La doble resurrección de Lázaro. Contra los traficantes de la muerte

Este evangelio ofrece la tercera catequesis de cuaresma, las más inquietante y hermosa, culminando las anteriores, del agua (samaritana) y de la luz (ciego de nacimiento). Es una catequesis sobre el Cristo-Lázaro, que aparece desdoblado:

‒ Cristo es Lázaro, el resucitado o, como indica el nombre hebreo: “Aquel a quien Dios ha ayudado” (en sentido pasivo);

‒ Y Cristo es Lázaro, el resucitador, en sentido activo: El mismo Dios que ayuda y acoge en su vida a los que mueren.

Ésta no es por tanto una “anécdota pasada” (y que pasó), en sentido externo, y terminó, una vez por todas, hace casi dos mil años, en la aldea de Betania, junto a Jerusalén, de manera que podemos pasar página, y seguir a lo nuestro, sino la historia permanente de nuestra propia vida, que se sigue realizando allí donde encontramos a Jesús, y con él resucitamos, ya en este mundo.

Ésta historia de vida tiene sin duda un trasfondo de recuerdo de Jesús, que da vida a los muertos en este mismo mundo y que acoge en el seno de Dios Padre (de Abraham) a los que mueren finalmente en pobreza y desamparo. Por eso se ha dividido desde tiempo muy antiguo en dos “historias” convergentes:

‒ Una es la resurrección de Lázaro el Mendigo, a quien nadie ayudó sobre la tierra, a la puerta de la casa del Gran Rico (Epulón), que no se dignó mirarle ni siquiera, ni ofrecerle una migaja de su mesa, sin más amigos que los perros de la calle. Evidentemente, ese Lázaro no pudo (ni quiso) resucitar sobre la tierra, pero fue recibido por los ángeles de Dios en el misterio de la Vida de Dios (Lucas 16,19-31). Podemos decir que ésta es la primera resurrección, que es propia "del fin de los tiempos", como sabían muy bien los judíos del tiempo de Jesús (como dirá Marta, en el evangelio de Juan).

‒ La otra historia de Lázaro es la de este evangelio del domingo, un hombre de familia, a quien cuidan dos hermanas (de sangre o de comunidad), un hombre que puede y debe resucitar, como podemos y debemos hacer nosotros, ayudados por la fe de las hermanas que nos acogen, impulsados por nuestra propia fe, por la palabra de Cristo. Ésta es la segunda resurrección, que es la propia de Jesús, cuando dice que él es la resurrección y la vida, de forma que aquellos que creen no muerte. Ésta es la resurrección del Lázaro de Juan, como Jesús dice a Marta.

Estas dos historias, que en el fondo son una misma, en dos facetas o momentos, han de entenderse pues como catequesis permanente y verdadera. No son un “caso” ya pasado, para publicarse en un diario o programa de TV sensacionalista, que a las dos horas se olvida, pasando así a otra cosa, sino la verdad de lo que puede y debe pasar en nuestra historia de creyentes

Y con esta introducción puedo venir ya a nuestro texto, repitiendo que ésta es una historia realísima, la más verdadera de todas las historias cristianas, pero no puede tomarse en sentido historicista, no se trata de un suceso externo, acontecido una vez, un día determinado, como milagro de un muerto externo que resucitó a la vida anterior, sino una catequesis honda, gratuita y exigente, de la resurrección, elaborada por la comunidad del Discípulo amado, desde un fondo de recuerdos y tradiciones históricas (que aparecen sobre todo en Lucas: Marta y María, Lázaro el mendigo. Buen domingo a todos. De la unión de las dos resurrecciones trata hoy la liturgia.

Texto: Jn. 11,1-46

Pero empecemos leyendo el texto, un prodigio de emociones y esperanzas, de retos y tareas… en silencio, sabiendo que Lázaro somos todos; todos somos sus hermanas y amigos, todos debemos asumir la gracia y desafío de la resurrección. Jesús parece ausente y lloramos, hoy de un modo especial todos los que mueren sin sentido sobre el mundo, como si Dios no existiera... para comenzar desde aquí, ya, ahora (primavera/otoño 2017) el camino de la resurrección. Dejemos que el texto nos hable. Su historia es la nuestra:

En aquel tiempo, [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.]

Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo." Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella." Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea."

[Los discípulos le replican: "Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?" Jesús contestó: "¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto, añadió: "Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo." Entonces le dijeron sus discípulos: "Señor, si duerme, se salvará." Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa."

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: "Vamos también nosotros y muramos con él."]

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. [Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.] Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá." Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará."

Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día." Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" Ella le contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo."

[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: "El Maestro está ahí y te llama." Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano."]

Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,] sollozó y, muy conmovido, preguntó: "¿Donde lo habéis enterrado?" Le contestaron: "Señor, ven a verlo." Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?"

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quitad la losa." Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días." Jesús le dice: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado."

Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, sal fuera." El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: "Desatadlo y dejadlo andar."

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y dijeron lo que había hecho Jesús. Se reunieron pues los sumos sacerdotes con los fariseos y dijeron:
¿Qué haremos, pues este hombre hace muchos signos, pues si le dejamos todos creerán en él…? ((Y decidieron matarle)).

Un comienzo

¿Qué se puede hacer? Llorar por los muertos, consolar a los vivos, esperar la resurrección… y comprometerse a favor de la vida, aunque ello resulte peligroso apostar por ella, como Jesús, subiendo a los lugares conflictivos (¡Vayamos, y muramos con él, como dice Tomás).

Estamos ante el dolor de Jesús que (en un plano) llora y solloza impotente ante la muerte de su amigo, en un mundo que huele, mundo de asesinos concretos, de mentiras extensas, de llanto y de muerte. Es Hijo de Dios, pero no puede impedir que su amigo muera, porque la muerte pertenece a la ley de la vida. Por eso llora, porque ve al amigo muerto. Pero le ofrece (a él, a sus hermanas) la esperanza de la resurrección.

Lázaro murió de muerte natural y a muchos, en cambio, les matan, de muerte violenta, los diversos tipos de asesinos, traficantes de la muerte, precisamente aquellos que no quieren que Jesús resucite, dé vida a los muertos. … pensando que así pueden obtener ventajas políticas, sociales o de cualquier tipo que sea, ignorando que con la muerte sólo se consigue más muerte. El texto no acaba con la resurrección de Lázaro, sino con la decisión de Caifás y los sumos sacerdotes, que deciden matar a Jesús porque da la vida, porque resucita a los muertos.

Jesús no impidió la muerte de Lázaro. Esperó tres días antes de venir y Lázaro murió... Son los días de la vida y de muerte en este mundo, son los días de la dura realidad de la historia. Después vino, en el día de la resurrección que es tercer día (como dicen los judíos y decimos los cristianos: Resucitó, resucitará al tercer día, que es el tiempo de la culminación).

¿Por qué no vino antes para impedir que Lázaro muriera? Se lo preguntaron las hermanas y lloró. No pudo venir antes, pero lloró. No puede impedir un tipo de muerte en este mundo, pero sufre. También llora aquí, en nuestro día, en todos los hospitales y casas de difuntos, en los campos de concentración y en las cárceles, en los lugares donde siguen reinando las bombas y el hambre…

¿Por qué no impidió que muriera Lázaro?
¿Por qué no detuvo la muerte asesina de miles de matadores de este mundo?
¿Por qué no impide que fallen las balas que vuelen buscando la muerte?
¿Por qué no para la mano al terremoto, por qué no tapa la boca al tsunami que grita, produciendo olas inmensas?
¿Por qué no cierras las grietas de los agujeros negros de las cámaras atómicas que estallan? ¿Por qué…?

¿Por qué impide que los asesinos sigan matando directa o indirectamente...?

Jesús lloró con sus amigas. Hay acontecimientos en la vida ante los que sólo tenemos el llanto y la condena y la libertad para cambiar

Nos queda la oración y el llanto y la solidaridad

Nos queda orar con y por los muertos… pues la oración vincula a los vivos con los muertos. Una oración con voces y en silencio, porque creemos en la resurrección, como Jesús creía en la resurrección de Lázaro.

Una oración que acepta la muerte (porque es condición humana) y que condena a los que trafican con ella, con la guerra y el hambre, con la injusticia y la opresión. Una oración de cercanía, con las hermanos y hermanos de los muertos. Aceptación de la muerte, pero condena sin paliativos, sin distingos, sin comparaciones, para todos los que matan, aprovechándose de la muerte de los otros.

Después debemos ofrecer una palabra de solidaridad a las hermanas y familiares del muerto… Solidaridad a los amigos, a los compañeros. No sé si podemos consolarles, pues a veces el único consuelo es el silencio con ellos. Muchas veces, no entiendo. Tampoco Jesús entendía. No hizo un sermón explicando las razones de la muerte de Lázaro. Simplemente lloró.

Lázaro ¡Sal fuera!

Jesús lloró, pero creía (porque creía) en la resurrección. Y de esa forma habló, llegado el tercer día, culminado el tiempo del llanto (que es el tiempo de muerte de este mundo, un tiempo del que nadie vuelve a la historia anterior). De esa forma nos introduce (desde este mismo mundo) en el cuarto día (día pascual) de la resurrección, diciendo: “Sal fuera”.

¡Lázaro sal fuera! Esta palabra hay que decirla desde ahora, con Jesús. ¡Salgamos fuera todos, de manera que no vivamos más de muertes, de manera que no vivamos más aletargados, envueltos en sudarios y vendas, pactando con la violencia y la injusticia, dando cobertura a los que matan.

Esta palabra ¡sal fuera! es para todos. Tenemos que salir de un mundo en el que, de un modo o de otro, nos hemos acostumbrado a la muerte, de manera que muchos viven (vivimos) de la muerte de los demás.

Salir fuera de la tumba significa vivir para la vida, en justicia y solidaridad. Que los educadores eduquen para la paz, que los políticos gobiernen para la justicia, que los trabajadores trabajen para el bien de todos… que todos podamos vivir para la concordia, condenando la violencia de un modo radical, total…

El riesgo de los resucitadores

El camino de la resurrección empieza por el llanto y la conversión. Es un camino en el que intervienen muchos factores, un camino en el que tienen responsabilidad muchas personas, empezando por los políticos y los educadores, por los dueños de la economía y los creadores de opinión, por los dirigentes de las iglesias etc. Pero es, ante todo, un riesgo y camino nuestro, de los que creemos en la resurrección, de los que deberíamos dice: ¡Lázaro, sal fuera, caminamos!

Este camino de la resurrección es hermoso, pero muy arriesgado. Los que trabajan sin más por la vida, los que sacan a los hombres y mujeres de sus tumbas suelen ser perseguidos, porque hay intereses creados y muchos prefieren que las cosas sigan así. Con una lucidez impresionante, el evangelio de hoy sigue y dice, como he mostrado ya al citar el texto:

Jn. 11,46. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho [resucitando a Lázaro]. 47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Sanedrín y decían: --¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales.

48 Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. 49 Entonces uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo: --Vosotros no sabéis nada; 50 ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación (Jn. 11,46-50).

Es peligroso optar por la vida y promover la resurrección en este mundo de muerte. Hay muchos (personas e instituciones) que prefieren mantener las cosas así, traficando con la muerte. El evangelio supone que los primeros traficantes de la muerte (¡que Lázaro se pudra!) son los dirigentes religiosos y políticos que controlan el poder desde la muerte.

Por eso, para impedir que Lázaro resucite y viva y sea testigo de paz proponen matar al “mensajero”, al que habla a favor de la paz (¡recordemos a M. Luther King, a Mons. Romero, a Ignacio Ellacuría y a otros miles de testigos de la vida, empezando por Jesús !). Para vivir de la muerte de los demás, hay que matar a los que lloran y promueven la vida, como Jesús (hay que matar en el fondo a Jesús).

No quiero trazar ninguna condena general a poderosos sin más, como traficantes de muerte, ni acusar a los dirigentes religiosos (a los que acusa este evangelio), ni a los traficantes de la muerte (vendedores de armas, promotores de una economía que mata, pero….).

Al contrario, sé que muchos (entre ellos algunos políticos) se esfuerzan por lograr la paz, con honradez y con riesgo. Por ellos pido, a ellos les animo a continuar en los caminos de la paz, de los que habla el Benedictus de Zacarías.

Pero debo añadir que nadie, nunca, deberá aprovecharse de la muerte de los demás para medrar, para manteniendo ningún tipo de injusticia; que nadie se aproveche de la injusticia para justificar ningún tipo de acción opresora, con el argumento de Caifás (¡matemos a Jesús para vivir todos más tranquilos).

La única verdad es la que abre espacio para todos, en justicia y paz. El único valor es la vida, cada vida, por encima de la "santa nación" a la que apelaba Caifás (en pacto con el Santo Imperio de Roma)... Por eso, el evangelio sigue comentando que, en un sentido, Caifás tenía razón, porque Jesús "murió no solamente por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban esparcidos" (Jn. 11,51).

El verdadero pueblo de Dios surge allí donde pueden reunirse y convivir y alegrarse en amor "todos los hijos de Dios", todos los seres humanos.

El camino de la vida comienza allí donde se sabe que no se puede matar a ninguno para “mantener la propia seguridad". La palabra de Jesús: ¡Lázaro, sal fuera, es un principio de esperanza, pero también de compromiso por la justicia en este mundo.

 

 

Lázaro ¡sal fuera!

Es una catequesis de cuaresma, de las más hermosas, culminando las anteriores, la del agua (samaritana) y la de la luz (ciego de nacimiento). Es una catequesis sobre el Cristo que aparece como desdoblado: Cristo es Lázaro, el resucitado; y Cristo es Jesús, el resucitador. Y en torno a ellos el camino de ascenso a Jerusalén, la familia/iglesia (tres hermanos), el riesgo del asesinato (a Jesús van a matarle precisamente por anunciar la resurrección).

Ésta es una historia realísima, la más real de todas las historias cristianas, pero no puede tomarse en sentido historicista, no se trata de un suceso externo, acontecido una vez, un día determinado, como milagro de muerto externo que resucitó a la vida anterior. Ésta es una catequesis simbólica de la resurrección, elaborada por la comunidad del Discípulo amado, desde un fondo de recuerdos y tradiciones históricas (que aparecen sobre todo en Lucas: Marta y María, Lázaro el mendigo…) (Sigo poniendo una imagen de Luna, Hillargia, luz de los muertos).

Pero empecemos leyendo el texto, un prodigio de emociones y esperanzas, de retos y tareas… en silencio, sabiendo que Lázaro somos todos; todos somos sus hermanas y amigos. Jesús parece ausente y lloramos, hoy de un modo especial todos los que mueren sin sentido sobre el mundo, como si Dios no existiera. Dejemos que el texto nos hable. Su historia es la nuestra: Jn 11,1-46

Un comienzo

¿Qué se puede hacer? Llorar por los muertos, consolar a los vivos, esperar la resurrección… y comprometerse a favor de la vida, aunque ello resulte peligroso apostar por ella, como Jesús, subiendo a los lugares conflictivos (¡Vayamos, y muramos con él, como dice Tomás).

Estamos ante el dolor de Jesús que (en un plano) llora y solloza impotente ante la muerte de su amigo, en un mundo que huele, mundo de asesinos concretos, de mentiras extensas, de llanto y de muerte. Es Hijo de Dios, pero no puede impedir que su amigo muera, porque la muerte pertenece a la ley de la vida. Por eso llora, porque ve al amigo muerto. Pero le ofrece (a él, a sus hermanas) la esperanza de la resurrección.

Lázaro murió de muerte natural y a muchos, en cambio, les matan, de muerte violenta, los diversos tipos de asesinos, traficantes de la muerte, precisamente aquellos que no quieren que Jesús resucite, dé vida a los muertos. … pensando que así pueden obtener ventajas políticas, sociales o de cualquier tipo que sea, ignorando que con la muerte sólo se consigue más muerte. El texto no acaba con la resurrección de Lázaro, sino con la decisión de Caifás y los sumos sacerdotes, que deciden matar a Jesús porque da la vida, porque resucita a los muertos.

Jesús no impidió la muerte de Lázaro. Esperó tres días antes de venir y Lázaro murió... Son los días de la vida y de muerte en este mundo, son los días de la dura realidad de la historia. Después vino, en el día de la resurrección que es tercer día (como dicen los judíos y decimos los cristianos: Resucitó, resucitará al tercer día, que es el tiempo de la culminación).

¿Por qué no vino antes para impedir que Lázaro? Se lo preguntaron las hermanas y lloró. No pudo venir antes, pero lloró. No puede impedir un tipo de muerte en este mundo, pero sufre. También llora aquí, en nuestro día, en todos los hospitales y casas de difuntos, en los campos de concentración y en las cárceles, en los lugares donde siguen reinando las bombas y el hambre…

¿Por qué no impidió que muriera Lázaro?

¿Por qué no detuvo la muerte asesina?

¿Por qué no impide que las balas fallaran vuelen buscando la muerte?

¿Por qué no para la mano al terremoto, por qué no tapa la boca al tsunami que grita, produciendo olas inmensas?

¿Por qué no cierras las grietas de los agujeros negros de las cámaras atómicas de Fukushima) ¿Por qué…?

Jesús lloró con sus amigas. Hay acontecimientos en la vida ante los que sólo tenemos el llanto y la condena y la libertad para cambiar

Nos queda la oración y el llanto y la solidaridad

Oración por los muertos… pues la oración vincula a los vivos con los muertos. Una oración con voces y en silencio, porque creemos en la resurrección, como Jesús creía en la resurrección de Lázaro.

Una oración que acepta la muerte (porque es condición humana) y que condena a los que trafican con ella, con la guerra y el hambre, con la injusticia y la opresión. Una oración de cercanía, con las hermanos y hermanos de los muertos. Aceptación de la muerte, pero condena sin paliativos, sin distingos, sin comparaciones, para todos los que matan, aprovechándose de la muerte de los otros.

Después debemos ofrecer una palabra de solidaridad a las hermanas y familiares del muerto… Solidaridad a los amigos, a los compañeros. No sé si podemos consolarles, pues a veces el único consuelo es el silencio con ellos. Muchas veces, no entiendo. Tampoco Jesús entendía. No hizo un sermón explicando las razones de la muerte de Lázaro. Simplemente lloró.

Lázaro ¡Sal fuera!

Jesús lloró, pero creía (porque creía) en la resurrección. Y de esa forma habló, llegado el tercer día, culminado el tiempo del llanto (que es el tiempo de muerte de este mundo, un tiempo del que nadie vuelve a la historia anterior). De esa forma nos introduce (desde este mismo mundo) en el cuarto día (día pascual) de la resurrección, diciendo: “Sal fuera”.

¡Lázaro sal fuera! Esta palabra hay que decirla desde ahora, con Jesús. ¡Salgamos fuera todos, de manera que no vivamos más de muertes, de manera que no vivamos más aletargados, envueltos en sudarios y vendas, pactando con la violencia y la injusticia, dando cobertura a los que matan.

Esta palabra ¡sal fuera! es para todos. Tenemos que salir de un mundo en el que, de un modo o de otro, nos hemos acostumbrado a la muerte, de manera que muchos viven (vivimos) de la muerte de los demás. Salir fuera de la tumba significa vivir para la vida, en justicia y solidaridad. Que los educadores eduquen para la paz, que los políticos gobiernen para la justicia, que los trabajadores trabajen para el bien de todos… que todos podamos vivir para la concordia, condenando la violencia de un modo radical, total…

El riesgo de los pacificadores

El camino de la paz empieza por el llanto y la conversión. Es un camino en el que intervienen muchos factores, un camino en el que tienen responsabilidad muchas personas, empezando por los políticos y los educadores, por los dueños de la economía y los creadores de opinión, por los dirigentes de las iglesias etc.

Este camino de paz es hermoso, pero muy arriesgado. Los que trabajan sin más por la vida, los que sacan a los hombres y mujeres de sus tumbas suelen ser perseguidos, porque hay intereses creados y muchos prefieren que las cosas sigan así. Con una lucidez impresionante, el evangelio de hoy sigue y dice, como he mostrado ya al citar el texto:

Jn 11,46. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho [resucitando a Lázaro]. 47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Sanedrín y decían: --¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales.

48 Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. 49 Entonces uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo: --Vosotros no sabéis nada; 50 ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación (Jn. 11,46-50).

Es peligroso optar por la vida en este mundo de muerte. Hay muchos (personas e instituciones) que prefieren mantener las cosas así, traficando con la muerte. El evangelio supone que los primeros traficantes de la muerte (¡que Lázaro  se pudra!) son los dirigentes religiosos y políticos que controlan el poder desde la muerte. Por eso, para impedir que Lázaro resucite y viva y sea testigo de paz proponen matar al “mensajero”, al que habla a favor de la paz (¡recordemos a M. Luther King, a Mons. Romero, a Ignacio Ellacuría!). Para vivir de la muerte de los demás, hay que matar a los que lloran y promueven la vida, como Jesús.

No quiero trazar ninguna condenar a los políticos sin más, ni acusar a los dirigentes religiosos (a los que acusa Juan), ni a los traficantes de la muerte (vendedores de armas, promotores de una economía que mata….). Al contrario, sé que muchos (de un modo especial algunos políticos) se esfuerzan por lograr la paz, con honradez y con riesgo. Por ellos pido, a ellos les animo a continuar en los caminos de la paz, de los que habla el Benedictus de Zacarías.

Pero debo añadir que nadie, nunca, deberá aprovecharse de la muerte de los demás para medrar, para manteniendo ningún tipo de injusticia; que nadie se aproveche de la injusticia para justificar ningún tipo de acción opresora, con el argumento de Caifás (¡matemos a Jesús para vivir todos más tranquilos).

La única verdad es la que abre espacio para todos, en justicia y paz. El único valor es la vida, cada vida, por encima de la "santa nación" a la que apelaba Caifás (en pacto con el santo Imperio de Roma)... Por eso, el evangelio sigue comentando que, en un sentido, Caifás tenía razón, porque Jesús "murió no solamente por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban esparcidos" (Jn. 11,51). El verdadero pueblo de Dios surge allí donde pueden reunirse y convivir y alegrarse en amor "todos los hijos de Dios", todos los seres humanos.

El camino de la vida comienza allí donde se sabe que no se puede matar a ninguno para “mantener la propia seguridad". La palabra de Jesús: ¡Lázaro, sal fuera, es un principio de esperanza, pero también de compromiso por la justicia en este mundo.

 

 

Lázaro ¡sal fuera! Contra el negocio de la muerte

El evangelio ofrece hoy una catequesis de la resurrección, elaborada por la comunidad del Discípulo amado, desde un fondo de recuerdos y tradiciones históricas (cercanas a las de Lucas: Marta y María, Lázaro el mendigo…).

Empecemos leyendo el texto, un prodigio de emociones, de compromisos y esperanzas, de retos y tareas… en silencio, sabiendo que Lázaro somos todos; todos somos sus hermanas y amigos.

Jesús parece ausente y lloramos, hoy de un modo especial por todos los que mueren sin sentido, al parecer antes de tiempo como si Dios no existiera.
Pero el llanto se puede convertir en gozo y compromiso a favor de la vida. En ese sentido quiero hablar al fin de tres resurrecciones. Dejemos que el texto nos hable. Su historia es la nuestra.

Texto: Jn 11,1-46

En aquel tiempo, [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.]. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo." Jesús, al oírlo, dijo…

(… y así sigue el texto, casi todo el capítulo 11 de Juan. Vaya cada uno a su Biblia y lea con calma. Es probable que le baste lo leído. Si es así, olvídese de mi comentario. Pero, si aún le quedan ganas de sentir y de pensar… puede seguir leyendo mi reflexión).

Éste es el texto para meditar, una baile de vida (en contra del baile de la muerte de la primera imagen).

Éste es un texto para caminar, levantarse y comenzar una vida solidaria, en comunión de amor y de esperanza.

Buen domingo a todos. Buena lectura para los que continúen con mi texto.

Un comienzo

¿Qué se puede hacer? Llorar por los muertos, consolar a los que quedan, esperar la resurrección… y comprometerse a favor de la vida, aunque ello resulte peligroso apostar por ella, como Jesús, subiendo a los lugares conflictivos (¡Vayamos, y muramos con él, como dice Tomás).

Jesús es Hijo de Dios, pero no puede impedir que su amigo muera, porque la muerte pertenece a la ley de la vida. Por eso llora, porque su amigo muere…

Lázaro murió de muerte natural, pero a muchos, en cambio, les matan, de muerte violenta, los diversos tipos de asesinos, traficantes de la vida, precisamente aquellos que no quieren que Jesús resucite… pensando que así pueden obtener ventajas de este desorden del mundo que es el nuestro.

El texto no acaba con la resurrección de Lázaro, sino con la decisión de Caifás y de los sumos sacerdotes, que deciden matar a Jesús porque da la vida, porque resucita a los muertos.

El texto debe acabar con nuestra decisión intensa a favor de la vida, en contra de todos los traficantes de la muerte que dominan en los lúgubres tugurios del poder y del dinero (mientras sigue y avanza el hambre, crecen las vallas, aumentas las opresiones)

Jesús no impidió la muerte de Lázaro.

Esperó tres días antes de venir y Lázaro murió... Son los días de la vida y de muerte en este mundo, son los días de la dura realidad de la historia. Después vino, en el día de la resurrección que es tercer día (como dicen los judíos y decimos los cristianos: Resucitó, resucitará al tercer día, que es el tiempo de la culminación).

¿Por qué no vino antes para impedir que Lázaro? Se lo preguntaron las hermanas y lloró. No pudo venir antes, pero lloró. No puede impedir un tipo de muerte en este mundo, pero sufre. También llora aquí, en nuestro día, en todos los hospitales y casas de difuntos, en los campos de concentración y en las cárceles, en los lugares donde siguen reinando las bombas y el hambre…

¿Por qué no impidió que muriera Lázaro?

¿Por qué no detuvo la mano asesina?

¿Por qué no impide que las balas alcancen el cuerpo querido?

¿Por qué no derriba del trono a los poderosos, como quería María, la Madre de Jesús?

¿Por que no despide vacíos-desnudos a los ricos, como sigue diciendo la misma María?

¿Por qué no para la mano al terremoto, al tsunami, al incendio?

Jesús lloró con sus amigas. Hay acontecimientos ante los que sólo tenemos el llanto y la condena y la promesa de cambio… con la oración y la solidaridad.Oración por los muertos… pues la oración vincula a los vivos con los muertos. Una oración con voces y en silencio, porque creemos en la resurrección, como Jesús creía en la resurrección de Lázaro.

Una oración que acepta la muerte (sin entenderla), una oración que condena a los que trafican con la guerra y el hambre, con la injusticia y la opresión. Una oración de cercanía, con las hermanos y hermanos de los muertos. Una oración en solidaridad con los amigos y compañeros.

Muchas veces no se entiende. Tampoco Jesús entendía. No hizo un sermón explicando las razones de la muerte de Lázaro. Simplemente lloró.

Lázaro ¡Sal fuera!

Jesús lloró, pero creía (porque creía) en la resurrección. Y de esa forma habló, llegado el tercer día, culminado el tiempo del llanto (que es el tiempo de muerte de este mundo, un tiempo del que nadie vuelve a la historia anterior).

¡Lázaro sal fuera! Esta palabra hay que decirla desde ahora, con Jesús. ¡Salgamos fuera todos, de manera que no vivamos más de muertes, que no sigamos más aletargados, envueltos en sudarios y vendas, pactando con la violencia y la injusticia, dando cobertura a los que matan.

Esta palabra ¡sal fuera! es para todos. Tenemos que salir de un mundo en el que, de un modo o de otro, nos hemos acostumbrado a la muerte, de manera que muchos viven (vivimos) de la muerte de los demás.

Salir fuera de la tumba significa vivir para la vida, en justicia y solidaridad. Que los educadores eduquen para la paz, que los políticos gobiernen para la justicia, que los trabajadores trabajen para el bien de todos… que todos podamos vivir para la concordia, condenando la violencia de un modo radical, total…

El riesgo de los optan por la vida

El camino de la vida empieza por el llanto y la conversión. Es un camino en el que intervienen muchos factores y donde tienen responsabilidad muchas personas, empezando por los políticos y los educadores, por los dueños de la economía y los creadores de opinión, por los dirigentes de las iglesias etc.

Este camino por la vida es hermoso, pero muy arriesgado. Los que trabajan sin más por la vida, los que sacan a los hombres y mujeres de sus tumbas suelen ser perseguidos, porque hay intereses creados y muchos prefieren que las cosas sigan así. Así lo dice el evangelio:

Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho [resucitando a Lázaro]. los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Sanedrín y decían:

- ¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación.

Entonces uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo:
- Vosotros no sabéis nada; ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación (Jn 11, 46-50).

Que muera uno (Jesús) para que el "buen" sistema siga... Que mueran muchos, millones, para que el sistema siga viviendo. De ese rechazo, de esa muerte de los otros vivimos...

Es peligroso optar por la vida en este mundo de muerte. Hay muchos (personas e instituciones) que prefieren mantener las cosas así, traficando con la muerte. El evangelio supone que los primeros traficantes de la muerte (¡que Lázaro  se pudra!) son los dirigentes religiosos y políticos que controlan el poder desde la muerte.

Jesús protesta contra el "negocio" de la muerte

No quiero condenar en exclusiva a los políticos, ni acusar a los dirigentes religiosos (a los que acusa este evangelio), ni siquiera a los traficantes de la muerte (vendedores de armas, promotores de una economía que mata….), pues de alguna forma todos nosotros, los ricos del mundo, vivimos de una economía que crece (¡como la de España!) vendiendo más armas a los “pobres”, para que se maten…

Pero debo añadir que nadie, nunca, debería aprovecharse de la muerte de los demás para medrar, para manteniendo ningún tipo de injusticia; que nadie se aproveche de la injusticia para justificar ningún tipo de acción opresora, con el argumento de Caifás (¡matemos a Jesús para vivir todos más tranquilos).

El único valor es la vida, cada vida, por encima de la "santa nación" a la que apelaba Caifás (en pacto con el Santo Imperio de Roma)... Por eso, el evangelio sigue comentando que, en un sentido, Caifás tenía razón, porque Jesús "murió no solamente por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban esparcidos" (Jn 11, 51). Pero esa es la “razón de la muerte”, no el principio de la vida, que es la “resurrección”, en sus tres formas:

Tres resurrecciones

(a) La primera resurrección es aquella en la que creen algunos judíos y la mayor parte de los cristianos (si creen) (como Marta): “Mi hermano resucitará en la resurrección del último día”. Pero, mientras tanto ¡dejemos que la muerte siga reinando sobre el mundo! ¡Vivamos de la muerte de los otros!

Ésta es la fe de gran parte de Israel, en tiempos de Jesús, la fe de los fariseos y los apocalípticos, y en el fondo nuestra fe (si la tenemos, como he dicho). Al final de los tiempos, los muertos se alzarán de las tumbas, unos para la vida eterna, otros para la condena. Así es como creen, todavía, la mayor parte de los cristianos. Y no está mal esta fe, pero no es la esencia de la vida cristiana.

(b) La segunda resurrección está unida a la fe en Jesús: “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá”. Es la resurrección vinculada a la experiencia del encuentro con Jesús, que vence al pecado (el poder de la muerte), haciendo que se exprese en nosotros, aquí, en este mundo, el poder de la Vida.

Ésta es la resurrección de los optan por la vida, la resurrección de los que se comprometen a vivir en contra de la muerte injusta que oprime y que mata...

“El que cree en mí… aunque haya muerto”, es decir, aunque se encuentre dominado por el pecado (por el miedo, por la ira…), recibirá el perdón, obtendrá la gracia, podrá transformarse y vivir, aquí, en este mundo. Ésta es la resurrección propia de aquellos que viven

(c) La tercera resurrección es la fe que “salta” hasta la vida eterna (como el agua de la vida). “Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”… Los que creen de verdad (los que están vivos en Cristo) no pueden morir, no morirán nunca jamás (aunque externamente fallezcan). Nadie que vive en Cristo (es decir, en la Palabra de Dios, en el Seno de su Amor) puede morir. Cambia de vida, su vida se transforma, pero él no muere.

Ésta es la resurrección de los que creen en la vida... Nada podrá matarles, nadie les podrá silenciar...

Esta experiencia de vida (el que cree y vive en Jesús no muere) no es un engaño interior, sino la experiencia suprema de la Fuerza de la Vida, que es Dios en nosotros. De esta fe en la resurrección ya acontecida que les hace entregarse en amor por la vida de los otros siguen viviendo los auténticos creyentes.

Apéndice 1. Marta judía, esperanza de resurrección.

La fe en el Amor que resucita a los que han muerto por amor (o asesinados por los sistemas de violencia de la historia) constituye, a mi entender, el punto de partida y centro del verdadero judaísmo, ras la catástrofe del 70 d. C. y la codificación de Misná y Talmud. Ciertamente hubo (y hay aún) otros modelos de identificación, pero este es el más significativo: los judíos se han mantenido fieles al amor de elección de Dios porque han esperado, en gesto de amor, el día de la Resurrección, que se identifica con el Reino. Por eso mantienen el testimonio y recuerdo de sus mártires, que esperan la justicia que responda a la opresión e injusticia de su muerte, no por venganza, sino por fe en la gloria y la verdad de Dios.

Ese futuro de resurrección define el triunfo de la gracia y hace posible que los fieles se mantengan unidos fielmente, sin más seguridad que su esperanza de Reino, aunque hayan estado sometidos bajo duros estados y poderes, controlados en gran parte por cristianos y musulmanes. Esos poderes y estados asumen el orden, controlan la administración, pueden dominar por la fuerza de 'su Dios' a los vasallos, pero en el fondo no necesitan 'creer' en Dios ni en resurrección, pues controlan y poseen desde ahora un poder divinizado. Por el contrario, los judíos sometidos bajo el dictado de los grandes poderes sólo tienen la autoridad que les ofrece el amor y la esperanza de resurrección, es decir, el Reino.

Se ha dicho a veces, citando de manera interesada a Nietzsche, que la esperanza judía brota del resentimiento de aquellos que no pudieron triunfar en el mundo, generando así una moral de esclavos e incapaces. Pues bien, en contra de esa acusación, podemos afirmar que los judíos han sido testigos de un amor más alto y que han podido expresarlo y cultivarlo en gratuidad, sin imponerse por la fuerza sobre el mundo. Significativamente, Nietzsche volvió a divinizar el rito pagano del eterno retorno, esto es, la fuerza que siempre permanece, evadiéndose con ello de la tarea del presente. Por el contrario, la esperanza de futuro no ha sido para los judíos un motivo de evasión, sino todo lo contrario: fuente de fidelidad al mundo presente, principio de una historia abierta a todos los pueblos de la tierra.

La resurrección no es huída de este mundo, como puede suceder con la experiencia sacral de la inmortalidad del alma cuando afirma que esta realidad que vemos y tocamos es sólo una apariencia. La afirmación del eterno retorno de Nietzsche devaluaba el instante concreto de la historia, pues la introducía en la rueda infinita de los giros cósmicos, donde nada permanece. Por el contrario, la esperanza de futuro consagra y ratifica la historia actual, el amor del presente, haciendo que podamos vivirlo con toda intensidad, como revelación de Dios y apertura generosa a los demás, sin imposiciones ni violencias. De esa manera, el judaísmo, configurado como pueblo de la resurrección, ofrece un testimonio de apertura concreta y universal porque espera la manifestación de Dios, no solo para los judíos, sino para todos los pueblos de la tierra.

Apéndice 2. Marta cristiana, Mesías ya resucitado.

Como ha puesto de relieve el discurso de Pablo ante el Sanedrín (cf. Hech. 23,1-10), cristianos y fariseos (herederos del viejo Israel, que perdura y se mantiene tras la caída del templo) fundan su camino y ofrecen su propuesta a partir de una misma esperanza y experiencia de resurrección. El judaísmo nacional la aplica a la vida y futuro del pueblo, al que Dios resucita después de cada crisis. Los cristianos afirman que la resurrección se ha expresado y culminado ya en la historia y pascua de Jesús, a quien había crucificado la autoridad del sistema. De aquí se deducen dos consecuencias.

1. El tiempo se ha cumplido (cf. Mc. 1,5; Gal. 3,3-4). La resurrección se ha iniciado por Cristo, como acción final de Dios, que unifica en amor a todos los humanos, de manera que ella puede ser objeto y tema de experiencia y comunión actual, más que de simple esperanza.

2. El mediador o testigo de la resurrección es el que ha dado la vida por los otros (con y como Jesús). Testigos de la resurrección son con él quienes ofrecen lo que son y lo que tienen al servicio de la vida.

Ciertamente, los cristianos siguen esperando la victoria completa del Cristo. Pero añaden que Jesús ha resucitado ya, de manera que su amor (la vida del futuro, la unidad de todos los humanos) puede extenderse y realizarse ya en la tierra, dentro de la historia. Ellos piensan que la misión básica del judaísmo nacional se ha cumplido, de manera que los nuevos judíos mesiánicos (= cristianos) se atreven a testimoniar desde ahora la comunión universal de Dios sobre la tierra.

El sistema político-económico no cree en la resurrección, sino sólo en un talión (¡el suyo!) que se mantiene invariable, siempre vencedor, en eterno retorno de violencia, sobre los procesos de la humanidad, elevando a unos y humillando a otros, pero imponiendo la misma opresión de la fortuna: no acepta trascendencia, ni resurrección de gracia. Por el contrario, el mesianismo cristiano cree en la resurrección, realizada en Jesús y abierta a todas las personas, ratificando así la gratuidad y entrega de la vida por los otros. Por eso se atreve a superar la identidad nacional del judaísmo, no para negarlo y destruirlo con violencia (como han querido hacer los perseguidores), sino para ofrecerle humilde y gozosamente el testimonio de su universalidad.

Lógicamente, los cristianos ya no se limitan a esperar la resurrección, aguardando su llegada final, cuando Dios invierta la suerte de los hombres y confirme el valor de los rechazados y asesinados de la historia (como tiende a pensar el judaísmo); ellos confiesan que la gracia de Dios se ha expresado y encarnado ya en la pascua de Jesús como triunfo de la vida que se entrega y regala, se acoge y comparte. La resurrección no es algo que vendrá, sino que ha venido y se ha 'encarnado' (se ha realizado) en Cristo: es gracia de Dios, es la expresión y experiencia de la vida que se tiene en la medida en que se entrega a los demás, que culmina y triunfa en la medida en que se pierde, creando comunión.

La imposición de un sistema de poder proviene del miedo de la muerte, que sigue triunfando y domina sobre los humanos con su fuerza. En esa línea ha interpretado Pablo la exigencia y tragedia de la Ley, necesaria pero siempre insuficiente. Vivir bajo el dictado del sistema-ley significa asegurar lo que somos y tenemos, pues no tenemos ni somos más que aquello que podemos dominar y manejar con nuestras propias fuerzas. Por ella nos mantenemos en lucha permanente, de tal forma que el 'dios' de la pura historia humana viene a presentarse como guerra de todos contra todos. En contra de eso, la fe cristiana en la resurrección rompe la ley de violencia del todo que quiere divinizarse a sí mismo, pues cada individuo descubre en amor que posee un valor infinito y que puede amar a los demás, pues ha sido amado en Cristo, por encima de la muerte.

En el fondo, la resurrección cristiana se identifica con la gratuidad: con el hecho de que los hombres comparten la vida y la tienen de verdad en la medida en que la entregan. No deben aguardar al fin del tiempo: ya ahora, aquí, ellos viven la experiencia de la pascua realizada. Así recibe su valor y realidad el otro (cualquier prójimo): signo y presencia concreta de Dios. Cada individuo vale por sí mismo, es infinito, no como parte de un sistema glorioso y permanente, sino porque, en su mismo pequeñez, donde el sistema le niega o expulsa, es presencia y vida de Dios, vida que puede compartirse en amor con otros a quienes la regala. Por eso, entregar la vida no es perderla, sino confiarla al Dios-Amor y recuperarla en forma pascual. Así lo muestra la historia de Jesús, que los cristianos entienden como presencia del Reino de Dios y verdad del judaísmo.

Xabier Pikaza Ibarrondo

 

 

Muchos milagros hizo Jesús, pero ninguno tuvo la resonancia y las consecuencias que el de la resurrección de Lázaro, tal como nos lo presenta el Evangelio de este Domingo, con el que la Iglesia nos quiere decir: ¿Sabéis dónde está la vida? ¿Sabéis quién es la vida?

¿Sabéis quién es el que no muere nunca?... ¡Venid a Jesús, y lo sabréis muy bien! Y sabréis también lo que Jesucristo os dio en el Bautismo: la vida divina, y con él la vida eterna hasta para vuestro cuerpo mortal...

Ante las amenazas de los jefes del pueblo que le buscan para matarlo, Jesús se aleja de Jerusalén, y un día lellega un recado de las queridas amigas de Betania, Marta y María: - Señor, aquel amigo a quien tú quieres tanto está enfermo.

Jesús tenía bastante con esta delicada insinuación de las dos hermanas. Pero aparenta no hacer caso, y se queda, como si nada, allí donde estaba. Sin embargo, al cabo de dos días, les dice a los discípulos: - Vamos de nuevo a Judea -.

Pero, Señor, ¿cómo quieres ir allí? ¿No te das cuenta de que te buscaban para matarte?

- Vamos, porque nuestro amigo Lázaro está dormido y quiero despertarlo.

- ¿Dormido? ¡Pues, ya se despertará! -

Os voy a hablar claro: Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros, para que tengáis fe.

Van caminando medio en silencio y con miedo. Hasta que llegan a Betania, muy cercana a Jerusalén, y el recorrido entre una y otra se hace andando en menos de media hora. Las amigas Marta y María, al enterarse de la llegada de Jesús reanudan su llanto, mientras s van repitiendo: - ¡Lástima que no estuvo antes aquí!...

María se queda en casa, con los visitantes que han venido de Jerusalén, jefes judíos importantes, lo cual indica que no se trata de una familia cualquiera, sino de mucha significación. Marta sale al encuentro de Jesús: - Señor, ¿por qué no viniste antes? Si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiera muerto.

- Queda tranquila, que tu hermano resucitará -. Sí, Señor; ya sé que resucitará el último día, cuando la resurrección de los muertos.

Al llegar este momento, Jesús reviste sus palabras de una solemnidad inusitada: - Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto? -

Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo.

Marta no se detiene más, y corre a llamar a María, que, nada más ver a Jesús, se arroja a sus pies y le suelta las mismas palabras que, por lo visto, se han repetido las dos muchas veces en estos días: - ¡Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano!

Jesús no aguanta más la emoción, y rompe también a llorar, ante el comentario de los jefes judíos: - ¡Mirad cómo le amaba, hasta llorar de esta manera! Jesús se repone, se seca las lágrimas, y ordena decidido: - ¡Quitad la losa del sepulcro!

Marta se asusta: - ¡Señor, no! Que ya es éste el cuarto día que lleva enterrado, y debe oler muy mal. -

¡Marta! ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?

Y grita con imperio: - ¡Lázaro, sal fuera! Todos se aterran cuando ven alzarse el cadáver envuelto en sábanas y vendado con fajas. Jesús sigue dando órdenes ante el estupor de todos: - ¡Soltadle todas las ataduras, y dejado andar!...

El silencio que sigue a esta narración del Evangelio dice mucho más que si hubiera proseguido contando la reacción de todos: los gritos de alegría, las lágrimas, los besos y los abrazos...

Para nosotros, este milagro estruendoso de Jesús, que revolucionó a toda Jerusalén, es el signo que Jesucristo nos da de la resurrección futura, la cual seguirá necesariamente a la vida divina que se nos comunica en el Bautismo. ¿Morimos con Cristo y como Cristo?

Podemos quedar tranquilos, que resucitaremos como Cristo resucitó. La muerte no debe darnos temor alguno. Con la resurrección prometida por Jesucristo hemos quedado libres de la esclavitud a que nos sometía el miedo a morir.

Porque la vida eterna no es sólo para las almas: es también para nuestros cuerpos mortales, que deben ser revestidos de inmortalidad. Quien vive la Gracia bautismal, vive muerto al pecado y resucitado a la vida de Dios, del que dice Jesús que es un Dios de vivos y no de muertos...

Quien resucitó a Lázaro y se resucitó a Sí mismo, promete resucitarnos también a nosotros.

Estamos tocando ya en esperanza la resurrección del ultimo día, incluso mucho antes de morir... ¡Señor Jesucristo!

Tu palabra no va a fallar. Tu promesa no dejará de cumplirse. Y nos hablas con solemnidad inusitada al asegurarnos: Yo soy la resurrección y la vida...

Y lo dijiste dándonos una prenda con la Eucaristía: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.

¿A esto nos lleva esa fe en ti? ¿Y esta promesa tiene el recibirte siempre en la sagrada comunión?... ¡Bendito seas, Jesús, Dios de la vida!...

Pedro Garcia cmf

 

 

Creer cuando muere un hermano

El último domingo de la cuaresma, antes de internarnos en la Semana Santa, nos presenta un relato muy jugoso y muy sugestivo para prepararnos en vistas a la pasión. Así lo pensó también el autor del Evangelio según Juan, que ubicó como último milagro de la vida pública de Jesús la revivificación de Lázaro. Elaborando un septenario de milagros que comienzan en la boda de Caná (cf. Jn. 2,1-11), continúan en la curación del hijo del funcionario (cf. Jn. 4,46-54), luego la curación del paralítico (cf. Jn. 5, 1-9), la multiplicación de los panes (cf. Jn. 6,5-15), Jesús caminando sobre las aguas (cf. Jn. 6,16-21), la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn. 9, 1-7) y, finalmente, la revivificación de Lázaro, el autor hace del simbolismo numérico una herramienta. Siete es el número de la plenitud, de lo completo, de lo que proviene de la perfección de Dios. Siete son los milagros que totalizan, muestran en plenitud, la actividad milagrosa de Jesús, que hizo muchos otros signos no contenidos en el Evangelio (cf. Jn. 20,30-31). Juan es muy cuidadoso al no hablar de milagros, como los sinópticos, sino de signos. Se trata de actividades y acciones de Jesús que tienen que llevar a una reflexión más profunda, a la comprensión de una realidad más trascendental que la curación en sí, la multiplicación o el agua convertida en vino. El milagro, en Juan, es un sacramento de algo superior que debemos descubrir.

Así, la revivificación de Lázaro no es sólo la buena noticia de un muerto particular que vuelve a la vida; la Buena Noticia profunda y de fondo es que Jesús es la resurrección y la vida, que la muerte no tiene la última palabra, que vamos a resucitar. El relato está escrito de manera que los puntos importantes se resalten sobre el desarrollo de la trama. La mayoría de los biblistas entienden que la tradición joánica y la tradición lucana tienen varios puntos en común. En este relato, se comparten los personajes de Marta y María, hermanas, también presentes en Lc. 10,38-42, y el nombre Lázaro, que Lucas presenta en otro contexto (cf. Lc. 16,19-31). En la tradición lucana, aparentemente, Marta y María no tienen un hermano llamado Lázaro. Para Juan, sí. Pero más aún, tenemos una comunidad de creyentes, de hermanos que, más allá de lo familiar, son hermanos en Jesús. Marta, María y Lázaro bien pueden ser Iglesia. Es una Iglesia que ha perdido a uno de sus miembros y se está preguntando el por qué; es una Iglesia que se enfrenta al misterio de la muerte sin la presencia física de Jesús, que parece estar lejano, en otro lado, desentendido. Las reacciones de Marta y de María son las reacciones propias de los seres humanos que no pueden vislumbrar a Dios en el suceso de la muerte. La primera solución que proponen es que si Jesús no se hubiese ausentado, Lázaro no habría muerto. La respuesta de Jesús es trascendente: en realidad, Lázaro no ha muerto, porque Jesús es la resurrección y la vida. Su cuerpo puede estar pútrido, pueden haberlo sepultado y llorado, pero por haber creído en Jesús, por ser un hombre abierto a la gracia, Lázaro está vivo en la vida de Dios, que es la vida verdadera. Marta y María están en un plano muy limitado, muy superficial; Jesús, con profundidad, les hace ver que los creyentes no mueren, así sin más, abandonando la existencia; los creyentes prolongan su vida en Dios, porque han dejado que los inunde la gracia, y la gracia es muchísimo más grande que la muerte o el mal.

Esta reflexión teológica, para no quedarse en una espiritualidad desencarnada, tiene una aplicación concreta. Jesús va hasta Betania dando su vida por un amigo, encarnando lo que dirá solemnemente después: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15,13). Por su gran amigo Lázaro, Jesús se acerca a la ciudad que quiere darle muerte. Está cambiando su vida por la vida de un amigo, su vida por la vida de la comunidad de hermanos, su vida por la vida del ser humano. Este camino hasta Betania es el signo de la pasión. Lo espera el juicio y la cruz, lo sabe, pero va igual, por Lázaro. La demora de dos días en ir no es una jugarreta sádica de un superhéroe que sabe que tiene el poder para revivir cuando quiera; es probable que esa demora se deba a la persecución que hay contra Él, y que lo obliga a no levantar mucha sospecha ni mucho revuelo hasta que haya revivido a su amigo, para que no lo apresen antes. Por eso llora frente al sepulcro. Esta demora determina que Lázaro lleve 4 días sepultado. En el relato, los 4 días recuerdan la creencia rabínica de que el alma ronda el cadáver del difunto los primeros 3 días del deceso y, al cuarto día, lo deja para siempre porque el rostro se descompone y ya no puede reconocerlo. Con esos cuatro días, Juan afirma que Lázaro estaba totalmente muerto, y que no había lugar a dudas sobre su estado. No es catalepsia ni narcotismo; Lázaro ha muerto. Su regreso a la vida será símbolo de la resurrección de Jesús que ocurrirá pronto. Algunos puntos del relato hacen contacto entre Lázaro revivido y Jesús resucitado: las lágrimas de una tal María ante la tumba (cf. Jn. 11,33 y Jn. 20,11), la pesada piedra del sepulcro (cf. Jn. 11,38 y Jn. 20,1), las vendas (cf. Jn. 11,43 y Jn. 20,5). Hay una estrecha ligazón entre la resurrección de Jesús y la resurrección del creyente: por una es la otra, sin una no hay la otra. La vida entregada de Jesús por los amigos se prolonga en su vida resucitada que es la prenda de la resurrección nuestra.

Frente a la situación incomprensible de la muerte de un hermano, María y Marta reaccionan. María se presenta más pasional, si vale la expresión. Es referida desde el principio como la que había ungido al Señor y había secado sus pies. Esa situación será narrada más adelante, en el capítulo 12 del Evangelio. Por este desfasaje entre una acción contada como pasada y narrada en el futuro, algunos comentaristas creen que esa aclaración sobre María es una glosa tardía añadida al conjunto original del libro. Lo cierto es que la escena de la unción está íntimamente relacionada con la revivificación de Lázaro, porque es una especie de ritual donde Jesús toma, definitivamente, el lugar de Lázaro. Se hace condenado a muerte en lugar del que ha vuelto a la vida. María, con la unción, es la anfitriona del ritual. La unción coincide con la actitud pasional de María, que no duda en derramar el perfume a la vista de todos, en un gesto de amor explícito y público. A la par de ella aparece Marta, portadora de la confesión de fe. Su primera impresión es la fe judía en una resurrección final (cf. Is. 2,2; Mi. 4,1; Dn. 12,1-3; 2Mac. 7,22-24), pero Jesús la lleva a un nivel superior. La resurrección, más que un acontecimiento temporal del futuro, es un presente en la persona de Él. La resurrección es Alguien, y eso constituye la confesión novedosa de la fe. Marta debe pasar de creer en que su hermano resucitará en un futuro a creer que ya está vivo gracias a Jesús, que la muerte no lo ha hecho desaparecer, sino que lo ha trasladado a la existencia en gracia de Dios. La confesión de Marta es, en perspectiva, la confesión de la comunidad eclesial joánica, que a pesar de ver morir a sus hermanos, los sabe plenos en Jesús; no en el espacio ni en un tiempo paralelo ni en un cielo remoto; sino en Jesús, el Resucitado que los acompaña todos los días.

Leonardo Biolatto

 

 

Superar el miedo a la muerte

Hace unas semanas estaba durmiendo tranquilamente en la cama. Calculo que faltaría una media hora para que sonara el despertador y comenzar el día.

Creo que entré en un estado de semi-consciencia. No se si estaba despierto o dormido. Andaba entre el sueño y la vigilia. Intenté mover los brazos y no podía. Lo mismo me pasaba con las piernas. Era una sensación extraña.

Por mi cabeza pasó como un relámpago una idea: “si no puedo moverme, es que estoy muerto”.

Me sentía a gusto, tranquilo y en paz. Mi siguiente pensamiento fue: “pues no es tan malo esto de estar muerto, como pensaba, me siento bien”.

Finalmente el sonido inconfundible del despertador me sacó de esa insólita experiencia. Evidentemente no estaba muerto y había que comenzar un nuevo día.

Me vuelve a la mente aquella situación porque acabo de leer el siguiente texto:

“En un mundo como el que nos toca vivir, donde la rentabilidad se ha erigido en nueva  divinidad que hay que adorar, todo es prácticamente objeto de explotación, no solo, como  era de esperar, eso que llamamos “naturaleza”, sino incluso la persona humana misma, su  trabajo, su vanidad, su egoísmo, su ambición, su erotismo, sus necesidades…. hasta su  miedo. ¡Qué renta tan fabulosa se obtiene diariamente del miedo de los hombres! Por  miedo a perder un sueldo, un empleo, un nombre, un prestigio, una popularidad; por miedo  a perder la vida… renunciamos a ser lo que somos (hombres libres) y nos vendemos como  esclavos: nos vemos constreñidos a llevar a cabo acciones injustas, degradantes, indignas.  Sería incontable el número de los que tienen sellados los labios con oro, o las manos  atadas con amenazas, o seco de miedo el corazón. A veces suspiramos: “Ah, si pudiese  hablar…, si yo dijese todo lo que sé…; si contase lo que yo he visto con mis propios ojos”.  ¡Pero no hablaremos!

Tenemos miedo. Mucho miedo. Miedo a todo. Miedo a morir. Y  preferimos no pensar en la injusticia que sufre el prójimo.

Preferimos no saber la mentira con que engañan al vecino, no denunciar la opresión que  padece el compañero, cerrar los ojos al hambre del hermano.

Y es que cuando la muerte se ve sólo como “el fin”, la muerte nos aterra. De ahí que -y  no es pura coincidencia- el tirano como el delincuente exploten al máximo el miedo de los  hombres para asegurar el éxito de sus propósitos y garantizar el silencio y la complicidad de  los hombres. Y lo malo del caso es que todo aquel que, por miedo a la muerte, practica o  encubre la injusticia, desfigura o escamotea la verdad, es ya sólo el despojo de una  ejecución anticipada.

Por eso el cristianismo, al anunciar su mensaje de vida y resurrección, está ofreciendo a  la humanidad la única oportunidad de liberación: la liberación de todos los miedos, la  liberación del gran miedo de la muerte. Morir no es fin, más que para los opresores y para  toda opresión”.

A lo largo de mi vida he vivido varias situaciones cercanas a la muerte, y no en sueños. Recuerdo que siempre me ha acompañado una sensación profunda de paz.

No pretendo afirmar que haya superado todo miedo a morir. Pero siempre me llamó la atención la expresión de un escritor ateo muerto hace poco más de un año: “No le temo a la muerte, porque amo profundamente la vida”.

Creo que el mensaje del evangelio de hoy –la resurrección de Lázaro- es una invitación a superar todo tipo de miedo, incluido el miedo a la muerte. Sólo entonces alcanzaremos la libertad necesaria para ser nosotros mismos en la vida de cada día.

Jesús lo consiguió. No le fue fácil. Llegó a sudar sangre. Pero nos mostró que es posible un futuro de esperanza y de vida plena. Un futuro que hemos de comenzar ya aquí en esta vida.

No quiero extenderme más. Sólo invitarte e invitarme a enfrentar nuestros miedos y a descubrir nuestras posibilidades de libertad.

Bernardo Baldeón

 

 

El funeral de la vida y la fiesta de la muerte.

Para el Señor no existen los imposibles. Si la semana pasada hablamos de disfunciones, es decir enfermedades, refiriendo aquellos ojos que no ven, los oídos que no escuchan, las manos que no trabajan o los pies que no saben caminar. El día de hoy las situaciones se han disparado en cuanto a grado de dificultad se refiere: ya no se trata de disfunciones, como el órgano de un cuerpo que no funciona, sino que se trata de una defunción. Hoy se nos habla de un Defunctus: aquel que ha dimitido en su función.

Ya no se trata tan sólo de un órgano que no funciona, sino que el milagro que hoy tiene que realizarse es con una persona que ya no funciona.

Y esta situación nos permitirá visualizar a Jesucristo como el dueño y Señor de la vida. Es por ello, que quisiera pedirte permiso para que el día de hoy analicemos en su conjunto los tres relatos de resurrección que se nos ofrecen en los Evangelios.

2. Jesucristo resucitó a Lázaro, hermano de Martha y María, como lo leemos en este día, pero también resucitó a la Hija de Jairo y a aquel hijo de la viuda de Naím. Pero,... vayamos por orden en cuanto a las edades biológicas se refiere para que después podamos aterrizar en un contenido global, que pueda favorecer algunos elementos que el día de hoy se nos presentan.

3. Jesucristo es dueño y Señor de la vida en cualquier etapa que estemos viviendo las personas: al resucitar a la Hija de Jairo, el Señor le está devolviendo la vida a una niña pequeña, al resucitar al hijo de la viuda de Naím el Señor realiza el milagro de la vida con un joven, y al resucitar a Lázaro está regresándole la existencia a un adulto.

Así mismo, Jesucristo es el dueño y Señor de la vida, independientemente del grado de dificultad o del tiempo que pudiera haber transcurrido desde que se interrumpieron los signos vitales en una persona: así resucita a la Hija de Jairo cuando han pasado algunos momentos de su muerte, el Señor iba de camino y le piden que ya no llegue a la casa puesto que la niña ha muerto, y el Señor manifiesta que la niña está dormida y le dirá: Talita Kum, Niña levántate; en el caso del Hijo de la Viuda de Naím, el Señor se topa con el cortejo de la muerte, ya llevan a sepultar a aquel joven, lo cual significaba que llevaba apróximadamente unos dos días de muerto y el Señor le dice: Joven, a ti te lo digo, levántate; y, finalmente, el caso de Lázaro, que hoy leemos, es mucho más complicado,... y es que ya lleva cuatro días en el sepulcro, y hasta la misma hermana del amigo le dice al Maestro que Lázaro ya está experimentando el proceso natural de la descomposición, y el Señor grita ante la sepultura: “Lázaro, sal de ahí”.

Jesucristo es el dueño y Señor de la vida, y es aquel que le ofrece el consuelo a cualquier persona que se acongoja humanamente a su benevolencia, ante la propia pérdida de un ser querido: en el caso de la niña de Jairo se trata de un padre que está experimentando el dolor en el corazón; en el caso del joven, hijo de la viuda de Naím, es una mujer viuda la que después de haber perdido su nexo con el pasado al enviudar, ahora ve desanudarse el lazo con el presente y con el futuro al perder al único hijo; y en el caso de Lázaro ya no será ni un padre ni una madre, sino unas hermanas estrechamente vinculadas en un afecto fraterno al amigo del maestro, las que están llorando por el hermano que ha muerto.

Fíjate, cómo Jesucristo es el dueño y Señor de la vida al resucitar tanto a la niña, como al joven y así también al adulto; Cristo es el dueño y Señor de la existencia no importando el tiempo que hubiera transcurrido desde que se detuvieron los signos vitales: pueden ser instantes como en el caso de la niña, dos días de muerto en el joven de la viuda o hasta cuatro días no de muerto sino de sepultura en el caso de Lázaro; Jesús es el dueño y Señor de la vida y es el único que le puede ofrecer la paz tanto al corazón del padre, como al de la madre y, así también al de las hermanas.

4. Sin embargo, tenemos que decir que en estos tres relatos de resurrección se nos presentan situaciones muy distintas a las que acontecieron en la noche de la Pascua, en la que Jesucristo resucitó, y hacia la cual nos dirigimos en nuestro recorrido cristiano.

Y la razón ya la tenía en los labios Martha al señalizar que ella creía en que su hermano resucitaría en la resurrección del último día.

El Señor no obstante realiza en Betania una de las señales que atraerá la fe de muchos judíos, y que a la postre será como la gota que derramará el vaso de las intenciones del Sanedrín, aquellos que ya quieren acabar con la vida de aquel que devuelve la vida.

Tú y yo sabemos que aquella niña, la hija de Jairo volvió a morir, sí tu quieres después de 50 años, y hasta podemos imaginar que ella llegó a tener una familia y que fue feliz, pero la muerte biológica es algo que en algún momento iba a regresar a la habitación de su existencia. Así mismo, somos conscientes de que el hijo de la viuda de Naím también un día vio interrumpidos sus signos vitales, quizá después de haber hecho abuela a la que un día fue viuda, y quien recibió del Señor Jesús la oportunidad de rehacer su presente y su futuro en aquella resurrección que nadie solicitó al Nazareno y que brotó más bien de su corazón bondadoso que le desgarra su corazón divino el ver las lágrimas de una madre de familia, y es que el fantasma de la hermana muerte un buen día iba a sobrevolar y a ejecutar su danza sobre el tejado de su casa. Finalmente, es obvio que con Lázaro ha sucedido exactamente lo mismo que a los anteriores dos personajes,... cinco, diez, quince, veinte o más años después, pero un día tenía que dar el paso del tiempo a la eternidad ayudado por la complicidad de una muerte que de enemiga se ha convertido en la mejor de las amigas.

5. Lo anteriormente mencionado no sucederá con Jesús, una vez que el domingo de la Pascua nos acceda a la escatología que ha irrumpido en la historia de los hombres en aquella madrugada del primer día de la semana.

Y, ¡Fíjate! Como suele ser tanta nuestra confusión, que hoy existen tantas personas que al perder a un ser querido parecen reclamarle a Dios lo acontecido, y hasta le dicen retadoramente entre sus oraciones y llantos que: “si Él resucitó a Lázaro, que resucite también a su hijo, a su hermano, o a su esposo...”

Y hoy, tengo que decirles, que nosotros no esperamos participar de una resurrección como la de Lázaro, y es obvio que tampoco como la de la hija de Jairo ni como la del hijo de la viuda de Naím, sino que esperamos una resurrección como la de Jesús, como aquella que aconteció el domingo de Pascua en la que Cristo ya no ha de morir, mientras que aquellos que hemos mencionado volvieron a morir. ¿Te das ahora cuenta de cómo un mismo término se utiliza para referir conceptos y realidades tan distintas?

 

 

Darle cuerda nuevamente al reloj

Parecería que Dios no ha comprendido acerca de las necesidades  que vive el hombre y parecería que el hombre no capta aquello que es necesario en la voluntad de Dios.

El Señor Jesús al parecer no había captado aquella emergencia que se estaba viviendo en la casa de Betania, y al mismo tiempo, parece que los hombres no hemos asimilado adecuadamente la lección que Dios quería ofrecernos en Betania.

El Evangelio enfatiza, muy a propósito, el gran afecto de parte de Jesús para con aquel enfermo y para con aquella familia, y parece querer subrayar el propósito con el que se efectúa aquella tardanza humanamente incomprensible a causa de los afectos.

2. El hombre tiene que aprender a interpretar la tardanza de Dios, sobretodo cuando empieza a desesperarse en medio de sus propias necesidades, como una invitación para que en ningún momento ni circunstancia se desfallezca en la esperanza.

Al parecer, en no pocas ocasiones, Dios se tarda o en escuchar las oraciones o en atender las necesidades,… y esta interpretación humana se puede dar desde la misma pérdida de Jesús en el templo cuando tenía los doce años de edad y que fue encontrado hasta tres días después de haber sido perdido, al parecer también se tarda en reaccionar cuando la tempestad está zarandeando la embarcación en la mar de Galilea, así también parece tardarse cuando aquel funcionario real le dice con afecto: “No tardes, porque mi muchachito puede morir”,… y así sucede ahora que en medio de la emergencia se detiene dos días más en aquella población.

3. Y es posible que lo primero que tú y yo tenemos que asimilar en este día es precisamente este tema tan importante acerca de la diferencia existente en el tiempo de Dios y el tiempo de los hombres.

Y es que la sucesión de los instantes en Dios se le llama eternidad y aunque pareciera que en ocasiones Dios no capta las urgencias en el hombre, él tiene siempre una solución independientemente de las agravantes que se adquirieran con esta sucesión de instantes llamada tiempo en los hombres.

Lo mismo puede Dios hacer el milagro con el hombre en disfunción como con el hombre que vive la defunción. Dime, ¿No es acaso Él el que nos ha dado la vida a todos nosotros?

Y no obstante más allá de la salud en esta vida o incluso de un revivir a esta vida, el verdadero milagro que Él quiere compartirnos es el de una resurrección en la misma calidad que la suya. Pero los hombres parece que no hemos terminado de asimilar el proyecto de Dios en la eternidad y queremos eternizar el tiempo.

Acerca del tiempo decía Antonio Machado que El hombre es el único ánimal que usa relojes. Es decir está señalizando la Conciencia de nuestra temporalidad, del fluir de la vida y como lo decía José María Cabo de Villa: en los relojes de la vida: Todas las horas hieren, pero la última mata.

El tiempo todo lo desgasta: oxida las armas, despinta la bandera. Hace ridículos los vestidos, arruga los rostros, consume los plazos de la poliza, pone un límite al solemne compromio del amor humano y constituye un desafío a las promesas humanas, y aún a pesar de todo lo anterior, para todos aquellos que creemos en el Dios de Jesucristo, el tiempo no es más que la antesala de nuestra eternidad.

4. ¿Qué sí acaso existe una diferente valoración de este tiempo en los hombres cercanos a Dios y los que su cercanía se ha limitado a una pura aproximación?

Bastaría que un día te dieras la vuelta a unas capillas ardientes para así identificar a aquellas personas que poseen una fe auténticamente cristiana y aquellos que en el desconocimiento se han perdido de lo mejor. Allí te encontrarás con personas que lloran por igual pero que lo hacen de una forma distinta. Unos lloran por amor y por dolor como el mismo Jesús ha llorado por el amigo, mientras que otros lloran porque han desanidado de su corazón la fe sincera así como una auténtica esperanza.

Decía Don Miguel de Unamuno que “el alma es un manantial que sólo se revela en lágrimas. Hasta que se llora de veras no se sabe si se tiene o no alma”, y esto es cierto, aquellos que lloran por amor y por dolor no pueden evitar que ese manantial de afecto que llevan en el alma se pueda desbordar a través del cauce de sus lagrimales,… pero aquellos que no tienen ni fe ni esperanza lo que no pueden contener es su propia frustración y amargura. Ambos lloran en el mismo lugar, pero mientras que aquellos que lloran por amor y por dolor lo hacen apaciblemente, aquellos que han perdido la fe y la esperanza lo hacen rompiendo la placidez de aquel recinto y provocando que la piel se erice en no pocos, y todavía en medio de sus lágrimas se escuchan sus más amargados reclamos: “¡Si tú resucitaste a Lázaro!, ¿Por qué no resucitas a mi familiar?”

5. Y tendríamos que decirle a estas personas que ni tú ni yo esperamos compartir una resurrección como la edxperimentada por la hija de Jairo, ni como aquella del hijo de la viuda de Naím, ni tampoco como la resurrección de Lázaro.

Es necesario dejar en claro que ni tú ni yo les envidiamos la resurrección a ellos. No les envidiamos su regreso a esta vida, puesto que esperamos una vida mejor y por lo tanto una resurrección gloriosa como la de Jesucristo. No los envidiamos a ellos estrictamente, aunque sí tenemos que admitir que existe algo que sí envidiamos: envidiamos la calidad de vida y el gusto por la misma vida que ellos debieron llevar después de su resurrección personal en el tiempo.

6. Imagínate por un solo momento a este Lázaro que hoy está recibiendo una segunda oportunidad en este mundo. ¡Él si tuvo que vivir cuando regresó de la muerte! ¡Él sí tuvo que vivir a contrarreloj cada una de las horas de su calendario! ¡Él si tuvo la oportunidad de aprovechar cada instante de tiempo! Me lo puedo imaginar después de resucitar, a veces, saboreando el resplandor de sol en su rostro, y también asimilando las caricias de la lluvia cayendo en sus mejillas, e incluso agradeciendo a Dios hasta por los ventarrones así como disfrutando del frío de la noche.  Le puedo casi ver inclinarse junto al brocal del pozo y bebiendo respetuosamente el agua cristalina, haciendo un cuenco con su propia mano, despacito y a sorbos, como si fuera el más añejo de los vinos de la mejor de las cepas. Le puedo imaginar agradeciendo y disfrutando por aquellos alimentos a los que poco tiempo atrás pudo haberse acostumbrado, así como convirtiendo en un verdadero banquete cada una de sus ya muy rutinarias horas de comida.

Le sueño sabedor, como muy pocos, de que, precisamente la vida es corta, de que hay que amarse a fondo, pero respetando a quienes están con nosotros, disfrutando extraordinariamente de aquellos seres a los que por la polilla de la rutina nos acostumbramos, tal como suelen ser nuestras hermanas,... padres, amigos, tu esposo o tu esposa, tus hijos y todos nuestros demás seres queridos.

7. La resurrección de Lázaro nos recuerda a todos que solamente aquellas personas que hayan experimentado la cercanía de la muerte saben valorar auténticamente la vida y sus regalos. Solamente las personas que hayan pasado por la experiencia de una enfermedad grave o que les hayan “desahuciado” médicamente y “hayan vuelto”, sólo ellos saben el verdadero significado de una palabra sagrada tantas veces profanada: la palabra vida.

El contraste entre las luces y las sombras nos hace resaltar el ser auténtico de las cosas. Y es así como aquellos que hayan experimentado el cansancio saben lo que es el descanso, los que conozcan el sol desgastante conocen acerca de la placentera sombra, los que hayan sentido la sed agobiante conocen lo reconfortante que es un vaso de agua, y aquellos que hayan caminado cerca de la enfermedad y de la muerte podrán saborear de seguro y con avidez la alegría de vivir.

8. La resurrección de Lázaro le ha cambiado la vida de aquella familia mientras que la resurrección de Jesucristo ha cambiado nuestra propia historia y ha cambiado toda la historia.

Nuestra vida cristiana es una fiesta, no un funeral. Pero no hay fiesta sino se vive auténticamente, aún a pesar de cualquier situación difícil, entre ellas la aparente tardanza de Dios en nuestras vidas y en medio de nuestras dificultades.

Al respecto te quiero compartir una escena de la vida que nos comenta Patt Barnes en el Guidepost de hace algunos años:

“La vendedora de flores sonreía; su arrugado rostro resplandecía de gozo. Por impulso, tomé una de sus flores.

Se ve usted muy feliz esta mañana – le dije.

- ¡Claro! – exclamó-. Sobran los motivos.

Aquella mujer vestía tan pobremente y le veía frágil, que su actitud me intrigó.

- Sobrelleva sus problemas admirablemente – la elogié.

Ella me explicó entonces:

- Cuando crucificaron a Cristo, el Viernes Santo, fue el día más triste de la historia. Y tres días después, Él resucitó. Por eso yo he aprendido a esperar tres días siempre que algo me aflige. Las cosas siempre se arreglan de una u otra manera en un lapso de tres días.

Seguía sonriendo al despedirse de mí. Sus palabras me vienen a la mente cada vez que estoy en dificultades: “Hay que esperar tres días y todo se resuelve.” Y es verdad.  

9. El Señor en ocasiones parece que se tarda y tú y yo debemos aprender dos cosas: primero que todo es posible para Él independientemente de lo que suceda y segundo, el tiempo no le afecta a Aquel que la sucesión de los instantes recibe el nombre de eternidad.

 

 

La cloaca de los espectadores

1. Aunque con frecuencia las creaciones humanas sobreviven a sus autores, siempre estarán abocadas a la muerte, y su valor estará circunscrito por el tiempo y el espacio. Esto es constatable en la historia, así se llamen civilizaciones, imperios, reinos, empresas o negocios...

Aún aquellos hombres de la historia más ufanos, engreídos, soberbios y orgullosos, un día han quedado sepultados en el laberinto del olvido bajo la arena del desierto o se encuentran, a lo sumo, como una referencia en los libros de historia. También, han caído por su propio peso los gruesos muros y los antiguos sistemas que hasta hace poco tiempo se llegaron a considerar intocables, sólidos y perennes; ¿y los actuales?, los actuales también son transitorios. ¿Cuánto tiempo les durará la vida? Solamente Dios lo sabe.

La transitoriedad de las cosas terrenas era conocida, incluso por nuestros hermanos, que vivieron en esta amada tierra mucho antes de la llegada de los Españoles. Así reza uno de sus muchos y muy hermosos Cantares:

“ ¿Acaso de verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.

Aunque sea jade se quiebra,

Aunque sea oro se rompe,

Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,

No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí” (Ms. Cantares Mex., fol. 17r).

Lo anteriormente referido, pudiera antojársete como apuntando hacia el absurdo, ésto sería así, sólo en el caso de no ser iluminado con el acontecimiento de Cristo.

2. La estancia de Cristo, que comparte las situaciones humanas con nosotros, desde su nacimiento en este mundo, será la mejor garantía de que no hay nada de ingrato o de injusto en la existencia humana.

No obstante, será solamente la muerte y la resurrección de Jesucristo, la que nos ofrecezca el testimonio de que la existencia humana es buena, y de que todo en ella tiene un sentido.

El acontecimiento Pascual nos muestra cómo la vida y la muerte también se encuadran en el plan divino de la salvación, y cómo Dios sabe obtener el bien del mal.

Si la Encarnación del Divino Verbo ha sido la entrada de Dios en la historia, entonces la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, hecho hombre, es el ingreso del hombre a la metahistoria, es decir el acceso a aquellas realidades que están más allá del tiempo y del espacio.

3. En Cristo, hemos comprendido que la muerte no es el término del existir sino que se convierte en el paso, la entrada y la liberación. La muerte es la salida de una condición y de un estado esclavizante para poder entrar en una situación de plenitud y de victoria.

Diría Santa Teresa de Ávila, que la muerte es solamente nuestra salida de una estancia de segunda para ingresar a la posada de la eternidad. La muerte, refiere la santa, debe ser contemplada como esa alegría que obtenemos al dejar el hospital, aún con la nostalgia de los médicos y las enfermeras con los que nos hemos familiarizado en el trato de la caridad.

Todo lo anteriormente referido, le ha heredado a la Iglesia el verdadero conocimiento en torno al destino final del hombre. La muerte es vista con los ojos del resucitado. La salvación eterna se encuentra solamente en Cristo Jesús.

4. No podemos desligar esta tercera reflexión de la que compartíamos en ese segundo segmento en el que hacíamos memoria de la comprensión que de la muerte tienen los santos.

¿Sabes? Sobre las distintas apreciaciones acerca de la vida y de la muerte de aquellos que llegaron a vivir la etapa adulta de la fe, en lo personal me agrada esa última lección de cristianismo que le da Santa Mónica a su hijo, san Agustín.

Están ambos residiendo en Hostia, un puerto cercano a la ciudad de Roma, y una noche, en que santa Mónica experimenta el dulce vuelo del angel de la hermana muerte sobre su tejado, le pide a su hijo Agustín que le ayude puesto que quiere caminar en la playa, y experimentar en sus pies descalzos la humedad de la arena que ha sido bañada por las olas.

Agustín se ha aprestado a cumplir la voluntad de su madre, pero esa noche percibe la notable dificultad que tiene su madre para desplazarse, su caminar es humanamente torpe aunque lleva una sonrisa en su rostro. Por primera ocasión, de manera consciente contempla Agustín a su madre desgastada por el peso de los años, y se da por enterado de que gran parte de su desgaste físico ha sido ocasionado por sus actitudes renuentes de la juventud. Llora en el silencio Agustín mientras que lleva a Santa Mónica del brazo. Ella voltea a mirarlo y gracias a la luz refleja de la luna mira aquellas lágrimas de arrepentimiento rodar por sus mejillas, es entonces que san Mónica le dice a su hijo, unas palabras que su mismo hijo nos ha compartido en el libro de las Confesiones: “No llores si me amas, si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo.

Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos.

Si pudieras ver los caminos, el horizonte y los senderos por los que ahora atravieso.

Si pudieras contemplar como yo, la belleza ante la cual las bellezas languidecen.

¡Créeme!, el día en que tu alma vuele hasta este cielo, al cual yo te he precedido.

El día en que la muerte venga a desatar los nudos como ha roto los que a mí me encadenaban.

Ese día me volverás a ver, y encontrarás en mi corazón tus ternuras aumentadas.

Me verás en la transfiguración, en éxtasis, feliz. Ya no esperando la muerte sino avanzando juntos.

Pues te llevaré de la mano por senderos nuevos de la luz y de la vida.

¡Enjuga pues tu llanto, y no llores si me amas!”.

5. Santa Mónica, una madre cristiana, le estaba dando a su hijo la última lección sobre la doctrina de Cristo. Le estaba explicando el último artículo de nuestra Fe que profesamos domingo a domingo: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”

¿No te has dado cuenta? Para los cristianos la muerte no puede ser un camino cortado sino una meta alcanzada.

6. En Cristo nos encontramos ante un Reino que no termina, más aún ante un Reino que se proyecta hacia la eternidad.

Sabemos que todo lo que nace de abajo es transitorio, inconsistente, limitado, condenado a la muerte. De abajo nace la prepotencia, la tiranía de todo género, la violencia, la injusticia, la codicia y los egoísmos.

Lo que nace de Dios es eterno, victorioso, glorioso y universal. De arriba nace la bondad, el amor, la justicia y la verdad.

La entrega desinteresada, la fidelidad, la compasión, la vida y la paciencia cuando son verdaderas, provienen de Dios.

Sobre la tierra nada hay que sea definitivo, siempre, ahora y luego, la vida verdadera se obtendrá como un encuentro con la luz y como una transformación de lo caduco.

Pero... ¿Cómo podremos obtener la vida verdadera que traspasa lo espacio-temporal? ¿Cómo podemos tener parte en ese Reino del que nos quiere hacer partícipe Aquél que es el Rey eterno?

Quiero decirte una cosa antes de continuar: La muerte para los cristianos no es algo que nos sucede sino Alguien que sale a nuestro encuentro.

7.-     Y ahora sí hablemos sobre las actitudes que tenemos que tener en lo cotidiano para que cuando Él venga a nuestro encuentro podamos decirle: Te estábamos esperando.

Se trata de no quedarnos tan solo como espectadores en la vida. Hay quienes han decidido en su modus vivendi ser sólo espectadores, y el Señor nos invita para que no tengamos los brazos inactivos. Él nos invita para que no nos pasemos la vida parados contemplando lo que Él hace sólo con los brazos cruzados. ¡Quiten la roca!

Hablemos sobre los muertos, y no precisamente sobre los que han experimentado la muerte sino sobre aquellos que aún cuando andan caminando, en la realidad ya no viven.

Y por desgracia nos damos cuenta de que esta nuestra vida es un juego en donde hay pocos jugadores y la mayoría nos conformamos con ser espectadores. Aquellos que sólo miran son las hordas que vagan por la vida sin sueños, sin objetivos, sin planes, sin pensar siquiera en el día siguiente.

¿Eres jugador o eres espectador? ¿Qué deseas de la vida? Date todas las probabilidades de triunfar y si fracasas, aprende a fracasar luchando. Y, es que, no hemos entendido que nuestros mejores rasgos y características pueden debilitarse, al igual que nuestros músculos, si no se emplean constantemente.

8. Todo el  mundo reconoce que para vivir es necesario dar, participar, colaborar, sentirse útil,...

Y es que nuestra vida es un proceso de crecimiento. Se empieza exigiendo al nacer, se pasa a dar para recibir, y se descubre la plenitud dando sin esperar.'

En estas condiciones, debemos considerar  que el juicio final no será sólo un día sino que es, ya desde ahora, un tribunal en sesión permanente.

Hay que aprender a dar el paso del deseo al amor, el paso del instinto al servicio en el dar.

El hombre puede tener la seguridad de que nuestro final será el paso y la consecuencia de lo que hayamos hecho en el presente, y a esto no debemos tenerle miedo, a nuestro egoísmo sí hay que tenerle miedo.

Si un embrión pudiera tener conciencia de elección, evitaría abandonar el conocido lugar en el que se va desarrollando y en el que sólo está recibiendo, porque no ve otra realidad.

La placenta del hombre es este mundo y no quiere salir de él porque desconoce la realidad total, porque no puede ver más allá de sus límites, pero si desarrolla ahora sus capacidades más profundas en el amor manifiesto, a través del amor sincero obtendrá una fuerza que es la fe y la esperanza, con esa fuerza podrá vivir cada acontecimiento, aún aquellos que le pudieran resultar difíciles o negativos, no como un obstáculo, sino como sucesos que van construyendo su futuro ya desde el presente.

Rogelio Narvaez Martinez

 

 

Nexo entre las lecturas

La victoria de la vida sobre la muerte es el centro de atención de este último domingo de cuaresma. Esta victoria tendrá lugar sólo en el misterio pascual de Cristo: pasión, muerte y resurrección, pero en esta liturgia se prefigura ya en la visión del profeta Ezequías de los huesos muertos que recobran vida (1ª lectura) y, sobre todo, en la resurrección de Lázaro (Evangelio), el amigo de Jesús. El tema de fondo es de gran interés: la muerte es y ha sido siempre un gran enigma para el género humano. Podemos decir que después de los evangelios de cuaresma de la samaritana, del ciego de nacimiento, éste último de Lázaro promueve la esperanza del hombre pecador a una altura inimaginable. Aunque uno esté muerto por sus pecados y sus culpas, es más grande el poder del Señor que lo salvará.

Mensaje doctrinal

1. La Resurrección de Lázaro y la pasión de Jesús. La liturgia de este día nos prepara de modo inmediato para vivir la pasión de N.S. Jesucristo. Jesús aparece en el evangelio de la resurrección de Lázaro como aquel que tiene poder sobre la muerte. Él es verdaderamente la resurrección y la vida y lo demuestra con los hechos. Se cumplen así las palabras del mismo Juan en otra parte de su evangelio: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). El Señor es amigo de la vida y no se complace en la muerte de los vivientes. Aquello que para el hombre resulta imposible, como el dar vida a unos huesos áridos o resucitar a un muerto, es posible para Dios, porque para Él nada es imposible. La resurrección de Lázaro es el último milagro que Jesús cumple antes de su Pasión. Es la conclusión de todos los “signos” que coloca San Juan en una especie de “crescendo”. Para que el hombre pueda tener vida, para que sea derrotado el “ultimo enemigo, la muerte” (cf. 1Cor. 15,26), es preciso que el Cristo ofrezca su vida, sufra su pasión, muera y resucite. Jesús que está caminando con decisión hacia Jerusalén para cumplir con su misión, parece que quiere mirar la muerte anticipadamente aquí en Betania y anunciar su derrota definitiva. Cristo ofrece aquí ya un signo y una prenda de la resurrección del último día al devolver la vida a Lázaro. Anuncia así su propia resurrección que, sin embargo, será de otro orden.

2. El amor de Jesús. En la escena de Betania llama poderosamente la atención la frecuencia con la que el evangelista muestra a Jesús conmovido. Se le anuncia en frase concisa y bella que “el que ama está enfermo”. Se dice que Jesús amaba a Lázaro y a sus hermanas. Al ver llorar a María y a los que la acompañaban Jesús se turba, solloza, se siente conmovido. Más tarde Jesús se echa a llorar y, nuevamente, ante la tumba muestra su pesar. Se revela así de un modo sencillo la enorme compasión del Señor, su rica sensibilidad, su humanidad. Él es verdadero Dios y verdadero hombre que comparte solidariamente la suerte de los mortales. Él es el buen samaritano que al ver la desgracia del transeúnte se mueve a compasión, Él es el buen pastor que da la vida por sus ovejas. Dios y hombre, perfecto en su humanidad y perfecto en su divinidad. En él comprendemos que Dios es amor. Con acierto se dice que el pasaje de la resurrección de Lázaro es un compendio de la Cristología, un evento fundamental de la revelación de Jesús. Ecce homo: he aquí el hombre perfecto en su humanidad. Ecce Deus: he aquí Dios Señor de la vida y de la historia.

2. Creer en Jesús es ya vencer la muerte. El pasaje de la resurrección de Lázaro muestra, no sólo el poder de Cristo sobre la muerte, sino que subraya algo más: el creyente está de tal manera unido a Jesús que ni siquiera la muerte lo podrá separar,en otras palabras, el creyente no morirá para siempre. Esta enseñanza se manifiesta en la conversación entre Marta y Jesús. El resultado de la fe, según este diálogo, es la posesión de la vida eterna: “el que cree en mí no morirá para siempre”. Una posesión que inicia ya en el momento presente. No es necesario esperar al “último día” para poseer ya en prenda la vida eterna. Santo Tomás comenta: La fe es una virtud propia del espíritu con la cual comienza en nosotros la vida eterna” (S.Th II-II c.14,1c). Si toda imaginación nada resuelve ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la divina Revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, más allá de los límites de las miserias de esta vida (Cfr. Gaudium et spes 18).

Sugerencias Pastorales

1. El que amas está enfermo. Aquello que más consuela a la persona humana es el sentirse amada, sentirse eternamente amada, y por eso, es preciso que el hombre vuelva su mirada a Cristo, revelador del amor del Padre. El paso del tiempo va dejando sus huellas en la vida del hombre en su espíritu y en su cuerpo: a la infancia sucede la juventud y a ésta la edad madura y la vejez. Nuestro cuerpo sufre el deterioro ocasionado por el tiempo. La sensación de encaminarse hacia el atardecer de la vida está presente en la vida del hombre. Es preciso, por tanto, volver a estas palabras del evangelio: “El que amas está enfermo”. En medio de la enfermedad y del dolor y de lo inevitable de la muerte hay “alguien” con mayúscula que me ama con amor infinito. La persona que atraviesa por la prueba de la enfermedad puede sentir la seguridad de que Cristo la ama y la acompaña en este trance de su vida. José María Rilke lo expresó de una forma poética:

Caen las hojas

Caen como de lejos

Caen como si se marchitasen lejanos jardines en los cielos.

Caen con ademanes que parece que todo lo niegan....

Todos nosotros caemos...

Y sin embargo, hay uno que -con infinito cuidado-

sostiene ese caer en sus manos.

En nuestras parroquias hay muchos enfermos que necesitan del amor de Dios. Renovemos nuestro espíritu auténticamente cristiano para salir a su encuentro. No podemos sentirnos indiferentes ante ellos. Promovamos entre nuestros fieles una nueva sensibilidad por el que sufre, por el anciano abandonado, por el enfermo que no puede sanar, pero que puede ser “curado”, es decir, cuidado y amado. Ellos, los enfermos ,son “otros Cristos”, son “los amigos del Señor” que esperan nuestra visita.

2. El Señor está aquí y te llama. Dios llama al hombre a una altísima vocación: participar de la vida divina. Esta vocación se actúa en cada uno de modo particular. Por eso, no debemos de cansarnos de lanzar las redes para la pesca. El Señor llama a los hombres a su amistad: a unos los llamará a la consagración total en el sacerdocio o en la vida consagrada, a otros los llamará a la increíble vocación familiar, a otros los llamará a una vocación de total servicio de los demás, pero a todos los llama a participar de su amor. Nosotros debemos ser los pregoneros de la llamada de Dios, debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para promover el surgimiento de la vocación divina, especialmente la consagrada, por la necesidad de los tiempos actuales. No nos asuste la aparente indiferencia actual. El mundo sigue necesitando de Dios y de pregoneros de su amor. Es muy interesante aquel diálogo del Cura de Ars con el Señor:

Señor, ¿por qué me enviaste al mundo?

Para salvarte, respondió el Señor.

Y, ¿por qué quieres que me salve?

Porque te amo.

Aquí está el secreto de toda vocación: “porque te amo”.

padre Octavio Ortíz

 

 

Mover las piedras

El trasfondo de la lectura que contemplamos hoy es durísimo: se había emitido una orden de arresto contra Jesús de Nazareth por parte de las autoridades religiosas, orden que debía efectivizarse sin más trámite y, eventualmente, mediante el uso de la fuerza. Lo buscaban como a un criminal peligroso, un enemigo público, y quizás toda acción judicial posterior sólo guardaría las formas aparentes porque en la raíz de sus mentes esos hombres habían dictaminado su muerte.

Por todo ello, el Maestro trataba de evitar los caminos de Judea pues allí se lo buscaba con mayor énfasis: ello, en realidad, implica que no será la mortal eficacia de sus enemigos la que decidirá su Pasión sino más bien el fruto de su entrega libremente asumida en fidelidad con el Padre.

Aún así, la escena parece transcurrir entre cuestiones de amigos.

Los discípulos, tal vez con una amistad más profunda por parte del Señor que de ellos mismos. No aceptaban ni comprendían la misión de Cristo y se aferraban a los viejos esquemas de un Mesías victorioso, de poder arrollador y nó este pretendido destino de Servidor humilde y manso.

Los amigos de Betania, Lázaro, Marta y María, unidos al Maestro por un afecto entrañable. Por ello la casa familiar de Betania es espejo de la Iglesia que amamos, ámbito cálido y familiar en donde Cristo se encuentra a gusto, en hogar que lo hospeda como un hermano.

Pero sobreviene la enfermedad y la marcha inexorable de la muerte que parece tragarse todo. Y a pesar de las cercanías, Él parece demorarse sin razón, deshoras y destiempos arrasados de lágrimas.

Sus tiempos no son los nuestros, claro que nó. Y frente a la desolación, los reproches, las quejas, las resignaciones producto del cansancio pero también de las imposiciones razonadas, bajen los brazos, lo siento mucho, no hay más nada que hacer.

Y tras todas las letanías acongojadas, un solo mensaje, creer, confiar.

Lázaro sale del sepulcro por el amor y el poder de Aquél que es la vida y la resurrección. Lázaro sale del sepulcro para que luego ingrese el Señor.

Es necesario, junto con los dolientes, mover las piedras que obturan todos los recintos en donde impera la muerte, especialmente los cordiales en donde se nos afincan las miserias, los quebrantos, los miedos.

Que la voz fuerte de Cristo espante todas las muertes, porque con todo y a pesar de todo y de todos, Él todo lo puede y la vida prevalece.

 

 

Lázaro de Betania

Betania, indican las Escrituras, se encuentra a quince estadios de Jerusalem, o sea, a casi tres kilómetros de la Ciudad Santa, una distancia muy corta aún en la Palestina del siglo I.

En esa pequeña ciudad Jesús de Nazareth se encontraba a gusto, como en casa propia, con la cálida intimidad y tranquilidad de los amigos. Lázaro y sus dos hermanas, Marta y María, eran amigos del Maestro y lo amaban tanto como Él los amaba a ellos, se querían sin demasiados aspavientos, un quererse que se vive antes que se declama, y es precisamente símbolo de esa familia grande que conocemos como Iglesia, una familia en donde todos y cada uno cuenta, donde los vínculos son de profundos afectos espirituales, y donde por sobre todo Cristo se encuentra a gusto, en casa.

Jesús se encontraba lejos, escapando de aquellos que lo perseguían porque el tiempo de su Pasión y de su muerte no estaba atado a los caprichos de sus ejecutores, sino a la libertad en como Él entrega su vida.

En parte por ello, cuando le avisan de la enfermedad de su amigo Lázaro -que significa en su raíz aramea aquel a quien Dios ayuda- hubiera sido imposible que hubiera de llegar a tiempo, por las distancias a recorrer.

Sin embargo, Jesús no vacila y se pone en camino en búsqueda de su amigo. Y es frente a la protesta de los discípulos -los riesgos eran grandes e inminentes- reafirma en Él mismo las primacías de Dios: Él vá en camino hacia Judea antes que a Betania, a la zona riesgosa en donde se le busca con denuedo para detenerle, para ejecutarlo, para suprimirlo.

Pero el rabbí galileo exhibe cierto grado de imprudente locura, pues nada lo arredra ni se detendrá ni un segundo a la hora del socorro, aún cuando deba poner en riesgo su misma existencia a favor de un solo amigo.

Pero la enfermedad y la muerte se han cebado en el cuerpo del amigo, y parece que es tarde. Marta y María, anegadas de dolor, reprenden la ausencia de Cristo en los momentos cruciales con la confianza que nace del afecto. Aunque de modo imperfecto, aunque la pérdida y los ritos mortuorios le ensombrecen la mirada, aunque su fé debe crecer, siguen confiando en ese Amigo, un Amigo que es un Mesías muy extraño, un Mesías que se derrumba en llanto, un Mesías demasiado humano.

Sin embargo, esa misma humanidad de Jesús en las lágrimas ha de ser para nosotros motivo de serena esperanza, aún vacilantes en mares de dolor y tormentas de tristeza.

Porque la Resurrección y la vida no son conceptos, ni dones post mortem para los fieles exactos. La Resurrección y la vida florecen en el aquí y el ahora, y siempre son Alguien, Cristo, nuestro hermano y Señor.

Muchos de nosotros, sin demasiados merecimientos -justo y necesario es decirlo- somos también amigos queridísimos de ese Cristo que siempre nos busca, a pesar de que a veces parece haber llegado tarde.

Porque es imprescindible que la voz fuerte de Cristo nos haga salir fuera de esos reductos de muerte en donde nos acomodamos, porque hay qe desertar de toda corrupción, porque jamás hay que resignarse.

En los cementerios hay muchos -muchísimos- recuerdos de hermanas y hermanos nuestros que están vivos en plenitud, mucho más que otros tantos que caminan por nuestras calles y son apenas espectros.

Todos somos Lázaros de Betania llamados a vivir y pervivir, porque con Cristo la vida no se rinde y prevalece.

 

 

Lázaros y despertares

No hay muchos discursos ni argumentaciones frente al dolor de la muerte de quien amamos.

Claro está, es posible menguar los efectos del golpe desde una racionalización que acepta a la muerte como parte natural de la existencia y también, con ciertos visos de resignación. Sin embargo, el dolor está allí agobiándonos y empujándonos impetuosas las lágrimas.

En el inconsciente profundo se conjugan la pérdida, el no volver a ver al ser querido, la culpa del sobreviviente, los tiempos perdidos, las palabras nunca dichas, el estupor por un cuerpo que ha comenzado a deshacerse y que hasta hace muy poco abrazábamos.

De algún modo, muchos sostenemos -aún en la neblina del llanto- la fé de Marta, una creencia que sostiene la recuperación en un tiempo final de la biología corporal degradada, cenizas recompuestas y nuevamente andantes, el desalojo de todos los cementerios. No está nada mal, hay en esa certeza creciente cierta fé en ciernes que sabe que la muerte no es el final, que hay más y que Jesús tiene mucho que ver con ello.

Sostenemos la fé de Marta, anegados por las lágrimas y la tristeza, culposos de honda soledad, sabedores de que Dios nos regresará a la vida, muy a pesar de todo indique lo contrario; con todos los ritos mortuorios que suman tonelaje cruel a nuestro pesar, seguimos creyendo.

Pero no basta ni es suficiente, nos reclama el Maestro.

Lázaro, en su raíz hebrea, significa literalmente "aquel que Dios ayuda" o también "aquel a quien Dios socorre".

Desde Jesús, nuestro horizonte pasa desde María y Marta al hermano muerto, Lázaros siempre ayudados y socorridos por Dios, aún en el tiempo de morir.

Lázaros llamados con su voz fuerte a despertarnos ahora, hoy mismo, de toda muerte.

Lázaros llamados a abandonar toda degradación y corrupción.

Lázaros llamados a salir fuera, de cara al sol, por la confianza en que las tumbas no son hogares para los amigos de Jesús: quien se afirma en la Buena Noticia, aunque muera su cuerpo sigue viviendo, por más que los demás lo coloquen en nichos de incertidumbre.

Hay demasiados vivos aparentes que en realidad están muertos; y hay también muchos que pueblan las necrópolis, y así y todo están más vivos que muchos que todavía andan por estas veredas.

Nuestra esperanza se funda en ese Jesús que es ante todo un amigo, que se deshace en llanto por estos lázaros que somos, por nuestras muertes diarias, y que se empeña en desatar las mortajas que nos impiden los pasos y el abrazo.

Hay vida más allá de esta vida acotada, y la resurrección no será solamente una cuestión postrera, un hecho futuro atemporal e impersonal.

La Resurrección acontece hoy mismo, y no es un hecho específico.

a Resurreción no es algo, es Alguien que está vivo, es contemporáneo y comparte nuestra cotidianeidad asumiendo en sus hombros nuestras muertes para que persistan nuestras vidas)

 

 

Tu hermano resucitará

Jesús, siempre que podía iba a visitar a aquellos tres hermanos: María, Marta y Lázaro, porque eran muy buenos amigos, y vivían muy cerca de Jerusalén, en la ciudad de Betania. El hermano, Lázaro, se puso enfermo y en pocos días murió. Antes de que muriese las hermanas enviaron a alguien que avisase a Jesús de la gravedad de su amigo. Pero Jesús no se apresuró a ir. Solamente cuando murió fue a Betania. Una de las hermanas le dijo al llegar: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Jesús la contestó: “Tu hermano resucitará”. Y así fue. Ante un grupo de gente, amigos de los hermanos, y curiosos, Jesús, dirigiéndose a la tumba donde ya estaba enterrado hacía unos días, con voz potente, gritó:”Lázaro, sal fuera”. Y Lázaro salió de la tumba, por su propio pie.

Cuando Jesús dice a Marta:”tu hermano resucitará”, Marta le responde: “Sé que resucitará al final de los tiempos”. No creía que Jesús pudiese resucitarlo ya. Y Jesús le responde: “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús tiene poder para devolver a la vida, a quien la ha perdido. Hay tres cosas que me gusta resaltar de este relato evangélico.

Primero: Jesús es muy humano, y siente alegría y tristeza. Aquí le vemos llorando por la muerte de su amigo, lo cual significa una gran sensibilidad. Lo segundo es que Jesús sabe mantener y gozar de la amistad. Dice el relato que la gente que le vio llorar, comentaba:”cómo le quería”. Sabía conservar la amistad en los momentos buenos y en los malos. Aparece como una persona fiel a las amistades. Y en tercer lugar, al afirmar “yo soy la resurrección y la vida”, nos indica que el que no cuenta en su vida con él, carece de la verdadera vida y de una verdadera resurrección en vida. Algo fundamental le falta.

Jesús es el hombre perfecto, y tenerlo como referente en la vida, es algo que nos ayuda a ser más felices. Además de que podemos encontrar más sentido, tanto a la vida, como a la muerte.

 

 

Tu hermano resucitará

Por fin llegamos al 5º y último domingo de este largo camino de cuarenta días, que es la Cuaresma. El próximo domingo será ya domingo de Ramos, y comenzaremos la Gran Semana, la semana grande, la Semana Santa., que finalizará con la Resurrección de Jesús. Ya en este domingo, se nos habla de una resurrección obrada por Jesús; la de su amigo Lázaro. Es como un aperitivo para la gran fiesta de la Resurrección del Señor.

Una de las cosas que sobresalen en este relato, y que a mí me gusta resaltar, es la amistad. Algo tan hermoso, pero que muchas veces no se da en las relaciones humanas, o se estropea y se rompe. Me gusta ver que Jesús hacía amistades, y amistades muy fuertes que permanecían fieles. De las muchas amistades que Jesús hizo, y de las que nos consta en los Evangelios, la más llamativa, para mí, es esta. Tres hermanos: Marta, María y Lázaro. De hecho, cuando Lázaro está ya muy enfermo, las hermanas le mandan este recado a Jesús: “Señor, tu amigoestá enfermo”. “¡Tu amigo!”.

Y cuando Jesús llega a verlo, y le comunican que ha muerto, Jesús se echó a llorar. Y los judíos comentan:¡Cómo lo quería! Y porque lo quería, y porque quería también a sus hermanas, va a hacer todo lo que pueda para quitarles ese dolor. Se acercará a la tumba, y con la fuerza de su poder y de su cariño, dirá:”Lázaro, sal fuera”. Porque cuando se quiere a las personas, se hace cualquier cosa por ellas; si la amistad es verdadera, los amigos saben que pueden contar unos con otros, para lo que necesiten. Este evangelio nos trae la gran lección de la amistad. Y ojalá que todos tuviésemos profundas amistades, porque eso nos ayudaría a ser felices.

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá: y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Esto es lo que -según el evangelio de Juan dijo Jesús a su buena amiga Marta. E, inmediatamente, le preguntó: ¿Crees esto?” Es una afirmación de Jesús y una pregunta de Jesús que se dirigen a lo más hondo de cada uno de nosotros y que sólo desde esta hondura puede captarse y puede responderse. Pero fijémonos en la respuesta de aquella mujer llamada Marta. A la pregunta de su amigo Jesús: “¿Crees esto?”responde con un “Sí, Señor.” Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo“. Es decir, porque cree en Jesús como Mesías, como Hijo de Dios, como Enviado del Padre, se atreve a decir que también cree en aquello tan difícil de creer para el hombre: que el que haya muerto, vivirá, y el que está vivo, no morirá para siempre. Es su fe en Jesús lo que le permite dar el salto a la fe en la victoria de la Vida sobre la muerte, el salto a la fe en la resurrección personal. La resurrección de Lázaro fue el último “signo” que obró Jesús antes de su pasión y muerte, el signo que anunciaba su propia resurrección (él resucitará sin necesidad de que nadie quite la losa, sin necesidad de que nadie le libre de las vendas y del sudario, él resucitará, no para volver a morir sino para vivir para siempre. Esta es nuestra fe, ésta es nuestra esperanza. Que durante estos días de más honda preparación para las celebraciones pascuales, pidamos y anhelemos que esto sea verdad en lo más hondo de cada uno de nosotros, en el corazón de nuestra vida.

Félix González

 

 

Llegamos al último domingo de cuaresma.

Todo un camino que espero hayamos podido recorrer todos.

Luego fue la tentación: Jesús en el desierto.

Luego fue la transfiguración-Jesús Palabra: Jesús en el Tabor.

Luego fue el agua viva: la samaritana.

Luego fue la luz: el ciego de nacimiento.

Ahora es la vida: la resurrección de Lázaro.

“Señor, tu amigo está enfermo”.

¿Qué manera más bella de pedirle a Jesús haga algo por su hermano.

Ni le pide que venga rápido.

Ni le pide que lo sane.

Donde hay verdadera amistad es suficiente expresar el deseo.

¿No fue también esta la oración de Jesús en la Ultima Cena: “Padre, este es mi deseo, que aquellos que me diste estén conmigo donde yo estoy”.

“No es enfermedad de muerte”

Jesús ve la enfermedad de Lázaro como un momento:

Para poner de manifiesto ante sus amigos la gloria de Dios.

Para ofrecerles el testimonio de que él es la vida.

Será el momento de probar la fe de las dos hermanas.

Será el momento para manifestar que El es la vida que triunfa sobre la muerte.

“Si hubiese estado aquí, no hubiese muerto mi hermano”.

Marta expresa nuestros sentimientos humanos.

También nosotros solemos quejarnos de que la culpa de la muerte de un ser querido es culpa de Dios.

Nosotros le hemos pedido y orado.

Y diera la impresión de que no quiso escucharnos.

Y le hacemos responsable de que nuestro ser querido haya muerto.

A todos nos resulta difícil:

Comprender los caminos de Dios.

Comprender las actitudes de Dios.

Porque lo que para nosotros puede sonar a muerte.

Para Dios puede hablarnos de vida.

Para Dios puede ser una manera de manifestar su gloria.

Jesús no puede traicionar su amistad.

Los tres hermanos terminan siendo como una especie de familia de Jesús cuando sube a Jerusalén.

Jesús es sensible a los sentimientos de las hermanas.

A Jesús le duele la pérdida de Lázaro.

A Jesús se le rompe el alma ante las lágrimas de las dos hermanos.

Y por eso decide devolver a Lázaro a la vida.

Lo que ya parecía perdido, porque ya llevaba cuatro días enterrado, se va convertir en un momento de fe.

Jesús no es solo resurrección a la vida en el último día.

Jesús es ya vida ahora.

Jesús es capaz de convertir la muerte en revelación de Dios.

Jesús es capaz de glorificar a Dios devolviendo a Lázaro a la vida.

Donde todos veían muerte, Jesús ve vida.

Donde todos olían a corrupción, Jesús huele a vida.

Donde todos ven sepulcro cerrado, Jesús ordena abrirlo.

Donde todos ven a un muerto vendado, él ordena desatarlo.

Donde todos ven un sepulcro guardando un muerto, Jesús le ordena salir afuera y andar.

Muchas de nuestras quejas son faltas de fe.

Muchas de nuestros lamentos son falta de confianza.

Muchas de nuestras interpretaciones tienen mucho de humano, pero no logran descubrir el misterio de vida de Dios.

 

 

Cuando culpamos a Dios

El relato de la muerte y resurrección de Lázaro se presta a muchas interrogantes.

Incluso a muchas quejas.

Comencemos por las quejas.

La familia de Lázaro era una familia donde Jesús podía pasar sus momentos de tranquilidad.

Era la familia donde siempre era acogido con cariño y amor.

Era la familia donde se sentía seguro.

Cercana a Jerusalén, era como una especie de refugio de Jesús.

Por eso, cuando Lázaro se enferma, las hermanas le pasan el aviso.

Y curioso: Jesús se hace el desentendido.

Cualquiera pudiera pensar en lo poco agradecido que era Jesús.
Pero son pocos los que descubren que Jesús siempre da más que lo que se le pide.

Que suele ser también la actitud de Dios:

Le pedimos algo y Dios se hace el remolón.

Le pedimos algo y no creemos que Dios siempre va más allá de lo que le pedimos.

Le pedimos algo y sentimos que Dios no nos hace caso.

Y nos olvidamos que Dios siempre es generoso que nuestra necesidad.

Cuando llega Jesús:

Es recibido con una queja.

Es recibido con una desilusión.

Es recibido como quien nos ha defraudado.

Es recibido como quien nos ha desilusionado.

Es recibida casi como el culpable de lo que ha pasado en la familia:

La muerte de Lázaro. “Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano”.

¿No es también esta, con demasiada frecuencia, nuestra actitud con Dios.

Si nos hubiese escuchado no hubiera muerto.

Si nos hubiese escuchado hubiésemos logrado un trabajo.

Si nos hubiese escuchado no estaría enfermo nuestro hermano.

Siempre pensamos:

A la medida de nuestros deseos.

A la medida de nuestros intereses.

A la medida de nuestro corazón.

Y nos olvidamos que la medida de Dios es mucho más grande.

Nos olvidamos de que “si crees verás la gloria de Dios”.

Nos olvidamos de que el reloj de Dios no coincide con nuestra hora.

Nos olvidamos de que Dios mira siempre mucho más lejos.

Nos olvidamos de que Dios va más allá de nuestras inmediateces.

Dos modos de ver las cosas:

Las hermanas piensan en sanar a su hermano.

Jesús piensa en manifestar que él es la vida.

Jesús piensa en manifestar el poder de Dios que es mayor que la muerte.

Mientras las hermanas piensan que “ya huele a muerto”.

Jesús piensa en que volverá a oler a vivo.

Mientras ellas no se atreven a quitar la piedra,

Jesús piensa en sacarlo fuera: “Lázaro, sal fuera”.

Mientras las hermanas piensan en que ya no contarán más con su hermano,

Jesús piensa en que le quiten las vendas y comience a andar de nuevo.

Mientras ellas piensan en la enfermedad,

Jesús piensa en devolverlo sano al hogar.

Dios no es indiferente a nuestras necesidades.

Tarda en responder, pero responde siempre.

Tal vez, no como nosotros queríamos.

Pero sí de una manera mucho más rica en generosidad.

Las tardanzas de Dios puede que sean pruebas a nuestra fe.

 

 

Tú eres la vida

Estaba muerto y estoy vivo.

Estaba aprisionado por la losa del sepulcro,

y me has sacado afuera.

Estaba vendado y me desataron.

Dicen que ya olía a podrido.

Vuelvo a oler a vida.

Dicen que olía mal.

Y vuelvo a oler a perfume de vida.

Señor no llegaste a tiempo para sanarme.

Ni siquiera llegaste para mi entierro.

Y has llegado a tiempo para resucitarme.

No has llegado a tiempo cuando estaba enfermo.

Y has llegado a tiempo ahora que estoy muerto.

Señor, que siempre llegas tarde.

Y siempre llegas a tiempo.

Siempre llegas tarde para nuestras prisas.

Y siempre llegas a tiempo para tus esperas.

Que lleva ya cuatro días de muerto.

Yo me olvidé cuando fue la última vez que estuve vivo.

Que nadie se atreve abrir mi sepulcro.

Y tú mandas rodar la piedra que me encierra.

Dicen que lloraste su muerte.

Porque le amabas y querías.

Era tu amigo.

¿Cuántas lágrimas has derramado ya sobre mí?

Porque sé que también me amas y me quieres.

Porque sé que también eres mi amigo.

Y me quieres aunque todavía esté muerto.

Y me quieres para que también yo viva.

Eres mi amigo.

Y me quieres para que también en mi vida muerta,

“Se manifieste la gloria del Padre”.

Ordena que se suelten mis ataduras.

Las tuyas quedaron como recuerdo en tu sepulcro.

Ordena que recupere mi libertad.

Tú la recuperaste al resucitar.

Ordena que vuelva a andar.

Hay muertos que huelen mal.

Hasta que tú los llamas. Y los mandas salir afuera.

Y mandes les den de comer.

Y les mandas comiencen de nuevo a caminar.

Hoy quiero escuchar tu voz de amigo:

“Hermano, sal afuera”.

Sal del sepulcro de tu muerte espiritual.

Sal del sepulcro de muerte de tus resentimientos.

Sal del sepulcro de muerte de tus odios y rencores.

Sal del sepulcro de muerte de tu falta de esperanza.

Sal del sepulcro y comienza a vivir de nuevo.

Sal del sepulcro y comienza a andar otra vez.

Porque “tú eres la vida”.

Eres la esperanza de todos los que estamos muertos.

La próxima semana tú serás el muerto.

Y el que experimentarás la oscuridad del sepulcro.

Pero entonces será tu Padre quien grite en tu tumba:

“¡Hijo, resucita!”.

Y tu sepulcro volverá a quedar vacío.

Y los tuyos desconcertados por tu ausencia.

La ausencia llena de presencia.

No. No serás el jardinero que te ha levantado del sepulcro.

Serás tú mismo volviendo a llamarnos por nuestro nombre.

Serás tú el que te aparecerás y de nos devuelvas la alegria

De tu PASCUA.

Clemente Sobrado C. P.

 

 

Del Señor nos vendrá la Resurrección

1. Las cosas que comienzan también acaban.

Esto es lo que está ocurriendo con este tiempo de preparación para la Semana Santa que es la Cuaresma. Nos encontramos ya en el último domingo de este tiempo santo. Santo, porque Dios, que es santo, nos ha dado gracias abundantes y santas, para que fuéramos, al menos, un poco más santos. En el salmo responsorial, hemos dicho a nuestro Dios: del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Lo que tenemos que preguntarnos con valentía es si hemos querido y sabido corresponder a esa acción Dios sobre cada uno de nosotros.

2. Si quisiéramos resumir en pocas palabras el mensaje que Dos nos quiere dar, a través de las lecturas de hoy, éstas podrían ser las palabras que lo expresan: Dios, que es espíritu y vida, hace resucitar y da la vida. En efecto, entresacando una frase de cada lectura, se comprueba la sintonía perfecta que hay entre ellas, y que el mensaje es similar. Si en el texto de Ezequiel leemos infundiré en vosotros mi espíritu, y viviréis, al apóstol Pablo le oímos decir: el mismo Espíritu divino, que resucitó a Jesús de entre los muertos, hará revivir vuestros cuerpos mortales. Y, a modo de plenitud, en el evangelio, Jesús dice de sí mismo: Yo soy la resurrección y la vida.

El evangelio del domingo pasado nos presentaba a Cristo como la luz del mundo. En el que hemos escuchado, Jesús aparece como la resurrección y la vida. Estas frases van precedidas del Yo soy. En el evangelio de San Juan, la expresión Yo soy aparece 33 veces en labios de Jesús. En 23 ocasiones existe un predicado: Yo soy el camino, la verdad y la vida; yo soy la luz del mundo; yo soy la vid verdadera... Pero en cuatro ocasiones (8,24.27.58; 13,19) aparece usado este término en sentido absoluto, sin predicado y como objeto del verbo creer o conocer: Jesús exhorta a creer que El ES, a conocer que EL ES. En el Antiguo Testamento, aparece que Yo soy es el nombre que Dios se da a sí mismo y, por lo tanto, es equivalente a Yahvé. Al emplearlo Jesús, está diciendo implícitamente que Él es Dios; está manifestando su divinidad.

3. Cuando Cristo dice de Él que es la vida, por un lado, nos está diciendo que Él, en cuanto Dios, vive desde siempre y para siempre y, por otro, nos enseña que ha venido a traernos la vida. Decía el recordado y querido Juan Pablo II: Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser. En la culminación de la revelación, el Verbo encarnado proclama: Yo soy la vida y también: Yo he venido para que tengan vida.

¿Pero qué vida? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano.

El mismo Papa, que por cierto va a ser canonizado próximamente, añadía: Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a los que sufren, ha liberado a endemoniados y resucitado a muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal. El que como hombre murió y resucitó, al tercer día, es Él mismo la resurrección. Y, así como Él venció a la muerte resucitando, así también nosotros resucitaremos. Y resucitaremos para el cielo con nuestros propios cuerpos, que se unirán a nuestras almas para vivir eternamente en el cielo, si de verdad le seguimos con nuestra fe, con nuestro amor, con nuestra entrega generosa, con nuestro testimonio cristiano.

4. Cuentan que un hombre fue a ver al párroco para hablarle del funeral de su padre y le dijo: mi padre quería que le despidiéramos en la iglesia. Nosotros, sus hijos, somos agnósticos. Le pido, por favor, que nos ahorre todas sus” piadosidades”. El párroco eligió como evangelio el de la resurrección de Lázaro. Lo escucharon con emoción contenida. Al terminar la misa, el hijo se acercó al cura con lágrimas en los ojos y le dijo simplemente: ¡gracias!. Y es que el relato de este evangelio nos introduce en el umbral del misterio de la muerte y de lo que ocurrirá después de ella. Si queremos, todos podemos abrirnos a esta misteriosa realidad: no sólo hay otra agua –la Samaritana-, y otra visión –el ciego de nacimiento-, hay también otra vida, una vida nueva, pero no sería realmente nueva, si no viniera del final de la vieja vida.

La muerte de Lázaro provocó una crisis en Betania, en donde Marta y María lloran por la muerte de su hermano Lázaro. Y hay crisis en las familias por los padres o los hijos enfermos, por la muerte de un ser querido, por …, que producen sufrimiento y lágrimas. Y nosotros nos abrazamos, nos besamos, lloramos, pero no podemos hacer nada por el amigo, el hijo o la madre muertos. No los podemos despertar del sueño de la muerte. Y, como Jesús lloró ante tumba de su amigo, llora igualmente con nosotros, y nos dice como a Marta: tu hermano resucitará; tú, tu amigo, tu hermano, tu padre y tu madre, todos resucitaréis, porque yo soy la resurrección y la vida. Jesús nos abre los ojos al misterio de la vida nueva, al poder de Dios, asumiendo nuestra condición humana hasta la muerte en cruz, y llora porque somos todos su amigo Lázaro. Por Jesús y con Jesús sabemos que la muerte no es el final del camino, que en la tierra no tenemos ciudad permanente, sino que vamos en busca de la futura, y que resucitaremos porque Cristo resucitó.

Alfonso Martínez Sanz

 

 

De Judea a Jerusalén

V de cuaresma. Estamos llegando a Jerusalén. Se acerca la Pascua. La fiesta de la liberación.

Me resulta muy interesante que Juan ubica el relato de la resurrección de Lázaro un poco antes de la última subida a Jerusalén. Si uno sigue leyendo los versículos se encuentra con que la vida devuelta a Lázaro va a suponer que Jesús ponga definitivamente la suya en peligro. Tras ver a Lázaro unos lo celebran y bendicen a Dios, otros van corriendo a dar parte a las autoridades religiosas. De tal información surgirá la decisión irrevocable de matar a Jesús. El complot ya está en marcha. Es más, los sacerdotes también deciden dar muerte a Lázaro… no sabemos si lo consiguieron.

Al poco tiempo Jesús vuelve a Betania a visitar a Lázaro y sus hermanas. ¿Imaginan el abrazo del reencuentro entre los dos amigos? La alegría, el agradecimiento infinito de Marta que refresca y unge los pies cansados del maestro. Con delicadeza derrama el perfume de nardo, el mejor que tiene. (Juan precisa que es carísimo, hasta recuerda la reacción de aquel día de Judas por el derroche).Jesús agradece el gesto de ternura, es consciente de lo que se aproxima, agradece que lo cuiden con tanto cariño. Le queda poco de estar con ellos.Ha intentado por todos los medios humanos… y divinos, mostrarles la luz, la presencia salvadora del Padre, su voluntad de que sean felices. Ha vivido entre ellos, con ellos, ha compartido sus problemas, ha sembrado sus encuentros de confianza, de esperanza, ha ofrecido justicia y perdón, ha regalado compasión, ha devuelto la vida y la dignidad a todo el que se le ha acercado. Ha recorrido los caminos y los pueblos, ha rezado con ellos y por ellos. Impresiona leer en las palabras de Juan cómo Jesús siente la muerte de su amigo Lázaro. Nos descubre un Jesús amigo de sus amigos, que se entristece, que llora. Pareciera que no nos cuadra esta vulnerabilidad con la capacidad de Jesús para “arreglar las cosas….” Siglos y siglos de sabernos el final de la historia, de conceptualizar a Jesús como la mano milagrera del poder de Dios… que “por supuesto demuestran su naturaleza prodigiosa y divina”… (¡qué miedo me dan todas estas conceptualizaciones!!…y… ¡cómo y cuánto nos alejan de comprender los signos compasivos que Jesús regala!!) Menudo empeño de Juan de recordarnos un Jesús que llora ante el dolor y la desesperación de las personas ante la oscuridad de la muerte. A Jesús le afecta todo esto. Le conmueve, lo siente como ellos y con ellos. También la muerte para él es el gran interrogante, el enemigo más feroz. Pero le fortalece la confianza absoluta que deposita en el Padre. “Esta muerte es para la gloria de Dios, para que creáis”, éstas son sus palabras. Imagino a los discípulos que le escuchan sin entender casi nada. Perplejos por oír que van a volver a Judea… al peligro de ser apedreados otra vez. Me encanta la solidaridad de Tomás: “Vayamos también nosotros a morir con él”, seguro que fue un comentario que salió del corazón de la amistad que los vincula a Jesús. Estos arrebatos de fidelidad yo creo que despistaban un poco a Jesús. Sabe que los suyos le quieren, confían en él, pero si no ponen su corazón y su fortaleza en Dios cuando venga el momento de la dificultad se derrumbarán. Jesús lo sabe, les conoce, les ama hasta el infinito, le preocupa que se sientan perdidos y abandonados, le urge afianzarlos en la vida del Padre. El no duda del amor de Dios pero le preocupa que ellos sí lo hagan. Devolver la vida a Lázaro es signo más que suficiente para no dudar de ese amor. Para elegir vivir desde la fe y la confianza en Dios. Jesús así lo cree y así se lo hace saber. No dudéis más. Creed por las obras. Dios os quiere vivos, os quiere libres de cualquier muerte. Os regala la posibilidad de encontraros con él en todos los acontecimientos de dolor, de oscuridad, no os deja solos. Llama a cada uno por su nombre: “Lázaro, sal fuera!!”. Sal a la luz, sal a la vida, vive de un modo nuevo, sal y te encontrarás con el Señor que te está esperando, toma conciencia de ti mismo y abandona la seguridad de tus máscaras y tus sepulcros, tus miedos , de lo superfluo. No has sido creado para vivir adormecido, moribundeado por la mediocridad y el sin sentido. Has sido creado para la vida en Dios, para la alegría, para la esperanza. Es la fiesta de la liberación. ¿Qué subes a celebrar a Jerusalén?

Ana Izquierdo

 

 

EXEGESIS - PRIMERA LECTURA

Una pequeña obra maestra este cap. 37 de Ezequiel. Dos pasmosas imágenes que nos meten de lleno en la situación y el futuro de Israel en momentos claves de su historia. Abre caminos en la total oscuridad, rompe moldes viejos cuando estos ya no sirven.

En medio del destierro de Babilonia el pueblo se ha diluido, ha perdido la fe. Abrumado por una civilización que le supera, de una novedad tan absoluta que la fe recibida le parece que se ha quedado pequeña, pierde su esperanza. Frente a sí no ve sino el abismo de la desaparición y la muerte (¿Algo que ver con la visión que hoy tenemos del futuro de la iglesia?). El profeta ya ha hablado del pasado. Ha denunciado la desaparición de Israel y la deportación de Judá como fruto de un pasado pecador, autosuficiente (¡Templo de Dios, templo de Dios!’ Jr. 7), e idolátrico (otros dioses que no son el Señor: falsa religiosidad, riqueza y desigualdad, justicia injusta…).

El pueblo va entrando en razón, en reconocer su desvarío; e incluso se hace la ilusión de retornar a donde estaban “Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez. 36,28). Pero esto resulta poco creíble ante la pavorosa destrucción del que ha sido objeto el pueblo de Dios: sin tierra, sin templo ni sacrificios, sin monarquía (¡Donde quedó el ungido del Señor, el pequeño David del pasado domingo!). Nada ha sido respetado y nada podrá volver a ser lo mismo.

Ezequiel, al igual que Isaías, toma en sus manos signos que susciten la esperanza sin hurgar ni un punto en la terrible experiencia de este pueblo en el destierro. Isaías dirá que siempre queda algo, un resto, lo que humea después del incendio, lo que queda vivo en los despojos que deja una fiera después de quebrantar un cordero. Del tronco humeante puede brotar un renuevo con las lluvias; es suficiente para la esperanza.

Ezequiel ve una desolación total, como si aun ese poco de esperanza hubiera desaparecido; como si ese poco de vida hubiera sido exterminado. Sólo ve un campo de huesos calcinados, resecos (v. 37,1-2). A la vista de la desolación escucha que le dicen: “Hijo de Adán, esos huesos son toda la Casa de Israel. Ahí los tienes diciendo: “nuestros huesos están calcinados; nuestra esperanza se ha desvanecido”.

La respuesta a esta postración total, a este dar por terminada su aventura vital, es el texto de hoy: “Yo mismo os hará salir de vuestros sepulcros….” Este retorno a la vida se refiere, claro, al Pueblo de Israel. Pero el camino elegido es una novedad: resucitarán los muertos. Dios hará surgir una nueva realidad de esos cadáveres dispersos por el campo en que se convertido Israel. Será una obra exclusiva de Dios, de su Espíritu (v9), que sólo puede infundir vida. Toda esta escena evoca la primigenia imagen de la creación, cuando el ‘espíritu del Señor sobrevolaba sobre las aguas’ (Gn. 1,2).

Una escena que deja claras algunas cosas: no hay vuelta atrás; no podemos retornar a un pasado fracasado. Pero eso no significa que no hay futuro: ‘Dios es bien capaz de sacar hijos de las piedras’. Dios puede hacer algo impensado en aquel momento histórico, resucitar a los muertos. Pero no serán redivivos, sino nuevas criaturas, como resalta el mismo Ezequiel en la segunda parte de este mismo capítulo 37 con la alegoría de la caña partida: has de juntarlas, a Israel y a Judá, para que sean un pueblo unido, nuevo, que no volverá a partirse.

Tomáz Ramírez

 

 

Segunda lectura

En el contexto general del capítulo 8 de Romanos, dedicado a la “vida en el Espíritu” se hacen algunas de las consideraciones más decisivas sobre la realidad del Espíritu en la existencia del cristiano.

Parte Pablo del hecho de que los cristianos ya estamos viviendo en el Espíritu a partir de su bautismo, vida de fe y consiguiente unión a Cristo. Sin este presupuesto todo el capítulo es incomprensible.

En esto está la real dificultad de la aceptación del texto. Nosotros no solemos partir auténticamente de tal base. Vueltos los ojos hacia un lejano futuro, el cristiano espera algo muy grande que ha de venir, pero se fija menos en la prenda que de ello tiene: la real presencia del Espíritu.

Los “si” de estas líneas no son condicionales, sino más bien afirmaciones en la línea del “supuesto que...” hasta llegar a la rotundidad de la frase “el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de ´Cristo”, lo cual nos pone ante el dilema definitivo.

Lo más llamativo del texto para el cristiano actual es que todo él se refiere a cada uno de nosotros en su situación actual. Son afirmaciones muy fuertes cuando se piensa que están refiriéndose a nosotros tal como realmente somos. Pablo no piensa en otros cristianos que fueran muy diferentes y de los cuales pudieran predicarse con verdad estos pensamientos. De ahí la necesidad de tomarnos en serio lo que dice de nosotros.

Y no sólo de la iglesia. Estamos bastante dispuestos a aceptar la presencia y actividad del Espíritu en las instancias institucionales. Aquí no se dice nada de ello, sino de cada cristiano y del tipo de vida y actividad que tiene ahora y que se prolongará en el futuro con la resurrección que nos aguarda.

Federico Pastor

 

 

Evangelio

1. Aclaraciones al texto

V.4 Gloria de Dios. El término gloria traduce un término hebreo cuyo significado básico es peso, consistencia, tanto en sentido físico como figurado. Gloria de Dios: lo que Dios es en sí y en relación con el hombre.

Vs. 14-15 Lázaro ha muerto...Vamos a su casa. En el original griego Jesús no habla de ir a casa de Lázaro, sino de ir adonde él. De hecho, Jesús ni siquiera entró en el pueblo: es a las afueras de él adonde acuden Marta primero y María después, para luego preguntar: ¿Dónde lo habéis enterrado? (v.34).Jesús llegó a la tumba (v.38). Jesús llega al fin adonde está su amigo muerto, adonde desde el primer momento había querido ir.

Vs. 25-26 El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá nunca. La capacidad de vida de la persona no termina con su muerte física; la persona es partícipe de la vida divina. La muerte física no agota la capacidad de vida de la persona.

2. Texto

Desde el primer momento el texto despliega ante nosotros dos niveles de lenguaje, el de las hermanas (tu amigo está enfermo) y el de Jesús (esta enfermedad no acabará en la muerte). Articular ambos niveles en un mismo texto no era tarea fácil, de ahí que en ocasiones el texto resultante suene muy paradójico (ejemplo: los vs. 5 y 6).

El lenguaje de las hermanas refleja el nivel empírico de la realidad, con el cadáver de Lázaro como exponente incuestionable. Del mismo nivel de lenguaje participan los discípulos que acompañan a Jesús y los judíos que acompañan a María en su duelo. Jesús vive y sufre también ese mismo nivel empírico: ir adonde su amigo conllevaba un riesgo para su propia vida (v. 8); la muerte de su amigo le afectó muy hondamente: Jesús rompió a llorar (v. 35), compartiendo el desgarro y el realismo de Marta y de los judíos que la acompañaban.

Pero desde el primer momento Jesús no se limita al solo nivel empírico de la realidad; Jesús ve más allá dentro de la realidad, más en profundidad. Jesús se expresa desde Dios, desde lo que Dios es, desde la gloria de Dios, desde la vida de Dios. Es esa realidad de Dios lo que Jesús verbaliza a sus discípulos primero (vs. 7-16) y a Marta después (vs. 17-27), pidiéndoles insistentemente que crean en lo que él les dice. Y es la realidad de Dios lo que Jesús hace empírico en la tumba de Lázaro, cuando grita con voz potente: ¡Lázaro, sal fuera! (v. 43).

Lázaro es la convalidación empírica de las palabras de Jesús a Marta: Yo soy la resurrección y la vida.

3. Comprensión actualizante

La dinámica del relato hacia Lázaro saliendo de la tumba nos invita a vivir la vida desde la plenitud y totalidad de la Vida. Gracias a Dios, no morimos nunca.

Una invitación de Jesús recorre el relato de principio a fin: Para que creáis; ¿crees esto?; ¿no te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Jesús sigue haciendo hoy la misma invitación.

En el relato se da cita nuestra propia experiencia empírica: la muerte de un ser cercano, el llanto, el duelo. Pero un cristiano debe poder completar esa experiencia con esta otra: Sí, Señor, yo creo que Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Alberto Benito

 

 

Resurrección y vida

El profeta Ezequiel ejerció su ministerio público durante el exilio forzado de su pueblo en Babilonia; exilio que se prolongó 49 años (587 – 538 a.C.). Aunque muchos judíos perdieron su identidad cultural y religiosa, y se unieron a la nueva cultura dominante, otros pusieron resistencia pacífica y lucharon con todas sus fuerzas para volver a su tierra. Pero, con el paso de los años los ánimos se fueron diezmando.

Algunos ancianos y enfermos, los más débiles, empezaron a morir en Babilonia.

Recordemos que para el judío su tierra era algo sagrado, pues Dios se la había dado a Abraham y sus descendientes. El judío debía vivir en su tierra y, una vez muerto, debía ser sepultado allí mismo y descansar junto a sus padres. Sobrevivir, morir y ser sepultado fuera de Israel era una experiencia muy tortuosa. Las tumbas en las cuales reposaban sus seres queridos reflejaban el estado de ánimo del pueblo. La inercia de los cadáveres representaba el cruel sentimiento que atravesaba la vida de los judíos extraditados. Ante esa circunstancia aparece la profecía de Ezequiel, un antiguo sacerdote del templo de Jerusalén, convertido en profeta durante el exilio.

Su voz profética se convierte en la fuerza de Dios en medio del más profundo desánimo. Ezequiel denuncia los errores de su gente y anuncia la fidelidad de Dios y la alianza con su pueblo. Descubre la voz de Dios que promete una transformación radical de la situación y el retorno a su tierra. De esta manera debían reconocer a Dios. Una vez más confirmamos que conocer a Dios no es tener unas ideas, por muy claras que sean, o confesar un credo por muy ortodoxo que pueda ser. Conocer a Dios es experimentar en nuestra propia vida su acción salvadora. Es comprobar en nuestra propia carne que Él llena de vida nuestros huesos secos y transforma nuestro llanto en alegría. “Pueblo mío, yo voy a abrir sus tumbas y a sacarlos de ellas y voy a llevarlos otra vez a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los saque de ellas, ustedes, pueblo mío, reconocerán que yo soy el Señor. Pondré mi espíritu de vida en ustedes para que vuelvan a vivir, y los estableceré en su tierra. Entonces reconocerán que yo, el Seor, lo prometí y lo cumplo. Yo, el Seor, lo garantizo.” (Ez. 37,12-14)

Según la ACNUR (Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados), hay en el mundo cerca de 27 millones de desplazados. Actualmente, la lista la encabeza Sudán, seguida por Colombia con 3.5 millones de desplazados. Según la Consultoría 2 para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes), una organización privada colombiana dedicada al estudio de este fenómeno, esa cifra se eleva por encima de los cuatro millones en Colombia. 1 En Latinoamérica, el caso más triste es el de Colombia , y por eso vale la pena

mirarlo más de cerca. Se trata de personas expulsadas violentamente de sus tierras y obligadas a marchar a los asentamientos urbanos. Seres humanos que se desarraigan de su ambiente vital y de su identidad cultural, y los obligan a engrosar los cinturones de miseria en las grandes ciudades, caldo de cultivo para la prostitución, la delincuencia, el sicariato, etc. Los causantes de dicho desplazamiento interno, e n el caso colombiano, son los grupos paramilitares, guerrilleros, narcotráfico y delincuencia civil, así como por los enfrentamientos entre diferentes bandos, incluida la fuerza pública. Quienes obliga n a desplazar a millones de campesinos, lo hacen con el fin de despejar rutas para el

narcotráfico o para limpiarle el camino a las multinacionales y su afán de explotar las riquezas naturales: petróleo, esmeraldas, metales o la biodiversidad del ambiente.

Desplazan, especialmente, para quedarse con las tierras de los pequeños propietarios y agrandar las haciendas de los terratenientes en las cuales se desarrollan actualmente macroproyectos de agricultura y ganadería.

Muchos desconocen totalmente el drama q ue viven estos seres humanos y se molestan no tanto por el dolor que padecen, sino por el estorbo que hacen en las calles por las cuales deambulan sin rumbo con sus niños famélicos, llenos de parásitos.

Porque hacen de cada semáforo un circo ambulante, un mercado persa en el que se ofrecen frutas, dulces y baratijas, y porque rayan el vidrio panorámico de los carros cuando, con un trapo viejo, ofrecen limpiarlos a cambio de una moneda, mientras el color verde anuncia que es hora de dejar a esos “apestosos” desplazados. Los victimarios piden ser tratados como héroes e, incluso, como mártires de la democracia.

Tratan por todos los medios de justificar sus acciones violentas y de legitimar las propiedades que les robaron a los desplazados y en las que hoy hay extensos cultivos de palma africana, ganadería, etc.

No falta quienes pescan en río revuelto y hacen fiesta con los recursos que deben llegar para ayudar a desplazados, pero que desaparecen “por arte de magia”, como sucede con tantas cosas en nuestros países.

Por fortuna y por gracia de Dios, también hay gente que, como Ezequiel, al contemplar la dura realidad se convierten en profetas de nuestro tiempo. Hay personas e instituciones nacionales o extranjeras, religiosas o laicas que con un compromiso profundo por la vida defienden la dignidad pisoteada de estos hermanos nuestros que son el rostro sufriente de Jesús que nos interpela y nos llama.

A nivel personal digamos que ante cualquier circunstancia de muerte por la cual podamos pasar, Dios siempre estará presto para abrir nuestras tumbas y conducirnos a una vida digna y plenamente feliz. Y ante circunstancias duras por las cuales pasan tantos hermanos nuestros, en nuestros países o en cualquier parte del mundo, tenemos la obligación ética, humana y cristiana de solidarizarnos y de buscar juntos una humanidad más justa, digna y equitativa.

 

El mensaje de la familia a Jesús fue concreto y muy significativo; manifiesta la identidad de la comunidad con respecto a Él. Se trata de una familia (comunidad) que se siente amada por Jesús: “Señor, el que tú amas está enfermo.” (v. 3). El texto dice luego que Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro (v. 5). Sin lugar a dudas, se trata de la comunidad del discípulo amado, autora del Cuarto Evangelista, conocido con el nombre de San Juan.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. (v. 17) La muerte aquí no es tanto biológica sino simbólica. Se trata de la pérdida del sentido en el camino de Jesús y el abandono del verdadero discipulado.

Marta es presentada como la líder principal que sale al encuentro del Maestro.

¿Cuál es el tremendo problema de la comunidad para que se estén dando realidades de muerte? Que Jesús estaba ausente. “Marta dijo a Jesús: Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (v. 21). Marta es la líder que analiza la situación de su comunidad y descubre cuál es el problema. Es la teóloga práctica que conoce a Dios, reflexiona sobre la forma como Él actúa en la vida humana y está en una actitud de búsqueda. Es la discípula que entra en contacto íntimo, en diálogo, y en comunión con Jesús. Éste, por su parte, se le revela a esta mujer líder.

Y aquí encontramos, además, una perla que ha estado muy oculta en nuestra Iglesia piramidal, jerarquizada y dominada por varones. Veamos el texto: “Marta dijo a El evangelio que hoy leemos es un texto elaborado por las comunidades del

discípulo amado. Es un hermoso testimonio de lo que puede hacer Jesús en la vida del ser humano que camina con él. Muchos escrituristas especialistas en literatura antigua y bíblica afirman que esa manera de escribir es más propia de mujeres que de varones, por el estilo, los detalles y la delicadeza de algunas escenas en las cuales aparece el discípulo amado, de una manera muy tierna frente a Jesús, como, por ejemplo, la del lavatorio de los pies en la cual el discípulo se recuesta en su pecho.

Hace ocho días en el evangelio de la sanación del ciego de nacimiento veíamos la persecución desatada contra las comunidades cristianas por parte de los judíos. Esa era una hermosa vivencia interna que generaba conflicto con el mundo externo. En el texto de hoy vemos las crisis dentro de la misma comunidad, así como la puja con los judíos. Aquí vemos situaciones de muerte que afectan a la comunidad y una experiencia resucitadora con la presencia de Jesús que les da vida.

Las comunidades del discípulo amado están representadas en este texto por Marta, María y Lázaro: dos mujeres y un varón. Aquí vemos claramente una comunidad compuesta en su mayoría por mujeres y liderada por ellas. La comunidad vivía una crisis interna, en una situación de muerte existencial que la hacía corromperse y oler mal.

Jesús: "Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. 22 - Pero aun así, yo sé que puedes pedir a Dios cualquier cosa, y Dios te la concederá. 23 - Jesús le dijo: „Tu hermano resucitará. 24 - Marta respondi: „Ya sé que será resucitado en la resurreccin de los muertos, en el último día. 25 - Le dijo Jesús: „Yo soy la resurreccin (y la vida). El que cree en mí, aunque muera, vivirá. 26 - El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre. Crees esto? 27 - Ella contest: „Sí, Seor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

¿Saben lo que significa esto? Ésta es nada menos que la confesión mesiánica, que para los evangelios sinópticos la hace únicamente Pedro (Mt 16,13-20; Mc 8,27; Lc 9,18). Recordemos que después de la confesión mesiánica Jesús le da a Pedro las llaves del Reino, es decir, el liderazgo en la Iglesia. El cuarto Evangelista no desconoce ni rechaza el liderazgo de Pedro (Jn. 21), pero pone bien presente el liderazgo de mujeres como Marta, María, hermana de Lázaro, y de María la Magdalena, entre otras.

Recordemos que para el Cuarto Evangelista lo más importante con respecto a Jesús es el discipulado, el cual debe convertirse en una experiencia dinámica y transformadora de personas. En este momento de crisis por el cual pasaba la comunidad, el Maestro seguía llamando. Y es precisamente ahí, en la crisis, cuando el llamado de Jesús se hace más patente y cuando se redescubre la necesidad de ser verdaderos discípulos: “28 - Después Marta fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: „El Maestro está aquí y te llama. 29 - Apenas lo oyó, María se levantó rápidamente y fue a donde él.

30 - Jesús no había entrado aún en el pueblo, sino que seguía en el mismo lugar donde Marta lo había encontrado. 31 - Los judíos que estaban con María en la casa consolándola, al ver que se levantaba aprisa y salía, pensaron que iba a llorar al sepulcro y la siguieron. 32 Al llegar María a donde estaba Jesús, en cuanto lo vio, cay a sus pies y le dijo: „Seor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.”

Luego encontramos otro signo que nos deja ver cómo esta comunidad se sentía profundamente enraizada en el corazón de Jesús. La crisis de la comunidad causaba llanto al Maestro: “33 - Al ver Jesús el llanto de María y de todos los judíos que estaban con ella, su espíritu se conmovió profundamente y se turbó. 34 - Y pregunt: „Dnde lo han puesto? Le contestaron: „Seor, ven a ver. 35 - Y Jesús lloró. 36 - Los judíos decían: „Miren cmo lo amaba!”

En varias ocasiones el relato nos presenta la forma como los judíos rivalizan con la obra de Jesús. Para ellos Lázaro estaba muerto, y lo único que se podía hacer era consolar a María y no más. Estaban siempre atentos para criticar a Jesús: “37 - Pero algunos dijeron: „Si pudo abrir los ojos al ciego, no podía haber hecho algo para que éste no muriera?

El sepulcro de piedra cerrado y el mal olor del cuerpo de Lázaro hacía pensar a Marta que la situación era muy difícil de cambiar, casi imposible. Pero en medio de cualquier circunstancia, por medio de Jesús, Dios sigue manifestando su gloria que es la salvación del ser humano: “38 - Jesús, conmovido de nuevo en su interior, se acercó al sepulcro.

Era una cueva cerrada con una piedra. 39 - Jesús orden: „Quiten la piedra. Marta, hermana del muerto, le dijo: „Seor, ya tiene mal olor, pues lleva cuatro días. 40 - Jesús le respondió: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”

La oración de Jesús manifiesta una confianza absoluta en la obra del Padre: “41 - Y quitaron la piedra. Jesús levant los ojos al cielo y exclam: „Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. 42 - Yo sabía que siempre me escuchas; pero yo lo digo por esta gente, porque así creerán que tú me has enviado.”

Así como llamó a María y ésta salió a su encuentro, luego llamó a Lázaro y éste salió del sepulcro. Su crisis lo tenía con las manos y los pies atados, lo cual le impedía trabajar por el reino y caminar con Jesús. La cabeza la tenía cubierta con un velo, por lo cual estaba impedido para ver y para pensar. Cuando Lázaro salió, lo primero que dijo Jesús fue que lo desataran y lo dejaran caminar, es decir, que le dieran otra oportunidad dentro de la comunidad para que continuara su discipulado: “43 - Al decir esto, gritó con fuerte voz: „Lázaro, sal fuera! 44 - Y salió el muerto. Tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Jesús les dijo: „Desátenlo y déjenlo caminar.

Al final del relato aparecen, de nuevo, los judíos. Unos creyeron en Jesús y se convirtieron en discípulos, y otros siguen como rivales acérrimos a tal punto que maquinaron para matarlo. “45 - Muchos judíos que habían ido a casa de María creyeron en Jesús al ver lo que había hecho. 46 - Pero otros fueron donde los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. 47 - Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Consejo y preguntaban: „Qué hacemos? Este hombre hace muchos milagros. 48 - Si lo dejamos que siga así, todos van a creer en él, y luego intervendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nacin. 49 - Entonces habló uno de ellos, Caifás, que era el sumo sacerdote aquel ao, y dijo: „Ustedes no entienden nada. 50 No se dan cuenta de que es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nacin. 51 - Estas palabras de Caifás no venían de sí mismo, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, profetizó en aquel momento; Jesús iba a morir por la nación; 52 - y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos. 53 - Y desde ese día estuvieron decididos a matarlo. 54 Jesús ya no podía moverse libremente como quería entre los judíos.

Se retiró, pues, a la región cercana al desierto y se quedó con sus discípulos en una ciudad llamada Efraín.”

Vale la pena que apliquemos este texto a nuestra vida personal y comunitaria. ¿Puedo decir que mi familia y la comunidad con la cual realizo mi camino de fe se siente amada por Jesús? Como discípulo ¿Me siento amado por Jesús? ¿En algún momento de nuestra vida discipular, a nivel personal o a nivel comunitario, Jesús ha estado ausente? ¿Hemos sido testigos de la gloria de Dios en nuestra vida? ¿Cuál es el papel de las mujeres en nuestras comunidades cristianas y en nuestra Iglesia universal?

¿Se parece en algo a la comunidad del discípulo amado? ¿Por qué en nuestra comunidad eclesial universal existen los Padres de la Iglesia y no las Madres de la Iglesia?, ¿La Patrística y no la Matrística? ¿Eso tiene que ser así por los siglos de los siglos o puede cambiar con la dinámica cultural, y apoyados en el evangelio?

Neptalí Díaz Villán CSsR

 

 

La vida es el tema común de las lecturas de este V domingo de Cuaresma: la vida que vence los sepulcros, como lo profetiza Ezequiel (1ª lectura); la vida que se nos da por medio del Espíritu que habita en nosotros, como insiste Pablo (II lectura); la vida nueva que es Jesús mismo (Evangelio): “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Hay un ‘crescendo’ temático hacia la Pascua: aumentan los signos: agua, luz, vida… Con sabia pedagogía, la Iglesia acompaña a los cristianos hacia la Pascua, instruyéndolos con catequesis bautismales, adecuadas para los catecúmenos que se preparan a recibir el Bautismo, y para los fieles bautizados que renovarán las promesas bautismales. En el III domingo de Cuaresma el símbolo era el agua, en el diálogo entre Jesús y la Samaritana; el domingo pasado el tema central era laluz, en la sanación del ciego de nacimiento; hoy el signo es la vida, con la resurrección de Lázaro. Los tres signos van acompañados de insistentesafirmaciones de Jesús sobre su identidad y su misión, con palabras que hacen referencia a la auto-definición de Dios a Moisés en el Éxodo: “Yo-Soy” (Ex. 3,14). Jesús hace suya esta definición divina afirmando: Yo soy el Mesías, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la vida.

En estos tres domingos, son múltiples las referencias al sacramento del Bautismo, tanto en las lecturas bíblicas como en otros textos litúrgicos (antífonas, oraciones, prefacio…). En las jóvenes Iglesias misioneras, aunque no solo en ellas, la noche de Pascua asume una solemnidad particular con los sacramentos de la iniciación cristiana que se administran a numerosos catecúmenos, adultos y jóvenes. Se trata de fiestas que llenan el corazón y la vida de los misioneros, de los pastores de las Iglesias locales y de las comunidades cristianas.

La resurrección de Lázaro se encuentra en la mitad del Evangelio de Juan (en el capítulo 11 de 21 capítulos); pero es, sobre todo, el centro temático: se trata, quizás, de la mayor manifestación de Jesús como “verdadero Dios y verdadero hombre”.

- Es verdadero hombre, lleno de fuertes sentimientos: es amigo de Lázaro y de las hermanas de Betania, se turba, se conmueveprofundamente, se echa a llorar, ora intensamente al Padre, grita con voz potente... Con sus lágrimas Jesús justifica las nuestras en la muerte de los seres queridos.

– Y es verdadero Dios, del que manifiesta el amor y el poder devolviendo la vida al amigo muerto, para que la gente crea que Él ha sido enviado por el Padre (v. 42). Así, este espectacular milagro pone de manifiesto tres valores que van juntos: amor, fe y vida. Porque “la vida es vida tan solo allí donde hay amor” (Gandhi).

En su realidad divino-humana, Jesús realiza su misión como cercanía, haciéndose próximo, como el samaritano (cf. Lc. 10,34), del que sufre, aportando soluciones a los problemas. Pero al Salvador que se acerca es necesario salirle al encuentro, como las hermanas Marta y María (v. 20.29), con corazón abierto. Solamente en este encuentro se realiza la salvación. Porque solo “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” (Salmo responsorial). También en esta ocasión se dan reacciones opuestas. Por una parte, las súplicas confiadas de las hermanas que logran el milagro extraordinario del retorno a la vida de Lázaro y muchos judíos creen en Jesús (v. 45); por otra, no obstante la evidencia del signo, los enemigos de Jesús se cierran progresivamente, se concitan para darle muerte (Jn. 11,46-53) y deciden matar también a Lázaro (Jn. 12,10).

Jesús no ha venido para darnos una vida raquítica, empobrecida, mediocre, subdesarrollada... sino para que tengamos vida en abundancia(cf. Jn. 10,10). ¡En la vida presente y futura! El proyecto primigenio y permanente de Dios es la vida: “La gloria de Dios es el hombre viviente”, es decir, que el hombre viva (san Ireneo). “No estamos sobre la tierra para guardar un museo, sino para cultivar un jardín lleno de flores y de vida” (B. Juan XXIII). “El primer desafío es el desafío de la vida. La vida es el primer don que Dios nos ha hecho y la primera riqueza que el hombre puede gozar. Y el Estado tiene precisamente como tarea primordial la tutela y la promoción de la vida humana” (B. Juan Pablo II).

La Iglesia anuncia el Evangelio de la Vida. (*)  En un mundo duramente marcado por muertes injustas, precoces e inocentes, cada cristiano  –y más aún el misionero-  está llamado a hacer una firme y definitiva apuesta por la vida: acogerla, promoverla, defenderla, anunciarla, detectar hasta los pequeños signos de su presencia, proteger sus brotes, llevarla a plenitud... Los grandes temas de la Cuaresma (agua, luz, vida...) son dones para vivirlos, compartirlos y comunicarlos. Estamos todos llamados a ser ¡misioneros de la vida!

padre Romeo Ballán

(*) “La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe, todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza” (Benedicto XVI – Mensaje para la Cuaresma de 2011)

 

 

Vivir es asomarse

Sobre las ventanillas de aquellos trenes con asientos de madera una advertencia en plaquita de porcelana: Es peligroso asomarse al exterior… Los motivos de ese peligro no estaban en el exceso de velocidad (éramos, para bien, tan lentos) ni en que se pudiese caer al vacío (que estaba siempre lleno de trigos o de alpacas de paja bien ordenadas), sino porque del cabezal de la máquina se desprendía carbonilla que nos dejaban los ojos como guindas y negros los cuellos blancos de las camisas. Después, Jardiel Poncela escribió una obra de teatro con este título, pero siempre ha sido peligroso asomarse al exterior. Y vivir no es otra cosa que asomarse.

Por fin se asoman a la luz y a la sangre los recién nacidos que escapan de los vientres como de sombras acolchadas y allí comienzan su llanto: nunca se sabrá si de alegría por la sorpresa o de tristeza por no haber tenido la posibilidad de quedarse dentro.

A los pasillos de su Residencia de Ancianos se asomó aquel viejito con la certeza de que sus hijos irían a por él para pasar juntos las Navidades. Sus lágrimas, al ver que no llegaban, traspasaron la esfera del reloj y detuvieron para siempre su tic-tac de padre en la aguja de los cipreses.

Nos asomamos a los libros para ser irreales con ellos hasta que se nos saltan las lágrimas al comprobar que uno no puede escribir de esa manera ni, mucho menos, de esa manera vivir.

Se asoman los novios a la punta de las calles por si el amor pasa en su carro de fuego y se los lleva a la colina de la luz donde dicen que se llora de dulce acabamiento.

Se asoman los pensionistas al cajero de los bancos y sus lágrimas tiemblan en la estrechez de la hoja y de la tinta.

Se asoman los muertos desde sus tumbas y lloran con una lágrima seca al comprobar que nadie los recuerda. Más de una noche, cuando pueden, se cuentan entre ellos que no merece la pena vivir si a la esquina del amor está el olvido.

Se asoma Cristo hoy, en este hermoso evangelio de Juan, a los ojos de Marta y de María para llorar con ellas la ausencia de Lázaro, el amigo. Sólo en Él vemos un llanto de verdad y sólo de un llanto de verdad puede nacer la vida.

Se sobrevive o se sobremuere sin Cristo. Con Él no hay exteriores: nada permanece fuera de su entraña jugosa, todo en Él es intimidad y Vida. La raíz de su lágrima es una fuente crecida en su corazón  de Hijo, una mar redentora y desbocada. 

Lázaro, al fin, salió de su roca mortal porque el Amor lo esperaba…

Ah, en qué pañuelos y a qué ríos van a parar los llantos… Asomarse al exterior merece la pena si una mejilla fría aguarda la candela de los besos. Dios no ha hecho otra cosa: toda una eternidad lleva con los ojos afuera de las ventanas de su cielo, aun sabiendo por experiencia lo peligroso que es asomarse al exterior.

Pedro Villarejo

 

 

La muerte es sueño

La bolsa o la vida. Son los dos grandes miedos del hom­bre de todos los tiempos: el miedo a perder la bolsa y el mie­do a perder la vida. El miedo a la miseria y el miedo a la muer­te. El temor a estas dos realidades puede llegar a conseguir que nos hagamos esclavos de quien nos amenace con ellas. Jesús nos libera de ambos miedos. Del miedo a la miseria, invitán­donos a construir un mundo en el que reine la justicia de Dios, y del miedo a la muerte, el último de nuestros enemigos, di­ciéndonos que, no la vida, la muerte es sueño.

EL MIEDO

¿ Quién no ha tenido miedo alguna vez? Este sentimiento lo experimentamos todos los seres humanos, en todas partes, en todos los tiempos. Por eso muchos usan el miedo para do­minar a los hombres: al votante, en vez de informarle para que pueda votar sabiendo lo que hace, se le mete el miedo en el cuerpo para que, asustado, no arriesgue demasiado al elegir (¿verdad que recuerdan todavía el referéndum contra- acer­ca de-en favor de la OTAN que nos montaron?); al traba­jador para que acepte condiciones injustas de trabajo (sueldos bajos, sin seguro, horas extraordinarias...), y para que rompa la solidaridad con los suyos se le atemoriza con el paro; al es­tudiante, con el suspenso; al niño, con la oscuridad; al rico -al que lo es o al que busca serio-, con la miseria..., y a todos, pero especialmente a quienes están dispuestos a luchar para construir un mundo más justo -y ésta es el arma más usada por los sistemas opresores-, se nos amenaza con la muerte, la única desgracia verdaderamente irreparable.

El ultimo enemigo

El hombre no quiere sufrir e intenta evitar, como sea, el dolor, la desgracia y la destrucción de su persona. Por eso el miedo, hábilmente manejado por quienes pueden provocar aquello que el hombre teme, hace dóciles a los hombres y los convierte en esclavos. Pero ¿no es ya sufrimiento, desgracia y destrucción de la persona humana el miedo mismo y la escla­vitud a que el miedo lleva?

Dios, que no quiere que el hombre sufra (¿nos convence­remos alguna vez de que a Dios no le agrada que los hombres sufran?), nos envió a su Hijo para librarnos de todas nuestras esclavitudes, y nos ofrece por medio de él su propia vida, que nos hará superar la misma muerte -«el último enemigo», en palabras del apóstol Pablo (1 Cor 15,26) y, por tanto, el miedo a ella.

YA NO HAY RAZON PARA EL MIEDO

«Había un cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de Maria y de Marta su hermana... Las hermanas le enviaron recado:

-Señor, mira, que tu amigo está enfermo.

Se quedó dos días en el lugar donde estaba. Luego dijo a los dis­cípulos:

-Vamos otra vez a Judea.

Los discípulos le dijeron:

Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?»

Los discípulos de Jesús tenían miedo a la muerte y no se atrevían a ir a visitar a un miembro de una comunidad de se­guidores de Jesús que estaba enfermo, porque estaba en terri­torio hostil. El miedo, el miedo a la muerte, les impedía la práctica del amor y la solidaridad.

Jesús va a aprovechar la ocasión de esa enfermedad para mostrar a sus discípulos cuál es la calidad de la vida que él les está ofreciendo: una vida que vence a la muerte: «Esta enfer­medad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios».

Las doctrinas fariseas hablaban ya de la resurrección de los muertos, y los discípulos de Jesús, como Marta y María, compartían esa esperanza. Pero la esperanza en una vida que, después de perdida, se recupera al final de los tiempos -¡que vaya usted a saber cuándo llegará!- casi nunca ha consola­do de veras a nadie: es dejarlo para muy tarde.

Marta y María sentían la ausencia de Lázaro, ausencia que creían definitiva, pues aunque habían dado su adhesión a Je­sús, todavía no comprendían cuál era la calidad de la vida que Jesús les había hecho compartir. Y seguían pensando que sólo un milagro podía devolverles a su hermano. Jesús, que tam­bién sufre por la muerte física de su amigo, les muestra a ellas y a todos los allí presentes (la mayoría partidarios de quienes habían intentado ya matar a Jesús) que Lázaro, el muerto, está vivo y que su muerte física sólo era una apariencia de muerte.

«YO SOY LA RESURRECCION Y LA VIDA»

«Dijo Marta a Jesús:

-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano... Jesús le dijo:

-Tu hermano resucitará.

Respondió Marta:

-Ya sé que resucitará en la resurrección del ultimo día.

Le dijo Jesús:

-Yo soy la resurrección y la vida; el que me presta su adhesión, aunque muera, vivirá, pues todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?»

La Buena Noticia que nos da Jesús es que la vida no se pierde y que, por tanto, no hay que esperar para recuperarla a la resurrección de los últimos tiempos, porque él es ya la resurrección y la vida. Y a todos los que le den su adhesión, esto es, a todos los que se pongan de su parte, los hará partí­cipes de esa vida, ya resucitada, que es la vida del mismo Dios y que, por tanto, es indestructible. Vida que él ofrece a cada hombre y que, una vez aceptada y recibida, convierte la vida humana en vida definitiva.

En el evangelio de Juan a Lázaro se le sigue llamando «el muerto» (12,1), pero todos saben ya que está vivo y que está con ellos. Y es que Jesús no va a eliminar el hecho de la muer­te física. Pero va a mostrar una realidad que cambiará radical­mente la experiencia del hombre ante este hecho ineludible. La realidad que Jesús descubre es que la muerte no es inven­cible, puesto que todo el que de' su adhesión a Jesús y practi­que el amor y la solidaridad según su estilo, todo el que esté dispuesto a jugarse la vida para que en este mundo se implante la justicia de Dios, aunque muera, no morirá.

¿ Un acertijo? ¿ Una paradoja?

No. Es sólo que el amor es más fuerte que la muerte (Cant. 8,6).

Jesús Peláez

 

 

vv. 1-17. Lázaro y sus hermanas representan una comunidad de discí­pulos. Son de Betania, lugar figurado de la comunidad de Jesús (1,28; 10,40). La enfermedad de Lázaro representa la amenaza de la muerte fí­sica, de la cual no está exento el discípulo.

Es María la que ungirá a Jesús (12,1-3) (2). No hay petición explí­cita (3), sólo información. confianza en el amor de Jesús. Afecto y amistad, vínculo de Jesús con los suyos (t~ amigo). La enfermedad de un discípulo no tiene por término la muerte (4), pues la vida comuni­cada con el Espíritu es definitiva; al ser percibida manifestará la glo­ria/amor de Dios y la de su Hijo (cf. 2,11), que es su presencia entre los hombres. Se insiste sobre el amor de Jesús (5). Sin embargo, él se retrasa deliberadamente, dejando que Lázaro muera. No es misión suya liberar al hombre de la muerte física, sino dar a ésta un nuevo sentido.

Judea (7) evoca la oposición a Jesús (4,1-3.47.54; 7,1; 10,22-39). Los discípulos tienen miedo por él (10,31.39) (8); para ellos, su muerte sería el final de todo y ha de ser evitada. Jesús responde a ese miedo (9-10); doce horas de día, duración de su actividad (el día sexto, cf. 2,1), que va a terminar con la resurrección de Lázaro y la decisión de matar a Jesús por parte de las autoridades; la luz, la posibilidad de trabajar; la noche, la cesación de su actividad. Para los discípulos, Jesús será la luz (8,12; 9,5) que les permita trabajar sin miedo.

Quitados los motivos de temor, expone la razón para ir a Judea (11). Lenguaje ambiguo (se ha dormido), aunque conocido (1Cor. 7,39; 11,30; 15,6.18; 1Ts. 4,13); no es un mero eufemismo, porque la muerte no es definitiva. Como “hermano” (1.2), amigo era un modo de llamarse los cristianos en las comunidades joaneas (3 Jn. 15). Jesús no puede abandonar al amigo. Los discípulos, en su temor, encuentran pretexto para disuadirlo de su propósito (12-13). Para ellos, salvarse significa evitar la muerte física; para Jesús, tener una vida que supera la muerte (3,16). No han comprendido la calidad de vida que comunica Jesús, siguen aferrados a la antigua concepción de la muerte. Jesús les aclara el sentido de  sus palabras (14-15); no han alcanzado una fe plena. La resurrección de Lázaro, que anticipa la de Jesús, va a mostrarles el entero fundamento de la fe: percibirán todo el alcance del amor de Dios, viendo que la vida vence la muerte.

La traducción del nombre de Tomás (16) muestra la importancia de su significado. Éste se deduce de la frase de Tomás, que está dispuesto a morir “con Jesús” (no como Pedro, que estará dispuesto a morir “por Jesús”, 13,37); el que está dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte es el doble (mellizo) de Jesús. Tomás piensa que la muerte es inminente y, además, su horizonte acaba en ella. Llega al máximo de la adhesión dentro de la perspectiva humana, y ahí se detendrá (cf. 20,25) hasta que palpe la victoria de la vida sobre la muerte (20,27ss).

Se pensaba que la muerte era definitiva a partir del tercer día. Cuando llega Jesús, nadie puede dudar de que Lázaro está muerto (17). Pero además, la cifra cuatro indica la totalidad del tiempo; el sepulcro, la ausencia de vida (por eso Jesús sacará a Lázaro del sepulcro). Éste ha sido el destino de la humanidad desde el principio. La muerte de Lá­zaro ha sido asimilada por los suyos a la muerte de siempre, sin espe­ranza.

vv. 18-27. Betania es el lugar figurado de la comunidad de Jesús y se ha colocado hasta ahora más allá del Jordán (1,28; 10,40); esta otra Betania, sin embargo, está muy cerca de Jerusalén (18); la comunidad re­presentada por los tres hermanos se encuentra dentro del territorio de

Israel, es decir, aunque ha dado la adhesión a Jesús, no ha roto con la institución y modo de pensar judíos; de ahí nacen las falsas concep­ciones sobre la muerte y la resurrección y sobre la obra el Mesías.

Los judíos presentes en Betania (19) pertenecen a la institución ene­miga de Jesús; sin embargo, dan muestras de amistad a esta comunidad de discípulos; no han visto en ellos una ruptura semejante a la de su Maestro.

El movimiento de Marta, cuyas creencias representan a las de la co­munidad, responde al acercamiento de Jesús (20) que llega, aunque él no entra en la casa donde se expresa la solidaridad con la muerte. La frase de Marta (21) insinúa un reproche; ella cree que la muerte de su hermano ha interrumpido su vida. Esperaba una curación, sin darse cuenta de que la vida que Jesús les ha comunicado ha curado ya el mal radical del hombre: su esclavitud a la muerte. Primera de las cosas que sabe Marta (22; cf. 24), ambas por debajo del nivel de fe propio del dis­cípulo: ve en Jesús un mediador infalible ante Dios, no comprende que Jesús y el Padre son uno (10,30) y que las obras de Jesús son las del Pa­dre (10, 32.37). Espera una intervención taumatúrgica de Jesús, como la del profeta Eliseo (2 Re 4,8ss).

Jesús responde restituyendo la esperanza (23): la muerte de Lázaro no es definitiva; no atribuye la resurrección a una nueva acción suya personal, pues significa la persistencia de la vida comunicada con el Es­píritu que efundirá en su muerte (6,39s). Marta interpreta las palabras de Jesús según la creencia farisea (24). Las palabras de Marta delatan una decepción (ya sé); ha oído lo mismo muchas veces. Para ella, como para los judíos, el último día está lejos; no comprende la novedad de Jesús.

Jesús no viene a suprimir o retrasar indefinidamente la muerte física, sino a comunicar la vida que él mismo posee y de la que dispone (5,26), su mismo Espíritu. En la frase de Jesús (25: yo soy la resurrección y la vida) el primer término depende del segundo: es la resurrección por ser la vida (14,6). La vida que él comunica, al encontrarse con la muerte, la supera; a esto se llama resurrección; no está relegada a un futuro, por­que Jesús, que es la vida, está presente.

Para que la realidad de vida invencible que es Jesús llegue al hombre se requiere la adhesión, a la que él responde con el don del Espíritu, nuevo nacimiento a una vida nueva y permanente (3,3s; cf. 5,24). Ex­pone Jesús (26) el principio que funda la afirmación anterior (cf. 8,51):

para el discípulo, la muerte física no tiene realidad ¿e muerte: la muerte, de hecho, no existe. Esta es la fe que Jesús espera de Marta (¿Crees esto?). Marta responde con la perfecta profesión de fe cristiana (20,31); ya no es el Profeta (6,14), sino el Hijo de Dios, igual al Padre.

vv. 28-38a.  El recado a María en voz baja (28) delata la hostilidad que reinaba contra Jesús en los ambientes judíos. El Maestro, de cuyos la­bios va a oír María lo mismo que Marta. María, que representa a la co­munidad apenada por la muerte, reconoce la llamada de Jesús (10,3s) (29-30). Los visitantes interpretan su salida como un nuevo impulso de dolor, como si el sepulcro la llamase (31); lo único que conciben es el llanto. Sin esperárselo, van a encontrarse con Jesús.

El dolor de María es más expresivo que el de Marta (32: se le echó a 105 pies). Palabras casi idénticas a las de su hermana: nuevo reproche implícito. La repetición subraya no ser misión de Jesús preservar a los suyos de la muerte natural. Jesús no le responde; el dolor de esta muerte no puede encontrar más consuelo que la vida misma.

María y los visitantes lloran desconsolados, por la inevitabilidad y definitividad de una muerte sin esperanza. Jesús se reprime; no quiere participar en esta clase de dolor. Diferencia entre el dolor desesperan­zado de María, igual al de los judíos que no creen en Jesús, y el dolor sereno de Jesús mismo (35). Comentarios (36-37). Jesús va al sepulcro (38a) para manifestar la gloria/amor de Dios, que salva al hombre de una muerte irreparable.

vv. 38b-46. Sepulcro-cueva (38b), de los patriarcas (Gn 49,29-32; 50,13), ligado a los orígenes del pueblo. Es el antiguo sepulcro, el de la muerte, donde todos han sido puestos, en oposición al sepulcro nuevo de Jesús, el de la vida, donde nadie había sido puesto todavía (19,41). Lázaro ha sido enterrado a la manera y según la concepción judía, «para reunirse con sus padres» (Gn 15,15). La losa, que cierra el paso, simboliza la definitividad de la muerte.

Jesús pide a la comunidad que se despoje de esa creencia (Quitad la losa) (39) que relega la resurrección al final de los tiempos, separando a los vivos de los muertos. Marta no ve diferencia entre la muerte de un discípulo y la que ha sufrido la humanidad desde siempre (cuatro días, cf. 11,17). Su fe (11,27) vacila ante la cruda realidad (ya huele mal). Jesús le reprocha su incredulidad (40); la vida que vence la muerte ma­nifiesta la gloria/amor de Dios. Ante el reproche, la comunidad se de­cide a dejar su idea de la muerte (41: quitaron la losa).

El gesto de Jesús (41: levantó los ojos) muestra su comunicación con la esfera de Dios. Jesús no ora ni pide nada al Padre, le da gracias, por­que el Padre se lo ha dado todo (3,35). Tiene conciencia permanente (siempre) de su relación con el Padre (42). El agradecimiento, expresión del amor. La fe de los presentes será efecto de la manifestación. Con su orden (43), saca a Lázaro del lugar de la muerte, que no le corresponde, pues el creyente sigue viviendo (11,25; 19,41). Como el hedor (39), también las vendas y el sudario (44) subrayan la realidad de la muerte física. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad. Paradoja: el que sale está muerto, pero sale él mismo, porque está vivo. La exhortación a quitarle las vendas invita a la comunidad a traducir en la práctica la nueva convicción de que el discí­pulo no está sometido al poder de la muerte.

Jesús no devuelve a Lázaro a la comunidad, lo deja marcharse, pero ya libre. El camino de Lázaro lleva al Padre, con quien está vivo. La narración escenifica el cambio de mentalidad frente a la muerte que Jesús les pide; son ellos los que lo han atado y a ellos les toca desatarlo. Como la losa encerraba al muerto en el pasado, en el sepulcro de Abra­hán, las vendas le impedían llegar a la casa del Padre. Se describe dra­máticamente la concepción judía del destino del hombre, que impedía a la comunidad comprender el amor de Dios manifestado en Jesús. No es que Lázaro tenga aún que irse con el Padre, son ellos los que tienen que dejarlo ir, comprendiendo que Lázaro está vivo en la esfera de Dios, en vez de retenerlo en su mente como un difunto sin vida.

Al desatar a Lázaro «muerto» son ellos los que se desatan del miedo a la muerte que los paralizaba. Se liberan todos de la esclavitud a la muerte. Sólo ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, po­drá la comunidad entregar su vida como Jesús, para recobrarla (10,18).

Reacción natural, la adhesión a Jesús (45); mientras tenía miedo a la muerte, la comunidad no interpelaba ni se veía diferencia alguna entre los judíos y los discípulos de Jesús. Ahora, la comunidad es un testimonio del amor de Dios que libra al hombre del temor más profundo, raíz de todas las esclavitudes.

R.  J. García Avilés

 

 

“Yo soy la resurrección y la vida”

La Cuaresma termina con una invitación a la vida. Primero fue el agua, luego la luz y ahora la vida. No cualquier vida, sino la vida de verdad, la vida que ha vencido a la muerte. La historia de Lázaro es toda una catequesis sobre la fe, la muerte y la vida.

La muerte será siempre una historia de dolor y lágrimas. Ante ella todos sentimos nuestra impotencia. Queremos que el enfermo sane y viva. La ciencia médica hoy puede alargar unos años nuestra vida, pero al fin la muerte termina venciendo al enfermo y, también, a la medicina.

Con frecuencia, nuestra impotencia ante la muerte, termina en una cierta desilusión sobre Dios. Fue la historia de Marta y María, las hermanas de Lázaro. Jesús era amigo de la familia, pero no vino a sanarlo. La consiguiente desilusión de las hermanas y una desilusión que es también una queja: “Si hubieses estado aquí, no hubiera muerto mi hermano.” Le culpan de la muerte del hermano, algo que también a nosotros nos suele suceder. Nos sentimos gente buena, le hemos orado y pedido. Y la muerte como que se ríe de nosotros y de nuestras oraciones. Entonces vienen nuestras quejas contra Dios: “Dios no me ha escuchado.”

Jesús quiere abrirlas a la esperanza: “Lázaro resucitará.” Pero ellas piensan en la resurrección al final de los tiempos y es cuando Jesús se presenta a si mismo como la resurrección ya y ahora. “Yo soy la resurrección y la vida.” “Para resucitar no hay que esperar tanto. Yo mismo soy la resurrección y yo mismo soy la vida.” Pero ellas siguen pensando en el más allá.

Cuando Jesús se acerca al sepulcro, ellas mismas tratan de convencerle de que no hay nada que hacer. “Ya huele mal.” Es decir, está ya en estado de corrupción. Por tanto, está bien muerto. “¿No te he dicho que si crees...?”

Jesús no hace los milagros para que creamos, exige fe para que el milagro sea posible. Es entonces que Jesús quiere hacerles ver la “gloria de Dios”, es decir, la verdadera manifestación del poder de Dios. “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” Dios manifiesta su poder venciendo a la muerte, no sanando al enfermo, que también lo pueden hacer los médicos. Dios hace lo que nosotros no podemos hacer, vencer la muerte.

La muerte puede ser el fracaso humano, pero la muerte es el triunfo de Dios. Si Dios manifestó su gloria resucitando a Jesús, ahora la manifiesta resucitándonos a nosotros. Los fracasos humanos terminan siendo los triunfos divinos. Ahí está el fracaso de Jesús en la Cruz, pero ahí está luego el triunfo de Dios en la Resurrección.

 

 

El grito de Dios

“Lázaro, sal afuera.” Lázaro, levántate. Lázaro, sal de ti mismo. Lázaro, sal de tu muerte porque te espera la vida. ¿No es éste el grito diario de Dios en nuestras vidas?

“Sal afuera.” No te encierres sobre ti mismo.

“Sal afuera.” Sal de todo lo que hay de muerte en tu vida.

Sal de tu egoísmo.

Sal de tu individualismo.

Sal de tu orgullo.

Sal de tu pereza e indiferencia.

Sal de tu insensibilidad al dolor de los demás.

Sal de la vulgaridad de tu vida a la elegancia de la santidad.

Todos somos portadores de un sepulcro que nos encierra, nos asfixia. Nos priva de nuestra libertad. Todos llevamos un sepulcro que nos impide ser libres. Cada uno carga con el suyo.

Y lo que Dios quiere es que seamos libres.

Que no vivamos esclavos de nada ni de nadie.

Ni siquiera nos quiere esclavos de sí mismo.

No quiere un amor obligado.

Quiere que le amemos libremente.

Hablamos mucho de libertad y terminamos esclavos incluso de la libertad. Por eso de que somos libres, no aceptamos que nadie nos diga nada, que nadie nos imponga nada, que nadie nos diga lo que tenemos que hacer.

Nos sentimos libres de los demás, pero caemos en la esclavitud de nosotros mismos.

¿Quién se considera libre de sus instintos y pasiones?

¿Quién se cree libre de sus intereses?

¿Quién se cree libre incluso de su propia felicidad?

¿Acaso no buscamos la propia felicidad al precio de la felicidad de los demás?

¿Cuántas veces te has dicho a ti mismo: ¡No puedo!?

No puedes, ¿y te consideras libre?

Hoy Jesús nos grita a todos: “Sal fuera.” ¡Libérate! ¡Sé libre! ¡Vive tu libertad! ¡Rompe tus ataduras! ¡Camina en la libertad de los hijos de Dios que la Pascua está cerca!

 

 

Valorar la vida de cada día

¿Verdad que nos sentiríamos felices si al morir, Dios nos sacase del sepulcro y nos devolviese a la vida como a Lázaro?

¿Y no es un milagro el que cada día podamos amanecer con vida?

¿Acaso el darnos la vida cada día es menos milagro que el dárnosla solo cuando morimos?

¿Acaso el amor de cada día es menos amor que el amor que nos regalan el día de nuestro cumpleaños? Pues yo creo que es más amor porque eso de amarnos cuando cumplimos años parece que ya es un rito establecido. En cambio, amarnos cada mañana es toda una novedad.

Cuando alguien que nos es querido muere, todos los lloramos y sentimos su vacío, pero mientras estaba con nosotros, ¿sentíamos el gozo de cada amanecer teniéndolo a nuestro lado?

¿Acaso el amor y la amistad de Jesús fue más grande el día que resucitó a Lázaro que cada vez que se quedaba en su casa y almorzaba y cenaba con toda su familia?

Aún no entiendo porqué las cosas extraordinarias tienen que ser más importantes que las ordinarias. A decir verdad, nadie vive con sólo la alegría de las grandes fiestas, que son pocas veces al año, más influye en nuestras vidas la alegría de cada día, la fiesta de cada día, la vida de cada día, el amor de cada día, la esperanza de cada día.

La vida más importante es la de cada día. La vida que nos hace vivir es la vida de cada día. La vida que nos hace crecer y madurar es la de cada día. Por eso la verdadera vida es hoy. Nadie vive de los regalos en determinados días del año. Todos vivimos del “pan nuestro de cada día”. Por eso nuestro agradecimiento a Dios no debiera ser solo el día de nuestro cumpleaños, sino el agradecimiento por la vida de cada día. Cumplimos años una vez cada año, aunque la vida es de trescientos sesenta y cinco días al año.

 

 

Llegando al final del camino

Los peregrinos de Santiago de Compostela cuando llegan cerca de Santiago y desde el Monte del Gozo pueden contemplar la silueta de las torres de la Catedral y parte de la ciudad, por eso le llaman el “Monte del Gozo”. Después de tan largas caminatas, por fin podían contemplar la meta.

El quinto domingo de Cuaresma es como una especie de Monte del Gozo desde el que podemos contemplar las primeras luces de la Pascua y de la vida. Todavía no es el final, pero se le ve. El quinto domingo no es el final del camino cuaresmal, pero desde él ya se vislumbran las sombras de la muerte y las luces del amanecer pascual.

Lo importante es preguntarnos si hemos llegado de verdad a este Monte del Gozo o, sencillamente, nos hemos quedado en el camino cansado, fatigados o, simplemente, indiferentes. ¿Ha sido la Pascua nuestra verdadera meta? ¿Ha sido la Pascua nuestro verdadero horizonte?

Es preciso mirar de dónde partíamos, de qué esclavitudes partíamos, y preguntarnos ahora de cuántas esclavitudes hemos salido. ¿Llegaremos a la Pascua tan esclavos como cuando partíamos el primer domingo? ¿Seguiremos todavía en el Egipto de nuestras esclavitudes y estaremos ya disfrutando del gozo de nuestra libertad? ¿Cuántas libertades tienes hoy que no tenías al comienzo? El próximo Domingo ya comienza la Gran Semana. ¿Será la semana de nuestra Pascua? Nadie puede andar el camino de nadie. Nadie puede hacerse libre por otro. Cada uno es autores de su propia historia. No es cuestión de que el calendario haya avanzado, es cuestión de que nosotros hayamos salido y estemos ya a punto de llegar.

 

 

La confesión, penitente y confesor

El Catecismo de la Iglesia Católica cuando habla de la confesión tiene frases que todos debiéramos recordar para valorar este sacramento.

“Cuando celebra el sacramento de la penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a la vuelta, del justo juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.” (n.1465)

Habla de cómo ha de actuar el sacerdote, pero con ello nos dice, a la vez, cómo ha de ser este sacramento del perdón. No es el sacerdote el juez que condena, sino el representante de la misericordia de Dios, es el Buen Pastor que no aleja a los penitentes con su mal humor o con su genio o incluso con sus propias teorías, sino que tiene que buscar a la oveja perdida.

Muchos se imaginan que la persona del confesor se reduce a escuchar lo que dice el penitente. Es cierto que debe escucharle, pero su deber es imitar a Jesús el buen pastor o al Padre que abraza, besa, viste y celebra el regreso del hijo que se fue de casa.

Es posible que muchos de ustedes tengan una pobre idea del sacerdote como confesor, ¿no debieran orar por él para que realmente pueda ser un signo del amor de Dios? ¿Que es difícil confesarse? Lo sé. ¿Y creen que es más fácil ser un buen confesor? Cuando te confiesas traes tus pecados, pero el confesor tiene que revelar a Dios en tus pecados. ¿Te parece esto fácil? A veces, yo mismo me pregunto: ¿será más fácil confesarse o ser el confesor que escucha tu confesión? A ti te toca expresar lo peor de tu vida, pero al confesor le toca expresar lo mejor de Dios. ¿Qué cosa crees que es más fácil?