Jesús no se amolda a la voluntad de su familia

El tema del pecado y de la salvación es un tema muy serio. El pecado es aparentemente un contrasentido, no tiene fácil explicación; por eso el hombre ha buscado respuesta en los mitos. Hoy tendemos a creer que los mitos eran cuentos inventados para engañar a la gente; sin embargo en ellos se encuentran enseñanzas muy profundas. Lo que sucede es que no se pueden entender literalmente. Hay que decodificar el lenguaje.

El mito de la inocencia primigenia perdida por un pecado del primer hombre, nos quiere trasmitir una verdad profunda, pero no podemos entenderlo al pie de la letra. La situación anterior a la caída, hay que entenderla como una armonía total con la naturaleza por parte del ser humano que aún no había tomado conciencia de su singularidad, de su diferenciación de la realidad que le rodea. Era una situación que se adivina como idílica; parecida a la del niño en el vientre de su madre, protegido y seguro. Seguridad que hay que abandonar si quiere llegar a ser un hombre completo.

Lo que llamamos pecado, es el resultado inevita­ble de esa individua­li­zación. En cuanto el ser humano tomó conciencia de que era algo separado, se erigió en persona con capacidad de conocer y por lo tanto con capacidad de elegir, de tomar decisiones basadas en ese conocimiento. Como el conocimiento no es perfecto, la decisión puede ser equivocada y llega el fallo. En vez de elegir lo que le edifica, elige lo que le deterio­ra; a eso le llamamos pecado. En las culturas orientales, la serpiente no es el símbolo del mal como nos han hecho creer, sino de la inteligencia y de la astucia.

Hay que hacer una sería revisión de lo que entende­mos por pecado. En nuestra cultura, ha estado siempre ligado a la voluntad. Se ha creído que la persona podía elegir entre lo bueno y lo malo. Si elegía el bien, se consideraba a la persona buena, si elegía el mal, se consideraba depravada. Esto no es así. La voluntad no tiene capacidad para elegir el mal. Es una potencia ciega que sólo puede ser movida por el bien. Por lo tanto el pecado es siempre una ignorancia o falta de conocimien­to. Si tuviéramos claro que algo nos hace daño, nunca la voluntad se pegaría a ello. El único antídoto es mayor conocimiento.

Con frecuencia me dicen que la persona obra el mal sabiendo que hace mal. Siempre buscamos nuestro bien, aunque ello reporte algún mal para otro. No basta haber aprendido, por programación, que una cosa es mala. Hay que estar verdaderamente convencido de ello. Si acepto una cosa como mala, solo por programación, podré acomodarme artificialmente a esa enseñanza, pero la actitud fundamental y vital no está de acuerdo con la programación y antes o después, la actitud vital prevalecerá. Esta es la razón de nuestros pecados, confesados una y otra vez, pero nunca rectificados. Nuestra moral es artificial. Nuestro arrepentimien­to ficticio, y nuestras confesiones fingidas.

La existencia del ser humano es imposible si le negamos la posibilidad de equivocarse. Muchas veces no podemos saber que está el anzuelo escondido hasta que no lo mordemos. El ser humano que progresa, no es el que no se equivoca nunca, sino el que reconoce sus fallos. El único pecado irreparable es negarse a rectificar, es decir instalarse en una postura estática y no querer avanzar. Esta postura es mucho más frecuente de lo que nos podemos imaginar. Se debe a dos razones fundamentalmente:

Una, el miedo a equivocarse, el miedo al pecado y al castigo ha paralizado a muchísimas personas que sin ese obstáculo hubieran podido aportar logros increí­bles a la evolución. Cuando queremos actuar desde la seguridad, vivimos volcados en el pasado y el progreso es imposible. Otra, creer que ya hemos llegado. Creer que ya lo sabemos todo, que tenemos respuestas para todo, que no hay que esperar nada nuevo. Es la postura que más daño ha hecho al ser humano. Jesús dijo: "Tengo muchas cosas que deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; el E. S. os irá llevando hacia la verdad plena”.

Este sería el pecado contra el Espíritu Santo. Estar cerrados a toda posible novedad, por miedo a la equivocación, o por creernos en la posesión de la verdad absoluta. Podríamos recordar el dicho castellano: el que no se arriesga no pasa la mar. O aquel otro oriental que me habéis oído tantas veces: El que se empeña en cerrar la puerta a todos los errores, dejará inevitablemente fuera la verdad.

La verdadera salvación sólo puede venir por el camino del conocimiento. En la medida que tengamos conocimiento de lo que es bueno para nosotros, seremos capaces de actuar en consecuencia. No olvidemos la frase capital del evangelio: la verdad os hará libres. Solo la verdad tiene capacidad de liberar y de salvar del error y por lo tanto del pecado. Estar abiertos a la verdad es estar abiertos al Espíri­tu.

Casi nunca se trata el tema de la relación de Jesús con su familia, porque plantea serios problemas. No encaja con el concepto que nos hemos hecho de la sagrada familia. Si somos capaces de superar los prejuicios, veremos como normal que incluso su madre se preocupara de las andanzas de Jesús que no podían acarrearle nada bueno. En los evangelios se ve con toda claridad el conflicto que Jesús tuvo con sus parientes; y eso a pesar de las matizaciones que hacen y la delicadeza con que tratan el tema.

A los doce años nos cuentan el primer problema; se queda en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. En su pueblo, les echa en cara su falta de confianza: "solo desprecian a un profeta en su pueblo y entre sus parientes”. Su familia quiere apartarlo de la vida pública porque considera que esa manera de actuar es una locura. El tiempo les dio la razón. Ellos no tenían capacidad para comprender desde qué perspectiva actuaba Jesús. Desde un punto de vista humano, era lógico que su familia se preocupara por las andanzas de Jesús que ponían en peligro su vida.

A pesar de todo Jesús sigue adelante con una postura poco obedien­te... Esta postura de Jesús puede ilustrar el tema de hoy. Jesús no se conforma con lo que le enseñan de Dios, quiere ir más allá en el descubrimiento de lo que Dios es para el hombre y el hombre para Dios. Se abre al Espíritu. No tiene inconveniente en cuestionarse hasta las verdades más sagradas. ¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

Meditación

Tu limitado conocimiento te hace falible.

Se debe a tu condición de criatura, acéptalo.

Pertenece a tu esencia, no es una tara.

Estás aquí para aprender de tus errores

y caminar así hacia tu plenitud.

fray Marcos  Rodríguez

 

 

¿Qué es más sano?

La cultura moderna exalta el valor de la salud física y mental, y dedica toda clase de esfuerzos para prevenir y combatir las enfermedades. Pero, al mismo tiempo, estamos construyendo entre todos una sociedad donde no es fácil vivir de modo sano.

Nunca ha estado la vida tan amenazada por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés o la depresión. Por otra parte, venimos fomentando un estilo de vida donde la falta de sentido, la carencia de valores, un cierto tipo de consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación y tantas otras frustraciones impiden a las personas crecer de manera sana.

Ya S. Freud, en su obra El malestar en la cultura, consideró la posibilidad de que una sociedad esté enferma en su conjunto y pueda padecer neurosis colectivas de las que tal vez pocos individuos sean conscientes. Puede incluso suceder que dentro de una sociedad enferma se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos.

Algo de esto sucede con Jesús, de quien sus familiares piensan que «no está en sus cabales», mientras los letrados venidos de Jerusalén consideran que «tiene dentro a Belzebú».

En cualquier caso, hemos de afirmar que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de las personas. Cuando, por el contrario, las conduce a su vaciamiento interior, la fragmentación, la cosificación o disolución como seres humanos, hemos de decir que esa sociedad es, al menos en parte, patógena.

Por eso hemos de ser lo suficientemente lúcidos como para preguntarnos si no estamos cayendo en neurosis colectivas y conductas poco sanas sin apenas ser conscientes de ello.

¿Qué es más sano, dejarnos arrastrar por una vida de confort, comodidad y exceso que aletarga el espíritu y disminuye la creatividad de las personas o vivir de modo sobrio y moderado, sin caer en «la patología de la abundancia»?

¿Qué es más sano, seguir funcionando como «objetos» que giran por la vida sin sentido, reduciéndola a un «sistema de deseos y satisfacciones», o construir la existencia día a día dándole un sentido último desde la fe? No olvidemos que Carl G. Jung se atrevió a considerar la neurosis como «el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido».

¿Qué es más sano, llenar la vida de cosas, productos de moda, vestidos, bebidas, revistas y televisión o cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en el hogar y en la convivencia social?

¿Qué es más sano, reprimir la dimensión religiosa vaciando de trascendencia nuestra vida o vivir desde una actitud de confianza en ese Dios «amigo de la vida» que solo quiere y busca la plenitud del ser humano?

padre José Antonio Pagola

 

 

Enrique Martínez Lozano

 

 

José Enrique Galarreta

 

 

Jesús, maestro incomparable del amor

Creo que no hay nada más artístico que amar verdaderamente a la gente (Película Loving Vincent) .

El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre

Hoy la ciencia justifica este amor, no sólo desde el Evangelio, sino también desde el punto de vista de los investigadores de la Genética. Todos los seres vivos tenemos el mismo ancestro común. Y esto se hace patente cuando se compara a los humanos en el árbol evolutivo de la vida con nuestros parientes más cercanos: los chimpancés. La secuencia del genoma de éste y de aquellos revela que ambos son un 96% idénticos a nivel de ADN.

No estaría demás que se informara a los cristianos lo estrechamente relacionados que están todos los seres vivos, incluyéndonos a nosotros. “El alma sin ciencia no es buena”, se dice en Proverbios 19,2.

La directora de cine y guionista polaca Dorota Kobiela, diseña su película con sumo respeto a la obra del artista Vincent van Gogh (1853-1890. Se estrenó en España a finales de enero de 1918. Lleva por título Loving Vincent, y mantiene un brillante lenguaje cinematográfico. Allí están con gran fuerza los trazos arremolinados que hacen vibrar el fondo de sus cuadros: esos cielos en pleno arrebato meteorológico, las luces que tintinean en las pinturas nocturnas, las ondas expansivas de los paisajes. Todo ello con una inteligente diana: dar vida a los cuadros del artista y recorrer parte de su trágica y misteriosa vida a través de las cartas que escribía con frecuencia a su hermano Theo. Precisamente en su última carta Van Gogh le escribía: “Creo que no hay nada más artístico que amar verdaderamente a la gente”.

Él tenía la noble virtud de hacerlo. Y como dice uno de los personajes del film: "no podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros". En nuestro caso lo manifestamos a través de nuestro comportamiento.

Jesús nos ha llamado a ser sus hermanos y es Él el que nos ha elegido y destinado para llevar al mundo la Buena Noticia de su amor. Y esto lo haremos amándonos unos a otros, como Él lo ha hecho al dar la vida por nosotros y por el mundo entero.

En su primera carta el apóstol san Juan dice en 4, 7-8:“Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor”. 

En su carta a los Corintios 13,1 dice Pablo: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad”.

Los griegos contaban con El Coro de Musasque, según Hesíodo en su Teogonía, cantaban y danzaban en el monte Helicón. Eran siete, y entre ellas se encontraba Erato, señora de la poesía de amor y del teatro. Lo inmortalizaron con la figura de Psique atravesado por la flecha de Cupido. Fue siempre tema de inspiración en el arte. En LiteraturaKhalil Gibran dijo:“Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura; Que sea, más bien, un mar movible entre las costas de vuestras almas”. En Pintura, El cumpleaños, de Marc Chagall. En Música, Sueño de amor, de Franz Liszt. En Escultura, El beso, de Rodin. 

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”, dijoJesús en Jn. 13,34.

SUEÑOS SOBRE LA VIDA DEL ALMA

Te sueño vestida en lencería sexy

-en picardias

como la que vistió coqueta Caroll

en la película.

¿Era de tul

con hilo multifilamento y fantasía?

Era de gasa con bordados y blondas decolores

que a gritos sugerían

al excitado novio

formas de tus intimidades.

Alma corpórea
como yo te veo y te deseo.
Siempre en noche de bodas,
siempre en picardías.

Y yo siempre esperando

para darte mis besos y caricias

con mis brazos abiertos y mi cuerpo.

Y tú siempre velando

para que con el mío te penetre,

y el tuyo me reciba también dentro.

Luego cesará el viento huracanado,

y en el latir de corazones y silêncios

soñaremos unidos como amantes.

“¡Ah, llévame contigo, sí, corriendo,

a tu alcoba condúceme, rey mío:

a celebrar contigo nuestra fiesta!”,

dice el Cantar de los Cantares.

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

 

 

Desconfianza, condena, aceptación

Después de tantas fiestas (Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi), volvemos al tiempo ordinario y a los comienzos de la actividad de Jesús. Ateniéndonos al relato de Marcos, después del Bautismo y las Tentaciones, Jesús ha predicado en la sinagoga de Nazaret y ha realizado diversos milagros. Sin embargo, su forma de actuar, sus ideas y sus pretensiones, provocan la oposición de los fariseos que, ya desde el principio, «se pusieron a planear con los herodianos la forma de acabar con él» (Mc 3,6). Pero todavía queda mucho para la pasión y muerte. Jesús sigue ganando popularidad en todas partes (3,7-12) y elige a los doce (3,13-19).

En este momento comienza el evangelio de hoy. Se compone de tres episodios que reflejan tres actitudes ante Jesús:

1) Desconfianza: la familia de Jesús desconfía de él y piensa que está loco.

2) Condena: los escribas lo acusan de endemoniado.

3) Aceptación: hay personas que se convierten en la verdadera familia de Jesús.

Desconfianza de la familia

Los escribas y fariseos se escandalizan de lo que hace y dice Jesús. La reacción de su familia es distinta. Cuando se entera de que no tiene tiempo ni para comer, piensan que está loco, «fuera de sí» (evxe,sth), y quieren llevárselo a la fuerza a Nazaret. Al principio no queda claro quiénes son «los suyos» (oi` parV auvtou/). Al final, cuando lleguen a Cafarnaúm, sabremos que son «tu madre y tus hermanos y tus hermanas». Toda la familia.

Para Mateo y Lucas, la simple sospecha de que la familia de Jesús lo considerase «fuera de sí» resultaba inaceptable, y suprimieron estos versículos de su evangelio: la madre y los hermanos bajan a visitarlo, no porque desconfíen de él. Sin embargo, el evangelio de Juan confirma esta desconfianza de sus hermanos (no de María): «sus hermanos no creían en él» (Juan 7,5). Si queremos conocer bien a Jesús, este dato es fundamental. Las críticas de escribas y fariseos, el rechazo de los sacerdotes, el desinterés de muchos de sus oyentes, le resultarían dolorosos; pero la desconfianza de la propia familia sería algo más duro de lo que podemos imaginar. Sin embargo, el saberlo serviría de consuelo a tantos cristianos del siglo I para los que hacerse cristianos supondría un enfrentamiento a la familia.

Condena de los escribas

Los grandes conocedores de la Ley de Moisés, los escribas, emiten un juicio más radical: «Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Lo peor que puede decirse de uno que pretende hablar y actuar en nombre de Dios. A nosotros puede extrañarnos que el evangelista dedique tanta atención a este tema, pero Jesús debía defenderse, y las comunidades cristianas saber responder a esta acusación gravísima. Curiosamente, Jesús no reacciona de forma airada. Se porta como un maestro que hace reflexionar a sus alumnos y los instruye. Su breve discurso contiene un argumento, una enseñanza y una amenaza.

El argumento es de sensatez: si Satanás se introduce en Jesús para expulsar a los endemoniados, está luchando contra sí mismo, destruyéndose. Solo un estúpido puede decir que Jesús «expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

La enseñanza se centra en la victoria de Jesús sobre Satanás. Los discípulos, al ver los milagros de Jesús y las curaciones de endemoniados, pueden considerarlos hechos aislados, sin relación entre ellos. Para Jesús, demuestran que él ha vencido a Satanás, el aparentemente forzudo, y por eso puede arrebatarle todas sus víctimas. La primera lectura de hoy, tomada del Génesis, pienso que se ha elegido porque anuncia esta victoria de Jesús sobre el demonio.

La amenaza se dirige a los escribas y a quienes piensan como ellos: quien considere a Jesús un endemoniado, blasfema contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón jamás. Es el famoso «pecado contra el Espíritu Santo», que desconcertaba a un amigo mío y no sabía cómo interpretar. Sin embargo, me parece fácil: cada vez que Jesús perdona los pecados lo hace con el poder del Espíritu; quien dice que ese espíritu es el demonio, se cierra el perdón, porque Satanás no puede perdonar.

Aceptación

Jesús ha terminado su breve discurso y le avisan de su familia está fuera y lo busca. Una vez más comienza formulando una pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos»? Como Sócrates, quiere que la gente piense, aunque lo más probable es que nadie respondiera nada. Pero así adquiere más fuerza la solución: «El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Esas palabras las dirige a quienes los rodean y escuchan. Porque la condición indispensable para hacer la voluntad de Dios es escuchar a Jesús. Y ellos lo hacen. Ellos son la familia de Jesús.

En nuestra sociedad, muchos presumen de «conocer» a una familia importante, de haberla visto un día en directo, incluso de haber dado la mano a alguno de ellos. Tenemos un motivo de orgullo mucho mayor: ser la familia de Jesús… si lo escuchamos y cumplimos lo que nos dice.

Nota pastoral para la homilía

En el evangelio hay dos cuestiones que pueden resultar complicadas (por no mencionar la primera lectura, en la que todo es complicado):

1) La familia de Jesús. El mismo Marcos ofrecerá más tarde los hombres de los hermanos: Santiago, José, Judas y Simón. No creo que merezca la pena, en una homilía, perderse en las discusiones sobre este tema: si eran hijos de un primer matrimonio de José (cosa que ya rechazaba san Jerónimo), si se trata de primos hermanos (el concepto de «hermano» es muchísimo más amplio entre los pueblos semitas que entre nosotros), etc.

2) Quienes disfrutan hablando del demonio, como Marcos, tienen este domingo materia abundante. Pero otros pueden sentirse molestos de tener que abordar este tema. El ejemplo de Mateo y Lucas es muy instructivo. Cuando encontraban en Marcos algo que podía escandalizar o extrañar a sus lectores, lo omitían.

Algo me parece esencial en el evangelio de hoy: las actitudes tan distintas que provoca la persona de Jesús, que siguen dándose hoy día. No creo que nadie lo acuse de endemoniado (cada vez son menos los que creen en el demonio); pero el rechazo de su persona, o el rebajarlo a un simple iluso «fuera de sí», son reacciones muy frecuentes. Aunque su familia sea pequeña (cada vez más), aconsejaría centrar en ella la atención.

José Luís Sicre

 

 

Perder para ganar

Jesús ejerce un gran poder de atracción sobre la gente. El evangelio nos muestra que son muchos quienes le buscan: la multitud, los miembros de su familia, los escribas… Muchos y muy diferentes, como distintas son las razones por las que se acercan a él.

Los primeros -la multitud- le buscan deseosos. La gente está admirada de su enseñanza (Mc. 1,22) y de su capacidad para expulsar espíritus inmundos (1,27). Su fama se había extendido (1,28) y había curado a tantos enfermos (1,34; 3,10) que se agolpaban a la puerta de cada casa en la que Jesús se encontrara (1,33; 2,1) acudiendo a él de todas partes (1,45; 2,13; 3,7-9). Todos están maravillados y son capaces de reconocer que Dios actúa en él (2,12). Éstos, los sencillos y débiles, quienes se saben enfermos o incapaces, limitados o sin fuerzas, no dudan que Jesús les atenderá, los escuchará y les ofrecerá su consuelo y su tiempo, hasta el punto de ser capaz de dejar de comer por estar con ellos.

Sin embargo, en el relato aparecen también otros grupos cuyas razones para buscar a Jesús son bien distintas. Quizás porque, a diferencia de los primeros, éstos ya tienen algo que perder en su relación con Jesús. En el caso de los familiares, parecen enfadados (el verbo que Marcos usa para referirse a que se lo querían “llevar” es el mismo que utiliza cuando Jesús es arrestado en 12,12; 14,1.44-45) y preocupados por los comentarios que se vierten sobre él y que indican que está fuera de sí. En una sociedad como la de Jesús, se puede entender fácilmente que sus más allegados tengan miedo a perder el honor que su familia ha adquirido durante muchos años. El honor era un valor esencial en aquella cultura, un valor fundamental que estructuraba la vida diaria de la gente hasta tal punto que una familia no podía entenderse a sí misma si no era desde esta clave. Pero el honor sólo se posee si otras personas lo reconocen, y los comentarios sobre Jesús muestran, más bien, el preocupante riesgo de caer en vergüenza. Podemos, por tanto, entender fácilmente la actitud de esos familiares que sólo desean preservar la buena reputación de su linaje.

Y por último aparecen los escribas, que se ponen en camino (el texto dice que habían bajado de Jerusalén) para hablar mal de Jesús, para acusarle de realizar sus exorcismos con la fuerza del jefe de los demonios, para poner en entredicho su fama. Esta crítica, siendo muy grave, muestra que los signos realizados por Jesús son reconocidos por todos, incluso por quienes lo consideran un enemigo. La capacidad sanadora y liberadora de Jesús asusta a quienes, ante él, pueden perder no sólo poder y fama, sino la estabilidad dentro de una sociedad fuertemente estructurada en la que ellos sustentan puestos reconocidos.

Hasta ahora nos hemos detenido en quienes buscan a Jesús. Pongamos ahora nuestra mirada en él. Impresiona su actitud, la de un hombre con una confianza y una seguridad absolutas, la de un hombre esencialmente libre. Esta confianza y libertad de Jesús contrasta fuertemente con la de los dos protagonistas de la primera lectura de hoy domingo: Adán y Eva que, movidos por el miedo, se esconden ante Dios que les busca.

Jesús no se esconde. Al contrario. Invita a familiares y escribas a acercarse (3,22), a no quedarse fuera (3,31), a formar parte de su círculo íntimo (3,32-35). No se defiende, no discute con ellos. Les confronta con inteligencia y serenidad, buscando que comprendan que las acusaciones no tienen fundamento y que reconozcan que quien le mueve a liberar a las personas de sus posesiones es el mismo Espíritu Santo, el Aliento de Dios.

Ojalá, a nosotros, también sea el deseo lo que nos lleve a buscar a Jesús, la certeza de que él puede sanar nuestras heridas y liberarnos de nuestras opresiones, el deseo de escucharle y dejarnos curar por él.

Preguntémonos también si nos asusta, en nuestra relación con él, perder algo… quizás la comodidad y tranquilidad de nuestras vidas, quizás las seguridades a las que nos agarramos, quizás los poderes que creemos tener en algún ámbito…

Si somos capaces de no quedarnos fuera, de adentrarnos en su círculo, puede ser que perdamos todo eso, pero a cambio, ganaremos el ser parte de la nueva familia de Jesús (3,35). Lo ganaremos todo.

Inma Eibe, ccv

 

 

La primera lectura (Gn. 3,9-15), nos habla de las consecuencias de caer en la tentación.

Nadie está libre de tentaciones.  ¡Ni Jesucristo!  Cuando Jesús fue tentado en el desierto, El despachó de inmediato al demonio.  Así deberíamos actuar nosotros.  No como Adán y Eva en el Paraíso Terrenal. De inmediato hay que despachar al Demonio orando, porque la oración impide que el demonio tome más fuerza y termina por despacharlo.

Ahora bien, enseguida del pecado original, vemos a Dios buscando a Adán: "¿Dónde estás?" Adán le responde: “Tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí".  El replicó: "¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que Yo te prohibí?".

¿Qué significa estar desnudo?  Es la desnudez de la falta de la gracia divina.  Se les cayó a Adán y a Eva el ropaje maravilloso, esplendoroso de la gracia divina.  Se pusieron en contra de Dios y perdieron el ropaje divino de la gracia.  Y ahora tienen miedo, se esconden, porque se sienten descubiertos y desnudos.

Igual estamos nosotros al pecar, desprovistos del ropaje de la gracia.  Por eso no es recomendable permanecer desnudos, desprovistos de la gracia divina. Cuanto más pronto la recuperemos, mejor es. ¿Cómo?  Arrepentimiento y Confesión.

Y a la pregunta de Dios de si había comido del árbol prohibido, la respuesta de Adán es de totalmente irresponsable: "La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él".

Y Eva dio una respuesta igual:  "La serpiente me sedujo y comí".

Ninguno de los dos asume su responsabilidad:  Adán, que tenía a cargo proteger el Jardín del Edén (del demonio, suponemos) culpa a Eva.  Y ella culpa a la serpiente.

Y nosotros ¿cómo asumimos nuestras culpas?  ¿Nos confesamos acusando al que nos hizo estallar de rabia o al marido o la esposa que dijo tal cosa?  ¿O tomamos responsabilidad por nuestro pecado como nos corresponde?

¿Qué sucedió después de que Adán y Eva cometieron el primer pecado, el llamado Pecado Original?  ¿Qué hizo Dios?

Dios no deja a Adán y Eva a merced del demonio, sino que hace la gran promesa de restauración de la gracia que han perdido.

Debemos darnos cuenta que al hacer lo que el Demonio les había propuesto, Adán y Eva habían caído en las redes del Maligno.  Pero Dios no los abandonó, sino que les prometió un Redentor, un Salvador, alguien que vendría para rescatar a todos los seres humanos.

Esa promesa se llama el“Proto-evangelio” (el primer Evangelio), porque es el anuncio de Jesucristo, el Redentor del mundo.  Y esa promesa está en el primer libro de la Biblia.  O sea que, desde el comienzo, Dios nos anuncia a Jesucristo, que vendrá a salvarnos de las redes del Demonio.

Entonces Dios le dijo a la serpiente …: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te aplastará la cabeza, mientras tú sólo arañarás su talón.” (Gn. 3, 15)

Vamos a ver con detalle el significado del Proto-evangelio.

¿Quién es la Mujer?  La Santísima Virgen María.  "Ella te aplastará la cabeza".

¿Cuál es la descendencia de la Mujer?  Jesús. Jesucristo el Redentor del mundo.

¿Quién aplastará la cabeza de la serpiente?   Jesucristo.

Por eso hay imágenes de la Virgen aplastando la serpiente, es decir, aplastando al Demonio, porque su Hijo vencerá al Demonio.

¿Quién es el talón herido, arañado?  El género humano que quedó herido por el pecado original.  El Demonio puede tentarnos, pero no vencernos, porque Jesucristo nos salva del Demonio.  Si amamos a Dios y seguimos su voluntad, el Demonio sólo puede arañarnos, tentarnos, pero no vencernos definitivamente, a menos que caigamos en sus redes, distrayéndonos en alguna tentación que proponga, cayendo en pecado y adicionalmente nos resistamos a arrepentirnos.

Y ¿cuál será la descendencia de la serpiente?  Son los seres humanos que siguen al Demonio y que no siguen a Dios.  Aquéllos que quieren vivir en pecado, al lado y del lado del Demonio.  ¿Recuerdan en la película La Pasión de Mel Gibson al demonio cargando a un bebé feísimo?  El cineasta quiso presentar así la descendencia del demonio: ésta de que habla el Proto-Evangelio. Y el pecador es mucho más feo que ese bebé y el Demonio mucho más feo que ese demonio de la película.

El Evangelio de hoy nos trae tres temas importantes:

1.  Guerra entre demonios

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belcebú y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios". Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin.

Muy pertinente esta advertencia para los que van a brujos, psíquicos, santeros, metafísicos, espiritistas, etc. para aliviar los males provenientes del demonio y de las fuerzas del mal o para lograr algún fin que deseen. "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás?  Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.”, advirtió Jesús entonces y advierte hoy a todo el que busca ayuda para cosas buenas o malas (es igualmente malo) de parte de cualquiera de esos “especialistas” del mundo de las tinieblas.

2.  El pecado contra el Espíritu Santo

¿Algún pecado no se perdona?  No hay ningún pecado que Dios y la Iglesia no puedan perdonar.  Entonces ¿qué significan estas palabras de Jesús?

«En verdad les digo: se les perdonará todo a los hombres, ya sean pecados o blasfemias contra Dios, por muchos que sean.  En cambio, el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, pues se queda con un pecado que nunca lo dejará.» (Mc 3, 20-35)

Según esto, como que sí hay un pecado que no se perdona:  es el pecado contra el Espíritu Santo.  ¿En qué consiste, entonces, este pecado?  Consiste en que la persona no se arrepiente, porque no se deja influir por el Espíritu Santo.  Y no se perdona, porque sin arrepentimiento no puede haber perdón.

Por eso es que la Iglesia dice que esas palabras de Jesús se refieren a los pecadores que no quieren arrepentirse.  Porque ¿cómo puede Dios perdonar a quien no pide perdón?  Es que no se dejan perdonar, porque Dios siempre nos perdona … si nos arrepentimos y cumplimos las condiciones que El puso para perdonarnos.

En realidad, el pecado contra el Espíritu Santo es el rechazo a Dios y al arrepentimiento inclusive hasta el momento de la muerte.

Entonces, el arrepentimiento o contrición es indispensable para recibir el perdón de Dios.  Y hay dos maneras de arrepentirnos:

Existe la “contrición imperfecta” o “atrición”, por la cual nos arrepentimos debido al temor a la condenación eterna o al rechazo del mismo pecado. Este arrepentimiento imperfecto es suficiente para obtener el perdón de pecados mortales o veniales en el Sacramento de la Confesión.

Pero mejor aún es la “contrición perfecta”, que consiste en optar por Dios y rechazar el pecado, porque preferimos a Dios más que a cualquier otra cosa, especialmente aquello que nos da el pecado.  Con este arrepentimiento se nos perdonan las faltas veniales y hasta los pecados mortales.  Eso sí:   siempre y cuando tengamos la firme resolución de confesar los pecados graves en el Sacramento de la Confesión enseguida que nos sea posible.

¿Y qué decir del suicidio, por ejemplo?  ¿Se perdona?  El Catecismo de la Iglesia dice esto: “No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte.  Dios puede haberles facilitado, por caminos que El solo conoce, la ocasión de un arrepentimiento salvador.  La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida”. (CIC #2283)

Ahora están muy de moda el llamado “suicidio asistido” y la eutanasia, ni hablar del aborto, que es ya casi costumbre.

Por eso hay que reafirmar que sólo Dios es dueño de cada vida humana.  No podemos disponer de nuestra vida ni de la de los demás según nuestros deseos y criterios.  El mandamiento “No matar” se aplica a la muerte a uno mismo y a la muerte a los demás, incluyendo a los bebés que están aún en el vientre de su madre y desde el primer instante de su concepción, por lo que el aborto, en cualquier momento del embarazo también es un pecado grave.

Otro pecado contra la vida es la eutanasia o asesinato misericordioso, que consiste en acabar con la vida de un enfermo terminal.  Ni el enfermo, ni los médicos, nadie, tiene derecho para decidir el momento de la muerte, por lo que el llamado “suicidio asistido” también es un pecado que comete el suicida y todo el que colabora en suspender una vida humana.

Ahora bien, por más graves que sean estos y otros pecados, todos tienen perdón de Dios si se cumple con el debido arrepentimiento y, para los católicos, con la Confesión.

3.  Quiénes siguen la Voluntad de Dios

Vuelto a casa, se juntó otra vez tanta gente que ni siquiera podían comer.  Al enterarse sus parientes de todo lo anterior, fueron a buscarlo para llevárselo, pues decían: «Se ha vuelto loco.»

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios".

Sus parientes creen que Jesús está medio loco y los Escribas que está poseído del Demonio.  Entonces Jesús corrige a los Maestros de la Ley que lo acusaban de sacar los espíritus malignos con la ayuda de Belzebú, jefe de los demonios.

Y luego se cambia la escena de nuevo:  aparece la Santísima Virgen María a la puerta de la casa donde estaba Jesús, buscándolo junto con los parientes.  Y sucede algo inesperado:

«Tu Madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y preguntan por ti.  Él les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos»  Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque todo el que hace la voluntad de Dios es hermano mío y hermana y madre.»

Debe haber sido un momento impactante para los Apóstoles, porque lo refiere el Evangelista San Marcos, secretario de San Pedro, y también San Mateo Apóstol y Evangelista.  También Lucas, aunque éste no debe haber estado presente en este incidente.

Esta respuesta no significa desprecio de Jesús por su Madre.  Por el contrario:  nos la pone como ejemplo de aquélla que de veras cumplió como nadie la Voluntad del Padre.  Nos indica también que Dios establece una relación más profunda, la cual va más allá de los lazos de sangre, pues se basa en los vínculos de la gracia divina.

Este pasaje impactante también debe impactarnos a nosotros, porque la “familia” termina siendo quien hace la Voluntad de Dios.  Son todos los que siguen a Cristo en su entrega a la Voluntad del Padre.  Puede ser que en esa “familia” estén incluidos algunos o todos los miembros de mi familia.  Pueda ser que por un tiempo no estén mis familiares y luego más tarde sí.  Lo importante es saber -porque así nos lo dice Cristo- que la familia de Dios, su “familia”, está formada por aquéllos que hacen su Voluntad.

En la segunda lectura (Cor. 4,13-18.5,1)San Pablo nos recuerda que nuestra meta no está aquí en la tierra, sino allá en el Cielo y de que los sufrimientos son pasajeros y nos preparan para la vida eterna.   Y usa una comparación muy bella sobre nuestra vida en la tierra como vivir en una tienda de campaña (él era fabricantes de éstas), pero que en el Cielo tendremos una casa permanente que Dios nos ha fabricado.

Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña -nuestra morada terrenal- es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios.

 

 

Siempre me impresiona la primera pregunta de Dios al hombre: “¿Dónde estás?”. Seguro que Él sabía dónde estaba, pero toma la iniciativa de buscarlo, de ir hacia Adán, aunque este se esconda.

La pregunta del Creador a Adán revela que Dios no abandona a su suerte a los humanos, ni les deja perecer en su desobediencia y pecado. El Creador no nos ha hecho para desentenderse de nosotros, que somos sus criaturas; por el contrario, siempre nos dará la oportunidad de encontrarnos con Él, porque Él desea encontrarse con nosotros.

El papa Francisco valora positivamente en muchas de sus enseñanzas sobre la misericordia este sentimiento del pecador, como esta respuesta de Adán a Dios, de que estaba escondido, avergonzado de su desnudez.

En el discurso que pronunció en el primer encuentro con los Misioneros de la Misericordia, nos dijo: “Quisiera, por último, recordar un elemento del que no se habla mucho, pero que es, por el contrario, determinante: la vergüenza. No es fácil ponerse frente a otro hombre, incluso sabiendo que representa a Dios, y confesar el propio pecado. Se siente vergüenza tanto por lo que se ha cometido, como por tener que confesarlo a otro. La vergüenza es un sentimiento íntimo que incide en la vida personal y que exige por parte del confesor una actitud de respeto y de ánimo. Muchas veces la vergüenza te deja mudo y…, el gesto, el lenguaje del gesto. Desde las primeras páginas, la Biblia habla de la vergüenza. Después del pecado de Adán y Eva, el autor sagrado observa de inmediato: «Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (Gén 3, 7). Le primera reacción de esta vergüenza es la de esconderse delante de Dios” (cf. Gén 3, 8-10) (Audiencia 10 de febrero, 2016).

Dios no dejó a los primeros padres sumergidos en su intemperie vergonzante, sino que Él mismo tejerá unas túnicas y se las colocará, para rescatarlos de su sentimiento doloroso y humillante. El salmista reza: “Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa”. “De Dios procede el perdón y así infunde respeto”. Dios no desea que la relación que quiere mantener con nosotros nazca de la amenaza, ni del miedo al castigo, sino por haber experimentar su entrañable misericordia, de la que debe nacer a la vez el agradecimiento y la capacidad de perdonar.

Dice Jesús en el Evangelio: “Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”. Solo la soberbia camuflada de desesperanza impide el perdón, porque significa resistirse al regalo del Espíritu Santo. Fue la reacción primera de Pedro, cuando Jesús se puso a sus pies. Si no te dejas perdonar no tienes parte con el Señor.

Amigo: “¿Dónde estás? ¿Estás escondido de Dios, avergonzado; o humilde en su presencia?

Ángel Moreno de Buenafuente

 

 

El Espíritu de la libertad

Jesús es un hombre radicalmente libre. Lo manifestó paso a paso en su vida. Y también en la forma que tuvo de enfrentarse a su propia muerte. Hoy nuestro mundo tiene también sed de libertad. Los pueblos se quieren liberar de la opresión, la que viene de sus propios gobernantes y la que viene del dominio de otros pueblos. Los jóvenes quieren librarse de la autoridad de sus padres para poder hacer su voluntad. Cualquier forma de autoritarismo es socialmente mal vista. La consigna de la libertad es de las pocas que son todavía capaces de conseguir que gentes de todas clases e ideologías salgan a la calle y se manifiesten en defensa del derecho sagrado de la libertad.

Pero ser libre sigue siendo una aventura difícil, un camino arriesgado. Significa asumir la responsabilidad de tomar las riendas de la propia vida. Implica asumir también los errores sin buscar excusas, sin echar la culpa a los otros. Eso es difícil. Eso cuesta. La primera lectura es un ejemplo clarísimo de que no se nace libre sino que se aprende a ser libre con esfuerzo. Adán y Eva no supieron asumir su propia responsabilidad. Lo único que hacen es echar la culpa a otro. El castigo le tocó a la serpiente porque ya no tenía a nadie a quien echar la culpa. Por el contrario, el Evangelio pone de manifiesto la soberana libertad de Jesús. Para defender su propia opción no tiene miedo a enfrentarse no sólo a la sociedad sino a su propia familia. Se siente libre de los lazos sociales y de los lazos familiares. Hasta tal punto que declara que su familia no es la de la sangre sino la de los que obedecen la voluntad de Dios. Y Dios no tiene otra voluntad que nuestra salvación y nuestra libertad. Porque “para ser libres nos liberó el Señor” (Ga 5,1). Esa libertad le llevó a Jesús al enfrentamiento con la sociedad de su tiempo. Le llevó a la muerte. Pero no renunció a ella por la vida. Jesús dijo con su vida aquello de “antes muerto que arrodillado”. Le pudieron quitar la vida pero no la libertad.

El pecado mayor de que habla Jesús en el Evangelio no es otro que la renuncia a la libertad. La libertad es el don mayor que Dios nos ha regalado. Renunciar a él significa renunciar a ser hijos, renunciar a ser personas. Hoy el Evangelio nos invita a seguir nuestro camino. Seguir a Jesús no es otra cosa que vivir a fondo nuestra libertad y tomar nuestras decisiones conscientes de que no hay más que una realidad: que todos somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre. Y asumir la responsabilidad de nuestras acciones que deben orientarse a construir fraternidad y no a destruirla. Porque la gloria de Dios no es sino el bien del hombre. Esa es la voluntad de Dios. Ese es el mensaje que Pablo predicó siempre: liberarnos de todas las opresiones para vivir en la libertad de los hijos. ¡Que nunca pequemos contra el Espíritu de la libertad!

Fernando Torres cmf

 

 

El demonio y la mentira

“Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn. 3,15). Esa es la sentencia que Dios pronuncia contra la serpiente que ha engañado a Eva.

De la serpiente había salido la primera “noticia falsa”, como ha subrayado el papa Francisco. Dios había permitido comer de todos los árboles del jardín, menos uno. Y la serpiente decía a la mujer que Dios había prohibido comer de todos los árboles.

Con razón dirá Jesús que el maligno es mentiroso desde el principio. El pecado es aceptar la mentira en lugar de esforzarse por defender la verdad. El poder del demonio radica siempre en la falsedad, en el engaño.

Pero ya desde los orígenes, Dios promete el triunfo del bien sobre el mal. Con toda razón el salmo responsorial (Sl. 129) proclama que “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. Los creyentes en Cristo confiesan y esperan tener asegurada una casa que dura eternamente (2Cor. 5,1).

EL PODER DEL MAESTRO

En su exhortación Gaudete et exsultate, el papa Francisco ha escrito que el demonio “no es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos” (GE 161).

Pues bien, el evangelio de hoy nos habla del demonio (Mc 3,20-35). Al ver que Jesús domina al espíritu del mal, algunos escribas se atreven a sentenciar: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”.

Jesús responde que no es de razón afirmar que Satanás puede expulsar a Satanás. Para explicarlo expone tres breves parábolas, de las que extrae una conclusión:

“Un reino en guerra civil no puede subsistir. Una familia dividida no puede subsistir. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata”.

“Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido”. Por tanto, si Jesús expulsa los demonios, demuestra el poder divino del Maestro.

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

El texto evangélico incluye una seria advertencia de Jesús: “Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.

“Quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás”. Quien decide llamar bien al mal se aleja de la verdad y se instala en la mentira. Su misma obstinación le impedirá alejarse del engaño.

“Quien blasfeme contra el Espíritu Santo cargará con su pecado para siempre”. Quien no reconoce en el Espíritu de Dios la fuente de la misericordia y la luz de la bondad no se arrepentirá para pedir perdón por su error.

– Señor Jesús, tú sabes que también nosotros nos vemos tentados por el espíritu de la mentira. Que el Espíritu que nos guía hacia la verdad completa nos ayude a confiar en tu poder sobre el mal. Amén.

José-Román Flecha Andrés

 

 

Juan Jáuregui Castelo

 

 

En esta vida tenemos un enemigo. Uno y sólo uno. No podemos ir por ella pensando que todo es bueno, que todo está bien, que todo será fácil o no tendrá que ser. Es un enemigo declarado desde el principio, desde el Génesis. Existe una hostilidad real, una guerra sin cuartel, una lucha a vida o muerte. No son formas de hablar, pues el mismo Dios ha dejado claro desde Adán y Eva que así será hasta que Él vuelva. Entonces será vencido, porque ya ha sido vencido, pero obra en medio de nosotros, aquel que desde el principio se ha puesto contra Dios y contra el hombre.

Satanás busca, desde el principio, sencillamente, que no hagamos la voluntad de Dios. En eso consiste su tarea, en separarnos de Dios y en separarnos de su voluntad, una tarea que realiza normalmente mediante el engaño. Así, mientras que forman la familia de Dios, tal y como Jesús dice en el evangelio de hoy, los que hacen la voluntad de Dios, se alejan de esa familia aquellos que, al escuchar la voluntad de Dios, prefieren no hacerla.

Hasta tal punto quiere el Señor que nosotros hagamos, como Él hace, la voluntad del Padre, que incluso en el caso de que el tentador nos engañe, Él permanece dispuesto a perdonar para que podamos volver a escuchar su Palabra, a cumplir con la voluntad de Dios. Por eso, el salmo nos recuerda que “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. Porque el Señor concede su perdón a todo aquel que confía en su poder y en su victoria: sólo queda fuera de ese perdón quien considera que la misericordia del Señor tiene límites, que su poder no alcanza a la victoria sobre el pecado, que la conversión, fruto de la cooperación del Espíritu en nosotros, es imposible. Cada vez que encontramos, por tanto, a Jesús expulsando demonios en el evangelio, cada vez que hace así en la vida de la Iglesia, manifiesta la realidad de su victoria, que ya ha sucedido, nos invita a seguir confiando en su poder.

La debilidad y el pecado quieren hacer mella, no sólo en nuestras acciones, sino también en nuestra capacidad para cambiar el corazón, pero el Señor está de nuestro lado: por eso podemos repetir una y otra vez, ante la tentación, ante el deseo o la ira, ante la impaciencia o la desconfianza, con el salmo de hoy: “Mi alma espera en el Señor”.

La celebración de la Iglesia es siempre una invitación a escuchar la Palabra de Dios para cumplirla, y además una manifestación de cómo Dios vence al pecado y al Tentador por obra de la gracia. Cuando la Iglesia escucha hoy estas lecturas, tiene que entender el aliado tan poderoso que tiene, el amigo verdaderamente fuerte y sabio que tiene, para no dejarse llevar por cualquier forma de engaño de quien no le quiere ningún bien.

La obra de la gracia crea una sensibilidad y una sabiduría en el corazón del hombre que le tienen que servir para reconocer las insinuaciones del tentador y no prestarles atención. ¿Quién me quiere bien? Cristo y sus amigos, la Iglesia. ¿Quién busca aprovecharse de mí y dejarme solo? Satanás. Confiemos en la palabra del Señor en la Iglesia, recordando las palabras que dirigió a Pedro en el evangelio de san Mateo: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará”.

Diego Figueroa

 

 

No echar la culpa al otro

Es difícil reconocer el propio fracaso, admitir personales limitaciones, confesar sinceramente nuestra culpabilidad. No son demasiados los sinceros que viven en humildad y verdad.

La liturgia de este domingo décimo del tiempo ordinario nos propone como primera lectura el relato de la primera tentación del paraíso, narrada en el capítulo tercero del Génesis. El hombre se siente desnudo en la presencia de Dios, que le pregunta si ha comido del árbol prohibido. Adán echa la culpa a Eva, su mujer. Dios dice a Eva por qué ha incitado a su marido y ella echa la culpa a la serpiente.

La sinceridad es una asignatura pendiente en la vida de muchos cristianos, porque el recurso fácil de autodefensa es culpar al otro. Nosotros siempre somos los buenos, los sufridos, las víctimas de todo y de todos. Son los demás los malos, los que incitan, los que hacen caer, los que no nos dejan vivir en la plenitud de los bautizados, los que desgarran nuestra alegría. La eterna canción de hoy y de siempre son los demás.

Existe también el peligro de querer arreglar las cosas que van mal siendo exigentes con los que tienen responsabilidad, con los que nos mandan. En la Iglesia queremos que se conviertan los curas y los obispos y nosotros no vemos la urgencia de la propia conversión. Pedimos que el Papa se comprometa más y hable más claro y nosotros estamos mudos y con las manos atadas. Pienso que en la hora actual de la Iglesia no es todo responsabilidad de los de arriba, sino compromiso de los de abajo.

Evidentemente que todo influye porque vivimos en mutuas relaciones. Nuestras actitudes y silencios, nuestras alegrías y dolores repercuten en los demás, y a la inversa. Pero en definitiva cada uno con su nombre y apellido propio es el responsable. Todos somos llamados al juicio de Dios: ¿Cuál es nuestro compromiso en la Iglesia y nuestro concurso en el mundo? No es excusa afirmar que estamos en una etapa de tránsito, de crisis, de desorientación; que no vemos claros los cambios en la Iglesia; que son demasiado duras las exigencias que la fe nos pide para con los pobres.

Sabemos -y el evangelio de este domingo nos lo recuerda- que la vida es una continua lucha contra el mal, llámese serpiente, Satanás o Belzebú. Nuestra lucha contra el espíritu del mal es el gran reto de los que creen en Dios Salvador. Es preciso llenarse de la fuerza de Cristo para poder triunfar sobre el espíritu que nos tira por tierra y nos impide andar en verdad.

Andrés Pardo

 

 

Florentino Muñoz Muñoz

 

 

Roberto Sayalero Sanz

 

 

 

 

 

«Estos son mis hermanos»

Retomamos en este domingo la lectura del Evangelio de San Marcos, que iremos escuchando y meditando a lo largo de todo el año. Comenzaba el evangelista, hace unos pocos domingos, recordándonos el núcleo de la predicación de Jesús: Se ha cumplido el plazo, y el Reino de Dios está irrumpiendo ya en nuestras vidas. Es necesario prepararnos para acogerlo, necesitamos convertirnos y creed en su presencia salvadora. Este anuncio se hace realidad, de una forma novedosa e inesperada, en Jesucristo. En Él, Dios se ha acercado al hombre para hacerle experimentar su misericordia, para liberarlo e invitarlo a una comunión de vida.

Pero esta pretensión no deja a nadie indiferente, como observamos en el evangelio. La primera reacción es de rechazo. En primer lugar, por parte de aquellas autoridades y grupos dominantes, que le recriminan que si expulsa demonios es porque su poder no viene de Dios, sino de Satanás. Para Jesús los exorcismos, así como las curaciones, son signos de que verdaderamente ese Reino que anuncia, está irrumpiendo.  No quieren ser hechos prodigiosos que causen admiración. Su sentido es otro, los milagros de Jesús expresan lo que había anunciado tantas veces: Dios ha decidido intervenir en nuestras vidas. Es por ello, que los que sufren por la enfermedad, por el mal en sus distintas formas, son los primeros que van a experimentar, aquí y ahora, que Dios los libera.

Pero no solo le rechazan los poderosos, su familia tampoco le termina de entender. Este encuentro con ellos es el momento que Jesús aprovecha para expresar quien es su verdadera familia: «el que haga la voluntad de mi Padre ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (3, 35). La verdadera familia de Jesús, es la familia del Reino, traspasa las fronteras de la sangre, para abarcar a todos los hombres y mujeres que hacen la voluntad de Dios. Quien se esfuerza, desde la oración y los sacramentos, en escuchar a Dios en su vida; quien, sostenido por su gracia, se empeña en acercar esa misma misericordia a todos los hermanos, no solo está colaborando en la construcción del Reino, sino que además forma parte “de pleno derecho” en la familia del Señor. El mejor ejemplo es la Virgen María. Si de alguien se puede decir que escuchó a Dios en su vida, y cumplió su voluntad, es de ella.

De esta manera el evangelio nos recuerda que nuestra vocación como Iglesia, familia de Jesús, es ser mediación de esa misericordia. Ahora bien, si no trasparentamos este amor apasionado de Dios por el hombre,  si desvirtuamos el evangelio reduciéndolo a aquello que nuestra sociedad quiere escuchar, si nos dejamos seducir por el relativismo de hoy en detrimento de la verdad de fe, si no colaboramos en construir un mundo nuevo y más humano; si no estamos dispuestos a una permanente conversión para ser fieles a Jesucristo, si nos acomodamos y no acercamos a todos el amor de Dios, si no estamos cerca de los crucificados de hoy para darles esperanza, si, en definitiva, perdemos de vista que nuestra referencia última son Dios en su Trinidad y los hombres en su dignidad, difícilmente seremos signos de que el Reino de Dios está presente.

Francisco Sáez Rozas

 

 

padre Javier Rojas sj

 

 

“¿Dónde estás?” Se puede dirigir la pregunta que hace Dios a Adán en la primera lectura a cada uno de nosotros. Pero la pregunta a nosotros no tiene que ver tanto con el lugar del cuerpo sino el lugar del alma. ¿Estoy más cerca a Dios o a Satanás?  ¿Estoy inclinado al bueno o al malo? ¿Vivo por los demás o sólo por mi propio bien? ¿Dónde estoy?

San Pablo no tiene duda dónde está él. Ha entregado su vida al servicio de Cristo. Como expresa en la segunda lectura, está desgastándose con el anuncio de la resurrección de Jesús. Aunque algunos han negado sus motivos, él lleva en su cuerpo las marcas de la campaña. No se puede decir otra cosa. Pablo ha dado de sí mismo cien por ciento para colocar a los corintios en el camino de la vida.

¿Dónde estamos? ¿Podemos como Pablo apuntar a varias personas a las cuales hemos apoyado en la fe? Esperemos que hayamos fortalecido la fe al menos de nuestros hijos. Si hemos bendecido la comida antes de consumirla, nuestra respuesta será sí. Si hemos rezado con ellos antes de acostarse, también la respuesta será sí.  Sobre todo si los hemos llevado a la misa dominical, la respuesta será sí. Ellos han aprendido de nosotros que la vida es un don de Dios a quien debemos el agradecimiento.

Hablamos del “buen ladrón”. Supuestamente el “buen ladrón” es el bandido crucificado al lado de Jesús. Según el evangelio de Lucas (y sólo Lucas) este hombre pide al Señor que se acuerde de él en la gloria. Y Jesús se lo promete.  Por eso, se le merece el título el “dichoso ladrón”, no el “buen ladrón”. En el evangelio hoy Jesús se refiere a sí mismo como un ladrón. Pues él es quien que ha metido a la casa de Satanás, el príncipe del mundo, para robarle de la humanidad caída.  Él nos ha quitado la idea que nuestra vida es sólo nuestra producción. Por eso, podemos gastarla como nos dé la gana.  Jesús nos ha dejado con la seguridad que somos amados por Dios para siempre.

¿Dónde estamos? ¿Estamos con Jesús, el “buen ladrón”? Nuestra respuesta es “sí” si vamos a las periferias para sacar a los necesitados de la miseria. La periferia, como diría el papa Francisco, también es más lugar del alma que del cuerpo. Es dondequiera no estemos cómodos.  Puede ser la casa de nuestros suegros a quienes sospechamos que no les caigamos bien.  Más probable es el asilo de ancianos que nos recuerda de la fragilidad humana. O puede ser una cárcel que nos colme con el temor. Allá ataremos a Satanás, el hombre fuerte, por dominar nuestros deseos. Arrebataremos a los necesitados de la miseria por mostrarles la compasión.

La periferia para unas mujeres es el servicio de alimentos para los pobres de la calle. La primera vez que vienen, las damas sienten el temor. Pero pronto se dan cuenta que los pobres no son más violentos ni más rudos que otros grupos. Los llaman por nombre y les permiten a ayudar con la limpieza. Se puede decir que les roban de la miseria y les suministran la dignidad. Seguramente ellas están con Jesús.

padre Carmelo Mele, O.P.

 

 

El pecado contra el Espíritu Santo

El tema del pecado y de la salvación es un tema muy serio.

· El pecado es aparentemente un contrasentido, no tiene fácil explicación; por eso el hombre ha buscado respuesta en los mitos.

· Hoy tendemos a creer que los mitos eran cuentos inventados para engañar a la gente; sin embargo en ellos se encuentran enseñanzas muy profundas.

· Lo que sucede es que no se pueden entender literalmente. Hay que decodificar el lenguaje.

El mito de la inocencia primigenia perdida por un pecado del primer hombre, nos quiere trasmitir una verdad profunda, pero no podemos entenderlo al pie de la letra.

· La situación anterior a la caída, hay que entenderla como una armonía total con la naturaleza por parte del ser humano que aún no había tomado conciencia de su singularidad, de su diferenciación de la realidad que le rodea.

· Era una situación que se adivina como idílica; parecida a la del niño en el vientre de su madre, protegido y seguro.

· Seguridad que hay que abandonar si quiere llegar a ser un hombre completo.

Lo que llamamos pecado, es el resultado inevitable de esa individualización.

· En cuanto el ser humano tomó conciencia de que era algo separado

+ se erigió en persona

-  con capacidad de conocer

- y por lo tanto con capacidad de elegir,

+ de tomar decisiones basadas en ese conocimiento.

· Como el conocimiento no es perfecto, la decisión puede ser equivocada y llega el fallo.

· En vez de elegir lo que le edifica, elige lo que le deteriora; a eso le llamamos pecado.

· En las culturas orientales, la serpiente no es el símbolo del mal como nos han hecho creer, sino de la inteligencia y de la astucia.

Hay que hacer una sería revisión de lo que entendemos por pecado.

· En nuestra cultura, ha estado siempre ligado a la voluntad.

· Se ha creído que la persona podía elegir entre lo bueno y lo malo.

+ Si elegía el bien, se consideraba a la persona buena,

+ si elegía el mal, se consideraba depravada.

· Esto no es así. La voluntad no tiene capacidad para elegir el mal. Es una potencia ciega que sólo puede ser movida por el bien.

· Por lo tanto el pecado es siempre una ignorancia o falta de conocimiento.

· Si tuviéramos claro que algo nos hace daño, nunca la voluntad se pegaría a ello.

· El único antídoto es mayor conocimiento.

Con frecuencia se dice que la persona obra el mal sabiendo que hace mal. Siempre buscamos nuestro bien, aunque ello reporte algún mal para otro.

· No basta haber aprendido, por programación, que una cosa es mala.

· Hay que estar verdaderamente convencido de ello.

· Si acepto una cosa como mala, solo por programación, podré acomodarme artificialmente a esa enseñanza,

· pero la actitud fundamental y vital no está de acuerdo con la programación y antes o después, la actitud vital prevalecerá.

· Esta es la razón de nuestros pecados, confesados una y otra vez, pero nunca rectificados.

· Nuestra moral es artificial, nuestro arrepentimiento ficticio, y nuestras confesiones fingidas.

La existencia del ser humano es imposible si le negamos la posibilidad de equivocarse. Muchas veces no podemos saber que está el anzuelo escondido hasta que no lo mordemos. El ser humano que progresa, no es el que no se equivoca nunca, sino el que reconoce sus fallos. El único pecado irreparable es negarse a rectificar, es decir instalarse en una postura estática y no querer avanzar. Esta postura es mucho más frecuente de lo que nos podemos imaginar. Se debe a dos razones fundamentalmente:

Una, el miedo a equivocarse,

·      el miedo al pecado y al castigo ha paralizado a muchísimas personas que sin ese obstáculo hubieran podido aportar logros increíbles a la evolución.

· Cuando queremos actuar desde la seguridad, vivimos volcados en el pasado y el progreso es imposible.

· Otra error es creer que ya hemos llegado.

· Creer que ya lo sabemos todo, que tenemos respuestas para todo, que no hay que esperar nada nuevo. Es la postura que más daño ha hecho al ser humano.

· Jesús dijo: “Tengo muchas cosas que deciros, pero no pueden cargar con ellas por ahora; el E. S. les irá llevando hacia la verdad plena”.

Este sería el pecado contra el Espíritu Santo. Estar cerrados a toda posible novedad, por miedo a la equivocación, o por creernos en la posesión de la verdad absoluta. Podríamos recordar el dicho: “el que no se arriesga no gana”. O aquel otro oriental: “El que se empeña en cerrar la puerta a todos los errores, dejará inevitablemente fuera la verdad”.

La verdadera salvación sólo puede venir por el camino del conocimiento.

· En la medida que tengamos conocimiento de lo que es bueno para nosotros, seremos capaces de actuar en consecuencia.

· No olvidemos la frase capital del evangelio: “la verdad los hará libres”.

· Solo la verdad tiene capacidad de liberar y de salvar del error y por lo tanto del pecado. Estar abiertos a la verdad es estar abiertos al Espíritu.

Casi nunca se trata el tema de la relación de Jesús con su familia, porque plantea serios problemas. No encaja con el concepto que nos hemos hecho de la sagrada familia. Si somos capaces de superar los prejuicios, veremos como normal que incluso su madre se preocupara de las andanzas de Jesús que no podían acarrearle nada bueno. En los evangelios se ve con toda claridad el conflicto que Jesús tuvo con sus parientes; y eso a pesar de las matizaciones que hacen y la delicadeza con que tratan el tema.

A los doce años nos cuentan el primer problema; se queda en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. En su pueblo, les echa en cara su falta de confianza: "solo desprecian a un profeta en su pueblo y entre sus parientes”. Su familia quiere apartarlo de la vida pública porque considera que esa manera de actuar es una locura. El tiempo les dio la razón. Ellos no tenían capacidad para comprender desde qué perspectiva actuaba Jesús. Desde un punto de vista humano, era lógico que su familia se preocupara por las andanzas de Jesús que ponían en peligro su vida.

A pesar de todo Jesús sigue adelante con una postura poco obediente... Esta postura de Jesús puede ilustrar el tema de hoy. Jesús no se conforma con lo que le enseñan de Dios, quiere ir más allá en el descubrimiento de lo que Dios es para el hombre y el hombre para Dios. Se abre al Espíritu. No tiene inconveniente en cuestionarse hasta las verdades más sagradas. ¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

Benito Pimentel

 

 

Al escondite con Dios

En este domingo décimo del tiempo ordinario, les invito a romper los esquemas de siempre y a compartir unos pensamientos sueltos, tomados de las lecturas propias del día que sin duda nos ayudarán a todos.

Al escondite con Dios

Nos cuenta la Escritura que Dios, al atardecer, se paseaba en el paraíso como un amigo con Adán y Eva.

Un buen día viene Dios a conversar con Adán. Dios tiene que llamarlo, preguntando:

“¿Dónde estás?”

La respuesta de Adán es la del pecador que se esconde avergonzado:

“Oí tu ruido en el jardín y me dio miedo porque estaba desnudo”.

Así es, amigos, el pecado nos hace huir de Dios y no solo de Dios, sino también de nuestros seres queridos, sobre todo de los más íntimos.

Pero la bondad de Dios va más allá y siempre irá más allá de nuestro pecado.

El mismo jardín que oyó la respuesta avergonzada del pecador fue testigo de las palabras que prometían la salvación en una mujer que, en su descendencia, aplastaría la cabeza de la serpiente.

El pecado había herido al hombre y la misericordia lo tomaba en sus manos.

 Lo que no se ve es eterno

Aunque parezca raro, nosotros, que nos sentimos arrastrados por lo que se ve hasta la entrega total incluso, a veces, del alma, oímos hoy a San Pablo que nos dice:

“Lo que se ve es pasajero. Lo que no se ve es eterno”.

¿Cuándo aprenderemos esto?

Parece que toda nuestra naturaleza está en contra de los valores del espíritu que son los únicos que, trascendiendo el tiempo, nos regalan la eternidad.

La fuente de la misericordia

Anteayer recordábamos al Corazón de Jesús como fuente de misericordia.

El salmo de hoy (129) nos advierte:

“Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.

Amigo, espera en el Señor, espera en su Palabra. Dios llega siempre, como el sol, cada día que amanece.

Atraeré a todos

Jesús, el rechazado, incluso el tratado como un “maldito”, nos dijo y lo ha cumplido:

“Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”.

La familia de Jesús

San Marcos nos presenta a la familia de Jesús que llega para llevárselo diciendo que no estaba “en sus cabales”.

Jesús terminará explicándonos que su decisión al venir a este mundo es ampliar su familia de un extremo al otro de la tierra.

Su familia se tiene que distinguir por una “manía”. La misma que Él tuvo cuando llegó a este mundo y dijo a su Padre:

“He aquí que vengo a hacer tu voluntad”.

También dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

Hoy nos dice a todos:

“El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Fíjate bien en qué sentido tan profundo tú puedes llegar a ser “la madre” (por la ternura y cercanía) de Jesús, cumpliendo simplemente lo que rezas tantas veces en el padrenuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

Belzebú

Era un Dios pagano.

Para los hebreos era el nombre que daban al príncipe de los demonios.

Pecado contra el Espíritu Santo

Algunos se extrañan que Jesús diga que no tienen perdón los pecados contra el Espíritu Santo.

Esto no quiere decir que tenga ningún recorte la misericordia de Dios. Todo el que se arrepiente, será perdonado, porque la misericordia es infinita.

Lo que se entiende por “pecado contra el Espíritu Santo” propiamente es la actitud del pecador que niega el pecado y niega querer arrepentirse rechazando la misericordia.

No es que Dios no perdone, sino que el pecador rechaza la misericordia y se niega a arrepentirse gozándose en el pecado mismo. Porque si Jesucristo vino al mundo, fue precisamente para perdonar a todos, con tal que acepten su perdón y misericordia.

Procuremos pedir a Dios muy sinceramente por esta sociedad que está metida precisamente en esta rebeldía contra Dios, blasfemando directamente contra Él y contra el Espíritu Santo y no solo con palabras sino también con acciones de auténtica rebeldía contra Dios.

mons. José Ignacio Alemany Grau

 

 

Parientes del Señor. Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera. En arameo -la lengua hablada por Jesús- se usaba la expresión “hermanos”, para designar también a los sobrinos, primos y parientes en general. Así, en el Génesis aparecen Abrahán y su sobrino Lot, y en algún momento se refieren a ellos como hermanos. Por eso, la Iglesia siempre ha entendido este pasaje como no referidos a otros hijos de la Virgen María. Estos hermanos aludidos son, pues, parientes próximos de Jesús.

¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?, se pregunta Cristo, y Él mismo da la respuesta: Quien hace la voluntad de Dios. El Señor afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios otorga un parentesco con Él más estrecho que el natural de la sangre. Por eso, la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que la Virgen María es la criatura que mejor ha correspondido al querer de Dios.

La esperanza del perdón. Adán y Eva perdieron el trato familiar con su Creador por el pecado. Éste, como todo pecado, consistió en no cumplir el mandato de Dios. En la 1ª lectura está el primer anuncio de salvación, del Redentor: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón. Nuestros primeros padres fueron expulsados del paraíso terrenal por desobedecer a Dios. Salieron tristes por haber perdido la amistad con Dios y los dones sobrenaturales y preternaturales, pero con la esperanza del Mesías.

No hay que perder nunca la esperanza. Cuando el hombre pecó, Dios no lo abandonó al poder de la muerte, sino que se compadeció de él y decidió salvarle. Contó Juan Pablo I: Alguno quizá diga: Pero, ¿si soy un pobre pecador? Le responderé como respondí, hace muchos años, a una señora desconocida que vino a confesarse conmigo. Estaba desalentada, porque decía que había tenido una vida moralmente borrascosa. ¿Puedo preguntarle -le dije- cuántos años tiene? -Treinta y cinco. -¡Treinta y cinco! Pero Ud. puede vivir todavía otros cuarenta o cincuenta años y hacer un montón de cosas buenas. Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pecado, piense en el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios, su vida.

El camino de la gloria. En la 2ª lectura hemos leído: Quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros. Porque todo es para vuestro bien. Estas palabras de san Pablo nos hablan de la esperanza de conseguir una gloria eterna. Esta vida terrena no está exenta de tribulaciones, y tiene fin. Por eso nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt. 7,21). Por eso le decimos al Señor, con palabras del Salmista: Enséñame a hacer tu voluntad, porque eres mi Dios (Sl. 146,10).

 

 

José Lorenzo Guzmán Jiménez