La fuerza sanadora y liberadora del Reino

1ª lectura (Génesis 3,9-1S)

El egoísmo del pecado

Esta lectura (que se usa en la fiesta de la Inmaculada) es la manifestación teológica de un autor llamado ''yahvista" que se limita a poner por escrito toda la tradición religiosa de siglos, en ambientes culturales diversos, sobre la culpabilidad de la humanidad: Adán-Eva. Hoy ya se acepta claramente que no es necesario entender todo esto como si se tratara de una sola pareja humana. Los simbolismos del relato nos permiten todo eso y más, ya que científicamente el monogenismo no resiste un análisis coherente. El pecado, pues, nos abruma, nos envuelve, nos fascina, nos empapa en libertad desmesurada, hasta que vemos que estamos con las manos vacías, desnudos y sin nada de lo que pensábamos que íbamos a conseguir fuera de lo que Dios quiere. Entonces empiezan las culpabilidades: la mujer, el ser débil frente al fuerte, como ha sucedido en casi todas las culturas. Y por medio aparece el mito de la serpiente, como símbolo de una inteligencia superior a nosotros mismos, o de una oscura fuerza que puede con nosotros, que no es divina, pero que parece. 

El mal siempre ha sido descrito míticamente. Pero en realidad el mal lo hacemos nosotros y lo proyectamos al que está frente a nosotros, especialmente si es más débil, según la una visión cultural equivocada. ¿Quién podrá liberarnos de ello? Siempre se visto en este texto una promesa de Dios; una promesa para que podamos percibir que el mal lo podemos vencer, sin proyectarlo sobre el otro, si sabemos amar y valorar a quien está a nuestro lado; en este caso el hombre a la mujer y la mujer al hombre, y así sucesivamente, grupos familiares, pueblos, razas. Todos estamos convocados a amar el bien y a trasmitirlo... pero desgraciadamente nuestros caminos su tuercen. Sólo Dios puede garantizamos lo mejor y debemos tenerlo en cuenta, acogerlo, obedecerle, buscarlo siempre.

2ª lectura (1ª Corintios 4,13-5,1)

La muerte se va transformando en vida

El tema "escatológico" que plantea Pablo en este momento de 2Cor es de verdadera trascendencia. El apóstol está más abierto que nunca a su propia muerte y ya no está preocupado por la "Parusía" (como se puede constatar en 1Tes y en 1Cor), porque siente que su vida como persona y como apóstol se gasta poco a poco. Por ello no va a echar mano de un planteamiento filosófico, sino de la experiencia personal que todo creyente debe tener con Jesucristo, con su muerte y su resurrección. Pero más aún, el "emisario" del evangelio debe estar en disposición de vivir esta vida en Cristo: entregarse a la muerte, para que los otros vivan de ese evangelio. Así se dice clara y manifiestamente en 4,12: "de este modo, la muerte acontece (energeitai) en nosotros, y en vosotros la vida". Significa que mientras el apóstol, por causa del evangelio, va gastando su vida, en esa medida siembra vida en la comunidad que acoge ese mensaje. Pablo ha expresado esta identificación con Cristo en otros momentos, como en Gál 2,20 o en Flp 3,7-11. Pero el hecho de que ahora apoye su ministerio en el kerygma: muerte y resurrección de Jesús, es porque sirve extraordinariamente a la metáfora paradójica del "vaso de barro" y del "tesoro". El predicador del evangelio, pues, experimenta personalmente la soteriología en su doble dimensión de muerte y de vida. No se puede vivir sino muriendo, de la misma manera que Cristo no ha podido resucitar o "ser resucitado", sino pasando por la debilidad de la muerte. Si todos los cristianos, pues, tienen que acoger esta experiencia soteriológica de identificación con Cristo, no puede ser menos el apóstol que está encargado de este ministerio.

De ahí que el apóstol ligue su suerte y su salvación a la de la comunidad. Es lo que va a expresar con el apoyo, además, de una fórmula de resurrección: "aquel que resucitó (egeíras) a Jesús, nos resucitará (egerei) con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros" (4,14). Esta fórmula primitiva de tono apocalíptico, sin duda, parece retocada por Pablo en esa última parte al unir su futuro al de la comunidad. Lo cual se confirma con creces en 4,15, ya que ha vivido y vive esta experiencia personal-apostólica para que la comunidad pueda alabar a Dios. Es una de las páginas escatológicas de Pablo, probablemente la más alejada del comienzo, de 1Ts. 4 e incluso de 1Cor. 15, y la que más ha dado que hablar en tomo a los conceptos escatológicos de la vida después de la muerte, juntamente con Flp. 1,22-25. La conciencia de la nékrôsis, es decir, de la afirmación de la experiencia de la muerte, bajo la imagen de la casa y del vestido, es una aportación sustancial vivida como persona y como apóstol. Las dos cosas, pues, son inseparables. Debemos apostar por leer aquí una persuasión de Pablo de que ya no es necesaria la Parusía como en 1Ts. 4,15. En el horizonte de su vida y bajo los sufrimientos, la enfermedad, su misión mira al futuro, no solamente desde el punto de vista existencial, sino verdaderamente escatológico. Pablo no habla dualísticamente, ni solamente del hombre interior, sino de todo su ser, de toda su persona.

Evangelio (Marcos 3,20-35): Frente a lo "demoniaco", la familia de los hijos de Dios 

De entre las sanaciones de Jesús, merece la pena hablar de la "desdemonización" como clave del anuncio de la presencia del Reino. Pero esto, hoy, no se puede abordar simplemente como de "expulsión de demonios", fenómeno de "exorcistas" que tanta curiosidad provoca a veces, sino de la liberación de la mente y del corazón de que todo el que sufría y padecía estaba bajo la égida del demonio, de Beelzebul como personalización de todo ello. La cultura de la enfermedad en el judaísmo y en Galilea especialmente, tenía estos tonos tan dramáticos de personas desquiciadas. El drama es que esto se concebía como un castigo y un abandono de Dios. Es ahí donde actúa Jesús con su acción "desdemonizadora". Y si el Reino de Dios no se queda simplemente en un concepto, sino que es una fuerza que transforma, Jesús libera a toda esta gente estigmatizada por sus vecinos, y deben ser los primeros en experimentar la misericordia de Dios.

Por eso, la acusación de que Jesús actúa en nombre de Belzebú es negarle todo el pan y la sal del Reino que anuncia y de su misericordia. La parábola, pues, es sintomática: no puede actuar en nombre del Belzebú y expulsarlo. Tiene que ser en nombre de una fuerza mayor; pero es eso lo que no le quieren aceptar. No hay poderes mágicos ni ocultos, sino una palabra de vida, de acercamiento, de misericordia, de gratuidad en nombre del mismo Dios que niegan a esos desgraciados. Es una terapia psicológica, pero más que eso, teológica y espiritual, que sus adversarios no pueden resistir. No hace falta entrar en los términos técnicos de esas enfermedades de la mente, porque lo eran también del corazón. En realidad era una enfermedad cultural y también religiosa, de entonces, que Jesús no estaba dispuesto a aceptar frente a su mensaje evangélico de alegría y amor. 

Esa acusación, quiere entender el redactor del evangelio, es justamente lo que viene a ser la blasfemia contra el Espíritu Santo. Se trataría, sin duda, de un "dicho" de Jesús independiente que ahora cobra su sentido aquí: acusarlo de estar de parte de Satanás porque libera a los "endemoniados" es faltar a toda la verdad. Es ponerlo del lado de las tinieblas cuando viene a traer luz; es ponerlo de parte de los cobardes, cuando viene a ser la misma fuerza salvadora y liberadora de Dios; es ponerlo en el ámbito de la cultura malsana de Satanás, cuando todo lo experimenta y lo pace en nombre de Dios y de su bondad. Ese es el pecado contra el Espíritu.

La escena que leemos de Marcos se remata con esa dosis de maldad hasta el punto de que pretenden responsabilizar a la misma familia de Jesús para que ponga remedio al asunto. "Su madre y sus hermanos" han llegado para llevárselo y convencerle que deje ese camino. Es una noticia escueta, dura, realista, sin duda. El que parte de su familia no le apoyara en su actividad de profeta itinerante, no debe sorprendemos; es uno de los puntos que hoy se dan como asumidos en la aproximación a la vida histórica de Jesús. La sociedad galilea tenía sus propias identidades socioculturales y no se perdona ni a una persona ni a su familia en estos casos. Pero Jesús responde como había de responder. Sin renunciar a su madre y a sus hermanos... extiende su familia a todos los enfermos y desvalidos que han encontrado en su "terapia espiritual" una familia nueva que les acoja y les cuide. Son los seguidores del reino de Dios que liberándose de esa cultura demoníaca inaceptable, sienten que de verdad Dios está con ellos en sus sufrimientos.

fray Miguel de Burgos Núñez

 

 

Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya

Seguro que hemos escuchado y analizado este texto desde muy diferentes perspectivas. Por eso hoy podemos centramos en dos concretas. La falta de responsabilidad de Adán y Eva y el poder que Dios concede a la mujer en el relato.

Adán no es capaz de responder de forma coherente al Creador. No se responsabiliza de sus actos: “la mujer...”. Eva no se responsabiliza tampoco de lo que ha hecho: “la serpiente...”. Ninguno de los dos es capaz de aceptar que se han equivocado, que no han obedecido y que han metido la pata. Dios les dio solo un par de indicaciones sobre lo que podían y no podían hacer y han hecho lo contrario. Pero en lugar de aceptar el error, se muestran esquivos y echan la culpa a la otra. Es lo que ocurre cuando no nos responsabilizamos, no damos respuesta coherente de lo que hemos hecho.

Dios no maldice al hombre y a la mujer, sino a la serpiente. A ellos los castiga, pero dando poder a la mujer sobre el reptil, sobre el mal. El Creador nos hace libres y responsables de nuestros actos y de esta forma nos hace poderosos y poderosas. Si hubiera querido tener a sus pies seres obedientes nos habría hecho autómatas, seres sin capacidad de tomar decisiones. El texto del Génesis nos acerca hoy a lo más profundo de la naturaleza del ser humano y, si no dejamos, nos enfrenta con nosotros mismos y, cómo no, con la imagen de Dios en la que creemos y que nos va configurado como personas.

El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás

Volvemos a encontrarnos con el mal en el texto del evangelio de hoy. Esta vez no en forma de serpiente sino “encarnado” según sus enemigos, en el propio Jesús. Él les responde clara y directamente, como siempre. “Imposible, mi familia es otra. No soy de los de Belcebú, como vosotros”, les podía haber dicho... Pero intenta ser pedagógico, como siempre, y les cuenta alguna pequeña parábola con una enseñanza interesante para todas nosotras, las personas que decimos seguirle: todo se perdonará menos las blasfemias “contra el Espíritu Santo”. No parece que en el texto queden muy claras cuáles son estas, pero cerrarnos al Espíritu no parece que sea demasiado positivo para quienes fuimos bautizados también en su nombre.

Hace pocas semanas celebramos la presencia del Espíritu en medio de la Iglesia y poco después su ser Trinidad, esa comunidad originaria de la que forma parte junto al Padre y el Hijo. Somos comunidad de creyentes porque el Espíritu vive en medio de nosotros y es Él quien nos habla de Misericordia.

Lo necesitamos para saber si estamos actuando como nuestro Dios, Padre y Madre nos pide y para, en caso de no hacerlo, ser responsables de nuestras actuaciones; nos hace falta el Espíritu para saber qué cosas de las que nos rodean o hacemos son y vienen de Él; es quien nos permite ir a lo profundo dejando a un lado lo superficial y en su ausencia somos incapaces de esperar “en su palabra [...] más que el centinela a la aurora”. Por eso, una vez que descubrimos al Espíritu presente en nuestras propias vidas podemos cantar con el salmista: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.

dña Montserrat Escribano

 

 

fray ......................

 

 

Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer.

La presencia viva de Jesús, su bondad hasta lo indecible, sigue atrayendo a una multitud de todos los pueblos de la tierra. Los que están con él y lo siguen son un inmenso regalo. ¿De dónde han salido todos estos? De la sed de verdad y de vida que han descubierto en su corazón, una sed que ningún sucedáneo ha logrado apagar. Cuando alguien, tras haber sentido la insatisfacción de lo que no llena, presta atención a su interior y descubre su misterio, busca el agua viva de Jesús. Para estar con Jesús necesitamos cuidar nuestra vida interior donde se oye la voz del Espíritu que nos lleva a Jesús. El silencio es uno de los mejores caminos para entrar dentro de nosotros y estar con él. Señor, tú nos esperas y nos hablas en el silencio.

 

Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.

En torno a Jesús aparecen otros personajes: los escribas de Jerusalén, que ven la compasión de Jesús por las gentes y su poder que obra en poder de los oprimidos, y dicen, desde su maldad y ceguera, que está poseído de Belcebú; los familiares de Jesús, que se asustan del revuelo que está causando Jesús y van a llevárselo porque, dicen, ha perdido la cabeza; Satanás, el hombre forzudo, que se ha adueñado de la casa, campa a sus anchas, mete muerte en la vida. Jesús no se asusta, actúa con libertad y con poder; ata al hombre forzudo y libera la casa del mal; despliega a su alrededor el dinamismo del Espíritu del bien. Jesús, el más fuerte, libera, nos libera, reaviva la vida. Quien deja entrar en su corazón a Jesús, experimenta dentro un alivio insospechado, ve cómo le mana una fuente de luz de vida, siente una llamada a vivir la vida de cada día con esperanza. Tú, Señor, no quitas nada, lo das todo.

 

‘El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás’.

Tienen delante la Bondad en persona, Jesús, el humilde de corazón, el único Inocente y no se enteran. Le acusan de blasfemo y de ser portador del mal total. A este pecado lo llama Jesús blasfemia contra el Espíritu Santo, un pecado que no se perdona porque rechaza el perdón, tapa los ojos para no ver la luz, pasa de largo ante el amor que ofrece Jesús. Frente a esto está la alegría en el Espiritu: abrazo a la verdad que susurra en nuestro interior, acogida del amor que ofrece gratuitamente, experiencia de su misericordia que sana nuestras heridas. Tú, Señor, eres el amigo de la vida. Confiamos en ti.

 

‘El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Jesús no es para unos pocos elegidos, es para todos. Su familia la forman los que obedecen a Dios y cumplen su voluntad. Quien está con Jesús siente la llamada a ensanchar las fronteras del corazón y a hacer el bien a todos. María, Madre de Jesús y nuestra, tú encaminas esta marcha de todos los pueblos al corazón del Padre.

 

 

Para sus familiares Jesús está loco, fuera de sí. Ha perdido la cabeza y deben contenerlo volviéndolo a su casa y haciéndole reflexionar, para eso llevan a su madre con ellos. Y para los letrados de Jerusalén, Jesús está poseído de un demonio. Loco y endemoniado. Desquiciado y dominado por un mal espíritu. ¡Pobre Jesús! Se necesitaba mucha valentía y convicción para superar opiniones tan negativas de su propia familia y de los maestros de su pueblo. ¡Cómo quedarían de confundidos los discípulos después de escuchar comentarios de tal calibre sobre el Maestro que recién comenzaban a seguir!

Jesús no pierde la serenidad. Enfrenta con firmeza profética a sus adversarios. A los escribas los desenmascara colocándolos delante de sus propias contradicciones. Si está poseído por un demonio ¿Cómo puede echar otro demonio? Si Satanás está contra Satanás significa que su reino está siendo destruido. Si una persona está siendo liberada por el poder de Jesús de la alienación a la que estaba sometida, ¿cómo pueden declarar a Jesús endemoniado, si el que aliena y domina es el demonio? Están luchando contra la evidencia de que Dios ha comenzado a actuar en la historia a través de Jesús. Están luchando para no ver, para cerrar los ojos a la verdad. Están luchando contra el Espíritu de Dios que libera y da vida. Ese pecado no puede ser perdonado porque es cerrazón a la gracia, es contumacia, es obstinación. No niegan a Dios, niegan que la práctica liberadora de Jesús sea de Dios. Y a su familia que lo tiene por desquiciado, Jesús agrega una nueva locura: declara que ese pequeño grupo de hombres y mujeres de Galilea, sentados a su alrededor, son más familia suya que la que lo busca. Esa nueva familia está comulgando con sus ideas y sus enseñanzas más que la otra.

Delante de este Jesús valiente y libre, debemos preguntarnos cuántas veces nosotros mismos que nos decimos cristianos, que nos decimos su comunidad, enmascaramos nuestras cobardías ante lo nuevo de Dios y nos refugiamos en poner etiquetas y descalificar lo que no queremos admitir: que donde hay liberación, más salud, más vida y dignidad está actuando el Espíritu de Dios.

 

 

Existe el mal y el pecado en nuestra vida.- El mensaje principal de hoy, preparado ya por la primera lectura y por el salmo responsorial, es el de la existencia del pecado, de la oposición a Cristo, tanto en su tiempo como en el nuestro, y la urgencia de una actitud de lucha contra el mal con la confianza de que El, que es el más fuerte, ya ha vencido. Nada más salir de la celebración de la Pascua, nos encontramos con que San Marcos nos describe el drama de la lucha y de la oposición a Jesús. Unos no le comprenden (sus familiares). Otros le siguen por motivos superficiales (los milagros). Otros se le oponen abiertamente y le acusan nada menos que de estar en connivencia con el demonio.

Es bueno reconocer el mal que hay, tanto en la historia de la sociedad y de la iglesia como en la particular de cada uno de nosotros. Existe la tentación y el pecado. Ya desde el principio: en el Génesis hemos escuchado la descripción de la primera caída, todo un símbolo de lo que luego ha sido y sigue siendo la historia de la humanidad. Recordar que existe el pecado (y las "estructuras de pecado" que hemos creado, y de las que habla varias veces Juan Pablo II en la última encíclica "Sollicitudo Rei Socialis") nos hace humildes y desmitifica el orgullo que podemos sentir por los progresos de nuestra generación.

Es una experiencia que tenemos todos: niños y mayores, religiosos y laicos. El mal existe en nuestra vida, y todos caemos en él.

Aunque tendamos a echar la culpa a los demás, o a las estructuras o al ambiente. Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros que las "serpientes" de turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

Sigue existiendo, en la sociedad o tal vez también en nosotros mismos, ese "pecado contra el Espíritu" que es el de no querer ver la luz y la interpelación de Cristo Jesús, sino ignorarlo, y hasta intentar desprestigiar todo aquello que se nos presente como signo inequívoco de su presencia. Como los letrados que venían de Jerusalén, sabios ellos y muy seguros en sus esquemas mentales, trataron de desacreditar a Jesús. Bastaba interpretar su actuación como la de un loco (así lo hicieron sus más allegados) o hacer correr que era un fanático o que estaba endemoniado (¿se puede estar endemoniado y a la vez ser exorcista, expulsador de demonios?). Una tendencia parecida la podemos sentir todos: ante una exigencia radical del evangelio nos defendemos con interpretaciones exegéticas; o ante el testimonio valiente de alguien (sea el Papa, o los obispos, o un sencillo laico con sus palabras y sus obras nos muestran los caminos de Dios en nuestra historia) somos capaces, más o menos conscientemente, de quitar prestigio o buscar los modos de hacer callar la voz profética que nos molesta.

La lucha, del lado del más fuerte.- La presencia del mal y del pecado en nosotros y en torno a nosotros.

Y la invitación a la lucha contra él. En esta lucha a veces vence el mal (el Malo). Como en el Génesis. Pero ya entonces sonó la promesa de la "enemistad' con otro más fuerte. El Más fuerte aparece en el evangelio. Si los demonios son expulsados es porque ha llegado el Más Fuerte. El que ha vencido las tentaciones propias en el desierto. El que libera a los posesos. El que entregará su vida para salvar del pecado y del mal a la humanidad.

A nosotros, los seguidores de Jesús, se nos invita, ante todo, a la actitud de Lucas. Ante el mal no podemos quedar apáticos, indiferentes, o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar porque el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos. Lucha, fatiga, camino contra corriente. Vale la pena que recordemos que en la Noche Pascual (el bautismo) hicimos una doble opción: la renuncia al pecado y el mal, y la profesión de fe en Dios y en Cristo. La especificación de los aspectos en que nos acecha a cada uno el mal, y de los medios de la lucha contra él, dependerá del ambiente concreto de la celebración.

Pero esta lucha la llevamos a cabo con confianza y esperanza, porque estamos del lado del Más Fuerte, formando su nueva familia. La Pascua que acabamos de celebrar nos ha querido hacer partícipes de la victoria de Cristo contra todo mal. (Esto es también lo que da esperanza a Pablo, en medio de sus muchas dificultades).

Referencia eucarística y mariana. - Esta tensión que impregna nuestra existencia, entre el bien y el mal, está también presente en nuestra oración eucarística: el acto penitencial, la oración del padrenuestro, "no nos dejes caer en la tentación... líbranos del mal", la invitación a comulgar, porque Cristo es "el que quita el pecado del mundo"...

Sin convertir la homilía (ni hoy ni ningún otro domingo) en mariana, vale la pena aprovechar las ocasiones que las mismas lecturas ofrecen para recordar tanto el Año Mariano como el papel que la Virgen juega en la Iglesia. Y hoy, ciertamente, las hay: la mujer del Génesis, la Madre de Jesús que se le acerca (¿discípulo también ella? ¿madre preocupada por el trabajo y la salud de su Hijo?). Ella supo cumplir la voluntad de Dios ("hágase en mí según tu Palabra") y ser dócil al Espíritu. Ella supo de dificultades y de fe costosa, pero creyó en Dios. Además de Madre biológica de Jesús, es también miembro entrañable y modélico de la nueva familia de los creyentes en El: la Iglesia.

J. Aldazabal

 

 

1. Buscar a Dios con sinceridad

El evangelio de hoy tiene un particular interés para todos nosotros, pues Jesús define quiénes constituyen su auténtica «familia» y pueden ser llamados sus «hermanos». Comienza Marcos diciéndonos que Jesús volvió «a su casa» y se le juntó tanta gente que no podía ni comer...

En realidad, la casa de Jesús estaba en Nazaret; sin embargo, él considera como casa suya ésa en la que puede comunicar su palabra a las gentes que, venidas de muchas partes, se le habían congregado.

Efectivamente, al comenzar Marcos su capítulo tres, nos dice que han llegado «muchedumbres de Galilea, Judea, Jerusalén, Idumea, del otro lado del Jordán y de la región de Tiro y Sidón», refiriéndose sin duda a lo que estaba sucediendo en tiempos de Marcos con la expansión de la Iglesia.

Dicho de otra manera: Jesús no tiene casa propia sino que establece su morada allí donde está la gente ávida de palabra de vida. El ha venido para establecer con el pueblo una relación especial, mucho más fuerte que los lazos de sangre o de raza, ya que surge por la fe y por el cumplimiento de la voluntad del Padre.

Jesús congrega, como buen pastor, a cuantos desean constituir la familia de Dios, familia a la que él mismo ha de alimentar con la Palabra e incluso con el Pan de la vida. Sin embargo, para ser miembro de esta familia hacen falta ciertas condiciones, ya que es una familia especial a la que no se puede llegar por simple casualidad. Hoy Marcos va a descartar a dos grupos que ciertamente no forman parte de la comunidad de Jesús.

En primer lugar, están los escribas y fariseos. Son los conductores espirituales del pueblo y los exponentes de la Antigua Alianza, del antiguo culto a Dios. Con su inteligencia son capaces de conocer al dedillo las Escrituras, pero su corazón rebosa del orgullo de considerarse los mejores. No toleran que un simple Fulano, como era Jesús, que no pertenecía a su grupo selecto, pudiera introducir reforma alguna en lo que ya estaba establecido.

Así, pues, un grupo de ellos es enviado explícitamente desde Jerusalén para espiar a Jesús y ver la forma de tenderle una trampa. Ya hemos visto algunas escaramuzas de este duelo. Hoy, en cambio, la discusión es más agria y Jesús termina por repudiarlos totalmente.

Los escribas acusan a Jesús de ser él mismo un poseído por el demonio; por eso, concluyen, puede expulsar al demonio de los demás.

Muy fácil fue descubrir la sinrazón de sus argumentos, como bien arguye Jesús: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás?» Sería como un reino o una familia divididos, y pronto dejarían de existir.

En cambio, sigue Jesús, si yo expulso a los demonios es simplemente porque soy más fuerte que ellos, de la misma forma que solamente un hombre más fuerte que el dueño de una casa puede hacer un saqueo de la misma.

La simple argumentación ponía a las claras la mala fe de los escribas y por eso merecerán el total rechazo de Jesús, que los acusa de pecar contra el Espíritu Santo, es decir, de pecado de mala voluntad y torcidas intenciones. En efecto, nadie con sana intención podía acusar a Jesús de aliado del demonio viendo los signos que realizaba. Sin apertura a la verdad, sin la sinceridad del corazón es imposible penetrar en los designios de Dios. Y éste era el caso de los escribas y fariseos.

La lección del evangelio es clara: para llegar al Reino de Dios, para tener acceso a la verdad del Espíritu, no basta el conocimiento de las Escrituras ni la sabiduría teológica, ni el ejercicio del culto ni el cumplimiento de la ley. Hay hombres capaces de esconder un tremendo pecado detrás de esas máscaras religiosas.

Lo esencial es la apertura sincera al Espíritu de Dios, que es espíritu de santidad. Dios, por medio de Jesucristo, introduce una total novedad, un cambio radical, una visión nueva de la vida. Negarse a este cambio, empecinarse en una postura personal que llega incluso a torcer el sentido de las Escrituras en beneficio propio, es dictarse la propia condenación. Jesús distingue entre los pecados que pueden ser perdonados, es decir, que surgen de la debilidad humana, y los que son fruto de mala intención. Dios conoce el interior de cada uno y no se deja engañar. La blasfemia contra el Espíritu Santo puede tener la forma exterior de acto religioso, de postura teológica, de celo apostólico, etc. Es un pecado sutil y difícil, porque se esconde entre los pliegues del orgullo religioso.

Jesús hace una opción clara: no puede sacar discípulos de los sabios y piadosos que especulan con la verdad; sí los puede sacar de los adúlteros, de las prostitutas, de los leprosos, ciegos y sordomudos, de los publicanos y de los humildes pescadores...

2. Cumplir la Palabra del Padre

El segundo grupo que quedará fuera de la familia de Jesús lo forman sus propios parientes. Encerrados en su mundillo y fastidiados por las «rarezas» de su pariente (si bien más tarde querrán especular con su fama) o bien temerosos por las posibles consecuencias, que traerían la deshonra de la familia, pretenden en un primer momento llevarse a Jesús, pues dicen: «Es un exaltado», que mejor traduciríamos con la crudeza de Marcos: «Merece ir al manicomio.»

Jesús no se da por aludido, seguramente porque los conocía bien. Más tarde vuelven a la carga y lo hacen llamar. Y cuando le dicen a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan», a todos nos pudo haber sorprendido la respuesta de Jesús: « ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Estos son mi madre y mis hermanos: el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.»

Todos los evangelistas están de acuerdo en que, en un primer momento, la parentela de Jesús no creyó en él; más aún, se oponen a que continúe con su ministerio. Sabemos, con todo, que más tarde algunos de ellos se unirán a la comunidad creyente, entre los que sobresaldrá Santiago, el pariente del Señor, a cuyo cargo quedará la comunidad de Jerusalén.

El pensamiento de Jesús es claro: la comunidad cristiana establece entre sus miembros una relación totalmente distinta a la que puede dar la raza o la sangre.

En una familia se nace y, sea de la forma que fuere, los lazos quedan para siempre, aunque no siempre sean tan cordiales. En cambio, a la familia de Jesús se ingresa por un acto personal y libre. Según Marcos, Jesús dijo la referida frase "dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados a su alrededor", personas que, como ya sabemos, habían venido en su búsqueda desde todas partes.

Nadie nace cristiano. Uno se hace cristiano caminando hacia Cristo, escuchando su palabra, practicándola y haciendo el esfuerzo por salir de uno mismo hasta encontrar el sentido de la vida.

Los parientes de Jesús no están entre quienes escuchan al Maestro, quizá por aquello de que nadie es profeta en su propia tierra, como sucederá también con los demás habitantes de Nazaret. La simple cercanía física o casual con Cristo no nos transforma automáticamente en sus discípulos, ni es la familiaridad con las cosas sagradas lo que nos hace santos.

Es posible que a veces nos comportemos como los parientes de Jesús: creemos que por estar más «en la Iglesia» -como se suele decir- ya estamos santificados y con la salvación asegurada.

Parece, en cambio, que cierta excesiva cercanía -tal como les sucedía a los antiguos sacristanes- vuelve insulsa nuestra fe y, lo que es peor aún, nos transforma en «dueños de Jesús» o dueños de la Iglesia, pecado típico de los ambientes clericales.

Los parientes, siguiendo solamente su personal pensamiento, se creen con el derecho de oponerse a la actividad de Jesús o de regular sus actos; se escandalizan por sus «exageraciones» y prefieren dejar las cosas como están, sin preguntarse, sin cuestionarse si no merece la pena alterar el orden o provocar cierto revuelo cuando están en juego aspectos esenciales de la existencia humana.

Jesús no rechaza de plano a sus parientes, seguramente porque no obrarían de mala fe, sino con cortedad de espíritu y con cierta miopía que los hacía más bien dignos de lástima que de condena. Pero tampoco se deja manosear por ellos.

No tolera que nos acerquemos a él de cualquier forma ni que pongamos nuestras manos en su vida -en la vida de la comunidad- con la misma mentalidad de una parentela chismosa. Sí, en cambio, establece el criterio para que uno pueda sentirse auténtico pariente de Jesús, familiar suyo, hermano y miembro de su comunidad.

Y el criterio es uno solo: «Hacer la voluntad de Dios», o, como relata Lucas: "Escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica".

Ahora comprendemos por qué decíamos al principio que el evangelio de hoy tiene un interés especial para nuestra comunidad. Casi sola surge esta pregunta: ¿Somos la familia de Jesús, su madre y sus hermanos? Estamos bautizados, comulgamos, venimos a misa, cumplimos determinadas prácticas religiosas, nos sentimos cristianos... Y todo esto puede ser hecho por simple tradición o costumbre, al modo de una parentela que surge por el solo juego de los lazos naturales.

Hoy se nos urge a cumplir la voluntad de Dios, que ya ha sido expresada por el mismo Evangelio de Marcos en la primera predicación de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: cambiad de vida y creed en el evangelio» (1,15).

Podemos imaginarnos la impresión que causaron las palabras de Jesús en aquella gente que lo rodeaba. De pronto sintieron que el amor de Dios se posaba sobre ellos, los humildes y marginados, para hacerlos partícipes de la familia del Salvador.

Jesús purifica al máximo el concepto de religión: el creyente puede prescindir de todo, menos de eso único y esencial que lo introduce a la intimidad con Dios: la humilde escucha de su palabra y el seguimiento de Cristo por el camino de la santidad.

El creyente es un pobre que vacía su corazón de sus propias palabras y pretensiones, y se deja llenar -como aquella muchedumbre- con las palabras de Cristo.

Este seguimiento supuso para los apóstoles el dejar su casa, su trabajo, sus padres, su mundo de relaciones. Hay algo de absoluto y de irreversible en el hecho de aceptar la invitación de Jesús. Y, sobre todo, debe haber una intención limpia, sincera y transparente.

Concluyendo...

Marcos hoy nos llama la atención para que purifiquemos nuestras intenciones. No nos acerquemos a Cristo ni con el corazón empecinado -como los escribas que pecaron contra el Espíritu- ni con la miopía y vulgaridad de su parentela. No creamos que ya todo lo sabemos, que a Jesús lo tenemos en el bolsillo desde hace mucho tiempo, o que el Evangelio ya no nos puede decir nada o muy poco porque lo conocemos de sobra... No transformemos esta comunidad en un chismorreo de parentela aburguesada. Si nos creemos más cerca del Señor, seamos los primeros en descubrir cada día la novedad de su palabra y seamos los primeros en purificar nuestro concepto religioso.

Hoy se nos llama a vivir en la santidad. El camino lo traza la palabra de Cristo. Poner en práctica esta palabra es cumplir la voluntad del Padre. Y eso, solamente eso, nos hace madre y hermanos de Jesús. Sólo así constituimos su familia con pleno derecho...

Sandro Benetti

B/3 págs. 57 ss.

 

 

1. Le seguía mucha gente

"Jesús volvió a casa" en Cafarnaún. Su fama estaba ya muy extendida entre el pueblo, hasta el punto "que no lo dejaban ni comer". Las multitudes populares no le dejan reposo. Parece que trae el propósito de dedicarse sólo a sus discípulos en adelante; por eso habla de la "casa".

Sus obras dejaban a la gente asombrada y desconcertada. También impulsaba a algunos a seguirle. A la vez, suscitaban la incomprensión de sus parientes y la frontal oposición de los dirigentes religiosos.

Al oír las cosas que se decían de Jesús -muchas desfiguradas, como pasa con todo lo que corre de boca en boca- y saber que estaba constantemente rodeado de tanta gente, la mayoría poco recomendable, sus parientes acudieron a Cafarnaún para llevárselo a Nazaret, "porque decían que no estaba en sus cabales".

¿Por qué sus familiares lo toman por loco? Porque los hombres nunca acabamos de comprender las exigencias absolutas de Dios y porque la fama le iba creando problemas, y esos problemas afectaban a toda la familia de alguna manera. "¡Ha perdido la cabeza!", "¡Está fuera de sí!", son expresiones muy frecuentes para desacreditar las manifestaciones de Dios y tomar distancias frente a sus exigencias. Dios debería permanecer encerrado dentro de nuestro concepto de orden y de sentido común; debería ahorrarse cualquier tipo de exageraciones y manifestarse con un poco más de prudencia. Para nosotros carece de sentido todo lo que nos supera, todo lo que nos sorprende y nos desconcierta. Además, preferimos no entender lo que nos compromete.

Es difícil que sus parientes hayan pensado de verdad en una enfermedad mental de Jesús. Su actividad extenuante, su claridad de inteligencia, su amor a los marginados... no eran, ni mucho menos, para sacar esa conclusión. Quizá pretendan encerrarlo en casa para salvaguardar el prestigio de la familia. No comprenden que Jesús, al que conocen de siempre, pueda estar completamente lleno de la causa de Dios y entregado por entero a su servicio. Esta ceguera es siempre un peligro para los familiares y amigos de los hombres a los que Dios llama para un servicio especial, y un aviso contra el criterio mundano de la preocupación por la fama, la salud y el negocio. Jesús está fuera de las categorías mentales humanas, y quiere llevar a sus discípulos a lo mismo.

Sus parientes le tratan de loco, pero más adelante procurarán medrar a la sombra de su fama. Sabemos por Eusebio (siglo IV) que, después de Santiago, otros parientes de Jesús asumieron la dirección de la iglesia de Jerusalén. Este peligro de "nepotismo" ha perjudicado en gran manera a la Iglesia a lo largo de los siglos, sobre todo en las elecciones papales y nombramientos de obispos.

2. Cura a un endemoniado

La causa inmediata de la muchedumbre que se había congregado alrededor de Jesús es, según Mateo y Lucas, la curación de un endemoniado (Mt 12,22; Lc 11,14). Marcos no habla de ello.

Que en el mundo existe el mal es evidente. ¿Cuál es su origen? Para la Biblia Dios es bueno y, por lo mismo, no puede ser origen de nada malo. Cada hombre en concreto tampoco puede ser el origen del mal; nuestra experiencia personal nos dice que el mal es algo que nos supera a cada uno y es anterior a todos. El mal abarca a toda la raza humana y parece que tampoco está en ella su origen.

El origen del mal, no estando en Dios ni primeramente en el hombre -según la narración simbólica del paraíso-, se atribuye a esa fuerza real que llamamos "demonio" -"la serpiente", según el libro del Génesis (3,1 )-.

La experiencia personal de todos los hombres nos dice que existe una fuerza mala, superior al hombre, que nos subyuga, nos domina y nos lleva a hacer lo que no queremos (Rom 7,14-25).

El evangelio nos presenta a Jesús en lucha contra ese poder invisible que nos esclaviza y nos impide ser lo que debemos ser.

Todas las curaciones de endemoniados -ahora los llamaríamos principalmente epilépticos y enfermos mentales- son símbolo de esa lucha de Jesús contra el mal. Su victoria nos indica que él es el más fuerte, que ha vencido y dominado ese poder y que también los hombres podemos vencerlo. Jesús nos ha dado la confianza en la victoria en la lucha que todos tenemos entablada, dentro de nosotros mismos, entre el bien y el mal. Todos podemos "ver y hablar" como el endemoniado curado; todos podemos ser liberados de las cadenas que nos impiden ser hombres de verdad. Cadenas internas y externas a nosotros mismos.

El influjo del mal nos infunde la estima y el deseo del poder al nivel que sea y cueste lo que cueste, aun al precio de someternos a él haciéndonos sus esclavos. Incluso nos ha hecho creer que el reino de Dios no puede transmitirse más que con el poder y desde el poder. Ese poder que justifica la violencia en el terreno social e individual. Esta ideología hace al hombre ciego y mudo (Mt 12,22). Lo mismo a los pueblos. La actual carrera de armamentos se presenta como la única forma de salvaguardar la paz. Y muchos se lo creen, cuando la única verdad es que es una insensatez y un absurdo. La fuerza del mal está, muchas veces, en que se presenta como el bien a conseguir.

El endemoniado es figura también del pueblo de Israel, porque vive en la opresión y en la ceguera, dominado por unos dirigentes que únicamente buscan su provecho personal. El afán de poder se concretó en el ideal mesiánico triunfalista y político de la mayoría del pueblo y de sus dirigentes, y que les llevó a la incomunicación con los demás pueblos, a creerse el único pueblo de Dios.

Jesús cura al endemoniado de los efectos de la posesión, de la ceguera y mudez. Lo que equivale a liberarlo del dominio de la ley judía. Parece que el caso del endemoniado contiene una denuncia de la institución: es ésta la que "endemonia" a los hombres haciéndolos fanáticos de una religión contraria al plan de Dios, de una religión que se limita a unos sacrificios carentes de vida. Al curarlo, lo saca de la ceguera que producen los nacionalismos exclusivistas y le da la posibilidad de comunicarse con los demás.

La reacción de la multitud es positiva. Les lleva a formularse la pregunta: "¿No será éste el Hijo de David?" (Mt. 12,23). Las masas esperaban ser liberadas de las enfermedades y de la opresión que ejercían sobre ellas los dirigentes. Es la razón principal por la que los jefes religiosos reaccionan oponiéndose totalmente a la acción de Jesús.

3. "Tiene dentro a Belzebú"

Dios está allí donde se libera al hombre, donde se le hace bien. Jesús liberaba, pero también se apartaba progresivamente de las normas y de las tradiciones judías, que escondían y justificaban un sistema que oprimía al pueblo. Y no las cambiaba por otras. Para muchos judíos instruidos esto planteaba un problema: si Jesús se apartaba del único camino válido de salvación, que para ellos era la ley, el bien que hacia no podía ser de Dios. Si a esto añadimos la mala fe, tenemos ya las razones de su acusación. Lo que para la gente era su única esperanza, a los dirigentes les parecía un inconcebible engaño al pueblo.

Tenemos aquí uno de los relatos más hirientes de la polémica de Jesús con las autoridades religiosas de su pueblo Marcos señala que los "letrados" que hacen la acusación a Jesús eran "de Jerusalén". Parece lo más probable que las autoridades de la capital, alarmadas por las noticias que provenían de Galilea, habían enviado algunos escribas para hacer a Jesús un proceso. Nadie pone en duda su capacidad de exorcista, que era evidente; pero "unos letrados de Jerusalén" -según Marcos-, "los fariseos" presentes -según Mateo (12,24)- y "algunos de entre la multitud" -según Lucas (11,15)- atribuyen sus milagros al influjo de "Belzebú, príncipe de los demonios", que actúa a través de su persona para pervertir al pueblo, utilizando como cebo la curación de unos pobres enfermos. No se limitan a declararlo loco; ellos hacen una lectura más honda de su manera de proceder, más reflexiva y consciente. Por eso su repulsa es más radical y justificada o razonada.

Tienen que anular como sea la fama de Jesús, su popularidad. De otra forma, ven en peligro su tinglado. Lo acusan de magia, castigada con la muerte. Jesús es un poseso y expulsa los demonios por un pacto con el jefe de ellos. Sus éxitos se deben a un poder demoníaco. De ser así, Jesús se habría aliado con el enemigo de Dios para llevar a cabo sus expulsiones, convirtiéndose en un esclavo de Satanás.

Según la mentalidad judía, los demonios estaban al mando de un príncipe, que aquí recibe el nombre de "Belzebú", nombre antiguo de una divinidad cananea (2 Re 1,2) y modo popular e insultante de llamar a Satanás, el enemigo declarado del hombre y del plan de Dios; la personificación del mal, cuyo poder era enorme.

Indudablemente, el argumento de los dirigentes tiene cierta coherencia. ¿Qué responde Jesús?

A pesar de no gustarle meterse en discusiones, Jesús se enfrenta con ellos. Está en juego el sentido más profundo de su misión. No puede permitir que sus signos, hechos en nombre de Dios, se retuerzan y se utilicen para apartar a la gente de su presencia. En la historia de los hombres se desarrolla en profundidad una lucha entre el bien y el mal, cuyos protagonistas son Dios y el maligno. El bien y el mal no están aquí o allí, divididos en bandos, sino que luchan en el interior de cada hombre y de cada institución. La oposición no está sólo entre Dios y el maligno, sino que se trata, en último término, de una oposición en torno al hombre. No sólo está en juego el plan de Dios sobre la creación, sino ante todo el hombre, su plenitud y libertad. La presencia en él del maligno es destrucción; confusión, alienación, disgregación. La presencia de Dios es la paz. Se trata de una lucha en la que el hombre se debate entre la liberación y la alienación.

Jesús con sus signos afirma que la victoria sobre el mal es ya un hecho seguro, aunque quede todo por hacer en cada hombre. Las liberaciones del maligno no son únicamente derrotas parciales del mismo, sino también la señal de una derrota total que ya se anticipa. Dejando a un lado el problema secundario de la existencia de los demonios, Jesús responde sabiamente al sentido de la acusación: ¿Cómo Satanás va a estar en contra de sí mismo? Lo que él realiza es bien para el hombre, lo que indica la imposibilidad de esa alianza que le imputan. El bien siempre será bien e irá en contra del mal, independientemente de quien lo realice. Si el mal estuviera en contra del mal, su reinado estaría amenazado, no habría que preocuparse más de él. La respuesta deja entrever una profunda ironía. Satanás no puede pretender, ni en broma, liberar al hombre del poder y de la sumisión a él; que es lo que hace Jesús. Los poderes del maligno se dirigen en bloque contra Dios, y quien se opone a ellos se encuentra necesariamente del lado de Dios.

Es cierto que un reino dividido y combatido desde dentro se derrumba. Pero los enemigos pueden responder que esa división es aparente: Satanás finge perder y ofrece una ventaja relativa a los poderes de lo bueno dejando que se cure algún enfermo, para atenazar después más profundamente a todo el pueblo. Y es que para los dirigentes lo valioso era la ley, y la curación de unos enfermos algo secundario. Y Jesús iba contra ella; para él, la curación de un hombre tiene un valor definitivo. Por eso puede afirmar que si Satanás permite una derrota en el campo de la curación de los enfermos, es que se encuentra ya perdido.

Por otra parte, hemos de tener en cuenta que, lo mismo que en Dios -bien supremo- no puede ni concebirse la más mínima concesión al mal, en el maligno -mal total- es imposible el más insignificante bien. El argumento que le presentan a Jesús podría valer para los hombres, que somos mezcla de bien y de mal, pero nunca para Dios y el maligno por lo dicho.

"¿Por quién los expulsan vuestros hijos?" Los exorcismos eran practicados sobre todo por los grandes doctores del partido fariseo. Estos exorcistas serán vuestros jueces, ya que el mal sólo retrocede ante la fuerza de Dios. Por lo que si yo soy esclavo de Belzebú, también lo serán ellos. También aquí pueden responderle que ellos los expulsan con la fuerza de la ley -de Dios- , mientras Jesús se vale de la magia, porque no la cumplía. Están colocados en posturas distintas: los dirigentes, desde el valor absoluto y único de la ley; Jesús, dando la primacía en todo al bien concreto del hombre. La ceguera de los letrados y fariseos era total. Estaban incapacitados para entender; eran guías ciegos que llevaban al pueblo al hoyo (Mt 23,1 6ss; Lc 6,39).

"Pero si yo echo los demonios por el Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios". Una vez demostrado que su acción no puede ser obra del enemigo, puede concluir que tiene que ser de Dios y es prueba de la presencia de su reino entre los hombres. Pero no podemos olvidar que todos estos argumentos sólo sirven si se los contempla desde el plano de la fe en Jesús; de otra forma tendremos siempre mil razones para no aceptarlos.

La respuesta de Jesús es decidida: el signo evidente de la llegada del reino de Dios es la superación concreta de los males de los hombres. Si los oprimidos son liberados, aunque fuera Belzebú el que los liberara -supuesto absurdo-, es porque el reino de Dios está a nuestro alcance.

No hay otro criterio para interpretar la historia como encuentro con Dios que la valoración directa de los acontecimientos reales. Si estos acontecimientos son eliminación de algún mal o injusticia humanos, son señal de Dios. Si las verdades doctrinales religiosas no están de acuerdo con los acontecimientos liberadores que vemos a nuestro alrededor, son ellas las que se equivocan. Son las acciones liberadoras de los oprimidos las que engendran ideas correctas sobre los hombres y sobre Dios. El punto de partida nunca son las ideas, por sublimes que nos parezcan: el punto de partida y de llegada siempre es el bien del hombre, el bien del pueblo marginado y explotado. Es tener mala fe no reconocer como liberación propia del reino de Dios todo lo que libere de verdad a los hombres concretos.

Con Jesús ha llegado esa liberación, el momento de vencer el mal que ata a los expoliados de la tierra. Y no valen neutralidades o abstenciones. ¿Por qué me acordaré ahora de Latinoamérica y de tantos países como sufren la opresión de las superpotencias? Oscar Romero -el obispo asesinado de San Salvador- se convirtió al cristianismo, según sus palabras, cuando ya era obispo. Naturalmente, le cayó encima la octava bienaventuranza (Mt 5,10-12). ¿Por qué no queremos entender lo que quiso decir?

Jesús saca de su actuación otra conclusión: si él está saqueando la "casa de un hombre fuerte" -Satanás-, es señal de su mayor fortaleza.

Jesús era consciente de su superioridad sobre el mal, porque contaba con la fuerza de Dios. Con esta comparación nos da un testimonio impresionante de la idea que tenía sobre su propia misión. El mal no será vencido por los desacuerdos que haya dentro del mismo, sino por el poderío superior del bien. Satanás es fuerte: está al frente del reino de la maldad, del egoísmo, de la avaricia... Sólo uno más fuerte puede vencerle. Somos impotentes para vencer el mal que hay en nosotros, si contamos únicamente con nuestras fuerzas. Sólo con el poder de Dios, manifestado en Jesús, podremos lograrlo.

"Satanás" aparece encarnado en la institución judía. Jesús no pretende asumir el poder, tomar el puesto de los que dominan, sino "vaciarles" la casa. En esta empresa no caben neutralidades: quien no opta por él, se pone en contra suya. El que se vuelve contra Jesús, también se vuelve contra Dios. Quien no trabaja activamente con él en el logro de la justicia, la libertad..., como hicieron sus discípulos, trabaja en contra suya. Siempre es posible interpretar sus obras con mala voluntad. Lo mismo las de sus seguidores.

4. La lucha no termina nunca

Mateo y Lucas nos hacen unas reflexiones extrañas sobre "un espíritu inmundo que sale de un hombre" y, después de vagar sin encontrar reposo, "toma consigo otros siete espíritus peores que él", "entran y se instalan" en el hombre, con lo que su final "viene a ser peor que el principio" (Mt 12,43-45; Lc 11,24-26).

"Siete" indica totalidad, el grado máximo de posesión de mal en el interior de una persona. Satanás, el mal que nos domina, nunca se da por vencido; siempre vuelve. La lucha no termina nunca. Incluso parece intensificarse. Es indudable que la tentación es mayor en la medida en que crece el compromiso en el hombre; y la caída, más honda y definitiva.

Los hombres no podemos vivir sin motivaciones profundas y sin objetivos serios. Quienes, gracias a la actividad de Jesús, se han liberado de la opresión de los dirigentes religiosos, pero no han dado su adhesión plena a Jesús y lo han seguido, caerán en un estado peor que el anterior: se habrán quedado sin nada. Volverán posiblemente a someterse a sus dirigentes, e incluso pedirán la muerte de Jesús. Que los oprimidos vuelvan a sus opresores es grave, porque normalmente vuelven mucho más sumisos y "obedientes".

El texto se refiere a la situación del judaísmo: no quiso abrirse al compromiso que Dios le proponía y sucumbió víctima de su mismo orgullo. Pero es también un llamamiento a la Iglesia de hoy y a cada cristiano. Es verdad que no rechazamos a Jesús con nuestras palabras; pero ¿su lucha en favor de los desheredados de la tierra, hombres y pueblos, es nuestra lucha?

5. La blasfemia "contra el Espíritu Santo"

¿En qué consiste? Blasfemar, en sentido bíblico, significa siempre un ataque a la divinidad. Es, por tanto, un pecado gravísimo.

Jesús, después de responder a la acusación que le han hecho de estar aliado con Belzebú, pasa al contraataque con gran dureza. Asegura que todos los pecados pueden ser perdonados, menos el que vaya "contra el Espíritu Santo". La acusación que le han hecho es fruto de la mala voluntad, de su cerrar los ojos a la evidencia. Afirma que cuando el pecador se arrepiente recibe el perdón del Padre, cualquiera que sea su pecado.

¿Por qué sí puede ser perdonada la blasfemia "contra el Hijo del Hombre" (Mt 12,32) y no la blasfemia "contra el Espíritu Santo"? Porque rechazar a Jesús se puede hacer de buena fe, al manifestarse como un hombre sencillo, sin ningún tipo de poder, semejante en todo a los demás. El hecho de que Dios se haya encarnado en un hombre es una circunstancia atenuante que deja una esperanza de perdón. A los educados en otra mentalidad o religión, por ejemplo, les será siempre muy difícil descubrir en Jesús de Nazaret al Enviado definitivo de Dios, incluso sin negar la bondad y verdad de Buda, Lao-Tse, Confucio, Mahoma..., por lo que su rechazo no es necesariamente el rechazo de una verdad evidente ni fruto de una mala voluntad.

Todo pecado es remisible, excepto la mala fe. El pecador puede reconocer su situación, pero el que obra de mala fe se incapacita para ello. Los que a sabiendas tergiversan las cosas para defender sus ideas y sus intereses no pueden ser perdonados, porque no reconocen que han pecado. Si lo reconocieran, ya no sería pecado "contra el Espíritu Santo". En tal pecado no hay duda ni inseguridad, y por ello, ninguna excusa. Es el no querer ver, el rechazo voluntario y consciente de la luz. Es como un cierre progresivo a la verdad que no deja posibilidad de arrepentirse. Este pecado no es simplemente un hecho, sino una disposición permanente, una ceguera culpable, un resistirse tenazmente a la acción de Dios. No es nunca el pecado de los débiles y de los vacilantes, sino el de los hombres que no buscan a Dios porque se han colocado ellos en su lugar, presentando sus obras pecaminosas bajo el signo de la virtud, enmascarando sus verdaderas intenciones.

Es el pecado de los que niegan sistemáticamente y a sabiendas los derechos de los demás, el pecado que rechaza la verdad evidente y aplasta al hombre bajo todo tipo de opresión.

Es el pecado de los que le acusan de estar "endemoniado" y el de los que rechazan a los cristianos actuales por preferir vivir de espaldas al pueblo marginado y explotado. Estas palabras nos deben poner en guardia, con profunda seriedad, contra esa casi inimaginable posibilidad demoníaca del hombre de declarar la guerra a Dios, poniéndose en su lugar, incluso con el nombre de Dios constantemente en los labios. Son una llamada a todos los cristianos a abrir bien los ojos y los oídos a las voces de los profetas de hoy, que, tristemente, no suelen salir precisamente de nuestras filas.

6. El verdadero parentesco con Jesús

La alabanza que una mujer de pueblo hace de su madre sirve a Jesús para declarar, según Lucas (11,27-28), la verdadera bienaventuranza: la fidelidad a su palabra. En María podemos distinguir dos aspectos importantes: el primero, ser la madre de Jesús, vocación única e inigualable; el segundo, su seguimiento pleno y total del Hijo. Y Jesús dice que lo importante es lo segundo. Luego María es fundamentalmente bienaventurada por su fidelidad a la palabra que era su Hijo. Desde lo más hondo de su vida ha confiado en Jesús, por lo que es modelo de creyente. De lo primero, ser madre, sólo podemos alegrarnos; de lo segundo es necesario que sigamos su ejemplo, única forma que tenemos de demostrar la veracidad de nuestra devoción mariana, que nunca podremos verificar por la acumulación de rosarios y novenas.

En un episodio que nos narran los tres evangelistas sinópticos, Jesús nos descubre el verdadero parentesco con él. Es una repetición de la bienaventuranza anterior: "El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre".

Desconocemos cuál fue exactamente la relación de Jesús con la familia. Por Marcos hemos visto que sus familiares tampoco creían en él. Pensaban que no estaba en su sano juicio e intentaron llevárselo a casa. Mateo y Lucas han prescindido de esta información.

Era demasiado fuerte y escandalosa para sus lectores.

Han llegado de Nazaret a Cafarnaún; pero a la vista del gentío, permanecen delante de la puerta y mandan a llamarlo. Jesús se había alejado de ellos para iniciar su misión y ahora nos quiere indicar que estaba también interiormente libre de ellos; no por frialdad de sentimientos o por desprecio de los vínculos familiares -que en Palestina eran muy estrechos-, sino por pertenecer a Dios por completo. Ha realizado personalmente lo que pide a sus discípulos.

La vida de Jesús estuvo determinada por una entrega absoluta e incondicional a la voluntad del Padre (Jn 4,34). Quien quiera pertenecer a su familia, ser de verdad su discípulo, deberá seguirle, aprender de él, entrar por su mismo camino de renuncia y sacrificio. Los que hagan así, entrarán a formar parte de su familia.

Frente al viejo parentesco de la sangre, Jesús funda las bases de la nueva familia de su reino. Todos los hombres podemos constituir en Jesús una misma familia. El sólo reconoce el parentesco de la fe, el parentesco de la vida compartida.

¿Quiénes forman hoy la familia de Jesús? ¿Todos los que nos llamamos cristianos? Somos muchos los que en todo el mundo usufructuamos su nombre y sus palabras, y muchos los que se dedican y viven transmitiendo su doctrina. Pero sólo pertenecen a su familia los que "escuchan la palabra de Dios y la cumplen".

Es importante no manipular estas palabras de Jesús y sacar de ellas unas conclusiones claras: sólo pertenecen a su familia, sólo podemos llamarnos cristianos, si la vida de Jesús es nuestra vida, si sus palabras son nuestras palabras, si su amor es nuestro amor. Lo sabremos si las cosas que le sucedieron a él nos están pasando ahora a nosotros. Quizá la más clara sea que los ricos nos rechacen y calumnien y los pobres nos sigan.

En este pasaje, en que la madre y los hermanos no son mencionados por sus nombres, pueden representar al pueblo de Israel. Un pueblo que se queda "fuera", en lugar de acercarse a Jesús. Los dirigentes de Israel le combaten, las multitudes no acaban de pronunciarse a su favor, corriendo el peligro de volver a su situación anterior, empeorada hasta el máximo, como indica el episodio del "espíritu inmundo" de Mateo y Lucas, que reunió a otros siete para entrar en la casa "barrida y en orden".

Jesús tiene ya una familia: sus discípulos; abierta a todo hombre, judío o pagano, que tome la decisión de seguirle.

ACERCA

2 págs. 153-162

 

 

1. «Tiene dentro un espíritu inmundo».

En el evangelio se acusa a Jesús de dos cosas: sus parientes dicen que no está en sus cabales y quieren «llevárselo» a la fuerza; pero los letrados dicen que está poseído por el demonio porque evidentemente no actúa como un loco sino como alguien dotado de poderes sobrenaturales. Jesús tiene una única respuesta para ambas acusaciones: la obra que él está construyendo tiene el carácter de la unidad y del poder de Dios y de su Espíritu Santo -una obra de Satanás no podría mostrar este carácter-, y muestra asimismo el carácter de una nueva comunidad espiritual que no puede confundirse con la antigua comunidad terrestre. Por eso no se deja pasar a sus parientes, y los que le acusan de estar poseído por un espíritu inmundo equiparan al Espíritu de Dios con Satanás, lo que ciertamente constituye la blasfemia más imperdonable. Porque es una abierta oposición a Dios, cuyo Espíritu, activo en la obra de Jesús, es visible para quien lo quiera ver. Allí donde actúan los hombres -también en la Iglesia- su acción puede ser criticada, pero donde es Dios mismo el que actúa, el hombre que se opone a El se condena a sí mismo.

2. «La serpiente me engañó».

El hombre que se opone a Dios con su pecado -esto es lo que enseña la primera lectura- pretende siempre escapar de esta autocondenación echando la culpa a otro. Adán y Eva son culpables ante Dios: la conciencia de su desnudez los delata, y también su miedo ante la presencia de Dios como consecuencia del pecado. El pecador es consciente de su oposición interior a Dios. No ve más salida que acusar a otro como culpable de su situación. Adán echa la culpa a Eva, Eva echa la culpa a la serpiente, el engañoso poder de seducción de la desobediencia. Pero Dios (esto ya no aparece en la lectura) los castigará a los tres, sin tener en cuenta las maniobras para pasarse la pelota de uno a otro, para tranquilizar la propia conciencia inculpando al prójimo. Para los hombres (Adán y Eva) el castigo será doble: por una parte, las penas y fatigas de la existencia, con las que podrán expiar en parte su culpa, y por otra la lucha sempiterna con el poder engañoso y seductor del maligno, que los debe mantener en guardia para poder resistirse a este poder. Ambas cosas son caminos abiertos para escapar de la autocontradicción del pecado; pero esto último no se producirá definitivamente hasta que Jesús, que realiza su obra en el Espíritu sin contradicción alguna, reúna a los hombres en su unidad igualmente sin contradicción.

3. «El inmenso e incalculable tesoro de gloria».

Pablo (en la segunda lectura) representa al hombre que vive entre Adán y Cristo; la obra realizada por Cristo ha integrado en sí la obra penitencial de Adán. El que «la condición física se vaya deshaciendo» no es atribuible sólo a la penitencia de Adán, sino ante todo a la obra de expiación asumida ya por Jesucristo. El «inmenso e incalculable tesoro de gloria» no disminuirá el peso de la cruz. Lo que ocurre más bien es que cuanto más pesada es la cruz, más incomparablemente grandes serán la resurrección y la gloria que vendrán después.

Balthasar

Pág. 172 s.

 

 

Los parientes de Jesús

1. A propósito de quién es Jesús, se plantea en este evangelio el contraste entre dos tipos de familia: la vieja o natural, como punto de partida, y la nueva o cristiana, como meta de llegada. Por una parte, Jesús aparece con unos familiares que no le comprenden; la pertenencia a Dios no es un privilegio familiar, sino consecuencia de una actitud de fe; por otra, Jesús tiene unos hermanos a los que reconoce. El evangelista Marcos se pregunta por la personalidad de Jesús, pues la misión del maestro escapa al sentido común familiar y desborda las habituales categorías sociales al respecto. No se le puede juzgar según la carne ni según la ley. Existe el peligro de confundir el Espíritu de Jesús con otros poderes.

2. La familia vieja no es invalidada en este evangelio, pero sí se la considera insuficiente, ya que se basa en el parentesco de la sangre. Es célula básica de la sociedad patriarcal, en la que el padre, sujeto único de la autoridad, cuenta con el sometimiento obediente de la mujer y los hijos, el patrimonio se transmite por herencia, y todo es de todos, dentro de un sistema de propiedad muy restringido. Con frecuencia, se confunde la costumbre con el valor, y la norma con la virtud.

3. La familia nueva se basa en los lazos de fe (no es racista), está abierta a la humanidad (no es coto cerrado) y cumple con la voluntad de Dios (no es egoístamente interesada). En definitiva, la nueva familia es la comunidad cristiana, en la que el Padre es el Padre de Jesús, Cristo es el hermano mayor, y hermanos son los que construyen el reino, ámbito de la nueva casa. No todos los que están dentro de la «vieja casa» de Jesús son suyos; son discípulos de Jesús los de la "nueva casa", los que forman la comunidad cristiana. Ante el valor del reino, Ia familia es relativizada.

Floristan

pág. 212 s.

 

 

Como recordábamos al comenzar esta misa, terminada la gran celebración de Pascua (a la que nos preparamos durante la Cuaresma), volvemos al ritmo normal de los domingos que podríamos denominar "normales" del año. Y, por eso, en este 1988, volvemos a leer de modo casi seguido, domingo tras domingo, el evangelio de san Marcos, el más breve, probablemente el más antiguo. Evangelio que nos presenta los hechos y las palabras de Jesús de un modo radical, en ocasiones de un modo abrupto y duro.

El texto de hoy nos ofrece un ejemplo. Incluso parece que queda mal la familia de Jesús, su misma madre. Pero es que Marcos -y aún más claramente el evangelio de Juan- quieren que quede claro que María es grande no porque fuera la madre biológica de Jesús, sino porque creyó en El con todo su corazón. María es grande porque fue grande su fe, su amor, su esperanza.

-El mal, esa realidad cotidiana

Con todo, el "tema" central del evangelio de hoy -y de la primera lectura que, como cada domingo "normal" prepara el evangelio- es la realidad del mal y la capacidad que tenemos todos por llegar a disimular el mal auténtico.

No es difícil hacer la lista del mal en el mundo. Y la lista sería larga, dolorosa. Nuestra envidia y nuestro egoísmo, la imposición de nuestra voluntad a los demás, el hacer lo que nos viene en gana sin pensar si con ello perjudicamos a otros, nuestra capacidad para criticar e incluso calumniar sin pensarlo dos veces, nuestro afán por medrar aunque sea a costa de los que nos rodean... Y luego, junto a esa lista, otra dramática y horrorosa, hecha de armas y más armas, hambre y más hambre, países del Norte de nuestro mundo que son cada vez más ricos mientras que muchos del Sur del mundo son cada vez más pobres...

Siglos y siglos atrás, meditando sobre el origen y la situación del hombre, alguien -que nosotros reconocemos inspirado por Dios- escribió la página que hemos escuchado como primera lectura.

Alguien que quiso explicar la marca del mal y del pecado que rompen, desde el principio, la historia de los hombres, el corazón mismo de los hombres. Alguien que nos legó esta constatación: desde el principio los hombres nos hemos dejado seducir por una fuerza de mal, la fuerza de la serpiente, el diablo, y hemos escogido un camino que nos alejaba del proyecto amoroso de Dios. Y que desde entonces, toda la historia, todo el camino de la humanidad, es una dolorosa batalla entre la fuerza de la serpiente, la estirpe de la serpiente, y la fuerza que pueda surgir de la semilla de amor y de esperanza que el propio Dios sembró en nosotros desde el principio de todo.

-Jesús no se dejó seducir

Todo eso es mucho más que una fábula o una historia más o menos curiosa. Todo eso es nuestra realidad, nuestra dramática realidad.

Nuestra realidad que, sin embargo, desde entonces, desde siempre -como nos decía también la lectura- lleva dentro de sí una promesa, una certidumbre contenida en las palabras definitivamente descalificadoras que Dios dirige a la serpiente: "Ella, la estirpe de la mujer, te herirá en la cabeza; y tú, por mucho que lo intentes, sólo lograrás herirla en el talón".

Esta es nuestra fe. Existe alguien que ha escogido decididamente el plan amoroso de Dios, alguien que no se ha dejado atrapar por el estilo que la serpiente quería imbuirle, también a él. Ese alguien es Jesús. Y nosotros miramos hacia él, y nos agarramos a él, y creemos que, a pesar de tanto mal, la fuerza de la serpiente no lo domina todo. Creemos que la fuerza del amor de Dios que se manifiesta en Jesús es más fuerte.

-El peligro de auto-engañarnos

Ocurre, sin embargo, que los hombres somos muy complicados, y somos capaces de entenderlo todo al revés y llegar a convencernos de que lo blanco es negro. Si nos conviene para nuestros intereses y nuestra tranquilidad personal, podemos llegar a convencernos a nosotros mismos, y a creénoslo realmente, que lo bueno es lo que nos resulta fácil y lo malo lo que nos cuesta: llegamos a decir que son cosas del diablo algunas cosas que en realidad son del Evangelio, y viceversa.

Nosotros, si no estamos atentos, podemos hacer como hacían con Jesús la gente de su tiempo, según hemos escuchado en el evangelio. El viene a liberar del mal, él viene a abrir caminos de vida nueva. Pero la gente de su misma familia decía que no estaba en sus cabales. Y los letrados decían que estaba poseído por el demonio.

Ante esas acusaciones, la respuesta de Jesús es muy dura, y es también una advertencia para nosotros: podemos ser débiles, podemos ser pecadores, podemos ser egoístas, y Dios nos lo perdonará. Pero lo que no podemos hacer es insultar al Espíritu Santo. No podemos decir que es obra del diablo lo que es obra de Dios. Y no podemos atribuir a Dios, al Espíritu de Dios, lo que es obra del mal y del egoísmo humano. Tenemos que andar muy atentos, muy despiertos, muy dispuestos a convertirnos siempre. Jesús lo espera de nosotros.

J. Lligadas-J. Gomis

 

 

Tomemos nuevamente el hilo del evangelio de Marcos, Jesús no desaprovechó ocasión alguna de "venir" hacia los hombres para decirles, a medias palabras, quién es él. Sus adversarios, sorprendidos, no desaprovecharon el más mínimo tiempo para buscar toda clase de motivos para impugnarle. Progresivamente se llega al término de esta dialéctica del ofrecimiento y del rechazo. Los adversarios han pensado ya la última etapa, deseosos de "hacer perecer" a Jesús. El evangelio de hoy va a decir cómo Jesús, por su parte, se prepara para este final, que parece estar, cada vez más en la inevitable lógica de las cosas.

El episodio, como otros muchos textos de san Marcos, es dramático; su exposición, muy viva, pone en movimiento unos actores cuyo comportamiento descubre perfectamente sus orientaciones profundas.

Por un lado están los oposicionistas. Ya se les ha oído hablar: son harto conocidos. Sin embargo, los que desempeñan este papel en nuestro episodio, tienen algo más; hacen ostentación de una conducta y coinciden en una situación que expresa mejor el sentido de su repulsa.

Unos, "los escribas", de los que cuidadosamente se ha advertido que "habían bajado de Jerusalén", irradian una incredulidad manifestada ya hasta el extremo del ensañamiento. Sorprendidos ante el poder demostrado por las acciones y las palabras de Jesús, y molestos con esa autoridad que todo el pueblo admira, descubren una explicación que elimina todo el alcance de tal autoridad y desnaturaliza su sentido. Si este hombre realiza tantas cosas sorprendentes, lo hace "con el poder de Belzebú, jefe de los demonios". No es un profeta, sino un mago; no es un testigo de Dios, sino un agente de Satanás.

Por escritos israelitas tardíos, se sabe que Jesús fue verdaderamente tenido por sospechoso de magia, y sus discípulos, acusados del mismo crimen. Esta explicación horroriza al evangelista: confundir a Jesús, sobre quien "bajó el Espíritu Santo", con un "espíritu inmundo", es algo inimaginable. A veces el lenguaje corriente dice de un gesto excepcionalmente irreflexivo u odioso que es "imperdonable". Esto mismo piensa nuestro autor, respecto de una repulsa que incluye la negación de todo perdón, ya que tal repulsa equivale a rechazar a Jesús, fuente de toda misericordia. Pues confundir el espíritu que anima a Jesús, que es precisamente el Espíritu Santo, con un "espíritu inmundo", con "Belzebú, jefe de los demonios", es blasfemar contra el Espíritu Santo. ¿De dónde proviene esta actitud? Probablemente, de negarse a reconocer, a pesar de las señales de autenticidad que se dan, una verdad inesperada, desconcertante por su novedad y por la "conversión" que exige, Con estos escribas, con su negativa a reconocer a Jesús como es, con su huida ante la verdad y con el hecho de confundir al Espíritu Santo con Satanás, la incredulidad alcanzó sus límites extremos. A partir de este momento, está dicho todo por parte de los oposicionistas; a Jesús le corresponde actuar.

Otro incidente pone de manifiesto el sentido en que se orienta Jesús. Hay un segundo grupo que expresa su repulsa, al mismo tiempo que los escribas: la familia de Jesús. Advirtamos que el autor se limita a consignar el hecho, sin hacer la menor indicación sobre la psicología de los componentes de esta familia. Tan sólo se cita el hecho: la familia de Jesús quiere recuperarlo, aunque sea por la fuerza: "vinieron a llevárselo" porque, según aquella gente, "no estaba en sus cabales". Todos estos hechos de Jesús, lo mismo que sus palabras, según ellos, lejos de revelar una autoridad inaudita suponen y manifiestan una persona excitada a la que es preciso encerrar.

Así pues, la incredulidad que Jesús provoca no es un fenómeno lejano; está cerca de él, afecta hasta a su propia familia.

Jerusalén, por medio de sus escribas, opta por el rechazo; lo mismo hacen los familiares de Jesús. ¿Cómo no pensar en la frase de Juan, que expresa perfectamente la situación descrita por nuestro texto: "Vino a su casa, y los suyos no le recibieron"? (Jn. 1,11). ¿Cuál es la reacción de Jesús? Se indica al final del texto.

Un incidente hábilmente introducido en el v. 31, y bastante parecido al del comienzo de nuestro pasaje, proporciona el recurso para describir tal reacción. Esta vez son "la madre y los hermanos" de Jesús los que "le mandan llamar". No se trata de llevárselo contra su voluntad, sino de reunirse con él: le buscan para hablar con él. El texto se mantiene muy lacónico; no obstante, proporciona un detalle que al autor le parece cargado de sentido: la madre y los hermanos "están fuera". Mientras que Jesús "entró en una casa", su familia "está fuera". Sería un error no prestar atención a esta contraposición de términos; en 4,11, son los adversarios "los que están fuera", los incapaces de entender la enseñanza que se les da. La topografía se hace simbólica. Entre los que rodean a Jesús, los hay que entran con él "en la casa", lugar donde se come en compañía, en señal de amistad. Hay otros que se quedan fuera, rehusando la intimidad que se les ofrece. ¡Son muy dueños! En cuanto a Jesús, ha hecho su elección. Rodeado de una incredulidad que alcanza hasta sus íntimos, se aparta de los indóciles, aunque sean sus más allegados. En su lugar, pone un grupo nuevo, al que se vincula con unos lazos comparables a los vínculos familiares.

Rechazado por los suyos, Jesús, a su vez, les rechaza a ellos para brindar su amistad a quienes estén dispuestos a acogerle.

Pero lo que en esta propuesta está en juego, va muy lejos; no es la comprensión que le demuestran lo único que define a los amigos de Jesús; lo que les caracteriza es el "cumplir la voluntad de Dios". Se presiente una vez más, que Jesús no es un jefe humano como los demás. Lo sugería el texto, más arriba: rechazar a Jesús es "blasfemar contra el Espíritu". Por segunda vez se repite el tema: no hay seguidores de Jesús, si no es entre los que se comportan de cierta manera con respecto a Dios. El grupo formado por Jesús está fundado sobre la base de una determinada relación con Dios.

Más tarde, la comunidad cristiana se reconocerá a sí misma en el grupo así definido. La preocupación por "cumplir la voluntad de Dios" inspira su vida cotidiana (Lc. 12,46s.) y constituye el objeto de su oración (Mt. 6,10). Esta comunidad sigue en esto el ejemplo que Jesús le dio, en el momento decisivo (Mc. 14,36).

Son numerosos los parecidos entre este pasaje evangélico y la primera lectura. Propongamos dos puntos de reflexión.

Según los versículos del Génesis, la historia de la humanidad, es la de un conflicto surgido entre la familia humana y la Serpiente. No obstante la desigualdad de las fuerzas enfrentadas, este conflicto tiene que desembocar necesariamente en la victoria de la humanidad. Dios lo prometió así. Aseguró a esta comunidad simbolizada en la mujer frágil y fuerte, que los incesantes ataques del poder enemigo resultarían infructuosos; pues de la humanidad, de la mujer, nacerían unos combatientes que tendrían la última palabra. El evangelio muestra que este conflicto permanente llega a su paroxismo en Jesús y que él es quien al final consigue la victoria: el enemigo está "atado". Pero este evangelio ha de entenderse en línea de continuidad con el Génesis, que utilizando palabras colectivas -"linaje"- señala que, en el combate, todos tienen su papel para hacer efectiva la victoria traída por Jesús.

Otra observación. Los textos de hoy muestran diversas relaciones familiares: hombre y mujer en el Génesis; madre, hermanos y hermanas en el evangelio. El primer tipo de relaciones se rompe -"no fui yo, fue ella", dice Adán acusando a su mujer- después de haber "desobedecido a Dios". El segundo tipo de relaciones familiares será la característica de la historia de un grupo de gente, cuyos componentes quedan constituidos en "hermanos y hermanas" por el hecho de que "cumplen la voluntad de Dios".

Esta inesperada proximidad puede parecer artificial, pero en realidad, llega hasta el fondo de las cosas. Constituye todo un programa de renovación para la humanidad.

Monloubou B.

pág. 60

 

 

Es difícil leer este evangelio sin chocar con una frase extraña: "Todo se les podrá perdonar a los hombres, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás".

Observemos en primer lugar que se suele insistir en la segunda parte de este texto, la preocupante, pero olvidándose de la primera, que es realmente la luminosa: "Todo se podrá perdonar".

Es la palabra por la que vino Jesús, la palabra del amor que sonríe cariñosamente a nuestra debilidad, la palabra que cambia nuestro desaliento en un esfuerzo optimista: "Señor, sé que lo perdonas todo; quiero amarte mucho más".

Dicho esto, es verdad que el texto nos atrae como un imán hacia ese "pero"; se perdonará todo, pero... No nos encontramos en una predicación tranquila, sino en medio del clima más negro de incomprensión. Los parientes de Jesús han venido a sacarle de lo que creen que es una locura: "Ha perdido la cabeza". Los inquisidores de Jerusalén se atreven a insinuar algo tan terrible que Jesús, profundamente afectado, no puede menos de decir: "¡Cualquier cosa, menos eso!". Acaban de matar el perdón envenenando la fuente del perdón. Marcos, literalmente descompuesto, nos explica por qué es eterna su culpa: "Es que decían que tenía un espíritu inmundo".

Habiendo venido a revelar hasta qué punto Dios es perdón, siendo él mismo el rostro más limpio de ese perdón total ("Todo se les podrá perdonar a los hombres"), Jesús se ve acusado de ser tan sólo un mago y un endemoniado, manipulado por un espíritu de mentira, de odio y de impureza. Acaban de caer en ese abismo en el que Dios no puede ya ser Dios para los hombres que están allí.

Todo es perdonable, menos esa blasfemia que se sitúa a sí misma más allá de lo perdonable.

Blasfemia contra el Espíritu porque en Jesús, en donde mora y al que mueve, el Espíritu es visto como un espíritu impuro.

Entran ganas de decir que eso está muy lejos de nosotros, que ese texto no es más que una curiosidad. Pero la lección sigue siendo muy sabrosa.

Desconcertados ante Jesús, los escribas entran en una incomprensión voluntaria, obstinada. Se van a hacer incapaces de recibir otras ideas que puedan corregir las que tenían: en Jesús, el Espíritu quiere enseñarles y ellos insultan al Espíritu. Sin embargo, lo más grave no es el insulto, sino el estado en que se instalan: seguirán imaginándose a Dios a su modo rechazando lo que el Espíritu les quería decir. Entre el Espíritu y ellos levantan un muro; no puede alcanzarles ningún perdón; no sabrán nunca quién es Dios y cuál es su perdón.

Tengo el sentimiento de este rechazo del Espíritu cuando oigo juzgar a Dios ante un torturado, ante un niño muerto, ante imágenes de nuestro mundo de sufrimiento y de odio. "¿Cómo comprender a Dios?".

Es posible decir eso; a veces incluso es imposible apagar este grito, pero hay que decírselo a él, suplicándole que ponga su luz incluso en medio de nuestras preguntas, de nuestra desesperación. No acusarle a sus espaldas: "¿Qué es lo que hace Dios? ¿Cuál es ese Dios que permite esos horrores?". Llegamos a sospechar de las intenciones y del corazón de Dios, pero su corazón es el Espíritu. El que duda del corazón de Dios está dejándose llevar lejos del Espíritu.

Seve Andre 1

pág.  82

 

 

No parece que ningún narrador primitivo se hubiese atrevido a afirmar que la familia de Jesús consideraba que su pariente estaba fuera de sí e intentaba recogerlo, si esto no correspondiera a la verdad de los hechos. San Juan también lo afirma claramente: sus hermanos no creían en él (Jn. 7,5).

La familia de Nazaret y los escribas venidos de Jerusalén coinciden en un frente común que trata de restaurar el "orden" que Jesús rompe. Hay amores y responsabilidades que matan, practicando aquello de que "quien bien te quiere te hará llorar", cuando lo lógico sería que quien bien te quiere te hará feliz.

Decididamente, los fines de Jesús no son los mismos que los de sus familiares o los de las autoridades de Jerusalén, y por tanto, su concepto del "orden" es muy distinto. Importante cuestión a tener en cuenta en un mundo en el que muchas veces se ha identificado y se identifica al cristiano como "persona de orden". La lectura de Marcos nos da la impresión de que ser hombre normal, perfectamente identificado con la sociedad en la que se vive, es un serio inconveniente para comprender a Jesús.

Cuando se parte de esa postura hay que nacer de nuevo. La advertencia a Nicodemo no debe caer para nosotros en saco roto, atribuyéndole un carácter excesivamente misterioso.

Jesús habla y actúa fuera de los comportamientos del sentido común social. Así se choca con todos los poderes y se acaba en la cruz. Así el honor social de la familia queda lesionado. Jesús -debe pensar su familia- ha perdido la cabeza. Es víctima de una exaltación mística tal, que le he hecho perder el sentido real de la vida y de su condición personal. Los que no participan de sus tomas de postura tratan de recuperarlo o eliminarlo para que el modelo de pensamiento y comportamiento social quede intacto, para que todo siga igual. Jesús se margina, se coloca fuera y es necesario integrarlo.

En realidad, el Maestro no se coloca ahora fuera del homologante mecanismo social. Había nacido fuera de la ciudad, andaba fuera de casa, y como impecable consecuencia, moriría también fuera de la ciudad. Incluso cuando se le busca en el sepulcro, él está fuera. Vivió fuera de su familia y dio para nosotros otro contenido a esta pose; el rol, las apariencias, la rutina o el maquillaje social no son características de su talante. Nadie le podía calificar de conservador. Su atractivo y su dificultad era precisamente lo nuevo que él inauguraba y predicaba.

Los escribas, que habían bajado de Jerusalén para proteger a la gente inexperta que se estaba dejando engañar por Jesús, habían venido con los textos de sabiduría codificada en sus manos. Su misión, como siempre, era descalificar todo lo que no coincidiese con "lo normal" o amenazase la seguridad o la regularidad. Para ellos todo lo diferente es abuso y por lo tanto peligroso o, al menos, sospechoso.

La respuesta de Jesús advierte de la gravedad de estas actitudes con una contundencia que, aún hoy, trae de cabeza a los exegetas: blasfemar contra el Espíritu Santo es imperdonable. Los seguros, los instalados, los que ya han encontrado todo y lo saben todo, los que han hecho de Dios un ídolo a su medida, no quedan bien parados. Los buscadores, los perplejos, los que avanzan a trompicones, los que se consideran incapaces de encerrar a Dios en ninguna fórmula, ven animada su situación.

Jesús a un lado, sus familiares según la carne y los escribas, frente a él. Dos consideraciones se nos presentan para aplicarlas en nuestra vida personal, en nuestras relaciones de pequeña comunidad cristiana y en nuestra participación en la gran Iglesia universal. La primera, referente a nuestra apertura al Espíritu y a nuestra búsqueda constante de la voluntad del Padre y la segunda, como una llamada a no confundir nuestro amor a los demás con nuestra tendencia al dominio de los otros.

No es infrecuente el que desde dentro de la Iglesia se acuse a determinados cristianos, obispos incluidos, de hacer el juego al enemigo. En estas ocasiones no se suele valorar si, con estas imputaciones, lo que se hace es impedir que el Espíritu haga su juego. Así, una alusión a la justicia o a la liberación es marxismo, una crítica a los responsables es sembrar divisiones, la sinceridad es mala educación y el exponer los problemas o preguntar es una imprudencia o tener la cabeza caliente. El ideal de algunos parece ser el que nada cambie. Como si el hombre no viviese en la historia o la vida misma no fuese perpetuo movimiento. Como si el Dios de Jesús no se hubiese revelado como un Dios de nómadas y caminantes. Como si la ley debiese seguir siendo la cárcel del Espíritu. No corremos menos riesgos al quedarnos cortos que al pasarnos. Personas dinámicas, sin miedo a lo nuevo, ni adoración por lo novedoso han de ser los componentes de comunidades que, sin complejos, den a la iglesia de hoy el estilo de su Maestro. La confesión "Jesús es el único Señor" implica que sólo él es punto de referencia absoluto por encima de todas las formas sociales. El respeto al hombre no es precisamente lo que se suele entender por respeto humano.

Algún moderno escritor subraya que lo contrario al amor no es el odio, sino el afán de imponer, de dominar las personas (por su bien, naturalmente...), el instinto profundo de manipular y controlar a los demás. Se ama a las personas de la misma manera que lo hacían los parientes de Jesús. Yendo a "cogerle", a domesticarlo, a hacerle pensar y actuar como ellos. Se habla de sacrificarse por los otros e incluso se hacen cosas maravillosas, pero no se suele caer en la cuenta de que también se deben sacrificar los propios proyectos, los propios puntos de vista, para aceptar una elección distinta, un itinerario que no es el nuestro. Se sacrifica uno por el otro, cuando se le deja "fuera de sí", cuando más que intentar programarlo se intenta comprenderlo respetando así su libertad.

Caminar con Jesús sin querer domesticarlo, reduciéndolo a fórmulas o normas. Dar a las formas la importancia que tienen, pero no más. Estar abiertos a ese Espíritu siempre sorprendente.

Saber, como Jesús, estar "fuera" y libres será hoy no formar parte del severo cortejo de escribas o del acomplejado grupo de familiares. No adoréis a nadie ni a nada más que a El.

Eucaristía

 

 

La oposición y la incomprensión con relación a Jesús se concretan aún en dos posturas: la de sus parientes y la de los escribas.

Los primeros juzgan su comportamiento en base a los esquemas del sentido común y concluyen: "no está en sus cabales" (v. 21).

Los segundos, cerrados teológicamente, destilan un diagnóstico más sofisticado: "tiene dentro a Beelzebul" (literalmente, tiene a Beelzebul, v. 22).

Loco o endemoniado, Jesús es juzgado "fuera" de la normalidad. Ya se trate de la normalidad común, ya de la normalidad de la religión oficial.

Su comportamiento no encaja en ninguno de los módulos generalmente admitidos. Los términos-clave para captar este episodio enojoso que tiene como protagonista a los parientes de Jesús y que se une con el anterior, son: casa, fuera, los suyos.

Paradójicamente a Jesús, que está en casa, se le considera fuera de casa. Y los suyos que están fuera, pretenden llevárselo a casa.

En efecto, aquella no es su casa. Y se dedica a individuos que no son los "suyos", sino que es gente que le roba el tiempo y las fuerzas y, no sólo no le dan de comer, sino que le impiden hasta tomar un bocado. No hay, por tanto, otra explicación "no está en sus cabales" (v. 21).

Desde el momento en que no está en su contexto familiar, en el puesto que le han asignado, ya no es él. Hay que preocuparse.

Cierto, el incidente es embarazoso. Por algo Lucas y Mateo lo ignoran, limitándose a la escena final.

"Vinieron a llevárselo". Como si dijeran: ahora nos preocupamos nosotros. Pensaremos nosotros por él. Es necesario cerrar cuanto antes este asunto. En la situación en que se encuentra, él no está en condiciones de salir de ésta.

En su postura coexisten el interés por la persona física de Jesús (no come, no descansa, no puede continuar así) y también un neto rechazo de su proyecto.

No reniegan de su pariente, se separan, sin embargo, de sus tomas de postura. Jesús se convierte así en objeto de solicitud, pero no se le reconoce como sujeto de decisiones al margen de los modelos codificados.

Por encima de todo, pues, está la preocupación del buen nombre, de la honorabilidad de la familia, que se convierte en ídolo ante quien se sacrifican las exigencias de las persona.

Jesús debe "entrar de nuevo", más aún, hay que llevarlo a la fuerza, para cerrar lo antes posible este desagradable capítulo.

La casa recobra una fachada de respetabilidad, cuando todos están "dentro", en el puesto asignado.

"No está en sus cabales". Está fuera de sí. Debería decir: "Está fuera de nosotros". Fuera de nuestros modelos, de nuestras previsiones, de nuestros equilibrios.

Con frecuencia se corre el peligro de amar a las personas de la misma manera que lo hacían los parientes de Jesús. Yendo a "cogerle", haciéndole entrar de nuevo en los propios criterios. Pensando por ellos, decidiendo en su lugar. Se ocupa uno de ellos, así se dice. En realidad, se ocupa abusivamente el espacio que les pertenece, impidiendo la libertad de movimiento.

Se conjuga el verbo "sacrificarse", pero nunca en el sentido de "darse" al otro dejándole toda su libertad. Se sacrifica uno estorbando, poniéndose en medio.

Con frecuencia se hacen cosas maravillosas por la persona "amada". Y no se cae en la cuenta de que es necesario, ante todo, sacrificarse en el sentido de sacrificar los propios proyectos, las propias ambiciones, los propios puntos de vista, para aceptar una elección distinta, un itinerario que no es el nuestro, un plan al margen de nuestras perspectivas (y a veces de nuestros intereses...).

Se sacrifica uno de verdad por el otro cuando, se le deja "fuera de sí". Una persona se sacrifica por otra cuando renuncia a "programarla" a la propia imagen y semejanza. Cuando, en vez de ir a cogerla, sale fuera para intentar comprenderla.

Si logro sacrificar el instinto de "hacer comprender" a la exigencia de "comprender", entonces es cuando empiezo a amar de verdad al otro.

Los escribas que habían bajado de Jerusalén, por el contrario, están preocupados por la fama que está creando en torno a Jesús.

La predicación de Jesús iba tomando aspectos preocupantes. Estaba fuera de la ortodoxia. Pero iba acompañada, por desgracia, de hechos excepcionales, de prodigios innegables. Y la gente, inexperta, se dejaba pillar.

Estos intelectuales no gastan mucho tiempo en dar sentencia: "Tiene dentro a Beelzebul", y "expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". Las dos cosas no es que vayan muy de acuerdo: endemoniado y exorcista a la vez (¡con la ayuda del jefe!). De todos modos permanece la acusación de fondo: es un instrumento del demonio.

Un argumento de baja estopa (cuando se quiere descalificar a alguien, basta insinuar que está de parte del enemigo, y ¡el juego está hecho!), pero con fácil enganche en el pueblo crédulo.

Jesús no responde directamente. Se sirve de semejanzas, de parábolas bastante misteriosas. Son imágenes alusivas más que réplicas precisas. El sentido puede ser: Satanás no está tan desprovisto como para luchar contra sí mismo. Una casa dividida "en sí misma" es una casa que va "contra sí misma". Si Satanás se revela contra Satanás, si echa a sus demonios, estamos llegando al final. Se autodestruye. Pero no es así.

Al contrario, el reino de Satanás se tambalea no por disensiones internas (es inútil hacerse ilusiones sobre este punto) sino porque "ha llegado el más fuerte".

Este es el punto central de la argumentación de Jesús. Cristo hace entender que él es el más fuerte. Con su venida, las fuerzas del mal sufren una derrota.

"Jesús vence al maligno con el poder de la obediencia y del amor; el poder de Dios se hace presente en la disponibilidad de quien aceptó, en el bautismo, ser el siervo que asume el peso del mal" (B. Maggioni).

Dice muy bien H. Schlier: "Ese amor desinteresado de Cristo, dirigido a Dios y a los hombres confiados a él, desenmascara y vence al espíritu del egoísmo y le quita el mundo de que abusa. Este amor alcanza su plenitud en la cruz...".

Precisamente cuando es elevado en la cruz, Cristo "tiene atado" al enemigo, lo tiene bajo su poder y le sustrae "su presa", o sea los hombres.

"Tiene dentro a Beelzebul". El error más trágico y más común. Se baja de Jerusalén con los textos de la sabiduría codificada en la mano.

Todo lo que no viene contemplado en esos códices se descalifica.

Todo lo que no pertenece al grupo de lo "ya visto", representa una amenaza a la seguridad, a la regularidad, se declara ilegítimo. Todo lo que es diferente se considera abuso.

El producto nuevo se empaqueta en una fórmula más aparente que exacta y se le aplica encima una etiqueta: "sospechoso", o también "peligroso", que obliga a mantenerlo a distancia.

Todo lo que amenaza lo habitual, disturba el acostumbrado curso de los pensamientos, es "removido" atribuyéndolo al enemigo.

Es una operación, por desgracia, siempre de moda.

Una alusión a la justicia, y se les tacha de marxistas.

Una crítica apasionada y sufrida, y se le viene encima la descalificación de "infidelidad". La denuncia de una tortura, y he ahí la diagnosis inmediata: uno que hace el juego a los enemigos. Y se engaña uno pensando que basta no hacer el juego al enemigo para hacer juego al Espíritu...

Una exigencia de sinceridad, e inmediatamente se es culpable de exageración o de maximalismo.

El deseo de ver claro en ciertos asuntos que son más bien... oscuros, y se les acusa de "crear divisiones".

Se intenta usar la propia cabeza, y se dispara la sentencia: "cabeza caliente" (quién sabe por qué una cabeza que piensa es una cabeza caliente. O quizás, lo sea porque está funcionando).

Lo diferente se identifica, tout court, con el mal.

Se trata de una táctica verdaderamente mezquina: para neutralizar las voces o las presencias incómodas, se invoca al espíritu del mal.

Todo lo que se mueve, se hace automáticamente sospechoso.

Es en verdad trágico el equívoco de los escribas: tienen en el bolsillo en "identikit" de Satanás. ¡Y, fijándonos en los resultados, ese identikit es muy semejante al Espíritu Santo!.

Es necesario que tengamos presente esta terrible posibilidad, a través de la cual el Espíritu es buscado como sospechoso y peligroso, y se pretende meterlo en una jaula. Los escribas acusan a Cristo de echar los demonios en nombre del príncipe de los demonios. Y ellos hacen algo peor: exorcizan al Espíritu santo...

"¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?" (v. 33).

"Nadie, en este momento, está más lejos de Jesús que los que le son más cercanos por razón de la sangre" (G. Dehn). Ahora él ya está en otro plano, en el que no existen derechos adquiridos, sino sólo posibilidades. "Madre y hermanos y hermanas" en esta nueva familia ya no se es peor por derecho propio, sino que todos pueden hacerse. La parentela no es un dato registrado, sino una conquista. Más que un punto de partida, es un punto de llegada.

"Estos son mi madre". Jesús, dirigiendo una mirada alrededor ha efectuado una especie de "reconocimiento" oficial de los que pertenecen a su nueva familia.

De esta familia nueva no se excluye, naturalmente a los parientes según la carne. Pero tienen que "entrar" también ellos haciendo la voluntad de Dios.

Cierto que en esta familia de Jesús, resulta difícil estar a punto.

Parientes de Jesús son quienes exhiben derechos sobre él, una especie de monopolio-tutela. Y consideran a los que "están con él" como abusivos.

Cuando Jesús sale fuera hacia los otros, los así llamados "suyos" se dan prisa para atraparlo de nuevo, porque sin él no se sienten seguros. Tienen necesidad de él para dar una patente de honorabilidad a la casa de Cristo no puede estar con ellos. Aunque ellos estén lejísimos de él.

Peor que los enemigos son quienes pretenden "anexionarse" a Cristo.

Y no quieren dejarlo a gente que se ha vinculado a él con el verbo "hacer".

Y, sin embargo, toda la vida de Jesús se ha desarrollado fuera.

Nace fuera de su país, fuera incluso de su casa. Se deja encontrar por los magos, gente que viene de fuera. Marcha al exilio fuera de su patria. Y también para morir irá fuera de la ciudad. Y cuando alguien está seguro de que lo va a encontrar en el sepulcro, donde le han "puesto" (Jn 20-25), él ya está fuera, en otro lugar.

Sin querer forzar excesivamente las cosas, podemos decir que es más fácil afirmar dónde no lo encontramos, que dónde podemos encontrarlo. Sí, no lo encontramos seguramente donde esperábamos que estuviese. No lo encontramos, sobre todo, donde pretendemos nosotros meterlo.

Así también es conveniente estar atentos a no decidir con prisas quién está "dentro" y quién está "fuera". Dentro y fuera, con frecuencia, son categorías que se fijan a base de lugares, que hemos construido nosotros. Pero las cosas no son tan simples y cómodas. Sólo después de haber adivinado dónde está él, es posible determinar quién está dentro y quién está fuera.

Alessandro Pronzato

Pan del domingo b - pág. 154 ss.

 

 

Satan es vencido (Mc. 3, 20-35)

Dos hechos que, de suyo, no tienen unidad entre sí ocupan el pasaje del evangelio de hoy: la familia de Jesús viene a hacerse cargo de él; pero el relato se ve interrumpido, pues Jesús debe responder a quienes le acusan de echar los demonios en virtud de Belcebú; después vuelve a relatarse el episodio de la familia de Jesús. En realidad. como veremos, existe un cierto vínculo entre estos dos acontecimientos que, a primera vista, parecen complicar el relato.

Los milagros de Jesús, evidentemente, no pasan desapercibidos, lo cual no deja de inquietar a los escribas y a la familia misma de Jesús. Este se ve cada vez más rodeado por la muchedumbre, y sabemos por el evangelio de hoy que incluso le resulta imposible comer en la casa de la que tantas veces habla Marcos y en la que Jesús habitaba cuando vivía en Cafarnaún. En particular, los exorcismos realizados por Jesús habían impresionado a las autoridades religiosas. Para los judíos, el tener autoridad sobre los demonios, como Cristo la tenía, podía provenir del mismísimo Dios, como un poder otorgado a uno de sus enviados, o bien del demonio. La muchedumbre es más crédula y se inclina, sin especiales razonamientos, por la primera solución: el que expulsa de ese modo a los demonios y realiza tantos milagros no puede ser sino un enviado de Dios. Los jefes de la sinagoga y los escribas no piensan del mismo modo, y así lo manifiestan en el relato que hoy escuchamos.

La respuesta de Jesús equivaldría a declararse a sí mismo como enviado de Dios. Observemos que Jesús no responde directamente a la afirmación de lo que él es. Cristo utiliza, para su respuesta, dos ejemplos: el reino dividido y el ejemplo del hombre fuerte. El reino, la casa dividida. La respuesta es sencilla. Si Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa a los demonios, entonces es que el reino de Satanás está dividido. Si los enemigos están divididos entre sí, es evidente que perderán la batalla. Por tanto, la "casa" de Satanás está a punto de hundirse.

El hombre fuerte. Se trata de una casa en la que vive un hombre fuerte. Es imposible entrar en ella y robar sus bienes si previamente no se le ha atado. Esto es lo que hace Jesús. Satanás es ese hombre fuerte que intenta tener el mundo en su poder. Para arrebatárselo, primero hay que maniatar a Satanás. Y en ese momento comienza el final de su reinado. Es lo que demuestran los exorcismos: el reino de Satanás ha llegado a su fin; se produce ahora la presencia del Mesías y del nuevo reinado anunciado ya a Juan Bautista.

Por lo que se refiere a los escribas, estos son reos de un "pecado eterno"... En efecto, a pesar de las diversas pruebas que Jesús ha dado de haber sido enviado por el Padre, ellos se niegan a creer. Pero no solamente se niegan a creer, sino que acusan a Jesús de que lo que realiza lo hace con la ayuda de un espíritu impuro. Y esto es una blasfemia grave e imperdonable, porque significa oponerse al Espíritu. Al proferir esa blasfemia, se niega uno a recibir al Enviado, se rechaza la salvación. Y para este rechazo, que no es sólo debilidad, sino perversidad y mala fe, no hay perdón posible: es un pecado eterno.

Marcos reanuda entonces el relato que había comenzado: la familia de Jesús le busca. Su Madre, María, está presente. Marcos la cita en primer lugar, como lo hace siempre que la Virgen interviene, junto con otros, en un relato. No vamos a insistir sobre el problema de "los hermanos y hermanas" de Jesús. Sabemos de sobra que, entre los semitas, se designa con este nombre tanto a los hermanos de sangre como a los primos y otros parientes. Para no citar más que el evangelio, digamos que Mateo llama hermanos de Jesús a Santiago y José (Mt 13, 55), los cuales son hijos de una tal María que no es la madre de Jesús (Mt 27, 56).

La respuesta de Jesús a propósito de su madre y sus hermanos podría hacer creer que estos no cumplen la voluntad del Padre. En realidad, no se dice nada de esto. Jesús no los excluye en absoluto, sino que mira a quienes están en torno a él y dice: "Todos los que hacen la voluntad de Dios son mi hermano, mi hermana y mi madre". Con lo cual pone de manifiesto la íntima vinculación que se crea entre él, enviado por el Padre, y los que cumplen la voluntad de Dios.

¿Tiene una resonancia actual este pasaje del evangelio? Cualquiera que sea el modo que hoy tengamos de concebir el problema del demonio, sin negar su existencia, no podemos ignorar las fuerzas que se aúnan siempre para luchar contra la Iglesia. Pero en esta lucha la Iglesia no libra un combate imposible: sabe que tiene a Cristo consigo; sabe que el infierno no puede prevalecer sobre ella. Pero esto no tiene por qué darle una seguridad triunfalista. Debe estar siempre en guardia y "purificarse cada año", como se lee en una oración del tiempo de Cuaresma. Si la Iglesia, en sus sacramentos, es una prolongación de Cristo, sin embargo no se confunde con él. Este triunfalismo lo rechaza la misma Iglesia, que se halla siempre en estado de lucha contra las potencias del mal. En este combate, la Iglesia sabe que puede conseguir la victoria; es más, está segura de ello. Cada uno de sus miembros es consciente de que, en la lucha, tiene consigo a su Jefe que venció la tentación en los cuarenta días del desierto. Pero se trata de vivir en intimidad con Cristo y, para ello, hay que creer que él es el Enviado y cumplir la voluntad del Padre para poder se llamado por él, con toda verdad, su hermano y su hermana.

-Promesa de victoria sobre Satanás (Gn 3,9-15)

El texto es de sobra conocido y sabemos perfectamente qué debemos pensar acerca del marco literario adoptado por el autor y de lo esencial que en dicho texto se nos enseña. El relato constituye a la vez el análisis psicológico y religioso de todo lo que, en el futuro, será tentación, pero también victoria. Una victoria que será la victoria de Dios, pero a la que se verá asociado el hombre. Podrá suceder que el hombre ceda ante el demonio, pero siempre recibirá la gracia para inmediatamente vencer por sí mismo, con las armas de Cristo, a ese mismo demonio que le ha seducido. Es la grandiosa historia de la salvación que siempre se ha vivido en la Iglesia. Es a partir del hombre pecador como el Señor juzga y conoce el pecado. A partir de la debilidad el Señor juzga y conoce la fuerza del mal. El relato del Génesis debe imbuirnos de optimismo desde el momento en que lo entendamos a la luz del Apocalipsis, donde se describe el triunfo del Cordero y nuestro triunfo en esperanza al final de los tiempos. El lugar de la Virgen María ha sido exaltado por la Iglesia dentro del marco de esta lucha y de la obtención de la victoria. La Encarnación de Cristo, para la que ella dio su consentimiento, nos dio un Salvador que ha compartido todas nuestras luchas y nuestros sufrimientos, a excepción del pecado, y que ha vencido a la muerte y ha resucitado.

La respuesta, formulada en el salmo 129, canta esta victoria sobre el mal: "En el Señor está el perdón y la abundancia de rescate".

-Creemos y anunciamos (2 Co 4,13-5, 1)

Como se sabe, esta segunda lectura no ha sido escogida con el mismo criterio que las anteriores. Pero, sin forzar el sentido de los textos, puede relacionarse con las otras dos, siempre que consideremos que el tema central de estas es la victoria sobre el mal.

San Pablo nos narra sus luchas y sus sufrimientos, su debilidad. Lo que le sostiene, en medio de las pruebas que tiene que soportar y que ofrece para el bien de los corintios, es la fe en Cristo, vencedor de la muerte y del mal y resucitado. Pablo cree en su propia resurrección con la de Jesús: sabe que será resucitado con Jesús y presentado ante el que le resucitó, juntamente con sus lectores, por quienes ofrece sus luchas.

Pero hemos de tener una clara visión del sentido de la vida actual. Aunque el hombre exterior que hay en nosotros se encamine hacia su ruina, el hombre interior se renueva cada día. Cristo, que expulsó a los demonios durante su existencia terrestre y ha vencido definitivamente sobre ellos en virtud de su pasión y su resurrección, renueva día tras día a nuestro hombre interior. San Pablo nos comunica aquí su experiencia personal. Una experiencia costosa. Pero hay que saber dar en la fe un juicio sereno sobre los verdaderos valores: nuestras pruebas del momento presente son insignificantes en comparación con la extraordinaria abundancia de gloria eterna que nos deparan. Nuestra mirada no debe detenerse en lo que se ve, sino en lo que no se ve y es eterno. La victoria de Cristo sobre el demonio y el mal es de tal calibre, que nuestro mismo cuerpo, arruinado por el pecado, aunque tenga que ser destruido resucitará para durar eternamente.

Esta experiencia que sólo es posible en la fe, este optimismo inquebrantable, es lo que quiere transmitirnos Pablo.

El canto que introduce el evangelio de hoy nos hace alcanzar esta esperanza en la fe y proclama el triunfo de Cristo y el nuestro propio: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Es la mujer quien aplastará a la serpiente). "Por él se harán hijos de Dios todos cuantos le reciben" (Jn 1, 14, 12).

Nocent 6

pág. 27-30

 

 

Jesús, un endemoniado, un loco, un sanador?

Es una necedad negar que Dios está realizando obras maravillosas en medio de su pueblo y la gente sencilla lo ha comprendido con toda claridad.

1. ¿Quién es Jesús?

Estamos ubicados, retomando el año litúrgico, en el cap. 3 de San Marcos, es decir al comienzo de la vida pública de Jesús. Ya empiezan los cuestionamientos, las incomprensiones, de parte de las autoridades religiosas y de su propia familia. Estamos en Cafarnaúm, en la Galilea y es claro que Jesús invita a tomar posición, a no permanecer indiferentes ante su mensaje y su persona. El texto de Marcos tiene sus paralelos en Mateo y Lucas.

2. Le buscan

En la casa donde vive/se aloja, la casa de Pedro, se reúne mucha gente, de modo que no podían comer. Le buscan porque ha sanado a varios, porque quieren estar con él, por curiosidad, por admiración. La gente sencilla requiere a Jesús. De alguna manera intuyen que Dios está obrando a través de Él. La gente sencilla ve la acción de Jesús como una presencia de lo divino.

3. Los parientes dicen que está loco

Los parientes de Jesús, empiezan a jugar un papel negativo hacia su ministerio, creen que se ha vuelto loco, que está fuera de sí. Vienen a Cafarnaúm a buscarlo. Marcos los llama primero como los "parientes de Jesús", luego como "su Madre y sus hermanos". Al principio no comprendieron lo que Jesús estaba haciendo.

4. Las autoridades religiosas lo acusan de estar endemoniado

En Jerusalén empieza a haber repercusiones del obrar de Jesús, envían a un grupo de escribas, que sostienen que Jesús está poseído, endemoniado, obra con el poder de Belcebul, del príncipe de los demonios.

5. Jesús argumenta

Con firmeza, Jesús derriba la argumentación de los escribas, dando vuelta sus propios argumentos. No es Satanás el que está detrás de su obrar. Y si no es el enemigo, quiere decir que el Reino de Dios está en medio de nosotros. El reino de Dios se ha acercado. 

6. Blasfemar contra el Espíritu Santo

La Blasfemia contra el E. Sto. consiste en sostener maliciosamente que todo el obrar de Dios, que se manifiesta en Jesucristo, proviene del enemigo, de Satanás. Lo que viene del Espíritu Santo es atribuido al mundo impuro, no a la Santidad de Dios. Este pecado no puede ser perdonado. 

7. Su Madre y sus hermanos

Finalizando, el texto de Marcos, y sus paralelos de Mateo y Lucas, nos ponen ante una situación muy incómoda de Jesús, porque aquellos que son sus familiares, su Madre y sus hermanos vienen a llevárselo, porque está fuera de sí, loco, exaltado. Jesús aprovecha la oportunidad para dejar una enseñanza acerca de una "nueva familiaridad". Jesús enseña un hermanamiento a través de la fe y el cumplimiento de la voluntad de Dios.

8. Belzebub

Este "príncipe de los demonios" era una especie de burla de los israelitas hacia los dioses cananeos. Ellos adoraban a Baal y en sus templos se ofrecían sacrificios de animales, que se dejaban podrir sobre el altar y el lugar se llenaba de moscas. Literalmente belzebub significa "Señor de las Moscas".

9. Conclusión

Ante Jesús y su anuncio no podemos permanecer indiferentes. En Él está obrando el Espíritu de Dios, porque el Reino de Dios ya está entre nosotros. Es una necedad negar que Dios está realizando obras maravillosas en medio de su pueblo y la gente sencilla lo ha comprendido con toda claridad. 

Juan Jose Gravet

 

 

Las dos parábolas contra el Maligno, que quiere robarnos

la Palabra torciendo la lógica del Amor

Este evangelio de Marcos aparece pocas veces en la liturgia dominical ya que el tiempo ordinario suele comenzar por el domingo 11, 12 o 13. De hecho, nunca me ha tocado hacer esta contemplación (desde el 2001 en que comencé a enviar las contemplacciones a algunos amigos que participaban en el Taller de Ejercicios de Regina).

Es un evangelio importante para retomar el ciclo litúrgico ordinario, luego de la Pascua y las fiestas grandes -Pentecostés, Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón-. Importante porque comienza directamente, como hace San Ignacio, planteando la lucha entre Jesús y Satanás.

Acerca de esta lucha, decía nuestro Maestro, el Padre Miguel Ángel Fiorito, allá por el año 1956, en un artículo que tituló “La opción personal de San Ignacio: Cristo o Satanás” y que marcó el comienzo de su misión de formar a los jesuitas argentinos (dos años después, en 1958, entraría Bergoglio al Noviciado):  “Yo por mi parte confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos, desde que hice mis primeros Ejercicios espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizandoen dos términos de una opción personal” entre el Buen espíritu y el mal espíritu, entre Jesús y el Maligno, del cual pedimos al Padre que nos libre, cada vez que rezamos el Padrenuestro.

Marcos presenta a Jesús en tres lugares:

* primero en torno al lagode Galilea. El lago es el lugar de la predicación y de la misericordia. En torno al lago el Señor ha curado a tantos enfermos (el primer milagro fue curar a un endemoniado, ya que para Marcos es esencial la lucha del Señor contra el Maligno y contra todo tipo de mal);

* luego la Montaña, donde llama e instituye a los doce para que “estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La montaña es lugar de contemplación y de trato íntimo con el Señor en la oración-;

* y por fin la casa, el lugar de las elecciones y los problemas de la vida cotidiana.

Curiosamente, la lucha contra el Maligno se infiltra en la vida familiar. No se da sólo “en la calle”. Los “teólogos” del tiempo -los escribas- hacen campaña contra Jesús haciendo correr la voz -de modo que le llegue a sus parientes- de que Jesús está “sacado”. “Tranquilícenlo porque está fuera de sí”, “háganlo entrar en razón ustedes que son sus familiares”… Ese es el mensaje…

Al mismo tiempo, lanzan públicamente -en medio del pueblo de Dios- la acusación terrible de que está endemoniado. “Expulsa a los demonios con el poder del Jefe de los demonios!”

Esta acusación, violenta en una sociedad teocrática, revela de entrada lo que ya han concebido en su corazón: demonizar a Jesús es instalar la idea de que hay que matarlo, exterminarlo, no queda otra.

Reconocen su autoridad para expulsar demonios porque no pueden negar los hechos, pero tergiversan totalmente su significado. Tres años después, cuando muevan la cabeza frente al Señor crucificado, recordarán que ya lo habían dicho: uno que no puede salvarse a sí mismo es uno que todo lo que hacía lo hacía con el poder de Belzebú. Esa es su “teología”: la de un Dios que si no se salva a sí mismo, no es Dios”.

Cuando hablamos del Maligno, de Satanás, del Demonio o Diablo, tenemos que esta atentos a una “operación mediática” que el Padre de la Mentira, como también lo llama Jesús, realiza en cada época. La operación consiste en promover una imagen desactualizada de sí mismo, de modo que uno le pierda el miedo y eso lo lleve “a bajar la guardia, a descuidarnos y quedar expuestos” a sus engaños (EG 161), como bien nos advierte el Papa Francisco.

El mal es algo muy real en nuestra vida: la inseguridad, el que te puedan robar y matar, los bombardeos y los atentados terroristas que se cobran vidas inocentes, los millones de personas -tantos niños- que sufren hambre, que tiene que huir de su tierra. Y también el mal que se mete entre los que nos queremos: las peleas en familia, la infidelidad entre los que se prometieron amor…

Tanto mal no es algo “natural”. La naturaleza no odia ni miente. El mal que más nos destruye es el que tiene detrás una intención personal de hacer daño.  Esa intención sufre dos tentaciones: una la de que nadie se haga cargo. La otra, la de hacernos cargo nosotros o hacer cargo a otra persona de la totalidad del mal. Es verdad que somos “cómplices”. Pero no hay persona humana individual que sea culpable de todo el mal.

Aquí es donde podemos dejar la cuestión “entre paréntesis” o escuchar a Jesús que nos dice que hay un Maligno, uno que instiga y cosecha todo mal.

Al escuchar esto, tenemos que estar atentos a que no nos juegue en contra “la imagen desactualizada” de la que hablaba. Porque si pensamos a este autor del odio y la mentira con cuernos y fuego y describimos su accionar con posesiones diabólicas y gente que se retuerce y habla idiomas extraños, entonces nuestra mente lo pondrá “entre paréntesis”, se negará a creer que detrás de los males concretos esté alguien así.

El Papa interviene en este punto y expone las cosas de esta manera: “El Maligno no tiene necesidad de poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras reducimos las defensas (y nos negamos a ponerle nombre personal y a enfrentarlo como la persona que es y lo dejamos en el “anonimato”) él aprovecha para destruir nuestra vida, la de nuestras familias y la de nuestras comunidades, porque “como león rugiente ronda buscando a quien devorar” ” (1Pe. 5,8)”.

En el capítulo V de su Exhortación apostólica Alégrense y exultenFrancisco nos da una clave muy útil y concreta para desenmascarar al Demonio y hacernos ver su rostro real, actualizado! Dice el Papa: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 159).

Nos detenemos en la conexión entre “tentaciones del diablo” y “anuncio del Evangelio”.

Las tentaciones del Maligno van directamente contra la Alegría del Evangelio, contra el anuncio de las Bienaventuranzas, que son el corazón latiente del Evangelio y contra Mateo 25, que nos da el criterio para discernir si somos o no dignos del cielo y lo pone en las obras de misericordia -tuve hambre y me diste de comer…-.

Otras “tentaciones” y “acciones del Maligno”, no son hoy algo que él se tome el trabajo de realizar personalmente. Decía un periodista que en la Italia actual, alguno podía estar tentado a pensar que la mafia ya no existe dado que han disminuido tanto los asesinatos personales. Aunque esto sea un dato estadístico no significa que haya desaparecido la mafia. Lo que sucede es que hoy la droga le da tanto dinero que no necesitan matar gente. La pueden comprar! Esta imagen puede ayudarnos a no ser ingenuos pensando que el Demonio no “actúa personalmente” tentándonos. Lo que sucede es que su campo de acción contra Jesucristo (no olvidemos que el Demonio se muestra “como persona” en relación a la Persona de Jesús. Nosotros no le interesamos realmente sino en cuanto “somos de Jesús”) no es hoy el terreno de los vicios tradicionales, por decirlo de alguna manera. En ese terreno ya nos ha “comprado” y nos tentamos solos. En cambio sí se concentra en atacar “el anuncio del Evangelio” y a los que lo anuncian con alegría y dando testimonio con su vida.

En el pasaje de hoy vemos cómo la táctica de los secuaces del Maligno consiste en desacreditar a Jesús, publica y familiarmente, de modo tal que su Evangelio salvador, el que nos pone en contacto filial con el Padre de las Misericordias, pierda poder salvador al entrar en conflicto con estas dudas que siembran en la gente.

La mejor imagen del Maligno para nuestra actualidad es una aparentemente inofensiva: la que el Señor pone al comienzo de la parábola del Sembrador, cuando habla de una parte de la semilla que “cayó a lo largo del camino (y) vinieron las aves y se la comieron”. El Señor explica así la parábola: “Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos” (Mc 4, 4-15). No por nada la parábola del Sembrador viene inmediatamente después de la parábola de Satanás que leemos en el evangelio de hoy.

La imagen parece inofensiva, porque pinta a Satanás como esas “aves del cielo” que se comen las semillitas que caen de la bolsa del Sembrador mientras va de camino. Sin embargo, este “robo” de las semillas antes de que tengan tiempo de ser ni siquiera sembradas, es la acción personal más destructiva y decidida del Demonio en el mundo actual. Nos roba la Palabra antes de que nos demos cuenta de que era una Palabra del Señor para nosotros. Este es el nombre y el rostro que le tenemos que poner a Satanás, al Maligno, al Mentiroso, en la actualidad: es el rostro de uno que está detrás de todo aquel o aquello que nos roba la Palabra de Jesús. La roba o la ensucia o la tergiversa o la reduce o desacredita al que nos la predica… Si algo se tira contra la humildad, la lindura, la transparencia y la ternura de toda Palabra de Jesús, es Alguien que tiene nombre propio: el Maligno.

Me impresiona que en la explicación el Señor habla de “la Palabra sembrada en ellos”. Es decir: la Palabra tiene fuerza como para crecer en cualquier terreno, también en el camino. Si en otros terrenos hay que protegerla contra las piedras y los yuyos, aquí hay que protegerla directamente del Maligno.

Puede ser una imagen de estar atentos a una acción personal que el Maligno desempeña en la vida pública, en los medios, allí donde hoy se juega casi la totalidad de nuestra vida que casi no tiene “terrenos protegidos” donde pueda crecer en paz una semilla, sino que todo es hoy “camino”.

Qué nos dicen estas dos parábolas de Jesús, que anteceden a la del Sembrador y vienen a ser “las primeras parábolas del evangelio de Marcos” (esto lo digo sin ninguna autoridad “exegética”, tomando pie solamente a que Marcos dice que Jesús: “llamándolos junto a sí (a estos escribas o “comentadores”) les decía en parábolas…”).

Son dos parábolas muy difíciles de comprender si no les pescamos el punto justo. A mí me ayuda pensarlas al modo de San Ignacio que, cuando habla del mal espíritu, lo hace humildemente, sin pontificar ni hacer definiciones dogmáticas sino describiendo un modo de actuar que “comúnmente” tiene el enemigo de nuestra naturaleza humana.

Si pensamos así estas parábolas, lo que Jesús les responde a los escribas es que sería muy raro que el demonio actuara así, haciendo un bien para lograr un mal. No es lo que acostumbra: el demonio si te da un placer para que hagas el mal también te escupe el placer y te lo arruina, tarde o temprano. No es bueno ni siquiera con los otros demonios! mucho menos con sus cómplices humanos.    El demonio es autodestructivo y malo hasta consigo mismo, cuánto más con los demás!

Jesús les dice que si el demonio sigue la lógica que ellos proponen, entonces está perdido. Si usa su poder contra sí mismo y el Jefe se la agarra contras los demonios menores, entonces es que ha llegado su fin.

La lógica de los escribas es aparentemente sutil y entradora: ellos tratan de hacer pensar a la gente que Jesús sigue el camino de los estafadores, que te regalan algo para robarte o la lógica del enemigo que te salva de un peligro menor para hacerte un mal mayor. Es la táctica más usada por el demonio que, cuando nos propone un placer agranda el beneficio y desestima el peligro que conlleva. Esta lógica no funciona para los casos de las personas concretas que el Señor ayuda. Para aquel que es liberado de un demonio o curado de una enfermedad concreta que lo atormenta, el bien que le hace Jesús es tan real y concreto que es blasfemo decirle que el Señor lo cura con la intención de hacerle luego un mal mayor! Este discurso de los escribas no va destinado a la persona curada (que como el ciego del evangelio de Juan, defenderá a Jesús contra todos los que opinan diciendo “lo que yo se es que era ciego y ahora veo”). Es un discurso que va “al público en general”, tratando de dañar a otros y usando, ellos sí, al que Jesús sanó, para hacer un mal y sembrar la duda en los demás.

El Señor propone otra lógica más simple: si hay personas que realmente son libradas del mal y curadas, es señal de que “vino uno más fuerte” que el demonio.

Así de claro y simple.

Y luego contra ataca con la condena más fuerte de todo el Evangelio: decir que el bien concreto es “un medio para hacer un mal” es un pecado contra el Espíritu Santo, un pecado que no tiene perdón porque es como un ataque terrorista que destruye y se autodestruye. Si alguien me ataca en mi capacidad de reconocer el bien y el mal, ese es mi peor enemigo. Y a ese padre de la Mentira, a ese que ha destruido en sí mismo su capacidad de reconocer el bien y por eso se ha convertido en El Maligno, le digo: En Nombre de Jesucristo, aléjate de mí -de nosotros-. Y al Padre le ruego -le rogamos- líbranos del Maligno, que nos quiere robar la Palabra y pretende hacernos sentir separados  del Amor de Cristo

Diego Fares sj

 

 

Una vez terminados una serie de domingos en los que hemos conmemorado una serie de fiestas: la Trinidad, el Corpus. Comenzamos el tiempo, llamado en liturgia, tiempo ordinario, tiempo que nos llevará hasta allá por finales del mes de noviembre. Serán una serie de domingos en los que guiados por el evangelio de Marcos, y por las demás lecturas dominicales, conoceremos hechos y dichos de Jesús relacionados con su vida pública. Y por lo tanto muy importantes para conocerlo un poco mejor.

Desde cuando solo había dos personas en la tierra, según el libro del Génesis, que ya sabemos es una forma de hablar y de escribir, el hombre, la persona humana ha sentido la tendencia de separarse del creador, de dejar a un lado a Dios, este siempre ha sido así, o sea que cuando ahora nos presentan esa misma realidad, con otras manifestaciones, como es lógico, por ejemplo no queriendo que los crucifijos aparezcan por algún sitio, eso no es algo nuevo, sino que es tan viejo como el mismo hombre. Es algo que nosotros repetimos constantemente, la aceptación de Dios y de su mensaje a través de Jesús es algo que debe escoger, no imponer, el crucifijo deberá estar donde sea elegido libremente, donde se le quiera y donde se le entienda. Lo que no podemos aceptar es que nos quieran hacer creer, que la imagen de crucificado sea signo de odio, de venganza y de imposición, cuando es la manifestación de la máxima expresión del amor, dar la vida por los que quieres.

El evangelio de hoy, nos narra unos pasajes curiosos, que tienen un poco que ver con esto. Quizá pensemos que la vida pública de Jesús, fue un camino de rosas, nada más lejos de la realidad. Incluso su propia familia, hemos escuchado, que van a recogerlo porque pensaban que no estaba en sus cabales. Lo que decía y lo que hacía era tan sorpréndete que incluso los suyos pensaban que no estaba bien de la cabeza.

Jesús debió sentirse bastante solo, pero no solo falto de compañía, sino sobre todo debió sentirse incomprendido. Lo que contaban de él sus paisanos de Nazaret no coincidía para nada, con lo que se esperaba que fuera el Mesías, hacía y decía cosas tan novedosas que estaban convencidos que estaba sufriendo alguna alteración mental, o que todo era producto de delirios patológicos.

Jesús se cuida mucho de separar a los doce, llevárselos aparte y hablarle a ellos solos. Y en ese ambiente, Jesús se encuentra bien, a gusto, ¿por qué? Porque está con un grupo que libremente acepta escucharle. Los que lo que consideran loco no formaban parte de los discípulos, era gente que no lo conocía bien, no tienen sintonía con él, no están en la misma onda.

Por eso la pregunta que se me viene a la cabeza ahora es, y yo, que soy cristiano de siempre ¿estoy en sintonía con la doctrina de Jesús, y de la Iglesia?, para estar en sintonía con alguien debo saber lo que dice, cuando lo dice, y por qué lo dice. ¿Me preocupo de formar mi opinión, sobre temas conflictivos, y ser capaz de dar razón de ella, con razones y con argumentos?

En el mundo que nos ha tocado vivir, donde la imposición es rechazada como algo poco racional, lo cual está muy bien, porque impide los abusos por parte de los que tienen el poder, solo podremos llegar a las nueva generaciones, con mucho diálogo, mucha coherencia, mucha fidelidad y mucha autenticidad. No vale el decir y no hacer. No vale no ser testigo de los que decimos creer.

Por eso le pedimos hoy a Señor que nos ayude a ser más fieles en nuestro seguimiento, que aleje de nosotros la soberbia y la vanagloria que oculta la belleza, que es paz y convivencia, del mensaje cristiano.

Se lo pedimos al Señor y lo hacemos como siempre recordando a las personas que queremos y que nos quieren… y también a todos los enfermos, los que sufren o los que están solos… pedimos por todos ellos.

Antonio Pariente

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