El doble sentido de vida y muerte

La gran dificultad, al hablar de la vida y de la muerte, estriba en que tenemos que utilizar las mismas palabras para expresar conceptos completamente diferentes. Tan contradictorios que se puede dar la muerte en una vida fisiológica de lo más saludable, Y se puede dar la Vida definitiva en la vida más deteriorada e incluso en la misma muerte biológica. Si no aplicamos el concepto adecuado en cada caso, tergiversamos el texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que quiere decir.

Al final ya de la cuaresma y cuando vamos a entrar en los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, tiene pleno sentido que nos preparemos tratando de dilucidar qué es vida y qué es muerte para Jesús.

En el relato de hoy, todo es simbólico. Los tres hermanos representan la nueva comunidad. Jesús está totalmente integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro.

La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad. Si Jesús hubiera pretendido salvar la vida biológica de Lázaro, hubiera ido inmediatamente a curarlo. Hubiera sido más fácil que resucitarlo. Pero su intención no es curar la enfermedad de Lázaro, sino manifestar la Vida en él. Por eso espera a que la muerte quede rotundamente confirmada (cuatro días, ya huele).

Si seguimos preguntando si Lázaro resucitó o no físicamente, es que seguimos en el lado de los muertos, porque nuestra preocupación sigue siendo la vida biológica.

La alternativa no es: esta vida, solamente aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta.

La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida y más allá de ella.

Que Lázaro resucite para volver a morir unos años después, no soluciona nada. Sería ridículo que ese fuese el objetivo de Jesús.

Es realmente sorprendente, que ni los demás evangelistas, ni ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular como la resurrección de un cuerpo cuando ya está podrido. Sobre todo, sabiendo que los sinópticos narran hasta la curación de una gripe a la suegra de Pedro.

Jesús no hace ningún caso de la resurrección del último día, de la que habla Marta. Lo que él ofrece es otra cosa. Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la Vida trascendente que él mismo posee y de la que puede disponer (5,26).

Esa Vida es de tal fuerza, que anula el carácter catastrófico de la muerte biológica. Es la misma Vida de Dios que él posee por el Espíritu.

Resurrección es un término relativo, supone un estado anterior de vida física. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina.

Respecto a la Vida que comunica Jesús, es su continuidad; aunque, para entendernos, le llamemos resurrección. “Yo soy la resurrección” está indicando que es algo presente, no futuro y lejano. No hay que esperar a la muerte para conseguir Vida.

Está mucho más claro cuando hablamos de nuevo nacimiento, como dice Jesús a Nicodemo en el mismo evangelio de Juan.

Para que esa Vida pueda llegar al hombre, se requiere como condición indispensable la adhesión a Jesús. A la adhesión responde él con el don del Espíritu-Vida, nacimiento a una nueva Vida que se sitúa más acá y más allá de la muerte física.

El término “resurrección” expresa solamente su relación con la vida biológica que ya ha terminado. Esto se decía en 5,24:

“Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva”.

Esto no quiere decir que solo la posean los que conocen y siguen a Jesús. Lo que nos quiere decir es que todo aquel que tenga una actitud como la que tuvo Jesús en su vida, participa de esa Vida, aunque no haya conocido a Jesús

Jesús corrige la concepción tradicional de “resurrección del último día”, que Marta compartía con los fariseos. Para Juan, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Esta es la fe que Jesús espera de Marta.

No se trata de creer que Jesús tiene poder para resucitar a un muerto. Se trata de aceptar la Vida definitiva que Jesús posee y puede comunicar al que se adhiere a él.

Nosotros hoy seguimos con la fe de Marta que Jesús declara insuficiente. En el fondo, seguimos esperando que Dios nos devuelva la vida biológica porque es la que apreciamos y deseamos.

¿Dónde le habéis puesto? Esta pregunta, hecha antes de llegar al sepulcro, parece insinuar la esperanza de encontrar a Lázaro con Vida. Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús.

Al decirles: “Quitad la losa”. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar también vivos. Pero también los vivos pueden estar muertos. Una profunda reflexión para nosotros hoy.

Ya huele mal. La fe que Marta acaba de confesar, parece que ahora se esfuma. La trágica realidad de la muerte se impone y no deja lugar a la esperanza. Al recordar una vez más los “cuatro días”, nos muestra los estragos que la muerte causa en el hombre desde siempre.

Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacer ver que la muerte biológica no es el fin; pero también que sin la muerte del “ego” no se puede alcanzar la verdadera Vida. Para alcanzar lo más alto, hay que bajar a lo más bajo.

La muerte sólo deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume y se traspasa. “Si el grano de trigo no muere...” “El que quiera salvar su vida la perderá.”

Nadie puede quedar dispensado de morir, ni el mismo Jesús. Jesús invita a Nicodemo a nacer de nuevo. Ese nacimiento es imposible sin morir antes a todo lo que creemos ser. Esta es la clave del mensaje de Jesús. ¿Lo creemos? ¡¡NO!! Pues, apaga y vámonos.

Al quitar la losa, desaparece simbólicamente la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte.

Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora está seguro que sigue viviendo. Es más, solo ahora posee en plenitud la verdadera vida. “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Nos desconcierta la compatibilidad de la Vida con la muerte.

Es muy importante la oración de Jesús en ese momento clave. Al levantar los ojos a “lo alto” y “dar gracias al Padre”, Jesús se coloca en la esfera del Padre. Jesús está en comunicación constante con Dios; su Vida es la misma Vida de Dios.

No se dice que Jesús haya pedido nada. El sentido de la acción de gracias lo envuelve todo. Es consciente de que el Padre se lo ha dado todo, entregándose Él mismo. La acción de gracias se expresa en un gesto y en unas palabras, pero en Jesús no se trata de un acto, sino que el acto expresa una actitud permanente en él.

Al gritar: ¡Lázaro, ven fuera! está confirmando que el sepulcro donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. Han sido ellos, los que le escuchan, los que le han colocado allí. El creyente no está destinado al sepulcro, porque aunque muere, sigue viviendo.

Con su grito, Jesús quiere mostrar a Lázaro vivo en la muerte. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. Ellos son los que tienen que convencerse de que la muerte física no ha interrumpido la Vida. Entendido literalmente es un absurdo. ¡Ya podía gritar fuerte para que el muerto lo oyera!

“Salió el muerto con las piernas y los brazos atados”. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad, por lo tanto, sin posibilidad de desarrollar su humanidad (ciego de nacimiento). El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal ser humano. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados?

El que sale es el muerto, no lo sacan; ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque en realidad está vivo.

Tanto los circundantes, como el muerto, tienen que tomar conciencia de su nueva situación. “Desatadlo y dejadlo que se marche”. Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad, porque esta ya en la esfera de Dios, Vivo.

También ellos tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán los miembros de la  comunidad entregar su vida como Jesús, para recobrarla. El servicio, hasta dar la vida biológica, es la única garantía de Vida definitiva.

Ya está la comunidad preparada para entender la muerte de Jesús y su resurrección.

 

 

La vida aquí y ahora y sin límites

La Samaritana, el ciego y Lázaro son personajes simbólicos que nos representan a todos en nuestra condición de criaturas limitadas que somos invitados a superar los límites.

Con las mismas palabras se hace referencia a conceptos tan diferentes que es difícil interpretarlos bien. De hecho, se puede dar la muerte en una vida fisiológica sana. Y se puede dar la Vida con una salud deteriorada. No podemos tergiversar el texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que quiere decir. Al final de la cuaresma tiene pleno sentido que tratemos de dilucidar qué es Vida y qué es muerte para Jesús.

En el relato de hoy, todo es simbólico. Los tres hermanos representan la nueva comunidad. Jesús está totalmente integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro.

La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad. Si Jesús hubiera pretendido salvar la vida biológica de Lázaro, hubiera ido inmediatamente a curarlo. Hubiera sido más fácil que resucitarlo. Pero su intención no es curar la enfermedad, sino manifestar la Vida. Por eso espera a que la muerte quede rotundamente confirmada (cuatro días, ya huele).

Si seguimos preguntando si Lázaro resucitó o no físicamente, es que seguimos en el lado de los muertos. La alternativa no es esta vida, solamente aquí abajo, u otra vida después pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida y más allá de ella.

Que Lázaro resucite para volver a morir unos años después, no soluciona nada. Sería ridículo que ese fuese el objetivo de Jesús. Es realmente sorprendente, que ni los demás evangelistas, ni ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular como la resurrección de un cuerpo ya podrido. Recordad que los sinópticos narran hasta la curación de una gripe a la suegra de Pedro.

Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la Vida de Dios que él mismo posee y de la que puede disponer (5,26). Esa Vida anula el carácter catastrófico de la muerte biológica. Es la misma Vida de Dios que él posee por el Espíritu.

Para que esa Vida pueda llegar al hombre, se requiere como condición indispensable la adhesión a Jesús. A la adhesión responde él con el don del Espíritu-Vida, nacimiento a una nueva Vida que se sitúa más acá y más allá de la muerte física. Esto no quiere decir que solo la posean los que conocen y siguen a Jesús. Lo que nos quiere decir es que todo aquel que tenga una actitud como la que tuvo Jesús en su vida, participa de esa Vida, aunque no haya conocido a Jesús

Resurrección es un término relativo, supone un estado anterior de vida física. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. Respecto a la Vida que comunica Jesús, es su continuidad; aunque, para entendernos, le llamemos resurrección. "Yo soy la resurrección" está indicando que es algo presente, no futuro y lejano. No hay que esperar a la muerte para conseguir Vida.

El término "resurrección" expresa solamente su relación con la vida biológica que ya ha terminado. Esto se decía en (5,24) "Quien escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva".

Jesús corrige la concepción tradicional de "resurrección del último día", que Marta compartía con los fariseos. Para Juan, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Esta es la fe que Jesús espera de Marta. No se trata de creer que Jesús puede resucitar muertos. Se trata de aceptar la Vida definitiva que Jesús posee y puede comunicar al que se adhiere a él. Hoy seguimos con la fe para el más allá de Marta, que Jesús declara insuficiente. Seguimos esperando una vida biológica eterna, que es la que apreciamos.

¿Dónde le habéis puesto? Esta pregunta, hecha antes de llegar al sepulcro, parece insinuar la esperanza de encontrar a Lázaro con Vida. Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús.

Al decirles: "Quitad la losa". Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos. Pero también los vivos pueden estar muertos.

Al quitar la losa, desaparece simbólicamente la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora está seguro de que sigue viviendo. Es más, solo ahora posee en plenitud la verdadera Vida. "El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá". La Vida es compatible con la muerte.

Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin la muerte del "ego" no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte sólo deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume y se traspasa. "Si el grano de trigo no muere..." Nadie puede quedar dispensado de morir, ni el mismo Jesús. Jesús invita a Nicodemo a nacer de nuevo. Ese nacimiento es imposible sin morir antes a todo lo que creemos ser. Esta es la clave del mensaje de Jesús.

Es muy importante la oración de Jesús en ese momento clave. Al levantar los ojos a "lo alto" y "dar gracias al Padre", Jesús se coloca en la esfera del Padre. Jesús está en comunicación constante con Dios; su Vida es la misma Vida de Dios. No se dice que Jesús haya pedido nada. El sentido de la acción de gracias lo envuelve todo. Es consciente de que el Padre se lo ha dado todo, entregándose Él mismo. La acción de gracias se expresa en un gesto y en unas palabras, pero en Jesús no se trata de un acto, sino que el acto expresa una actitud permanente en él.

Al gritar: ¡Lázaro, ven fuera! está confirmando que el sepulcro donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. Han sido ellos, los que le escuchan, los que le han colocado allí. El creyente no está destinado al sepulcro, porque aunque muere, sigue viviendo. Con su grito, Jesús quiere mostrar a Lázaro vivo en la muerte. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. Ellos son los que tienen que convencerse de que la muerte física no ha interrumpido la Vida. Entendido literalmente es un absurdo. ¡Ya podía gritar fuerte para que el muerto lo oyera!

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad, por lo tanto, sin posibilidad de desarrollar su humanidad (ciego de nacimiento). El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal ser humano. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados?

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. Todos tienen que tomar conciencia de su nueva situación. "Desatadlo y dejadlo que se marche". Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. También ellos tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida como Jesús.

Meditación-contemplación

Yo soy la Vida más allá de lo biológico.

Se trata de la Vida que no termina, la definitiva.

Es más que la misma Vida de Dios, comunicada al hombre.

Es la ÚNICA VIDA que lo inunda todo.

No es algo que Dios nos da o deja de darnos.

Es el mismo Dios comunicando su mismo ser.

Su ser que es el centro de nuestro verdadero ser.

Jesús nos invita a descubrir y a vivir esa realidad.

Esa Vida divina no interfiere con la vida biológica.

La biología sigue sus propias leyes.

Esas leyes no impiden la Vida, sino que la hacen posible.

Ni siquiera la muerte tiene repercusión alguna en la Vida.

fray Marcos  Rodríguez

 

 

Así quiero morir yo

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.

 

 

Un profeta que llora

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que lo acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día Jesús recibe un recado: nuestro hermano Lázaro, "tu amigo", está enfermo. Al poco tiempo, Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él "se echa a llorar" junto a ellos. La gente comenta: "¡Cómo lo quería!".

Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?

El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?

Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y "seguir tirando". Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo a nuestro final hemos de acercarnos de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?

Ante el misterio último de nuestro destino no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida al que, en cierta ocasión, le escuché decir: "De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada".

Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la Bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y, sin verlo aún, le damos nuestra confianza.

Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Sólo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?". Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es "descansar en el misterio de la misericordia de Dios".

 

 

Nuestra esperanza

El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá... ¿Crees esto?»

Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que, seguramente, lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres» está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.

La familia está rota. Cuando se presenta Jesús, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?

Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.

Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo envejecido, lleno de viejos y viejas, cada vez con menos espacio para los jóvenes, un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.

Hoy vivimos en una sociedad que ha sido descrita como "una sociedad de incertidumbre" (Z. Bauman). Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?

Como los humanos de todos los tiempos, también nosotros vivimos rodeados de tinieblas. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta esas palabras que son para todos sus seguidores un reto decisivo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá... ¿Crees esto?»

A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Sólo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.

padre José Antonio Pagola

 

 

Somos necesidad y plenitud

La belleza y sabiduría del relato consiste en conjugar, en la misma persona de Jesús, una doble afirmación: "Se echó a llorar" y "Yo soy la resurrección y la vida".

Esa es, justamente, nuestra paradoja: somos seres sensibles, a quienes nos afecta lo que sucede y, simultáneamente, somos Vida que se halla siempre a salvo.

Nos percibimos como pura necesidad y carencia –y, por tanto, vulnerables- pero, al mismo tiempo, somos plenitud a la que nada le falta.

Nuestro "doble rostro" no es sino expresión de las "dos caras" de lo Real: lo invisible y lo manifiesto, "lo implicado y lo explicado" (por utilizar los términos del físico David Bohm), el vacío y la forma...

Ambos aspectos son ciertos, si bien no en el mismo nivel. Por eso, en cierto modo, podría decirse que lo absoluto se manifiesta en lo (como) relativo.

La tradición cristiana ha personalizado este doble rostro de lo Real en la persona de Jesús, al afirmar simultáneamente su divinidad y su humanidad. La lectura adecuada de tal afirmación no habla de una suma o yuxtaposición de dos realidades separadas (Dios y hombre), sino del misterio de la Unidad, visto desde dos perspectivas diferentes. Por eso, la formulación menos inadecuada pudiera ser esta: lo humano es divino, y lo divino es humano. (Y probablemente fuera por aquí la intuición de Leonardo Boff cuando, al hablar de Jesús, afirmó que "alguien tan humano solo podía serlo Dios").

Cuando se han entendido aquellas dos dimensiones en clave de yuxtaposición –una al lado de la otra-, se ha dado entrada a una serie interminable de pseudo-problemas que no conducen a ninguna parte.

Del mismo modo, cuando aquella afirmación se ciñó exclusivamente a Jesús, tuvo como resultado que se hiciera de él un "ídolo" separado y alejado de todos nosotros.

En realidad, lo que se afirma de Jesús se está diciendo también de todos nosotros. Y esto no es "rebajar" su figura –como leería una creencia mítica, o como temería un cristiano convencional-, sino justamente percibirla en toda su hondura y plenitud.

Parece claro que cualquier comparación nace de la mente y caracteriza el funcionamiento del ego, que vive precisamente del juicio y la comparación. Eso explica que, mientras se permanece en la mente y en el ego –como si esta fuera nuestra verdadera identidad-, la comparación sea inevitable, enfatizando, por encima de todo, las diferencias entre los egos.

Al silenciar y trascender la mente, se abre la perspectiva no-dual que, sin negar las diferencias manifiestas, sabe ver la unidad de fondo que las abraza, y que constituye realmente su identidad última.

Como Jesús, somos, a la vez, necesidad –por eso lloramos- y somos Vida. Y esto es lo que en la tradición cristiana se ha expresado con el término "resurrección".

La resurrección –como la reencarnación, en otras culturas y latitudes- es un "mapa", que apunta a la verdad de que somos Vida, que nada puede aniquilar.

Por eso, cuando Marta expresa la fe convencional judía –"sé que resucitará en la resurrección del último día"-, Jesús puntualiza: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre".

La muerte –aunque nos haga llorar e incluso produzca gran temor a nuestra sensibilidad, porque somos seres sintientes- es únicamente una "forma" más que adopta la Vida, no muy diferente de aquella otra que es el nacimiento. En este y en aquella, La Vida solo cambia de forma. Y esa misma Vida, como bien sabía Jesús, es nuestra verdadera identidad; no la identidad de nuestro yo individual (o ego), sino del Yo Soy universal que, más allá de las diferencias, somos.

 

 

Lo que somos, no muere

Se trata de la séptima y última señal de Jesús, en el cuarto evangelio. Tal como la narración ha llegado a nosotros, aparece profundamente elaborada, a la vez que cargada de simbolismo y de mensaje teológico.

John Meier, de acuerdo con los exegetas más rigurosos, afirma que estamos ante un relato que habría sufrido muchas modificaciones en la tradición, a lo largo de las décadas transcurridas antes de que llegara al evangelista. Es probable que Juan haya reelaborado, y con mucha amplitud, un texto muy breve en su origen, que hablaría de la curación de alguien que se hallaba al borde de la muerte.

Aparte del análisis del propio texto, en el que se aprecia la intervención de diversas manos, hay más datos que confirmarían la profunda reelaboración catequética o teológica que realizó el autor último del evangelio.

La intencionalidad de este autor –el mensaje que busca transmitir-, si tenemos en cuenta el desarrollo del evangelio en su conjunto, parece evidente: Jesús es la resurrección y la vida del pueblo, representado en la figura de Lázaro (o Eleazar, de ´El ´Azar: “Dios ayuda”).

Todo el relato gira en torno a esta frase, absolutamente central: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”.

Parece que la comunidad joánica se reconocía en esa confesión de fe. Por eso se subraya especialmente frente a lo que era la creencia judía, que el autor había puesto en boca de Marta: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”.

La larga historia del texto, a la que hacía alusión más arriba, junto con la profunda reelaboración última a manos del evangelista, nos aporta diferentes detalles:

la presentación de la muerte como un “sueño”;

la referencia a los “cuatro días”, según la idea de los rabinos, para quienes el “alma” seguía rondando al cuerpo durante tres días, a partir del cual no cabía ya ninguna esperanza de que el muerto volviera a la vida;

la insistencia en el llanto de Jesús que, a la vez que revela su profunda sensibilidad, carecería de sentido en el caso de que fuera a devolver a Lázaro a la vida física;

la descripción del sepulcro como una “cueva”, tapada con una losa; la presentación del difunto, con “los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario”;

la orden que da Jesús –“desatadlo y dejadlo andar”-, que explica el sentido de la liberación que aporta, frente a una legislación y unas instituciones que ataban y paralizaban al pueblo;

el mensaje que recorre el texto, desde su inicio, según el cual, todo lo ocurrido “servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado”;

la constancia de que muchos judíos creyeron a partir de ahí…

Más allá de todo ese conjunto de temas, el centro de la narración que ha llegado a nosotros es, como decía, la afirmación de Jesús como resurrección y vida. Dicho de otro modo: la resurrección es ya ahora.

Esa parece que era la convicción de algún grupo cristiano, como expresa este texto de un evangelio apócrifo: “Quien dice: «primero se muere y después se resucita, se engaña». Si no se resucita mientras se está aún en vida, tras morir, no se resucita ya” (Evangelio de Felipe, 90).

Esa afirmación resulta admirablemente coherente con lo que podemos apreciar desde un nivel de conciencia transpersonal. En niveles anteriores, el ego entendía la resurrección como la perpetuación y pervivencia “eterna” de su propia forma.

Cuando descubrimos que ese yo no es realmente nuestra identidad, todo se ve modificado. Hasta el punto de que, con cierta ironía, pero con toda verdad, podría decirse que la resurrección consiste, no en la perpetuación del yo, sino justamente en la liberación de él.

La muerte provoca miedo únicamente al yo, y a quien se ha identificado con él. En la medida en que, deshecha tal identificación, vamos experimentando nuestra identidad más profunda, vemos la muerte –como Jesús- como un “paso” o un “despertar”. Desaparece la forma, pero no muere lo que realmente somos.

Del mismo modo que, cada mañana, cuando salimos del sueño, muere el sujeto onírico y aparece la “nueva identidad” del yo vigílico, así ocurre en la muerte: muere el yo mental y “despierta” lo que realmente somos. Lo que ocurre es que solemos vivir tan identificados con el yo que estamos habitualmente “dormidos”.

Tiene razón el conocido dicho sufí: “Ahora estamos dormidos; cuando morimos, despertamos”.

El yo psicológico es sólo la “sombra” de lo que realmente somos. ¿Acaso sufres porque pisen tu sombra? Lo mismo pasa con el yo; vivimos tan identificados con él, que nos afligimos por su suerte: si lo “pisan”, si se deteriora y, sobre todo, si se muere…

Quizás sea eso lo que quieren expresar estos poemas de Eugenia Domínguez:

Dos fuegos

Dos fuegos hay en mí: uno se apaga

por cualquier golpe de viento;

el otro, invisible,

no dejará de arder

cuando yo me haya ido.

Hay dos fuegos en mí; uno es eterno

y observa compasivo cómo el otro

se consume tan lejos de la vida,

creyendo que es la vida quien lo inflama.

Dos fuegos hay en mí; uno artificio,

el otro llama que arde inextinguible,

con deseo de arder más

y más alto,

más hondo,más real.

(Eugenia DOMÍNGUEZ, La música de las esferas, Torremozas, Madrid 2008, p.33)

Desamordazarme y regresarme

¿Quién soy yo? Voy repitiendo

la pregunta año tras año.

Descarto lo que, sin duda,

sé que no soy.

Ni este cuerpo vulnerable

ni los enloquecidos pensamientos

ni los veleidosos sentimientos.

Como tantas veces, nada en mi cuerpo,

en mi mente, en mi corazón,

que pueda llamar yo, considerar yo

sin fisuras o incertezas.

Ni la mano que escribe

ni la boca que sonríe y besa

ni los ojos que miran.

Nada… nada…  ¿nada?

Quizá deba empezar de nuevo;

ir más allá de los ojos,

desamordazar los ojos,

deshacerlos, quedarme con su esencia…

Tal vez sea, en primer lugar,

la mirada que contempla,

que taladra y desvela,

que une lo observado y el que observa…

Acaso deba hacer así con todo;

desamordazar la boca,

que ríe, besa y alienta,

capaz de pronunciar

palabras que sanen o verdades…

Desmordazar la mano que escribe,

que nombra y silencia,

que pregunta y contesta

a la vez, mano que baila

porque oye en el temblor de una garganta

la voz del universo…

Acaso deba hacer así con todo;

ir siempre más allá de la apariencia,

desmontar las tramoyas, los telones,

y encontrar lo que soy, creciendo libre.

(Eugenia DOMÍNGUEZ, Vocación de diamante, Torremozas, Madrid 2005, pp.38-39).

No somos el yo que desaparecerá, sino la Vida que nunca muere. Tenía toda la razón Jesús cuando se definía a sí mismo diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”. Eso es lo que, en el nivel profundo, no-dual, somos todos.  

Enrique Martínez Lozano

 

 

La verdadera catequesis de la cuaresma

Ante todo, el contexto general en que se inscribe este texto es el de la cercanía de la Pasión. Por este suceso, Jesús se acerca a Jerusalén, de donde estaba prudentemente alejado.

El signo provocará la crisis. Unos creerán en El. Otros decidirán definitivamente su muerte.

Inmediatamente después del texto que hemos leído, Juan sigue narrando los hechos así:

Pero algunos fueron y contaron a los fariseos lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron:

- ¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos correr, van a creer en él todos; vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación.

Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:

- No entendéis nada: ¿no veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y que no perezca toda la nación?

Así, a partir de aquel día, acordaron darle muerte. (Jn. 11,45 y ss.)

Es por lo tanto un texto que se inscribe en el mismo contexto que el del domingo pasado (la curación del ciego de nacimiento). Allí, Jesús-Luz es rechazado por las tinieblas. Aquí, Jesús-Vida va a ser condenado a muerte.

Se muestran también los aspectos más humanos de Jesús, de manera tan real y detallada que sospechamos encontrarnos ante un testigo presencial del hecho. Una familia que son amigos íntimos (el texto siguiente es la cena en su casa cuando María unge sus pies), el dolor por la muerte y la aflicción de los amigos. Jesús se conmueve hasta las lágrimas.

Y aparece una hermosa oración de Jesús. “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que Tú me escuchas siempre…". Dentro de muy poco orará a su Padre desde al abandono. Y el Padre también escuchaba.

Pero vayamos a los temas fundamentales.

1. LA VIDA en la Escritura

Esta es una de las palabras que aparecen con mayor frecuencia en la Escritura. Más de ochocientas veces. Fundamentalmente aparece en cinco sentidos:

En su acepción normal, la vida biológica del hombre, el ser vivo...

En el sentido de "dar la vida por..."

Como "la vida futura", de después de la muerte.

Como valor provisional, que puede preferirse, y estorbar, al Reino.

("el que ama su vida la perderá")

La verdadera Vida, el don de Dios, como sinónimo de "la gracia", "el reino"

"he venido para que tengan vida y la tengan abundante",

"esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti y al que enviaste, Jesucristo",

"Yo soy el Pan de la vida, el que come de este Pan tiene vida eterna",

"este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida".

2. LOS SIGNOS

El cuarto Evangelio nos tiene acostumbrados a tratar la realidad como signo de "LA OTRA REALIDAD", y a un género literario que consiste en contar lo que sucedió como medio de catequesis, de manera que el significado es mucho más importante que el suceso.

En los domingos anteriores hemos encontrado varios signos muy significativos: el agua (la Samaritana) y la luz (el ciego de nacimiento). En este quinto domingo de cuaresma el signo es la vida.

El evangelista utiliza esta vida, la vida biológica, como signo, como se hacía con el agua y con la luz. Dios no es agua, Dios no es luz: pero estas realidades nos sirven para entender qué es Dios para nosotros. Así, la vida de la tierra nos sirve para entender la plenitud de la vida, la vida del espíritu.

Es un signo importante, y más profundo que los anteriores. Esta vida, lo que nosotros llamamos vida, la vida biológica, la vida humana, es usada por Jesús como signo de la REALIDAD VERDADERA DEFINITIVA EN DIOS.

Es como si dijéramos: "si esto que veis es para vosotros el bien básico, lo más valioso que tenéis... la realidad del hombre con Dios es así, pero en plenitud". Y no precisamente como realidad futura, sino actual: una vida mejor, más plena, aquí y ahora.

3. LAS RESURRECCIONES como signo

En todo el AT. y mucho más intensamente en el NT, la curación es signo de la presencia de la Salvación, la Salud. La enfermedad es signo del poder del mal. La presencia de Dios no tolera el mal, en ninguna de sus manifestaciones, y lo cura. La curación de la enfermedad es un bien, pero es sobre todo signo de la presencia de la Salvación.

De la misma manera, y en grado superior, la muerte se entiende más que como condición normal del hombre, como sumo mal. Pero Dios tampoco tolera ese mal y también lo cura, dándonos otra Vida más plena, más humana y que no conoce muerte.

4. LAS RESURRECCIONES Y LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

En primer lugar, son diferentes. Incluso el original griego suele usar distintas palabras (anastasis - egeirein).

Devolver a Lázaro a la misma vida anterior, a tener que volver a morir, no es un favor. La Vida que ofrece Jesús resucitado es la Vida del espíritu.

Esta "vuelta a la vida" de Lázaro es sobre todo un signo del poder de Jesús para dar la Vida plena y definitiva.

La luz, el agua, la vida... imágenes de Dios, en Cuaresma, el tiempo de penitencia, el tiempo del color morado, el tiempo en que en las misas no se recita el "Gloria". ¿Quién y por qué ha deformado tanto la imagen de la Cuaresma, la imagen de Dios?

Recordamos el itinerario que hemos seguido en estos cinco domingos.

Primer domingo: somos pecadores, ciegos y esclavos: Jesús vencedor de la tentación.

Segundo domingo: la Transfiguración, fiarnos del crucificado.

Tercer domingo: Dios es Agua en el desierto.

Cuarto domingo: Dios es luz en la oscuridad.

Quinto domingo: Dios es La Vida.

Toda una serie de imágenes de Dios positivo, Dios pro-vida, Dios para la plenitud. Y nosotros, por nuestra cuenta, al margen de La Palabra y de la liturgia, seguimos empeñados en decir: "Somos pecadores, es decir, culpables, merecedores de castigo. Hacemos penitencia para conseguir el perdón del Juez".

Por este camino, llegaremos a decir que el Juez, severo y justiciero, no se ablandará más que cuando vea la sangre de Jesús, derramada en pago por nuestros pecados. ¿Quién ha inventado este Dios?

Toda la enseñanza de los profetas va encaminada a entender que Dios es madre, la que da vida, que su relación con el pueblo es la de un enamorado. Y toda esta línea progresiva del conocimiento de Dios y de nuestra relación con Él culmina en Jesús de manera espectacular.

El miedo a Dios ha quedado en la prehistoria. Nos mueve el amor a Dios, el amor a la Luz, el deseo del Agua, la fe en la Vida.

Sabemos que el pecado es muerte y oscuridad y desierto, y por eso celebramos con alegría que Dios es Vida, Agua y Luz.

El Señor nos invita a vivir, el Señor ilumina y da sentido a todo, el Señor nos hace caminar sin hambre y sed, el Señor nos quita el hambre y la sed de lo que nos perjudica.

Como Jesús en el monte de la tentación, que parece no sentirse atraído por los bienes aparentes que el Enemigo le ofrece, porque tiene Luz, y esos bienes no le apetecen. Como si Eva en el Paraíso se riera de la serpiente y le contestara: "¡Calla imbécil, ¿vas a ser tú más sabia que mi Padre Dios?"

Vivimos en la Tierra Prometida, la que mana leche y miel. En realidad, la Tierra Prometida era un sequedal áspero acosado de innumerables enemigos: no importa, es vivir en libertad, está lleno de luz, de agua y de vida, y preferimos vivir aquí que en la plácida esclavitud de Egipto, donde nos atiborrábamos de puerros y grasa de oca, pero no éramos libres y no conocíamos a Dios.

Nuestra vida no parece distinta de la de todos los demás: está llena de dificultad, de trabajos, de enfermedades, de disgustos; se encamina inevitablemente a la vejez y a la muerte: no importa, está llena de la luz y el agua de la Palabra, es como un huevo en que se incuba la Vida, como la oruga repugnante o la crisálida encerrada que sólo esperan su sazón para surgir en brillante mariposa.

Durante cinco domingos hemos recibido la más bella de las catequesis sobre nuestra condición humana: esclavos de nuestra oscuridad, ciegos buscadores de pequeños placeres insatisfactorios, contamos con Dios para vivir, para no equivocarnos, para ser verdaderamente humanos, es decir, Hijos, Herederos, capaces de contemplar cara a cara el Rostro del Señor.

¡Magnífico mensaje! Desde esta perspectiva podemos entrar con buen pie a celebrar la Semana Santa y la Pascua. Vamos a ver cómo Jesús, el Primogénito de todos nosotros, triunfa de la muerte y llega a la definitiva Transfiguración. Vamos a ver en él nuestro destino, el triunfo definitivo del pecado y de la muerte, que se hace visible en él, y se nos ofrece a todos como regalo del Amor de Dios. Y a este modo de vivir le podemos aplicar el dicho vulgar que usamos cuando lo pasamos bien: “¡Esto sí que es vida!”

José Enrique Galarreta

 

 

Resurrección y vida

Dios nos libre del árbol de la felicidad que no echa flores (Mark Twain)

Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis, viene a decir el Señor al pueblo de Israel (Ez. 37,12-14), porque la redención es copiosa, añade el Salmista (Sl. 129). Lo reitera Pablo en carta a los Romanos 8,8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros. Y el Evangelio de este domingo personifica en Jesús la idea de resurrección, cuando le dijo a la dubitativa Marta: “Yo soy la resurrección y la vida”; el que cree en mí, aunque muera, vivirá para siempre (Jn. 11,25).

La historia real narrada por la directora de cine francesa Anna Fontaine en Las inocentes (diciembre 2016) es el canto a un resucitar prolífico a una nueva forma de entender y de vivir la vida. El  relato de unas monjas polacas embarazadas tras ser violadas por las tropas rusas al terminar la II Guerra Mundial en un monasterio de clausura cerca de Varsovia. Una religiosa, Hermana María, protagonista del largometraje sale discretamente del convento, cruza un campo nevado y llega a la ciudad en busca de un médico: Matilde Beaulieu, inexperta cirujana en estos menesteres de partos, deberá aprender a sacar adelante esta inusual situación y ayudar a las hermanas.

Es en este mundo espiritual en femenino, desgarrado por la violencia de la guerra y sus consecuencias altamente perturbadoras de la vida monástica, donde se muestra una imperturbable empatía por estas mujeres, que viven sus futuras maternidades en riguroso secreto con tal de evitar un escándalo y el cierre del convento: un contexto político claramente muy poco favorable a la religión. La joven cirujana francesa acepta compartir el secreto de las religiosas y se arriesga a garantizar el seguimiento cotidiano de los embarazos. Una ayuda crucial, la de la cirujana, que anima progresivamente a las hermanas a abrir sus puertas, sus cuerpos y sus espíritus a estos nacimientos, que les devuelven a una condición de mujer que había sido suprimida, de una u otra manera, por la búsqueda de Dios.

Vida carnalmente nacida y vida contemplativa se unen en el eslabón que perpetúa y mantiene vivo el mundo: la mujer. De las lágrimas a la alegría de arropar y amamantar a recién nacidos, de las horas de contemplación al dolor-amor de ver florecer su carne, de la tragedia al descubrimiento de la maternidad.

Un nuevo mundo marcado además por el miedo a la condenación, los efectos traumáticos de las violaciones, las dudas metafísicas, la negación del embarazo, el dolor de los partos, el sentimiento de culpabilidad tanto de quedarse como de separarse de sus bebés, etc. etc. En este lugar en el que no es fácil "poner a Dios entre paréntesis durante la consulta", unas mujeres que sufren en lo más hondo del alma la crueldad de la guerra, tratan de conservar la esperanza, debatiéndose entre su fe, la observancia de las reglas y el despertar de sus cuerpos ante la inesperada irrupción de la vida. Un valor que sobrenada todo, y es el amor a la vida que derrumba barreras, que une y perdona.

Mark Twain escribió en Carta a Joe Goodman: “Dios nos libre del árbol de la felicidad que no echa flores”. Era un árbol seco la Madre abadesa que, cuando María, le dijo: “La hermana ha hecho lo correcto”, ella le contestó con acritud: “Pero ha infringido las normas”. ¿Representan estas clausuradas el flexible nuevo Reino de Dios siempre creciente en humanidad, y la abadesa la habitualmente anquilosada jerarquía tradicional de la Iglesia? En una entrevista al Papa (22 enero 2017), Francisco respondía al periodista: “Con respecto a la Iglesia, yo diría que la Iglesia no deje de ser cercana. O sea, que procure ser continuamente cercana a la gente. Una iglesia que no es cercana, no es Iglesia”.

La japonesa Marie Kondo (1984), experta en organización y escritora, ha dicho en su obra La felicidad después del orden (Aguilar 2016): “Quien se sienta continuamente ansioso y no sepa bien por qué, que pruebe a ordenar sus cosas. Que las sostenga entre las manos y se pregunte si le hacen feliz. Luego, que acaricie aquellas que desea conservar con la misma delicadeza con las que toca su propio cuerpo, y todos los días de su vida se llenarán de felicidad”.

La mística y poeta Mary Oliver (Ohio, 1833) nos invita en su obra Felicity, siguiendo la propuesta de Marie Kondo, a estar totalmente ocupadas siendo rosas.

ROSAS

Todo el mundo se hace de vez en cuando

esas preguntas para las que no existe

respuesta: el origen del mundo, la existencia de Dios,

qué sucede cuando se baja el telón

y nada lo detiene, ya no habrá besos,

ni Súper Bowl, ni visitas al centro comercial.

“Rosas salvajes”, les dije una mañana.

“¿Tenéis las respuestas? Y si las tenéis,

¿me las daríais?”

Las rosas sonrieron dulcemente. “Perdónanos”,

respondieron. “Pero como puedes ver,

justo ahora estamos totalmente

ocupadas siendo rosas”.

Vicente Martínez

 

 

La fe en Jesús, seguro de vida

28 de abril 2014. Dominic, un niño de dos años, hijo de una familia gitana, encuentra un boquete en la alambrada que separa el campamento de la línea férrea Robigo-Verona. Un tren lo arrolla y muere poco después en el hospital de Legnano.

29 de abril 2014. Guglielmo di Maggio (44 años) ha conseguido un nuevo empleo en unos grandes almacenes. Con su mujer, Nunziatina (40) y sus dos hijos (7 y 5) decide ir a celebrarlo. En un túnel de la autopista Palermo–Messina se estrella contra un camión que ha derrapado e invadido la calzada contraria. Sólo se salva el niño de 5 años.

Son dos casos de los últimos días (italianos, porque me encuentro en Roma), a los que podrían añadirse muchos miles. Y vienen a la memoria las palabras de Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente. Y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida encuentra su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entienden nada, y se preguntan qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere sólo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Nota: dice el relato que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, se estremeció (evnebrimh,sato), se conmovió (evta,raxen) y lloró (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido. Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

La primera lectura, tomada del libro de Ezequiel, ha sido elegida por la estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

José Luís Sicre

 

 

¡Yo soy Lázaro, Marta y María!

Lázaro… ¿Está dormido? ¿Está inconsciente? El evangelista nos dice que lleva cuatro días enterrado. Es una expresión judía para decirnos que está muerto y bien muerto. Los rabinos enseñaban que durante tres días el alma podía andar dando vueltas alrededor del difunto, como si le rondara; pasados estos días, el alma se separaba definitivamente del cuerpo y no había posibilidad de retorno a la vida.

El texto nos sitúa en un contexto de muerte, en el que resuenan las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.

¡Yo soy Lázaro! ¡Tod@s somos Lázaro! Salgamos de nuestras tumbas. Unas veces tienen forma de biblioteca que huele a rancio, con aislamiento acústico, para no captar las voces de la humanidad. ¡Es tan cómodo investigar, buscando respuestas a preguntas que no se hace nadie! Salgamos de los lugares de muerte en los que hay abuso infantil y malos tratos, en cualquiera de sus formas. Salgamos de todos los castillos feudales en los que aparentemente estamos a salvo, pero dentro de sus paredes también está presente la muerte, de múltiples formas.

Cuando han ido muriendo “el amor primero” y la pasión por el evangelio, los miedos se extienden como una niebla por todas las estancias y ya no se percibe la Buena Noticia.

“Lázaro, sal fuera…” es un mandato y una invitación. Conecta con el deseo del papa Francisco y con las necesidades de la humanidad.

Marta… está en el sitio que le ha asignado la sociedad de su tiempo; representa el sentir de esa sociedad y responde con lo que se espera de ella. Es trabajadora, se afana, pero de vez en cuando se pasa de rosca, se estresa y pierde valores fundamentales.

En otro encuentro con Jesús, trabajó tanto para que todo estuviera a punto, que al final le brotó el reproche: “Dile a mi hermana que…”. Ahora ella sale al encuentro de Jesús, como mandaban los cánones de acogida a los huéspedes y vuelve a reprocharle: ¡Llegas tarde, Jesús! Y eso que te avisamos con tiempo suficiente…

Cuando Jesús invita a quitar la losa, ella replica que ya huele mal. El caso es puntualizar, protestar, intentar colocar a Jesús en su sitio y que haga lo que se espera de él.

Ella se había nutrido con lo que había oído en la sinagoga, y creía que la resurrección no llegaría hasta el último día; así lo proclamó abiertamente, en presencia de Jesús y de los demás. Pero Jesús, como a la samaritana, a Zaqueo, a Pedro y a cada persona que se encontró con él, le interroga para invitarle a ir más allá de lo que se sabe de memoria.

Jesús le invita a creer, a fiarse, sólo así puede entrar en otra dimensión, expresada con la frase “verás la gloria de Dios”. Ella responde con una de las confesiones más completas del Nuevo Testamento: “Creo que tú eres el Mesías (el Salvador), el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Efectivamente, ha visto la gloria de Dios.

¡Yo soy Marta! ¡Tod@s somos Marta! ¡Cuánta hondura hemos perdido en aras del activismo! ¡Cuánta gente valiosa de las comunidades y grupos cristianos se ha quemado! ¡Cuántas parcelas valiosas de nuestra vida se han chamuscado!

Porque tod@s somos Marta… ¡rompamos los esquemas! Escuchemos nuestro interior, para tomar conciencia de nuestras carencias y necesidades. Aprendamos a distinguir con claridad el servicio del servilismo.

María… parece que esta fuera de su lugar, porque se lo dicen los demás, pero ella ha encontrado su sitio. Lo encontró un día a los pies del Maestro, como mujer-discípula que se situaba en un lugar que no le correspondía, según la ley judía, en lugar de trabajar afanosamente en las tareas caseras.

Ungió a Jesús. Había sido transgresora y no recibió reproches, sino la promesa de que su atrevimiento se perpetuaría en la memoria de todos.

El evangelista nos dice: “Habían ido a casa de María”. Ella, la mujer llena de vida, que ha comprendido lo que es el discipulado, es la referencia de una casa quese convierte en “tienda del encuentro”, en lugar donde muchas personas se encuentran con Jesús, el dador de Vida. Quienes habían ido por motivos convencionales, para acompañar un duelo, salen transformados, llenos de vida.

¡Yo soy María! ¡Tod@s somos María! ¡Sigamos apostando por el discipulado sin límites, hasta encontrar nuestro lugar en las comunidades y en la Iglesia! Sigamos rompiendo barreras de todo tipo para que las comunidades recuperen el sueño de Jesús y el discipulado salga de las estructuras que lo ahogan.

Quienes acuden a las celebraciones y exequias cristianas ¿qué encuentran? ¿Cómo intentamos que sean una ocasión para que cada persona se encuentre con el Viviente? ¿Cuidamos cada palabra y cada gesto de modo que reaviven el rescoldo de la fe? ¿O nos unimos al coro de plañideras que canturreamos canciones pidiendo cansinamente a Dios que tenga piedad y acoja a la persona difunta? ¿No deberían ser siempre manifestaciones de fe viva y de esperanza sin fisuras? ¿Por qué contaminamos las celebraciones, hasta el punto de que muchas veces dejan de ser Buena Noticia y se convierten en funerales? ¿Cómo podemos recuperar esas celebraciones para que sean “tienda del encuentro”?

Tomás… tenía un apodo, le llamaban “el mellizo”. Tan pronto se come el mundo y se ofrece para acompañar a Jesús a Judea y morir con él como se refugia en la increencia, buscando unos signos palpables y evidentes en el cuerpo de Jesús. Sólo cuando se encontró con Él, en el seno de la comunidad, pudo dar su testimonio de fe y confesar: “Señor mío y Dios mío”.

¡Yo soy Tomás! ¡Todo@s somos Tomás! Hoy, con cariño, vamos a llamarle “el bipolar”. Así somos cada uno de nosotros, a menudo. Nos comemos el mundo, dudamos, volvemos a comérnoslo… nos movemos en un ejercicio continuo de fe e incoherencia. Hasta que un día nos rindamos y nos pongamos al servicio del Reino, con más coherencia.

Jesús… es un hombre que ama, llora y se conmueve. Pedro le negó tres veces. Él llora tres veces ante su amigo; este número indica la totalidad, siempre. Él expresa el amor hacia Lázaro con tal claridad que los presentes exclaman: “¡Cómo lo quería!”.

El evangelista podía haber sido pudoroso y evitar esta descripción de Jesús, que lo ponía en ridículo, por ser varón judío y maestro, pero nos muestra a Jesús con transparencia.

Ir a Betania, situada a unos tres kilómetros de Jerusalén, significaba poner su propia vida en peligro; acercarse a Jerusalén significaba aproximarse al lugar donde estaban los poderosos que querían matarle. Ya intentaron apedrearle allí y logró salir ileso ¿para qué correr de nuevo un riesgo, volviendo a una aldea que distaba solo 3 kilómetros de Jerusalén?

Pero Jesús, en su momento, rechazó convertir las piedras en panes y no quiso que los ángeles le allanaran el camino. Si huía de la confrontación y vivía escondido en Galilea, por miedo a los judíos, era como si viviera en la noche, en las tinieblas. Y Jesús, que se había manifestado como luz, quiere que sus obras sean expresión de esa luz.

Vuelve junto a los amigos porque quiere ayudarles; los tres hermanos están fuera de su sitio, los tres están descolocados vitalmente y les ayuda a resituarse ante la vida y ante la muerte.

Jesús conecta vitalmente con su Abbá y le da las gracias porque le ha escuchado. Este es uno de los núcleos más importantes de esta catequesis. Juan no nos presenta un espectáculo de magia, de resurrección, que deja atónitos a los presentes. Los otros tres evangelistas ni siquiera nos ofrecen una catequesis similar. A través de la conexión de Jesús con su Abbá la vida fluye y se reavivan todos los presentes. Se despierta la fe y muchos creyeron de nuevo. De esta conexión brotan la vida y la liberación: hay que quitar vendas y desatar ataduras.

Jesús es el amigo que hoy conversa conmigo, invitándome a vivir en mi centro, a tomar conciencia de lo que me ha desquiciado y de lo que está muriendo en mi vida y genera mal olor.

Jesús nos invita a toda la Iglesia a salir de las tumbas: de la comodidad (con sus poltronas y sillones), de las cañadas oscuras, de la injusticia, del silencio cómplice, del miedo… El papa Francisco también nos invita a salir de esas tumbas y romper las vendas que inmovilizan a personas y colectivos.

Hoy soy Lázaro, Marta y María. Hoy Betania es mi vida, los lugares en los que habito, la comunidad y la Iglesia. Y Jesús, el AMIGO que nos ama, ha venido a visitarnos. Sabe que estamos dormidos, y viene a despertarnos.

Nos pregunta ¿en qué crees? ¿En qué creéis? Quiere arrancarnos una confesión de fe que sea respuesta personal, que atraviesen todo nuestro ser. No le interesan las respuestas del catecismo que nos hemos aprendido de memoria.

Marifé Ramos González

 

 

Las lecturas de hoy nos hablan de resurrección... y de revivificación. Son términos que parecen lo mismo, pero se diferencian en algo fundamental, como veremos más adelante.

En el Evangelio de San Juan (Jn. 11,1-45) observamos el impresionante relato de la llamada “resurrección” de Lázaro, el amigo de Jesús, quien -según palabras de su hermana Marta- ya olía mal, pues llevaba cuatro días muerto.

Pero cabe preguntarnos ¿fue realmente lo de Lázaro una resurrección... o podríamos llamarla más bien una “revivificación”?

Sucede que a Lázaro el Señor lo devolvió de la muerte hacia la misma vida que había vivido antes. Lázaro volvió para estar en este mundo, regresó al mismo sitio donde vivía.  En efecto, San Juan Evangelista nos narra más adelante que, después de este milagro del Señor, muchos judíos fueron a Betania - sitio donde había vivido Lázaro- no solamente para ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos (Jn. 12,9)

Profundizando un poco más en este hecho extraordinario, consideremos -por ejemplo- que Lázaro tuvo que volver a morir.  De hecho, San Juan nos dice que los jefes de los sacerdotes pensaron en matar a Jesús y en matar también a Lázaro, pues por causa de él, muchos los abandonaban y creían en Jesús. (Jn. 12. 11).

Un resucitado no vuelve a morir. Un revivido sí vuelve a morir. Entonces... ¿fue lo de Lázaro “resurrección”? ... Realmente no, pues la resurrección es algo muchísimo mejor que revivir; es muchísimo mejor que volver a esta misma vida: resurrección es volver a una vida infinitamente superior a la que ahora vivimos.

Y ¿en qué consiste realmente la resurrección?  Según el Catecismo de la Iglesia Católica,  la muerte es la separación del alma y el cuerpo.  Con la muerte, el cuerpo humano cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse posteriormente con su cuerpo, pero será entonces, un cuerpo glorificado (cfr. #997).

Es decir que en la resurrección nuestra alma se unirá a nuestro mismo cuerpo, pero éste no será igual al que ahora tenemos -sino infinitamente mejor-  pues será un “cuerpo de gloria” (Flp. 3,21)

Será un cuerpo que ya no volverá a envejecer, ni a enfermar, ni a sufrir, ni tampoco que volverá a morir.   Será un cuerpo inmortal, que ya no estará sujeto a la corrupción ni a ningún tipo de decadencia.  Será un “cuerpo espiritual” (1Cor. 15,44).

¿Cómo, entonces, van a ser nuestros cuerpos resucitados?  ¿Cómo es un cuerpo glorioso?  Conocemos de dos: el de Jesús Resucitado y el de la Santísima Virgen María. 

Jesucristo resucitó con su propio cuerpo. En efecto, el Señor le dice a sus Apóstoles después de su Resurrección: “Mirad mis manos y mis pies;  soy Yo mismo” (Lc. 24,39). El “cuerpo espiritual” de Jesucristo era ¡tan bello! que no lo reconocían los Apóstoles... tampoco lo reconoció María Magdalena.

Y cuando el Señor se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan, mostrándoles sólo parte del fulgor de Su Gloria era ¡tan bello lo que veían!  ¡tan agradable lo que sentían! que Pedro le propuso al Señor hacerse tres tiendas para quedarse a vivir allí mismo.  Así es un cuerpo resucitado. Y el Señor nos promete que si obramos bien hemos de resucitar igual que El.

Los videntes que dicen haber visto a la Santísima Virgen -y la ven en cuerpo glorioso como es Ella después de haber sido elevada al Cielo- se quedan extasiados y no pueden describir, ni lo que sienten, ni la belleza y la maravilla que ven.  Así es un cuerpo resucitado.

Pero... ¿cuándo será nuestra resurrección?  Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que sin duda será en el “último día”; “al fin del mundo” ... “cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son de la trompeta divina.  Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1Ts. 4,16)

Por estar muy relacionado con este tema, vamos a referirnos también a esa falsa creencia, tan de moda hoy en día, que es la re-encarnación.

Recordemos, primero que todo que la re-encarnación está negada en la Biblia:

Una sola es la entrada la vida, y una la salida (Sb. 7,6). Los hombres mueren una sola vez y después viene para ellos el juicio (Hb. 9. 27)  

Además, está condenada por la Iglesia Católica.  Sin embargo ese mito-y lo llamamos mito, pues es algo falso, imposible de realizarse- contempla la vuelta a esta misma vida, pero con una diferencia: quienes creen en esto, creen que volverán a otro cuerpo distinto del que antes tenían, cuerpo que -por supuesto- estaría sujeto a la corrupción y decadencia propia de la vida humana.

Pero si tenemos la promesa del Señor de nuestra futura resurrección, ¿cómo puede ser, entonces, que hombres y mujeres de esta época, algunos inclusive cristianos y católicos, puedan estar pensando que es más atractiva la re-encarnación que la resurrección que Cristo el Señor nos promete?

Aunque la re-encarnación no fuera un mito y fuera posible, ¿cómo nos puede parecer más atractivo reencarnar en un cuerpo decadente, enfermizo, corruptible, sujeto a la muerte -y que además no es el mío- que resucitar en cuerpo glorioso, como el de Jesucristo y la Virgen, para nunca más morir, ni envejecer, ni enfermar, ni sufrir... para ser inmortales?  Pensemos en estas cosas antes de dejar contaminar nuestra fe cristiana por falsas creencias venidas del paganismo.

San Pablo, en la Segunda Lectura (Rm. 8, 8-11) nos insiste en esa gran promesa del Señor para nosotros: nuestra futura resurrección. “El Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros”.  Y es por ello que “el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a nuestros cuerpos mortales, por obra de su Espíritu que habita en nosotros”.

Y en la Primera Lectura (Ez. 37,12-14), Dios declara solemnemente a través del Profeta Ezequiel esta promesa de la resurrección de nuestro cuerpos: “cuando Yo mismo abra los sepulcros de ustedes y los haga salir de ellos y les infunda mi Espíritu, ustedes vivirán, ustedes sabrán que Yo soy el Señor, y sabrán también que Yo lo dije y lo cumplí”.

 

 

Renacer a la Vida nueva

“Betania dista poco de Jerusalén unos quince estadios” se dice en la versión larga de este evangelio. Es decir, en el camino cuaresmal, “ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén”. Y todo nos habla del misterio de muerte y vida que estamos a punto de contemplar. Por eso, tras la purificación del desierto y el agua (primer y tercer domingos de Cuaresma) y de la iluminación (segundo y cuarto domingos) se nos invita a mirar cara a cara la muerte. Es preciso confrontarse con ella porque es inútil tratar de esconderse. Por tanto, también y especialmente la experiencia religiosa tiene que mirar a esta realidad y tratar de encontrar una respuesta. En la muerte sentimos de manera especialmente intensa la lejanía de Dios, su silencio, y tenemos tal vez la impresión de su indiferencia hacia nuestro destino.

Es lo que parece transmitir el arranque extraño del evangelio que se nos propone este domingo. Una petición de ayuda, una súplica hecha con angustia y urgencia, y que aparentemente no obtiene respuesta. En efecto, con frecuencia tenemos la sensación de que Dios no nos escucha, de que permanece indiferente a nuestras súplicas, que obtienen el silencio persistente por toda respuesta. Dios, Jesús, no se dan prisa, parecen no preocuparse de llegar tarde.

Nuestra sensación de abandono y de falta de respuesta en tantas ocasiones hace que surja en nosotros a veces la tentación o la realidad del reproche contra Dios: “si hubieras estado aquí…”. Es un reproche que puede revestirse de muchas otras formas: ¿por qué Dios consiente el mal?, ¿qué hace contra la injusticia? Y así un largo etcétera. Con razón dice Benedicto XVI en su encíclica “Spe salvi” (n. 42) que el ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal.

Y, en principio, la respuesta que Jesús da a Marta (“tu hermano resucitará en la resurrección del último día”) no resulta muy satisfactoria. Marta misma lo reconoce y al hacerlo parece decirle a Jesús que sí, que vale, pero que ella le pedía otra cosa, más inmediata. La respuesta religiosa que remanda la solución “a la otra vida” es también objeto de impugnación por parte de la crítica de la religión.

En suma, henos aquí confrontados por la muerte. Ya sabemos que la muerte es algo natural, pero, sin embargo, algo se alza en nosotros como protesta contra ella. El texto de hoy parece querer que miremos de cerca a la muerte, que no ocultemos su feo rostro, su mal olor, antes de darnos una respuesta.

Respecto del carácter natural de la muerte, es muy iluminador lo que, de nuevo, el papa Ratzinger dice en esa misma encíclica (nn. 10 y 11): hay en ella un elemento liberador pues, pensándolo bien, una “vida eterna” en las condiciones de vida en la tierra no es en absoluto deseable; de modo que “es cierto que la eliminación de la muerte [biológica], como también su aplazamiento casi ilimitado, pondría a la tierra y a la humanidad en una condición imposible y no comportaría beneficio alguno para el individuo mismo. Obviamente, hay una contradicción en nuestra actitud, que hace referencia a un contraste interior de nuestra propia existencia. Por un lado, no queremos morir; los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva. Entonces, ¿qué es realmente lo que queremos? Esta paradoja de nuestra propia actitud suscita una pregunta más profunda: ¿qué es realmente la «vida»? Y ¿qué significa verdaderamente «eternidad»?” (Spes salvi 11).

Cuando pensamos reflexivamente en nuestra voluntad de vida y en nuestra oposición a la muerte, comprendemos que la vida eterna significa una vida en plenitud. Es en este sentido en el que hemos de entender la muerte como la negación del bien y la verdad, la justicia y el amor. Es en este sentido en el que la muerte es como la síntesis de todos los males.

Uniendo el sentido natural de la muerte con el sentido moral, podemos comprender que, por un lado, Dios no responda inmediatamente a nuestra petición: la muerte es un trance necesario. Pero que, por otra, precisamente en Jesucristo nos ha dado una respuesta definitiva e inesperada. ¿Cuál?

Volvamos de momento a la escena de la resurrección de Lázaro. En realidad no se trata de una resurrección en sentido estricto, sino de una “vuelta a la vida”, de una “vivificación”, pues es claro que Lázaro volvió a morir. A propósito de esta situación dolorosa (un amigo, un hermano, alguien querido ha muerto), Jesús no nos ahorra la fealdad y la dureza de la muerte, su mal olor. Jesús la siente con sentimientos humanos, participa del duelo, siente el desgarro que todos sentimos, llora por el amigo. Y nos invita a mirar con realismo, a abrir la tumba. Al mandar con voz potente que la muerte suelte su presa, ¿cómo hemos de entender este gesto?

Por un lado, Jesús está anticipando su propia resurrección. Ante su muerte, ya cercana, nos muestra que, incluso sucumbiendo ante ella, tiene poder sobre ella. Jesús no evitó la muerte de Lázaro, como no evitó la suya propia. Y de esta manera nos da una respuesta mucho más radical y definitiva que simplemente atrasar un tiempo la muerte del amigo (del niño, de la víctima inocente, del ser querido, etc.). Jesús ha enfrentado la muerte humana muriendo, se ha hecho presente en ella y, de este modo, ha hecho de la muerte lugar de encuentro con Dios.

La cuaresma tiene su origen en la preparación inmediata de los catecúmenos al Bautismo. De ahí la llamada a la conversión, la meditación y los ritos de purificación e iluminación. Pero el bautismo es la inmersión en la muerte de Cristo para renacer a una vida nueva. De ahí que, inmediatamente antes de la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo (en la Vigilia Pascual tendrá lugar el bautismo de los catecúmenos) la liturgia y la Palabra nos pongan de frente a esta realidad. Por la muerte y la resurrección de Cristo, la muerte se ha convertido en el verdadero bautismo que nos abre y ofrece la posibilidad del renacimiento a una vida plena.

Pero, si la vivificación de Lázaro anticipa la resurrección de Cristo, pero no le evita participar de la muerte biológica, significa que Lázaro, que es aquí figura del bautizado, renacido por el agua y el fuego, participa ya en esta vida y en estas condiciones mortales de la vida del resucitado. Es decir, se nos dice aquí que, aunque con limitaciones, la vida eterna ya ha comenzado. Y esto es así, precisamente, porque Betania (el lugar en que vivimos y morimos) dista poco de Jerusalén: de la nueva Jerusalén. “que baja del cielo, morada de Dios con los hombres, y (en la que) ya no habrá muerte, ni llanto” (Ap 21, 2-4). Y distan poco porque Jesús, que ha bajado del cielo y ha puesto su morada entre nosotros, ha recorrido el camino que las une.

José Maria Vegas, cmf

 

 

Creemos en el Dios de la Vida

¿Quién no ha experimentado la muerte? Como pascua personal a todos nos tocará en un momento u otro. Pero como experiencia ajena, todos la hemos sentido. Cercana o lejana. En un familiar o un amigo. En los desastres naturales o las guerras que nos traen todos los días los medios de comunicación. La muerte como realidad que nos pilla de improviso, de sopetón o como proceso lento que nos afecta a nosotros mismos cuando vemos que los años o la enfermedad nos van acortando las fuerzas y limitando la vida.

La muerte está ahí. Siempre presente. Por mucho que nuestra cultura nos haga vivir la ilusión del ser siempre jóvenes, fuertes y guapos. Por mucho que nos empeñemos en cuidar la salud a base de una buena alimentación, de hacer deporte y de seguir todos los consejos que los médicos puedan imaginar.

Todo es por agarrarnos a la vida. A esta vida, que nos parece que es lo único que tenemos. Aunque notemos que, como la arena de la playa, se nos escapa de entre los dedos de la mano sin que podamos hacer nada ni sepamos a ciencia cierta cuánta arena nos queda entre los dedos. Recuerdo ahora el chiste del sacerdote que atiende a un moribundo con palabras de consuelo: “Mira, hijo, tienes que tener confianza porque vas a ir a la casa del Padre.” Y el moribundo le responde: “Dirá usted lo que quiera, pero como en la casa de uno en ningún sitio.” Es un chiste pero refleja muy bien ese apego a la vida que todos tenemos. No podía ser de otra manera porque es el mayor don que tenemos y los creyentes estamos convencidos de que es un regalo que hemos recibido de Dios. 

Ante la muerte y la vida

En Cuaresma, tiempo de encuentro con nuestra realidad más honda, no podía faltar un momento de hacer presente ante nuestros ojos la muerte y, por tanto, la vida. Y, como creyentes, poner esas realidades en relación con Dios, en presencia de Dios.

A eso nos invita el relato evangélico de este domingo. La resurrección de Lázaro nos pone de golpe frente a la muerte y vemos a Jesús reaccionar ante ella. Lo primero que hay que observar es a Jesús. Le vemos conmovido. Le vemos llorar por la muerte de su amigo (tres veces se dice en el texto que Jesús llora).

Pero vemos también que Jesús tiene puesta su confianza en el Padre. Y que esa confianza va más allá de los límites que a nosotros nos parecen insalvables. El amigo ha muerto. Jesús siente el dolor en toda su crudeza. Pero ese dolor no le paraliza. No cede ante la oscuridad que supone la muerte. El evangelista pone en boca de Jesús una frase que tendríamos que repetir muchas veces porque centra nuestra vida creyente: “Yo soy la resurrección y la vida.” No hay datos científicos. Nada se puede comprobar empíricamente. Es una afirmación de fe y en fe. Dios es el creador de la vida y no va a dejar que sus criaturas se disuelvan en la nada. Que Dios es así no depende de que nosotros creamos o no. Es así. Y basta. Pero si creemos en ello, entonces vamos a vivir nuestra vida y nuestra muerte y la muerte ajena desde una perspectiva diferente. Como dice la primera lectura, Dios nos infundirá su espíritu y viviremos. Nos sacará de nuestros sepulcros y nos llevará a la tierra de promisión.

Comprometidos con la vida de todos

Todavía estamos aquí, ciertamente. Todavía estamos envueltos por la muerte, que amenaza continuamente nuestras vidas. Pero la fe nos hace mirar más allá, nos ofrece una perspectiva más amplia. Nos hace vivir en la confianza y en la esperanza. Al relacionarnos con la vida, en todas sus formas, sabemos que no está llamada a disolverse, a desaparecer, sino a llegar a su plenitud en Dios.

Decir esto, creer esto, no nos puede dejar en una situación de pasividad. Nos sentiremos comprometidos a cuidar la vida, a defenderla, a promoverla, a devolverla su dignidad allá donde se haya perdido. Recordemos a la madre Teresa de Calcuta cuando abrió aquella casa para acoger a los moribundos que estaban tirados por las calles. No pretendía devolverles la vida pero sí que murieran con la dignidad que merece una persona, un hijo de Dios.

Desde esta perspectiva, creer en el Dios de la Vida nos llevará a defender la justicia, a promover la fraternidad, a amar a los que nos rodean, a cuidarnos unos a otros, porque todos somos don de Dios. En nosotros vive hoy el Espíritu de Dios (segunda lectura). Él nos vivifica  y nos hace compartir esa vida con todos. No hay enfermedad que acabe con la muerte. Para Dios no hay ningún caso perdido. La casa de Dios es mi casa, nuestra casa, la verdadera casa y la verdadera familia a la que estamos llamados a pertenecer. En tanto que estamos aquí, de paso, estamos comprometidos a caminar juntos, a no perder a nadie. Porque todos somos familia de Dios. Y a todos nos espera Dios en la meta.

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

El Evangelio de este domingo, nos prepara para la Semana Santa, la figura de Lázaro, nos habla de muerte y resurrección, anticipo de lo que vamos a celebrar. Puede que algunos se queden en el hecho e incluso pregunten: ¿qué pasó con Lázaro después de su resurrección?, pues en el Evangelio, no se vuelve a hablar más de él, y hubiera sido un buen testimonio para creer en Jesús. El texto de Juan, nos invita a  una reflexión más profunda que habla de la muerte y la vida, pero no sólo de la muerte física, sino de otro tipo de muerte que vivimos cada día.

La primera muerte es el miedo, es lo que les pasa a los discípulos. Jesús les dice: “Vamos otra vez a Judea” y ellos responden: “Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?”. Incluso aunque muchos de ellos, han sido acogidos en diversas ocasiones, en la casa de Marta y María, ponen excusas para no ir: “Señor, si duerme se salvará”. Saben que subir hacia Jerusalén, es caminar hacia la muerte, sólo quedan dos opciones: marcharse o seguirle. Es Tomás, el Mellizo de todos nosotros, aquel que en la Pascua veremos, que no creyó hasta que no vio, el que dice: “Vamos también nosotros y muramos con él”.

El miedo paraliza, no nos hace crecer a las personas y a la Iglesia. Los que piensan que estamos en la peor época, que somos perseguidos, que el secularismo puede con todo y añoran tiempos pasados, es que saben poco de historia. El miedo es estar muerto, tanto a nivel social, democrático o religioso, la vida es dialogar con otras confesiones, filosofías, políticas, el seguimiento es riesgo. Nadie se imagina a Jesús reservándose, sin salir a la calle, sin encontrarse con todos aquellos, que ponen en cuestión el Reino o viven una vida, que a los ojos de todos, parece contraria a lo religioso (la samaritana, el ciego, la adúltera, Zaqueo…).

La segunda muerte es la desesperanza, los quejidos, los lloros. Lloran las hermanas de Lázaro y los judíos, que habían ido para los pésames. Lloran y reprochan: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”, “Pero algunos judíos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos al ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?”. Cuantos quejidos en nosotros y en nuestras comunidades parroquiales: en los tiempos pasados, la iglesia estaba llena, había piedad y fe, moral en las costumbres, respeto, autoridad, buenas celebraciones, venía todo el mundo… Viven en el pasado y están muertos, no creen en el futuro, ni en resurrecciones.

El centro de todo no es el cadáver de Lázaro, sino nuestros cadáveres, nuestra falta de creer en la fuerza de Dios y del Espíritu. Parece que es más fácil, sacar a un muerto de la tumba, que sacar a la vida, a los que viven como muertos en vida. Lo había dicho: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Creer en la resurrección, en el futuro, es la piedra de toque de la vida cristiana, nosotros no lloramos a un muerto, nuestra vida está abierta a la esperanza, seguimos al Viviente, al Señor de los vivos y de la historia.

La tercera muerte es la parálisis: “El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar”. Demasiados impedimentos para estar nosotros y la Iglesia en salida, nos atan tantas cosas, nos han amortajado con tantas tradiciones, que nuestro pies, manos, ojos, oídos no son capaces de escuchar: “Y, dicho ésto, gritó con voz potente: Lázaro, sal afuera”. Es tiempo de caminar, de no darse por muerto antes de tiempo, Él nos ha dicho: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”.

Podríamos terminar diciendo con la primera lectura de Ezequiel: “Y cuando abra vuestro sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago”. Está claro, debemos superar las diversas muertes que padecemos y pasar a la vida, eso será la Semana Santa.

Julio César Rioja, cmf

 

 

Ángel Moreno de Buenafuente

 

 

”Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn. 11,25-26).

Amadísimos hermanos y hermanas, la liturgia de este V domingo de Cuaresma no podía dirigirnos palabras más consoladoras, pues el miedo ante la muerte constituye a diario una amenaza contra nuestro deseo insuprimible de vida. A menudo, intimidado por esa perspectiva ineludible, el hombre intenta por todos los medios apartarla de sus pensamientos. Pero, ¿de qué le sirve? La muerte está siempre al acecho. Solo Jesús puede librar al ser humano de esa pesadilla: al llorar la muerte de su amigo Lázaro, y llamarlo a la vida, para devolverlo al afecto de sus seres queridos, se manifiesta como el Señor de la vida y el verdadero amigo del hombre.

Cristo, en el misterio de su muerte y resurrección, aniquiló “al señor de la muerte, es decir, al diablo”, y libertó así “a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb. 2,14-15).

“Yo soy la resurrección y la vida: ¿Crees tú esto”. Esta pregunta nos la dirige hoy el Señor a cada uno de nosotros. En la profesión de fe, la Iglesia nos invita a repetir: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Se trata de una verdad fundamental que, a veces, parece extraña e incomprensible a la cultura de nuestro tiempo, una cultura con frecuencia cerrada al sentido de la trascendencia, casi totalmente centrada en la existencia mundana. Pero ¿qué sería el hombre, si todo acabase en el breve ciclo de su vida biológica?

El reciente Catecismo de la Iglesia católica, fruto maduro del concilio Vaticano II, afirma: “Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que él los resucitará en el último día (cf. Jn. 6,39-40).

Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm. 8,11)” (n. 989).

¡Qué esperanza tan consoladora, amadísimos hermanos y hermanas, irrumpe entonces en nuestra vida! Esta luminosa verdad de fe abre de par en par ante nosotros un horizonte maravilloso: la vida después de la muerte. Y a la luz de esta verdad adquiere sentido y pleno valor nuestro compromiso diario de hombres y creyentes.

“Jesús rompió a llorar” (Jn. 11,35). Las lágrimas de Cristo ante la muerte de su amigo Lázaro manifiestan, ciertamente, su humanidad sensibilísima, pero también revelan, por decir así, el llanto de Dios, su enternecimiento paterno, su juicio misericordioso frente a esa muerte más profunda y trágica del hombre, que es el pecado, y cuya consecuencia es la descomposición física: “La muerte –afirma san Pablo– es el salario del pecado” (cf. Rm. 6,23).

Con Cristo la Iglesia llora y ora por todo pecador, para que sea liberado de las vendas que lo mantienen prisionero y para que pueda salir del sepulcro a fin de volver a la vida: para que tenga la vida. “¡Lázaro, sal fuera!” (Jn. 11,43). Cristo y la Iglesia nos dirigen a nosotros esta invitación. Se trata de una invitación a abandonar todo lo que frena y entorpece nuestro camino hacia la plenitud de la gracia bautismal. Ya muertos al pecado – recuerda el Apóstol– ¿cómo podremos seguir viviendo en el pecado? “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm. 6,3-4).

Este es, amadísimos hermanos, el gran don que el Señor nos renueva con su Pascua: una vida nueva, libre de la esclavitud de la carne y del apego desordenado a los bienes efímeros del mundo. Una existencia renovada y puesta bajo el señorío del Espíritu, fuente de amor, gozo y paz.

Esta liberación inagotable y radical toca lo más íntimo del corazón, pero debe también manifestarse necesariamente en el exterior, en el comportamiento de las personas creyentes y de la misma comunidad. En efecto, hemos sido salvados como pueblo. Lo recuerda oportunamente el concilio Vaticano II: “Fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen gentium, 9).

En la Iglesia, por consiguiente, se realiza la sorprendente profecía contenida en la primera lectura de la liturgia de hoy: “Sabréis que yo soy el Señor cuando abra vuestros sepulcros y os haga salir de vuestros sepulcros, pueblo mío” (Ez. 37,13).

En el Antiguo Testamento, el viaje de los judíos hacia la tierra prometida anunciaba el itinerario de la comunidad eclesial hacia la salvación. Este esfuerzo comunitario es hoy más urgente que nunca, pues la Iglesia es signo auténtico de esperanza en la sociedad actual, marcada por una crisis moral y social de vastas dimensiones. Hacen falta comunidades cristianas vivas, ricas en comunión y celo misionero; y es preciso que todo ello tenga repercusiones en todos los campos de la actividad humana, gracias al testimonio auténtico de los discípulos de Cristo. Una tarea ciertamente ardua, pero fascinante.

No estamos solos, amadísimos hermanos y hermanas. El Maestro divino nos asegura: “Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis” (Ez. 37,14) (…). Todos estamos invitados a vivir la alegría que nace de un espíritu reconciliado con Dios y en paz con los hermanos. El cristianismo es novedad de vida y, por ello, gozo del espíritu, aun en medio de sufrimientos y pruebas (…).

“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (Jn. 11,27). Esta profesión de fe de Marta, hermana de Lázaro, resucitado por Jesús, es también la nuestra. “Yo soy la resurrección y la vida”, nos repite también hoy nuestro Redentor. “El que cree en mí no morirá eternamente”. Su afirmación colma las expectativas de nuestro espíritu y responde a la aspiración más íntima de todo hombre.

¡Sí, Señor, creo en ti! Creo en tu palabra y en tu amor. Tu gloria es el hombre viviente. Amén».

Juan Pablo II

 

 

(A)

“Tu amigo está enfermo”

Con respecto a este relato de la resurrección de Lázaro hay que decir también que lo menos importante es su realidad histórica. No tiene sentido discutir si Lázaro estaba muerto de verdad o su muerte era sólo aparente. Al evangelista no le preocupan estas cuestiones; lo que él pretende brindar es una espléndida catequesis, que en el catecumenado de las primeras comunidades se daba en vísperas del bautismo, para que vieran en la resurrección de Lázaro su propio proceso de transformación interior, el paso de la muerte psicológica a la nueva vida. El evangelista, el Señor Jesús en definitiva, lo que pretende es que descubramos y experimentemos que "Yo soy la resurrección y la vida", "he venido para que tengan vida abundante". Estamos ante un relato interpelante: El Lázaro muerto, medio muerto, tullido o enfermo soy yo. Tenga la calidad de vida que tenga, puedo vivir una vida mejor. Para ello el Señor resucitado me invita a vivir la amistad con él, como Lázaro, y a estar pendiente de su Palabra fecunda creyendo en su cercanía auxiliadora.

Hay que empezar, claro está, con el reconocimiento de nuestra condición de enfermos, necesitados de vida, anémicos en mayor o menor medida. Me alarman las repetidas afirmaciones de Anthony de Mello en sus escritos afirmando que la mayoría de las personas estamos dormidas, drogadas... en definitiva, medio muertas.

Basta acercarse a santa Teresa o a san Juan de la Cruz, leer lo que es el proceso hacia la fidelidad total, para ver la vida enclenque que arrastramos, sin darnos cuenta, la mayoría de las personas. En el orden psicológico y espiritual puede ocurrirnos lo que a ciertos enfermos que se creen sanos y que, sin embargo, están devorados por un cáncer dormido. Me impresionó la "ceguera" de una amiga a la que fui a visitar. Me musitó al oído: "Ésa de al lado está muy mal; no se da cuenta, pero tiene los días contados". A los cuatro días murió ella, antes que su compañera de habitación.

Son los santos los que nos revelan que tenemos un alma parapléjica. Da miedo acercarse a ellos y compararnos. Se supone que estamos vivos. Con todo, el ángel del Apocalipsis advierte a la comunidad de Sardes: "Te crees que vives, pero estás muerto" (Ap. 3,1). No es cuestión de tener vida, sino de tener calidad de vida. Con frecuencia tenemos menos calidad de vida interior de lo que creemos. Está vivo un parapléjico y está vivo un atleta olímpico, pero ¡qué formas tan distintas de vivir! Cuando se vuelve la mirada a esos atletas del espíritu, que son los santos, uno se siente, al menos, parapléjico, mero aprendiz en el arte de vivir. Cuando se contempla su gran facilidad para amar y entregarse generosamente a los demás, comunicarse con Dios, afrontar con fortaleza y alegría los sufrimientos... cuando se les ve tan valientes para dar testimonio y tan desinteresados, a uno le da la impresión de "sobrevivir" sólo, de que necesita de toda clase de aparatos y ayudas para valerse. Por eso, como las hermanas de Lázaro, hemos de exclamar: "Señor, tu amigo está enfermo" (Jn. 11,3).

El amor es vida

Es sorprendente cómo se ha desarrollado, sobre todo en

España, la cultura del cuerpo. Con qué sacrificio se busca tener un cuerpo esbelto, bello, ágil, en forma. Todo un mundo vive de la cultura del cuerpo. Otro tanto hay que decir con respecto a la salud: análisis periódicos, controles, medicación, dieta... Todo para vivir más y mejor. Esto, verificado con racionalidad, sin obsesión, es sano y bueno. Lo extraño y preocupante es que no haya una preocupación similar por el vigor, la vitalidad y la belleza del espíritu. Lo preocupante es que muchos piensen que con tener el cuerpo en forma, ya se ha ganado en calidad de vida. Lo malo es que el cuidado por las patologías del cuerpo no lo tengamos con respecto a las posibles patologías del espíritu. Ya en su tiempo se quejaba santa Teresa de Jesús: "Todo se nos va en la preocupación y cultivo del cuerpo, cuando tenemos nuestras almas tan abandonadas y enclenques". Con un cuerpo quebrantado y enfermizo como el de san Juan de la Cruz se puede saborear en plenitud el gusto por la vida; en cambio, con un espíritu quebrantado, imposible. Es preferible tener un espíritu atlético en un cuerpo canijo, como Teresa del Niño Jesús, que al revés.

La vitalidad espiritual y psicológica consiste en el amor: "En esto conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama, está muerto"

(1Jn. 3,14-15). Nuestra vitalidad se mide por la capacidad de amar. El egoísta, que no piensa más que en sí mismo y en sus intereses, es un cadáver psicológico. Dios es la Vida (con mayúscula) porque es amor. Cristo es Camino, Verdad y Vida. Por eso es fuente de vitalidad para los demás. La experiencia de amor es experiencia de vida. La persona humilde, sencilla, pobre, pero con corazón grande, es un atleta del espíritu. El sabio sin amor es un medio-muerto.

"Yo Soy la Resurrección y la vida"

En el relato evangélico Juan resalta una faceta humanísima de Jesús: "Amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro". Los que en aquellos días acompañan a las hermanas en el duelo, se dan cuenta. Se pone de manifiesto en el mismo mensaje telegráfico que las hermanas envían a Jesús: "Señor, tu amigo está enfermo". Saben que basta con estas palabras. Pero este amor se pone de manifiesto, sobre todo, cuando, roto su corazón por el dolor de sus amigas, "muy conmovido, Jesús se echó a llorar". Y por si nos quedan dudas de la verdad de sus lágrimas, Juan afirma: "Sollozando de nuevo...". Estas lágrimas verdaderas de Jesús, no teatrales, valen por todo un tratado sobre la plena humanización de Dios.

Ahora bien, cada uno ha de entender estas afirmaciones de

Juan como referidas a sí mismo. El Señor es nuestro amigo, como lo fue de Lázaro, de Pablo, de Agustín... A Jesús le afecta nuestra condición de medio-muertos. El Señor quiere liberarnos de nuestra postración y precariedad de vida porque nos ama mucho más de lo que pensamos.

El relato de la resurrección de Lázaro está escrito para proclamar enfáticamente que Jesús es la Resurrección y la Vida. He aquí el mensaje más solemne y sublime que podemos escuchar los mortales.

Pablo en todas sus cartas recuerda a los miembros de sus comunidades que "estaban muertos y han resucitado" (Ef. 2,1 ; Col. 3,1). Aquellos cristianos vivían su conversión como una experiencia de resurrección por obra y gracia de Jesús resucitado. Tal rehabilitación era como un nacer de nuevo.

PARA QUE EL MILAGRO SE VERIFIQUE

Para que Cristo pueda realizar el milagro de nuestra resurrección o rehabilitación es necesario que se den unas condiciones:

- Reconocer que estamos enfermos, con una vida rebajada o lánguida.

- Enviar al Señor el mensaje a través de la oración: "Tu amigo está enfermo", para que el Señor actúe. Después creer y confiar.

- El cristiano enferma cuando tiene a Jesús lejos, cuando la religiosidad se reduce a rezos, prácticas, cumplimientos y no es una relación personal con el Resucitado. "Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto" (Jn. 11,21), reprocha Marta a Jesús. Si la vivencia religiosa hubiera estado centrada en Jesús, muchos, que se dicen "cristianos", no estarían muertos. Juan Pablo II, en sus últimos documentos, clama por el retorno a Jesús: "No será una fórmula la que nos salve (resucite), sino una Persona y la certeza que ella nos infunde" (NM. 29; E/E 18-22).

- Es preciso escuchar la Palabra de Jesús, el grito que nos llama a salir fuera del sepulcro. Sin el acercamiento a su Palabra es imposible recuperarse. "Tu palabra me da vida", dice la canción. Jesús nos da también la mano para rehabilitarnos en la celebración de los sacramentos, vividos comprometidamente. Pablo echa en cara a los corintios que muchos están "achacosos e incluso algunos muertos" porque no comen debidamente la cena del Señor, no celebran con autenticidad y verdadera fraternidad la Eucaristía (1Co. 11,30). Los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía son fuente de rehabilitación y de vida.

- La recuperación interior no se puede realizar sin nuestra colaboración; por eso es preciso que hagamos rehabilitación, ascesis, que nos comprometamos y seamos coherentes.

Todos podemos tener mayor calidad de vida. Lo importante no es sobrevivir, sino vivir intensamente. Como se repite con frecuencia, "no es cuestión de llenar la vida de años, sino los años de vida". Jesús es capaz de resucitar muertos.

(B)

Con la resurrección de Lázaro, la Iglesia propone a los catecúmenos y a todos los bautizados la tercera catequesis antes de la Vigilia Pascual. El hecho en sí mismo está descrito con sobriedad. Lo que hace entender el hecho son los diálogos de Jesús con los discípulos (vv. 4-16) Y con las dos hermanas de Lázaro, Marta y María (vv. 21-40). Lo importante de estos diálogos es que Jesús se revela como quien tiene capacidad de devolver la vida a Lázaro porque él es la resurrección y la vida. Marta y María lo creen firmemente. Es la fe en Jesús la que conduce a la resurrección y a la vida. El dramatismo es perfecto. Jesús vive a la vez dos sentimientos: de conmoción ante la muerte de su amigo, y de confianza en sí mismo y en el Padre. A Jesús le anuncian la muerte de su amigo, pero no se apresura; deja que todo pase para que resplandezca más la fuerza que el Padre le da. No nos encontramos bien en este comportamiento de Jesús. Le pedimos, como las hermanas de Lázaro, que socorra a nuestros amigos y familiares de la muerte, de la enfermedad, de lo que nosotros vemos como peligro... Decimos que nosotros tenemos más necesidad de ellos que Dios. No entendemos, sobre todo, algunas muertes «a destiempo». Jesús no acude. Todo pasa como tiene que pasar, con la lógica propia de los acontecimientos... No entendemos a Dios porque Dios no hace lo que le pedimos. Pero sólo entendemos a Dios de verdad cuando no le pedimos que haga lo que nosotros queremos, sino cuando le queremos y le vemos donde parece mentira que pueda estar. Ahí está Dios: donde parece imposible. El camino que lleva a la Vida pasa por la muerte. Después, mirando atrás, algunos exclaman: «¡Bendito el día aquel en que me pasó aquello!». Hay luz que sólo es posible vislumbrarla al final de una muerte ya sea física o una muerte a algo muy nuestro. No vemos bien hasta que algo no muere en nosotros. Nos empeñamos en tener todas las cartas de la baraja en las manos, sin perder ninguna; pensamos que así disponemos de más posibilidades de éxito y de vida. Tenemos que saber perder, o hay que entregar algo nuestro para que brote la luz que ni imaginábamos que existía después de la muerte.

(C)

Aspecto humano de Jesús

Hemos escuchado en el evangelio de hoy una escena muy humana: “Jesús llora por la muerte de su amigo Lázaro”.

Estamos tan acostumbrados a oír hablar de Jesús- Dios, que se nos olvida el aspecto humano de Jesús-Hombre.

Y Jesús – como hombre - tuvo los mismos sentimientos que tenemos nosotros: sintió “tristeza, alegría, pena, dolor, hambre, sed...”

Nos podemos imaginar el dolor de Marta y María, hermanas de Lázaro, ante la muerte de su joven hermano.

Y – sin duda ninguna - todos podemos recordar momentos de nuestra vida en que también nosotros –como Jesús- nos hemos encontrado tristes y llorosos por la muerte de algún familiar o amigo que nos ha dejado.

Y sabemos, también, que la muerte será un día una realidad en nuestra vida, porque la condición humana – la nuestra y la de todos - es morir.

Todos: Nosotros, nuestros familiares y amigos, nos dirigimos hacia ese momento doloroso.

Con Jesús hemos conocido la nueva vida más allá de la muerte.

Jesús llora por la muerte, de su amigo Lázaro.

Pero, ante esta muerte, Jesús nos habla de un signo futuro: “Jesús nos invita a creer que todos nosotros –jóvenes y mayores- estamos llamados a vivir una vida nueva, que está más allá de la muerte”.

Es cierto que al morir –como nos dice la Misa de Difuntos- “se deshace nuestra morada aquí en la tierra”, pero la Misa de Difuntos también nos dice: “Que al morir adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

Jesús –con su amor a los hombres hasta morir en la Cruz- nos ha abierto las puertas de esa mansión eterna en el cielo y nos invita a creer y a esperar en esa futura vida nueva, más allá de la muerte.

(D)

“Yo abriré vuestros sepulcros” (Ez.) Es una manera metafórica de hablar. Pero anuncia el cumplimiento de la mayor esperanza humana, la victoria sobre la muerte. El Dios que nos sacó de la nada nos puede también sacar de la tumba. Es la fuerza de su amor, la fuerza de su Espíritu.

Y no debemos pensar sólo en la muerte biológica. Hay muchas maneras de morir antes de esa muerte. Cada uno puede conocer cómo se llama su sepulcro.

El “ego” es nuestro principal sepulcro. Todo lo que significa culto al “yo”, todo tipo de egoísmo, narcisismo e individualismo. Es la incapacidad para la relación abierta y generosa. Es el corazón solitario. El que se encierra en sí mismo, se asfixia, se muere. En el fondo es el sepulcro del no-amor. Lo sabemos: “Todo el que no ama está muerto”.

El sepulcro de la rutina: fácilmente nos acostumbramos a lo de siempre, empezamos a ser conservadores, porque nos resulta más cómodo. Si notas que te acostumbras demasiado, piensa que es un síntoma de vejez. Empiezas por perder fuerza y terminas por perder ilusión y esperanza. Es la muerte.

No hay cosa que haga más daño a la persona, a la amistad, al matrimonio que acostumbrarse, no preparar la sorpresa, no iniciar un camino nuevo, una nueva meta.

En el fondo es la muerte de la esperanza.

El sepulcro del miedo: Ya no te fías. Quizás has sufrido muchos desengaños y no pocos fracasos. Has perdido confianza en la vida, en la gente, en ti mismo. Empiezas a ser pesimista y ver siempre los aspectos negativos de todo. Tienes miedo a cambiar, a iniciar una nueva relación, un nuevo proyecto, una nueva conquista. Te parece que ya no puedes, no vales o no sirves.

En el fondo se está perdiendo la fe. Fe en ti mismo, en los otros, fe en la vida, fe en Dios. Y si expulsamos la fe de nuestra vida, por la puerta que sale se nos cuela el miedo.

El sepulcro de la tristeza: la tristeza viste el alma de crespones negros. Si nos contagiamos de tristeza, palidece la vida y empieza el otoño. La persona triste es como una sombra: la vida no será un placer, se convertirá en una carga, una losa insuperable. Es la muerte.

Y podríamos referirnos a sepulcros de vicio, esclavitudes íntimas, consumismo desenfrenado, de ignorancia, de falta de libertad, de enfermedades crónicas...

Podríamos referirnos al sepulcro gigantesco y vergonzoso de la miseria, provocada por la injusticia y la insolidaridad.

Todos son sepulcros que construyen nuestros pecados. ¿Quién nos librará de nuestros sepulcros?

Los evangelios de estos domingos son tres respuestas a tres grandes heridas e interrogantes: la insatisfacción, la ceguera y la muerte.

Cristo tiene la medicina, es la medicina y la respuesta: “Yo soy el agua viva, la luz del mundo, la Resurrección y la Vida”.

Y así lo experimentaron Lázaro, a quien resucita de la muerte y su hermana Marta, a quien resucita de la pena y de las dudas.

Muchas tinieblas se estaban apoderando de su alma. Es la misma sensación de los discípulos después de la muerte de Jesús: tristes, acobardados y desesperanzados...

Jesús, ante todo llora. La mejor manera de consolar al que llora es llorar con él. Jesús asume toda la pena humana. Sus lágrimas le hacen a él más humano y a las lágrimas más divinas.

Después anuncia a Marta la promesa: “Tu hermano resucitará” Y luego proclama el mejor evangelio: “Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Es el evangelio que hoy todavía nos ilumina a nosotros y nos resucita. Pero hay que creer en él y con Marta contestar: “YO creo que tú eres el Mesías”.

(E)

Lázaro tenía un amigo. Esta es la primera gran noticia que hoy se proclama. Jesús había venido para todos, pero tenía amigos, cultivaba el sentimiento humano de la amistad. Había una casa en Betania donde el Maestro se refugiaba con gusto y donde gozaba de la compañía de algunos íntimos: Lázaro, marta y María. Una amistad tan profunda que no tenía necesidad de muchas palabras: “Señor, tu amigo está enfermo”. Y Jesús se pone en camino...

Lázaro, todo hombre enfermo, tiene un amigo que se llama Jesús. Y quien tiene un amigo ya está salvado. La amistad es la mejor medicina. Pero si ese amigo se llama Jesús, entonces renacen todas las esperanzas.

Si Dios es nuestro amigo, no nos abandonará nunca, y mucho menos en los momentos de angustia y muerte. Si Dios es nuestro amigo, no hay nada que temer, porque siempre estará a nuestro lado y compartirá nuestra vida. Si Dios es nuestro amigo, hasta el infierno y la muerte se iluminan...

Y la última palabra no será la muerte, sino la Vida, porque Dios es “Dios de vivos”, porque Jesús es la “Resurrección y la Vida”.

Dios lo había anunciado: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros”. Ahora es Jesús el que grita con voz poderosa: “Lázaro, sal fuera”.

Y el muerto salió. Es decir, que la muerte está ya vencida; es anuncio de la Pascua. La Resurrección de Lázaro anuncia la de Cristo, que es el fundamento de toda resurrección. Lo último no será la muerte y el vacío, sino el gozo y la vida. Nuestras lágrimas serán semillas de inmortalidad.

En Jesús vemos al Dios amigo, al Dios que acaricia a los niños, al Dios que comparte una comida, al Dios que abre su corazón, al Dios que llora la muerte de un amigo, al Dios que entrega su vida por amor al hombre... Y de un amigo que ama de esta manera se puede esperar todo.

Jesús es amigo de todos, pero especialmente de los Lázaros y los enfermos. Él está cerca del que sufre, él sabe de lágrimas y dolores. Ya nadie sufrirá sólo y ya ningún sufrimiento será de muerte.

“SAL, FUERA...” Es un grito que va dirigido también a nosotros... pobres Lázaros, pero amigos de Jesús. Y este amigo se acerca a cada uno de nosotros y nos grita con fuerza: “Sal, fuera”. Y a la vez nos tiende una mano con cariño...

Sal fuera del sepulcro de tus incapacidades y de tus miedos... Yo te daré las energías necesarias para superar esas dificultades que te parecen insalvables.

“Sal fuera del sepulcro de tu desesperanza”. No importa la edad ni los fracasos. Yo te daré un montón de ideales.

“Sal fuera del sepulcro de tus tibiezas, de tus rutinas, de tus viejas costumbres”. Yo haré que renazcas a la ilusión y a la vida nueva.

“Sal fuera del sepulcro de tus egoísmos”. Yo seré capaz de poner amor y generosidad en tu corazón.

“Sal fuera del sepulcro del consumismo”. Yo te regalaré la clave de la felicidad: comienza a compartir.

“Sal fuera de tu pasotismo, de tu desinterés por los demás”. Yo pondré en ti la fuerza del compromiso. El sentir como algo tuyo, todo lo que les ocurre a los demás.

“Sal fuera del sepulcro de tu tristeza, de tu soledad, de tus desánimos”. Yo seré para ti una fiesta que no acaba.

“Sal fuera del sepulcro de tus dolores y sufrimientos, de tus enfermedades y fracasos”. Yo los compartiré contigo.

Jesús sigue gritando a todo hombre para que salga de su sepulcro... Cristo no se resigna a nuestros sepulcros, a nuestras elecciones de muerte. Él nos provoca, nos llama a salir fuera. Fuera de prisión en la que nos encerramos voluntariamente, contentándonos con una vida ficticia, pobre de ideales, de ímpetu, despojada de los verdaderos valores.

Esa voz nos impone caminar, haciendo trizas las “vendas” en las que a veces nos envolvemos.

La Resurrección comienza cuando, obedeciendo ese mandato, decidimos salir a la luz de la vida. Cuando permitimos a nuestro ser más auténtico, salir fuera, a la intemperie.

Es la llamada de Jesús que nos invita a vivir en plenitud, de tal forma que nuestra vida sea un grito que interpele a quienes viven sepultados en un sin fin de sepulcros.

(F)

A todos nos pasa lo mismo. No queremos pensar en la muerte. Es mejor olvidarla. No hablar de eso. Seguir viviendo cada día como si fuéramos eternos. Ya sabemos que es un engaño pero no acertamos a vivir de otra manera. Se nos haría insoportable.

Lo malo es que en cualquier momento la enfermedad nos sacude de la inconsciencia. En nuestros días es cada vez más frecuente una experiencia antes desconocida: la espera de los análisis médicos. ¿Cuál será el resultado? ¿Positivo o negativo? De pronto descubrimos, al mismo tiempo, la fragilidad de nuestra vida y nuestro deseo enorme de vivir.

Si el tumor es benigno, respiramos: podemos seguir con nuestras ilusiones y proyectos. Si el resultado es negativo, nos hundimos: ¿por qué ahora?, ¿por qué tan pronto?, ¿por qué me tengo que morir?, ¿no se puede hacer nada?

Siempre es así. Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, todos hemos de enfrentamos a ese final inevitable. Ante la muerte, sobran las teorías. ¿Qué podemos hacer?: ¿rebelarnos, deprimirnos, o, sencillamente, engañarnos? Ante la muerte, Jesús hizo dos cosas: Llorar y confiar en Dios.

En Betania ha muerto su amigo Lázaro. Al ver llorar a su

hermana y a quienes le acompañan, Jesús conmovido se echa a llorar.

La gente comenta: «¡Cómo lo quería!». Es su primera reacción: pena,  compasión y llanto. Jesús sufríía al ver la distancia enorme que hay entre el sufrimiento de los enfermos y moribundos, y la vida que Dios quiere para todos ellos.

Pero Jesús tiene fe en el Padre: «Esta enfermedad no acabará en muerte». Es su segunda reacción: una confianza total en Dios. Un día Lázaro morirá. El mismo Jesús terminará sus días ejecutado en una cruz. Nadie escapa a la muerte. Pero Dios, amigo de la vida, es más fuerte que la muerte. Podemos confiar en él.

Inevitablemente, un día nuestros análisis nos indicarán que nuestro final está próximo. Será duro. Seguramente, nos echaremos a llorar. Nuestros familiares y amigos más queridos llorarán con nosotros su aflicción e impotencia. Pero, si creemos en Jesucristo, podremos decir con fe: “Ni siquiera esta enfermedad acabará en muerte», porque Dios sólo quiere para nosotros vida y vida eterna.

Juan Jáuregui Castelo

 

 

La revelación bautismal más explícita la encontramos en este quinto domingo, punto culminante de la catequesis previa al bautismo: “Yo os haré salir de vuestros sepulcros”: la promesa de Dios a su pueblo encuentra su realización cuando Cristo saca del sepulcro a un hijo del pueblo de Israel. ¿Cómo no iba a resonar en nosotros, en las palabras del profeta, la acción de Cristo con su amigo Lázaro? Si del seno de una madre somos engendrados a la vida natural, del seno de la madre Iglesia, de la fuente bautismal, somos engendrados a la vida sobrenatural, la vida eterna.

Por eso, Jesús advierte: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí no morirá para siempre”, que entronca con las enseñanzas previas que hemos recibido: “Yo soy el agua viva”, “Yo soy la luz del mundo”, reclama ahora la profesión de fe: “Tú eres el Mesías”. Ante una declaración solemne como la que hace Cristo antes de resucitar a Lázaro no caben anbigüedades: O eres Dios y puedes devolver la vida, o no lo eres y no puedes devolverla. No hay trucos lingüísticos ni nada parecido.

El catecúmeno llega ante la profesión de fe en su tercer escrutinio: Si confiesa como las hermanas de Lázaro, “si crees, verás la gloria de Dios”. Esto es lo que tiene que reconocer, que el bautismo va a suponer que el que ha nacido para la muerte, que el que ha recibido una vida caduca, por pura gracia es salvado, por pura gracia recibe una llamada, un grito del Mesías para vivir para siempre. En Lázaro es aún un revivir temporal, pues nadie resucita a la vida eterna hasta que Cristo lo hace, pero ya se ha manifestado el poder que tiene.

Para el catecúmeno es impresionante esta declaración, pero no lo es menos para la Iglesia, pues los cristianos escuchan que las palabras del Señor le sirven para decir del catecúmeno: “Tu hermano resucitará” ¿Es eso lo que creemos de los bautizados? ¿Creemos que por el bautismo los hermanos resucitarán? Es, sin duda, la afirmación que el cristiano puede ofrecer al mundo hoy. Ante la muerte y todo lo que significa “la cultura de la muerte”, el cristiano tiene una palabra que no está vacía sobre la vida, y es que lo que nosotros creemos es que Cristo, nuestro hermano, ha resucitado. Que verdaderamente ha resucitado.

Si, en este quinto domingo de Cuaresma, somos capaces de confesar, de esperar que nuestro hermano Cristo resucitará, tal y como celebramos en el misterio, en la noche pascual, entonces podemos adentrarnos decididamente en la Semana Santa. La intensa lección de la resurrección de Lázaro alcanza a todos. El diálogo con Marta y María se convierte en un diálogo con la Iglesia, que ha recibido del Señor ese poder de dar vida eterna en los sacramentos. ¿Crees que tu hermano, Cristo, resucitará, que ha resucitado una vez para siempre? Pues entra en las aguas del bautismo, recibe la vida que tiene Cristo. Un hijo de Adán va a resucitar, y todos con Él. La Iglesia se alegra esperanzada, pues se ha unido a Cristo, su esposo, y goza de los mismos bienes que Él.

La resurrección de Lázaro es el signo del restablecimiento de la creación en su esplendor primero. Todo, desde la propia vida, va a ser renovado en Cristo, pero antes de que suceda, en Lázaro se nos anuncia, y en cada cristiano se nos anuncia… ninguno por mérito propio, luego todos por don divino, han sido llamados “desde lo hondo”, de lo profundo del pecado, hasta la vida nueva. ¿Miro a los cristianos como hermanos, como signos de la vida nueva que Cristo nos da? ¿Alabo el Señor por los nuevos hijos? La enseñanza eclesial es aquí importante: ¿Mi relación con los cristianos es de hermanos, o es algo más lejano, más casual?

Si con intensidad meditamos en todo lo que aquí se confiesa, estamos en camino para entrar con el Señor en Jerusalén, ya a las puertas, en Betania.

Diego Figueroa

 

 

¿Quiénes son los muertos?

Cristo sabía que su amigo Lázaro estaba gravemente enfermo, pero que esta enfermedad no acabaría en la muerte, sino que serviría para gloria de Dios. No deja de sorprender el contraste existente entre nuestra manera de pensar y la de Cristo, entre nuestro vocabulario y el suyo. Llamamos muerte a la enfermedad, al dolor, a la pobreza, a todo aquello que conduce a la muerte física. Sin embargo, Cristo la llama “sueño”; por eso va a despertar a su amigo.

Hoy somos invitados a reflexionar sobre la muerte verdadera, de la que nos habla claramente San Pablo. Se trata de la muerte fruto del pecado, muerte de la que Cristo no nos puede resucitar sin nuestra propia voluntad, Hay muchos vivientes que andan como muertos, porque les falta el Espíritu que da la verdadera vida. Hay muchos que soportan enfermedades irreversibles, que aceptan la cruz del desprendimiento total, la muerte lísica, sabiendo desde la fe que es camino de resurrección y de vida eterna.

Jesús llegó tarde. Lázaro llevaba ya muerto cuatro días en el sepulcro. Alguno de sus discípulos pensó que lo único que podía hacer el Maestro era dar a sus hermanas un conmovido pésame. Por eso no se extrañó de que el amor hacia el amigo muerto provocase sollozos y llanto. Jesús no era un hombre impasible; la fe no hace perder al cristiano la auténtica sensibilidad.

Junto a la tumba del amigo fallecido suenan solemnes las palabras de Jesús: “quitad la losa”, es decir, quitar lo que separa, lo que aisla. E inmediatamente pronuncia la acción de gracias al Padre. ¡Qué gran ejemplo el de Cristo: dar gracias al comienzo sin esperar al final! Todos debemos escuchar el grito de Jesús que nos manda salir fuera del sepulcro y nos llama a superar la rigidez, el inmovilismo, la frialdad, las ligaduras terrenas y la esclavitud del pecado para vivir como resucitados.

Andrés Pardo

 

 

La primera lectura del libro de Ezequiel contiene las últimas líneas de la impresionante visión del inmenso campo lleno de huesos. Imagen del pueblo cautivo en Babilonia, sin esperanza. Ea entonces cuando Dios dialoga con el profeta: los huesos pueden revivir. Pasa sobre ellos una ráfaga de Espíritu, recobran nervios, carne y piel y se levantan como un inmenso ejército. La vuelta del exilio se convertirá en la imagen de una liberación mucho más amplia que tendrá lugar en el momento final de la actuación de Dios a favor de los hombres (momento escatológico), tiempo oportuno en que Dios realiza plenamente su plan. Ezequiel conecta y remite a la acción creadora del Espíritu. El Espíritu que estuvo presente en la creación, vuelve a aparecer en un momento crucial para la historia de Israel. La liberación es obra del poder de Dios , por eso se abre al futuro, a una nueva esperanza.

La carta a los Romanos exhorta a los justificados a vivir en el Espíritu Santo. Es el supremo don de Cristo glorificado. El Espíritu de Cristo en nosotros nos hace semejantes a Él: hombres de espíritu, conscientes de ser hijos de Dios, seguros de la victoria sobre el pecado, la muerte, libres de los criterios de la carne. Esperando la muerte o “dormición” temporal, el cristiano vive ya en su espíritu su condición de resucitado. Superada la muerte, el Espíritu que vive en él transfigurará todo su ser, en la participación de la Gloria eterna de Cristo. El Espíritu define la existencia cristiana: es auténtico cristiano aquel en quien habita y actúa el Espíritu, aquel que realiza las obras del Espíritu.

El evangelio de la resurrección de Lázaro es un poema de esperanza. La Cuaresma nos lleva al Cristo que libera al hombre de la muerte. “Yo soy la Resurrección y la Vida”. Vida eterna y divina, que trasciende toda muerte. Creer es aceptar y darse en plenitud a Cristo-Viviente, que en plenitud se nos da. Quien así cree, vive en Él para siempre, El que cree, ama y espera, saborea la eternidad en el centro de su alma.

Por medio del Bautismo el hombre recibe la regeneración y el don de la fe, Fe que es adhesión a la persona de Cristo en plenitud de pensamiento, corazón y obras. Fe que el Bautismo consagra y la Eucaristía mantiene en llama viva. Así entendida, la Fe es manantial de Vida eterna, germen de resurrección.

San Juan, en su evangelio, presenta al Hijo de Dios en la sincera humanidad de quien llora por el amigo, y con la majestad divina del que puede resucitar a los muertos. El Redentor es fuente de Vida para el hombre: el Hijo del hombre tiene poder para dar la vida al que quiere. El don de la Vida es presentado expresamente como victoria sobre la Muerte.

Ángel Fontcuberta

 

 

En domingos anteriores, la Iglesia nos ha propuesto el signo del agua -la mujer samaritana - y el signo de la luz – la curación del ciego de nacimiento -.

En este domingo, la Iglesia nos propone el signo de la vida  - la  resurrección de Lázaro-. Jesucristo “el cual, hombre mortal como nosotros que lloró a su amigo Lázaro, y  Dios y Señor de la vida que lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva” (prefacio).

De este modo la Iglesia, como Madre y Maestra, nos acompaña, nos ayuda y nos enseña en  nuestro itinerario   cuaresmal y bautismal hacia la celebración del Misterio Pascual de Jesucristo.

El Prefacio de este domingo dice: “Cristo se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos” (Prefacio).

1. Las lecturas

* Profeta Ezequiel 37, 12-14. Israel vivía en cautividad en tierras de Babilonia. El exilio fue para él como una tumba. Era preciso salir de ella y regresar como un pueblo nuevo a su patria. El profeta anuncia la reconstrucción de Israel y proclama una vida nueva para el pueblo de Israel. Dios no abandona a su pueblo: “infundiré mi espíritu y viviréis.

* Salmo Responsorial 129. En el exilio, Israel experimentó el dolor, la soledad. En esta situación de sufrimiento, Israel se vuelve a Dios poniendo su confianza en Él porque “del Señor viene la misericordia y la redención copiosa, y Él librará a Israel de todas sus culpas”.

* Carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11. A causa del pecado, moriremos; pero, gracias al Espíritu, resucitaremos. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en el cristiano, un día lo resucitará de entre los muertos. Por eso vivamos en gracia de Dios y con esperanza, sin dejarnos  llevar nunca del pesimismo. Dios no nos abandona en la cuneta de la historia.

* Evangelio según San Juan 11,1.45. Lázaro, amigo de Jesús, ha muerto y lleva ya tres días en el sepulcro.  Jesús se acerca a su tumba y lo resucita, le devuelve la vida diciéndole: “Lázaro, sal fuera”.  Por el bautismo hemos  muerto al pecado y hemos renacido a la vida de la gracia, con la firme esperanza de que un día el Señor nos resucitará de nuestros sepulcros para la vida eterna con Dios.

2. Sugerencias para la homilía

2.1. “Yo soy la resurrección y la vida

Jesucristo no es insensible  ante nuestro dolor ni se muestra indiferente ante nuestro sufrimiento.

Jesucristo nos revela y descubre que Él es “la resurrección y la vida”. Estas palabras de Jesús muestran que Él es:

el manantial inagotable de la vida,

la fuente donde podemos calmar y saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de gozo,

la clave y el sentido de nuestra vida y trabajo.

Jesucristo es el “Dios-con-nosotros”  que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

Jesucristo es el “Dios-con-nosotros” que no quiere la violencia ni la guerra, sino la vida, la paz, la concordia, la fraternidad universal.

Jesucristo es el “Dios-con-nosotros” que no quiere que el ser humano se deje esclavizar por el pecado, la maldad, la iniquidad, sino que viva en la gracia y amistad con Dios.

Jesucristo es el “Dios-con-nosotros” que no quiere que ninguna persona humana sea excluida ni descartada,  ni se vea rechazada ni humillada por nadie, sino acogida, respetada, amada, ayudada…

Jesucristo es el “Dios-con-nosotros” que no quiere que ningún ser humano se muera de hambre ni de sed, sino que pueda disfrutar de los bienes de la tierra que Dios ha creado para todos, sin exclusión de nadie.…

Jesucristo es el “Dios-con-nosotros” que cura a los enfermos, levanta a los que están caídos, limpia a los leprosos, perdona a los pecadores,  resucita a los que han muerto, ofrece su Cuerpo y su Sangre a todos bajo los signos del pan y del vino y muere por toda la humanidad

Jesucristo nos resucitará un día de nuestros sepulcros: “¿crees esto?”. Pidamos al Señor que nos lleve con Él a la región de la luz, de la paz y de la vida eterna.

2.2. Unámonos a Jesucristo por la fe y el amor

El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”

Jesucristo es el manantial de la vida, de la gracia, de la misericordia, de la paz, de la alegría de Dios para todos los hombres y  mujeres de todos los tiempos. Por eso acerquémonos a Jesucristo con humildad y confianza, con gozo y esperanza para saciar y calmar en Él nuestra sed de vida y de felicidad, de gracia y de paz. Él nos ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy mando y humilde corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt. 11,28-29). Jesucristo nos espera con los brazos abiertos. La oración litúrgica  expresa esto mismo con palabras entrañables dirigidas al Señor:

“Pero ¿cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados?”.

Renovemos nuestra fe en Jesucristo, dejando atrás la rutina, la inercia y el cansancio, que pueden llevar al cristiano a perder la fe en Jesucristo. Digamos al Señor lo que le dijo san Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn. 6,68-69).

Reavivemos nuestra confianza en Jesucristo que un día nos despertará del sueño de la muerte y nos resucitará a una vida nueva y eterna en el reino de los cielos donde veremos a Dios y seremos inmensamente felices por toda la eternidad. Por eso el autor de la carta a los Hebreos dice: “No perdáis ahora vuestra confianza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido” (Hb. 10,35-36).

Seamos personas de esperanza. No vivamos como  hombres que no saben ya ni a donde dirigir sus pasos ni a donde encaminar su vida.

No pongamos nuestra confianza en los ídolos de este mundo: el dinero, el poder, el placer, la fama…que ni salvan ni liberan.

El autor de la Carta a los Hebreos nos dice: “mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa” (Hb. 10,23). Recordemos siempre que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Hb. 13,14). No nos dé vergüenza confesar y manifestar ante los demás  nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor.

2.3. El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre

Estas palabras luminosas de Jesús inundan de esperanza nuestros corazones. La muerte no es el final del camino ni el abismo  de aniquilación  ni de la nada para nadie. La muerte no es la última palabra sobre la vida y la historia de ningún  ser humano.

El que cree en Jesucristo y vive en Él y desde Él no morirá para siempre; resucitará para la vida eterna que Dios le dará.

El Concilio Vaticano II nos ofrece esta enseñanza maravillosa y esperanzadora: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó, con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida para que, hijos en el Hijo, clamemos en el espíritu: ¡Abba, Padre!” (GS 22).

Prosigamos celebrando la eucaristía, en la que recibimos a Cristo, hacemos memoria de su Pasión y se  nos da una prenda de la futura gloria.

Florentino Muñoz Muñoz

 

 

Yo soy la resurrección y la vida

En los domingos pasados escuchábamos a Jesús afirmar que él era la fuente  de agua viva y la luz del mundo. Hoy nos asombra con lo más importante de todo: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Frente al enigma de la muerte, hay entre nosotros, los hombres, distintas y a veces opuestas reacciones y posturas. Hay quienes lo aceptan resignadamente; otros se rebelan; otros lo temen y viven angustiados; y hay quienes, desde la fe, esperan confiados encontrarse en ese momento crucial con los brazos todopoderosos de un Dios creador y Padre que lo acogerán en la “mansión” de la luz, la paz y la eterna felicidad.

Sabemos, por el evangelio, que Jesús se había alojado muchas veces en la casa de Lázaro y sus hermanas, Marta y María, muy buenos amigos suyos.
Ahora, estando en Galilea, las hermanas de Lázaro le envían un recado: “Señor, tu amigo está enfermo”.

Inmediatamente, Jesús se pone en camino, pero cuando llega a Betania, Lázaro había muerto. Marta le sale al encuentro y, sin poder contener las lágrimas, le reprocha: «Si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto».

Jesús le dice: “Tu hermano resucitará. Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá”. Y viéndola llorar y también a los judíos que la acompañaban, “se echó a llorar”. Son las lágrimas del amigo, las lágrimas del amor y de la esperanza. "Cómo lo quería", comentaba la gente.

Realmente nos conmueve ver a un Jesús tan humano que llora la muerte de la persona querida, que no se hace el fuerte,  que no esconde sus sentimientos.
En una ocasión llevaban a enterrar al hijo de una pobre viuda de Naín, y Jesús le dijo a la madre: “no llores”. Ahora, por el contrario, ante el sepulcro de su amigo Lázaro, llora él también. Como las hermanas, como los amigos judíos.

Esta humanidad de Jesús es un ejemplo para nuestra vida. Alguien dijo que al mundo lo salvará la ternura. Por eso, hemos de pedir al Señor un corazón limpio y sensible, lleno de misericordia y bondad.

A nosotros nos repugna la muerte, nos parece un absurdo, una cosa intolerable. Jesús, que es hombre, verdadero hombre entre los hombres, comparte nuestra repugnancia y dolor frente al morir, pero se atreve a afirmar lo que ningún hombre jamás había dicho: “Yo soy la resurrección y la vida”.

El evangelio confiesa que Dios es un Dios de vivos y no de muertos (Jn 22,2). Y que “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Jesús, que se siente el Enviado de Dios, no quiere la muerte, que es fruto del pecado, y por eso proclama: “El que cree en mí, no morirá para siempre”. Y en el discurso sobre el buen pastor lo confirmará: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10)

En verdad, a Dios le conmueven nuestras lágrimas. Por eso, rogaba el salmista: “Recoge en tu odre mis lágrimas, Dios mío” (S. 56). En el último día, como dirá el Apocalipsis, será Dios mismo quien enjugará nuestras lágrimas (Apoc 21,4).

Hoy, lamentablemente, vivimos en una cultura de muerte. Además de las guerras y el terrorismo, ahí están los fabricantes y traficantes de armas, los abortos, la violencia de género; los traficantes de droga... Y ahí está, sobre todo, ese monstruo de organización y  actividades económicas insolidarias e injustas, asesinas, que provocan un número inmenso de muertes inocentes sobre todo en el tercer y cuarto mundo.
En este mundo de pecado y de muerte, tenemos que comprometernos con la vida. Debemos amar la vida, cuidarla y defenderla. No nos contentemos con llorar las muertes. Hay que desarmar a los asesinos. Hay que desactivar todas las bombas, las causas de la muerte. Hay que luchar sin descanso por una cultura de la vida.

Julio García Velasco

 

 

Dios también se emociona

«…las lágrimas de Jesús no son sino la manifestación más bonita de la ternura,

de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero,

que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de

injertarnos en un principio de vida humana que continúa después

de la muerte y por encima de ella».

Oiga, ¿usted sabe que mi Dios llora? Esta cuestión debería ser tan obvia, como la de ¿usted sabe que mi refrigerador enfría? Pero por desgracia no es así. La capacidad de llorar choca o chirría con una concepción de Dios en al que ha primado más la grandilocuencia que la cercanía con sus creaturas. Hoy, nos encontramos con un Dios que llora ante la muerte de su amigo. ¿Esto casa o concuerda de alguna manera, me pregunto, con un Dios distante, frío y separado de los problemas de la humanidad? La relación con ese Dios humano, emocionado y conmovido tiene, en mi opinión, poco que ver con una religión aséptica, monocromática. llena de principios, penitencias, cumplimientos, ayunos, caras largas y monsergas. Un Dios que no sea capaz de reír y sobre todo de llorar, de inclinarse ante el dolor de sus hijos, tiene el mismo valor que un billete del Monopoli en la taquilla de un cine.

El evangelio de hoy, al más puro estilo joáneo, está plagado de símbolos. Vamos a fijarnos en la situación de Lázaro y en la presentación de Jesús como la resurrección y la vida. Lázaro, dice el texto que estaba muerto, llevaba cuatro días y olía mal. Sin embargo, Jesús va a decir que no está muerto sino dormido, porque si la muerte es lo contrario de la vida y los que creen o creemos en Él tenemos vida eterna; la muerte definitiva, la oscuridad absoluta, sólo está reservada a quienes voluntariamente quieren permanecer en ella. El resto “dormimos”, o mejor dicho, “dormiremos”. Una vez retirada la losa, la frontera entre muerte y vida, Lázaro sale por su propio pie aunque no deja de ser un muerto a esta vida, simbolizado en las vendas para la cabeza y los pies y las manos atadas.

Respecto a las lágrimas de Jesús no son sino la manifestación más bonita de la ternura, de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero, que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de injertarnos en un principio de vida humana que continúa después de la muerte y por encima de ella. Esta vida se alcanza mediante el seguimiento, imitando su vida, siendo capaces de compadecernos ante el sufrimiento de los demás y no quedarnos como auténticos fiambres conservados en el formol de la rutina, cuando no amortajados en la norma hasta la última coma, o encadenados al miedo de pensar lo que creemos no siendo que el “castigo” sea terrible. Jesús se lo dice a Marta y nos lo dice a nosotros: «El que cree en mi aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo Y cree en mí, no morirá para siempre».

Este Jesús, que se ha presentado como resurrección y vida, da un fuerte grito a Lázaro para que salga. El profeta Ezequiel en la primera lectura de este domingo insiste también en que hemos de abrir nuestros sepulcros. ¿Y cuáles son? Vivimos encajonados en cientos de sepulcros oscuros y húmedos que impiden que pase la luz y la fragancia del evangelio, pero quizá estamos cómodos ahí. Ese grito de Jesús, se dirige también a nosotros cada domingo a través del evangelio, que no debe dejarnos indiferentes. El evangelio es como una chincheta que nos pincha continuamente a salir, a cambiar, a esforzarnos. Hoy nos dice que salgamos. Que nosotros, como Marta, seamos capaces de apoyarnos en este Jesús que llora, que nos tiende su mano en medio del dolor y la desolación, pues Él es ni más ni menos que la resurrección y la vida.

En esta recta final de la Cuaresma se redondea la dimensión bautismal. Si observamos los evangelios de los últimos domingos vemos el agua viva como don de Dios, en el pasaje de la samaritana; y a Jesús como la luz verdadera que cura al ciego de nacimiento. Se nos habla del agua y del espíritu, propios del bautismo. Hoy se nos presentan las consecuencias: el renacer a una vida nueva. La invitación de hoy es un invitación a creer en el centro de nuestra fe que nos muestra que la muerte carece de poder sobre nosotros. Todo no termina dentro de un sepulcro sino en un “dormir” que nos permite gozar y disfrutar sin límites gracias a este Dios generoso que lo único que nos exige es que nos fiemos de Él.

 

Lágrimas

«Las lágrimas de Jesús no son sino la manifestación más bonita de la ternura,

de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero,

que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de

empalmar con un principio de vida humana que continúa después

de la muerte y por encima de ella».

Las piedras, la escayola, la hojalata, el latón, el bronce, el oro, las estrellas, el sol, la luna, el chocolate, el platino e incluso los diamantes son incapaces de llorar. Sin embargo hoy, nos encontramos con un Dios que llora ante la muerte de su amigo. ¿Esto casa o concuerda de alguna manera, me pregunto, con un Dios distante, frío y separado de los problemas de la humanidad? La relación con ese Dios humano, emocionado y conmovido tiene, en mi opinión, poco que ver con una religión aséptica, monocromática. llena de principios, penitencias, cumplimientos, ayunos, caras largas y monsergas desde los púlpitos. Un Dios que no sea capaz de reír y sobre todo de llorar, de inclinarse ante el dolor de sus hijos, tiene el mismo valor que un billete del Monopoli en la taquilla de un cine.

El evangelio de hoy, al más puro estilo joaneo, está plagado de símbolos. Vamos a fijarnos en la situación de Lázaro y en la presentación de Jesús como la resurrección y la vida. Lázaro, dice el texto que estaba muerto, llevaba cuatro días y olía mal. Sin embargo Jesús va a decir que no está muerto sino dormido, porque si la muerte es lo contrario de la vida y los que creen o creemos en Él tenemos vida eterna; la muerte definitiva, la oscuridad absoluta, sólo está reservada a quienes voluntariamente quieren permanecer en ella. El resto “dormimos”, o mejor dicho “dormiremos”. Una vez retirada la losa, la frontera entre muerte y vida, Lázaro sale por su propio pie aunque no deja de ser un muerto a esta vida, simbolizado en las vendas para la cabeza y los pies y las manos atadas.

Como decía al principio, detengámonos en las lágrimas de Jesús. Sus lágrimas no son sino la manifestación más bonita de la ternura, de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero, que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de empalmar con un principio de vida humana que continúa después de la muerte y por encima de ella. Esta vida se alcanza mediante el seguimiento, imitando su vida, siendo capaces de compadecernos ante el sufrimiento de los demás y no quedarnos como auténticos fiambres conservados en el formol de la rutina, cuando no amortajados en la norma hasta la última coma, o encadenados al miedo de pensar lo que creemos no siendo que el “castigo” sea terrible. Jesús se lo dice a Marta y nos lo dice a nosotros: «El que cree en mi aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo Y cree en mí, no morirá para siempre».

Este Jesús que se ha presentado como resurrección y vida, da un fuerte grito a Lázaro para que salga. El profeta Ezequiel en la primera lectura de este domingo insiste también en que hemos de abrir nuestros sepulcros. ¿Y cuales son? Vivimos encajonados en cientos de sepulcros oscuros y húmedos que impiden que pase la luz y la fragancia del evangelio, pero quizá estamos cómodos ahí. Ese grito de Jesús, se dirige también a nosotros cada domingo a través evangelio que no debe dejarnos indiferentes. Hemos dicho ya varias veces que el evangelio es como una chincheta que nos pincha continuamente a salir, a cambiar, a esforzarnos. Hoy nos dice que salgamos. Que nosotros como Marta, seamos capaces de apoyarnos en este Jesús que llora, que nos tiende su mano en medio del dolor y la desolación, pues Él es ni más ni menos que la resurrección y la vida.

En esta recta final de la Cuaresma se redondea la dimensión bautismal. Si observamos los evangelios de los últimos domingos vemos el agua viva como don de Dios, en el pasaje de la samaritana; y a Jesús como la luz verdadera que cura al ciego de nacimiento. Se nos habla del agua y del espíritu, propios del bautismo. Hoy se nos presentan las consecuencias de dicho bautismo: el renacer a una vida nueva. La invitación de hoy es un invitación a creer en el centro de nuestra fe que nos muestra que la muerte carece de poder sobre nosotros. Todo no termina dentro de un sepulcro sino en un “dormir” que nos permite gozar y disfrutar sin límites gracias a este Dios generoso que lo único que nos exige es que nos fiemos de Él.

 

 

Las piedras, la escayola, la hojalata, el latón, el bronce, el oro, las estrellas, el sol, la luna, el chocolate, el platino e incluso los diamantes son incapaces de llorar. Sin embargo hoy, nos encontramos con un Dios que llora ante la muerte de su amigo. ¿Esto casa o concuerda de alguna manera, me pregunto, con un Dios distante, frío y separado de los problemas de la humanidad? La relación con ese Dios humano, emocionado y conmovido tiene, en mi opinión, poco que ver con una religión aséptica, monocromática. llena de principios, penitencias, cumplimientos, ayunos, caras largas y monsergas desde los púlpitos. Un Dios que no sea capaz de reír y sobre todo de llorar, de inclinarse ante el dolor de sus hijos, tiene el mismo valor que un billete del Monopoli en la taquilla de un cine.

El evangelio de hoy, al más puro estilo joaneo, está plagado de símbolos. Vamos a fijarnos en la situación de Lázaro y en la presentación de Jesús como la resurrección y la vida. Lázaro, dice el texto que estaba muerto, llevaba cuatro días y olía mal. Sin embargo Jesús va a decir que no está muerto sino dormido, porque si la muerte es lo contrario de la vida y los que creen o creemos en Él tenemos vida eterna; la muerte definitiva, la oscuridad absoluta, sólo está reservada a quienes voluntariamente quieren permanecer en ella. El resto “dormimos”, o mejor dicho “dormiremos”. Una vez retirada la losa, la frontera entre muerte y vida, Lázaro sale por su propio pie aunque no deja de ser un muerto a esta vida, simbolizado en las vendas para la cabeza y los pies y las manos atadas.

Como decía al principio, detengámonos en las lágrimas de Jesús. Sus lágrimas no son sino la manifestación más bonita de la ternura, de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero, que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de empalmar con un principio de vida humana que continúa después de la muerte y por encima de ella. Esta vida se alcanza mediante el seguimiento, imitando su vida, siendo capaces de compadecernos ante el sufrimiento de los demás y no quedarnos como auténticos fiambres conservados en el formol de la rutina, cuando no amortajados en la norma hasta la última coma, o encadenados al miedo de pensar lo que creemos no siendo que el “castigo” sea terrible. Jesús se lo dice a Marta y nos lo dice a nosotros: «El que cree en mi aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo Y cree en mí, no morirá para siempre».

Este Jesús que se ha presentado como resurrección y vida, da un fuerte grito a Lázaro para que salga. El profeta Ezequiel, en la primera lectura de este domingo, insiste también en que hemos de abrir nuestros sepulcros. ¿Y cuales son? Vivimos encajonados en cientos de sepulcros oscuros y húmedos que impiden que pase la luz y la fragancia del evangelio, pero quizá estamos cómodos ahí. Ese grito de Jesús, se dirige también a nosotros cada domingo a través evangelio que no debe dejarnos indiferentes, pue es como una chincheta que nos pincha continuamente a salir, a cambiar, a esforzarnos. Hoy nos dice que salgamos. Que nosotros, como Marta, seamos capaces de apoyarnos en este Jesús que llora, que nos tiende su mano en medio del dolor y la desolación, pues Él es ni más ni menos que la resurrección y la vida.

En esta recta final de la Cuaresma se redondea la dimensión bautismal. Si observamos los evangelios de los últimos domingos vemos el agua viva como don de Dios, en el pasaje de la samaritana; y a Jesús como la luz verdadera que cura al ciego de nacimiento. Se nos habla del agua y del espíritu, propios del bautismo. Hoy se nos presentan las consecuencias de dicho bautismo: el renacer a una vida nueva. La invitación de hoy es un invitación a creer en el centro de nuestra fe que nos muestra que la muerte carece de poder sobre nosotros. Todo no termina dentro de un sepulcro sino en un “dormir” que nos permite gozar y disfrutar sin límites gracias a este Dios generoso que lo único que nos exige es que nos fiemos de Él.

Roberto Sayalero Sanz

 

 

"Resucitaremos"

En el quinto domingo del Tiempo de Cuaresma, las lecturas de la misa de hoy nos hablan del poder del Señor sobre la muerte, y del destino del hombre en la eternidad.

El Evangelio nos trae uno de los milagros más relevantes que hizo el Señor. En el milagro de la resurrección de Lázaro, que relata San Juan en el Cap 11 se confirma el poder de Jesús sobre la muerte, que ya había quedado demostrado con la resurrección de la hija de Jairo, y el de la hija de la viuda de Nain, relatados en otros pasajes del Evangelio.

Este es el séptimo y último milagro de Jesús en el evangelio de Juan. Con toda intención, las primeras palabras son para presentar al hombre enfermo: Lázaro personifica al hombre, herido por el pecado, que camina a la muerte, a no ser que Cristo lo llame a la vida.

¡Lázaro vuelve a la vida! No nos quedemos maravillados porque Lázaro tuvo la suerte de vivir algunos años más y la mala suerte de tener que morir otra vez. Este milagro es solamente el anuncio de la verdadera resurrección, que no consiste en una prolongación de la vida, sino en la transformación de nuestra persona. La resurrección es ante todo espiritual, a pesar de que afecta a toda nuestra persona. Empieza desde el primer momento en que la fe nos hace salir de nuestra mezquina manera de vivir, para abrirnos a la vida de Dios.

Los judíos creían en la resurrección de los muertos en el último día, como lo expresa Marta; pero pensaban en una fuerza divina que vendría a sacudir el universo y abrir las tumbas para hacer salir a los muertos. En realidad, la resurrección de los muertos procede del Hijo de Dios, que tiene en sí todas las energías necesarias para resucitar a las personas y transfigurar la creación. El que se ha entregado a Cristo ya ha pasado de la muerte a la vida y, por eso, nunca morirá.

La vuelta de Lázaro a la vida viene a ser un signo de nuestra resurrección futura. Pero Cristo, con su resurrección gloriosa es también la causa de nuestra resurrección y modelo de la misma. En eso se distingue su resurrección de la de Lázaro, puesto que “Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más, mientras que Lázaro solo vuelve a la vida terrena para tener que morir otra vez.

En este tiempo de Cuaresma, a pocos días del comienzo de la semana Santa, las lecturas de la misa de este domingo nos llevan a reflexionar sobre nuestra necesidad de morir al pecado y a resucitar a la Vida de la gracia.

Pidamos al Señor, que aprovechemos estos días que nos quedan de preparación para la Pascua, para convertir nuestro corazón a Dios y podamos recibir la gracia de su resurrección.

 

 

No temas, tu hermano resucitará

A las puertas de la Semana Santa el evangelio de este domingo nos anticipa el misterio que vamos a celebrar. En este sentido, la resurrección de Lázaro constituye una bella presentación de la identidad de Jesús. Es ante el misterio del dolor y de la muerte donde Jesús se revela como verdadero hombre y como verdadero Dios. Un Jesús muy humano que se conmueve, se estremece e incluso llora por la muerte de su amigo; pero a la vez el Hijo de Dios, aquél que vence a la muerte y restaura la vida.

El episodio nos sitúa en Betania, un pueblecito cercano a Jerusalén, cuatro días después del entierro de su amigo Lázaro. Parece que Jesús llega tarde a propósito y lo primero que encuentra es a Marta, una de las hermanas. El diálogo con ella es el corazón de este evangelio que nos sumerge en la profundidad de la persona de Jesús y la finalidad de su misión. Ante la llegada de Jesús, las primeras palabras de Marta son de reproche: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano», es normal que sea así. El misterio del dolor no nos deja indiferentes, nos sacude, nos tambalea y nos hace preguntarnos por el sentido de nuestro vivir.

Pero Marta no se queda solo en esta reacción tan humana, sino que ante Jesús se abre a una esperanza mayor y más profunda «aun así sé que lo que pidas a Dios Él te lo concederá».  Muchos judíos de la época creían en una resurrección al final de los tiempos, y Marta participaba de esta visión.  Por eso, se siente sorprendida, pues lo que esperaba para el final sucede ya en la persona de Jesús: «Yo soy la Resurrección y la vida». Las Palabras de Jesús nos hablan de vida eterna, en su persona el poder de la muerte ya ha sido vencido.

En definitiva, esta es la voluntad del Padre a la que Jesús se mantiene fiel, y esta vida es también el objeto de su misión: «He venido para que mis ovejas tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Para Marta, y en ella, para todos los creyentes, ya no se trata de esperar hasta el final para contemplar la meta hacia la que caminamos. La vida eterna no es solo una esperanza que se dará en un futuro lejano, sino también una realidad que se inicia aquí para el que cree en Jesús, por eso el Señor le preguntará a Marta: “¿Crees esto? Y ella, con lágrimas, dirá: “sí señor”. Y es que una fe sin lágrimas ante el dolor, puede parecer inhumana.

Nos preparamos para celebrar la victoria de Jesús sobre la muerte en estos días. La fe en la vida eterna es también fe en esta vida. No tiene nada de alienante. Conlleva también trabajar en favorecer condiciones más humanas. Avanzar en ser más personas, más unidos, en un caminar hacia la resurrección, pero junto con Cristo resucitado. Todo servicio bien realizado, todo nuevo paso en la construcción de la verdad, todo amor auténtico desde el Señor Jesús, nos pone en camino hacia la Vida.

Francisco Sáez Rozas

 

 

Resucitaremos con Cristo

El último domingo de Cuaresma invita a contemplar la resurrección de Jesús, su gran obra salvadora, y nuestra participación en ella por medio del bautismo. Las diferentes lecturas ofrecen todos los elementos para esta contemplación. El Evangelio anuncia el hecho y su eficacia, las otras lecturas lo explican.

La primera lectura nos habla del Espíritu Santo que capacita para vivir de nuevo: Os infundiré mi Espíritu y viviréis. El profeta se refiere a la vuelta del destierro que concibe como un resucitar de la muerte, porque los desterrados la creían imposible. Es imposible, pero el poder del Espíritu de Dios lo puede todo. La Iglesia vio en este texto un sentido más profundo a la luz de la obra de Cristo, es un anuncio de la resurrección por medio del Espíritu Santo.

La segunda lectura lo explica mejor. Por el bautismo somos templos vivos del Espíritu Santo que habita en nosotros, y ¿qué hace? ¿Está quieto y pasivo? No, está uniéndonos a Cristo y configurándonos cada vez en él, lo que implica que estemos colaborando con él, pues somos libres y respeta nuestra libertad. Pero está continuamente inspirándonos buenas acciones y capacitándonos para ellas, buenos deseos, buenos pensamientos, buenas acciones. Ahora bien, la “especialidad” del Espíritu es dar vida y resucitar. Si colaboramos con su obra, al final de nuestra vida nos resucitará y hará compartir plenamente la resurrección de Jesús: Si el Espí­ritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Vale la pena colaborar, es tener una vida feliz y con sentido.

El Evangelio lo explica mucho mejor. Jesús resucita a Lázaro como signo de su obra. Por eso, cuando le avisan de la enfermedad del amigo, no acude y deja que muera: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Su amiga Marta se lo recrimina y Jesús le replica que resucitará. Ella, como buena judía, sabe que esa resurrección tendrá lugar en el último día, pero Jesús le revela la actualidad y el modo: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. Nuestra resurrección es una gracia de Dios, fruto de la misericordia de Dios (salmo responsorial). Por la fe y el bautismo nos unimos a Jesús por medio del Espíritu Santo, ahora nos toca compartir la pasión y muerte de Jesús y el Espíritu nos capacita para ello; moriremos pero no será para siempre, porque el Espíritu nos resucitará y compartiremos eternamente la gloria de Jesús.

La Eucaristía es celebración sacramental de esta realidad. En ella el Espíritu nos capacita para agradecer al Padre por Jesús el don de la vida que nos ofrece y pedimos la fuerza del mismo Espíritu para hacerlo realidad en cada momento, creciendo constantemente en la amistad con Jesús hasta llegar a la resurrección con él.

Rodríguez Carmona

 

 

Hemos oído decir que muchas personas han recuperado el sentido de sus vidas, o que le han dado un “giro”, cuando tuvieron experiencias muy cercanas a la muerte. Y aunque puede sonar contradictorio, la vida y la muerte, son dos experiencias que se complementan y comprenden mutuamente; «Morir para tener vida y  vivir después de la muerte».

Cuando se acerca la muerte nos aferramos fuertemente a la vida. Y cuando esto ocurre generalmente nos damos cuenta de que en realidad «no era vida lo que teníamos». Tomamos conciencia de que estábamos muy ocupados en otras cosas sin preguntarnos si estábamos rindiendo honor al hecho mismo de estar vivos.

La muerte, aunque nos cueste reconocerlo, tiene la bondad de revelarnos la verdad y el valor de la vida, o dicho de otro modo, si no es vida lo que llevamos, por andar distraídos o preocupados por otras cosas, la muerte tiene maneras misteriosas para exigirnos a que vivamos de verdad. La muerte nos “reta”, nos cuestiona, nos exige, que vivamos de manera plena la vida que se nos ha regalado. ¡Porque podemos ser «tacaños y amarretes» hasta con lo que se nos regala generosamente!

¿Cómo saber si estoy viviendo de verdad o solo estoy «haciendo la plancha»?

El relato de la resurrección de Lázaro puede darnos algunas pistas. El evangelista revela abiertamente el sentimiento y el cariño que tenía Jesús por aquellos hermanos. Seguramente en más de una ocasión habrían compartido largos ratos de charlas y risas. Sus esperanzas y penas, sus alegrías y preocupaciones como hacen los buenos amigos. Y no habrán faltado momentos para decirse que podrían contar el uno con el otro cuando lo necesitaran. Ese grupo de amigos rendían culto a la vida y a la amistad.

Dice el evangelio que las hermanas de Lázaro mandaron decir a Jesús; «Señor, el que Tú amas está enfermo» y que Él dijo que «esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios…»  y permaneció «dos días más en el lugar donde estaba».

Parece contradictorio que amando a Lázaro, y sabiendo que estaba enfermo y que sus hermanas solicitaban su presencia, permaneciera «dos días más en el lugar donde se encontraba». Pero tal vez no resulte extraño si pensamos que quería hacernos comprender el valor que adquiere una vida cuando es vivida con generosidad.

Al ver aquella escena de dolor, lamento y llanto, Jesús lloró. Lloró porque lo amaba, porque era su amigo. Sintió pena al ver a aquellas mujeres privadas de la vida de su hermano. Lloró porque Lázaro con su amistad había enriquecido al Señor de la Vida. ¿Cómo no habría de resucitar a aquel hombre que con su vida daba vida a los demás? ¿Cómo no despertar del sueño a aquel hombre con quien seguramente habrían pasado gratos momentos de amistad?

¿Y tú? ¿Das vida con la vida que llevas? ¿Gestas vida en los demás con tu amistad y cercanía? Si la muerte se acercara de manera misteriosa ¿tendrías razones suficientes para exigirle que no se «lleve la vida que atesoras para ti mismo» sin comunicarla a los demás?

Jesús lloró por su amigo y con sus lágrimas rendía honor al valor de la vida de Lázaro. Y porque con su amistad alimentó al Señor de la vida, «gritó con voz fuerte: «Lázaro, ¡sal fuera!».

 También llora por nosotros cuando nuestra vida en lugar de enriquecer a otros se cierra sobres sí misma, buscando sus propios intereses. Cuando marchamos preocupados por satisfacer solamente nuestras necesidades en lugar de alimentar la vida de los demás. ¡Cuántos se han convertido en sus propios sepulcros, húmedos y fríos, encerrándose en sí mismos! Necesitamos recuperar nuestra vida. El mundo que vivimos necesita de «nuevos Lázaros» que rindan honor al valor de la vida, a la amistad, a la familia…

Pregúntate si con la vida que llevas enriqueces a los demás, o si aún permaneces en tu sepulcro. Si quieres vivir de verdad, si quieres tener vida de verdad,  tal vez tengas que admitir primero que te encuentras en el sepulcro de tus propios intereses y necesidades, atado de pies y manos en tus propias cavilaciones. Sólo entonces podrás pedir a Jesús que grite con voz potente tu nombre y te despierte del sueño.

(Pon tu nombre e imagina que Jesús dice con voz fuerte) «sal fuera». ¡Sal al encuentro del Señor de la vida!.

padre Javier Rojas sj

 

 

Todos los funerales son tristes. Pero algunos son más tristes que otros. Cuando muere una persona relativamente joven, las lágrimas queman. Cuando el presidente John Kennedy fue asesinado a cuarenta y seis años, el mundo entero lloró. Probablemente Lázaro en la historia evangélica hoy también era joven.  Dice que todo el mundo aun Jesús mismo lloró.  Pero no por mucho tiempo.  Pues Jesús es “la resurrección y la vida”.

Cuando Marta dice a Jesús que Lázaro “resucitará en la resurrección del último día”, ella expresa la débil fe de muchos nosotros.  Pensamos en la resurrección como una realidad tan remota que no importe ahora.  A lo mejor por esta razón mucha gente hoy en día prefiere que sus cadáveres sean incinerados cuando mueran.  No apreciamos suficientemente que Jesús es la resurrección.  En él no hay la muerte. Aquellos que aparentemente han pasado de nosotros todavía están con nosotros en Jesús.  Podemos hablar con ellos, pedirles perdón por las ofensas que les hicimos, y solicitarles la intercesión ante el Santísimo.

Como prueba de su poder sobre la muerte Jesús llama a Lázaro de su sepulcro.  Anteriormente en este mismo Evangelio según san Juan Jesús dijo de sí mismo: “’Va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas’” (Juan 5,28-29).  Ya muestra cómo habló con verdad.  Al escuchar a Jesús Lázaro emerge del lugar.  Lleva los lienzos de la muerte intactos porque va a tener uso de ellos en el futuro. Sólo en el último día cuando se levanten todos los muertos puede descartarse todo este aparato.  

Dice la gente que Jesús amó a Lázaro.  El amor consiste en desear lo mejor para el otro.  Pero sabemos que el amor práctico va más allá de buenos deseos a obras beneficiosas.  Por eso, Jesús lo resucita de la muerte.  Porque nos ama a nosotros, podemos esperar que nos llame de nuestros sepulcros también.  Pero ¿por qué Jesús demoró los dos días para visitarlo cuando se enteró de que estaba gravemente enfermo?  ¿Hay cosa más grande que la vida física?

Sí, la vida espiritual - es decir la fe en Dios como nuestro protector - vale más que la vida física. Jesús quiere estimular esta vida de la fe en Lázaro y sus compañeros.  Con la fe se puede aguantar las experiencias más amargas.  Durante el tiempo de los comunistas en Rusia los ciudadanos fueron agrupados regularmente para escuchar charlas sobre los méritos del “ateísmo científico”.  En una tal ocasión todos los campesinos de una aldea incluyendo el sacerdote ortodoxo tuvieron que pararse delante de su iglesia. Por una hora el comisario político les dio un discurso acerca de las fantasías de la religión.  Entonces el comisario dijo al sacerdote que tendría cinco minutos para refutar su posición.  El sacerdote se acercó al político y le dijo: “No necesito cinco minutos”.  Entonces se volvió a los aldeanos y les dijo: “¡Cristo ha resucitado!“. Todo el mundo replicó como es la costumbre de los ortodoxos en la liturgia: “¡De veras, ha resucitado!” Y el sacerdote regresó a su lugar entre la gente.

Jesús dice a Marta: “… todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás”. Quiere decir que la vida de la fe es más fuerte que la muerte y sus aliados. Una vez que abracemos esta fe, estamos libres de las afrentas de la vida y la muerte se haga en el umbral de la felicidad. Deberíamos añadir que la fe en Cristo consiste de la aceptación de su palabra de modo que hagamos obras de amor.

Se llama la Santa Comunión “comida para el viaje”. Nos da el acompañamiento de Jesús para el viaje de la vida y el viaje de la muerte. En la vida nos mueve a mantener la fe con obras de amor.  En la muerte nos coloca ante el Santísimo.

 

 

Se llama la primera mitad del Evangelio según San Juan “el Libro de Señales”.  El texto describe varias acciones de Jesús que señalan quien es y porque ha venido.  En Caná cambia el agua al vino para señalar que es el Hijo de Dios llegado al mundo para aumentar la felicidad de la gente.  Cerca de Tiberíades él da de comer pan y pescado a los cinco mil hombres para señalar que proveerá el sustento a las multitudes.  Y en Jerusalén su curación del hombre nacido ciego señala que es la verdadera luz guiando al mundo a un destino eterno.  El pasaje hoy culmina esta sección del evangelio con la señal más significante de todas: la resucitación de Lázaro de la muerte.  

Cuando Lázaro emerge del sepulcro, tres grupos diversos atestiguan el evento.  Cada uno tiene su propio planteamiento hacia Jesús. Estos planteamientos en torno representan tres tipos distintos de la fe que podemos identificar entre nosotros.  Por supuesto, la resucitación de Lázaro muestra que Jesús tiene poder sobre la muerte.  Sin embargo, como señal apunta algo más grande: que Jesús viene para proveer al hombre con la vida en plenitud – la vida eterna.  Se puede caracterizar cada grupo según su aprecio para este legado preciosísimo de Dios.

Los discípulos de Jesús comprenden el primer grupo de creyentes.  Ellos han visto varias señales de Jesús y lo han aceptado como el Mesías de Israel. Sin embargo, cuando Jesús les dice que va a volver a Judea donde encontraba amenazas antes, ellos se preocupan de su vida.  Entonces Tomás, tomando la palabra por todos, dice con bravuconada: “’Vayamos también nosotros, para morir con él’”.  La fe de los discípulos, al menos a este momento, es más brillo que confianza.  Todavía no entienden que Jesús es el Señor completamente encargado de los eventos de la historia.  Muchos entre nosotros creen así.  Pueden repetir las fórmulas que Jesús es el Hijo de Dios y es el Rey universal con poder sobre todo, pero no entienden bien lo que están diciendo.  Necesitan de la catequesis para apreciar las promesas de Dios en Jesucristo.

Los judíos también atestiguan la salida de Lázaro del sepulcro.  Ellos no se oponen a Jesús aquí como en otras partes del evangelio, pero tampoco muestran gran fe en él.  Desilusionados, ellos preguntan: “’¿No podía este, que abrió los ojos al ciego…hacer que Lázaro no muriera?’” Para ellos Jesús sirve como un curandero, no como el médico divino que dispensa la vida eterna.  Hay muchos entre nosotros – tal vez no aquí en el templo pero en casa mirando la tele – así.  Recurren a Jesús sólo con necesidades terrenales.  Rezan para que pasen un examen o cuando sus papás estén internados.  Pero no les ocurre a pedirle a Dios que les conceda la gracia para hacerse santos.

El tercer grupo se constituye de sola una persona.  Marta expresa la fe en Jesús como el Mesías que ha venido al mundo para salvarlo.  Pero aun ella titubea cuando Jesús da el orden a quitar la piedra.  Muestra que difícil es entregarse totalmente al Señor aun para la persona bien catequizada.  Tal vez la mayoría de nosotros tengamos esta fe imperfecta de Marta.  Querríamos enfrentar la muerte tranquilos pero nos cuesta demasiado.  Hacemos todo lo posible para mantener la vida biológica.  Cuando oigamos de una persona muriendo antes de que tenga ochenta años, pensamos que es tragedia.  Sin embargo, hay unos pocos como la pareja de El Paso que no desesperó nada cuando su hijo murió de repente con sólo cincuenta años.  Dijeron que eran agradecidos a Dios por tomar a su hijo entonces cuando acabó de reconciliarse con la Iglesia después de llevar varios años lejos de los sacramentos.  No es que no amaran a su hijo sino al contrario.  Lo amaban tanto que quisieran sobre todo que tuviera la vida eterna con Dios.

Lázaro sale del sepulcro con la cara envuelta en un sudario porque va a morir de nuevo.  Pero cuando Jesús resucita de la muerta, deja el sudario doblado en la tumba porque su resurrección es definitiva.  No va a morir más.  Que tengamos la confianza que juntados con él por la fe, nuestro destino es el mismo.  En la resurrección de los muertos  vamos a dejar atrás todo el equipo funerario para vivir con Jesús en la gloria. Juntados con él en la fe, nuestro destino es vivir con Jesús en la gloria.

padre Carmelo Mele, O.P.

 

 

La resurrección de Lázaro

Comencemos admirando esta idea del prefacio que se refiere al Evangelio del día, la resurrección de Lázaro:

Jesús, “hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida que lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva”.

Ezequiel

Profetizó la resurrección de los muertos que hará el Espíritu Santo y así reunirá a los difuntos dispersos en su pueblo Israel… “y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago”.

En la tradición de la Iglesia católica siempre se ha entendido esta profecía en el sentido de que  los hombres resucitarán para ser glorificados o condenados, según sus obras.

De esta profecía sale garante el Señor que promete su Espíritu para realizar el milagro.

Salmo 129

Oración del alma consciente de sus pecados pero segura de la misericordia de Dios.

El salmista pone su confianza en Dios y anima a Israel a confiar en el mismo Señor.

Amigo, tú y yo tenemos también de qué arrepentirnos. Recemos con fe este salmo en el ambiente cuaresmal porque “del Señor viene la misericordia y la redención copiosa”.

Pablo

El apóstol nos advierte que los que están sujetos al pecado no tienen el Espíritu de Cristo y no pertenecen a Cristo ni pueden agradar a Dios. En cambio advierte a los romanos que ellos no están sujetos a la carne sino “al Espíritu que habita en vosotros”.

De ahí procede la certeza de que resucitarán para siempre, porque el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos está dentro de ellos.

Este es precisamente el mensaje que nos da hoy la liturgia: el Espíritu Santo que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales porque habita en nosotros.

Qué hermoso recordar que somos templos del Espíritu Santo:

¡Dios habita en mí!

Aclamación

El versículo de aclamación nos pide un gran acto de fe en Cristo que afirmó en la casa de las hermanas de Lázaro:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá para siempre”.

Hermanos, repitamos juntos con santa Marta:

“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Hijo de Dios”. Tú eres la resurrección y la vida.

El Evangelio

Como los dos hermosos párrafos de los domingos anteriores, hoy tenemos un largo párrafo que meditar. Te invito a que lo hagas tú personalmente. Quizá te puedan ayudar estos pensamientos:

*Jesús está lejos huyendo de los judíos, porque aún no había llegado su hora.

Las hermanas de Lázaro le envían un mensaje que nos ayuda mucho para nuestra oración personal, sobre todo cuando se trate de pedir. Ellas tenían muchos motivos para exigir la presencia de Jesús en su casa y sin embargo dicen únicamente:

“Señor, el que tú amas está enfermo”.

Aprendamos a pedir con mucha confianza y sencillez.

*Jesús deja pasar el tiempo para realizar un milagro muy especial por aquella familia tan querida y al fin decide visitarlos.

Los apóstoles temían por la vida de Jesús, ya que los fariseos habían decidido matarlo.

Tomás en aquel momento se hace el valiente:

“Vamos también nosotros y muramos con Él”.

Lástima que a la hora de la verdad no lo cumplió.

¡Cuántas veces nos pasa a nosotros lo mismo!

*Bellísimo el acto de confianza de las dos hermanas que, como si se hubieran puesto de acuerdo, le dijeron a Jeús por separado:

“Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”.

*Examina de manera especial el gran acto de fe de Marta:

“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo”.

*Es impresionante el versículo más breve de toda la Biblia: “Jesús se echó a llorar”. “Dominus flevit” es la capilla de Jerusalén que recuerda este momento. Jesucristo llorando por la muerte de su amigo Lázaro y el dolor de las hermanas.

*Jesucristo resucitó al tercer día, es decir, antes que empezara la corrupción, según la concepción de entonces. Por eso Marta advierte al Señor que ya es el cuarto día, es decir ya está en corrupción.

Jesús, sin embargo, manda al difunto: “¡Lázaro, sal fuera!” y el muerto salió resucitado.

Que la esperanza nos ayude a confiar en esta verdad de fe:

Jesucristo un día llamará nuestros cuerpos mortales a la vida, pero no a una vida temporal, como la de Lázaro, sino a la vida eterna.

Amigos, meditemos gozosos una vez más las palabras de Jesús:

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí aunque haya muerto vivirá”.

mons. José Ignacio Alemany Grau

 

 

Vida detrás de la muerte. Dijo Marta a Jesús: Señor, si hubiera estado aquí, no hubiera muerto mi hermano. Cristo le respondió: Resucitará tu hermano. Ella habló de nuevo: Sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Entonces el Señor dice: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Estas palabras de Cristo ponen a la muerte en su sitio, y abren para el cristiano las puertas de la esperanza.

El pensamiento de la muerte hay iluminarlo con la luz que nos viene de la muerte de Cristo. Ésta nos dice que nuestra muerte ha sido vencida y redimida. Como Cristo llegó a la vida a través de la muerte, del mismo modo los creyentes en Cristo están llamados al gozo de la resurrección a través de la muerte. Para el hombre, la muerte es el momento del encuentro con Dios, es el principio de la vida inmortal. Un pensador pagano dijo: Toda la vida del hombre no es sino un caminar hacia la muerte (Séneca). Es un pensamiento pesimista, ajeno a la esperanza. Más acorde con la fe cristiana son estas palabras de Juan Pablo II: La vida de aquí abajo no es camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. La muerte, empezando por la del pecado, puede y debe ser vencida.

La realidad de la muerte. Dios creó al hombre con la formidable posibilidad de no morir. Pero el hombre, al apartarse de Él por el pecado, se condenó a sí mismo, ya que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm. 5,12).

El saber que todo hombre ha de morir ayuda a tomarse en serio esta vida y a aprovechar bien el tiempo. Pensar en la muerte no debe ser para el cristiano algo sobrecogedor, pues para él la muerte no tiene la última palabra. El que vive en Cristo no muere para siempre; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. Eso sí, el pensamiento de la muerte es un poderoso estimulante del sentido de la responsabilidad. El Beato Juan XXIII, a punto de morir, decía: Tengo hechas las maletas y puedo irme con el corazón tranquilo.

Prueba y recompensa. La vida presente es tiempo de prueba, de merecer. El hombre no quiere pensar en su muerte, y si es joven, aún menos; para él la muerte es asunto de los demás. Pero, quiérase o no, un día llegará y no será posible huir de ella. Y puede venir en cualquier momento. No sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Lo único cierto es que vendrá, y lo verdaderamente importante es tener el alma limpia de pecados mortales, la conciencia en paz con Dios, morir como buenos cristianos. Y normalmente como se vive se muere.

Con la muerte, se acaba el tiempo de la prueba, dejando el puesto al tiempo de la recompensa. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (Catecismo de la Iglesia Católica).

 

 

Luchar por la vida

En este domingo, el quinto de la Cuaresma, nos encontramos con el proyecto de vida de Dios que Jesús nos trae. En el texto del evangelio se nos narra la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús. Con este signo, Jesús nos enseña el camino para luchar por la vida. Al participar de la Comunión sacramental nos llenaremos de su fuerza para mantenernos unidos a Él en esta tarea.

La muerte está ligada a nuestra condición humana. Es el signo más claro de nuestra fragilidad. Sabemos que todos vamos a morir, nadie nos escaparemos a esta realidad; lo que no sabemos es cómo, cuándo, dónde, de qué. Jesús mismo pasó por esta experiencia. Es lo que viviremos de manera más fuerte durante la Semana Santa, al acompañarlo en su Pasión, Muerte y Resurrección. Ante esta realidad, vivida de un modo especial por Jesús con sus amigos de Betania, Él ofrece el proyecto de Dios, que es de vida. Lázaro murió y sus hermanas Marta y María sufrieron muchísimo, como sucede cuando se nos muere un ser querido; hasta Jesús mismo lloró porque su amigo había muerto.

Ellas mandaron llamar a Jesús cuando Lázaro se enfermó de muerte. Él reaccionó de manera serena, comentando a sus discípulos que la enfermedad y la muerte servirían para la gloria de Dios y para que Dios lo glorificara a Él. Incluso permaneció dos días más en el lugar donde estaba. Cuando supo de la muerte de su amigo, a la que identificó como sueño, se lo dijo a sus discípulos y les hizo la invitación a creer en Él, en su servicio a favor de la vida y en su Padre Dios.

Al llegar a Betania comenzó a manifestar su proyecto de vida. En el diálogo con Marta, quien esperaba que Jesús no hubiera dejado morir a Lázaro, le habló de la resurrección. Los judíos ya creían en la resurrección del último día. Pero Jesús se reveló como la resurrección y la vida e invitó a creer en Él. Esto de creer en Jesús es mucho más que creer en que puede resucitar a un muerto. Creer en Jesús consiste en aceptar su persona, su anuncio del Reino, sus hechos de vida, su destino doloroso de la cruz y su resurrección. Provocó que Marta le confesara que creía que Él era el Mesías, el Hijo de Dios, el enviado por Dios al mundo.

Palabras más, palabras menos, a María le dijo lo mismo que a Marta: que creyera en Él y vería la gloria de Dios. Luego hizo una oración al Padre, en la que le expresó su confianza y en la que pedía por sus discípulos, sus amigas y la multitud que se encontraba presente, para que todos creyeran que Él lo había enviado. Este envío de Jesús al mundo fue para traer la vida de Dios, para darnos esa vida y para que creyendo en Él pudiéramos tener la vida eterna. Sobre esta base, le habló al difunto para que saliera del sepulcro y Lázaro salió vivo. Todos terminaron creyendo en Jesús y su proyecto de vida.

A nosotros nos toca creer hoy en Jesús y la vida que nos trae de parte de Dios. Ante los signos de muerte presentes en nuestro mundo, en nuestra comunidad, tenemos que luchar por la vida unidos a Él. Lo llevamos con nosotros por ser bautizados, está con nosotros en esta Asamblea dominical pues estamos reunidos en su nombre, lo llevaremos con nosotros por la Comunión sacramental. Ante las situaciones de muerte que viven nuestras familias: pobreza, violencia, fracturas, separaciones, drogadicción, alcoholismo, enfermedades, abandono…, como hemos reflexionado en los temas cuaresmales, como signo de que creemos en Jesús, en cada barrio hay que buscar las maneras de hacer presente la vida que Jesús nos trajo de parte de Dios.

José Lorenzo Guzmán Jiménez

 

 

Una cuestión de amor

“Desde lo hondo a ti grito, Señor”. La hondura desde la que gritaba el salmista era la del pecado.

Hoy, sus palabras son entregadas por la fe a los empobrecidos de la tierra, a los derrotados por la vida, a quienes todo lo han perdido, a hombres y mujeres náufragos de la esperanza, a los que habitan en tierra y sombras de muerte. El salmo sube ahora desde el lugar de los muertos. Y es en esa hondura donde resuenan las palabras de la profecía: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío”. Es en esa oscuridad de los sepulcros donde se enciende la luz del evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Tu Dios, Iglesia cuerpo de Cristo, te ha llamado “pueblo mío”, y ha encerrado en un posesivo de afecto toda la ternura del Padre del cielo por el Hijo más amado. Tu Dios, Dios de derrotados, empobrecidos, desterrados y muertos, te ha llamado “pueblo mío”, y lo puede decir con verdad porque él te sacó de tu Egipto, de la casa de tu esclavitud. “Pueblo mío”: te lo dice ahora el que promete abrir tus sepulcros como abrió ayer el mar al paso de tus hijos. “Pueblo mío”: te lo dice tu Dios,  porque sólo tu Dios te lo puede decir.

El que, con palabras de promesa, había dicho: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío”, es el que te dice ahora con palabras de evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Hoy has escuchado el relato de la resurrección de Lázaro; hoy, como en un espejo, has visto que Jesús abría desde afuera el sepulcro de su amigo.

En la Pascua, cuando todo quede cumplido y se te revele la verdad, sabrás que él, tu Señor, ha abierto desde adentro tu sepulcro, todos los sepulcros. Entonces reconocerás que el Hijo de Dios se ha hecho solidario contigo en tu muerte para hacerte solidario con él en su vida.

La profecía y el evangelio proclamados hoy te ayudan a comprender lo que has vivido en la fuente bautismal, y desvelan el misterio de lo que vives en la eucaristía dominical. Hoy en la eucaristía, como un día en el Bautismo, te encuentras con la resurrección y la vida que es Cristo Jesús.

Él, por el amor con que se encarnó, ha hecho suya tu muerte; y tú, por la gracia de la fe con que lo acoges, has hecho tuya su vida.

El, por el amor, te dice: “¡Pueblo mío!”

Y tú, por la fe, le dices: “Señor mío y Dios mío”.

Nada le podrás decir si no lo reconoces; nada podrás recibir si no lo ves. Reconoce a Cristo en la Escritura que proclamas, en la Eucaristía que consagras y recibes, en la comunidad con la que oras, en el pobre con el que te encuentras. Reconócelo y acógelo, y habrás recibido la resurrección y la vida.

Sólo el amor puede abrir los sepulcros y los abre desde dentro. Una Pascua, si es verdadera, es siempre una cuestión de amor.

fr. Santiago Agrelo Martínez