Luchar contra el mal, con el espíritu de jesús

1. También los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Jesús expulsaba a los demonios, al mal, con el poder del espíritu que le había dado su Padre, Dios, es decir, con el poder del Espíritu Santo. Jesús luchaba contra el mal, contra los malos espíritus, por amor a las personas, porque no podía ver sufrir a las personas sin hacer nada para liberarlas del sufrimiento y del dolor. Y esto es lo que tenemos que hacer los cristianos: ayudar a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los que pasan hambre, defender la vida siempre y defender a los que la pierden injustamente; en definitiva, defender y ayudar a cualquier persona que sufre por culpa de la injusticia humana. Esto naturalmente nunca sale gratis, porque las personas a las que ayudamos son personas, en su mayor parte, que sufren por culpa de otras personas que se quieren aprovechar de ellas, que salen ganando, aprovechándose de su debilidad y vulnerabilidad. Hay pobres porque hay ricos injustos, hay marginados porque hay personas orgullosas y soberbias, hay miles de enfermos que padecen enfermedad, hay muertes injustas precisamente porque los que tienen el poder y el dinero no hacen nada para remediarlo, hay personas que pasan hambre y sed porque a muchas personas y a muchos Estados les interesa más gastar el dinero en provecho propio, que en remediar el hambre, la sed, la enfermedad, el mal, la muerte injusta, que podían combatir y remediar, al menos en gran parte. Esto debemos analizarlo a nivel de Estados, de empresas, y también de personas particulares. Cada uno de nosotros debemos analizar nuestra conducta y ver si realmente también nosotros estamos contribuyendo a aumentar el mal en el mundo en el que vivimos, o no hacemos todo los que podemos hacer para remediarlo. Jesús nunca se quedó indiferente ante el mal y la vida; tampoco los cristianos podemos, ni debemos hacerlo.

2. “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Jesús vivió en familia muchos años de su vida, mientras crecía en gracia y santidad. Nunca despreció a su familia natural. Pero cuando le llegó el momento de dedicar toda su actividad y su vida a predicar el Reino, la Buena Nueva, abandonó su casa materna y a sus padres; su única casa y su única familia pasaron a ser desde entonces todos los que querían seguirle, todos los que querían hacer y cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, los que queremos seguir a Cristo y hacer su voluntad, somos familia de Cristo, familia de Dios. Es evidente que debemos seguir amando a nuestra familia natural, pero, en el orden espiritual nuestra única familia es Cristo y todos los que hacen la voluntad de Dios. Esto no sólo es aplicable a las personas consagradas, sino a todos los seglares comprometidos con la defensa del Reino de Dios en este mundo.

3.- Aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva cada día… No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Por supuesto que san Pablo, en esta su carta a los Corintios, habla desde la fe, no desde la evidencia de los sentidos externos. Sin fe en la transcendencia, el mundo y la vida son puro materialismo. Tenemos que ser personas de fe, saber mirar la vida con ojos de fe, de lo contrario nunca podremos dar el salto desde este mundo material en el que vivimos hasta el mundo espiritual, el mundo de Dios. Los ojos corporales de nuestro cuerpo sólo ven realidades transitorias, sólo con los ojos de la fe podemos ver el mundo eterno. Todo es distinto para el hombre de fe, que para el hombre que no tiene fe. Por la fe sabemos que Dios está presente y vive en cada uno de nosotros, que lo divino que hay en cada uno de nosotros es Dios mismo. Cristo fue el principal testigo y anunciador de la presencia de Dios en nosotros. Los cristianos sabemos muy bien que comulgando con Cristo comulgamos con Dios y con todas las personas que viven en Dios y con Dios. Así lo han vivido todos los santos y personas religiosas que han vivido en este mundo. Así lo debemos de vivir también cada uno de nosotros. Defendamos los intereses de Dios, con el Espíritu de Jesús, por encima de nuestros mezquinos intereses, defendamos la verdad y el bien, defendamos, en definitiva, lo que Cristo defendió mientras vivió en nuestro mundo. Sólo así podremos llamarnos en verdad cristianos, discípulos de Cristo.

 Gabriel González del Estal

 

 

Somos la familia de jesús

1. Vence el bien. Pecar es alejarse de la presencia de Dios, es vivir en la oscuridad y la tristeza. El hombre no puede esconderse de la presencia de Dios, aunque lo intenta siempre cuando peca. Dios lo interroga y el hombre, una vez más, trata de huir de su culpa echándosela en cara al mismo Dios: "La mujer que tú me has dado...". Sin embargo, el miedo del hombre que le impulsa a la huida es ya la señal que le descubre su propio pecado. Tampoco la mujer acepta su responsabilidad: también ella huye en vano de su culpa, tratando de echársela a la serpiente. No obstante, Dios, que maldice a la serpiente sin haberla escuchado antes, no maldice a Adán y Eva. La serpiente es como la expresión objetiva de toda la fuerza seductora del mal, Esta lucha que se inicia en el paraíso entre la mujer y su descendencia contra toda la fuerza seductora del mal, continuará después en la historia de la humanidad. Los hijos de la mujer, los hombres, sufrirán más de una derrota; pero al fin habrá una victoria definitiva. De la mujer -de otra mujer, pero de la mujer al fin y al cabo- nacerá "el más fuerte", que aplastará la cabeza de la serpiente. El pecado puede ser vencido, porque Dios nos regala su perdón con su misericordia

2.- La incomprensión de los “suyos”. Jesús ha comenzado su vida pública, después del Bautismo, predicando la Buena Noticia y curando a varios enfermos. Todo trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos. No obstante, puesto que los discípulos ya se encuentran con Jesús, parece más probable que éstos que lo buscan ahora sean sus familiares. Están preocupados por la salud de Jesús, bien sea que ellos mismos piensen que está "fuera de sí", o que han oído decir que éste es el rumor de la gente. Hay que pensar que "los suyos" miran también por la buena fama de toda la familia. El celo de Jesús por cumplir su misión ni siquiera fue comprendido por los de su casa, sus familiares. La presión de la familia, nacida ciertamente de la incomprensión, pero no ejercida con mala voluntad, es secundada ahora por la malicia de estos escribas, quizás en misión oficial del sanedrín, que tratan conscientemente de tergiversar la actividad de Jesús, para desprestigiarlo ante el pueblo. El odio entra en acción con todos sus recursos. No pueden negar el poder de Jesús, pero le dan una interpretación malévola: "Jesús es un aliado de Satanás".

3.- La familia auténtica de Jesús somos nosotros. Lo somos cuando escuchamos y cumplimos la Palabra de Dios. Esto es lo único que Jesús pide, que le sigamos. Somos ahora “su madre y sus hermanos”, tal como indica San Agustín en sus sermones:

Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos. SAN AGUSTIN (Sermón 25,7-8)

José María Martín OSA

 

 

El pecado y el arrepentimiento

1. Como en otras muchas ocasiones, en este domingo, la relación entre la primera lectura y el evangelio se da… y con mucho acierto. En el fragmento del Libro del Génesis que acabamos de escuchar y, asimismo, los versos del capítulo tercero del evangelio de San Marcos aparece el diablo, el malo, el demonio… Es el mismo tentador de la pareja de Paraíso Terrenal… Y también parte de la catequesis de Jesús de Nazaret, cuando sus enemigos quieren adjudicar su fuerza sanadora y milagrosa a Belzebú, el llamado príncipe de los demonios. Jesús dice que si eso fuera así el reino del mal estaría en guerra civil y, por tanto, a punto de desaparecer… Pero no. Jesús pertenece a otro Reino. El maligno sigue fuerte y poderoso. Hoy mismo, junto a nosotros, intenta modificar la realidad para acercarla al mal absoluto.

2.- La figura del tentador ha sido negada por muchos y algunos le han convertido en un personaje ridículo, vestido de rojo, con cuernos y rabo. La negación de la existencia del demonio ha sido protagonizada por personajes más o menos notables de la religión, filosofía o ciencia… La cada vez más extendida increencia niega la existencia del diablo, como niega a propio Jesús de Nazaret incluso en su presencia histórica en la tierra. Hace unos años dos teólogos de enorme peso e influencia fueron los más citados como “negadores” de la realidad del demonio. Me refiero a Rudolf Karl Bultmann y Herbert Haag. Pero la Iglesia ha trabajado duro para que no se niegue u olvide la figura del tentador. Y en esos años ya Pablo VI dijo “son rodeos que el demonio es una realidad personal que actúa en la historia funesta de la humanidad”.

3.- El papa Francisco, por su parte, ha afirmado con claridad la existencia del demonio, aunque ha habido una tendencia importante a tergiversar sus palabras. La bondad sencilla del papa Bergoglio quiere ser oscurecida por los adoradores del mal. Y es que la “ecuación” es muy sencilla: si se niega la existencia del diablo se niega el mal como oponente al Bien que viene de Dios. El Mal no es solo una parte del comportamiento humano. Pero la negación de esa realidad personificada del mal es como negar a mismísimo Jesús de Nazaret quien se refiere a dicha realidad muchas veces y sitúa al demonio como enemigo de Dios y de su creación.

4.- Si tenemos idea del Bien no podemos dejar ser ignorantes de las capacidades del Mal. No es un problema de comportamiento humano en lo personal o en lo comunitario. Desde la primera andadura del género humano ahí estuvo el Malo como muy bien nos recuerda el Libro del Génesis. A su vez, la batalla de Jesús contra el mal fue total y constante. No es posible una lectura fragmentada de la Sagrada Escritura. No es posible aceptar solo aquello que nos gusta o nos parece adecuado. Hay, además, un argumento sencillo que utiliza la Policía para descubrir culpables. Sería, pues: ¿a quién beneficia la aceptación de la no existencia del demonio?... Pues al propio demonio. Esto no debe olvidarse.

5.- San Pablo nos va a dar una receta que ayuda a superar las dificultades, incluso --¡cómo no!— las teológicas. Dice en unos de los párrafos que se han leído hoy de su carta a los Corintios: “Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno”. Realmente, lo que vemos con nuestros ojos de la cara es transitorio y poco firme. Y lo que no vemos, pero sabemos por la doctrina de la Iglesia que existe, es camino de eternidad. Y cuanto al fin último, a lo que será nuestra vida en el cielo, señala que “sabemos que, si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas es eterna y está en los cielos”.

6.- No quiero terminar sin citar el salmo. No se suele hacer. El Salterio es el “gran perdedor” de los comentarios homiléticos”. Los versos del salmo 129 que hemos proclamado hoy son un canto al arrepentimiento y a la paz. Hay tres de ellos que, en lenguaje moderno diríamos que son muy fuertes:

Si  llevas cuenta de los delitos, Señor,

¿quién  podrá resistir?

Pero  de ti procede el perdón, y así infundes temor.

Es obvio que también se pide, mediante el arrepentimiento, el regreso a Dios y a su Bien. Pienso que no estaría releer en cualquier momento los que hemos razado hoy del salmo 129 y que sea nuestro oficio “rápido” de demanda de perdón a Dios nuestro Padre.

Ángel Gómez Escorial

 

 

Temple o templado espiritual

1. Cuando una pieza de acero se somete a una alta temperatura y súbitamente se introduce en un líquido extremadamente frío, adquiere gran dureza. El filo de un cuchillo o de una espada capaz de cortar un cabello al vuelo, dicen que solo es posible cuando su acero ha sido sometido al temple por un buen forjador. Es duro, pero frágil. Propiedades ambas que le son peculiares. Algo semejante ocurre con el espíritu humano en otro ámbito.

2.- El relato de la primera lectura de la misa de este domingo, mis queridos jóvenes lectores, es de gran belleza ingenua. No se trata de un documental puesto por escrito, no. es una preciosa narración catequética. Los primeros seres humanos, evidentemente, eran incapaces de articular palabras, por citar un ejemplo. Ni se llamarían el uno al otro por el nombre que le da la narración y que en cada idioma se pronuncia diferente. Tampoco busquéis su apariencia corporal, que si se tratase de varón y mujer físicamente reales y se aparecieran ahora, de ninguna manera ganarían un concurso de belleza.

3.- Pese a lo dicho, os confieso que cuando desplazándome por territorios europeos, me acerco a una iglesia antigua, busco siempre en su portal, o en alguno de los capiteles historiados de su claustro, la escena que se nos narra hoy. Busco a nuestra madre Eva con su compañero, como también a Santa María en el momento de la aceptación del proyecto de Dios, en Nazaret. El Paraíso y la Anunciación nunca faltan. Son momentos tan importantes, sublime además el segundo, que ningún escultor de aquellos tiempos olvidaban plasmarlos.

Si yo tuviera que reescribirlo, diría que se trataba de dos atractivos y vivaces jovencitos, de belleza corporal cual la de los más bellos adolescentes que hayan podido existir, que jugaban entre orquídeas, gencianas y edelweiss. Belleza templada, a tenor de lo que os he contado al principio. Belleza frágil, pues, también. Estaban desnudos. La desnudez, la noble ingenua desnudez, sin vanidad ni pizca de incitación malvada, implica ausencia de peligro, carencia de desconfianza, hermosura y bien personificados.

4.- En este paradisiaco escenario, nunca mejor aplicado el término, aparece un inquietante personaje. No estaba escogido en el reparto de actores, ni siquiera de comparsas. Se cuela disfrazado, pero entra en las tablas, como Pedro por su casa, sin que se lo impida el Director de escena. Si la cándida pareja era inocente, el intruso es astuto agitador, malvado. El escenario se tiñe ahora de engaño, fracaso y derrota. Baja el telón, pronto vendrá el acto segundo.

5.- Lo expuesto anuncia final dramático o tragedia. Ha entrado su majestad el miedo, ha desaparecido la confianza. Es peligroso estar desnudos, hay que protegerse, ya no se puede ser cauto, hay que tomar precauciones. La primera decisión es taparse como pueden con las hojas más grandes del árbol que las tiene, una higuera que por allí crece. Esconderse lo mejor que puedan de la vista del que les ofreció paradisiaca vida y que en cualquier momento puede hacerse visible.

6.- Aparece el Señor, los descubre e interroga. Excusas del uno y la otra. Ninguno de los dos quiere reconocerse culpable. Ausencia total de sinceridad valiente. La culpa siempre la tiene el otro. La sentencia se pronuncia de inmediato. No es sentencia de muerte, hay castigo, sí, pero no se excluye la esperanza, más bien se anuncia con solemnidad. Y con delicadeza paternal, tal vez con cierto humor, sustituye los taparrabos vegetales, que por grandes que fueran no excluían un nuevo factor que desde este momento se inicia en la historia: la tentación que cada uno podía ser para el otro. En este y en múltiples campos del vivir. Revestidos de pieles protectoras y elegantes, salen del escenario arrepentidos. Baja el telón, final del drama.

7.- Quien huye derrotado es el intruso. No se separara mucho, piensa continuar siempre tentando, es su manera de ser, no cambiará nunca. Empezará entonces la más apasionante aventura. El bien y el mal se han definido y la pareja humana deberá decidirse por uno u otro. No deben ignorarse, tampoco repudiarse. Ni deben tampoco despreocuparse del maligno, convendrá siempre que tomen precauciones. Cualquier coalición con el tentador será nueva recaída.

8.- Enlaza el relato evangélico con la antigua narración contada en plan catequético. No siempre saben los humanos entender que con el tentador no es posible la coalición. Algunos creen que sí y lo aceptan hasta tal punto que de aquel que ha venido a pisar mortalmente a la serpiente, dispuesto a ser mordido si hay que sufrirlo, estos sabiondos letrados, dicen que es un aliado del seductor. Ha hecho alianza con él, proclaman, y de aquí que mande y disponga, en esta y en otras situaciones.

9.- Jesús se indigna. Él no tiene nada que ver con el perverso espíritu. Si es capaz de desalojar al maligno de las almas donde orgullosamente se había instalado, es porque tiene poder sobre él. Se entristece el Maestro porque estos petulantes le confundan con un agente del mal. Nada hay peor. Todo se le podrá perdonar a cualquier individuo, menos el creer que el Espíritu que anima su interior, el Paráclito, es compinche de satanás.

10.- El Maestro se siente incomprendido, hasta su familia piensa que ha perdido el juicio, vienen de la alta Galilea para llevárselo. María, su santa madre, está con ellos. ¡Cuán grande sería su dolor! Quisiera abrazarle con cariño, quiere acercarse, hablar con Él, pero escucha que madre y familia son todos aquellos que cumplen la voluntad de Dios. ¡Pero si ella siempre la ha cumplido! Sabe que no es un reproche, es una enseñanza para los demás, un acicate para que nadie se desanime, pero le duele. Recuerda ahora lo que le dijo el viejecito del Templo: ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! (Lc 2,35). Su situación es completamente distinta de la que gozó en Caná de Galilea.

11.- Seguir a Jesús, también a Ella le costaba. Mucho más que a vosotros, mis queridos jóvenes lectores. Santa María tenía temple tal cual Eva en el Paraíso. Sí, Ella también la tenía desde el inicio, pero nunca la perdió. Su humildad y fidelidad la habían templado de tal manera, que no fue nunca frágil, ni se rompió su integridad, pese al inmenso dolor que a veces la afligió.

Pedrojosé Ynaraja

 

 

El móvil en la iglesia

Tenía que pasar alguna vez. Y ocurrió el domingo. En la iglesia. Era de esperar. Por lo que he oído, ha pasado en el teatro, hasta en una sala de conciertos y durante una audiencia papal. Y por tanto no hay por qué extrañarse de que el incidente desagradable haya sucedido en la iglesia, precisamente en las primeras palabras de la predicación.

Sí, el móvil. El señor S., un tipo un poco fanfarrón, que se da aire de gran hombre de negocios, siempre con prisa, aunque parece que su pequeña hacienda navega por aguas borrascosas, se deja ver por todas partes con el móvil pegado a la oreja, casi como una prótesis ya insustituible.

El domingo lo olvidó encendido en el bolsillo, y el móvil de improviso comenzó a sonar, sin respeto alguno por el lugar sagrado. La mejor solución para él fue alcanzar por pies la salida, apurado pero no demasiado, mientras la zarandaja infernal llenaba con sus sonidos impertinentes toda la nave, provocando la diversión de muchos (y no sólo de los muchachos) y la desaprobación de algunos (la cara, normalmente pálida, de la señorita Evelina, se puso color rojo púrpura, mientras de su dentadura postiza silbaban frases no precisamente benévolas en relación a «aquel bellaco»).

Personalmente pensé que el asunto podía tener un lado positivo, y si hubiese estado en el lugar del cura (¡una vez más!, es una fijación...) lo habría pillado al vuelo.

Más o menos así. Cuando resuena la palabra de Dios, deberíamos imaginar que dentro de nosotros suena algo que se asemeja a un móvil. Sí, un móvil invisible que se deja oír en nuestra intimidad. Y una voz, imperceptible, que nos advierte: «Quiero hablar contigo personalmente. Tengo algo que decirte que te afecta. La predicación es para todos, pero yo quiero comunicarte un mensaje para ti solo. La comunicación está reservada para ti y no para los otros. ¿Estás preparado?

No me digas: 'en este momento estoy ocupado (o distraído) por otra línea, llamaré yo más tarde'. Sé muy bien que no me llamarás, que continuarás estando ocupado en otros asuntos que consideras más urgentes. Por tanto, responde ahora, presta atención...».

Paradójicamente, cuando ha sonado el móvil del señor S., el predicador estaba comentando la pregunta dirigida por Dios a Adán: «¿Dónde estás?». Sí, ¿dónde estoy cuando de improviso resuena esa voz? ¿dónde estoy con el corazón, con los pensamientos?

No he vuelto a ver al señor S. con su inseparable móvil. Quizás, después del coloquio, se ha colocado prudentemente al fondo de la iglesia, para no salir de ojo. O, más probablemente, se escabulló con el pretexto de un compromiso del que no podía librarse de ninguna manera, los negocios son los negocios...

Importa poco. Yo me preocupaba de no apagar el móvil secreto

La predicación en revoloteos

El predicador, estando ausente todavía el párroco, era el coadjutor con su perilla de sabio. Se ha exhibido en un género de predicación que le es particularmente connatural. Después de aquella «tipo globo» del maestro, con la que se nos castigó el domingo, el discípulo nos ha ofrecido un retazo significativo de «predicación en revoloteos».

Hablaba, a propósito de la narración conocidísima del Génesis —los protagonistas, el Creador en primer lugar, Adán y Eva, la serpiente como pérfida persuasora oculta, de mito y «símbolos arcaicos», de filones narrativos y de géneros literarios, de relación entre fe y ciencia, de representaciones infantiles que hay que superar...

Revoloteos, evoluciones acrobáticas, piruetas.

Se le ofrecía la posibilidad de posarse en el terreno concreto de nuestras tentaciones, de indicar las más frecuentes, señalar los modernos persuasores no tan ocultos, aludir a las apetitosas variantes modernas de la manzana prohibida y a las distintas formas que puede asumir a nuestros ojos. Nada de eso.

El continuaba, impertérrito, trazando ringorrangos de humo en los cielos de la abstracción.

Había además unas frases de Pablo que hubieran merecido ser martilleadas con vigor. Primero, «...creí, por eso hablé». El joven curita sabidillo daba la impresión de interpretarlo así: «He estudiado, por eso hablo».

La otra frase que comienza «y una tribulación pasajera y liviana», lo reconozco, para ser comentada adecuadamente, exigía una madurez y una experiencia de vida distinta. Y aquí no se daba el caso. Lástima: yo, por ejemplo, tendría mucho que decir acerca de esa «tribulación liviana»...

El continuaba con sus revoloteos y con sus despreocupadas piruetas sobre nuestras cabezas. En algunos momentos, parece que bajaba un poco, pero después volvía a alcanzar cota con subidas vertiginosas. No se decidía a aterrizar en el terreno de lo concreto. Y hay que decir que Pablo le estaba ofreciendo una amplia pista para tocar tierra con esta declaración: «Lo que se ve, es transitorio, lo que no se ve, es eterno».

He esperado en vano que aclarase cómo la especialización del creyente consiste precisamente en la capacidad de ver lo invisible, de ver lo que los otros no alcanzan a ver, de aferrarse a la realidad que otros dejan de lado.

El cristiano es un poco loco

Finalmente ahí estaba la página perturbadora del evangelio, en que Jesús es tachado de endemoniado por sus adversarios y considerado loco por sus familiares. Mientras el curita se perdía en divagaciones en torno a la «página anti-mariana de Marcos» («¿quiénes son mi madre...?»), y explicaba el sentido exacto de la expresión «hermanos y hermanas de Jesús» (una cuestión que ciertamente no nos quita el sueño), yo reflexionaba sobre el hecho de que el cristiano, si quiere serlo, debe aparecer un poco loco a los ojos de la gente «sensata».

«No está en sus cabales» sentenciaban los parientes de Jesús cuando se dan cuenta de que, junto al grupo de aquellos discípulos desordenados, no tiene tiempo ni para comer.

Intentaba sugerir al acróbata temerario: mira lo que es el cristiano. Uno «fuera» de la lógica común, de la mentalidad corriente, de los intereses dominantes, de los apetitos voraces de tanta gente. «Fuera» de las picardías varias, de los juegos de poder, de las competiciones para acaparar puestos bien visibles y óptimamente remunerados. «Fuera» del espectáculo, de la publicidad. Más que «fuera de sí» está «fuera de ellos». «Fuera» de la representación común.

Cuando uno no ve la pista de aterrizaje

En cuanto a la «predicación de los revoloteos», o de las divagaciones, tengo que concluir que el cura revela, cuando se abandona a este estilo, que está «fuera de nosotros», quiero decir de nuestros problemas, de nuestras exigencias, de nuestras dificultades.

Para usar la imagen del avión, no me atrevo a decir que el cura deba necesariamente despegar de nuestra situación, y de nuestras preocupaciones. No, que el cura parta de la palabra de Dios, porque esa es la pista obligada de despegue. Pero después, en el momento oportuno, debe estar dispuesto a identificar a tiro fijo la pista de aterrizaje para la palabra, que es necesariamente la de nuestra realidad concreta, de nuestras necesidades, de nuestros interrogantes. Partir de la palabra y llegar hasta donde estamos nosotros. Para esto hace falta un radar interior, que no se nos enseña en las escuelas, sino que está hecho de sensibilidad, intuición, experiencia.

Con otras palabras, es indispensable que el predicador, antes, conozca este terreno, lo explore pacientemente, con atención. De otra manera, cuando está en lo alto, peligra de no reconocer la pista de aterrizaje o de equivocarla clamorosamente.

El, con su doctrina y erudición, va a posar las ruedas quién sabe dónde y nosotros nos quedamos esperando inútilmente, en lo que es nuestro territorio familiar, y que debería ser también el suyo.

No basta traducir en lengua vulgar, hay que traducir en vida corriente. Y este es un esfuerzo cotidiano, al que el hombre de la palabra no puede sustraerse. A veces resulta más fácil levantarse en vuelo sobre los folios ligeros de los textos preparados, que hundir los pies en el polvo y en el fango; a veces sólo hace falta posarlos en el asfalto de las carreteras y en el cemento de las aceras.

En una palabra, el problema planteado por el sermón no es el arranque (la palabra de Dios debería bastar para dar la velocidad suficiente y levantarse del campo de lo «visible»). El verdadero problema está en establecer dónde se quiere llegar y lograr llegar sin defraudar nuestras esperas. Porque alguno puede también cansarse de esperar vanamente un discurso que le afecte, e irse a otra parte.

Para admirar evoluciones, las verdaderas manifestaciones aéreas dan unos escalofríos muy distintos.

«Se hará...»

A la salida me he cruzado con el sabio doctor Lino, con el que siempre es un placer pararse. El tema, esta vez, casi era obligado: «la predicación de los revoloteos» del coadjutor con pico sabio.

«¿Qué remedio sugiere, doctor? ¿lo enviamos de nuevo a la escuela o lo hacemos aterrizar más en nuestra realidad?».

Me ha respondido con un tono pacato:

«No sabría establecer con seguridad cuál sería la terapia más apta. Se trataría de convencer a estos jóvenes un poco presuntuosos, si bien no desprovistos de dotes apreciables y bien preparados desde un punto de vista intelectual, que hay que llevar los libros a la vida. Ellos, sin embargo, tienden a aprisionar la vida en los textos que han estudiado... De todos modos, no debemos ser excesivamente severos con ellos. Démosles tiempo para crecer y para... desaprender».

He pensado que también nosotros debemos ayudarles, con delicadeza, para que caigan en la cuenta de que la vida está en otra parte. Y que las realidades invisibles ayudan a descubrir, no a esconder, las realidades visibles.

Con otras palabras: la frecuentación de las cosas invisibles (asunto que nos afecta a todos, no sólo a los curas) tiene que llevar a ver las cosas visibles. Quizás de otra manera.

La dificultad, para todos, está en enganchar lo «transitorio» a lo eterno.

Alessandro Pronzato

 

 

1.- Palabra

¿Por qué Jesús suscita tanta incomprensión? Entre sus familiares, hasta el punto de que no quieren saber nada de El, tachándolo de loco. En las autoridades religiosas, que interpretan su actividad como obra demoníaca.

A la luz de la primera lectura y el salmo responsorial, entendemos lo que está pasando: que está desenmascarando los fondos oscuros del hombre. Normalmente, nuestro lado oscuro está tranquilo, no se siente amenazado, pues se esconde detrás de las «buenas intenciones». Con frecuencia, son los guardianes de la religión los que mejor ocultan su oposición a Dios bajo las falsas razones del honor de Dios.

Jesús rompía sus ideas sobre Dios y su proyecto de Salvación: un Dios que estaba a favor de los sin-ley, que traía la dicha y la justicia al desecho de la sociedad... Alguien que habla del Reino de Dios y pretende realizarlo con medios tan insignificantes: su cercanía al pueblo, huyendo del liderazgo, sin interés personal...

 

2.- Vida

Los que habitualmente asistimos los domingos a la Eucaristía, somos los hombres de Iglesia y los familiares de Jesús. ¡Ojalá nos sintamos amenazados por las ideas de Jesús y llamados, a un tiempo, a creer en su mensaje!

No caigamos en el maniqueísmo de ver sólo fuera de la institución eclesial los signos del Reino (cierto talante sistemáticamente anticlerical); pero tengamos el valor de reconocer lo lejos que estamos del actuar de Jesús. Nos parecemos demasiado a los letrados, guardianes de la Ley, a los bienpensantes que garantizan el orden y la seguridad.

Están con Jesús, son de Jesús, los que cumplen la voluntad de Dios. «Hay muchos que están (en la Iglesia) y no son, y otros, que no están, pero son» (san Agustín). Esta verdad nos ayuda a ser humildes y a estar abiertos, rompiendo nuestras barreras ideológicas y relativizando nuestros esquemas normativos.

J. Garrido

 

 

Creemos, por eso hablamos

Seguimos la lectura de Marcos. El texto de hoy nos recuerda el nivel en que se sitúa la fraternidad del Reino y su anuncio.

¿Quién ha perdido el juicio?

Jesús es seguido con tal entusiasmo por el pueblo que no lo dejan comer (cf. v. 20). La crítica que hace a las instituciones religiosas forjadas por quienes se consideran intérpretes autorizados de la ley preocupa a «su familia» (v. 21); se trata de personas cercanas a él, incluyendo a los que están unidos por lazos de sangre. Ellos se inquietan ante una predicación desconcertante, quieren sacarlo de en medio de la multitud que lo sigue. Temen incluso que Jesús haya perdido el juicio (cf. v. 21). La reacción es dura, pero nos hace ver lo difícil que era, y es, aceptar el mensaje de Jesús. En nuestro tiempo el coraje y el espíritu evangélico de monseñor Romero dio lugar a que los privilegiados de su país hicieran circular el rumor (hasta con volantes impresos), en los días mismos de su funeral, que todo era resultado de un desequilibrio psicológico del arzobispo. Los pobres de El Salvador no lo dejaban, en cambio, ni comer.

La resistencia al mensaje de Jesús se empecina. Lo acusan de estar de parte de quienes se oponen a Dios (la palabra Satanás significa precisamente «adversario»)Jesús demuestra con dos breves parábolas lo ridículo del cargo (cf. v. 22-27), y pasa al ataque. Dios está siempre dispuesto a perdonar nuestros pecados y ofensas, pero rechazar el Reino de vida aduciendo que quien lo anuncia está poseído de un espíritu inmundo es una grave falta contra el Espíritu (cf. v. 28-29). Ese comportamiento no es ocasional, no es un fallo, es una actitud pensada y sistemática. Es una perversión de la fe misma y expresa el propósito de permanecer en ella. Un grave pecado, de allí el recuerdo del pecado de Adán (cf. la lectura del Génesis).

La familia de Jesús

Madre y hermanos (es decir, familiares cercanos) buscan a Jesús. El Señor aprovecha la ocasión para precisar el nivel en que se halla su verdadera familia, el criterio es la puesta en práctica de la voluntad de Dios (cf. v. 31-35). No es una negación de los vínculos familiares, es una profundización de ellos. La maternidad física de María es inseparable de su aceptación de la voluntad de Dios; libremente acogió en su cuerpo al Hijo de Dios. En ella se confunden la mujer y la creyente. Marcos no menciona aquí el nombre de María (en verdad sólo lo hace una vez en su evangelio, cf. 6, 7). Esa discreción sobre la que un teólogo contemporáneo llama «la primera creyente», contribuye a resaltar el contenido de la fe de María: Jesús y su puesta en práctica de la voluntad del Padre.

Esa fe debe ser comunicada. La vivencia de la fe lleva a la palabra. «Creemos, por eso hablamos» dice Pablo (cf. 2 Cor 4, 13) inspirándose en un salmo. Hablar significa hacer que el «hombre interior» (v. 16), el «hombre nuevo», se afirme y que se desmorone el «hombre exterior» (v. 16), el «hombre viejo», que considera al Reino una locura o algo demoníaco.

Gustavo Gutierrez

 

 

José Larrea Gayarre

 

 

Va de preguntas

La Biblia no es un libro. Más bien es una biblioteca dividida en dos partes, Antiguo y Nuevo Testamento. El Antiguo, según los católicos, lo componen 46 libros. En estos 46 libros destacan dos preguntas, las cuales debiera hacerse toda persona que viene a este mundo. La primera es “Adán, ¿Dónde estás?”. La segunda” ¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Dos preguntas profundas, incisivas formuladas en el siguiente escenario: “Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: “¿Adán, dónde estás?”. Él contestó: “Te oí en el jardín, me dio miedo porque estaba desnudo y me escondí”. En cuanto a la segunda pregunta: “Cuando estaban en el campo, se echó Caín sobre su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano? Contestó: No sé, soy yo, acaso, el guardián de mi hermano?”.

Dos preguntas, que sugieren otras muchas. Cómo me posiciono en la vida, en qué lado estoy, cómo reacciono ante el bien o ante el mal, a cualquiera, sobre todo, si es dirigente, se le pregunta en qué lado estás. No es una pregunta de geografía, sino de moral, de comportamiento. Por ejemplo, ante los demás, ante el prójimo, si soy solidario o no, si me importa o no el otro o, por el contrario, si soy un individualista redomado.

Esta semana leía una larga entrevista hecha a Roger Federer. Un fuera de serie. Tal vez el mejor tenista de la historia. Le pregunta el periodista: “Federer, un estudio del Reputation Institute le señaló hace años como el segundo ser humano más respetable del mundo solo por detrás de Nelson Mandela”. Respuesta: “el deporte profesional se ha vuelto hoy día extremadamente competitivo y monetarista, pero los deportistas no podemos olvidar nuestros fundamentos, que son el esfuerzo, la disciplina, la vida sana y el juego limpio, y debemos dar ejemplo de ello. Solía ir a la iglesia de niño con mi padre, y ahora me gusta ir con mis hijos, incluso los he llevado al Vaticano. Somos una familia cristiana y sí, la religión es importante para mí”. Una contestación a través de la cual, Federer nos da una fotografía suya.

Jesús se interroga a sí mismo: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Y la respuesta no fue muy clara, pues consistió en pasear su mirada por el público que le escuchaba y añadió: “Éstos son mi madre y mis hermanos”.

Una respuesta austera y sin concesiones al público.

Siguiendo con la preguntas, ¿Somos de los que cumplimos la voluntad de Dios?, ¿Qué comentaría Jesús sobre el proyecto de vida de Federer?. Seguro que nosotros hallaríamos defectos importantes en el programa del tenista, empezando por su alto nivel de vida. Y de nuestro modelo de vivir, también. Vivimos tiempos de una competencia salvaje, sin piedad, en los que todo el que asoma la cabeza le llueven flechas envenenadas. A la pregunta ¿dónde estoy yo?, ¿dónde debiera estar?, Jesús nos da una pista cuando dice “mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios”. Ante quien descuella o se hace notar por alguna circunstancia acuden las consabidas preguntas: Si es conservador, progresista, radical, carismático, si es un hombre de equipo, en qué ambiente se mueve, a que corriente pertenece.

Dos preguntas básicas. Si importante es conocer, en qué lado estamos no es menos decisivo saber cómo miramos a los desfavorecidos.

Josetxu Canibe

 

 

FORMAS DE CREER

El que cumple la voluntad de Dios...

La fe no es una reacción automática, sino una decisión personal que ha de madurar cada individuo. Por eso, cada creyente ha de hacer su propio recorrido. No hay dos formas iguales de vivir ante el misterio de Dios.

Hay personas intuitivas que no necesitan reflexionar mucho ni detenerse en análisis complejos para captar lo esencial de la fe; saben que todos caminamos en medio de tinieblas y vislumbran que lo importante es confiar en Dios. Otros, por el contrario, necesitan razonarlo todo, discutirlo, comprobar la racionabilidad del acto de fe. Solo entonces se abrirán al misterio de Dios.

Hay también personas muy espontáneas y vitalistas, que reaccionan con prontitud ante un mensaje esperanzador; escuchan el evangelio y rápidamente se despierta en su corazón una respuesta confiada. Otros, sin embargo, necesitan madurar más lentamente sus decisiones; escuchan el mensaje cristiano, pero han de ahondar despacio en su contenido y sus exigencias antes de asumirlo como principio inspirador de sus vidas.

Hay gentes pesimistas que subrayan siempre los aspectos negativos de las cosas. Su fe estará probablemente teñida de pesimismo: «Se está perdiendo la religión», «la Iglesia no reacciona», «por qué permite Dios tanto pecado e inmoralidad?» Hay también personas optimistas que tienden a ver lo positivo de la vida, y viven su fe con tono confiado: «Esta crisis purificará al cristianismo», «el Espíritu de Dios sigue actuando también hoy», «el futuro está en manos de Dios».

Hay personas de estilo más contemplativo, con gran capacidad de «vida interior». No les resulta tan dificil hacer silencio, escuchar a Dios en el fondo de su ser y abrirse a la acción del Espíritu. Pero hay también personas de temperamento más bien activo. Para éstas, la fe es, sobre todo, compromiso práctico, amor concreto al hermano, lucha por un mundo más humano.

Hay gente de mentalidad conservadora, que tiende a vivir la fe como una larga tradición recibida de sus padres y que ellos han de transmitir, a su vez, a los hijos; les preocupa, sobre todo, conservar fielmente las costumbres y guardar las tradiciones y creencias religiosas. Otros, por el contrario, tienen la mirada puesta en el futuro. Para ellos, la fe debería ser un principio renovador, una fuente permanente de creatividad y de búsqueda de caminos nuevos para la acción de Dios.

El temperamento y la trayectoria de cada uno condicionan, por tanto, el modo de creer de la persona. Cada uno tiene su estilo de creer. En cualquier caso, Jesús le da importancia decisiva a una cosa: Es necesario «hacer la voluntad de Dios». Esta búsqueda realista de la voluntad de Dios caracteriza siempre al verdadero creyente.

José Antonio Pagola

 

 

presbítero Pedro Saez

 

 

Lo primero, que llama la atención en este relato, es que las relaciones de Jesús con su familia no fueron fáciles. Aquí se nos dice que los familiares de Jesús lo tenían por loco; más adelante, en Mc 6, 1-6, se nos informa de que los parientes más cercanos de Jesús no creían en él. Es más, el evangelio de Lucas (4, 28-29) llega a decir públicamente que, en su pueblo (Nazaret), quisieron matar a Jesús despeñándolo por el tajo de un barranco. ¡Qué difícil y complicado es comprender a Jesús! Es duro aceptar su mensaje y su proyecto de vida.

Pero es frecuente, en la vida, que quienes no comprenden las exigencias del Evangelio, en lugar de comprender y aceptar la propia incomprensión, lo que suelen hacer es insultar a los profetas de Dios y a la "imagen de Dios", que es Jesús. Llegando a decir que incluso Jesús, no trae la salvación ni la solución que necesita este mundo, sino que en realidad lo que trae es el demonio que nos endemonia a todos. Lo que entraña una mentira y una contradicción sin pies ni cabeza.

Y es que, en el mensaje de Jesús, la relación humana y fraterna entre los discípulos —si esa relación es verdaderamente humana y fuerte— tiene un poder que está por encima incluso de las relaciones más fundamentales de familia.

Cuando estamos dispuestos a eso, es decir, cuando ponemos de verdad a Jesús en el centro de nuestras vidas, tiene más poder y es más determinante que el amor a una madre y a unos hermanos. Esto es capital para empezar a entender la vida y la enseñanza de Jesús.

Jose María Castillo

 

 

Pedro Mari Zalbide

 

 

"Satanás está perdido"

Notas para situar el texto y el contexto

● Entre el texto del domingo anterior (9 del tiempo ordinario), con el que terminaba la primera sección de Marcos, y éste de hoy, hay dos hechos significativos: primero, que un gran gentío venido de todas partes sigue a Jesús y Él cura a muchos: enfermos (Mc 3,7-12); y, segundo, la llamada a los discípulos y la designación de Doce, entre ellos, para hacerlos sus compañeros y enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios (Mc 3,13-19).

● La escena se sitúa en Cafarnaún, población fronteriza, lugar de mezcla cultural y religiosa, que se hallaba al norte del lago de Galilea.

Notas para fijarnos en Jesús y el Evangelio

- La actividad de Jesús con los discípulosü es intensa. En otras ocasiones (Mc 6,31), el evangelista destaca, como aquí, "que no los dejaban ni comer" (20).

- En esta escena interviene la "familia"ü de Jesús, llamada así la primera vez (21) y descrita como "su madre y sus hermanos" la segunda vez (31). En la Biblia, el término "hermanos" designa tanto a los hijos de una misma madre o de un mismo padre como a los parientes próximos. Más adelante, el evangelista nombra a algunos de los hermanos de Jesús (Mc 6,3).

- Para unas mentalidades cristianasü quizá educadas en la idea de que la familia de Jesús está por encima del bien y del mal, puede ser sorprendente leer que sus familiares tenían de Jesús la idea de que "no estaba en sus cabales" (21). Y, quizá no tanto, también puede sorprender que Jesús, al recibir el anuncio de que "tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan" (32), adopte la actitud tan distante que transmite el Evangelio (34-35). Pero no nos tiene que extrañar: Jesús rompe muchos esquemas y, naturalmente, el primer ámbito donde eso se podía experimentar era el de la familia. Al fin y al cabo, además, la Encarnación quiere decir esto: vivir en todo la vida humana, también en la incomprensión mutua que a menudo se vive en el seno de las familias. Por otro lado, la respuesta de Jesús va más allá del hecho: aprovecha la ocasión para anunciar cuál es la nueva familia que está inaugurando; una familia, la de sus seguidores, en la que los vínculos que se crean son más fuertes y más importantes que los mismos vínculos familiares.

- Que Jesús hable en parábolas (23) noü necesariamente quiere decir que se tenga que entender lo que diga. En este caso, la palabra "parábolas" tiene el sentido de "enigmas", es decir, de ense- ñanzas por medio de narraciones o sentencias proverbiales que no son comprensibles a primera vista, sino que necesitan una reflexión o una explicación posterior. Marcos, más adelante, recoge que Jesús dice a los Doce que a ellos Dios les ha comunicado los secretos del Reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que, "por más que miren, no vean; por más que oigan, no entiendan; no sea que se conviertan y los perdone" (Mc. 4,10-12). Hay que tener en cuenta que este tipo de respuesta va dirigida a las personas de corazón endurecido y con pocas ganas de abrirse al designio de Dios. Aquí Jesús responde a quienes lo acusan de estar poseído por el diablo.

- Ante la acusación de que "tenía dentroü un espíritu inmundo" (30), Jesús habla duramente de "blasfemia" (28-29). Una blasfemia es el uso irreverente del nombre divino o de todo lo que se refiere a la divinidad. Ya que en la Biblia el nombre está íntimamente unido a la realidad significada, hacer un uso irrespetuoso del nombre de una persona o de una divinidad equivale a insultarla gravemente.

- Pero la dureza de Jesús consiste enü decir que hay una cosa que no tiene perdón: "blasfemar contra el Espíritu Santo" (29). A Jesús se le acusa de estar poseído por Satanás, y eso equivale a negar que el Espíritu Santo actúe en Él. Pueden parecer palabras y debates teó- ricos, pero se trata de cerrarse conscientemente a la acción del Amor de Dios en Jesús y, por tanto, en las personas, en el mundo. Más sencillo: cerrarse a vivir el Amor. Y eso, cuando es consciente y responsable, no tiene retorno.

Josep Maria Romaguera

“El Evangelio en medio de la vida” - (Domingos y fiestas del ciclo-B)

Colección Emaús Centro de Pastoral Litúrgica

 

Locos y locuras

VER

Muchas veces empleamos la palabra “locura” no sólo para hablar de la pérdida del juicio o la razón, sino también con otros significados. Hablamos de “locuras de juventud” para referirnos a acciones o decisiones que se hacen durante esos años pero que en la vida adulta ni nos planteamos; decimos que “hay que estar locos” para practicar determinados deportes de riesgo; amamos a alguien “con locura”; cuando alguien lleva a cabo una acción desacertada, o toma una decisión fuera de lo común, decimos que “ha cometido una locura”; cuando lo pasamos muy bien, decimos que ha sido “de locura”… La misma palabra la utilizamos tanto en sentido positivo como negativo. Todos hemos hecho nuestras propias “locuras”, con mejores o peores consecuencias: unas veces simplemente nos habremos salido del camino trillado, de “lo que todos hacen”; otras veces nuestra “locura” ha echado a perder algo bueno que teníamos, y después nos arrepentimos amargamente.

JUZGAR

El Evangelio de hoy nos presenta un hecho que quizá nos ha pasado bastante desapercibido: Jesús volvió a casa y al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Los parientes de Jesús creen que está loco: sus palabras y sus obras las consideran una locura y quieren que deje de actuar así. Los letrados aprovechan la situación y aún hacen una acusación más grave: Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Acusan a Jesús no ya de estar loco, sino lo que es peor, de estar endemoniado, algo que estaba castigado con la lapidación.

Y visto que Jesús sigue con su “locura”, llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar. No pensemos que María también pensaba que Jesús se había vuelto loco; más bien debemos ver ante todo la lógica preocupación de una madre por su hijo, una Madre que, ante el Misterio de su Hijo, desde la Encarnación hasta la Cruz tuvo a menudo que “meditar todas estas cosas en su corazón”, como indican los Evangelios, para seguir comprendiendo y fiándose de Dios.

Jesús se defiende, primero, de la acusación más grave, la de estar endemoniado, dejando patente lo absurdo de esa afirmación con una respuesta muy cuerda: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.

Y después se defiende ante su familia con otra respuesta que no daría alguien que está loco: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Jesús no reniega de los lazos de sangre, sino que amplía el concepto de “familia”, de parentesco. Y María, que escuchó esta respuesta, no vio en ella un desprecio, sino la total coherencia y “cordura” de Jesús, ya que Ella fue la primera que dijo: Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38) al recibir por el anuncio del Ángel la noticia de la Encarnación del Hijo de Dios, algo por lo que muchos también la considerarían “loca”.

Quizá también a nosotros nos consideren unos “locos” por ser cristianos, por seguir creyéndonos estas cosas. Pero la verdadera locura consiste en ignorar a Dios, como nos ha mostrado el relato (que no hay que interpretar literalmente) de la 1ª lectura. Lo realmente “cuerdo” es cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida, aun cuando esto extrañe o provoque rechazo en los demás. 

ACTUAR

¿Qué “locuras” he cometido en mi vida? ¿Qué consecuencias han tenido? ¿Parientes o amigos cercanos me han acusado alguna vez de estar “loco” por ser cristiano? ¿Cómo me sentí, cómo reaccioné? ¿Qué hago para conocer, meditar y cumplir la voluntad de Dios, como María?
Contemplar a Jesús siendo tachado de loco hasta por sus parientes más cercanos nos invita también a nosotros a ser unos “locos”, porque como decía la 2ª lectura, creemos que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará. Y desde esta fe, la Palabra de Dios hoy nos invita a cometer “locuras”, porque venga lo que venga creemos que todo es para vuestro bien; porque no nos desanimamos aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo; porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Seamos “locos”, sin miedo, porque entonces seremos hermanos, hermanas y madres de Jesús, que por su locura de amor hacia nosotros, se encarnó, murió y resucitó por nuestra salvación.

 

 

Jesús nos acepta como su verdadera familia

20 Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.

 21 Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. 22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». 23 Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? 24 Un reino dividido internamente no puede subsistir; 25 una familia dividida no puede subsistir. 26 Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. 27 Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.

 28 En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». 30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

 31 Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. 32 La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». 33 Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». 34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. 35 El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

 

Hermanos:

1. El Evangelio de hoy, que acabamos de escuchar tiene tres partes diferentes: dos escenas que hablan de la familia de Jesús, y entre una escena y otra un dicho de Jesús acerca de un pecado que no se puede perdonar, un pecado que se llama pecado contra el Espíritu Santo.

Conviene que hagamos esta aclaración, porque tantas veces se oye y se comenta: ¿Qué es eso del pecado contra el Espíritu Santo, que no se puede perdonar? ¿Es acaso maldecir a la Tercera Persona de la Santísima? Como si una maldición contra Dios Padre se pudiera perdonar, lo mismo una blasfemia contra el Hijo, Jesucristo; pero no contra el Espíritu Santo.

No es eso, no se trata de eso.

 

2. Bien sabemos que el perdón de Dios, como su amor, es infinito; y que Dios perdona todo. Como le ha gustado decir a este Papa: Dios no se cansa de perdonar; Dios perdona siempre, Dios perdona todo. Lo que sí es cierto que nosotros nos cansamos de pedir perdón.

Volviendo, pues, a lo esencial: Dios perdona todo; Dios perdona siempre.

Horrendo crimen es matar a una persona, por dinero, por venganza, o por el motivo que sea. Dios perdona ese crimen.

Crimen negando llama el Concilio a matar a un feto en el vientre de su madre, una criatura que va viniendo a este mundo. Dios perdona ese crimen.

La historia humana se abrió con un crimen horrible: un hermano mata a su hermano; Caín mató a Abel. “Mi culpa es demasiado grande para soportarla. […] y cualquiera que me encuentre me matará». El Señor le dijo: «El que mate a Caín lo pagará siete veces». Y el Señor puso una señal a Caín para que, si alguien lo encontraba, no lo matase” (Gen 4,13-15).

Hermanos, no se puede matar ni a un asesino. Si Jesús ha pagado la muerte de todos, no podemos matar a nadie.

 

3. Pecar contra el Espíritu Santo es esto. Jesús está derramando la bondad de Dios; Jesús está expulsando al espíritu maligno… Y, como no aceptan lo que es evidente, le reprocha: Este expulsa a los demonios porque tiene un pacto con los demonios, con Belcebú el príncipe de los demonios. En resumen, este también es un demonio, que pacta con los demonios.

Es decir, lo que era el Espíritu de Dios, Espíritu de amor, el Espíritu Santo…, resulta que ahora se interpreta como espíritu del diablo. Si yo le ofrezco el amor de Dios y tú lo rechazas, si yo te ofrezco el perdón de Dios y tú no lo quieres, pues tú mismo te estás excluyendo. Eso es pecar contra el Espíritu Santo, rechazar el ser perdonado.

En resumen, hermanos: el único pecado que nos e perdona es el no querer ser perdonado. Solo se condena aquel que quiere ser condenado. El que pide perdón y no quiere ser perdonado, ese jamás se condenará por mucho que haya pecado.

 

4. Pasemos ahora a lo de la familia de Jesús, para detenernos en la segunda escena.

« ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: Estos son mi madre y mis hermanos.

Estas palabras de Jesús hemos de tomarlas como palabras de revelación, porque solo así podemos entenderlas. No son palabras “informativas”, sino, como decimos, “palabras de revelación”.

Nosotros en nuestras relaciones de amistad bien pronto pasamos al tema de la familia: tus padres, tu esposa, tus hijos. Queremos informarnos discretamente de estas cosas…

En los Evangelios no encontramos una sola palabra de Jesús en que él nos hable de sus familiares: quién era su madre, cómo le cuidaba, cómo la quería… De su padre, de su oficio, de sus primos… Absolutamente nada. Al morir, una palabra referida a su madre, a quien no llama “Madre”, sino misteriosamente “Mujer”. Una palabra que los biblistas interpretan no como asunto o preocupación doméstica, sino como revelación de las relaciones de la comunidad de discípulos con la Madre de Jesús, la Madre del Señor…

 

5. Y la escena a al que estamos asistiendo no es una escena de relaciones familiares, sino una escena de revelación de la familia que está naciendo en el mundo. La verdadera familia de Jesús es la familia que nace de la fe, de la escucha de la Palabra divina, del cumplimiento de la voluntad divina. San Marcos dice: El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Nosotros somos la verdadera familia de Jesús. Es muy hermoso ver cómo a través de los siglos los santos y las santas han meditado estas palabras de Jesús, y juntamente con otras se las han aplicado a sí mismos y las han enseñado a los demás. En los escritos de san Francisco y de santa Clara encontramos referencias muy hermosas. San Francisco, en una carta que escribió a los fieles (Carta II a todos los fieles), se atrevió a expresarse así, señal de que él vivía lo que decía:

48Y sobre todos ellos y ellas, mientras hagan tales cosas y perseveren hasta el fin, descansará el espíritu del Señor (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23). 49Y serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. 50Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). 51Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. 52Somos ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); 53madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16).

 

6. Son aplicaciones concretas de lo que Jesús nos dice, si bien el sentido último del texto no llega a estos particulares.

Somos la verdadera familia de Jesús. Él nos lo dice y él nos admite así. Las consecuencias afectan al comportamiento de todos los días y de toda la vida. Si como discípulos suyos somos la verdadera familia de Jesús, hemos de vivir en intimidad con él y el Evangelio ha de ser nuestra única norma de conducta, una vida evangélica, abiertos al mundo y a la historia presente.

Señor Jesús, acepto tus palabras como palabras de revelación de mi nueva familia. Haz que sea fiel a lo que tú me enseñas, hasta verte cara a cara por toda la eternidad. Amén.

fray Rufino Ma. Grández, FMCap

 

 

Somos familia de Jesús

Jesús va curando y expulsando demonios, y en esos milagros se muestra su poder de Hijo de Dios. Ante ese hacer el bien, hay dos reacciones: - La del pueblo sencillo y llano, que ve en ello la llegada del Reino de Dios. - La de los “escribas venidos de Jerusalén” (los entendidos oficiales, enemigos de Jesús), que atribuían esto al poder de Satanás: así lo defienden y lo difunden.

Jesús rechaza la interpretación de los escribas: les invita a acercarse y les muestra con unas comparaciones que lo que él hace es una señal evidente de la ruina del dominio de Satanás. Es que há llegado uno que es más fuerte que Satanás, y le quita su poder. (El “protoevangelio” se está cumpliendo: 1ª lectura, Gn 3,15). Negarse a ver esa evidencia, negarse a creer en esos milagros y en esas curaciones, cerrarse a la misericordia de Dios, que clarísimamente está haciendo el bien y perdonando, eso es “blasfemar contra el Espíritu Santo”: es “el pecado contra el Espíritu Santo”, imperdonable porque uno se niega a recibir el perdón. Pero, por suerte, hay otros que no son como aquellos escribas ni como quienes difundían que Jesús estaba loco: son “mi madre y mis hermanos”, que Jesús identifica con “el que hace la voluntad de Dios”. En esta ampliación de su familia que hace Jesús, cabemos perfectamente tú y yo, cada uno de nosotros: basta con que hagamos la voluntad de Dios, basta con que no veamos en Jesús uno que no está en sus cabales sino uno que es el Hijo de Dios y nos dejemos llevar, curar y perdonar por Él.

Antonio Aguilera

 

 

Pedro Guillén Goñi, C.M..

 

 

Julio César Villalobos, C.M.

 

 

José Román Flecha

 

 

Del pecado a la familia de Jesús

En la oración final de esta Misa y como fruto de la participación en ella, pediremos a Dios que “nos libere, misericordiosamente, de nuestra maldad”. Y ¿de dónde nos viene esta nuestra maldad, si hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza? El relato del libro del Génesis nos indica el origen del mal en el mundo: el mal no nace de la obra de Dios, que hizo todas las cosas buenas, sino de la “serpiente”, símbolo del diablo, que tienta y seduce a los hombres para hacernos caer en pecado, perdiendo el vestido de la gracia, quedando desnudos ante Dios. El diablo procede siempre con una mentira, y la más grande, y raíz de todas las demás: “seréis como Dios”, les dijo la serpiente a los primeros padres, seréis independientes de vuestro Creador, podréis hacer lo que más os guste, no tendréis que dar cuenta a nadie de vuestras obras, ni arrepentiros de nada. Es la obra del diablo: apartar al hombre del camino que conduce a la vida con mentiras, con engaños, presentando el mal de la manera más atractiva y seductora posible. Y así empezó el pecado en el mundo: haciéndose el hombre dios para sí mismo. Pero el Señor no se quedó cruzado de brazos ante la quiebra de su proyecto de amor con los hombres: allí mismo, en el jardín del paraíso, prometió el perdón: de la descendencia de la mujer saldrá el que aplastará la cabeza de la serpiente, que en el relato evangélico se llama Belzebú. Para esto envió Dios a su Hijo al mundo, para destruir la obra de Satanás y reconciliar al hombre consigo. ¿Y cómo lo hizo? Enfrentándose a Satanás desde el comienzo de su vida pública en el desierto.

Jesús expulsa los demonios, sana las heridas del pecado en el corazón del hombre, pero no “con el poder del jefe de los demonios”, como le acusan sus enemigos, sino con el poder del Espíritu de Dios que habita en él. Rechazar la acción liberadora de Dios a través de Jesús en la expulsión de los demonios es la blasfemia contra el Espíritu Santo que “no tendrá perdón jamás”, pues “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”, salvo esto: atribuir el milagro de la curación de los endemoniados al mismo demonio. Y el Señor se lo hace ver de una manera muy gráfica: si fuera así, el demonio lucharía contra sí mismo hasta destruirse, y les pone este ejemplo muy actual para nosotros: “un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”.

El pecado contra el Espíritu Santo que no tiene perdón es rechazar obstinadamente la gracia de la curación; para San Agustín, el que se cierra hasta el final al regalo de la gracia de Dios, no recibe perdón alguno, ni en este mundo ni en el venidero, pero al mismo tiempo Agustín invita a la confianza, pues Dios no quiere la muerte del pecador. Nadie debe desesperar si la paciencia de Dios conduce a la penitencia, es decir, a la conversión (cf. Joachim Gnilka).

Finalmente, el tercer punto del evangelio de este domingo se refiere a la familia carnal de Jesús y a la nueva familia que se va creando en torno a él: la familia carnal, sus parientes, no comprende y quizá no acepta la actividad de Jesús, quizás porque la consideran peligrosa, por eso “vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí”. Así que cuando llegaron “su madre y sus hermanos y lo mandaron llamar”, Jesús no sólo no se levantó de donde estaba, sino que mostró cuál era su verdadera familia: “Mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. De la familia carnal se eleva a la familia espiritual, y de esta familia espiritual formamos parte nosotros si nos esforzamos en escuchar la voz de Dios poniendo en práctica sus mandamientos. “No es que Jesús rechace, sin más, a sus parientes, ni desprecia los vínculos familiares, sino que afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios nos introduce en un parentesco espiritual más elevado, con Él. Sus palabras subrayan indirectamente la grandeza de María, su Madre” (M. Iglesias González). Evidentemente, su madre, que estaba fuera, es la que con mayor perfección ha cumplido la voluntad de Dios en todo, por eso ella, además de ser su madre según la carne, es la primera entre los discípulos de la nueva familia de Jesús.

En la Eucaristía nos sentamos a la mesa con Jesús para escuchar su palabra y participar del don de su sacramento, es decir, de él mismo: es el camino más seguro para formar parte de su familia espiritual, pues de aquí sacamos la fuerza que necesitamos para cumplir fielmente la voluntad de Dios y llegar a ser así miembros vivos de su familia.

 

 

 

Después de subir a la montaña y elegir a los que quiso, a los doce, «entró en casa», donde se aglomera otra vez la multitud. En esa «casa» se desarrolla la escena que hoy nos narra el Evangelio. Jesús aparece como un hombre en conflicto. Hay una doble oposición a Jesús: la de los propios familiares y la de los escribas que habían bajado de Jerusalén. Por distintos motivos, ambos grupos buscan a Jesús, pero los dos buscan paralizarlo. Los suyos fueron a llevárselo, a hacerse cargo de él porque decían que «no estaba en sus cabales». Han oído hablar de lo que Jesús dice y hace, perciben la tensión que empieza a tener con las instituciones judías y les disgusta esa crítica de Jesús. Con una actividad desbordante no le queda tiempo ni para comer; la multitud que se mueve a su alrededor siempre es peligrosa, peligrosa para su salud, para su futuro, y para el nombre de su familia.

El segundo frente opositor es el de los escribas, los «teólogos oficiales». Han venido adrede desde Jerusalén. Quieren desacreditarlo. Lo acusan de endemoniado, o, al menos, de tener un pacto con Belcebú (nombre de origen cananeo con el que se designaba al príncipe de los demonios). Se trata de una acusación gravísima que intenta desacreditar por la base toda la actividad de Jesús, declarándolo agente del rival de Dios, Satanás. Satanás tiene sus agentes, su morada y sus secundones. Están insinuando que Jesús actúa como un mago, delito que se castigaba con la lapidación. Los escribas pretenden no sólo descalificar sus exorcismos, sino todas las obras de Jesús que han despertado tanta admiración en la gente que lo sigue.

Marcos nos quiere transmitir con estos tres episodios (calumnias de los escribas, pecado contra el Espíritu Santo y las dos noticias referentes a sus familiares) un mensaje esperanzador. A pesar de las cortapisas que le ponen sus allegados y familiares, a pesar de los graves reproches de los escribas, la actividad pública de Jesús sigue adelante.

El reinado de Dios, predicado con gran entusiasmo por Jesús, irrumpe en el país de los judíos con fuerza. Miles de galileos lo escuchan y no pocos lo siguen.

Comentario

Si los actores del texto son los judíos y la familia de Jesús, el verdadero protagonista es el cumplimiento de la voluntad de Dios. En ella se integra y queda trascendida la familia. Muchas realidades importantes nos separan a unos de otros. Por eso, necesitamos espacios y ámbitos que, trascendiendo las inevitables separaciones, nos aúnen y cohesionen. La familia de los hijos de Dios no se apoya en la sangre, ni en los intereses de la familia. El cristianismo trasciende los valores de la familia humana.

Estilo y talante de Jesús. Este evangelio de hoy nos muestra el estilo de Jesús; ante él nadie puede ser indiferente:

a) La gente sencilla de buen olfato lo sigue.

b) Su familia, que no lo entiende, lo quiere quitar de la circulación «por loco».

c) Los dirigentes religiosos pretenden desacreditarlo. Hoy también, ante los testigos de Jesús, la gente sencilla y de buen olfato ve en ellos a Dios; los familiares a veces creen que están locos (el hijo que se va al seminario, la hija que le tira lo de monja); los dirigentes que creen que hay un mal espíritu en ellos y los matan (Óscar Romero). Así del que pasó haciendo el bien y curando enfermos se dice que no está en sus cabales.

«El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene perdón jamás».

En este contexto, Jesús dice unas palabras muy duras contra los que se cierran culpablemente a la acción del Espíritu y pecan contra su actuación. Llega a afirmar que todos los pecados, por grandes y numerosos que sean, tienen perdón. Sólo el que peca contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás. Se refería a los que decían que estaba endemoniado: los que se cierran culpablemente a la acción divina, los que no la aceptan, tal como viene dada en Jesús, su mensajero. Ven señales de la misericordia que está llegando y lo atribuyen a un «espíritu inmundo» que lo domina. No quieren ser perdonados, se excluyen del perdón.

Los familiares de Jesús, con excepción de su Madre, no creyeron en Él durante su vida terrena. Sólo lo hicieron a partir de la Resurrección. En algún momento incluso lo tuvieron por loco. Sólo se atreve a decirlo Marcos y nos deja sorprendidos. La familia biológica deja paso a los que cumplen la voluntad de su Padre. Es el nuevo hogar en el que Jesús es el Hijo entre los hijos y el Hermano entre los hermanos.

Manuel Sendín, O.SS.T.

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Satanás está perdido (cf. Mc 3, 20-35)

El pecado contra el Espíritu Santo

En el marco de lo dicho hasta ahora, resultan más comprensibles otras palabras, impresionantes y desconcertantes, de Jesús. Las podríamos llamar las palabras del «no-perdón». Nos las refieren los Sinópticos respecto a un pecado particular que es llamado «blasfemia contra el Espíritu Santo». Así han sido referidas en su triple redacción:

Mateo: «Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro».

Marcos: «Se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno».

Lucas: «A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará».

¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? ¿Cómo se entiende esta blasfemia? Responde Santo Tomás de Aquino que se trata de un pecado «irremisible según su naturaleza, en cuanto excluye aquellos elementos, gracias a los cuales se da la remisión de los pecados».

Según esta exégesis la «blasfemia» no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz. Si el hombre rechaza aquel «convencer sobre el pecado», que proviene del Espíritu Santo y tiene un carácter salvífico, rechaza a la vez la «venida» del Paráclito, aquella «venida» que se ha realizado en el misterio pascual, en la unidad mediante la fuerza redentora de la Sangre de Cristo. La Sangre que «purifica de las obras muertas nuestra conciencia».

Sabemos que un fruto de esta purificación es la remisión de los pecados. Por tanto, el que rechaza el Espíritu y la Sangre permanece en las «obras muertas», o sea en el pecado. Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste precisamente en el rechazo radical de aceptar esta remisión, de la que el mismo Espíritu es el íntimo dispensador y que presupone la verdadera conversión obrada por Él en la conciencia. Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta «no-remisión» está unida, como causa suya, a la «no-penitencia», es decir al rechazo radical del convertirse. Lo que significa el rechazo de acudir a las fuentes de la Redención, las cuales, sin embargo, quedan «siempre» abiertas en la economía de la salvación, en la que se realiza la misión del Espíritu Santo. El Paráclito tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes: «recibirá de lo mío», dijo Jesús. De este modo el Espíritu completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos. Ahora bien la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido «derecho de perseverar en el mal» —en cualquier pecado— y rechaza así la Redención. El hombre encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida. Esta es una condición de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de su autoprisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados.

La acción del Espíritu de la verdad, que tiende al salvífico «convencer en lo referente al pecado», encuentra en el hombre que se halla en esta condición una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo que podría decirse consolidado en razón de una libre elección: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar «dureza de corazón». En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizás la pérdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas páginas la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia. Anteriormente el Papa Pío XII había afirmado que «el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado» y esta pérdida está acompañada por la «pérdida del sentido de Dios». En la citada Exhortación leemos: «En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado».

La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal. Esta rectitud y sensibilidad están profundamente unidas a la acción íntima del Espíritu de la verdad. Con esta luz adquieren un significado particular las exhortaciones del Apóstol: «No extingáis el Espíritu», «no entristezcáis al Espíritu Santo». Pero la Iglesia, sobre todo, no cesa de suplicar con gran fervor que no aumente en el mundo aquel pecado llamado por el Evangelio blasfemia contra el Espíritu Santo; antes bien que retroceda en las almas de los hombres y también en los mismos ambientes y en las distintas formas de la sociedad, dando lugar a la apertura de las conciencias, necesaria para la acción salvífica del Espíritu Santo. La Iglesia ruega que el peligroso pecado contra el Espíritu deje lugar a una santa disponibilidad a aceptar su misión de Paráclito, cuando viene para «convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio» (san Juan Pablo II, Dominum et vivificantem 6,46-47).

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El pecado contra el Espíritu

Por tanto, el primer regalo de la bondad de Dios para con nosotros, dirigido a que recibamos la vida eterna, que se nos dará al final, fue el perdón de los pecados que nos llegó al comienzo de nuestra fe. Mientras ellos subsistan, subsiste en cierto modo nuestra enemistad contra Dios y nuestra separación de Él, que proviene de nuestro mal, ya que no miente la Escritura cuando dice: Vuestros pecados causan la separación entre vosotros y de Dios. Por eso, Él no nos infunde sus bienes si no nos ha librado de nuestros males.

Y tanto más crecen aquellos cuanto más disminuyen estos; ni aquellos alcanzan la perfección más que cuando desaparecen estos. Pero dado que Cristo el Señor perdona los pecados en el Espíritu Santo igual que arroja los demonios en el Espíritu Santo, de este particular se puede entender que, habiendo dicho a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos: Recibid el Espíritu Santo, añadió a continuación: A quien perdonéis los pecados, le serán perdonados; y a quien se los retengáis, le serán retenidos. Efectivamente, también la regeneración, en que tiene lugar el perdón de todos los pecados pasados, se verifica en el Espíritu Santo, pues dice el Señor: Si alguien no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios. Pero una cosa es nacer del Espíritu y otra nutrirse del Espíritu, igual que una cosa es nacer de la carne, que acontece en el parto de la madre, y otra cosa es nutrirse de la carne, que acontece cuando la madre amamanta al niño.

Este se dirige a la mujer de la que nació buscando la satisfacción que obtiene de su pecho, a fin de vivir y recibir el alimento con que pervivir de la misma de la que recibió el comenzar a existir. Así, pues, el primer beneficio de la benignidad de Dios para los creyentes es la remisión de los pecados en nombre del Espíritu Santo. Por esa razón, así comenzó también la predicación de Juan el Bautista, enviado como precursor del Señor, pues está escrito: En aquellos días vinoJuan el Bautista, predicando en el desierto de Judea, y diciendo: haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos. Es la misma razón por la que también comenzó así la predicación del mismo Señor; de hecho, leemos: Entonces comenzó Jesús a predicar y decir: haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos. A su vez, Juan, entre otras cosas que dijo a los que se acercaron a que los bautizara, se cuenta esto: Yo ciertamente os bautizo con agua en señal de arrepentimiento; mas el que ha de venir después de mí es más poderoso que yo, y no soy digno de llevar su calzado.

Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. También dijo el Señor: Juan bautizó con agua; mas vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo, que recibiréis dentro de pocos días, hasta Pentecostés. En cuanto a lo que dijo Juan: Y fuego, aunque pueda entenderse de la tribulación que, por el nombre de Cristo, iban a sufrir los creyentes, no se aleja de la realidad que el Espíritu Santo mismo aparezca designado con el nombre de fuego. Por eso se dijo también a propósito de su venida: Aparecieron lenguas distintas, como de fuego que se posó asimismo sobre cada uno de ellos. Por idéntica razón dijo también el Señor mismo: Fuego vine a traer al mundo. Por lo mismo dice también el Apóstol: Hirviendo en el Espíritu, pues del Espíritu le viene el hervor, pues se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha donado. A ese hervor se opone lo que dijo el Señor: Se enfriará la caridad de muchos. Ahora bien, la caridad perfecta es el don perfecto del Espíritu Santo. Antes, sin embargo, llega lo que atañe al perdón de los pecados; el beneficio por el que somos sacados del poder de las tinieblas y por el que el príncipe de este mundo es arrojado fuera por nuestra fe, él que no obra en los hijos de la infidelidad si no es por el derecho que le otorga el tenerlos unidos y atados por el pecado. Pues en ese Espíritu Santo, por el que el pueblo de Dios es congregado en unidad, es arrojado el espíritu inmundo, dividido contra sí mismo.

Contra este don gratuito, contra esta gracia de Dios habla el corazón impenitente. Y esa misma impenitencia es la blasfemia contra el Espíritu, que no se perdona ni en este siglo ni en el venidero. De hecho, ya sea con el pensamiento, ya sea también con la lengua, pronuncia una palabra malvada e impía en extremo contra el Espíritu Santo —Espíritu en el que son bautizados todos aquellos cuyos pecados son perdonados y que ha recibido la Iglesia para que al que se le perdonen le queden perdonados— la persona que, aunque la paciencia de Dios la impulse al arrepentimiento, llevada por la dureza de su corazón y por su corazón impenitente, atesora para sí ira en el día de la ira y de revelación del justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras. Por tanto, esta falta de arrepentimiento —pues de esta única manera podemos designar de algún modo tanto la blasfemia como la palabra contra el Espíritu Santo que nunca serán perdonadas—; esta falta de arrepentimiento —repito— contra la que gritaba el pregonero y el juez diciendo: Haced penitencia, pues se ha acercado el reino de los cielos no tiene en absoluto perdón ni en este mundo ni en el venidero, puesto que es el arrepentimiento el que alcanza en este mundo un perdón que valga en el venidero. Para oponerse a esa falta de arrepentimiento abrió el Señor la boca de la predicación evangélica y predijo que se predicaría el Evangelio en todo el orbe, en la misma circunstancia en que, después de la resurrección, dijo a los discípulos: Convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día y que en su nombre se predicase el arrepentimiento y el perdón de los pecados por todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Pero esta falta de arrepentimiento o corazón impenitente no puede ser juzgada mientras la persona vive en esta carne. Pues respecto de nadie hay que perder la esperanza mientras la paciencia de Dios la impulsa al arrepentimiento y no arrebata de esta vida al impío, ya que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Hoy es pagano; ¿cómo sabes si mañana no será cristiano? Hoy es judío incrédulo, ¿y si mañana cree en Cristo? Hoy es hereje, ¿y si mañana se atiene a la verdad católica? Hoy es cismático, ¿y si mañana abraza la paz católica? ¿Y si estos a los que incluyes en cualquier clase de error y que condenas como ya sin esperanza, se arrepienten antes de acabar esta vida y encuentran la vida verdadera? Por lo tanto, hermanos, sírvaos también de advertencia a este respecto lo que dice el Apóstol: No juzguéis nada antes de tiempo. Esta blasfemia contra el Espíritu, que no admite perdón alguno, que entendemos que no es cualquier blasfemia sino una determinada, y que he dicho, o descubierto, o —según pienso— mostrado que es la persistente dureza de un corazón impenitente, no se la puede advertir en nadie mientras se halla en esta vida, según acabo de indicar.

Lo dicho no tiene que pareceros absurdo. En efecto, aunque una persona que persevera hasta el fin de su vida en una terca falta de arrepentimiento hable durante mucho tiempo y abundantemente contra esta gracia del Espíritu Santo, tan larga oposición del corazón impenitente se designa en el Evangelio como «palabra», cual si fuese algo de breve duración, al decir Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; en cambio, al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero. De hecho, aunque esta blasfemia sea prolija, conste de muchas palabras y aparezca dilatada en el tiempo, la Escritura suele llamar también «palabra» a muchas palabras. Ningún profeta habló solo una palabra y, sin embargo, se lee así: Palabra que fue dirigida a «este u otro profeta». También el Apóstol dice: Los presbíteros reciban un doble honor, especialmente los que se afanan en la palabra y la enseñanza. No dice «en las palabras», sino en la palabra. También dice el santo Santiago: Sed realizadores de la palabra y no solo oyentes. Tampoco él dice «de las palabras», sino de la palabra, aunque sean tantas las palabras de la sagrada Escritura que en la Iglesia se leen, se dicen, se oyen con frecuencia y solemnidad.

Así, pues, por mucho que sea el tiempo en que cualquiera de nosotros se afane en predicar el Evangelio, no se le llama predicador «de palabras», sino «de la palabra»; asimismo, por mucho tiempo que cualquiera de vosotros escuche con diligencia y fervor mi predicación, no se dice de él que sea un enamoradísimo de escuchar «palabras», sino «la palabra». Así, según ese modo de hablar de la Escritura, conocido por la costumbre eclesiástica, sean las que sean las palabras que, durante la vida entera que pasa en esta carne, por mucho que se prolongue, cualquiera haya dicho con corazón impenitente —sea con la boca, sea con solo el pensamiento— contra el perdón de los pecados que tiene lugar en la Iglesia, pronuncia una palabra contra el Espíritu Santo.

Por eso, no solo la palabra que se diga contra el Hijo del hombre, sino absolutamente cualquier pecado o blasfemia se perdonará a los hombres, porque donde no existe el corazón impenitente —el pecado contra el Espíritu Santo, por quien se perdonan los pecados en la Iglesia—, todos los demás se perdonan. ¿Pero cómo va a perdonarse ese que impide el perdón de los otros también? Se les perdonan, pues, todos, mientras no esté entre ellos ese que nunca se perdonará. Si está entre ellos, ya que este no se perdona, tampoco son perdonados los demás, pues la remisión de todos la impide la atadura que supone ese pecado. Luego, si al que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonaráy, en cambio, al que la diga contra el Espíritu Santo no se le perdonará, no se debe a que en la Trinidad el Espíritu Santo sea mayor que el Hijo, cosa que nunca ha defendido nadie, aunque fuera hereje.

Se debe a que todo el que opone resistencia a la verdad y blasfema contra la verdad, que es Cristo, incluso después de anunciarse a los hombres de forma tan prolongada que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros—Palabra que es el Hijo del hombre, Cristo mismo en persona—, si no pronuncia la palabra del corazón impenitente contra el Espíritu Santo —del que se dijo El que no renazca del agua y del Espíritu Santo y Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados les serán perdonados—, esto es, si se arrepiente, recibirá mediante este Don la remisión de todos los pecados y, a la vez, de la palabra que haya dicho contra el Hijo del hombre. La razón es que, al pecado de ignorancia o de contumacia o de otra blasfemia cualquiera, no añadió el de falta de arrepentimiento que se opone al don de Dios y a la gracia de la regeneración y reconciliación, que tiene lugar en la Iglesia mediante el Espíritu Santo (Sermón 71,19-23).

san Agustín

Sermón 71

www.augustinus.it

 

 

 

 

La cuestión familiar y el Reino de Dios

El oficio de incordiar

Idealizada por la piedad popular que busca presentarla como más que perfecta, al punto de parecer sobrehumana, la familia de Jesús de Nazaret vivió más de un conflicto álgido, como suele suceder en casi todas las familias. Y es que, si como ha dicho la Iglesia en el Concilio Vaticano II, el Maestro “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (“Gaudium et spes” 22), cuánto más su madre y su parentela. De lo anterior da buena cuenta el evangelio de Marcos que, solo él y en su capítulo 3, guarda un momento particularmente difícil en el itinerario del Galileo.

Es, pues, este texto de Marcos el que matiza el cuadro idílico de la familia del Maestro cuando recuerda una intentona para acabar con su ministerio recién iniciado: “Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: ‘Está fuera de sí’”. Y es que los parientes de Jesús no podían considerarlo de otro modo: habría que estar loco para, desafiando el código de honor y vergüenza que rige las sociedades de entonces, cambiar de oficio en plena adultez y, correlativamente, abandonar el sitio ya obtenido en el medio social: dejar lo que venía a ser el respetable y no mal remunerado trabajo de “tékton” —trabajador manual de la piedra, la madera, el metal y más, orientado a la construcción— por la vida de un predicador carismático itinerante, entendiendo por carismático a quien no pertenece ni está supeditado a institución religiosa alguna. Una vergüenza que, dado el concepto de familia vigente, no solo afecta al propio Jesús sino a toda su parentela.

En este punto, vale apuntar que todo indica que el entorno familiar de Jesús no es tanto nuclear —padre, madre e hijos— como extenso, o sea incluyente de varios grados de parentesco, mismos que se diluyen dado que las familias del medio rural de la Galilea del primer tercio del siglo I suelen vivir en conglomerados unitarios y patrilocales de casas para las familias nucleares, construidas en torno a un patio común donde se comparte la cocina, el espacio para estar donde los niños —todos— juegan y conviven como, literalmente, hermanos adquiriendo de este modo los derechos morales de hermanos consanguíneos. De ahí la autoridad que los parientes de Jesús consideran tener en relación con él para, fracasado el primer intento de volverlo a la cordura, reincidir luego con una presión mayor con su madre de por medio: “Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: ‘¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan’. Él les responde: ‘¿Quién es mi madre y mis hermanos?’. Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro a su alrededor, dice: ‘Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’”.

Es, pues, esta presión familiar lo que empuja al Galileo a optar por una familia subrogada —esto es, una familia alternativa y supletoria de aquella biológica— que él mismo genera a partir de vínculos más fuertes que el mero parentesco: a partir de Jesús de Nazaret el nexo que une a los discípulos entre sí y con el Maestro es —por encima del mismísimo vínculo familiar— la causa del Reino de Dios que, además y correlativamente, queda como referencia crítica de la institución familiar si ésta se reduce a un mero fenómeno biológico cohesionado por la economía y la presión social.

Y es que los intereses familiares —entonces y ahora— suelen no ser tan puros como se pretende a partir de una cierta mistificación de la propia familia. Cuna de valores éticos, sí, la familia —hoy como en tiempos de Jesús— suele ser también lugar del ejercicio de poder del padre cuando su autoridad se sustenta meramente en el control de la economía doméstica y, por otra parte, espacio de presión castrante cuando la madre vuelca sus frustraciones como mujer y como persona en sus hijos. Frente a esta posibilidad real, se mantiene vigente la alternativa familiar de un colectivo que basa su calidad humana en el Evangelio y que tiene como nexo, paterno, filial y fraterno, la causa de Jesús: el Reino de Dios para el bien del mundo.

José Rafael Ruz Villamil

http://www.yucatan.com.mx/editorial/la-cuestion-familiar-y-el-reino-de-dios

 

 

 

 

Pasó haciendo el bien

Nuestra cultura de la sospecha nos lleva a desconfiar de las personas, incluso de las mejores, y buscamos descubrir intenciones ocultas inconfesables en todo lo que hacen. Jesús fue objeto de sospecha para las autoridades civiles y religiosas de su pueblo que hicieron lo imposible por desprestigiarlo como un impostor y blasfemo y no pararon hasta que acabaron con él. El pueblo sencillo lo seguía, pero también se dejaba manipular y acabó dejándolo solo.

Jesús fue un hombre con grandes poderes de sanación corporal y anímica como lo fueron los profetas y otros hombres de Dios del pueblo de Israel. Pasó haciendo el bien y liberando a los que estaban atormentados por el diablo, a todas las víctimas de una cultura que destruía a las personas (Mc 3,20-35). La gente sencilla admiraba sus milagros y prorrumpía en alabanzas a Dios que manifestaba su amor a través de Jesús.

Los enemigos de Jesús, en cambio, trataron de desprestigiarlo y lo acusaron de estar endemoniado. Le robaron su vida y su muerte, el sentido de su muerte. En vez de reconocer que Dios estaba actuando a través de él, lanzan la acusación de que arrojaba los demonios por el poder del mismo Satanás. Jesús les hace ver sus incoherencias. No es él el único que arrojaba los demonios. Había otros hombres de Dios en su tiempo que también lo hacían y eran considerados hombres santos.

El demonio no está interesado en luchar contra sí mismo pues todo reino dividido va a la ruina. El demonio no abandona su presa sino forzado por alguien más fuerte que él. Jesús como portador de la fuerza del Espíritu de Dios tiene el poder de instaurarel Reino de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro puede usurpar su señorío. Satanás, aunque sigue haciendo estragos, tiene sus días contados (Gn. 3,9-15) .

Aunque tengamos la impresión de que el mal reina por todas partes, la última palabra la tiene Dios. En realidad el bien es más abundante que el mal pues de lo contrario nuestro mundo ya se hubiera hundido en la maldad. Hay mucha corrupción sin duda pero hay más personas que hacen el bien y logran que nuestro mundo continúe siendo habitable. Por eso no nos desanimamos. La fe nos permite ver la realidad y no sólo las apariencias (2Cor. 4,13-5,1).

Desgraciadamente la falta de fe anida en nuestros corazones como incluso en los familiares de Jesús que quedaron desorientados por su manera de actuar. Creyeron que estaba loco y salieron a llevárselo con ellos para que no estuviera dando un espectáculo. Querer seguir hoy a Jesús no está bien visto. Te tachan enseguida de retrógrado, de no estar al día. Te acusarán de ser enemigo de la libertad y del progreso. No nos desanimemos sino que continuemos como Jesús haciendo el bien, trabajando a favor de la liberación de las personas, preocupándonos de sus necesidades espirituales y materiales. Que la celebración de la eucaristía nos dé la fuerza para ser testigos creíbles de Jesús y de su Evangelio.

padre Lorenzo Amigo

 

 

Escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra”

Dejarse seducir por la Palabra de Dios

Las palabras de Jesús sonaban a nuevas, como nueva parecía la autoridad de quien las pronunciaba. Palabras que tocaban el corazón y en las que muchos veían la fuerza de la salvación que anunciaban. Por eso la gente sigue a Jesús, aunque también estén los que le siguen por conveniencia, sin mucha pureza de corazón, quizá solo por las ganas de ser más buenos. En dos mil años no parece que ese escenario haya cambiado. También hoy muchos escuchan a Jesús como los nueve leprosos del evangelio que, felices por haber recobrado la salud, se olvidan de Jesús, que es quien les ha curado.
Pero Jesús sigue hablando a la gente porque quiere a esa gente hasta el punto de decir: los que me siguen —esa muchedumbre inmensa—, esos son mi madre y mis hermanos. Y lo explica: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (cfr. Lc 8,21). Son las dos condiciones para seguir a Jesús: escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra. Esa es la vida cristiana, nada más. Así de sencilla. Tal vez nosotros la hemos hecho un poco difícil, con tantas explicaciones que nadie entiende, pero la vida cristiana es así: escuchar la palabra de Dios y practicarla.
Por eso, como dice san Lucas, Jesús contesta al que le decía que sus parientes lo están buscando: «Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra» (Lc 8,21). Y para escuchar la palabra de Dios, la palabra de Jesús, basta abrir la Biblia, el evangelio. Pero esas páginas no son solo para leerlas sino para escucharlas. Escuchar la palabra de Dios es leerla y decir: ¿Qué está diciendo esto a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios a mí con esas palabras? Y nuestra vida cambia. Cada vez que hacemos eso —abrir el evangelio, leer un pasaje y preguntarnos: ¿Con esto Dios me habla, me dice algo? Y si dice algo, ¿qué me está diciendo?— estamos escuchando la palabra de Dios, con los oídos y con el corazón. Abrid el corazón a la palabra de Dios. Los enemigos de Jesús escuchaban su palabra, pero estaban allí para intentar atraparle en un error, para hacerlo resbalar, y que perdiese autoridad. Pero nunca se preguntaban: ¿Qué me dice Dios en estas palabras? Y Dios no habla para todos en general: sí, habla para todos, pero nos habla a cada uno. El evangelio ha sido escrito para cada uno de nosotros.
Es verdad que poner por obra lo que se escucha no es fácil; es más fácil vivir tranquilamente sin preocuparse de las exigencias de la palabra de Dios. Pistas concretas para hacerlo son los Mandamientos y las Bienaventuranzas, contando siempre con la ayuda de Jesús, también cuando nuestro corazón escucha pero hace como que no entiende. Él es misericordioso y perdona a todos, espera a todos, porque es paciente. Jesús recibe a todos, incluso a los que van a escuchar la palabra de Dios y luego lo traicionan. Pensemos en Judas. “Amigo”, le llama en el momento en que Judas le traiciona. El Señor siempre siembra su palabra, y solo pide un corazón abierto para escucharla y buena voluntad para ponerla por obra. Por eso la petición de hoy que sea la del Salmo: Guíame Señor por la senda de tus mandatos (S 118,33), es decir, la senda de tu palabra, y que yo aprenda, con tu ayuda, a ponerla en práctica.
La Escritura en la Carta de Santiago leemos este texto sobre la Palabra de Dios: “Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuéramos como las primicias de sus criaturas. Ténganlo presente, hermanos míos queridos: que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar, tardo para la ira… Por eso, desechen toda inmundicia y abundancia de mal y acojan con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvar sus almas. Pongan por obra la Palabra y no se contenten sólo con oírla, engañándose a ustedes mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero, en cuanto se va, se olvida de cómo es. En cambio el que fija la mirada en la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz” (St 1,18-25).
“La Palabra de Dios -decía san Ambrosio- es la sustancia vital de nuestra alma; la alimenta, la apacienta y la gobierna; no hay nada que pueda hacer vivir el alma del hombre fuera de la Palabra de Dios” (S. Ambrogio, Exp. Ps. 118, 7,7 (PL 15, 1350). “Es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios -añade la Dei Verbum-, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual (Dei Verbum, 21).
Podemos elevar como san Agustín (Confesiones) nuestro corazón a Dios, para obtener la compresión de la Palabra de Dios: “Sean tus Escrituras mis castas delicias: no me engañe yo en ellas, ni engañe a nadie con ellas… Atiende a mi alma, y óyela, que clama desde lo profundo… Concédeme tiempo para meditar sobre los secretos de tu Ley, y no cierres sus puertas a los que llaman… Mira que tu voz es mi gozo; tu voz es un deleite superior a cualquier otro. Dame lo que amo… No deprecies a esta hierba sedienta… Que al llamar, se me abran las interioridades de tus palabras… Lo pido por nuestro Señor Jesucristo… en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios (Col 2,3). A Éste busco en tus libros” (Conf. XI, 2, 3-4).

 

 

El demonio existe

Existe un ‘virus’ potente y peligroso que nos insidia, pero existe también un Padre ‘que nos ama mucho’ y nos protege.

Así habló el beato Papa Pablo VI del diablo: «Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres? Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma. Nosotros sabemos que este ser oscuro y perturbador existe verdaderamente y que está actuando de continuo con una astucia traidora. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia de la humanidad. Es el seductor pérfido y taimado que sabe insinuarse en nosotros por los sentidos, la imaginación, la concupiscencia, la lógica utópica, las relaciones sociales desordenadas, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o psíquicas o a nuestras aspiraciones profundas» (29 de junio de 1972, noveno aniversario de su coronación).

El demonio existe…y si no, preguntemos a Adán y Eva (1ª lectura). Él fue el causante de que nuestros primeros padres fallasen a Dios, le desobedeciesen. El demonio les inoculó el veneno de la soberbia y rebeldía, para ser autónomos y no depender de nadie. Satanás les tocó el talón de Aquiles “ser como dioses”, es decir, sin tener que dar cuenta a nadie, ser autosuficientes, dueños de sí mismos. El proceso que el tentador siguió con ellos fue así: entró en diálogo con ellos, les inoculó la duda de la bondad de Dios, les presentó el mal como bien y ellos cedieron, cegados por la soberbia, lastimando y ofendiendo a Dios Creador y Padre. Y después que cedieron a la tentación no asumieron su responsabilidad culpando al otro. Dios, triste, tuvo que imponer su pena a nuestros primeros para que recapacitasen de la gravedad del pecado.

El demonio existe…y si no, preguntemos a Cristo que tuvo que lidiar con él toda su vida terrena. Jesús habló de Satanás varias veces. Pero, sobre todo, tuvo que luchar contra él. Al inicio de su ministerio, ahí estaba Satanás esperándole en el desierto para hacerle caer y así tergiversase su misión de Mesías; no ya un Mesías de cruz e infamia, sino de glorias y honores. Y como Cristo le venció, el demonio no se desanimó y le esperó para otra oportunidad, cuando estuviese más débil humanamente hablando, en el huerto de Getsemaní. Durante su ministerio cuántas veces tuvo que luchar contra Satanás y los demás demonios que habían entrado en tantos corazones (evangelio) y que le insultaban. Satanás se apoderó del alma traidora de Judas. En la cruz, fue Satanás quien gritaba por la boca odiosa de aquel turista que por ahí pasaba: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”. Cristo vino al mundo para derrotar a Satanás en el mismo campo donde él había vencido: en el hombre, desde que lo creó. Y Cristo le ganó con su pasión, muerte y resurrección.

El demonio existe…y si no, preguntémonos a la Iglesia, a la sociedad y a nosotros mismos. ¿Quién provocó tantas herejías, cismas a lo largo de los siglos? Sólo podía ser el gran provocador, Satanás, que tantas veces puso la zancadilla en el camino. Nuestra sociedad hoy en muchas partes ha apostatado primero de la Iglesia, luego de Cristo, y ahora de Dios. ¡Cuántas leyes inicuas están promulgando en algunos Estados! ¿Quién está dirigiendo esta sinfonía infernal sino Satanás, príncipe de este mundo como lo llamó Cristo? ¿Quién no ha sido tentado por el demonio, ya sea en la carne, ya sea en el espíritu? Todos hemos sido tentados por esta fuerza malévola, por este ser misterioso y horrible, para que desobedezcamos a Dios y pasemos a sus filas.

La demonología es un capítulo «muy importante» de la teología católica y que hoy en día se descuida demasiado. Existe una laguna en la enseñanza de la teología, en la catequesis y en la predicación. Y esta laguna solicita ser colmada. Estamos ante «una de las necesidades más grandes» de la Iglesia en el momento presente. ¿Quién lo habría previsto? La catequesis de Pablo VI sobre la existencia a influencia del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez más, se acusó a la Cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado! – nos quieren hacer creer. El Papa Francisco también ha hablado varias veces del demonio: “La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia y la Biblia termina también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio…Vigilemos siempre, pues ¡jamás el demonio ha sido expulsado para siempre! Sólo el último día lo será” (En santa Marta, 13 de octubre 2014).

Recemos la oración a san Benito: “Glorioso Padre Benito, ayúdanos en la lucha contra el demonio, el mundo y la carne. Aleja de nosotros cualquier influencia maligna, las tentaciones, el poder del Mal, los peligros para nuestro espíritu y para nuestro cuerpo. Ayúdanos a confiar en el Amor de Dios nuestro Padre, en la Fuerza de Cristo nuestro Salvador, y en la Presencia del Espíritu Santo nuestro Defensor. Amén”.

p. Rivero