Breves lecciones de Antropología

Las lecturas de este domingo nos ofrecen elementos muy ricos para

profundizar en el conocimiento de la naturaleza humana. Podríamos decir

que tenemos ante nosotros un capítulo de un curso de Antropología Bíblica.

¿Qué queremos afirmar? Estos textos nos ofrecen elementos iluminadores para comprender el misterio del ser humano, cuya complejidad no puede ser abordada exclusivamente por alguna de las Ciencias Humanas o Sociales; la sabiduría condensada en las Sagradas Escrituras ciertamente nos ayudará en la comprensión de nuestra compleja realidad. El comportamiento del ser humano, como individuo y como comunidad, es una veta inagotable para los investigadores. Los invito, pues, a explorar los elementos que nos ofrecen las lecturas de este X domingo del Tiempo Ordinario.

Empecemos por el libro del Génesis. El relato nos sitúa en una escenografía que recoge elementos provenientes de la literatura del Próximo Oriente: un jardín con exquisitas flores y frutos y una pareja que disfrutaba de las condiciones ideales para el amor y la felicidad. ¿Qué más podría desear esta pareja? Antes de seguir adelante, es importante recordar que no podemos hacer una lectura histórica de estos textos como si ese jardín pudiera ser localizado en un lugar preciso y estuviera registrado en el “catastro” de un algún municipio; tampoco podemos pretender que los protagonistas, Adán y Eva, pertenecieran a la vida real y tuvieran un documento de identidad. Estamos ante un relato que no pretende ser histórico, sino que tiene un profundo contenido simbólico y nos permite profundizar en la naturaleza humana con sus incertidumbres y búsquedas.

Pues bien, esta pareja ideal, que vivía en unas condiciones insuperables, tenía una sola restricción: no podía comer de uno de los árboles del jardín. Y esa única restricción se convirtió en su desgracia. Teniéndolo todo, quisieron ser como dioses. Este texto, con sus imágenes llenas de colorido, una serpiente que habla y una manzana que da un conocimiento superior, nos pone de manifiesto el drama de la ambición humana, que no conoce límites. Esta insatisfacción estructural del ser humano nos puede conducir a las cumbres del altruismo, del desarrollo científico y de la transformación social, como también a las peores transgresiones de la ética con tal de obtener las metas que nos hemos propuesto. Este texto del libro del Génesis, cargado de simbolismos orientales, nos invita a reflexionar sobre la ambición humana y cómo la tentación hace parte de nuestra agenda como seres humanos.

Además, este texto pone en evidencia otro rasgo de la condición humana, que es la dificultad para asumir el precio de las decisiones que tomamos:
Adán responsabiliza a Eva: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”

Eva responsabiliza a la serpiente: “La serpiente me engañó y comí”

Interesantes lecciones sobre la ambigüedad del ser humano que siempre está buscando nuestras experiencias y satisfacciones, pero que evita pagar el precio de sus errores.

Si nos quedáramos en esta primera lectura, el horizonte parecería incierto, aunque al final del texto aparece el anuncio de una mujer que estará destinada a cumplir una misión muy especial… Afortunadamente, el Salmo 129 nos clarifica el futuro.

La Antropología bíblica hace una lectura optimista del futuro, no por lo que es el ser humano en sí mismo, sino por la presencia del amor misericordioso de Dios. Esta convicción la expresa hermosamente el Salmista: “Si conservaras el recuerdo de las culpas, ¿quién habría, Señor, que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos. Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra, mucho más que a la aurora el centinela”.

Estas palabras del salmista nos producen una profunda paz. Ciertamente, los seres humanos somos complejos, llenos de contradicciones. Muchas veces ni nosotros mismos entendemos por qué reaccionamos de una determinada manera. Pero todo este desorden es asumido por el amor misericordioso de Dios, que nos acoge como hijos.

Al comienzo de esta meditación, decíamos que los textos bíblicos de esta liturgia nos ofrecen elementos valiosos de Antropología bíblica, que nos permiten profundizar en esa compleja realidad que es nuestra condición humana. En la II Carta de san Pablo a los Corintios, encontramos unas sabias observaciones a propósito del natural deterioro de la condición biológica; los años van dejando su huella; con el paso del tiempo, las fuerzas van disminuyendo. Para muchas personas, esta dura realidad que nos impone la Biología es fuente de tristeza y depresión.

En su II carta a los Corintios, san Pablo hace una lectura diferente de la vejez: no significa, necesariamente, deterioro, sino crecimiento. Leamos atentamente sus reflexiones: “Aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva cada día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso”. La mirada puesta en la trascendencia nos ayuda a relativizar las molestias y las fragilidades de la condición humana.

Estos tres textos propuestos por la liturgia nos ofrecen unas Breves lecciones de Antropología bíblica:

Procuremos hacer claridad sobre nuestras insatisfacciones profundas que nos llevan a buscar otro tipo de compensaciones. Adán y Eva, personajes de profundo contenido simbólico, lo tenían todo, pero no resistieron tener que respetar la única restricción que se les fijó. ¿Por qué somos así? Además, nos da mucho trabajo asumir el precio de nuestros errores y buscamos chivos expiatorios a quienes podamos atribuir la culpa.

El Salmo 129 nos dice que una Antropología integral tiene que incorporar el amor misericordioso de Dios; sin Él, estaremos haciendo una lectura incompleta del ser humano y nos hundiremos en la desesperanza.

San Pablo enriquece estas breves lecciones de antropología haciendo una lectura positiva de los males de la vejez; la Pascua nos permite interpretar la muerte no como destrucción sino como un tránsito; de la misma manera, aunque nuestro cuerpo se deteriora, nuestro espíritu se renueva cada día.

Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

 

 

Los parientes de Jesús decían que se había vuelto loco

En aquel tiempo entró Jesús en una casa, y otra vez se juntó tanta gente, que ni siquiera podían comer él y sus discípulos. Cuando lo supieron los parientes de Jesús, fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco.

También los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: «Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos.» Jesús los llamó, y les puso un ejemplo, diciendo: «¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos no puede mantenerse, y una familia dividida no puede mantenerse. Así también, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse; habrá llegado su fin.»

Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y robarle sus cosas, si no lo ata primero; solamente así podrá robárselas. Les aseguro que Dios dará su perdón a los hombres por todos los pecados y todo lo malo que digan; pero el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca tendrá perdón, sino que será culpable para siempre.» Esto lo dijo Jesús porque ellos afirmaban que tenía un espíritu impuro. Entre tanto llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero se quedaron afuera y mandaron llamarlo. La gente que estaba sentada alrededor de Jesús le dijo: —Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera, y te buscan. Él les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: —Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» (Marcos 3,20-35).

Este pasaje del Evangelio nos ofrece tres temas que podemos aplicar a nuestra necesidad de conocer a Jesús y entender sus enseñanzas iluminados por el Espíritu Santo, que es Dios mismo, para comprender desde la fe el sentido de ellas y realizar lo que significan.

1. Los parientes de Jesús decían que se había vuelto loco

El evangelista se refiere a “los parientes de Jesús”, y más adelante especifica que son “su madre y sus hermanos”. A este respecto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (N. 500): “La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mateo 13,55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mateo 27,56) que se designa de manera significativa como "la otra María" (Mateo 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Génesis 13,8; 14,16; 29,15)”.

Ahora bien, la comprensión por parte de estos parientes acerca del sentido de la vida y misión de Jesús, de sus palabras y acciones, no fue inmediata, sino que se fue dando a través de un proceso que los llevó a ir entendiéndolas primero poco a poco, y luego completamente después de su resurrección, gracias a la iluminación que recibieron del Espíritu Santo. El Evangelio de Lucas, por ejemplo, dice que, ante los acontecimientos de la infancia de Jesús, como cuando éste se quedó en el Templo de Jerusalén a los 12 años, María -tampoco José- no entendió el comportamiento de su hijo, pero “guardaba todas estas cosas en su corazón” (2, 48-51).

Por ello es comprensible que muchos coterráneos de Jesús, entre ellos quienes lo habían visto crecer en Nazaret, pensaran que no estaba en sus cabales, pues lo que decía y hacía no correspondía a lo que se consideraba entonces como socialmente aceptable. Su predicación y sus acciones iban en contravía de lo que podemos llamar “el sentido común” de sus coterráneos y de la misma religión judía tal como entonces se entendía y practicaba según las prescripciones impuestas generalmente por los “doctores de la ley”.

2. El que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca tendrá perdón

Y es precisamente de esos doctores de quienes proviene la idea de calificar a Jesús ya no simplemente como quien ha perdido la razón, sino además como un “endemoniado”. Sus acciones milagrosas que liberaban del mal a quienes padecían enfermedades mentales, las cuales eran consideradas como efectos de posesión diabólica, dieron ocasión a aquellos maestros para decir que no eran obra de Dios, sino de “Beelzebú” (ridiculización del antiguo dios pagano llamado Baal Sabaoth -Señor de los Ejércitos- y apodado irónicamente por los judíos con el mote Beel Zebú -Señor de las Moscas-) o “Satanás” (término hebreo que significa el opositor o el adversario de Dios).

Y esto le da por su parte ocasión a Jesús, no sólo de exponer la alegoría de la familia o el país que al estar en división no pueden subsistir, sino además de decir que quienes rechazan la misericordia de Dios que se manifiesta a través de sus obras sanadoras, se cierran de tal forma a ella que en sus vidas no puede entrar el perdón, pues se resisten tanto a darlo como a recibirlo, al considerarse a sí mismos como perfectos, no necesitados de salvación. Tal es el significado de la alusión de Jesús al “pecado contra el Espíritu Santo”. Dios ofrece siempre el perdón, pero quien rechaza esta oferta se cierra por su soberbia a perdonar y ser perdonado.

3. Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana, mi madre

El tercer tema del pasaje evangélico de este domingo constituye una enseñanza clave de Jesús sobre la forma auténtica de relacionarnos con Él, y por lo mismo con Dios, de cuya misericordia infinita es Él el rostro visible. Al final del relato, Marcos especifica que los “parientes” de Jesús son su madre, sus hermanos y hermanas. La respuesta de Jesús a quienes le dicen que ellos lo están buscando, en principio parece desconcertante y hasta despectiva, como si no le importaran. Sin embargo, no es así. De hecho, lo que Jesús dice es que la relación con Dios -a quien Él revela como Dios hecho hombre- no es valiosa por razón de una consanguinidad física, sino que va mucho más allá de ésta.

Se trata de un parentesco espiritual que se establece mediante el cumplimiento de la voluntad de Dios, que es voluntad de amor, es decir, de “ágape”, en el sentido de este término griego que se emplea en el Nuevo Testamento para expresar en una palabra lo que es Dios (“Dios es amor -ágape-): el amor de autodonación de las personas entre sí para construir comunidad, la familia de los hijos e hijas de Dios que por serlo se comportan entre sí como hermanos y hermanas de Jesús. A esto estamos invitados por Dios mismo quienes escuchamos su Palabra; y quien atendió más completamente esta invitación, fue precisamente María, la madre de Jesús: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38).

Gabriel Jaime Pérez S.J.

 

 

“(...) decían que se había vuelto loco”

Hace algún tiempo leí una columna de Mario Mendoza en el periódico

El Tiempo titulada La Envidia. El autor contaba una historia de un pescador

que tenía un balde lleno de langostas vivas en un rincón del puerto.

“Un extranjero se acercó y le advirtió que uno de los animales estaba a punto de salirse del balde. El pescador, sin levantar siquiera la mirada y continuando con su labor de doblar las redes, le dijo: – No hay problema, no pasa nada. – Pero se le puede escapar – replicó el extranjero, sin entender la situación. Entonces el pescador se sonrió y explicó con una sonrisa en los labios. – Son langostas colombianas, míster. Si una de ellas quiere salir del balde y está ya al borde, las otras se encargan de regresarla al fondo”.

El artículo terminaba diciendo: “Por eso dicen que un colombiano es más inteligente que un extranjero, pero que dos extranjeros son más inteligentes que dos colombianos. ¿Por qué? Porque dos colombianos juntos, en lugar de hacer equipo, se dedicarán a pelear y a tratar de que el otro no haga nada hasta que ambos terminen enterrados, como langostas en el fondo de un balde”. Este ejemplo, aplicado a los colombianos, podría servir también para explicar lo que sucede entre las personas que buscan sobresalir hundiendo a los que tienen a su lado.

El texto evangélico que leemos hoy en la liturgia dominical, muestra cómo los familiares de Jesús querían llevárselo porque decían que se había vuelto loco. Y, por otra parte, “los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: ‘Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos”. Pero Jesús se defendió con este ejemplo: “¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos, no puede mantenerse; y una familia dividida, no puede mantenerse. Así también, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse; habrá llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y quitarle lo que le pertenece, si no lo ata primero; solamente así podrá quitárselo”.

La envidia de las personas impide que el que está haciendo un bien, pueda continuar con su labor a favor de los demás. Es muy frecuente que las personas más cercanas se sientan desplazadas o relegadas ante el éxito de uno de los miembros de una comunidad. No nos gusta que a los que tenemos cerca les vaya bien. Nos parece que si a los otros les va bien, a nosotros nos irá mal. Y haremos todo lo que está de nuestra parte para evitar que nuestros vecinos tengan éxito. Lo triste de la vida es que cuando nuestros vecinos fracasan en sus proyectos, la fuerza de su derrumbamiento, nos arrastra también a nosotros a la catástrofe. Por eso el Señor es tan severo en este caso: “Les aseguro que Dios dará su perdón a los hombres por todos los pecados y todo lo malo que digan: pero al que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca lo perdonará, sino que será culpable para siempre. Esto lo dijo Jesús porque ellos afirmaban que tenía un espíritu impuro”.

Tal vez la pregunta que podríamos hacernos hoy sería si nosotros estamos negando la presencia y la acción de Dios en aquellos que a nuestro alrededor están teniendo éxito. Tenemos que pensar si nuestra actitud es la de las langostas colombianas que se encargan de regresar al fondo del balde a la que quiera sobresalir y alcanzar la libertad.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

“Árbol de la ciencia del bien y del mal”

Si alguna vez visitamos un Jardín Botánico, no estará por demás preguntarle a los compañeros si no vieron el “árbol de la ciencia del bien y del mal”.

De seguro nos contestarán que no, como si no hubieran visto al portero, a los mismos visitantes y a los propios compañeros. Y la pregunta pertinente entonces sería: ¿Y estas personas no tienen el árbol, la Conciencia, del Bien y del Mal?

No podemos olvidar que los primeros 11 capítulos del Génesis “no son históricos, pero tienen historia”. Una poesía sobre Bolívar que lo presenta entrando en “las alas del triunfo” a Santa Fe y al que “los árboles tutelares lo aplauden”, no es historia, pero sí tiene historia: Bolívar existió, su entrada triunfal también, lo mismo los bosques.

Algo por es el estilo podríamos afirmar sobre los árboles que tanto el primer hombre como la primera mujer podían comer con gusto y sin problema. Lo mismo sobre el árbol prohibido. Este incluso tiene una enseñanza más extensa. Allí aparece la serpiente, creada por Dios y presentada como un ser bien astuto, que busca engañar a los hombres. Es un personaje literario que nos recuerda la antigua y actual tentación de ser como dioses, comiendo del árbol de la Vida. 
Eva aquí mira con otros ojos el árbol de la Vida y ve con gusto la posibilidad de dominar a Dios y conocer su secreto. Entonces se le abren los ojos, no para ver como los dioses, sino para conocer su desnudez, su finitud.

Por otra parte, es frecuente encontrar personas que frente a los que llamaríamos “pecados ecológicos” (botar basura a los ríos, destrozar árboles, maltratar a los perritos, etc.) se imaginan que la solución está en los castigos, incluso en la cárcel para los culpables.

Pero se olvidan que esos castigos son la consecuencia cívica de tales faltas, pero la solución está en algo diferente: en la gracia que viene de Dios. Cuando esas personas cambien de actitud y de pensamiento, verán en la Naturaleza la obra del Creador y comenzarán a respetarla y a respetar a los otros.

Es verdad que hay pecados muy graves contra la Casa Común. Por ejemplo, la desertificación, bien sea acabando con los bosques y con los ecosistemas para buscar el dinero, las enormes ganancias, por ejemplo, con los monocultivos, sin importarles el mal que hacen la a la comunidad.

Podríamos aquí recordar la última frase del evangelio de hoy: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Alejandro Londoño Posada, S.J.

 

 

Mundo, demonio y pecado contra el espíritu

El mundo como un campo de batalla disputado por el bien, el mal y

el hombre (o Dios, el hombre y el demonio) es una visión tan esquemática

como atractiva pero igualmente riesgosa.

Era la imagen del zoroastrismo, religión de los persas que conocieron los judíos en el destierro a Babilonia. Algunos efectos perduraron y permearon el pensamiento judío, y por qué no decirlo, también el cristianismo. Que la creación sea buena toda ella, sin animales puros e impuros, sin maldad en todas sus leyes físico-químicas, no es una creencia tan extendida y en parte responsable del desequilibrio ecológico contemporáneo.

Los demonios representados como animales —teriomorfismo, prohibido en el judaísmo—han tenido efectos fatales en la cultura. El zoroastrismo estaba lleno de espíritus buenos y males (ángeles y demonios) que jugaban con el ser humano e igualmente de poderes de “este mundo” que invadían, sometían, destruían otros pueblos. La peor herencia del zoroastrismo es su dualismo que hace de todos los seres derivados en última instancia de dos principios contrastantes en lo metafísico y en lo moral; lucha perpetua de bien y mal, luz y sombras, dioses malos creadores y dioses buenos salvadores.

Sus impugnadores fueron los profetas de Israel que sostenían que solamente Yahvéh era el origen de la luz y la oscuridad, de los bienes y los males . El más fuerte y resistente dualismo nos viene del pensamiento griego (Platón y su oposición de espíritu y materia) que recorre el pensamiento de la Edad Media con el dualismo “esta vida” y la “otra vida”, el desprecio de este mundo, por encima de la bendición en esta vida y el universo físico y su disfrute como esencialmente buenos capaces de santificación y consagración al servicio de Dios .

Decía la leyenda judía que tendríamos que dar cuentas a Yahvéh por no haber disfrutado (no explotado) todo lo que nos dio en la creación. El “dualismo” bíblico y cristiano estriba en la radical diferencia entre Dios como creador y la contingencia de los demás seres creados que no pueden identificarse con él como en el monismo o el panteísmo. Esto hace que propiamente hablando no hay más que un espíritu y es el de Dios. Es el que anima a Jesús y nos deja en el Paráclito o espíritu del Resucitado. La multitud de “espíritus” que hemos creado, son objeto de otras reflexiones como la sicología, la siquiatría, la literatura, el romanticismo, el inconsciente personal y colectivo.

A veces el lenguaje de los evangelios recurre a las concepciones populares inficionadas de dualismo, como en el evangelio de hoy. En los relatos de curaciones, acríticamente leídos, Jesús aparece como creyente en la existencia de demonios productores de enfermedades (epilepsia, sordera, mudez) como en las expulsiones. Sin los demonios no hay iglesia de garaje que subsista.

La lucha de fuerzas contrapuestas se inicia con el mismo Jesús a quien sus parientes creen “fuera de sí” que algunas biblias traducen por loco; los escribas lo califican compinche de Belcebú; sus parientes lo consideran uno de los suyos con derechos sobre él; Jesús considera que en todo ello se puede esconder el “pecado contra el Espíritu”; el “pecado” se constituye en una carga eterna. Belcebú era precisamente uno de los dioses persas y significa “señor de las moscas” o “señor del estiércol”. Jesús sería entonces tenido por un poseso necesitado de una expulsión a manos de los judíos. Ilustra el conflicto interior serio de quien “blasfema” contra el Espíritu.

El mundo entendido como un campo de batalla eterno no produce sino vencedores y vencidos pasajeros que engendran nuevos conflictos. Es el caso de la guerra civil; si el criterio de legitimidad es la fuerza, nunca habrá uno que no suscite otro más fuerte, como en el ejemplo de quien guarda su casa. De ahí que la salvación, según Pablo, no nos llega por “el más fuerte” (lo eran Herodes, Pilato, Anás, Caifás, el César) sino por el que se abaja, se vacía y toma la forma de esclavo. Es lo que Jesús recomienda a los suyos: el que quiera ser primero sea el servidor de todos; el que quiera ser primero que sea el último; deben lavarse los pies unos a otros; deben hacer como el buen Samaritano.

Los demonios ocupan un lugar más folclórico que doctrinal en el judaísmo aunque su literatura apocalíptica usa un lenguaje dualista. Aparecen en sus leyendas (Hagadá) y no en sus prescripciones (Halaká). Pero las luchas de Jesús se dan en otro campo, contra la falta de misericordia, escaso compartir, exclusión, marginación, desprecio de los pequeños, las mujeres, los niños. En términos de hoy podemos decir que los poderes opuestos al evangelio son los de la muerte (Caín y Abel) expresados en el racismo, la xenofobia, el sexismo, las castas, la opresión, la explotación económica, el militarismo, la violación de los derechos humanos, el uso indebido de la ciencia y la tecnología, la degradación ambiental. Ninguno de ellos surgido de “demonios” desconocidos. En las tentaciones en el desierto, narradas con mayor amplitud en Mateo, rechaza Jesús precisamente la salvación por el poder sobre las piedras, sobre los reinos, sobre el Templo. Es la salvación prometida por conquistadores, guerreros y dominadores la rechazada e infortunadamente asociada a la persona de Jesús. Pero su predicación, sus enseñanzas, sus acciones, el reinado de Dios no pueden separarse de su persona.

El pecado en el hombre no puede separarse por cirugía. El hombre, según la Biblia, es imagen y semejanza de Dios. Una imagen recibida por su misma naturaleza y una semejanza que se le revela en Cristo. Si renuncia a dicha semejanza se reduce a una creatura más del cosmos; desconoce su propia trascendencia. Su pecado contra el Espíritu se concretiza en sus “muchos pecados” contra las creaturas (no solamente los hombres). Puede incluso alcanzar fama, conquistar, atesorar, acumular poder, saber y otros bienes más, pero difícilmente construir reinado de Dios. Ha perdido la dinámica de la conversión, del cambio, de la gracia dada como misión o tarea: la semejanza divina. Como dice la teología ortodoxa: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios; algo imposible si se niega el Espíritu y nos contentamos con la razón (siempre instrumental, es decir, interesada). En una crítica pastoral nada despreciable, se ha dicho igualmente que en términos prácticos, el pecado que parece imperdonable se ha asociado con el sacramento del matrimonio. Cuando las situaciones espirituales y sicológicas, las tensiones en la pareja, ya no reflejan pasión y resurrección (muerte y resurrección son las causas de nuestra salvación), acompañada a menudo la separación física, sin vida común, parece que el divorcio fuera el pecado que nunca se perdona, al menos para algunos católicos. Los ortodoxos aplican la “economía de la gracia” para segundas y hasta terceras nupcias con bendición eclesiástica.

  • Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

 

 

 

 

Jesús ya no vive entre Sus parientes en Nazaret. Su hogar ahora está en Cafarnaúm (Mc. 2,1). Su familia viaja a una distancia de aproximadamente 40 km para encontrarlo allí y atraparlo porque creen que Él está "fuera de sí". Tal vez habían escuchado que Jesús no se comportaba con normalidad. Es posible que hayan pensado que estaba poniendo en peligro la reputación de la familia. Está claro que la relación de Jesús con sus parientes se estaba viendo afectada. En el antiguo Israel, el clan (la familia extendida) era la forma de garantizar la protección mutua, canalizando la tradición y defendiendo la identidad judía. En Galilea en la época de Jesús, debido al sistema romano introducido e impuesto bajo el gobierno de Herodes el Grande (37 a.C. a 4 a.C.) y de su hijo Herodes Antipas (4 a.C. a 39 d.C.), todo esto había dejado de existir o existía cada vez menos. El clan (comunidad) se estaba debilitando más.

Los impuestos que debían pagarse al gobierno y al Templo, el creciente endeudamiento personal, la mentalidad individualista del helenismo, las frecuentes amenazas de opresión violenta por parte de los romanos, la obligación de aceptar a los soldados romanos y de darles alojamiento, los desafíos cada vez mayores para la supervivencia: todos estos factores llevaron a las familias a aislarse de los demás y a centrarse en sus propias necesidades. La hospitalidad ya no se practicaba, ni tampoco el compartir, ni la comunión alrededor de la mesa, ni la aceptación de los excluidos. Esta concentración en la familia inmediata se vio reforzada por las prácticas religiosas de la época. La observancia de las normas de pureza fue un factor en la marginación de muchas personas: mujeres, niños, samaritanos, extranjeros, leprosos, enfermos, lisiados, recaudadores de impuestos, parapléjicos. Estas normas, en lugar de favorecer la aceptación y el intercambio, provocaron la separación y la exclusión.

Los escribas en el Evangelio de hoy acusan a Jesús de ejercer un poder diabólico: "por el gobernante de los demonios echa fuera a los demonios". Habían hecho su juicio y no permitirían nada, ni buenas obras, ni mensajes de vida, ni alegría, para penetrar en su conciencia y modificar su opinión. Jesús llama a esa actitud una blasfemia contra el Espíritu Santo. Es una forma de idolatría a través de la cual divinizamos nuestra propia opinión o dogma, rehusándonos a permitir que Dios o alguien avance para ampliar nuestra visión. Este pecado es imperdonable ("un pecado eterno") porque las personas que voluntariamente se aprisionan a sí mismas en una ideología se bloquean a sí mismas de la gracia e inician su propio rigor mortis. La condena de Jesús de esa actitud fue la crítica más dura de la que habló en los Evangelios. Lo dirigió a personas que se habían atrapado tanto que solo irían de mal en peor, para al final planear su crucifixión.

El otro grupo, cuyo juicio escuchamos, es su familia. Jesús se había convertido repentinamente en una figura pública y estaba enojando a las autoridades. Tal vez tuvieron algún tipo de reunión familiar, cuya decisión fue enviar un grupo de representantes para encontrar a Jesús y llevarlo. Ellos tenían su propia idea de quién Él debería ser como miembro de la familia, y él no se estaba ajustando a esto. Jesús proclama que sus lazos más cercanos no están forjados por sangre o herencia. Para Jesús, sus parientes reales son aquellos que se relacionan con Dios en el amor como Él mismo lo hace ("El que hace la voluntad de Dios ..."). Estas son las personas a las que protegería, como protegería a su madre y a sus hermanos, a las personas que trataría como coherederos con Él para todo lo que el Padre prometió. En lugar de permanecer encerrado en su pequeña familia, Jesús extiende los límites de la familia y crea comunidad. Entiende el profundo significado de la familia, el clan y la comunidad como una expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor hacia el prójimo.

 

 

padre Francisco Fernández Carvajal

 

 

Radio Vaticano

 

 

padre Antonio Díaz Tortajada

 

 

padre Oscar Balcazar Balcazar

 

 

padre Francesc Jordana Soler

 

 

padre Juan Sánchez Trujillo

 

 

padre Pedro Crespo

 

 

padre Llucià Pou Sabaté

 

 

padre Miguel Funes Gálvez

 

 

1. En el evengelio que acabamos de escuchar, San Marcos nos adelanta un fiel retrato de la figura de Jesús:

+ Una gran multitud de gente sencilla y humilde se siente atraída por escuchar a Jesús (Mc. 3,20) porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus autoridades religiosas (Mc. 1,22).

+ Pero sus autoridades culturales y religiosas, desde el primer momento le rechazan, le difaman y acusan de no resptar a Dios : “Este tiene dentro a Satanás, el jefe de los demonios” (3,22).

+. No podían aguantar las enseñanzas de Jesús porque veían que Jesús, con su palabra sencilla y veraz, revolucionaba al pueblo.

+. A ellos no les importaba la conversión ni la creación del hombre nuevo que enseñaba Jesús a los sencillos de corazón.

+. Ellos se creían los perfectos, aunque no lo fueran.

2.- Esta es una realidad del ayer y del hoy.

- Estamos viviendo en un mundo donde lo externo, la fachada, lo que se toca y palpa, la injusticia y la mentira son valores imprescindibles y en constante auge. Como a los letrados del evangelio:

+ No nos importan los sentimientos ni las intenciones.

+ No nos importa la riqueza interior, sino las apariencias y la cartilla de ahorros.

+ No nos importa lo que uno es en realidad ni cuales son nuestros sentimientos; lo que nos importa es la fachada, lo que los demás vean en mí. Como dice el escritor francés François de La Rochefoucauld: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.”

+ No nos importan los grandes valores del evangelio, la fe; lo que nos importa, en todo caso, es que los demás vean que soy creyente.

- La fachada tiene más valor que el interior de la casa.

- Llevar una vida así supone:

+ Vivir en un mundo de falsedad y mentira.

+ Tener como norma de conducta la hipocresía, como eran los letrados del evangelio.

+ Vivir de cara a la pantalla es renunciar a uno mismo con el fin de que aparezca en mí otro que yo no soy. el pantallero se tiene en muy baja autoestima.

3. Este fue el pecado precisamente de los dirigentes del pueblo en los tiempos de Jesús:

+ Sólo se preocupaban de ser “vistos” (Mt.6,1), no de convertirse de corazón ni de ser fieles a las exigencias de su fe.

+ Sólo se preocupaban del “qué dirán”; pero no de la sinceridad de su propia vida. Aparentar lo que no es, es no querer saber lo que uno en realidad es.

+ Vivían con máscaras y no permitían quitárselas y, muchísimo menos, que se las quitaran otros. Jesús quiso quitárselas y, por ello, le llamaron “endemoniado” (Mc. 3,22).

+ “Teniendo ojos no querían ver” (Mc. 8,18).

+ Habían renunciado a la honradez y sinceridad de la vida a plena conciencia.

4. Este era el pecado que jesús llamaba “contra el espíritu santo” y que no tenía perdón (Mc. 3,29), no porque Dios no estuviera dispuesto a perdonar, sino porque ellos no estaban dispuestos a reconocer su propio pecado ni, por tanto, a convertirse. ¡Eran gente de mala fe!

- El pecado contra el Espíritu Santo es un pecado de terquedad:

+ Es el pecado del que quiere seguir en su mentira y falsedad conscientemente,

+ Es el pecado del que rechaza la verdad porque prefiere su propio engaño.

+ Es el pecado de los letrados del evangelio: gente de mala fe.

5. La mentira, la fachada, la vida pendiente sólo de lo externo, es la peor ofensa que se puede hacer uno a sí mismo. Por eso:

- San Pablo, en la segunda lectura, decía: “No nos fijemos en lo que se ve” (2Cor. 4,18).

- Jesús, cuando le dicen ahí está tu madre, él responde que lo importante no es la descendencia física, sino los valores de la fe: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que cumplen con la voluntad del Padre” (Mc. 3,34-35).

+ La riqueza de una persona no está en lo que aparenta, sino en los valores que vive. Como dice el poeta austríaco Karl Kraus: “Aparentar tiene más letras que ser.”

+ La dignidad de una persona no está en lo físico, sino en la riqueza de su corazón.

+ La belleza de una persona no está en lo que de ella se dice, sino en lo que ella es. Ya lo dice el refrán: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda.”

- Ser terco en la propia mentira y falsedad es estar contra el Espíritu, pues el Espíritu es “verdad” (Jn. 6,13).

- Ser auténtico es estar abierto al Espíritu, amarse a sí mismo. Como decía el filósofo francés Jean Paul Sartre: “Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que ser.”

Pedro Heredia Martínez

 

 

padre Miguel León Padilla

 

 

 

 

 

«Éste es mi hermano, mi hermana, mi madre» (Mc ,).

Os suplico que prestéis atención a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: “Estos son mi madre y mis hermanos”. Y seguidamente: “El que cumple la voluntad de mi Padre que me ha enviado, éste es mi hermano, mi hermana, mi madre”. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella? Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección la voluntad del Padre y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de Madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno…

¡María fue santa, María fue dichosa! Pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿Por qué? Porque María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo… Por tanto, amadísimos hermanos, prestad atención a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo (1 Co 12,27). ¿Cómo lo sois? Poned atención a lo que el mismo Cristo dice: “Estos son mi madre y mis hermanos “ ¿Cómo seréis madre de Cristo? “El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”.

san Agustín de Hipona

Sermón 25 sobre San Mateo: PL 46, 937

 

 

«El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi madre» (Mc. 3,31)

La voluntad de Dios se puede entender de dos maneras: una, es la voluntad de Dios significada y otra, la de su complacencia… pero referente a esta última, escuchad lo que dice el gran San Anselmo, que era muy flexible y complaciente. “Oh, hijos míos, dice el gran santo, sabed que recordando que nuestro Señor ha mandado que hagamos a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hiciesen, yo no tengo más remedio que hacerlo así, ya que me gustaría que Dios hiciese mi voluntad y por tanto hago con gusto la de mis hermanos, para que el buen Dios se digne hacer alguna vez la mía.” Hay además otra consideración y es que después de lo que es la voluntad de Dios significada, no hay medio mejor para saber su voluntad de complacencia, ni más seguro, que la voz de mi prójimo; porque Dios no me va a hablar, ni menos me va a enviar ángeles para declararme su complacencia.

Las piedras, los animales, las plantas, no hablan: por tanto solamente el hombre es quien puede manifestarme la voluntad de Dios y por eso me adhiero a ella tanto cuanto me es posible…

Dios me ordena tener caridad para con el prójimo; es una gran caridad estar unidos unos con otros y para ello no veo medio mejor que ser dulce y condescendiente. La dulce y humilde condescendencia tiene que sobresalir en todas nuestras acciones.

Pero la consideración principal, para mí, es la de creer que Dios me manifiesta sus voluntades por las de mis hermanos y por tanto estoy obedeciendo a Dios tantas cuantas veces condesciendo en algo a los demás…

Además, ¿es que nuestro Señor no ha dicho que si no nos hacemos como niños pequeños no entraremos en el reino de los Cielos? No os extrañéis por tanto si soy dulce y de fácil condescendencia como un niño, pues con ello no hago sino lo que el Salvador me ordena.

san Francisco de Sales

Conversación de la voluntad de Dios. IV, 267

 

 

[…] El Evangelio que acaba de ser proclamado trata de un episodio que, a primera vista, puede desconcertar. Por una parte, se nota el afecto de María y de los parientes hacia Jesús, los cuales le quieren, le siguen, viven en ansias por El, a veces incluso quedan perplejos ante sus discursos y su conducta; por otra parte, se ve la adhesión de las turbas a Jesús, anhelantes de escuchar con atención su palabra. Y Jesús, cuando le anuncian que su Madre y sus parientes desean verle, echando una mirada sobre la muchedumbre, dice: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3, 31-35).

Jesús con palabra serena parece apartarse de los afectos humanos y terrenos, para afirmar un tipo de parentesco espiritual y sobrenatural que deriva del cumplimiento de la voluntad de Dios. Ciertamente, Jesús con esa frase no quería eliminar el propio amor a su Madre y a sus parientes, ni mucho menos negar el valor de los afectos familiares. Más aún, precisamente el mensaje cristiano subraya continuamente la grandeza y la necesidad de los vínculos familiares. Jesús quería, en cierto modo, anticipar o explicar la doctrina fundamental de la vid y los sarmientos, esto es, de la misma vida divina que pasa entre Cristo Redentor y el hombre redimido por su “gracia”. Al cumplir la voluntad de Dios, somos elevados a la dignidad suprema de la intimidad con El.

[…] Se trata de descubrir cuál es en efecto la voluntad del Altísimo. En general, se puede decir que ante todo hacer la voluntad de Dios significa acoger el mensaje de luz y de salvación anunciado por Cristo, Redentor del hombre. Efectivamente, si Dios ha querido entrar en nuestra historia, asumiendo la naturaleza humana, es signo cierto de que desea y quiere ser conocido, amado y seguido en su presencia histórica y concreta. Y, puesto que Dios es “Verdad” por esencia, al revelarse en la historia siempre mudable y contrastante, debía necesariamente, por la lógica intrínseca de la verdad, garantizar la Revelación y la consiguiente Redención mediante la Iglesia, compuesta de hombres, pero asistida por El mismo de modo particular, a fin de que la verdad revelada se mantuviese íntegra y segura en las vicisitudes de los tiempos…

Juntamente con la fe en Cristo, es también voluntad de Dios la vida de “gracia”, es decir, la práctica de la “ley moral”, expresión precisamente de la voluntad divina en relación con el ser racional y volitivo, creado a su imagen. Por desgracia, existe hoy la tendencia a eliminar el sentido de la culpa y de la realidad del pecado. En cambio, nosotros sabemos que la “ley moral” existe y que la preocupación fundamental del hombre debe ser la de amar sinceramente a Dios, cumpliendo su voluntad, que constituye además, realmente, la auténtica felicidad. Por, esto, la voluntad de Dios es vivir en “gracia”, lejos del pecado, y retornar a la “gracia” mediante el arrepentimiento y la confesión sacramental, si se hubiera perdido. “Estamos en este mundo únicamente para salvarnos” (san Juan Bautista de La Salle).

san Juan Pablo II

Homilía (21 de noviembre de 1981)

 

 

«El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano,

mi hermana y mi madre» (Mc. 3,35)

En la parábola del sembrador, san Lucas nos ha dejado estas palabras con las que Jesús explica el significado de la «tierra buena»: «Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia» (Lc. 8,15). En el contexto del Evangelio de Lucas, la mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un retrato implícito de la fe de la Virgen María. El mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto en su vida. La Madre del Señor es icono perfecto de la fe, como dice santa Isabel: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc. 1,45)

En María, Hija de Sión, se cumple la larga historia de fe del Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles, comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva. En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en ella y naciese como luz para los hombres… En la Madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto, y cuando nuestra vida espiritual da fruto, nos llenamos de alegría, que es el signo más evidente de la grandeza de la fe. En su vida, María ha realizado la peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo (Vaticano II, LG 58). Así, en María, el camino de fe del Antiguo Testamento es asumido en el seguimiento de Jesús y se deja transformar por él, entrando a formar parte de la mirada única del Hijo de Dios encarnado.

papa Francisco

Carta Encíclica Lumen fidei, n. 58.

 

 

31-33. “Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar”. Con esto se declara que no siempre estaban con El su Madre y sus hermanos o parientes. Mas como le amaban con verdad, venían a El por amor y respeto, y esperaban fuera. “Estaba mucha gente sentada alrededor de El”, etc.

Otro evangelista (Jn. 7) dice que sus parientes no creían aún en El, lo cual está conforme con que lo buscasen y esperasen fuera; y por esta razón no habla el Señor de ellos como de parientes, según estas palabras: “A lo que respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?” Pero no habla así como si renegara de su Madre y de sus hermanos, sino como el que enseña que es preciso valorar la propia salvación por sobre todo parentesco temporal: enseñanza que convenía mucho a aquéllos que se entretenían en conversación con sus parientes, como si esto les importara más que su salvación.

34. “Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos”. En lo cual manifiesta el Señor que conviene honrar más a los que son parientes por la fe, que a los que lo son por la sangre. Todo el que anuncia a Jesús se hace como madre suya, puesto que infundiéndole en el corazón del oyente viene a darle como un nuevo nacimiento.

san Juan Crisóstomo

 

 

Enrique Paz