Dios o Satán. Discusión entre Jesús y los escribas (Mc. 3,22-30)

Éste es un pasaje de controversia social y escatológica, una disputa múltiple:

- Acusación de los escribas (3,22) y respuesta simbólica (parabólica: cf. 3,23) de Jesús (3,23-29), estructurada en forma de quiasmo con una advertencia del redactor (3,30), recogiendo en paréntesis o aparte narrativo la acusación de los escribas (cf. 3,22).

- Respuesta de Jesús con elementos de tipo sapiencial y apocalíptico (3,23-27), que desemboca en una revelación escatológica (3,28-29), centrada en el perdón universal de Dios y el pecado "imperdonable" de los hombres (que consiste en destruir a los pequeños).

Se plantea así el tema clave del enfrentamiento de Jesús y los Escribas sobre la acción y presencia del Diablo (Belcebú), que negador de libertad y de salvación de los pequeños.

- Los escribas acusan a Jesús llamándole endemoniado, porque se opone a su pretensión de dominio destructor, de fondo falsamente religioso.

- Jesús se defiende, insistiendo en el pecado contra el Espíritu Santo, que consiste en no dejar que Dios (su enviado mesiánico) libere a los pobres y posesos. Éste es el pecado de aquellos que negando a los otros se niegan y destruyen a sí mismos.

Los escribas le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú, su señor, dueño malo de la casa del mundo, para destruir el judaísmo: bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), arruina o destruye a todo el pueblo, entregando al conjunto de Israel en manos del Diablo. Remitiendo al tiempo de Jesús, esta disputa nos sitúa en el principio de la iglesia, donde los discípulos, expertos exorcistas (cf. 3,14-15), reciben el rechazo oficial de los escribas (3,22). He dividido la escena tres partes. (a) Acusación de los escribas. (b) Discusión sobre Satanás. (c) El perdón. (d) Ratificación.

(a) Acusación de los escribas (3,22), que bajan (katabantes) de la altura sagrada de Jerusalén, ciudad donde se anudan las tradiciones del pueblo, centrado en el templo. Rechazar su doctrina supone rechazar a Dios. Ellos traen la autoridad de la Ley, son hombres del Libro (sopherim) y están encargados de entenderlo y comentarlo para el pueblo. Lógicamente, al acusar a Jesús, ellos están condenando de hecho a su comunidad. Por eso, tal como aquí está narrada, la escena debe situarse en el tiempo de las disputas eclesiales, más que en el tiempo de Jesús.

Estos escribas que vienen de Jerusalén con poder de control pueden ser judíos rabínicos, pero también judeocristianos de la línea de Santiago. No se dice dónde están: ¿dentro, fuera de la casa? Evidentemente, no están en el corro, al interior del grupo, acogiendo la voluntad de Dios (cf. 3,32-34). No vienen a escuchar, saben lo que debe saberse de antemano. Tienen una ley y según ella definen lo bueno y lo malo (lo judío y lo antijudío). No lo hacen por cuestiones de dogma separado de la vida, sino desde su propia visión de la pureza judía, amenazada por Jesús. Así le acusan:

− Tiene a Belcebú (3,22) que significa Señor de la casa. Ese nombre se podía entender en sentido positivo: el mismo Dios, quizá Jesús, es Señor de la morada/casa del mundo y así puede realizar los exorcismos, expulsar a los demonios, curar a los enfermos y acoger a los posesos, leprosos, paralíticos (cf. 1,21-2,17). Pero aquí tiene sentido negativo: Belcebú es Señor de la morada demoníaca, Dios de suciedad (o de las moscas), un ídolo pagano (quizá originario de Ekron, en la franja filistea), identificado por los judíos con el Diablo. Jesús sería por tanto un anti-dios, encarnación de lo satánico.

− Y con poder del Príncipe de los demonios expulsa a los demonios (3,22). El reino de lo malo tiene un Príncipe, llamado en hebreo Satán o tentador, a quien en griego nombran Diablo; en otras versiones ha tomado el nombre de Mastema o Azazel y se dice que se ha opuesto a Dios y lucha contra su poder sobre la tierra. A sus órdenes combaten los innumerables demonios o espíritus menores que llenan el mundo y lo infestan de locura, enfermedad y muerte.

La condena de los escribas resulta coherente: Sólo el Dios de Israel es para ellos el Señor de la Morada Buena y ejerce su reinado desde Jerusalén, salvando a los humanos a través del judaísmo; el Diablo, en cambio, es Señor de la Morada Mala y quiere destruir la obra de Dios por todos los medios a su alcance. Al servicio de ese Diablo obra Jesús: parece bueno lo que hace; como un hombre piadoso ayuda a posesos y enfermos, pero en realidad actúa así para engañar a los ingenuos, destruyendo al judaísmo y encerrando a los humanos bajo el reino implacable de Satán.

Ésta es la sentencia final de unos letrados oficiales que han venido de Jerusalén para observar a Jesús y definir con autoridad el sentido de su obra. Han verificado su conducta, han sopesado su intención de fondo y su manera de enfrentarse al poder de lo satánico en el mundo. Han visto claro y pueden emitir su veredicto.

No se sientan en el aula de condenas capitales (como harán en 14,53-66, con sacerdotes y ancianos), pero a nivel social y religioso ya han fijado la sentencia: ¡Culpable de magia diabólica o satanismo! Este tribunal se coloca en el lugar de Dios, en cuyo Nombre (viniendo de Jerusalén y apoyándose en su Ley) dicta sentencia. No se limita a rechazar algunos rasgos menores del mensaje de Jesús: no le acusa por desviaciones secundarias. Ha visto lo que hace y desde Dios emite sentencia:

- Es una sentencia teológico-social. El tema de discusión no es Dios, en plano de teoría o de experiencia individual sino saber cómo se expresa, a través de quién (de qué comunidad o iglesia) actúa, cómo se manifiesta en la vida social. El tema de fondo es el de saber cuáles son las mediaciones sociales de la manifestación y presencia de Dios.

- Es sentencia razonada y razonable. Los escribas no parecen envidiosos o engañado: piensan que el movimiento de Jesús es un peligro pues destruye la identidad social del pueblo israelita. Por eso su más hondo deber (cf. Dt 17) les obliga a dar sentencia: piensan que Jesús es emisario de Satán y así lo tienen que decir, en nombre de Jerusalén y el judaísmo.

Los demonios son muchos: son poderes del mal que oprimen y destruyen a los hombres. El Príncipe de los demonios, a quien el texto llama también Satanás (3,23), recibe aquí el nombre popular de Belcebú, un viejo «Dios de la casa» (de origen quizá filisteo), a quien los judíos han interpretado como «Dios o Señor de las moscas», es decir, de los vivientes inferiores, infectos, de este mundo.

La acusación sigue la lógica de todas las noticias precedentes sobre el exorcismo de Jesús: expulsa a los demonios, los demonios le conocen y confiesan... ¿No será que actúa en colaboración con ellos? ¿No será que quiere destruir las bases de la santidad israelita, buscando un nuevo pueblo de leprosos-publicanos, dominados por Satanás? La acusación se encuentra bien articulada: a través de su (aparentemente bueno) exorcismo, Jesús seduce al pueblo. Esto es lo que quieren mostrar los escribas, utilizando para ello su poder o control sobre la ley, queriendo destruir así las pretensiones del falso profeta nazareno.

Jesús y el reino de Satán (Marcos 3,23-27)

Los escribas de Jerusalén han condenado el movimiento de Jesús, diciendo que es satánico. Marcos le defiende, poniendo en boca de Jesús unas palabras rítmicas, con una pregunta, tres frases condicionales y una afirmación conclusiva, que retoma el motivo de la pregunta. Éste es el núcleo de su argumento:

a. Pregunta: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? (2, 23). Esta pregunta sirve para introducir el tema que se desarrolla en parábolas o comparaciones (parabolais), no por argumentos conceptuales. Jesús no quiere demostrar en abstracto su verdad sino incitar a sus oyentes, haciendo que sopesen lo que supondría una ruptura interior en la casa o familia (dominio) de Satán; desea que disciernan en cuestión tan importante. Siguen después tres frases condicionales:

1. Si un reino está dividido… (3, 24). Sirve como ejemplo o concreción del tema (por eso empieza kai ean, y si...), situándolo a la luz del símbolo del reino (basileia; cf. 1,15). Ha venido Jesús a construir el Reino de Dios, pero los escribas dicen que de hecho está construyendo el de Satán. Jesús responde: ¿podría mantener su reino Satanás si estuviera dividido, permitiendo que Jesús cure a sus posesos? ¿no habrá que entender la acción sanadora de Jesús y de su iglesia como argumento en favor de la caída del reino de Satán? Así supone Marcos.

2. Si una casa está dividida… (3,25). Repite el comienzo anterior (kai ean) y la estructura de la frase, pero no desde la perspectiva del reino, sino de la casa, entendida como espacio (edificio) donde Dios y Satán disputan su dominio. Los escribas llaman a Jesús enviado de Satán, dicen que rompe la casa judía y destruye su verdad sagrada. Jesús responde adoptando el argumento anterior: si la casa de Satán estuviera dividida, si Jesús luchara en contra de sus habitantes (posesos), esa casa no podría mantenerse. Argumentando así, Marcos desea que el oyente (lector) responda de manera negativa: ¡No! Satán no deja que su casa se divida

3. Si Satanás está dividido… (3, 26). Lo que decía sobre el reino y casa se aplica ahora a Satán, objeto de la controversia. Han acusado a Jesús de emisario suyo diciendo que en su nombre expulsa a los demonios. Jesús contesta otra vez en estilo condicional (kai ei...): ¿cómo podría mantenerse Satanás así escindido? La respuesta del lector ha de ser esta: Satanás no está escindido; Jesús ha conquistado el duro edificio de su reino y casa; no ha venido a destruir la casa de Israel sino a Satán que dominaba a los humanos; de esa forma construye la iglesia/casa de los liberados.

b. Afirmación mesiánica conclusiva: nadie puede entrar en la casa del Fuerte sin atarle o vencerle primero (3,27).

De las condicionales pasamos a afirmación solemne de Jesús (encabezada por un alla, pero…), por las que él se presenta veladamente como triunfador de Satán. Fuerte (iskhyros) era Satán; dura su casa o familia (oikia), potente su reino. Pero Jesús es el Más Fuerte (cf. Iskhyroteros de 1,7), conforme a una palabra de clara confesión mesiánica: él ha conquistado ya el reino/casa de Satán; le ha vencido, le ha atado, ha empezado a liberar a sus cautivos, cumpliendo así lo que latía en 1,12-13. La iglesia de Jesús está constituida por aquellos que confiesan su victoria sobre el Diablo y continúan realizando su tarea sobre el mundo.

(b) Argumentación de Jesús sobre Satanás (3,23-27). Jesús asume el reto de los escribas y responde, en palabras de gran dureza que expresan su mensaje. Recogiendo elementos prepascuales, su discurso (3,23-30) forma parte de la polémica cristiana con el judaísmo. La respuesta de Jesús empieza siendo una llamada al pensamiento, para culminar en una de condena fuerte expresada a través de una intensa voz de alerta, que dirige a los que manipulan a los otros, manteniendo la propia religión (seguridad) a costa de oprimirles. No desarrollo la respuesta; me limito a presentar sus temas:

• Reino o casa dividida. Siguiendo la terminología de aquel tiempo, Jesús supone que Satanás tiene su reino bien organizado y así pregunta: ¿Cómo podría mantenerse ese reino si está dividido? Si una casa se escinde en lucha interna, no puede mantenerse. Si, como dicen los escribas, luchara Satanás contra Satanás, esa sería una noticia buena. ¿Qué más podrían pedir los escribas? La propia división de Satanás ofrecería un signo de su ruina. Pero ¿es eso cierto? Así pregunta Jesús, introduciendo un tinte de ironía inquietante en el discurso que han trenzado los escribas (3,23-27).

• La casa del fuerte. Juan llamó a Jesús «más fuerte» (1,7). Pero en el lenguaje de los escribas el más fuerte es Satanás. Así lo emplea Jesús y pregunta: ¿quién puede entrar en su casa y atarle para apoderarse luego de su armamento? Pues bien, al venir y vencer a Satanás, el mismo Jesús cumple la palabra del Bautista y se presenta, de un modo implícito, pero bien claro, como aquel que es más fuerte que Satanás: es emisario de Dios. Sus enemigos, los escribas, no lo han entendido. Viene a luchar contra Satanás, liberando a los posesos-pecadores y ofreciendo a todos un camino de reino, y los escribas, enfrascados en sus discusiones eruditas y en su forma de entender los ritos de su pueblo, no le aceptan (3, 27).

• Profundización: Pecado contra el Espíritu Santo (3,28-29). Son iglesia los que aceptan la acción liberadora de Jesús. Caen en pecado, según Marcos, aquellos que le condenan como emisario de Satán. De esa manera, Jesús invierte la razón de los escribas, diciendo que son ellos en el fondo los endemoniados (pues luchan contra el Espíritu de Dios), corriendo el riesgo de quedar prendidos, destruidos, bajo el poder diabólico de la opresión humana.

El Espíritu es la fuerza sustentante de la nueva comunidad (iglesia) que Jesús ha instituido con su proyecto mesiánico; por eso pecan contra el Espíritu aquellos que niegan y rechazan su acción liberadora en favor de los pobres. Dura ha sido la acusación contra Jesús; durísima su respuesta: ¡Negándose a acoger la obra de Dios, los escribas se destruyen a sí mismos! Al afirmar que Jesús “tiene un espíritu impuro” (3,30), los escriben no le rechazan simplemente a él, rechazan y niegan la obra salvadora de Dios a favor de los excluidos de la sociedad.

Hemos visto ya los argumentos. Los escribas acusan a Jesús de traición contra la casa nacional del judaísmo, afirmando que es un “poseso”: no es hombre de Dios, sino del Diablo. Jesús les contra-acusa diciendo que son ellos los que en realidad destruyen la obra de Dios (del Espíritu Santo), corriendo así el riesgo de quedar prendidos bajo el poder de Satán (pecado contra el Espíritu Santo). La misma ayuda que Jesús ofrece a los proscritos, su forma de acoger a los posesos, pecadores, publicanos, viene a presentarse también (junto al tema de la comida con los pecadores y marginados, cf. 2,16) como articulum stantis et cadentis Ecclesiae (es decir, como el “dogma práctico” que define la esencia de la iglesia).

Los escribas piensan que al abrir su comunión a los posesos, marginados, pecadores, Jesús destruye la estructura sagrada del judaísmo legal, actuando así como emisario satánico. Por el contrario, Jesús muestra que su acción expresa y despliega la más honda verdad del judaísmo universal (abierto desde ahora a todos los necesitados del mundo). En el fondo de esta disputa se vinculan el aspecto teológico y social. Hemos destacado hasta aquí más el rasgo social; ahora evocamos el teológico:

-- Dios. Sólo rechazando a los escribas, Jesús puede ofrecer mensaje de Dios y acción liberadora en favor de los proscritos. Por eso emplea la fórmula de revelación solemne (¡amên legô hymin!), mostrando (cf. pasivo divino) que Dios mismo perdona los pecados... (3, 28). En nombre de ese Dios actúa Jesús cuando ayuda a los endemoniados. Sin el descubrimiento fuerte y creativo de su gracia carece de sentido esta controversia. Sólo allí donde Dios se revela como amor, venciendo la opresión de los que intentan controlar a los demás con su legalismo, puede hablarse de evangelio.

-- Espíritu Santo. Han acusado a Jesús de poseso, infiltrado de Satán, Espíritu impuro (3,22), como muestra el aparte literario conclusivo: ¡Decían: tiene un Espíritu impuro! (3,30). Pues bien, al hablar así, los escribas pecan en contra del Espíritu Santo, rechazan la acción salvadora universal que convoca por Jesús a los posesos y pobres (3,28-29). De esta forma se oponen los espíritus: el impuro de la destrucción del ser humano, vinculado a Satán; y el santo que brota de Dios y se presenta por medio de Jesús como fuerza de liberación. El Espíritu Santo es el Poder de pureza que se opone a la impureza del demonio; es el amor y comunión que va creando familia desde los últimos (posesos).

-- Jesús. Aparece en el centro de la discusión como Fuerte (iskhyros, cf. 3,27), en palabra que sitúa nuestra escena en el trasfondo del Bautismo (cf. iskhyroteros: 1, 7). Vino a vencer a Satanás, ya le está venciendo. Esa victoria no implica el fortalecimiento de la ley sino superación del Israel de los escribas. Jesús no es mensajero de renovación israelita; no ha venido a repetir u organizar en clave de ley lo que ya existe, para bien de la nación sagrada, como desean los escribas (cf. 1, 22), sino a vencer a Satanás y construir sobre el mundo la nueva familia de Dios, con autoridad sobre los espíritus impuros (cf. 1,21-28). El mismo Dios le ha llamado Hijo amado (1, 11); es evidente que tiene autoridad sobre su casa.

Hemos vinculado así el aspecto social y teológico del tema. Es claro que Marcos no ha desarrollado este modelo "ternario" de la revelación (Dios, Espíritu, Jesús), pero está latente en su discurso. Jesús y los escribas no discuten sobre aspectos generales del misterio (bondad, omnipotencia) sino su concreción social. Esa discusión nos conduce a la raíz eclesial de eso que podemos llamar el dogma cristiano.

Exorcismos, lucha contra el Diablo. Visión de conjunto (3, 20-35)

Los exorcismos son un gesto apotropáico destinado a expulsar los malos espíritus (demonios) de un lugar o persona. Evidentemente, el Jesús de Marcos asume (por ley de encarnación) la visión de los exorcismos de aquel tiempo, aunque introduce dentro de ella novedades significativas, que ahora destacamos en perspectiva de polémica y surgimiento eclesial:

1. Exorcismo y polémica judía (3,20-35). Los escribas "que bajan de Jerusalén", como representantes de la ortodoxia del pueblo, reconocen los exorcismos de Jesús (su acción en favor de los posesos), pero los interpretan como provocación antijudía: al introducirse en el mundo de posesos y ayudarles, Jesús y su grupo universalista (no los parientes judeocristianos, unidos a los escribas) rompen las fronteras de lo puro y de lo impuro, apareciendo como socialmente peligrosos

2. Exorcismo y polémica pagana (5,1-20). Jesús libera al geraseno, pero los habitantes de la zona (de la ciudad y los campos: 5,14) le "ruegan" que salga de su tierra. Prefieren quedar como estaban, en equilibrio de violencia con los posesos. No aceptan la libertad de Jesús.

3. Exorcismo y polémica intra-cristiana (9,38-41). Como representante de la "iglesia zebedea", Juan pretende impedir que un exorcista no comunitario "expulse demonios" en nombre de Jesús: quiere edificar una estructura de poder sobre la fuerza "sacramental" de su exorcismo, poniéndose al frente de una iglesia para dominar sobre el mundo. Evidentemente, Jesús se lo impide.

4. Exorcismo cristiano. A los discípulos, que son-con-él (forman su familia), Jesús les ofrece dos tareas que en el fondo se identifican: proclamar el mensaje (keryssein) y expulsar demonios (3, 14-15; cf. unidad de ambos gestos en 1,27). Los enviados de Jesús son exorcistas: proclaman conversión, expulsan demonios y curan a los enfermos (6,7.12-13). Éste es su poder, éste su oficio sobre el mundo.

Consecuencia. El exorcismo es un "sacramento" difícilmente controlable en clave de institución. Para que funcione y sea eficaz tienen que "verse" sus frutos, de tal modo que aparezca como amenaza para los que quieren "controlar" la sociedad a través de sus demonios (judíos, paganos, cristianos falsos). La iglesia de Jesús responde a su llamada expulsando demonios, liberando de esa forma al ser humano.

Xabier Pikaza Ibarrondo

Bibliografía

Para situar el tema en el trasfondo de Satán, según el judaísmo, cf.

P. Sacchi, L'Apocalittica giudaica e la sua storia, Paideia, Brescia, 1990, 272-297.

En perspectiva cristiana T. W. Manson, The Sayings of Jesus, London 1971, 84-87.

Sobre los "espíritus" malos y buenos cf. H. Schlier, Mächte und Gewalten nach dem NT, en Besinnung auf das NT, Herder, Freiburg 1964; C. K. Barret, The Holy Spirit in the Gospel Tradition, SPCK, London 1970; V. P. Hamilton, Satan, ABD V, 985-989.

Sobre los escribas cf. J. Trebolle, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, Madrid 1993, 119-131; J. I. Levine, The Rabbinic Class of Roman Palestine in Late Antiquity, Jerusalem 1989; A. J. Saldarini, Scribes, ABD V, 1012-1016. No parece clara la visión de Jesús como protofariseo de H. Falk, Jesus, the Pharisee: A New Look in the Jewishness of Jesus, Paulist, New York 1985.

El judaísmo rabínico actual sigue juzgando peligrosa la actitud de los carismáticos que desde su experiencia y libertad amenazaban las instituciones sociales, legales (sacrales) de lo que G. Vermes llama respetabilidad del judaísmo: Jesús, el judío, Muchnik, Barcelona 1977, 87 (cf págs. 63-87).

Cf. también J. Klausner, Jesús de Nazaret, Paidós, Buenos Aires 1971, 369-376. Sobre el pecado (especialmente contra el E. Santo) cf. E. P. Sanders, Sin, Sinners, ABD VI, 40-47; C. Colpe, Der Spruch von der Lästerung des Geister, en Fest. J. Jeremias, Göttingen 1970, 63-69; M. E. Boring, The Unforgivable sin Logion, NT 18 (1976) 258-279; H. W. Beyer, Blasphêmeô, TDNT, I, 621-625.

He planteado de forma básica el tema en Trinidad y comunidad cristiana, Sec. Trinitario, Salamanca 1990, 45-80. Cf. también Trocmé, Formation 104-109; Mateos-Camacho, Marcos 326-355; Gnilka, Marcos I, 168-181; Pesch, Marco, I, 323-363

 

 

El Evangelio de este domingo nos reproduce una escena muy seria, casi trágica, dentro de la predicación de Jesús. El Señor se va a ver obligado a decirnos cuál es pecado mayor que existe y las fatales consecuencias que acarrea al culpable.

Se reúne tanta gente en torno al Maestro de Nazaret que el pobre no tiene tiempo casi ni de comer. Parientes y amigos suyos, que lo han visto siempre tan ecuánime y tan sereno, al verlo ahora con esta fama y estos milagros, piensan de Jesús lo peor que pueden, y se dicen resueltos:

- Vamos a atraparlo porque se ha vuelto loco.

Esto, sus paisanos y parientes. Los escribas y fariseos, que llegan desde Jerusalén para observarlo, van mucho más allá, y propagan entre la gente:

- ¿A ése hacéis caso? Que vayan todos con cuidado, porque está endemoniado, poseído nada menos que por Belcebú, y expulsa a los demonios en nombre del príncipe de los demonios.

La acusación era demasiado grave. Jesús comprende toda la malicia que encierra, y, para no enfadarse demasiado, responde a sus acusadores con unas preguntas suaves y contundentes:

- Muy bien. Vosotros decís que yo expulso los demonios en nombre de Satanás. Pero, ¿cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está divido en sí mismo, es imposible que ese reino se mantenga en pie. Si una casa o una familia se divide, ¿cómo se va a gobernar?

Las respuestas tenían que ser claras. Y se las va a dictar el mismo Jesús:

- Si Satanás se rebela y se divide contra sí mismo, no puede subsistir, sino que está para acabar su dominio.

Los fariseos tenían que callar por fuerza ante estas razones. Pero Jesús sale ahora en defensa de Sí mismo y de su actividad contra el demonio. Y lo hace con una declaración, a base de una comparación tremenda, que deja por fuerza sin palabra a su contrincantes:

- Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y apoderarse de todos sus enseres, si antes no lo ata y no lo sujeta bien. Entonces es capaz de arrebatarle todo y de echarlo fuera.

Jesús les declaraba así que Él era más fuerte que el demonio, desde el momento que lo expulsaba de los poseídos.

Pero ahora viene el aviso más grave que Jesús se ve obligado a dar.

- Os aseguro que se les perdonarán a los hombres todos los pecados y todas las blasfemias que profieran. Pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás. Cargará con su pecado eternamente.

En realidad, ¿cómo podían decir que Jesús estaba poseído de un demonio? Pecar contra la luz es el pecado más grande que puede existir. Es cerrar voluntariamente los ojos al Espíritu Santo que nos está enfocando para que veamos, y decir que su obra se debe a Satanás...

Contra esta incredulidad de los fariseos, estaba la fidelidad de los oyentes dóciles de Jesús, de los cuales asegura, ahora que los ve a su alrededor:

- Éstos, éstos que cumplen la voluntad de Dios mi Padre, éstos son mis hermanos, mis hermanas y mi madre...

¿Qué pensaron los escribas y fariseos venidos de Jerusalén para expiarlo y difamarlo de manera tan grave?... ¡Menuda amenaza que se llevaban encima!...

Un Evangelio tan serio como éste nos hace ahora a nosotros pensar en el demonio, en Satanás, en el cual se centra toda la grave lección de Jesús.

El papa Pablo VI, hace ya bastantes años concretamente en noviembre de 1972 habló de manera muy seria contra los que aseguraban que el demonio no existía, sino que era más bien la personificación que los hombres habíamos hecho del mal. Para muchos, el demonio no es más que eso: el conjunto de los males que contemplan nuestros ojos.

Esta manera de pensar era muy peligrosa y estaba en oposición directa contra la revelación de Dios en toda la Biblia y contra la fe de todo el pueblo cristiano. Por eso el Papa aseguraba: El mal no es sólo una deficiencia, sino la eficiência de un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor.

Es decir, el demonio es un ser personal, malo, malísimo, y que no se dedica más que a hacer el mal. Y la peor estrategia que usa según frase famosísima de un escritor de hace más de un siglo es la de pasar desapercibido. Su mayor victoria es conseguir que no se crea en él. Entonces actúa siempre en las tinieblas, a escondidas; y hasta se deja tributar culto descaradamente en asambleas satánicas.

El demonio conspira contra la autoridad y unidad de la Iglesia esto es su mayor empeño y donde tiene sus mayores triunfos, si consigue algo, pero lo hace valiéndose de fanáticos, de revoltosos, de contestatarios dentro de la misma Iglesia.

¿Hemos de tener nosotros miedo a Satanás? No, de ningún modo. El demonio no da miedo a ningún cristiano fiel. Jesús es más fuerte y no se deja vencer por Satanás en nosotros. El demonio, después de la Cruz y de la Resurrección, no es más que un muñeco en las manos del Señor.

¡Señor Jesucristo!

¡Qué confianza la que nos inspiras al presentarte tan fuerte frente al Maligno!

¿Quién puede temer por su salvación si está contigo? ¡Nadie tan poderoso como Tú, Señor!...

Pedro Garcia cmf

 

 

Leonardo Biolatto

 

 

Seducidos por el mal

En el evangelio de hoy parece que queda mal la familia de Jesús, su misma madre. Pero es que Marcos -y aún más claramente el evangelio de Juan- quieren que quede claro que María es grande no porque fuera la madre biológica de Jesús, sino porque creyó en El con todo su corazón. María es grande porque fue grande su fe, su amor, su esperanza.

El mal, esa realidad cotidiana

Con todo, el “tema” central del evangelio de hoy -y de la primera lectura que, como cada domingo “normal” prepara el evangelio- es la realidad del mal y la capacidad que tenemos todos por llegar a disimular el mal auténtico.

No es difícil hacer la lista del mal en el mundo. Y la lista sería larga, dolorosa. Nuestra envidia y nuestro egoísmo, la imposición de nuestra voluntad a los demás, el hacer lo que nos viene en gana sin pensar si con ello perjudicamos a otros, nuestra capacidad para criticar e incluso calumniar sin pensarlo dos veces, nuestro afán por medrar aunque sea a costa de los que nos rodean… Y luego, junto a esa lista, otra dramática y horrorosa, hecha de armas y más armas, hambre y más hambre, países del Norte de nuestro mundo que son cada vez más ricos mientras que muchos del Sur del mundo son cada vez más pobres…

Siglos y siglos atrás, meditando sobre el origen y la situación del hombre, alguien -que nosotros reconocemos inspirado por Dios- escribió la página que hemos escuchado como primera lectura.

Alguien que quiso explicar la marca del mal y del pecado que rompen, desde el principio, la historia de los hombres, el corazón mismo de los hombres. Alguien que nos legó esta constatación: desde el principio los hombres nos hemos dejado seducir por una fuerza de mal, la fuerza de la serpiente, el diablo, y hemos escogido un camino que nos alejaba del proyecto amoroso de Dios. Y que desde entonces, toda la historia, todo el camino de la humanidad, es una dolorosa batalla entre la fuerza de la serpiente, la estirpe de la serpiente, y la fuerza que pueda surgir de la semilla de amor y de esperanza que el propio Dios sembró en nosotros desde el principio de todo.

Jesús no se dejó seducir

Todo eso es mucho más que una fábula o una historia más o menos curiosa. Todo eso es nuestra realidad, nuestra dramática realidad.

Nuestra realidad que, sin embargo, desde entonces, desde siempre -como nos decía también la lectura- lleva dentro de sí una promesa, una certidumbre contenida en las palabras definitivamente descalificadoras que Dios dirige a la serpiente: “Ella, la estirpe de la mujer, te herirá en la cabeza; y tú, por mucho que lo intentes, sólo lograrás herirla en el talón”.

Esta es nuestra fe. Existe alguien que ha escogido decididamente el plan amoroso de Dios, alguien que no se ha dejado atrapar por el estilo que la serpiente quería imbuirle, también a él. Ese alguien es Jesús. Y nosotros miramos hacia él, y nos agarramos a él, y creemos que, a pesar de tanto mal, la fuerza de la serpiente no lo domina todo. Creemos que la fuerza del amor de Dios que se manifiesta en Jesús es más fuerte.

El peligro de auto-engañarnos

Ocurre, sin embargo, que los hombres somos muy complicados, y somos capaces de entenderlo todo al revés y llegar a convencernos de que lo blanco es negro. Si nos conviene para nuestros intereses y nuestra tranquilidad personal, podemos llegar a convencernos a nosotros mismos, y a creérnoslo realmente, que lo bueno es lo que nos resulta fácil y lo malo lo que nos cuesta: llegamos a decir que son cosas del diablo algunas cosas que en realidad son del Evangelio, y viceversa.

Nosotros, si no estamos atentos, podemos hacer como hacían con Jesús la gente de su tiempo, según hemos escuchado en el evangelio. El viene a liberar del mal, él viene a abrir caminos de vida nueva. Pero la gente de su misma familia decía que no estaba en sus cabales. Y los letrados decían que estaba poseído por el demonio.

Ante esas acusaciones, la respuesta de Jesús es muy dura, y es también una advertencia para nosotros: podemos ser débiles, podemos ser pecadores, podemos ser egoístas, y Dios nos lo perdonará. Pero lo que no podemos hacer es insultar al Espíritu Santo. No podemos decir que es obra del diablo lo que es obra de Dios. Y no podemos atribuir a Dios, al Espíritu de Dios, lo que es obra del mal y del egoísmo humano. Tenemos que andar muy atentos, muy despiertos, muy dispuestos a convertirnos siempre. Jesús lo espera de nosotros.

 

 

Rogelio Narvaez Martinez

 

 

El hombre de todos los tiempos ha buscado respuestas a los interrogantes fundamentales de su vida. Todos los pueblos tienen sus mitos y sus ritos buscando en sus orígenes las razones del bien y del mal, las razones de la enfermedad, de la división, de la vida y de la muerte.  Así nace el Génesis que en sus primeros capítulos con un bello himno nos lleva por los caminos de la creación sublime del hombre, de su dignidad como imagen de Dios, “a imagen suya los creó, hombre y mujer los creó”, y con su misión de constructor y cuidador del universo. También nos descubre la realidad del pecado, de la envidia y del egoísmo. El hombre y la mujer que fueron puestos como complementariedad y plenitud siendo pareja, los que estaban llamados a vivir en el más grande amor y hacerse los dos uno solo, los que deberían dominar y hacer crecer la creación, pronto se presentan “desnudos y avergonzados”, porque han olvidado su misión. El Génesis no pretende darnos datos históricos de un pecado, sino el origen y el camino de todo pecado: romper las relaciones y la armonía. Romper con el Creador para erigirse ellos mismos como dueños y señores; romper con la creación al querer “empadronarse de la creación y establecer un nuevo orden”; romper la relación de pareja donde ambos se culpan y no pueden mirarse a los ojos; en fin, romper la misión de complementariedad, imagen y plenitud de amor. Cada vez que el hombre se coloca como centro de todas las cosas, pierde su sentido original y se convierte en esclavo de las cosas, en enemigo de sus hermanos, y se esconde de Dios. ¿Sorprenden los castigos? Son las consecuencias que lleva en sí mismo el pecado: desnudez, esclavitud, insatisfacción, penuria del trabajo y lejanía de Dios. Dios debe estar en el corazón de la familia y de la sociedad, si no, pierden su rumbo.

Cristo vino a romper toda esclavitud de pecado y opresión, pero los mismos de casa no lo comprendieron y empezaron a tacharlo de loco. A muchos les parece locura querer reconstruir esa imagen de Dios puesta en el corazón del hombre; miran como imposible y hasta amenazante, romper los lazos que esclavizan a la humanidad atándola a las cosas materiales y rompiendo la armonía que nos hace a todos participar de la creación gratuita en favor de todos; se escandalizan cuando Jesús va más allá de los lazos familiares para recuperar el original sentido de una sola familia, de una participación plena de todas y cada una de las personas como iguales y con todos los derechos. Los propios de casa lo llaman loco y pretenden atarlo a las costumbres, a la cerrazón de una tradición y las leyes convenencieras que en lugar de dar libertad aniquilan y destruyen. Aparece claro el sentido del pecado y la influencia del demonio o del mal. No podemos ocultar toda la maldad que hay en el mundo, la debemos entender siempre como una desviación de lo que el hombre está llamado a ser. Las injusticias y violencias parten de un desorden interior del hombre; las avaricias que dejan en orfandad y hambre a los otros, son producto de una falsa concepción del poder; las rupturas y traiciones al amor, a la familia y a la pareja, parten de un corazón que no sabe amar. El pecado brota de una profunda equivocación interior y sólo sanando el interior se puede remediar. Jesús ha venido a sanar esas profundas heridas, pero necesitamos dejarlo actuar, abrir nuestro corazón para que lo sane, cambiar radicalmente de valores y reconstruir las relaciones básicas de cada persona.

No podemos desconocer la importancia de la familia, de los lazos que genera y de su papel como engendradora de vida, de educación, de armonía interior y de equilibrio en la persona. Por el contrario, hoy Jesús parece desconocer y rechazar a su madre y a sus hermanos. ¿Será cierta esta apreciación? Todo lo contrario, la respuesta de Jesús nos lleva a descubrir que no basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios. Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre. En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más firmes.

Descubramos hoy las razones de la injusticia y de la maldad; reconstruyamos el rostro de Dios, la fraternidad en nuestras familias, y formemos nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que nos enriquezcan y nos lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella? ¿Cómo vivimos la fraternidad a la que hemos sido llamados con todos los hombres y mujeres? ¿Cuáles son los valores que nos mueven? ¿Cómo superar las injusticias en nuestro entorno o en nuestras mismas relaciones?

Dios, Uno y Trino, contemplamos tu belleza en cada familia y en cada

sociedad que son tus imágenes, te invocamos y pedimos que sean lugares

de encuentro, de paz y de crecimiento en el amor. Amén

mons. Enrique Díaz

 

 

Iglesia: familia creciente, Dios pariente

No debió de resultarle, anímicamente, nada fácil ni sencillo a Jesús de Nazareth permanecer inalterablemente fiel al sueño de su Padre, el Reino, que anunciaba e inauguraba a través de todo su ministerio.

Por un lado, sus enemigos enconados que buscaban menoscabarlo mediante el descrédito, el insulto y el desprecio velados, el objetivo de limar su estatura bondadosa frente a un pueblo creciente que en Él confiaba y le seguía.

Por otro lado, sus mismos parientes que no llegaban a comprenderlo, al extremo de considerarlo loco, alienado, trastornado, fuera de sí.

Más la postura de los suyos ha de entenderse en el contexto en que se desarrollaba su ministerio, en esa cultura y sociedad judía del siglo I de nuestra era. Luego de varios siglos de invasiones extranjeras, de dominios imperialistas por pueblos extraños, de exilios, cautividades, destierros y destrucción de los símbolos nacionales, el pueblo de Israel se aferraba al último reducto que preservaba su identidad, y que era precisamente la familia. Aunque familia no debe ser leído aquí con ojos de siglo veintiuno, sino con el carácter propio de esos tiempos, es decir, los naturales lazos biológicos de padres, hermanos, abuelos y los imprescindibles vínculos tribales, de clan patriarcal que implicaban pertenencia y protección.

Ese Jesús que los suyos habían visto crecer, y del que esperaban siguiera el oficio paterno -artesano o carpintero-, que formara una familia, que viera transcurrir sus años en esa aldea galilea cumpliendo cabalmente con la fé de sus mayores, a los treinta años abandona la casa familiar, el entorno diario y se larga a los caminos con una misión que lo impulsa. Parece revestido de un fuego que lo consume, habla de un Dios muy extraño que perdona, que ama, al que llama su Padre, reparte como lluvia fresca por todas partes sanación a los dolientes y enfermos y, como si no bastara, se junta a comer y beber con los despreciados, con los réprobos, con los que nadie en su sano juicio se sentaría a ninguna mesa.

En ese desconcierto es que pretenden llevárselo de regreso a Nazareth, y su presencia en Cafarnaúm -haciéndose anunciar, todo un signo- es la advertencia del ya basta, hay que regresar a lo conocido y dejarse de molestar con estas locuras de Reino, de Hijo del Hombre y de todas esas locuras que seguramente han de atraer desgracias para todos.

En ese grupo que lo requiere ansioso está su Madre. Sin embargo, aún en su no comprender al Hijo que ama, prevalece su corazón manso y enorme, y esas dudas que la acucian han de enaltecerla.

Porque el Maestro no redobla la apuesta profundizando las contradicciones y propiciando una ruptura brutal con lo viejo, con lo antiguo. En realidad, lo que declara con un todo que tal vez incomode es una invitación a ensanchar la familia, a crear vínculos nuevos y mucho, mucho más profundos que los establecidos por la genética y la sociedad.

Invita, nada más y nada menos, a ser parte su padre, su madre, su hermano y su hermana, un Dios que se revela familiarmente cercano, al que se lo conoce no tanto desde la razón como más bien desde los afectos entrañables que no pueden quebrarse ni olvidarse.

Así María de Nazareth es Madre por gestarlo, Madre por parirlo, Madre por cobijar en su alma la Palabra y dejar que germine vida nueva, Madre por escuchar esa Palabra de Vida y Palabra Viva y ponerla en práctica.

Todos, indefectiblemente y sin excepción de ninguna clase, estamos convidados a forjar estos lazos nuevos, extrañas ligazones que atan para liberar, una familia creciente en donde todos son tenidos en cuenta, todos son importantes, todos son queridos y cuidados.

A esta familia algunos la llamamos -con todo y a pesar de todo- Iglesia. Pero quizás lo más importante no sean los nombres identificatorios, sino la inefable y asombrosa cercanía de un Dios Pariente de cada uno de nosotros.

Ricardo Guillermo Rosano

 

 

Dios también habla hoy

La familia es de origen creacional. Dios creó al hombre como familia.

Cada uno somos independientes, pero llamados a vivir en comunidad.

Hombre y mujer llamados a vivir en comunión de pareja, llamados a vivir en “una sola carne”. Y llamados a ser juntos, procreadores de vida, los hijos.

Pero la familia va adquiriendo distintas configuraciones sociales y culturales.

Por eso la familia es también cultura. Sus raíces son fruto de la creación.

Pero su configuración va adquiriendo distintas modalidades a lo largo de la historia.

Por su origen creacional, la familia está llamada a ser imagen de Dios.

El primero es ser familia es el mismo Dios. Y Dios nos ha pensado a “su imagen y semejanza”. Citando al Papa Juan Pablo II, el Documento de Puebla lo expresa claramente: “La familia es imagen de Dios que “en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia”. Es una alianza de personas a las que se llega por vocación amorosa del Padre que invita a los esposos a una íntima comunidad de vida y de amor, cuyo modelo es el amor de Cristo a su Iglesia”.(DP 582)

Jesús nació en una familia así.

Pero luego, el mismo Jesús crea una nueva familia, o mejor crea un nuevo estilo y nueva dimensión de familia.

Cuando le dicen que “su madre y sus hermanos lo esperan fuera y lo buscan” tiene una respuesta que pudiera parecer extraña y hasta despectiva. “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

La familia creacional está basada en la carne y la sangre, en el amor humano.

Pero Jesús contempla ahora el Reino de Dios como nueva familia.

Una familia que no nace de la “carne y la sangre ni del amor humano”, sino de nuestra relación con los planes de Dios, una familia que nace de la fe.

Por eso, al casarnos lo hacemos con un sacramento, como una expresión de fe en su Palabra, y por tanto, como un nuevo modo de ser y vivir en familia.

Seguimos casándonos porque nos amamos, pero a lo que tenemos que añadirle la dimensión de la fe. Se amplía la familia. Se universaliza la familia.

Nos convertimos en padres, madres, hijos y hermanos en y por la fe.

Por eso la Iglesia es familia, comunión de amor en la fe.

Ya no basta amarnos, es preciso amarnos en la gracia, en la voluntad de Dios.

La familia primero “imagen del Dios familia”.

Luego la familia en sus distintas configuraciones culturales.

Y ahora esa nueva familia que es la humanidad que ha escuchado el anuncio del Reino y del Evangelio.

No podemos contentarnos con ser una familia culturalmente como todas.

Estamos llamados a ser una familia que “exprese la verdad del Reino de Dios”.

Y que nosotros concretamos cuando decimos “familia Iglesia doméstica”.

Clemente Sobrado C. P.

 

 

Conbatir conta el demonio

1. En los evangelios aparece con toda claridad que Cristo tiene poder sobre los demonios. En el evangelio de hoy queda reflejado que ese poder de Jesús es considerado por sus enemigos, los letrados, como señal de posesión diabólica y dicen que tiene dentro a Belcebú. Para otros ese poder era considerado como señal de que estaba loco, de que no estaba en sus cabales. Sin embargo, Jesús demuestra que ese poder es señal de la ruina del imperio de Satanás y, por ello, de que ha llegado la era de la salvación que vino a traernos por medio de su vida, pasión, muerte y resurrección. Es el Padre el que se lo ha concedido, y Él lo concede también a los discípulos en cuanto que son los que han de propagar el Reino.

La Sagrada Biblia nos presenta al demonio, como un ángel que formaba parte de aquellos espíritus puros que moran ante la presencia de Dios. Fue creado por Dios con una naturaleza muy buena, muy superior a la naturaleza humana. Su nombre pudo ser Luzbel o Lucifer, el que encabezó una rebelión en el cielo, por lo que fue expulsado del mismo junto con sus seguidores, convirtiéndose en demonios.El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “Satán o el diablo y los otros demonios son ángeles caídos por haber rechazado libremente servir a Dios y su designio. Su opción contra Dios es definitiva. Intentan asociar al hombre en su rebelión contra Dios”

2. El demonio no es un ser legendario o un mito. El Papa Francisco, en una homilía, en Santa Marta, lo enseñaba con esta claridad: A esta generación y a muchas otras se les ha hecho creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal ¡pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él! ¡Lo dice San Pablo, no lo digo yo! ¡Lo dice la Palabra de Dios!

El demonio, pues, es un ser real, de naturaleza angélica, pero como afirma San Juan evangelista es el padre de la mentira: Sois de vuestro padre el diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él fue un homicida desde el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el padre de la mentira.

3. Porque es el padre de la mentira, porque es malvado, siempre trata de destruir al hombre, de apartarlo de Dios, de conducirlo a un estado de condenación eterna. Por ello, debemos estar vigilantes para no caer en sus tentaciones. Las tentaciones nos vienen del mundo corrompido en que vivimos, de nuestra naturaleza que está inclinada hacia el desorden moral, y también del demonio que siempre que puede nos tienta.

Sin tapujos y con claridad lo afirmaba el Papa Francisco: También nosotros somos objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. ¿Y cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación? La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas. ¿Cómo hace el demonio para alejarnos del camino de Jesús? La tentación comienza levemente, pero crece: siempre crece. Segundo, crece y contagia a otro, se transmite a otro, trata de ser comunitaria. Y, al final, para tranquilizar el alma, se justifica. Crece, contagia y se justifica".

4. Para vencer las tentaciones del diablo, San Juan María Vianny, el Santo Cura de Ars, hacía estas recomendaciones:

“Al veros tentados, rechazad al momento la tentación;

 y, si tenéis oportunidad, haced devotamente la señal de la cruz;

pensad en los tormentos que deben experimentar los réprobos por no haber sabido resistir la tentación;

elevad al cielo vuestra mirada, y veréis así cuál es la recompensa del que lucha;

 llamad en vuestro socorro al ángel de la guarda;

echaos prontamente en brazos de la Virgen Santísima, implorando su protección;

“con eso tenéis la seguridad de salir victoriosos de vuestros enemigos, a los cuales veréis al punto llenos de confusión”.

También es bueno tener presentes estas palabras de San Josemaría en Amigos de Dios: “No os preocupe si en algún momento sentís la tentación que os acecha. Una cosa es sentir, y otra consentir. La tentación se puede rechazar fácilmente, con la ayuda de Dios. Lo que no conviene de ningún modo es dialogar”.

5. Si queremos, con la ayuda de Dios y de la Virgen, podemos vencer cualquier tentación. Digamos frecuentemente: Señor no nos dejes caer en la tentación

Alfonso Martínez Sanz

 

 

 

san Agustín (S. 52, 1)

trad. de Javier Ruiz, oar

 

 

- De nuevo, la pregunta clave

En medio de la aparente confusión de personajes y situaciones con que nos hemos encontrado en el Evangelio de hoy, surge con claridad y fuerza la cuestión de fondo que se está planteando: ¿quién es Jesús? No sólo nos hemos encontrado con la pregunta, sino con tres tipos de respuesta:

-se trata de un líder, para la gran masa que le sigue con tal fervor y entusiasmo que no le dejan ni tiempo para comer;

-se trata de un loco, para sus asustados familiares que van en su busca para llevárselo;

-se trata de un endemoniado, para los aterrorizados letrados que ven con ira el peligro que planea sobre sus intereses y montajes.

El cuadro evangélico empieza ahora a adquirir claridad; y a proyectar su luz sobre nosotros. Porque la pregunta puede parecer poco novedosa, antigua y obsoleta; y, sin embargo, no pierde vigencia.

- La respuesta es decisiva

La pregunta sigue teniendo vigencia, en primer lugar porque es la pregunta decisiva para la vida del hombre; o mejor dicho: lo decisivo es la respuesta que el hombre dé a esta pregunta.

La pregunta, en realidad, puede plantearse de muy diversas maneras: ¿quién es Jesús?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿de dónde venimos y a donde vamos?, ¿por qué la vida y la muerte?...

En definitiva, se trata de encontrar sentido a algo decisivo: nuestra propia existencia. El matiz está en que, preguntándonos por Jesús, tenemos la posibilidad de descubrir que el sentido de la vida no está en una teoría sino en una vida, la vida de Jesús de Nazaret; y el sentido de nuestra muerte está, también, en la muerte -y resurrección- de Jesús. (Así que el matiz, en realidad, reorienta radicalmente la pregunta).

- Cristo es el sentido, la razón de ser de la vida

Descubrir que Cristo es el sentido de nuestra vida es descubrir que nuestra vida tiene sentido, que no es absurda, ni una casualidad, ni una pesada broma de la naturaleza.

Descubrir que Cristo es el sentido de nuestra vida es descubrir que tiene sentido esforzarse por el prójimo, que tiene sentido la lucha por la fraternidad entre todos, por la justicia, por la promoción de los hombres y los pueblos marginados y oprimidos; es descubrir que tiene sentido el darlo todo por esa causa, dar incluso la propia vida, de golpe o poco a poco. Y lo descubrimos por Cristo, en El y con El, que así vivió la vida, así la dio y así resucitó.

- El misterio no desaparece

Es cierto que quedan en pie muchos interrogantes intelectuales.

No podemos olvidar que lo que intentamos comprender atañe a lo más íntimamente y profundamente humano, y hay que dejar espacio a una dimensión misteriosa, más allá de lo puramente analizable y demostrable. En cualquier caso el argumento más válido es el de la propia experiencia: quien descubre a Jesús como sentido de la propia vida se siente satisfecho, se siente seguro, se siente esperanzado. ¿Acaso quien ama necesita explicaciones para seguir, alegre y confiado, a la persona amada, para confiar en ella, para contar con ella en su vida? La fuerza del amor ni responde los interrogantes que la inteligencia puede plantear, ni cumple las respuestas buscadas; pero sí que las deja cortas, pequeñas, insuficientes (y aun, con frecuencia, innecesarias).

- Una nueva razón para preguntarnos

Hoy tenemos que admitir un dato nuevo en todo este asunto. Y es que hoy, son muchos los que ni se molestan en plantearse la pregunta. Seguramente muchos discutirían esta afirmación, la matizarían: se plantea de otras formas, indirectamente, implícitamente.... Sea como sea, la impresión es que muchos no se lo plantean o lo hacen tan indirectamente que apenas se nota, apenas reclama una respuesta, apenas puede tenerla. Y no podemos olvidar que las respuesta sólo interesan al hombre cuando éste, previamente se ha planteado preguntas.

De nuevo al desafío es para nosotros, que tenemos conciencia del don recibido, don que no podemos convertir en propiedad privada: "lo que habéis recibido gratis dadlo gratis" (Mt 10,8).

- Tenemos que ser testigos

El desafío que tenemos es el de testimoniar:

-testimoniar la respuesta correcta ante los muchos que, también hoy día, confunden a Jesús con un líder, un supermán, un loco, un visionario, un idealista..., de todo menos el enviado de Dios;

-testimoniar la necesidad de plantearse la pregunta sobre Jesús ante quienes, llevados por la superficialidad o la ceguera, creen que la vida no tiene más razón de ser que la de disfrutar el minuto presente lo mejor posible, por lo que pueda pasar al instante siguiente.

Y nuestro testimonio no puede ser otro que la propia vida. La saturación de palabras que vive nuestra sociedad hace que éstas sean, en la mayoría de los casos, inútiles. Además, quienes afirmamos que Jesús es el sentido de nuestra vida no podemos vivir de cualquier forma; hemos de ser coherentes con nuestra fe, hemos de ser consecuentes con nuestra afirmación, hemos de vivir la vida como El la vivió, puesto que estamos convencidos de que ésa es la única clase de vida que merece la pena, la única que satisface, la única que nos permite seguir adelante en un mundo que camina tantas veces sin sentido.

- Seguir buscando

Frente al hombre que se limita a buscar una vida más fácil, más cómoda, más abundante en consumo, nosotros tenemos que seguir buscando la forma de despertar otros intereses que descansan dormidos en lo más hondo del corazón del hombre. Antes o después, en la vida de todo ser humano hay siempre un momento privilegiado, un momento en el que es necesario encararse con la vida y encontrar una respuesta convincente. Es el momento que los cristianos tenemos que saber aprovechar, estar allí presentes con nuestra esperanza y nuestro amor que ilumina las dudas que también nosotros tenemos y nos ayuda a caminar siguiendo los pasos de Jesús.

Luis Gracieta