo que exigen las nuevas necesidades personales y de la Iglesia, han de seguir profundizando y gustando más y más del tesoro de la fe, que en definitiva es tan profundo, tan alto, tan ancho como el amor de Dios que se revela en Cristo (v. Ef. 3,14-29).

De aquí se deduce la enorme importancia que tienen los grupos y asociaciones eclesiales y los cursos de religión en los colegios. Hay mucho que hacer en su mejora. Yo invoco a los profesores a que los preparen bien, que toquen los puntos que verdaderamente son problemas prácticos para sus alumnos, que impartan las lecciones como verdaderos profetas, que pidan a Dios ese espíritu que necesitan para su misión, que lo hagan con entusiasmo. El curso de religión puede y debe ser una hora muy interesante para niños y jóvenes. Y también invoco a los padres a que le den importancia, a que conozcan lo que allí se enseña, a que pidan corregir las lagunas que pueda haber y, a veces, a que recuerden o aprendan lo olvidado o nunca se les enseñó.

Recuerden, hermanos, Jesús es la verdad y todo el que es de la verdad, escucha su voz (Jn. 19,37)

 

 

Felices los que sin ver creen

Con la narración de este hecho San Marcos cierra la primera de las tres secciones en que puede dividirse su evangelio. En la segunda Jesús no volverá a entrar en una sinagoga, anda por zonas de menos presencia judía, incluso paganas, y dedica a sus discípulos mucho tiempo. La última cubre la pasión y resurrección desde el Domingo de ramos. El evangelio de hoy concluye la primera parte.

Los vecinos de Nazaret, que está cerca de Cafarnaum, a menos de 40 Km., han oído de los milagros y del impacto allí. Hay mucha expectación cuando Jesús se adelanta para pedir el libro y hablar. La reacción es ambivalente: Por un lado admiración. Por otro lado la resaca. Intentan una explicación y no la encuentran. Le conocen. No creen. Jesús no pide alabanzas, honores, reconocimiento de su sabiduría. Todo eso le sobra. Lo que pide es fe. Porque solo será justificado el que crea en Él. Pero la fe no es tan fácil. “Desconfiaban de Él”. Después de la resurrección, antes de despedirse de modo definitivo, les dirá: “El que creyere y se bautizare se salvará, pero el que no creyere se condenará” (Mc. 16,17).

La fe es un homenaje que una persona da a la calidad espiritual de otra aceptando como verdad lo que ella me comunica. Al creer se reconoce cierta superioridad a quien sabe y nos hace el favor de regalarnos una verdad. La verdad siempre es un bien y nos hace mejores. Por la fe acepto como un bien la verdad y, al acogerla, reconozco su valor para mí y doy gracias a quien me la comunicó.

En el acto de fe sobrenatural en Dios creemos en Dios. Confiamos totalmente en su palabra. Nos entregamos al plan que tiene cobre cada uno, porque es infinitamente bueno y no dudamos de su amor. Reconocemos, aceptamos y agradecemos que nos dé a conocer realidades maravillosas y bienes, que nosotros nunca podríamos ni sospechar; que además tales bienes nos los quiera dar; y además que esas verdades sean que me ama, que se me entrega, que me quita todo lo negativo y sucio y que quiere abrirme a su infinito amor tenerme junto a Él por toda la eternidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C.) nos enseña que “la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios” (150). En la fe el creyente acepta el señorío de Dios hasta lo más íntimo de sí mismo. El acto abarca todo el “yo”, hasta el mismo pensar, que se abre y somete a Dios y reconoce su señorío sobre el pensamiento, sobre lo más yo y sobre lo que aparentemente no puedo renunciar sin renunciar a ser yo mismo. En el acto de fe el creyente se pone totalmente en manos de Dios, se reconoce criatura y totalmente dependiente de Él. Es el acto más radical de obediencia a Dios. Es un acto libre; y tiene que ser libre para que el homenaje, que el hombre hace a Dios, sea verdadero y llegue a alcanzar el corazón de Dios y sea valorado por Él.

Este acto de adhesión a Dios es claro que lleva consigo inseparablemente el asentimiento libre a toda verdad que Dios nos haya revelado; a creer en aquel que nos  ha enviado, Jesucristo su Hijo; y a creer por fin en el Espíritu Santo, que revela a cada uno de los hombres quién es Jesús (152).

La fe así entendida nos levanta y nos enriquece a una vida nueva, de calidad muy superior, a la vida sobrenatural, que brota en nosotros al unirnos por el bautismo a Cristo, la vid, haciéndonos sarmientos suyos y dando frutos que son suyos y son nuestros.

Este asentimiento libre, como todo en esta realidad sobrenatural que nos trae Cristo, es fruto de la gracia de Dios, que es necesaria también para el acto de fe. Para decir sí a una persona, es necesario que me encuentre con ella. Pero el hombre no puede subir a Dios por sí solo y menos desde la fosa del pecado; Dios ha bajado y baja a encontrarse con el hombre y lo hace en su Hijo Jesucristo. El encuentro de la criatura con el Creador no puede darse si Dios no baja; pero Dios toma siempre la iniciativa. Lo que el hombre debe hacer es lo que puede: responder a la llamada positivamente.

La respuesta positiva del hombre, siendo libre, no es automática. Por desgracia se da en el hombre la concupiscencia, la tendencia al mal, el desorden y la soberbia interior, que Satanás azuza, la tentación de “ser como dioses”, tan atrayente. Sucede a muchos, sucedió a los nazaretanos. Conocían a Jesús desde siempre, desde que aprendió a andar y hablar. Era uno de tantos, ni siquiera había estado en Jerusalén ni había estudiado la Torá con rabí alguno, nadie en tantos años le había visto hacer nada que demostrara poderes extraordinarios; y de los milagros ¿qué podría ser?, algunos rabís decían que era con el poder del Demonio, pues no respetaba el sábado.

La Iglesia nos ha convocado a los creyentes al “año de la fe”. Será un año de gracia para nosotros y para otros. Redoblemos nuestras oraciones y penitencias pidiendo para nosotros la gracia de una fe vigorosa y atrayente que nos haga luces brillantes. Pidamos por los que no tienen fe o la tienen débil; que busquen la luz, abran los ojos y venzan la soberbia. Pero además profundicemos la fe con su práctica y su estudio, de forma que seamos más capaces de dar razón de nuestra esperanza (1Pe. 3,15). Les aseguro un gran placer espiritual al gustar de su riqueza doctrinal y espiritual. Que el año de la fe sea para todos ustedes el año de la alegría, de la gratitud y del amor.

“El justo vive de la fe” (Ro. 1,17). María, madre de Dios “por haber creído” (Lc. 1,38.45)), alimente en nuestros corazones una fe cada día más luminosa y contagiosa.

padre José Ramón Martínez Galdeano, S.J.